un cuarto –medio medio– propio

Autor: chachara Página 1 de 9

El desgobierno

Martín Caparrós

Ayer los argentinos votaron masivamente contra el peronismo kirchnerista. Fue lo que los técnicos –que somos casi todos– llaman un “voto-castigo”. Los argentinos castigaron con entusiasmo al partido que los gobierna. Para castigarlo, los argentinos votaron sin entusiasmo al partido que no los gobierna porque lo habían castigado antes votando al que ahora los gobierna; antes aún lo habían votado en masa para castigar al que los había gobernado antes –el que los gobierna ahora–, que era el que habían votado antes y después dejaron de votar y después volvieron a votar y ayer, otra vez, no votaron. La frase es confusa, la sucesión es clara, las conclusiones más: elección tras elección, los argentinos votan al partido que no los está gobernando. O, más claro: lo que los argentinos no les toleran a sus gobiernos es que los gobiernen.

Y tienen toda la razón –creo que tienen toda la razón–: cualquier partido que gobierne la Argentina va a ganarse, con toda justicia, el repudio de sus ciudadanos. Cada vez, el rechazo encuentra sus maneras: esta, los medios hablan y hablarán de esa foto de fiesta en la residencia presidencial durante el confinamiento más estricto, hablan y hablarán de las vacunas vip, hablan y hablarán –menos– de los millones que se quedaron sin trabajo o sin comercio o sin medios para comer todos los días. Pero si no hubiera sido eso habrían sido otras cosas: la Argentina, tal como está, no es un país gobernable porque no es un país viable, no funciona. Y no funciona, entre otras cosas, por la esforzada labor de estos dos sectores políticos que la gobiernan desde hace cuatro décadas.

El partido que los argentinos votaron ayer tiene un discurso más “de derecha”; el que no votaron ayer tiene un discurso más “de izquierda”; sus acciones suelen parecerse. El partido que los argentinos votaron ayer endeudó al país, en sus cuatro años de gobierno, en unos 50.000 millones de dólares, virtualmente impagables. El partido que no votaron ayer empobreció al país en estos dos años de gobierno y lo llevó de un tercio de argentinos pobres a casi la mitad. El partido que votaron ayer cree en el mercado y lo grita a los cuatro vientos; el partido que no votaron ayer cree en el mercado y lo grita más bajo, más confuso. El partido que no votaron ayer cree en el asistencialismo clientelar y lo practica con denuedo; el partido que votaron ayer no cree en el asistencialismo clientelar y también lo practica con denuedo. El partido que votaron ayer y el que no votaron ayer usan la justicia en su beneficio –y, por supuesto, denuncian al otro por usar la justicia en su beneficio. El partido que votaron ayer y el que no votaron ayer –sus dirigentes más conspicuos– tienen causas pendientes por distintas corruptelas. El partido que votaron ayer y el que no votaron ayer tienen dirigentes de escaso vuelo, saberes muy justitos. El partido que votaron ayer y el que no votaron ayer son la base de esa estructura de poder que, con un empujón militar hace ya mucho tiempo, ha llevado a la Argentina a su abismo presente.

La política argentina de las últimas décadas es un vaivén patético entre dos grupos que, cada vez que gobiernan, consiguen rehabilitar al otro, que, gracias a su gobierno repudiable, le había abierto el paso. En la Argentina, parece, la única política exitosa es el desgobierno: estar enfrente, ser oposición, hablar y hablar sin tener la obligación de hacer, decir y –curiosamente– ser creído. Alguna vez, hace unos años, lo llamé el país calesita –tiovivo, carrusel–: algo que parece moverse pero en realidad sigue dando vueltas y más vueltas sobre sí mismo, sin ir a ningún lado, sin cambiar de lugar.

El bipartidismo de facto en Argentina es la mejor forma de asegurar la inercia de un país que necesita cambiar de dirección: detener la caída. El bipartidismo –hoy yo, mañana vos, pasado yo, pasado pasado vos– es la losa que cierra cualquier cambio, cualquier esperanza. No será fácil levantarla: los dos partidos o sectores saben que dependen del otro y hacen todo para fortalecerlo. Saben que su mejor recurso es ese enemigo que, con sus fracasos, les permitirá volver a gobernar y, para eso, necesitan decapitar a cualquier tercero que amenace desarmar ese animal de dos cabezas. Pero, mientras el monstruo dure, la Argentina seguirá cayendo.

Hace 50 años el producto bruto per cápita argentino era la mitad del de Estados Unidos; ahora es un octavo. Hace 50 años un 10 por ciento de inflación era un peligro; ahora sería un logro extraordinario. Hace 50 años la Argentina tenía 40.000 kilómetros de vías férreas que armaban un país; ahora no tiene 4.000 y la mayoría no funciona. Hace 50 años la Argentina se autoabastecía en petróleo, gas y electricidad; ahora se endeuda para importarlos. Hace 50 años la Argentina fabricaba aviones y coches de diseño propio; ahora desequilibra su balanza de pagos para comprar autopartes y juntarlas. Hace 50 años las escuelas privadas solo atendían a uno de cada diez infantes; ahora, cuatro veces más. Hace 50 años los hospitales públicos recibían a la mayoría de la población; ahora sólo atienden a los que no tienen más remedio.

Y seguimos permitiendo que los que lo han logrado nos gobiernen. No hemos sabido sacárnoslos de encima, no hemos sabido inventar otras formas. Y todavía hay gente, aquí y allá, que se cree que no somos tontos.

Ñamérica

Es un gusto. En estos días está apareciendo –qué raro que los libros “aparezcan”– mi más reciente, Ñamérica. Es un libro gordo, casi 700 páginas, en el que trabajé directamente los últimos tres años e, indirectamente, los últimos treinta: desde que empecé a recorrer América Latina para tratar de contarla.

Ahora la idea es contarla pero también pensarla: intentar entender cómo cambió en las últimas décadas esta región que suele definirse como la más desigual, la más violenta, la más migrante, la más futbolera, la más católica, la más nueva del mundo. O sea: tratar de ir más allá de estos lugares comunes -y de la facilidad de las noticias- para releerla a partir de sus procesos, sus lugares, sus datos, sus personas.

Para entender, entre otras cosas, que esa mirada folclórica, fundamentalista que suele despertar no sirve para mucho. Por eso Ñamérica empieza en uno de sus lugares más folkies, el mercado de Chichicastenango, Guatemala: para preguntarme qué queda de aquella América, para empezar a buscar a la que ocupa su lugar.

Amanece. El mercado huele a cilantro y a cebolla, a carne fresca y a pescado seco, a pollo frito y flores, al maíz de las tortillas sobre todo, y resuenan las palmas de mujeres que las hacen a golpes. Los gritos, también, por todas partes:

–Le cura sus dolores, seño, dolor de su cabeza, su rodilla, cura nervios, le cura los nervios…

Grita un muchacho de camisa blanca muy lavada mientras agita una pomada y otro al lado grita que la suya cura callos, uña gruesa, uña encarnada, las cataratas de la vista. Hay otro más allá:

–…le crece el pelo, mama, le quita la caspa, le crece el pelo, vaya, caspa seca, caspa húmeda, caspa voladora…

Grita y después regrita todo en una lengua donde solo entiendo la palabra “caspa”. Los muchachos son bajos y cobrizos y ofrecen soluciones, mujeres se las compran. Las mujeres –miles de mujeres– fueron llegando con el alba en esas camionetas desvencijadas donde caben –aunque no caben– quince o veinte. Son mujeres sólidas y bajas; según bajaban, se cargaban en la espalda esas bolsas de lanas de colores –si no tenían un bebé que cargar en la espalda–; también llevaban en las manos otras bolsas, blancas de arpillera, donde traían lo que traían para vender. Y se fueron desparramando por las calles de Chichi hasta que encontraron sus lugares, se sentaron en el suelo, desplegaron sus frutas o sus flores, esperaron.

–Yo quisiera ser rubia.

Me dice Manola y me sonríe, como para que apruebe. Manola tiene la piel oscura y el pelo oscuro y la sonrisa luminosa y un telefonito y me dice que querría tener el pelo claro. A menos que ser rubia no sea eso. Entonces su madre la regaña en quiché; a mí me habla en castellano:

–No le haga caso, señor. A nosotros nos gusta ser así como somos.

Yo le pregunto cómo son y ella calla y se señala con las manos y se encoge de hombros, como quien dice así como me ve. La señora debe tener 30 años, la cara seria de una madre; Manola tiene 14, chispitas en los ojos, y esta mañana las dos venden manzanas. Antes, Manola me dijo que se iba a casar pronto y no me contestó cuando le pregunté si estaba contenta.

