un cuarto –medio medio– propio

Autor: chachara Página 1 de 5

Los pies de Kapuściński

En estos días me acordé mucho de él. No sé por qué; quizá porque se cumplieron catorce años desde aquella noche rara, y catorce son dos veces siete: siete años de vacas flacas, siete de vacas gordas, y la dificultad de saber cuáles fueron cuáles. Pero aquella noche yo estaba en un hotel de El Cairo llevaba días trabajando en una pequeña historia sobre el auge del Islam en un país que había sido tan laico y puse la tele sin sonido para tener una ventana. De pronto vi su cara en la pantalla y me asustó: si lo ponían en una tele egipcia era que se había muerto. Subí el sonido, no entendí una pepa, empecé a buscar por internet –que todavía no era lo que es– y en unos minutos encontré la noticia, la confirmación: el gran Ryszard Kapuściński, narrador del carajo, se había muerto en Varsovia esa mañana a sus 74 años.

Yo lo había conocido la tarde en que le hice esta entrevista para una revista norteamericana. Era en 2002 y en Buenos Aires, y Kapuściński iba a dar un taller organizado por la Fundación Nuevo Periodismo. Esa semana nos vimos mucho, entre charlas, cursos, comidas, la cancha de Boca –todo muy elegante– y, al final, me pidió que lo llevara a buscar otro Buenos Aires. Todos le hablaban de una crisis que no había encontrado en ninguna esquina de la Recoleta. El lunes a la mañana lo pasé a buscar en el Erre y nos fuimos a que conociera un par de villas en San Francisco Solano y nos metimos en territorios complicados y charlamos con hombres y mujeres y el Erre se nos quedó en el barro y lo empujamos y nos quedamos sin aliento. Kapu seguía sin estar convencido: si esto es pobreza, qué queda para el África, decía. Yo traté de explicarle que esto no era el África, que la Argentina no era un país pobre sino un país rico con demasiados pobres. Conversamos mucho, esa mañana. En un momento le pregunté dónde me mandaría si fuera mi jefe o, de otro modo, cuál le parecía el lugar más interesante para contar en ese momento, y me dijo que los países musulmanes ex soviéticos del centro de Asia, repletos de petróleo, armados, inestables. Después le comenté que mi novia estaba preocupada porque lo había llevado a recorrer villas y que quería que la llamara para decirle que estábamos bien, y nos reímos recordando que habíamos pasado por situaciones algo más complicadas y me pidió el teléfono y la llamó, sin conocerla, para decirle que no se preocupara, que también esta vez habíamos sobrevivido.

Después nos volvimos a ver un par de veces, en actividades de la FNPI, y siempre fue agradable, interesante. Pero al final nunca le pregunté por lo de la novela. Aquel día, cuando lo conocí, le llevé –qué pesadez– dos libros míos: una novela y una crónica. Kapu me dijo ah qué bueno una novela, la voy a leer antes de empezar el taller para refrescar mi castellano, nada mejor que una novela para recuperar la lengua. A mí me dio mucho gusto y le dije que gracias. Después, en su taller –que yo filmaba para un documental–, alguien le preguntó por sus lecturas: ensayos –dijo–, sociología, filosofía, política, historia, y sobre todo poesía: para saber escribir lo más importante es leer mucha poesía. Lo que no leo desde hace décadas es una novela –dijo–: no me interesan las novelas.

Cada cual arma su personaje como quiere, como puede. El maestro Kapu era un polaco pícaro y toquete, orgulloso y modesto, mirón inteligente, escritor impetuoso y cuidadoso, refunfuñón, atento, que admiro y a quien agradezco, sobre todo, que consiguió que millones de personas en todo el mundo supusieran que lo que hace un periodista –un periodista en serio, un buen periodista– puede ser gran literatura. Es curioso, pero se lo creyeron y, también por eso, la frase que le escribí aquella vez en su camisa blanca:“Con mi mejor envidia. Gracias!”.

Lo segundo que me dijo fue que él nunca en su vida había hecho una entrevista. Primero me había dicho buenas tardes encantado cómo está con esa cortesía un poco fría que afectan los polacos: un taconeo apenas perceptible, como si se cuadraran para saludarte. Y después eso:

–No, yo jamás entrevisté a nadie.

Lo que pasó fue que a mí se me había ocurrido una pregunta astuta para abrir el diálogo:

–¿Usted tiene alguna táctica, algún truco para empezar una entrevista?

–Yo nunca en mi vida hice una sola entrevista. Nunca jamás. A mí me hacen entrevistas, pero yo nunca hice ni una sola.

Insistió, y durante la semana siguiente se lo oiré repetir dos o tres veces: a Ríszard Kapuściński, el más reputado periodista vivo, debe importarle mucho que se sepa. Entonces yo le dije que podría estar de acuerdo en que la entrevista suele ser una solución de facilidad, treta del periodista para no tener que contar y/o pensar y limitarse a transcribir una charla.

–Sí, cada vez hay más, y es un género despreciable.

Remató él: no era la mejor manera de empezar una entrevista. Miré a mi alrededor pero no ví ningún disfraz de bayadera bengalí ni de cardiocirujano yanomami –ni siquiera de pekinés en celo– así que tuve que seguir haciendo de entrevistador..

El maestro tiene los pies tan chicos. Desde su primera salida de Polonia, en 1957, Ryszard Kapuściński ha caminado cinco o seis continentes, veintisiete revoluciones, doce guerras, tantas historias, con esos pies chiquitos que ahora calzan unos zapatos viejos lustrados con esmero. El maestro nació hace setenta años en un lugar que ya no es: la ciudad polaca de Pinsk, ahora la ciudad bielorrusa de Pinsk. Y en cuanto pudo se fue a conocer mundo. La agencia de prensa polaca lo nombró corresponsal en África; en esos días los africanos se dedicaban a echar colonos blancos y no se preocupaban por las buenas maneras.

–¿Y fue entonces cuando vio su primera guerra?

–No, mi primera guerra fue la invasión nazi cuando tenía siete años, y fue muy duro. Mis recuerdos de esa guerra son recuerdos de un hambre constante, días y días sin comer nada. Cuando terminó la guerra yo no podía entenderlo: para mí la guerra era el estado natural de la vida, me sorprendía que ya no hubiera tiros, bombardeos, hambre, muertos. Pero después he estado en muchas guerras, ya ni sé cuántas guerras.

–¿Se necesita alguna cualidad particular para ir a las guerras?

–Yo no iba, me mandaban. Me llamaban y me decían Ricardo, ahora hay guerra en Sudán, tienes que ir. Pero en esos tiempos no había emails, teléfonos por todas partes: era un periodismo de libertad. Ahora cada paso del corresponsal está dirigido por su jefe en la central: el jefe tiene más información en su pantalla que el corresponsal en el terreno; en cambio cuando yo me iba eran viajes de Colón, de descubrir mundos, y mi jefe no tenía ni idea, no sabía ni siquiera dónde estaba yo. Ahora la visión del mundo ya no es una creación de unos pocos periodistas alocados; la producen en las grandes oficinas de Nueva York o de Londres.

Durante décadas el maestro formó parte de un pequeño grupo de amigos que se encontraban de guerra en guerra, de catástrofe en crisis, de sequía en alzamiento, pero ahora dice que lo peor de todo eso eran las condiciones de vida, el hambre una vez más, el calor, el agua sucia, las noches en la selva: que es mucho más difícil cruzarse con una bala que con un bruto ataque de malaria. Aunque después diga que lo peor son esas guerras de soldados niños:

–Los niños son los peores porque no tienen sentido del peligro y, además, a menudo los drogan para mandarlos al combate. Es tremendo: no sólo es completamente inhumano; también es lo más riesgoso para el periodista.

El maestro es un clásico del periodismo moderno: nadie como él para alejarse de lo pasajero de la actualidad y dejar condensado en un relato una época, un lugar. Nadie como él para mirar y ver. John Le Carré dijo alguna vez que Kapuściński era “el enviado especial de Dios” y supongo que debe ser un elogio. Ha publicado unos veinte libros y le brillan los ojitos cuando me dice que ha sido traducido a treinta y dos idiomas y que algunos de esos libros tienen letras tan extrañas que sabe que son suyos por la foto. El maestro mezcla orgullo y distancia con humildad y calidez: las dosis cambian.

El maestro va a pasar una semana en Buenos Aires: viene para impartir un taller de crónica organizado por la Fundación Nuevo Periodismo –que preside Gabriel García Márquez– y dice que le gusta enseñar en América Latina porque en ningún otro continente el periodismo está tan ligado a la literatura.

–La crónica es literatura construida a partir del material de la realidad.

Repite en cuanto puede. Sus alumnos son una docena y media de periodistas venidos de toda América Latina que lo escuchan con unción al borde de la mística. El maestro sabe hablar fascinando; también sabe callarse. Uno de estos días, en el taller, alguien le preguntará qué recursos técnicos es lícito utilizar para escribir una crónica y el maestro dirá que hay que dejarse guiar por la intuición o sea: no dirá casi nada. Después, varios asistentes me confesarán que cuando lo escucharon pensaron, maravillados, que esa frase les abría nuevos horizontes, que esas palabras los guiarían a lo largo de toda su carrera.

