un cuarto –medio medio– propio

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América ya no es lo que no era

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Martín Caparrós

Corren días de alboroto. Los medios y mediáticos del mundo libre –¿alguien se acuerda de cuando existía el Mundo Libre?– piafan indignados: lo que sucedió en el Capitolio de Washington es una catástrofe para las instituciones democráticas, echen a Trump, maten al bisonte, repriman a la policía que no supo reprimir, oh qué horror dónde se fueron los modales. Y yo, por alguna razón, no consigo indignarme/preocuparme/molestarme en una dosis aceptable. Me acongojaba, y empecé a buscarme justificaciones.

(Con lo cual recordé que eso suele ser lo que hago o lo que hacemos: tenemos una sensación, una inquietud, una frase en la punta de la lengua y buscamos los firuletes discursivos que las justifiquen. Digamos, esta vez: no me parece tremebundo que unos cuantos cientos de señores y señoras hayan invadido el congreso americano. ¿Cómo lo digo? ¿Puedo argumentarlo?)

Lo primero que se me ocurrió fue la satisfacción del resentido. Yo reivindico mucho al resentido: me parece una figura decisiva en estos tiempos en que habría que simular que uno no odia a nadie, no le desea el mal a nadie. Como resentido, pensaba que qué bueno que se les hubiera descontrolado el simulacro: que el país de la bomba atómica en Japón, el napalm en Vietnam, los golpes asesinos en Guatemala y Chile y Argentina e Indonesia y tantos más, las mentiras para invadir Irak, los campos de Guantánamo, las masacres de los centros comerciales, no pudiera seguir ofreciendo al mundo sus lecciones de buenos modos democráticos: que por fin estuvieran haciendo, ante las cámaras, las mismas patochadas por las que nos miraban por encima del hombro. O, dicho fino: que empiecen a aceptar que el “excepcionalismo americano” –esta curiosa idea de creerse distintos y mejores que todos los demás– ya no engaña a nadie.

Después intenté refinar mis argumentos para tratar de hacerlos presentables: que lo que no tiene sentido es tanto bombo. Al fin y al cabo, ¿qué son unos pocos cientos de energúmenos que se disfrazan de cornudos o patriotas y entran a un edificio confusamente custodiado y gritan unos gritos y pintan sus pintadas? ¿Y por qué los medios, que siempre se ocupan de lo que importa menos, se dedicaban tanto a eso en lugar de centrarse en la noticia que, al mismo tiempo y en el mismo lugar, sí cambiaba algo: la victoria de los dos senadores demócratas en Georgia que significa que el partido del próximo presidente va a tener la posibilidad de aprobar sus leyes, seguir sus políticas? ¿Solo porque en la incursión sí había un espectáculo? ¿Sólo porque les cuesta contar lo que no es circo?

El problema es que la crítica de los medios dominantes se está volviendo un deporte demasiado fácil: el famoso hurto de un juguete a un niño. Así que había que pensar algo un poco más interesante –y no lo conseguía. Hasta que dí con algo que quizá: se quejan porque Trump no respeta las formas de la política habitual, pero ignoran que, gracias a Trump, la política ha vuelto a los Estados Unidos –a menos que sea eso lo que les molesta.

Durante las últimas muchas décadas, los Estados Unidos se habían conseguido una democracia modélica en cuyas elecciones votaba poco más que un tercio de la población: muy por debajo de los otros grandes países “democráticos” –India, Inglaterra, Alemania, Japón, Francia, Italia, Brasil y compañía. Era un sistema espléndido, tan civilizado, tan basado en esas formas que se respetaban y esa gente que pasaba de ellas. Lo cual les permitía a los dos grandes partidos empujarse y codearse y sucederse sin que nada cambiara, sin que nadie terminara de notarlo. Y, mientras tanto –¿gracias a eso?– crearon la sociedad más desigual de la historia: de toda la historia.

Habían conseguido su estatus ideal: una expresión civilizada y ordenada y presentable de ese desdén por la política que tanto asusta y ayuda a los políticos, y que se ha transformado en una de las características decisivas de nuestras sociedades. César Rendueles, en su libro Contra la igualdad de oportunidades, lo reseña para el caso español: “Los políticos y la política aparecen regularmente entre los tres primeros problemas percibidos por los españoles, exactamente en el lugar que hace años ocupaba el terrorismo o la droga. Los partidos políticos son percibidos como el equivalente de ETA o la heroína y son, con mucha diferencia, la institución peor valorada en nuestro país”.

En Estados Unidos la solución a ese problema era la indiferencia: les habían dejado la política a los políticos –y la mayoría de los ciudadanos no se molestaba siquiera en ir a votar una vez cada tanto: no creían que eso sirviera para nada. Hasta que llegó el energúmeno de Trump, se mostró y mostró el sistema como nunca antes y produjo efectos desconocidos, apoyos y repudios, fanatismos y odios, y entonces las elecciones volvieron a importar: en 2020 votaron 22 millones de personas más que en 2016. Eso fue, sin duda, un triunfo de la democracia. O, por lo menos, de la política, entendida como la forma –a menudo confusa y turbulenta– en que grupos sociales tratan de mejorar las condiciones en que viven. Digamos: que, por acción y reacción, con el Terremoto Trump y sus Conchudos Detestables la política volvió a los Estados Unidos y que cuando hay política –como algo opuesto a las buenas maneras democráticas– a veces pasan cosas como esa: que unos bisontes pisotean el mejor pasto, el más cuidado, el más inútil. Y otras veces, incluso, cambia algo.

Y ya: para poder justificar mis desazones, aquí estoy, diciendo que el gran mérito de Donald Trump es haber devuelto la política a Estados Unidos, y viceversa. Hay quienes se cubren de ridículo con menos esfuerzo pero yo, está claro, soy un laburante.

La inmortalidad del doctor Menem

El doctor Carlos Saúl Menem, presidente que fue de la República Argentina entre 1989 y 1999, está por entrar en la inmortalidad –o donde sea que vayan los grandes héroes de la nada. El doctor fue un personaje extraordinario: nadie cambió tanto su país. Y ahora, en su país, casi todos quieren olvidarlo.

El doctor había empezado raro. Venía de un pueblito polvoriento, sin colores, donde su padre tenía una bodega, y se hizo conocer en 1973, año convulso, como un joven abogado de patillas tupidas que consiguió ganar, a sus 42, el gobierno de su provincia, La Rioja. Ya gobernador decía por ejemplo que “la revolución del 25 de mayo tiene su sentido más profundo en la defensa que harán de ella la Juventud, las FAR y Montoneros. Aun hay muchos conservadores metidos en el Movimiento, en el gobierno nacional, y ésta es una lucha a muerte”. Tardó unos meses en dejar esa lucha; después pasó unos años amablemente preso de los militares y cuando volvió al ruedo en los ochentas consiguió un milagro: derrotó al aparato peronista y se hizo elegir su candidato. Seguía hablando de revoluciones –la llamaba, en esos días, “revolución productiva”– y prometía el “salariazo” pero era, sobre todo, un fenómeno extraño: por primera vez en la historia argentina el candidato a presidente era un señor que se parecía más a millones de pobres que a la crema habitual. Era un giro cultural muy fuerte y muchos lo siguieron, lo eligieron.