–Claro que nos gusta ser así, señor, no me haga caso, era una broma lo de rubia.

Dice Manola y que su mama dice la verdad y que ella es chica y que por eso, que igual los rubios son gente muy rara. Las dos llevan sus blusas mayas bordadas coloridas y sus faldas a juego; las dos están sentadas en el suelo de piedras desparejas detrás de sus manzanas desparejas en su cesta de mimbre. Alrededor, miles de mujeres con vestidos parecidos venden cosas; alrededor, el mercado de Chichi explota de olores y colores; alrededor, me dicen, debe estar el espíritu.

Chichicastenango es una ciudad colonial entre montañas verdes, volcanes en silencio; es la más poblada del Quiché, la región más maya de Guatemala, y su fama viene de que, hace tres siglos, allí se transcribió por primera vez el Popol-Vuh –y, hoy, de su mercado.

Su mercado es el más tradicional y se forma dos veces por semana, jueves y domingos: entonces, tantos llegan. Hoy, jueves bien temprano, rebosa de personas. Son miles y miles comprándose y vendiéndose, cruzándose, relacionándose con la relación más habitual de los dos o tres mil últimos años –yo te doy algo, vos me das algo–, como en tantos lugares del planeta ahorita mismo. Solo que aquí lo que se vende se ha producido cerca y lo venden, en general, los que lo hicieron y, además, las vendedoras se visten diferente. El mercado de Chichicastenango es un refugio, un resto: de los mercados de antes de la unificación del made in China; de una cultura que el mundo se va tragando poco a poco.

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.Todo se estrecha y se retuerce: no es fácil andar por estas calles llenas de vendedores y vendedoras, puestos, perros, inundación de cuerpos.

.–La que se pone en el suelo, si está sola, después no puede levantarse hasta el final. Se hace largo el final para la que está sola.

Me dice desde el suelo, detrás de una canasta con dos docenas de limones, una señora muy mayor. En el mercado hay clases, por supuesto: esas mujeres que llegaron y se buscaron un rincón vacío y pasarán el día mirando todo desde abajo y, más arriba, los que tienen sus puestos desplegados, con su lugar, su techo, sus montones de mercadería, sus banquitos. Pero también hay más abajo: hombres de carga. Aquí no hay espacio para carros, no hay carretillas, no hay carritos. Los hombres son sólidos y bajos: cuando los apalabran, se echan a la espalda un bulto que los dobla y se doblan para soportarlo y transportarlo. No precisan agarrarlo con las manos; lo sostienen con una cuerda que se pasan alrededor de la cabeza y aguantan con la frente, un trapo entre la cuerda y la piel para que no les hunda la cabeza y, así, las manos libres para llevar más carga.

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(En Chichi y sus alrededores viven unas doscientas mil personas, casi todas quichés. El castellano se habla poco, raro.

–No, yo lo aprendí en la escuela y en la televisión, pero más en la tele…

Me dice Manola, y se sonríe. Lo habla muy bien, se lo digo, se sonríe de nuevo:

–Es un idioma muy difícil. Tantas palabras tiene, vaya a saber de dónde salen.

En la zona, me dicen, hay muy poca violencia, poquísimos asesinatos: la “justicia maya”, que mata asesinos en linchamientos populares, ha ayudado mucho, me dicen, a terminar con ellos.)

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Casi todas las mujeres llevan sus vestidos tradicionales, distintivos, torrentes de colores que llevaron sus abuelas, las abuelas de sus abuelas, más abuelas: rojos, negros, dorados, la elegancia. Los hombres, en cambio, van de pobres globales: un bluyín, una camiseta con dibujo o leyenda, zapatillas, su cachucha o capucha. La tradición, parece, reside en las mujeres: ellas son las que siguen portando su pasado sobre el cuerpo; o, dicho de otro modo: ellas son las que siguen atadas al pasado, distinguidas. Los hombres, que pueden decidir, deciden el presente, confundirse.

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El espíritu se esconde

pero está.

Los pasillos entre puestos son oscuros y angostos; el suelo, piedras desparejas; de las viejas iglesias encaladas en las dos puntas del mercado bajan cantos, el olor a incienso. Pasa un hombre de carga con dos bolsas de granos de maíz: cien kilos de maíz sobre la espalda, la cuerda hundiéndole la frente; camina con los pasitos cortos y apretados de quien no sabe si va a llegar pero prefiere que sea rápido.

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–¿Y usted, señor, de dónde es?

–No sé. Yo nací en la Argentina pero vivo en España.

–Ah, qué bueno, entonces puede hablar los dos idiomas.

Yo estoy feliz de ser, de pronto, tan políglota.

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En esta esquina en cambio docenas de mujeres tienen un gallo en brazos: lo venden por 50 o 60 quetzales, menos de 10 dólares, y el comercio funciona. Las discusiones en quiché; los números en castellano. A cada rato una señora se va con un gallo bajo el brazo y otra, la que se lo vendió, ya desplumada, se despide y se vuelve a alguna parte. Entre ellos se venden cosas del campo o para el campo: tomates, aguacates, hongos, lichas, ocotes, hierbas, frijoles, flores, chiles, carnes, animales varios, granos para esos animales, abonos y semillas de esas plantas. Y venden, también, tejidos –que buscan los turistas. Esos tejidos son su firma, su marca; probablemente nada los identifica más; probablemente, para el resto del mundo, nada más los identifica. Y, por supuesto, está la artesanía.

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–A ver, amigo, qué le vendo, amigo. Artesanías, amigo, qué le vendo.

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El sistema es así: en el mercado existe –subsiste– un núcleo duro de mujeres que venden, como siempre vendieron, sus flores y pollos y frutas y verduras y tejidos, sus hechuras, y se visten como siempre se vistieron y hablan como siempre hablaron. Entonces hay personas de otros sitios que, atraídas por ese fenómeno en vías de desaparición, vienen para verlo. Entonces hay personas que, atraídas por la presencia y el dinero de esas personas de otros sitios, vienen para venderles otras cosas, sobre todo esos productos que, hechos cada vez más en serie, se venden porque se ven hechos a mano –y solemos llamar artesanías.

La artesanía y el turismo: quedarse con algo que te recuerde que estuviste en otra parte, que no siempre fuiste este en este escritorio, en este banco.

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Ana Mariana, veintipocos, vendedora en la panadería, me sirve mi café y se ríe nerviosa cuando le cuento mi charla con Manola, la muchacha que quería ser rubia:

–¿Será que le da vergüenza ser indígena?

Pregunta, más que dice. Y que ella al contrario, está orgullosa, y le gusta tanto usar el vestido quiché aunque para venir a trabajar deba ponerse pantalones.

–Ladina, querrá ser.

Dice, casi con desprecio. Yo le pregunto lo evidente y me dice que sí, que ladinos vendrían a ser las personas que no son indígenas.

–¿Yo, digamos?

–Claro, usted.

–Me gusta ser ladino.

–Bueno, si no sabía lo que era, ahora lo sabe.

En el mercado de Chichicastenango pululan esas personas de otros sitios, los turistas. Ellos sí que saben: vienen porque les dicen cómo son las cosas. Lo leí en una de sus guías: “Si quiere conocer el verdadero espíritu de América Latina vaya al mercado de Chichicastenango”. En esos días yo buscaba, por supuesto, el espíritu de América Latina, y decidí venir a verlo. La idea de un espíritu de jueves y domingo era inquietante, pero estaba dispuesto a soportarla. Más me inquietó, en realidad, que fuera este: un mercado marcadamente indígena en el país con mayor proporción de indígenas de América, con mayor proporción de campesinos de América, con mayor proporción de desnutrición y mortalidad infantil de la América hispana, con la violencia desatada. La decisión tan clara de pensar América Latina como el cliché de siempre.

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Esto, claro, debe ser lo latinoamericano: tenemos un espíritu.

(Así se percibe: como un espacio silvestre peligroso o, en el mejor de los casos, uno donde deberían preservarse ciertas cosas que el resto del mundo occidental está perdiendo. Un espacio donde lo importante es conservar.)

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Y me inquieta, siempre, en general, esa tendencia a suponer que lo auténtico es lo que hacíamos “antes” –antes de algún cambio, antes de alguna mezcla– y que lo que hacemos ahora es impuro y bastardo y que se debe buscar lo que quede de aquello allí donde se encuentre. Sobre todo, claro, en esas sociedades más o menos “primitivas”.

