un cuarto –medio medio– propio

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La decisión de Pfizer

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Martín Caparrós

En el mundo hay un señor que se llama Albert Bourla y yo, hasta hace media hora, no sabía. Usted tampoco, me imagino.

El señor Albert Bourla tiene 59 años y nació en Tesalónica o Salónica, que viene a ser lo mismo, de una vieja familia ladina; allí estudió veterinaria y biotecnología y se casó y hace 27 años, a sus 32, entró a trabajar en un laboratorio de una farmacéutica que se llamaba Pfizer.

Pfizer Inc. ya era una de las mayores corporaciones farmacéuticas del mundo. Basada en Nueva York desde que la fundaron dos primos alemanes en 1849, fue creciendo a fuerza de comprar competidoras y vender medicinas: el yodo, el alcanfor, la penicilina, la terramicina, la atorvastatina y tantos más –y, siempre listo, el viagra. Por eso hoy tiene unos 90.000 empleados e ingresos anuales de más de 50.000 millones de dólares, el PBI de –digamos– Uruguay o Costa Rica.

El señor Bourla había encontrado su lugar: allí persistió y prosperó, mejoró sus destinos y sus cargos y por fin, el 1 de enero de 2019, fue nombrado presidente y CEO. El señor Bourla es un hombre con pelo oscuro, ojos oscuros, cara ¡común que pocos mirarían dos veces. Hace unos días el señor Bourla tomó una decisión. O, por lo menos, le puso la cara.

Nos gusta pensar que hay leyes y estructuras que modelan el mundo por encima de los individuos. La pandemia demostró, entre otras cosas, que todo eso que imaginábamos tan sólido se puede derrumbar ante el soplido de un microorganismo. Y, ahora, sus ecos nos vuelven a mostrar que un hombre o dos pueden ser decisivos. Bourla, digamos, por ejemplo. O no, cómo saberlo. Hay periodismos que se basan en afirmar lo que se ignora; a mí me gusta el que se centra en cuestionar lo que se sabe y, si acaso, intentar entender eso que no: especular, jugar, pensar un poco.

Nadie sabe si fue realmente el señor Albert Bourla el que decidió que su compañía, la farmacéutica Pfizer, anunciaría el éxito de su vacuna contra el coronavirus este lunes 9 de noviembre. Pero sí que la fecha de ese anuncio fue crucial: que, hecho cinco días antes, podría haber cambiado las elecciones norteamericanas –y que, hecho cinco días después, las cambió en sentido inverso.

Las cuentas son más o menos evidentes. Las encuestas a pie de urna mostraron que el futuro ex presidente Trump perdió millones de votos por la pandemia, de dos maneras distintas y complementarias. Muchos ciudadanos le reprochaban su manejo descuidado y optimista de la peste, sus anuncios de que para noviembre todo se iría solucionando. Y, más en general, la pandemia neutralizó su mejor carta electoral: la mejora de su economía. Si el anuncio de la vacuna de Pfizer –y la euforia financiera y social que está produciendo– hubiera llegado unos días antes, habría funcionado muy a favor de Donald Trump: mejora económica inmediata, “cumplimiento” de sus plazos terapéuticos. Lo habrían votado mucho más; se puede llegar a suponer que podría incluso haber ganado. Pero alguien –¿el señor Bourla?– decidió esperar cinco días más y hacer su anuncio cuando la suerte del bufón ya estaba echada.

La compañía lo justificó sin mucho énfasis: que fue porque recién ahora llegaron a un cierto número de casos en estudio. El País cuenta como al pasar que «estaba acordado de antemano que este comité analizaría los resultados al llegar a una especie de meta volante: 62 personas infectadas. Al final esa meta se sobrepasó y la efectividad se basa en los datos acumulados hasta que se alcanzaron 94 infectados». O sea: que demoraron unos días el anuncio.

La duda intriga: ¿cómo se tomará una decisión así, con tales consecuencias? ¿Se reunirán los grandes accionistas entre paneles de boiserie y sillones de cuero, whisky de 30 años, y evaluarán los pros y los contras, las perspectivas de ganancia, las simpatías personales? ¿Habrá un llamado de alguien más poderoso todavía? ¿Un operador de un candidato cortejando y preparando el terreno semanas y semanas hasta la victoria final? ¿Uno del otro cortejando y preparando el terreno semanas y semanas hasta la derrota catastrófica? ¿Una revelación inesperada y una noche de insomnio? ¿Algún asunto de conciencia? ¿Una mujer fatal, un hombre musculoso, un par de fotos? ¿Algún negocio enorme oculto? ¿Un recuerdo infantil del señor Bourla?

Nosotros, mortales de toda mortalidad, no tenemos ni puta idea –por más películas y series que hayamos visto– de cuáles fueron esos mecanismos; sus consecuencias, en cambio, están muy claras.

(Para agregarle misterio a los misterios, ahora se supo que este mismo lunes el señor Bourla vendió la mayoría de sus acciones en la compañía. Parece que tenía prevista esa venta en esa fecha desde agosto –pero el anuncio, por supuesto, no. Sería gracioso que el señor haya cambiado la historia de estos años como efecto colateral de un negocito.)

El señor Bourla, en cualquier caso, es la cara de un aparato tanto más pesado, cuya intervención –o no intervención– fue decisiva para las elecciones norteamericanas y, por lo tanto, para el mundo. Más allá de los detalles inasibles, lo decidieron en esos despachos –o restaurantes tres estrellas o bunkers cuatro o dormitorios cinco– unos pocos señores riquísimos que, una vez más, ejercieron su poder, en el sentido más estricto: poder pensar poder hacer poder poder, la potestad de torcer rumbos.

Solemos hablar de la influencia de las grandes corporaciones en el mundo global; esa influencia también consiste en que no sepamos imaginarla, verla. Este caso la muestra tan extrema: unos señores que nadie conoce ni eligió tuvieron bruto peso en las elecciones de la gran democracia. La próxima vez que precisemos un ejemplo de cómo una gran corporación puede cambiar tendencias, el Caso Pfizer será uno casi exagerado, demasiado obvio. Pero va a servir para entender –si alguien no lo entendía– que de verdad tenemos un problema.

Salud, Pino

.Martín Caparrós

La pasó bien. Lo primero que se me ocurre pensar cuando veo que se murió es eso: que la pasó bien. Es curioso que en esa frase habitual sobre el placer esté la idea de pasado: la pasó bien –sí, pero pasó.

Pino Solanas, creo, la pasó bien. Vivió 84 años, hizo cosas que quiso, lo quisieron. Tocaba el piano, escribía, comía y bebía, seducía, hacía películas: algunas de esas películas fueron originales, algunas tuvieron mucho público, algunas fueron originales y tuvieron mucho público. Y algunas fueron, un poco más allá, la prueba de que lo que le importaba de verdad era hacerlas: las últimas, tan radicalmente políticas. La política fue un eje de su vida: fue diputado, senador, candidato a otras cosas; se podría pensar que no consiguió mucho, pero en eso consiste la política: el arte de buscar, seguir buscando.

Mis primeros recuerdos de Pino son políticos: año ’70, quizá, ’69, dictadura de algún general y esas tardes de sábado en que íbamos, coche de mi padre, a algún suburbio perdido, alguna villa, a proyectar en un ranchito o capilla o club de barrio su primera película. “La Hora de los hornos marca la aparición de un cine político completamente diferente de todo lo que conocimos hasta ahora”, había dicho Le Monde cuando su estreno en Francia, en cines de verdad, un año antes. Pero esto era la Argentina y eran tiempos de clandestinidad y aparatos muy grandes: un proyector de 16 milímetros era mayor que muchos hornos, pero lo llevábamos en un secreto raro y servía para mostrar esa película que terminaba con varios minutos de la cara de Guevara muerto y la resolución de los espectadores de hacer lo necesario. Yo tenía 12, 13 años y también quería, y recuerdo con un escalofrío la mañana lluviosa en que los acompañé –siempre el Torino de mi padre– a recorrer Buenos Aires desierta por una huelga general y Pino en el asiento de atrás, casi acostado, filmándola con su cámara escondida.

