un cuarto –medio medio– propio

Autor: chachara Página 1 de 10

Para contar una historia

Martín Caparrós

¿Qué decirles a unos jóvenes que, pudiendo elegir, quieren ser periodistas?Hace unos días me tocó hablar en la entrega de diplomas de dos promociones -la 33 y la 34- del master de Periodismo de El País. Y después, pese a todo, pensé en reproducir aquí lo que dije entonces, un intento de síntesis de ciertas ideas sobre el periodismo.

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Hoy querría, como es lógico, contarles una historia.

Supongamos que esto fuera una columna o una nota –o, como dicen aquí y ahora, una pieza, en otra maravillosa demostración de la vitalidad del castellano en general –y del periodistiqués en particular– para imitar al inglés americano.

Pero, digo: supongamos que yo tuviera que escribir algo sobre esta situación. Entonces aquí viene la famosa pregunta retórica: ¿qué haría en ese caso? Lo primero, supongo, sería pensar qué quiero contar. Y, enseguida, pensar cómo, desde dónde. O sea: encontrar un foco y un punto de vista.

El foco, digamos, está claro: aquí hay unas treinta personas que acaban de terminar un viaje que los convirtió, queremos creer, en periodistas. Y otras treinta que están en la mitad de ese trayecto, y treinta más que lo empiezan ahora. O sea que aquí hay casi cien personas que quieren ser periodistas. Si esto no alcanza para salir corriendo muerto de miedo o de sorpresa, por lo menos debería alcanzar para decidir qué hacer. El foco, para empezar, parece claro: tratar de averiguar por qué alguien podría querer semejante cosa.

Uno tiene, por supuesto, sus prejuicios –que debería dejar de lado. Conocerlos, primero, para poder manejarlos. Yo recuerdo que empecé a pensar en ser periodista porque cuando era chico me fascinaban los periodistas: porque en mi casa, cuando tenía diez o doce años, venían a cenar algunos periodistas amigos de mis padres y yo me quedaba escuchándolos horas y horas. Es cierto que eran de esos periodistas –argentinos, sí, pero no son solo los argentinos– que consiguen contarte las cosas de la política como si estuvieran en el centro de todo, como si les estuvieran sucediendo a ellos. Y a mí eso, antes de hartarme, me encandilaba.

Lo hice, también, supongo, porque cuando era chico pocas cosas me gustaban más que leer, y leer esas revistas de los años ’60, tan repletas de textos, de historias, de recursos y astucias me llenaba de gusto. Y lo hice, también, porque no era necesario decidirlo: porque, a diferencia de lo que pasa ahora, uno podía hacerse periodista casi sin querer, sin meterse en una carrera, porque tenías algún amigo o pasabas por ahí o querías terminar una novela.

Pero bueno, esos son mis pre juicios o pre misas sobre por qué alguien podría querer hacerse periodista, y les decía que el primer paso de cualquier reportaje o artículo o pieza debería consistir en dejarlos de lado. No es fácil. Pero, para intentarlo, yo, ahora, tendría que dejarme de hablar –es tan bueno cuando los periodistas nos dejamos de hablar– y empezar a escucharlos: empezar a preguntar a cada uno de ustedes por qué cuernos se les ocurrió meterse en semejante cosa. Preguntarles, disfrutar escuchando sus respuestas. Eso es, más que nada, el periodismo: disfrutar escuchando, ese placer de averiguar lo que uno creía que sabía y no sabía.

Así que voy a querer saber qué fantasías, qué datos, qué historias, qué ilusiones los llevaron a imaginar que se podían pasar la vida haciendo esto. Es más: a imaginar que su vida va a ser mejor si se la pasan haciendo esto. Supongo que la primera –espero que la primera– razón será la curiosidad: las ganas de conocer y de contar, esa pulsión rara que no te deja tranquilo hasta que tienes la sensación de que has entendido algo y, por lo tanto, ya puedes contarlo. Pero también puede ser por espíritu de aventura –aunque después la aventura no siempre sea la que uno imaginó. O para encontrar una forma de salir al mundo –o, incluso, de intentar mejorarlo: es una ilusión vaporosa pero yo creo que, aun sabiendo que lo es, sin ella nada termina de valer la pena. Y el periodismo, artero como es, de vez en cuando consigue convencerte de que lo estás haciendo.

Lo bueno, en todo caso, me imagino, es que nadie o casi nadie me dará las respuestas más temidas. Porque, convengamos, nadie o casi nadie que no sea un poco bobo se hace periodista para hacerse rico –y eso ya es un baremo de excelencia. Quizá sí para hacerse un poco poderoso, pero sería una de las formas menos violentas del poder –y menos poderosas. Y aunque hay algunos que lo hacen porque no se les ocurre otra cosa, no es lo más común. Y menos aquí, en este máster, donde ya se les ocurrió alguna otra cosa y después eligieron esta.

En fin, que cada uno me contará alguna pequeña historia sobre cómo y por qué se le ocurrió ser periodista, y yo tendré que elegir para mi nota cuatro o cinco que sean, a la vez, peculiares, atractivas e ilustrativas de las varias tendencias. Y después tendré que preguntarles –a los que ya se van– qué diferencias han encontrado entre lo que imaginaban cuando llegaron y lo que realmente conocieron. Ahí, más allá de sus respuestas, quizás aproveche para pontificar un poco: siempre está el peligro de que el plumífero decida pontificar un poco y dicen que hay que evitarlo, pero yo no estoy seguro. O por lo menos no estoy seguro de saber hacerlo: yo sigo creyendo que, cuando uno escribe algo, es porque tiene ideas y quiere ponerlas en juego. Todo está, supongo, en saber manejarlo –en no ser manejado por esas ideas– y, quizás, en que no se note demasiado.

Así que ahí aprovecharé para decir un par de cosas sobre el periodismo que me gusta –y, entonces, el punto de vista de mi nota quedará más descubierto: será, si acaso, el de un periodista que aprovecha que debe contar una ceremonia como esta para decir un par de cosas sobre el periodismo. Diré, entonces, que para mí el periodismo es tan difícilmente simple: consiste en averiguar algo, pensarlo, averiguar más, asegurarse de que sea verdad, repensarlo –y tratar de contarlo. Que los temas varían, los enfoques varían, las técnicas varían cada vez más pero el principio sigue siendo el mismo: averiguar, pensarlo, contarlo.

Siempre teniendo en cuenta que averiguar no es esperar que te lo digan.

Y pensarlo no es rebuscar en los lugares comunes.

Y contarlo no es consignarlo como un notario tuerto..

Y que es cierto que son tiempos complicados para el periodismo, como siempre. “Le tocaron, como a todos los hombres, tiempos difíciles en que vivir”, escribió Borges hace más de medio siglo, y yo lo repito sin parar. Tiempos difíciles, sí, pero interesantes. Una crisis: la de los grandes medios clásicos del siglo XX –como este–, que ya no ocupan el lugar que ocupaban en estas sociedades donde la información y los mensajes circulan de docenas de maneras nuevas. Esos grandes medios nacionales, que se postulaban –y se aceptaban– como centros de la verdad y la confianza, ya no siempre lo son, y están tratando de redefinir su lugar. Entonces, como guardan todavía un peso importante, a veces nos convencen de que su crisis es la crisis del periodismo. No; es la crisis de una forma de transmitir el periodismo, ahora descentrada por la aparición de otras.

Pero por eso los grandes medios preocupados tienen, a veces, demasiado miedo, más que el necesario. A veces sus editores creen que su trabajo es tener miedo, alejarse de las innovaciones que les puedan traer problemas –menos control, menos lectores. Aprovechemos que para eso están ellos, no hagamos su trabajo: trabajemos sin miedo y busquemos, busquemos, busquemos.

Porque las técnicas nuevas, como siempre, permiten intentos nuevos, audacias nuevas. Perdonen que lo diga con esta pompa –que, por supuesto, voy a tratar de rebajar en la nota– pero creo que nunca fue tan fácil como ahora intentar cosas en el periodismo. Los grandes medios están muy bien, pero también hay mucha vida fuera de ellos. Cuando yo tenía veintitantos intenté, como todos, inventar revistas. Era muy complicado: antes de salir había que conseguir mucha plata, máquinas, diseñadores, una imprenta, un circuito de distribución. Ahora para salir alcanza con tener un word press y algo distinto que mostrar, que decir, que contar. No es fácil, pero es tanto más fácil.

En fin, que tendré que cerrar el inciso y volver a mi nota: qué les preocupa, les voy a preguntar, para avanzar en ella. Y supongo que muchos me dirán que conseguir trabajo y yo, para mí, me diré que claro, que eso siempre pero que pocas medallas les darán más chances que esta que están por colgarse en la solapa, que no jodan.

Y supongo que otros –o los mismos– me dirán que lo que les preocupa es poder hacer bien su trabajo. Que deben encontrar maneras, un estilo, formas de contar y cosas que contar y esos me interesarán más y, si acaso, mientras los entreviste, como quien no quiere la cosa, a alguno le diré que robe, que todo está en robar sabiendo, eligiendo a quién y qué se roba: que no hay forma de construirse un estilo que no pase por imitar otros estilos, encontrar en los textos y los modos de otros aquello que querríamos usar y usarlo, apropiárselo, y ojalá, con el tiempo, conseguir, en la mezcla de todos esos trozos ajenos, algo propio.

Y que para eso no hay más remedio –no hay mejor, más agradable remedio– que leer, leer mucho, leer con avaricia. Y que nunca entendí cómo hay personas que quieren contar –no escribir, contar, en cualquier medio– pero no leen, que es como alguien que quisiera tocar la guitarra y no escuchara música: que, simplemente, no sabrían qué hacer con ella.

