un cuarto –medio medio– propio

Categoría: Ahorita

El desengaño

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Martín Caparrós

Sí, lo hicimos: lo hicimos otra vez. Si no fuera demasiado obvio, diría que lo que pasó fue otra metáfora barata de la Argentina. O, por lo menos, de la forma en que la Argentina desarrolla su historia, sus historias: un principio prometedor, un nudo confuso, un desenlace horrible.

Hace siete meses, cuando los viruses lanzaron su ofensiva, el gobierno argentino aprovechó nuestra lejanía para tomar medidas antes que muchos otros: para usar, por una vez, la experiencia ajena en beneficio propio. Era lógico y pareció que funcionaba. Fue, dentro del cataclismo, un curioso caso de Todos Contentos: los contagios se mantenían radicalmente bajos, se morían muchas menos personas que en muchos otros países, el gobierno y la oposición se chocaban los codos y colaboraban y recibían un apoyo nunca visto. Hasta la revista Time incluyó a la Argentina en su lista de los que mejor lidiaban con la peste –subrayando por supuesto su extrañeza de verla allí junto a Corea del Sur, Taiwan, Singapur, Australia, Canadá.

“Argentina es la sorpresa de esta lista, ya que acaba de desencadenar su noveno default financiero. El país registró su primera muerte por coronavirus el 7 de marzo; para cuando el Gobierno impuso una cuarentena, el 20 de marzo, el mundo se había puesto al día con la amenaza de la crisis y Argentina introdujo estrictas medidas de distanciamiento social, y los ciudadanos las acataron. Como resultado, sus números se ven mucho mejor que los de la mayoría de sus vecinos”.

Era el principio brillante: el país que se independizó antes que nadie, el que atrajo a millones de inmigrantes, el que nadaba en la bosta de sus vacas, el octavo más rico, el sembrador de escuelas, el que supo fabricar sus coches, sus aviones, sus mitos de prosperidad. Después, como corresponde, como siempre, todo empezó a volverse más y más confuso.

Para mantener la tradición, nos creímos que ya lo habíamos conseguido y empezamos a celebrar cuando estábamos en la mitad del río. Esa apariencia de éxito fue, otra vez, nuestro fracaso. ¿El confinamiento? No, para qué, si estamos bárbaro. Son boludeces, yo necesito laburar. Y yo tengo que salir porque mi abuela. Yo no soporto que nadie me diga lo que tengo que hacer, la libertad es libre. Las calles se llenaron de personas, cundió la idea de que ya no hacía falta encerrarse y que eran tonterías y que la infectadura era otra trampa de esos populistas. Y esos populistas, a su vez, se agrandaron y empezaron a pelearse con todos y entre ellos y a equivocarse con los números –ay, perdón, se me escaparon tres mil muertos. Mientras tanto, entre la confusión, la pobreza crecía y el hambre crecía y las muertes crecían.

De ese nudo confuso a este desenlace horrible: ahora, a siete meses exactos de la primera muerte, la Argentina ha sumado 22.200 más y es uno de los países donde la pandemia está más descontrolada, donde las muertes se suceden a un ritmo más brutal. Cada día mejora su posición en la tabla de posiciones del Mundial de difuntos –y ciertos medios lo exhiben como otros triunfos de la celeste y blanca.

 Es, insisto, tan parecido a casi todos los procesos argentinos. Un país que debería haber sido uno de los buenos, que estuvo a punto, que se lo creyó, que se confundió en esas idas y vueltas y que, ahora, ya no sabe qué hacer para salir de sus abismos. Un país que parece decidido a repetir una y otra vez la misma historia: un principio prometedor, un nudo confuso, un desenlace horrible.

Es -con perdón de la palabra- un patrón, y es duro. A veces nos cuesta desilusiones, broncas, todo tipo de pobrezas. Esta vez cuesta miles de muertos y cuesta la miseria y cuesta la zozobra, y cuesta el odio y el rencor y la desilusión. Y un daño colateral, casi menor: cada vez resulta más difícil creerse las promesas del principio.

Cada vez resulta más difícil creer que la Argentina.

Es duro pero es, penosamente, lo que hay.

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En voz alta:

A llorar a la iglesia

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Martín Caparrós

Ahora, ya pasado el tiempo, cuando por fin gobierna España uno de esos jefes autocráticos y gritones que llaman populistas, aquellos días se estudian –a escondidas– en los libros. Que los resumen simple: cuentan que los dos partidos principales de la llamada democracia se peleaban por las medidas que se debían tomar para contener una epidemia y, mientras se peleaban, la enfermedad seguía avanzando.

Dicen, para sintetizar, que la situación era un cómic de terror: el gobierno español acusaba al gobierno madrileño de no querer salvar a sus ciudadanos con las medidas urgentes que le ofrecía, en un acto genocida que habría merecido acusaciones ante los tribunales de Derechos Humanos de La Haya. Y el gobierno madrileño acusaba al gobierno español de querer encerrar a millones sin razón, en un acto dictatorial que habría merecido la rebelión de todos los demócratas y la intervención de las potencias libres.

Y cuentan que las acusaciones eran terribles y las posiciones no se acercaban y entonces se frenaban los unos a los otros, no tomaban las medidas necesarias y crecían los contagios, las muertes, la sensación de indefensión y miedo. Y que cada vez más personas veían con horror cómo las peleas entre esos políticos que solían mirar con desprecio les costaban la vida, y que dejaban de despreciarlos para empezar a odiarlos. Algunos, por supuesto, odiaban un poco más a unos y otros un poco más a otros; algunos se quejaban de que el gobierno español quisiera destruir su libertad y su economía, otros se quejaban de que ese mismo gobierno no ejerciera la fuerza necesaria para salvar sus vidas, pero al fin todos empezaron a coincidir en que el sistema estaba lleno de recursos para impedir hacer lo necesario, que no servía para lo único que lo justificaba: preservarlos.

Y que, por eso, cuando apareció el autocrático gritón con banderas y retórica al uso para decir que la democracia no funcionaba y que él sí les ofrecía la decisión y la empatía necesarias para cuidarlos porque él los entendía, porque era uno de ellos, lo tuvo más que fácil: millones y millones lo siguieron, lo eligieron –y a llorar a la iglesia.