Entonces no tardó nada en mostrarles que no pensaba hacer lo que decía pero se lo aceptaron. Lo logró, sobre todo, gracias a esa política que convirtió al dólar en moneda oficiosa y se lanzó a la más argentina de las economías: pan para hoy, hambre para mañana. Y empezó con las privatizaciones, las corruptelas, los disparates continuados, los chistes con rubias y ferraris, el indulto a los militares asesinos. Para hacerlo, descubrió que el curro de la “transgresión” no solo servía para vender discos pop o tonterías en la tele sino, sobre todo, para volverse –casi– inimputable en el poder. Con la excusa de que hacía cosas raras hizo las más comunes: vendió el país con el país –mayormente– aplaudiendo, riéndole las gracias.

El doctor Menem fue el presidente más influyente de la democracia: ninguno mutó tanto la Argentina, ninguno la destruyó tan a conciencia. Es cierto que es una competencia muy reñida, pero nada se compara a su transformación de aquella economía, su liquidación de tanta industria, su remate de lo que el país había tardado un siglo en construir: ferrocarriles, carreteras, minas, pozos de petróleo, tendidos de gas, obras sanitarias, usinas y redes eléctricas, fábricas, teléfonos. Todo eso lo vendió el señor Menem a unas cuantas empresas más o menos extranjeras –que después, en general, lo desdeñaron.

Así, su gobierno peronista consumaba con denuedo el proceso que había empezado quince años antes otro gobierno peronista, el de Estela Martínez y su ministro Celestino Rodrigo, y retomado y acelerado después con mucha más sangre un gobierno militar. El doctor Menem lo completó con una excusa muy curiosa: su gran argumento –tan pegadizo, tan defendible– fue la idea de que el Estado es inútil, una cueva de ratas y ladrones y, sobre todo, una runfla de incapaces. Es una idea fácil de presentar y difícil de sostener. Si el Estado no es capaz de administrar una compañía eléctrica, una telefónica, un hotel por horas, si no puede manejar –digamos– Aerolíneas o Aguas Argentinas, mucho menos puede manejar la Argentina. O sea: un gobierno que ofrece esa explicación tendría que renunciar e irse. Pero la idea prendió: gracias a ella, lo sabemos, el peronismo del doctor Menem malvendió casi todo.

Y era el mismo señor que había dicho, años antes, que “para nosotros socialismo nacional y justicialismo es la misma cosa. Es el Estado procurando con su acción dar los medios necesarios al pueblo para que éste se realice en un clima de igualdad, sin ningún tipo de privilegios. Es decir: donde el esfuerzo de muchos esté al servicio de muchos y no como ocurre bajo el régimen liberal y capitalista donde el sacrificio de muchos se hace en beneficio de un círculo privilegiado…”.

Pero el doctor cambió y, de paso, terminó de cambiar la Argentina.

Menem lo hizo, decía un viejo slogan. El efecto más visible de esos años de liberalismo peronista fue conseguir que el país terminara de destruir su aparato productivo. Gracias al doctor Menem un buen tercio de la población argentina vive marginada, sin trabajos fijos, sin una inserción clara. Gracias al doctor Menem y su furia antiestatista mucha más gente pasó a depender del Estado y, por lo tanto, de sus gobiernos peronistas. Gracias al doctor Menem, el peronismo terminó de consolidarse como esta máquina de poder basada en el control de millones de personas a través de planes de asistencia y sueldos truchos que suplantan su derecho a ganarse la vida por sí mismos.

El sistema clientelar peronista no sería lo que es sin él, aunque tampoco hay que dejarse llevar por la vehemencia necrológica: hay que reconocer que sus continuadores lo ampliaron y completaron con pericia extrema. Pero, más allá de matices y detalles, el peronismo le debe tanto al doctor Menem.

El doctor, es cierto, había logrado armar lo que un viejo periodista de esos tiempos llamó un país capicúa: “Algunos supondrán que lo digo porque el nombre de su prohombre presidente se puede leer de izquierda a derecha o de derecha a izquierda. Eso sería repetir –hasta la caricatura– el error –que yo cometí, supongo, muchas veces– de creer que las características de un hombre son las que explican un país, un momento, y dedicarse a ellas. (…) La Argentina, en realidad, está capicúa de una forma más bruta, más tajante. Es la primera vez –al menos, desde que hay elecciones que permiten comprobarlo– que los más ricos y los más pobres están de acuerdo en elegir un mismo proyecto, un mismo gobierno”.

Con ese apoyo bífido el doctor Menem inauguró, entre otras cosas, la era de la corrupción rampante, descubierta. Que, como reacción, produjo ese honestismo que logró que, al fin de su mandato, los argentinos eligieran el gobierno más frankenstein –un rejunte conservador apuntado por progres– so pretexto de que no eran corruptos. Menem lo hizo, como tantas otras cosas. Pero hay que reconocer que, mientras duró, nos hizo felices. Se lo debemos: era un gusto ser antimenemista. Era tan fácil indignarse, saber dónde estaba el bien y dónde el mal. El doctor se esmeraba, nos daba sin parar las mejores excusas –era desafiante, descuidado, decisivo, bruto– y todos nosotros –¿quiénes éramos nosotros?– nos uníamos en su contra, nos amábamos en el fragor de la trinchera. Faltaban años para que el peronismo kirchnerista introdujera sus taimadas divisiones. Entonces los periodistas, sobre todo, hacíamos nuestro agosto: incluso nos creían. En nuestro –mínimo– mundo era muy difícil encontrarle defensores.

Así que había que buscarlos lejos. Como, por ejemplo, en la tribuna de aquel gobernador peronista que definió al doctor como “el mejor presidente de la Argentina desde Juan Perón” y le agradeció su visita al Calafate, octubre del ’94, plena rifa del Estado, proclamando, los cabeshos al viento, que “acá está el pueblo de Santa Cruz, acompañando el proceso de transformación y cambio que la República Argentina debe llevar adelante” –gritaba, entonces, halagüeño, Néstor Kirchner. Pocos años después lo acabaría.

Ahora el doctor Menem se está muriendo o ya se ha muerto. En estos días, cuando llegue a la inmortalidad o adonde sea, pocas voces se alzarán para reivindicarlo. Al fin y al cabo lleva años sepultado, desde que aquel acompañante y su señora cumplieron con el precepto peronista de traicionar al jefe y lo sacaron del partido en 2003 y lo dejaron frente a una cantidad de acusaciones penales que no fructificaron porque, generosos, le permitieron refugiarse en el Senado de la Nación y en sus diversas coaliciones.

Y ahora, a veinte años de su cese, el país que él hizo se deshace. Es difícil, a esta altura, definir a quién beneficiaron sus acciones, fuera de algunos empresarios a la Macri y algunos políticos a la Kirchner. El doctor fue, si acaso, la raíz de donde creció ese árbol de dos troncos retorcidos que llaman la Argentina. No es poco, para un patilludo de Anillaco. Ahora, tan cerca de la inmortalidad o donde sea que terminen los sainetes, se debe estar riendo a carcajadas.

