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Martín Caparrós

27.394 son los días que pasaron, dice mi amigo Dani Yako, desde el 17 de octubre de 1945: debut del peronismo. Aquel día miles de personas ocuparon la Plaza de Mayo porteña para pedir la libertad de un militar y vicepresidente, el coronel Perón –y desde entonces.

Ya son pocas las personas que han vivido todo el recorrido: las que nacieron, como mi madre, en una Argentina imperonista. La mayoría de los vivos –tan vivos– nacimos en la patria peronista, y estamos allí mismo. No se me ocurren, en nuestros tiempos, muchas historias semejantes. Hay países ricos que mantienen partidos persistentes: los demócratas y republicanos americanos, los conservadores y laboristas ingleses, los socialdemócratas y democristianos alemanes. Pero en los países pobres las identidades políticas tienen vidas más cortas, más intensas, y no recuerdo otros donde una rija desde hace tanto tiempo.

Quizá sea porque la mayoría de esos movimientos guarda, año tras año, cierta continuidad, y eso los vuelve frágiles. No creo que ninguno haya cambiado tanto –aunque está claro que el peronismo fue, desde el principio y para siempre, claramente marxista. De ese vasto cuerpo de doctrina tomó, como hacemos todos, las ideas que mejor le cuadraban, sintetizadas en la frase famosa: “Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros”.

Así, nunca dejó de proclamar los que fueran precisos para mantenerlo en el poder –o cerca. Porque, como sabemos, el peronismo es sobre todo una máquina de obtener y conservar poder, al precio que eso requiera en cada circunstancia. Si para lograrlo hay que ser nacionalista católico obrerista o medioguevarista o sindicalista filomilitar o socialdemócrata estatista o liberal privatizador o izquierdista de pico, todo bien, todo lo ha sido y más: el poder es lo que siempre le importó. Y eso le permitió crear una amplia panoplia de dirigentes acordes.

Hace unos días discutíamos con otro amigo muy versado que se quejaba de que los políticos –argentinos, decía él– se alejaran tanto de cualquier saber: de que, en resumidas cuentas, fuesen tan tan brutos. Lo cual, entre otras cosas, decía, se notaba mucho en estas epidemias. Yo le decía que no es que desdeñen el saber: es que obtienen y tienen y mantienen un saber específico, el que necesitan para su práctica habitual: el conjunto de habilidades necesarias para medrar en sus carreras. Cortesía, discursos muy floridos, amistades eternas semanales, sonrisa, panquequidad, habilidad de simplificación, chupamedieces varias, decisiones sin remordimientos, obsecuencia rencorosa agazapada, la adaptación ante todo y ante todo: esa suma es el saber que les importa.

Ese saber es el que sí funciona como ventaja evolutiva: los que saben manejarlo crecen, ganan, se mantienen, se reproducen como modelos imitables. Eso, por supuesto, sucede en muchos lugares del mundo; en pocos, creo, sucede tanto como en la Argentina, donde el espacio político en que se desarrollan esos políticos lleva haciendo exactamente eso desde hace 75 años. El peronismo tiene el mismo saber que esos políticos: sobrevivir en cualquier contexto y situación –y así ha durado tanto.

Es casi una obviedad: toneladas de papel y saliva discutiendo qué es el peronismo, y no hay ningún misterio. Si, como decía uno de sus jefes, no miramos lo que dicen sino lo que hacen, la respuesta sigue estando clara: el peronismo es apetito de poder, consumo de poder, cagada de poder –y las vajillas y los cubiertos se lavan y se cambian.

Le funciona: ya lleva, entonces, 27.393 días –y mañana, nadie lo olvide, es San Perón y le rezan en Roma. No voy a arriesgarme al gorilismo básico. Ya hay suficientes practicantes y son, faltaba más, la salvación del Movimiento: si no fuera por ellos, los antiperonistas argentinos, el peronismo sería decididamente repudiable.

Así que no. Pero tampoco quiero privarme, en este día 27.394, de un tímido deporte de interiores: tratar de pensar –pa’joder, por supuesto– cómo habría sido la Argentina sin aquel 17 de Octubre, sin Evita y Perón, sin Menem y Zulemas, sin Néstor y Cristina, sin Alberto y Dylan. Quizá peor, quizá mejor, quizá mucho mejor; tan diferente. En todo caso hoy es el día, ahora mismo me pongo a imaginarla.

Nada muy ambicioso: me pego un tiro y vuelvo.