Después vinieron esos años tan cacareados, los Setentas. Como otros intelectuales y artistas de izquierda, Pino se volvió muy peronista –sin por eso dejar de ser de Olivos. Era elegante, risueño, gustaba y lo sabía; sabía ser muy simpático, podía ser antipático. En esos años me lo cruzaba con frecuencia; yo era un chico y él un hombre conocido; a mí me daba orgullo conocerlo y que él me saludara. Él era entonces, seguía siendo, muy amigo de mi padre y yo era, entonces, para él, un sobrino lejano; nos acercamos unos años después, ya en París, ya en el exilio.

Yo tenía casi 20 años y quería hacer cine; Pino tenía 40 –recién ahora me doy cuenta de que la diferencia no era, al fin y al cabo, tanta– y lo hacía y precisaba un ayudante. Me “contrató”: durante un año o dos fui todos los días a trabajar con él –en su departamento del boulevard Beaumarchais, cerca de la Bastilla. Pino estaba preparando una película sobre la vida de Miguel Hernández, el gran poeta español, y yo lo ayudaba con las búsquedas, pasaba en limpio sus borradores de guión, los traducía al francés –y esperaba ansioso que empezara el rodaje. Mientras, ir a su casa era un placer: Pino vivía con Chunchuna Villafañe y las dos hijas de ella, Inés y Juana Molina adolescentes, y Juan Diego y Victoria, sus hijos, por supuesto. Yo me había vuelto, entonces, un sobrino cercano, rara la noche en que no me quedaba a cenar: fideos, muchas veces.

Ya faltaba poco para empezar con la película –donde yo sería su asistente y seguiría aprendiendo mi futuro oficio. El contrato que Pino había hecho con los herederos –la viuda y el hijo de Miguel Hernández– por los derechos de autor de los poemas que incluiría en la película establecía unos royalties por cantidad de espectadores y lo obligaba a mandarles el guión para que lo aprobaran. En la primavera del ’79 Josefina Manresa escribió para decir que ya lo había mirado, que quería que Pino fuera a verla. Fuimos en un citroën 2CV que, con el viento a favor, conseguía llegar a los 90 kilómetros por hora –con viento en contra no pasaba de 50–, pero comíamos y bebíamos con gusto.

Paramos primero en Orihuela para filmar –bajo la lluvia, con otra cámara de mano– una procesión de Semana Santa para incluir en la película; después, por fin, fuimos a ver a la familia del poeta. La viuda vivía en uno de esos edificios de ladrillo visto con que el franquismo arruinó las ciudades españolas en los años 60: calle de los Desamparados, Elche. Era una mujer chiquita vestida de negro que, tras abrirnos, volvió a su asiento y su tejido; en la pared justo detrás un afiche reproducía un poema que su marido le había escrito en la guerra: “Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,/ esposa de mi piel, gran trago de mi vida,/ tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos/ de cierva concebida” –decía, y parecía imposible que esa morena fuera ella. Más, cuando empezó a hablar: sacó el guión que Pino le había mandado para su revisión y, seria, seca, le mostró cómo había tachado todas las escenas donde había siquiera un roce de manos entre “ella” –en la película, Ángela Molina– y “él” –José Luis Gómez. Pino no sabía qué decir: la película, así, no podría hacerse.

Fue entonces cuando llegó el otro heredero: Miguel Hernández Manresa, el protagonista de las Nanas de la Cebolla –“En la cuna del hambre/ mi niño estaba./ Con sangre de cebolla/ se amamantaba”–, era un macarra de treinta y tantos años y pantalón de terciopelo, camisa abierta sobre el pecho, botas con puntas de metal, mucha gomina. En cuanto entró entendió lo que pasaba; le dijo a Pino que quería decirle algo y se lo llevó a un rincón del saloncito; yo los seguí en silencio.

–No hagáis caso a mi madre, ya está muy mayor. No, lo que tenéis que hacer en la película es poner mucha tía en pelotas, para que vaya gente al cine…

Dijo, y después nos invitó a cenar. Durante días comentamos que la historia que había que filmar no era la del poeta sino, quizá, la de su descendencia. La película, al final, no se hizo: el productor español se retiró a último momento y casi dos años de trabajo se fueron a los caños. Fue la primera gran lección que me dio Pino: el cine es un arte demasiado dependiente –y unas hojas de papel no te las quita nadie: yo, entonces, decidí dedicarme a la escritura. Fue, de algún modo, culpa suya.

Pero Pino nunca se rindió. Un par de años más tarde me volvió a convocar: yo ya vivía en Madrid cuando me pidió que fuera a París dos o tres meses para un intento casi desesperado. Había que escribir, en ese tiempo, un guión de una película para presentarlo a no recuerdo qué premio francés que le daría la posibilidad de producirla. Había que hacerlo rápido: Pino armó una armada Brancaleone formada por Carlos del Peral, un compositor y escritor de peso en los ‘60, y él y yo. Nos instalamos en su departamento muy vacío: Chunchuna y las chicas se habían ido y no quedaban casi muebles. Carlos y yo dormíamos en dos cuartos desnudos, colchones en el suelo, y trabajábamos trece o catorce horas por día: era tan parecido a un taller clandestino, salvo por la alegría. Cada mañana Pino nos contaba sus ideas de escenas –que, muchas veces, estaban teñidas por su separación tan reciente– y entonces Carlos las escribía, yo las traducía, él las revisaba y reescribía. Así, el guión estuvo listo a tiempo –pero tuvo que esperar unos años para convertirse, con modificaciones, en El exilio de Gardel.

Y así de seguido: disculpen que hable de mí, pero recordar a Pino es recordar mi vida –y Pino era, además, lo que me quedaba de mi padre. Ya a fines de los ’80 lo seguí en esa rara patriada de transformar las Galerías Pacífico en un gran centro cultural autofinanciado –que tampoco funcionó y que marcó, de algún modo, su entrada en la política política argentina. Y en 1990 me llevó a la cárcel de Ushuaia y me disfrazó de cura para actuar en su película siguiente, El viaje, que lo llevó a conocer a Angela y quedarse con ella hasta el final. Y después lo ayudé en un par de campañas –aunque nunca estuvimos del todo de acuerdo, pero eso era lo interesante– y fuimos vecinos y quisimos cosas juntos y hace dos años me llenó de orgullo con su discurso final a favor del aborto –“que nadie se deje llevar por la cultura de la derrota”– y no hace un mes nos prometimos uno de aquellos vinos en su nueva casa, otra vez en París como hace tanto. Pero no: esta mañana supe que había muerto.

Creo que vivió bien, la pasó bien –con sus chistes malos y sus arranques de cariño, con su arbitrariedad y sus caprichos, con su nacionalismo que me ponía de los nervios, con ese acento de porteño viejo ligeramente cajetilla y su aspecto a juego. Fue una parte de esa Argentina que ya no es pero que quiere seguir siendo. Y es cierto que le quedaron muchas cosas por hacer: eso es lo que te pasa, creo, cuando tu vida valió la pena de vivirla.

Los Estados Fallidos de América

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Martín Caparrós

Estamos haciendo el tonto: rotundamente el tonto. En los dos últimos días hemos aprendido –casi– todo lo que se puede saber sobre los ritos electorales de Yoknapatawpha, Maricopa, Savannah y aldeas circundantes. Ya no hay condado de Nevada o Wisconsin que tenga secretos para nosotros, los tarados del mundo –pero mientras tanto las elecciones norteamericanas siguen sin resolverse.