Lanavidá 6 – Laciencia 0

Martín Caparrós

Hace unos meses me convencí de una tontería. Me suele pasar o, mejor: es lo que me da vida. El 6 de abril de este año sorprendente pasó algo que, imaginé, recordarían generaciones venideras –qué bonito, “generaciones venideras”– como un hito histórico: en medio de la puta pandemia se cerraron las iglesias de Roma. Era fuerte: frente a siglos y siglos en que las pestes se enfrentaban con misas, rogativas, procesiones y demás latigazos en la espalda, esta vez no solo las personas no salían a pedirle nada a ningún dios sino que –metáfora perfecta– las iglesias de la ciudad donde reside el más famoso se atrancaban.

Imaginé, entonces, que ese momento era el símbolo de un cambio trascendente: que por fin dejábamos de creer en esas cosas y empezábamos a creer en la ciencia –lo cual también es complicado: la ciencia no es para creer sino para dudar. Pero esa será otra discusión; en estos días se ve que la religión –o ciertas formas de la religión– no se fueron a ninguna parte. Cristo Vuelve, Cristo Vence, Cristo Rey. Ahora mismo su ritual más difundido, lanavidá, triunfa sobre la ciencia, sobre la prudencia, sobre la carencia, sobre la urgencia y la conciencia y la teleconferencia y tantas cosas que terminan en encia y muchas otras que terminan en puaj.

Hace unos días, ya desolado, escribí en el El País que “la Navidad es el tributo que todos pagamos a esos relatos y reglas de conducta que unos sacerdotes y soldados inventaron hace siglos —y supieron imponer con la cruz y la espada y algún fuego y la decisión inquebrantable de decidir lo que podíamos y, sobre todo, lo que no podíamos hacer con nuestras vidas. Ahora, además, el triunfo global de los cristianos les permitió crear una ensalada de tradiciones, que si establos fenicios y camelleros iraquíes, que si el gordo lapón y el árbol ario, que si turrón levantino y amor universal. Y les permitió, sobre todo, convertirla en una máquina de hacer dinero.

“Hay que salvar la Navidad, claman en estos días, y están hablando de eso. La Navidad es necesaria para la economía. La Navidad es una síntesis perfecta, la cumbre del capitalismo con corazón: porque soy bueno y amoroso consumo, porque consumo soy bueno y amoroso –y si no consumo en Navidad soy un fracaso. Tanto que ahora muchos gobiernos reblandecen las medidas que tomaron para que no nos muramos demasiado rápido: parece que la amenaza de una Navidad sin parentela ni turrones es peor que la del virus.

“La Navidad habla de plata y dice paz y amor, regalos a gogó, concordia familiar, concordia universal, comercios y bebercios y arrepentimientos, pero cuenta, sobre todo, ese triunfo: una cosa sería que los cristianos celebraran su fiesta como los judíos yom kipur o los musulmanes ramadán o los culés la última copa, y muy otra que todos todos todos sigamos su ritual. No hay nada más exitoso que una ideología que ya no parece ni siquiera serlo sino lo normal, lo natural. La prueba definitiva de la victoria de una idea es que condicione las vidas de los que no creen en ella”, decía, poco más o menos.

Tanto nos condiciona que, tras pasarnos el año más raro y temeroso y aislado de nuestras vidas para cuidarnos del contagio como de la peste, estamos dispuestos a contagiarnos esta semana en nombre de la familia, el amor y la paz –y, si acaso, de aquel bebito hijo de un dios. O incluso del espíritu navideño, que consiste en comportarse durante seis o siete días como no nos portamos durante todo el año: con cariño y respeto y cierta consideración.

Así que lanavidá le gana a laciencia por goleada. Quizás es solo que somos completamente idiotas. O, tal vez, que somos tan pero tan cristianos que hemos asimilado, también, su idea del sacrificio. Al fin y al cabo, si algo aportó el cristianismo al gran baile de las religiones es la glorificación del sufrimiento. Empezó por contar que su figura central era un señor torturado y ejecutado con una muerte infame: inauguró la Era de la Víctima. Y entonces edificó sus templos como inmensos relicarios, bóvedas donde guardar los restos mortales de unos muertos –en general, tipo suicidas– que llamaron santos. Nada mejor, para sus libros, que el sacrificio y el martirio. Y ahora, gracias a esta Navidad, va a tratar de hacernos mártires a cuantos más mejor.

Nosotros, astutos, nos dejamos. O, peor: lo reclamamos entusiastas, exigimos la libertad de contagiarnos por la causa. En muchos países lo estamos consiguiendo, así que nada, felices fiestas, japi japi, abrazos a los renos, un saludo especial a todos los que prefieren creer en la ilusión de una madre virgen antes que en la realidad de cuatrillones de viruses –y que el 10 de enero nos coja confesados y cerca de un buen respirador. Será justicia.

La invención de Maradona

Martín Caparrós

No podemos parar. Pasaron dos semanas pero no hay día en que los diarios no nos regalen tres o cuatro noticias sobre su vida y sus milagros y sus desastres y su muerte, algún recuerdo emocionado, un nuevo llanto con encanto, otra morriña ñoña, un homenaje más. La muerte de Maradona, que al principio fue lástima y tristeza, unos momentos de nostalgia, se volvió el gran psicodrama nacional. Ya todos hemos hablado sobre él, lagrimeado sobre él, especulado sobre él: ya todos lo consagramos como un símbolo indudable de la patria. Tanto, que este lunes en el Senado de la Nación media docena de cenadores citaron a Nietszche para pedir que se impriman billetes y estampillas con su efigie y su gran gesta, el famoso gol contra los ingleses –el segundo.

Es un detalle, pero un detalle interesante. Los billetes y estampillas son los espacios donde un país define sus orgullos: el lugar más exclusivo. En las últimas décadas argentinas solo lo consiguieron San Martín, Belgrano, Rosas, Sarmiento, Mitre, Roca, Duarte de Perón: todos fulanos que, bien o mal, intentaron construir un país –y al final, colados, esos animalitos con que el macrismo quiso retratarse. Por eso el acceso de Maradona a ese VIP es un síntoma bruto. No se nos ocurre que haya un billete con la cara de Borges ni con la cara de Quino ni con la de Houssay o Favaloro o Alfonsín o María Elena Walsh, ¿y sí con la de Diego Armando Maradona? Digamos, por decir: el presidente que se atrevió a juzgar a los generales asesinos o la autora de la música que mueve nuestra infancia no merecen lo que sí merece el goleador. Es bueno que haya un orden; es bueno que sepamos quiénes somos.

Si todos estos gestos significan algo habrá que aceptar que la Argentina decidió que su personaje más querido, más significativo de las últimas décadas será un señor que le pegaba tan bien a un cuero inflado y que le dio a la Patria la alegría de hacerlo mejor que unos señores ingleses que hacían lo propio y, así, logró ante ellos una victoria que cambió el rumbo de la historia, nuestras vidas.

