un cuarto –medio medio– propio

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Mejor quemar

Martín Caparrós

Están quemando: jóvenes españoles llevan unos días enfrentándose a la policía en un par de avenidas de Madrid, Bilbao, Valencia y, sobre todo, Barcelona y, eventualmente, queman contenedores de basura e, incluso, rompen escaparates o vitrinas o vidrieras. Y medios y políticos y parroquianos españoles lanzan todo tipo de grititos indignados: queman, dicen, roban, dicen, caos en las calles, dicen, la anarquía y dónde vamos a ir a parar con estas cosas. Solo algunos, los más brutos, piden mano dura –y los demás lamentan civilizadamente, comprensivos.

Es todo un espectáculo, aunque el esfuerzo de producción es módico: al fin y al cabo son, en cada sitio, mil, dos mil muchachis que corren y queman. Y todos hablamos de ellos. Por una vez, todos hablamos de ellos.

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Los muchachis no lo consiguen a menudo. Están jodidos: los jóvenes españoles actuales son la avanzada de una forma de estar en el mundo que consiste en no tener lugar en el mundo. Nos va a pasar cada vez más: los empleos desaparecen, las máquinas se imponen, sus dueños ganan al no tener que pagar sueldos porque hay máquinas que pueden hacerlo o pagar sueldos cada vez menores porque hay máquinas que podrían hacerlo y mucha gente que necesita hacerlo, así que se forran y concentran y no reparten porque los estados que deberían servir para obligarlos no sirven. En las próximas décadas la historia del mundo será la historia de la pelea por los beneficios de la automatización entre sus patrones, que quieren guardárselos, y sus víctimas, que quieren conseguirlos. La renta universal, entre otras iniciativas, es el principio de esa lucha.

Pero, más allá de largos plazos, lo cierto, aquí y ahora, es que esos jóvenes se prepararon mucho y les prometieron mucho y dos de cada cinco no tienen trabajo y cuando lo tienen no es lo que querían y no saben qué van a hacer con sus vidas y viven en sociedades que no les gustan un carajo. Y no parece que puedan hacer mucho frente a eso.

–No te preocupes, Paco. Espera las elecciones del 2023 y vas a ver cómo tu voto cambia todo.

¿Qué hace alguien si tiene 25 años y ve que la vida se le empieza a ir sin muchas chances de que sea distinta, de que se parezca a lo que había imaginado? ¿Dice oh, qué pena, la vida se me empieza a ir sin muchas chances de que sea distinta y no se parece a lo que había imaginado, cáspita zambomba, o busca alguna forma? Por suerte muchos buscan formas, pero a menudo tampoco las encuentran. La idea de hacer política se jodió hace mucho, cuando los partidos clásicos demostraron que están ahí para que nada cambie; la idea de hacer política de otras maneras se jodió bastante cuando los que la difundieron hace unos pocos años empezaron a hacer política de las mismas maneras que aquellos que querían reemplazar –personalismos, poderes, privilegios–, y por el momento no hay muchas más ideas. Por no haber, ni siquiera hay un proyecto claro de cómo podría ser esa vida distinta; solo la conciencia –la evidencia– gritona de que esta así no era.

Ni hay muchas formas de mostrarlo. Si miles de muchachis se hubieran reunido en una avenida de Madrid o Barcelona y hubieran desplegado unas pancartas y cantado unas cositas, nadie se habría enterado.

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Vivimos en una sociedad de la eficacia, donde nos repiquetean con la demanda de eficacia todo el tiempo, pero las vidas de millones son un canto a la ineficacia: la ineficacia, sobre todo, de prepararse intensamente para nada, de invertir horas y horas y energía para no conseguir ninguna rentabilidad, de no cumplir siquiera con esos criterios ajenos: “fracasar”.

Son vidas tan ineficaces. En cambio quemar es eficaz: cumple con los baremos, es rentable. Por un rato de correr y tirar alguna piedra y encender algún fuego esos muchachis consiguen una repercusión que no conseguirían en –casi– ninguna otra circunstancia. Consiguen que diarios y televisiones y redes y políticos y parroquianos hablen de ellos: que usted y yo, incluso, tan distraídos de ordinario, pensemos en ellos ahora mismo. Y se pone en discusión el problema coyuntural de la libertad de expresión de un gritón medio bobo pero, más que nada, el problema permanente de tantos.

Y todo porque quemaron unos cuantos contenedores, tiraron unas cuantas piedras, se llevaron unas cuantas hostias y unas cuantas zapatillas: el negocio es redondo. O, dicho de otra manera: si este artículo se titulara “Graves problemas de la juventud actual” usted no lo estaría leyendo. Lo empezó a leer porque se llamaba Mejor quemar: quod erat demonstrandum, decían los latinos, con perdón.

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O sea que el problema no es que los muchachis quemen contenedores; el problema es que tengan razón en quemar contenedores porque, sin eso, nadie les haría caso. Si acaso, entonces, la pregunta es qué hicimos tan mal como para que la única forma de expresarse en serio –de hacerse escuchar un poquito– que les queda sea quemar.

Y, después, la pregunta siguiente: ¿que atraigan la atención –que se hable de ellos– cambia algo? Esa es la gran incógnita de estos tiempos, lo que realmente no sabemos: ¿cómo se hacen los cambios? ¿Cómo se cambia?

Quemar es un intento. Primario pero lógico: funciona, sin duda, como testimonio, para echar a rodar algún canto. Y a veces más allá: en Chile, por ejemplo, hace meses salieron unos pocos a quejarse de los precios del metro y se armó tal revuelto que en estos días están por elegir los delegados que cambiarán la constitución de Pinochet.

Digamos: que la chispa no siempre incendie la llanura no es una buena razón para dejar de sacar chispas. Que no haya otras maneras de hacerse notar es la mejor razón para intentar con esa. Y que haya que intentar con esa es la mejor razón para buscar, urgentemente, otras.

El Gran Miedo, los jefes tristes, los remedios ajenos

Martín Caparrós

Y sí, queremos a papá; sobre todo cuando tenemos miedo.

Nunca en nuestras vidas pasamos tanto miedo. O, mejor: nunca en nuestras vidas vivimos tanto tiempo condicionados por el miedo. El miedo fue la razón por la cual, hace ya casi un año, el mundo se paró: el miedo más primario, el miedo de morirnos, que nos tiene encerrados, apichonados, convencidos de hacer tantas cosas que, sin él, jamás habríamos hecho.

A veces las encuestas –los números que dibujan las encuestas– sirven para algo: suele pasar cuando no intentan adivinar elecciones sino entender los humores de una sociedad. Diálogo político, medio web publicado por una fundación alemana, promedió casi 500 encuestas de aceptación presidencial en 17 países de América y Europa a lo largo del año pasado para ver qué les hacía la peste. Y lo primero que llama la atención es que, en todas partes, la aprobación más alta de sus gobiernos fue en abril. Cada país se cree diferente pero todos hicieron lo mismo: se ve que, recién declarada la pandemia, millones de aterrados querían que los mandaran, que los llevaran a buen puerto –y confiaban o querían confiar en lo que sus jefes hacían con ellos. Lo sabe cualquier gobernante: las amenazas exteriores sirven para eso. Así que hubo un momento de dulce sumisión y gratitud a unos gobiernos que nos hacían hacer lo que nunca habríamos hecho –gracias a ese miedo.

Antes que nada, los encierros: los encierros en las casas, claro, pero también los encierros en los países. La noción de país resucitó con fuerza. Hay lugares donde nunca había dejado de ser potente pero hay otros –Europa– donde algunos de sus rasgos –moneda, aduanas, residencias– se estaban disolviendo. Había sido un esfuerzo de décadas y la pandemia lo anuló en unas horas: rápidamente se cerraron las fronteras, cada cual se atrincheró con su comida y sus mascarillas y sus medicinas y se constituyó en un bastión que decidía su propio curso excluyendo a todos los ajenos.

