un cuarto –medio medio– propio

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Creer y reventar

Martín Caparrós

Las olas de la peste no se rinden: cuando parece que aparece la calma, el tsunami repica y se replica, olas y más olas. En España, al menos, es la quinta; en otros sitios la tercera, la sexta, la décimosegunda. Cada una es la evidencia de otro error: que creímos que ya estábamos saliendo y caímos en conductas que nos llevaron a volver a entrar. A veces porque nuestros líderes –¿nuestros líderes?– nos convencieron; otras, porque no nos convencieron. Los resultados suelen ser los mismos.

Así que, ola tras ola, la peste sigue haciendo lo que mejor sabe: desvelar, mostrar. Esta vez –como todas– no termino de entender qué muestra: ¿será, de nuevo, la poderosa estupidez humana? ¿O alguna otra cosa que, estúpido de mí, no logro precisar?

La ola actual viene anunciada hace ya mucho: contragolpe de los países pobres. En ellos, miles de millones no consiguen vacunarse; eso permite que el bicho se reproduzca, crezca, mute, encuentre formas de volver a atacar a los ricos que sí. Si alguien quiere entender la geopolítica y la economía mundiales le alcanza con mirar la distribución y aplicación de las vacunas. Quiénes fabrican, quiénes compran, quiénes regalan, quiénes mendigan, quiénes no las alcanzan: si la peste, desde el principio, sirvió para hacer visible lo que no queríamos mirar, sus medicinas lo vuelven casi obsceno.

Está claro: en Europa y Estados Unidos la mitad de la población tiene dos dosis; en la Argentina es el 13%, en India el 6, en todo África menos del 2%. Cada vez se nota más que los países pobres dependen de lo que los países ricos quieran hacer con ellos. Y cada vez se nota más la estupidez de esos gobiernos y demás poderosos que creyeron que se podían salvar solos –aunque lo nieguen en algún discurso. Se reunieron –G20 y otros clubes– y declararon que era necesaria la vacunación en todo el mundo pero ellos –dueños de las vacunas, las patentes, las fábricas– solo darán este año a los más pobres 900 millones de dosis de los 3.000 millones que les sobran. Y el mundo necesitaría 11.000 millones –que, en el esquema actual, es imposible fabricar– para llegar a la inmunidad de grupo y detener las mutaciones y parar la pandemia.

Mientras tanto esos países con pleno acceso a las medicinas necesarias se esfuerzan por enfermarse a su manera: olas y más olas. En España, por ejemplo, la quinta ola parece lógica, con perdón: los jóvenes, que se habían convencido –los habían convencido– de que no se contagiaban y que, por eso, todavía no fueron vacunados, son los que van cayendo. Mueren poco pero se infectan –y difunden el virus. En medio de tanta incertidumbre producen certezas: solo el 5,5% de los 30.000 contagiados diarios de estos días tiene las dos dosis. O sea: el 83% de los contagiados no está vacunado, el 11,5% tiene una sola dosis; se infectan los que no se pincharon. Esta quinta ola española es como un himno a la vacuna, una especie de monumento a ese gran esfuerzo científico que la estupidez de los políticos y los empresarios no consigue terminar de arruinar –aunque lo intenten: denodados lo intentan.

Es así. Solemos suponer que el mundo está dirigido por unos cuantos tontos –políticos, empresarios, poderosos varios–, que solo saben pensar –bastante mal– en beneficios inmediatos. Lo brutal de estos días es comprobar que la estupidez de esos dirigentes es el fiel reflejo de la estupidez de muchos de sus dirigidos.

Basten unos ejemplos. En Francia, faro –ya casi apagado– de la cultura universal, una de cada cuatro personas no quiso vacunarse, igual que en Alemania, potencia regional, cuna de muchos coches y unos pocos filósofos. En Estados Unidos, rompehielos del mundo occidental, parangón del progreso, son casi un tercio: uno de cada tres adultos le saca el hombro a la jeringa. Y en Rusia, la otra gran potencia que fracasó, son casi la mitad.

Es bastante impresionante: millones y millones de ciudadanos de los países más desarrollados, más educados, más “exitosos” de este mundo se entregan a la enfermedad porque desconfían de sus gobiernos, de la ciencia, de todas esas cosas. En Estados Unidos, donde todo se mide, la cifra se parece a otra del mismo tenor bobo: esa encuesta de Gallup que muestra que, en 2017, 38% de los norteamericanos creía que el hombre fue creado por “Dios hace menos de 10.000 años” –y que si les cuentan otra cosa es porque quieren engañarlos.

Son millones que creen, creen y se joden. Porque la realidad siempre encuentra maneras de vengarse de los grandes relatos miserables: mata a los que los tragan. Los antivacuna caen como moscas y recuerdan a los mártires cristianos, aquellos señores y señoras que iban cantando a que se los comieran los leones porque estaban convencidos de que era la mejor vía para mudarse al reino de los cielos–o algún otro de esos barrios cerrados.

Pero aquellos, amables, se hacían matar solos; ahora, en cambio, estos que ejercen su libertad de inmolarse ponen en riesgo a millones que se contagiarán porque, gracias a ellos, los virus siguen circulando. Entonces, ¿debe un estado obligarlos a vacunarse por el bien común? ¿Importa más la suerte general que ciertas ideas individuales? ¿Es peligroso legitimar imposiciones que podrían desbocarse? ¿Es mejor correr ese riesgo o tolerar que tantos más se mueran?

Por ahora, distintos estados intentan distintas formas suaves: en Estados Unidos hay incentivos tipo lotería –si te vacunás te dan un número–; en Francia o Italia se exigen certificados de vacuna para entrar en los bares. Pero esas medidas no funcionan, las olas vuelven, y millones de personas se perjudican por la estupidez de otros millones. Es un modelo a escala –crudo, brutal– de la democracia de delegación; es, otra vez, la peste retratando nuestras vidas.

Y al mismo tiempo el rechazo de las vacunas muestra con qué fervor millones de ciudadanos de los países más potentes –y educados– del mundo no creen lo que les dicen sus gobernantes, sus científicos, sus supuestos líderes. O, incluso: que creen que les dicen lo que les dicen para joderlos –hasta el punto de que, por esa desconfianza, se joden y se mueren. Es algo que esos líderes deberían anotar, más allá de pestes y vacunas, si quieren seguir siéndolo; es algo que todos los que pretenden cambiar algo en nuestras sociedades también deberían considerar. Hay multitudes que no creen en –casi– nada, que desconfían de todo, que se ponen en peligro porque temen. Si eso no es una crisis absoluta, que alguien me explique cómo es una. Y toda crisis, dicen, es una oportunidad. La cosa, como siempre, es para quién.

Dictadura es una palabra grave

Martín Caparrós

Parece como si lo hicieran a propósito para reafirmar el valor de sus palabras: como si, de tanto en tanto, a través de sus canales secretos habituales, líderes se pusieran de acuerdo y se dijeran eh, lagente ya no cree que las palabras importen –que nuestras palabras importen–, vamos a recordarles que sí. Lo hacen, deben creerse que les sirve.

Una familia gobernó Cuba durante 62 años sin interrupción. De esos 62, en 52 un hombre tuvo todo el poder –no se conocen casos semejantes en Ñamérica desde, quién sabe, algún monarca inca–; en los diez siguientes fue su hermano menor y, ahora, el señor que ellos designaron. En Cuba no hubo, en todas estas décadas, ninguna libertad de prensa o de expresión, no mucha libertad de movimientos, muy poca libertad de reunión o elección o pensamiento –pero lo que discuten los líderes es esa palabra.

Lo mismo me había sorprendido años atrás en Venezuela: intelectuales y políticos debatiendo si correspondía o no llamar dictadura a su gobierno. Opositores y escritores conocidos, personas que habían abandonado su país porque no podían vivir en él, seguían resistiéndose a usarla. Por alguna razón, decir que su país sufría una dictadura les resultaba un paso de gigantes: como si creyeran –o simularan creer– que decirlo iba a cambiar algo. Yo no terminaba de entenderlo; ahora lo mismo está pasando, en todo el mundo, con la República de Cuba.

(Hay palabras que dicen mucho más que lo que dicen. Dictadura, sin ir más lejos, ha tenido muchos avatares a lo largo de la historia. La definición de la Real Academia es inesperadamente precisa, ideologizada: “Régimen político que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o en un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades individuales”. ¿Cuáles son esas libertades individuales? ¿Los derechos humanos incluyen, como en su Declaración de 1948, el derecho a comer y a curarse?).

Casi todos sabemos que, más allá del nombre que le demos, no querríamos vivir –no aceptaríamos vivir– como se vive en Cuba. Que lo llamemos –o no– una dictadura no lo cambia. Y es curioso que sea “la izquierda” la que más se resista a darle ese nombre: Cuba es el ejemplo más brutal de sus fracasos en el siglo XX –desbordando brevemente sobre el XXI. Si yo –en lugar de ser de izquierda– fuera de “la izquierda”, haría todo tipo de esfuerzos para disimular que Cuba pertenece al grupo. No sería difícil: argumentaría que lo primero que define a un gobierno de izquierda es su confianza en la justa distribución del poder, y que un país donde ese poder estuvo y está tan brutalmente concentrado es justo lo contrario de esa idea. Que cualquier autocracia –el gobierno de uno o dos– es de derecha: es la definición misma de “derecha”.

Insisto: Cuba es un país donde todo está estrepitosamente controlado, donde los “revolucionarios” tuvieron el poder sin fisuras durante más de medio siglo y no consiguieron que todos sus habitantes se alimenten o se alojen o se vistan o se iluminen como necesitan y, en cambio, construyeron una sociedad dividida en clases patéticas: en Cuba los que comen más son los que viven de los dólares que les mandan sus parientes que eligieron irse. Un quince, veinte por ciento de los cubanos que vive mucho mejor que los demás: tras 60 años de declamar la igualdad, el fracaso es brutal.

Pero “la izquierda” se dedica a discutir si eso eso o no es una dictadura. Es el nominalismo en su máxima expresión: no les importa cómo es, les importa cómo lo llamemos. Es cierto que dictadura es una palabra grave, pero decirla no debería ser tan grave.  Es cierto que la calificación de dictadura puede importar para actuar en ciertos foros internacionales, mayormente inútiles, que podrían sancionar a una dictadura de una manera en que no lo harían si no lo fuera: es el poder de las palabras en el sistema leguleyo.

Pero más cierto aún es que el mundo está lleno de líderes que se creen que les creemos lo que dicen. Lo llaman el Relato, y ya va siendo hora de que se den cuenta de que nadie les hace mucho caso. Que si algunos los apoyan o toleran no es por eso: es, a menudo, a pesar de eso y, la mayoría de las veces, por razones que no tienen nada que ver con lo que dicen: un subsidio, una mejora tal o cual, una vacuna a tiempo. En algún momento, quizá, también empecemos a llamar a eso dictadura: el uso de los recursos del Estado para mantenerse en el poder. Por ahora la palabra asusta; la realidad, mientras tanto, sigue ahí.