–Para ser periodista hay que ser, ante todo, un buen hombre o una buena mujer: buenos seres humanos. Una mala persona nunca puede ser un buen periodista.

Me dice ahora, de vuelta en la entrevista denostada, y yo pienso en un par de conocidos que creí buenos profesionales. Quizás lo sean, pese a todo. El maestro habla mucho del respeto por la verdad y los valores éticos:

–Una sociedad no puede existir sin información, sin intercambio de opiniones. Ninguna sociedad puede existir sin periodistas. Nuestra profesión tiene una responsabilidad social extraordinaria.

–¿Y alguna vez le dio vergüenza ser periodista?

–No, al revés. Yo estoy muy orgulloso de ser periodista. Yo trato a esta profesión como una misión.

El maestro es cristiano, tiene un hermano misionero en Bolivia y a veces dice que él también lo es:

–El trabajo del periodista es como el del misionero, tiene que abrir caminos para que los pueblos se conozcan. La misión del periodista es hacer algo bueno por los otros: una obligación ética. Yo tengo una visión muy idealista de esta profesión.

No me entendió: yo le preguntaba por esas situaciones en que el periodista tiene que mantenerse fuera de una situación en la que su decencia lo llevaría a intervenir, el fotógrafo que gatilla mientras ruedan cabezas, y entonces el maestro dice que ése es un problema ético que se plantea muchas veces pero que no se puede resolver de una manera general:

–Ese fotógrafo tiene que decidir si sigue haciendo esas fotos, que pueden influir a través de la prensa para mejorar esa situación, o si se mete personalmente en el momento. Hace unos años un equipo de la CNN filmó cómo una multitud arrastraba el cuerpo de un soldado americano por las calles de Mogadiscio, la capital de Somalia. El equipo podría haber tratado de intervenir pero siguió filmando, y sus imágenes conmovieron a la opinión pública y obligaron al gobierno de Bush padre a repatriar la expedición americana. Pero cada caso es una historia diferente y, en general, la instalación de una idea en la opinión pública es un proceso muy lento. La opinión pública va siempre por detrás de los hechos, y esa lentitud facilita mucho las decisiones políticas: cuando los políticos toman una decisión, la opinión pública todavía no está despierta, atenta al asunto.

–¿Es tonta la opinión pública?

–No, no es tonta, pero es una masa tan grande que necesita mucho tiempo para ponerse en marcha. Y a veces cuando se pone ya es demasiado tarde.

En el taller del maestro hay un periodista de La Repubblica de Roma que anota sin parar:

–No, yo no participo en el taller. Yo vine especialmente para hacer una nota tipo “a la escuela con Kapuściński”.

–¿En serio, tanto viaje para esto?

–Bueno, en Italia el maestro es una verdadera star.

El año pasado, en su primer taller, en México, García Márquez se apareció una mañana y se sentó a la mesa. Entonces el maestro le dijo por favor Gabo, cuéntanos tu experiencia.

–No, yo estoy acá para aprender.

Dijo el colombiano, y cuentan que el polaco se emocionó como una colegiala. Hemos hablado mucho, esta semana, de él y lo que ha escrito. El maestro dice que nunca reconoce lo que ha escrito, que escribe sin saber qué va a escribir y que lo olvida en cuanto lo escribió y que no se relee.

–Yo empecé como poeta, lo primero que publiqué fueron poemas, y todavía escribo poesía. Los únicos que realmente se ocupan del idioma son los poetas: para ellos el lenguaje es lo más esencial. Por eso, si se quiere tener un buen idioma, escribir de una manera bella, hay que leer constantemente poesía: no hay otra fuente de belleza, de riqueza, de frescura para el idioma. Por eso yo desde hace años ya no leo ninguna novela, pero sigo leyendo poesía.

Dice el maestro y yo trato de disimular mi sobresalto. Un día los talleristas discutieron un caso en que uno de ellos había omitido algunas declaraciones de un entrevistado porque quería protegerlo, porque pensaba que esas palabras podían dar una impresión equivocada sobre el personaje. El debate fue arduo, hubo algún exabrupto e incluso alguna lágrima. Al final, el maestro zanjó: dijo que, «por principio, la obligación del periodista es decir la verdad siempre» y la discusión quedó cerrada. La palabra verdad tiene muchos poderes.

–Pero hay que aclarar que la objetividad no existe: incluso en un despacho de agencia, cuando uno selecciona lo que va a contar ya está eligiendo, poniendo su subjetividad en la elaboración de la noticia. Yo no querría usar una palabra dura, pero en esto de la objetividad hay mucha apariencia…

–Por no decir engaño.

–Por no decir engaño.

El maestro sonríe. Por sus fotos, por sus libros, me lo imaginaba poderoso y altivo, con cierta prepotencia de grandote eslavo, pero todo en él es chiquitito: manos, ojos grises, esos pies en los zapatos muy lustrados. Su español es bastante bueno; a veces entiende lo que le dicen, otras no. El maestro habla español con ese acento polaco que supo ser el de mi abuelo y que, en los últimos veinte años, hemos aprendido a reconocer como la voz de Dios sobre la Tierra.

–Yo no creo en la distancia del periodista. Yo estoy por escribir con toda pasión, con toda emoción; los mejores textos periodísticos están hechos de pasión, de implicación personal en el tema. La teoría de la objetividad es totalmente falsa: la objetividad produce textos fríos, produce textos muertos.

El maestro extraña una supuesta edad de oro del periodismo donde sus practicantes eran honestos, respetados, conocidos. Todo nostálgico es un optimista; cree, con fruición, que algún tiempo pasado fue mejor:

–Cuando uno de esos periodistas iba por la calle todos lo miraban, le preguntaban cómo está, trataban de charlar con él.

Yo sospecho que esos tiempos no existieron nunca –que siempre hubo de esos periodistas y también de los otros– pero Kapuściński dice que esto cambió mucho en los últimos veinte o treinta años porque ahora el periodismo escrito es sólo una parte reducida del mundo de los medios dominados por la televisión, porque la noticia en los grandes medios es el producto de una larga cadena de personas, porque se perdió el orgullo por el producto y la responsabilidad personal del periodista y, sobre todo, dice, porque se descubrió que la noticia es un gran negocio:

–Este descubrimiento es fundamental, porque hizo que el gran capital se metiera en nuestra profesión. Normalmente el periodismo no era un gran negocio: se lo hacía por ambición o por sentido de misión. Ahora, con el gran capital, empezaron a manejar el mundo de los medios señores que no son periodistas, que ni siquiera les interesa el periodismo. Ellos tratan al periodismo como a cualquier otro medio para conseguir grandes ganancias. Entonces nosotros, los soldados y obreros de esta profesión, por un lado, y los patrones de los medios, por otro, ya no tenemos ni siquiera un lenguaje común. Nuestro valor más importante solía ser la búsqueda de la verdad. Ahora ya tu jefe no te pregunta si tu noticia es verdadera; te pregunta si es interesante, si se va a vender bien. Este es el cambio más profundo del mundo de los medios y de su ética. Ahora el periodista en vez de buscar la verdad busca la historia sensacional, la que pueda salir en la primera página.

Dice el maestro, y que por esa búsqueda de lo espectacular los grandes medios dan una información parcial, muy deficiente:

–Los americanos no tienen ni idea de dónde está Irak, por ejemplo, quiénes viven ahí, qué problemas tienen, quiénes son sus vecinos. Sólo conocen el nombre y las tonterías que dicen los políticos y las grandes cadenas de televisión. Lo mismo pasa con el Islam: imaginan que es una gran fuerza unida para el mal. Yo a veces les he preguntado señores, cuál fue la guerra más mortífera de la segunda mitad del siglo XX, y nunca saben qué decirme. Y resulta que fue la guerra de los años 80 entre Irán e Irak, dos países islámicos. Y eso los grandes medios electrónicos no lo cuentan nunca.

Dice, se sonríe. El maestro es cascarrabias pero sabe que su sonrisa le compra indulgencias. El maestro es tímido, agradece todo mucho, y tiene una mirada capaz de mostrarse sorprendida. El maestro no pierde ninguna oportunidad de abrazar mujeres circundantes. El maestro, más que nada, no para de hacer preguntas, de interesarse por todo todo el tiempo: la única forma de enseñar es no pensar que ya no queda nada que aprender.

–¿Y es cierto que entre ellos hay muchos delincuentes?

Me pregunta ahora, señalándome con la mano la tribuna de la hinchada de Boca: el maestro lo mira todo con avidez, con hambre. Las banderas, los gritos, la luz relampagueante. Anoche escuchó tangos hasta cerca del alba. Fútbol, tango: los argentinos siempre mostramos lo mismo. Debe ser mucho lo que queremos ocultar.