Reapareció la unidad-país y repecharon los estados. El gran ganador de la pandemia, por ahora, además de Jeff Bezos, fue la idea de estado –para mal y para bien. Por el miedo le aceptamos esas órdenes que nunca –no se mueva de su casa, no se junte con su madre, no coja con extraños, no trabaje. Pero, también, la mayoría de ellos –incluso los más liberales– asumieron que, para paliar el miedo, debían intervenir más en sus sociedades. Fue extraordinario, en ese sentido, el editorial del Financial Times, portavoz habitual de “los mercados”, que, en abril, decía que “será necesario poner sobre la mesa reformas radicales que reviertan la dirección principal de las políticas de las últimas cuatro décadas. Los gobiernos tendrán que aceptar un rol más activo en la economía. Deben considerar los servicios públicos como inversiones y no como pasivos, y buscar las formas de hacer menos inseguros los mercados laborales. La redistribución volverá a la agenda; se cuestionarán los privilegios de los mayores y los ricos. Políticas que hasta hace poco se consideraban excéntricas, como la renta básica y los impuestos a la riqueza, tendrán que entrar en la mezcla”. Cuando todo se derrumbaba, el gran capital asustado aceptó que necesitaba que los estados intervinieran y redistribuyeran un poquito para mantener el barco a flote. Empezaron a hacerlo; después se les fue pasando, pero algo quedó.

Y también pasaron los meses y la peste avanzó y los gobiernos empezaron a perder apoyo: si el miedo siempre nos lleva a buscar un jefe, el hartazgo siempre nos lleva a buscar un culpable. El jefe –al que antes seguimos– es el más obvio: no hubo presidente que no perdiera 10 o 15 puntos de popularidad entre abril y noviembre. Las quejas, los reclamos, la desesperación ante algo que debía tener un final y ya no lo encontraba se impusieron. Hasta que, en las últimas semanas del año siniestro, llegó la gran noticia: la vacuna nos salvaría, terminaría con el Gran Miedo, nos devolvería nuestras vidas. Fuimos felices, nos abrazamos, nos contagiamos un poquito.

Pero, en plena ilusión, los grandotes nos dijeron no te vistas que no vas. Por ahora la vacuna no ha hecho mucho más que desnudarnos. Hacía mucho que nada mostraba con tanta claridad cómo está organizado –dividido– el mundo en que vivimos. Las cifras son brutales: al 7 de febrero se habían aplicado 131 millones de dosis: 113 millones en Estados Unidos, China, Europa, Inglaterra, Israel y los Emiratos Árabes; 18 millones en todos los demás. Unos países que reúnen 2.200 millones de habitantes, el 28% de la población del mundo, se habían dado el 86% de las vacunas. O, si descontamos a China y concentramos: el 10% de la población del mundo se aplicó el 60% de las vacunas. Después hablemos de desigualdad.

El gran efecto de la pandemia ha sido iluminar todas esas cosas que siempre preferimos no ver. La angurria de las vacunas muestra cómo ciertos países las acaparan como suelen acaparar las riquezas –la comida, por ejemplo– que el mundo necesita: el mecanismo es exactamente el mismo, solo que aquí se ve tan claro. Canadá, por ejemplo, que siempre sale como ejemplo, que pelea en todos los rankings del país más bueno, tiene ordenadas cinco vacunas por habitante, así se la aseguran. Lo cual sería muy encomiable si no fuera porque eso supone que haya unos cuantos millones de keniatas, laosianos o argentinos que no la tendrán.

Lo llaman, para atacar sin ofender, nacionalismo. En el “nacionalismo de la vacuna” la palabra que importa no es vacuna. Y la frase está prendiendo: la angurria fue condenada incluso por Tedros Adhanom, el director de la Organización Mundial de la Salud: “El nacionalismo de las vacunas no es solo moralmente indefendible. Es epidemiológicamente negativo y clínicamente contraproducente. Los mecanismos de mercado son insuficientes para conseguir la meta de detener la pandemia consiguiendo inmunidad de rebaño con vacunas”, escribió la semana pasada y nadie le hizo caso. Y, también, que “los gobiernos y las compañías deben unirse para superar esta escasez artificial. Hay muchos pasos que se pueden dar para aumentar la producción y distribución de vacunas, como compartir la tecnología de fabricación de las vacunas, su propiedad intelectual y know-how”.

Pero, más allá de llamamientos y evidencias, la ideología triunfa: ni siquiera una emergencia mundial extraordinaria, el parón y los miedos y la muerte y la ruina, alcanza para que los estados y otros organismos se caguen por fin en la propiedad privada y obliguen a las grandes farmacéuticas cuyas investigaciones ellos mismos subvencionaron a compartir sus hallazgos y permitir que todos los que puedan los fabriquen para multiplicar los panes, los peces, las vacunas.

No lo hacen: prefieren preservar el orden -y, desde su óptica, imagino que tienen razón. Salvo que su testarudez terminará por perjudicarlos –después de perjudicar a todo el resto. “La pandemia no se va a terminar en ningún lado hasta que se haya terminado en todos lados. Esa es la realidad de un mundo interconectado, y esa realidad solo puede ser modificada con solidaridad y una salud pública inclusiva que distribuya las vacunas global, rápida y equitativamente. Para el virus somos todos un solo rebaño. Para vencerlo, debemos actuar como una sola comunidad”, escribió Adhanom el Ignorado. O sea: si se vacunan todos los americanos pero ningún sudafricano, el virus puede mutar en Sudáfrica y volver a USA, donde aquella vacuna ya no lo detendrá. Dicen que ya podría suceder.

Hubo un momento, al principio del miedo, en que voces se alzaron para decir que la pandemia nos haría más buenos: que nos mostraría que frente al virus no hay salvación individual y que el mundo, al fin y al cabo, es uno. Las diferencias se fueron exhibiendo poco a poco. Ahora son notorias en los temas más brutos: con el 8% de los habitantes del mundo, América Latina reúne el 25% de los muertos de Covid. Su mortalidad es tres veces mayor que la del resto del planeta –aunque no terminamos de saber en serio qué está pasando en África.

Es un ejemplo brusco; hay tantos otros. Ahora la angurria de las vacunas es la muestra más brutal, casi patética, de un mundo despiadado. Hubo un momento en que tuvimos tanto miedo que llegamos a creer que ese miedo nos haría mejores; nos olvidamos –tratamos de olvidarnos– de que el miedo, en general, saca a la luz los peores instintos. Ahora, por desgracia, ya lo confirmamos.

La prueba de la vacuna

Martín Caparrós

Es probable que el capitalismo mundial se crea que no lo necesita. Es probable, incluso, que no lo necesite. Pero, por si alguna vez llega a estar en la duda y piensa que precisa una prueba para saber quiénes son sus fieles más fiables, los creyentes auténticos, se me ocurrió una, que les cedo amablemente a cambio de unos módicos royalties a pagar en Andorra.

No es difícil, pero requiere cierto esfuerzo. Deben empezar por organizar una situación de emergencia absoluta, alguna casi inverosímil: probablemente lo mejor sea una peste, una de esas con virus de película mala que se ceban y en poco tiempo matan a millones de personas y consiguen que millones y millones se encierren en sus casas y pierdan sus trabajos y deban dejar todo y que millones y millones pasen hambre y que todos se pregunten cómo y cuándo se va a terminar y qué cuernos va a pasar después.