Y algunos, incluso, me dirán que les preocupa cómo hacerlo con la justicia que querrían. Y yo no lo diré pero sí pensaré que eso no es tan complicado: que sí hay que sacudirse esa idea escolar de que uno podría ser “objetivo”; que no hay tal cosa, que toda nota es un relato y por lo tanto tiene un relator, alguien que, con su mejor buena fe, decide qué es lo que vale la pena contar y qué no y que, por lo tanto, está usando su subjetividad para definirlo. Y que entonces lo que importa, sí, es ser honesto. Y que se habla mucho de la ética como si fuera algo difícil que hubiera que aprender. Lo difícil es ser bueno. Ser ético es fácil: alcanza con ser decente y evitar los caminos demasiado cortos. No engañar, no engañarse, o algo así.

Y que no se preocupen demasiado por todo este zafarrancho de las fake news, que son un problema pero siempre existieron y siempre tuvimos que pelear contra ellas. Que ahora parece que fueran algo nuevo, propio de nuestros tiempos, porque hubo un presidente en Estados Unidos que las usó con más descaro o más cinismo que los anteriores y entonces todos hicimos como si acabaran de aparecer. Pero que no se olviden de la historia, que en la propia Estados Unidos los medios contaron en 2003 que Irán tenía armas de destrucción masiva, o aquí en 2004 que el atentado de Atocha era de ETA, o en la Argentina en 1982 que les seguíamos ganando a los ingleses en las Malvinas –y después nos dicen que las fake news son algo nuevo.

Pero que seguramente de lo que hay que cuidarse es de caer en la tentación del clic, las fullerías del rating. Para lo cual seguramente cite a ese que insiste últimamente en que habría que hacer periodismo contra el público. O, por lo menos, no caer en esta tentación de hacerlo solo a favor de lo que suponemos que el público quiere, medido en clics. Y que hay mejores maneras de medir lo que vale la pena hacer en este oficio que los contadores de las grandes pantallas de las redacciones, y que habría que tratar de no caer en ese círculo vicioso según el cual te crees que te piden basura y entonces les das basura y entonces les enseñas a querer basura y entonces te piden más basura y entonces; que lo que vale la pena es seguir haciendo lo que creemos que vale la pena, no lo que creemos que esperan de nosotros. Que eso sería escribir contra el público o, mejor: a favor de un público que no siempre existe pero que queremos que exista, y hacer lo posible para que eso suceda.

Y, ya para ir terminando con la nota sobre esta ceremonia, al final no tendré más remedio que contar que hay un tarado que pretende hablarles desde un banquito solo porque está viejo y lleva más de 45 años dedicado a estas cosas. Y que tomará un momento para lanzarse a la actividad más antigua y clásica de los periodistas –que, como todo el mundo sabe, es quejarse del periodismo– y les dirá que el periodismo es muchísimo trabajo, porque nunca dejas de ejercerlo. Que él no sabe, pero tiene la fantasía de que un médico o un bancario salen de su consulta o su oficina y apagan el chip, y que en cambio un periodista casi nunca: que se necesitan muchas risas o muchos jadeos para que eso suceda.

Que si eres periodista, dirá –y yo lo citaré, que al fin y al cabo es lo más fácil– “te levantas y manoteas el teléfono y miras qué pasó en el mundo, mientras esperas que se haga el café para sentarte a leerlo con más calma en la tableta o el portátil. Y después te vas a tu trabajo –en una redacción o, cada vez más, en tu casa u, ojalá, en la calle– a seguir intentándolo. Y así te pasas el día y después, cuando termines la dizque jornada de trabajo, vas a seguir atento al teléfono y sus actualizaciones y sus noticias de última hora y eventualmente te vas a juntar con gente que las va a comentar y vas a aportar lo tuyo y vas a tomar notas –mentales, para que no se note. O vas a mirar el telediario o algún programa de debates o incluso Gran Hermano o el partido del Madrid con la idea de que ahí hay una nota. Y te vas a ir a dormir y al día siguiente te vas a despertar con las noticias del teléfono porque, en última instancia, gozas mucho con esa rara sensación de que todos hablan de algo que para ti es trabajo: que ellos lo comentan pero tú lo cuentas”.

Y eso, entonces, le permitirá engarzar con el final de su charla –que podría ser, eventualmente, el final de mi nota–: que les ha preguntado y ha notado que algunos de ustedes no terminaban de recordar que eran privilegiados: muy privilegiados. No solo porque están en este lugar, al que solo acceden los buenos, y porque, por haber estado aquí, podrán ejercer con ventaja su nueva profesión. Son privilegiados sobre todo porque es probable que se pasen muchos años haciendo lo que querían hacer, lo que eligieron. Parece una obviedad, pero es algo raro, en todos los sentidos de la palabra raro. No hay cifras precisas –y yo siempre las extraño–, pero es probable que nueve de cada diez personas, digamos, habría que confirmar, no tengan este privilegio: que piensen el trabajo como un tiempo que entregan a cambio del dinero que les permita hacer lo que realmente les gusta en su famoso “tiempo libre”. Ustedes no.

Ustedes, les dirá, harán lo que eligieron hacer, lo que les gusta. Y que él, que ya está grande, sabe que ese es el mayor privilegio que alguien puede tener en esta vida.

Aprovéchenlo, por favor, que vale la pena.

Muchas gracias, y mucha suerte.

¿Fascistas?

Buenos días, buenos muertos. Tras un par de semanas de vueltas por Ñamérica –Colombia, México– para presentar por allí mi libro homónimo, vuelvo a España y me encuentro con noticias preocupantes.

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Hay quienes lo presentan como el mero acabóse o terminóse o algo así. Y esgrimen argumentos casi convincentes: yo también me preocupo cuando leo que en España el 15 por ciento de los votantes votarían a Vox. La cifra es redondita, y me indigno y me asusto y de pronto, después, se me ocurre que no se necesita tanto para votar a Vox. Y que ese es el problema.

En principio: si uno se pone a hacer las cuentas, el 15 por ciento de los votantes españoles quiere decir 3,6 millones de personas, el 7,5 por ciento de las personas españolas, una de cada 13: al fin y al cabo no son tantas. Pero alcanzan para crear el susto y, sobre todo, la molestia: ¿por qué todas esas personas votan algo tan repudiable, repugnante? Quizá sea porque no lo es.

Para votar a Vox, en estos días –o al Front National o a Zemmour en Francia, o al esperpento de Milei en la Argentina, o a Bolsonaro o Trump– solo se necesitan un par de definiciones no tan brutas. Se necesita, por ejemplo, creer que el problema del país son los que no son del país. Es un clásico absoluto, miles de años de fieles servicios a sus dueños: la culpa es de los otros. Ahora, actualizado en nuestros términos: son ellos los que se quedan con los empleos, los que confunden nuestro modo de vida, los que arruinan a nuestra juventud. No es tan difícil de creer: estamos programados para eso desde el principio, cuando lo diferente amenazaba de verdad.

Y es una idea que se actúa en dos niveles: el cotidiano, en el rechazo de los diferentes –aquí llamados “inmigrantes”, moros, negros, sudacas– y el sublimado: himnos, banderas, los héroes de la patria. La patria es el miedo al distinto con pompón, convertido en esencia y estandarte: una forma de sentirte arropado por todos los que se te parecen y enfrentado con todos los que no, una manera de saber quién eres por la vía más boluda. No es difícil sentirse de una patria: recuerda, mi querido lector, la última vez que gritaste un gol “de tu país”.

O –si no, también– se necesita creer que lo bueno es hacer las cosas como las hacían nuestros mayores, no cambiarlas. Es otro clásico, y es una opción muy empleada en momentos inciertos. Frente a las crisis –frente a la desazón– hay dos alternativas básicas: creer que hay que inventar algo distinto, creer que hay que volver a lo de antaño. No es difícil idealizar lo que ha pasado –lo hacemos todo el tiempo, legitimados por la biología–; lo difícil, estos días, es encontrar esperanza en un cambio que nadie propone realmente, que nadie sabe cuál sería.

Entonces, si se elige la opción TTP –todo-tiempo-pasado, que requiere menos imaginación y menos audacia, que viene más probada–, la consecuencia lógica es molestarse con ciertos cambios que cambian tradiciones. Sobre todo cuando esas tradiciones eran cómodas: mujeres, por ejemplo. Tan cómodo para los hombres que la mitad del mundo les debiera obediencia, no compitiera, se les subordinara. Tan cómodo para algunas mujeres resignarse a un lugar sin desafíos, imaginarse piezas en un orden. Contra cualquier cambio que los amenaza –a los señores, claro, sobre todo– el argumento de las tradiciones puede tranquilizarlos. No es difícil decirse que si los abuelos vivían así y vivieron bien –y nosotros vivimos menos bien– lo mejor será volver a vivir como ellos. Con orden, sobre todo, que tantos creen que nos hace falta.

Y se necesita, sobre todo, estar incómodo: pensar –sentir– que esta vida no es la que querías, que este mundo no es el que querías, que estamos haciendo tantas cosas mal. Y entonces mirar alrededor y buscar soluciones, esperanzas, y encontrar muy pocas. Porque casi todos los grandes partidos parecen parte del problema: los que formaron este mundo, los que lo sostienen.

Entonces, si alguien tiene unas poquitas ganas de interesarse en la política, busca en otra parte. Los grandes partidos son una forma del desinterés: voy y voto por esos por los que he votado siempre, que nunca me dieron grandes satisfacciones pero me permiten estar más o menos tranquilo –y me olvido. Los grandes partidos no despiertan entusiasmos; adormecen, alivian. Y eso, que es suficiente para muchos, no lo es para algunos, que creen que la política debería darles algo más: una esperanza, una razón para esperar. Solían hacerlo los partidos de la izquierda; ahora que no lo hacen, otros han ocupado ese lugar. Ese, si acaso, es el problema más serio.