Ryszard Kapuściński se resiste a dar tips, a narrar experiencias concretas, a contar anécdotas: quizás 45 años de contar historias produzcan ese efecto. Pero en un momento me dice que lo más importante para escribir buenas crónicas es entenderse con la gente del lugar, que te sientan cercano, respetuoso, Y dice que, para eso, es básico aceptar su comida:

–El primer contacto suele ser que te invitan a su mesa y ellos miran si uno come con gusto o si está molesto.

–¿Y si no le gusta la comida?

–Hay que mentir. La mentira es un arma muy importante, indispensable.

Dice, y se sonríe con cara de mira qué pícaro me pongo. A veces el maestro tiene cara de gnomo bribonzuelo: los pocos pelos de la cabeza se le rizan hacia arriba y las cejas también, luciferinas. El maestro suele repetir que es humilde y yo sospecho que no hay nadie tan orgulloso como quien se jacta de su humildad. Después vuelve al estado actual del mundo, su tema recurrente:

–Ahora tenemos cada vez más millonarios y cada vez más pobres: lo que más ha crecido en el mundo es la injusticia.

–¿Y por qué cree que miles de millones soportan esa desigualdad, esa pobreza?

–Yo creo que la pobreza no es una fuerza revolucionaria: es una situación que convierte al hombre en un ser muy pasivo. La pobreza no es sólo material: es también social y psicológica. El pobre no lucha, porque para luchar por algo se necesita poder imaginarse un objetivo, un futuro mejor. Y el que tiene hambre no tiene tiempo ni ánimo para imaginar nada que no sea cómo pasar el día de hoy, de dónde sacar la próxima comida. Por eso esa gente no es capaz de organizarse, de luchar.

–Usted ha estado en muchas revoluciones. ¿Hay algo común en todas ellas, que le permita entender cuándo y cómo pueden producirse?

–Es muy dífícil, porque en la mayoría de los países las condiciones para la revuelta están dadas siempre, y sin embargo esos movimientos aparecen de pronto en un lugar igual a tantos otros. Pero ésas no son revoluciones, son revueltas que revientan de repente, duran unos días y desaparecen. Son sólo movimientos de rabia, de odio, de destrucción…

–Es lo que más se ve actualmente. Como no hay modelos políticos alternativos para intentar, es más difícil pensar en movimientos revolucionarios clásicos…

–Sí, la época de los movimientos organizados revolucionarios se terminó porque cambiaron las sociedades. Estas sociedades ya no tienen divisiones claras, por eso ya no pueden organizarse en movimientos sociales como los partidos, los sindicatos. En el mundo contemporáneo no hay más revoluciones.

Dice, y no me queda claro si el quiebre de su voz es por nostalgia.

Son solo gorriones, pequeño saltamontes

Martín Caparrós

Está claro para qué les sirven los árboles a los gorriones: para estar, vivir, poner sus nidos, comer sus bichos, descansar en sus vuelos. Los gorriones no vivirían sin árboles. En cambio no sabía que los gorriones les servían a los árboles hasta ayer, en medio del temporal y de la nieve.

La nieve es de una belleza abrumadora: cambia de todo los colores, cambia las formas y los fondos, hace que el mundo sea, por unas horas, otro. Pero, como suele suceder con la belleza, cobra, cuesta: al cabo de un rato grandes ramas, cargadas, recargadas, empezaron a quebrarse y a caerse. Era brutal oírlas, verlas, encontrar esos agujeros que dejaban.

Pero los gorriones, que en lo peor de la ventisca habían desaparecido, iban volviendo. Y se posaban en las ramas nevadas y al posarse las sacudían y, al sacudirlas, hacían caer la nieve: las salvaban.

Está claro para qué les sirven los árboles a los gorriones; no es tan fácil entender para qué les sirven los gorriones a los árboles.

A veces para saberlo se necesita una tormenta.

América ya no es lo que no era

.

Martín Caparrós

Corren días de alboroto. Los medios y mediáticos del mundo libre –¿alguien se acuerda de cuando existía el Mundo Libre?– piafan indignados: lo que sucedió en el Capitolio de Washington es una catástrofe para las instituciones democráticas, echen a Trump, maten al bisonte, repriman a la policía que no supo reprimir, oh qué horror dónde se fueron los modales. Y yo, por alguna razón, no consigo indignarme/preocuparme/molestarme en una dosis aceptable. Me acongojaba, y empecé a buscarme justificaciones.

(Con lo cual recordé que eso suele ser lo que hago o lo que hacemos: tenemos una sensación, una inquietud, una frase en la punta de la lengua y buscamos los firuletes discursivos que las justifiquen. Digamos, esta vez: no me parece tremebundo que unos cuantos cientos de señores y señoras hayan invadido el congreso americano. ¿Cómo lo digo? ¿Puedo argumentarlo?)

Lo primero que se me ocurrió fue la satisfacción del resentido. Yo reivindico mucho al resentido: me parece una figura decisiva en estos tiempos en que habría que simular que uno no odia a nadie, no le desea el mal a nadie. Como resentido, pensaba que qué bueno que se les hubiera descontrolado el simulacro: que el país de la bomba atómica en Japón, el napalm en Vietnam, los golpes asesinos en Guatemala y Chile y Argentina e Indonesia y tantos más, las mentiras para invadir Irak, los campos de Guantánamo, las masacres de los centros comerciales, no pudiera seguir ofreciendo al mundo sus lecciones de buenos modos democráticos: que por fin estuvieran haciendo, ante las cámaras, las mismas patochadas por las que nos miraban por encima del hombro. O, dicho fino: que empiecen a aceptar que el “excepcionalismo americano” –esta curiosa idea de creerse distintos y mejores que todos los demás– ya no engaña a nadie.

Después intenté refinar mis argumentos para tratar de hacerlos presentables: que lo que no tiene sentido es tanto bombo. Al fin y al cabo, ¿qué son unos pocos cientos de energúmenos que se disfrazan de cornudos o patriotas y entran a un edificio confusamente custodiado y gritan unos gritos y pintan sus pintadas? ¿Y por qué los medios, que siempre se ocupan de lo que importa menos, se dedicaban tanto a eso en lugar de centrarse en la noticia que, al mismo tiempo y en el mismo lugar, sí cambiaba algo: la victoria de los dos senadores demócratas en Georgia que significa que el partido del próximo presidente va a tener la posibilidad de aprobar sus leyes, seguir sus políticas? ¿Solo porque en la incursión sí había un espectáculo? ¿Sólo porque les cuesta contar lo que no es circo?

El problema es que la crítica de los medios dominantes se está volviendo un deporte demasiado fácil: el famoso hurto de un juguete a un niño. Así que había que pensar algo un poco más interesante –y no lo conseguía. Hasta que dí con algo que quizá: se quejan porque Trump no respeta las formas de la política habitual, pero ignoran que, gracias a Trump, la política ha vuelto a los Estados Unidos –a menos que sea eso lo que les molesta.

Durante las últimas muchas décadas, los Estados Unidos se habían conseguido una democracia modélica en cuyas elecciones votaba poco más que un tercio de la población: muy por debajo de los otros grandes países “democráticos” –India, Inglaterra, Alemania, Japón, Francia, Italia, Brasil y compañía. Era un sistema espléndido, tan civilizado, tan basado en esas formas que se respetaban y esa gente que pasaba de ellas. Lo cual les permitía a los dos grandes partidos empujarse y codearse y sucederse sin que nada cambiara, sin que nadie terminara de notarlo. Y, mientras tanto –¿gracias a eso?– crearon la sociedad más desigual de la historia: de toda la historia.

Habían conseguido su estatus ideal: una expresión civilizada y ordenada y presentable de ese desdén por la política que tanto asusta y ayuda a los políticos, y que se ha transformado en una de las características decisivas de nuestras sociedades. César Rendueles, en su libro Contra la igualdad de oportunidades, lo reseña para el caso español: “Los políticos y la política aparecen regularmente entre los tres primeros problemas percibidos por los españoles, exactamente en el lugar que hace años ocupaba el terrorismo o la droga. Los partidos políticos son percibidos como el equivalente de ETA o la heroína y son, con mucha diferencia, la institución peor valorada en nuestro país”.

En Estados Unidos la solución a ese problema era la indiferencia: les habían dejado la política a los políticos –y la mayoría de los ciudadanos no se molestaba siquiera en ir a votar una vez cada tanto: no creían que eso sirviera para nada. Hasta que llegó el energúmeno de Trump, se mostró y mostró el sistema como nunca antes y produjo efectos desconocidos, apoyos y repudios, fanatismos y odios, y entonces las elecciones volvieron a importar: en 2020 votaron 22 millones de personas más que en 2016. Eso fue, sin duda, un triunfo de la democracia. O, por lo menos, de la política, entendida como la forma –a menudo confusa y turbulenta– en que grupos sociales tratan de mejorar las condiciones en que viven. Digamos: que, por acción y reacción, con el Terremoto Trump y sus Conchudos Detestables la política volvió a los Estados Unidos y que cuando hay política –como algo opuesto a las buenas maneras democráticas– a veces pasan cosas como esa: que unos bisontes pisotean el mejor pasto, el más cuidado, el más inútil. Y otras veces, incluso, cambia algo.

