Creer y reventar

Las olas de la peste no se rinden: cuando parece que aparece la calma, el tsunami repica y se replica, olas y más olas. En España, al menos, es la quinta; en otros sitios la tercera, la sexta, la décimosegunda. Cada una es la evidencia de otro error: que creímos que ya estábamos saliendo y caímos en conductas que nos llevaron a volver a entrar. A veces porque nuestros líderes –¿nuestros líderes?– nos convencieron; otras, porque no nos convencieron. Los resultados suelen ser los mismos.

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Dictadura es una palabra grave

Parece como si lo hicieran a propósito para reafirmar el valor de sus palabras: como si, de tanto en tanto, a través de sus canales secretos habituales, líderes se pusieran de acuerdo y se dijeran eh, lagente ya no cree que las palabras importen –que nuestras palabras importen–, vamos a recordarles que sí. Lo hacen, deben creerse que les sirve.

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El campeón imperfecto

Qué raro darte cuenta, de pronto, de quién sos. Qué raro tener que aceptar que a las cuatro de la mañana, solo, lejos, un triunfo de ese equipo mediocre de ese país cocorito te puede emocionar así. Que podés ponerte muy nervioso cuando faltan diez o doce, que podés gritar –solo, lejos, cuatro de la mañana– cuando el uruguayo toca el pito, que se te puede correr la lagrimita viéndolos festejar, que podés incluso sonreírte cuando, necios como siempre, gritan contra los putos periodistas la puta que los parió. Qué raro darte cuenta de que no sos el que creías. Pero es cierto que deberías haberlo aprendido hace mucho…

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Tocando fondo

Y entonces de pronto Paco Ibáñez me dice que estamos tocando fondo. ¿O sería Gabriel Celaya? No lo sé, miro alrededor, me desoriento. La explicación es simple, sin embargo: mi iTunes tiene más de diez mil canciones. Algunas vienen del pleistoceno; otras, de mi precámbrico particular; unas pocas son de años atrás –y las tengo siempre en random, para que broten y sorprendan. Y ahora, sin decir agua va, aparece en el altoparlante la voz cascada del valenciano Francisco Ibáñez Gorostidi (a) Paco Ibáñez, cantando, desde las profundidades de 1967, aquel poema que el vasco –ingeniero, poeta, comunista– Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta (a) Gabriel Celaya tituló La…

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Por Horacio

Se murió Horacio González, y me duele. Le tuve cariño, lo admiré: era realmente inteligente, era generoso, era mordaz. En algún momento nos peleamos; ahora me duele más. Hace casi treinta años me contó mucho de su vida para incluirla en La Voluntad, un libro sobre la militancia de los sesentas y setentas. Aquí van, en recuerdo, en homenaje, los primeros párrafos de su presencia allí, sus primeras historias: Horacio González había nacido en Buenos Aires en 1944, hijo de un empleado público que se separó de su madre cuando él era chico; su abuelo materno, el hombre de la casa, era un inmigrante italiano que había hecho carrera…

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Caras y más caras

Caras y más caras, caen las máscaras. Ya llega. En las calles de la ciudad donde vivo, del país donde vivo, este sábado la máscara ya no será obligada, no será: nos veremos las caras –y me alegra y me asusta.

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La vergüenza nica

Me da mucha pena –y un poco de vergüenza– que el gobierno argentino haya decidido no condenar en la OEA la represión del gobierno de Nicaragua. No sé qué razones puedan tener; sé que arguyen que “no deben intervenir en los asuntos internos de otros países”, la falacia más básica –porque esos organismos internacionales existen para eso: para intervenir levemente con el fin de garantizar que sus miembros respeten ciertas reglas.

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