Digo, me digo: no es tan raro que una de cada trece –13– personas del país donde vivo se imagine votando a los de Vox. Las llamamos fascistas para no tener que pensar demasiado qué les pasa, qué nos pasa: vivimos en un mundo de etiquetas, que sirven más que nada para eso. Pero no son, en general, monstruos horribles: son personas que piensan por lo menos una –con una alcanza, aunque suelen venir en paquete– de estas cosas. Lo anormal era, casi, que no lo pensaran. Y lo más anormal –lo extraordinario– fue cómo la fuerza cultural de las izquierdas había conseguido desprestigiar esas ideas, tanto que casi ningún grupo podía enarbolarlas. Pero esa fuerza cultural está en declive –confusa, desnorteada– y alguien tiene que ocupar el lugar de la esperanza y, entonces, los que prefieren esas ideas tan probadas, tan sobadas, reaparecen. Es feo pero lógico, y es aún más feo y más lógico que algunos politiquitos oportunistas se aprovechen y recuperen lo peor del repertorio. Pero no es un gran cambio en “las derechas”; es un abandono de tareas de la izquierda. Frente a las desazones del presente, son ellos los que consiguen esperanzar a algunos. Y no es porque ellos sean malvados; es, más bien, porque nosotros estamos siendo tontos.

Vox es muy antiestético, bastante insoportable; más malos –peores, más nocivos– son los partidos muy serios muy civilizados que consiguen que los ricos paguen menos impuestos, que se jodan los pobres. Y es improbable, de todos modos, que Vox alguna vez gobierne. Su efecto político más grave es que tienta a los partidos ya de derecha a correrse más a la derecha para sacarles sus votantes. Y entonces los partidos del supuesto centroizquierda se corren más al centro para ocupar el espacio que dejó libre la derecha y así todo el espectro –sí, lo llaman espectro– se corre a la derecha. Y es cierto que la imagen de un espectro corriéndose sin pausa es de terror. Más aún, claro, si no para de correrse a la derecha. Es feo, es sucio, es malo, es pegajoso. Pero fascista, lo que se dice fascista, es otra cosa.   

Mañana es san Perón

Martín Caparrós

Sucedió hace ya tiempo. En esos días el padrecito Stalin gobernaba Rusia, Harry Truman los Estados Unidos, De Gaulle acababa de volver a Francia y Winston Churchill, ya ganada la guerra, perdía las elecciones: sangre, sudor y lágrimas. La India seguía siendo una colonia inglesa, el Ejército Rojo de Mao Tse Tung se refugiaba en las montañas, las naciones poderosas acababan de fundar las Naciones Unidas. Semanas antes habían muerto Adolf Hitler, Franklin Delano Roosevelt, Benito Mussolini, Joseph Goebbels, Ana Frank; semanas después nacieron Lula, Daniel Ortega, Neil Young y Francis Beckenbauer: el recambio no estaba a la altura. Días antes los americanos habían lanzado las primeras bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki; días después Jean-Paul Sartre lanzaba, con una conferencia parisina, el existencialismo; en Nüremberg empezaba el juicio a los jerarcas nazis; en Estocolmo, Alexander Flemming recibía el premio Nobel por la penicilina. En esos días no había televisiones ni pastillas anticonceptivas ni perros huskie ni voto femenino ni computadoras personales. En Buenos Aires, como siempre, había quilombo.

El 17 de octubre de 1945 fue un miércoles. Ese día, miles y miles de personas salieron a reclamar la libertad de un coronel de 50 años recién cumplidos que había participado en varios golpes y ocupaba varios cargos –vicepresidente, ministro de Guerra, secretario de Trabajo– en el gobierno militar que regía entonces la Argentina. Sus compañeros lo habían detenido dos días antes y mandado a la isla de Martín García, un páramo embarrado a pocos kilómetros de la capital.

Sus compañeros lo habían echado porque temían su ambición, su empuje sin pudor: era obvio que quería quedarse con todos los poderes. Los miles y miles lo reclamaron porque, desde la secretaría de Trabajo, había hecho a los trabajadores concesiones que los gobiernos argentinos nunca: indemnizaciones por despido, aguinaldos, paritarias, una justicia del trabajo. Lo cierto es que esa tarde los miles y miles inauguraron una historia en la historia argentina que sigue ahí, aunque no se sepa qué carajo es.

El movimiento que empezó aquel día se llamó, para sorpresa de tantos, peronismo. Desde entonces, el peronismo ocupó todos los lugares de la política argentina. Entre 1946 y 1955 fue gobierno –del propio coronel, ya general, Perón– y su política nacionalista y desarrollista incluyó cierta redistribución paternal de la riqueza y el encuadramiento de esos trabajadores nuevos, recién inmigrados desde las provincias, en sindicatos que les ponían orden y respondían al gobierno: algunos pensaron que era la mejor forma de armar un movimiento obrero, otros que fue el gran truco para desarmarlo. En esos años, cada 17 de octubre era la ocasión de otro encuentro de miles en la plaza de Mayo que terminaba con un canto ritual: “Mañana es san Perón,/ que trabaje el patrón” –para que el líder confirmara esa mezcla de religión y desafío decretando feriado el 18 o, dicho de otro modo: san Perón.

En 1955 el general Perón, que cumplía su segundo mandato, fue derrocado por otros militares y se fue: su exilio duró 17 años. En ese lapso sus seguidores fueron perseguidos por gobiernos militares y civiles, sus candidatos a elecciones proscritos cada vez. El peronismo se definía en “la Resistencia”: peleaba para volver a aquella vida de cierta prosperidad autoritaria interrumpida en el ’55. Hacia fines de los ’60, sin embargo, se fue dividiendo entre una rama, manejada por los grandes sindicalistas corruptos, más cercana a su líder –que se había radicado en la España de Franco–, y otra que incorporaba las ideas de revolución armada difundidas en la región por Guevara y Castro y proclamaba “la patria socialista”.

Con estas dos alas contenidas por el discurso siempre ambidextro de su jefe, el peronismo consiguió el poder en las elecciones de marzo del ’73; en julio el general Perón echó a su agente, el pobre Cámpora, para quedarse con la presidencia, pero murió al año siguiente y lo sucedió su viuda, Estela Martínez (a) Isabel. Entre 1974 y 1976 la pelea entre aquellos dos peronismos produjo muchas víctimas: desde el estado, el “peronismo de derecha” consiguió asesinar a muchos militantes del “peronismo de izquierda” –antes que un golpe militar lo expulsara del poder y completara su trabajo.

Durante aquella dictadura, que duró hasta 1983, la mayoría de los “peronistas de izquierda” fueron eliminados –o consiguieron exiliarse. Algunos de los “peronistas de derecha” que habían participado del último gobierno fueron presos de los militares; otros se acomodaron en sus ministerios. En 1983, en las primeras elecciones en diez años, el peronismo se presentó representado por sindicalistas negociadores y caudillitos prepotentes; sonaba a viejo, a corrupto, a inepto y fue derrotado, por primera vez en votaciones libres –y entendió que debía reformularse.

Desde entonces, el peronismo fue demócrata-cristiano y razonable con Antonio Cafiero, que quiso conducirlo frente a los alfonsinistas; neoliberal, privatizador, pro-americano y muy corrupto con Carlos Menem, que lo condujo y condujo al país durante toda la década del ’90; nacionalista y estatista y progre con Chacho Álvarez, que se enfrentó al presidente en esos años. En 1999 perdió el poder por unos meses y lo recuperó por la fuga del presidente radical y terminó de instalar un mito central de la Argentina: que solo puede gobernarla el peronismo.

Volvieron a hacerlo, por supuesto, en medio de la crisis de 2001. El peronismo fue confuso, ajustador, desesperado con Eduardo Duhalde y los demás presidentes provisorios y, por fin, cuando todo se hundía y los políticos eran la peor lacra, todos ellos fueron rescatados por un gobernador austral que había seguido la política menemista en los ’90 pero entendió que en los 2000 ya corrían otros aires. Néstor Kirchner recuperó ciertos clichés del discurso “de izquierda” de los años ’70 y volvió a transformar al peronismo: le insufló esa retórica. Él y su esposa, que lo sucedió en 2009, guardaron al viejo líder muerto en un segundo plano: durante sus administraciones casi no se habló de él, y los suyos se definían más “kirchneristas” que “peronistas” –aunque usaron el clásico sistema peronista de asistencialismo clientelar, de sostenerse en los pobres que sus distintos gobiernos crearon a lo largo de 30 años de fracasos.

Y el peronismo sigue allí. Ahora mismo, tras la derrota kirchnerista en unas elecciones que no elegían nada, el gobierno de otro peronista supuestamente progre, Alberto Fernández, nombró como segundo a un ex gobernador peronista de una provincia pobre, nacionalista católico. Y en estos días se celebran quichicientos años desde aquel 17 de octubre –y los kirchneristas saldrán a la calle para tratar de revertir su derrota en esas elecciones de septiembre. Su referencia a un hecho sucedido hace ya tanto es puro peronismo: creen que puede servirles para recuperar algo del poder que están perdiendo. Al fin y al cabo el peronismo, a esta altura, es poco más –y nada menos– que eso: la mejor máquina que inventó la Argentina para producir, conservar y utilizar poder. Un aparato que se basa en una red espesa de favores mutuos, desde un puesto a una prebenda, desde una comisión a una promesa, desde unas chapas para el techo a unos kilos de harina; un aparato que ha gobernado más que nadie los destinos de un país que, cuando empezó, era pujante y casi rico y tiene, ahora, 40 por ciento de personas pobres.

Pero el peronismo, contra toda lógica, sobrevive a los desastres que ha causado. Una de sus grandes habilidades consiste en convencer a muchos de que la culpa la tienen siempre otros: el enemigo o, incluso, los demás peronistas. Para eso, su truco principal está en postular que el verdadero peronismo siempre es otro, o mejor otros dos: el primero, por supuesto –el de la Edad de Oro del General y Evita–, y el próximo –el que estamos forjando en estos días. Ése es el gran truco: el Efecto Ave Fénix. Para eso tuvieron que inventar la idea de la traición permanente: cada peronismo traiciona sus ideas, y por eso aparece otro que las va a recuperar.