Y ya: para poder justificar mis desazones, aquí estoy, diciendo que el gran mérito de Donald Trump es haber devuelto la política a Estados Unidos, y viceversa. Hay quienes se cubren de ridículo con menos esfuerzo pero yo, está claro, soy un laburante.

La provisoriedad permanente

Martín Caparrós

Ya perdido, ya perseguido, ya derrotado por sus compañeros, ya exiliado, Lev Davidovitch Bronstein proclamó que una verdadera revolución, para serlo, debía ser permanente: no dejar nunca de revolucionarse. Lev Davidovitch, también llamado Trotski, terminó bajo la pica de un ex comunista español –como contó con maestría inigualada otro, Jorge Semprún– en México unos años más tarde. Quizás había exigido demasiado; los hombres, incluso a su alrededor, necesitaban alguna certeza. Nunca pudo imaginar que su venganza llegaría ochenta años después: que su revolución permanente sería reemplazada, por todo y para todos, por esta provisoriedad permanente que vivimos desde que el bichito. No es fácil vivir en un oxímoron.

Hace unos meses, cuando empezó el temblor, todos le imaginamos, según el modelo acostumbrado, plazos previsibles. Era duro y era casi simple: bueno, es terrible pero hay que aguantar dos o tres meses, nos encerramos qué se le va a hacer, cuando llegue el verano el virus ya se pierde, los calores lo matan. No, no entendés, esto hasta septiembre no mejora. ¿Septiembre? No, qué horror. Bueno, septiembre o quizás incluso octubre; yo creo que hasta octubre no vamos a retomar nuestras vidas normales. El 2020 ya pasó, y aquí estamos. Pero ya no esperamos una fecha precisa: aprendimos, al menos, que no sabíamos nada. Aprendimos –estamos aprendiendo– que vivimos en la inopia; aprendimos la palabra inopia. No aprendimos –creo, todavía– cómo vivir en esta inopia.

(En un mundo tan fragmentado que se llama a sí mismo global, la primera experiencia realmente globalizada sirvió para mostrarnos que vivíamos engañados. Ahora todo es corona –o covid o el virus o la peste o la pandemia. Ahora todo es esa cosa que no sabemos siquiera cómo nombrar. ¿No es desolador que lo único importante que le pasó a nuestra generación sea el producto de la combinación azarosa de un microorganismo y un murciélago? ¿No es humillante, un tantito humillante? ¿No nos creíamos un poco más que eso? ¿No nos creíamos capaces de cambiar o, por lo menos, de destruir el mundo?)

No sabemos. Vivíamos con proyectos que podíamos suponer casi sólidos: nos engañamos bien. Necesitamos seguridades, garantías: estamos acostumbrados a tenerlas. Necesitamos suponer que el año próximo –“si Dios quiere”, decían las abuelas para introducir el azar en sus propósitos– podríamos hacer ese famoso viaje, entrar en tal escuela, salir de cual empleo, comprar un gato negro. Necesitamos suponer que la semana próxima, si Dios quiere, iremos al cumpleaños de Estelita. Ahora, nada de eso: ya no hay próximo, todo puede cambiar –y lo peor es que lo hace. Ahora, la provisoriedad es permanente.

Y es un aprendizaje, un desafío. Cómo vivir sin planes o, peor: haciendo planes por si acaso, planes para jugar, planes que no van a cumplirse. La zozobra prospera y, sobre todo: tras pasarnos toda la vida disimulando que todo era provisorio, que cualquier plan se podía ir al carajo en cualquier momento, ahora lo vemos todo el tiempo –y no nos queda más remedio que aceptarlo. Tras una vida –millones de vidas– aprendiendo a hacernos los idiotas, la iluminación ineludible nos llegó so forma de bichito.

Y entonces pasan cosas. Hace unos meses, en lo peor del confinamiento, en mi sierra nevó. Yo traté de escribirlo. Pensaba, todavía, que la provisoriedad sería provisoria.

Nevó.

Esta mañana al levantarme veo

las copas blancas de los árboles: en mi sierra

ayer noche nevó, y es primavera. Esta mañana

al levantarme las copas blancas de los árboles

me regalaron ese placer idiota

que la nieve te trae: volverte

nene, disfrutar

de algo que te da igual. Nadie,

(digo nadie porque quiero decir nadie)

podía prever que nevaría pero anoche

nevó. Ahora ya nadie

puede prever.

Es primavera.

.

Prever es lo que hacemos. Prever

nos hace humanos. Prever

es lo que nos deshace.

.

Ahora no sabemos. De verdad

no sabemos. Siempre

decimos que sabemos que no sabemos pero creeemos

que sabemos. Ahora

no sabemos. Es

vertiginoso no saber. El vértigo

es mirar y prever y cerrar fuerte los ojos

ante eso que prevés: cerrar

los ojos.

.

Pero ahora ni siquiera:

no sabemos.

Está la nieve y está,

faltaba más, el miedo.

.

Los ojos

bien cerrados, bien

cerrados.

.

Ahora no sabemos. El futuro

se fue. Quedan el miedo, la nieve, la certeza

de que ya no sabemos. En la vida

aquella que teníamos teníamos

la osadía de prever.

.

La nieve

imprevisible

es como un bálsamo

que cambia los colores. Nada

más cambia los colores: cambiarlos

es la prerrogativa de la nieve.

Cambiarlos: demostrar

que no son siempre lo que son,

que ya eran otros.

.

Hay nieve:

es decir que nevó. Ahora

no prevemos. El presente

por fin

nos atrapó.

Nos atrapó el presente, y atrapar

es un verbo que suena.

.

Prever en cambio es un deporte: puro

esfuerzo que solo sirve para gritar los goles que solo sirven

para gritar los goles. Prever

es un deporte suspendido. Hay nieve

o sea que

ahora sabemos

(dolorosamente lo sabemos, Sócrates es un huevón, con la filosofía

poco se goza)

que no sabemos nada.

.

Que todo pasa cuando quiere como

quiere, que todo

pasa, que no sabemos

nada. Lo hemos dicho veces, tantas

veces y recién ahora sabemos

que no sabemos nada. Que todo puede

no ser lo que había sido, lo que era.

Prever

es un deporte de interiores.

.

Afuera, allá lejos, afuera

las copas blancas de los árboles. Nada,

casi nada.

Nieva

allá lejos, nieva

como todo:

afuera.

.

Fue hace meses, cuando pensaba que esa sensación era realmente extraña y que quería escribirla y que, a pesar de todo, tendría un fin imaginable. Ya sabemos que no: que la provisoriedad, por un tiempo provisoriamente imprevisible, es permanente. Una forma tan rara de la vida.

Nadie nos dijo que tendríamos que vivir así.

.

No sabíamos: es violento saber que no sabíamos.

.

La inmortalidad del doctor Menem

El doctor Carlos Saúl Menem, presidente que fue de la República Argentina entre 1989 y 1999, está por entrar en la inmortalidad –o donde sea que vayan los grandes héroes de la nada. El doctor fue un personaje extraordinario: nadie cambió tanto su país. Y ahora, en su país, casi todos quieren olvidarlo.

El doctor había empezado raro. Venía de un pueblito polvoriento, sin colores, donde su padre tenía una bodega, y se hizo conocer en 1973, año convulso, como un joven abogado de patillas tupidas que consiguió ganar, a sus 42, el gobierno de su provincia, La Rioja. Ya gobernador decía por ejemplo que “la revolución del 25 de mayo tiene su sentido más profundo en la defensa que harán de ella la Juventud, las FAR y Montoneros. Aun hay muchos conservadores metidos en el Movimiento, en el gobierno nacional, y ésta es una lucha a muerte”. Tardó unos meses en dejar esa lucha; después pasó unos años amablemente preso de los militares y cuando volvió al ruedo en los ochentas consiguió un milagro: derrotó al aparato peronista y se hizo elegir su candidato. Seguía hablando de revoluciones –la llamaba, en esos días, “revolución productiva”– y prometía el “salariazo” pero era, sobre todo, un fenómeno extraño: por primera vez en la historia argentina el candidato a presidente era un señor que se parecía más a millones de pobres que a la crema habitual. Era un giro cultural muy fuerte y muchos lo siguieron, lo eligieron.