Caras y más caras

Martín Caparrós

Caras y más caras, caen las máscaras.

Ya llega. En las calles de la ciudad donde vivo, del país donde vivo, este sábado la máscara ya no será obligada, no será: nos veremos las caras –y me alegra y me asusta.

Nos habíamos acostumbrado a las máscaras –que algunos, por quitarles peso, llamaron mascarillas, otros barbijos y otros, brutalmente, cubre o tapa bocas. Las máscaras nos metieron en una película de cuarta, mezcla de distopía de bajo presupuesto y policial manido. Vivimos en una película de cuarta: la cara enmascarada se volvió cotidiana y, poco a poco, pasó de amenaza a cortesía; cada tanto volvió a ser amenaza. La máscara fue, como casi todo, puro egoísmo vestido de generosidad: podíamos decirnos que la usábamos para preservar al prójimo de nuestras impurezas –pero la usábamos porque temíamos las del prójimo, todos los prójimos, la humanidad vuelta enemiga.

La peste nos enseñó que todos somos peligrosos para todos, que el hombre es el hombre del hombre, que el infierno son los otros y, al mismo tiempo, que nadie se puede salvar solo: que solo todos los hombres pueden salvar a cada hombre. Que mientras quede un contagiado nadie está seguro, pero hay millones que se creen que sí –y probablemente terminemos pagándolo. La peste nos arrasó las vidas: les sacó a algunos mucho, a muchos algo y a todos las caras.

Y nos acostumbramos, descubrimos: hay algo mágico en no vérnoslas. La cara, terminamos de aprender en estos meses, es la persona. Sin caras no sabemos quiénes somos, quiénes son; sin caras somos casi impunes. Sin caras no nos vemos: nos intuimos, nos suponemos, nos buscamos en lo poco que hay. Surge el secreto y sus derivaciones, la amenaza, la labia de quien calla. Ya lo saben los machistas musulmanes, que quieren dominar a sus mujeres, y sus mujeres, que saben dominarlos: ellos las obligan a esconder y ellas al no mostrar sugieren, convierten sus pelos encubiertos en una forma del misterio, los burlan, los enredan. Durante más de un año, nuestras caras fueron tan esquivas como el pelo de las mujeres musulmanas, escondidas detrás de la máscara –y quizás algún día lo recordemos con nostalgia.

Recuerdo ahora un ejercicio que les pedía a mis alumnos de radio en la facultad de Comunicación en Buenos Aires, 1988: que contaran una historia sin palabras, solo con sonidos. Las máscaras fueron, a su manera, eso: contar sin lo más evidente, ver todo salvo lo que siempre. Mirar por la calle personas y no saber qué había en su faz y, por lo tanto, cambiar la interfaz; quedarse sin sonrisas fue tanto peor que sin abrazos: aprendimos a sonreír sin bocas. Sonreír con los ojos es sonreír en serio, más allá de la mueca: durante todos estos meses pudimos, supimos, nos esforzamos y lo conseguimos. O no, según las veces.

Y fue atractivo mientras duró y fue espantoso mientras duró: la máscara es, como casi todo, insoportable. Es duro portar su cruz, su culpa, su pasado; es un coñazo portar siempre una máscara. No es difícil: es solo insoportable. Y como es insoportable nos pasamos más de un año soportándolo y ahora vamos a empezar a terminar de soportarlo. Mostrar la cara solía ser muy banal y es, ahora, una victoria: la libertad será mostrarla.

Porque la peste nos mostró tantas cosas que no queríamos ver –y ocultó las que sí. Las caras se habían vuelto pura aspiración: producto de interiores o, más aún, de la pantalla. Por la peste, fueron un bien raro: veíamos muy pocas, debíamos prestarle a cada una la atención debida. Pero eso –por ahora– se acabó: las calles se llenarán de ellas, volveremos a un mundo de abundancia. Vuelve la sociedad del despilfarro: cada vereda o acera o calzada va a ser, de nuevo, remolino de caras y, poco a poco, nada de eso importará y habremos olvidado.

Y, una vez más, tener lo que deseábamos será no tener nada.

La vergüenza nica

Martín Caparrós

Me da mucha pena –y un poco de vergüenza– que el gobierno argentino haya decidido no condenar en la OEA la represión del gobierno de Nicaragua. No sé qué razones puedan tener; sé que arguyen que “no deben intervenir en los asuntos internos de otros países”. Es la falacia más básica porque esos organismos internacionales existen para eso: para intervenir levemente con el fin de garantizar que sus miembros respeten ciertas reglas.

En Nicaragua no se respetan reglas que definimos básicas de las democracias: el derecho a la información, el derecho a la libertad, el derecho a la vida. Y, como dice el otro, a mí no me lo contaron, yo lo ví. Y lo conté: por la tristeza que me da esta vergüenza argentina quiero volver a publicar aquí mi larga crónica de los asesinatos que el estado nica cometió hace tres años en las calles de su país –y que abrieron esta etapa de distintas represiones.

Se publicó, entonces, en el New York Times y la trabajé con varios amigos periodistas de Confidencial, el medio que dirige Carlos Fernando Chamorro –que después fue allanado y confiscado sin más crimen que no gustarle a los Ortega. Se llamó, entonces, El misterio de las revoluciones, porque parecía que una estaba en marcha. El presidente Ortega, sin embargo, sabe demasiado sobre eso como para no reprimirla a sangre y fuego –y eso hizo, y eso sigue haciendo.

“Esto hace un mes no se podía ni siquiera imaginar”, dicen, repiten. Lo escuché tantas veces estos días, en Managua: que nadie –nadie es nadie– lo había imaginado, que fue una gran sorpresa, que dura todavía. Que quién sabe lo que va a pasar.

¿Cómo empieza una revolución?

¿Por qué empieza una revolución?

Nicaragua estaba hundida en un sopor de años. La gobernaba con mano de hierro y de banderas y de dólares una de las parejas más coloridas del continente verde loro: el comandante Daniel Ortega Saavedra, 72, y su esposa y vicepresidenta y poetisa Rosario Murillo Zambrana, 66. Ortega ya gobernó Nicaragua once años entre 1979 y 1990 y otros once desde 2007, y no quiere dejarlo. Como otros jefes latinoamericanos recientes, se entregó a la tentación de sí mismo; para cumplirla, armó una constitución que le garantizaba la reelección eterna. Y nadie parecía en condiciones de impedirlo.

Su base era sólida: le había dado a la Iglesia católica un lugar de peso y las leyes más duras del mundo contra el aborto; les había dado a los empresarios más ricos las garantías y las facilidades y más y más negocios; le había dado satisfacción al Fondo Monetario. Durante una década su país había crecido al cuatro por ciento anual –hasta que la caída de Venezuela resquebrajó el espejo. Aún así el comandante mantenía el apoyo de un buen tercio de la población, la tolerancia de otro, la obediencia de los trabajadores del Estado, el sostén activo del ejército, el control férreo de la policía y los parapoliciales, el hastío indolente de los jóvenes. La política de palo y zanahoria funcionaba, pero empezó a escasear la zanahoria. A mediados de marzo, apurado por problemas de caja, el comandante Ortega decidió anunciar un recorte de las jubilaciones y un aumento de las cotizaciones al Instituto Nacional de la Seguridad Social.

Sus aliados empresarios se sorprendieron: normalmente, el comandante consensuaba esas políticas con ellos, y esta vez no lo hizo. Era un tropiezo, nada grave. Tampoco lo serían las dos o tres pequeñas marchas con que unos pocos viejitos intentarían rezongar. Pero en la de León, la segunda ciudad del país, el 18 de abril, unos muchachos sandinistas atacaron a los viejos. Las imágenes inundaron las redes sociales. Esa tarde, estudiantes decidieron protestar. Eran tan pocos que se citaron casi clandestinos en un paseo de compras de la periferia de Managua, Camino de Oriente, con la esperanza de que allí no llegaría la turba.

Llegó. El gobierno de Daniel Ortega siempre se tomó en serio aquello de que el estado debe tener el monopolio de la violencia. Para eso cuenta, por supuesto, con una policía y un ejército, pero también con esos grupos de matones que los nicaragüenses llaman “la turba” o “los motorizados”. Suelen llegar en moto, suelen estar empleados en alguna dependencia pública, suelen intervenir cuando hay que defender la causa popular con cachiporras o, si acaso, plomo. Esa tarde, en aquel mall, unos pocos empezaron a repartir palazos, a robar periodistas, a quebrar cabezas –bajo la atenta mirada de la policía. Era el remedio habitual para los pocos revoltosos: los ponías en su lugar y se calmaban. Pero esa noche miles los vieron por televisión, miles por las redes, y sintieron que ya era suficiente. Al otro día, miles y miles salieron a la calle.

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#1. Darwin Urbina era un trabajador y era coqueto: tenía un corte de pelo complejo, una barbita, cierto cuidado con la ropa, su sonrisa confiada; le iba bien con las chicas, se gustaba. Esa tarde, 19 de abril, volvía de su trabajo en un supermercado cuando vio que unos muchachos de la Universidad Politécnica estaban armando barricadas porque la policía y los motorizados los corrían. Darwin reconoció a algunos –años antes había vendido tamales en los claustros– y decidió ayudarlos: hacía años que en Managua no pasaba nada semejante. Los muchachos estaban excitados: rompían tabúes, prohibiciones, abrían –quizás– algún camino. La policía se acercó, amenazadora; ellos cantaron el himno nacional. Se oyeron los disparos; Darwin cayó con el cuello partido. Cuando su hermana Grethel por fin lo encontró en la morgue judicial, el forense le dijo que su muerte había sido instantánea, que no había sufrido. Y un policía de civil le sugirió que dijera que la bala vino de los estudiantes, pero ella se negó porque sabía que no estaban armados. Así que las autoridades lo dijeron, y también dijeron que Darwin era un vago, un ladrón: en esas horas, todavía, era una muerte sola, aislada, y era más fácil decir cosas. El gobierno confiaba: siempre supieron que si algunos se pasaban de la raya había que amedrentarlos, y si los palos no bastaban alcanzaría con matarles un par para que se calmaran. Pero esta vez algo falló: lo que siempre había funcionado les falló. Esa noche hubo dos muertes más y al otro día en lugar de la calma fue el desmadre: la calle estaba llena de batallas. El débil ya no quería seguir siéndolo; el fuerte ya no supo qué hacer. Rosario Murillo, la esposa y vicepresidenta, salió a decir que los culpables “parecen vampiros reclamando sangre. (…) Son esos grupos minúsculos, esas almas pequeñas, tóxicas, llenas de odio. (…) Son esos seres mezquinos, seres mediocres, seres pequeños, esos seres llenos de odio que todavía tienen la desfachatez de inventarse muertos. Fabricar muertos, cometer fraudes jugando con la vida es un pecado”. Si quería asustarlos no lo pudo hacer peor: sus injurias avivaron el fuego, terminaron de convencer a los dudosos. Con esas muertes, con esas palabras, Nicaragua empezaba a ser distinta.

