un cuarto –medio medio– propio

Autor: chachara Página 2 de 7

El hambre sigue aquí

Hace siete años publiqué un libro que se llamaba El Hambre e intentaba entender por qué, en un mundo que ya puede de producir alimentos para todos sus habitantes, todavía hay cientos de millones de personas que no comen lo que necesitan. En estos días se publica la primera edición revisada y actualizada con las cifras y datos más recientes. Por desgracia, no fue necesario cambiar prácticamente nada en el análisis: las causas, las razones siguen siendo las mismas.

Aquí, el inicio del prólogo: .

El panorama no es alentador. Cuando apareció este libro la situación mejoraba levemente: la cantidad de personas desnutridas había disminuido lentamente durante los veinte años anteriores. Y aún así era una tragedia. Ban Ki Moon, el ex secretario general de las Naciones Unidas, había advertido que cada cuatro segundos una persona moría de hambre, malnutrición y todas las enfermedades relacionadas: diecisiete cada minuto, veinticinco mil cada día, más de nueve millones cada año –pero eso no parecía importarle a nadie.

Y entonces la cantidad de hambrientos empezó a crecer otra vez. En América Latina, por ejemplo, la FAO calculaba que eran unos 39 millones en 2015 y en 2019 ya llegaban a los 48 millones; en África contaba 217 millones en 2015 y 250 cuatro años después; en Medio Oriente, 27 y 30.

Las explicaciones son muchas y son discutibles –de eso trata este libro– pero la pregunta central sigue siendo la misma: ¿cómo carajo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?

¿Cómo podemos vivir en un mundo que, pese a su capacidad de alimentar a todos sus habitantes, soporta que más de 800 millones de ellos no coman suficiente? ¿ Cómo, en un mundo donde el hambre sigue siendo la epidemia más mortal, que mata más personas que la malaria, la tuberculosis y el sida juntos? ¿Cómo, con la conciencia de que podríamos solucionarlo si nos lo propusiéramos pero no lo hacemos?

Sigo creyendo que el hambre debería ser nuestra preocupación principal: que el orgullo de un mundo sin hambre es la meta más gozosa que podría imaginar. Y sigo pensando que, para conseguirlo, el primer paso es saber y el segundo entender –las metas imposibles de este libro. El tercero sería actuar, pero eso está más allá de sus posibilidades; es, quizá, parte de las suyas si usted lo decide, se decide, quiere.

Y aquí, el final del epílogo:

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Los llamados empezaron a fines de abril, o quizás en los primeros días de mayo. Eran radios, sobre todo, en esos días de confinamiento, o algún programa de televisión por zoom o por skype, y querían preguntarme qué pensaba sobre el aumento del hambre que traería la pandemia. Me sorprendieron, porque hacía mucho que nadie me preguntaba nada sobre el hambre. Pero resulta que la FAO había vuelto a atacar con sus cifras y eso, entonces, inducía las preguntas.

–¿Qué opina de esos cálculos que dicen que habrá entre ochenta y ciento treinta millones de hambrientos…?

Ya sabemos que los números de la FAO son tan dudosos pero que, al mismo tiempo, son los únicos. Por eso no les hice mucho caso cuando publicaron que “una estimación preliminar sugiere que la pandemia puede agregar entre 83 y 132 millones de personas al número total de desnutridos del mundo”. Pero los periodistas, confiados, confinados, sí lo hicieron y empezaron a llamarme para preguntarme por ese dato que, pese a todo, les había llamado la atención. Eran, a fin de cuentas, como cien millones de personas.

–¿Y por qué se preocupan ahora por cien millones más cuando hace tres meses no se preocupaban por los 800 millones que están pasando hambre siempre? ¿No les parece un poco hipócrita?

Les contesté más de una vez. Lo siento, pero me cabreó. Pensé que quizás se trataba de su idea de “noticia”: que esos 800 millones siguieran allí no era nada nuevo; en cambio la aparición de millones más lo era. Quizá fuese nuestra incapacidad para contar lo que no sucedió dos días atrás, para hacer del mundo en que vivimos una explosión de historias. O si acaso cinismo puro y duro: con algo hay que llenar la pantallita y esto podría impresionar al público y mostrarnos como buenas personas preocupadas. Hasta que busqué el comunicado de la FAO y lo volví a mirar. Allí –aunque ninguno de los periodistas que me llamaron la citó– yacía agazapada la razón brutal: “Pockets of food insecurity may appear in countries and population groups that were not traditionally affected”, decía: que unos “bolsillos de inseguridad alimentaria –burocratés a tope– pueden aparecer en países y grupos de población que no eran tradicionalmente afectados” –por el hambre, se entiende.

Allí sí había una clave –y es, probablemente, una de las claves de la pandemia–: que, así como empezó a morirse gente que antes no se moría, empezarían a pasar hambre personas que antes no. Que, por acción y efecto de los viruses, el hambre podría perder, en ciertos casos, su característica principal: ser algo que les pasa siempre a otros.

En las calles de Madrid, donde ahora paro, hay colas de personas que piden alimentos. Muchos de ellos, cuentan, nunca antes pidieron comida –pero se han quedado sin trabajo, sin ahorros, sin reservas o ayudas y no les queda otra. Dicen que unas 250.000 personas reciben ayudas alimentarias en Madrid, uno de cada quince habitantes de la capital de uno de los quince países más ricos del mundo. Dicen, también, que en Nueva York ya pasan del millón y medio.

La demanda se dispara, la oferta no acompaña. La emergencia tiene un doble efecto: por un lado, algunos que no solían pedir ahora lo hacen y, por otro, algunos que querrían dar ahora no pueden. Pero algunos que no solían ayudar ahora lo intentan.

La situación se deteriora, y te dicen que es culpa del coronavirus. Es y no es. El virus no causa nada: agudiza, si acaso, los problemas existentes, desigualdades existentes, pobrezas existentes. Desvela, revela, lleva al límite: es el leve empujón que desbarranca a los que sobrevivían en el borde.

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El corona empezó con una aureola de igualdad: nos atacaba –nos ataca– a todos. Pero rápidamente la desigualdad empezó a manifestarse con fuerza, con brutalidad. Estaba, para empezar, la desigualdad fundamental entre los que podían darse el triste lujo de encerrarse –no trabajar o trabajar encerrados– y los que no, los que debían salir a la calle a buscarse la vida. Es decir: los que se aburrían e inquietaban y asustaban pero sabían que todo consistía en armarse de paciencia, y los que sabían que si eso seguía así ya no sabrían más nada.

Y estaba la desigualdad básica de tener que confinarse cuatro o cinco en un piso de sesenta metros o siete u ocho en un ranchito o cuantos fueran en una casa con jardín. Y la desigualdad de estar moderna y abundantemente conectado e informado o tener que enterarse de alguna cosa cada tanto. Y la desigualdad de saber que si te enfermabas tenías que ir a tentar la suerte a un hospital colmado y mal provisto o tenías “derecho” a una atención cuidada y moderna porque lo has pagado –lo que te ofrece incluso la opción de reclamar, porque el cliente, a diferencia del ciudadano, siempre tiene razón.

Y estaba la desigualdad de poder comprar las mascarillas y alcoholes y remedios necesarios, o no poder comprarlos. Y la desigualdad entre los que debían trabajar en contacto con personas –sanitarios, cajeros de supermercado, policías, choferes– y los que no. Y los que podían convertir su trabajo en teletrabajo y los que no. Y los que podían desplazarse seguros en sus propios coches y los que debían amontonarse en un transporte público, y había tantas más diferencias y desigualdades y cada una de ellas tenía dos facetas: la desigualdad social, entre personas de distinta clase en un mismo país, y la desigualdad nacional, en que todos los habitantes de un país tenían ventajas sobre los de otros.

Y, por supuesto, la desigualdad más bruta, más primaria: tener o no tener comida.

Queda dicho: las cifras del hambre no son fiables. Pero, pese a todo, estaba claro que, tras una disminución a principios de la década pasada, la cantidad de hambrientos empezó a aumentar en 2014 o 2015: se debió, en general, a la baja de los precios de las materias primas, que complicó las economías de los países pobres que las producen en Latinoamérica o en África, y a otros reveses económicos. Así estábamos, en esa caída leve pero sostenida, preocupante, cuando la crisis del corona mandó todo al carajo: decenas de millones de personas dejaron de comer lo suficiente.

Y, queda dicho: son los de siempre pero no solo los de siempre. La movida no tiene muchos precedentes. Por eso es difícil  prever adónde va; hoy, noviembre 2020, no se puede ver dónde nos lleva. Más allá de mi cólera, cien millones de personas que empiezan a pasar hambre casi de repente es un desastre pocas veces visto. Muy pocas veces visto. Va a producir efectos, va a tener consecuencias.

Cuáles, es la pregunta decisiva.

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¿Nos servirá para aprender, para intentar cambiar? ¿Les servirá a los estados para reafirmar su necesidad –y su poder extraordinario? ¿Sabremos reclamarles que se ocupen en serio de los que lo precisan? ¿Será posible que lo hagan sin aumentar sus coacciones? ¿Podremos sacudirnos el imperio del miedo? ¿Nos asustaremos aún más cuando veamos que faltan tantas cosas o saldremos a buscarlas por los medios que sean? ¿Habrá más libertades, más represión, más comprensión, más aspereza? ¿Habrá más hambre? ¿Habrá pelea?

¿Será el principio de algo o será el fin de nada?

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Estamos, como siempre, en una encrucijada.

Ni una mujer

Martín Caparrós

Todos hombres: era muy impresionante que fueran todos hombres. Miraba esa película deliciosa de 1961, Le Président, de aquellos tiempos en que los franceses querían ser más elegantes que profundos, hirientes que sentidos, y producían unos diálogos muy artificiales y casi perfectos a la manera de Sacha Guitry. Y el guión era de Georges Simenon y la dirección de Henri Verneuil, y Jean Gabin, viejo y enérgico, hacía de ex presidente y se reía del mundo. Pero nada de eso importa ahora: lo que me impresionó fue aquella imagen de la Cámara de Diputados en París: todos señores, todos.

Todos: ni una sola mujer. Y ahora, recuperando el clásico 12 angry men –Sidney Lumet, 1957, cumbre de Henry Fonda– la sensación vuelve con fuerza porque no es sensación sino avalancha de imágenes: entre esos doce jurados discutiendo hasta la extenuación no hay ninguna mujer. Todos señores, todos.

Son imágenes que hace no mucho, cuando yo nacía, resultaban normales –y ahora inverosímiles. Fines de los ’50, principios de los ’60 era una época que pensamos feliz, eran mis primeros años, y las imágenes me impresionaron y empecé a buscar más. Imágenes de los ’20, los ’30, los ’40, y el modelo se repetía en todas: las instituciones estaban hechas de señores. Y entonces sí terminé de formularme la pregunta tonta, que no había pensado antes –ni leído–: ¿se podría decir que pocos procesos produjeron tanta expulsión de las mujeres de la vida pública, de las distintas formas del poder como la democracia?

“Los dioses ya no estaban, Cristo todavía no estaba; hubo, entre Cicerón y Marco Aurelio, un momento único en que solo estuvo el hombre”, le escribió Gustave Flaubert a una amiga hace justo 160 años. La época en que –en el poder– solo estuvo el hombre empezó, creo, poco después. Creo; es, insisto, una hipótesis que habría que trabajar, pero hay algunos datos. En 1861, cuando Flaubert escribía aquella carta, la reina Victoria ya llevaba 24 años en el trono inglés y le quedaban todavía cuarenta; en España la segunda Isabel tenía 28 de reina por detrás –desde sus 13– y siete por delante.  En la India Lakshmi Bai, reina viuda de Jhansi, moría a la cabeza de una gran revuelta contra los británicos, y en Holanda pronto nacería la reina Guillermina, la de los zapatitos. E incluso Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia, discutía con su Napoleón de tercera los destinos de su reino. Los hombres eran, por supuesto, gran mayoría en todos los poderes pero aquellos regímenes arcaicos tenían, por esas cosas de la sangre y los amores, algún sitio para las mujeres. Las democracias acabaron con él.

En Occidente, en la segunda parte del siglo XIX, cuando los sistemas eleccionarios terminaron de asentarse, las mujeres perdieron las últimas opciones que les quedaban para participar de alguna decisión. No votaban, y a nadie –prácticamente nadie– se le ocurría que debieran hacerlo. No emprendían, no dirigían empresas, no dictaban clases ni sentencias, y a nadie –prácticamente nadie– le parecía que debieran hacerlo. Ni a ellos ni a ellas: no era que no pudieran, era que no lo pensaban. Vivían, como todos, en su época, convencidos de sus convicciones, sin la distancia y la voluntad necesarias para ponerlas en cuestión, creyéndolas el orden natural.

Salvo, por supuesto, las inadaptadas de siempre, las extremistas habituales que pedían algo totalmente disparatado, fuera de cualquier lógica, algo que no se hacía porque nadie lo hacía ni tenía sentido que se hiciera. Se llevaban las burlas y los ataques de rigor pero poco a poco, a fuerza de pelear, fueron logrando algunas cosas. El símbolo, la palanca, era votar. En Nueva Zelandia, pionera, lo consiguieron en 1893; las demás ya en el siglo XX: Australia, Escandinavia, Canadá y las nuevas repúblicas soviéticas hacia 1917; justo después Inglaterra, donde empezaron por las mayores de 30 dueñas de algo.

Y así de seguido: en España el voto femenino llegó con la República de 1931, aunque algunos de sus diputados lo rechazaban con argumentos muy científicos: “¿Cuál sería el destino de la República si en un futuro próximo, muy próximo, hubiésemos de conceder el voto a las mujeres? Seguramente una reversión, un salto atrás. Y es que a la mujer no la domina la reflexión y el espíritu crítico; la mujer se deja llevar siempre de la emoción, de todo aquello que habla a sus sentimientos, pero en una mínima escala de la verdadera reflexión crítica”, decía entonces Roberto Novoa, diputado republicano gallego y catedrático de Patología de la Universidad de Madrid. Y otros y otras –Victora Kent, por ejemplo, radical, la primera abogada española– lo apoyaban con argumentos de conveniencia política: las mujeres era, se sabía, conservadoras, y dejarlas votar significaría el retorno al poder de la derecha oscurantista.

Después, con los mismos miedos, los mismos obstáculos, la onda siguió, lenta, laboriosa: el voto femenino empezó en Francia e Italia en el ’45, Argentina en el ‘51, México y Perú en el ’55, Colombia en el ’57, Catar en 1999. Lo sabemos, y de algún modo lo olvidamos. Por eso es tan brutal ver esas imágenes de hace no tanto tiempo, esas imágenes tan “democráticas” como un parlamento o un jurado popular –de puros hombres. De pronto, entonces, me parece claro que no hubo, en el Occidente clásico, ningún momento en que las mujeres estuvieran tan sólidamente apartadas de toda forma de poder como esas décadas en que se fue instalando la democracia de delegación: en que, primero, hombres elegían hombres y, después, con gran esfuerzo, mujeres los seguían eligiendo.

Esa época trajo avances importantes de la igualdad en otros campos; en este, nada. Es un ejemplo fuerte de cómo la historia nunca es lineal, nunca unívoca: cómo ciertos “progresos” conviven con brutas regresiones. Y cómo a millones de personas les puede parecer tan normal algo que años después otros tantos millones encuentran aberrante. Es ese principio que olvidamos tan fácil, tan a gusto: sobre todo, pequeño saltamontes, nunca te creas eso que creés.

Mejor quemar

Martín Caparrós

Están quemando: jóvenes españoles llevan unos días enfrentándose a la policía en un par de avenidas de Madrid, Bilbao, Valencia y, sobre todo, Barcelona y, eventualmente, queman contenedores de basura e, incluso, rompen escaparates o vitrinas o vidrieras. Y medios y políticos y parroquianos españoles lanzan todo tipo de grititos indignados: queman, dicen, roban, dicen, caos en las calles, dicen, la anarquía y dónde vamos a ir a parar con estas cosas. Solo algunos, los más brutos, piden mano dura –y los demás lamentan civilizadamente, comprensivos.

Es todo un espectáculo, aunque el esfuerzo de producción es módico: al fin y al cabo son, en cada sitio, mil, dos mil muchachis que corren y queman. Y todos hablamos de ellos. Por una vez, todos hablamos de ellos.