Así, cada vez que un peronismo triunfa hace, ya en el poder, cosas muy distintas de las que prometía desde el llano. Entonces aparece, en el llano, un nuevo peronismo que promete hacer cosas muy distintas y se presenta como el verdadero peronismo. Hasta que llega al poder y empieza a hacer cosas muy distintas de las que prometía desde el llano. Entonces aparece, en el llano, un nuevo peronismo que promete hacer cosas muy distintas y se presenta como el verdadero peronismo. Hasta que llega al poder y empieza a hacer cosas muy distintas de las que prometía desde el llano. Entonces aparece, en el llano, un nuevo peronismo que. El resultado es extraordinario: siempre hay un peronismo dispuesto a reemplazar al anterior, que se maleó. Siempre hay un peronismo dispuesto a ejercer el poder que el anterior gastó. Ahora, sin ir más lejos, ya lo deben estar inventando.

Entonces vendrán unos que se adaptarán a las nuevas circunstancias, que serán derechistas bolsonaro o trotsquistas sin trotsky o nacionalistas judeo-cristianos de la fracción qumrán o patota fútbol para todes, pero seguirán usando el aparato y los estandartes de esta máquina implacable: que seguirán, entre otras cosas, festejando los 17 de octubre como si a esta altura, tantos años y tantas vueltas después, alguien supiera qué cuernos significan.

Con izquierdas así, quién necesita derechas

Martín Caparrós

Tratados y más tratados tratan de explicarlo: ¿qué cuernos es la libertad? Hace unos siglos la idea parecía más clara: significaba, por ejemplo, que ninguna persona pudiera pertenecer a otra. O que ninguna pudiera decidir sobre la vida de otra. O que nadie pudiera imponerle a nadie qué pensar. O sea que, entonces, conseguir libertad era una urgencia. Pero, poco a poco, la idea se fue complejizando, acomplejando, y empezó a resultar tan opinable. Libertad, ahora, puede ser cualquier cosa –o casi nada. Por eso, también, se empezó a vocear tanto: total, nadie sabe que dice nadie cuando dice libertad.

Hay ejemplos. La líder real de la derecha real española, señora Díaz Ayuso, consiguió ese lugar proclamando en su campaña que traería “libertad” a los madrileños. Su libertad, por supuesto, no estaba clara: pareció que era la libertad de ir a los bares y contagiarse virus, pero debía ser algo más. Ahora, de algún modo, ha explicado su idea de libertad; si yo fuera madrileño me daría miedito.

Porque la señora Díaz dijo que la conquista de América llevó “el español y, a través de las misiones, el catolicismo y, por tanto, la civilización y la libertad al continente americano”. Aquella libertad consistió en esclavizar a millones de indios, exterminarlos a fuerza de enfermedades y trabajo y, cuando ya casi no quedaban, importar nuevos esclavos desde África para ocupar sus puestos. En cien años la población ñamericana pasó de unos 30 millones a tres o cuatro: la libertad triunfante. Nada distinto de lo que hacían otros colonizadores en otros lugares, nada que merezca una leyenda, pero reivindicar, en 2021, explotación y muerte como libertad explica de qué habla la señora cuando habla de ella.

Y, curiosamente, lo hacía contra unas declaraciones del señor Jorge Bergoglio, su aliado natural. El señor Bergoglio trabaja de papa y, como tal, pidió disculpas; es lo que hace su organización: trabaja para el poder, pide disculpas. Su organización, la Iglesia Católica Apostólica Romana, ya pidió disculpas por torturar a los que decían que la Tierra era redonda o que el sol no le giraba alrededor, por martirizar a cualquiera que pensara distinto, por quemar a miles.

Su calendario de disculpas viene muy cargado: ahora avanza lento hacia el siglo XVII –y tiene mucho que hacerse disculpar. Por eso, supongo, todavía no pidió disculpas, por ejemplo, por impedir que ahora mismo millones de africanos usen condones para no morir de sida, o por no permitir que las mujeres ocupen ningún cargo importante en su organización, o por condenar a los homosexuales a diversos infiernos. Ya lo harán los suyos dentro de algunos siglos, si es que hay suyos –y siglos. Por ahora, el señor pidió perdón por lo que hicieron los conquistadores españoles en México, comprándose el señuelo de su presidente, López Obrador, que dedica muchos desvelos a este asunto: como si los problemas actuales de un país que ya tiene dos siglos se pudieran resolver hace cinco; como si las injusticias no se construyeran día a día. Y, sobre todo, como si no fuéramos la mezcla. Es el viejo truco nacionalista: los malos son los de afuera, nosotros somos todos buenos –incluidos nuestros indios nacionales, que solo se comían a los niños cuando no conseguían hombres o mujeres lo bastante tiernos.

Pero, más allá de estos detalles de película mala, lo curioso es cómo Bergoglio se ha convertido últimamente en una especie de enemigo de cierta derecha –que debería estar firme a su lado. Entonces uno va y revisa: ¿será que la señora Ayuso tiene razón, que otra vez me equivoco, que Bergoglio es uno de los nuestros?

No hay doctrina más necia y peligrosa que la que sustenta esta idea: que el enemigo de mis enemigos es mi amigo. Hitler era enemigo de los ingleses y sin embargo nadie vio al Mahatma Gandhi –que lideraba la revuelta india para liberarse del imperio británico– gaseando judíos. Pero hay algunos que caen, una y otra vez, chorlitos insistentes. En España, sin ir más lejos, Bergoglio fue defendido por varios peronistas: Íñigo Errejón, Mónica García, Pablo Iglesias y compañía limitada han salido a hablar en su defensa.

Y ese es el chiste: si esa supuesta izquierda imagina que debe aliarse –o alinearse– con el monarca de derecho divino de la institución más reaccionaria de la Tierra, estamos listos. Dicen que se preocupa por los pobres. Por supuesto que la iglesia de Roma se preocupa por los pobres: esa es su parte del trabajo. Para eso estuvo siempre en este mundo: para conseguir que los pobres no jodan a sus jefes. Bienaventurados sean los pobres porque de ellos es el reino de los Cielos, etcétera etcétera. Lo siguen haciendo, hablan de ellos, los compadecen, incluso los entienden, y mantienen esa estructura de superstición y jerarquías donde las mujeres están excluidas, las razones prohibidas, el disenso penado por un dios y los pobres se la tienen que aguantar porque ya recibirán su recompensa. Esa estructura que sirvió desde hace más de 1500 años para sostener los peores crímenes; esa estructura que siempre se basó en la credulidad de muchos crédulos –y en los artimañas de unos pocos mañosos. Esa estructura que, como no estaba funcionando, tuvo que renovarse y se buscó un papa peronista.

Todo bien, es su trabajo, siguen intentándolo. Lo extraordinario es que haya señoras y señores –que se dicen inteligentes, que se dicen de izquierda– que sigan cayendo en esa vieja trampa. Aunque, al fin y al cabo, su sacrificio tenga un fin astuto: si la dizque izquierda sigue haciendo esas cosas, la derecha va a desaparecer de puro innecesaria. Alguien tenía que hacerlo.

Bajo el volcán

Martín Caparrós

La pregunta, supongo, es qué contamos. Y si acaso, después, para qué lo contamos.

El 19 de septiembre, hace ya más de una semana, en una deliciosa isla canaria, un volcán dejó de anunciar que eruptaría y empezó. Desde entonces, los medios españoles están copados por la historia. Nos cuentan todo, con el famoso lujo de detalles; muchos programas de radio y de televisión, de hecho, se mudaron allí para entrar en el superlujo de detalles; las leyendas “en directo desde La Palma” o “la erupción en directo” o “última hora del volcán” pululan y desbordan.

Tiene cierto sentido: los volcanes eruptan o erupcionan poco, la lava tarda y se deja filmar, todo es tan fotogénico, chispitas de colores, lágrimas sentidas. Las personas se quejan con razones y de nadie; se quejan de la naturaleza, del destino: nadie tiene la culpa si un volcán se enciende. La tragedia del volcán de La Palma es casi amable: ha dejado a varios cientos de familias sin sus casas, a algunas sin su medio de vida, no ha causado –por suerte y por pericia– ningún muerto. Y no es difícil poner una cámara o un micrófono en las inmediaciones, transmitirlo, ofrecerle al respetable público el temblor del terror controlado, la gracia de la desgracia ajena, la cosquillita del directo. Mientras tanto, a unos kilómetros de allí, cientos o miles están tratando de lanzarse al mar.

En los seis primeros meses de este año, 1.922 personas murieron o desaparecieron tratando de llegar desde las costas africanas a las islas Canarias. Más de 300 personas cada mes: un promedio de más de diez muertos por día –y el flujo no se para. A veces, esas historias, esas muertes, merecieron una notita en algún diario; casi siempre no.

Sabemos todo sobre las 232 hectáreas y las 461 casas que ya quedaron sepultadas bajo el avance de la lava –y por qué avanza la lava, y hacia dónde va, y qué harán las aseguradoras con las casas y los bananeros, y cuánto va a poner el estado para recuperarlos, y la iglesia que se vino abajo y todo el hondo drama humano, tan hondo, tan humano. No sabemos un carajo sobre esas –alrededor de– dos mil personas que se murieron tratando de mejorar sus vidas, dispuestos a jugársela toda para mejorarla: valientes sin fortuna. No sabemos quiénes eran, por qué eligieron ese riesgo, cómo se murieron. No sabemos de quiénes son las culpas de que se echen al mar. No sabemos cómo vivían donde vivían para correr la suerte de morirse. No sabemos ni tratamos de saber.

De unos no sabemos nada; de los otros, casi demasiado. No es que los dos asuntos tengan mucho que ver; es solo que suceden en el mismo lugar, y me impresiona ver saltar las diferencias, bailar las diferencias, gritar las diferencias –y me impresiona que tampoco queramos saber por qué lo hacemos.