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Si alguien supiera cómo empiezan las revoluciones sabría casi todo. Una revolución es un cambio radical en la situación previa: llega cuando todo lo que dábamos por cierto deja de serlo de repente. Cuando los jóvenes indolentes se deciden a jugarse la vida, cuando los empresarios satisfechos se pelean con su jefe, cuando los curas dejan la sumisión y encuentran su misión, cuando el hombre fuerte se hace débil y ya nadie le teme.

–A ese ya lo aguantamos demasiado tiempo. No, yo tampoco sé por qué. No sé por qué lo aguantamos ni por qué dejamos de aguantarlo.

Me dice Suri, sus 25 años, estudiante, ocupante de la Universidad Politécnica de Nicaragua, Upoli. Estamos en un pasillo del tercer piso de un edificio moderno, sus vidrios, sus baldosas, sentados en el suelo; un gran cartel institucional dice que la Upoli “educa a sus estudiantes para servir de acuerdo al modelo de Jesucristo; para ser líderes con espíritu emprendedor, creativo, investigativo y altamente competitivos en el contexto mundial”.

–Pero qué bueno que ahora hemos vuelto a ser nosotros, ¿no?

Nadie sabe por qué suceden esas cosas, por qué el vuelco. Sólo podemos constatarlo después, cuando es un hecho. Es fácil, ahora, decir que fueron esas muertes: que los nicaragüenses no soportaron esas muertes. Es difícil saber por qué un gobierno que supo como ninguno mantenerlos tranquilos, satisfechos, temerosos, de pronto perdió pie, trastabilló.

–Yo decidí venir acá porque no soporté que nos siguieran matando a los nuestros, pensé que tenía que hacer algo.

Dice Suri; lo pensaron tantos. El 20 de abril ya se sabían diez muertes bajo las balas policiales y parapoliciales. Varias universidades estaban tomadas, el país perplejo, miles de hombres y mujeres en las calles de todas sus ciudades. Ya no sólo protestaban contra el gobierno de Ortega; pedían, también, justicia por los muertos.

–Lo vamos a sacar. No sabemos cómo pero lo vamos a sacar, porque queremos ser libres, queremos a nuestra Nicaragua libre, que brille nuestra bandera azul y blanca.

Suri prefiere no decirme su nombre; sí me dice que ha trabajado en muchas cosas pero que ahora está desempleada y estudia mercadotecnia en el nocturno. Tiene un bebé de quince meses; sus padres la ayudan a criarlo. Ya lleva un mes de toma; solo puede ir a su casa algunas noches. Suri es flaquita, cara redonda, dulce, casi triste: el pelo negro que le cae en los ojos, la mirada de quien ha visto demasiado.

–Vos no sabés cuánto lo extraño.

Me dice: como en todas las zonas remotas del imperio, aquí también los españoles se trataban de vos. Suri tiene un cometido:

–Mi trabajo aquí es asegurar suministro alimenticio, me encargo de que esté preparada la comida para todos los que andan luchando, estamos hablando de más de 600 comidas tres veces al día.

Dos metros más allá hay un cartel pintado a mano: “Que tengan miedo ellos, porque nosotros ya no lo tenemos”. No siempre es cierto; Suri tiene, pero igual está acá:

–No, yo no tengo la capacidad para andar en las trincheras, lanzando morteros. Primero que todo porque tengo un bebé. Yo los ayudo desde acá, pero ir afuera y que se venga la policía… creo que ahí nomás me desmayo. No todas somos iguales, hay algunas que sí son guerrilleras pero yo…

No todas son iguales; Dolly, después, me dirá que se fue de la Upoli porque no quería participar de “una toma de machos”: 

–Quienes están al frente de las trincheras son los chavalos, y eso tiene que ver con nuestra cultura. Hubo un momento en que ellos, cuando empezaron a tener estos liderazgos bien machos, a mí me mandaron a la cocina, y entonces yo los mandé a comer mierda.

Dice, cuando le pregunto por qué será que todas las víctimas de la represión sandinista son hombres. La Upoli es la universidad más combativa: en su toma participan también muchachos de los barrios difíciles de los alrededores. Alrededor del edificio central hay un gran parque, una puerta muy bien custodiada, muchachos que se pasean con morteros; más allá las calles están cortadas con barricadas de adoquines –“las trincheras”–; los que las cuidan vienen aquí a comer, descansar, curarse si les toca. Aquí hay muchachos embozados con pañuelos que caminan como si el suelo fuera su enemigo; hay grupitos que charlan en susurros, hay miradas. Hay una sala donde fabrican las bombas para los morteros: las cuatro onzas, las media libra, que explotan y hacen más ruido que daño pero te sobresaltan. Y hay, en tres aulas de la planta baja, un hospital de campaña improvisado que atendió, en estas cinco semanas, a más de 120 heridos –y sufrió varios muertos. Lo montaron porque en los hospitales públicos no los atienden o los detienen.

–Aquí no solo habemos estudiantes, aquí está la población apoyándolos. 

Me dice un hombre que no me va a decir su nombre, treinta y tantos años, el cuerpo ancho, un tatuaje de Guevara sobre un hombro, barba de varios días, una herida de bala en una pierna. Está tirado en un catre de fortuna, dos bancos que sostienen una colchoneta, su botella de suero, sus vendajes.

–Yo soy conductor de camiones pero también quise ayudar a la causa. Cuando hubo el primer fallecido fui a dejar víveres con un grupo de mi barrio, pero vimos lo que pasaba y decidimos quedarnos con ellos. Estoy desde el principio, manejo como a 35 muchachos, pero ya no puedo volver a mi casa porque me tienen fichado…

–¿Y cuándo vas a poder volver?

–No, yo ya no puedo. Si esto no se aclara, si el dictador no se va, yo ya no voy a poder volver.

–¿Y te parece que se va aclarar tan rápido?

–Bueno, todos tenemos la confianza de que no haya que llegar a una guerra civil. Pero si nos va a tocar…

Dice, recostado en catre, la sonrisa ancha. Le pregunto por qué tiene a Guevara en el hombro.

–Porque es un revolucionario, una persona que anduvo en varios países ayudando las revoluciones.

–¿ Y vos te considerás un revolucionario?

–Hacia mi patria, sí. Yo quiero una nación donde todos seamos iguales, que tengamos los mismos derechos, con libertad, que todos podamos hablar sin ser reprimidos. Esto es una dictadura y tenemos que liberarnos de ella.

Dice el hombre que yace. Suri, más tarde, me dirá que se desespera cuando ve llegar a los heridos, que ojalá se acabara; yo le pregunto cómo cree que se terminará.

–No sé, si nosotros queremos salir de aquí necesitamos protección. Si no la tenemos nos van a empezar a cazar y vamos a ir desapareciendo uno a uno… Y entonces esta lucha va a ser en vano, las muertes de los que murieron van a ser en vano y todo quedará como si nada.

–¿Y te parece que eso es lo que va a pasar?

–Yo espero que no, que podamos echarlo. No queremos a este señor en el poder, no puede seguir ahí, es un genocida. Ayer llegó un muchacho que una camioneta de la turba lo atropelló y lo destrozó, yo tuve que prepararlo. Y después vino el papá de ese muchacho y ver el rostro de ese señor me partió el alma, no hay palabras. Me imagino cómo se sentirá mi madre de verme en ese lugar…

Dice Suri, y me muestra las fotos de los muertos: muchas, brutas, pavorosas las fotos de los muertos.

*          *          *

#5. Álvaro Conrado quería ser bombero o policía. Quién sabe si lo hubiera sido: cuando uno tiene 15 años la vida es una incógnita llena de tentaciones. Pero esa mañana, viernes 20, decidió ir a ayudar a los estudiantes que, desde el día anterior, se peleaban con la policía. Álvaro tenía anteojos, un gran mechón de pelo negro, muy buenas notas en la escuela; tocaba la guitarra, hacía acrobacias con el roller, corría en el equipo de su colegio de jesuitas. Así que, cuando se presentó en la Universidad Nacional de Ingeniería, lo pusieron a correr entre las barricadas llevando agua y bicarbonato a los muchachos que las necesitaban para aguantar los lacrimógenos. Los estudiantes se defendían con piedras y morteros y bombas molotov, los policías los atacaban con gases y balas. Álvaro corría cuando sintió ese tiro en el cuello. Nadie supo de dónde venía; los estudiantes sospecharon que había francotiradores apostados en un estadio de beisbol vecino. Álvaro cayó; le salía mucha sangre pero estaba consciente: mientras lo cargaban en brazos entre varios –su jean manchado, su camiseta roja– gritaba me duele respirar, me duele mucho. Sus amigos lo metieron en un coche y lo llevaron a un hospital público –el Cruz Azul– donde no quisieron recibirlo; se dice que había órdenes del gobierno de no atender a los manifestantes. Se desangraba; cuando llegó a un hospital religioso donde sí lo aceptaron ya era tarde. Los medios, ahora, lo han bautizado “el niño mártir” y los manifestantes llevan su imagen en fotos y pancartas. Seguramente Álvaro será, por esos caprichos de la historia, la cara de estos días.

*          *          *

Dicen que existe un plan para poner nombres y números a las calles de Managua, y que la cooperación japonesa prometió sostenerlo, pero por ahora las direcciones en la ciudad son azarosas – “de la loma de Chico Pelón una cuadra al lago y tres arriba” o “del casino Faraoh dos abajo y una y media al sur”–, un reducto de resistencia a GoogleMaps. Managua no es misteriosa; sólo incomprensible. Managua es ancha y chata, temerosa: hecha de casas bajas para que no se caigan cuando tiemble. Managua no tiene un centro claro, se desmembra; cada tanto hay algún centro comercial o un barrio de casonas o casitas, cada tanto un vacío: una ciudad sin terminar. Y, cada poco, los árboles famosos.

La iglesia católica siempre supo que el primer imperativo de una fe es ocupar su espacio –y llenó los suyos de iglesias y de cruces. Los estados lo saben –y lo colman de banderas y próceres. El gobierno de los Ortega, medio fe medio estado, lo atiborró con sus “árboles de la vida”. Hay unos 140 repartidos por toda la ciudad, se basan en una pintura de Gustav Klimt, 1905, y están llenos de firuletes y sentidos ocultos y pistas esótericas: la Cábala, la Biblia y otros libros de la tradición materialista dialéctica. Cada “árbol” es una estructura metálica de unos veinte metros de alto, 25.000 dólares de costo, tanto valor simbólico: deberían representar la paz y el amor y esas cosas pero significan, más que nada, el poder de Rosario Murillo.