Entonces no tardó nada en mostrarles que no pensaba hacer lo que decía pero se lo aceptaron. Lo logró, sobre todo, gracias a esa política que convirtió al dólar en moneda oficiosa y se lanzó a la más argentina de las economías: pan para hoy, hambre para mañana. Y empezó con las privatizaciones, las corruptelas, los disparates continuados, los chistes con rubias y ferraris, el indulto a los militares asesinos. Para hacerlo, descubrió que el curro de la “transgresión” no solo servía para vender discos pop o tonterías en la tele sino, sobre todo, para volverse –casi– inimputable en el poder. Con la excusa de que hacía cosas raras hizo las más comunes: vendió el país con el país –mayormente– aplaudiendo, riéndole las gracias.

El doctor Menem fue el presidente más influyente de la democracia: ninguno mutó tanto la Argentina, ninguno la destruyó tan a conciencia. Es cierto que es una competencia muy reñida, pero nada se compara a su transformación de aquella economía, su liquidación de tanta industria, su remate de lo que el país había tardado un siglo en construir: ferrocarriles, carreteras, minas, pozos de petróleo, tendidos de gas, obras sanitarias, usinas y redes eléctricas, fábricas, teléfonos. Todo eso lo vendió el señor Menem a unas cuantas empresas más o menos extranjeras –que después, en general, lo desdeñaron.

Así, su gobierno peronista consumaba con denuedo el proceso que había empezado quince años antes otro gobierno peronista, el de Estela Martínez y su ministro Celestino Rodrigo, y retomado y acelerado después con mucha más sangre un gobierno militar. El doctor Menem lo completó con una excusa muy curiosa: su gran argumento –tan pegadizo, tan defendible– fue la idea de que el Estado es inútil, una cueva de ratas y ladrones y, sobre todo, una runfla de incapaces. Es una idea fácil de presentar y difícil de sostener. Si el Estado no es capaz de administrar una compañía eléctrica, una telefónica, un hotel por horas, si no puede manejar –digamos– Aerolíneas o Aguas Argentinas, mucho menos puede manejar la Argentina. O sea: un gobierno que ofrece esa explicación tendría que renunciar e irse. Pero la idea prendió: gracias a ella, lo sabemos, el peronismo del doctor Menem malvendió casi todo.

Y era el mismo señor que había dicho, años antes, que “para nosotros socialismo nacional y justicialismo es la misma cosa. Es el Estado procurando con su acción dar los medios necesarios al pueblo para que éste se realice en un clima de igualdad, sin ningún tipo de privilegios. Es decir: donde el esfuerzo de muchos esté al servicio de muchos y no como ocurre bajo el régimen liberal y capitalista donde el sacrificio de muchos se hace en beneficio de un círculo privilegiado…”.

Pero el doctor cambió y, de paso, terminó de cambiar la Argentina.

Menem lo hizo, decía un viejo slogan. El efecto más visible de esos años de liberalismo peronista fue conseguir que el país terminara de destruir su aparato productivo. Gracias al doctor Menem un buen tercio de la población argentina vive marginada, sin trabajos fijos, sin una inserción clara. Gracias al doctor Menem y su furia antiestatista mucha más gente pasó a depender del Estado y, por lo tanto, de sus gobiernos peronistas. Gracias al doctor Menem, el peronismo terminó de consolidarse como esta máquina de poder basada en el control de millones de personas a través de planes de asistencia y sueldos truchos que suplantan su derecho a ganarse la vida por sí mismos.

El sistema clientelar peronista no sería lo que es sin él, aunque tampoco hay que dejarse llevar por la vehemencia necrológica: hay que reconocer que sus continuadores lo ampliaron y completaron con pericia extrema. Pero, más allá de matices y detalles, el peronismo le debe tanto al doctor Menem.

El doctor, es cierto, había logrado armar lo que un viejo periodista de esos tiempos llamó un país capicúa: “Algunos supondrán que lo digo porque el nombre de su prohombre presidente se puede leer de izquierda a derecha o de derecha a izquierda. Eso sería repetir –hasta la caricatura– el error –que yo cometí, supongo, muchas veces– de creer que las características de un hombre son las que explican un país, un momento, y dedicarse a ellas. (…) La Argentina, en realidad, está capicúa de una forma más bruta, más tajante. Es la primera vez –al menos, desde que hay elecciones que permiten comprobarlo– que los más ricos y los más pobres están de acuerdo en elegir un mismo proyecto, un mismo gobierno”.

Con ese apoyo bífido el doctor Menem inauguró, entre otras cosas, la era de la corrupción rampante, descubierta. Que, como reacción, produjo ese honestismo que logró que, al fin de su mandato, los argentinos eligieran el gobierno más frankenstein –un rejunte conservador apuntado por progres– so pretexto de que no eran corruptos. Menem lo hizo, como tantas otras cosas. Pero hay que reconocer que, mientras duró, nos hizo felices. Se lo debemos: era un gusto ser antimenemista. Era tan fácil indignarse, saber dónde estaba el bien y dónde el mal. El doctor se esmeraba, nos daba sin parar las mejores excusas –era desafiante, descuidado, decisivo, bruto– y todos nosotros –¿quiénes éramos nosotros?– nos uníamos en su contra, nos amábamos en el fragor de la trinchera. Faltaban años para que el peronismo kirchnerista introdujera sus taimadas divisiones. Entonces los periodistas, sobre todo, hacíamos nuestro agosto: incluso nos creían. En nuestro –mínimo– mundo era muy difícil encontrarle defensores.

Así que había que buscarlos lejos. Como, por ejemplo, en la tribuna de aquel gobernador peronista que definió al doctor como “el mejor presidente de la Argentina desde Juan Perón” y le agradeció su visita al Calafate, octubre del ’94, plena rifa del Estado, proclamando, los cabeshos al viento, que “acá está el pueblo de Santa Cruz, acompañando el proceso de transformación y cambio que la República Argentina debe llevar adelante” –gritaba, entonces, halagüeño, Néstor Kirchner. Pocos años después lo acabaría.

Ahora el doctor Menem se está muriendo o ya se ha muerto. En estos días, cuando llegue a la inmortalidad o adonde sea, pocas voces se alzarán para reivindicarlo. Al fin y al cabo lleva años sepultado, desde que aquel acompañante y su señora cumplieron con el precepto peronista de traicionar al jefe y lo sacaron del partido en 2003 y lo dejaron frente a una cantidad de acusaciones penales que no fructificaron porque, generosos, le permitieron refugiarse en el Senado de la Nación y en sus diversas coaliciones.

Y ahora, a veinte años de su cese, el país que él hizo se deshace. Es difícil, a esta altura, definir a quién beneficiaron sus acciones, fuera de algunos empresarios a la Macri y algunos políticos a la Kirchner. El doctor fue, si acaso, la raíz de donde creció ese árbol de dos troncos retorcidos que llaman la Argentina. No es poco, para un patilludo de Anillaco. Ahora, tan cerca de la inmortalidad o donde sea que terminen los sainetes, se debe estar riendo a carcajadas.

Lanavidá 6 – Laciencia 0

Martín Caparrós

Hace unos meses me convencí de una tontería. Me suele pasar o, mejor: es lo que me da vida. El 6 de abril de este año sorprendente pasó algo que, imaginé, recordarían generaciones venideras –qué bonito, “generaciones venideras”– como un hito histórico: en medio de la puta pandemia se cerraron las iglesias de Roma. Era fuerte: frente a siglos y siglos en que las pestes se enfrentaban con misas, rogativas, procesiones y demás latigazos en la espalda, esta vez no solo las personas no salían a pedirle nada a ningún dios sino que –metáfora perfecta– las iglesias de la ciudad donde reside el más famoso se atrancaban.

Imaginé, entonces, que ese momento era el símbolo de un cambio trascendente: que por fin dejábamos de creer en esas cosas y empezábamos a creer en la ciencia –lo cual también es complicado: la ciencia no es para creer sino para dudar. Pero esa será otra discusión; en estos días se ve que la religión –o ciertas formas de la religión– no se fueron a ninguna parte. Cristo Vuelve, Cristo Vence, Cristo Rey. Ahora mismo su ritual más difundido, lanavidá, triunfa sobre la ciencia, sobre la prudencia, sobre la carencia, sobre la urgencia y la conciencia y la teleconferencia y tantas cosas que terminan en encia y muchas otras que terminan en puaj.

Hace unos días, ya desolado, escribí en el El País que “la Navidad es el tributo que todos pagamos a esos relatos y reglas de conducta que unos sacerdotes y soldados inventaron hace siglos —y supieron imponer con la cruz y la espada y algún fuego y la decisión inquebrantable de decidir lo que podíamos y, sobre todo, lo que no podíamos hacer con nuestras vidas. Ahora, además, el triunfo global de los cristianos les permitió crear una ensalada de tradiciones, que si establos fenicios y camelleros iraquíes, que si el gordo lapón y el árbol ario, que si turrón levantino y amor universal. Y les permitió, sobre todo, convertirla en una máquina de hacer dinero.