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Los muchachis no lo consiguen a menudo. Están jodidos: los jóvenes españoles actuales son la avanzada de una forma de estar en el mundo que consiste en no tener lugar en el mundo. Nos va a pasar cada vez más: los empleos desaparecen, las máquinas se imponen, sus dueños ganan al no tener que pagar sueldos porque hay máquinas que pueden hacerlo o pagar sueldos cada vez menores porque hay máquinas que podrían hacerlo y mucha gente que necesita hacerlo, así que se forran y concentran y no reparten porque los estados que deberían servir para obligarlos no sirven. En las próximas décadas la historia del mundo será la historia de la pelea por los beneficios de la automatización entre sus patrones, que quieren guardárselos, y sus víctimas, que quieren conseguirlos. La renta universal, entre otras iniciativas, es el principio de esa lucha.

Pero, más allá de largos plazos, lo cierto, aquí y ahora, es que esos jóvenes se prepararon mucho y les prometieron mucho y dos de cada cinco no tienen trabajo y cuando lo tienen no es lo que querían y no saben qué van a hacer con sus vidas y viven en sociedades que no les gustan un carajo. Y no parece que puedan hacer mucho frente a eso.

–No te preocupes, Paco. Espera las elecciones del 2023 y vas a ver cómo tu voto cambia todo.

¿Qué hace alguien si tiene 25 años y ve que la vida se le empieza a ir sin muchas chances de que sea distinta, de que se parezca a lo que había imaginado? ¿Dice oh, qué pena, la vida se me empieza a ir sin muchas chances de que sea distinta y no se parece a lo que había imaginado, cáspita zambomba, o busca alguna forma? Por suerte muchos buscan formas, pero a menudo tampoco las encuentran. La idea de hacer política se jodió hace mucho, cuando los partidos clásicos demostraron que están ahí para que nada cambie; la idea de hacer política de otras maneras se jodió bastante cuando los que la difundieron hace unos pocos años empezaron a hacer política de las mismas maneras que aquellos que querían reemplazar –personalismos, poderes, privilegios–, y por el momento no hay muchas más ideas. Por no haber, ni siquiera hay un proyecto claro de cómo podría ser esa vida distinta; solo la conciencia –la evidencia– gritona de que esta así no era.

Ni hay muchas formas de mostrarlo. Si miles de muchachis se hubieran reunido en una avenida de Madrid o Barcelona y hubieran desplegado unas pancartas y cantado unas cositas, nadie se habría enterado.

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Vivimos en una sociedad de la eficacia, donde nos repiquetean con la demanda de eficacia todo el tiempo, pero las vidas de millones son un canto a la ineficacia: la ineficacia, sobre todo, de prepararse intensamente para nada, de invertir horas y horas y energía para no conseguir ninguna rentabilidad, de no cumplir siquiera con esos criterios ajenos: “fracasar”.

Son vidas tan ineficaces. En cambio quemar es eficaz: cumple con los baremos, es rentable. Por un rato de correr y tirar alguna piedra y encender algún fuego esos muchachis consiguen una repercusión que no conseguirían en –casi– ninguna otra circunstancia. Consiguen que diarios y televisiones y redes y políticos y parroquianos hablen de ellos: que usted y yo, incluso, tan distraídos de ordinario, pensemos en ellos ahora mismo. Y se pone en discusión el problema coyuntural de la libertad de expresión de un gritón medio bobo pero, más que nada, el problema permanente de tantos.

Y todo porque quemaron unos cuantos contenedores, tiraron unas cuantas piedras, se llevaron unas cuantas hostias y unas cuantas zapatillas: el negocio es redondo. O, dicho de otra manera: si este artículo se titulara “Graves problemas de la juventud actual” usted no lo estaría leyendo. Lo empezó a leer porque se llamaba Mejor quemar: quod erat demonstrandum, decían los latinos, con perdón.

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O sea que el problema no es que los muchachis quemen contenedores; el problema es que tengan razón en quemar contenedores porque, sin eso, nadie les haría caso. Si acaso, entonces, la pregunta es qué hicimos tan mal como para que la única forma de expresarse en serio –de hacerse escuchar un poquito– que les queda sea quemar.

Y, después, la pregunta siguiente: ¿que atraigan la atención –que se hable de ellos– cambia algo? Esa es la gran incógnita de estos tiempos, lo que realmente no sabemos: ¿cómo se hacen los cambios? ¿Cómo se cambia?

Quemar es un intento. Primario pero lógico: funciona, sin duda, como testimonio, para echar a rodar algún canto. Y a veces más allá: en Chile, por ejemplo, hace meses salieron unos pocos a quejarse de los precios del metro y se armó tal revuelto que en estos días están por elegir los delegados que cambiarán la constitución de Pinochet.

Digamos: que la chispa no siempre incendie la llanura no es una buena razón para dejar de sacar chispas. Que no haya otras maneras de hacerse notar es la mejor razón para intentar con esa. Y que haya que intentar con esa es la mejor razón para buscar, urgentemente, otras.

Tantos años

(Cada 16 de febrero celebro -pero no mucho- mi cumpleaños de periodista. Este año todo se complicó, por esas cosas, así que llego tarde. Hace siete, desde Barcelona, escribí esta columna. Solo le he cambiado, como se debe, algunos números.)

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Está tan lejos que ya no sé quién era: lo sospecho, le recuerdo cositas. Sé que era un chico y me da vértigo: hoy cumplo 47 años de periodista. O, para decirlo más despacio: hoy hace 47 años que escribí mi primera nota.

Hace hoy 47 años yo tenía 16 y servía el café en un diario que hacían escritores que admiraba: Rodolfo Walsh, Juan Gelman, Paco Urondo. Hace hoy 47 años un periodista uruguayo que seguro se llamaba Luis, probablemente Rico, y me parecía viejísimo –debía tener, unsuponer, 40 años– me pidió que lo ayudara: sábado de febrero, la redacción era un desierto y él tenía dos o tres páginas vacías por delante. Entonces me preguntó si me atrevía a redactar una noticia que había llegado en un cable. Decir un cable es decir, también, el tiempo que pasó.

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Los cables de agencia siguen existiendo, solo que ya nadie les hace mucho caso; además, están en internet. Hace 47 años los cables eran papeles que surgían de un aparato antediluviano llamado télex, una especie de impresora tamaño baño que recibía textos enviados por telefóno desde la central de cada agencia y los tecleaba con mucho ruido en un rollo de papel tipo higiénico; nadie que no fuera periodista había visto nunca un cable. Los cables eran la única forma de enterarse de lo que había sucedido en, digamos, Vladivostok, San Pablo, El Cairo. Ver una noticia que se iba imprimiendo en un cable que repicaba la campanita de urgente era saber que estabas por saber algo que nadie más sabía.

Una fuente reservada y lenta: sorprende, ahora, cuando nos acostumbramos a enterarnos de lo que está sucediendo en cualquier lugar del mundo en cualquier lugar del mundo al mismo tiempo. Digo: que lea este diario en Buenos Aires o en Rangún o en Barcelona da lo mismo; que vea un twitter sobre las manifestaciones en Caracas en Caracas o en Niamey. En internet estar muy cerca o muy lejos es igual: la distancia es saber dónde encontrar la página que corresponde –y poder leerla en el idioma en que está escrita.

Es solo una medida de cuánto cambió el trabajo del periodista: dónde y cómo obtiene su información. El mundo se achicó tanto, es cierto, pero las noticias locales también seguían otros caminos. En tiempos en que toda redacción tiene varias teles encendidas para ir “monitoreando” la actualidad, es raro pensar una época en que la televisión no formaba parte del kit informativo: los canales tenían apenas dos o tres noticieros durante el día, así que cuando contaban algo ya era viejo. Los teléfonos andaban más o menos –y, por supuesto, no había celulares, así que mucha gente quedaba muy desconectada mucho tiempo. La radio llegaba rápido adonde fuera, pero no le resultaba fácil transmitir. Así que los periodistas teníamos que salir a la calle: ir a buscar personas, preguntar, escuchar, mirar, averiguar, hinchar las bolas.

Y si queríamos conseguir algún dato duro, lo más probable era que tuviéramos que ir a buscarlo a un instituto, ministerio, biblioteca; si queríamos consultar información anterior sobre un tema, el archivero nos pasaba unos sobres de papel madera con recortes de diarios donde, a veces, estaba aquello que buscábamos.

Si algo cambió, para bien y para mal, este oficio fue internet: el hecho de tener al alcance de la mano pilas y más pilas de información, el hecho de suponer que no hace falta ir a mirar.

Noticias había aparecido el 20 de noviembre de 1973 porque los Montoneros pensaron que les serviría para pelear el espacio público que venían perdiendo. El diario tenía 24 páginas, un aspecto innovador de fotos grandes, títulos potentes, ninguna firma y el prejuicio de que, como se pretendía popular, debía escribirse corto y sin adornos.

Yo, entonces, no pensaba que sería periodista. En esos días no me hacía demasiados futuros –salvo la patria socialista– pero a veces, cuando me preguntaba qué, quería ser fotógrafo. Así que ese día de diciembre en que el director, Miguel Bonasso, me dijo que me podría incorporar al laboratorio fotográfico en marzo y me preguntó qué prefería hacer mientras, si esperar en mi casa o empezar de cadete, le dije que empezaba al día siguiente.

–¡Che, pibe, hace media hora que te pedí esa cocacola!

–Ya va, maestro, ya se la llevo.

Fui un cadete serio. Durante un par de meses manché a media redacción con cafés mal servidos y repartí los cables a las secciones respectivas. Hasta esa tarde de sábado y febrero que me cambió la vida.

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Desde entonces, queda dicho, cambiaron tantas cosas. Cambió, sobre todo, la idea de cambio: hace 47 años, decir cambio era decir cambio social; ahora parece que es decir cambio técnico –y los módicos cambios sociales que los cambios técnicos suscitan. Cambiar, cambiar, para que nada cambie.

Las redacciones han cambiado mucho. Entonces eran lugares muy ruidosos: las máquinas de escribir producían sobre todo estruendo, y una forma distinta de escribir. Corregir esas hojas de papel pautado –se llamaba pautado porque tenía unas rayas que permitían medir los textos– era difícil y humillante: los buenos no llenaban sus copias de tachones. Así que había que pensar antes de escribir y no después. Ni mejor ni peor; muy diferente.

Las redacciones eran, también, lugares claramente masculinos: empezaban a aparecer señoritas y señoras pero eran, todavía, minoría absoluta, pioneras en la selva. “En la cubierta de los barcos y las redacciones de los diarios no debe haber mujeres”, solía decir –con una sonrisa para decir que no lo decía en serio– uno de aquellos próceres que ahora es calles y plazas.

Aunque es probable que el mayor cambio en el periodismo argentino de los últimos 47 años haya sido el reemplazo de la ginebra por el mate. Aquellos escritorios de lata o de madera tenían un cajón con llave para guardar la botella de Bols; ahora todo se volvió bombilla y termo. Alguien, alguna vez, tendrá que analizarlo y explicar sus causas y definir sus consecuencias.

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Mi primera tarea como periodista fue muy contemporánea: solo tuve que reescribir unos datos que llegaron de lejos. Y, para agregarle actualidad, la noticia parecía perfectamente innecesaria, tirando a la pavada. Al fin se tituló “Un pie congelado 12 años atrás”, y empezaba diciendo que “Doce años estuvo helado el pie de un montañista que la expedición de los austríacos encontró, hace pocos días, casi en la cima del Aconcagua”. La nota ofrecía más detalles: “la pierna, calzada con bota de montaña, que los miembros del club Alpino de Viena encontraron el pasado lunes 11, cuando descendían de la cumbre, pertenece al escalador mexicano Oscar Arizpe Manrique, que murió en febrero de 1962 al fracasar, por pocos metros, en su intento de llegar al techo de América”.

En esos días y en Argentina unas lluvias torrenciales habían dejado 60 muertos, 200 desaparecidos, 100.000 evacuados, cosechas perdidas, una invasión de víboras; el lopezreguismo anunciaba que Héctor Cámpora sería acusado por un supuesto complot contra la vida del presidente Juan Domingo Perón; desde Córdoba llegaban rumores de un golpe de estado provincial y policial –que se concretaría días más tarde–; militantes de la Juventud Peronista habían sido secuestrados en Mar del Plata, Bahía Blanca, Buenos Aires. En Montevideo el gobierno militar había metido preso al gran Onetti, en Israel una refinería de petróleo volaba por una bomba palestina, en Chile moría torturado un dirigente del MIR, en Camboya los jemeres rojos estaban por tomar la capital y en Estados Unidos nuevas cintas sobre el Watergate parecían “complicar al presidente Nixon”. En medio de semejante zafarrancho –“le tocaron, como a todos los hombres, tiempos difíciles en que vivir”–, yo escribí sobre ese pie encontrado. Me han dicho que solía ser insoportable: un pendejo engreído que –ya entonces– no se dejaba corregir. Los periodistas, empezaba a entender, somos así.

Somos, pero ahora con diploma: en estos 47 años el periodismo se convirtió en un oficio que se estudia. Es otro cambio decisivo: produjo profesores, analistas, gente que sabe y que perora, el delirio incluso de hablar de “ciencias de la comunicación”. Y un flujo incontenible de jóvenes perdidos: el periodismo se ve fácil, aprenderlo no suena complicado, hay periodistas que parecen ricos, que parecen famosos, que parecen tan vivos; miles y miles de chicos convirtieron su estudio en un boom inesperado.

Así que los periodistas dejaron de formarse según el mecanismo medieval del aprendiz: ya no se usa que un muchacho inquieto consiga –por insistencia, por contactos, por azares– acercarse a una redacción y empezar, desde lo bajo, a hacerse con los gajes. El mecanismo le daba al oficio un aura rara, que se correspondía con la ginebra, las noches largas, el humo, la sensación de estar fuera de algo. Un periodista, entonces, no tenía grandes posibilidades: podía, con suerte, escribir mejor que otros, averiguar más cosas, conseguir un aumento, ser jefe y olvidarse de escribir. No podía, digamos, armarse un programa de televisión para llevarse mucha plata en chivos y otras bestias de corral.

En esos días casi nadie firmaba una nota: en los diarios las notas no aparecieron con nombres hasta fin de los ochentas, cuando Página/12 empezó postulando que en sus páginas no se iba a firmar nada y terminó imponiendo la costumbre actual de firmar hasta el pronóstico del tiempo. Hace 47 años no: la enorme mayoría de los periodistas eran operarios de una cadena de producción, trabajadores.

Desde entonces el cambio fue doble, paradójico: por un lado, ahora para ser periodista hay que estudiar; por el otro, ahora todos somos periodistas –o muchos se lo creen. La difusión de noticias y mensajes ya no es prerrogativa de los medios: cualquiera puede hacerlo en internet. Los que tienen poder creen que se aprovechan: en twitter, por ejemplo, hablan sin que los interpelen. Los que no tienen poder creen que se aprovechan: en todos los espacios de la red, hablan. El problema, como siempre, es quién escucha. La ventaja, una riqueza insuperable –en la que a veces nos perdemos.

Está claro que hace 47 años había menos periodistas autónomos: menos free lance, menos autoproducción, menos espacios para hacer periodismo por sí mismo. Lo cual, por supuesto, permitía que las empresas y los gobiernos y los demás poderes controlaran mucho más el flujo de la información; también hacía que los periodistas se sintieran más unidos y más potentes en sus reivindicaciones: en esos días nadie trabajaba más que las seis horas del estatuto sin cobrar sus horas extras, por ejemplo.

Aunque en general las empresas periodísticas no eran grandes conglomerados ni estaban dirigidas por empresarios que no habían escrito más que cheques. Eran, si acaso, iniciativas de algún grupo político con ganas de influir o de algún periodista aventurero. En cualquiera caso, gente cuyo negocio no era contar pavadas para vender un poco más.