Rosario Murillo es la esposa y vicepresidenta del comandante Ortega: tiene anillos en todos los dedos, un programa diario en tres canales oficialistas, casi todo el poder y el odio de varios millones de nicaragüenses –incluidos muchos sandinistas. En la economía política que suele ordenar las dictaduras, ella es la mala, la culpable, la que hace que su pobre marido haga cosas horribles: siempre ayuda un personaje así. Por eso no sólo le dicen “la Chayo”, el apodo de Rosario, sino también “la chamuca” –la bruja, la hechicera. Por eso a sus árboles no sólo los llaman “arbolatas” sino, sobre todo, “chayopalos”. Por eso la noche del 20 de abril, cuando unos manifestantes derribaron el primero, pareció que algo serio estaba sucediendo.

Sucedía que miles de jóvenes se habían decidido: que la calle, que el sandinismo controló durante tantos años, se volvía un lugar disputado. Y que el silencio que cubría el país se rompía en gritos. 

Era una gran sorpresa. Cuatro años antes, cuando el gobierno de Daniel Ortega decidió poner wifi gratis en los parques y plazas, algunos denunciaron la maniobra: esas conexiones servirían para mantener a los jóvenes entretenidos con sus chats y fotitos y demás pavadas. No que lo necesitaran: todos sabían que eran los más apáticos y frívolos de la historia. No como sus padres, sus abuelos, que habían participado en guerras y revoluciones, que se la habían jugado, que siempre contaban sus batallas: que, de muy distintos modos, les reprochaban que no fueran como ellos. Ahora, de pronto, esas redes que debían mantenerlos en su babia se habían vuelto su arma, su instrumento: gracias a ellas se llamaban, se reunían, se pasaban consignas e instrucciones. Las imágenes venían de todas partes, grabadas por los participantes. Algunas eran tremendas: la crueldad de un ataque, la agonía de un herido, el dolor de una muerte. La televisión oficial seguía mintiendo calma pero el truco ya no funcionaba. Pronto intentaron mejorarlo: mandaban noticias falsas –imágenes antiguas o amañadas– por las redes sociales para después decir que eran inventos y desacreditar a las demás. “Te dijeron tal y cual y te mintieron”, decía una minicampaña oficial de desprestigio de las redes. Y poco después cortaron el wifi de las plazas, pero ya ni modo: las grabaciones siguieron su camino.

–Esto es clave. Esto cambió la historia.

Me dice, ahora, el periodista de una radio independiente mostrándome su móvil. Ahora, la ciudad está tomada por los que se callaban: en cada rincón, en cada esquina puede haber un grupo de estudiantes, de vecinos, de hombres y mujeres con banderas azul y blancas que protestan, que exigen que se vaya.

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#9. El sacrificio de su madre había dado resultado: a sus 30 años, Michael Humberto Cruz tenía un bebé de cinco meses, un carro, un buen pasar y cursaba un posgrado en su universidad, la Politécnica. Su madre, Rosa Amanda Cruz, había emigrado al norte 18 años antes, y consiguió trabajo en un restaurante mexicano en San Mateo, California. Nunca más vió a Michael, porque no tenía papeles y si salía de los Estados Unidos no podría volver, pero el muchacho, gracias a sus remesas, estudió, se fue haciendo una vida. Se hablaban todos los días: aquella mañana, el 21, Michael le dijo que iría a apoyar a esos compañeros de facultad que habían salido a defender a los ancianos; Rosa le pidió que no fuera, que era peligroso, y él le dijo que no podían permitir que el gobierno le sacara la plata a su abuelo y a todos los abuelos, y que no se preocupara, amita, que no le iba a pasar nada. Estaba en una barricada de la Upoli cuando dos balazos en el pecho lo mataron en el acto. Su madre llegó a Managua esa misma noche: sabe que ya no podrá volver a Estados Unidos pero le da lo mismo: “Yo estaba allá por él, para darle una educación, una vida. Ahora ya qué me importa”.

(Mientras me lo contaba, en una manifestación de banderas azul y blancas, un hombre mal afeitado, camisa abierta, reloj naranja, nos miraba, nos fotografiaba. Su hermana me dijo que era habitual: que las siguen, las intimidan, intentan asustarlas.)

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En la carretera que va de Managua a Masaya hay una rotonda que se llama Ticuantepe; allí, como en otras, había un chayopalo. Un día de abril cientos de protestantes –los llaman “protestantes”– lo tiraron abajo y lo reemplazaron con una virgen de Cuapa, una imagen de metro y medio bien pintada. Pero poco después vinieron los sandinistas encabezados por la alcaldesa, la sacaron y pusieron en su lugar una virgen de Cuapa, una imagen de metro y medio bien pintada. Al otro día los rebeldes volvieron y sacaron esa imagen de la virgen de Cuapa y volvieron a poner su imagen de la virgen de Cuapa –y así de seguido. Hasta que intervino el señor cura, llamó a la paz y la conciliación y terminaron acordando en poner a la virgen de Cuapa de los rebeldes en el centro y la virgen de Cuapa de la alcaldesa en un rincón: fue, sin duda, una gran victoria de las fuerzas del cambio.

–Acá hay curas que nos han mostrado cómo es estar cerca del pueblo.

Me dice Chan Carmona un poco más allá, en Monimbó, y me cuenta que en uno de los momentos más brutos del enfrentamiento hubo una tregua cuando el cura párroco, César Augusto Gutiérrez, llegó hasta allí, los reunió, les dijo que la Iglesia apoyaba los reclamos justos, les pidió que respetaran la vida y los hizo rezar un padrenuestro. Y se quedó en la calle y habló con la policía para que no tiraran a matar y pidió por los presos; más tarde se desmayó por el gas lacrimógeno.

–Hay curas que son casi más huevones que nosotros.

Monimbó es un barrio indígena con una larga tradición de resistencia, pero su historia no es original: en muchos rincones del país curas mediaron, se interpusieron, apoyaron reclamos, atendieron heridos, intentaron moderar la violencia. Y el obispo auxiliar de Managua, Silvio Báez, apoya las protestas y la conferencia episcopal convocó a la mesa de diálogo donde ahora se discute algo que no termina de estar claro, quizás el destino del país.

–Yo los respeto. Mucho no me gustan, pero estos días los respeto. Se lo ganaron en la calle.

Chan Carmona es un muchacho flaco, fibroso, alto, la barba negra y los ojos hundidos de días sin dormir. Chan es un líder de los rebeldes de Monombí y me muestra los rincones y las barricadas y me cuenta dónde se paraban y cómo rechazaron a la policía, y me explica que no se puede soportar más que esos del gobierno vivan así mientras ellos tienen que trabajar como perros para ganar cien córdobas. Que se tienen que ir, que son unos aprovechados y unos dictadores y unos genocidas. Y que lo están siguiendo, que lo tienen marcado. Yo le pregunto qué va a hacer.

–Nada, qué querés que haga; seguir en la pelea. Si me matan todos van a saber quién fue.

–¿Pero no tenés miedo?

–Miedo, miedo… Bueno, es mi vida. Me gusta, me gustaría seguir en esta joda. Porque ya muerto, pa’ qué.

Dice, y se ríe. En el colegio salesiano de Masaya, justo al lado, cientos de vecinos reciben a la delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que viene a recibir denuncias. Un líder local discursea desde las escaleras del colegio:

–¡A nosotros no nos mueve ninguna ideología ni partido sino el amor por nuestro pueblo y nuestra patria!

Grita, robusto y atildado, y da vivas geográficas: a Nicaragua, a Masaya, a Monimbó. El rechazo a los partidos se oye en todas partes: casi todos dicen que no son políticos, que no hacen política, que repudian a los políticos y a la política y a todo lo que esté “politizado” –mientras toman la calle para voltear a un gobierno, pura política en acción. Magias de la palabra: por algunas se pelean, de otras huyen.

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#14. En Estelí, a 150 kilómetros de Managua, a Franco Valdivia lo conocían por su nombre artístico, el rapero Renfán. Franco tenía 24 años, estudiaba tercero de abogacía y trabajaba de carpintero para pagar sus gastos y los de su hija de cuatro. Estelí es una ciudad mediana, tranquila, templada, “un bastión sandinista” o “la ciudad mil veces heroica”; no es el lugar más apropiado para un rapero, pero Renfán seguía peleándola. Con un grupo de amigos solía grabar sus canciones y subirlas a youtube: estaban bien hechas y criticaban los abusos y la corrupción y conseguían visitas. El 18 de abril subió a su Facebook un poema en tono rapeado: “Hoy es un gran día para morir./ Por no elegir el camino que la corrupción/ nos quiere hacer seguir./ Y aunque a mi vida días le reste/ seguiré diciendo verdades cueste lo que cueste./ Sandino tenía un sueño y les/ aseguro que no era este”. En ese momento Nicaragua era una siesta y sus palabras parecían sólo palabras; esa noche los estudiantes de Managua salieron a la calle, al otro día la agitación llegó a Estelí, se volvieron proféticas. Franco fue al parque central a sumarse a las protestas que tanto había cantado. Dos horas después, un disparo que pareció venir de la alcaldía le entró por el ojo izquierdo y lo mató. Otra de sus canciones se llamaba Pilatos: “No hay olvido sin sepultura/ para quien lucha por lo que es./ Que la muerte me regrese/ lo que la vida me ha quitado”.

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Estos días, en Nicaragua, la vida se ha vuelto diferente. La política –tan denostada– ocupa tanto espacio: las personas piensan en asuntos en los que no pensaban, se preguntan cosas, se imaginan. Una revolución es el momento en que cambian las preguntas, en que se puede no tener respuestas. Estos días, en la ciudades nicas, la vida es diferente: en las calles puede pasar, a cada momento, cualquier cosa.

Estos últimos años Managua se jactaba de ser la capital más tranquila de la región; ahora es una ciudad sacudida por su historia: en cada rincón una bandera, personas que las agitan, gritan algo. Hay barricadas, cortes de ruta –“tranques”–, pequeñas manifestaciones –“plantones”–, grandes marchas. Hay, sobre todo, un estado de expresión permanente, de gente que se calló la boca mucho tiempo y ahora habla y disfruta de hablar y trata de olvidar esos silencios. Y, mientras, los negocios están medio vacíos y las calles están medio vacías y el miedo medio lleno, la incertidumbre extrema.

–¡El pueblo/ unido/ jamás será vencido!

Gritan ahora miles de personas con banderas rojas y negras y azules y blancas: marchan para apoyar al gobierno sandinista. Es sábado a la tarde, hace un calor estrepitoso, y a lo largo de la Avenida De Bolívar a Chávez –se llama así: De Bolívar a Chávez– hay pantallas gigantes que nos muestran lo muchos que somos y lo bien que revoleamos los colores. Aquí en la vida real, bajo este sol hiperreal, la realidad es más modesta –no parecemos tantos, y las docenas de micros que los trajeron, y la sospecha de que muchos son empleados públicos que castigan si no vienen.

–¡Viva la paz, viva el amor!