“Hay que salvar la Navidad, claman en estos días, y están hablando de eso. La Navidad es necesaria para la economía. La Navidad es una síntesis perfecta, la cumbre del capitalismo con corazón: porque soy bueno y amoroso consumo, porque consumo soy bueno y amoroso –y si no consumo en Navidad soy un fracaso. Tanto que ahora muchos gobiernos reblandecen las medidas que tomaron para que no nos muramos demasiado rápido: parece que la amenaza de una Navidad sin parentela ni turrones es peor que la del virus.

“La Navidad habla de plata y dice paz y amor, regalos a gogó, concordia familiar, concordia universal, comercios y bebercios y arrepentimientos, pero cuenta, sobre todo, ese triunfo: una cosa sería que los cristianos celebraran su fiesta como los judíos yom kipur o los musulmanes ramadán o los culés la última copa, y muy otra que todos todos todos sigamos su ritual. No hay nada más exitoso que una ideología que ya no parece ni siquiera serlo sino lo normal, lo natural. La prueba definitiva de la victoria de una idea es que condicione las vidas de los que no creen en ella”, decía, poco más o menos.

Tanto nos condiciona que, tras pasarnos el año más raro y temeroso y aislado de nuestras vidas para cuidarnos del contagio como de la peste, estamos dispuestos a contagiarnos esta semana en nombre de la familia, el amor y la paz –y, si acaso, de aquel bebito hijo de un dios. O incluso del espíritu navideño, que consiste en comportarse durante seis o siete días como no nos portamos durante todo el año: con cariño y respeto y cierta consideración.

Así que lanavidá le gana a laciencia por goleada. Quizás es solo que somos completamente idiotas. O, tal vez, que somos tan pero tan cristianos que hemos asimilado, también, su idea del sacrificio. Al fin y al cabo, si algo aportó el cristianismo al gran baile de las religiones es la glorificación del sufrimiento. Empezó por contar que su figura central era un señor torturado y ejecutado con una muerte infame: inauguró la Era de la Víctima. Y entonces edificó sus templos como inmensos relicarios, bóvedas donde guardar los restos mortales de unos muertos –en general, tipo suicidas– que llamaron santos. Nada mejor, para sus libros, que el sacrificio y el martirio. Y ahora, gracias a esta Navidad, va a tratar de hacernos mártires a cuantos más mejor.

Nosotros, astutos, nos dejamos. O, peor: lo reclamamos entusiastas, exigimos la libertad de contagiarnos por la causa. En muchos países lo estamos consiguiendo, así que nada, felices fiestas, japi japi, abrazos a los renos, un saludo especial a todos los que prefieren creer en la ilusión de una madre virgen antes que en la realidad de cuatrillones de viruses –y que el 10 de enero nos coja confesados y cerca de un buen respirador. Será justicia.

El hambre, la Argentina

Las fotos, por supuesto, son de Dani Yako.

Hace un año yo estaba sentado en un lugar muy raro. O, por lo menos, lo era para mí: la cabecera de una larga mesa en la Casa Rosada de Buenos Aires, a la derecha del nuevo presidente Alberto Fernández. Se anunciaba, esa mañana, un plan de su gobierno contra el hambre, y él me había invitado a estar ahí. La historia era sencilla: en un encuentro anterior casi fortuito yo le había dado un libro mío publicado años antes –El Hambre– y hablado de la urgencia de que nuestro país solucionara el suyo. La idea se desplegaba en la página 506:

“Hace unos años yo tenía un amigo político y un plan: convocar a un gran movimiento nacional para acabar con el hambre en la Argentina. En un país disperso, levemente extraviado, el intento nos daría una meta precisa; frente a tantas promesas vaporosas, un objetivo claro; ante tanta frustración, uno que sí podríamos cumplir.

“Sería un camino por etapas: para empezar, miles de voluntarios harían una gran encuesta nacional en serio para determinar la realidad de la situación –y empezar a moverse: meses de argentinos hablando con argentinos, encontrándose, contándose. Una vez reunidos los datos necesarios se harían encuentros y asambleas y programas en medios para pensar, entre muchos, qué hacer. Expertos presentarían sus planes, políticos los suyos, personas –muchas personas– los debatirían. Y por fin, tras las decisiones comunes, miles y miles se pondrían en marcha para acabar de una vez por todas con el hambre en el sojero del mundo. Era la forma de darnos una meta y era, al mismo tiempo, la posibilidad de crear algún poder en acto, compartido, que podría ir ampliándose. Era la posibilidad de fijarnos un objetivo que sí podríamos cumplir: recuperar la confianza en nuestras fuerzas.

“Repasaba detalles: todos caían en su lugar, se completaban, se potenciaban entre sí. Entusiasmado, se lo conté a mi amigo: él, popular, prestigioso, debía encabezarlo. Sería, además, su gran bandera, la que lo llevaría hasta quién sabe dónde.

“Mi amigo me escuchó, se interesó, lo pensó y al fin me dijo que era un eje ‘demasiado generoso’, que millones de argentinos no tenían ni tendrían hambre nunca ni veían al hambre como algo que tuviera nada que ver con ellos; que lo sentirían ajeno. Que, lamentablemente, no le parecía que pudiera funcionar.”

Fernández, en cambio, no lo sintió ajeno. Primero anunció, en su campaña electoral, su campaña contra el hambre. Y aquella mañana de diciembre, ya presidente, la estaba lanzando oficialmente.

La mesa era muy larga: había a su alrededor alrededor de cien personas. Algunas que respeto mucho, otras que no: sociólogos, sindicalistas, militantes, curas, empresarios, médicos, industriales, ministros, lobbistas, comerciantes, Estela Carlotto y Chiche Duhalde, Narda Lepes y Marcelo Tinelli. Mi sorpresa, si acaso, fue que me sentaran a la diestra del jefe, en una posición que algunos llamarían de privilegio. Cuando me tocó hablar traté de decir que me seguía pareciendo decisivo no limitarse a las acciones de asistencia: movilizar todo lo posible para encontrar, entre todos, las maneras de que todos tuvieran qué comer en la Argentina.

Esa tarde ví que la prensa hablaba mucho de ese acto, y mi nombre aparecía bastante. En los pocos días que estuve en Buenos Aires discutí varias veces con amigos que me decían en que el gobierno me estaba usando para la foto. Yo les contestaba que no me parecía que mi imagen le sirviera a nadie y que, de todos modos, no me importaba que me “usaran” –si me usaban– para poner en marcha ese proceso que venía deseando desde hacía años.

Me he pasado muchos tratando de entender y de contar por qué hay hambre en un mundo que produce suficiente comida para todos y, por desgracia, mi mejor ejemplo para explicarlo es la Argentina, un país dedicado a la producción de alimentos, exitoso en la producción de alimentos, que vive de la producción de alimentos, donde millones de personas no consiguen los alimentos que precisan.

La Argentina es un caso de manual del fracaso de la democracia. En las últimas décadas el país cambió su estructura económica y volvió al modelo agroexportador que había tratado de dejar durante el siglo XX –y eso nunca se consultó a los ciudadanos. La mayor decisión argentina no la tomaron los argentinos: el cambio más importante de nuestra historia reciente no lo votó nadie. Con el triunfo de la soja se concentró la producción en manos de menos, se echó de sus lugares a miles de campesinos, se volvió inútil su trabajo, se arruinaron sus tierras. Nuestro país se convirtió en un productor de comida que no produce comida para alimentar a sus habitantes sino para cebar chanchos chinos o sea: para exportar esa comida y dejar ese dinero en las cuentas de los que la producen.

Lo mismo pasa en el planeta: la comida no se produce según las necesidades de las personas sino de los mercados. Por eso algunos comen tanto, tiran tanto, y otros no comen suficiente. No se crea comida para comer sino para vender; sería tan fácil alimentar a todos si se decidiera lo contrario.

“Hablar contra el hambre es una tontería porque nadie está a favor: nadie se manifiesta a favor, por más que haga su parte para mantenerlo –víctimas sin victimarios. El hambre produce la ilusión de que las causas comunes son posibles, que seremos unánimes, que todos juntos adelante: todos contra el hambre” –seguía diciendo mi libro, con perdón. “Metáfora de una ilusión: todos deplorarán el hambre, pero en la discusión sobre qué hacer para atacarlo se verán las diferencias insalvables. Cobremos la tasa Tobin a las transferencias financieras; démosles más mercado; prohibamos la especulación con alimentos; envíemos expertos a explicarles cómo se siembra tal semilla; juntemos bolsones de comida; tomemos el poder; mantengamos el poder; mandémosles bolsones.”

Mi participación en la Mesa del Hambre duró esas dos horas que pasé sentado a la mesa del hambre. Después pasó el tiempo y no hubo más convocatorias y después vino la pandemia, por supuesto. Creo –pero no lo sé– que no tuvieron más actividades hasta mediados de agosto, cuando leí en los diarios que habría una reunión y que yo estaría en ella, cosa que ignoraba.