Es una situación tan sorprendente: los Estados Unidos de América, la gran potencia mundial, no logra organizar lo que cualquier paisito de tercera hace con frecuencia: unas elecciones con resultados y esas cosas. Si alguien hubiera querido desprestigiar al viejo sistema de democracia de delegación no podría haber imaginado un brulote peor que estas escenas en que el destino de 300 millones de personas –y el del resto del mundo– depende de 10.000 votos por correo de los barrios negros de Atlanta-Georgia o blancos de Phoenix-Arizona –y que su Suprema Corte no diga, después, que llegaron manchados. Si querían dejar en ridículo al sistema, lo están logrando con lujos y fanfarria.

Y el mundo los mira embarazado. Esto parece grave: si sucediera en cualquier otro país la comunidad internacional, preocupadísima, pediría a Estados Unidos que interviniera en defensa de la democracia y todos tendríamos claro que ese país es un estado fallido, pobrecito. Pero por ahora le echamos la culpa a Donald Trump como si hubiera nacido de un repollo.

Ayer hubo un momento cumbre de esta historia de abismos: varias cadenas de televisión cortaron el discurso del señor presidente desde su tribuna en su casa de gobierno porque estaba mintiendo. A mí me sorprendió: yo creía que los medios de comunicación se llamaban medios de comunicación porque tenían que comunicar lo que sucede y, si acaso, después analizarlo. Pero que no tenían que hacer juicios morales en directo y editar la realidad: decidir sobre la marcha qué es lo que su público puede o no puede ver y, entonces, eliminar un hecho de importancia porque creen que ése no: censurar la historia en vivo y en directo. Pero ellos decidieron cortar la transmisión de su presidente diciendo estupideces; yo supondría que el hecho de que su presidente diga –esas– estupideces es la mayor noticia del momento, y que el público merece conocerla.

Algunos dicen que lo hicieron porque Trump no estaba siendo solo falso sino también peligroso. Cortarlo es suponer que los millones que lo ven no pueden distinguir por sí mismos verdad de mentira o que son un rebaño: que si les dicen vayan irán sin rechistar, que no tienen la capacidad de juzgar por sí mismos. Si yo no fuera una persona prudente diría que es por estas cosas que gente como Trump maneja la mitad del mundo: porque hay millones y millones hartos de que “las élites” hagan por ellos, piensen por ellos, decidan por ellos, los desprecien. Y entonces apoyan a quien diga que va a sacar del poder a estas élites –aunque sea, una vez más, mentira.

(Los medios americanos están perdiendo la cadena. Una nota menor lo sintetiza de algún modo: “He convinced few people who were not already in his corner” –“Convenció a poca gente que no estuviera ya de su parte”–, decía esta mañana, sobre el discurso cortado de Trump, el New York Times. No parecía considerar que los que están “already in his corner” son solo 60 millones de personas, que lo expresaron el martes con su voto.)

Es el problema que los “demócratas” –no los del partido demócrata sino los dizque defensores de la democracia– no consiguen resolver: cómo es que cuatro años de ese gobierno horrible resultaron en estas elecciones tan peleadas.

El problema es real, más allá de los Estados Unidos: buena parte de la población del mundo no se siente representada por sus gobernantes tradicionales y busca otros. Así que los viejos dueños de la democracia pierden el control, e intentan recuperarlo, pero no lo consiguen porque el mundo que imaginan ya no existe. Y en lugar de tratar de entender ese mundo distinto se enojan con él porque no es como ellos dicen que tiene que ser, como supuestamente era. Mientras tanto, hay millones y millones que creen –que saben– que ese mundo no les funcionaba: que no quieren que sea así y buscan alternativas, buscan respuestas.

Donald Trump es una respuesta horrible pero es un intento de respuesta; Joe Biden, no. Lo que dice la opción Biden, un señor del corazón del sistema político, medio siglo en la administración americana, es que los gobernantes creen que los que están equivocados son los ciudadanos: que deberían querer más de ese sistema –que no los representa.

Los “demócratas” –que en otros países se llaman “republicanos”– no ofrecen respuestas a ese malestar: solo lo rechazan, lo condenan por antidemocrático. Y entonces las respuestas que se imponen son las de Donald Trump –o Bolsonaro u Orban o Maduro o Abascal– y ese es el gran fracaso de la política actual. De ese tema depende lo que pasará en el mundo en las próximas décadas: si no encontramos formas nuevas de representación política, que consigan que los ciudadanos se sientan representados por sus representantes, seguiremos lamentando que tipos lamentables como Donald Trump manejen el mundo. O, si acaso, tipos como Joe Biden.

Es lo que está por suceder, dicen, si estos señores consiguen organizar el condado de Pocahontas y contar los sobres de St. Petersburg-Missouri. Parece que Trump pierde, así que llegaría el final de la Era de la Peluca. Tendremos que volver a ver a Estados Unidos por lo que es, no por lo que esos pelos zanahoria nos llevaban a mirar.

Pero Donald Trump –ya queda dicho– le seguirá rindiendo un gran servicio a su país. Cuando llegó, de puro bruto, consiguió que tantos creyeran que Estados Unidos, antes de él, había sido la cuna y custodio de las libertades, la democracia por excelencia, olvidando un par de detalles: el mayor ejército de la historia, las fortunas que manejan el globo, el racismo de siglos, cuatro de cada diez personas convencidas de que Dios creó al hombre tal como es ahora, esas cositas.

Pero Trump fue lo suficientemente gritón y bestia como para producir, ahora que parece que se va, el mismo efecto que cuando llegó: convencernos de que los Estados Unidos serán un país extraordinario maravilloso fabuloso porque no será él quien lo gobierne.

Viene una ola de felicidad. La Era de la Peluca deja paso a la Era de la Gomina, vuelven los viejos buenos tiempos. Business as usual: los Estados Fallidos de América peleando por manejar el mundo, y el mundo festejando. ¿Alguien dijo que hacíamos el tonto?

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En voz alta:

El desengaño

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Martín Caparrós

Sí, lo hicimos: lo hicimos otra vez. Si no fuera demasiado obvio, diría que lo que pasó fue otra metáfora barata de la Argentina. O, por lo menos, de la forma en que la Argentina desarrolla su historia, sus historias: un principio prometedor, un nudo confuso, un desenlace horrible.

Hace siete meses, cuando los viruses lanzaron su ofensiva, el gobierno argentino aprovechó nuestra lejanía para tomar medidas antes que muchos otros: para usar, por una vez, la experiencia ajena en beneficio propio. Era lógico y pareció que funcionaba. Fue, dentro del cataclismo, un curioso caso de Todos Contentos: los contagios se mantenían radicalmente bajos, se morían muchas menos personas que en muchos otros países, el gobierno y la oposición se chocaban los codos y colaboraban y recibían un apoyo nunca visto. Hasta la revista Time incluyó a la Argentina en su lista de los que mejor lidiaban con la peste –subrayando por supuesto su extrañeza de verla allí junto a Corea del Sur, Taiwan, Singapur, Australia, Canadá.

“Argentina es la sorpresa de esta lista, ya que acaba de desencadenar su noveno default financiero. El país registró su primera muerte por coronavirus el 7 de marzo; para cuando el Gobierno impuso una cuarentena, el 20 de marzo, el mundo se había puesto al día con la amenaza de la crisis y Argentina introdujo estrictas medidas de distanciamiento social, y los ciudadanos las acataron. Como resultado, sus números se ven mucho mejor que los de la mayoría de sus vecinos”.