Después, durante todos estos años, ya sabemos: quejas, reproches, acusaciones mutuas, idioteces de idiotas. Ahora, en nuestras charlas en voz baja, nunca falta algún nostálgico para preguntarse qué habría sido distinto si aquellos necios hubieran sido un poco menos necios. Es un lamento inútil: ahora lo que no sabemos, como siempre, es cómo vamos a salir de ésta.

¿España?

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Martín Caparrós

Confirmamos: nos pasamos la vida confirmando. Confirmar, por supuesto, tranquiliza mucho más que cuestionar, así que confirmamos, confirmamos, confirmamos. Para eso, en general, nos interesamos por larrealidad; para eso, en general, usamos la información, lecturas, escuchas, charlas con los amigos, reflexiones varias: para seguir pensando lo que ya pensábamos y, sobre todo, para seguir creyendo lo que creíamos sobre nosotros mismos. Hasta que se complica.

A las personas nos pasa cada tanto; a los países, mucho menos. Muy de vez en cuando, un país descubre que no era el que creía. A veces sucede en un momento, un día: recuerdo aquella tarde de domingo, octubre de 2016, en que millones de colombianos supieron que más compatriotas habían votado contra la paz que en su favor –y andaban groggies, asumiendo que no eran los que siempre habían supuesto. Otras veces es un proceso de semanas, meses, años incluso que de pronto cuaja. Y eso, creo, le está pasando en estos días a España.

Para las generaciones que vivieron la guerra y el franquismo, España era un país pobre, atrasado, violento, escenario de una dictadura: un país donde la cruz convertía casi todo en pecado y vergüenza, un país del que millones emigraban –a América primero, a Europa después– con la ilusión de comer todos los días. Por eso la transformación de los sesentas –económica– y setentas –sociopolítica– fue aún más impresionante.

España se convirtió –para sus habitantes– en un país democrático y moderno, rico y vivible, estable y educado, casi justo: un país uropeo, un país exitoso. Por supuesto que aparecían –cada tanto, cada vez más– hechos o datos que contradecían la imagen feliz: la fragilidad de una economía de bancos, playas, ladrillos y verdura, la cantidad de jóvenes preparadísimos que no encontraban trabajo y “vivirían peor que sus padres”, la incapacidad de los gobernantes para formar gobiernos, el deterioro de los servicios públicos, los delitos de la familia real. Pero la mayoría los leía como problemas parciales, “crisis” de tal o cual sector, de tal o cual mecanismo, que ya se solucionarían y no afectaban la idea general.

Sospecho que ya no. Creo que en estas últimas semanas se difundió una desazón nueva: la conciencia de que no sabemos, no podemos, no lo conseguimos. Tiene que ver, por supuesto, con una situación económica brutal, un rey que se escapa, la inquietud y el hartazgo y el miedo, pero se basa, sobre todo, en la comprobación ya ineludible de que ningún país de la región ha fracasado tanto en mantener a raya a la pandemia: que, ahora mismo, en ninguno se contagian y se mueren tantas personas.

Y si en abril muchos españoles creían que no se podía culpar a nadie por sus fallos frente a algo tan inédito –mientras, de todas formas, los demás fracasaban parecido–, ahora la mayoría se convenció de que sus gobernantes no saben hacerlo, que es su culpa si el virus vuelve incontenible. Y escuchan todo el tiempo que sus gobiernos –el central y la mayoría de los autonómicos– no organizaron las estructuras necesarias, no contrataron el personal necesario, no supieron prever y actuar en consecuencia. Se acumula la evidencia de sus errores y, con ella, la sensación de que el país está conducido por personas incapaces –lo cual resulta, en general, molesto, pero en emergencias como esta se vuelve mortal. Se ahonda, entonces, la sensación de indefensión y engaño: la evidencia de que esto no es lo que les habían dicho, lo que habían creído.

Porque también se enteran de que sus infraestructuras no alcanzan, que sus médicos cobran miserias, que no hay camas suficientes, y se derrumba uno de los mitos básicos: que España tenía –como repitieron convencidos todas estas décadas– la mejor sanidad pública del mundo. Parece menor pero era un orgullo bien asentado y aceptado, una de las bases de la idea que los españoles se hacían de su país. Cuestionarla supone empezar a cuestionar las otras, pensar en serio que esto no es lo que parecía. Y revisar entonces todo lo demás –la pobreza, la discriminación, la fragilidad, la ineptitud– y entender que estaban pasando cosas que no miraban y ahora no pueden dejar de ver: descubrir, de repente, que su país no era lo que imaginaban. Y preguntarse, entonces, qué carajo es, y el desconcierto, la desazón de saber que ya no saben.

Es duro, es raro: nunca se sabe qué sale de estos quiebres. Primero, en general, cabreo y desorientación: no es barato perder las referencias habituales. Después, si acaso, la voluntad de cambiar esas cosas que parecían tan firmes y ya no. Lo que nunca se sabe –cada vez menos se sabe– es hacia dónde.

Vienen –decía la maldición– tiempos interesantes.

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En voz alta:

Trump, el auténtico héroe americano

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Martín Caparrós

Lo van a extrañar. Si los semidioses confusos de las encuestas no se equivocan una vez más, a principios del año próximo –¿existe el año próximo?– los Estados Unidos de América ya no serán gobernados por el Gran Mal o Gran Bufón o Gran Vergüenza de los Gringos Buenos. Lo van a extrañar tanto.

Todavía les quedan unas semanas para horrorizarse y sentirse superiores y explicarnos por qué son superiores: americanos buenos, buenos americanos, demócratas sin tacha. Trump es una beca Guggenheim al cubo: los hace sentirse tan probos, tan cabales, tan morales, tan de esos adjetivos que no se sabe bien qué significan –pero los señores ídem siempre blanden.

Mientras tanto, pocas personas han hecho más que Donald Trump por mejorar la imagen de Estados Unidos en el mundo. Lo hizo, al asumir, con carácter retroactivo: su torpeza calculada, sus modales astutamente idiotas convirtieron al país de Obama –y Bush y Clinton y Bush y Reagan– en un vergel de paz y concordia y justicia y amor y paz de nuevo.

“Vivimos una edad de oro de la democracia americana”, escribí en los días de su asunción, enero del ’17, “pero no es esta sino la que acaba de terminar: la que la irrupción del señor Trump cerró con cólera y estrépito”. Y seguía diciendo que era un mecanismo clásico y que no había mejor forma de creerse que los Estados Unidos eran un país maravilloso que compararlo con el estropicio que Trump amenazaba producir. Frente a eso que venía, lo que había quedado atrás era un portento.