Grita una locutora y suena Solo le pido a Dios versión caja de ritmos, y después la locutora habla de Sandino. Augusto Sandino se definió, hace 90 años, como “el general de los hombres libres” –y así lo registró la historia. Pero la historia cambia más que nada y ahora la locutora lo presenta como “el general de los hombres y mujeres libres”.

–Estamos encendiendo la llama del sagrado derecho de vivir en santa paz, iluminados por el espíritu de Sandino y guiados por el saber del comandante Daniel Ortega.

Dice la locutora y, por alguna razón que me escapa, nadie contesta amén. Allá arriba, una cara gigante de Chávez nos mira desde lo alto de su arbolata/chayopalo. Aquí abajo, sobre el asfalto medio derretido, se pasean muchachos con morteros, señoras con tacones, señores con anillos, señoras con chancletas, señores con las manos callosas arruinadas: hay mucho espacio sin llenar. 

–Esos vándalos van a tener que entender que acá se necesita paz.

Me dice un muchachón fornido, su gorra para atrás, su cuello con tatuajes, su camiseta verde camuflaje. Para un país que estuvo en guerra tantos años la narrativa de la paz es decisiva. Entonces todos se reprochan mutuamente haberla roto, y el gobierno ha decidido hacerla su estandarte.

–Y lo van a entender por las buenas o por las malas, como quieran.

Dice el muchachote. El gobierno, que siempre dijo que la calle era suya, ahora la está peleando. Esa misma tarde, en León, decenas de miles de personas se juntan para exigirles que se vayan. Al día siguiente, domingo a la mañana, en una rotonda de Managua, unos cuantos revolean banderas azul y blancas. La pelea por los colores es tenaz: durante décadas, el rojo y negro fue la divisa sandinista; desde que los opositores sacaron la nacional, azul y blanca, los sandinistas empezaron a usarla también: no podían entregarle a sus enemigos el color de la patria.

–¡El pueblo/ unido/ jamás será vencido!

Gritan también los protestantes, insistiendo en la fake news más repetida de las últimas décadas. Los dos bandos se pelean por las mismas palabras, las mismas consignas, las mismas canciones: todo el refranero izquierdista de los setentas, que tantos tratan de olvidar, aquí es un botín que se disputa. Una señora pasa en silla de ruedas con un cartel escrito a mano: “El poder reside en el pueblo. Es el pueblo el que pone y quita gobiernos”, dice, firmado por Daniel Ortega, 1979: la guerra por la palabra es usar la palabra como búmerang: a nadie se le aplica mejor lo que dijiste que a vos mismo. Y la señora reclama su legitimidad: forma parte de las Madres de Abril, la asociación de las madres de las víctimas.

–¿Sabés qué pasa? Que las canciones y las consignas volvieron al pueblo. Las tenía secuestradas esta dictadura, pero ahora son nuestras otra vez.

Me dice una chica de quince o dieciséis. En un altavoz suena el hit del mes, Mercedes Sosa con Que vivan los estudiantes, pero las vuvuzelas lo tapan inclementes. Un pequeño grupo de mujeres grita que no queremos pitos queremos consignas; nadie les hace caso. Los coches que pasan por la avenida ondean sus banderas: todo suena muy patrio. Casi todos son muy nacionalistas, muchos son muy católicos, todos muy democráticos, pero Dios Patria y Libertad no quedaría tan bien. Hay mezcla, mucha mezcla: desde un cartel bien clasista –“En un país gobernado por un ignorante, los profesionales son la amenaza”– hasta los que reclaman más igualdad y menos hambre. La explosión de palabras es puro gozo, felicidad en verbo:

“Hay décadas donde nada ocurre, y hay semanas donde ocurren décadas”.

“Tanto valiente sin armas y tanto cobarde armado”.

“Te permitimos todo, Daniel. Pero no hubieras matado a los chavalos”.

Y también hay metamorfosis: de la vieja consigna sandinista que propone “Patria libre o morir”, alguien pasó a “Patria libre o vivir” y alguien, más cuidadoso, a una opción razonable: “Patria libre para vivir”. Y los gritos que dicen que no se confundan, que “No eran delincuentes,/ eran estudiantes”, y los que definen el argumento principal, que “Daniel,/ Somoza,/ son la misma cosa”. Y, sobre todo, el viejo hit sandinista recuperado por los que quieren derrocarlos: “¡Que se rinda tu madre!”

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#24. Cuando Ángel Gahona tenía cinco años, en 1981, su maestra de Bluefields, una ciudad pequeña del Caribe, hizo que todos los chicos repitieran que eran hijos de Sandino; el pequeño Ángel se negó. Después explicó que quizá los otros chicos fueran, pero que él sabía que su papá se llamaba Gahona. Pronto su familia tuvo que huir a Venezuela, corrida por la guerra; allí pasaron privaciones y Ángel empezó a trabajar antes de sus diez años. A su vuelta consiguió estudiar periodismo en una universidad de su región Caribe; durante años trabajó en lo que pudo –vendedor de comida o de chatarra o de comida chatarra, gerente de un cyber– hasta que, ya casado, pudo fundar con su mujer Migueliuth Sandoval un pequeño diario digital: El Meridiano. Lo hacían entre los dos y conseguían sobrevivir; Ángel recorría su ciudad en su moto saludando a todos, iba a las misas evangélicas, criaba a sus dos hijos, había empezado a estudiar para abogado. Ese domingo 21 las protestas llegaron a Bluefields; Ángel y Migue pensaron en salir a transmitirlas pero alguien tenía que quedarse con los chicos. Decidieron que ella; él se fue solo. En un Facebook Live, ya de noche, Ángel muestra a unos jóvenes que tiran piedras contra la alcaldía; después dice –su voz en off en el video– que “vamos a buscar dónde refugiarnos ya que la policía se dirige hacia acá”. Los enfoca, muestra su llegada y la relata y, de golpe, la imagen se conmueve y funde al negro y sólo se oyen gritos. Una bala le ha atravesado la cabeza; el video de un compañero lo muestra en el suelo, ensangrentado, muerto. Nadie sabe quién, nadie sabe por qué; se sospecha de un francotirador oficial u oficialista, pero la justicia prefirió acusar a dos muchachos que ni tenían armas ni estaban allí. El mejor truco para no resolver un caso como este es pretender que ya lo resolviste.

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El miércoles 16 de mayo un muchacho conmovió al país. Esa mañana empezaba la primera sesión de la mesa para el diálogo que había convocado la iglesia católica en su Seminario Interdiocesano. Se encontraban las partes en conflicto: los estudiantes, las federaciones campesinas, las patronales, la “sociedad civil”, el señor presidente y su señora vice. El protocolo preveía que Daniel Ortega hablara primero; estaba a punto de hacerlo cuando Lesther Alemán se paró, con su camisa negra por el luto y su pañoleta azul y blanca por la patria, y se lanzó:

–No estamos aquí para escuchar un discurso que por doce años ya hemos escuchado. Presidente, conocemos la historia; no la queremos repetir. Usted sabe lo que es el pueblo. ¿Dónde radica el poder? En el pueblo. Hemos aceptado estar en esta mesa para exigirle ahorita mismo que ordene el cese inmediato a los ataques que están cometiendo en nuestro país, represión y ataque de las fuerzas paramilitares, de sus tropas, de las turbas adeptas al Gobierno. Usted sabe el dolor que hemos vivido estos 28 días. Ustedes pueden dormirse tranquilos; nosotros no hemos dormido tranquilos, estamos siendo perseguidos. Y ahora estoy hablando porque nosotros hemos puesto los muertos, nosotros hemos puesto los desaparecidos, los que están secuestrados nosotros los hemos puesto.

Dijo, con su voz de locutor antiguo, las gestos medidos, casi una sonrisa –y nadie se atrevía a interrumpirlo. Tres metros más allá, Daniel Ortega y Rosario Murillo lo escuchaban sin dar crédito: nadie en todos estos años, había hecho nada así. Entonces Lesther –sus anteojos, su cuerpo apuesto flaco, su pelo bien cortado modernito– les lanzó la estocada:

–Esta no es una mesa de diálogo, es una mesa para negociar su salida. Y usted lo sabe muy bien, porque es lo que ha solicitado el pueblo. En un mes usted ha desbaratado al país; a Somoza lo costó muchos años, pero usted en menos de un mes ha hecho cosas que nunca nos imaginamos. Muchos están defraudados por esos ideales que no se han cumplido, esas cuatro letras, FSLN, que le juraron a esta patria ser libres y hoy seguimos esclavos, hoy seguimos sometidos, hoy seguimos marginados, hoy estamos siendo masacrados. Cuántas madres de familia están llorando a sus hijos, señor.

La atención era extrema, la tensión tremenda. Las máximas autoridades de un país, paralizadas ante un chico de 20 años que les decía lo que nunca nadie: sereno, sin levantar el tono, como si le explicara una obviedad a un tío un poco espeso. La escena era hipnótica y conmovedora, y no se terminaba:

–El pueblo está en las calles, nosotros estamos en esta mesa exigiéndole el cese de la represión. Sepa esto, ríndase ante todo este pueblo. Pueden reírse, pueden hacer las caras que quieran, pero le pedimos que ordene el cese al fuego ahorita mismo, y la liberación de nuestros presos políticos. No podemos dialogar con un asesino, porque lo que se ha cometido en este país es un genocidio.

 A las 9 y 47 a.m. de ese miércoles, Lesther Alemán era una de las personas más conocidas, más odiadas, más amadas de Nicaragua. Después me dirá que fueron los demás participantes de la mesa los que decidieron que él hablara: que le dijeron que “por la voz, por la autoridad moral, por la rectitud y por el conocimiento”.

–Sí, me acuerdo muchas cosas. Primero ví que las cámaras se volteaban, estaban apuntadas al presidente y se voltearon hacia mí. Y entonces lo ví a él, le ví la cara, los ojos, que se le dilataron sus pupilas viéndome, no sé si era lo sorprendido o que pensaba muchas cosas de mí. Y Rosario tragaba agua sin parar. Fue tan raro. Yo pensaba que no iba a poder hablar mucho, esperaba que él me interrumpiera. Pero que me permitiera todos esos minutos, en silencio, y que luego la gente tuviese la reacción que tuvo, los que me han dicho en estos días que estaba hablando por todo un pueblo… Yo me sentí un Rigoberto López Pérez.

Dice Lesther, y me cuenta esa historia. López Pérez fue un periodista de 25 años que, en plena dictadura del primer Somoza, Anastasio, el asesino de Sandino, se le acercó en un baile y lo mató de tres balazos. Corría septiembre del ’56.

–El solo decía va a llegar el fin de la dictadura. ¿Cómo?, le preguntaban. Va a llegar el fin de la dictadura, decía él, y se metió en aquel salón y lo mató. Después lo cosieron a balazos, como trescientos tiros. Dos días antes él le había escrito una carta a su mamá, una de las cartas más bellas que yo he leído. Y ahí le dice que va a liberar el país, nada más. Entonces, ese miércoles, yo pensé: en mí se reencarnó Rigoberto. Pensé: no fue con balazos, sí fue con la palabra.