Y, entonces, una vez que el mal se apodere del mundo, tienen que ofrecerle la forma de vencerlo: una vacuna, digamos, por ejemplo, o más de una, que salvarían millones de vidas, permitirían que todo volviera a funcionar. Así que, para seguir con el experimento, tienen que inventarlas, vanagloriarse de ellas, convencer a la humanidad presa del pánico de lo maravilloso del remedio y empezar a producirlas en tal o cual laboratorio –cuyos nombres se harán famosos y sus ganancias astronómicas. Hasta que, de pronto, esos laboratorios dirán que no saben hacer suficientes, que prefieren vendérselas a otro que las paga mejor, que el que no acepte sus condiciones no las tiene. Y aquí viene el momento estelar, la prueba definitiva: observar quiénes se oponen a la lógica respuesta de los gobiernos de requisar y producir de urgencia las vacunas –y así salvar a sus ciudadanos y sus economías.

Habrá unos pocos. Esos, sin duda, serán los puros y duros, los mejores, capitalistas sin mengua ni tacha: los cruzados de la ideología, los que crean que la propiedad privada debe ser respetada por encima de cualquier otra consideración, que es ciertamente más importante que la vida de millones, que es incluso más importante que el funcionamiento económico del mundo, que es lo más importante sin ninguna duda. Habrá que verlos y contarlos; se corre el riesgo de que no sean muchos. Unos cuantos fundamentalistas, unos fanáticos de esos que nunca faltan: tan escasos que, supongo, deberán callarse y esconderse.

Bien vista, la prueba es peligrosa: quizá no les convenga hacerla. Al fin y al cabo, si la hicieran, el tal capitalismo y su extremismo terrorista quedarían demasiado expuestos. Y los demás, las personas normales y banales, las que saben que frente a una emergencia tan tremenda la única solución es priorizar las vidas de millones y producir las putas vacunas donde se pueda y cómo se pueda y cagarse en cualquier ideología de la propiedad y la ganancia, los despreciarán con tal encono que quizá nunca podrían recuperarse.

América ya no es lo que no era

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Martín Caparrós

Corren días de alboroto. Los medios y mediáticos del mundo libre –¿alguien se acuerda de cuando existía el Mundo Libre?– piafan indignados: lo que sucedió en el Capitolio de Washington es una catástrofe para las instituciones democráticas, echen a Trump, maten al bisonte, repriman a la policía que no supo reprimir, oh qué horror dónde se fueron los modales. Y yo, por alguna razón, no consigo indignarme/preocuparme/molestarme en una dosis aceptable. Me acongojaba, y empecé a buscarme justificaciones.

(Con lo cual recordé que eso suele ser lo que hago o lo que hacemos: tenemos una sensación, una inquietud, una frase en la punta de la lengua y buscamos los firuletes discursivos que las justifiquen. Digamos, esta vez: no me parece tremebundo que unos cuantos cientos de señores y señoras hayan invadido el congreso americano. ¿Cómo lo digo? ¿Puedo argumentarlo?)

Lo primero que se me ocurrió fue la satisfacción del resentido. Yo reivindico mucho al resentido: me parece una figura decisiva en estos tiempos en que habría que simular que uno no odia a nadie, no le desea el mal a nadie. Como resentido, pensaba que qué bueno que se les hubiera descontrolado el simulacro: que el país de la bomba atómica en Japón, el napalm en Vietnam, los golpes asesinos en Guatemala y Chile y Argentina e Indonesia y tantos más, las mentiras para invadir Irak, los campos de Guantánamo, las masacres de los centros comerciales, no pudiera seguir ofreciendo al mundo sus lecciones de buenos modos democráticos: que por fin estuvieran haciendo, ante las cámaras, las mismas patochadas por las que nos miraban por encima del hombro. O, dicho fino: que empiecen a aceptar que el “excepcionalismo americano” –esta curiosa idea de creerse distintos y mejores que todos los demás– ya no engaña a nadie.

Después intenté refinar mis argumentos para tratar de hacerlos presentables: que lo que no tiene sentido es tanto bombo. Al fin y al cabo, ¿qué son unos pocos cientos de energúmenos que se disfrazan de cornudos o patriotas y entran a un edificio confusamente custodiado y gritan unos gritos y pintan sus pintadas? ¿Y por qué los medios, que siempre se ocupan de lo que importa menos, se dedicaban tanto a eso en lugar de centrarse en la noticia que, al mismo tiempo y en el mismo lugar, sí cambiaba algo: la victoria de los dos senadores demócratas en Georgia que significa que el partido del próximo presidente va a tener la posibilidad de aprobar sus leyes, seguir sus políticas? ¿Solo porque en la incursión sí había un espectáculo? ¿Sólo porque les cuesta contar lo que no es circo?

El problema es que la crítica de los medios dominantes se está volviendo un deporte demasiado fácil: el famoso hurto de un juguete a un niño. Así que había que pensar algo un poco más interesante –y no lo conseguía. Hasta que dí con algo que quizá: se quejan porque Trump no respeta las formas de la política habitual, pero ignoran que, gracias a Trump, la política ha vuelto a los Estados Unidos –a menos que sea eso lo que les molesta.

Durante las últimas muchas décadas, los Estados Unidos se habían conseguido una democracia modélica en cuyas elecciones votaba poco más que un tercio de la población: muy por debajo de los otros grandes países “democráticos” –India, Inglaterra, Alemania, Japón, Francia, Italia, Brasil y compañía. Era un sistema espléndido, tan civilizado, tan basado en esas formas que se respetaban y esa gente que pasaba de ellas. Lo cual les permitía a los dos grandes partidos empujarse y codearse y sucederse sin que nada cambiara, sin que nadie terminara de notarlo. Y, mientras tanto –¿gracias a eso?– crearon la sociedad más desigual de la historia: de toda la historia.

Habían conseguido su estatus ideal: una expresión civilizada y ordenada y presentable de ese desdén por la política que tanto asusta y ayuda a los políticos, y que se ha transformado en una de las características decisivas de nuestras sociedades. César Rendueles, en su libro Contra la igualdad de oportunidades, lo reseña para el caso español: “Los políticos y la política aparecen regularmente entre los tres primeros problemas percibidos por los españoles, exactamente en el lugar que hace años ocupaba el terrorismo o la droga. Los partidos políticos son percibidos como el equivalente de ETA o la heroína y son, con mucha diferencia, la institución peor valorada en nuestro país”.

En Estados Unidos la solución a ese problema era la indiferencia: les habían dejado la política a los políticos –y la mayoría de los ciudadanos no se molestaba siquiera en ir a votar una vez cada tanto: no creían que eso sirviera para nada. Hasta que llegó el energúmeno de Trump, se mostró y mostró el sistema como nunca antes y produjo efectos desconocidos, apoyos y repudios, fanatismos y odios, y entonces las elecciones volvieron a importar: en 2020 votaron 22 millones de personas más que en 2016. Eso fue, sin duda, un triunfo de la democracia. O, por lo menos, de la política, entendida como la forma –a menudo confusa y turbulenta– en que grupos sociales tratan de mejorar las condiciones en que viven. Digamos: que, por acción y reacción, con el Terremoto Trump y sus Conchudos Detestables la política volvió a los Estados Unidos y que cuando hay política –como algo opuesto a las buenas maneras democráticas– a veces pasan cosas como esa: que unos bisontes pisotean el mejor pasto, el más cuidado, el más inútil. Y otras veces, incluso, cambia algo.

Y ya: para poder justificar mis desazones, aquí estoy, diciendo que el gran mérito de Donald Trump es haber devuelto la política a Estados Unidos, y viceversa. Hay quienes se cubren de ridículo con menos esfuerzo pero yo, está claro, soy un laburante.

La inmortalidad del doctor Menem

El doctor Carlos Saúl Menem, presidente que fue de la República Argentina entre 1989 y 1999, acaba de entrar en la inmortalidad –o donde sea que vayan los grandes héroes de la nada. El doctor fue un personaje extraordinario: nadie cambió tanto su país. Y ahora, en su país, casi todos quieren olvidarlo.