Y me sorprendían tantos articulistas, políticos, intelectuales que lloraban a gritos la desaparición de aquel paraíso. “Es curioso. Hablan de un país donde las diferencias sociales y económicas ya son extremas: donde el famoso uno por ciento más rico posee más de un tercio de todas las riquezas, donde sus ingresos se triplicaron en los últimos 30 años mientras que los de la mitad más pobre de la población se estancaron. Un país que se gastó 800.000 millones de dólares en salvar a los bancos que casi lo hunden –llevándolo a una crisis por la que nueve millones de personas perdieron sus trabajos en un año”, escribí entonces y, con perdón, me voy a citar un poco más. Era, recordemos, el país gobernado por Obama:

“Hablan de un país donde más de seis millones de personas –el dos por ciento de su población– están presas o libres bajo palabra. (…) Un país que lanzó, sólo el año pasado, más de 26.000 bombas de gran poder en sus operaciones militares sobre Siria, Iraq, Afganistán, Libia y Yemen. Un país que mantiene fuera de su territorio un campo de concentración donde encierra a quien quiere cuando quiere cuanto quiere. Un país que tantas veces intervino en los asuntos internos de otros, muchas con extrema violencia.

(Un país que sostiene su poder con un millón y medio de soldados repartidos por el mundo, un país que gasta en ejércitos y armas más que la suma de los diez países que lo siguen.)

“Hablan de un país armado, donde la mitad de los hombres posee armas de fuego, donde unas 12.000 personas mueren baleadas cada año. Un país donde proliferaron los mass shootings –asesinatos masivos azarosos–, en los que un tirador mata al azar cuantos más mejor en una escuela, una iglesia, un bar, un mall: 150 desde el año 2000. Un país donde dos de cada tres apoyan la pena de muerte, donde 3.000 hombres y mujeres esperan ser ejecutados.

“Hablan de un país cuyos billetes dicen ‘En Dios confiamos’. Un país donde cuatro de cada diez adultos creen que un dios creó al hombre en su forma actual hace menos de diez mil años, como dice la Biblia.

“Hablan de un país que lleva décadas conducido por dinastías familiares –padre e hijos, esposo y esposa– que serían tema de farsas y vergüenzas si sucedieran en cualquier republiqueta sudaca. Un país donde los grandes poderes económicos contratan legalmente a intrigantes para que presionen a los legisladores para conseguir leyes que favorezcan sus negocios. Un país donde un multimillonario racista y misógino puede llegar a presidente por el voto de sus ciudadanos.

“Hablan de un país que también está lleno de gente fascinante, de grandes artistas y escritores, de universidades y bibliotecas, de innovaciones científicas y técnicas, de iniciativas generosas. Pero que no es el modelo de virtudes que ahora pintan.”

Trump lo hizo, decíamos, al asumir, y lo va a hacer de nuevo ahora que se irá. Mientras tanto, su país siguió siendo ese país durante sus cuatro años de poder, solo que con más bulla, más grosería, menos cinismo. No miren lo que digo, miren lo que hago, suelen decir los magos de la política. Y, más allá de bravatas y sandeces, lo que hizo Trump es más cháchara que hechos. O, por lo menos, en la práctica, su administración no fue tan diferente.  

Tomemos uno de sus temas más ruidosos, más cercanos: su política con los migrantes. Números, los famosos datos: la administración del liberal Obama, tan amable, tan solidaria, deportó, en sus ocho años, a 2.800.000 inmigrantes –la mayoría, hispanos. Trump llegó al poder rajando contra ellos, hablando de bad hombres y muros y patadas en el culo y, en sus tres años de gobierno, deportó a 750.000 migrantes. Va de nuevo: Obama consiguió un promedio de 350.000 al año; Trump apenas llegó a los 250.000, un 30 por ciento menos. Y se pueden encontrar datos semejantes en multitud de campos. Un solo ejemplo, concluyente: a diferencia de Obama, Bush y Clinton, Trump no inició ninguna guerra.

Pero también se puede, gracias a Dios, encontrar cantidad de escándalos y escandaletes y exabruptos brutos que mantienen bien alta su bandera. Trump está a punto de completar su trabajo: había limpiado el concepto anterior de su país; ahora está terminando de limpiar el posterior. Su administración será recordada por los biempensantes del mundo como una cima del horror, la sima de la decadencia americana y, de ahora en más, durante años, el gran mérito de América será no ser la América de Trump. Nos lo repetirán sin cesar los americanos buenos de los medios buenos y otros salvadores de ese país tan demócrata que ha gobernado el mundo a través de guerras y conspiraciones y matanzas.

Ahora, por suerte, viene un señor sensato y todos vamos a celebrar la vuelta de la razón y las buenas formas a la jefatura de Occidente. Vamo’ a ser felí, como diría Riquelme, porque el señor Biden habla razonable –mientras intenta recuperar el poder perdido.

Porque si algo le reprocha el establishment americano –y occidental– al pobre Trump, si por algo va a tener que irse, es que con sus fantochadas y desplantes y patriotismo Big Mac se aisló, abandonó en distintos campos la “posición de liderazgo” en el mundo que su país mantiene desde hace un siglo. Y que, so pretexto de hacer más grande a América la sacó de muchos espacios que le servían para eso y la achicó y dejó que la China creciera. Por eso, ahora, deben reponer a un clásico: en un país que usa el adjetivo unamerican -no americano- como descalificación, Joe Biden, exponente del genuino sabor americano, un empleado de la política desde 1970, tiene sobre todo el trabajo de recuperar esa “posición de liderazgo” que tan bien conocemos.

Nada le va a resultar más útil, para esa tarea ardua, que apoyarse en la necesidad de limpiar el “desastre de Trump”. Trump, como suelen los buenos, será tan útil muerto como vivo. Hay gente que sí sabe sacrificarse por su patria: Donald Trump, el auténtico héroe americano.

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En voz alta:

¿Cuánto vale un muerto de corona?

Foto: Omar Lucas

Martín Caparrós

Seguimos afirmando: es increíble pero seguimos afirmando. Si algo tendría que habernos vuelto definitivamente socráticos es la puta pandemia: “Solo sé que no sé nada” debería ser el grito unánime de millones y millones sorprendidos, corridos, aterrados por un bichito bobo. Y aceptar que vamos aprendiendo poco a poco solo para aprender, poco después, que lo que habíamos aprendido era un error, y después otro. Pero no: ni siquiera una pandemia consigue bajarnos del burro y todos sabemos advertimos juzgamos sobre todo a los gobiernos que tuvieron que enfrentarse, de la nada, con una situación que nadie imaginaba.