–¿Las habías preparado?

–Sí, yo preparé las grandes líneas. Yo no me aprendo las cosas al tubo, de memoria, porque creo que la emoción te hace decir las palabras certeras. Pero sí la noche antes caminé por el pasillo del hotel, de lado a lado, muchas veces, y me decía qué yo voy a hacer, qué va a decir la gente, cuál va a ser la reacción del pueblo. Y me preguntaba cómo hacer para que no me callaran. Y fui escribiendo esas líneas, hice dos borradores que ahí están, puño y letra. Después pensé que no puedo botar esa hoja, se la voy a enseñar a mi hijo, mire m’hijo, esta fue la hoja…

Lesther todavía no tiene ningún hijo y es de noche. En los alrededores de Managua, en el centro universitario donde él y sus compañeros de la Coalición Universitaria se refugian, medio clandestinos, me cuenta, al borde de una piscina y un gimnasio, que es hijo de una familia de trabajadores azucareros y que estaba cursando, con una beca, el cuarto año de Comunicación en la Universidad Centroamericana –jesuita– de Managua. Y que todo empezó unas semanas antes, en la marcha para exigir que el gobierno se ocupara del incendio de la reserva de Indio Maíz. Aquella tarde, dice, había un micrófono y él, por primera vez, se atrevió a usarlo.

–¿Y por qué se te ocurrió hablar?

–Era un micrófono abierto, la gente leía cosas, recitaban, y mis compañeros me dicen Lesther, es tu momento. Porque yo desde pequeño he tenido el sueño de ser presidente de este país, y ellos lo saben. Entonces me dijeron eso, burlándose, y yo ah, ok, lo voy a hacer, y hablé y la gente gritaba, yo me sentía que ya estaba en la candidatura…

Dice ahora y me mira muy serio, risueño pero serio, y que es verdad y que siempre tuvo dos sueños: uno, entrar en el ejército, porque le encanta el orden y la seriedad y los uniformes camuflados; el otro, ser el presidente. Tras todos estos días de no pasar por casa, de vivir a salto de mata, Lesther sigue impecable: una camisa marrón ajustada, un pantalón negro, unas botas complejas. El pantalón tiene manchitas blancas y se ve que le molestan, las rasca sin éxito; en esa mano tiene un anillo de sello y un reloj pequeño, casi de muñeca.

–Por eso el único seudónimo que les permito que me digan es “comandante”. Mis mejores amigos ya de siempre me llamaban comandante.

–Me preocupa. La mezcla de tus dos sueños nos lleva derecho al golpe militar.

Lesther se ríe, un batallón de dientes blancos en orden de revista, y dice que tiene que estudiar mucho, prepararse para ser presidente con todos los conocimientos y los méritos, pero que eso podría pasar en un país distinto, que en este la dictadura los desalienta, que muchos de sus compañeros de la facultad de Comunicación, por ejemplo, no quieren ser periodistas porque para qué, si el control y la censura son la norma. Pero que él nunca se desalienta, que ha leído mucho sobre los ideales sandinistas, que el fundador y prócer del Frente, Carlos Fonseca, muerto poco antes del triunfo de su revolución, es su héroe.

–Lesther comenzó a construir sus ideales a partir de libros, de videos, de canciones. Su himno es Nicaragua Nicaragüita, sus canciones favoritas son las testimoniales.

Dice Lesther; después me explicará que muchas veces habla de sí en tercera persona: Lesther piensa tal cosa, Lesther dice tal otra.

–Lesther nunca se imaginó llegar hasta aquí.

Dice, y me cuenta que querría ser periodista, que le gusta leer diarios de papel y escuchar radio en una radio de verdad, que como milenial es demasiado analógico, que sus amigos le dicen que es un viejo en el cuerpo de un muchacho de veinte. Y que nunca antes estuvo en un grupo político, que “la juventud sandinista no es sandinista sino pura bacanal”, que le interesan muchos ideales del socialismo y del comunismo pero no sus maneras, que no cree en los políticos porque no lo representan, que nunca lo han representado, que tuvieron la oportunidad para hacerle frente a este dictador y no lo hicieron, que no tienen autoridad moral. Y que le gusta escribir y ahora está registrando la historia de estos días:

–Así luego, cuando esté jubilado, pueda estar sentado con alguien, un nieto, y decirle este fui yo, esto hizo Lesther cuando era un chavalo.

Por el momento no lo necesita: lo recuerdan todos. Un diario habló de la “lesthermanía”: hay muñequitos con sus rasgos y una capa azul y blanca de superhéroe, hay llaveros y afiches y pancartas, hay abrazos y besos y selfis cada vez que sale a la calle.

–¿Qué es ser un líder?

–Es una persona convencida de que no ordena sino que convence; el líder escucha, valora, analiza, critica, y después comunica. Pero ante todo es la persona que debe tener más humildad, sobriedad, paciencia. Yo carezco de paciencia…

–Bueno, de humildad también.

Le digo, y se ríe incómodo, pero trata de pensarlo: lo discutimos. Entonces me explica que una de sus formas de humildad es esto de hablar de sí mismo en tercera persona.

–Es para no sentirme limitado. Yo no considero que pueda decir yo soy así, yo digo esto, entonces mejor voy por la tangente: Lesther piensa esto. Siempre me he visto como que salgo yo a hablar por Lesther… Tengo esa idea de no dejar que Lesther hable por Lesther…

Dice, y me ve la cara de sorpresa y le salta la risa:

–¿No entiendes que es como una locura mía…?

Le digo que sí, que eso lo veo, nos reímos, sigue explicándome lo inexplicable, se pone casi nervioso: esos tímidos que la timidez hace más expansivos, más eléctricos. Es, al fin y al cabo, un chico de veinte años al que de pronto todos miran. Es, también, en estos días, la persona más popular de Nicaragua.

*          *          *

#56. Margarita Mendoza llevaba cuatro días aterrada: Javier Munguía, su hijo, 19 años, albañil desempleado, había sido detenido por la policía el 8 de mayo cerca de la Universidad Politécnica y no aparecía. Ya había preguntado en todos los hospitales y finalmente, el 12 de mayo, se decidió a ir a la morgue del Instituto de Medicina Legal; cuando le dijeron que allí no lo tenían su alivio fue infinito: Javier debía estar vivo todavía. Pero seguía perdido; al otro día, Margarita fue a tocar las puertas de la Dirección de Auxilio Judicial (aka) El Chipote, un centro de represión con 80 años de historia criminal: allí le dijeron que no lo conocían, pero ex detenidos le contaron que lo habían visto adentro y que lo estaban torturando. El viernes 18, Margarita fue uno de los cientos de parientes que se presentaron ante la delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos: quería denunciar la desaparición de su hijo. Su celular sonó mientras lo hacía. Margarita atendió: un funcionario de Medicina Legal le dijo que tenían el cadáver de Javier. Sus gritos se oyeron en todo el piso. Más tarde, en el Instituto, le dijeron que el chico había muerto “por causas naturales”. Al otro día un forense independiente le contó la verdad: a Javier Munguía, la cara rota a golpes, lo habían estrangulado.

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–Sí, claro que tengo miedo todavía. Pero uno empieza a perder el miedo en la calle. Como solemos decir, nos quitaron tanto que nos quitaron hasta el miedo. Sí, muchos de nosotros fuimos atacados por la policía, ya sabemos cómo es eso. Yo también estuve en la Catedral cuando nos rodeó la policía y la turba orteguista, y estuvimos tan cerca de la muerte. De verdad creímos que hasta ahí llegábamos, unos se arrodillaron, se pusieron a rezar, otros lloraban…

Dice Melisa, y Erasmo la apuntala:

–Dicen que el valor no es la ausencia de miedo sino el miedo mismo junto a la voluntad de seguir. Entonces nosotros teníamos sobre todo esa rabia de ver que mataban a nuestros compañeros…

Melisa y Erasmo son estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, la más grande del país, 40.000 estudiantes y 30 hectáreas de bosque sembrado de edificios: matorrales, árboles, cañadas y, ahora, algunas tiendas de campaña que cobijan estudiantes vigilantes. Cuando vino la primera ola de ocupaciones, la UNAN se salvó: el sindicato de estudiantes oficialistas, UNEN, consiguió evitarlo. La universidad estuvo cerrada dos semanas; el 7 de mayo, cuando volvieron a abrirla, sus estudiantes la ocuparon. Y ahora estamos en un edificio –la Escuela de Geología– que los rebeldes usan como hospital, cocina, dormitorio. Melisa y Erasmo tienen alrededor de veinte años, hijos de clase media. Los ocupantes, me dicen, son unos 500; les pregunto si no les parece cuestionable que el uno por ciento de los estudiantes se arrogue el derecho de tomar la universidad.

–Bueno, no vamos a negar que somos una pequeña parte. Pero es que hay muchos que no pueden estar. Por ejemplo, yo me quedé desde el lunes de la semana pasada, y sé que si voy a mi casa ya no puedo volver.

Erasmo es un muchachón alto, fornido, la piel oscura, la sonrisa brillante, y es uno de los jefes de la toma. Le pregunto por qué.

–Porque mi mamá no me deja. Y así hay muchos que no los dejan o tienen miedo de meterse o involucrar a la familia, que hay gente que ha ido a intimidar a nuestros casas…

Dice Erasmo, y Melisa lo corta. Melisa tiene muchas ganas de hablar y tiene la frente ancha, despejada bajo los rizos castaños, mirada inteligente:

–Sí, hay muchos universitarios que están de acuerdo con nosotros, aunque no estén acá. El problema es que nadie quiere morir. Nadie quiere ser mártir. Pero ya tenemos mártires, ya hay más de sesenta muchachos muertos. Y hay muchos que tienen miedo, pero eso no quiere decir que no estén de acuerdo…

La idea de que unos pocos hacen lo que muchos harían es una de las bases de la política del siglo XX: lo llamaron vanguardia. Aquí son pocos, y esos pocos jaquean a un gobierno. Tienen con ellos la legitimidad, la opinión pública, y eso a veces –sólo a veces– vale más que la fuerza, que el número.

–Nosotros nunca pensamos que nos íbamos a pasar acá tanto tiempo, así que nos fuimos organizando poco a poco, dando cuenta de lo que esto significa, de la importancia que tiene, los peligros que tiene. Sabemos que en cualquier momento nos pueden atacar, tenemos que estar preparados todo el tiempo.

Dice Melisa. Aquí los pocos cientos también están organizados en grupos que se ocupan de la comida, la sanidad, las guardias, los choques. Hay una red compleja de muchachas y muchachos que ocupan todo el espacio de la universidad, con un sistema de delegados y poderes, reuniones, asambleas, discusiones.

–Ya desde antes teníamos inconformidad con este gobierno, sólo que estábamos adormecidos, no nos habíamos puesto en marcha.