El doctor había empezado raro. Venía de un pueblito polvoriento, sin colores, donde su padre tenía una bodega, y se hizo conocer en 1973, año convulso, como un joven abogado de patillas tupidas que consiguió ganar, a sus 42, el gobierno de su provincia, La Rioja. Ya gobernador decía por ejemplo que “la revolución del 25 de mayo tiene su sentido más profundo en la defensa que harán de ella la Juventud, las FAR y Montoneros. Aun hay muchos conservadores metidos en el Movimiento, en el gobierno nacional, y ésta es una lucha a muerte”. Tardó unos meses en dejar esa lucha; después pasó unos años amablemente preso de los militares y cuando volvió al ruedo en los ochentas consiguió un milagro: derrotó al aparato peronista y se hizo elegir su candidato. Seguía hablando de revoluciones –la llamaba, en esos días, “revolución productiva”– y prometía el “salariazo” pero era, sobre todo, un fenómeno extraño: por primera vez en la historia argentina el candidato a presidente era un señor que se parecía más a millones de pobres que a la crema habitual. Era un giro cultural muy fuerte y muchos lo siguieron, lo eligieron.

Entonces no tardó nada en mostrarles que no pensaba hacer lo que decía pero se lo aceptaron. Lo logró, sobre todo, gracias a esa política que convirtió al dólar en moneda oficiosa y se lanzó a la más argentina de las economías: pan para hoy, hambre para mañana. Y empezó con las privatizaciones, las corruptelas, los disparates continuados, los chistes con rubias y ferraris, el indulto a los militares asesinos. Para hacerlo, descubrió que el curro de la “transgresión” no solo servía para vender discos pop o tonterías en la tele sino, sobre todo, para volverse –casi– inimputable en el poder. Con la excusa de que hacía cosas raras hizo las más comunes: vendió el país con el país –mayormente– aplaudiendo, riéndole las gracias.

El doctor Menem fue el presidente más influyente de la democracia: ninguno mutó tanto la Argentina, ninguno la destruyó tan a conciencia. Es cierto que es una competencia muy reñida, pero nada se compara a su transformación de aquella economía, su liquidación de tanta industria, su remate de lo que el país había tardado un siglo en construir: ferrocarriles, carreteras, minas, pozos de petróleo, tendidos de gas, obras sanitarias, usinas y redes eléctricas, fábricas, teléfonos. Todo eso lo vendió el señor Menem a unas cuantas empresas más o menos extranjeras –que después, en general, lo desdeñaron.

Así, su gobierno peronista consumaba con denuedo el proceso que había empezado quince años antes otro gobierno peronista, el de Estela Martínez y su ministro Celestino Rodrigo, y retomado y acelerado después con mucha más sangre un gobierno militar. El doctor Menem lo completó con una excusa muy curiosa: su gran argumento –tan pegadizo, tan defendible– fue la idea de que el Estado es inútil, una cueva de ratas y ladrones y, sobre todo, una runfla de incapaces. Es una idea fácil de presentar y difícil de sostener. Si el Estado no es capaz de administrar una compañía eléctrica, una telefónica, un hotel por horas, si no puede manejar –digamos– Aerolíneas o Aguas Argentinas, mucho menos puede manejar la Argentina. O sea: un gobierno que ofrece esa explicación tendría que renunciar e irse. Pero la idea prendió: gracias a ella, lo sabemos, el peronismo del doctor Menem malvendió casi todo.

Y era el mismo señor que había dicho, años antes, que “para nosotros socialismo nacional y justicialismo es la misma cosa. Es el Estado procurando con su acción dar los medios necesarios al pueblo para que éste se realice en un clima de igualdad, sin ningún tipo de privilegios. Es decir: donde el esfuerzo de muchos esté al servicio de muchos y no como ocurre bajo el régimen liberal y capitalista donde el sacrificio de muchos se hace en beneficio de un círculo privilegiado…”.

Pero el doctor cambió y, de paso, terminó de cambiar la Argentina.

Menem lo hizo, decía un viejo slogan. El efecto más visible de esos años de liberalismo peronista fue conseguir que el país terminara de destruir su aparato productivo. Gracias al doctor Menem un buen tercio de la población argentina vive marginada, sin trabajos fijos, sin una inserción clara. Gracias al doctor Menem y su furia antiestatista mucha más gente pasó a depender del Estado y, por lo tanto, de sus gobiernos peronistas. Gracias al doctor Menem, el peronismo terminó de consolidarse como esta máquina de poder basada en el control de millones de personas a través de planes de asistencia y sueldos truchos que suplantan su derecho a ganarse la vida por sí mismos.

El sistema clientelar peronista no sería lo que es sin él, aunque tampoco hay que dejarse llevar por la vehemencia necrológica: hay que reconocer que sus continuadores lo ampliaron y completaron con pericia extrema. Pero, más allá de matices y detalles, el peronismo le debe tanto al doctor Menem.

El doctor, es cierto, había logrado armar lo que un viejo periodista de esos tiempos llamó un país capicúa: “Algunos supondrán que lo digo porque el nombre de su prohombre presidente se puede leer de izquierda a derecha o de derecha a izquierda. Eso sería repetir –hasta la caricatura– el error –que yo cometí, supongo, muchas veces– de creer que las características de un hombre son las que explican un país, un momento, y dedicarse a ellas. (…) La Argentina, en realidad, está capicúa de una forma más bruta, más tajante. Es la primera vez –al menos, desde que hay elecciones que permiten comprobarlo– que los más ricos y los más pobres están de acuerdo en elegir un mismo proyecto, un mismo gobierno”.

Con ese apoyo bífido el doctor Menem inauguró, entre otras cosas, la era de la corrupción rampante, descubierta. Que, como reacción, produjo ese honestismo que logró que, al fin de su mandato, los argentinos eligieran el gobierno más frankenstein –un rejunte conservador apuntado por progres– so pretexto de que no eran corruptos. Menem lo hizo, como tantas otras cosas. Pero hay que reconocer que, mientras duró, nos hizo felices. Se lo debemos: era un gusto ser antimenemista. Era tan fácil indignarse, saber dónde estaba el bien y dónde el mal. El doctor se esmeraba, nos daba sin parar las mejores excusas –era desafiante, descuidado, decisivo, bruto– y todos nosotros –¿quiénes éramos nosotros?– nos uníamos en su contra, nos amábamos en el fragor de la trinchera. Faltaban años para que el peronismo kirchnerista introdujera sus taimadas divisiones. Entonces los periodistas, sobre todo, hacíamos nuestro agosto: incluso nos creían. En nuestro –mínimo– mundo era muy difícil encontrarle defensores.

Así que había que buscarlos lejos. Como, por ejemplo, en la tribuna de aquel gobernador peronista que definió al doctor como “el mejor presidente de la Argentina desde Juan Perón” y le agradeció su visita al Calafate, octubre del ’94, plena rifa del Estado, proclamando, los cabeshos al viento, que “acá está el pueblo de Santa Cruz, acompañando el proceso de transformación y cambio que la República Argentina debe llevar adelante” –gritaba, entonces, halagüeño, Néstor Kirchner. Pocos años después lo acabaría.

Ahora el doctor Menem se está muriendo o ya se ha muerto. En estos días, cuando llegue a la inmortalidad o adonde sea, pocas voces se alzarán para reivindicarlo. Al fin y al cabo lleva años sepultado, desde que aquel acompañante y su señora cumplieron con el precepto peronista de traicionar al jefe y lo sacaron del partido en 2003 y lo dejaron frente a una cantidad de acusaciones penales que no fructificaron porque, generosos, le permitieron refugiarse en el Senado de la Nación y en sus diversas coaliciones.

Y ahora, a veinte años de su cese, el país que él hizo se deshace. Es difícil, a esta altura, definir a quién beneficiaron sus acciones, fuera de algunos empresarios a la Macri y algunos políticos a la Kirchner. El doctor fue, si acaso, la raíz de donde creció ese árbol de dos troncos retorcidos que llaman la Argentina. No es poco, para un patilludo de Anillaco. Ahora, ya en la inmortalidad o donde sea que terminen los sainetes, se debe estar riendo a carcajadas.

