un cuarto –medio medio– propio

Autor: chachara Página 1 de 7

El fútbol es del pueblo, caramba!

Estaban indignadísimos: voces y más voces se alzaban para denunciar lo intolerable. Era la famosa escena de Casablanca: “Qué escándalo, he descubierto que aquí se juega”, anunciaba alarmado, mientras mandaba sus esbirros a cerrar el bar de Rick’s, un comisario que se había pasado la vida apostando en ese bar. En estos días era igual: muchos de los que llevan dos o tres décadas disfrutando de esa concentración extrema de la riqueza futbolística que son las ligas europeas han descubierto, de pronto, que aquí se juega.

Y todo porque un seleccionado de los clubes más poderosos de Europa, encabezados por uno de los empresarios más poderosos de España –y presidente del Real Madrid–, Florentino Pérez, intentó hacer rancho –o palacio– aparte. Lo anunciaron de pronto este lunes: que ya estaban hartos de hacer beneficencia jugando contra equipos que no les pueden ganar pero, cada vez que los enfrentan, corren y recaudan más que nunca. Que se habían cansado de juguetear con chiquitos, que querían jugar con los de su tamaño –y ganar, así, mucha más plata. Por eso anunciaron que iban a armar una “Superliga” donde participarían doce clubes fundadores más otros ocho que todavía no estaban claros.

Los doce eran la crema de la crema: seis ingleses, tres españoles, tres italianos –y se esperaba la invitación al PSG y al Bayern Munich. El negocio era obvio: al garantizar que no habría partidos chicos, que todos enfrentarían a dos grandes, la recaudación –la tele– se disparaba. Según sus cuentas cada club habría recibido, solo por participar, unos 60 millones de euros –y después los premios. El ganador, decían, se habría llevado unos 250 millones, más del doble que el champion de la Champions, nido de pordioseros. Y se dejarían de partidos falsos, esas pantomimas que sirven para mantener la ilusión de que todos compiten.

Y el mismo lunes empezaron las reacciones: que el fútbol es de todos, que es de los hinchas, que es de mamá y papá, y otras pocas proclamas populistas. Todo muy bonito, muy emotivo, muy enternecedor -todo muy falso. La Superliga no era, como clamaronn los indignados, el establecimiento de una oligarquía o aristocracia futbolística despreciosa de todos los demás: era solo el sinceramiento de una situación que ya tiene muchos años. Las historias de los –fallidos– participantes lo muestran sin ninguna duda.

En España, la última vez que salió campeón un equipo que no estuviese entre los SuperLigos fue en 2004; desde entonces el Barcelona la ganó diez veces, el Madrid cinco, el Atlético de Madrid, una –y uno de los tres la ganará este año. En Italia nadie que no sea uno de los Super ganó la Lega desde 2001, y la Juventus se llevó las nueve últimas. Y en Inglaterra, donde todo está más peleado, una vez en el último cuarto de siglo el campeón no fue uno de los Super: 2016, cuando el Leicester consiguió colarse. De los supuestos invitados, parecía claro que estarían el PSG –que es más débil: de los últimos ocho campeonatos solo ganó siete– y el Bayern Munich, que ganó esos ocho sin problemas.

La Superliga era, en realidad, un paso más en el proceso de concentración del fútbol que empezó hace 25 años, cuando Europa liberó las trabas a la importación masiva de futbolistas. Desde entonces sus grandes equipos se compran sistemáticamente todo lo bueno que haya por ahí. Gracias a su dinero muy confuso arman equipos imbatibles, gracias a sus equipos imbatibles reciben más y más dinero más confuso aun de televisiones y anunciantes: concentran la riqueza futbolística de manera obscena. Y de pronto se cansaron de simular y quisieron llevar el proceso más allá, siempre más allá.

Muchos se asustaron: si los mejores se armaban su liga propia, los más chicos quedarían abandonados a su suerte. Y, sobre todo: las dirigentes del fútbol se quedarían sin gran cosa para dirigir. Era, para los buenos muchachos de la FIFA y la UEFA, la oportunidad soñada: después de ser durante décadas el foco de la degradación y corrupción del mundo del fútbol –más presos por habitante que cualquier barrio marginal– esto les daba la chance de presentarse como los adalides de pobres, necesitados y decentes, y la aprovecharon.

Amenazaron con medidas terribles: que los jugadores que participaran de la Super no podrían jugar con sus selecciones los mundiales, y se perderían ese momento en que pueden simular que les importan los países de donde se fueron para ganar fortunas. (Nadie está en contra de la migración y menos yo. Pero esos muchachos dicen que migran por razones económicas. Si se quedaran en sus países –que dicen querer tanto– y sus equipos –que dicen querer más–, ganarían mucha plata. Se van porque en sus terribles exilios van a ganar muchísimisimisima más: carradas de plata, toneladas de plata. Pero una vez cada cuatro años simulan que lo que les importa son sus patrias)

Ahora las autoridades en peligro de perder su autoridad –y sus negocios– los amenazaron con sacarles esa pasarela. Y ofrecieron a los clubes fugitivos ventajas económicas y, por supuesto, al mismo tiempo amotinaron al pueblo y sus voceros. Fue una campaña entrañable, verdadero populismo en acto: que el fútbol es de todos, que lo importante son los hinchas, que el dinero arruina el deporte, todos los argumentos que su práctica desmiente cada día. Pero funcionan, como los argumentos de Vox o cierto peronismo, y los medios y las redes y los hinchas se indignaron y en dos días los grandes clubes europeos se rindieron. Primero fueron los ingleses, después los italianos; en tres días los españoles se quedaron más solos que la una, en un intento que ya es puro fracaso.

Fue todo un logro, gran victoria: la demostración de que cuando los pueblos quieren algo realmente importante saben actuar, presionar, movilizarse –y lo consiguen. Y que, para los que gobiernan, no hay nada tan decisivo como saber cuál es el grado justo de simulación que es necesario mantener. Cuándo, por mostrar demasiado, todo se puede ir al carajo; cuándo, por si acaso, hay que volver a ponerse las caretas; cuándo se pueden usar los errores de los ex amigos para recuperar poder; cuándo conviene traicionar y cuando no.

Así que ahora las ilusiones vuelven, otra vez el pueblo ha triunfado, todos jugarán contra todos y los ricos les ganarán como siempre a los más pobres y los sátrapas de la UEFA y la FIFA recuperaron el mando que estuvieron a punto de perder. Cualquier parecido con la realidad real es pura coincidencia.

Para qué sirven los pobres

Martín Caparrós

Ustedes sabrán –o no sabrán– disculpar este texto tan primario. Es, más que nada, una extrañeza: resulta que ayer me topé con una frase que me impresionó y pensé que lo mismo les pasaría a muchos más. Entonces puse un tweet para reproducirla y nadie le hizo caso: ningún caso. Ahora quiero saber en qué me equivoqué.

Mi tweet, comprimido como todos ellos, decía: “Para eso sirven los pobres. Un científico español explica cómo testear su nueva vacuna con tantos españoles ya vacunados ‘Tendremos que buscar en África, Latinoamérica o el sureste asiático donde todavía circule el virus y haya muchas personas sin vacunar’”. Y presentaba la entrevista de El País donde un científico que parecía muy respetable, Vicente Larraga, “uno de los mayores expertos en desarrollo de inmunizaciones de España”, decía cosas que parecían muy respetables sobre el uso de las vacunas y las tonterías que se dicen para no usarlas. Pero después el periodista le preguntaba por la vacuna que él y su equipo están desarrollando, y los problemas de testearla a esta altura del partido:

“–¿No será difícil la fase clínica en un escenario con mucha gente ya vacunada?

–Tendremos que buscar en países de África, Latinoamérica o el sureste asiático, donde todavía circule el virus y haya muchas personas sin vacunar.”

Dijo, y de verdad me impresionó que dijera con tal facilidad que su experimento aprovechará el hecho de que los pobres de los países pobres sigan, por falta de vacunas, en riesgo de contagio. Me impresionó, además, que lo dijese un científico serio y consciente, preocupado por los destinos de sus semejantes: que no se le ocurriera cuestionar la idea de que a los países ricos que producen vacunas les sirva que haya países pobres que no las consigan porque podrán usar a sus hombres y mujeres como cobayas. Que esa idea le pareciera natural. Que la enunciara sin pudores.

Y esperaba que sus palabras suscitaran sorpresas y condenas pero no; a nadie le importó. Vivimos en un mundo donde la mayoría de las personas de las sociedades ricas se empeñan en vivir como si las sociedades pobres no existieran. De tanto en tanto, esos pobres irrumpen: un cayuco, unos cuerpos, los ecos lejanos de una guerra. Pero en general conseguimos ignorar que, muchas veces, es gracias a su miseria que vivimos como vivimos. O, incluso, que es porque vivimos como vivimos, concentrando y despilfarrando los recursos finitos del mundo, que ellos viven como viven.