Ahora se pusieron y pusieron al país a preguntarse qué hacer, a pensarse de nuevo. En estos días la comisión por el diálogo se reúne dos veces por semana para encontrar alguna solución; muchos piden la salida de Ortega; Ortega, por supuesto, no discute siquiera esa alternativa.

–Nadie quiere un conflicto bélico. Nosotros no estamos armados, somos hijos de la posguerra. Nuestros padres sí son ex combatientes, algunos, vivieron la revolución, la contra, militaron, pero nosotros qué sabemos de esas cosas militares, logísticas… Ni queremos saber, pero Nicaragua aguanta poco, y tenemos miedo que se vuelva a armar una guerra. Así que estamos muy pendientes del diálogo, a ver si lo podemos evitar…

Entre 1970 y 1990, en veinte años de guerra, murieron cien mil nicaragüenses. Muchos, después, interpretaron esta generación diciendo que eran chicos que vieron que eso sólo sirvió para que unos pocos mandaran y se enriquecieran y que por eso era lógico que sólo les importaran los juegos en red y los juegos de Messi y ciertas músicas y ciertos bailoteos: que eran una generación de apáticos individualistas, pobrecitos, que nunca sabrían lo que es en realidad la vida. Pero también eran chicos que se pasaron la vida escuchando historias heroicas, revolucionarias de sus padres, sus abuelos, y reproches por ser vagos e indolentes, por no hacer esas cosas. Se ve que se cansaron.

–¿Cómo creen que va a terminar la toma?

–Para nosotros entregar la universidad las autoridades tienen que tomar en cuenta por lo menos algunas de nuestras exigencias: la recomposición del movimiento estudiantil, la autonomía de la universidad, y después la más difícil una Nicaragua democrática. Puede parecer una utopía, pero si cayó Somoza, si cayó el Muro de Berlín, ¿por qué no va a caer este? Y también hay muchas luchas en que no tuvimos que levantar un arma para ganar. Ojalá esta vez sea como esas.

–Ya nadie quiere más muertos. Estamos cansados de los muertos. No queremos que nadie más se muera, apostamos a la vía pacífica, que se resuelva sin que haya que usar armas.

–¿Creen  que se van a pasar varios días más acá?

–No sabemos. Nos vamos a quedar hasta que nos den respuesta.

–¿Y tu mamá que dice?

–Mi mama dice que si me agarra…

Dice Erasmo, se ríe; Melisa quiere aclarar el punto:

–Hay muchos que están sin permiso de sus padres. Mi papá me apoya, él estuvo en la revolución sandinista…

–Mis padres dicen que por ahora estamos más seguros acá que en nuestras casas.

–Claro, pero ¿y cuando tengan que volver a sus casas?

–Esa es la pregunta del millón. ¿Qué pasa?

Nadie sabe.

*          *          *

–Con Daniel uno siempre se equivoca. El error más común es subestimarlo, porque al final él siempre consigue sacar algo de cada situación. No sabemos qué pasará esta vez, lo tiene difícil, pero hay que estar atentos, muy atentos.

Dice Carlos Fernando Chamorro, periodista histórico, ahora director de El Confidencial. Y todo está en suspenso. Algunos suponen que los estudiantes, la “sociedad civil” y algunas asociaciones agrarias y empresariales pueden convocar un paro nacional que cerraría las carreteras, las calles, las actividades –y aceleraría la caída del gobierno. O podría cansar a muchos ciudadanos, que se hartarían de los problemas y dificultades, la penuria, las pérdidas, las incomodidades, y empezarían a extrañar los tiempos más tranquilos.

Algunos recuerdan el ejemplo de Venezuela: hace unos meses parecía que su gobierno estaba listo y ahora acaba de regalarse unas elecciones. Fabián Medina, periodista de La Prensa, dice que Ortega ahora es como un boxeador que acaba de recibir un golpe duro: debe agarrarse del contrario para impedir que le siga pegando, tomar aire, ganar tiempo y terminar el round. Es una carrera desesperada: él sabe –probablemente sabe– que si pasa estos días no sea fácil sacarlo; sus oponentes más entusiastas saben –probablemente saben– que si los pasa se va a vengar de ellos. Aunque más no sea para que todos sepan que no se puede desafiar al comandante gratis.

–¿Cómo termina todo esto?

Sergio Ramírez, el gran escritor nicaragüense, Premio Cervantes 2017, que fue vicepresidente de Ortega entre 1979 y 1990, lanza la carcajada:

–Eso quién lo sabe. Este diálogo es muy incierto. Hay dos universos totalmente distintos, el de Ortega, que no está pensando en irse, y el de la sociedad civil que piensa que sí. Este choque de realidades va a determinar todo. A menos que haya una presión mayor, si es que puede haber una presión sin sangre…

–¿Y puede?

Ramírez se calla, mira a ninguna parte.

–Es una pregunta terrorífica, esa. Bueno, tendría que haber una resistencia civil verdadera, tranques, paros, paro general… Y por otro lado la presión internacional. Pero Ortega no está pensando irse y sin su salida no hay cómo seguir, porque hay una indignación generalizada.

Dice Ramírez, y me explica que el problema es que la necesidad política del país es que Ortega tiene que desaparecer. Aunque, dice, eso no significa que desaparezca el Frente Sandinista, porque es una fuerza política importante, aún en medio de estos crímenes terribles sigue siendo el 30 por ciento de la población. O sea que hay que contar con ellos, dice, porque sin esa fuerza tampoco hay estabilidad en el país.

–La gran dificultad es que Daniel Ortega no tiene vida alternativa al poder, no es una una persona a la que se le pueda decir bueno, coge tus millones y te vas a vivir a Estados Unidos. Estados Unidos no existe para él, ni tampoco los millones. Él no tiene la ambición de ser rico; su ambición es tener poder. No tiene otras opciones, no es una persona que se pueda retirar a una finca a cultivar café o a escribir sus memorias; para él sólo existe el poder. Esa es la dificultad, el nudo gordiano. Además, incluso si lo dejaran tomar su dinero e irse con su familia, ¿adónde se va a ir? ¿A Cuba, a Venezuela? Sería ir de la llama a las brasas. ¿A Rusia? Y no estaría seguro en ningún otro lado, porque ahora que la Comisión dice que hay que investigar si no hubo ejecuciones extrajudiciales, y esos ya son crímenes de lesa humanidad…

La Comisión Interamericana ya documentó, entre el 18 de abril y el 23 de mayo, 77 muertos y 657 heridos: es, como dice Chamorro, “la mayor masacre de la historia de Nicaragua en tiempos de paz”.

.(Aquellas revueltas, como sabemos, fracasaron. Pero tuvieron una consecuencia inesperada: roto el frente que había sabido construir Ortega con la iglesia católica, los empresarios y demás poderes, su forma de perpetuarse debió volverse mucho más violenta. Por eso, en estas últimas semanas su gobierno encarceló a cuatro precandidatos presidenciales —Cristiana Chamorro, Arturo Cruz, Juan Sebastián Chamorro y Félix Maradiaga— y nueve dirigentes de la oposición —José Adán Aguerri, Violeta Granera, José Pallais, Támara Dávila, Ana Margarita Vijil, Dora María Téllez, Suyén Barahona, Hugo Torres y Víctor Hugo Tinoco.

Entre muchas otras cosas.)

La muerte del vivo

Martín Caparrós

Fueron minutos muy espeluznantes. En medio de un partido de fútbol sin historia –Dinamarca y Finlandia, en esto, nunca la tuvieron– el tiempo se detuvo y millones se asustaron o conmovieron o angustiaron. Pocos lo estaban viendo cuando empezó el temblor: con la velocidad de las redes, en instantes millones se enteraron de que en ese partido un jugador se había desplomado y parecía… parecía… parecía…

Nadie decía la palabra ominosa, pero parecía. La televisión repitió una vez el movimiento tan ajeno del 10 danés que se deshizo y se cayó redondo –y, a partir de ahí, empezó su calvario. El de la tele, digo.

Digamos: un partido de fútbol de una copa europea se suspende porque un jugador se desplomó en el campo. Sus compañeros se arremolinan a su alrededor, desesperados; enfermeros y médicos corren, llegan, se agitan. El cuerpo del jugador queda tapado por los demás cuerpos: parece que no se mueve, en realidad parece… parece… parece…

La televisión, entonces, decide no mostrar nada que informe nada: cerrará los ojos. Como debe seguir emitiendo, evita los planos que podrían contar lo que sucede y se refugia en planos generales de la cancha, planos cortos de espectadores llorando y rezando, compañeros llorando y rezando, una rubia que dicen que es su hermana –pero después sabremos que es su esposa– llorando también. Los locutores no dan información, no saben, no quieren decir nada. Pasan minutos, más minutos, y la televisión solo muestra jugadores tapando al caído y personas llorando y parece… parece… parece… Ya todos estamos convencidos de que el jugador se murió y por eso nadie lo dice y por eso nadie lo muestra. La muerte no se dice, la muerte no se muestra.

La situación entra en un punto muerto. Los jugadores –sus camisetas rojas– siguen parados alrededor del cuerpo, hay más llantos, abrazos, manos en las cabezas; pasan varios minutos hasta que entra una camilla y parece que levantan el cuerpo. Seguimos sin ver nada, pero sabemos –creemos que sabemos– que ha sucedido algo tremendo: la muerte de un jugador de elite en un torneo de ídem. Los enfermeros –sus mamelucos rojos– despliegan unas toallas alrededor de esa camilla que empieza a avanzar, para taparla; sus compañeros caminan cabizbajos a su lado. Parece una procesión fúnebre –roja, toda hecha de rojos– hasta que una foto se abre paso en las redes, tan malditas. Y la foto muestra a Christian Eriksen echado en la camilla con una máscara de oxígeno en la cara y una mano tocándose la frente: parece, después de todo, vivo.

Mucho después sabremos que sí, que “está estable”. Pero ese cuarto de hora es toda una lección sobre la forma en que hacemos periodismo: las formas que elegimos para narrar el mundo. Con ese pudor de lo correcto que hace que, en la época más contada y conectada de la historia, tantas cosas deban suponerse –porque nos parece mal mostrarlas. Nos parece mal informar lo que pasa: nos parece que hay cosas que deben contarse y cosas que no. Nos parece que tenemos el derecho de decidir cuáles son esas cosas, qué puede saber “el público” y qué no, qué cosas lo chocarán u ofenderán –o, incluso, cuáles violan la privacidad del objeto de esa información. Los grandes medios creen que su función es editar el mundo.

(La pandemia es un ejemplo de esta forma: al principio, sobre todo, evitaron mostrar lo que pasaba –la desesperación, la impotencia, las muertes– so pretexto de que era contraproducente y era obsceno. Hay quienes suponen que, si se hubiera mostrado, muchos más habrían tenido conciencia del peligro y muchos menos se habrían contagiado. O, por lo menos, habríamos sabido. Se puede discutir, casi no se discute.)