O no. Entonces, por si acaso, los que se dan cuenta de que quizá no alcance con esos pelotazos inspirados se dedican a completar el héroe, a pintarle los rasgos que justificarían la apoteosis. Los constructores del mito hablan de su origen humilde, de su carácter popular, e insisten mucho en su condición de abanderado de los humildes, adalid de los pobres, defensor de los oprimidos del mundo –y deben disimular que, por más que hablara de Villa Fiorito, Maradona fue uno que se fue, zafó, consiguió por su talento dejar de ser de esos y consagró una forma de éxito individual que celebra al que deja su clase. El modelo del futbolista como triunfador solitario o fugado milagroso: el ascenso social del que se va. El modelo que hace que millones de chicos en Latinoamérica o en África sueñen con ser vendidos a los centros más ricos, escapar: salvarse.

Maradona fue, toda su vida adulta, un multimillonario que vivió como un multimillonario, de yate en jet, de rolls en maserati y que, cuando pudo elegir dónde hacerlo, se pasó unos años en Nápoles mimado y surtido por la Camorra, otros en un resort tan rico de la Cuba más pobre, otros en Dubai donde los maridos tienen derecho a pegar a sus mujeres, otros en Bielorrusia donde una dictadura de 25 años le ofreció tanques y diamantes y otros en Sinaloa, el estado más narco de ese país ennarquecido que ahora es México.

(Y todo con la plata de sus fans: los jugadores más exitosos se quedan con un buen trozo de la que ponen –en abonos de tele, cuotas, camisetas, chorraditas varias– los millones de más pobres que los siguen y que, faltaba más, se identifican con ellos porque vienen de abajo.)

Todo lo cual era perfectamente su derecho. Lo que no tiene sentido es que inventen un héroe donde hubo un gran jugador de fútbol –que, como tal, nos dio alegrías recordadas. Lo triste es el invento. Lo más triste es que, si tenemos que pensar en figuras señeras, no podamos pensar en alguien que haya hecho algo más que alegrarnos la vida un ratito, algo más que aliviar el malhumor de nuestros fracasos con unos gritos de placer, algo más que dejarnos diciendo qué maestro, algo más que confirmar nuestra pasividad: algo más que ponernos en nuestro lugar de espectadores. Digo: que, más allá o más acá de Maradona, nuestro héroe sea un futbolista.

Es triste, pero no por él; triste por nosotros. Recuerdo –como siempre– aquel diálogo del Galileo Galilei de Bertolt Brecht, en que su ayudante le decía a Galileo que “tristes las tierras que no tienen héroes” y Galileo le contestaba que “tristes las tierras que necesitan héroes”. Pero me lo imagino mesándose la barba y pensando que tristes, pero realmente tristes, son las que tienen ciertos héroes.

O, como decía aquel clásico: dime a quién adoras y te diré quién eres. O quién no eres, que viene a ser peor.

La decisión de Pfizer

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Martín Caparrós

En el mundo hay un señor que se llama Albert Bourla y yo, hasta hace media hora, no sabía. Usted tampoco, me imagino.

El señor Albert Bourla tiene 59 años y nació en Tesalónica o Salónica, que viene a ser lo mismo, de una vieja familia ladina; allí estudió veterinaria y biotecnología y se casó y hace 27 años, a sus 32, entró a trabajar en un laboratorio de una farmacéutica que se llamaba Pfizer.

Pfizer Inc. ya era una de las mayores corporaciones farmacéuticas del mundo. Basada en Nueva York desde que la fundaron dos primos alemanes en 1849, fue creciendo a fuerza de comprar competidoras y vender medicinas: el yodo, el alcanfor, la penicilina, la terramicina, la atorvastatina y tantos más –y, siempre listo, el viagra. Por eso hoy tiene unos 90.000 empleados e ingresos anuales de más de 50.000 millones de dólares, el PBI de –digamos– Uruguay o Costa Rica.

El señor Bourla había encontrado su lugar: allí persistió y prosperó, mejoró sus destinos y sus cargos y por fin, el 1 de enero de 2019, fue nombrado presidente y CEO. El señor Bourla es un hombre con pelo oscuro, ojos oscuros, cara ¡común que pocos mirarían dos veces. Hace unos días el señor Bourla tomó una decisión. O, por lo menos, le puso la cara.

Nos gusta pensar que hay leyes y estructuras que modelan el mundo por encima de los individuos. La pandemia demostró, entre otras cosas, que todo eso que imaginábamos tan sólido se puede derrumbar ante el soplido de un microorganismo. Y, ahora, sus ecos nos vuelven a mostrar que un hombre o dos pueden ser decisivos. Bourla, digamos, por ejemplo. O no, cómo saberlo. Hay periodismos que se basan en afirmar lo que se ignora; a mí me gusta el que se centra en cuestionar lo que se sabe y, si acaso, intentar entender eso que no: especular, jugar, pensar un poco.

Nadie sabe si fue realmente el señor Albert Bourla el que decidió que su compañía, la farmacéutica Pfizer, anunciaría el éxito de su vacuna contra el coronavirus este lunes 9 de noviembre. Pero sí que la fecha de ese anuncio fue crucial: que, hecho cinco días antes, podría haber cambiado las elecciones norteamericanas –y que, hecho cinco días después, las cambió en sentido inverso.

Las cuentas son más o menos evidentes. Las encuestas a pie de urna mostraron que el futuro ex presidente Trump perdió millones de votos por la pandemia, de dos maneras distintas y complementarias. Muchos ciudadanos le reprochaban su manejo descuidado y optimista de la peste, sus anuncios de que para noviembre todo se iría solucionando. Y, más en general, la pandemia neutralizó su mejor carta electoral: la mejora de su economía. Si el anuncio de la vacuna de Pfizer –y la euforia financiera y social que está produciendo– hubiera llegado unos días antes, habría funcionado muy a favor de Donald Trump: mejora económica inmediata, “cumplimiento” de sus plazos terapéuticos. Lo habrían votado mucho más; se puede llegar a suponer que podría incluso haber ganado. Pero alguien –¿el señor Bourla?– decidió esperar cinco días más y hacer su anuncio cuando la suerte del bufón ya estaba echada.

La compañía lo justificó sin mucho énfasis: que fue porque recién ahora llegaron a un cierto número de casos en estudio. El País cuenta como al pasar que «estaba acordado de antemano que este comité analizaría los resultados al llegar a una especie de meta volante: 62 personas infectadas. Al final esa meta se sobrepasó y la efectividad se basa en los datos acumulados hasta que se alcanzaron 94 infectados». O sea: que demoraron unos días el anuncio.

La duda intriga: ¿cómo se tomará una decisión así, con tales consecuencias? ¿Se reunirán los grandes accionistas entre paneles de boiserie y sillones de cuero, whisky de 30 años, y evaluarán los pros y los contras, las perspectivas de ganancia, las simpatías personales? ¿Habrá un llamado de alguien más poderoso todavía? ¿Un operador de un candidato cortejando y preparando el terreno semanas y semanas hasta la victoria final? ¿Uno del otro cortejando y preparando el terreno semanas y semanas hasta la derrota catastrófica? ¿Una revelación inesperada y una noche de insomnio? ¿Algún asunto de conciencia? ¿Una mujer fatal, un hombre musculoso, un par de fotos? ¿Algún negocio enorme oculto? ¿Un recuerdo infantil del señor Bourla?