No lo pensamos: no pensamos que si podemos cambiar de calzones como de calzones es porque en Bangladesh hay millones de mujeres que los fabrican para nosotros doce horas al día por veinte euros al mes. O que si podemos comer plátanos baratos todo el año es porque miles y miles los producen por tan poco en Ecuador o Costa Rica y no los desayunan, nos los mandan. O que, en general, si hay mil millones de personas que no comen suficiente en un mundo capaz de alimentarnos a todos es porque algunos nos quedamos con tanto que otros se quedan sin nada: que los países pobres organizan sus economías para exportar su producción a los países ricos –no para dar de comer o vacunar a su gente.

No lo pensamos: hacemos como si nada sucediera. Es un esfuerzo menor pero resulta: tenemos el apoyo y la complicidad de gobernantes, medios, autoridades varias, siglos de experiencia. Nadie habla de eso; sabemos mirar para otros lados o, si acaso, apiadarnos una vez cada tanto: ay sí pobrecitos pasan hambre el problema es que no les gusta trabajar tenemos que ayudarlos. Y poco más; por eso es raro que alguien amable, respetable, aparezca de pronto y explique con candor cómo vamos a usar, una vez más, esa pobreza en beneficio propio –aunque, de tan entrenados, consigamos no oirlo.

Pero al menos lo dijo, y creo que la culpa la tienen las vacunas –que, como la pandemia, desvelan tantas cosas. Las vacunas, entendidas como panacea universal, el pase mágico que debería devolvernos nuestras vidas, nos tienen alterados. Por las vacunas los gobiernos se pelean, las personas se ilusionan y se decepcionan, las empresas incumplen, los doctores discuten, los países permiten que los dueños les impongan condiciones y reglas, los científicos cuentan más de la cuenta. Por las vacunas los países ricos están mostrando su fuerza, su codicia: nueve de cada diez dosis se aplican a sus ciudadanos.

Unos pocos países concentran la esperanza. Es el modelo habitual, y los demás no sabemos imponer la idea de que es necesario que esas patentes se abran para que esas vacunas puedan producirse libremente, cuantas más mejor, al alcance de todos. Yo creía –y lo sigo creyendo– que lo que están defendiendo los gobiernos y organizaciones que se niegan a hacerlo es la religión de la propiedad privada: que saben que si no la sostienen, aun en una emergencia como esta, el precedente puede salirles caro. Ahora sé que, además, ese empecinamiento tiene sus beneficios secundarios: que esos pobres que siguen en peligro les sirven para algo.

Lo importante es saber reciclar.

Amor eterno

Martín Caparrós

Ya llevo años y años tratando de oír lo que se dicen. Esa tarde se hablaban más que se besaban; en el Zócalo de Oaxaca, en esos días, las parejas se besaban poco –así que susurraban. Se supone que el amor es eso donde sobran las palabras; nunca se dicen tantas. El amor canta, cuenta, rima, rema, promete, se promete: el amor es más que nada una avalancha de palabras. El amor es esa gozosa incompletud, ese descubrimiento repentino de que en la vida hay mucho más que lo que suele haber –que otro mundo se abre–, ese cambio de luz que te lleva a decir y decir una esperanza, a imaginar que en alguna parte hay un futuro y esta vez no es ajeno.

Ellos se hablaban, yo no llegaba a oírlos: estaba en un balcón, justo encima; podía verlos pero no escucharlos. Quería escucharlos; me proponía bajar y no bajaba: yo, en aquel balcón, en el cuarto detrás de aquel balcón, también creía que había encontrado el amor verdadero. Fue la última vez que lo creí; o quizá ya hubo, desde entonces, seis o siete.

La trampa está en creer que el amor verdadero es amor para siempre, y que cualquier otra versión es un fracaso. Que hay que amar a una persona y pasarse con ella el resto de la vida y que cualquier otra opción es un fracaso. Es, supongo, el resultado de un invento reciente.

El amor conyugal es un invento reciente. Durante milenios los hombres y mujeres se casaron por razones mucho más razonables. Podía ser una alianza de familias, fatalidad, interés económico, un acostumbramiento: él y ella vivían en el mismo pueblo o en el campo de al lado o eran primos, se conocían de chiquititos, se desposaban de más grandes. En un mundo tanto más quieto, menos comunicado, los hombres y mujeres se casaban con lo que tenían cerca –y a nadie se le ocurría que debiera intervenir, en ese paso, una emoción particular. Se casaban, debían pasar toda la vida juntos: para que la unidad de producción de bienes y personas funcionara alcanzaba con que esos hombres y mujeres se trataran con algún respeto, se preñaran mutuamente algunas veces, aseguraran el funcionamiento del hogar y su reproducción por vía uterina. Por eso, también, por su falta de alicientes, era necesario que el matrimonio fuese irrompible por obligación.

Y si por ventura alguno de los dos –el hombre, en general– quería sensaciones más potentes se pagaba una puta o se hacía con una amante o un amante o, al extremo, montaba casa chica. Pero a nadie se le ocurría que el matrimonio fuera el espacio para hacer cosas como enamorarse o apasionarse o cogerse con denuedo. Ni que, por lo tanto, los futuros desposados se eligieran según esos baremos. Sigue siendo así, en muchos países, muchos más que los que suputamos. En la India, por ejemplo, un quinto de la humanidad, donde todavía dos de cada tres bodas son arregladas por las familias de los novios –que, muchas veces, se conocen en la ceremonia. Y, contra los que dicen que ésa es una costumbre arcaica, salta una evidencia: cada vez hay más indios jóvenes modernos que se casaron por supuesto amor y que, decepcionados, se divorcian y le piden a mamá que les consiga una pareja en serio.

Pero en nuestros países –en las distintas formas de Occidente– ya hace más de un siglo que se supone que nos casamos si y solo si nos amamos y, como el matrimonio debía ser para siempre, deberíamos amarnos para siempre. Estamos en un momento de transición, en el medio de un cambio incompleto: cuando una parte ya cambió y otra todavía no se adaptó a ese cambio. La idea de que el matrimonio debía durar para siempre se transmutó en que el amor debería ser eterno.

El problema es que no hay amor que dure tanto tiempo: las palabras se gastan, los futuros. Entonces fracasamos: no hacemos lo que requiere el cánon, nos amoramos por un lapso, nos perdemos –y tenemos la sensación de que fallamos: de que no cumplimos con lo que deberíamos. Así mi vida, por ejemplo.

Aquella vez bajé, al final, de mi balcón, caminé hacia ellos, pasé muy cerca con la oreja atenta. Y pude oír que él le decía claro, para siempre. Por eso ahora escribo estas tonteras: él decía para siempre. Fue en Oaxaca, hace unos veinte años. El banco sigue ahí; el amor ni se sabe. Quizás, el matrimonio..

.

(Ustedes sabrán, espero, disculpar este paseo, que forma parte de un libro casi mío que publicó Editorial Altaïr en Barcelona, 2018: Postales, se llama, y es, como su nombre lo indica, fotos con pocas letras. Hoy, por alguna razón que prefiero no indagar, me pareció apropiado.)

618.127 días después

Martín Caparrós

No parece que tengamos mucho que celebrar, últimamente. Y sin embargo desperdiciamos las pocas oportunidades que aparecen. Este viernes 12 de marzo, por ejemplo, se cumplió un año de aquel día, y hubo pocos festejos.

El 12 de marzo de 2020 era jueves y los diarios hablaban cada vez más de esa plaga que llegaba de China y estragaba, por entonces, el norte de Italia. Pero solo algunos retomaron la noticia del día: el cardenal Angelo De Donatis, vicario papal de Roma, autoridad pomposa, acababa de ordenar el cierre de las 900 iglesias de su capital porque “el Señor nos pide que contribuyamos a la salud de todos. Por desgracia, ir a la iglesia no es distinto de ir a cualquier otra parte”, dijo. “Hay riesgo de contagio”. Quizá no supo que estaba haciendo historia.

Hasta ese día, durante quince siglos, la reacción más inmediata de Roma –y el resto de Occidente– frente a plagas o catástrofes o guerras consistía en pedirle a su dios disculpas y clemencia. Esas desgracias eran castigos que su dios les mandaba cuando se habían portado mal, y entonces los castigados salían en procesión, paseaban virgencitas y torturados varios, se hincaban a rogarle que los perdonara. Le decían que lo habían entendido, que no fuera tan fiero, que era justo pero ya alcanzaba. Suena –puede sonar– a cuento para niños: fue el discurso oficial de eso que solemos llamar nuestra civilización durante los 618.127 días –y una sola noche– que pasaron desde aquel viernes de octubre de 327 en que el emperador romano Constantino dijo que in hoc signo vinces y adoptó la cruz como su símbolo, justo antes de una batalla que le daba miedo, hasta el 12 de marzo del año pasado.

Durante esos cientos de miles de días, durante esos 1.693 años, ese dios decidía y definía. Era el mismo que ponía reyes cuando había reyes, hacía quemar sabios cuando había sabios, hacía empalar putos cuando había putos, y esas cosas. Era el que manejaba el mundo entero; por eso, si algo terrible sucedía en él, había que ir a pedirle que reconsiderara. Y así fue hasta el 12 de marzo del año pasado, cuando no solo no hubo ruegos; para más inri, sus gerentes cerraron los lugares donde esos ruegos suelen suceder para que los rogadores no se contagiaran.