Lanavidá 6 – Laciencia 0

Martín Caparrós

Hace unos meses me convencí de una tontería. Me suele pasar o, mejor: es lo que me da vida. El 6 de abril de este año sorprendente pasó algo que, imaginé, recordarían generaciones venideras –qué bonito, “generaciones venideras”– como un hito histórico: en medio de la puta pandemia se cerraron las iglesias de Roma. Era fuerte: frente a siglos y siglos en que las pestes se enfrentaban con misas, rogativas, procesiones y demás latigazos en la espalda, esta vez no solo las personas no salían a pedirle nada a ningún dios sino que –metáfora perfecta– las iglesias de la ciudad donde reside el más famoso se atrancaban.

Imaginé, entonces, que ese momento era el símbolo de un cambio trascendente: que por fin dejábamos de creer en esas cosas y empezábamos a creer en la ciencia –lo cual también es complicado: la ciencia no es para creer sino para dudar. Pero esa será otra discusión; en estos días se ve que la religión –o ciertas formas de la religión– no se fueron a ninguna parte. Cristo Vuelve, Cristo Vence, Cristo Rey. Ahora mismo su ritual más difundido, lanavidá, triunfa sobre la ciencia, sobre la prudencia, sobre la carencia, sobre la urgencia y la conciencia y la teleconferencia y tantas cosas que terminan en encia y muchas otras que terminan en puaj.

Hace unos días, ya desolado, escribí en el El País que “la Navidad es el tributo que todos pagamos a esos relatos y reglas de conducta que unos sacerdotes y soldados inventaron hace siglos —y supieron imponer con la cruz y la espada y algún fuego y la decisión inquebrantable de decidir lo que podíamos y, sobre todo, lo que no podíamos hacer con nuestras vidas. Ahora, además, el triunfo global de los cristianos les permitió crear una ensalada de tradiciones, que si establos fenicios y camelleros iraquíes, que si el gordo lapón y el árbol ario, que si turrón levantino y amor universal. Y les permitió, sobre todo, convertirla en una máquina de hacer dinero.

“Hay que salvar la Navidad, claman en estos días, y están hablando de eso. La Navidad es necesaria para la economía. La Navidad es una síntesis perfecta, la cumbre del capitalismo con corazón: porque soy bueno y amoroso consumo, porque consumo soy bueno y amoroso –y si no consumo en Navidad soy un fracaso. Tanto que ahora muchos gobiernos reblandecen las medidas que tomaron para que no nos muramos demasiado rápido: parece que la amenaza de una Navidad sin parentela ni turrones es peor que la del virus.

“La Navidad habla de plata y dice paz y amor, regalos a gogó, concordia familiar, concordia universal, comercios y bebercios y arrepentimientos, pero cuenta, sobre todo, ese triunfo: una cosa sería que los cristianos celebraran su fiesta como los judíos yom kipur o los musulmanes ramadán o los culés la última copa, y muy otra que todos todos todos sigamos su ritual. No hay nada más exitoso que una ideología que ya no parece ni siquiera serlo sino lo normal, lo natural. La prueba definitiva de la victoria de una idea es que condicione las vidas de los que no creen en ella”, decía, poco más o menos.

Tanto nos condiciona que, tras pasarnos el año más raro y temeroso y aislado de nuestras vidas para cuidarnos del contagio como de la peste, estamos dispuestos a contagiarnos esta semana en nombre de la familia, el amor y la paz –y, si acaso, de aquel bebito hijo de un dios. O incluso del espíritu navideño, que consiste en comportarse durante seis o siete días como no nos portamos durante todo el año: con cariño y respeto y cierta consideración.

Así que lanavidá le gana a laciencia por goleada. Quizás es solo que somos completamente idiotas. O, tal vez, que somos tan pero tan cristianos que hemos asimilado, también, su idea del sacrificio. Al fin y al cabo, si algo aportó el cristianismo al gran baile de las religiones es la glorificación del sufrimiento. Empezó por contar que su figura central era un señor torturado y ejecutado con una muerte infame: inauguró la Era de la Víctima. Y entonces edificó sus templos como inmensos relicarios, bóvedas donde guardar los restos mortales de unos muertos –en general, tipo suicidas– que llamaron santos. Nada mejor, para sus libros, que el sacrificio y el martirio. Y ahora, gracias a esta Navidad, va a tratar de hacernos mártires a cuantos más mejor.

Nosotros, astutos, nos dejamos. O, peor: lo reclamamos entusiastas, exigimos la libertad de contagiarnos por la causa. En muchos países lo estamos consiguiendo, así que nada, felices fiestas, japi japi, abrazos a los renos, un saludo especial a todos los que prefieren creer en la ilusión de una madre virgen antes que en la realidad de cuatrillones de viruses –y que el 10 de enero nos coja confesados y cerca de un buen respirador. Será justicia.

La invención de Maradona

Martín Caparrós

No podemos parar. Pasaron dos semanas pero no hay día en que los diarios no nos regalen tres o cuatro noticias sobre su vida y sus milagros y sus desastres y su muerte, algún recuerdo emocionado, un nuevo llanto con encanto, otra morriña ñoña, un homenaje más. La muerte de Maradona, que al principio fue lástima y tristeza, unos momentos de nostalgia, se volvió el gran psicodrama nacional. Ya todos hemos hablado sobre él, lagrimeado sobre él, especulado sobre él: ya todos lo consagramos como un símbolo indudable de la patria. Tanto, que este lunes en el Senado de la Nación media docena de cenadores citaron a Nietszche para pedir que se impriman billetes y estampillas con su efigie y su gran gesta, el famoso gol contra los ingleses –el segundo.

Es un detalle, pero un detalle interesante. Los billetes y estampillas son los espacios donde un país define sus orgullos: el lugar más exclusivo. En las últimas décadas argentinas solo lo consiguieron San Martín, Belgrano, Rosas, Sarmiento, Mitre, Roca, Duarte de Perón: todos fulanos que, bien o mal, intentaron construir un país –y al final, colados, esos animalitos con que el macrismo quiso retratarse. Por eso el acceso de Maradona a ese VIP es un síntoma bruto. No se nos ocurre que haya un billete con la cara de Borges ni con la cara de Quino ni con la de Houssay o Favaloro o Alfonsín o María Elena Walsh, ¿y sí con la de Diego Armando Maradona? Digamos, por decir: el presidente que se atrevió a juzgar a los generales asesinos o la autora de la música que mueve nuestra infancia no merecen lo que sí merece el goleador. Es bueno que haya un orden; es bueno que sepamos quiénes somos.

Si todos estos gestos significan algo habrá que aceptar que la Argentina decidió que su personaje más querido, más significativo de las últimas décadas será un señor que le pegaba tan bien a un cuero inflado y que le dio a la Patria la alegría de hacerlo mejor que unos señores ingleses que hacían lo propio y, así, logró ante ellos una victoria que cambió el rumbo de la historia, nuestras vidas.

O no. Entonces, por si acaso, los que se dan cuenta de que quizá no alcance con esos pelotazos inspirados se dedican a completar el héroe, a pintarle los rasgos que justificarían la apoteosis. Los constructores del mito hablan de su origen humilde, de su carácter popular, e insisten mucho en su condición de abanderado de los humildes, adalid de los pobres, defensor de los oprimidos del mundo –y deben disimular que, por más que hablara de Villa Fiorito, Maradona fue uno que se fue, zafó, consiguió por su talento dejar de ser de esos y consagró una forma de éxito individual que celebra al que deja su clase. El modelo del futbolista como triunfador solitario o fugado milagroso: el ascenso social del que se va. El modelo que hace que millones de chicos en Latinoamérica o en África sueñen con ser vendidos a los centros más ricos, escapar: salvarse.