Creo que a esta altura ya no quedan dudas de que todo lo que los gobiernos hacen frente a la pandemia es ensayo y error –y que, como en todo proceso de ensayo y error, el error es bastante más que el ensayo. Se equivocan, lo intentan otra vez, se equivocan de nuevo, consiguen algo, consiguen menos que lo que querrían. Sucedió en todos lados, parejito, pero lo hacían gobiernos de tal o cual partido así que, tras los primeros días de perplejidad y tolerancia, cada país recuperó sus divisiones previas. En la Argentina, donde no hay nada más fácil que encontrar una trinchera, millones se lanzaron.

Era simple: como el gobierno es más o menos peronista, mayoría de peronistas apoyó sus medidas de restricción de movimientos, cierre de casi todo, el desierto económico. Como el gobierno es más o menos peronista, mayoría de antiperonistas decidió que sus medidas eran una privación de las libertades o incluso de la libertad y se atrincheraron detrás de la bandera de yo hago lo que se me canta y a mí nadie me manda.

Son opiniones. No sabemos nada a ciencia cierta –y la expresión “a ciencia cierta” ya es contradictoria. La única forma de medir la eficacia de esas medidas es comparar lo que pasó con lo que podría haber pasado sin ellas y es hipotésis pura: no da datos, no sirve.

Entonces se puede, si acaso, tratar de comparar los resultados de distintos países. Tampoco es fácil, porque algunos números son muy relativos. La cantidad de contagios es una aproximación estadística, que cambia tanto según cada lugar: un porcentaje variable de los contagiados no se detecta nunca porque no hay pruebas suficientes, porque sin síntomas no hay razón para hacérselas, porque no hay plata o voluntad. Pero hay un número innegable: los muertos no se inventan ni –en general– se disimulan. Son números que cantan, elocuentes.

Ayer uno de los diarios conservadores de la Argentina tituló sus cifras del día con un título que, como suelen, intentaba orientar la lectura: que la Argentina ya era el décimo país con más contagiados del mundo. Quería decir, una vez más, que la política oficial no estaba resultando –y, por supuesto, es una posibilidad.

Pero después lo mirabas y veías que tras esa cifra discutible había una cifra indiscutible: que, con un número de contagiados semejante, España, el siguiente en la tabla de contagios, había llegado a 29.094 muertos y que Argentina, en cambio, tenía 8.660: menos de un tercio. O, también: que Argentina tenía menos de 200 muertos por millón de personas allí donde España, Italia, Chile, México, Estados Unidos o Brasil rondan los 600. La misma proporción: un tercio.

Ese número significa algo. Todos los países tomaron medidas para evitar que una enfermedad brutal matara a más personas; al gobierno argentino, pese a su tradición, para sorpresa de tantos, le fue mucho mejor que a muchos otros. Las causas, por supuesto, se discuten: parece que el azar de haber llegado un poco más tarde a la epidemia permitió a sus autoridades cerrar la sociedad en una fase más temprana. Así, probablemente, pudo contener el avance del virus y evitar los atascos sanitarios que mataron, en otros sitios, a tantos miles de personas.

Fue una suerte y un –relativo– éxito, y su éxito relativo hizo que millones relativizaran la necesidad de seguir aplicando esas medidas. Al principio las habían apoyado porque temían por sus vidas. Después vieron que no se morían suficiente y empezaron a hartarse porque una pandemia es angustiosa y aburrida y un desastre para la economía. Entonces muchos se lanzaron a protestar y están hartos y quieren recuperar sus rutinas, trabajos, relaciones, sus dineros. Es lógico; todos queremos. La cuestión es qué queremos arriesgar a cambio.

Los argentinos, como suelen, se subieron a sus grandes caballos. Encabezan la marcha ecuestre unos señores educados que trabajan de pensar y esas cosas y primero publicaron que su gobierno era una “infectadura” y, ahora, que ejerce el “terrorismo sanitario”. Y tantos lo corean en la calle o los medios o ese refugio de la mezquindad contemporánea: «las redes».

Parece una caricatura de la argentinidad: no debatir cuestiones sino buscar el mejor eslogan agresivo, el cantito de cancha que suene más conchudo y salir a gritarlo. Que lo haga la Doce puede tener alguna gracia; que lo haga un grupo de dizque intelectuales es tristeza pura. Están hablando de una política destinada a salvar vidas que, más allá de sus muchos problemas, consiguió –parcialmente, siempre parcialmente– su objetivo.

No es una opinión, son esos números. España y Argentina tienen casi la misma población –alrededor de 45 millones– pero España es un país rico, la decimocuarta economía del mundo, con una sanidad pública casi universal. Y sin embargo, en cuanto a la pandemia, la diferencia entre España y Argentina es que en España –hasta ayer– murieron 29.094 personas y en Argentina 8.660. En Italia y Francia la cantidad de muertos es semejante a la de España. Es simple, y es una medida posible: en Argentina murieron veinte mil personas menos. Se salvaron veinte mil personas.

Pero hay muchos argentinos a los que eso no les parece bien. Extrañan su libertad, temen por la economía. Quizá veinte mil personas les parezcan pocas para tanto quilombo. Habría que ver por cuántos vale la pena complicarse la vida, por cuántos compensa joder la economía. ¿Cuánto vale un punto del PBI? ¿Mil, dos mil, tres mil vidas? ¿Cuántos estamos dispuestos a dejar morir para salvar la plata y los abrazos?

Yo solo espero, por el bien de la Patria, que la próxima pandemia no nos agarre sin esas tablas bien actualizadas: que haya un gobierno serio, digo, y publique los baremos. Eso sí que será republicano.

Los republicanos monárquicos y otras bestias raras

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Martín Caparrós

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Dicen, faltaba más, que son republicanos. Claro que son republicanos, insisten: desde siempre. Sucede mucho en estos días de monarcas fugitivos; aparece, en su púlpito o algún recoveco de la televisión o de la radio un ministro o alcalde o entenado del socialismo obrero y español y lo proclama: somos republicanos, nuestro partido es un partido republicano. O sea que proponen que no haya reyes. Pero enseguida dicen que creen que hay que defender la monarquía. Con amigos así, quién necesita enemigos.