Era el principio brillante: el país que se independizó antes que nadie, el que atrajo a millones de inmigrantes, el que nadaba en la bosta de sus vacas, el octavo más rico, el sembrador de escuelas, el que supo fabricar sus coches, sus aviones, sus mitos de prosperidad. Después, como corresponde, como siempre, todo empezó a volverse más y más confuso.

Para mantener la tradición, nos creímos que ya lo habíamos conseguido y empezamos a celebrar cuando estábamos en la mitad del río. Esa apariencia de éxito fue, otra vez, nuestro fracaso. ¿El confinamiento? No, para qué, si estamos bárbaro. Son boludeces, yo necesito laburar. Y yo tengo que salir porque mi abuela. Yo no soporto que nadie me diga lo que tengo que hacer, la libertad es libre. Las calles se llenaron de personas, cundió la idea de que ya no hacía falta encerrarse y que eran tonterías y que la infectadura era otra trampa de esos populistas. Y esos populistas, a su vez, se agrandaron y empezaron a pelearse con todos y entre ellos y a equivocarse con los números –ay, perdón, se me escaparon tres mil muertos. Mientras tanto, entre la confusión, la pobreza crecía y el hambre crecía y las muertes crecían.

De ese nudo confuso a este desenlace horrible: ahora, a siete meses exactos de la primera muerte, la Argentina ha sumado 22.200 más y es uno de los países donde la pandemia está más descontrolada, donde las muertes se suceden a un ritmo más brutal. Cada día mejora su posición en la tabla de posiciones del Mundial de difuntos –y ciertos medios lo exhiben como otros triunfos de la celeste y blanca.

 Es, insisto, tan parecido a casi todos los procesos argentinos. Un país que debería haber sido uno de los buenos, que estuvo a punto, que se lo creyó, que se confundió en esas idas y vueltas y que, ahora, ya no sabe qué hacer para salir de sus abismos. Un país que parece decidido a repetir una y otra vez la misma historia: un principio prometedor, un nudo confuso, un desenlace horrible.

Es -con perdón de la palabra- un patrón, y es duro. A veces nos cuesta desilusiones, broncas, todo tipo de pobrezas. Esta vez cuesta miles de muertos y cuesta la miseria y cuesta la zozobra, y cuesta el odio y el rencor y la desilusión. Y un daño colateral, casi menor: cada vez resulta más difícil creerse las promesas del principio.

Cada vez resulta más difícil creer que la Argentina.

Es duro pero es, penosamente, lo que hay.

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En voz alta:

A llorar a la iglesia

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Martín Caparrós

Ahora, ya pasado el tiempo, cuando por fin gobierna España uno de esos jefes autocráticos y gritones que llaman populistas, aquellos días se estudian –a escondidas– en los libros. Que los resumen simple: cuentan que los dos partidos principales de la llamada democracia se peleaban por las medidas que se debían tomar para contener una epidemia y, mientras se peleaban, la enfermedad seguía avanzando.

Dicen, para sintetizar, que la situación era un cómic de terror: el gobierno español acusaba al gobierno madrileño de no querer salvar a sus ciudadanos con las medidas urgentes que le ofrecía, en un acto genocida que habría merecido acusaciones ante los tribunales de Derechos Humanos de La Haya. Y el gobierno madrileño acusaba al gobierno español de querer encerrar a millones sin razón, en un acto dictatorial que habría merecido la rebelión de todos los demócratas y la intervención de las potencias libres.

Y cuentan que las acusaciones eran terribles y las posiciones no se acercaban y entonces se frenaban los unos a los otros, no tomaban las medidas necesarias y crecían los contagios, las muertes, la sensación de indefensión y miedo. Y que cada vez más personas veían con horror cómo las peleas entre esos políticos que solían mirar con desprecio les costaban la vida, y que dejaban de despreciarlos para empezar a odiarlos. Algunos, por supuesto, odiaban un poco más a unos y otros un poco más a otros; algunos se quejaban de que el gobierno español quisiera destruir su libertad y su economía, otros se quejaban de que ese mismo gobierno no ejerciera la fuerza necesaria para salvar sus vidas, pero al fin todos empezaron a coincidir en que el sistema estaba lleno de recursos para impedir hacer lo necesario, que no servía para lo único que lo justificaba: preservarlos.

Y que, por eso, cuando apareció el autocrático gritón con banderas y retórica al uso para decir que la democracia no funcionaba y que él sí les ofrecía la decisión y la empatía necesarias para cuidarlos porque él los entendía, porque era uno de ellos, lo tuvo más que fácil: millones y millones lo siguieron, lo eligieron –y a llorar a la iglesia.

Después, durante todos estos años, ya sabemos: quejas, reproches, acusaciones mutuas, idioteces de idiotas. Ahora, en nuestras charlas en voz baja, nunca falta algún nostálgico para preguntarse qué habría sido distinto si aquellos necios hubieran sido un poco menos necios. Es un lamento inútil: ahora lo que no sabemos, como siempre, es cómo vamos a salir de ésta.

¿España?

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Martín Caparrós

Confirmamos: nos pasamos la vida confirmando. Confirmar, por supuesto, tranquiliza mucho más que cuestionar, así que confirmamos, confirmamos, confirmamos. Para eso, en general, nos interesamos por larrealidad; para eso, en general, usamos la información, lecturas, escuchas, charlas con los amigos, reflexiones varias: para seguir pensando lo que ya pensábamos y, sobre todo, para seguir creyendo lo que creíamos sobre nosotros mismos. Hasta que se complica.

A las personas nos pasa cada tanto; a los países, mucho menos. Muy de vez en cuando, un país descubre que no era el que creía. A veces sucede en un momento, un día: recuerdo aquella tarde de domingo, octubre de 2016, en que millones de colombianos supieron que más compatriotas habían votado contra la paz que en su favor –y andaban groggies, asumiendo que no eran los que siempre habían supuesto. Otras veces es un proceso de semanas, meses, años incluso que de pronto cuaja. Y eso, creo, le está pasando en estos días a España.

Para las generaciones que vivieron la guerra y el franquismo, España era un país pobre, atrasado, violento, escenario de una dictadura: un país donde la cruz convertía casi todo en pecado y vergüenza, un país del que millones emigraban –a América primero, a Europa después– con la ilusión de comer todos los días. Por eso la transformación de los sesentas –económica– y setentas –sociopolítica– fue aún más impresionante.

España se convirtió –para sus habitantes– en un país democrático y moderno, rico y vivible, estable y educado, casi justo: un país uropeo, un país exitoso. Por supuesto que aparecían –cada tanto, cada vez más– hechos o datos que contradecían la imagen feliz: la fragilidad de una economía de bancos, playas, ladrillos y verdura, la cantidad de jóvenes preparadísimos que no encontraban trabajo y “vivirían peor que sus padres”, la incapacidad de los gobernantes para formar gobiernos, el deterioro de los servicios públicos, los delitos de la familia real. Pero la mayoría los leía como problemas parciales, “crisis” de tal o cual sector, de tal o cual mecanismo, que ya se solucionarían y no afectaban la idea general.

Sospecho que ya no. Creo que en estas últimas semanas se difundió una desazón nueva: la conciencia de que no sabemos, no podemos, no lo conseguimos. Tiene que ver, por supuesto, con una situación económica brutal, un rey que se escapa, la inquietud y el hartazgo y el miedo, pero se basa, sobre todo, en la comprobación ya ineludible de que ningún país de la región ha fracasado tanto en mantener a raya a la pandemia: que, ahora mismo, en ninguno se contagian y se mueren tantas personas.