En diarios y revistas había, en general, notas más largas: más confianza en los textos. No habían aparecido esos editores que trabajan para lectores que no leen –ese animal inverosímil– y tratan de pelear contra el avance de los audiovisuales llenando las páginas de fotos dibujitos infografías colorines. Una revista como Primera Plana podía marcar el ritmo presentando texto corrido a cuatro columnas, títulos en cuerpo 20 una columna en el medio de la página y si acaso, de vez en cuando, una foto chiquita: cualquier profesor de diseño la mandaría a marzo, cualquier editor la rechazaría por inviable y, sin embargo, sigue siendo lo mejor que se hizo en la Argentina. Ese buen periodismo se ha vuelto tan raro que ahora lo llaman crónica.

Hace 47 años nadie decía la palabra fuente, nadie la palabra ética, nadie medio ni multimedio, nadie cobertura ni apertura. En cambio ya existía esta ilusión de que hay periodistas profesionales y periodistas ideologizados. Como si los “profesionales” no tuvieran ideología; como si creer que la propiedad es privada, las elecciones la manera de decidir gobernantes, la familia nuclear la forma de organización social primaria –y unas cuantas pautas más– no fuera una ideología. Llamamos ideología a ese conjunto de normas que, por tan impuestas, pensamos naturales. Obviamente no son: cambian con los cambios de poder, los tiempos.

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Así que soy, parece, periodista. A veces todavía me sorprende. Yo detesto la superficialidad del periodismo, su suficiencia idiota, su pavada insistente; detesto la vacuidad, la vanidad, la vaguedad del periodismo. Y lo admiro y lo envidio cuando consigue contar o explicar algo con claridad, con buen estilo, con inteligencia, y lo intento desde hace 47 años y no quiero ni pensar cuánto menos me gustaría mi vida si hubiera hecho otra cosa.

Así que éste es –no podía ser otro– mi festejo. Juro que no obligaré a nadie a fingir que le importa, que si acaso levantaré una copa más que de costumbre, que me preguntaré una vez más qué habría sido de mí si aquel uruguayo no hubiera tenido tanto calor aquella tarde de febrero: si aquel día, en aquella redacción, el pie del andinista mexicano hubiese encontrado quien supiera contarlo.

La gran peste cumple siglo y medio

El festejo es, quizás, exagerado: gran esfuerzo de producción para recordar que hace exactamente 150 años empezó en Buenos Aires la epidemia más recordada de la historia argentina, la Fiebre amarilla de 1871.

En esos días la ciudad era, como siempre, un caos. Buenos Aires había crecido veloz, desordenada: dos décadas antes tenía 80.000 habitantes, pero entonces ya llegaba a los 180.000. Su mugre, sus amontonamientos, sus cloacas escasas, sus basuras sin tasa parecían el mejor escenario para que la peste se desarrollara –y se desarrolló.

Nadie supo de dónde llegó: algunos supusieron que la habían traído los soldados que volvían de la guerra contra el Paraguay, otros echaban la culpa a los migrantes –sobre todo italianos, los más numerosos, los más pobres, que solían vivir atestados en los primeros conventillos. Tampoco se sabía cómo se transmitía: se barajaban distintas hipótesis pero, hasta décadas después, no se supo que el culpable había sido un mosquito, el Aedes aegypti.

En cualquier caso, la difusión fue rápida y brutal. En tres meses, uno de cada doce porteños se murió de las fiebres. Es, en proporción, como si ahora murieran, en Buenos Aires y su periferia, más de un millón de personas.

El gobierno, como suele, no supo bien qué hacer. Lo presidía Domingo Faustino Sarmiento, que tomó una decisión que siempre lamentaría: trasladar –“por seguridad”– su oficina y sus ministros a Mercedes, un pueblo a cien kilómetros de la capital. Los reproches por esa fuga durarían hasta su muerte –y aún después.

Por eso quise reproducir hoy aquí este fragmento de una novela titulada o no Sarmiento, de autor todavía desconocido, donde el entonces presidente cuenta en primera persona su sufrimiento en el poder. Cualquier parecido con la realidad es rara coincidencia.

Mercedes, el poblacho donde asenté el gobierno, era un caserío de unos cientos de campesinos abrumados por los porteños fugitivos. No era, en absoluto, el único. Los alrededores de la ciudad rebosaban de ellos: en Flores y en Belgrano, por supuesto, no quedaba ni un rincón sin ocupar, pero también en Quilmes, Lomas de Zamora, Morón y otros pueblos de las afueras se acumulaban las familias. Algunas tenían campos o quintas, otras los alquilaban a precio de oro, otras se gastaban lo que no podían para conseguirse un refugio que las alejara de la amenaza de la peste. Uno de cada dos o tres porteños, dicen –todos los que podían–, se tomaron el buque. Al fin y al cabo somos un país de fugitivos: cuántos de nosotros no nos hemos escapado una y mil veces. Alguien llegó a decirme que hacíamos lo mismo que los indios, que cuando tienen enfermos en la toldería la levantan, los dejan y se van para que los abandonados se curen o se mueran sin afectar al resto. Son nómades, claro, los muy salvajes: pueden hacerlo porque siempre lo hacen.

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Algunos dijeron que la fiebre había llegado de Brasil; otros, con un contingente de soldados que volvían del Paraguay. Es fácil: el mal siempre es culpa de los otros. Y es cierto que las pestes siempre llegan desde algún lugar; el problema no es de dónde llegan sino dónde se quedan –y entre nosotros encontraron el mejor terreno.

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Es cierto que los que más sufrieron fueron los que se quedaron. La mayoría era la canalla más abyecta, la que no tenía forma alguna de dejar la ciudad, sus conventillos. Eran, sobre todo, los italianos llegados en los últimos años.

Ya entonces la mitad de los porteños eran extranjeros y la mitad de los extranjeros eran italianos. Algunos decían –dicen– que no es así cómo crecen los cuerpos, que no se puede andar agregándoles brazos y piernas y pelos y dientes, que hay que dejarlos desarrollarse solos, pero no entienden que un país no es un animal que crece orgánico sino una máquina que debe ser construida por artesanos pacientes a lo largo de los siglos y, cada tanto, un artífice innovador que, en un rapto de genio, triplique su poder con un invento o una adición inesperados. Otros, con menos florituras, se quejaban de que con tanto forastero no iba a quedar nada para los verdaderos argentinos; no era fácil explicarles –era muy fácil explicarles, era difícil que entendieran– que el problema son, muchas veces, los verdaderos argentinos, incapaces de construir un país como nos merecemos.

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Los oportunistas de siempre aprovecharon: me acusaron de que mi política de inmigración era culpable de la peste. Un disparate: por un lado todos ellos –casi todos ellos– habían llegado antes de que yo asumiera la presidencia y, por otro, yo nunca quise esos inmigrantes patasucia, hombres débiles que, en lugar de salir a conquistar las pampas con su trabajo se quedaron en la ciudad buscando las oportunidades fáciles. Si se hubieran ido al campo esto no les habría pasado. Pero no eran –todavía no eran– los que siempre esperamos. Y, al final, hicieron lo mismo que los indios: más de cinco mil se tomaron un barco de vuelta a su país, maldiciendo el momento en que se les había ocurrido venir a esta tierra exigente.

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Me decían que la ciudad se había vaciado: solo pobres, el miedo, las carretas con cuerpos, las fogatas. La muerte estaba en todas partes, y nadie sabía dónde.

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Los hospitales no daban abasto, se improvisaban salas aquí y allá que más que curar enfermaban a quien tuviera la desgracia de acercarse a ellas. Nadie sabía qué hacer. Los propios médicos, perplejos, recomendaban las medidas más contradictorias: si la fiebre se esparcía por los miasmas del aire, dijeron, era bueno hacer en las calles esas fogatas que los iban limpiando; pero después dijeron que las fogatas, al contrario, calentaban el aire y lo hacían presa más fácil de esas mismas miasmas. Y que la peste no circulaba por el aire sino por el suelo, avanzando de casa en casa como una serpiente, y que los vivos eran contagiosos pero nada más contagioso que los muertos, y que no había que comer porque cualquier comida podía estar infectada pero que había que comer porque el cuerpo debilitado sería tierra fértil, y que no había que conocer mujer por no desperdiciar las fuerzas pero que un poco de actividad sexual las mejoraba, y que el mejor remedio era una cucharada de amoníaco cada dos o tres horas pero que el amoníaco te destruía las tripas, y así de seguido. Cuántos enfermos se resistían a tomar la medicina que les daba un médico si el propio médico no la tomaba antes, por si acaso.

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Es cierto que lo pensé, llegué a pensarlo: ¿qué había hecho yo, dónde había errado? ¿Por qué me estaba pasando todo esto?

Llegué a pensar que quizá lo merecía.

Después, que no podía ser tan vano..

La muerte ya no tenía cuidado. Carretas, me decían, recorrían sin descanso la ciudad: caravanas de cuerpos enredados retorcidos, silencio alrededor, los vivos escapando. Se habían muerto varios carpinteros que fabricaban ataúdes y los pocos que quedaban no podían seguir el ritmo endiablado de la fiebre: por eso aquellos cuerpos amontonados sin resguardo.

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Era, lo sé, una muerte espeluznante. Las primeras señales eran nimias, de esas que en cualquier otra situación nadie atendería: un dolor de cabeza o de articulaciones, fiebre, escalofríos, la fatiga. Pero uno o dos días después ya quedabas postrado, sudores y calores, la lengua blanca, el pulso acelerado, la sed y los dolores, y el hígado que no lograba espesar la sangre así que te empezaban las hemorragias por la nariz, la boca, el estómago, el culo, esa sangre negra de los vómitos negros y los detritos negros y la piel amarilla y todo estaba claro. Entonces la fiebre te subía hasta las nubes y los delirios y los estertores, y lo peor era que por momentos se calmaba y creías que te salvabas pero la salvación duraba, si acaso, algunas horas, porque después la enfermedad volvía con más fuerza todavía y te llevaba: en tres, cuatro días como mucho la sangre te salía a chorros por la nariz, la lengua, el ano y en unas horas de locura y gritos te volvías cadaver, un cadáver que nadie se animaba a tocar, que solía terminar entreverado con unos cuantos más en la carreta de los sepultureros.

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Muchas personas tuvieron momentos sublimes de solidaridad; otros, como siempre, aprovecharon, y se supo de varias bandas de ladrones que se disfrazaban de enfermeros para entrar en las casas de los enfermos y saquearlas. La tontería sería creer que un desastre como ése cambiaría a las personas; sacó, si acaso, lo mejor y lo peor de cada cual –y a muchos todo.

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Y sobre todo el miedo: no hay enfermedad más mortal que el miedo a la muerte, solía decir el doctor Argerich –que terminó sucumbiendo a la fiebre. El miedo mata más que la fiebre, decían los diarios: “Julepis morbis”, decían, el julepe de la enfermedad es una enfermedad terrible; muerto de miedo ya no era una frase. El triunfo del miedo es el triunfo de la desconfianza. Pero era difícil no tenerlo cuando el enfermo, en su agonía, veía cómo todos se apartaban de él, cómo sus seres más queridos se negaban a darle una mano y lo miraban a lo lejos o se iban, lo abandonaban para que, al morirse de ese mal brutal, no los matara. Hubo, en esos días, tantos miles que no murieron como correspondía, como habrían querido: que no murieron bien. Que se murieron solos, sin la presencia de sus familias, sin el murmullo de un sacerdote que los acompañara, en lazaretos y hospitales, en una calle oscura, en lugares indignos, hoyos para mendigos y otros parias, rodeados por la escoria.

Hay quienes dicen que en los momentos importantes de la vida uno está solo; es difícil saber a qué se refieren. Uno no nace solo sino con la persona que más lo querrá; uno no se casa solo sino con la segunda persona que más lo querrá; en el momento de cargar a degüello uno está rodeado de sus compañeros que lo aprecian; sólo al escribir uno está solo, lo cual arroja serias dudas sobre la importancia de escribir. Pero, por eso, es razonable que en el momento de morir también esté con sus seres queridos disponibles; no suelen ser los más queridos pero son lo que hay y, al fin y al cabo, nadie elige dónde y con quién morirse, así que deben considerarse afortunados los que pueden hacerlo donde siempre vivieron su vida, con las personas con las que la vivieron.

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La fiebre también rompía con eso:

la fiebre, en esos días,

había roto con todo.

En junio, cuando la fiebre fue perdiendo fuerza, se calculaba que unos quince mil porteños habían muerto. Más tarde, cuando empezamos a refinar las cuentas, descubrimos que un buen tercio de esos muertos habían sido negros y que su peso en la ciudad había bajado tanto. Algunos, sin piedad, se preguntaron quién iba a mantener limpias las calles. Muchos, con el tiempo, quisieron creer que la fiebre amarilla marcó el principio de una ciudad nueva, más cuidada, más preocupada por sus condiciones: el principio de la ciudad moderna.

Siempre están los que quieren creer –y yo suelo ser uno de ellos– pero no estoy seguro. Sé, sí, que la cambió: las viejas familias porteñas abandonaron el barrio Sur, demasiado apiñado. Hasta la peste, vivir allí era la mayor marca de elegancia que alguien podía exhibir; de pronto se transformó en una condena: era quedarse en el sitio de la muerte. Muchos de los más ricos empezaron a construirse casas más amplias en la zona de la Recoleta, y abandonaron su viejo barrio a pobres e italianos.

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Fumo. Sé disfrutar de ese momento en que el humo entra primero en los pulmones, ese golpe del humo en los pulmones como un ataque brutal que uno mismo se lanza para gozar del golpe y controlar el golpe, mostrarse que lo que puede aunque no debe es más potente que lo que debe y que no puede. Fumo, sé que hay pocos golpes que no sean soportables y que, a veces, cuando llega uno, lo difícil es saber distinguirlo: que se parece tanto a otros. Fumo: entonces fumo.

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Poco a poco el mundo empezó a parecerse al de antes. No lo era: la magnitud de la catástrofe había instalado la sensación de que no valían la pena tantos esfuerzos si todo era tan frágil, si todo lo que costaba tanto podía terminar en cualquier momento bajo el ataque de una plaga inesperada. El futuro era, de pronto, una falacia, una de esas fábulas que se les cuentan a los chicos para tratar de que se porten bien. Un desasosiego general quedó instalado, y tardaría varios años en terminar de desarmarse.

Y había, mientras tanto, heridas que podían pasar inadvertidas pero de pronto –en un encuentro, una conversación, una pelea– se veían demasiado. Había tantas cosas para hacer, tanto entusiasmo y tanto miedo entre los que nos habíamos salvado. Nosotros, mi gobierno y yo, volvimos al Fuerte con la misión de recuperar poco a poco la confianza perdida. Nunca esperé que me perdonaran el supuesto abandono; confiaba, en cambio, en la voluntad de olvido que haría que muchos dejaran de pensar en esos días horribles. No contaba, quizá, con ese cuadro. Pocos meses más tarde, el uruguayo Blanes, pollo del viejo Urquiza, lo colgó en el teatro Colón y muchos miles se tomaron el tiempo de ir a verlo. Las cosas –los días, el sufrimiento, las injusticias, la esperanza rota– a veces se fijan en un cuadro o un poema. Ese dibujo era mentira: el que encontró a la mujer muerta con la bebé en el suelo fue un sereno, un hombre anónimo del que nunca se supo; en el cuadro, los que la encuentran son los pobres Manuel Argerich y Roque Pérez, un médico y un juez, dos dirigentes de la Comisión, dos hermanos masones, dos muertos por la peste. Ellos dos frente a la muerta y su bebé desesperada sintetizaron el horror tanto mejor que la verdad del sereno desconocido, insignificante. Algunos tontos dijeron que el cuadro no era cierto, que cómo Blanes se permitía falsificar así la historia. No conseguían entender que nunca la falsificó; la contó mucho mejor que lo que la realidad –siempre tan torpe– supo hacerlo.

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Nada como ese cuadro para recordarme lo que yo había hecho: la conjunción de suerte, mérito y testarudez me había dado seis años para hacer mi vida y lo que hice fue deshacerla. Ya no tendría otra oportunidad así: la había desperdiciado, me había desperdiciado. Ya nadie recordaría de mí otra cosa: que en el momento de quedarme con los míos me escapé, que me encontré, como siempre, las mejores excusas pero me escapé –como siempre. De pronto todas esas paparruchadas que me contaba sobre mi nueva libertad no eran más –no me parecían mucho más– que el aliento que le ofrece su madre al chico que se cayó y llora en el suelo, sus amigas a la mujer que acaban de dejar: mentiras piadosas, verdades despiadadas.

