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Martín Caparrós

Ahora, ya pasado el tiempo, cuando por fin gobierna España uno de esos jefes autocráticos y gritones que llaman populistas, aquellos días se estudian –a escondidas– en los libros. Que los resumen simple: cuentan que los dos partidos principales de la llamada democracia se peleaban por las medidas que se debían tomar para contener una epidemia y, mientras se peleaban, la enfermedad seguía avanzando.

Dicen, para sintetizar, que la situación era un cómic de terror: el gobierno español acusaba al gobierno madrileño de no querer salvar a sus ciudadanos con las medidas urgentes que le ofrecía, en un acto genocida que habría merecido acusaciones ante los tribunales de Derechos Humanos de La Haya. Y el gobierno madrileño acusaba al gobierno español de querer encerrar a millones sin razón, en un acto dictatorial que habría merecido la rebelión de todos los demócratas y la intervención de las potencias libres.

Y cuentan que las acusaciones eran terribles y las posiciones no se acercaban y entonces se frenaban los unos a los otros, no tomaban las medidas necesarias y crecían los contagios, las muertes, la sensación de indefensión y miedo. Y que cada vez más personas veían con horror cómo las peleas entre esos políticos que solían mirar con desprecio les costaban la vida, y que dejaban de despreciarlos para empezar a odiarlos. Algunos, por supuesto, odiaban un poco más a unos y otros un poco más a otros; algunos se quejaban de que el gobierno español quisiera destruir su libertad y su economía, otros se quejaban de que ese mismo gobierno no ejerciera la fuerza necesaria para salvar sus vidas, pero al fin todos empezaron a coincidir en que el sistema estaba lleno de recursos para impedir hacer lo necesario, que no servía para lo único que lo justificaba: preservarlos.

Y que, por eso, cuando apareció el autocrático gritón con banderas y retórica al uso para decir que la democracia no funcionaba y que él sí les ofrecía la decisión y la empatía necesarias para cuidarlos porque él los entendía, porque era uno de ellos, lo tuvo más que fácil: millones y millones lo siguieron, lo eligieron –y a llorar a la iglesia.

Después, durante todos estos años, ya sabemos: quejas, reproches, acusaciones mutuas, idioteces de idiotas. Ahora, en nuestras charlas en voz baja, nunca falta algún nostálgico para preguntarse qué habría sido distinto si aquellos necios hubieran sido un poco menos necios. Es un lamento inútil: ahora lo que no sabemos, como siempre, es cómo vamos a salir de ésta.