Maradona fue, toda su vida adulta, un multimillonario que vivió como un multimillonario, de yate en jet, de rolls en maserati y que, cuando pudo elegir dónde hacerlo, se pasó unos años en Nápoles mimado y surtido por la Camorra, otros en un resort tan rico de la Cuba más pobre, otros en Dubai donde los maridos tienen derecho a pegar a sus mujeres, otros en Bielorrusia donde una dictadura de 25 años le ofreció tanques y diamantes y otros en Sinaloa, el estado más narco de ese país ennarquecido que ahora es México.

(Y todo con la plata de sus fans: los jugadores más exitosos se quedan con un buen trozo de la que ponen –en abonos de tele, cuotas, camisetas, chorraditas varias– los millones de más pobres que los siguen y que, faltaba más, se identifican con ellos porque vienen de abajo.)

Todo lo cual era perfectamente su derecho. Lo que no tiene sentido es que inventen un héroe donde hubo un gran jugador de fútbol –que, como tal, nos dio alegrías recordadas. Lo triste es el invento. Lo más triste es que, si tenemos que pensar en figuras señeras, no podamos pensar en alguien que haya hecho algo más que alegrarnos la vida un ratito, algo más que aliviar el malhumor de nuestros fracasos con unos gritos de placer, algo más que dejarnos diciendo qué maestro, algo más que confirmar nuestra pasividad: algo más que ponernos en nuestro lugar de espectadores. Digo: que, más allá o más acá de Maradona, nuestro héroe sea un futbolista.

Es triste, pero no por él; triste por nosotros. Recuerdo –como siempre– aquel diálogo del Galileo Galilei de Bertolt Brecht, en que su ayudante le decía a Galileo que “tristes las tierras que no tienen héroes” y Galileo le contestaba que “tristes las tierras que necesitan héroes”. Pero me lo imagino mesándose la barba y pensando que tristes, pero realmente tristes, son las que tienen ciertos héroes.

O, como decía aquel clásico: dime a quién adoras y te diré quién eres. O quién no eres, que viene a ser peor.

La decisión de Pfizer

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Martín Caparrós

En el mundo hay un señor que se llama Albert Bourla y yo, hasta hace media hora, no sabía. Usted tampoco, me imagino.

El señor Albert Bourla tiene 59 años y nació en Tesalónica o Salónica, que viene a ser lo mismo, de una vieja familia ladina; allí estudió veterinaria y biotecnología y se casó y hace 27 años, a sus 32, entró a trabajar en un laboratorio de una farmacéutica que se llamaba Pfizer.

Pfizer Inc. ya era una de las mayores corporaciones farmacéuticas del mundo. Basada en Nueva York desde que la fundaron dos primos alemanes en 1849, fue creciendo a fuerza de comprar competidoras y vender medicinas: el yodo, el alcanfor, la penicilina, la terramicina, la atorvastatina y tantos más –y, siempre listo, el viagra. Por eso hoy tiene unos 90.000 empleados e ingresos anuales de más de 50.000 millones de dólares, el PBI de –digamos– Uruguay o Costa Rica.

El señor Bourla había encontrado su lugar: allí persistió y prosperó, mejoró sus destinos y sus cargos y por fin, el 1 de enero de 2019, fue nombrado presidente y CEO. El señor Bourla es un hombre con pelo oscuro, ojos oscuros, cara ¡común que pocos mirarían dos veces. Hace unos días el señor Bourla tomó una decisión. O, por lo menos, le puso la cara.

Nos gusta pensar que hay leyes y estructuras que modelan el mundo por encima de los individuos. La pandemia demostró, entre otras cosas, que todo eso que imaginábamos tan sólido se puede derrumbar ante el soplido de un microorganismo. Y, ahora, sus ecos nos vuelven a mostrar que un hombre o dos pueden ser decisivos. Bourla, digamos, por ejemplo. O no, cómo saberlo. Hay periodismos que se basan en afirmar lo que se ignora; a mí me gusta el que se centra en cuestionar lo que se sabe y, si acaso, intentar entender eso que no: especular, jugar, pensar un poco.

Nadie sabe si fue realmente el señor Albert Bourla el que decidió que su compañía, la farmacéutica Pfizer, anunciaría el éxito de su vacuna contra el coronavirus este lunes 9 de noviembre. Pero sí que la fecha de ese anuncio fue crucial: que, hecho cinco días antes, podría haber cambiado las elecciones norteamericanas –y que, hecho cinco días después, las cambió en sentido inverso.

Las cuentas son más o menos evidentes. Las encuestas a pie de urna mostraron que el futuro ex presidente Trump perdió millones de votos por la pandemia, de dos maneras distintas y complementarias. Muchos ciudadanos le reprochaban su manejo descuidado y optimista de la peste, sus anuncios de que para noviembre todo se iría solucionando. Y, más en general, la pandemia neutralizó su mejor carta electoral: la mejora de su economía. Si el anuncio de la vacuna de Pfizer –y la euforia financiera y social que está produciendo– hubiera llegado unos días antes, habría funcionado muy a favor de Donald Trump: mejora económica inmediata, “cumplimiento” de sus plazos terapéuticos. Lo habrían votado mucho más; se puede llegar a suponer que podría incluso haber ganado. Pero alguien –¿el señor Bourla?– decidió esperar cinco días más y hacer su anuncio cuando la suerte del bufón ya estaba echada.

La compañía lo justificó sin mucho énfasis: que fue porque recién ahora llegaron a un cierto número de casos en estudio. El País cuenta como al pasar que «estaba acordado de antemano que este comité analizaría los resultados al llegar a una especie de meta volante: 62 personas infectadas. Al final esa meta se sobrepasó y la efectividad se basa en los datos acumulados hasta que se alcanzaron 94 infectados». O sea: que demoraron unos días el anuncio.

La duda intriga: ¿cómo se tomará una decisión así, con tales consecuencias? ¿Se reunirán los grandes accionistas entre paneles de boiserie y sillones de cuero, whisky de 30 años, y evaluarán los pros y los contras, las perspectivas de ganancia, las simpatías personales? ¿Habrá un llamado de alguien más poderoso todavía? ¿Un operador de un candidato cortejando y preparando el terreno semanas y semanas hasta la victoria final? ¿Uno del otro cortejando y preparando el terreno semanas y semanas hasta la derrota catastrófica? ¿Una revelación inesperada y una noche de insomnio? ¿Algún asunto de conciencia? ¿Una mujer fatal, un hombre musculoso, un par de fotos? ¿Algún negocio enorme oculto? ¿Un recuerdo infantil del señor Bourla?

Nosotros, mortales de toda mortalidad, no tenemos ni puta idea –por más películas y series que hayamos visto– de cuáles fueron esos mecanismos; sus consecuencias, en cambio, están muy claras.

(Para agregarle misterio a los misterios, ahora se supo que este mismo lunes el señor Bourla vendió la mayoría de sus acciones en la compañía. Parece que tenía prevista esa venta en esa fecha desde agosto –pero el anuncio, por supuesto, no. Sería gracioso que el señor haya cambiado la historia de estos años como efecto colateral de un negocito.)

El señor Bourla, en cualquier caso, es la cara de un aparato tanto más pesado, cuya intervención –o no intervención– fue decisiva para las elecciones norteamericanas y, por lo tanto, para el mundo. Más allá de los detalles inasibles, lo decidieron en esos despachos –o restaurantes tres estrellas o bunkers cuatro o dormitorios cinco– unos pocos señores riquísimos que, una vez más, ejercieron su poder, en el sentido más estricto: poder pensar poder hacer poder poder, la potestad de torcer rumbos.