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Fumo. Saco con gula el cigarro de su caja de plata, lo pruebo entre los dedos para verificar el buen armado, lo huelo incluso antes de encenderlo, lo imagino, lo paladeo sin fuego todavía, pero sé que un cigarro es una gran promesa que nunca termina de cumplirse y sé que se parece tanto a todo: que cuando empieza se diría infinito y más temprano que tarde se termina, y al terminarse parece como si no hubiera empezado, como si no hubiera existido.

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Esperaba, sin embargo, una oportunidad.

Creía, entonces, que quizá la tendría.

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Y era, seguía siendo, el presidente.

El Gran Miedo, los jefes tristes, los remedios ajenos

Martín Caparrós

Y sí, queremos a papá; sobre todo cuando tenemos miedo.

Nunca en nuestras vidas pasamos tanto miedo. O, mejor: nunca en nuestras vidas vivimos tanto tiempo condicionados por el miedo. El miedo fue la razón por la cual, hace ya casi un año, el mundo se paró: el miedo más primario, el miedo de morirnos, que nos tiene encerrados, apichonados, convencidos de hacer tantas cosas que, sin él, jamás habríamos hecho.

A veces las encuestas –los números que dibujan las encuestas– sirven para algo: suele pasar cuando no intentan adivinar elecciones sino entender los humores de una sociedad. Diálogo político, medio web publicado por una fundación alemana, promedió casi 500 encuestas de aceptación presidencial en 17 países de América y Europa a lo largo del año pasado para ver qué les hacía la peste. Y lo primero que llama la atención es que, en todas partes, la aprobación más alta de sus gobiernos fue en abril. Cada país se cree diferente pero todos hicieron lo mismo: se ve que, recién declarada la pandemia, millones de aterrados querían que los mandaran, que los llevaran a buen puerto –y confiaban o querían confiar en lo que sus jefes hacían con ellos. Lo sabe cualquier gobernante: las amenazas exteriores sirven para eso. Así que hubo un momento de dulce sumisión y gratitud a unos gobiernos que nos hacían hacer lo que nunca habríamos hecho –gracias a ese miedo.

Antes que nada, los encierros: los encierros en las casas, claro, pero también los encierros en los países. La noción de país resucitó con fuerza. Hay lugares donde nunca había dejado de ser potente pero hay otros –Europa– donde algunos de sus rasgos –moneda, aduanas, residencias– se estaban disolviendo. Había sido un esfuerzo de décadas y la pandemia lo anuló en unas horas: rápidamente se cerraron las fronteras, cada cual se atrincheró con su comida y sus mascarillas y sus medicinas y se constituyó en un bastión que decidía su propio curso excluyendo a todos los ajenos.

Reapareció la unidad-país y repecharon los estados. El gran ganador de la pandemia, por ahora, además de Jeff Bezos, fue la idea de estado –para mal y para bien. Por el miedo le aceptamos esas órdenes que nunca –no se mueva de su casa, no se junte con su madre, no coja con extraños, no trabaje. Pero, también, la mayoría de ellos –incluso los más liberales– asumieron que, para paliar el miedo, debían intervenir más en sus sociedades. Fue extraordinario, en ese sentido, el editorial del Financial Times, portavoz habitual de “los mercados”, que, en abril, decía que “será necesario poner sobre la mesa reformas radicales que reviertan la dirección principal de las políticas de las últimas cuatro décadas. Los gobiernos tendrán que aceptar un rol más activo en la economía. Deben considerar los servicios públicos como inversiones y no como pasivos, y buscar las formas de hacer menos inseguros los mercados laborales. La redistribución volverá a la agenda; se cuestionarán los privilegios de los mayores y los ricos. Políticas que hasta hace poco se consideraban excéntricas, como la renta básica y los impuestos a la riqueza, tendrán que entrar en la mezcla”. Cuando todo se derrumbaba, el gran capital asustado aceptó que necesitaba que los estados intervinieran y redistribuyeran un poquito para mantener el barco a flote. Empezaron a hacerlo; después se les fue pasando, pero algo quedó.

Y también pasaron los meses y la peste avanzó y los gobiernos empezaron a perder apoyo: si el miedo siempre nos lleva a buscar un jefe, el hartazgo siempre nos lleva a buscar un culpable. El jefe –al que antes seguimos– es el más obvio: no hubo presidente que no perdiera 10 o 15 puntos de popularidad entre abril y noviembre. Las quejas, los reclamos, la desesperación ante algo que debía tener un final y ya no lo encontraba se impusieron. Hasta que, en las últimas semanas del año siniestro, llegó la gran noticia: la vacuna nos salvaría, terminaría con el Gran Miedo, nos devolvería nuestras vidas. Fuimos felices, nos abrazamos, nos contagiamos un poquito.

Pero, en plena ilusión, los grandotes nos dijeron no te vistas que no vas. Por ahora la vacuna no ha hecho mucho más que desnudarnos. Hacía mucho que nada mostraba con tanta claridad cómo está organizado –dividido– el mundo en que vivimos. Las cifras son brutales: al 7 de febrero se habían aplicado 131 millones de dosis: 113 millones en Estados Unidos, China, Europa, Inglaterra, Israel y los Emiratos Árabes; 18 millones en todos los demás. Unos países que reúnen 2.200 millones de habitantes, el 28% de la población del mundo, se habían dado el 86% de las vacunas. O, si descontamos a China y concentramos: el 10% de la población del mundo se aplicó el 60% de las vacunas. Después hablemos de desigualdad.

El gran efecto de la pandemia ha sido iluminar todas esas cosas que siempre preferimos no ver. La angurria de las vacunas muestra cómo ciertos países las acaparan como suelen acaparar las riquezas –la comida, por ejemplo– que el mundo necesita: el mecanismo es exactamente el mismo, solo que aquí se ve tan claro. Canadá, por ejemplo, que siempre sale como ejemplo, que pelea en todos los rankings del país más bueno, tiene ordenadas cinco vacunas por habitante, así se la aseguran. Lo cual sería muy encomiable si no fuera porque eso supone que haya unos cuantos millones de keniatas, laosianos o argentinos que no la tendrán.

Lo llaman, para atacar sin ofender, nacionalismo. En el “nacionalismo de la vacuna” la palabra que importa no es vacuna. Y la frase está prendiendo: la angurria fue condenada incluso por Tedros Adhanom, el director de la Organización Mundial de la Salud: “El nacionalismo de las vacunas no es solo moralmente indefendible. Es epidemiológicamente negativo y clínicamente contraproducente. Los mecanismos de mercado son insuficientes para conseguir la meta de detener la pandemia consiguiendo inmunidad de rebaño con vacunas”, escribió la semana pasada y nadie le hizo caso. Y, también, que “los gobiernos y las compañías deben unirse para superar esta escasez artificial. Hay muchos pasos que se pueden dar para aumentar la producción y distribución de vacunas, como compartir la tecnología de fabricación de las vacunas, su propiedad intelectual y know-how”.

Pero, más allá de llamamientos y evidencias, la ideología triunfa: ni siquiera una emergencia mundial extraordinaria, el parón y los miedos y la muerte y la ruina, alcanza para que los estados y otros organismos se caguen por fin en la propiedad privada y obliguen a las grandes farmacéuticas cuyas investigaciones ellos mismos subvencionaron a compartir sus hallazgos y permitir que todos los que puedan los fabriquen para multiplicar los panes, los peces, las vacunas.

No lo hacen: prefieren preservar el orden -y, desde su óptica, imagino que tienen razón. Salvo que su testarudez terminará por perjudicarlos –después de perjudicar a todo el resto. “La pandemia no se va a terminar en ningún lado hasta que se haya terminado en todos lados. Esa es la realidad de un mundo interconectado, y esa realidad solo puede ser modificada con solidaridad y una salud pública inclusiva que distribuya las vacunas global, rápida y equitativamente. Para el virus somos todos un solo rebaño. Para vencerlo, debemos actuar como una sola comunidad”, escribió Adhanom el Ignorado. O sea: si se vacunan todos los americanos pero ningún sudafricano, el virus puede mutar en Sudáfrica y volver a USA, donde aquella vacuna ya no lo detendrá. Dicen que ya podría suceder.

Hubo un momento, al principio del miedo, en que voces se alzaron para decir que la pandemia nos haría más buenos: que nos mostraría que frente al virus no hay salvación individual y que el mundo, al fin y al cabo, es uno. Las diferencias se fueron exhibiendo poco a poco. Ahora son notorias en los temas más brutos: con el 8% de los habitantes del mundo, América Latina reúne el 25% de los muertos de Covid. Su mortalidad es tres veces mayor que la del resto del planeta –aunque no terminamos de saber en serio qué está pasando en África.

Es un ejemplo brusco; hay tantos otros. Ahora la angurria de las vacunas es la muestra más brutal, casi patética, de un mundo despiadado. Hubo un momento en que tuvimos tanto miedo que llegamos a creer que ese miedo nos haría mejores; nos olvidamos –tratamos de olvidarnos– de que el miedo, en general, saca a la luz los peores instintos. Ahora, por desgracia, ya lo confirmamos.

El opio de los pueblos

El otro día –a quién le importa– hubo un golpe de estado en Birmania o, si acaso, en Myanmar. Los militares que la habían gobernado durante décadas –hasta 2016– volvieron a cargarse a la señora que los peleó desde siempre y gobernó desde entonces, Aung San Suu Kyi, que tenía todo el prestigio de ser una víctima y perdió buena parte hace unos años, cuando victimizó a su vez a cientos de miles de rohinyás.

Todo lo cual –decíamos– no le importa a nadie. Y sin embargo la noticia me dio cierta nostalgia y ganas de revisar mi visita a aquel país que, hace un cuarto de siglo, cuando fui, era todavía más misterioso, más cerrado.

Este es el cuento, y algunas de las fotos.

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Martín Caparrós

La chica debe tener 22 años, o quizás 16, los labios muy de rojo carmesí y un extraño polvo de oro sobre las mejillas. La chica habla un inglés aproximado y se ríe tímida ahora, mientras me cuenta que ayer, en esta misma calle, 2000 estudiantes salieron en manifestación por primera vez en mucho tiempo.

–¿Cuánto tiempo ?

–No sé, yo no había visto nunca otros.

–¿Y qué hacían?

–Daban vueltas y vueltas, gritaban unos cantos. Estuvieron hasta las 3 de la mañana.

Los paseantes nos miran, tratan de ver qué hacemos o decimos.

–¿Y te parece bien o mal ?

–A mí no me parece. Estaban.

Dice, con sus brillos de oro en las mejillas y los ojos bajos, y yo quiero pedirle disculpas aunque no sepa cómo. Se está arriesgando demasiado. Aquí, en Birmania, cualquier charla puede costar muy cara. Los militares cobran. Es complicado hacer de periodista en un país donde cualquiera que te cuente algo se está jugando todo. La cuestión es interesante: ¿hasta dónde preguntar, cómo hacer para saber si el deseo de saber pone en peligro al que te cuenta? Y mi situación tampoco es clara. Birmania no da visas para periodistas: todavía en Bangkok, varios colegas me avisaron que, si me llegan a descubrir hurgando, la puedo pasar mal, y que la mitad de la gente que me cruce van a ser informantes de la policía. Aquí, en Birmania, la vida es sobre todo lo que no se dice, el silencio que se oye en todas partes..

Birmania tiene 670.000 kilómetros cuadrados, 47 millones de habitantes y limita con Tailandia, Laos, China, India y Bangla Desh. Hasta 1947, fue una colonia británica, la “arrocera del Imperio”. Ese año, los birmanos aprovecharon el descalabro inglés para independizarse. Los conducía Bogyoke Aung San, que no llegó a ver su triunfo: lo mataron, meses antes, sus aliados políticos en una reunión. Desde entonces se sucedieron distintos gobiernos, mayormente militares, y todo tipo de guerras entre las diversas etnias que conforman el país. En 1962, el general Ne Win, proclamó la “vía birmana al socialismo”. Durante 25 años, Birmania fue uno de los países más cerrados y desconocidos del mundo. Ne Win gobernó el país con mano de hierro y variedad de cábalas: gran creyente en las virtudes del número 9, hizo imprimir billetes de 45 y de 90, que todavía circulan.

En 1988, una sucesión de manifestaciones estudiantiles que pedían más libertad irritó al general: el 8 de agosto, sus hombres reprimieron una marcha en las calles de la capital y mataron alrededor de 3000 jóvenes. Poco después, viejo y cansado, Ne Win renunció y nombró a un reemplazante, el general Saw Maung, para que llamara a elecciones. Seis meses antes había entrado en escena la hija de papá.

Aung San Suu Kyi es la hija del padre de la patria, Aung San. Las hijas de los padres fundadores gobernando –democráticamente– el país de papá es el mayor invento asiático de estas décadas, junto con los autos baratos y los condones con escamas. Indira Gandhi en la India, Benazir Bhutto en Pakistán, Begum Khaleda Zia en Bangla Desh, Chandrika Bandaranaike en Sri Lanka y Megawati Sukarno como líder de la oposición en Indonesia son algunos ejemplos. Alguien debe haber elaborado sesudas teorías sobre estas herederas de repúblicas. La señora Suu Kyi es, seguramente, la más desafortunada de todas las princesas.

En 1988, la Señora tenía 32 años y, hasta entonces, había llevado una vida tranquila y pasablemente aburrida. Graduada en filosofía y economía en Oxford, funcionaria internacional, casada con un universario inglés, madre de 2 hijos, feliz dentro de un orden, todo cambió cuando su madre moribunda la llamó para que la acompañara en sus últimos momentos. De vuelta en la patria de papá, Suu Kyi se dejó tentar por su destino y aceptó encabezar la oposición democrática. En septiembre de ese año, tras la matanza estudiantil, los militares formaron una nueva junta de gobierno, el SLORC –State Law and Order Restauration Council– y lo celebraron matando a otros 1000 manifestantes. Una semana después, la Señora y los suyos formaron la National League for Democracy.

La pelea fue desigual.  En junio de 1989, el Slorc decretó el arresto domiciliario de Suu Kyi, pero anunció elecciones para mayo del año siguiente: la NLD las ganó con el 82 por ciento de los votos, y la junta decidió desconocerlas. La Señora seguía presa, igual que miles de opositores. En 1991, Aung San Suu Kyi recibió el premio Nobel de la Paz y se transformó en una figura internacional. Birmania ya tenía su heroína. Mientas tanto, en su país, su partido estaba casi inmovilizado, y así siguió hasta 1995, cuando consiguieron la libertad de la Señora, que sólo duró unos meses. En diciembre del año pasado, cuando empezaron las primeras manifestaciones en 8 años, los militares volvieron a encerrarla.

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Desde 1991, los generales del Slorc decidieron liberalizar la economía y aceptar inversiones extranjeras. Retomaron el modelo chino: implantar una economía de mercado sin abandonar el control social de los regímenes stalinistas. El resultado suele ser explosivo. Birmania sigue siendo uno de los países más pobres del mundo, con un PBI de 700 dólares por persona, un médico cada 12.000 habitantes y una ingesta calórica muy baja, pero ahora empezaron a llegar las tentaciones extranjeras. Vienen porque, en realidad, en Birmania hay mucha plata, pero es ilegal y la controlan unos pocos: Birmania es la primera productora mundial de heroína.

–Tenés que tener cuidado porque Birmania es un país socialista.

Me dijo, en cuanto llegué, el chofer del taxi ilegal que me trajo del aeropuerto y que, mientras tanto, trataba de comprarme dólares, venderme piedras o presentarme a su tía abuela.

–¿Qué quiere decir, un país socialista?

–Que nos tienen agarrados del cuello y no nos dejan hacer negocios. Si hacemos negocios, puede venir la policía y mandarnos a picar piedras.

No es tan cierto. El mercado negro está más que tolerado, y en las calles de la capital pululan fulanos que te ofrecen 160 kyats por dólar: el precio oficial es 6 kyats por cada uno, y los precios resultan sorprendentes. Me siento en la calle a comer con palitos de plástico usado unos fideos fríos con salsa de algún mar antiguo, que la cocinera manosea un rato para mezclar, antes de servirme. Parece que eso es importante para el gusto. Alguien decía que comer en un restorán lo que sale de cocinas secretas preparado por seres desconocidos es el mayor acto de confianza en el género humano. Comer en estos chiringuitos menjunjes sin siquiera nombre ni origen conocido no es confianza, es entrega: arrésteme sargento y lléveseme el hígado.