Llevo días perplejo, trato de entenderlos: ¿qué significa definirse republicano y defender la monarquía? Uno –una persona, un partido, un parado, un repartidor de hielo a domicilio, incluso un político– podría pensar que es difícil conseguir el sistema que prefiere pero, para estar de acuerdo consigo mismo, no debería renunciar a intentarlo, a buscar las maneras. Son obviedades: si uno –incluso un político– está convencido de que algo es mejor debe tratar de conseguirlo. Uno debe argumentar –incluso actuar– a favor de las convicciones que proclama, no en contra. O, por lo menos, eso sostiene mi amigo Pero Grullo. Pero te dicen que ahora no es el momento –nunca lo es– y que no hay que complicar las cosas, que ya están bastante complicadas. Te dicen que no vale la pena, que para qué meterse en esos líos. Los defensores del reino hablan mucho de él para decirte que no hay que hablar de él: hablan para callarte.

El problema de ese planteo es que se basa en la idea de que no es necesario justificar lo que ya está porque lo justifica el hecho de que ya está. Que, por ejemplo, debe haber un rey porque lo dice la Constitución de 1978 y hay que respetar el orden jurídico existente. Si los políticos de 1977 hubieran usado el mismo argumento todavía nos regiríamos por las Leyes Fundamentales del Reino y su “democracia orgánica” franquista, por ejemplo. Cualquier idea de cambio, cualquier dialéctica tiembla ante ese silogismo nabo.

Se supone que cualquiera –incluso un gobernante– debe revisar con alguna frecuencia lo que hace, chequear si sigue estando bien. Entonces, para seguir defendiendo la existencia de un rey habría que definir la necesidad de un rey. ¿Para qué cuernos sirve un rey? ¿Y, en este caso, un rey en España? Podía servir, quizás, en 1978 para engrasar un mecanismo enmarañado, pero eso ya pasó hace tanto.

Y ahora se complica, porque todas sus explicaciones refieren a la supuesta incapacidad de los españoles para mantener un país funcionando sin esa figura de autoridad, sin ese padre que lo es porque fue hijo. Te dicen que un rey sirve para representar a España y para unirla; es duro que los representantes de los españoles crean que sus representados no son capaces de representarse su país sin pensar en el careto de un señor alto y balbuciente, o que sin él querrían desintegrarlo. Debe ser duro vivir creyendo que tu país es tan frágil, tus compatriotas tan primarios.

Si los supusieran mejores concluirían que un rey es, por lo menos, superfluo. Porque de verdad no se entiende su necesidad en una democracia. Se puede tener uno, claro, y vivir con eso. También se pueden tener hemorroides o expectativas incumplidas de un aumento o un vecino con música fuerte, y sigues adelante. Pero es curioso que millones de demócratas se crean que sin un rey su país no funcionaría. Y si, en cambio, creen que funcionaría sin el rey, ¿para qué tenerlo?

Te dicen que durante 40 años hubo un rey y que fueron 40 años buenos. Es cierto, y también es cierto que en esos 40 años hubo 25 por ciento de paro juvenil, y eso no es un gran argumento a favor del desempleo. Y te dicen que los países escandinavos, tan limpitos, tienen reyes; allí también hay más suicidios que en el resto del mundo y sin embargo nadie proclama que habría que suicidarse más a menudo. Y te dicen que es un buen representante comercial y que por suerte los jueces no pueden meterse en lo que hace cuando hace su trabajo. Mientras tanto, fuera de eso, no consiguen definir para qué sirve ese señor, ese cargo, esa carga.

Un rey –cualquier costumbre, cualquier institución– no debería existir solo porque algunos temen lo que pasaría si dejara de existir. La monarquía es, entre otras cosas, una institución carísima. Sus gastos son, como todo lo que tiene que ver con las coronas, pantano oscuro y reservado, pero solo los caballos de la Guardia Real cuestan al año lo mismo que 50 rastreadores de Covid, tan deseados en Madrid últimamente. Es verdad que desfilar montado en un rastreador no resulta tan cómodo y que esta es otra discusión falseada: nadie se pondría a debatir si le resulta caro o barato algo que no precisa, que no quiere usar.

La cuestión es otra: para los demócratas es una vergüenza no poder completar su democracia. Una monarquía constitucional es una democracia incompleta: una que se ejerce en todos los niveles salvo el más alto, ocupado de la forma más antidemocrática que la historia ha inventado: por el pobre privilegio de la cuna. Nunca entendí por qué todos estos dizque demócratas la apoyan; nunca entendí qué temen. ¿Qué fantasma los despierta por las noches? ¿El miedo a la democracia? ¿Qué pasaría si se eligiera cada cuatro años a alguien para ocupar la jefatura del Estado? ¿Qué se derrumbaría, qué dejaría de funcionar, qué se transformaría? Nada. Habría un presidente como hoy hay un jefe de gobierno, no habría un rey, y todo sería muy parecido.

La III República española será inocua, casi asintomática. La I y la II supusieron cambios radicales; ahora, que haya o no rey se notaría muy poco. Es una pena pero es cierto, porque el rey no define la política española. La definen, supuestamente, los votantes y, en los hechos, los políticos que los votantes eligen, los banqueros que nadie, las circunstancias globales. Pero no el rey: nada cambiaría si no hubiera un rey. Salvo en el plano simbólico.

El rey solo actúa como símbolo, es puro símbolo: sirve para simbolizar que hay que obedecer a alguien por cojones –o por sangre– y que hay cosas que no se discuten ni debaten, que son como son y que se sienten, coño. Y, sobre todo, simboliza que las cosas no cambian –y por eso lo defienden los políticos preocupados por los cambios. El rey, en última instancia, solo sirve para tranquilizar a unos cuantos pusilánimes, asustados, siempre asustados por lo que podría pasar si. El punto es que esos pusilánimes tienen el poder suficiente –por eso, en general, son pusilánimes– como para convencer a muchos de que su miedo es razonable, casi urgente.

Y, para más burla, muchos se dicen partidarios de algún cambio: entre ellos, que haya en España una república. Pero insisten y proclaman que están a favor de que el rey siga en su trono. Es curioso, realmente curioso, ver y escuchar a estos republicanos monárquicos. El pobre Borges se divertía con aquello de los oximorones -el fuego helado, la música callada-, pero en mi barrio los llamaban oportunistas o farsantes: el tipo que te decía que había que respetar a las mujeres, supongamos, porque yo también tengo una madre –y manoteaban todo lo que podían.