Y si en abril muchos españoles creían que no se podía culpar a nadie por sus fallos frente a algo tan inédito –mientras, de todas formas, los demás fracasaban parecido–, ahora la mayoría se convenció de que sus gobernantes no saben hacerlo, que es su culpa si el virus vuelve incontenible. Y escuchan todo el tiempo que sus gobiernos –el central y la mayoría de los autonómicos– no organizaron las estructuras necesarias, no contrataron el personal necesario, no supieron prever y actuar en consecuencia. Se acumula la evidencia de sus errores y, con ella, la sensación de que el país está conducido por personas incapaces –lo cual resulta, en general, molesto, pero en emergencias como esta se vuelve mortal. Se ahonda, entonces, la sensación de indefensión y engaño: la evidencia de que esto no es lo que les habían dicho, lo que habían creído.

Porque también se enteran de que sus infraestructuras no alcanzan, que sus médicos cobran miserias, que no hay camas suficientes, y se derrumba uno de los mitos básicos: que España tenía –como repitieron convencidos todas estas décadas– la mejor sanidad pública del mundo. Parece menor pero era un orgullo bien asentado y aceptado, una de las bases de la idea que los españoles se hacían de su país. Cuestionarla supone empezar a cuestionar las otras, pensar en serio que esto no es lo que parecía. Y revisar entonces todo lo demás –la pobreza, la discriminación, la fragilidad, la ineptitud– y entender que estaban pasando cosas que no miraban y ahora no pueden dejar de ver: descubrir, de repente, que su país no era lo que imaginaban. Y preguntarse, entonces, qué carajo es, y el desconcierto, la desazón de saber que ya no saben.

Es duro, es raro: nunca se sabe qué sale de estos quiebres. Primero, en general, cabreo y desorientación: no es barato perder las referencias habituales. Después, si acaso, la voluntad de cambiar esas cosas que parecían tan firmes y ya no. Lo que nunca se sabe –cada vez menos se sabe– es hacia dónde.

Vienen –decía la maldición– tiempos interesantes.

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En voz alta:

Trump, el auténtico héroe americano

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Martín Caparrós

Lo van a extrañar. Si los semidioses confusos de las encuestas no se equivocan una vez más, a principios del año próximo –¿existe el año próximo?– los Estados Unidos de América ya no serán gobernados por el Gran Mal o Gran Bufón o Gran Vergüenza de los Gringos Buenos. Lo van a extrañar tanto.

Todavía les quedan unas semanas para horrorizarse y sentirse superiores y explicarnos por qué son superiores: americanos buenos, buenos americanos, demócratas sin tacha. Trump es una beca Guggenheim al cubo: los hace sentirse tan probos, tan cabales, tan morales, tan de esos adjetivos que no se sabe bien qué significan –pero los señores ídem siempre blanden.

Mientras tanto, pocas personas han hecho más que Donald Trump por mejorar la imagen de Estados Unidos en el mundo. Lo hizo, al asumir, con carácter retroactivo: su torpeza calculada, sus modales astutamente idiotas convirtieron al país de Obama –y Bush y Clinton y Bush y Reagan– en un vergel de paz y concordia y justicia y amor y paz de nuevo.

“Vivimos una edad de oro de la democracia americana”, escribí en los días de su asunción, enero del ’17, “pero no es esta sino la que acaba de terminar: la que la irrupción del señor Trump cerró con cólera y estrépito”. Y seguía diciendo que era un mecanismo clásico y que no había mejor forma de creerse que los Estados Unidos eran un país maravilloso que compararlo con el estropicio que Trump amenazaba producir. Frente a eso que venía, lo que había quedado atrás era un portento.

Y me sorprendían tantos articulistas, políticos, intelectuales que lloraban a gritos la desaparición de aquel paraíso. “Es curioso. Hablan de un país donde las diferencias sociales y económicas ya son extremas: donde el famoso uno por ciento más rico posee más de un tercio de todas las riquezas, donde sus ingresos se triplicaron en los últimos 30 años mientras que los de la mitad más pobre de la población se estancaron. Un país que se gastó 800.000 millones de dólares en salvar a los bancos que casi lo hunden –llevándolo a una crisis por la que nueve millones de personas perdieron sus trabajos en un año”, escribí entonces y, con perdón, me voy a citar un poco más. Era, recordemos, el país gobernado por Obama:

“Hablan de un país donde más de seis millones de personas –el dos por ciento de su población– están presas o libres bajo palabra. (…) Un país que lanzó, sólo el año pasado, más de 26.000 bombas de gran poder en sus operaciones militares sobre Siria, Iraq, Afganistán, Libia y Yemen. Un país que mantiene fuera de su territorio un campo de concentración donde encierra a quien quiere cuando quiere cuanto quiere. Un país que tantas veces intervino en los asuntos internos de otros, muchas con extrema violencia.

(Un país que sostiene su poder con un millón y medio de soldados repartidos por el mundo, un país que gasta en ejércitos y armas más que la suma de los diez países que lo siguen.)

“Hablan de un país armado, donde la mitad de los hombres posee armas de fuego, donde unas 12.000 personas mueren baleadas cada año. Un país donde proliferaron los mass shootings –asesinatos masivos azarosos–, en los que un tirador mata al azar cuantos más mejor en una escuela, una iglesia, un bar, un mall: 150 desde el año 2000. Un país donde dos de cada tres apoyan la pena de muerte, donde 3.000 hombres y mujeres esperan ser ejecutados.

“Hablan de un país cuyos billetes dicen ‘En Dios confiamos’. Un país donde cuatro de cada diez adultos creen que un dios creó al hombre en su forma actual hace menos de diez mil años, como dice la Biblia.

“Hablan de un país que lleva décadas conducido por dinastías familiares –padre e hijos, esposo y esposa– que serían tema de farsas y vergüenzas si sucedieran en cualquier republiqueta sudaca. Un país donde los grandes poderes económicos contratan legalmente a intrigantes para que presionen a los legisladores para conseguir leyes que favorezcan sus negocios. Un país donde un multimillonario racista y misógino puede llegar a presidente por el voto de sus ciudadanos.

“Hablan de un país que también está lleno de gente fascinante, de grandes artistas y escritores, de universidades y bibliotecas, de innovaciones científicas y técnicas, de iniciativas generosas. Pero que no es el modelo de virtudes que ahora pintan.”

Trump lo hizo, decíamos, al asumir, y lo va a hacer de nuevo ahora que se irá. Mientras tanto, su país siguió siendo ese país durante sus cuatro años de poder, solo que con más bulla, más grosería, menos cinismo. No miren lo que digo, miren lo que hago, suelen decir los magos de la política. Y, más allá de bravatas y sandeces, lo que hizo Trump es más cháchara que hechos. O, por lo menos, en la práctica, su administración no fue tan diferente.  

Tomemos uno de sus temas más ruidosos, más cercanos: su política con los migrantes. Números, los famosos datos: la administración del liberal Obama, tan amable, tan solidaria, deportó, en sus ocho años, a 2.800.000 inmigrantes –la mayoría, hispanos. Trump llegó al poder rajando contra ellos, hablando de bad hombres y muros y patadas en el culo y, en sus tres años de gobierno, deportó a 750.000 migrantes. Va de nuevo: Obama consiguió un promedio de 350.000 al año; Trump apenas llegó a los 250.000, un 30 por ciento menos. Y se pueden encontrar datos semejantes en multitud de campos. Un solo ejemplo, concluyente: a diferencia de Obama, Bush y Clinton, Trump no inició ninguna guerra.

Pero también se puede, gracias a Dios, encontrar cantidad de escándalos y escandaletes y exabruptos brutos que mantienen bien alta su bandera. Trump está a punto de completar su trabajo: había limpiado el concepto anterior de su país; ahora está terminando de limpiar el posterior. Su administración será recordada por los biempensantes del mundo como una cima del horror, la sima de la decadencia americana y, de ahora en más, durante años, el gran mérito de América será no ser la América de Trump. Nos lo repetirán sin cesar los americanos buenos de los medios buenos y otros salvadores de ese país tan demócrata que ha gobernado el mundo a través de guerras y conspiraciones y matanzas.