Ese día algún guasón con aires clásicos le podría haber dicho a cualquier doliente que “buscas a Roma en Roma, oh peregrino,/ y a Roma en Roma misma no la hallas”. Pero los guasones, últimamente, se privan de citar a Quevedo. Y los curas también; más ese día en que, en lugar de encabezar procesiones y misas y súplicas, sus jefes se allanaron al dictado de la técnica.

Es uno de esos gestos que parecen pequeños pero que, bien mirados, pueden ser el síntoma perfecto de un cambio radical. En esa decisión casi administrativa, la ciencia se había impuesto a la religión en su lugar más consagrado: allí, en su propia capital, había acabado con un orden de siglos y siglos. Quizás alguna vez esa fecha sea un hito, la marca de un final tan demorado: 12 de marzo, uno dos tres, un día divino.

O quizá no. Nos hemos vuelto un fresco primitivo: hordas de enmascarados, señoras y señores con un trapo tapándonos la boca, forajidos de nada, asustados con telitas de miedo. Pero esperamos cosas buenas de las malas. “No hay mal que por bien no venga”, dice un viejo refrán castellano que nunca entendí, y que explica mejor la versión de Mateo Alemán: “No hay mal tan malo de que no resulte algo bueno”, escribió en su Guzmán de Alfarache.

Nos hemos acostumbrado, para sobrevivir, a esa visión tontoptimista de este año de mierda y quizás este reemplazo simbólico de la religión por la ciencia sea el mejor aliciente para sostenerla: lo mejor que nos habrá pasado gracias a la peste. El problema será –queda dicho– si queremos creer en la ciencia: la ciencia no está hecha para creer sino para dudar, para poner en duda, para ensayar y errar y ensayar de nuevo. En ella creer –o creer en ella– es un contrasentido, como bien lo muestran las idas y venidas de médicos y asimilados este último año, sus órdenes tan contradictorias.

El bien está por verse. Entre los interminables, indisimulables males de la peste, pocos me impresionan tanto como el triunfo del talante conservador. Hace unos meses lo escribí pensando que me pasaba sobre todo a mí; ahora compruebo que es de lo más común.

El conservador se define por una idea rectora: que las cosas –tu vida, por ejemplo– eran mejores antes y que vale la pena hacer todo lo posible para volver a vivir como entonces. Aunque resulte duro reconocerlo, ¿no es la esencia de nuestros pensamientos ahora mismo? ¿No nos pasamos las horas y las horas imaginando ese momento en que podamos volver a circular, encontrarnos sin miedo, revolear las telitas de la cara, seducirnos, pelearnos, pensar en cosas que sí valgan la pena? ¿No nos domina la idea de volver a aquellos días, felices sin saberlo? Nostálgic0s, descubrimos de pronto la belleza de lo que ya pasó y ansiamos recuperarlo: somos conservadores –y es triste, levemente humillante.

Y es un peligro: la idealización del pasado siempre produce presentes aún peores que ese pasado idealizado. Es el peligro de que, en ese retorno, nos parezca necesario recuperar todo el paquete: que compremos, por ejemplo, el recuerdo de un mundo delicioso donde las iglesias de Roma estaban tan abiertas y su dios nos guardaba de cualquier desgracia, y que empecemos a pedirle disculpas –de rodillas, claro, de rodillas– por haberlo olvidado.

Peores cosas hemos hecho en los últimos 618.127 días.

Madrid, Buenos Aires, las derechas

Martín Caparrós

El que dijo aquello de que los números gobiernan al mundo quizás hablaba de esto: de pronto aparece un número redondo y miles se interesan por algo que un mes atrás ni recordaban. La Comuna de París, ahora, por ejemplo: se cumplen 150 años de ese intento y hay artículos, suspiros, remembranzas.

Es cierto que aquella Comuna los merece: no más hoy que el año pasado, octubre próximo. Que se la recuerde por un capricho calendario es, también, un signo de los tiempos: durante décadas fue una referencia siempre presente para esa izquierda que ya perdió sus referencias. Lo subraya una escena antigua que suele emocionarme: cuando Lenin y Trotski, dos varones tan serios, que acababan de derrocar al zar de Rusia, bailaron o bailotearon en la nieve porque su pequeña revolución había superado el tiempo –los 72 días– de la gran Comuna.

La Comuna de París, entonces, servía como ejemplo y enseñanza. La Comuna fue muchas cosas –talleres sin patrones, milicias de mujeres, curas en fuga, el poder repartido– y fue, también, escenario de una de las grandes batallas a las que no prestamos atención: el campo retrógrado contra la ciudad moderna. En esos días, en Francia, empezaba a haber elecciones más o menos generales –aunque, por supuesto, sin mujeres– y sus resultados se repetían una y otra vez: París y las ciudades grandes votaban a la izquierda republicana, el campo votaba a la derecha napoleónica. Esa derecha era una alianza –clásica– entre los más ricos y los campesinos conservadores, católicos, ligeramente brutos; esa derecha fue la que aplastó a la Comuna y gobernó su país durante décadas.

Ahora, el peso relativo de las ciudades y el campo cambió. En tiempos de la Comuna dos de cada tres franceses eran campesinos; ahora los europeos se reparten al revés: más de dos tercios son urbanos. Pero las diferencias se mantienen: uno de los fenómenos más curiosos de nuestras sociedades es que las ciudades importantes siguen siendo muy distintas de los países donde están.

En síntesis: que los votantes de las capitales votan más a la izquierda y eligen gobiernos más progres que los votantes del campo y las ciudades chicas y, en última instancia, que el conjunto de los votantes del país. El fenómeno es extraño. Porque en esas grandes ciudades, en general, se concentra también el poder de esos países, su dinero, sus ricos más ricos, sus medios influyentes, sus iglesias, sus ejércitos. Pero producen una circulación política y cultural que produce, a su vez, una masa crítica de personas que se opone a los dictados de esos poderes.

Así, esas capitales suelen ser raros oasis que supuestamente dirigen países con los que no están de acuerdo. Y sus habitantes tienen muchas veces la sensación de estar prisioneros en un mar de retrógrados.

Recíprocos, a menudo esos “retrógrados” odian a los pedantes capitalinos que parecen despreciarlos y los llevan por caminos que no querrían recorrer mientras viven –suponen– de su honrado trabajo. Los tratan de parásitos, los envidian un poco, los temen otro poco. Y los capitalinos se desesperan por tener que soportar gobiernos nacionales tanto más retrasados que sus gobiernos municipales –por la gansada de esos compatriotas.

Es, con sus matices, lo que sucede en Berlín con respecto a Alemania, en París con Francia, en Amsterdam con Holanda, en Londres con Inglaterra, en Bruselas con Bélgica, en Barcelona con Cataluña, en Nueva York con Estados Unidos, en Bogotá con Colombia, en México con México y así.

La digitalización de la vida –que la peste ha acelerado tanto– podría moderar estas diferencias: si la mayor parte de tu consumo cultural y tu trabajo e, incluso, tu vida de relación se vuelven virtuales, da lo mismo que lo hagas frente al Obelisco o rodeado de vacas. Y, al fin y al cabo, será eso lo que vaya moldeando tus ideas del mundo. Pero es un proceso largo –y azaroso. Mientras tanto, las grandes capitales siguen siendo “progres”, salvo un par. Son, curiosamente, las dos ciudades donde más he vivido, Madrid y Buenos Aires.

Buenos Aires es una ciudad falsa: tiene unos 15 millones de habitantes, pero solo cuentan, para elegir autoridades, menos de tres. El resto se define como Gran Buenos Aires o, ahora, AMBA –Área Metropolitana de Buenos Aires– y no participa en esas elecciones. Si lo hiciera, otros serían sus gobernantes; como no lo hace, los eligen los privilegiados que pueden vivir en sus zonas más caras, que llevan décadas eligiendo a la derecha.

Madrid es otra historia. “Si dejamos nuestras casas por la guerra/ nuestro hogar será el ínclito Madrid”, cantaba mi padre mientras se afeitaba: era un canto de los internacionalistas que habían ido a defenderla durante la Guerra Civil. Madrid era, entonces, un símbolo de las izquierdas del mundo; después, cuarenta años de franquismo y otros tantos de democracia rica consiguieron convertirla en un extraño grano derechista. Usaron, para eso, varios trucos: atrajeron a las grandes corporaciones, disminuyeron los impuestos, se cargaron las industrias, reemplazaron a los trabajadores locales –que votaban– por trabajadores inmigrantes –que no votan–, gentrificaron sin piedad.

Son esbozos: alguna vez habrá que terminar de entender por qué Madrid es una de las pocas capitales importantes más reaccionaria que su país -y empezar a encontrar los remedios. Dentro de un mes, otra vez Madrid deberá probar su condición: si las encuestas electorales son precisas –si el Partido Popular y Vox consiguen votos suficientes–, se convertiría en la primera gran capital occidental con un gobierno de derecha extrema en este siglo.