No estuve y hubo, después, un intercambio de mensajes que no terminó de aclarar nada; al final le dije al funcionario a cargo que no me interesaba poner la cara por poner la cara pero que si había algo en que pudiera colaborar por supuesto lo haría. Me dijo que sí, que claro, que enseguida me mandaría los informes y que los participantes se habían dividido en comisiones y que ya tenía muy claro qué podía hacer yo, que muy pronto me lo diría. Ya pasaron cuatro meses y no supe más.

La historia es muy menor pero no da mucho ánimo sobre el funcionamiento del Estado argentino. Pero eso, insisto, a quién le importa. A mí lo que me importa es insistir en que el asistencialismo es un parche y un problema, no la solución. Lo más notorio que ha hecho este gobierno en la pelea contra el hambre ha sido el lanzamiento del plan Alimentar. Es un esfuerzo grande: un millón y medio de tarjetas de débito para comprar alimentos, que alcanzan a casi tres millones de personas, incluyendo mayores y menores. Una madre embarazada o con un hijo recibe 4.000 pesos –27 dólares– y una con dos o más recibe 6.000 –40 dólares– por mes. En estos días ese monto se duplicará, dijo el ministro, que dijo que este año el Estado ha repartido casi 100.000 millones de pesos –660 millones de dólares– para comprar comida. (660 millones de dólares son 15 dólares por argentino y por año, poco más de un dólar por argentino y por mes: una fortuna.)

El plan Alimentar es necesario y ataca un problema urgente; no es una solución. El plan tiene problemas, algunos de los cuales ya discutimos hace un año: para empezar, que el Estado está transfiriendo fortunas a los grandes vendedores de alimentos, porque buena parte de esas compras se hacen en supermercados y son ellos los que, al final, se quedan con la plata –en lugar de armar una red de pequeños comerciantes que recibirían el dinero y lo volcarían en sus comunidades. O que el Estado está comprando –a través de los beneficiarios de su plan– cantidades enormes de alimentos a precio minorista, engrasando la cadena de distribución cuando podría comprar tanto más barato al por mayor. Eso, es cierto, obligaría a repartir alimentos en lugar de darle a cada cual la opción de comprarlos; es un problema, pero es menor si permite ofrecer el doble de comida. Y además podría controlar su calidad: el propio ministro Arroyo dijo que el poder nutritivo de los alimentos que se compran con la tarjeta bajó mucho –por la necesidad: más harinas, menos proteínas.

Hay más detalles pero, en general, Alimentar es otro de los programas asistenciales que han intentado los gobiernos argentinos desde el Plan Alimentario Nacional –PAN– de Raúl Alfonsín. Son programas que reproducen la dependencia de millones de la limosna del Estado, programas que producen este sistema clientelar en que vivimos, programas que condenan a sus usuarios a la dependencia: que no cambian el sistema que hambrea. El plan Alimentar ataca las urgencias: es indispensable, no modifica nada.

En la Argentina hay cuatro o cinco millones de personas que no comen suficiente; la pandemia tiene parte de culpa pero antes de marzo ya eran más de tres millones y esa cifra no varió demasiado en los últimos años. Eso, insisto, no se soluciona con tarjetas y cajas. Sigo creyendo que la asistencia debería ser usada para conseguir tiempo para resolver las estructuras del hambre: un puente mientras se encuentran las soluciones verdaderas. Para eso, claro, hay que buscarlas.

Decíamos que no se produce comida para comer sino para vender, y que sería tan fácil alimentar a todos si se decidiera lo contrario. Pero es, por supuesto, tan difícil decidir lo contrario: los que hacen de la comida su negocio suelen tener mucho más poder que los que necesitan comérsela; los que la hacen su negocio defienden su privilegio con todo lo que tienen: los estados, el dinero, los gobiernos, los medios, la fuerza de las ideologías. Para contrarrestarlo se necesitaría decisión y energía: comprometer y movilizar a muchos, convertir el tema en una verdadera meta común, trabajar juntos para eso –no reunir a unos cuantos señores y poner unos cuantos dineros. Se necesitan sociedades que se muevan, que vayan transformando el modelo de producción de alimentos para adaptarlo a las necesidades de la mayoría: para que todos coman lo que deben.

Es un cambio difícil, sobre todo en países donde los grandes exportadores de alimentos tienen el peso que tienen en el nuestro. Es un cambio que podría ser gradual: ir definiendo cómo, con qué medios y qué metas. Pensar cuánto de un territorio debe ser usado para alimentar a sus habitantes. Ver qué se cultiva dónde, quién lo hace, cómo se distribuye, cómo se reparte, qué queremos comer, qué nos mejora. Y buscar las maneras de hacerlo, sin perder nunca de vista una obviedad siempre esquivada: que el hambre no es un hecho aislado sino el efecto más brutal de la desigualdad y la pobreza, y que no se puede corregir en sí mismo sin corregir esa desigualdad, esa pobreza.

Ese debate –ese proceso– es el que el asistencialismo suele silenciar. Pan para hoy, decían, hambre para mañana. Y pasado, y pasado, y otra vez a pedir que te regalen pan.

Y hambre para mañana.

Lo terrible es saber que podríamos solucionarlo y no lo hacemos: que no hay ningún obstáculo insalvable, que de verdad podemos producir –en la Argentina y en el mundo– comida suficiente para que todos coman. Y que, sin embargo, no lo intentamos. Quizás estemos a tiempo todavía. O, mejor dicho: siempre estamos a tiempo todavía. Solo falta quererlo y empezar –dispuestos, como siempre, a la derrota.

La invención de Maradona

Martín Caparrós

No podemos parar. Pasaron dos semanas pero no hay día en que los diarios no nos regalen tres o cuatro noticias sobre su vida y sus milagros y sus desastres y su muerte, algún recuerdo emocionado, un nuevo llanto con encanto, otra morriña ñoña, un homenaje más. La muerte de Maradona, que al principio fue lástima y tristeza, unos momentos de nostalgia, se volvió el gran psicodrama nacional. Ya todos hemos hablado sobre él, lagrimeado sobre él, especulado sobre él: ya todos lo consagramos como un símbolo indudable de la patria. Tanto, que este lunes en el Senado de la Nación media docena de cenadores citaron a Nietszche para pedir que se impriman billetes y estampillas con su efigie y su gran gesta, el famoso gol contra los ingleses –el segundo.

Es un detalle, pero un detalle interesante. Los billetes y estampillas son los espacios donde un país define sus orgullos: el lugar más exclusivo. En las últimas décadas argentinas solo lo consiguieron San Martín, Belgrano, Rosas, Sarmiento, Mitre, Roca, Duarte de Perón: todos fulanos que, bien o mal, intentaron construir un país –y al final, colados, esos animalitos con que el macrismo quiso retratarse. Por eso el acceso de Maradona a ese VIP es un síntoma bruto. No se nos ocurre que haya un billete con la cara de Borges ni con la cara de Quino ni con la de Houssay o Favaloro o Alfonsín o María Elena Walsh, ¿y sí con la de Diego Armando Maradona? Digamos, por decir: el presidente que se atrevió a juzgar a los generales asesinos o la autora de la música que mueve nuestra infancia no merecen lo que sí merece el goleador. Es bueno que haya un orden; es bueno que sepamos quiénes somos.

Si todos estos gestos significan algo habrá que aceptar que la Argentina decidió que su personaje más querido, más significativo de las últimas décadas será un señor que le pegaba tan bien a un cuero inflado y que le dio a la Patria la alegría de hacerlo mejor que unos señores ingleses que hacían lo propio y, así, logró ante ellos una victoria que cambió el rumbo de la historia, nuestras vidas.

O no. Entonces, por si acaso, los que se dan cuenta de que quizá no alcance con esos pelotazos inspirados se dedican a completar el héroe, a pintarle los rasgos que justificarían la apoteosis. Los constructores del mito hablan de su origen humilde, de su carácter popular, e insisten mucho en su condición de abanderado de los humildes, adalid de los pobres, defensor de los oprimidos del mundo –y deben disimular que, por más que hablara de Villa Fiorito, Maradona fue uno que se fue, zafó, consiguió por su talento dejar de ser de esos y consagró una forma de éxito individual que celebra al que deja su clase. El modelo del futbolista como triunfador solitario o fugado milagroso: el ascenso social del que se va. El modelo que hace que millones de chicos en Latinoamérica o en África sueñen con ser vendidos a los centros más ricos, escapar: salvarse.

Maradona fue, toda su vida adulta, un multimillonario que vivió como un multimillonario, de yate en jet, de rolls en maserati y que, cuando pudo elegir dónde hacerlo, se pasó unos años en Nápoles mimado y surtido por la Camorra, otros en un resort tan rico de la Cuba más pobre, otros en Dubai donde los maridos tienen derecho a pegar a sus mujeres, otros en Bielorrusia donde una dictadura de 25 años le ofreció tanques y diamantes y otros en Sinaloa, el estado más narco de ese país ennarquecido que ahora es México.

(Y todo con la plata de sus fans: los jugadores más exitosos se quedan con un buen trozo de la que ponen –en abonos de tele, cuotas, camisetas, chorraditas varias– los millones de más pobres que los siguen y que, faltaba más, se identifican con ellos porque vienen de abajo.)