Nosotros, los periodistas, podríamos preguntarnos de vez en cuando qué contamos, por qué contamos eso que contamos, por qué no lo que no. Nosotros, los lectores, podríamos preguntarnos de vez en cuando qué leemos o vemos, por qué leemos o vemos eso que vemos o leemos, por qué no lo que no. Nada, una minucia: intentar entender qué es “noticia” y qué no, por qué lo es cuando lo es, por qué no lo es si no lo es. Tratar de saber un poco más sobre el mundo que construimos y nos dejamos construir, tratar de suponer qué podríamos hacer con ese mundo. Saber por qué no hablamos de lo que no hablamos, de todas esas cosas que ya parecen pura cháchara, cáscara de palabras, lugares muy comunes: que si hay hambre, que si hay desigualdades e injusticias, que si muchos se mueren por eso o contra eso. Saber por qué hay palabras y conceptos que están como desactivados, que no intentamos porque parece que igual no pasa nada, que todo sigue igual –que todo sigue, igual.

Preguntárnoslo, al menos, preguntarlo. Si acaso para dejar de hacer lo que ellos –una vez más, quiénes son ellos– nos imponen que hagamos: para dejar de hacer el tonto.

Una historia de las mentiras de Manzur

El señor presidente de la Nación, doctor Alberto Ángel Fernández, acaba de nombrar al señor gobernador de Tucumán, doctor Juan Luis Manzur, su Jefe de gabinete. Al ver su nombre, recordé una pequeña historia: la había contado, hace más de diez años, en Argentinismos, un libro que publiqué entonces. Me parece que la historia, ahora, se hace útil y cobra otro valor.

“La tentación de truchar cifras, de hacerles decir lo contrario de lo que dicen, se extendió entre las filas kirchneristas. Abundan los ejemplos. En estos días, mientras la desnutrición mata chicos en las zonas más pobres de Salta, las cifras oficiales dicen que la mortalidad infantil bajó mucho en los últimos años. Es el sistema Manzur, del nombre de un doctor Juan Manzur, tucumano que ocupa, desde hace años, el ministerio de Salud de la Nación.

El doctor Manzur llegó avalado por un record extraordinario como ministro de Salud de su provincia: en cuatro años había bajado su mortalidad infantil a la mitad. O, por lo menos, eso dijeron el gobierno y los medios oficiales cuando lo nombraron en el ministerio, invierno de 2009 –en lugar de la licenciada Ocaña, que se había peleado demasiado con el señor Moyano. El doctor Manzur aparecía como la elección más lógica: un ministro que emplearía a fondo los métodos de gobierno consagrados por los doctores Kirchner. Porque ya un año antes diputados como Eduardo Macaluse y diarios como Crítica de la Argentina habían explicado el sistema Manzur para la reducción del flagelo: truchar cifras.

Así fue en Tucumán: según las estadísticas provinciales, en 2002 murieron 24,3 menores de cinco años por cada 1.000 nacidos vivos; en el 2006 la cifra se redujo a 13,5. El entonces ministro Ginés González García dijo que no conocía ‘experiencia más rotunda, donde se haya bajado a la mitad los índices de mortalidad infantil en cuatro años’. Seguiría sin conocerla: no lo habían hecho. Lo que sí hizo el doctor Manzur fue mandar a anotar como ‘defunciones fetales’ a los bebés más comprometidos –menos de un kilo al nacer– que morían en las primeras horas. Según todas las reglas internacionales, esos chicos deben ser considerados ‘nacidos vivos’ y, por lo tanto, si mueren, son parte de la mortalidad infantil. Excepto en Tucumán. El milagro tucumano era un simple truco contable, una inflación convertida en dispersión de precios, un indec de muertes chiquititas: otro triunfo –patas cortas– del relato sobre la realidad.

El doctor Manzur, un precursor, fue premiado con el ministerio de Salud. Mientras, la mortalidad infantil de la patria sigue siendo el doble que la chilena y el triple que la cubana; el 60 por ciento de esas muertes sería evitable con una inversión perfectamente posible, porque sus razones son la falta de control médico durante el embarazo, la cantidad de embarazos en los sectores más pobres y la desnutrición –que es la forma elegante de llamar al hambre– de las madres. Nada que no pueda solucionarse con algo más de infraestructura sanitaria y un poco de comida. Porque la realidad sigue existiendo, y el ministro silente debe estar buscando algún número para explicar que los chicos salteños no se murieron sino que tururú. Seguramente no se atreva a sugerir que los saquen de las estadísticas sanitarias y los pongan en las criminales: no querrá aceptar que esos chicos fueron asesinados por la desidia mortal del Estado argentino, del modelo argentino, de los grandes discursos argentinos: del relato.”

Su invento ya es antiguo e hizo escuela –y sería bueno que se difundiera. Desde entonces, el doctor Manzur se distinguió en varias proezas: como, por ejemplo, en 2019, cuando impidió que se le practicara un aborto a una nena de 11 años que había sido violada por el novio de su abuela –y la puso a parir por césarea.

Hablemos, cuando quieran, de libertad, de derechos, de respeto. O si no hablemos, como siempre, de pavadas.

El desgobierno

Martín Caparrós

Ayer los argentinos votaron masivamente contra el peronismo kirchnerista. Fue lo que los técnicos –que somos casi todos– llaman un “voto-castigo”. Los argentinos castigaron con entusiasmo al partido que los gobierna. Para castigarlo, los argentinos votaron sin entusiasmo al partido que no los gobierna porque lo habían castigado antes votando al que ahora los gobierna; antes aún lo habían votado en masa para castigar al que los había gobernado antes –el que los gobierna ahora–, que era el que habían votado antes y después dejaron de votar y después volvieron a votar y ayer, otra vez, no votaron. La frase es confusa, la sucesión es clara, las conclusiones más: elección tras elección, los argentinos votan al partido que no los está gobernando. O, más claro: lo que los argentinos no les toleran a sus gobiernos es que los gobiernen.

Y tienen toda la razón –creo que tienen toda la razón–: cualquier partido que gobierne la Argentina va a ganarse, con toda justicia, el repudio de sus ciudadanos. Cada vez, el rechazo encuentra sus maneras: esta, los medios hablan y hablarán de esa foto de fiesta en la residencia presidencial durante el confinamiento más estricto, hablan y hablarán de las vacunas vip, hablan y hablarán –menos– de los millones que se quedaron sin trabajo o sin comercio o sin medios para comer todos los días. Pero si no hubiera sido eso habrían sido otras cosas: la Argentina, tal como está, no es un país gobernable porque no es un país viable, no funciona. Y no funciona, entre otras cosas, por la esforzada labor de estos dos sectores políticos que la gobiernan desde hace cuatro décadas.

El partido que los argentinos votaron ayer tiene un discurso más “de derecha”; el que no votaron ayer tiene un discurso más “de izquierda”; sus acciones suelen parecerse. El partido que los argentinos votaron ayer endeudó al país, en sus cuatro años de gobierno, en unos 50.000 millones de dólares, virtualmente impagables. El partido que no votaron ayer empobreció al país en estos dos años de gobierno y lo llevó de un tercio de argentinos pobres a casi la mitad. El partido que votaron ayer cree en el mercado y lo grita a los cuatro vientos; el partido que no votaron ayer cree en el mercado y lo grita más bajo, más confuso. El partido que no votaron ayer cree en el asistencialismo clientelar y lo practica con denuedo; el partido que votaron ayer no cree en el asistencialismo clientelar y también lo practica con denuedo. El partido que votaron ayer y el que no votaron ayer usan la justicia en su beneficio –y, por supuesto, denuncian al otro por usar la justicia en su beneficio. El partido que votaron ayer y el que no votaron ayer –sus dirigentes más conspicuos– tienen causas pendientes por distintas corruptelas. El partido que votaron ayer y el que no votaron ayer tienen dirigentes de escaso vuelo, saberes muy justitos. El partido que votaron ayer y el que no votaron ayer son la base de esa estructura de poder que, con un empujón militar hace ya mucho tiempo, ha llevado a la Argentina a su abismo presente.

La política argentina de las últimas décadas es un vaivén patético entre dos grupos que, cada vez que gobiernan, consiguen rehabilitar al otro, que, gracias a su gobierno repudiable, le había abierto el paso. En la Argentina, parece, la única política exitosa es el desgobierno: estar enfrente, ser oposición, hablar y hablar sin tener la obligación de hacer, decir y –curiosamente– ser creído. Alguna vez, hace unos años, lo llamé el país calesita –tiovivo, carrusel–: algo que parece moverse pero en realidad sigue dando vueltas y más vueltas sobre sí mismo, sin ir a ningún lado, sin cambiar de lugar.

El bipartidismo de facto en Argentina es la mejor forma de asegurar la inercia de un país que necesita cambiar de dirección: detener la caída. El bipartidismo –hoy yo, mañana vos, pasado yo, pasado pasado vos– es la losa que cierra cualquier cambio, cualquier esperanza. No será fácil levantarla: los dos partidos o sectores saben que dependen del otro y hacen todo para fortalecerlo. Saben que su mejor recurso es ese enemigo que, con sus fracasos, les permitirá volver a gobernar y, para eso, necesitan decapitar a cualquier tercero que amenace desarmar ese animal de dos cabezas. Pero, mientras el monstruo dure, la Argentina seguirá cayendo.