Si alguien quiere saber cómo es “Europa” no piensa en ir a ver pastores de renos en Laponia o chicas traficadas en Moldavia o desocupados napolitanos en sus bloques de viviendas sociales pero a muchos se les ocurre venir a Chichi o ir al Cuzco para saber de “América Latina”. El reparto de roles en la película global está bastante claro: los que van a París van a la torre Eiffel, gran momento de la máquina moderna, y en Nueva York se amontonan ante las pantallas de Times Square, técnica de punta, o en los malls de brillitos; los que vienen aquí buscan restos del pasado folkie. Y no es solo el turismo; en general, para muchos millones, a lo lejos, aquí lo auténtico es lo que ya no es; en otros sitios no cargan ese lastre.

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Pero los de aquí también tienen una idea de América Latina: a mí, que soy un poco blanco, un poco alto, me hablan en inglés; se ve que el español es cosa de otra gente. Un hombre bajo viejo me mira tomar notas y me pregunta en castellano que en qué idioma escribo. Le digo castellano y me dice que no, que es otro idioma. Me deja con la duda. La muchacha cobriza quiere verse rubia, los rubios quieren vernos cobrizos campesinos: el mundo, por suerte, es un sinfín de incomprensiones. Por eso hacemos libros todavía: por la ilusión –siempre fallida– de alguna vez entender algo.

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(A media tarde en el mercado cae bruto chaparrón y todos corren; el espíritu sudaca se disuelve en el agua.)

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.Otra causa perdida: querría saber qué es Ñamérica más allá de folclores, artesanías y demás nostalgias. Tratar de saber qué y cómo es ahora, después de tanto cambio, más allá de los lugares más comunes, más allá de supuestos espíritus. Tratar de saberlo mirando más lo común, menos lo extraordinario. Huir de los clichés telúricos, marca fuerte de lo “latinoamericano”, para espiar las vidas, las relaciones, las ideas. Mirar, oír, pensar, recordar, contar: ojalá sorprenderme, imaginar que entendí algo.

Es, insisto, una búsqueda: tratar de saber qué significa Ñamérica, si existe, qué la constituye. Cuáles son los rasgos comunes que permiten hablar de una región –y las diferencias que la confunden y complican y completan. De eso van estas páginas. Llevo décadas recorriéndola, mirándola, tratando de contarla; ahora, por fin, querría saber.

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Esto no es una pipa, escribió Magritte –y pasaron cien años.

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(¿Les gustaron las fotos?)

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En voz alta:

Aprender a mirar

Martín Caparrós

¿Me permiten una historia boba? ¿Una fábula pobre, un cuento sin sus hadas? Bueno, gracias. Entonces empezaré contándoles que aquel maestro solía ir a esa caverna, aunque no contaré cómo, para qué. No lo sabemos: seguramente algunos suponían que iba con una mujer y eso, a fines del siglo XIX y en un pueblo de la Francia profunda, era mejor callarlo. Algunos imaginaban que iba a hacer otras cosas, aún más acalladas. Pero, en verdad, seguramente iba porque en el pueblo todos iban: porque ir a esa caverna, Font-de-Gaume, era un paseo habitual.

Font-de-Gaume estaba a menos de un kilómetro del centro de Eyzies-de-Tayac –si un pueblito de mil habitantes perdido en la Dordogne, en el medio del medio de esa Francia, pudiera tener centro. Eyzies estaba construido entre peñascos y despeñaderos y, desde siempre, algunas de sus gentes vivían en casas-cueva, un agujero en las rocas con algún cuarto construido por delante. Y alrededor había más grutas más silvestres, así que ir a jugar o pasear o refugiarse en ellas era tan habitual.

El maestro se llamaba Denis Peyrony y había nacido en la región en 1869, hijo de un campesino como tantos. Denis estaba destinado a la labranza pero era demasiado débil y levemente pretencioso, así que se fue a estudiar para enseñar. En 1891, ya recibido, lo destinaron a Eyzies; allí se instaló, dictó sus clases, se rizó los bigotes, vivió como podía. En sus días libres, queda dicho, paseaba por los campos y las cuevas.

Font-de-Gaume era de las mejores: todos los hombres y mujeres de Eyzies habían ido alguna vez, todos los chicos habían jugado entre sus estalactitas y sus estalagmitas, sus huesos, sus pedruscos; tantos habían escrito en sus paredes sus nombres y una fecha, una flecha, un corazón partío. Algunos tapaban con sus signos garabatos viejos, manchas, formas; otros preferían encontrar su lugar propio, no mezclar sus trazos con los viejos. Al maestro le gustaba ese espacio de recovecos y de ecos, de colores ocres, de luces fugitivas, pero nunca había prestado demasiada atención a esas manchas marrones: parecían animales, no estaban mal pero a quién le importaban. Eran, como los suyos, como todos los otros, dibujitos menores.

Nada particular. En Eyzies, cuevas y huesos era lo que sobraba: unos años antes, a menos de un kilómetro del centro –si es que un pueblito así tuviera un centro–, obreros que abrían un camino habían tropezado con los restos de varios esqueletos: los juntaron, se los dieron a un jefe, desde París llegaron dos señores y se los llevaron. El paraje se llamaba Cro-Magnon y, desde entonces, hubo personas que empezaron a interesarse por esos restos tan antiguos.

No eran muchos, y a veces lo sufrían. Suponer que muchos milenios antes ya había unos hombres –muy parecidos, tan distintos– era desafiar la autoridad de la Santa Madre Iglesia, que decía que la Tierra no tenía más de seis mil años y que entonces un dios había creado al hombre tal cual era y a la mujer de su costilla. Darwin y los suyos ya se estaban plantando; estudiar esos restos primitivos era otro modo de aportar a la embestida de la ciencia contra los mitos y las supersticiones, otro triunfo del “progreso”.

Pero esos blasfemos todavía eran pocos, y el maestro no era uno de ellos. Hasta que, en el ’95, un médico prestigioso de París, Louis-Joseph Capitan, y un cura iluminado de Mortain, Henri Breuil, aparecieron por el pueblo y le explicaron su pasión: habían descubierto que esos hombres de Cro-Magnon también eran artistas que habían dejado, en ciertas cuevas, sus obras milenarias. Capitan y Breuil las buscaban; le preguntaron si él sabía de alguna. Entonces el maestro recordó aquellas manchas, las repensó con esa vara nueva, llevó allí a sus nuevos amigos, y juntos “descubrieron” uno de los mejores conjuntos de arte rupestre que existen en el mundo. Uno que siempre había estado allí, a la vista de todos, pero nadie había visto todavía: que nadie había sabido ver.

La historia, aunque sea cierta, es casi una fábula, así que tiene moraleja: recuerda que no hay peor ciego que el que no sabe ver, el que no sabe qué tiene que mirar. Si nadie nos hubiera hablado de las estrellas cuando chicos, todos esos puntitos blancos en el cielo nocturno podrían pasar por agujeritos, dioses perdidos, fuegos de salvajes. O podríamos, más que nada, no verlos: suponer que la noche es negra y blanca. Así el maestro, cuando miraba las manchas sin verlas porque no sabía que pudieran ser las obras de los primeros hombres. Así cada uno de nosotros cada día, cuando mira el mundo y no lo ve porque no sabe qué mirar.

Así vemos lo que siempre vimos, lo que sabemos que veremos y dejamos, tantas veces, de ver lo que podríamos. Casi todos los que hablan –los que escriben, los que nos escriben y nos hablan– se dedican a mostrarnos lo que ya sabemos, a repetirnos lo que ya escuchamos, a convencernos de que miremos una y mil veces lo que siempre miramos.

Los decisivos son los otros: esos pocos que ven que ahí, no muy lejos, no muy escondido, justo delante de los ojos, hay algo que no sabíamos ver porque no creíamos que debiéramos mirarlo. Manchas que se revelan arte, huesos que niegan la mitología. Hay que poder hacer sentido con lo que uno ve pero, sobre todo, entender que ahí hay algo que nos hará entender algo que no sabemos, algo que no sabemos que ignoramos.