Será un capítulo nuevo –un capítulo inverso– de la batalla entre el campo y las ciudades, uno de los grandes conflictos ignorados de estos tiempos en que hacemos tantos esfuerzos por ignorar ciertos conflictos –mientras nos armamos, por supuesto, otros para disimularlo.

Las vacunas son ajenas

Martín Caparrós

Ojalá alguna vez alguien lo cuente con detalle. Ojalá alguna vez alguien trate de pensarlo bien. Ojalá alguna vez hagamos algo. Yo creo –provisoriamente creo, mientras tanto– que pocos procesos actuales dicen tanto sobre el mundo que hemos armado como la violencia brutal de las vacunas. Si la pandemia sirvió para desvelar, para mostrar lo que no queríamos ver, la vacuna exagera.

Los números son casi simples: la mitad de los 460 millones de vacunas aplicadas en todo el mundo hasta hoy 24 de marzo se dieron en Estados Unidos y Europa; allí viven unos 840 millones de personas, poco más de un décimo de la población mundial. O sea que, en síntesis, el 11% más rico lleva apropiada la mitad de las vacunas: porque las paga más caras, porque presiona a los laboratorios, porque tiene poder económico y político, sus personas están mucho más vacunadas que el resto de la humanidad. Por eso la gran mayoría de los países africanos no vacunaron a nadie todavía; por eso muchos países sudamericanos –Colombia, Perú, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Venezuela– no han llegado a vacunar al tres por ciento de su población. “Las penas son de nosotros –cantaba Atahualpa Yupanqui–, las vacunas son ajenas”.

Frente a esta realidad bruscamente real, la mayoría se empeña en mirar para otro lado. Para lo cual usan su sistema habitual: la noticia pedestre, el análisis flufli, inventarse otro lado que mirar. En cada país, las diversas oposiciones –políticas, sociales, periodísticas– se cabrean con su gobierno y le reprochan la falta de vacunas, en lugar de entender y contar que es un problema general causado por una idea del mundo, no por la ineptitud de un presidente y tres ministros. O, mejor: que la ineptitud del presidente y los tres ministros le dan en cada país su sesgo peculiar –pero el problema es tan global: que algunos acaparan lo que tantos precisan.

Es lo mismo que pasa con la comida. El hambre es un efecto del sistema global y su concentración de la riqueza: la Tierra es capaz, por primera vez en su historia, de dar de comer a todos sus habitantes pero, para eso, tendríamos que quererlo. Y no es el caso: el sistema global de producción de alimentos está montado para producir lo que demandan los mercados más ricos, los que van a pagar más, los más rentables –y no lo que tantos necesitan para comer todos los días. O sea, por ejemplo: países se dedican a cultivar soja u otros forrajes para alimentar cerdos y peces para que los comilones del planeta nos zampemos sus carnes. Por eso hay mil millones de personas desnutridas –en este mundo que podría alimentar a todas.

Con las vacunas pasa lo mismo: las reglas del mercado hacen que no se produzcan suficientes y que una minoría se las quede –la oligarquía vacuna. Y todo por conservar ciertos principios. La pandemia, es cierto, mostró tanto que evitábamos ver, nos obligó a mirar. Espero que, con el tiempo, se pueda confirmar que su mayor revelación fue la estupidez principista del capitalismo global. Son gente convencida: el mundo tal como lo conocemos se derrumba –sus negocios, en muchos casos, se derrumban– y ni así se resignan a contradecir sus ideas básicas.

Lo lógico, en estas circunstancias extremas, sería que los estados y ciertos organismos internacionales recuperaran las fórmulas de las vacunas –que sus propios subsidios contribuyeron a crear– para distribuirlas entre todos los laboratorios capaces de producirlos cuanto más antes más mejor: que decidieran que inmunizar a la humanidad es una prioridad absoluta, frente a la cual todo lo demás son tonterías. Pero no; los estados más ricos siguen creyendo que les alcanza con salvarse ellos –que pueden salvarse solos en un mundo radicalmente conectado. Y, sobre todo, prefieren mantener el dogma de la propiedad aunque sus ciudadanos sigan muriendo a miles y sus países y sus negocios se sigan derrumbando. Son personas con ideas muy claras, que no se dejan obnubilar por tonterías tales como una pandemia más o menos, millón o dos de muertos.

Su obcecación, al fin y al cabo, es casi comprensible: puede que sepan que si ceden en esto salvarán su sistema en lo inmediato pero sentarán un precedente peligroso –para ellos–: que hay cosas que son un bien común, que no están hechas para que algunos ganen plata y poder sino para el bienestar general. Lo que no entiendo es que no lo estemos reclamando, de verdad reclamando. Sí entiendo que podamos no reclamar comida para todos; en última instancia, los que no comen son casi siempre otros. Pero la pandemia no hace tantas distinciones –y aún así, ni modo.

El reclamo es simple, está muy claro: que estados y organismos recuperen las fórmulas de las vacunas y se lancen a producirlas con todos los recursos posibles y las repartan entre los miles de millones que las necesitan. Se puede hacer; solo lo impide la religión de la propiedad privada. Exigir vacunas para todos ya, lo antes posible, sería la ocasión de armar un verdadero movimiento global, de dar vuelta las tornas. Pero se diría que no sabemos cómo aprovechar esas ocasiones, qué hacer con ellas, qué hacer con nosotros.

O, para empezar, si hay un nosotros.

Hay, sí, una urgencia absoluta. Y millones que la miramos como vacas camino al matadero, pasivos, resignados, idiotas: la mirada vacuna.

Messitos

Martín Caparrós

Siempre me pregunté qué sabe Messi: qué sobre su vida, sobre sí; qué se imagina. Qué piensa de sí mismo cuando se tira en su sillón, se rasca con denuedo, no piensa en casi nada. Siempre me lo pregunté y más ahora, cuando tiene que empezar a hacer balance, a aceptar que lo que siempre quiso y supo ser ya se le escapa: cuando tiene que inventarse una persona nueva. Para eso, mientras tanto, no sé si lo ayudará o no saber quién fue.

Saber, por ejemplo, que el mundo desborda de messitos. Lo he visto, en estos años, muchas veces: lo difícil que es, en cualquier calle de cualquier pueblo de cualquier país de África, hacer fotos sin que aparezca alguno: parece que son cada vez más. Por supuesto, no podemos saber cuántos: el África y los números no se llevan muy bien. Pero, a ojo de buen cubero –¿qué será un buen cubero?–, calculo que han de ser varios millones.

Supongamos: en África hay unos 300 millones de chicos de menos de diez años. Y yo diría –sin arriesgar ni un poco– que uno de cada veinte lleva una camiseta del Barcelona que dice, a sus espaldas, 10 y Messi. O sea que hay, en cada momento, en todo momento, solo en África, unos 15 millones de messitos. Va de nuevo: hay, en cada momento, en todo momento, solo en África, más messitos que habitantes tiene, digamos, Buenos Aires.

Muchos son analfabetos; muchos se buscan la vida como pueden, trabajan desde que cumplen seis o siete, piden por la calle, no comen suficiente, no tienen un gran futuro por delante –pero son Messi, de algún modo son Messi: llevan su camiseta. Eligieron llevarla.

La camiseta de fútbol se ha convertido definitivamente en uno de los atuendos más usados. El amor a la camiseta se hizo literal: no es la fidelidad a un club, a una historia común; es el amor de millones a un tejido. Las camisetas son el verdadero uniforme del mundo pobre. Proveen un suplemento: no solo te cubren el pecho; también te hacen alguien, hablan sobre tí. Y buena parte de esas camisetas dicen Messi.

Las camisetas, por supuesto, no son “originales”. El Barcelona, Messi, el fisco español, el argentino, la FIFA y otras mafias, los infinitos intermediarios gordos, no hacen plata con ellas. Las camisetas son bellamente falsas y suelen estar gastadas o raídas o andrajosas: el chico que la lleva no siempre tiene otra. Pero la lleva con un orgullo estrepitoso.

–¿Y vos sabés quién es Messi?

–Claro, cómo no voy a saber.

Me contestó aquella vez, intérprete mediante, en una calle polvorienta de un pueblo polvoriento, uno de nueve o diez años con más dientes que cabeza:

–El inventor del fútbol.

Me dijo, y se fue pateando una pelota hecha pelota. Yo había ido a Malí para caminar días y días detrás de unos pastores nómadas, sus vacas, sus ovejas. Malí es uno de los países más pobres del continente más pobre y, para completar, tiene una guerra y Al Qaida. Pero también es bello y orgulloso y loco por el fútbol. En Malí el fútbol es una religión –con dioses cada vez más extranjeros. Uno puede pasarse días y días dando vueltas por sus rincones más recónditos sin ver una sola camiseta de un equipo local. (Que los hay, lo hay. Pero son un escalón en la trepada hacia el fútbol verdadero, el que viste a los chicos, el que todos pretenden. Cualquier parecido con mi país no es pura coincidencia.) Y, en cambio, miles de messitos.

–¿Y lo viste de verdad alguna vez?