Solemos hablar de la influencia de las grandes corporaciones en el mundo global; esa influencia también consiste en que no sepamos imaginarla, verla. Este caso la muestra tan extrema: unos señores que nadie conoce ni eligió tuvieron bruto peso en las elecciones de la gran democracia. La próxima vez que precisemos un ejemplo de cómo una gran corporación puede cambiar tendencias, el Caso Pfizer será uno casi exagerado, demasiado obvio. Pero va a servir para entender –si alguien no lo entendía– que de verdad tenemos un problema.

Salud, Pino

.Martín Caparrós

La pasó bien. Lo primero que se me ocurre pensar cuando veo que se murió es eso: que la pasó bien. Es curioso que en esa frase habitual sobre el placer esté la idea de pasado: la pasó bien –sí, pero pasó.

Pino Solanas, creo, la pasó bien. Vivió 84 años, hizo cosas que quiso, lo quisieron. Tocaba el piano, escribía, comía y bebía, seducía, hacía películas: algunas de esas películas fueron originales, algunas tuvieron mucho público, algunas fueron originales y tuvieron mucho público. Y algunas fueron, un poco más allá, la prueba de que lo que le importaba de verdad era hacerlas: las últimas, tan radicalmente políticas. La política fue un eje de su vida: fue diputado, senador, candidato a otras cosas; se podría pensar que no consiguió mucho, pero en eso consiste la política: el arte de buscar, seguir buscando.

Mis primeros recuerdos de Pino son políticos: año ’70, quizá, ’69, dictadura de algún general y esas tardes de sábado en que íbamos, coche de mi padre, a algún suburbio perdido, alguna villa, a proyectar en un ranchito o capilla o club de barrio su primera película. “La Hora de los hornos marca la aparición de un cine político completamente diferente de todo lo que conocimos hasta ahora”, había dicho Le Monde cuando su estreno en Francia, en cines de verdad, un año antes. Pero esto era la Argentina y eran tiempos de clandestinidad y aparatos muy grandes: un proyector de 16 milímetros era mayor que muchos hornos, pero lo llevábamos en un secreto raro y servía para mostrar esa película que terminaba con varios minutos de la cara de Guevara muerto y la resolución de los espectadores de hacer lo necesario. Yo tenía 12, 13 años y también quería, y recuerdo con un escalofrío la mañana lluviosa en que los acompañé –siempre el Torino de mi padre– a recorrer Buenos Aires desierta por una huelga general y Pino en el asiento de atrás, casi acostado, filmándola con su cámara escondida.

Después vinieron esos años tan cacareados, los Setentas. Como otros intelectuales y artistas de izquierda, Pino se volvió muy peronista –sin por eso dejar de ser de Olivos. Era elegante, risueño, gustaba y lo sabía; sabía ser muy simpático, podía ser antipático. En esos años me lo cruzaba con frecuencia; yo era un chico y él un hombre conocido; a mí me daba orgullo conocerlo y que él me saludara. Él era entonces, seguía siendo, muy amigo de mi padre y yo era, entonces, para él, un sobrino lejano; nos acercamos unos años después, ya en París, ya en el exilio.

Yo tenía casi 20 años y quería hacer cine; Pino tenía 40 –recién ahora me doy cuenta de que la diferencia no era, al fin y al cabo, tanta– y lo hacía y precisaba un ayudante. Me “contrató”: durante un año o dos fui todos los días a trabajar con él –en su departamento del boulevard Beaumarchais, cerca de la Bastilla. Pino estaba preparando una película sobre la vida de Miguel Hernández, el gran poeta español, y yo lo ayudaba con las búsquedas, pasaba en limpio sus borradores de guión, los traducía al francés –y esperaba ansioso que empezara el rodaje. Mientras, ir a su casa era un placer: Pino vivía con Chunchuna Villafañe y las dos hijas de ella, Inés y Juana Molina adolescentes, y Juan Diego y Victoria, sus hijos, por supuesto. Yo me había vuelto, entonces, un sobrino cercano, rara la noche en que no me quedaba a cenar: fideos, muchas veces.

Ya faltaba poco para empezar con la película –donde yo sería su asistente y seguiría aprendiendo mi futuro oficio. El contrato que Pino había hecho con los herederos –la viuda y el hijo de Miguel Hernández– por los derechos de autor de los poemas que incluiría en la película establecía unos royalties por cantidad de espectadores y lo obligaba a mandarles el guión para que lo aprobaran. En la primavera del ’79 Josefina Manresa escribió para decir que ya lo había mirado, que quería que Pino fuera a verla. Fuimos en un citroën 2CV que, con el viento a favor, conseguía llegar a los 90 kilómetros por hora –con viento en contra no pasaba de 50–, pero comíamos y bebíamos con gusto.

Paramos primero en Orihuela para filmar –bajo la lluvia, con otra cámara de mano– una procesión de Semana Santa para incluir en la película; después, por fin, fuimos a ver a la familia del poeta. La viuda vivía en uno de esos edificios de ladrillo visto con que el franquismo arruinó las ciudades españolas en los años 60: calle de los Desamparados, Elche. Era una mujer chiquita vestida de negro que, tras abrirnos, volvió a su asiento y su tejido; en la pared justo detrás un afiche reproducía un poema que su marido le había escrito en la guerra: “Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,/ esposa de mi piel, gran trago de mi vida,/ tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos/ de cierva concebida” –decía, y parecía imposible que esa morena fuera ella. Más, cuando empezó a hablar: sacó el guión que Pino le había mandado para su revisión y, seria, seca, le mostró cómo había tachado todas las escenas donde había siquiera un roce de manos entre “ella” –en la película, Ángela Molina– y “él” –José Luis Gómez. Pino no sabía qué decir: la película, así, no podría hacerse.

Fue entonces cuando llegó el otro heredero: Miguel Hernández Manresa, el protagonista de las Nanas de la Cebolla –“En la cuna del hambre/ mi niño estaba./ Con sangre de cebolla/ se amamantaba”–, era un macarra de treinta y tantos años y pantalón de terciopelo, camisa abierta sobre el pecho, botas con puntas de metal, mucha gomina. En cuanto entró entendió lo que pasaba; le dijo a Pino que quería decirle algo y se lo llevó a un rincón del saloncito; yo los seguí en silencio.

–No hagáis caso a mi madre, ya está muy mayor. No, lo que tenéis que hacer en la película es poner mucha tía en pelotas, para que vaya gente al cine…

Dijo, y después nos invitó a cenar. Durante días comentamos que la historia que había que filmar no era la del poeta sino, quizá, la de su descendencia. La película, al final, no se hizo: el productor español se retiró a último momento y casi dos años de trabajo se fueron a los caños. Fue la primera gran lección que me dio Pino: el cine es un arte demasiado dependiente –y unas hojas de papel no te las quita nadie: yo, entonces, decidí dedicarme a la escritura. Fue, de algún modo, culpa suya.

Pero Pino nunca se rindió. Un par de años más tarde me volvió a convocar: yo ya vivía en Madrid cuando me pidió que fuera a París dos o tres meses para un intento casi desesperado. Había que escribir, en ese tiempo, un guión de una película para presentarlo a no recuerdo qué premio francés que le daría la posibilidad de producirla. Había que hacerlo rápido: Pino armó una armada Brancaleone formada por Carlos del Peral, un compositor y escritor de peso en los ‘60, y él y yo. Nos instalamos en su departamento muy vacío: Chunchuna y las chicas se habían ido y no quedaban casi muebles. Carlos y yo dormíamos en dos cuartos desnudos, colchones en el suelo, y trabajábamos trece o catorce horas por día: era tan parecido a un taller clandestino, salvo por la alegría. Cada mañana Pino nos contaba sus ideas de escenas –que, muchas veces, estaban teñidas por su separación tan reciente– y entonces Carlos las escribía, yo las traducía, él las revisaba y reescribía. Así, el guión estuvo listo a tiempo –pero tuvo que esperar unos años para convertirse, con modificaciones, en El exilio de Gardel.