Y la historia del maestro y sus amigos también recuerda que al hacerlo hay riesgos. Ellos creían que esos dibujos tenían diez o veinte mil años pero podían equivocarse: de hecho muchos no lo creyeron, les parecía ridículo, arreciaron las burlas. Ellos lo estudiaron, se convencieron, insistieron, se arriesgaron –y cambiaron algo. Digo, aunque parezca Pedro Grullo: en eso consiste la tarea, en preguntarse sin cesar qué es lo que no sabemos ver, qué tenemos delante de los ojos y no vemos porque no sabemos; en convertir la mancha en arte antiguo, el borrón en historia. Los que lo hacen amplían el campo de la visión, el conjunto de lo que miramos: son los que abren caminos, los que importan.

Por eso, supongo, la pregunta no debería ser qué vemos, sino, siempre: ¿qué no estamos viendo, que no sabemos ver? ¿Qué mancha es un dibujo? ¿Qué hay ahí, donde no vemos nada? Por eso, supongo, mirar el mundo es la tarea más difícil: mirarlo en serio, con esa desconfianza, con la lupa poderosa de la duda. Mirarlo, digo, como si nunca lo hubiéramos visto, como si al fin consiguiéramos verlo. Mancharse, digo: descubrir los dibujos, entender algo nuevo.

Impunidad de rebaño

Martín Caparrós

La historia es rara: ante la peste, un presidente latinoamericano se pone firme, cierra todo, amenaza a “los idiotas” –él dice “los idiotas”– que no quieren cumplir con el cierre, evita ciertas muertes y se deja cazar en unas fotos. Esas fotos, que muestran la fiesta de cumpleaños –llena de amigos, vino y rosas– de su mujer en la residencia presidencial de Olivos, julio de 2020, plena pandemia, también muestran que el señor presidente se cagó en todo lo que exigía a sus conciudadanos: que mientras ellos no podían ver a nadie ni ir a sus trabajos ni educar a sus hijos ni cuidar a sus enfermos ni despedir a sus muertos, él se divertía sin máscaras.

La historia es rara, sobre todo, porque ahora la sabemos. Uno sospecha que el poder está lleno de abusos; uno sabe que el poder se especializa en ocultarlos. Un poder que exhibe sus abusos es un poder absoluto o un poder idiota. Absoluto: porque se cree con derecho a todo porque ha conseguido tener derecho a todo. O idiota: porque se cree con derecho a todo pero no ha conseguido ese derecho y, en lugar de esconder que lo ejercita sin poder, permite que se vea. Absoluto o idiota: son los peligros de la impunidad.

Nadie llega inocente a esos lugares: en general, los que manejan un país se han pasado décadas cerca del poder, lo conocen, le conocen las reglas. Saben que deben decir ciertas cosas, callar otras; mostrar algunas, esconder bastantes. Y sin embargo al llegar –a poco de llegar– les da algo. Parece como si se olvidaran de todo eso que sabían y creyeran que pueden hacer lo que carajo se les cante. No sé si son esos techos tan altos, esos soldados con plumas en la puerta, esos sillones siempre inflados, esa manera en que todos les sonríen como si los quisieran; no sé si es el espejo que les dice cacho mirá, sos presidente, hijodeputa vos sos el presidente. No sé; lo cierto es que se olvidan y con cierta frecuencia hacen cagadas. A veces, esas cagadas les cuestan muy caras; a veces, menos; a veces, casi nada. En la Argentina, en general, poquito.

El presidente que cometió un delito al no respetar la cuarentena, el presidente que mostró que era tan bobo o tan soberbio como para no asegurarse que, si cometía un delito, no lo fotografiaran, el presidente que mostró que era incapaz de hacer una cagada sin que se note demasiado, sigue ahí, se enoja, contraataca. Dijo que era un error, dijo que lo había hecho su “querida Fabiola” y dijo que no iba a repetirse; después dijo que los que quieren seguir hablando de esto son “unos miserables”. La oposición habitual dice que es intolerable y que habría que juzgarlo, pero como lo dice todo el tiempo se le aplica, un poco, la historia del pastorcillo mentiroso. Y el oficialismo habitual dice “pero Macri” y saca a relucir alguna historia del gobierno anterior para tratar de demostrar que era peor y se le aplica, un poco, la historia de cambien el disco. Y millones lo miran con este odio justiciero, y en un par de semanas tendrán otro.

Quizá no, pero es probable. Porque no es la primera vez que un presidente argentino hace algo así: en realidad, todos los presidentes argentinos hacen cosas así, con más o menos matices, con más o menos fotos, con más o menos daños –y se diría que estamos habituados. Un párrafo de mi amigo Ernesto Tenembaum en Infobae lo sintetiza bien: “Carlos Menem, ex presidente de la Argentina, dijo: ‘Si en campaña electoral decía la verdad de lo que iba a hacer no me votaba nadie’. Sin embargo la sociedad lo perdonó: seis años después, cuando ya se sabía quién era, Menem arrasó en la elección donde fue reelecto. Raúl Alfonsín calificaba como ‘el gobierno más corrupto de la historia’ al de Carlos Menem, semanas antes de firmar con él el Pacto de Olivos que le permitió a Menem ser reelecto. Sin embargo aún es uno de los personajes más respetados de la historia argentina. Elisa Carrió había dicho que su límite ético era Mauricio Macri antes de acordar con él”.

Así que nada, algunos gritos. Me imagino que hay muchos países donde una foto como aquella es motivo de renuncia y escarnio –hace unos días, con perdón, se conoció la historia de la primera ministra de Finlandia, Sanna Marin, 35 años, que ha tenido que devolverle al estado el dinero que se gastó en desayunos y comidas con su familia en la residencia oficial. Ya los veo diciendo bueno, pero no vas a comparar, eso es Finlandia, esto es la Argentina. Es cierto, en la Argentina esas cosas al final se pasan –o, si acaso, funcionan como arma arrojadiza si muchos están muy enojados por alguna otra cosa: la vida, por ejemplo, sus penurias. Creo que tiene que ver con eso que –no– llamamos la impunidad de rebaño.

(La “inmunidad de rebaño” fue un enunciado desdichado: viene de la ciencia en inglés, herd inmunity, y empezó a circular con la pandemia. Pronto algunos asesores de políticos se dieron cuenta de que no era amable llamar a los ciudadanos rebaño –llamar ovejas a los ciudadanos– y empezaron a cambiarlo por “inmunidad de grupo”, pero muchos siguieron con eso del rebaño: es bonito, bucólico, bala. Y significa que cuando muchos comparten un virus, el virus ya no enferma. La impunidad, en argentino.)

Si un presidente puede por ejemplo mostrar que se cagó en las reglas brutales que les impuso a todos y seguir andando es porque hay una idea de impunidad general: impunidad de rebaño. Por supuesto hay frases y grititos, verborrea de moral ultrajada, pero sospecho que si él lo hizo es porque –casi– todos lo hacemos y porque, al fin y al cabo, toleramos. Nos quejamos, faltaba más, sabemos qué es lo que nos conviene: es bueno poder quejarse de lo que hacen los que hacen, es mejor poder seguir haciendo cosas parecidas. Digo: es bueno poder quejarse de La Corrupción después de darle su coima al policía que te paró por pasarte el semáforo. Es bueno poder quejarse, es bueno poder dar la coima. Entonces, la idea es quejarse pero no cambiarlo.

La Argentina tiene un pacto de impunidad –de rebaño– desde hace décadas. En todos los niveles: desde los presidentes que usan la justicia para joder a los ex presidentes –porque la patria, doctor, nos lo demanda– hasta el electricista que trabaja sin factura –porque el estado se fuma los impuestos, vio, maestro? Tenemos muy buenas excusas: somos campeones fabricando excusas; tenemos políticos que roban, militares que matan, empresarios que estafan, todo tipo de basuras que usamos para justificarnos. Y todos estamos de acuerdo en que hay que esquivar los deberes y las instituciones porque son injustos. Es cierto que lo son; también es cierto que para esquivarlos debemos permitirnos los unos a los otros la necesaria impunidad. Vender una casa y escriturarla ante escribano por una cifra falsa, contratar a alguien y no pagarle obra social, comprar y vender dólares a un precio ilegal a la vista de todos: la impunidad está por todas partes. Y es el medio donde sobrevivimos, y nadie quiere siquiera imaginarse cómo sería si no fuera así, y así seguimos, sumergidos en la impunidad de rebaño, en esa que permite que un presidente se cague en todo porque todos nos cagamos, cada quien como puede, y nadie cree realmente que haya que pararlo: una forma de vida, la Argentina.

Con esto no trato de defenderlo ni de justificarlo ni un poquito. El mal de muchos, sabíamos, solo es consuelo de algún tonto. Solo intento entender por qué siempre nos pasan estas cosas.