El muchacho ya lucía crecido, quizá quince, y vendía chucherías y hablaba un poco de francés. Yo le había dicho que era argentino y entonces él me preguntó si había visto a Messi alguna vez. Yo le dije que sí, que alguna vez. ¿Y cómo es? Bueno, así como se ve, tranquilo, bajito. ¿Cómo que bajito? Sí, bajito. Qué va a ser bajito, no me mientas.

Yo intenté mantener la posición pero el muchacho se iba cabreando demasiado rápido y me llevaba media espalda. Estábamos en uno de esos cruces de caminos donde sobra gente que no tiene nada que hacer, y se fue juntando mucha alrededor. El tipo les dijo que yo decía que Messi era bajito y, en lugar de indignarse, los amables contertulios se convencieron de que estaba loco y empezaron a reírse a carcajadas, me palmeaban la espalda, mucho bonjour, mucho salaam aleko. Fue un alivio.

Tantas veces me pregunté si Messi sabe. Lo miro, vuelvo a mirarlo y me pregunto si sabe –si sabe en serio, de esa forma en que uno sabe las cosas que realmente sabe– que el mundo está lleno de messitos: que en cada rincón del mundo hay un chico con una camiseta con su nombre, un chico que quiere ser como él. Famoso como él, rico como él, que quiere, como él, dejar a su país y a sus amigos y volverse otro. Me pregunto si sabe y cómo es, si sabe, vivir con esa gloria y esa carga. Me pregunto, ahora, como será empezar a desarmarla.

Un día en la vida de Dios

Otro: en estos días, además de El Hambre, apareció también la reedición de Un día en la vida de Dios, novela histórico-pop que publiqué por primera vez en 2001. Cuenta, a través de diez momentos de la historia, desde las cavernas hasta la invención de la bomba atómica pasando por el Antiguo Egipto, Grecia, Roma y compañía limitada, cómo los hombres fueron creando y refinando su cuento más extraño: que había dioses.

Así que nada, un disparate, que empieza más o menos así:

.

Dios no podía dormir, esa mañana, y ni siquiera lo sabía. No era que estuviese nerviosa: era que no sabía. Si hubiese conocido esa manera moderada de no ser que los bichitos, unos siglos, unas horas después, empezarían a llamar sueño, otra habría sido la historia de su día. La ignorancia de Dios siempre tuvo terribles consecuencias.

Dios no podía dormir porque nunca había dormido. Unos siglos, unas horas después, cuando ya había hecho hombres, verlos dormir –y, sobre todo, despertarse– le daría la suficiente curiosidad para intentar un sueño. Pero entonces no lo conocía, y no pudo apetecerlo. Es más: no es seguro que la palabra apetito tuviera algún sentido para ella. O incluso: visto lo que había hecho hasta entonces, es dudoso que ninguna palabra tuviera sentido para ella.

.

Dios solía quejarse de que le había tocado un universo de segunda, pero no era verdad: tuvo los mismos recursos que todas las demás. Nunca nadie pretendió relegarla: la Corporación respeta la igualdad de oportunidades y, además, no le conviene maltratar a los suyos. Cada vez que decide empezar un universo nuevo, la Corporación produce una oficial y le entrega las mismas herramientas: una parva de materia primaria, la dosis necesaria de energía y toda la información disponible sobre los universos ya creados. La Corporación es la primera interesada en que cada nuevo universo sea mejor, más eficiente que los anteriores.

Se espera que cada oficial, cuando encara la producción de un universo, muestre en él sus matices, sus intereses y sus innovaciones: hay tantos universos como oficiales los producen –y son, en este momento, 1.311. Pero los caminos principales, los modelos, siempre han sido dos. Están las que deciden invertir sus recursos de masa y energía en la creación de un sistema complejo, compuesto por muchas formas muy diversas: es la solución más conservadora –más cobarde–, la que apuesta a que tal diversidad permitirá la existencia de cuerpos y espacios buenos, regulares y malos, es decir: que, entre una cantidad regular de fracasos, casi seguro aparecerán algunos éxitos, y todo se compensará. Y están las arrojadas: las que invierten todo su potencial en una forma única. Es riesgoso: se la están jugando a un solo tiro, pero si lo aciertan pueden producir universos al borde del milagro.

Dios no era de éstas. Dios –llamémosla Dios, como empezaríamos a nombrarla más tarde, aunque su verdadero nombre siempre fue – era, al principio, una oficial ñoña, timorata: una de tantas. Así que se decidió, sin mucha reflexión, por el modelo más común, el más probado: usar la energía provista para hacer explotar su masa de materia.

Una explosión de ésas es muy linda de ver. Hay que estar muy atento: todo sucede en un tiempo tan breve. De pronto, un espacio que antes no existía se conforma: un espacio nuevo, vacío, lleno de sí, donde todo es posible todavía.

Aunque no tanto: el vacío suele llenarse parecido. En rigor, sabemos que ese espacio está vacío durante una fracción de tiempo, pero no llegamos a verlo. Lo vemos porque sabemos que lo está, pero no lo vemos porque al verlo ya se está llenando de toda esa materia en expansión: polvito y gases que se van convirtiendo en estrellas, asteroides, planetas, galaxias, nebulosas, cometas, quásares, agujeros negros: un universo más. Es grandioso: el momento en que en verdad vale la pena ser oficial de la Corporación.

.

Dios, al principio, era casi tan nueva como su universo: recién hecha. La producción de una oficial es un procedimiento largo, mucho más difícil y riesgoso que generar un universo.

El proceso es preciso: la cantidad de materia necesaria, las fuentes de energía, la información que hay que integrarle se han estudiado tanto. Está claro, por ejemplo, que las oficiales deben ser todas bolas: es la forma más perfecta, la que no supone ningún despilfarro de materia. Aunque, por supuesto, cada oficial tiene la posibilidad de transformar la materia de su cuerpo en lo que necesite, en lo que cada situación particular pueda exigirle. Pero en el día a día lo que mejor les resulta es la bola. La forma bola, además, facilita sus movimientos: en general una oficial no tiene por qué moverse mucho, pero moverse no le cuesta nada. Cada bola-oficial está cribada de conductos de comunicación: ojos y oídos simultáneos, para controlar el desarrollo de su universo.

El modelado no tiene peligros; todo se complica cuando hay que cargarles la información: experiencias, saberes, mecanismos de decisión, objetivos, nostalgias, modelos a emular. El proceso, queda claro, está reglamentado hasta lo último pero, por más cuidados que ponemos, nunca llegamos a controlar todos los detalles. Siempre hay alguno que se nos escapa: es enojoso y es, también, indispensable: sin esas fugas, las oficiales serían todas iguales y los nuevos universos serían, inevitablemente, remedos de los anteriores. No deben serlo; aunque, a veces, vistos ciertos resultados, sería tanto mejor que sí lo fueran.

Cada universo es una puesta en escena, muy amplificada, de lo que conseguimos con cada oficial: el universo de Dios era tan chocarrero como ella.

.

La vida de nuestras oficiales parece, a qué negarlo, rutinaria. Están hechas para sus labores, y viven para ellas. Saben que el trabajo de mantener en buena marcha su universo es infinito: a menos que una oficial se equivoque mucho, muy grosero, lo va a seguir haciendo para siempre. Sólo si sus errores son tremendos la ponemos en disponibilidad y se pasa el resto de los tiempos repasándolos, revolcándose una vez y otra vez en su caída. No solemos hacerlo, porque es un castigo demasiado costoso: los anales sólo recuerdan siete casos, los siete casos ejemplares.

Cada nueva oficial tiene que integrarse a la Red: el tejido de las 1.311 agentes con universo a cargo. La Red no siempre es fácil: hay envidias, engaños, alianzas, truquitos, zancadillas. La Red no supone encuentros: se trata más bien de conexiones. Nuestras oficiales sólo se reúnen en las situaciones más extraordinarias: de hecho, no hay nada que preocupe tanto a nuestro equipo como la convocatoria a un mitin general. Pero suelen conectarse para ver quién está haciendo bien qué cosa, quién mal qué, a quién vale imitar, quién despreciar, contra qué mala praxis se puede comparar la propia para hacerla pasar por más brillante. La Corporación necesita este clima: sin él, nada mejoraría.

Es cierto: la vida de nuestras oficiales puede parecer rutinaria. Sólo la azuza la importancia del trabajo que realizan: hay pocas cosas que se comparen con la enorme satisfacción de florecer un universo –muy pocas, y es mejor no precisarlas. La satisfacción, el justo orgullo de la tarea bien hecha es su motivo principal; está también, es cierto, la sombra del Tablero. Nadie quiere estar en los puestos más bajos del Tablero: el Tablero se actualiza todo el tiempo y toma en cuenta, para sus puntuaciones, la opinión de todas las agentes. No necesitan comunicarlas: el Tablero las recibe aunque ellas no lo hagan. Las que ocupan los últimos puestos del Tablero no tienen represalias que temer: sólo reciben el lógico desprecio. Las que ocupan los primeros, en cambio, pueden esperar mejoras importantes. Yo mismo fui, en algún momento, una de ellas.

.