Hace 50 años el producto bruto per cápita argentino era la mitad del de Estados Unidos; ahora es un octavo. Hace 50 años un 10 por ciento de inflación era un peligro; ahora sería un logro extraordinario. Hace 50 años la Argentina tenía 40.000 kilómetros de vías férreas que armaban un país; ahora no tiene 4.000 y la mayoría no funciona. Hace 50 años la Argentina se autoabastecía en petróleo, gas y electricidad; ahora se endeuda para importarlos. Hace 50 años la Argentina fabricaba aviones y coches de diseño propio; ahora desequilibra su balanza de pagos para comprar autopartes y juntarlas. Hace 50 años las escuelas privadas solo atendían a uno de cada diez infantes; ahora, cuatro veces más. Hace 50 años los hospitales públicos recibían a la mayoría de la población; ahora sólo atienden a los que no tienen más remedio.

Y seguimos permitiendo que los que lo han logrado nos gobiernen. No hemos sabido sacárnoslos de encima, no hemos sabido inventar otras formas. Y todavía hay gente, aquí y allá, que se cree que no somos tontos.

Ñamérica

Es un gusto. En estos días está apareciendo –qué raro que los libros “aparezcan”– mi más reciente, Ñamérica. Es un libro gordo, casi 700 páginas, en el que trabajé directamente los últimos tres años e, indirectamente, los últimos treinta: desde que empecé a recorrer América Latina para tratar de contarla.

Ahora la idea es contarla pero también pensarla: intentar entender cómo cambió en las últimas décadas esta región que suele definirse como la más desigual, la más violenta, la más migrante, la más futbolera, la más católica, la más nueva del mundo. O sea: tratar de ir más allá de estos lugares comunes -y de la facilidad de las noticias- para releerla a partir de sus procesos, sus lugares, sus datos, sus personas.

Para entender, entre otras cosas, que esa mirada folclórica, fundamentalista que suele despertar no sirve para mucho. Por eso Ñamérica empieza en uno de sus lugares más folkies, el mercado de Chichicastenango, Guatemala: para preguntarme qué queda de aquella América, para empezar a buscar a la que ocupa su lugar.

Amanece. El mercado huele a cilantro y a cebolla, a carne fresca y a pescado seco, a pollo frito y flores, al maíz de las tortillas sobre todo, y resuenan las palmas de mujeres que las hacen a golpes. Los gritos, también, por todas partes:

–Le cura sus dolores, seño, dolor de su cabeza, su rodilla, cura nervios, le cura los nervios…

Grita un muchacho de camisa blanca muy lavada mientras agita una pomada y otro al lado grita que la suya cura callos, uña gruesa, uña encarnada, las cataratas de la vista. Hay otro más allá:

–…le crece el pelo, mama, le quita la caspa, le crece el pelo, vaya, caspa seca, caspa húmeda, caspa voladora…

Grita y después regrita todo en una lengua donde solo entiendo la palabra “caspa”. Los muchachos son bajos y cobrizos y ofrecen soluciones, mujeres se las compran. Las mujeres –miles de mujeres– fueron llegando con el alba en esas camionetas desvencijadas donde caben –aunque no caben– quince o veinte. Son mujeres sólidas y bajas; según bajaban, se cargaban en la espalda esas bolsas de lanas de colores –si no tenían un bebé que cargar en la espalda–; también llevaban en las manos otras bolsas, blancas de arpillera, donde traían lo que traían para vender. Y se fueron desparramando por las calles de Chichi hasta que encontraron sus lugares, se sentaron en el suelo, desplegaron sus frutas o sus flores, esperaron.

–Yo quisiera ser rubia.

Me dice Manola y me sonríe, como para que apruebe. Manola tiene la piel oscura y el pelo oscuro y la sonrisa luminosa y un telefonito y me dice que querría tener el pelo claro. A menos que ser rubia no sea eso. Entonces su madre la regaña en quiché; a mí me habla en castellano:

–No le haga caso, señor. A nosotros nos gusta ser así como somos.

Yo le pregunto cómo son y ella calla y se señala con las manos y se encoge de hombros, como quien dice así como me ve. La señora debe tener 30 años, la cara seria de una madre; Manola tiene 14, chispitas en los ojos, y esta mañana las dos venden manzanas. Antes, Manola me dijo que se iba a casar pronto y no me contestó cuando le pregunté si estaba contenta.

–Claro que nos gusta ser así, señor, no me haga caso, era una broma lo de rubia.

Dice Manola y que su mama dice la verdad y que ella es chica y que por eso, que igual los rubios son gente muy rara. Las dos llevan sus blusas mayas bordadas coloridas y sus faldas a juego; las dos están sentadas en el suelo de piedras desparejas detrás de sus manzanas desparejas en su cesta de mimbre. Alrededor, miles de mujeres con vestidos parecidos venden cosas; alrededor, el mercado de Chichi explota de olores y colores; alrededor, me dicen, debe estar el espíritu.

Chichicastenango es una ciudad colonial entre montañas verdes, volcanes en silencio; es la más poblada del Quiché, la región más maya de Guatemala, y su fama viene de que, hace tres siglos, allí se transcribió por primera vez el Popol-Vuh –y, hoy, de su mercado.

Su mercado es el más tradicional y se forma dos veces por semana, jueves y domingos: entonces, tantos llegan. Hoy, jueves bien temprano, rebosa de personas. Son miles y miles comprándose y vendiéndose, cruzándose, relacionándose con la relación más habitual de los dos o tres mil últimos años –yo te doy algo, vos me das algo–, como en tantos lugares del planeta ahorita mismo. Solo que aquí lo que se vende se ha producido cerca y lo venden, en general, los que lo hicieron y, además, las vendedoras se visten diferente. El mercado de Chichicastenango es un refugio, un resto: de los mercados de antes de la unificación del made in China; de una cultura que el mundo se va tragando poco a poco.

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.Todo se estrecha y se retuerce: no es fácil andar por estas calles llenas de vendedores y vendedoras, puestos, perros, inundación de cuerpos.

.–La que se pone en el suelo, si está sola, después no puede levantarse hasta el final. Se hace largo el final para la que está sola.

Me dice desde el suelo, detrás de una canasta con dos docenas de limones, una señora muy mayor. En el mercado hay clases, por supuesto: esas mujeres que llegaron y se buscaron un rincón vacío y pasarán el día mirando todo desde abajo y, más arriba, los que tienen sus puestos desplegados, con su lugar, su techo, sus montones de mercadería, sus banquitos. Pero también hay más abajo: hombres de carga. Aquí no hay espacio para carros, no hay carretillas, no hay carritos. Los hombres son sólidos y bajos: cuando los apalabran, se echan a la espalda un bulto que los dobla y se doblan para soportarlo y transportarlo. No precisan agarrarlo con las manos; lo sostienen con una cuerda que se pasan alrededor de la cabeza y aguantan con la frente, un trapo entre la cuerda y la piel para que no les hunda la cabeza y, así, las manos libres para llevar más carga.

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(En Chichi y sus alrededores viven unas doscientas mil personas, casi todas quichés. El castellano se habla poco, raro.

–No, yo lo aprendí en la escuela y en la televisión, pero más en la tele…

Me dice Manola, y se sonríe. Lo habla muy bien, se lo digo, se sonríe de nuevo:

–Es un idioma muy difícil. Tantas palabras tiene, vaya a saber de dónde salen.

En la zona, me dicen, hay muy poca violencia, poquísimos asesinatos: la “justicia maya”, que mata asesinos en linchamientos populares, ha ayudado mucho, me dicen, a terminar con ellos.)

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Casi todas las mujeres llevan sus vestidos tradicionales, distintivos, torrentes de colores que llevaron sus abuelas, las abuelas de sus abuelas, más abuelas: rojos, negros, dorados, la elegancia. Los hombres, en cambio, van de pobres globales: un bluyín, una camiseta con dibujo o leyenda, zapatillas, su cachucha o capucha. La tradición, parece, reside en las mujeres: ellas son las que siguen portando su pasado sobre el cuerpo; o, dicho de otro modo: ellas son las que siguen atadas al pasado, distinguidas. Los hombres, que pueden decidir, deciden el presente, confundirse.

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El espíritu se esconde

pero está.

Los pasillos entre puestos son oscuros y angostos; el suelo, piedras desparejas; de las viejas iglesias encaladas en las dos puntas del mercado bajan cantos, el olor a incienso. Pasa un hombre de carga con dos bolsas de granos de maíz: cien kilos de maíz sobre la espalda, la cuerda hundiéndole la frente; camina con los pasitos cortos y apretados de quien no sabe si va a llegar pero prefiere que sea rápido.

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–¿Y usted, señor, de dónde es?

–No sé. Yo nací en la Argentina pero vivo en España.

–Ah, qué bueno, entonces puede hablar los dos idiomas.

Yo estoy feliz de ser, de pronto, tan políglota.

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En esta esquina en cambio docenas de mujeres tienen un gallo en brazos: lo venden por 50 o 60 quetzales, menos de 10 dólares, y el comercio funciona. Las discusiones en quiché; los números en castellano. A cada rato una señora se va con un gallo bajo el brazo y otra, la que se lo vendió, ya desplumada, se despide y se vuelve a alguna parte. Entre ellos se venden cosas del campo o para el campo: tomates, aguacates, hongos, lichas, ocotes, hierbas, frijoles, flores, chiles, carnes, animales varios, granos para esos animales, abonos y semillas de esas plantas. Y venden, también, tejidos –que buscan los turistas. Esos tejidos son su firma, su marca; probablemente nada los identifica más; probablemente, para el resto del mundo, nada más los identifica. Y, por supuesto, está la artesanía.

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–A ver, amigo, qué le vendo, amigo. Artesanías, amigo, qué le vendo.

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El sistema es así: en el mercado existe –subsiste– un núcleo duro de mujeres que venden, como siempre vendieron, sus flores y pollos y frutas y verduras y tejidos, sus hechuras, y se visten como siempre se vistieron y hablan como siempre hablaron. Entonces hay personas de otros sitios que, atraídas por ese fenómeno en vías de desaparición, vienen para verlo. Entonces hay personas que, atraídas por la presencia y el dinero de esas personas de otros sitios, vienen para venderles otras cosas, sobre todo esos productos que, hechos cada vez más en serie, se venden porque se ven hechos a mano –y solemos llamar artesanías.