Nosotros, mortales de toda mortalidad, no tenemos ni puta idea –por más películas y series que hayamos visto– de cuáles fueron esos mecanismos; sus consecuencias, en cambio, están muy claras.

(Para agregarle misterio a los misterios, ahora se supo que este mismo lunes el señor Bourla vendió la mayoría de sus acciones en la compañía. Parece que tenía prevista esa venta en esa fecha desde agosto –pero el anuncio, por supuesto, no. Sería gracioso que el señor haya cambiado la historia de estos años como efecto colateral de un negocito.)

El señor Bourla, en cualquier caso, es la cara de un aparato tanto más pesado, cuya intervención –o no intervención– fue decisiva para las elecciones norteamericanas y, por lo tanto, para el mundo. Más allá de los detalles inasibles, lo decidieron en esos despachos –o restaurantes tres estrellas o bunkers cuatro o dormitorios cinco– unos pocos señores riquísimos que, una vez más, ejercieron su poder, en el sentido más estricto: poder pensar poder hacer poder poder, la potestad de torcer rumbos.

Solemos hablar de la influencia de las grandes corporaciones en el mundo global; esa influencia también consiste en que no sepamos imaginarla, verla. Este caso la muestra tan extrema: unos señores que nadie conoce ni eligió tuvieron bruto peso en las elecciones de la gran democracia. La próxima vez que precisemos un ejemplo de cómo una gran corporación puede cambiar tendencias, el Caso Pfizer será uno casi exagerado, demasiado obvio. Pero va a servir para entender –si alguien no lo entendía– que de verdad tenemos un problema.

Salud, Pino

.Martín Caparrós

La pasó bien. Lo primero que se me ocurre pensar cuando veo que se murió es eso: que la pasó bien. Es curioso que en esa frase habitual sobre el placer esté la idea de pasado: la pasó bien –sí, pero pasó.

Pino Solanas, creo, la pasó bien. Vivió 84 años, hizo cosas que quiso, lo quisieron. Tocaba el piano, escribía, comía y bebía, seducía, hacía películas: algunas de esas películas fueron originales, algunas tuvieron mucho público, algunas fueron originales y tuvieron mucho público. Y algunas fueron, un poco más allá, la prueba de que lo que le importaba de verdad era hacerlas: las últimas, tan radicalmente políticas. La política fue un eje de su vida: fue diputado, senador, candidato a otras cosas; se podría pensar que no consiguió mucho, pero en eso consiste la política: el arte de buscar, seguir buscando.

Mis primeros recuerdos de Pino son políticos: año ’70, quizá, ’69, dictadura de algún general y esas tardes de sábado en que íbamos, coche de mi padre, a algún suburbio perdido, alguna villa, a proyectar en un ranchito o capilla o club de barrio su primera película. “La Hora de los hornos marca la aparición de un cine político completamente diferente de todo lo que conocimos hasta ahora”, había dicho Le Monde cuando su estreno en Francia, en cines de verdad, un año antes. Pero esto era la Argentina y eran tiempos de clandestinidad y aparatos muy grandes: un proyector de 16 milímetros era mayor que muchos hornos, pero lo llevábamos en un secreto raro y servía para mostrar esa película que terminaba con varios minutos de la cara de Guevara muerto y la resolución de los espectadores de hacer lo necesario. Yo tenía 12, 13 años y también quería, y recuerdo con un escalofrío la mañana lluviosa en que los acompañé –siempre el Torino de mi padre– a recorrer Buenos Aires desierta por una huelga general y Pino en el asiento de atrás, casi acostado, filmándola con su cámara escondida.

Después vinieron esos años tan cacareados, los Setentas. Como otros intelectuales y artistas de izquierda, Pino se volvió muy peronista –sin por eso dejar de ser de Olivos. Era elegante, risueño, gustaba y lo sabía; sabía ser muy simpático, podía ser antipático. En esos años me lo cruzaba con frecuencia; yo era un chico y él un hombre conocido; a mí me daba orgullo conocerlo y que él me saludara. Él era entonces, seguía siendo, muy amigo de mi padre y yo era, entonces, para él, un sobrino lejano; nos acercamos unos años después, ya en París, ya en el exilio.

Yo tenía casi 20 años y quería hacer cine; Pino tenía 40 –recién ahora me doy cuenta de que la diferencia no era, al fin y al cabo, tanta– y lo hacía y precisaba un ayudante. Me “contrató”: durante un año o dos fui todos los días a trabajar con él –en su departamento del boulevard Beaumarchais, cerca de la Bastilla. Pino estaba preparando una película sobre la vida de Miguel Hernández, el gran poeta español, y yo lo ayudaba con las búsquedas, pasaba en limpio sus borradores de guión, los traducía al francés –y esperaba ansioso que empezara el rodaje. Mientras, ir a su casa era un placer: Pino vivía con Chunchuna Villafañe y las dos hijas de ella, Inés y Juana Molina adolescentes, y Juan Diego y Victoria, sus hijos, por supuesto. Yo me había vuelto, entonces, un sobrino cercano, rara la noche en que no me quedaba a cenar: fideos, muchas veces.

Ya faltaba poco para empezar con la película –donde yo sería su asistente y seguiría aprendiendo mi futuro oficio. El contrato que Pino había hecho con los herederos –la viuda y el hijo de Miguel Hernández– por los derechos de autor de los poemas que incluiría en la película establecía unos royalties por cantidad de espectadores y lo obligaba a mandarles el guión para que lo aprobaran. En la primavera del ’79 Josefina Manresa escribió para decir que ya lo había mirado, que quería que Pino fuera a verla. Fuimos en un citroën 2CV que, con el viento a favor, conseguía llegar a los 90 kilómetros por hora –con viento en contra no pasaba de 50–, pero comíamos y bebíamos con gusto.

Paramos primero en Orihuela para filmar –bajo la lluvia, con otra cámara de mano– una procesión de Semana Santa para incluir en la película; después, por fin, fuimos a ver a la familia del poeta. La viuda vivía en uno de esos edificios de ladrillo visto con que el franquismo arruinó las ciudades españolas en los años 60: calle de los Desamparados, Elche. Era una mujer chiquita vestida de negro que, tras abrirnos, volvió a su asiento y su tejido; en la pared justo detrás un afiche reproducía un poema que su marido le había escrito en la guerra: “Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,/ esposa de mi piel, gran trago de mi vida,/ tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos/ de cierva concebida” –decía, y parecía imposible que esa morena fuera ella. Más, cuando empezó a hablar: sacó el guión que Pino le había mandado para su revisión y, seria, seca, le mostró cómo había tachado todas las escenas donde había siquiera un roce de manos entre “ella” –en la película, Ángela Molina– y “él” –José Luis Gómez. Pino no sabía qué decir: la película, así, no podría hacerse.