Dios siempre había ocupado puestos mediocres del Tablero, pero en los últimos tiempos estaba perdiendo muchos puntos, y bajaba. Su universo había empezado, queda dicho, con la suficiencia banal del modelo más clásico: un conjunto de millones y millones de cuerpos y espacios celestes en ligera expansión, sin conflictos engorrosos ni logros importantes. Pero aún dentro de este marco módico hay universos que se permiten destellos de elegancia o innovación que los destacan, que los justifican; el universo de Dios era pesado, previsible, todo muy 3,14: puro gas, piedra y fuego, órbitas obvias y relaciones sin sorpresa.

Dios era, ya queda dicho, una oficial sin gracia. Pero, para su desdicha, tenía la pequeña lucidez necesaria para saberlo. Y, en algún punto, una ambición que nada en ella podía justificar.

Hacía su trabajo. Una vez que un universo está en marcha, su mecánica general no suele presentar grandes problemas: funciona sola. Entonces las oficiales se instalan en ese ritmo y pasan su tiempo recorriendo sus rincones. Las reglas mandan que empleen un día para cada cuerpo celeste: así, en los universos clásicos, pasan millones y millones de días hasta que pueden completar un giro.

Aquella mañana, cuando no podía dormir, Dios tenía por delante una jornada relativamente fácil: debía ocuparse por segunda vez del desarrollo de un guijarro lejano, uno de los satélites de una estrella menor en un sistema nebuloso marginal: el planeta tercero del sector . Nada serio, un pedrusco minúsculo, del tamaño de cualquiera de nuestras oficiales. Pero la fuerza de la Corporación se basa en considerar que no hay tarea pequeña.

Dios estaba molesta, esa mañana. El día anterior había recibido la noticia de otro descenso en el Tablero y se desesperaba, y no daba con el modo de detener su decadencia. Si hubiera tenido la posibilidad de un buen sueño su humor se habría recuperado sin grandes consecuencias o, al menos, dormida, no habría tomado tantas medidas defectuosas. Pero no: decidió dedicarse de lleno a su trabajo.

El planeta tercero no le interesaba, era una partícula insignificante y primero pensó en despacharlo lo antes posible para pasar a ocuparse de cuestiones más serias. Después, enfurruñada, se le ocurrió que quizás su propia falta de importancia fuera una oportunidad para experimentar, para ver si podía hacer algo que le trajera por fin el reconocimiento que, con base tan dudosa, creía merecer.

Qué cool ser racista

Martín Caparrós

¿Están todes loques? ¿O solo son algunes?

Alguien, algún día, cuando quiera sintetizar la tristeza de estos días aburridos, contará esta historia. El principio hace honor a los tiempos: “Había una vez una chica que no había cumplido 23 años y se volvió famosa; se llamaba Amanda y recitaba”.

Desde muy niña, Amanda Gorman pareció inteligente, y el sistema educativo del país más rico se hizo cargo de su inteligencia. A sus 19 años ya la habían nombrado “Primera poeta joven laureada de los Estados Unidos” y estudiaba en la universidad más cotizada y salía en televisión y disfrutaba de todos los accesos. Pero la gloria le llegó a sus 22: el día en que el nuevo presidente americano asumía su comando, ella leyó un poema de autoayuda patriótica que se llama “The hill we climb” –La colina que subimos– y habla de “un país que está herido pero entero,/ bien intencionado pero decidido,/ feroz y libre./ Ninguna intimidación nos detendrá/ ni interrumpirá/ porque sabemos que nuestra inacción e inercia/ serán la herencia de la próxima generación”. Quevedo tiembla y el éxito acompaña: al otro día sus dos libros eran los más vendidos y llovían las ofertas de actos y de traducciones. Una entre tantas fue la de la editorial Meulenhoff, de Amsterdam.

La señorita Gorman y sus agentes aceptaron y, días después, se anunció que los poemas serían volcados al holandés por Marieke Lucas Rijneveld. Rijneveld es mayor: ya tiene 29 años, se ha declarado no binarie –ni hombre ni mujer sino todo lo contrario– y escribe poemas y novelas. La versión inglesa de su primera, La inquietud de la noche, recibió el año pasado el Man Booker Prize: nunca antes lo había conseguido un autor holandés.

Parecía la elección perfecta, y así lo celebraron traducida y traductora. Pero unos días después Janice Deul, comentarista de modas de un gran diario holandés, de Volkskrant, se opuso en una columna que tituló “Una traductora blanca para la poesía de Amanda Gorman: Incomprensible”. El artículo encomiaba las palabras de Gorman en el acto de Biden y “su fabuloso look de inauguración, completo con un abrigo amarillo brillante de Prada, una banda roja para el cabello y sus trenzas (…) Tanto es así que le ofrecieron un contrato con IMG Models, una de las agencias de modelos líderes en el mundo”. Pero deploraba la elección de la traductora: “Incomprensible, para mí y para tantos otros que expresaron su dolor, frustración, cabreo y decepción en las redes sociales. Gorman se describe como ‘una chica negra flaquita’. Y su trabajo y su vida están coloreadas por sus experiencias e identidad de mujer negra. ¿No es –por lo menos– una oportunidad perdida encargarle este trabajo a Marieke Lucas Rijneveld?”, escribió Deul, y abundaba: que tenía que hacerlo una mujer negra. Deul es una mujer negra.

En un mundo menos bruto, sospecho, nadie habría reparado en este artículo. La traducción es un trabajo literario que, por definición, hace otro: alguien que no es el autor, alguien que debe trasladar lo que dice alguien a una cultura que no es la suya. Llevado al extremo, el argumento de Deul la impediría: si para traducir a una negra es necesario ser negra, ¿por qué no suponer que para traducir a un viejo hay que ser muy viejo y a una tenista ser tenista y a una monja del siglo XVII una monja del siglo XVII? Parecía una ridiculez: la ridiculez de Deul se amplió tanto en las redes del odio barato que Rijneveld, agobiade por la presión, renunció a hacerlo.

Antes se llamaba racismo: que solo los que tienen la piel de tal o cual color tienen la posibilidad de hacer tal o cual cosa. Durante unas décadas quedó mal, pero ahora menos porque se hace por la buena causa: entonces muchos lo defienden. La buena causa suele consistir en hacer “desde abajo” lo que no soportamos que se haga desde arriba: que las víctimas hagan lo que antes hacían sus victimarios. La buena causa es, por supuesto, la causa de las víctimas, abroqueladas por víctimas, legitimadas por víctimas, por víctimas desconfiadas de todas las que no son como ellas.

Es la idea de que hay que cerrar la tribu porque los de fuera son pura incomprensión, pura amenaza: la idea de que la comunicación entre personas diferentes es imposible –o, peor, indeseable.

Por algo se llama identidad: porque postula que lo que importa es ser idéntico –en algún rasgo muy primario. “Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”, decía el general Perón sin gran modestia: esto es lo mismo al cubo. Con el triunfo de las ideologías identitarias lo que sufre es el cruce, el cambio: lo nuevo que aparece cuando se mezcla lo diverso. La posibilidad y la riqueza de la traducción –que, como todo traductor sabe, es un juego con riesgos: perder algo, ganar lo inesperado.

Alguna vez habrá que hablar en serio de este rasgo triste de nuestras culturas: esto de que, al no saber cómo queremos ser, exageramos el peso de cómo somos. Esto de que, en lugar de dejar atrás nuestros orígenes para construirnos, nos aferramos a esos orígenes más que a nada.

Esa sí será una discusión interesante. Mientras tanto, la columnista holandesa y les miles que le hicieron eco consiguieron algo: que perdamos el tiempo con una tontería. Que interesa, si acaso, porque pone en escena el mecanismo más contemporáneo: cuando algo parece imposible por demasiado estúpido, sucede.

Es, sospecho, la marca de estos días.

Memorias de La Negra

Mañana es -como todos los días- el Día de la Mujer. Es una buena excusa para recuperar aquí esta charla con una de las grandes mujeres argentinas: Haydée Mercedes Sosa, cantante, militante, que habría festejado, hace un par de meses, que el aborto sea por fin libre y gratuito en nuestro país. Desde aquella tarde pasaron veinte años; ella murió hace doce pero en la Argentina sigue siendo, con perdón, La Negra por antonomasia.

La pregunta era de ésas que nadie querría hacer:

–¿Es cierto que me van a matar?

Preguntó aquella tarde de 1975, tras recibir la amenaza de la Triple A, a un militar que alguien le había presentado.

–No, ¿quién la va a querer matar a usted, señora?

Le contestó el oficial, pero las amenazas siguieron llegando. Entonces Mercedes Sosa empezó a cantar custodiada por militantes de variadas izquierdas, y a viajar con “un compañero del partido, pero él lo único que tenía era una 22. ¿Qué podías hacer contra ellos con una 22?”, dice, ahora, y se pasa una mano por la cara, como quien espanta. Había muchos, parecía, que querían matarla. O, al menos, eso decían.

–¿Y mientras cantabas qué pensabas, qué te imaginabas?

–Nada, ahí no te podés imaginar nada, porque si te imaginás, con el miedo, no te sale la voz. Y lo mío es cantar, yo nunca quise callarme, por nada, por nada.