Gente, digo, que no tiene la valentía de estar convencida de sus convicciones. Yo creía que hasta ahí se podía llegar, que las contradicciones y las torpezas tan burdas no funcionan. Me equivocaba, una vez más. Frente a eso, el tema de la monarquía se vuelve secundario: incluso a aquellos a los que rey o no rey les da casi lo mismo debería preocuparles que los gobiernen unos señores y señoras que proclaman algo y hacen tan abiertamente lo contrario. Es el tipo de cosas que los políticos inteligentes tratan de disimular, por si las moscas. O por si las personas, quién sabe, que a veces también vuelan.

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P.D.: A menos que el señor rey fuera tan inteligente como para renunciar –y correr derechito hacia la historia. Eso le proponía yo hace unos años, todavía en el New York Times: “Su única opción para no ser una nota al pie, señor Sumajestad, un párrafo perdido, es abdicar. Imagínese el golpe: usted en la pantalla anunciando que quiere ser un ciudadano como todos, vivir como uno más, hacer las cosas por su propio esfuerzo, porque entendió que privilegios como el suyo, por puro mérito de cuna, ya no tienen ningún sentido en estos tiempos; que todos los españoles deben ser iguales y que eso lo incluye y que por eso declara caduca y caducada la institución que representa, y propone acabarla.

Imagínese, señor, la sorpresa, el respeto. La renuncia siempre tiene buena prensa: alguien que, sin presiones, por convicción y propia decisión, deja algo que tenía. Y su renuncia sería única: no habría sucedido nunca antes. Por una vez, el adjetivo más devaluado de nuestro léxico de adjetivos devaluados, el adjetivo ‘histórico’, estaría justificado. Usted se habría ganado, en buena ley, el lugar que precisa en los libros de historia y fundado algo distinto, algo que podría durar siglos. Usted, entonces, ya no sería un capítulo más: sería un nuevo comienzo. Quizá le parezca que no es para tanto: yo imagino que sí. En una sociedad donde nadie tenga privilegios por motivos tan bobos como su ascendencia, es más fácil postular que nadie debe tenerlos por su dinero o su poder: que si alguien engaña o roba debe ir preso, sea quien sea, tenga lo que tenga; que si alguien necesita comida o salud o educación debe obtenerlas, sea quien sea, sin diferencias de poder o dinero, y todos viviríamos mejor.”

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En voz alta:

La guerra del cerdo

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En 1969 Adolfo Bioy Casares publicó una rara novela titulada Diario de la guerra del cerdo, donde grupos de jóvenes se dedicaban a matar viejos por las calles. Ahora, por suerte, no pasa nada de eso.

Martín Caparrós

Fue muy rápido: hace cuatro meses era una novedad extrema, lo inesperado y nunca visto, y ahora la pandemia ya tiene su historia, sus etapas, sus infinitos recuerdos y sus recuerdos infinitos. Pocas veces la humanidad tuvo que aprender tan rápido conductas tan distintas; pocas veces, es cierto, tuvimos tanto miedo.

Ya hay, entonces, revisionistas de la peste, gente que la entendió en minutos y que ahora, cuatro mil horas después, va entendiendo que entendió tan poco. Al principio hubo incluso imbéciles que escribieron que una de las grandes novedades de la plaga era su carácter igualitario: que atacaba por igual a ricos y pobres, poderosos e impotentes –solo porque se cebó en alguna gente a la que habitualmente estas cosas no les suceden: Johnson, Bolsonaro, Nkurunziza y otros negadores seriales, homicidas por omisión y por acción. Los poetas manejaron, por un momento, la justicia –pero no duró.

Aquellos expertos instantáneos –abundantes, autoconvocados– explicaron incluso que la pandemia nos mostraba que no había salvación individual: “En este mundo plano hemos aprendido lo que ya sabíamos: que todos dependemos de todos los demás. Los momentos fuertes de la historia son aquellos en que el destino no es individual sino común. O, mejor: esos momentos en que no hay forma de negar que el destino no es individual sino común.”

Había un problema: que un destino sea común no impide que cada quien lo enfrente con sus recursos individuales. Eso es, precisamente, la desigualdad.

Y la desigualdad empezó a manifestarse con fuerza, con brutalidad en casi todos los aspectos de la pandemia. Está, para empezar, la desigualdad fundamental entre los que tuvieron buena atención médica y los que no. La desigualdad de saber que si te enfermás tenés que ir a tentar la suerte a un hospital colmado y mal provisto o tenés “derecho” a una atención cuidada y moderna porque lo estás pagando –lo cual te da incluso la opción de reclamar, porque el cliente, a diferencia del ciudadano, siempre tiene razón.

Y está la desigualdad entre los que pueden darse el triste lujo de encerrarse –no trabajar o trabajar encerrados– y los que no, los que no comen si no salen a la calle a buscarse esa comida. Es decir: los que se aburren y se inquietan y se asustan pero saben que todo está en armarse de paciencia, y los que saben que si esto sigue así ya no saben más nada.

Y está la desigualdad de tener que confinarse cuatro o cinco en un piso de sesenta metros o siete u ocho en un ranchito o cuantos sean en una casa con jardín. Y la desigualdad de estar moderna y abundantemente conectado e informado o tener que enterarse de alguna cosa cada tanto, y vaya usté a saber.

Y la desigualdad de poder comprar las mascarillas y alcoholes y remedios necesarios, o no poder comprarlos. Y la desigualdad entre los que tienen que trabajar en contacto con personas –sanitarios, cajeros de supermercado, policías, choferes– y los que no. Y entre los que pueden convertir su trabajo en teletrabajo y los que no. Y entre los que pueden desplazarse seguros en sus propios coches y los que tienen que amontonarse en un transporte público, y hay tantas más diferencias y desigualdades y cada una de ellas tiene dos facetas: la desigualdad social, entre personas de distinta clase en un mismo país, y la desigualdad nacional, en que todos los habitantes de un país tienen ventajas sobre otros.

La desigualdad, entonces, aparece en tantos campos. Es lógico: vivimos en sociedades básicamente desiguales y es lo suyo que, tras la primera sacudida, todo se haya reacomodado para mantener los privilegios. Es eso que decíamos hace nada: la distancia social no es la solución, es el problema.

Pero hay un espacio de desigualdad que no esperábamos y que está, en estos días, entre los más violentos: la edad.

