Martín Caparrós

La pregunta, supongo, es qué contamos. Y si acaso, después, para qué lo contamos.

El 19 de septiembre, hace ya más de una semana, en una deliciosa isla canaria, un volcán dejó de anunciar que eruptaría y empezó. Desde entonces, los medios españoles están copados por la historia. Nos cuentan todo, con el famoso lujo de detalles; muchos programas de radio y de televisión, de hecho, se mudaron allí para entrar en el superlujo de detalles; las leyendas “en directo desde La Palma” o “la erupción en directo” o “última hora del volcán” pululan y desbordan.

Tiene cierto sentido: los volcanes eruptan o erupcionan poco, la lava tarda y se deja filmar, todo es tan fotogénico, chispitas de colores, lágrimas sentidas. Las personas se quejan con razones y de nadie; se quejan de la naturaleza, del destino: nadie tiene la culpa si un volcán se enciende. La tragedia del volcán de La Palma es casi amable: ha dejado a varios cientos de familias sin sus casas, a algunas sin su medio de vida, no ha causado –por suerte y por pericia– ningún muerto. Y no es difícil poner una cámara o un micrófono en las inmediaciones, transmitirlo, ofrecerle al respetable público el temblor del terror controlado, la gracia de la desgracia ajena, la cosquillita del directo. Mientras tanto, a unos kilómetros de allí, cientos o miles están tratando de lanzarse al mar.

En los seis primeros meses de este año, 1.922 personas murieron o desaparecieron tratando de llegar desde las costas africanas a las islas Canarias. Más de 300 personas cada mes: un promedio de más de diez muertos por día –y el flujo no se para. A veces, esas historias, esas muertes, merecieron una notita en algún diario; casi siempre no.

Sabemos todo sobre las 232 hectáreas y las 461 casas que ya quedaron sepultadas bajo el avance de la lava –y por qué avanza la lava, y hacia dónde va, y qué harán las aseguradoras con las casas y los bananeros, y cuánto va a poner el estado para recuperarlos, y la iglesia que se vino abajo y todo el hondo drama humano, tan hondo, tan humano. No sabemos un carajo sobre esas –alrededor de– dos mil personas que se murieron tratando de mejorar sus vidas, dispuestos a jugársela toda para mejorarla: valientes sin fortuna. No sabemos quiénes eran, por qué eligieron ese riesgo, cómo se murieron. No sabemos de quiénes son las culpas de que se echen al mar. No sabemos cómo vivían donde vivían para correr la suerte de morirse. No sabemos ni tratamos de saber.

De unos no sabemos nada; de los otros, casi demasiado. No es que los dos asuntos tengan mucho que ver; es solo que suceden en el mismo lugar, y me impresiona ver saltar las diferencias, bailar las diferencias, gritar las diferencias –y me impresiona que tampoco queramos saber por qué lo hacemos.

Nosotros, los periodistas, podríamos preguntarnos de vez en cuando qué contamos, por qué contamos eso que contamos, por qué no lo que no. Nosotros, los lectores, podríamos preguntarnos de vez en cuando qué leemos o vemos, por qué leemos o vemos eso que vemos o leemos, por qué no lo que no. Nada, una minucia: intentar entender qué es “noticia” y qué no, por qué lo es cuando lo es, por qué no lo es si no lo es. Tratar de saber un poco más sobre el mundo que construimos y nos dejamos construir, tratar de suponer qué podríamos hacer con ese mundo. Saber por qué no hablamos de lo que no hablamos, de todas esas cosas que ya parecen pura cháchara, cáscara de palabras, lugares muy comunes: que si hay hambre, que si hay desigualdades e injusticias, que si muchos se mueren por eso o contra eso. Saber por qué hay palabras y conceptos que están como desactivados, que no intentamos porque parece que igual no pasa nada, que todo sigue igual –que todo sigue, igual.

Preguntárnoslo, al menos, preguntarlo. Si acaso para dejar de hacer lo que ellos –una vez más, quiénes son ellos– nos imponen que hagamos: para dejar de hacer el tonto.