Fue entonces cuando llegó el otro heredero: Miguel Hernández Manresa, el protagonista de las Nanas de la Cebolla –“En la cuna del hambre/ mi niño estaba./ Con sangre de cebolla/ se amamantaba”–, era un macarra de treinta y tantos años y pantalón de terciopelo, camisa abierta sobre el pecho, botas con puntas de metal, mucha gomina. En cuanto entró entendió lo que pasaba; le dijo a Pino que quería decirle algo y se lo llevó a un rincón del saloncito; yo los seguí en silencio.

–No hagáis caso a mi madre, ya está muy mayor. No, lo que tenéis que hacer en la película es poner mucha tía en pelotas, para que vaya gente al cine…

Dijo, y después nos invitó a cenar. Durante días comentamos que la historia que había que filmar no era la del poeta sino, quizá, la de su descendencia. La película, al final, no se hizo: el productor español se retiró a último momento y casi dos años de trabajo se fueron a los caños. Fue la primera gran lección que me dio Pino: el cine es un arte demasiado dependiente –y unas hojas de papel no te las quita nadie: yo, entonces, decidí dedicarme a la escritura. Fue, de algún modo, culpa suya.

Pero Pino nunca se rindió. Un par de años más tarde me volvió a convocar: yo ya vivía en Madrid cuando me pidió que fuera a París dos o tres meses para un intento casi desesperado. Había que escribir, en ese tiempo, un guión de una película para presentarlo a no recuerdo qué premio francés que le daría la posibilidad de producirla. Había que hacerlo rápido: Pino armó una armada Brancaleone formada por Carlos del Peral, un compositor y escritor de peso en los ‘60, y él y yo. Nos instalamos en su departamento muy vacío: Chunchuna y las chicas se habían ido y no quedaban casi muebles. Carlos y yo dormíamos en dos cuartos desnudos, colchones en el suelo, y trabajábamos trece o catorce horas por día: era tan parecido a un taller clandestino, salvo por la alegría. Cada mañana Pino nos contaba sus ideas de escenas –que, muchas veces, estaban teñidas por su separación tan reciente– y entonces Carlos las escribía, yo las traducía, él las revisaba y reescribía. Así, el guión estuvo listo a tiempo –pero tuvo que esperar unos años para convertirse, con modificaciones, en El exilio de Gardel.

Y así de seguido: disculpen que hable de mí, pero recordar a Pino es recordar mi vida –y Pino era, además, lo que me quedaba de mi padre. Ya a fines de los ’80 lo seguí en esa rara patriada de transformar las Galerías Pacífico en un gran centro cultural autofinanciado –que tampoco funcionó y que marcó, de algún modo, su entrada en la política política argentina. Y en 1990 me llevó a la cárcel de Ushuaia y me disfrazó de cura para actuar en su película siguiente, El viaje, que lo llevó a conocer a Angela y quedarse con ella hasta el final. Y después lo ayudé en un par de campañas –aunque nunca estuvimos del todo de acuerdo, pero eso era lo interesante– y fuimos vecinos y quisimos cosas juntos y hace dos años me llenó de orgullo con su discurso final a favor del aborto –“que nadie se deje llevar por la cultura de la derrota”– y no hace un mes nos prometimos uno de aquellos vinos en su nueva casa, otra vez en París como hace tanto. Pero no: esta mañana supe que había muerto.

Creo que vivió bien, la pasó bien –con sus chistes malos y sus arranques de cariño, con su arbitrariedad y sus caprichos, con su nacionalismo que me ponía de los nervios, con ese acento de porteño viejo ligeramente cajetilla y su aspecto a juego. Fue una parte de esa Argentina que ya no es pero que quiere seguir siendo. Y es cierto que le quedaron muchas cosas por hacer: eso es lo que te pasa, creo, cuando tu vida valió la pena de vivirla.

Los Estados Fallidos de América

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Martín Caparrós

Estamos haciendo el tonto: rotundamente el tonto. En los dos últimos días hemos aprendido –casi– todo lo que se puede saber sobre los ritos electorales de Yoknapatawpha, Maricopa, Savannah y aldeas circundantes. Ya no hay condado de Nevada o Wisconsin que tenga secretos para nosotros, los tarados del mundo –pero mientras tanto las elecciones norteamericanas siguen sin resolverse.

Es una situación tan sorprendente: los Estados Unidos de América, la gran potencia mundial, no logra organizar lo que cualquier paisito de tercera hace con frecuencia: unas elecciones con resultados y esas cosas. Si alguien hubiera querido desprestigiar al viejo sistema de democracia de delegación no podría haber imaginado un brulote peor que estas escenas en que el destino de 300 millones de personas –y el del resto del mundo– depende de 10.000 votos por correo de los barrios negros de Atlanta-Georgia o blancos de Phoenix-Arizona –y que su Suprema Corte no diga, después, que llegaron manchados. Si querían dejar en ridículo al sistema, lo están logrando con lujos y fanfarria.

Y el mundo los mira embarazado. Esto parece grave: si sucediera en cualquier otro país la comunidad internacional, preocupadísima, pediría a Estados Unidos que interviniera en defensa de la democracia y todos tendríamos claro que ese país es un estado fallido, pobrecito. Pero por ahora le echamos la culpa a Donald Trump como si hubiera nacido de un repollo.

Ayer hubo un momento cumbre de esta historia de abismos: varias cadenas de televisión cortaron el discurso del señor presidente desde su tribuna en su casa de gobierno porque estaba mintiendo. A mí me sorprendió: yo creía que los medios de comunicación se llamaban medios de comunicación porque tenían que comunicar lo que sucede y, si acaso, después analizarlo. Pero que no tenían que hacer juicios morales en directo y editar la realidad: decidir sobre la marcha qué es lo que su público puede o no puede ver y, entonces, eliminar un hecho de importancia porque creen que ése no: censurar la historia en vivo y en directo. Pero ellos decidieron cortar la transmisión de su presidente diciendo estupideces; yo supondría que el hecho de que su presidente diga –esas– estupideces es la mayor noticia del momento, y que el público merece conocerla.

Algunos dicen que lo hicieron porque Trump no estaba siendo solo falso sino también peligroso. Cortarlo es suponer que los millones que lo ven no pueden distinguir por sí mismos verdad de mentira o que son un rebaño: que si les dicen vayan irán sin rechistar, que no tienen la capacidad de juzgar por sí mismos. Si yo no fuera una persona prudente diría que es por estas cosas que gente como Trump maneja la mitad del mundo: porque hay millones y millones hartos de que “las élites” hagan por ellos, piensen por ellos, decidan por ellos, los desprecien. Y entonces apoyan a quien diga que va a sacar del poder a estas élites –aunque sea, una vez más, mentira.

(Los medios americanos están perdiendo la cadena. Una nota menor lo sintetiza de algún modo: “He convinced few people who were not already in his corner” –“Convenció a poca gente que no estuviera ya de su parte”–, decía esta mañana, sobre el discurso cortado de Trump, el New York Times. No parecía considerar que los que están “already in his corner” son solo 60 millones de personas, que lo expresaron el martes con su voto.)