La artesanía y el turismo: quedarse con algo que te recuerde que estuviste en otra parte, que no siempre fuiste este en este escritorio, en este banco.

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Ana Mariana, veintipocos, vendedora en la panadería, me sirve mi café y se ríe nerviosa cuando le cuento mi charla con Manola, la muchacha que quería ser rubia:

–¿Será que le da vergüenza ser indígena?

Pregunta, más que dice. Y que ella al contrario, está orgullosa, y le gusta tanto usar el vestido quiché aunque para venir a trabajar deba ponerse pantalones.

–Ladina, querrá ser.

Dice, casi con desprecio. Yo le pregunto lo evidente y me dice que sí, que ladinos vendrían a ser las personas que no son indígenas.

–¿Yo, digamos?

–Claro, usted.

–Me gusta ser ladino.

–Bueno, si no sabía lo que era, ahora lo sabe.

En el mercado de Chichicastenango pululan esas personas de otros sitios, los turistas. Ellos sí que saben: vienen porque les dicen cómo son las cosas. Lo leí en una de sus guías: “Si quiere conocer el verdadero espíritu de América Latina vaya al mercado de Chichicastenango”. En esos días yo buscaba, por supuesto, el espíritu de América Latina, y decidí venir a verlo. La idea de un espíritu de jueves y domingo era inquietante, pero estaba dispuesto a soportarla. Más me inquietó, en realidad, que fuera este: un mercado marcadamente indígena en el país con mayor proporción de indígenas de América, con mayor proporción de campesinos de América, con mayor proporción de desnutrición y mortalidad infantil de la América hispana, con la violencia desatada. La decisión tan clara de pensar América Latina como el cliché de siempre.

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Esto, claro, debe ser lo latinoamericano: tenemos un espíritu.

(Así se percibe: como un espacio silvestre peligroso o, en el mejor de los casos, uno donde deberían preservarse ciertas cosas que el resto del mundo occidental está perdiendo. Un espacio donde lo importante es conservar.)

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Y me inquieta, siempre, en general, esa tendencia a suponer que lo auténtico es lo que hacíamos “antes” –antes de algún cambio, antes de alguna mezcla– y que lo que hacemos ahora es impuro y bastardo y que se debe buscar lo que quede de aquello allí donde se encuentre. Sobre todo, claro, en esas sociedades más o menos “primitivas”.

Si alguien quiere saber cómo es “Europa” no piensa en ir a ver pastores de renos en Laponia o chicas traficadas en Moldavia o desocupados napolitanos en sus bloques de viviendas sociales pero a muchos se les ocurre venir a Chichi o ir al Cuzco para saber de “América Latina”. El reparto de roles en la película global está bastante claro: los que van a París van a la torre Eiffel, gran momento de la máquina moderna, y en Nueva York se amontonan ante las pantallas de Times Square, técnica de punta, o en los malls de brillitos; los que vienen aquí buscan restos del pasado folkie. Y no es solo el turismo; en general, para muchos millones, a lo lejos, aquí lo auténtico es lo que ya no es; en otros sitios no cargan ese lastre.

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Pero los de aquí también tienen una idea de América Latina: a mí, que soy un poco blanco, un poco alto, me hablan en inglés; se ve que el español es cosa de otra gente. Un hombre bajo viejo me mira tomar notas y me pregunta en castellano que en qué idioma escribo. Le digo castellano y me dice que no, que es otro idioma. Me deja con la duda. La muchacha cobriza quiere verse rubia, los rubios quieren vernos cobrizos campesinos: el mundo, por suerte, es un sinfín de incomprensiones. Por eso hacemos libros todavía: por la ilusión –siempre fallida– de alguna vez entender algo.

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(A media tarde en el mercado cae bruto chaparrón y todos corren; el espíritu sudaca se disuelve en el agua.)

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.Otra causa perdida: querría saber qué es Ñamérica más allá de folclores, artesanías y demás nostalgias. Tratar de saber qué y cómo es ahora, después de tanto cambio, más allá de los lugares más comunes, más allá de supuestos espíritus. Tratar de saberlo mirando más lo común, menos lo extraordinario. Huir de los clichés telúricos, marca fuerte de lo “latinoamericano”, para espiar las vidas, las relaciones, las ideas. Mirar, oír, pensar, recordar, contar: ojalá sorprenderme, imaginar que entendí algo.

Es, insisto, una búsqueda: tratar de saber qué significa Ñamérica, si existe, qué la constituye. Cuáles son los rasgos comunes que permiten hablar de una región –y las diferencias que la confunden y complican y completan. De eso van estas páginas. Llevo décadas recorriéndola, mirándola, tratando de contarla; ahora, por fin, querría saber.

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Esto no es una pipa, escribió Magritte –y pasaron cien años.

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(¿Les gustaron las fotos?)

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En voz alta:

Aprender a mirar

Martín Caparrós

¿Me permiten una historia boba? ¿Una fábula pobre, un cuento sin sus hadas? Bueno, gracias. Entonces empezaré contándoles que aquel maestro solía ir a esa caverna, aunque no contaré cómo, para qué. No lo sabemos: seguramente algunos suponían que iba con una mujer y eso, a fines del siglo XIX y en un pueblo de la Francia profunda, era mejor callarlo. Algunos imaginaban que iba a hacer otras cosas, aún más acalladas. Pero, en verdad, seguramente iba porque en el pueblo todos iban: porque ir a esa caverna, Font-de-Gaume, era un paseo habitual.

Font-de-Gaume estaba a menos de un kilómetro del centro de Eyzies-de-Tayac –si un pueblito de mil habitantes perdido en la Dordogne, en el medio del medio de esa Francia, pudiera tener centro. Eyzies estaba construido entre peñascos y despeñaderos y, desde siempre, algunas de sus gentes vivían en casas-cueva, un agujero en las rocas con algún cuarto construido por delante. Y alrededor había más grutas más silvestres, así que ir a jugar o pasear o refugiarse en ellas era tan habitual.

El maestro se llamaba Denis Peyrony y había nacido en la región en 1869, hijo de un campesino como tantos. Denis estaba destinado a la labranza pero era demasiado débil y levemente pretencioso, así que se fue a estudiar para enseñar. En 1891, ya recibido, lo destinaron a Eyzies; allí se instaló, dictó sus clases, se rizó los bigotes, vivió como podía. En sus días libres, queda dicho, paseaba por los campos y las cuevas.

Font-de-Gaume era de las mejores: todos los hombres y mujeres de Eyzies habían ido alguna vez, todos los chicos habían jugado entre sus estalactitas y sus estalagmitas, sus huesos, sus pedruscos; tantos habían escrito en sus paredes sus nombres y una fecha, una flecha, un corazón partío. Algunos tapaban con sus signos garabatos viejos, manchas, formas; otros preferían encontrar su lugar propio, no mezclar sus trazos con los viejos. Al maestro le gustaba ese espacio de recovecos y de ecos, de colores ocres, de luces fugitivas, pero nunca había prestado demasiada atención a esas manchas marrones: parecían animales, no estaban mal pero a quién le importaban. Eran, como los suyos, como todos los otros, dibujitos menores.

Nada particular. En Eyzies, cuevas y huesos era lo que sobraba: unos años antes, a menos de un kilómetro del centro –si es que un pueblito así tuviera un centro–, obreros que abrían un camino habían tropezado con los restos de varios esqueletos: los juntaron, se los dieron a un jefe, desde París llegaron dos señores y se los llevaron. El paraje se llamaba Cro-Magnon y, desde entonces, hubo personas que empezaron a interesarse por esos restos tan antiguos.

No eran muchos, y a veces lo sufrían. Suponer que muchos milenios antes ya había unos hombres –muy parecidos, tan distintos– era desafiar la autoridad de la Santa Madre Iglesia, que decía que la Tierra no tenía más de seis mil años y que entonces un dios había creado al hombre tal cual era y a la mujer de su costilla. Darwin y los suyos ya se estaban plantando; estudiar esos restos primitivos era otro modo de aportar a la embestida de la ciencia contra los mitos y las supersticiones, otro triunfo del “progreso”.

Pero esos blasfemos todavía eran pocos, y el maestro no era uno de ellos. Hasta que, en el ’95, un médico prestigioso de París, Louis-Joseph Capitan, y un cura iluminado de Mortain, Henri Breuil, aparecieron por el pueblo y le explicaron su pasión: habían descubierto que esos hombres de Cro-Magnon también eran artistas que habían dejado, en ciertas cuevas, sus obras milenarias. Capitan y Breuil las buscaban; le preguntaron si él sabía de alguna. Entonces el maestro recordó aquellas manchas, las repensó con esa vara nueva, llevó allí a sus nuevos amigos, y juntos “descubrieron” uno de los mejores conjuntos de arte rupestre que existen en el mundo. Uno que siempre había estado allí, a la vista de todos, pero nadie había visto todavía: que nadie había sabido ver.

La historia, aunque sea cierta, es casi una fábula, así que tiene moraleja: recuerda que no hay peor ciego que el que no sabe ver, el que no sabe qué tiene que mirar. Si nadie nos hubiera hablado de las estrellas cuando chicos, todos esos puntitos blancos en el cielo nocturno podrían pasar por agujeritos, dioses perdidos, fuegos de salvajes. O podríamos, más que nada, no verlos: suponer que la noche es negra y blanca. Así el maestro, cuando miraba las manchas sin verlas porque no sabía que pudieran ser las obras de los primeros hombres. Así cada uno de nosotros cada día, cuando mira el mundo y no lo ve porque no sabe qué mirar.

Así vemos lo que siempre vimos, lo que sabemos que veremos y dejamos, tantas veces, de ver lo que podríamos. Casi todos los que hablan –los que escriben, los que nos escriben y nos hablan– se dedican a mostrarnos lo que ya sabemos, a repetirnos lo que ya escuchamos, a convencernos de que miremos una y mil veces lo que siempre miramos.