En los últimos días, en los países que están saliendo de la primera fase –y cayendo a patadas en esta segunda que no imaginábamos tan rápida–, los que están ejerciendo su derecho a la desigualdad, pilar y base de la ideología individual, son los jóvenes. El discurso es, como siempre, simple: como a mí no me mata no tengo por qué quedarme encerrado, yo entiendo todo eso de la solidaridad y lo ejerzo todo lo que puedo, pero no es justo que yo me tenga que joder por eso, así que yo también voy a vivir mi vida.

Dicen, poco más o menos. Ellos no creen en el coronavirus: se ha dicho tanto que ataca sobre todo a los viejos, que se sienten inmunes. Lo propio de la juventud es creerse inmortal; en este caso, además, sobran datos y expertos en datos que les dicen que ellos de esto no se mueren. Así que las discos y las playas y las casas y los parques se llenan de muchachas y muchachos que intentan recuperar sus vidas y, para eso, se acercan, se tocan, se contagian. De ahí, muchas veces, el virus pasa a otros parientes, mata a alguien.

Esos muchachos y muchachas deben saberlo, en principio lo saben, pero no piensan que sea tan cierto y, sobre todo, no quieren joderse. Ejercen su desigualdad con alegría, son un buen ejemplo: muchas veces la violencia es un descuido, algo que se hace sin querer, el ejercicio de un derecho. Muchas veces la violencia es más que nada no pensar: elegir no pensar, no pensar en pensar. Es, al fin y al cabo, lo mismo que hace cualquiera de nosotros cuando dice y bué, yo me como el chuletón, si total eso no cambia nada. O yo me meto esa raya, que si no lo hago igual seguirá habiendo narcos.

Solo que, en este caso, la relación es tanto más directa: se nota demasiado. Es una de las –pocas– ventajas de ese tsunami en que vivimos. El virus, de puro bruto, echa abajo decorados y telones, muestra tanto de lo que no queremos ver. El virus te deja sin olfato ni gusto pero te abre los ojos.

Lo más fácil, entonces, es cerrarlos en un santiamén.

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En voz alta

Ocho arrobas de España


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Martín Caparrós

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Hay un rey: en España hay un rey, como había hace 500 años, y algunos dicen que está bien que lo haya porque lo había hace 500 años. En España, hace 500 años, quemaban a los judíos y a los dudosos, encerraban a las mujeres por adúlteras, vendían personas en el mercado de la esquina y al que decía que la Tierra giraba alrededor del Sol lo metían preso. Y había un rey, como ahora, y algunos dicen que está bien. Aunque ahora, por ahora, haya dos, porque a uno lo echaron y pusieron al otro para ver si podían salvar la ropa –y la monarquía y, quién sabe, alguna cuenta suiza.

Hasta hace cinco años había uno solo: se llamaba Juan Carlos Borbón Borbón y estaba ahí porque lo había nombrado un militar que mató mucho y mandó tantos años, hasta que se murió. El señor Francisco Franco tenía el mérito dudoso de habérselo ganado con la sangre de cientos de miles; al señor Borbón Borbón le alcanzó con la suya. En esos días los poderosos españoles hicieron trampas para que España volviera a ser un reino y algunos lo celebraron y otros lo aceptaron porque creían que no quedaba más remedio y después se alegraron de tener ese rey, tan guapo tan alto chulo chachi.

Pero ahora dicen ay, ese hombre no era lo que creíamos –como si algún hombre fuera alguna vez lo que los otros creen. Y dicen ay, nos engañó, por no decir nos engañamos: durante cuatro décadas la mayoría de mis compatriotas españoles dijeron que la monarquía les gustaba más o menos pero ese hombre sí, ese rey que tenían. No pensaban en ideas, pensaban en señores; ahora, de pronto, descubren que a ése le gustaban las escopetas y matar y la plata y las rubias y se sorprenden y se asustan. Y ni así vuelven a las ideas.

Ahora, la tormenta de bosta de elefante que se abate sobre la monarquía española tiene que ver con que el rey emético se dejaba regalar dineros y los callaba y escondía. Si esto sigue así, el hombre va a caer a la Capone: por los impuestos. Pero allí donde los impuestos fueron el sustituto, un truco del extraño sistema legal americano, aquí serán reales. Que el ex rey les cobre unos cientos de millones a unos jeques árabes por hacerles de intermediario podría incluso ser simpático para muchos –aunque él ya cobrara millones del Estado por un trabajo que, si era algo, era eso: vender la marca España y otros productos españoles en el mundo. En cualquier caso, los que le daban los millones eran esos príncipes odiosos, opresores de mujeres y sponsors de terroristas, así que a quién le importa. Pero que el emético los recibiera en negro y los guardase en cuentas secretas en paraísos fiscales es muy diferente: al hacerlo estafó al Estado español, que él supuestamente encabezaba, a su propio estado, a sus propios súbditos o casi ciudadanos. Les robó el dinero que legítimamente debía contribuir por sus actividades –ilegales, pero actividades al fin–, y ahí su evasión se vuelve un delito antipático: no es bueno que a esta altura los reyes le sigan robando a su pueblo, queda feo. A más de uno, por menos, le rebanaron el cerebro.

Por eso, probablemente, caiga pronto. Y todo el esfuerzo de sus partidarios está en hacerlo caer solo: one for the team, decían los ingleses, que se inmole para que su hijo pueda seguir currando. Para eso, sus cortesanos deben convencer a todos de que el problema es ese hombre mayor, un poco reblandecido, y que alcanza con deshacerse de él. Insistir en que el problema es la persona, ocho arrobas de carnaza y agua.

Es un caso extremo de honestismo. El honestismo se define como la convicción de que la corrupción de los gobernantes es el problema central de una sociedad injusta y desigual, y por lo tanto las soluciones no deben ser políticas sino policiales. Aquí pasa tres cuartos de lo mismo: el problema de la monarquía no sería la monarquía sino un rey que roba. Es un signo de los tiempos: como no somos capaces de discutir ideas discutimos personas, conductas personales. Y robar suele estar mal, eso sí que lo sabemos todos.

Así que nos explican que todo fue un lamentable accidente, un tropezón, para que no pensemos que lo que hizo el ex rey fue ser consecuente con la idea de rey: la idea de que hay un señor que es único, que las leyes que legislan a todos los demás no pueden juzgarlo y que, por lo tanto, puede hacer lo que se le da la gana. El ex rey hizo lo que los reyes hacen; la diferencia es que, en sus buenos tiempos, las leyes estaban hechas para que pudieran hacerlo y ahora están hechas para que no se sepa.

