Mejor quemar

Están quemando: jóvenes españoles llevan unos días enfrentándose a la policía en un par de avenidas de Madrid, Bilbao, Valencia y, sobre todo, Barcelona y, eventualmente, queman contenedores de basura e, incluso, rompen escaparates o vitrinas o vidrieras. Y medios y políticos y parroquianos españoles lanzan todo tipo de grititos indignados: queman, dicen, roban, dicen, caos en las calles, dicen, la anarquía y dónde vamos a ir a parar con estas cosas. Solo algunos, los más brutos, piden mano dura –y los demás lamentan civilizadamente, comprensivos. Es todo un espectáculo, aunque el esfuerzo de producción es módico: al fin y al cabo son, en cada sitio, mil, dos mil muchachis que corren y queman. Y todos hablamos de ellos. Por una vez, todos hablamos de ellos.

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Tantos años

Está tan lejos que ya no sé quién era: lo sospecho, le recuerdo cositas. Sé que era un chico y me da vértigo: hoy cumplo 47 años de periodista. O, para decirlo más despacio: hoy hace 47 años que escribí mi primera nota.

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La gran peste cumple siglo y medio

El festejo es, quizás, exagerado: gran esfuerzo de producción mundial para recordar que hace exactamente 150 años empezó en Buenos Aires la pandemia más recordada de la historia argentina, la Fiebre amarilla de 1871. En esos días la ciudad era, como siempre, un caos. Buenos Aires había crecido rápido y desordenada: dos décadas antes tenía unos 80.000 habitantes, pero entonces ya llegaba a los 180.000. Su mugre, sus amontonamientos, sus cloacas escasas, sus basuras diversas parecían el mejor escenario para que la peste se desarrollara –y se desarrolló.

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El Gran Miedo, los jefes tristes, los remedios ajenos

Y sí, queremos a papá; sobre todo cuando tenemos miedo. Nunca en nuestras vidas pasamos tanto miedo. O, mejor: nunca en nuestras vidas vivimos tanto tiempo condicionados por el miedo. El miedo fue la razón por la cual, hace ya casi un año, el mundo se paró: el miedo más primario, el miedo de morirnos, que nos tiene encerrados, apichonados, convencidos de hacer tantas cosas que, sin él, jamás habríamos hecho.

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El opio de los pueblos

El otro día –a quién le importa– hubo un golpe de estado en Birmania o, si acaso, en Myanmar. Los militares que la habían gobernado durante décadas –hasta 2016– volvieron a cargarse a la señora que los peleó desde siempre y gobernó desde entonces, Aung San Suu Kyi, que tenía todo el prestigio de ser una víctima y perdió buena parte hace unos años, cuando victimizó a su vez a cientos de miles de rohinyás. Todo lo cual –decíamos– no le importa a nadie. Y sin embargo la noticia me dio cierta nostalgia y ganas de revisar mi visita a aquel país que, hace un cuarto de siglo, cuando…

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La prueba de la vacuna

Es probable que el capitalismo mundial se crea que no lo necesita. Es probable, incluso, que no lo necesite. Pero, por si alguna vez llega a estar en la duda y piensa que precisa una prueba para saber quiénes son sus fieles más extremos, los creyentes auténticos, se me ocurrió una, que les cedo a cambio de unos módicos royalties a pagar en Andorra.

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