Aunque quizás otra vez me equivoque; quizás esta vez sí la impunidad se rompa. La amenaza otro valor seguro: la muerte, los muertos, el peso de las víctimas. La foto consigue que las muertes de la pandemia, tan difíciles de atribuir a nadie, tengan simbólicamente un responsable: el que debería haberlas evitado y no solo no lo hizo sino que, mientras tanto, rompía sus propias reglas –y se tomaba champaña.

Frente a eso, quizá, la impunidad de rebaño no alcance. En unos días hablamos; en unos días más hablan las urnas.

El medio no es el mensaje

Martín Caparrós

Lo miré. Sí, confieso, lo miré. Twitter decía que había sido “histórico” y me dio curiosidad: Ibai Llanos, un muchacho vasco de 26 años, varios millones de seguidores en sus redes, frecuentador de futbolistas, le había hecho “una entrevista histórica” a Lionel Messi el día de su llegada a París. Yo estudié historia; con eso de la historia me llevan del hocico. Así que quise saber por qué era histórica y me tomé el trabajo de mirarla en su canal de Twitch: el ¿entrevistador? habló mucho de sí, de cuánta carne había comido o no comido en un asado en casa de su entrevistado, de cómo había llegado hasta ese asado; después, por sus preguntas incisivas, nos enteramos de que Messi está feliz, que París tiene muchos jugadores y un vestuario impresionante. Fueron menos de cinco minutos; los dos últimos pasaron mientras Messi trataba de firmar una camiseta que el joven Llanos sostenía –pero no lo consiguieron por falta de herramientas.

(Es cierto que, en la rueda de prensa, las preguntas de los otros periodistas no habían sido mucho mejores: eso no mejora a Llanos, empeora a la mayoría de los periodistas. Otro día habrá que hablar del periodista deportivo como personal embedded, incrustado: uno que, para poder trabajar, depende de la institución que cubre.)

El episodio Llanos-Messi fue, faltaba más, corto pero aburrido: dos conocidos que se encuentran y se hacen tres o cuatro bromas, complicidad menor. Estaba hecha para todos esos que quieren mirar de afuera lo que querrían vivir de adentro: una raza que crece. Nada en ello me parecía muy histórico. Pregunté; me explicaron que lo era porque era la primera entrevista a Messi en Twitch. Dije que ah.

Twitch es una “plataforma” relativamente nueva: tiene diez años pero ha crecido desde que la compró Amazon, como se debe. La montaron para retransmitir torneos de videojuegos –retransmitir torneos de videojuegos– pero ahora hacen directos de muchas otras cosas. Y el joven Llanos está ahí y era histórico, me dijeron, que uno que está ahí entrevistara o entrevistase a Messi. Yo dije que no entendía por qué y me explicaron que porque era un medio no tradicional, que porque no era un periodista sino una persona –y entonces volví a decir que ah.

Poco antes un periodista argentino que no conozco –y se presenta como @gonziver– había publicado en Twitter –otra “plataforma” reciente– las planillas de entradas a la residencia presidencial argentina durante la pandemia. En ellas había movidas raras, demasiada gente que no tenía por qué estar, y se armó el debate. Pero todo terminó de estallar hace tres o cuatro días con esa foto del presidente Alberto Fernández y unos cuantos invitados que aparentemente celebraban en la residencia presidencial el cumpleaños de su novia de él, Fabiola Yáñez. El cumpleaños había sucedido el 14 de julio de 2020, cuando los decretos de Fernández tenían a los argentinos absolutamente encerrados en sus casas, sin la menor posibilidad de reunirse con parientes y amigos –sin, siquiera, la posibilidad de velar a sus enfermos o despedir a sus muertos. La foto fue una bomba –refrendada, poco después, por otra más.

(En las fotos, la evidencia de que el presidente y los suyos no cumplían con ninguna de las reglas que imponían a sus súbditos es bastante brutal. Es brutal la mezcla de soberbia e idiotez; es, pese a todo, sorprendente. La soberbia sorprende por común: cómo las personas que consiguen suficiente poder consiguen creerse que lo tienen entero, que pueden hacer lo que carajo se les cante sin tener que responder por ello; cómo se engañan imaginando que no tienen límites –o cómo se olvidan de cuáles son esos y dónde están. La idiotez sorprende por idiota: cómo esas personas –y tantas otras– no se dan cuenta de que si hacen algo que no deberían no deben permitir que se registre; que tienen que impedir, para empezar, las fotos. ¿Cuánta gente ha caído, en los últimos años, por hacerse fotos o vídeos pegándole a alguien o manejando a 200 por hora o exhibiendo su pistola o haciendo cualquier otra cosa que no tendría que hacer? ¿Son de verdad tan tontos? ¿No entienden que se ponen en peligro sin necesidad? ¿O lo que les gusta es ponerse en peligro, y esa es la necesidad?)

Esa va a ser, para millones de argentinos, la imagen de estos tiempos: el baile en el Titanic del capitán del Titanic. Nadie sabe, todavía –nadie dice– de dónde salieron las dos fotos. Hay, grosso modo, dos formas de conseguir algo así: que te lo den, que lo robes. Lo más habitual –la base del famoso “periodismo de investigación”– es que alguien que por alguna razón quiere perjudicar a alguien te pase una información para lograrlo. La otra opción –el cyber-robo– está menos desarrollada. Pregunté; me dicen que no es imposible pero tampoco fácil. En cualquier caso, todo empezó por ese periodista que consiguió la lista y pensó que era mejor publicarla en su twitter: otro medio no tradicional.

Y entonces la tentación de pensar que son movidas semejantes. Las dos se parecen en su uso de medios–redes– que no existían hace 15 años; las dos se diferencian en su intención y su realización. Aquí lo que importa no es el medio: el medio –disculpe Mr. Marshall– no siempre es el mensaje. Aquí lo que importa es el mensaje. Lo que importa es el periodismo: la voluntad de averiguar y de contar –por oposición a las ganas de pavonearse y frecuentar famosos.

La banalidad de lo nuevo es lo propio, a menudo, de las innovaciones técnicas: inventar medios distintos para hacer lo mismo. Es, quizás, un signo de los tiempos: a veces nos enfrascamos en grandes discusiones sobre si twitter o twitch o papel o papelitos; a veces nos olvidamos de que la diferencia es hacer periodismo –o no hacerlo. Que por más moderno o antiguo que sea el medio, un pelota sobando a un entrevistado no es periodismo; que por más moderno o antiguo que sea, una persona mostrando algo que ignorábamos y puede importarnos sí lo es.

Otro día podemos preguntarnos por qué cada cual hace lo que hace. Entonces sí nos vamos a divertir un rato.

Chau, fútbol

Martín Caparrós

Ya está, otra vez. Agosto, tedio, calorón, vacío de noticias, y el fútbol al rescate. Un asunto de fondo planetario de pronto nos sacude: el Fútbol Club Barcelona y Lionel Messi no van a firmar otro contrato de trabajo ultra-súper-mega millonario. Los medios enloquecen, cuentan lo que no saben, especulan. Millones y millones comentamos –al fin y al cabo, se trata de millones.

Estamos habituados. Cada verano, en estos países ricos, la pelota se para tres o cuatro semanas y sus medios sufren. Esos medios son la medida real del peso del fútbol en nuestras sociedades: ninguna otra actividad tiene, como ésta aquí y ahora, cuatro diarios –cuatro periódicos impresos cotidianos– dedicados a relatarla o suponerla.

Cada verano, en estos países ricos, esos medios del fútbol, como no tienen fútbol, tienen la solución: hablan de plata. Todo el año hablan de plata, pero cada verano solo hablan de plata. Cada verano la noticia son esas compraventas –comprar personas, vender personas, personas que solo quieren que las compren y las vendan– que suponen muchos más millones que los que ninguno de nosotros verá nunca en su vida, muchos más que los que se precisan para solucionar tantos problemas. No son noticias, porque serían muy pocas: son rumores. Desafiando cualquier razón del periodismo, los medios peloteros publican todo tipo de bulos de millones, bolazos de millones, inventos de millones, más y más millones, pornografía de millones, y el espectáculo más mirado y más opaco del mundo sigue echándose barro, y la fascinación por la riqueza de unos muchachos pedilistos sigue actuando.

Actúa con tantos, a todos los niveles, pero mucho más –faltaba más– con los más caros. Messi, por supuesto. Ya el año pasado nos dio el verano con sus historias de burofax y fuga –que terminaron en una temporada más, más bien mediocre. Messi todavía no es un ex futbolista pero ya es un ex Messi. Y ahora de nuevo: esta mañana los medios del mundo rebosan de relatos de contrato que sí, contrato que no, rumores, más rumores, problemas de un señor muy rico y muy famoso, tonterías.