Yo no se lo había preguntado. Ella sola empezó a hablarme de esos años: me estaba mostrando premios, diplomas, discos de oro, martínfierros, konex y otras estatuas que pululan en un departamento muy coqueto que usa para recibir periodistas y alojar a amigos extranjeros, cuando la mirada se le enturbió frente a un retrato que le hizo, en aquellos días, el maestro Carlos Alonso. En el retrato, Mercedes Sosa tiene los ojos del conejo frente a la escopeta:

–Mirá cómo estoy en ese cuadro. Qué angustia que tenía, qué tremendo. Era cuando acababan de condenarme a muerte…

Me dijo, y empezó a contarme su historia política.

.

–Yo me afilié al partido Comunista en el año 64, 65, y estuve hasta el 86, 87, que me desafilié porque siempre andaban cambiando la gente, sacándolos, decían que estaban locos… Entonces yo dije antes que digan que estoy loca yo me voy. Pero no fue por la caída del Muro de Berlín, o el comunismo en Rusia. Yo no sé si en Rusia yo hubiera sido comunista. Acá para nosotros era una ensoñación ser comunista, y en Rusia yo no sé… Alguna gente me odiaba porque yo era comunista. Me acuerdo una vez en París que Paco Ibáñez llegó con una mujer medio borracha que me empezó a atacar por comunista, como si nosotros mandáramos a matar a la gente, algo así. Estaba borracha pero era una pelotuda: mirá si yo voy a mandar matar a alguien… Yo, que no mato ni a un pollo.

Mercedes Sosa empezó a cantar en una época en que era difícil ser artista o intelectual y no ser de izquierda. Y entre los folkloristas había un núcleo comunista importante: Isella, Tejada Gómez, Guaraní.

––Yo nunca fui de estar en reuniones del partido, yo soy una cantante nada más: mi misión era cantar. Yo siempre fui a lo libre, era muy difícil ponerme el Lenín por delante: siempre he dicho lo que pensaba sin consultar a nadie, y vos sabés que los partidos se llevan mal con esa gente. Ser comunista a veces se hacía muy difícil, te marginaban mucho. A veces te marginaba tu misma gente, la gente de izquierda. Los montoneros decían que yo no era revolucionaria. Y no. Revolucionaria de matar a la gente, no. Yo creo que las revoluciones son de mucha gente, no de unos pocos que tienen las armas. Hacer la revolución, hacer la guerra es fácil; programar la paz es lo difícil. Pagar la paz es difícil. Porque la paz se paga con muchas vidas, con muchos muertos amados, como acá…

Después del golpe las amenazas siguieron, pero Mercedes Sosa se resistía a dejar el país. No le habían prohibido que se quedara, pero no la dejaban trabajar:

–Los militares no querían que yo cantara, querían que yo me vaya, yo era una molestia para ellos. Y entonces decían que yo era trotskista, y yo no era, no tenía conocimiento del trotskismo… Yo me acuerdo que cantaba una canción de Tejada Gómez que decía “de este país no se va nadie/ no se va nadie”. Yo luchaba por no irme, yo sabía que la iba a pasar muy mal… Y aguanté como tres años, pero en 1979 no me quedó más remedio..

Entonces vinieron los años del exilio, de aprender a ser otra, de arreglárselas sola en lugares que no conocía:

–Fue muy difícil, muy difícil. Mi compañero se acababa de morir, yo no sabía ni hacer un cheque, no sabía…

En esos años vivió en París, cantó, viajó, añoró:

–Las cartas, Martín, las cartas. Yo me acuerdo que le escribía a gente que casi no la conocía, sólo para tener cartas, para que me escribieran cartas.

Mercedes extrañó, y se extrañó con ciertas defecciones. Como cuando pasó unos días por Buenos Aires y nadie la saludaba por la calle, ya no la reconocían, la ignoraban. O cuando se dio cuenta de que Rusia, la patria del comunismo, no la invitaba a cantar:

–Ha debido ser por las relaciones carnales que tenían los soviéticos con los militares argentinos, me imagino. Yo estaba desesperada. Cuando quise volver, en el 82, estaba en París y fui a consultar a una bruja que tenía el péndulo ése para ver el futuro. Y la bruja me dijo que no tenía que volver, que me quedara. ¡Pero qué le iba a hacer caso a la bruja ésa, si yo lo único que quería era volverme para acá! Estaba desesperada…

–¿Y ahora seguís creyendo en algún tipo de revolución?

–¿Cómo no voy a seguir creyendo que hay que cambiar las cosas? ¿Cómo no vas a creerlo, si ves una mierda de villa miseria, esos niños que han nacido signados por la pobreza, por las desigualdades, por no tener escuelas, hospitales? ¿Cómo no vas a creer? Las cosas deben cambiar, se necesitan los cambios. Y alguien tiene que decirlo. Acá cada treinta minutos muere una mujer antes, durante o después del parto o del aborto. Entonces no puede ser que ésto no se cambie. Hay 94 millones de niños cagados de hambre en este continente latinoamericano. Los de la Unicef me dan un pasaporte diplomático para que haga campaña a favor de los niños. Pero si piensan que yo no voy a hablar, mejor que no me lo den. Yo les dije: espero que no se arrepientan, porque yo no me voy a callar. Yo toda la vida he puesto el dedito en la llaga de los dolores de la gente. Y ahora uno de los problemas más terribles es la hipocresía que hay sobre el aborto.

Mercedes Sosa siempre habla muy intenso, con la mirada perdida en algún punto más allá, distante, y esa voz de la tierra. Pero ahora que se acuerda del aborto se exalta, se encocora:

–Yo sé que el aborto es tremendo. Yo he hecho abortos. Después que tuve a mi hijo, el Fabián, tuve que hacer un aborto porque tenía una enfermedad que cuando me quedé embarazada me mareaba, veía triple, no podía pararme: me sentía muy mal. Y me tuve que hacer un aborto, y el dolor ahí abajo es tremendo, es como si hubieras parido pero encima te vas sin el hijo. Yo no me acuerdo que me haya dolido tanto cuando tuve a mi hijo. Entonces tenés que hacer un aborto, te sentís una puta, y encima te tratan como a una bestia. Esos dolores me han golpeado, toda la vida. Ver el sufrimiento de una madre tan jovencita… ¿Cómo va a poder criar el hijo sin el compañero, si ya con el compañero es tan difícil…? La vida de la mujer realmente es tremenda.

Dice Mercedes Sosa, y llora. Despacio, sin alardes: un par de lágrimas que se le escurren bajo los lentes coloreados. Pero no se calla:

–Por eso yo les dije a los de la Unicef: yo voy a hablar por los niños, pero también voy a decir que estoy a favor del aborto. El aborto cuidado por médicos y por anestesistas, no con una tipa que te maltrata y te mete fierros ahí adentro y te arranca todo de cuajo…

Dice, y se agarra con las manos el vientre, como quien se protege. Es difícil decirle nada, y es difícil callarse.

–Y encima a estos Estados les encanta llevar la voz del Papa, que dice que el aborto está mal. El aborto está mal porque es doloroso, es tremendo. Entonces el Estado lo que debe hacer es cuidar la salud de las chicas jóvenes, darles las píldoras; eso tiene que ser obligatorio en los hospitales. Y hay que explicarle a las madres que se dejen de joder pensando que tienen una hija virgen toda la vida. La sociedad es pacata, hipócrita de mierda… No saber que su hija a los 15 años puede enamorarse y hacer el amor y quedar embarazada es creer que su hija es una santa. Y no hay santas: hay hijas que han nacido del útero de una madre. Es difícil decirle esto a las mamás, y encima a mí me ven cómo santa Mercedes, no se por qué; yo no soy ninguna santa, y les quiero decir que les enseñen a sus hijas a cuidarse, a tomar la pastilla. La gente que tiene dinero se hace abortos que no duelen tanto, aunque igual duelen terriblemente. Pero imagínate esas chiquitas pobres, solas, que caen en las manos de cualquiera… Por eso el Estado tiene que intervenir, y por eso, por supuesto que yo siempre voy a estar en contra de esas injusticias contra las mujeres, contra todos nosotros.

Mercedes Sosa tiene 64 años y un vestido de algodón liviano, un collarcito de perlas, un anillo de brillantes y los anteojos de marco dorado: todo sencillo y las uñas de los pies pintadas de rojo juguetón. Está sentada en una silla de respaldo duro, muy derecha, para evitar los dolores de la espalda. Por momentos le cuesta moverse, levantarse, inclinarse, pero cuando habla irradia una especie de fuerza extraña, indescifrable:

–Claro que hay que hacer cambios, pero yo creo que los cambios en esta América nuestra, con tantas democracias falsas como hay…

–¿Por qué falsas?

–Falsas porque acá los amigos de los gobernantes se han hecho ricos, y la democracia es para que se reparta, para que todos vivan mejor, no para que unos se hagan ricos y los otros se mueran de pobreza. La democracia es para que haya hospitales, buenos maestros, no para hacer países como éstos. Son tremendos: a lo mejor, en otros países, a los 12 años las niñas hacen la calle por la heroína, y en los nuestros hacen la calle por la comida… ¿Y cómo se puede cambiar esta situación, este sistema tan mal hecho, con tanta pobreza? Eso tiene que saberlo la gente como ustedes, los estudiosos, la gente culta… Yo lo único que puedo hacer es cantar: no tengo otro camino.