Quedó feo: mató elefantitos, evadió los impuestos, se llevó millones, se los dio a la rubia, mintió mucho. En lugar de unas cuantas pesetas, el Borbón Borbón podría haber intentado conseguirse un buen lugar en la historia, pero los reyes, en general, no son gente ambiciosa: ya lo tienen todo antes de empezar, así que se conforman con poco. Por esa modestia se volvió molesto. Justo antes de que terminara de estallar el escándalo, su hijo rey trató de desmarcarse: le sacó el sueldo y dijo que renunciaba a su herencia –que, por supuesto, todavía no existía porque el otro sigue empecinadamente vivo. Lo hizo –aunque el tema llevaba un año en su escritorio– un día después de la declaración de la pandemia, cuando todos estábamos encerrados y encogidos, muertos de miedo de morirnos y sin ganas de pensar en esas cosas.

El rey nuevo entregó a su padre para intentar salvarse. Para lo cual precisa que sigamos creyendo esa ficción que pretende que los reyes sirven como símbolos de la nación y su unidad. Son, por lo menos, símbolos polvorientos. A lo largo de la historia, los símbolos se hicieron cada vez más abstractos: hace mil años una región era su conde o su señor o su califa, en algún momento pasó a ser sus ciudadanos, su bandera, su himno, su cultura, símbolos cada vez menos materiales, más simbólicos. En España, por alguna razón, parece que se precisan ocho arrobas. Como símbolo es pobre y viejo y un poco pesado. Pero bueno, aceptémoslo y hablemos de símbolos.

Es fuerte decidir que el símbolo de tu país debe ser un señor que simboliza que el mérito más importante, el que lo habilita para ser ese símbolo, es ser hijo de su papá: que el puesto más importante es hereditario, que no se necesita hacer mérito alguno porque lo que importa es el semen y el vientre. Y es fuerte decidir que ese símbolo simbolice que hay alguna(s) persona(s) que no están obligadas a cumplir la ley que todos los demás debemos cumplir, que hay personas que no deben rendir cuentas de sus actos, que hay personas que seguirán ocupando sus puestos hagan lo que hagan, que hay personas, en síntesis, que pueden hacer lo que se les cante sin que nadie les pueda cantar, personas que están por encima de todos los demás. Es difícil pensar que eso es un símbolo de una sociedad democrática. Pero eso es lo que simboliza un rey, y me sorprende que mi (otro) país, España, un país moderno, peleón, tan decidido, haya querido simbolizarse así.

Eso es lo que valdría la pena discutir: por qué se necesita un símbolo y, si se necesita, para simbolizar qué. No parece que vaya a suceder. Los grandes partidos tienen demasiado miedo del debate –y de todo lo demás: los grandes partidos tienen demasiado miedo. Se tragaron la monarquía cuando tenían razones para tener miedo: el dictador todavía se revolvía en su tumba y aceptaron su chantaje póstumo. Pero Franco lleva muerto casi medio siglo: ya podrían atreverse a discutir. Digo: a habilitar la discusión, a permitir que los españoles debatan y voten si quieren o no quieren ser simbolizados por ocho arrobas de carne tan pagada de sí misma, tan bien alimentada, tan puro privilegio.

Y entonces si acaso proclamar, por fin, que la España real no necesita reyes.

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En voz alta:

La distancia social

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Fotos Dani Yako

Textos Martín Caparrós

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.Buenos Aires, un barrio rico, julio 2020: las autoridades protegen a los ciudadanos del peligro del virus obligándolos a quedarse en sus casas. Algunos -muchos, demasiados- no tienen casas. Las autoridades se quedan en sus casas.

El remedio es antiguo. Es el mismo que usaban en Florencia en 1350, por ejemplo: encerrarse, los que pueden, donde puedan, para aislarse de todos los demás.

Ese remedio crea una realidad suplente: hacemos todo esto -aceptamos todo esto- para que no pase lo que podría pasar. Debemos, para eso, imaginarlo. No es fácil: imaginar nunca fue fácil, y nos hartamos rápido y preferimos revolear. Total, no pasa nada -porque hacemos todo esto, claro.

Tenemos elección: pese a todo, tenemos elección. Pero hay personas que no pueden encerrarse, no consiguen aislarse porque ya las aislamos tanto que las dejamos sin posibilidades: para ellas, aislarse no es una opción sino su estado permanente. Un estado gaseoso, Estado inútil.

Algunos llevan meses o años durmiendo en una calle porque no tienen casa. Otros lo hacen ahora porque van al centro a buscarse la vida –a mendigar, a cartonear, a cazar la moneda– que no consiguen encontrar en sus suburbios, y no tienen transporte para volver. Solo los esenciales pueden subirse a un colectivo. Ellos, se lo hemos dicho tanto, no lo son.

Sin casas, sin caras: su cara, como el resto, está escondido. Recuerdo tiempos en que gritábamos todos a la calle. Deseos tengas –maldecían los gitanos– y se cumplan.

Ayer hubo en la ciudad mil nuevos contagiados. Si alguno de estos hombres y mujeres se contagian probablemente no entren en las listas. No tienen seguro, pocas veces pueden llegar a un hospital, no siempre se creen con derechos, casi siempre se los negamos. Están aquí, pero aquí es otro sitio.

La distancia social no es la solución; es el problema.

No están en venta: nadie los compraría.

Pero seguimos comprando fruta vieja: siempre, en cada catástrofe, habrá algún hijo de puta para decir que toda crisis es una oportunidad y más clichés new age. Suelen ser tan tristes como éste: la crisis del comercio –el cierre del comercio– por la peste es la oportunidad para que algunos que no tienen dónde vivir, dónde ser lo que deben, se refugien unas cuantas noches. Toda crisis, ya sabemos, etcétera etcétera, y menos mal y mal de muchos y no hay mal que por bien y todas esas cosas. Dicen que hablar no cuesta nada.

A veces.

Ahora, dicen, contagia.

Y se podría suponer incluso cierta equivalencia: los trapos que tapan al sincasa, los papeles que tapan la vidriera. Es el mejor de los cuentos que nos venden: que la pandemia golpea a todos por igual, que nos iguala. No es ni siquiera un cuento chino.

La distancia social es el problema.

Con virus o sin virus, el problema.

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La pandemia está, se ve, en la calle.

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En voz alta

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