La calle hierve. En un zaguán, una madre de 30 peina a su hija de 15 interminablemente, como si no se decidiera a soltarla; 3 chicos hacen jueguito con una pelota de mimbre; una mujer con una gran sartén fríe buñuelos con olores y ruidos; dos perros se pelean por la cabeza de un pescado; dos hombres dicuten con las manos el precio de una bolsa de arroz; otros tres avanzan, casi doblados bajo el peso de las bolsas de arroz que cargan en el lomo; siete u ocho parecen hacer nada; un chico vende charutos de a uno; una vieja dormita sentada en el suelo, con las piernas en suave flor de loto. La sobrevuelan ejércitos de moscas. Y todo el tiempo pasan vendedores, chicos, perros, una mujer llevando todo su puesto de bananas en equilibrio sobre su cabeza, una nena con dos latas llenas de agua colgando de un palo que parece a punto de quebrarse. Los escupitajos rojos se hacen lluvia: todos mascan betel, la coca asiática, y escupen su saliva. No hay cálculos precisos, pero me parece a que veces un sólo esputo carga cuarto litro de agüita carmesí. Después de un rato termino mis fideos:

–¿Cuánto es?

–27 kyats.

–¿Cómo?

La mujer me vió la cara de sorpresa y empezó a hacer gestos de disculpas y terminó por decirme bueno, 22. Yo traté de pagar lo más rápido posible, no fuera a ser que me bajara más. 27 kyats –13 centavos de dólar– me parecieron poco, pero ella creyó que me dí cuenta de que me estaba cobrando demasiado caro. Por supuesto, en Birmania no hay precios fijos para nada.

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En realidad, en Birmania no hay –o casi– muchas cosas: pantalones. autopistas, hipódromos, ascensores –salvo en los grandes hoteles– pizza, apuro, comida para todos, prensa independiente, aceitunas, tetas –ni las mujeres ni los hombres usan–, pelados, cochecitos de bebé, música en inglés, zapatos, vino, telefónos públicos, orquesta sinfónica, ambulancias, 65 canales de tv, impermeables, computadoras personales, cuchillos –para comer–, corbatas, minifaldas, bifes, trabajo para todos, debate cultural, embotelladoras de cocacola, cocaína, álbumes de figuritas, medicina prepaga, soda, parlamento elegido, constitución votada, telos, curitas, embotellamientos, límites para la corrupción, vidrieras, estufas, medias –ni las mujeres ni los hombres usan–, y tantas otras cosas.

En cambio, hay muchos nombres para todo. Ahora, la capital se llama Yangon en vez de Rangún, y el país Myanmar, en vez de Birmania: empeñada en la renovación total, la junta cambió todos los nombres de lugares hace 9 años, pero los opositores no los aceptan.

Rangún/Yangon es una ciudad extensa, chata, con unos pocos edificios altos que aparecieron en los últimos años. Se supone que tiene 4 millones de habitantes: no es seguro, porque hace 20 años que nadie los cuenta. Las avenidas están llenas de pocos coches y muchos colectivos semienterrados bajo montañas de cuerpos pasajeros y todos tocan todo el tiempo las bocinas para simular que son más, porque al lado de cualquier capital asiática, Rangún es algo así como la nursery del hospital del Vaticano.

Las casas tienen una gran pieza abierta sobre la calle: allí, sus habitantes comen, trabajan, comercian, charlan o incluso duermen. Las casas birmanas son el sueño de cualquier voyeur. En muchas se ven televisores: suelen ser chinos, nuevos, grandes, de 181 canales y clavados en el único posible. La tele transmite cuatro horas por día: cantidad de cantantes birmanas muy vestidas, sin un centímetro de piel, rodeadas de coches lujosos, hoteles brillosos y hombres con pantalones, y un largo noticiero donde un locutor lee sin despegar los ojos de la hoja, con gesto de esfuerzo, como quien se puso los anteojos de su prima; de tanto en tanto aparecen imágenes de generales sentados detrás de una mesa larga. Birmania es el lugar perfecto para no enterarse de absolutamente nada: una de las pocas burbujas que en el mundo quedan. A una cuadra de mi hotel, en una de las avenidas principales, un viejo vende revistas viejas y, si uno pone cara de inciado, saca de bajo la pila de popular mechanics un diario de Bangkok viejo de una semana. Es maná, fresh news, y me quiere cobrar una fortuna: algo así como 34 centavos de dólar. En un lugar así, la diferencia oriental-occidental empieza a tener sentido y va quedando claro que la diferencia entre un francés y un argentino son, a primera vista, secundarias..

Aquí nadie se apura mucho. Todavía no compraron el espíritu capitalista que hace trabajar como sapos a todos sus vecinos; en Birmania, los negocios cierran 4 horas antes que en cualquier otro país de Asia, el ritmo de los trabajos es tranquilo y las calles están llenas de bares con unas mesitas de 20 centímetros de alto con banquitos de 10, donde todos toman interminablemente té con leche. Cualquiera diría que la principal actividad del birmano medio es ingerir su té con leche. Muchos de ellos son empleados públicos. De hecho, un par de veces entré en oficinas y estaban vacías. Les pagan entre 10 y 20 dólares por mes, así que se pasan el día en los barcitos, acechando negocios y cometas.

Hacia el fin de la tarde se les suman los otros: casi todo el mundo toma su té en la calle o en la puerta de su casa o choza, tras un baño en el patio, la vereda o el río más cercanos. El aire refresca, se oyen cantos antiguos y tachín de las radios. Los birmanos se jactan de tener un cierto arte de vivir pero, en estos días, un fantasma recorre la ciudad. En voz baja, con miradas furtivas, circulan los rumores:

–Ayer se juntaron los estudiantes cerca de Sule Pagoda.

–No, fue en la puerta de la universidad. Y llegó la policía y hubo un muerto.

–No, estuvieron en Shwe Dagón Pagoda, porque ahí no puede entrar la policía.

Nadie consigue, nunca, verlos, pero siempre hay quien dice que los vió.

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–Hay graves problemas en la tierra de Birmania.

Me dijo, con la voz más grave que pudo, un jovencito que se me acercó en el mercado. El chico tenía una mirada despierta y buena cara. Consiguió que me parara, hizo su pausa dramática, y se lanzó:

–En esta tierra, el 96 por ciento de sus pobres criaturas no son creyentes. Sólo el 4 por ciento hemos alcanzado la gracia del Señor. Pero yo sé que podemos repararlo. Yo he tenido una visión, donde el Señor me dijo que…

Supongo que no le habría hecho caso, de no ser porque estaba yendo a la Casa de los Pobres de las carmelitas descalzas, a ver a Ignacia y a Josefa:

–Si nos fuéramos de aquí, qué haríamos. Ahora dicen que en España también hay pobres, pero yo creo que los pobres más pobres de allí son ricos como los ricos de aquí. Si todos tienen casa, televisión, comida…

Las hermanas Ignacia y Josefa son españolas, franciscanas, y hace casi 50 años que llegaron a Birmania. Durante 20, atendieron un leprosario en Mandalay, pero el gobierno lo expropió en 1966 y las hermanas se vinieron a Rangún, a este convento. La hermana Ignacia es chiquitita y arrugada, ojitos astutos: una especie de Madre Teresa que no se hizo famosa, y dice que ahora todo es más difícil porque el gobierno está muy aliado con los monjes budistas y que usa mucho la religión para su propaganda.

–¿No vió usted on the TV ces jours, van et van con el diente de Buda? La grande pagoda la han construir, golden, para su diente.

La hermana Ignacia está en una silla de ruedas: mezcla inglés, francés y castellano, con buen acento vasco, y me cuenta que está indignada porque se han gastado millones en esa pagoda y que hicieron un agujero en el suelo, lo llenaron de joyas donadas y lo cerraron a cal y canto. Es cierto que la llegada del diente desde China es el gran evento de estos días:

–Everything for esa mauvaise diente peregrina.

Dice, y se ríe, y me pregunta cómo puede ser que el pobre Buda tuviera un diente de ese tamaño –grande como un dedo, me muestra, con el dedo:

–A ver si nosotras vamos a creernos esas cosas.

Dice la hermana Josefa, y las dos se ríen con sonrisas muy claras. Josefa es un poco más joven, tiene cejas potentes, las manos como piedras y una mirada entre la ingenuidad y el éxtasis. Las hermanas me han invitado con algo fresco y hablan, se cuentan entre ellas historias que vivieron juntas y que ya se han contado tantas veces. Y después me cuentan que escuchan cada noche a las 8 la BBC en birmano, que es la única forma de saber qué pasa, y que tienen muchos problemas para ir al leprosario de Rangún, a 30 kilómetros, en una zona donde están construyendo la carretera nueva a Mandalay, prohibida para los extranjeros:

–No sé si van a finir con esa highway algún jour. Avec esos mozos, pobrecitos.

–Pobrecitos. Criaturas del Señor. Con esas cadenas en los tobillos, que se ve que les hacen tanto daño, y trabajando allí tantas horas, al pleno rayo.

–Cuando nous allons, nosotras toujours stop y les damos cigarrettes y cookies, pobre almas.

Dice la hermana Ignacia, con un suspiro y las manos juntas sobre el regazo inerte: sabe que está hablando de lo que no debiera, y le brillan los ojitos mientras pone su mejor cara de resignación cristiana. Organizaciones de derechos humanos aseguran que en Birmania las obras públicas se hacen con trabajo forzado de los presos, pero hay muy pocos que los hayan visto, porque siempre suceden en las zonas prohibidas. Cuando los organismos internacionales le reprochan esas conductas, el Slorc suele contestar con un argumento regional. Fue Mahatir, el primer ministro de Malasia, el que dijo que la idea de “derechos humanos” es occidental y que en Asia la cuestión era distinta.

Miguel Rovira, periodista español en Bangkok, me contaba que una vez le preguntó a Norodom Sihanuk, rey de Camboya, qué pensaba sobre esa respuesta y el viejo rey le pellizcó un brazo:

–¿Le dolió?

–Sí, claro.

–A los asiáticos nos duele igual que a ustedes..

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La oficina de teléfonos de Rangún es un viejo edificio colonial con las paredes interiores pintadas de azul, grandes ventiladores lentos en el techo y la luz vacilante de pocas lamparitas. Es probable que Birmania sea uno de los escasísimos países –sino el único– que mantiene algunas tradiciones del stalinismo: las enormes oficinas polvorientas, casi vacías, donde se acumulan pilas de expedientes que nadie leerá; los murales donde un pueblo feliz avanza radiante hacia el futuro venturoso; la represión política y la ley del silencio; las escuelas muy pintadas; los trabajos forzados; la nomenklatura superexclusiva y los chantajes morales.

En el gran salón destartalado hay 16 escritorios enormes, vacíos con 14 empleados que comen, charlan, duermen, y cuatro o cinco teléfonos con disco para tratar de llamar a una central, de donde los comunican con el resto del mundo. Conseguir una llamada puede tardar horas, y no te dejan hablar más de 3 minutos. En la cola nadie conversaba. Alguien me había dicho que todos los empleados de la telefónica eran botones, y puede que sea cierto. Nadie conversaba, hasta que una chica me dijo que yo era muy lindo. Yo la había estado mirando un rato largo: la chica tenía el pelo renegrido, la sonrisa perfecta y una mirada rara, que no podía entender. La chica era bellísima, parecía pobre y hablaba algún inglés:

–Sos tan guapo.

Me dijo otra vez. Yo no me creo esas cosas, pero me puse un poco nervioso y le dije que ella sí que era linda y ella me dijo que no, que ella era triste.

–Triste, soy, mucho, porque no puedo ni hablar con mi soldado.

Me dijo la chica, y me empezó a contar una larga historia donde ella se enamoraba de un vecino y sus padres se oponían porque él era de religión hindú, de origen indio. En Birmania, los indios de vez en cuando pasan a ser fucking indians, y sus padres no querían mezclarse. Así que ellos empezaron a verse en seereto, se juraron amor eterno y se besaron.

–Nos besamos, nos besamos mucho.

Dijo la chica, y el mucho sonó fuerte. En Birmania, la moral sexual parece bastante estricta. En los días que llevo aquí no he visto un beso, una caricia, y las parejas se casan muy jóvenes. La ropa es tan sexy como una lata de leche condensada y los cuerpos siempre parecen estar en otra parte. La chica estaba vestida de birmana, con pollera larga de colores y una blusa rosita con bordados. La confusión de su mirada se iba precisando: era una mezcla rara de timidez y de provocación.

–Mucho, mucho. Yo más amor después todavía, y él también.

Siguieron, dijo ella, viéndose a escondidas hasta que, “2 meses y 14 días” atrás, a él lo vinieron a buscar para llevárselo al ejército. La chica me dijo que quizás fueron sus padres los que hablaron con algún militar para que se lo llevara, y que la despedida fue espantosa.

–Yo amor por mi soldado, pero vos muy muy lindo.

Me dijo. Yo dejé de hacerme esas ilusiones hace mucho, pero siempre es curioso de oír. Quizás en este país ser blanco borre ser decadente y tan pelado. La chica me miró ya sin ninguna timidez. Los labios le caían hacia abajo, ligeramente desdeñosos.

–Si yo te gusto a vos, dame regalo.

Quería, me dijo, plata para hablar con su soldado. Su soldado estaba en el sur, custodiando un gasoducto. Una vez por semana, me dijo ella, él podía salir e ir a un lugar –un hotelito, parecía, una fonda– donde ella lo podía llamar, dijo. Y hoy era el día y ella no tenía plata y quizás yo podía darle.

–Un regalo chico para vos, muy grande para mí. Vos también muy grande y lindo para mí.

Me dijo, con los ojos cada vez más desbocados, y me dijo que se llamaba Mai y tenía 18 años. También tenía los labios bien pintados, anillitos baratos en los dedos, sandalias como todas, las uñas pintadas de rojo medio rotas. Ahora sus pies jugaban uno con otro, sandalias en el suelo.

–Me das regalo y después seguro nos vemos otra vez, ojalá…

Me dijo. Al fondo se oían los gritos de los que trataban de hablar por teléfono; a esta altura, los ojos de Mai eran un puro desafío; de reojo, yo veía que algunos me miraban con sorna. Envidia, me decía, celos del extranjero. Le dí los 100 kyats, me dió un poco de vergüenza; justo entonces llegó mi llamado y me metí en la cabina. Cuando salí, Mai no estaba. Después me pareció que había entendio. Al día siguiente volví a la oficina –no sé si por volver a verla o para tratar de descubrir que mis sospechas no eran ciertas. Cuando llegué, ahí estaba Mai hablando con un australiano que la miraba medio bobo. Mai todavía tenía la mirada tímida: recién le debía estar contando como fue que conoció a su soldado.

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Dentro de seis mil años, cuando estas tierras se llenen de psicólogas, alguna va a tener que explicar por qué los birmanos son incapaces de ver una colina sin correr a ponerle encima una pagoda. Birmania es enconadamente budista y pagodera, y el gobierno lo aprovecha. Pero las pagodas también pueden ser refugio para los disidentes. Se supone que la policía no puede violarlas: se supone, hasta que va y las viola.

Todo budista tiene que ser monje alguna vez en la vida. Se ordenan para siempre o por unos días. Pueden entrar o salir cuando quieren. Algunos se jubilan haciéndose monjes.

–Un monje es un birmano deprimido.

Me dice, esta mañana, en Shwe Dagón Pagoda, un monje con muy buen inglés, que supo ser ingeniero. Yo había llegado siguiendo una procesión de chicos de colegio que llevaba elefantes de madera, tambores y platillos, encabezada por dos travestis que bailaban de lo más sensuales. A la entrada había carteles excesivos: “Por favor, sáquese los zapatos para preservar nuestra cultura. Muchas gracias”.