Es el problema que los “demócratas” –no los del partido demócrata sino los dizque defensores de la democracia– no consiguen resolver: cómo es que cuatro años de ese gobierno horrible resultaron en estas elecciones tan peleadas.

El problema es real, más allá de los Estados Unidos: buena parte de la población del mundo no se siente representada por sus gobernantes tradicionales y busca otros. Así que los viejos dueños de la democracia pierden el control, e intentan recuperarlo, pero no lo consiguen porque el mundo que imaginan ya no existe. Y en lugar de tratar de entender ese mundo distinto se enojan con él porque no es como ellos dicen que tiene que ser, como supuestamente era. Mientras tanto, hay millones y millones que creen –que saben– que ese mundo no les funcionaba: que no quieren que sea así y buscan alternativas, buscan respuestas.

Donald Trump es una respuesta horrible pero es un intento de respuesta; Joe Biden, no. Lo que dice la opción Biden, un señor del corazón del sistema político, medio siglo en la administración americana, es que los gobernantes creen que los que están equivocados son los ciudadanos: que deberían querer más de ese sistema –que no los representa.

Los “demócratas” –que en otros países se llaman “republicanos”– no ofrecen respuestas a ese malestar: solo lo rechazan, lo condenan por antidemocrático. Y entonces las respuestas que se imponen son las de Donald Trump –o Bolsonaro u Orban o Maduro o Abascal– y ese es el gran fracaso de la política actual. De ese tema depende lo que pasará en el mundo en las próximas décadas: si no encontramos formas nuevas de representación política, que consigan que los ciudadanos se sientan representados por sus representantes, seguiremos lamentando que tipos lamentables como Donald Trump manejen el mundo. O, si acaso, tipos como Joe Biden.

Es lo que está por suceder, dicen, si estos señores consiguen organizar el condado de Pocahontas y contar los sobres de St. Petersburg-Missouri. Parece que Trump pierde, así que llegaría el final de la Era de la Peluca. Tendremos que volver a ver a Estados Unidos por lo que es, no por lo que esos pelos zanahoria nos llevaban a mirar.

Pero Donald Trump –ya queda dicho– le seguirá rindiendo un gran servicio a su país. Cuando llegó, de puro bruto, consiguió que tantos creyeran que Estados Unidos, antes de él, había sido la cuna y custodio de las libertades, la democracia por excelencia, olvidando un par de detalles: el mayor ejército de la historia, las fortunas que manejan el globo, el racismo de siglos, cuatro de cada diez personas convencidas de que Dios creó al hombre tal como es ahora, esas cositas.

Pero Trump fue lo suficientemente gritón y bestia como para producir, ahora que parece que se va, el mismo efecto que cuando llegó: convencernos de que los Estados Unidos serán un país extraordinario maravilloso fabuloso porque no será él quien lo gobierne.

Viene una ola de felicidad. La Era de la Peluca deja paso a la Era de la Gomina, vuelven los viejos buenos tiempos. Business as usual: los Estados Fallidos de América peleando por manejar el mundo, y el mundo festejando. ¿Alguien dijo que hacíamos el tonto?

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En voz alta:

El desengaño

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Martín Caparrós

Sí, lo hicimos: lo hicimos otra vez. Si no fuera demasiado obvio, diría que lo que pasó fue otra metáfora barata de la Argentina. O, por lo menos, de la forma en que la Argentina desarrolla su historia, sus historias: un principio prometedor, un nudo confuso, un desenlace horrible.

Hace siete meses, cuando los viruses lanzaron su ofensiva, el gobierno argentino aprovechó nuestra lejanía para tomar medidas antes que muchos otros: para usar, por una vez, la experiencia ajena en beneficio propio. Era lógico y pareció que funcionaba. Fue, dentro del cataclismo, un curioso caso de Todos Contentos: los contagios se mantenían radicalmente bajos, se morían muchas menos personas que en muchos otros países, el gobierno y la oposición se chocaban los codos y colaboraban y recibían un apoyo nunca visto. Hasta la revista Time incluyó a la Argentina en su lista de los que mejor lidiaban con la peste –subrayando por supuesto su extrañeza de verla allí junto a Corea del Sur, Taiwan, Singapur, Australia, Canadá.

“Argentina es la sorpresa de esta lista, ya que acaba de desencadenar su noveno default financiero. El país registró su primera muerte por coronavirus el 7 de marzo; para cuando el Gobierno impuso una cuarentena, el 20 de marzo, el mundo se había puesto al día con la amenaza de la crisis y Argentina introdujo estrictas medidas de distanciamiento social, y los ciudadanos las acataron. Como resultado, sus números se ven mucho mejor que los de la mayoría de sus vecinos”.

Era el principio brillante: el país que se independizó antes que nadie, el que atrajo a millones de inmigrantes, el que nadaba en la bosta de sus vacas, el octavo más rico, el sembrador de escuelas, el que supo fabricar sus coches, sus aviones, sus mitos de prosperidad. Después, como corresponde, como siempre, todo empezó a volverse más y más confuso.

Para mantener la tradición, nos creímos que ya lo habíamos conseguido y empezamos a celebrar cuando estábamos en la mitad del río. Esa apariencia de éxito fue, otra vez, nuestro fracaso. ¿El confinamiento? No, para qué, si estamos bárbaro. Son boludeces, yo necesito laburar. Y yo tengo que salir porque mi abuela. Yo no soporto que nadie me diga lo que tengo que hacer, la libertad es libre. Las calles se llenaron de personas, cundió la idea de que ya no hacía falta encerrarse y que eran tonterías y que la infectadura era otra trampa de esos populistas. Y esos populistas, a su vez, se agrandaron y empezaron a pelearse con todos y entre ellos y a equivocarse con los números –ay, perdón, se me escaparon tres mil muertos. Mientras tanto, entre la confusión, la pobreza crecía y el hambre crecía y las muertes crecían.

De ese nudo confuso a este desenlace horrible: ahora, a siete meses exactos de la primera muerte, la Argentina ha sumado 22.200 más y es uno de los países donde la pandemia está más descontrolada, donde las muertes se suceden a un ritmo más brutal. Cada día mejora su posición en la tabla de posiciones del Mundial de difuntos –y ciertos medios lo exhiben como otros triunfos de la celeste y blanca.

 Es, insisto, tan parecido a casi todos los procesos argentinos. Un país que debería haber sido uno de los buenos, que estuvo a punto, que se lo creyó, que se confundió en esas idas y vueltas y que, ahora, ya no sabe qué hacer para salir de sus abismos. Un país que parece decidido a repetir una y otra vez la misma historia: un principio prometedor, un nudo confuso, un desenlace horrible.

Es -con perdón de la palabra- un patrón, y es duro. A veces nos cuesta desilusiones, broncas, todo tipo de pobrezas. Esta vez cuesta miles de muertos y cuesta la miseria y cuesta la zozobra, y cuesta el odio y el rencor y la desilusión. Y un daño colateral, casi menor: cada vez resulta más difícil creerse las promesas del principio.

Cada vez resulta más difícil creer que la Argentina.

Es duro pero es, penosamente, lo que hay.