Todos hablan, nadie dice nada –porque nadie sabe qué pasó. Lo único cierto es que nunca sabemos qué es cierto: nos cuentan trolas y más trolas y sin embargo las escuchamos las leemos las repetimos como si nos importaran y supiéramos algo; nos engañan, sabemos que nos engañan y nos gusta. Cualquier parecido con el mundo real es puro parecido con el mundo real.

No sabemos. Todavía planea por los aires la sospecha de que sería un farol: que alguna de las partes está mintiendo para ver si convence a la otra de algo. Si es un farol nosotros somos las polillas, bichitos de la luz: nos necesitan volando alrededor para que el truco marche. El mecanismo es conocido: alguna de las partes –Messi el año pasado, el Barcelona este– lanza una amenaza, un ultimátum, para que el otro ceda algo; si quieren que funcione necesitan la repercusión pública, la avalancha de notas en los medios, la zozobra y temor y júbilo y tristeza de los millones que miramos el espectáculo de los millones con la boca abierta, con la mente cerrada, con esta necedad que ellos precisan.

Nos necesitan, nos usan, nos inventan. Es lo habitual, pero hoy se han superado: durante meses dijeron –el Barcelona dijo, Messi dijo, los medios dijeron– que tenían todo arreglado y, de pronto, el Barcelona dice que no lo puede hacer por problemas legales. ¿De verdad habría que creer que no habían calculado si la solución que habían montado era legal? ¿No habían hecho las cuentas? Es idiota, pero nos toman por idiotas. En eso consiste, al fin y al cabo, el fútbol: en hacerse el idiota, en permitirse la idiotez de sentir que el recorrido de esa pelota importa, que te importa y me importa, que es importante, que si entra o no entra nos importa a todos. Está bien, se disfruta, lo hacemos: nos gusta, cada tanto, hacernos los idiotas, dejar correr la baba. Lo que no es tan agradable es que nos lo refrieguen otros en la cara.

Para eso, parece, sirve el fútbol. A mí el fútbol me tiene un poco harto, pero el espectáculo del dinero que baila alrededor del fútbol me tiene muy asqueado. Digo: ojalá el fútbol fuera un juego. Ojalá ningún jugador de fútbol pudiera –por esas mismas leyes– ganar más que un buen médico o un juez de verdad. Ojalá ni siquiera un futbolista se atreviera a salir a la calle con un coche de medio millón –porque sería legal quemárselo. Ojalá se casaran con mujeres normales. Ojalá no supiéramos con quiénes se casaban. Ojalá los chicos pobres de los países pobres no quisieran parecerse a ellos. Ojalá «el éxito” consistiera en otras cosas. Ojalá pudiéramos pensar más en otras cosas. Ojalá yo no escriba más de esto.

Gimnasias de la víctima

Martín Caparrós

Olímpicos estamos, olimpiados. Las olimpiadas se imponen en los medios y nos convencen de que vale la pena ver cómo alguien pone cara de fuerza para alzar unos cachos de hierro, cómo alguien pedalea y pedalea, nada y nada. Olimpíadas: sus inventores griegos, más amables, las usaban para suspender cualquier enfrentamiento. Ahora el mundo las usa para dar a esos enfrentamientos glamur y vaselina: sublimarlos, dicen. Las olimpíadas se han vuelto algo tan serio, tan actual, que ya no hacen lo que las definía en sus tiempos modernos: ya no son –como eran– el espacio de los que hacían deporte por deporte, los amateurs o aficionados. Lo hacían –entonces– para decir que el sport estaba por encima del dinero y esas tonterías, pero era injusto que solo ricos con tiempo que perder alcanzaran los tiempos ganadores. Así que todas esas justas tienen, ahora, una sola función: poner a competir profesionales –y sus estados– para definir quién es “mejor” que quién y dar a esos mejores las recompensas habituales: dinero, fama, un himno, seguidores en instagram.

Corren días fervorosos. Las olimpiadas consiguen, antes que nada, resoplos del efecto patria: ese que hace que prefieras que un yudoca del que no sabes nada le gane a otro yudoca del que incluso menos si el primer yudoca –qué bonita la palabra yudoca– nació más cerca tuyo que el segundo. Que el efecto patria se manifieste en deportes colectivos, donde se juntan diez o veinte bajo una bandera nacional, es bastante patético; que opere en un deporte individual desconocido –que te importe si ese yudoca yudoca yudoca gana o pierde– es una prueba de su poder extraordinario.

Para eso –para conseguir los seguidores en instagram, para envolverse en los colores patrios– personas se preparan años. No vamos a discutir aquí la astucia o la crueldad de poner a unos chicos de ocho a patinar sin parar o correr sin parar o lanzar balas sin parar para hacerlos olímpicos: el trabajo infantil es infame cuando paga monedas, orgulloso cuando paga medallas –y monedas. Pero no; vamos a discutir, si acaso, lo contrario.

Una joven norteamericana, Simone Biles, 24, muchas veces campeona mundial, campeona olímpica, recontracampeona, dijo que se quebraba, que ya no soportaba la presión de saltar, abandonó. Abandonó y abundan, desde entonces, los encomios: que esa renuncia la hizo encarnar el destino de tantos que no se atreven a decirlo, que muestra el sufrimiento y lo hace público –y nada importa tanto, en estos tiempos, como los sufrimientos hechos públicos. Que qué bien que lo dijo, que qué bien que ha mostrado los problemas de la salud mental, que qué bien que se atreve y lo hace y lo dice y abandona. Su abandono la ha convertido en heroína, y es curioso.

Simone Biles es atleta, o sea: una competidora. Una chica que se preparó desde los siete años para competir y desde entonces ha competido siempre. La razón de su vida es competir: la ha dedicado a una actividad donde el único criterio es hacerlo “mejor” que los demás, donde se destacó porque ganaba. La chica no hacía arte ni expresión ni política ni ocho horas de oficina: armó su vida para llevar adelante una actividad cuya única justificación es derrotar a todas las demás, mostrarles a todas las demás que ella es mejor que ellas. Ahora no pudo hacerlo y eso la hizo heroína, porque no hacerlo la volvió una víctima. No hay nada, últimamente, como la rebeldía de los integrados.

Miles de personas, miles de textos cuentan desde hace años lo inhumano de ese sistema de competencia extrema, de negocio extremo –pero lo que importa es que lo diga alguien que se ha beneficiado extremadamente de ese sistema y de pronto se sintió su víctima. El trabajo, el estudio, el pensamiento, la conciencia crítica no pueden nada frente a la víctima: en el mundo actual no hay nada más creíble, más querible, más indiscutible que una víctima. Nada concita más amor, más valor, más retuits que la figura de la víctima.

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“Ser víctima legitima en tiempos en que no está claro qué otras certezas lo consiguen. Pero su peso viene de muy lejos: está en la base y el origen de nuestra cultura. Somos el producto de una religión que se presenta como el invento de una víctima: el hijo de su dios se constituyó en víctima de la peor infamia –de una tortura reservada a los esclavos– para salvarnos. ¿Cómo sorprenderse, entonces, de que esa sea la posición en que estamos más cómodos?

El sentimentalismo es al sentimiento

lo que el populismo al pueblo, digamos, por ejemplo,

el realismo a la realidad, a la moral

el moralismo:

un relato barato que intenta

aprovecharse.

El lugar de la víctima, entonces, con todo y sus sufrimientos, se vuelve para muchos una postura de confort: es simple –aunque doloroso– sentirse ofendidos y dañados por el mundo y ser capaces de dolerse y condolerse, unirse y reunirse en ese padecimiento que nos asestan los malos y que, por su acción, nos convierte en los buenos: los que pesamos tanto como para que ellos decidan asestarnos tal dolor, los que somos capaces de sentirnos dolidos con el dolor que ellos asestan, los que sabemos sufrir por nuestra causa. Definirse víctima es una de las formas más inmediatas, más eficaces de armarnos un nosotros.

–¿Quiénes somos nosotros?

–Nosotros somos las víctimas de ellos, por supuesto.

Y no es difícil: hay –siempre hay– de qué quejarse, buenas razones para sentirse víctimas de la maldad del mundo. Y ese calor barato que te da comentar las maldades entre pares que las detestan y condenan, ese alivio de gritarle al mundo lo mal que nos trata, lo mucho que sufrimos, las desgracias que nos hacen acreedores a la solidaridad universal. Pero la postura de la víctima –y la del misionero– ya están medio gastadas; sería bueno ponerse a buscar otras.”