Ahora, por suerte, viene un señor sensato y todos vamos a celebrar la vuelta de la razón y las buenas formas a la jefatura de Occidente. Vamo’ a ser felí, como diría Riquelme, porque el señor Biden habla razonable –mientras intenta recuperar el poder perdido.

Porque si algo le reprocha el establishment americano –y occidental– al pobre Trump, si por algo va a tener que irse, es que con sus fantochadas y desplantes y patriotismo Big Mac se aisló, abandonó en distintos campos la “posición de liderazgo” en el mundo que su país mantiene desde hace un siglo. Y que, so pretexto de hacer más grande a América la sacó de muchos espacios que le servían para eso y la achicó y dejó que la China creciera. Por eso, ahora, deben reponer a un clásico: en un país que usa el adjetivo unamerican -no americano- como descalificación, Joe Biden, exponente del genuino sabor americano, un empleado de la política desde 1970, tiene sobre todo el trabajo de recuperar esa “posición de liderazgo” que tan bien conocemos.

Nada le va a resultar más útil, para esa tarea ardua, que apoyarse en la necesidad de limpiar el “desastre de Trump”. Trump, como suelen los buenos, será tan útil muerto como vivo. Hay gente que sí sabe sacrificarse por su patria: Donald Trump, el auténtico héroe americano.

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En voz alta:

¿Cuánto vale un muerto de corona?

Foto: Omar Lucas

Martín Caparrós

Seguimos afirmando: es increíble pero seguimos afirmando. Si algo tendría que habernos vuelto definitivamente socráticos es la puta pandemia: “Solo sé que no sé nada” debería ser el grito unánime de millones y millones sorprendidos, corridos, aterrados por un bichito bobo. Y aceptar que vamos aprendiendo poco a poco solo para aprender, poco después, que lo que habíamos aprendido era un error, y después otro. Pero no: ni siquiera una pandemia consigue bajarnos del burro y todos sabemos advertimos juzgamos sobre todo a los gobiernos que tuvieron que enfrentarse, de la nada, con una situación que nadie imaginaba.

Creo que a esta altura ya no quedan dudas de que todo lo que los gobiernos hacen frente a la pandemia es ensayo y error –y que, como en todo proceso de ensayo y error, el error es bastante más que el ensayo. Se equivocan, lo intentan otra vez, se equivocan de nuevo, consiguen algo, consiguen menos que lo que querrían. Sucedió en todos lados, parejito, pero lo hacían gobiernos de tal o cual partido así que, tras los primeros días de perplejidad y tolerancia, cada país recuperó sus divisiones previas. En la Argentina, donde no hay nada más fácil que encontrar una trinchera, millones se lanzaron.

Era simple: como el gobierno es más o menos peronista, mayoría de peronistas apoyó sus medidas de restricción de movimientos, cierre de casi todo, el desierto económico. Como el gobierno es más o menos peronista, mayoría de antiperonistas decidió que sus medidas eran una privación de las libertades o incluso de la libertad y se atrincheraron detrás de la bandera de yo hago lo que se me canta y a mí nadie me manda.

Son opiniones. No sabemos nada a ciencia cierta –y la expresión “a ciencia cierta” ya es contradictoria. La única forma de medir la eficacia de esas medidas es comparar lo que pasó con lo que podría haber pasado sin ellas y es hipotésis pura: no da datos, no sirve.

Entonces se puede, si acaso, tratar de comparar los resultados de distintos países. Tampoco es fácil, porque algunos números son muy relativos. La cantidad de contagios es una aproximación estadística, que cambia tanto según cada lugar: un porcentaje variable de los contagiados no se detecta nunca porque no hay pruebas suficientes, porque sin síntomas no hay razón para hacérselas, porque no hay plata o voluntad. Pero hay un número innegable: los muertos no se inventan ni –en general– se disimulan. Son números que cantan, elocuentes.

Ayer uno de los diarios conservadores de la Argentina tituló sus cifras del día con un título que, como suelen, intentaba orientar la lectura: que la Argentina ya era el décimo país con más contagiados del mundo. Quería decir, una vez más, que la política oficial no estaba resultando –y, por supuesto, es una posibilidad.

Pero después lo mirabas y veías que tras esa cifra discutible había una cifra indiscutible: que, con un número de contagiados semejante, España, el siguiente en la tabla de contagios, había llegado a 29.094 muertos y que Argentina, en cambio, tenía 8.660: menos de un tercio. O, también: que Argentina tenía menos de 200 muertos por millón de personas allí donde España, Italia, Chile, México, Estados Unidos o Brasil rondan los 600. La misma proporción: un tercio.

Ese número significa algo. Todos los países tomaron medidas para evitar que una enfermedad brutal matara a más personas; al gobierno argentino, pese a su tradición, para sorpresa de tantos, le fue mucho mejor que a muchos otros. Las causas, por supuesto, se discuten: parece que el azar de haber llegado un poco más tarde a la epidemia permitió a sus autoridades cerrar la sociedad en una fase más temprana. Así, probablemente, pudo contener el avance del virus y evitar los atascos sanitarios que mataron, en otros sitios, a tantos miles de personas.

Fue una suerte y un –relativo– éxito, y su éxito relativo hizo que millones relativizaran la necesidad de seguir aplicando esas medidas. Al principio las habían apoyado porque temían por sus vidas. Después vieron que no se morían suficiente y empezaron a hartarse porque una pandemia es angustiosa y aburrida y un desastre para la economía. Entonces muchos se lanzaron a protestar y están hartos y quieren recuperar sus rutinas, trabajos, relaciones, sus dineros. Es lógico; todos queremos. La cuestión es qué queremos arriesgar a cambio.

Los argentinos, como suelen, se subieron a sus grandes caballos. Encabezan la marcha ecuestre unos señores educados que trabajan de pensar y esas cosas y primero publicaron que su gobierno era una “infectadura” y, ahora, que ejerce el “terrorismo sanitario”. Y tantos lo corean en la calle o los medios o ese refugio de la mezquindad contemporánea: «las redes».

Parece una caricatura de la argentinidad: no debatir cuestiones sino buscar el mejor eslogan agresivo, el cantito de cancha que suene más conchudo y salir a gritarlo. Que lo haga la Doce puede tener alguna gracia; que lo haga un grupo de dizque intelectuales es tristeza pura. Están hablando de una política destinada a salvar vidas que, más allá de sus muchos problemas, consiguió –parcialmente, siempre parcialmente– su objetivo.

No es una opinión, son esos números. España y Argentina tienen casi la misma población –alrededor de 45 millones– pero España es un país rico, la decimocuarta economía del mundo, con una sanidad pública casi universal. Y sin embargo, en cuanto a la pandemia, la diferencia entre España y Argentina es que en España –hasta ayer– murieron 29.094 personas y en Argentina 8.660. En Italia y Francia la cantidad de muertos es semejante a la de España. Es simple, y es una medida posible: en Argentina murieron veinte mil personas menos. Se salvaron veinte mil personas.

Pero hay muchos argentinos a los que eso no les parece bien. Extrañan su libertad, temen por la economía. Quizá veinte mil personas les parezcan pocas para tanto quilombo. Habría que ver por cuántos vale la pena complicarse la vida, por cuántos compensa joder la economía. ¿Cuánto vale un punto del PBI? ¿Mil, dos mil, tres mil vidas? ¿Cuántos estamos dispuestos a dejar morir para salvar la plata y los abrazos?

Yo solo espero, por el bien de la Patria, que la próxima pandemia no nos agarre sin esas tablas bien actualizadas: que haya un gobierno serio, digo, y publique los baremos. Eso sí que será republicano.