Los decisivos son los otros: esos pocos que ven que ahí, no muy lejos, no muy escondido, justo delante de los ojos, hay algo que no sabíamos ver porque no creíamos que debiéramos mirarlo. Manchas que se revelan arte, huesos que niegan la mitología. Hay que poder hacer sentido con lo que uno ve pero, sobre todo, entender que ahí hay algo que nos hará entender algo que no sabemos, algo que no sabemos que ignoramos.

Y la historia del maestro y sus amigos también recuerda que al hacerlo hay riesgos. Ellos creían que esos dibujos tenían diez o veinte mil años pero podían equivocarse: de hecho muchos no lo creyeron, les parecía ridículo, arreciaron las burlas. Ellos lo estudiaron, se convencieron, insistieron, se arriesgaron –y cambiaron algo. Digo, aunque parezca Pedro Grullo: en eso consiste la tarea, en preguntarse sin cesar qué es lo que no sabemos ver, qué tenemos delante de los ojos y no vemos porque no sabemos; en convertir la mancha en arte antiguo, el borrón en historia. Los que lo hacen amplían el campo de la visión, el conjunto de lo que miramos: son los que abren caminos, los que importan.

Por eso, supongo, la pregunta no debería ser qué vemos, sino, siempre: ¿qué no estamos viendo, que no sabemos ver? ¿Qué mancha es un dibujo? ¿Qué hay ahí, donde no vemos nada? Por eso, supongo, mirar el mundo es la tarea más difícil: mirarlo en serio, con esa desconfianza, con la lupa poderosa de la duda. Mirarlo, digo, como si nunca lo hubiéramos visto, como si al fin consiguiéramos verlo. Mancharse, digo: descubrir los dibujos, entender algo nuevo.

Impunidad de rebaño

Martín Caparrós

La historia es rara: ante la peste, un presidente latinoamericano se pone firme, cierra todo, amenaza a “los idiotas” –él dice “los idiotas”– que no quieren cumplir con el cierre, evita ciertas muertes y se deja cazar en unas fotos. Esas fotos, que muestran la fiesta de cumpleaños –llena de amigos, vino y rosas– de su mujer en la residencia presidencial de Olivos, julio de 2020, plena pandemia, también muestran que el señor presidente se cagó en todo lo que exigía a sus conciudadanos: que mientras ellos no podían ver a nadie ni ir a sus trabajos ni educar a sus hijos ni cuidar a sus enfermos ni despedir a sus muertos, él se divertía sin máscaras.

La historia es rara, sobre todo, porque ahora la sabemos. Uno sospecha que el poder está lleno de abusos; uno sabe que el poder se especializa en ocultarlos. Un poder que exhibe sus abusos es un poder absoluto o un poder idiota. Absoluto: porque se cree con derecho a todo porque ha conseguido tener derecho a todo. O idiota: porque se cree con derecho a todo pero no ha conseguido ese derecho y, en lugar de esconder que lo ejercita sin poder, permite que se vea. Absoluto o idiota: son los peligros de la impunidad.

Nadie llega inocente a esos lugares: en general, los que manejan un país se han pasado décadas cerca del poder, lo conocen, le conocen las reglas. Saben que deben decir ciertas cosas, callar otras; mostrar algunas, esconder bastantes. Y sin embargo al llegar –a poco de llegar– les da algo. Parece como si se olvidaran de todo eso que sabían y creyeran que pueden hacer lo que carajo se les cante. No sé si son esos techos tan altos, esos soldados con plumas en la puerta, esos sillones siempre inflados, esa manera en que todos les sonríen como si los quisieran; no sé si es el espejo que les dice cacho mirá, sos presidente, hijodeputa vos sos el presidente. No sé; lo cierto es que se olvidan y con cierta frecuencia hacen cagadas. A veces, esas cagadas les cuestan muy caras; a veces, menos; a veces, casi nada. En la Argentina, en general, poquito.

El presidente que cometió un delito al no respetar la cuarentena, el presidente que mostró que era tan bobo o tan soberbio como para no asegurarse que, si cometía un delito, no lo fotografiaran, el presidente que mostró que era incapaz de hacer una cagada sin que se note demasiado, sigue ahí, se enoja, contraataca. Dijo que era un error, dijo que lo había hecho su “querida Fabiola” y dijo que no iba a repetirse; después dijo que los que quieren seguir hablando de esto son “unos miserables”. La oposición habitual dice que es intolerable y que habría que juzgarlo, pero como lo dice todo el tiempo se le aplica, un poco, la historia del pastorcillo mentiroso. Y el oficialismo habitual dice “pero Macri” y saca a relucir alguna historia del gobierno anterior para tratar de demostrar que era peor y se le aplica, un poco, la historia de cambien el disco. Y millones lo miran con este odio justiciero, y en un par de semanas tendrán otro.

Quizá no, pero es probable. Porque no es la primera vez que un presidente argentino hace algo así: en realidad, todos los presidentes argentinos hacen cosas así, con más o menos matices, con más o menos fotos, con más o menos daños –y se diría que estamos habituados. Un párrafo de mi amigo Ernesto Tenembaum en Infobae lo sintetiza bien: “Carlos Menem, ex presidente de la Argentina, dijo: ‘Si en campaña electoral decía la verdad de lo que iba a hacer no me votaba nadie’. Sin embargo la sociedad lo perdonó: seis años después, cuando ya se sabía quién era, Menem arrasó en la elección donde fue reelecto. Raúl Alfonsín calificaba como ‘el gobierno más corrupto de la historia’ al de Carlos Menem, semanas antes de firmar con él el Pacto de Olivos que le permitió a Menem ser reelecto. Sin embargo aún es uno de los personajes más respetados de la historia argentina. Elisa Carrió había dicho que su límite ético era Mauricio Macri antes de acordar con él”.

Así que nada, algunos gritos. Me imagino que hay muchos países donde una foto como aquella es motivo de renuncia y escarnio –hace unos días, con perdón, se conoció la historia de la primera ministra de Finlandia, Sanna Marin, 35 años, que ha tenido que devolverle al estado el dinero que se gastó en desayunos y comidas con su familia en la residencia oficial. Ya los veo diciendo bueno, pero no vas a comparar, eso es Finlandia, esto es la Argentina. Es cierto, en la Argentina esas cosas al final se pasan –o, si acaso, funcionan como arma arrojadiza si muchos están muy enojados por alguna otra cosa: la vida, por ejemplo, sus penurias. Creo que tiene que ver con eso que –no– llamamos la impunidad de rebaño.

(La “inmunidad de rebaño” fue un enunciado desdichado: viene de la ciencia en inglés, herd inmunity, y empezó a circular con la pandemia. Pronto algunos asesores de políticos se dieron cuenta de que no era amable llamar a los ciudadanos rebaño –llamar ovejas a los ciudadanos– y empezaron a cambiarlo por “inmunidad de grupo”, pero muchos siguieron con eso del rebaño: es bonito, bucólico, bala. Y significa que cuando muchos comparten un virus, el virus ya no enferma. La impunidad, en argentino.)

Si un presidente puede por ejemplo mostrar que se cagó en las reglas brutales que les impuso a todos y seguir andando es porque hay una idea de impunidad general: impunidad de rebaño. Por supuesto hay frases y grititos, verborrea de moral ultrajada, pero sospecho que si él lo hizo es porque –casi– todos lo hacemos y porque, al fin y al cabo, toleramos. Nos quejamos, faltaba más, sabemos qué es lo que nos conviene: es bueno poder quejarse de lo que hacen los que hacen, es mejor poder seguir haciendo cosas parecidas. Digo: es bueno poder quejarse de La Corrupción después de darle su coima al policía que te paró por pasarte el semáforo. Es bueno poder quejarse, es bueno poder dar la coima. Entonces, la idea es quejarse pero no cambiarlo.

La Argentina tiene un pacto de impunidad –de rebaño– desde hace décadas. En todos los niveles: desde los presidentes que usan la justicia para joder a los ex presidentes –porque la patria, doctor, nos lo demanda– hasta el electricista que trabaja sin factura –porque el estado se fuma los impuestos, vio, maestro? Tenemos muy buenas excusas: somos campeones fabricando excusas; tenemos políticos que roban, militares que matan, empresarios que estafan, todo tipo de basuras que usamos para justificarnos. Y todos estamos de acuerdo en que hay que esquivar los deberes y las instituciones porque son injustos. Es cierto que lo son; también es cierto que para esquivarlos debemos permitirnos los unos a los otros la necesaria impunidad. Vender una casa y escriturarla ante escribano por una cifra falsa, contratar a alguien y no pagarle obra social, comprar y vender dólares a un precio ilegal a la vista de todos: la impunidad está por todas partes. Y es el medio donde sobrevivimos, y nadie quiere siquiera imaginarse cómo sería si no fuera así, y así seguimos, sumergidos en la impunidad de rebaño, en esa que permite que un presidente se cague en todo porque todos nos cagamos, cada quien como puede, y nadie cree realmente que haya que pararlo: una forma de vida, la Argentina.

Con esto no trato de defenderlo ni de justificarlo ni un poquito. El mal de muchos, sabíamos, solo es consuelo de algún tonto. Solo intento entender por qué siempre nos pasan estas cosas.

Aunque quizás otra vez me equivoque; quizás esta vez sí la impunidad se rompa. La amenaza otro valor seguro: la muerte, los muertos, el peso de las víctimas. La foto consigue que las muertes de la pandemia, tan difíciles de atribuir a nadie, tengan simbólicamente un responsable: el que debería haberlas evitado y no solo no lo hizo sino que, mientras tanto, rompía sus propias reglas –y se tomaba champaña.

Frente a eso, quizá, la impunidad de rebaño no alcance. En unos días hablamos; en unos días más hablan las urnas.

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