Dice, y después se pone reflexiva:

–Es difícil hacer estos cambios, pero yo no creo que sea imposible. Lo que pasa es que hubo tantas mentiras desde el poder, tantas falsedades, tanta gente que metió la mano en la lata, que vivían en tres ambientes y se compraron un petit–hotel con pileta de natación… Mucha gente de ésa se ha acostumbrado a robar, y ahora hay que desacostumbrarlos.

Mercedes Sosa me cuenta que estuvo en Tucumán y que ahí sí la pobreza se ve en las calles, y que aunque hayan ganado una elección eso no significa que vaya a cambiar nada de un día para el otro. Yo le pregunto cómo le fue: había pasado mucho tiempo sin volver a su provincia como protesta por la elección del general Bussi.

–Yo tenía mis dudas, porque aquella vez que hablé de la bronca que tenía con los tucumanos por haber votado a ese hijo de puta, estuve muy fuerte. Pero la gente me volvió a recibir con mucho amor…

Dice Mercedes Sosa y hablamos de su trabajo, de sus posibilidades de elegir dónde canta, para quién:

–Ahora acabo de rechazar una oferta de Israel para ir a cantar la Misa Criolla. No me querían pagar lo que yo pedía, y no fui. Yo elijo para quién canto gratis. Yo gratis voy a cantar para la Fundación Huésped, para el padre Farinello, en quien creo, para la hermana Pelloni, que tiene esos ojos de una bondad, de un brillo… Se ve que son personas que están bien con ellos mismos. Estoy harta de cantar para gente que no sirve.

–¿Cómo quién?

Le pregunto, y Mercedes Sosa empieza a contarme un concierto en Lausanne para suizos ricos vestidos de gala, y que cuando empezó a cantar “líbranos de aquel que nos domina/ en la miseria” los miró y pensó en eso que decía John Lennon, que los de adelante podían aplaudir con sus joyas, me cuenta, y siguió cantando “venga a nos tu reino de justicia/ y de igualdad”, me cuenta, y canta: su voz sale de la nada y se eleva de pronto, y es muy impresionante.

–Y entonces me vine para atrás y lo miré a Colacho, que tocaba conmigo y le dije: hijos de puta, yo no quiero cantar para éstos…

Me cuenta Mercedes Sosa y que después se fueron al hotel y ella dijo: ahora nos vamos a cobrar.

–Entonces nos fuimos al restorán y nos pedimos un Punt e’Mes, un whisky, un buen vino francés, buena carne, un champaña… La borrachera que nos agarramos, mirá, la curda… Yo me acuerdo que estaba en el suelo de mi habitación y cantaba: rara, como encendida… Al otro día, cuando tuve que bajar al lobby del hotel, me miré en el espejo y me dí cuenta de que tenía el sombrero verde y las botas y no me había puesto el vestido…

–No, el 31 a la noche Charly me invitó al Divino, pero ahí yo no voy… ¿Qué voy a hacer ahí, yo?

Mercedes Sosa tiene una memoria increíble. A veces se va de un tema, pero siempre vuelve: sabe de qué está hablando todo el tiempo, y puede dedicarle un rato a los detalles más pequeños de un choque de hace veinte años: es una narradora nata. Si esto sigue así voy a empezar a cantar, para vengarme. Pero, mientras, me cuenta que el día de Año Nuevo se fue a Rodizio y bailó un par de cumbias y la pasó muy bien, hasta que la empezaron a joder con los autógrafos, dice, y le pregunto si cuando era chica se le ocurría que su vida podía llegar a ser lo que es.

–No, no, yo nunca… Yo siempre canté, pero nunca pensé que iba a ser artista. Yo pensé que iba a ser ama de casa, que cuando me case no iba a cantar más. Para mejor mi papá en todas las fiestas familiares me quería hacer cantar, y yo lo odiaba a mi papá por eso, pobre. Sí, mi hija canta, canta muy bien. ¡Cantá, Merce! Ay no, papá, por favor, no.

–¿Por qué no querías cantar?

–Porque yo cantaba y se me iban todos los novios que tenía… Los chicos no quieren estar con una persona que es distinta. Yo de jovencita era delgadita y todo, pero cantaba y no querían saber más nada. Así que yo le decía mamá, por favor, digalé que no me haga cantar en los casamientos…

Es curioso: su mejor arma empezó por ser un handicap, una desventaja. A veces es así. Ahora, llena de distinciones y respeto, le pregunto cómo usa el poder que ha conseguido.

–¿Qué poder tengo yo? Yo no tengo ningún poder. Mi único poder es poder llenar una cancha, poder trabajar con mis compañeros, que vivamos de esto, que no hayamos recibido medallas de gente que no nos gusta.

Dice, y me cuenta que el año pasado, cuando su madre estuvo internada, el secretario de Menem la llamó para preguntarle cómo estaba todo y le pidió que esperara un rato porque el presidente quería hablar con ella.

–¿Cuánto?

–Veinte minutos.

–No, no puedo, porque me voy a la carpa de los docentes.

Dice Mercedes que le dijo, y que entonces Menem la llamó enseguida y ella le agradeció su atención y le dijo que se iba a la carpa blanca, me cuenta ahora y se ríe, y yo le digo que eso es poder, una manera del poder. Pero ya estamos hablando de enfermedades, y Mercedes Sosa recuerda la suya: fue hace tres años, y se pasó muchos días en la cama, muy débil, sin saber qué tenía. Sólo sabía que quería dormir, que cada vez que se despertaba se sentía mal, mareada, dolorida, y no quería despertarse: que había llegado al fondo.

–Un día le dije a María mire, no me traiga más nada. Y ella me preguntó por qué. No, porque ahora ya quiero morirme, no quiero que me dé nada, no voy a comer más.

Dice, con la voz muy baja, y le pregunto cómo salió. Entonces me habla de un par de remedios, de una boliviana que le cantó, desde Oruro, unas mamitas que ella escuchó en la voz de un pájaro muy extraordinario que llegó a su ventana, y de una pareja de palomos que se instaló bajo su balcón, en una palmera, empollando sus huevos. Que la paloma la miraba con sus ojos rojos, que sabía que ella la cuidaba, que cuando tuvo sus palomitos se fue, porque la rama no alcanzaba para todos:

–Y me sentí muy triste cuando se fue, me dolió mucho. Pero ahí ví que había muchos pájaros, que antes yo no les hacía caso. Yo todo esto de las plantas, los pájaros lo descubrí cuando estuve por morirme: quizás yo antes no tenía esa sensibilidad que me dio la enfermedad. A mí el campo nunca me importó, yo era como Charly: no me banco las hormigas, por favor pasame el raid.

Dice, y se ríe: es un cambio de clima.

Pero yo quiero saber si en esos momentos de enfermedad pensaba en Dios, y Mercedes me dice que sí, que cómo no pensar.

–¡Madre mía, cómo no pensar en Dios en ese momento! Tanta soledad, tanta soledad… Lo que la gente no sabe es que el enfermo está solo, aunque esté acompañado. Es tan duro… y el momento en que me pude levantar y bañarme, sentir el agua sobre la cabeza, fue un momento tan único, tan hermoso, que ahí uno dice gracias Dios mío, gracias…

Dice Mercedes Sosa: de nuevo habla bajito, despacio, con palabras que pesan y le pesan. Y me cuenta de su necesidad de creer, de su madre tan católica, de cuando fue a llevarle flores a la virgen de Luján y a la del Valle, dice, y canta una canción al niño Jesús y todo se detiene, se suspende.

–Ahí me dí cuenta de que yo nunca me fui del todo de Dios. Yo nunca tuve actitudes despectivas con la Iglesia… Algunos curas no me gustaban, algunos obispos: hay gente muy desagradable en la Iglesia. Pero cómo no vas a amar al obispo de Neuquén, a monseñor de Nevares, que luchó tanto por los obreros de allá. No se puede ser tan rígido en algunas cosas. En lo único que se debe ser rígido es en el comportamiento con los demás: no robar, no engañar a la gente…

–¿Y vos dirías que sos católica, ahora?

–No sé si católica; creo en Dios. No me preocupa no ser católica practicante, porque si fuera yo no te hablaría del aborto. Yo creo que Dios debe saber cuánto está sufriendo una madre mientras le hacen un aborto. Mirá, no había pensado en eso. Vos me preguntás si soy católica ahora, y yo te digo: ¿habré sido católica alguna vez? ¿O por qué dejé de ser católica? ¿En qué momento me alejé de la grey cristiana? Quizás yo no fui, pero… he creído mucho más que ellos, porque he hecho más cosas que ellos contra las injusticias, contra las desigualdades. Realmente, yo he creído mucho más que ellos.

Dice, y me dice que se nos hizo tarde, que ya ha pasado mucho tiempo. Yo no lo había notado.

Página 1 de 7

Funciona con WordPress & Tema de Anders Norén