Y así de seguido: disculpen que hable de mí, pero recordar a Pino es recordar mi vida –y Pino era, además, lo que me quedaba de mi padre. Ya a fines de los ’80 lo seguí en esa rara patriada de transformar las Galerías Pacífico en un gran centro cultural autofinanciado –que tampoco funcionó y que marcó, de algún modo, su entrada en la política política argentina. Y en 1990 me llevó a la cárcel de Ushuaia y me disfrazó de cura para actuar en su película siguiente, El viaje, que lo llevó a conocer a Angela y quedarse con ella hasta el final. Y después lo ayudé en un par de campañas –aunque nunca estuvimos del todo de acuerdo, pero eso era lo interesante– y fuimos vecinos y quisimos cosas juntos y hace dos años me llenó de orgullo con su discurso final a favor del aborto –“que nadie se deje llevar por la cultura de la derrota”– y no hace un mes nos prometimos uno de aquellos vinos en su nueva casa, otra vez en París como hace tanto. Pero no: esta mañana supe que había muerto.

Creo que vivió bien, la pasó bien –con sus chistes malos y sus arranques de cariño, con su arbitrariedad y sus caprichos, con su nacionalismo que me ponía de los nervios, con ese acento de porteño viejo ligeramente cajetilla y su aspecto a juego. Fue una parte de esa Argentina que ya no es pero que quiere seguir siendo. Y es cierto que le quedaron muchas cosas por hacer: eso es lo que te pasa, creo, cuando tu vida valió la pena de vivirla.

Los Estados Fallidos de América

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Martín Caparrós

Estamos haciendo el tonto: rotundamente el tonto. En los dos últimos días hemos aprendido –casi– todo lo que se puede saber sobre los ritos electorales de Yoknapatawpha, Maricopa, Savannah y aldeas circundantes. Ya no hay condado de Nevada o Wisconsin que tenga secretos para nosotros, los tarados del mundo –pero mientras tanto las elecciones norteamericanas siguen sin resolverse.

Es una situación tan sorprendente: los Estados Unidos de América, la gran potencia mundial, no logra organizar lo que cualquier paisito de tercera hace con frecuencia: unas elecciones con resultados y esas cosas. Si alguien hubiera querido desprestigiar al viejo sistema de democracia de delegación no podría haber imaginado un brulote peor que estas escenas en que el destino de 300 millones de personas –y el del resto del mundo– depende de 10.000 votos por correo de los barrios negros de Atlanta-Georgia o blancos de Phoenix-Arizona –y que su Suprema Corte no diga, después, que llegaron manchados. Si querían dejar en ridículo al sistema, lo están logrando con lujos y fanfarria.

Y el mundo los mira embarazado. Esto parece grave: si sucediera en cualquier otro país la comunidad internacional, preocupadísima, pediría a Estados Unidos que interviniera en defensa de la democracia y todos tendríamos claro que ese país es un estado fallido, pobrecito. Pero por ahora le echamos la culpa a Donald Trump como si hubiera nacido de un repollo.

Ayer hubo un momento cumbre de esta historia de abismos: varias cadenas de televisión cortaron el discurso del señor presidente desde su tribuna en su casa de gobierno porque estaba mintiendo. A mí me sorprendió: yo creía que los medios de comunicación se llamaban medios de comunicación porque tenían que comunicar lo que sucede y, si acaso, después analizarlo. Pero que no tenían que hacer juicios morales en directo y editar la realidad: decidir sobre la marcha qué es lo que su público puede o no puede ver y, entonces, eliminar un hecho de importancia porque creen que ése no: censurar la historia en vivo y en directo. Pero ellos decidieron cortar la transmisión de su presidente diciendo estupideces; yo supondría que el hecho de que su presidente diga –esas– estupideces es la mayor noticia del momento, y que el público merece conocerla.

Algunos dicen que lo hicieron porque Trump no estaba siendo solo falso sino también peligroso. Cortarlo es suponer que los millones que lo ven no pueden distinguir por sí mismos verdad de mentira o que son un rebaño: que si les dicen vayan irán sin rechistar, que no tienen la capacidad de juzgar por sí mismos. Si yo no fuera una persona prudente diría que es por estas cosas que gente como Trump maneja la mitad del mundo: porque hay millones y millones hartos de que “las élites” hagan por ellos, piensen por ellos, decidan por ellos, los desprecien. Y entonces apoyan a quien diga que va a sacar del poder a estas élites –aunque sea, una vez más, mentira.

(Los medios americanos están perdiendo la cadena. Una nota menor lo sintetiza de algún modo: “He convinced few people who were not already in his corner” –“Convenció a poca gente que no estuviera ya de su parte”–, decía esta mañana, sobre el discurso cortado de Trump, el New York Times. No parecía considerar que los que están “already in his corner” son solo 60 millones de personas, que lo expresaron el martes con su voto.)

Es el problema que los “demócratas” –no los del partido demócrata sino los dizque defensores de la democracia– no consiguen resolver: cómo es que cuatro años de ese gobierno horrible resultaron en estas elecciones tan peleadas.

El problema es real, más allá de los Estados Unidos: buena parte de la población del mundo no se siente representada por sus gobernantes tradicionales y busca otros. Así que los viejos dueños de la democracia pierden el control, e intentan recuperarlo, pero no lo consiguen porque el mundo que imaginan ya no existe. Y en lugar de tratar de entender ese mundo distinto se enojan con él porque no es como ellos dicen que tiene que ser, como supuestamente era. Mientras tanto, hay millones y millones que creen –que saben– que ese mundo no les funcionaba: que no quieren que sea así y buscan alternativas, buscan respuestas.

Donald Trump es una respuesta horrible pero es un intento de respuesta; Joe Biden, no. Lo que dice la opción Biden, un señor del corazón del sistema político, medio siglo en la administración americana, es que los gobernantes creen que los que están equivocados son los ciudadanos: que deberían querer más de ese sistema –que no los representa.

Los “demócratas” –que en otros países se llaman “republicanos”– no ofrecen respuestas a ese malestar: solo lo rechazan, lo condenan por antidemocrático. Y entonces las respuestas que se imponen son las de Donald Trump –o Bolsonaro u Orban o Maduro o Abascal– y ese es el gran fracaso de la política actual. De ese tema depende lo que pasará en el mundo en las próximas décadas: si no encontramos formas nuevas de representación política, que consigan que los ciudadanos se sientan representados por sus representantes, seguiremos lamentando que tipos lamentables como Donald Trump manejen el mundo. O, si acaso, tipos como Joe Biden.

Es lo que está por suceder, dicen, si estos señores consiguen organizar el condado de Pocahontas y contar los sobres de St. Petersburg-Missouri. Parece que Trump pierde, así que llegaría el final de la Era de la Peluca. Tendremos que volver a ver a Estados Unidos por lo que es, no por lo que esos pelos zanahoria nos llevaban a mirar.

Pero Donald Trump –ya queda dicho– le seguirá rindiendo un gran servicio a su país. Cuando llegó, de puro bruto, consiguió que tantos creyeran que Estados Unidos, antes de él, había sido la cuna y custodio de las libertades, la democracia por excelencia, olvidando un par de detalles: el mayor ejército de la historia, las fortunas que manejan el globo, el racismo de siglos, cuatro de cada diez personas convencidas de que Dios creó al hombre tal como es ahora, esas cositas.

Pero Trump fue lo suficientemente gritón y bestia como para producir, ahora que parece que se va, el mismo efecto que cuando llegó: convencernos de que los Estados Unidos serán un país extraordinario maravilloso fabuloso porque no será él quien lo gobierne.

Viene una ola de felicidad. La Era de la Peluca deja paso a la Era de la Gomina, vuelven los viejos buenos tiempos. Business as usual: los Estados Fallidos de América peleando por manejar el mundo, y el mundo festejando. ¿Alguien dijo que hacíamos el tonto?

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