Todo lo cual era perfectamente su derecho. Lo que no tiene sentido es que inventen un héroe donde hubo un gran jugador de fútbol –que, como tal, nos dio alegrías recordadas. Lo triste es el invento. Lo más triste es que, si tenemos que pensar en figuras señeras, no podamos pensar en alguien que haya hecho algo más que alegrarnos la vida un ratito, algo más que aliviar el malhumor de nuestros fracasos con unos gritos de placer, algo más que dejarnos diciendo qué maestro, algo más que confirmar nuestra pasividad: algo más que ponernos en nuestro lugar de espectadores. Digo: que, más allá o más acá de Maradona, nuestro héroe sea un futbolista.

Es triste, pero no por él; triste por nosotros. Recuerdo –como siempre– aquel diálogo del Galileo Galilei de Bertolt Brecht, en que su ayudante le decía a Galileo que “tristes las tierras que no tienen héroes” y Galileo le contestaba que “tristes las tierras que necesitan héroes”. Pero me lo imagino mesándose la barba y pensando que tristes, pero realmente tristes, son las que tienen ciertos héroes.

O, como decía aquel clásico: dime a quién adoras y te diré quién eres. O quién no eres, que viene a ser peor.

¿Para qué sirve la crónica?

Hace unos días el Festival Gabo, que organiza la Fundación homónima -es decir Gabo- me invitó a dar una charla -¿magistral?- sobre la crónica. Aquí está, dividida en dos partes por razones de peso.

Aquí, las preguntas de quienes las hicieron y sus respuestas -las mías:

Linchamos

Martín Caparrós

Los miro, oigo sus gritos, resiento sus patadas y trato de imaginar su gozo: acostumbrados a tener que obedecer, a tener que tragar, personas descubren que por un momento harán lo que quieran –y lo que creen que quieren es tener algún poder, poder hacer, hacer sin límites, disponer de la vida y la muerte. Ser, por un momento, los que saben dónde está el bien y dónde el mal y aplicar ese saber sin concesiones: decidir, ser los dueños.

Tucumán es una provincia argentina –la más chica, una de las pobres– que tuvo su momento de gloria el 9 de julio de 1816, cuando unos congresistas declararon allí la independencia del país. Después tuvo otro, más largo, ya en el siglo XX, cuando sus ingenios azucareros dieron trabajo a muchos y plata a unos pocos. Y uno breve y brutal cuando esos pocos los cerraron, en los años ’60, y la provincia se volvió un polvorín, y uno dramático hace veinte cuando mi amigo Jorge Lanata mostró al país que el hambre existía y se llamaba Barbarita, una nena que le contó por televisión cómo era eso. Son destellos, y suelen ser extremos. Ahora Tucumán ha vuelto a descollar en la chatura patria: este año sus pobladores lincharon a –por lo menos– diez personas.

Algunos están documentados. Hace unos días circularon con denuedo los videos del linchamiento de un muchacho que quizás había violado y matado a una nena. La nena se llamaba Abigail, tenía 9 años y una tarde no volvió a su casa en un barrio muy pobre. Su madre fue a denunciarlo pero en la policía le dijeron que todavía no podían buscarla porque no había pasado tiempo suficiente y no alcanzaba el personal. Salieron los vecinos y, en unas horas, la encontraron muerta. Tres días después descubrieron al presunto asesino, lo persiguieron, lo atraparon, lo mataron a golpes. Era un muchacho de 25 años, adicto, ladrón, preso a menudo, que llamaban El Culón; los videos de su asesinato circularon. Alguien, entre tantos, subió uno a Twitter con la frase “Violador muerto no viola más”, y el padre de la nena dijo que el muchacho había recibido lo que se merecía. Al día siguiente, en un barrio cercano, otros interceptaron a un chico que estaba robando un celular y lo cagaron a palos. Tuvo más suerte: no llegó a morirse.

Los linchamientos tucumanos se difundieron porque son, de algún modo, extraños: cosas que no solían pasar allí. En otros lugares de América Latina son menos sorprendentes. Los números son vagos: es difícil encontrar cuentas claras. Pero en México se calcula que el año pasado los linchadores mataron a unas 200 personas y lesionaron a muchísimas más.

Los linchamientos sudacas se desarrollan según dos modelos básicos –y sus variantes–: están los delincuentes sorprendidos in fraganti, por un lado, y, por otro, los “sospechosos”. Los sospechosos suelen ser forasteros o “personas raras” que, de pronto, sufren el rumor de que se dedican a “robar niños”. La acusación es todo un dato: personas pobres, que no tienen mucho para robar, suponen que su riqueza apetecible son sus hijos. Marx los llamaba “proletarios”: los que no tienen nada más que su prole. Algunas veces esos pobres se retoban y atacan a esos sospechosos. Algunas veces la sospecha está fundada; otras, no.

En cualquier caso, son pobres asustados que temen a otros pobres. Esos linchamientos suelen ser explosiones, estallidos de cabreo donde unos y otros se dan ánimos para hacer lo que nunca. En las zonas andinas de Bolivia y Perú, en cambio, hay linchamientos serenos, preparados, que se basan en esas leyes locales que dicen que la comunidad debe castigar físicamente a quienes cometen lo que ellos consideran un delito –que puede incluir, por ejemplo, el adulterio.

En todos los casos, los linchamientos recuperan una función de la justicia pre-moderna: el espectáculo, terror y disuasión. Durante milenios los castigos se hicieron en público para que ese público, asustado, registrara que si robabas te cortaban la mano, si matabas te deshacían el cuerpo en varios trozos. Ahora los castigos son invisibles: consisten en encerrar al transgresor, sacarlo de la vista. Su función disuasoria es más sutil: es algo que te cuentan, no algo que ves –perdón, Foucault. Pero millones de teléfonos se irritaron con las imágenes del Culón pateado en el piso hasta la muerte, o de esos hombres quemados por la multitud en pueblos mexicanos.

Las imágenes suelen ser caóticas, de algún modo gozosas: son personas que de pronto pueden decidir, pegar, desahogarse, matar. Y sentirse en un colectivo que, por una vez, consigue resultados: nosotros lo buscamos, lo encontramos, lo matamos. Nosotros hemos hecho lo que esos hijos de puta de policías y jueces y políticos no consiguen o no quieren hacer: descubrir al delincuente y castigarlo, neutralizarlo en serio.

Son personas que aplican viejos valores sólidos: los que hacen tal o cual no merecen vivir, si aquél mató debe morir. Un viejo best seller lo dice muy claro: “…vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, golpe por golpe, herida por herida” (Éxodo, 21.24) –y hay gente que todavía le cree y le hace caso. Y se dejan alentar por los semianalfabetos que hablan en los medios de “hacer justicia por mano propia”.

Es curioso lo que dicen las personas cuando no saben lo que dicen. La justicia es una construcción que se inventó para evitar la mano propia. Contra la lógica de la venganza personal –la de la Biblia–, los primeros estados complejos empezaron a organizar mecanismos para ocuparse de los delitos y sus castigos: para sacarlos de la rueda infinita de venganzas y retribuciones. Su genialidad fue postular que un delito no se comete contra su víctima sino contra la sociedad: que cuando un señor mata a otro señor no está perjudicando solo a ese señor y a sus deudos sino a la comunidad entera –y que, por lo tanto, no es un problema personal sino común: que la comunidad debe ocuparse del castigo. Ese aparato ideológico se llama justicia y tiene reglas e instrumentos –y justifica que los Estados se arroguen el monopolio de la violencia. Cuando los Estados no funcionan, cuando la violencia está privatizada, las cosas vuelven a su estado anterior: cada cual se las arregla como puede.

Es lo que pasa en América Latina: personas que confirman, a las malas, que sus estados no se ocupan de ellos y deciden ocuparse solos. En América Latina hay más homicidios que en cualquier otro lugar del mundo -y se elaboran todo tipo de teorías para justificarlo. Se puede, por supuesto, pero hay una razón que opaca a todas: en el promedio de la región, la justicia solo resuelve el dos por ciento de los asesinatos. La violencia crece por la razón más tonta: porque es tan barato, porque el que mata tiene solo una posibilidad entre cincuenta de pagarlo. Entonces sus víctimas, que lo saben sin saberlo, sin estadísticas, sin tablas, a pura vida y a pura desdicha, deciden actuar y se cubren de mierda.

Pero se benefician, en última instancia, de la razón de su caída: ellos tampoco son castigados por hacerlo. Y actúan, además, según las reglas que su dios les dejó dichas y nunca corrigió. Y disfrutan, si acaso, de ese placer primario de la manada que se ensaña, que ejerce su poder, que hace gratis lo que suele ser caro: que se siente, por un momento, un poco más. Los signos de la disolución social sudaca abundan: pocos tan brutales, tan dantescos como esto de matar a los que nos molestan.

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