Me da gusto citar sin decir a quién cito. Me gusta apoderarme de ese autor: volverlo víctima. Eso, quizá, le dé querencia. O, por lo menos, una razón para quejarse.

Creer y reventar

Martín Caparrós

Las olas de la peste no se rinden: cuando parece que aparece la calma, el tsunami repica y se replica, olas y más olas. En España, al menos, es la quinta; en otros sitios la tercera, la sexta, la décimosegunda. Cada una es la evidencia de otro error: que creímos que ya estábamos saliendo y caímos en conductas que nos llevaron a volver a entrar. A veces porque nuestros líderes –¿nuestros líderes?– nos convencieron; otras, porque no nos convencieron. Los resultados suelen ser los mismos.

Así que, ola tras ola, la peste sigue haciendo lo que mejor sabe: desvelar, mostrar. Esta vez –como todas– no termino de entender qué muestra: ¿será, de nuevo, la poderosa estupidez humana? ¿O alguna otra cosa que, estúpido de mí, no logro precisar?

La ola actual viene anunciada hace ya mucho: contragolpe de los países pobres. En ellos, miles de millones no consiguen vacunarse; eso permite que el bicho se reproduzca, crezca, mute, encuentre formas de volver a atacar a los ricos que sí. Si alguien quiere entender la geopolítica y la economía mundiales le alcanza con mirar la distribución y aplicación de las vacunas. Quiénes fabrican, quiénes compran, quiénes regalan, quiénes mendigan, quiénes no las alcanzan: si la peste, desde el principio, sirvió para hacer visible lo que no queríamos mirar, sus medicinas lo vuelven casi obsceno.

Está claro: en Europa y Estados Unidos la mitad de la población tiene dos dosis; en la Argentina es el 13%, en India el 6, en todo África menos del 2%. Cada vez se nota más que los países pobres dependen de lo que los países ricos quieran hacer con ellos. Y cada vez se nota más la estupidez de esos gobiernos y demás poderosos que creyeron que se podían salvar solos –aunque lo nieguen en algún discurso. Se reunieron –G20 y otros clubes– y declararon que era necesaria la vacunación en todo el mundo pero ellos –dueños de las vacunas, las patentes, las fábricas– solo darán este año a los más pobres 900 millones de dosis de los 3.000 millones que les sobran. Y el mundo necesitaría 11.000 millones –que, en el esquema actual, es imposible fabricar– para llegar a la inmunidad de grupo y detener las mutaciones y parar la pandemia.

Mientras tanto esos países con pleno acceso a las medicinas necesarias se esfuerzan por enfermarse a su manera: olas y más olas. En España, por ejemplo, la quinta ola parece lógica, con perdón: los jóvenes, que se habían convencido –los habían convencido– de que no se contagiaban y que, por eso, todavía no fueron vacunados, son los que van cayendo. Mueren poco pero se infectan –y difunden el virus. En medio de tanta incertidumbre producen certezas: solo el 5,5% de los 30.000 contagiados diarios de estos días tiene las dos dosis. O sea: el 83% de los contagiados no está vacunado, el 11,5% tiene una sola dosis; se infectan los que no se pincharon. Esta quinta ola española es como un himno a la vacuna, una especie de monumento a ese gran esfuerzo científico que la estupidez de los políticos y los empresarios no consigue terminar de arruinar –aunque lo intenten: denodados lo intentan.

Es así. Solemos suponer que el mundo está dirigido por unos cuantos tontos –políticos, empresarios, poderosos varios–, que solo saben pensar –bastante mal– en beneficios inmediatos. Lo brutal de estos días es comprobar que la estupidez de esos dirigentes es el fiel reflejo de la estupidez de muchos de sus dirigidos.

Basten unos ejemplos. En Francia, faro –ya casi apagado– de la cultura universal, una de cada cuatro personas no quiso vacunarse, igual que en Alemania, potencia regional, cuna de muchos coches y unos pocos filósofos. En Estados Unidos, rompehielos del mundo occidental, parangón del progreso, son casi un tercio: uno de cada tres adultos le saca el hombro a la jeringa. Y en Rusia, la otra gran potencia que fracasó, son casi la mitad.

Es bastante impresionante: millones y millones de ciudadanos de los países más desarrollados, más educados, más “exitosos” de este mundo se entregan a la enfermedad porque desconfían de sus gobiernos, de la ciencia, de todas esas cosas. En Estados Unidos, donde todo se mide, la cifra se parece a otra del mismo tenor bobo: esa encuesta de Gallup que muestra que, en 2017, 38% de los norteamericanos creía que el hombre fue creado por “Dios hace menos de 10.000 años” –y que si les cuentan otra cosa es porque quieren engañarlos.

Son millones que creen, creen y se joden. Porque la realidad siempre encuentra maneras de vengarse de los grandes relatos miserables: mata a los que los tragan. Los antivacuna caen como moscas y recuerdan a los mártires cristianos, aquellos señores y señoras que iban cantando a que se los comieran los leones porque estaban convencidos de que era la mejor vía para mudarse al reino de los cielos–o algún otro de esos barrios cerrados.

Pero aquellos, amables, se hacían matar solos; ahora, en cambio, estos que ejercen su libertad de inmolarse ponen en riesgo a millones que se contagiarán porque, gracias a ellos, los virus siguen circulando. Entonces, ¿debe un estado obligarlos a vacunarse por el bien común? ¿Importa más la suerte general que ciertas ideas individuales? ¿Es peligroso legitimar imposiciones que podrían desbocarse? ¿Es mejor correr ese riesgo o tolerar que tantos más se mueran?

Por ahora, distintos estados intentan distintas formas suaves: en Estados Unidos hay incentivos tipo lotería –si te vacunás te dan un número–; en Francia o Italia se exigen certificados de vacuna para entrar en los bares. Pero esas medidas no funcionan, las olas vuelven, y millones de personas se perjudican por la estupidez de otros millones. Es un modelo a escala –crudo, brutal– de la democracia de delegación; es, otra vez, la peste retratando nuestras vidas.

Y al mismo tiempo el rechazo de las vacunas muestra con qué fervor millones de ciudadanos de los países más potentes –y educados– del mundo no creen lo que les dicen sus gobernantes, sus científicos, sus supuestos líderes. O, incluso: que creen que les dicen lo que les dicen para joderlos –hasta el punto de que, por esa desconfianza, se joden y se mueren. Es algo que esos líderes deberían anotar, más allá de pestes y vacunas, si quieren seguir siéndolo; es algo que todos los que pretenden cambiar algo en nuestras sociedades también deberían considerar. Hay multitudes que no creen en –casi– nada, que desconfían de todo, que se ponen en peligro porque temen. Si eso no es una crisis absoluta, que alguien me explique cómo es una. Y toda crisis, dicen, es una oportunidad. La cosa, como siempre, es para quién.

Dictadura es una palabra grave

Martín Caparrós

Parece como si lo hicieran a propósito para reafirmar el valor de sus palabras: como si, de tanto en tanto, a través de sus canales secretos habituales, líderes se pusieran de acuerdo y se dijeran eh, lagente ya no cree que las palabras importen –que nuestras palabras importen–, vamos a recordarles que sí. Lo hacen, deben creerse que les sirve.

Una familia gobernó Cuba durante 62 años sin interrupción. De esos 62, en 52 un hombre tuvo todo el poder –no se conocen casos semejantes en Ñamérica desde, quién sabe, algún monarca inca–; en los diez siguientes fue su hermano menor y, ahora, el señor que ellos designaron. En Cuba no hubo, en todas estas décadas, ninguna libertad de prensa o de expresión, no mucha libertad de movimientos, muy poca libertad de reunión o elección o pensamiento –pero lo que discuten los líderes es esa palabra.

Lo mismo me había sorprendido años atrás en Venezuela: intelectuales y políticos debatiendo si correspondía o no llamar dictadura a su gobierno. Opositores y escritores conocidos, personas que habían abandonado su país porque no podían vivir en él, seguían resistiéndose a usarla. Por alguna razón, decir que su país sufría una dictadura les resultaba un paso de gigantes: como si creyeran –o simularan creer– que decirlo iba a cambiar algo. Yo no terminaba de entenderlo; ahora lo mismo está pasando, en todo el mundo, con la República de Cuba.