Los republicanos monárquicos y otras bestias raras

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Martín Caparrós

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Dicen, faltaba más, que son republicanos. Claro que son republicanos, insisten: desde siempre. Sucede mucho en estos días de monarcas fugitivos; aparece, en su púlpito o algún recoveco de la televisión o de la radio un ministro o alcalde o entenado del socialismo obrero y español y lo proclama: somos republicanos, nuestro partido es un partido republicano. O sea que proponen que no haya reyes. Pero enseguida dicen que creen que hay que defender la monarquía. Con amigos así, quién necesita enemigos.

Llevo días perplejo, trato de entenderlos: ¿qué significa definirse republicano y defender la monarquía? Uno –una persona, un partido, un parado, un repartidor de hielo a domicilio, incluso un político– podría pensar que es difícil conseguir el sistema que prefiere pero, para estar de acuerdo consigo mismo, no debería renunciar a intentarlo, a buscar las maneras. Son obviedades: si uno –incluso un político– está convencido de que algo es mejor debe tratar de conseguirlo. Uno debe argumentar –incluso actuar– a favor de las convicciones que proclama, no en contra. O, por lo menos, eso sostiene mi amigo Pero Grullo. Pero te dicen que ahora no es el momento –nunca lo es– y que no hay que complicar las cosas, que ya están bastante complicadas. Te dicen que no vale la pena, que para qué meterse en esos líos. Los defensores del reino hablan mucho de él para decirte que no hay que hablar de él: hablan para callarte.

El problema de ese planteo es que se basa en la idea de que no es necesario justificar lo que ya está porque lo justifica el hecho de que ya está. Que, por ejemplo, debe haber un rey porque lo dice la Constitución de 1978 y hay que respetar el orden jurídico existente. Si los políticos de 1977 hubieran usado el mismo argumento todavía nos regiríamos por las Leyes Fundamentales del Reino y su “democracia orgánica” franquista, por ejemplo. Cualquier idea de cambio, cualquier dialéctica tiembla ante ese silogismo nabo.

Se supone que cualquiera –incluso un gobernante– debe revisar con alguna frecuencia lo que hace, chequear si sigue estando bien. Entonces, para seguir defendiendo la existencia de un rey habría que definir la necesidad de un rey. ¿Para qué cuernos sirve un rey? ¿Y, en este caso, un rey en España? Podía servir, quizás, en 1978 para engrasar un mecanismo enmarañado, pero eso ya pasó hace tanto.

Y ahora se complica, porque todas sus explicaciones refieren a la supuesta incapacidad de los españoles para mantener un país funcionando sin esa figura de autoridad, sin ese padre que lo es porque fue hijo. Te dicen que un rey sirve para representar a España y para unirla; es duro que los representantes de los españoles crean que sus representados no son capaces de representarse su país sin pensar en el careto de un señor alto y balbuciente, o que sin él querrían desintegrarlo. Debe ser duro vivir creyendo que tu país es tan frágil, tus compatriotas tan primarios.

Si los supusieran mejores concluirían que un rey es, por lo menos, superfluo. Porque de verdad no se entiende su necesidad en una democracia. Se puede tener uno, claro, y vivir con eso. También se pueden tener hemorroides o expectativas incumplidas de un aumento o un vecino con música fuerte, y sigues adelante. Pero es curioso que millones de demócratas se crean que sin un rey su país no funcionaría. Y si, en cambio, creen que funcionaría sin el rey, ¿para qué tenerlo?

Te dicen que durante 40 años hubo un rey y que fueron 40 años buenos. Es cierto, y también es cierto que en esos 40 años hubo 25 por ciento de paro juvenil, y eso no es un gran argumento a favor del desempleo. Y te dicen que los países escandinavos, tan limpitos, tienen reyes; allí también hay más suicidios que en el resto del mundo y sin embargo nadie proclama que habría que suicidarse más a menudo. Y te dicen que es un buen representante comercial y que por suerte los jueces no pueden meterse en lo que hace cuando hace su trabajo. Mientras tanto, fuera de eso, no consiguen definir para qué sirve ese señor, ese cargo, esa carga.

Un rey –cualquier costumbre, cualquier institución– no debería existir solo porque algunos temen lo que pasaría si dejara de existir. La monarquía es, entre otras cosas, una institución carísima. Sus gastos son, como todo lo que tiene que ver con las coronas, pantano oscuro y reservado, pero solo los caballos de la Guardia Real cuestan al año lo mismo que 50 rastreadores de Covid, tan deseados en Madrid últimamente. Es verdad que desfilar montado en un rastreador no resulta tan cómodo y que esta es otra discusión falseada: nadie se pondría a debatir si le resulta caro o barato algo que no precisa, que no quiere usar.

La cuestión es otra: para los demócratas es una vergüenza no poder completar su democracia. Una monarquía constitucional es una democracia incompleta: una que se ejerce en todos los niveles salvo el más alto, ocupado de la forma más antidemocrática que la historia ha inventado: por el pobre privilegio de la cuna. Nunca entendí por qué todos estos dizque demócratas la apoyan; nunca entendí qué temen. ¿Qué fantasma los despierta por las noches? ¿El miedo a la democracia? ¿Qué pasaría si se eligiera cada cuatro años a alguien para ocupar la jefatura del Estado? ¿Qué se derrumbaría, qué dejaría de funcionar, qué se transformaría? Nada. Habría un presidente como hoy hay un jefe de gobierno, no habría un rey, y todo sería muy parecido.

La III República española será inocua, casi asintomática. La I y la II supusieron cambios radicales; ahora, que haya o no rey se notaría muy poco. Es una pena pero es cierto, porque el rey no define la política española. La definen, supuestamente, los votantes y, en los hechos, los políticos que los votantes eligen, los banqueros que nadie, las circunstancias globales. Pero no el rey: nada cambiaría si no hubiera un rey. Salvo en el plano simbólico.

El rey solo actúa como símbolo, es puro símbolo: sirve para simbolizar que hay que obedecer a alguien por cojones –o por sangre– y que hay cosas que no se discuten ni debaten, que son como son y que se sienten, coño. Y, sobre todo, simboliza que las cosas no cambian –y por eso lo defienden los políticos preocupados por los cambios. El rey, en última instancia, solo sirve para tranquilizar a unos cuantos pusilánimes, asustados, siempre asustados por lo que podría pasar si. El punto es que esos pusilánimes tienen el poder suficiente –por eso, en general, son pusilánimes– como para convencer a muchos de que su miedo es razonable, casi urgente.

Y, para más burla, muchos se dicen partidarios de algún cambio: entre ellos, que haya en España una república. Pero insisten y proclaman que están a favor de que el rey siga en su trono. Es curioso, realmente curioso, ver y escuchar a estos republicanos monárquicos. El pobre Borges se divertía con aquello de los oximorones -el fuego helado, la música callada-, pero en mi barrio los llamaban oportunistas o farsantes: el tipo que te decía que había que respetar a las mujeres, supongamos, porque yo también tengo una madre –y manoteaban todo lo que podían.

Gente, digo, que no tiene la valentía de estar convencida de sus convicciones. Yo creía que hasta ahí se podía llegar, que las contradicciones y las torpezas tan burdas no funcionan. Me equivocaba, una vez más. Frente a eso, el tema de la monarquía se vuelve secundario: incluso a aquellos a los que rey o no rey les da casi lo mismo debería preocuparles que los gobiernen unos señores y señoras que proclaman algo y hacen tan abiertamente lo contrario. Es el tipo de cosas que los políticos inteligentes tratan de disimular, por si las moscas. O por si las personas, quién sabe, que a veces también vuelan.