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En voz alta:

A llorar a la iglesia

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Martín Caparrós

Ahora, ya pasado el tiempo, cuando por fin gobierna España uno de esos jefes autocráticos y gritones que llaman populistas, aquellos días se estudian –a escondidas– en los libros. Que los resumen simple: cuentan que los dos partidos principales de la llamada democracia se peleaban por las medidas que se debían tomar para contener una epidemia y, mientras se peleaban, la enfermedad seguía avanzando.

Dicen, para sintetizar, que la situación era un cómic de terror: el gobierno español acusaba al gobierno madrileño de no querer salvar a sus ciudadanos con las medidas urgentes que le ofrecía, en un acto genocida que habría merecido acusaciones ante los tribunales de Derechos Humanos de La Haya. Y el gobierno madrileño acusaba al gobierno español de querer encerrar a millones sin razón, en un acto dictatorial que habría merecido la rebelión de todos los demócratas y la intervención de las potencias libres.

Y cuentan que las acusaciones eran terribles y las posiciones no se acercaban y entonces se frenaban los unos a los otros, no tomaban las medidas necesarias y crecían los contagios, las muertes, la sensación de indefensión y miedo. Y que cada vez más personas veían con horror cómo las peleas entre esos políticos que solían mirar con desprecio les costaban la vida, y que dejaban de despreciarlos para empezar a odiarlos. Algunos, por supuesto, odiaban un poco más a unos y otros un poco más a otros; algunos se quejaban de que el gobierno español quisiera destruir su libertad y su economía, otros se quejaban de que ese mismo gobierno no ejerciera la fuerza necesaria para salvar sus vidas, pero al fin todos empezaron a coincidir en que el sistema estaba lleno de recursos para impedir hacer lo necesario, que no servía para lo único que lo justificaba: preservarlos.

Y que, por eso, cuando apareció el autocrático gritón con banderas y retórica al uso para decir que la democracia no funcionaba y que él sí les ofrecía la decisión y la empatía necesarias para cuidarlos porque él los entendía, porque era uno de ellos, lo tuvo más que fácil: millones y millones lo siguieron, lo eligieron –y a llorar a la iglesia.

Después, durante todos estos años, ya sabemos: quejas, reproches, acusaciones mutuas, idioteces de idiotas. Ahora, en nuestras charlas en voz baja, nunca falta algún nostálgico para preguntarse qué habría sido distinto si aquellos necios hubieran sido un poco menos necios. Es un lamento inútil: ahora lo que no sabemos, como siempre, es cómo vamos a salir de ésta.

¿España?

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Martín Caparrós

Confirmamos: nos pasamos la vida confirmando. Confirmar, por supuesto, tranquiliza mucho más que cuestionar, así que confirmamos, confirmamos, confirmamos. Para eso, en general, nos interesamos por larrealidad; para eso, en general, usamos la información, lecturas, escuchas, charlas con los amigos, reflexiones varias: para seguir pensando lo que ya pensábamos y, sobre todo, para seguir creyendo lo que creíamos sobre nosotros mismos. Hasta que se complica.

A las personas nos pasa cada tanto; a los países, mucho menos. Muy de vez en cuando, un país descubre que no era el que creía. A veces sucede en un momento, un día: recuerdo aquella tarde de domingo, octubre de 2016, en que millones de colombianos supieron que más compatriotas habían votado contra la paz que en su favor –y andaban groggies, asumiendo que no eran los que siempre habían supuesto. Otras veces es un proceso de semanas, meses, años incluso que de pronto cuaja. Y eso, creo, le está pasando en estos días a España.

Para las generaciones que vivieron la guerra y el franquismo, España era un país pobre, atrasado, violento, escenario de una dictadura: un país donde la cruz convertía casi todo en pecado y vergüenza, un país del que millones emigraban –a América primero, a Europa después– con la ilusión de comer todos los días. Por eso la transformación de los sesentas –económica– y setentas –sociopolítica– fue aún más impresionante.

España se convirtió –para sus habitantes– en un país democrático y moderno, rico y vivible, estable y educado, casi justo: un país uropeo, un país exitoso. Por supuesto que aparecían –cada tanto, cada vez más– hechos o datos que contradecían la imagen feliz: la fragilidad de una economía de bancos, playas, ladrillos y verdura, la cantidad de jóvenes preparadísimos que no encontraban trabajo y “vivirían peor que sus padres”, la incapacidad de los gobernantes para formar gobiernos, el deterioro de los servicios públicos, los delitos de la familia real. Pero la mayoría los leía como problemas parciales, “crisis” de tal o cual sector, de tal o cual mecanismo, que ya se solucionarían y no afectaban la idea general.

Sospecho que ya no. Creo que en estas últimas semanas se difundió una desazón nueva: la conciencia de que no sabemos, no podemos, no lo conseguimos. Tiene que ver, por supuesto, con una situación económica brutal, un rey que se escapa, la inquietud y el hartazgo y el miedo, pero se basa, sobre todo, en la comprobación ya ineludible de que ningún país de la región ha fracasado tanto en mantener a raya a la pandemia: que, ahora mismo, en ninguno se contagian y se mueren tantas personas.

Y si en abril muchos españoles creían que no se podía culpar a nadie por sus fallos frente a algo tan inédito –mientras, de todas formas, los demás fracasaban parecido–, ahora la mayoría se convenció de que sus gobernantes no saben hacerlo, que es su culpa si el virus vuelve incontenible. Y escuchan todo el tiempo que sus gobiernos –el central y la mayoría de los autonómicos– no organizaron las estructuras necesarias, no contrataron el personal necesario, no supieron prever y actuar en consecuencia. Se acumula la evidencia de sus errores y, con ella, la sensación de que el país está conducido por personas incapaces –lo cual resulta, en general, molesto, pero en emergencias como esta se vuelve mortal. Se ahonda, entonces, la sensación de indefensión y engaño: la evidencia de que esto no es lo que les habían dicho, lo que habían creído.

Porque también se enteran de que sus infraestructuras no alcanzan, que sus médicos cobran miserias, que no hay camas suficientes, y se derrumba uno de los mitos básicos: que España tenía –como repitieron convencidos todas estas décadas– la mejor sanidad pública del mundo. Parece menor pero era un orgullo bien asentado y aceptado, una de las bases de la idea que los españoles se hacían de su país. Cuestionarla supone empezar a cuestionar las otras, pensar en serio que esto no es lo que parecía. Y revisar entonces todo lo demás –la pobreza, la discriminación, la fragilidad, la ineptitud– y entender que estaban pasando cosas que no miraban y ahora no pueden dejar de ver: descubrir, de repente, que su país no era lo que imaginaban. Y preguntarse, entonces, qué carajo es, y el desconcierto, la desazón de saber que ya no saben.

Es duro, es raro: nunca se sabe qué sale de estos quiebres. Primero, en general, cabreo y desorientación: no es barato perder las referencias habituales. Después, si acaso, la voluntad de cambiar esas cosas que parecían tan firmes y ya no. Lo que nunca se sabe –cada vez menos se sabe– es hacia dónde.

Vienen –decía la maldición– tiempos interesantes.

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En voz alta:

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