En Shwe Dagon Pagoda viven las cucarachas más grandes del planeta. Las cucas de Shwe Dagon son grandes como mi dedo medio: quizás sean producto de la maquinación de un sabio loco, o el designio de un dios muy aburrido. Ahora, 2 o 3 cuervos se disputan una gran cucaracha con gritos asesinos; a mi lado, una mujer los mira y baja la cabeza, como si hubiera entendido algo. Seguramente los templos sirven para eso: para que las cosas más nimias, ahí adentro, signifiquen algo. Un cuervo sale volando con la cuca pataleándole el pico. Aquí, en Shwe Dagon, todos vamos descalzos y venimos para entender algo: aunque sea, que no entendemos nada. Shwe Dagon es la mayor pagoda de Birmania. En realidad no es un templo sino muchos: 30 o 40, organizados alrededor de una enorme stupa, una torre con forma de campana de 98 metros de alto, recubierta de oro.

En uno de los templos hay una gran televisión con la imagen de Buda congelada; al lado, en otro, una mujer le lava la cara a una estatua de mármol como 5 minutos; más allá, un hombre riega un árbol con tacitas de agua. El aire huele al aceite que se quema, y los jazmines. Se oyen campanas, cantos encantatorios y los cuervos. Miles de personas caminan, rezan, compran, venden, escupen, meditan, comen, fuman. Un hombre de aspecto más que pío mira con algún detenimiento las posaderas de las señoras que, delante de él, se inclinan para orar. Otro me para y me pregunta, como todos, si soy alemán. Algún día, si consigo la plata, voy a encargarle a Pitanguy que me haga reencarnar en un lapón. Pero el tipo tiene una cara tan despejada, tan buena sonrisa que le pregunto qué le pasa:

–Es que acabo de adorar a Buda.

El tipo parece 30 y buen dinero en algún lado, y quiere hacerme feliz a toda costa:

–El que adora a Buda lo consigue. Yo vengo todas las mañanas, le traigo sus flores, sus velas…

–¿Y le pedís algo?

–Yo le doy sus flores, sus velas, y él me ayuda. El, y muchos nats, los espíritus, me ayudan.

–¿Qué le pedís?

–La paz y la alegría para mi alma.

–¿Y algo material?

Le digo, y el tipo se sonríe más, muestra todos los dientes, y se calla. Por un segundo, su mirada fue pícara, pero enseguida le volvió la paz divina.

–Si medito suficiente, si alejo de mí la codicia y el interés, cuando me muera voy a tener una buena reencarnación.

El tipo me cuenta que vende rubíes, zafiros y esmeraldas, así que tiene que tener cuidado:

–Si me dejo atrapar por la codicia, puedo ser un animal en mi próxima vida.

Me dice, y la mirada se le pierde, turbia. Me lo imagino cucaracha o cuervo, y tiemblo por su futuro. Justo entonces empieza a llover. Son sólo unas cuantas gotas, y ninguna mayor que una pelota de tenis, pero mojan bien. De los estudiantes, ni noticias.

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–Yo tengo mi negocio y funciona, y vivo bien. Los que no se meten en política pueden vivir bien.

–¿Y usted se mete en política?

–No, yo no. Yo soy el presidente de la comunidad judía, no puedo meterme en líos. Yo soy el presidente, tengo que estar bien con todos.

Moshe Samuel tiene 44 años y, a primera vista, parece tan birmano como todos. Pero sus abuelos eran judíos irakíes, vivían en Inglaterra y, hace 60 años, vinieron a instalarse en Rangún. En esos días, la comunidad judía era importante: unos 3000, casi todos sefardíes, que habían ido llegando con los ingleses, desde mediados del siglo pasado. Pero en 1962, cuando el gobierno nacionalizó industria y comercio, la mayoría se fue. Ahora son 8 familias, repartidas por todo el país.

–No tenemos rabi, y sólo podemos hacer las ceremonias en las grandes fiestas, Roshe Shaná, Yom Kippur.

Dice Samuel, mientras me muestra su sinagoga, construida en 1883. Para las fiestas vienen los diplomáticos israelíes, porque Israel tiene buenas relaciones con Birmania, y una serie de negocios que nadie quiere contarme.

–Y también invito a mis vecinos, budistas, musulmanes, hindúes. Yo quiero llevarme bien con todos.

Dice Samuel, y me cuenta que vive de alquilar vajilla y muebles para fiestas, y que varios de los negocios vecinos pertenecen a la sinagoga, que él se los alquila y también les deja sacar agua o venir a lavarse. Todo parece casi bien, pero Samuel tiene un problema grave:

–Ahora estoy desesperado, porque me quieren cerrar el cementerio.

El cementerio judío –y el musulmán y el cristiano– ocupaban unas parecelas de tierra en pleno centro de Rangún. Ahora, el gobierno les dijo a las comunidades que tenían que dejar de usarlos y les dió tierras a 25 kilómetros de la ciudad. Samuel está desolado, indignado:

–Imaginesé: acá cuando se entierra a alguien van todos, cantidad de gente al cementerio. Cuando me entierren a mí podrían ir todos mis vecinos, todo el barrio, porque a mí me conoce todo el barrio. Pero a ese cementerio tan lejos no va a ir nadie. Me van a enterrar solo como un perro.

Y, además, Samuel sospecha que pronto el gobierno lo va a obligar a llevarse a sus muertos del viejo cementerio. Sus padres están ahí, y la idea lo aterra:

–Mis padres tenían muchos contactos con los generales, podrían haber hecho algo. A mí también me conocen, pero no me hacen caso. Quieren esa tierra.

Así que ahora, Samuel está buscando apoyos y donaciones en el mundo para guardar su cementerio o, en última instancia, edificar el nuevo. Casi sin querer, tiene una causa:

–Yo en eso no me meto, ya le dije, pero si hubiera otro gobierno creo que me escucharían y me dejarín conservar mi cementerio.

–¿Y va a haber otro gobierno?

–Eso sólo Dios lo sabe.

Es jueves. Al final, Samuel me dice que al día siguiente, si no tengo nada mejor que hacer, vaya a verlo para el sabat, a la caída de la tarde.

–Pero sólo si no tenés nada mejor que hacer. Si no, no te preocupes. Yo voy a estar acá.

Yo supongo que voy a ir, porque Samuel es una perfecta iddische mame. Mientras, esa tarde, fui a ver su cementerio. Eran 200 o 300 tumbas entre malezas, y Samuel estaba dispuesto a pasarse la vida peleando por ellas. 200 o 300 tumbas en medio de un barrio pobre donde se estaba construyendo mucho, y una nena bellísima, hija de los guardianes, que corría y se escondía detrás de las lápidas cada vez que le pedía que me dejara sacarle una foto. Creo que nunca rogué tanto nada, y ella moría de placer cada vez que me decía que no: le brillaban los ojos y se le armaba una sonrisa aterradora.

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Alguna vez me tenía que pasar, y fue bueno que fuera con Birmania: debutamos juntos. Fue mi primer desfile de modas, y el primero de la historia del país. El salón del hotel Yuzana Garden estaba lleno de jóvenes un poco ansiosos, listos para inaugurar. Las luces de colores hacían un solo efecto y la música era el tema de Misión Imposible: un argentino triunfando en Rangún. Para muchos, el chiste era ver desfilar a los amigos.

–Aquí estamos todos, la crema de la crema.

Me decía un joven con pantalones de cuero y una camisa con todos los colores. Debía ser cierto: la entrada costaba 4000 kyats –25 dólares, un buen sueldo–, y la velada estaba organizada por Living Colors, la boutique de moda, propiedad de un hijo del general Khin Nyunt, ministro del Interior. Afuera había una docena de motos tremebundas y cantidad de coches japoneses. En Birmania, los coches son japoneses, los rascacielos singapúreos, los gasoductos franceses, las chucherías chinas, las falsificaciones tailandesas y la heroína bien criolla.

La ropa era importada de Hong Kong. Las birmanitas desfilaban con el pelo muy suelto: la clave del erotismo birmano está en esos larguísimos pelos renegridos, vivos, golpeando sobre nalgas en sedas de colores. Las birmanitas amagaban tímidos movimientos de la pelvis que despertaban risas nerviosas en el público. Eran las primeras polleras cortas que veía en muchos días, y me resultaron de lo más excitantes. Algún día alguien va a hacer un estudio de nuestro siglo como la civilización que cortó la pollera, y va a entender casi todo.

–Ahora sí podemos ser como los jóvenes del mundo.

–Pero siempre muy birmanos.

–Por supuesto. Si no, qué va a decir Maung.

Dijo uno, y los 4 o 5 que ya se habían juntado alrededor se rieron pero miraron para los costados. En medio de pantalones y polleras, Maung llegaba con su longhi violeta refulgente y una camisa blanca limzul con gemelos de oro. El longhi es la tela enrollada a la cintura que todos los birmanos usan, pero lo bueno era el rubí que le cerraba la camisa:

–Las tradiciones son lo más importante. Tenemos que mantener nuestro agudo sentido del patriotismo y preservar nuestra cultura nacional, aún en medio del desarrollo.

Dijo Maung, y dijo que era de la Usda –Union Solidarity and Development Association– el seudopartido que apoya a la junta militar. Entre las obligaciones de sus miembros está la de “denunciar a las personas sin escrúpulos que amenazan la soberanía nacional, y apoyar a las fuerzas de policía encargadas de mantener el orden y la emergencia de una nación próspera y moderna”.

Después del desfile vino el baile. Los chicos ricos usaban mucho oro, que brillaba bajo las luces de colores. Las parejas bailaban sin tocarse ni un poco. Sentado en un costado, Richie, de unos 30, es un empresario de Singapur de origen indio. Singapur es la principal inversora en Birmania, y Richie me dice que el desfile les salió más o menos, como casi todo, pero que es bueno que lo intenten. Le pregunto si es difícil hacer negocios en Birmania.

–Según. Ahora se puede, pero si esto sigue así, se van a arruinar: importan cantidad y no exportan casi nada. Pero la cuestión depende mucho de la política. Puede ir bien o mal.

–¿Cómo?

–Si viene la Señora, arruina todo.

–¿Por qué?

–Ella tiene muy buenas intenciones pero no sabe cómo funciona el poder, nunca lo tuvo. Y los que vengan con ella van a querer resarcirse de estos 30 años, y van a pedirnos fortunas para cada negocio.

Las coimas suelen ser del 5 por ciento. Pero los inversores extranjeros dicen que, como hay orden, uno sabe a quién hay que sobornar y que, una vez que el funcionario adecuado pone el sello, nadie discute más nada, y que así sí se puede hacer negocios, no como en otros países de la zona.

–Seguramente con la Señora va a venir mucha inversión extranjera, pero se van a agudizas las diferencias entre pobres y ricos, y la gente va a sufrir. Y además, el país se va a romper en mil pedazos: van a estallar todas las peleas entre las etnias, y va a ser el caos.

–¿Y con los generales es mejor?

–Con los generales uno sabe quién manda, y eso siempre ayuda, para los negocios.

Hay mucho ruido: es difícil charlar. The Emperors, el grupo que más suena, ya está atacando con su gran éxito: la versión birmana de Hotel California.

Yo seguía sin poder verlos, pero la tarde siguiente pude oírlos. Estaba sentado tomando un té en la calle cuando se oyeron gritos acompasados y varios parroquianos se levantaron de golpe y corrieron hacia la esquina. Yo los seguí, pero cuando llegamos ya no quedaba nadie. 3 o 4 minutos después llegó un camión de soldaditos: eran como 50, muy flacos, jovencitos, vestidos de azul con uniformes viejos. Nos volvimos a las mesitas en la calle y los locales comentaban cosas en voz baja. Pregunté, pero nadie quiso decirme nada. A la noche, otra gente me comentó que los había oído en lugares muy distantes. La ciudad estaba ligeramente exasperada.

A la madrugada siguiente, cuando iba al aeropuerto para volar a Mandalay, muchas calles estaban cortadas por patrullas de soldados, y no era fácil llegar. En un cruce de avenidas el taxi se paró y, en la media luz del alba, vi docenas de cuerpos tirados en el suelo, boca arriba: tuve un escalofrío. Tardé un momento en darme cuenta de que eran soldados durmiendo, con sus armas apoyadas en el pecho.

Mandalay es la segunda ciudad de Birmania, chata, calma, con un fuerte-palacio gigantesco, 80 monasterios, 3 edificios altos, cientos de casitas y miles de chozas. En dos de sus esquinas más escogidas están los únicos semáforos con cuenta regresiva digital que he visto en el mundo; en una callecita lateral, dos chicos de 10 ponen sus gallos a pelearse, y una docena de chicos de 6 o 7 los alientan, gritan, se carcajean frenéticos.

Son las siete de la mañana y las calles están llenas de gente. Hace sólo 30 grados, así que algunos ostentosos aprovechan el momento para ponerse la campera de cuero o de nylon brilloso. Como cada mañana, los monjes budistas salen con sus túnicas naranjas, sus pies descalzos y su vasija de pedir, a que les den su puñado de arroz –que suele tener algo más que arroz. La población los alimenta, y ellos rezan por todos.

En cada cuadra uno o dos árboles, los más grandes, tienen colgado del tronco un altarcito con agua, flores y comida, para que los espíritus no se pongan nerviosos. El taller está en una casita sin pintar. Las paredes del taller son de bambú y la luz entra a cuadritos. En el taller, tres hombres morrocotudos le pegan con una maza de 4 kilos, 6 horas seguidas, a un paquete de 700 hojas de oro, para reducirlas a su expresión más delgada. Las hojas sirven para cubrir Budas y otras divinidades. Les pagan 200 kyats –1,20 dólares– por día, y el más joven todavía tiene el humor suficiente como para gritar música, música, porque el ritmo de las mazas cuando caen es una música pesada, encantatoria.

Cuando salgo, a las pocas cuadras me para una barrera. El tren pasa despacio. En el estribo del último vagón hay soldados muy armados: el vagón tiene las ventanas clausuradas por unas tablas. Detrás de las tablas, agarrados a las tablas con dedos retorcidos, 5 hombres miran con ojos desesperados. La estación está a dos cuadras. Corro. Cuando llego, los hombres del último vagón se están bajando, entre 12 soldados. Tienen cadenas en los pies y miran para abajo, como si alrededor no hubiera nada. Un vendedor de cigarrillos me dice que son presos, que los traen del norte. Cuando pregunto por qué están presos, el vendedor mira para otro lado. La estación está llena de gente que come, duerme, espera.

–Yo te ví cómo los mirabas.

Me dijo el tipo, como a una cuadra de la estación, cuando me fui: era obvio que me había seguido. El tipo debía tener unos 35 y era igual a otros cien mil. Aunque su reloj era demasiado dorado.

–Te invito a un té.

El tipo tenía grandes chances de ser un policía. Yo seguí caminando y él insistió:

–Un té, 10 minutos. Quiero hablar con vos.

Quizás me agarró con las defensas bajas, o ya harto del silencio, o con más ganas de saber. No tendría que haberle hecho caso, pero fui. Nos sentamos en dos banquitos bajos de una vereda de té.

–Yo creo que tendrías que ir a la casa de los hermanos Moustache.

–¿Qué?

Entonces el tipo me contó la historia: el 4 de enero de 1996, la Señora organizó un encuentro en el jardín de su casa para celebrar el día de la Independencia que consiguió su papá. Fueron 2 o 3000 personas y hubo discursos. En el medio, la actuación de Par Par Lay, uno de los hermanos Moustache. Los hermanos Moustache son actores desde hace 30 años, su familia ha hecho comedia y danza birmanas por varias generaciones. Par contó un chiste. Dijo que él era médico y que un general con muchas estrellas iba a visitarlo.

–Doctor, estoy desesperado. Tengo un dolor de cabeza terrible. Ya no como, no duermo, no puedo hacer nada. Tiene que hacer algo.

–A ver, vamos a revisarlo. Aquí tengo una computadora modernísima, recién llegada de China. Se la voy a conectar a la cabeza, a ver qué tiene.

Entonces Par contó que él –el médico– la calibró, miró las cifras, volvió a mirarlas, y le dijo al general paciente:

–Señor, su caso es grave.

–¿Qué tengo, doctor, qué tengo?

–Nada. Adentro de la cabeza usted no tiene nada.

La carcajada fue general, y los aplausos. Dos días después, Par volvió a Mandalay. Esa misma noche, 30 policías de civil se presentaron en su casa y se lo llevaron. Al día siguiente, en la cárcel de Mandalay, Par se encontró con otros 12 miembros de su troupe. Su detención hizo mucho ruido en la prensa inglesa y americana.