(Hay palabras que dicen mucho más que lo que dicen. Dictadura, sin ir más lejos, ha tenido muchos avatares a lo largo de la historia. La definición de la Real Academia es inesperadamente precisa, ideologizada: “Régimen político que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o en un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades individuales”. ¿Cuáles son esas libertades individuales? ¿Los derechos humanos incluyen, como en su Declaración de 1948, el derecho a comer y a curarse?).

Casi todos sabemos que, más allá del nombre que le demos, no querríamos vivir –no aceptaríamos vivir– como se vive en Cuba. Que lo llamemos –o no– una dictadura no lo cambia. Y es curioso que sea “la izquierda” la que más se resista a darle ese nombre: Cuba es el ejemplo más brutal de sus fracasos en el siglo XX –desbordando brevemente sobre el XXI. Si yo –en lugar de ser de izquierda– fuera de “la izquierda”, haría todo tipo de esfuerzos para disimular que Cuba pertenece al grupo. No sería difícil: argumentaría que lo primero que define a un gobierno de izquierda es su confianza en la justa distribución del poder, y que un país donde ese poder estuvo y está tan brutalmente concentrado es justo lo contrario de esa idea. Que cualquier autocracia –el gobierno de uno o dos– es de derecha: es la definición misma de “derecha”.

Insisto: Cuba es un país donde todo está estrepitosamente controlado, donde los “revolucionarios” tuvieron el poder sin fisuras durante más de medio siglo y no consiguieron que todos sus habitantes se alimenten o se alojen o se vistan o se iluminen como necesitan y, en cambio, construyeron una sociedad dividida en clases patéticas: en Cuba los que comen más son los que viven de los dólares que les mandan sus parientes que eligieron irse. Un quince, veinte por ciento de los cubanos que vive mucho mejor que los demás: tras 60 años de declamar la igualdad, el fracaso es brutal.

Pero “la izquierda” se dedica a discutir si eso eso o no es una dictadura. Es el nominalismo en su máxima expresión: no les importa cómo es, les importa cómo lo llamemos. Es cierto que dictadura es una palabra grave, pero decirla no debería ser tan grave.  Es cierto que la calificación de dictadura puede importar para actuar en ciertos foros internacionales, mayormente inútiles, que podrían sancionar a una dictadura de una manera en que no lo harían si no lo fuera: es el poder de las palabras en el sistema leguleyo.

Pero más cierto aún es que el mundo está lleno de líderes que se creen que les creemos lo que dicen. Lo llaman el Relato, y ya va siendo hora de que se den cuenta de que nadie les hace mucho caso. Que si algunos los apoyan o toleran no es por eso: es, a menudo, a pesar de eso y, la mayoría de las veces, por razones que no tienen nada que ver con lo que dicen: un subsidio, una mejora tal o cual, una vacuna a tiempo. En algún momento, quizá, también empecemos a llamar a eso dictadura: el uso de los recursos del Estado para mantenerse en el poder. Por ahora la palabra asusta; la realidad, mientras tanto, sigue ahí.

El campeón imperfecto

Martín Caparrós

Qué raro darte cuenta, de pronto, de quién sos. Qué raro tener que aceptar que a las cuatro de la mañana, solo, lejos, un triunfo de ese equipo mediocre de ese país cocorito te puede emocionar así. Que podés ponerte muy nervioso cuando faltan diez o doce, que podés gritar –solo, lejos, cuatro de la mañana– cuando el uruguayo toca el pito, que se te puede correr la lagrimita viéndolos festejar, que podés incluso sonreírte cuando, necios como siempre, gritan contra los putos periodistas la puta que los parió. Qué raro darte cuenta de que no sos el que creías. Pero es cierto que deberías haberlo aprendido hace mucho y no aprendés. Por eso, supongo, seguís mirando fútbol.

El partido, faltaba más, fue malo. En general los partidos de la Copa América fueron mayormente malos: quiso el destino, cruel como siempre, que esta copa se jugara al mismo tiempo que la Euro; se hizo demasiado fácil comparar. Y las comparaciones, sabemos, son odiosas. Allí donde el fútbol europeo es atildado, dinámico, casi fino, el sudaca es cada vez más enredado, más barroso. Allí donde el europeo intenta la creación de cierta belleza, el sudaca solo quiere ganar. Está claro: lo que importa es ganar; lo demás son tonterías. Y entonces cualquier recurso vale –y se les nota demasiado.

(¿Alguien se acuerda de cuando pasaba lo contrario? ¿Cuando el fútbol europeo era trabajo, el laborioso cumplimiento de una obligación, y el sudamericano, juego, fiesta? ¿Cuando nuestros futbolistas eran tanto mejores que esos grandotes toscos?)

Así que el partido, decíamos, fue malo. A los quince minutos ya había habido quince fouls, un par de brasileros mostraban sus pantalones desgarrados y nadie había pateado al arco todavía.

Y el primero que lo hizo hizo un gol: a los ’21, De Paul que tira un pelotazo de 70 metros, el brasileño Lodi que falla el rechazo y el suplente Di Maria que la controla y define perfecto por encima del arquero. La Argentina ya había hecho su golcito inicial y, según su costumbre, se disponía a dejar de jugar. Todo un país clamaba, por una vez aunado, la hora referí.

(Un país pedía la hora referí y once jugadores, que sabían que faltaba mucho todavía, querían “hacer tiempo”. En general el tiempo se hace solo, es tan autónomo; en el fútbol, en cambio, el tiempo se puede hacer, y hacerlo es perderlo. Si tuviera los datos me quedaría más tranquilo, pero estoy casi seguro: el tiempo de juego efectivo promedio de los partidos euro debe ser por lo menos un 50 por ciento más que el de los americanos. Allí donde el mérito euro consiste en jugar lo más posible, el mérito sudaca está en jugar lo menos –si jugar menos te ofrece la esperanza del triunfo.)

Los argentinos querían que se acabara pronto; los brasileros no sabían qué querían. Su equipo se debatía sin timón, porque su diez no es un timonel sino una prima donna, y caracoleaba y revoleaba y firuleteaba como nadie sin resultarle útil a nadie. Así que la primera vez que Brasil pateó al arco fue en el minuto 52 y fue gol, pero un lineman valiente lo anuló –con justicia. En ese momento la Argentina parecía desbordada, aguantando a fuerza de fouls y pelotazos a cualquier lado, ya sin la pelota. No duró mucho. Pronto Brasil también empezó a confundirse y el único sobresalto argento fue ese tiro confuso que el arquero Martínez, espléndido, rechazó muy tapado.

De ahí en más el peligro fue escaso. Hubo, como es lógico, peleítas y pérdidas de tiempo –había que hacerlo–, algunos pelotazos, y la jugada que debería haber sido el estandarte de este campeonato y no lo fue. Esta copa, lo sabemos, debía ser la demorada revancha de Leo Messi. Messi es un jugador absolutamente incomparable; Messi lleva muchos años sin ganar los campeonatos importantes, los partidos importantes; Messi, además, lleva uno o dos años sin terminar bien la mayoría de sus jugadas. Esas que antes eran casi infalibles, ahora faliblan sin parar. Pero en esta copa encontró un modo nuevo: en esta copa –y esta noche más que nunca– el capitán argento consagró su nueva función de recuperador y soporte moral. Esta noche no consiguió terminar ni una jugada pero corrió contrarios y peleó muchas pelotas y nunca se dio por vencido y gritó y alentó y dejó tan claro que quería. Y en esa jugada, la que debería haber sido, terminó de redondear su nueva imagen: con una maniobra perfecta le dejó la pelota a De Paul, recibió su devolución solo frente al arquero y quiso ser Messi: quiso sentarlo de un amague, lo sentó y, cuando tenía que empujarla, se resbaló y se fue de culo al piso.

Otra vez no pudo terminarla, pero diez minutos después se terminó el partido, la Argentina ganó, el Maracaná se derrumbó pero no tanto, los muchachos saltaban, el capitán se abrazaba con todos y con todo. Es curioso: ahora que no es perfecto, gana. Quien quiera ver en eso una lección, que se joda. Son casi las cinco de la mañana; pronto va a amanecer aquí en Madrid y yo me sigo preguntando por qué, cómo funciona todo esto. Por qué lo festejé, por qué me emocioné, por qué por qué. Me impresiona la eficacia de un reflejo viejo, de un reflejo que la razón rechaza. La patria, esa pelotudez, en su versión más tonta –un equipo de fútbol–, todavía funciona. Lo siento, lo disfruto.

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