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P.D.: A menos que el señor rey fuera tan inteligente como para renunciar –y correr derechito hacia la historia. Eso le proponía yo hace unos años, todavía en el New York Times: “Su única opción para no ser una nota al pie, señor Sumajestad, un párrafo perdido, es abdicar. Imagínese el golpe: usted en la pantalla anunciando que quiere ser un ciudadano como todos, vivir como uno más, hacer las cosas por su propio esfuerzo, porque entendió que privilegios como el suyo, por puro mérito de cuna, ya no tienen ningún sentido en estos tiempos; que todos los españoles deben ser iguales y que eso lo incluye y que por eso declara caduca y caducada la institución que representa, y propone acabarla.

Imagínese, señor, la sorpresa, el respeto. La renuncia siempre tiene buena prensa: alguien que, sin presiones, por convicción y propia decisión, deja algo que tenía. Y su renuncia sería única: no habría sucedido nunca antes. Por una vez, el adjetivo más devaluado de nuestro léxico de adjetivos devaluados, el adjetivo ‘histórico’, estaría justificado. Usted se habría ganado, en buena ley, el lugar que precisa en los libros de historia y fundado algo distinto, algo que podría durar siglos. Usted, entonces, ya no sería un capítulo más: sería un nuevo comienzo. Quizá le parezca que no es para tanto: yo imagino que sí. En una sociedad donde nadie tenga privilegios por motivos tan bobos como su ascendencia, es más fácil postular que nadie debe tenerlos por su dinero o su poder: que si alguien engaña o roba debe ir preso, sea quien sea, tenga lo que tenga; que si alguien necesita comida o salud o educación debe obtenerlas, sea quien sea, sin diferencias de poder o dinero, y todos viviríamos mejor.”

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En voz alta:

La guerra del cerdo

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En 1969 Adolfo Bioy Casares publicó una rara novela titulada Diario de la guerra del cerdo, donde grupos de jóvenes se dedicaban a matar viejos por las calles. Ahora, por suerte, no pasa nada de eso.

Martín Caparrós

Fue muy rápido: hace cuatro meses era una novedad extrema, lo inesperado y nunca visto, y ahora la pandemia ya tiene su historia, sus etapas, sus infinitos recuerdos y sus recuerdos infinitos. Pocas veces la humanidad tuvo que aprender tan rápido conductas tan distintas; pocas veces, es cierto, tuvimos tanto miedo.

Ya hay, entonces, revisionistas de la peste, gente que la entendió en minutos y que ahora, cuatro mil horas después, va entendiendo que entendió tan poco. Al principio hubo incluso imbéciles que escribieron que una de las grandes novedades de la plaga era su carácter igualitario: que atacaba por igual a ricos y pobres, poderosos e impotentes –solo porque se cebó en alguna gente a la que habitualmente estas cosas no les suceden: Johnson, Bolsonaro, Nkurunziza y otros negadores seriales, homicidas por omisión y por acción. Los poetas manejaron, por un momento, la justicia –pero no duró.

Aquellos expertos instantáneos –abundantes, autoconvocados– explicaron incluso que la pandemia nos mostraba que no había salvación individual: “En este mundo plano hemos aprendido lo que ya sabíamos: que todos dependemos de todos los demás. Los momentos fuertes de la historia son aquellos en que el destino no es individual sino común. O, mejor: esos momentos en que no hay forma de negar que el destino no es individual sino común.”

Había un problema: que un destino sea común no impide que cada quien lo enfrente con sus recursos individuales. Eso es, precisamente, la desigualdad.

Y la desigualdad empezó a manifestarse con fuerza, con brutalidad en casi todos los aspectos de la pandemia. Está, para empezar, la desigualdad fundamental entre los que tuvieron buena atención médica y los que no. La desigualdad de saber que si te enfermás tenés que ir a tentar la suerte a un hospital colmado y mal provisto o tenés “derecho” a una atención cuidada y moderna porque lo estás pagando –lo cual te da incluso la opción de reclamar, porque el cliente, a diferencia del ciudadano, siempre tiene razón.

Y está la desigualdad entre los que pueden darse el triste lujo de encerrarse –no trabajar o trabajar encerrados– y los que no, los que no comen si no salen a la calle a buscarse esa comida. Es decir: los que se aburren y se inquietan y se asustan pero saben que todo está en armarse de paciencia, y los que saben que si esto sigue así ya no saben más nada.

Y está la desigualdad de tener que confinarse cuatro o cinco en un piso de sesenta metros o siete u ocho en un ranchito o cuantos sean en una casa con jardín. Y la desigualdad de estar moderna y abundantemente conectado e informado o tener que enterarse de alguna cosa cada tanto, y vaya usté a saber.

Y la desigualdad de poder comprar las mascarillas y alcoholes y remedios necesarios, o no poder comprarlos. Y la desigualdad entre los que tienen que trabajar en contacto con personas –sanitarios, cajeros de supermercado, policías, choferes– y los que no. Y entre los que pueden convertir su trabajo en teletrabajo y los que no. Y entre los que pueden desplazarse seguros en sus propios coches y los que tienen que amontonarse en un transporte público, y hay tantas más diferencias y desigualdades y cada una de ellas tiene dos facetas: la desigualdad social, entre personas de distinta clase en un mismo país, y la desigualdad nacional, en que todos los habitantes de un país tienen ventajas sobre otros.

La desigualdad, entonces, aparece en tantos campos. Es lógico: vivimos en sociedades básicamente desiguales y es lo suyo que, tras la primera sacudida, todo se haya reacomodado para mantener los privilegios. Es eso que decíamos hace nada: la distancia social no es la solución, es el problema.

Pero hay un espacio de desigualdad que no esperábamos y que está, en estos días, entre los más violentos: la edad.

En los últimos días, en los países que están saliendo de la primera fase –y cayendo a patadas en esta segunda que no imaginábamos tan rápida–, los que están ejerciendo su derecho a la desigualdad, pilar y base de la ideología individual, son los jóvenes. El discurso es, como siempre, simple: como a mí no me mata no tengo por qué quedarme encerrado, yo entiendo todo eso de la solidaridad y lo ejerzo todo lo que puedo, pero no es justo que yo me tenga que joder por eso, así que yo también voy a vivir mi vida.

Dicen, poco más o menos. Ellos no creen en el coronavirus: se ha dicho tanto que ataca sobre todo a los viejos, que se sienten inmunes. Lo propio de la juventud es creerse inmortal; en este caso, además, sobran datos y expertos en datos que les dicen que ellos de esto no se mueren. Así que las discos y las playas y las casas y los parques se llenan de muchachas y muchachos que intentan recuperar sus vidas y, para eso, se acercan, se tocan, se contagian. De ahí, muchas veces, el virus pasa a otros parientes, mata a alguien.

Esos muchachos y muchachas deben saberlo, en principio lo saben, pero no piensan que sea tan cierto y, sobre todo, no quieren joderse. Ejercen su desigualdad con alegría, son un buen ejemplo: muchas veces la violencia es un descuido, algo que se hace sin querer, el ejercicio de un derecho. Muchas veces la violencia es más que nada no pensar: elegir no pensar, no pensar en pensar. Es, al fin y al cabo, lo mismo que hace cualquiera de nosotros cuando dice y bué, yo me como el chuletón, si total eso no cambia nada. O yo me meto esa raya, que si no lo hago igual seguirá habiendo narcos.

Solo que, en este caso, la relación es tanto más directa: se nota demasiado. Es una de las –pocas– ventajas de ese tsunami en que vivimos. El virus, de puro bruto, echa abajo decorados y telones, muestra tanto de lo que no queremos ver. El virus te deja sin olfato ni gusto pero te abre los ojos.

Lo más fácil, entonces, es cerrarlos en un santiamén.

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En voz alta

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