Varios de ellos fueron liberados en las semanas siguientes, pero Par siguió preso. Su mujer iba a verlo casi todos los días. Un martes le dijeron que su esposo ya no estaba ahí.

La familia se aterró. Tras un par de días consiguieron sobornar a un oficial que les dijo que lo habían a trasladado a Myitkyina, en el norte del país. Después, el mismo oficial les dijo que estaba en un campo de trabajos forzados, picando piedras. En marzo, un tribunal lo sentenció a 7 años de prisión y ahí está, todavía, porque creyó que en Birmania ya se podía hablar.

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En Birmania hay varios miles de presos políticos, nunca se sabe cuántos, porque nadie da datos. Con los enfermos de sida son más drásticos: parece que los ejecutan con una inyección. El tipo terminó de contarme la historia y llamó a uno de los 14 mozos para pagarle 20 kyats. Su anillo también tenía demasiado oro, y un rubí. Me alivió que se fuera. Quizás era de la policía, quizás no. A los represores a veces les gusta que se sepa lo que hacen, para asustar a los que sea necesario.

La casa de los Moustache es un gran taller donde su familia hace máscaras, marionetas, instrumentos de música. Lu Maw, el hermano que queda, tiene grandes bigotes y es actor por los cuatro costados: le gusta declamar, jugar con sus gestos, sorprender a su auditorio. Durante un par de horas me habló sobre las danzas y comedias birmanas y después me invitó a que fuera a ver su show, esa noche. Antes, me dijo, hacían giras por los pueblos, pero ahora preferían trabajar para los turistas.

El show era un despliegue de máscaras y movimientos delicados. Había 7 u 8 bailarines que cambiaban de trajes y personalidades, y yo era el único espectador. Moría de vergüenza. Después supe que los guías oficiales los habían borrado de sus itinerarios, y ya no iba casi nadie. Cuando terminó, le pregunté a Lu Maw si su hermano Par Par no actuaba con él.

–Sí, actuaba.

Me dijo, y hubo un silencio largo.

–Ahora está preso, como vos sabés.

Me dijo, y se quedó otra vez callado, como quien quiere hablar con su silencio. Después se atusó los bigotes y señaló los míos.

–Vos también podrías ser un hermano Moustache.

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Mandalay es un centro importante en la distribución de la heroína. Ahí se cruzan las rutas que vienen de la China y la India, las nuevas bocas de salida ahora que Tailandia está más controlada. No se ve droga en la calle, ni gente ofreciéndola, y las penas cuando agarran a uno son tremendas. Suele pasar: los productores tratan de que el consumo no les complique la situación en sus países. Les conviene mantenerlos limpios.

Yo quería ir a Kentung, Kentung es una ciudad chica, famosa por su mercado de búfalos de agua y por su situación en el Triángulo de Oro, una región montañosa selvática repartida entre Birmania, Laos y Tailandia que es el centro mundial de producción de heroína. Pero cada vez que iba al aeropuerto, el empleado me decía que habían cancelado el vuelo.

–Bueno, quizás haya la semana próxima, o la otra. ¿Quién sabe, no, quién puede saberlo?

Me decía, y se reía suavito. Por tierra no había acceso, y tuve que resignarme. Cerca de Kentung estaba, hasta el año pasado, el cuartel general de Khun Sa.

Khun Sa es un mestizo de chino y birmana que empezó en 1962, a sus 27, con una pequeña milicia que peleaba para el gobierno central contra rebeldes locales. Rangún no tenía con qué pagarle así que, para compensar sus servicios, no intervinieron cuando Khun Sa empezó producir opio y a contrabandearlo a través de la frontera con Tailandia. El hombre era ambicioso y eficaz: 30 años después, controlaba la mitad del negocio y tenía un ejército de 20.000 hombres que, supuestamente, peleaban por la independencia de su etnia, los Shan. Khun Sa era el Escobar del Asia, el gran enemigo de la DEA.

Casi todos los productores de opio tienen excusas nacionalistas, y ejércitos privados. En sus tierras no entraba nadie, y estaban en guerra constante contra el poder central. Lo curioso es que, si no hubiera sido por el opio, muchas de estas etnias habrían desaparecido en esos años. Hasta que, últimamente, el Slorc hizo las paces con casi todos ellos, a cambio de una participación importante en las ganancias. La paz trajo prosperidad: la producción está aumentando 10 por ciento por año.

En esas tierras se cultiva el 60 por ciento del opio del mundo: la mayoría se transforma, ahí mismo, en heroína. Diez kilos de opio producen uno de heroína: son unas 2500 toneladas anuales de opio que, una vez procesadas, valen alrededor de 30.000 millones de dólares.

A principios de 1996, Khun Sa también pactó. Dispersó su ejército, entregó sus cuarteles y, a cambio, ahora vive tranquilo en Rangún, donde maneja sus negocios y juega al golf con los militares del Slorc. En Birmania, el golf se está poniendo muy de moda entre los generales del gobierno.

Por eso Clinton y la administración americana condenan al Slorc siempre que pueden. Hace unos meses, en Bangkok, Clinton dijo que se necesitaba “un verdadero diálogo político en Birmania, para dar una batalla real contra el crimen, la corrupción y los narcóticos y lograr un gobierno más aceptable para su pueblo”, y alabó a “los valientes reformistas conducidos por Aung San Suu Kyi”. Por eso, entre otras cosas, los americanos apoyan tanto a la Señora, que les aseguró que, si llega a ser gobierno, va a limpiarlo todo.

–Sin el dinero de la droga, la economía birmana se derrumba. Si la señora quisiera limpiar eso –lo que le piden los americanos– el  país sería casi inviable. O sea que la democracia es imposible.

Me había dicho Richie, el empresario de Singapur.

–Los militares del Slorc usan la plata de la heroína para sus cuestiones personales y para comprar más armas. Si la usaran para el país, ahora Birmania sería como Singapur o Hong Kong.

Escribió, en un diario de Bangkok, un seguidor de la Señora..

Cuando volví a Rangún el gobierno acababa de cerrar las facultades y mandar a los estudiantes del interior, que viven en residencias universitarias, de vuelta a sus lugares. Los metían en los ómnibus con custodia militar y los despachaban. La radio, la tele y los diarios no decían nada. Muchas calles estaban cortadas, algunas pagodas –que pueden servir de refugio– estaban cerradas, y los soldados daban vueltas por la ciudad en sus camiones chinos. Frente a los edificios oficiales había tanques chinos con sus dotaciones y los motores prendidos. En el hall del hotel corrían los rumores: que hubo muchos detenidos cerca de Shwe Dagon Pagoda, que están llegando soldados desde el norte, que un soldado mató de un tiro a un capitán en un puesto del suburbio, que se cayó un avión con varios cantantes a bordo en el sur del país. Los pocos extranjeros nos cruzamos en 2 o 3 lugares y nos contamos lo que hemos escuchado por ahí, sabiendo que todo es posible y nada seguro. Uno me dice que dos días atrás echaron a cuatro periodistas australianos que habían venido sin visa. Yo miro para arriba. La ciudad sigue llena de fantasmas, y hace cada vez más calor. Parece como si sólo esperáramos la explosión final.

Al día siguiente, en la puerta de la facultad de medicina hay unos pocos estudiantes y algunos profesores que les dicen que no saben hasta cuándo durará el cierre. Los soldados miran 50 metros más allá.

–Pueden ser 3 días, una semana, un mes. Nadie nos dice nada.

Me acerco a una chica y le pregunto qué pasa.

–Casi todos los días hacemos alguna manifestación. Nos juntamos algunos en algún lugar, empezamos a gritar, y en minutos llegan los soldados y nos rodean. No tenemos nada, no podemos hacer nada.

–¿Y no se los llevan presos?

–Algunas veces se llevan a algunos, otras no. Parece que quieren evitar que se arme demasiado lío. Mientras seamos nosotros solos no pasa nada, nos tienen controlados.

–¿Y tienen el apoyo de Suu Kyi?

–Nosotros no tenemos nada que ver con Suu Kyi.

Parece una maniobra para no incriminarse mutuamente, pero tanto la Señora como los estudiantes se cuidan mucho de apoyarse en público.

–¿Y te parece que se les van a unir otros, los monjes, los trabajadores…?

–Bueno, eso esperamos. Ahí sí que podríamos hacer algo serio.

La chica me sorprende: algo ha pasado en estos días, para que ahora hable como habla. Le pregunto si no se podrá ver a algún líder estudiantil, y recupera la cara de antes, la de pava completa. Mira para otro lado, no me conoce más. Después, ya en Bangkok, me enteraré de que los líderes no se muestran y que, incluso, los que conducen las manifestaciones son otros, sus delegados. Ellos correrían demasiado peligro. Y que el movimiento estudiantil está bastante más organizado de lo que parece y que ahora, tras esta primera aparición, piensa replegarse por unos meses, hasta que se les presente la próxima ocasión para golpear. Me acerco a un grupito de cuatro que charlan en voz baja. Tres se despiden y uno se queda: parece que va a hablar conmigo.

–Nos dan discotecas, karaokes, carreteras, de todo menos lo que queremos: democracia.

–¿Y para qué quieren que haya democracia ?

Era la pregunta que no tenía que hacer. El estudiante me miró como quien dice pobre tipo, y amagó irse. Yo lo retuve para preguntarle si ellos apoyaban a Suu Kyi.

–Nosotros la queremos y ella nos quiere, y sería capaz de dar todo por nosotros, pero…

El pero se quedó colgando. El muchacho tenía el pelo cortito, la camisa más limpia al sur de río Irawady y los suficientes libros bajo el brazo como para que nadie dudara de que era un estudiante. El pero seguía dando vueltas:

–…pero ella es una mujer grande y está demasiado pegada a la tradición, y nos parece que tarde o temprano vamos a enfrentarnos.

–¿Quién es nosotros? ¿Son un movimiento?

El muchacho me miró: no entiendo nada, sigo haciendo preguntas que no debería. Empiezo a estar perdido.

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Al otro día traté de llegar hasta la casa de la Señora, con la lejana esperanza de entrevistarla. Era un feriado nacional y pensé que podía haber algún intento de manifestación en los alrededores. Los soldados me pararon a más de 500 metros: todo el barrio estaba cerrado por barreras del ejército, y Suu Kyi prisionera en su casa. La Señora vive en el barrio donde viven los dueños de Birmania: casas muy grandes alrededor de un lago, céspedes y flores deliciosas, paredones altos con alambres de púa. Khun Sa es uno de sus vecinos más cercanos.

La Señora es un personaje curioso: muy culta, tranquila, dispuesta a todo. Después, alguien me hablará de ella en términos casi místicos:

–La Señora hizo una promesa: que no se iría de Birmania hasta que el país tuviera democracia. Y si ella lo dice, lo va a hacer.

Pero, en general, la Señora se define poco. Muestra un democratismo sin mayores precisiones, el apoyo de Occidente y su decisión de moralizar al país y nivelar un poco las desigualdades económicas. Aunque no esté muy claro cómo podría conseguirlo, en una situación en que la única presión fuerte contra los militares es la internacional. De hecho, últimamente dice que no quiere pelearse frontalmente con el Slorc y les ofrece, todo el tiempo, diálogos y negociaciones que la junta rechaza. El taxi me dejó lejos: el chofer me dijo que no lo dejaban llegar más allá. Caminé un par de cuadras; 300 metros antes de la casa, la calle estaba cortada por unos 30 soldados muy armados. Cuando quise pasar, se me cruzó un chico de menos de 20, vestido con camisa y longhi:

–¿Adónde va?

–A ninguna parte, estaba paseando.

–Por acá no se puede.

–¿Por qué?

–No puedo decirle nada: no se puede.

El chico transpiraba más de lo necesario: hacía calor, pero él estaba a punto del soponcio. Yo seguí haciéndome el tonto, que no me cuesta nada:

–Quiero saber por qué.

–Es un caso político.

–¿Un qué?

–Un caso político. Es todo lo que puedo decirle.

Si fuera periodista estaría jodido, pero como turista puedo darme algunos lujos:

–¿En serio sos policía?

–Sí.

–¿Y tu uniforme?

–No uso uniforme.

–¿Cómo? Yo creía que los policías usaban uniforme.

–Yo soy de la policía secreta.

Ma non troppo; el chico seguía transpirando, y se retorcía las manos con fervor.

–¿Y eso está bien pagado?

–…

–No, en serio. ¿Cuánto te pagan?

–3000 kyats.

–¿En serio? Qué desastre. Si trabajás para mí, te pago 5000.

Ahora el tipo debe estar deseando descubrir súbitamente que soy birmano, e imaginando los dulces placeres que le esperarían si lo fuera. Pero tiene la sonrisa congelada y cara de esto no va a quedar así. Mejor me voy.

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Se me ocurrió caminar hasta el centro; de tanto en tanto me cruzaba con grupitos de dos o tres, con pinta de estudiantes, que también volvían. Nadie decía nada. Aunque todos, como siempre, saludaban amables. En Birmania, todos saludan con su mejor sonrisa: son tan amistosos que al cabo de unos días empalagan, y me duelen músculos insospechados de tanto sonreírles. A veces me siento como la reina de Castilla en día de pago, saludando a los suyos. Y a veces pienso en esa amabilidad, en cómo la vida sigue al costado de la política, cómo todos estos, que votaron para echar a los militares, que comen poco y mal, que no saben cómo estarán mañana, se empeñan en vivir amablemente y olvidar todo lo posible. Es curioso lo tranquila y agradable que puede parecer la vida en un país con miles de presos políticos y una dictadura que anuló elecciones que la rechazaron. Cómo se empeñan en pasarla lo mejor posible los que después hablarán de cómo sufrieron en aquellos tiempos, con los militares. Es humano, supongo.

La vida sigue, tan parecida a sí misma. Alguna vez tengo que entender por qué el periodismo no es capaz de contar la vida sino sólo lo extraordinario y, por eso, cuando lo piensa un periodista, un país de 47 millones de habitantes se transforma en las declaraciones de un general, una señora y el paseo de 3000 estudiantes. En el mercado central, manzanas y manzanas de viejos edificios coloniales, birmanos muy amables vendían casi todo: maderas y especias olorosas, camarones y pescados secos, cigarrillos falsificados en Tailandia, encendedores falsificados en Tailandia, relojes falsificados en Tailandia, perfumes, anteojos, remeras falsificados en Tailandia, grandes bolsas de arroz, corderos muertos con sus ojos muy tristes, víboras sin moral, ardillas, telas, sogas, hilos, las sandalias que cada pie birmano calza, cualquier capricho en frutas y verduras, candados de 14 tamaños, cassettes piratas a 40 centavos, bolsos bolsitos y pañuelos de colores y, todo el tiempo, todas las comidas.

Comí en un puesto del mercado. La mujer era una india; estaba parlanchina y se quejaba:

–No hay muchos viajeros este año.

–¿Por qué?

–Por la Señora.

Dice, y después baja la voz.

–Suu Kyi. Ella pidió que boicotearan el país.

–¿Y usted está de acuerdo?

La mujer miró tres veces a su alrededor. En su puestito no había nadie, y ella lo sabía. De eso estábamos hablando:

–Para la gente como nosotros no sirve. Nosotros tenemos que trabajar para comer, y así no trabajamos. El que esté en el poder, para nosotros es lo mismo. Ninguno nos va a dar nada gratis, ni los militares ni la Señora.

La comida ha subido mucho últimamente. Lo de los derechos humanos y las libertades está muy bien, pero todos saben que lo que realmente ha llevado las cosas a un punto límite es la inflación y la pobreza: el indispensable kilo de arroz cuesta 100 kyats, el doble que el año pasado, y cada vez hay más gente que no puede comprarlo.

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Se había hecho de noche. La ciudad estaba llena de mosquitos y hacía un calor exasperante. Alguien me tranquilizó:

–No creo que haga mucho más de 35 grados: estamos en invierno.

Alguien me dijo que venía tormenta. Las calles estaban mal iluminadas y se veían siluetas de tanques y soldados en posición de guardia. Caminando, encontré un bar cerca del río, con sólo un par de mesas ocupadas. Me senté; primero entró una vieja mendiga pidiendo limosna mesa por mesa. Cuando llegó frente a mí se paró, me sonrió y se fue a la siguiente, sin pedirme nada: ser blanco tiene dudosos privilegios. Al rato, un fulano de 40 y tantos, vestido con un longhi a cuadros y una camisa beige con bordaditos se sentó en mi mesa. Su inglés era el peor al sur del Himalaya, pero el tipo ya había tomado suficiente ron, y quería hablar:

–Hoy día nacional, ve, día nacional.

Eran como las 11 de la noche y la luz estaba muy baja: la energía eléctrica había caído mucho y sólo nos iluminaban dos lamparitas de 25. El tipo me decia que era la fiesta patria y no había habido ni un festejo.

–Militares miedo juntando gente. Militares fiesta para ellos, en día nacional.

Decía, y nos servía más ron. Alrededor había otras mesas bajitas y otros bancos enanos, pero ya no quedaba casi nadie. El tipo igual miraba a los costados, receloso. Ahora, yo también miraba. Le pregunté si la gente quería a los militares y se sirvió otro ron. Entonces le dije que por qué, si no los querían, los militares podían quedarse. Mis preguntas eran tontas y él me miró desconsolado. Pero estaba decidido a explicarme todo lo necesario. Ya se sabe que estos extranjeros nunca entienden nada:

–Porque militares tener armas, todas las armas.

–Y las usan.

–Seguro las usan. Matar, las usan.

Después le pregunté por qué me decía todo eso y me dijo que porque era extranjero.

–Y porque día nacional, hoy. Y nadie poder nada, en día nacional.

El tipo había sido marinero durante muchos años, había juntado plata y ahora tenía un taxi y vivía bien. Mediano, decía, bien: comida, casa, ropa para sus 3 hijos. El tipo estaba orgulloso de haber sabido ahorrar y vivir bien ahora, pero seguía con el ron, porque era el día nacional. Era bastante gordo.

–Acá habla nadie por miedo, porque uno habla lo meten preso, lo atan.

–Pero la gente sonríe mucho, parece feliz.

–Gente sonríe porque mejor con sonrisa, vida mejor, menos sospechas. Si militares viendo protestas, escuchando, ellos tirar, matar y después nada. Limpio, después, nada: limpio limpio.

El suelo del bar era de tierra, el techo de tablas, y paredes no había. De algún lado llegaba una musiquita de lambada eléctrica. Estábamos solos. Le pregunté si los militares iban a durar mucho:

–Militares siempre, en el futuro, siempre. Ejército es muy grande, tiene todas las armas. Gente no armas: militares siempre siempre.

Era lo que suelen decir los analistas: que no habrá cambios en Birmania sin la colaboración de un sector del ejército. Y que el ejército está firmemente unido alrededor de sus prebendas y sus pactos de sangre.

–Militares siempre siempre. Nosotros asustados, somos una mierda. No tenemos huevos para nada. Ellos, siempre siempre.

Dijo, y bebió lo que quedaba. La botella de ron rodó, vacía.

–Algunos tienen huevos. Si no no habría presos.

Le dije. El argumento me pareció irrefutable. El marinero me miró, miró el vaso vacío y sonrió con tristeza infinita. El diente de oro le brillaba tenue:

–Son tan pocos. Siempre son tan pocos.

Después hundió la cara entre las manos, se restregó la cara con las manos y pareció despertarse de repente:

–En cuanto llegue a nosotros el valor, acá explosión de todo.

Dijo el marinero y brindó, con su vaso vacío, a la salud de ese momento.

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(“Birmania, El opio de los pueblos”, está incluida en mi libro La guerra moderna, 1997)

La prueba de la vacuna

Martín Caparrós

Es probable que el capitalismo mundial se crea que no lo necesita. Es probable, incluso, que no lo necesite. Pero, por si alguna vez llega a estar en la duda y piensa que precisa una prueba para saber quiénes son sus fieles más fiables, los creyentes auténticos, se me ocurrió una, que les cedo amablemente a cambio de unos módicos royalties a pagar en Andorra.

No es difícil, pero requiere cierto esfuerzo. Deben empezar por organizar una situación de emergencia absoluta, alguna casi inverosímil: probablemente lo mejor sea una peste, una de esas con virus de película mala que se ceban y en poco tiempo matan a millones de personas y consiguen que millones y millones se encierren en sus casas y pierdan sus trabajos y deban dejar todo y que millones y millones pasen hambre y que todos se pregunten cómo y cuándo se va a terminar y qué cuernos va a pasar después.

Y, entonces, una vez que el mal se apodere del mundo, tienen que ofrecerle la forma de vencerlo: una vacuna, digamos, por ejemplo, o más de una, que salvarían millones de vidas, permitirían que todo volviera a funcionar. Así que, para seguir con el experimento, tienen que inventarlas, vanagloriarse de ellas, convencer a la humanidad presa del pánico de lo maravilloso del remedio y empezar a producirlas en tal o cual laboratorio –cuyos nombres se harán famosos y sus ganancias astronómicas. Hasta que, de pronto, esos laboratorios dirán que no saben hacer suficientes, que prefieren vendérselas a otro que las paga mejor, que el que no acepte sus condiciones no las tiene. Y aquí viene el momento estelar, la prueba definitiva: observar quiénes se oponen a la lógica respuesta de los gobiernos de requisar y producir de urgencia las vacunas –y así salvar a sus ciudadanos y sus economías.

Habrá unos pocos. Esos, sin duda, serán los puros y duros, los mejores, capitalistas sin mengua ni tacha: los cruzados de la ideología, los que crean que la propiedad privada debe ser respetada por encima de cualquier otra consideración, que es ciertamente más importante que la vida de millones, que es incluso más importante que el funcionamiento económico del mundo, que es lo más importante sin ninguna duda. Habrá que verlos y contarlos; se corre el riesgo de que no sean muchos. Unos cuantos fundamentalistas, unos fanáticos de esos que nunca faltan: tan escasos que, supongo, deberán callarse y esconderse.

Bien vista, la prueba es peligrosa: quizá no les convenga hacerla. Al fin y al cabo, si la hicieran, el tal capitalismo y su extremismo terrorista quedarían demasiado expuestos. Y los demás, las personas normales y banales, las que saben que frente a una emergencia tan tremenda la única solución es priorizar las vidas de millones y producir las putas vacunas donde se pueda y cómo se pueda y cagarse en cualquier ideología de la propiedad y la ganancia, los despreciarán con tal encono que quizá nunca podrían recuperarse.

Una ciudad invisible

Si hay un libro que me mata de envidia, que daría un huevo por haber escrito y que copio sin saberlo sin parar y sabiendo cada tanto y releo con denuedo es Las ciudades invisibles, de Italo Calvino.

Es pequeño, es caprichoso: son los brevísimos relatos que le hace Marco Polo al emperador Kublai Khan –con quien no comparte ninguna lengua– sobre las ciudades de su imperio infinito.

Cada ciudad son dos o tres páginas, un rasgo, una mirada, una sorpresa, una evidencia que ya no. Son destellos, pequeñas descripciones donde nada termina de estar dicho y donde queda dicho mucho más que lo que se describe: una forma de la contención y la mesura que es la manera de ser desmesurado.

Y que abraza la única opción seria de un libro de viajes: contar viajes que nunca sucedieron.

Y que tiene eso que más me fascina en un texto: que nunca estoy seguro de haberlo entendido.

Esta vez, por ejemplo, me quedé fijado en este, Las ciudades y el deseo, 5.

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Desde allí, tras seis días y siete noches, el hombre llega a Zobeide, ciudad blanca, bien expuesta a la luna, con calles que giran sobre sí mismas como un ovillo. Esto se cuenta de su fundación: hombres de naciones diversas tuvieron un sueño igual, vieron una mujer que corría de noche por una ciudad desconocida, de espaldas, con el pelo largo, y estaba desnuda. Soñaron que la seguían. Vuelta a vuelta, todos la perdieron. Después del sueño buscaron aquella ciudad; no la encontraron pero se encontraron ellos; decidieron construir una ciudad como en el sueño. En la disposición de las calles cada uno rehizo el recorrido de su persecución; en el punto donde había perdido las huellas de la fugitiva, cada uno ordenó los espacios y los muros distinto que en el sueño, para que no pudiera escapársele más.

Esta fue la ciudad de Zobeide donde se establecieron esperando que una noche se repitiese aquella escena. Ninguno de ellos, ni en el sueño ni en la vigilia, vio nunca más a la mujer. Las calles de la ciudad eran aquellas por las que iban al trabajo todos los días, ya sin ninguna relación con la persecución soñada. Que por lo demás estaba olvidada hacía tiempo.

Nuevos hombres llegaron de otros países, que habían tenido un sueño como el de ellos, y en la ciudad de Zobeide reconocían algo de las calles del sueño, y cambiaban de lugar galerías y escaleras para que se parecieran más al camino de la mujer perseguida y para que en el punto donde había desaparecido no le quedaran vías de escape.

Los que habían llegado primero no entendían qué era lo que atraía a esa gente a Zobeide, a esa fea ciudad, a esa trampa.

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Hacía mucho que no lo releía, y ahora entendí que era el mejor texto que he leído sobre la inmigración. Espero que pase el tiempo para volver a leerlo y saber, por fin, sobre qué trata.

Y poder, con suerte, olvidarlo otra vez.

Cacocracia

Martín Caparrós

¿Y si fuera que son un poco bobos? Digo: bobos en el sentido más amable de la palabra, ningún insulto, ninguna mofa o befa; solo la descripción de que a estos señores que nos gobiernan la cabeza no les da para tanto. Sería una idea realmente amable: que no lo hacen por maldades y perversiones y ambiciones y corrupciones y avideces y lameculismos varios sino por simple y muy pura ineptitud. Es una idea amable y, en realidad, desesperante.

Porque durante años caí una y otra vez en el optimismo patriótico de imaginar que la incapacidad de los dirigentes era un drama argentino, pero cada vez veo más claro que no: que sucede en –casi– todas partes. Entonces sí uno puede preguntarse por qué razones más allá de folletines patrios, condenas del folclore.

(Sucede en todas partes: ahora Trump y los suyos han hecho mucho por la autoestima mundial. Solía ser antipático pensar que los nuestros eran horribles pero los americanos eran maravillosos. Nunca lo fueron, pero lo disimulaban muy bien; con la careta de Trump –y sus adláteres– la careta se les cayó al carajo, y ahora desesperan por volver a ponérsela. Y, aunque los biempensantes del mundo hacen todo lo posible por ayudarlos, sospecho que Biden no da para tanto.)

Aquí y ahora –Madrid, sin ir más lejos– diversas pestes nos acechan. Una común, la del bicho, contraataca. Mientras tanto, una más parcial –la nieve inusitada– atacó en estos días. Ante ambas las respuestas de las autoridades fueron de una ineptitud descomunal. No supieron prever los desastres del meteoro –que todos los meteorólogos venían anunciando–, no supieron usar los recursos que tenían para repararlos, no supieron nada –y nos pasamos diez días más o menos aislados. Como tampoco saben encontrar el balance entre salud y economía que les permita mantener medio vivas una y otra. El problema es que cuando uno ve y escucha a las personas encargadas de hacerlo, no se extraña de que las cosas vayan como van. Y entonces vuelve el antiguo argumento: ¿no será simplemente que son un poco tontos?

Parece un argumento caprichoso, livianito; creo que habría que tratar de darle peso. Hay que ver, para empezar, de dónde vienen. Los gobernantes contemporáneos son, en su inmensa mayoría, empleados de partidos políticos, mujeres y hombres que decidieron hace tiempo dedicar sus habilidades a trabajar y prosperar dentro de esas estructuras. No son personas que hayan destacado por su inteligencia, su comprensión de ciertos fenómenos, su imaginación para pensar proyectos; son personas que han dedicado sus vidas a sobrevivir dentro de estructuras burocráticas oscuras, llenas de amigos efímeros y enemigos encarnizados, donde nada ofrece tanto rédito como saber a quién acercarse, de quién alejarse, qué decirle a quién con la sonrisa y qué callar cuando conviene. Digo: el set de habilidades que hace que una persona vaya escalando posiciones en un partido político no contiene casi nada que sirva cuando esa misma persona, ya escalada, debe conducir un país o una ciudad o un ministerio. La mayoría de ellos accede a puestos muy por encima de sus capacidades reales –o muy alejados de sus áreas de capacitación–; en ellos podrían, en el mejor de los casos, escuchar a los expertos, pero tampoco suelen hacerlo. La mezcla de vanidad y paranoia los lleva a creer más que nada en sí mismos, o sea: a creer en nada.

Hace unas semanas lo discutíamos con mi amigo Alejandro Katz, que deploraba la distancia que hay en la Argentina entre políticos y especialistas y que no hubiera “un saber asociado con el poder”. Y daba el ejemplo de un ministro de Educación que no tenía la menor formación en educación. Entonces yo le decía que sí había un saber asociado con el poder: ese saber –laboriosamente adquirido– de cómo funcionar en el poder o sus inmediaciones, que es lo único que les garantiza mantenerse allí y que, por lo tanto, hace que los que están allí son los que saben eso: lo que el pobre Darwin llamaría una ventaja evolutiva. Entonces, ¿para qué dedicarte a estudiar los sistemas educativos si sabés que la vía para ser ministro de educación es esta otra? ¿Que si los estudiás, con suerte vas a ser viceministro o asesor, que el ministro lo que tiene que saber son otras cosas?

Los políticos –y así, los gobernantes– se nutren de ese saber menor, que se demuestra completamente inútil en el momento de armar y conducir proyectos de país. Está hecho de pequeñeces, de saber administrar las mezquindades. Y para colmo, con perdón: sus cultores y usuarios no son gente particularmente notable. Es feo, grosero de decir pero todos ustedes saben de qué hablo: muchos han estado en colegios y facultades donde algunas chicas y chicos destacaban por su talento, por su inteligencia: ¿recuerdan que alguno se haya dedicado a la política? Lamentablemente para todos, es muy raro.

Caco, curiosamente, significa malo, como en cacofonía: algo que suena mal. No que suena malvado: que no suena bien. La cacocracia no es, como algunos creen, el gobierno de los cacos o ladrones, sino el gobierno de los malos. Ni siquiera de los malvados: de los incapaces. O sea: la enorme mayoría de los gobiernos.

Hubo tiempos en que la cacocracia era casi inevitable: épocas primitivas en que gobernaba un señor por el único mérito de ser hijo de su papá, que ya había gobernado. Entonces no había forma de corregir –salvo la revolución y el regicidio– si ese señor era un poco tarado. Para eso, supuestamente, entre otras cosas, se inventó la democracia: para poder elegir a los mejores como cabezas y manos del gobierno. Algo, en algún momento, no habría funcionado.

Ahora la mayoría de los políticos juega un juego peligroso: en las últimas décadas consiguieron convencernos de que la política democrática es un asco, un juego de compromiso y componenda, una oportunidad para comodidades y negocios sucios, reservada para unos cuantos profesionales del asunto, con lo cual la gente que se cree decente o se cree inteligente o tiene otros intereses no se mete –y ellos pueden conservar el monopolio. Es riesgoso: si nos convencen demasiado pueden terminar por quedarse sin trabajo por mera desaparición de sus instituciones –pero ya hemos visto que pueden convencernos bastante mucho y conservarlo.

Han conseguido, en cualquier caso, que casi todos vean a la política como cacaculopís y entonces los mejores –con perdón otra vez– principiantes piensan en inventar máquinas y programas, salvar vidas, ganar mucho dinero, triunfar en algún arte, desentrañar el universo, ser youtuber, pero son muy escasos los descollantes de 15 o 20 años que dicen voy a ser político. Ya no se hace. Nos quedan estos, los que no supieron pensar o concretar nada más y chocan, una y otra vez, contra sí mismos. El lío es que en el choque, como suele pasar, los que se joden son los pasajeros.

Es un problema: si fueran malvados se podría esperar que llegaran los buenos. Si solo son un poco tontos las esperanzas se hacen más difusas: que podamos convencernos de que la política es la única forma de cambiar en serio nuestras vidas –y que, por lo tanto, vale la pena que los mejores se dediquen a ella. O que, en su defecto, haya algo así como una inteligencia colectiva que supere las carencias personales. Eso sí que sería papita para el loro.

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