El partido no tenía importancia, el desmayo de un jugador tampoco tanta. Pero el resultado es una gran metáfora: millones de personas estuvimos convencidas de algo que resultó ser falso. En directo todos supusimos que Eriksen había muerto; pasado el primer shock, habría sido fácil mostrar que no lo estaba si el pudor, la corrección o la estupidez no se hubieran impuesto, una vez más, a la razón de este trabajo: contar el mundo, no juzgarlo o filtrarlo o volverlo digerible.

Fueron solo unos minutos y fue una tontería: fue, sin duda, una lección de periodismo, una nueva invitación a preguntarnos qué estamos haciendo.

O, si acaso: qué mierda estamos haciendo.

¿La izquierda es progre?

Martín Caparrós

Por suerte pasa en el Perú, que no le importa a nadie. No es nada personal: a nadie le importa Perú o Paraguay o México o España o Argentina a menos que sea peruano o paraguayo o mexicano o español o argentino –y ni siquiera. Por supuesto que a nadie le importa casi nada que no sea lo más cercano, pero se podría incluso imaginar que es un error: en lo lejano se va cocinando lo que probablemente alguna vez se acerque. Y, aún si no, es tan entretenido.

A nadie le importa pero en Perú hubo, hace semanas, elecciones presidenciales muy extrañas: en estos tiempos de polarización, docena y media de candidatos se repartían intenciones de voto que nunca superaban el 15 por ciento –y, tres días antes, nadie tenía muy claro qué par pasaría a la segunda vuelta. Pasaron, al final, y competirán por la presidencia este 6 de junio, el señor Pedro Castillo y la señora Keiko Fujimori.

La señora Fujimori es la primera de los cuatro hijos de un ex presidente preso por corrupciones y homicidios, que a sus 20 años ya era primera dama de su país por la espantada de su madre; ahora, a sus 45, tras estudiar administración de empresas en Estados Unidos y casarse y parir y pasar temporadas presa por corrupción, lavado y Odebrecht, ya ha perdido por muy poco dos elecciones presidenciales y va por la vencida.

El señor Castillo es el tercero de los nueve hijos de una pareja de campesinos de Chota, en el noroeste del país, que estudió para maestro, trabajó muchos años de maestro y en 2017, a sus 47, también casado y con tres hijos muy cristianos, encabezó una huelga de maestros que sacudió al país –y lo puso en las teles. Un mes antes de las elecciones de abril era un personaje folclórico que hablaba de representar a los pobres y nacionalizar recursos; sin que nadie lo previera, terminó primero con el 19 por ciento de los votos. Había ganado en el campo, en la sierra, en las zonas más pobres.

El hombre me llamó la atención, me interesó. Pregunté, busqué en los medios; lo que más destacaban es que no era un izquierdista al uso. Lo decían en frases como esta: “A partir del 28 de julio, Perú tendrá un presidente populista y conservador, independientemente de quién gane. Los dos candidatos (…), la derechista Keiko Fujimori y el maestro radical Pedro Castillo, están, desde espectros ideológicos opuestos, en contra de la igualdad de género, el matrimonio entre personas del mismo sexo y el aborto”. Es una muestra: muchos insistían en ese carácter “conservador” del candidato de izquierda y lo exhibían como su rasgo principal. (A propósito: Castillo no está “en contra de la igualdad de género”; sí dice que “el enfoque de género en la escuela no es mi prioridad”.)

Seguí buscando. Encontré que Castillo dice, por ejemplo, que, ya que las ganancias de una empresa resultan del esfuerzo colectivo, “los sueldos de los empresarios deberán ser múltiplos de las remuneraciones de los obreros, así podrá un empresario ganar muy bien, pero pagará a su obrero menos calificado no menos de veinte veces su propio sueldo”. Y que propone nacionalizar –no necesariamente estatizar– las explotaciones mineras y petroleras para que las empresas internacionales que las aprovechan no se lleven el 80 por ciento de los beneficios y dejen el 20, sino al revés. Y aumentar los presupuestos de educación y salud del tres al diez por ciento del presupuesto nacional. No parecía que lo propusiera desde afuera: dicen que muchos de los pobres de las ciudades y el campo que lo votaron lo ven como uno de ellos –porque, en principio, es algo así como uno de ellos.

Yo no sé quién es en realidad Pedro Castillo. No sé si es confiable o no, si está mintiendo como un bellaco o se la cree, si sufre las clásicas tentaciones autoritarias de muchos de sus pares latinoamericanos. Es difícil enterarse, así, a lo lejos. Pero tampoco me importa tanto; me interesa, ahora, más allá de su persona, la idea general: la posibilidad de una izquierda no progre.

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Supongamos, para ponernos esquemáticos, que progre significa ampliar las libertades y cuidados e izquierda significa emparejar el reparto de las riquezas y poderes; que izquierda significa usar el estado para que los que tienen menos vivan mejor y progre significa usar el estado para que cada cual pueda elegir mejor cómo vivir. Si es así, la mayoría de los partidos y grupos de izquierda actuales son más progres que izquierdas: han dejado de cuestionar el orden general y se ocupan sobre todo del avance de las opciones y libertades personales.

Y, aunque es necesario que esos partidos intenten mejorar el medioambiente o la educación sexual o la vida de las minorías de género o la muerte de quien la desea, también parece claro que esas reivindicaciones conciernen sobre todo a una parte de la población: que muchas veces los más pobres tienen problemas más urgentes, y las sienten ajenas o amenazadoras. A menudo los sectores que insisten en ampliar las libertades no intentan atacar seriamente la desigualdad –porque no lo creen posible o no saben cómo– y los sectores que necesitan más reparto no sienten que precisen esa ampliación de libertades –porque tienen otras ideas de la vida o al menos otras urgencias. Por eso, también, los que necesitan más distribución abandonan a esas izquierdas y escuchan cada vez más a esas derechas que les ofrecen ciertas ilusiones: que se ocupan de ellos. El Front National o Vox votado por obreros y ex obreros, por ejemplo.

Es uno de los problemas centrales y más escurridizos de la política actual: dónde están –quiénes son– los pobres, qué piensan, qué votan. Ya no solo en los países confusos de América Latina; también en Europa, donde solían votar a las izquierdas cuando eran obreros y locales, ahora que ya no son obreros y muchas veces son migrantes, no se sabe.

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Supongamos, para ponernos más esquemáticos aun, que uno de los grandes problemas de la política actual es qué hacer con los pobres: que nadie sabe qué hacer con los pobres –y menos que nadie los partidos políticos. Recordemos, para ponernos más aun, tres modelos actuales: los partidos del centro clásico occidental –que la gran prensa llama “socialdemocracia”– les ofrecen servicios y subsidios que los contienen y controlan; los gobiernos del centro clásico tercermundista –que la gran prensa llama “izquierda”– les ofrecen limosnas que los contienen y controlan; los partidos de extrema derecha –que la gran prensa llama “derecha”– les ofrecen soflamas que retoman y exacerban sus resentimientos nacionalistas y sectoriales.

Los partidos de izquierda –que la gran prensa no llama– siempre les han propuesto formas, que hoy parecen lejanas, de dejar de ser pobres: no preservarlos sino eliminarlos. Pero es pa’quilombo: para conseguirlo deberían sacarles a los que tienen más, que nunca quieren tener menos. Y eso crea complicaciones, divisiones; en cambio, casi todos podemos ponernos de acuerdo en que es importante reciclar y cuidar el planeta o conseguir que las mujeres ganen lo mismo que los hombres por el mismo trabajo –aún si no lo hacemos.

Así que partidos y grupos de las izquierdas más al uso se concentran en esos asuntos –y al mismo tiempo pierden pie, se distancian de los que deberían ser los suyos. Aparecen estas diferencias entre proyecto progre y proyecto distributivo, que no tendrían por qué existir pero existen. Yo no sé si el maestro Castillo dice que está en contra del matrimonio homosexual porque lo cree o porque es lo que cree que su gente quiere que diga. Lo dice, en todo caso. Y me lleva a preguntarme si tendrá razón al dejar de lado esas reivindicaciones que, al fin y al cabo, conciernen a otra parte de la población, que muchas veces los más pobres no sienten como propias, y hacerse cargo de las que sí.

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Entonces, ¿qué pasa cuando un dirigente de izquierda descubre que esos pobres que quiere convocar no están de acuerdo con ciertas metas que podríamos llamar progres? ¿Insiste en proponerlas aunque pierda con eso la identificación con ellos o prefiere dejarlas si ese es el precio de avanzar con ellos? ¿Es mejor adaptarse a esas ideas “conservadoras” o eso sería, una vez más, aceptar que un buen fin justifica malos medios? O, incluso, si ese dirigente de izquierda cree en esas ideas y no es progre, ¿sigue siendo de izquierda?

La disyuntiva del maestro de Chota debería recuperar un debate que no practicamos suficiente: qué significa ser de izquierda. ¿Traer a la escena pública los temas que otros no debaten? ¿Intentar que no haya más pobres? Durante mucho tiempo el Optimismo Marx nos mantuvo convencidos de que ambas cosas eran una y la misma. Pero, si resulta que no, ¿ser de izquierda sería, más que nada, representar a los pobres? Y, en tal caso, ¿qué es representar? ¿Traducir sin más lo que dice un sector o intentar cambiar ese discurso? ¿Definir sus “necesidades objetivas” o adaptarse a las que enuncia como propias?

Quizás haya que abandonar el punto más logrado del Optimismo Marx: aceptar que los pobres no son los que van a cambiar el mundo y trabajar pensando en otros sectores, los que supuestamente sí. O quizás haya que asumir que lo que piensa la mayoría de los pobres debe ser aprendido, respetado y defendido. O que, modestamente, no se trata de cambiar el mundo sino de conseguir que no haya más pobres. O quizás haya que buscar otra forma de síntesis. Vaya a saber. El debate es más que complicado; lo más fácil, como siempre, es esquivarlo.

Total, por ahora, todo eso pasa en el Perú.

Las víctimas de las víctimas

Hace unos años estuve en Israel/Palestina, invitado por Médicos sin Fronteras, para escribir sobre los efectos de la ocupación israelí en la población palestina y tratar de entender algo sobre esa guerra que no acaba. En estos días, en medio de las bombas –de las noticias sobre bombas– lo recordé mucho. El artículo se publicó entonces en El País Semanal; pasó tiempo pero la situación general, lamentablemente, no ha cambiado mucho. Y por eso, supongo, las bombas siguen cayendo sobre esas tierras castigadas.

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Martín Caparrós

“Todo pasó en cinco minutos. Eran como las tres, estábamos durmiendo y nos despertó el ruido de los coches que paraban; mi esposo me dijo ahí están, buscan a algún vecino. Yo le dije duérmete y pensé uy dios, por favor ayuda a la madre del que vienen a buscar. Lo pensé, no sabía y lo pensé. Y entonces escuché los golpes en mi puerta. Mi esposo se levantó de un salto, les abrió la puerta; yo también salí, ni siquiera me cubrí, salí así como estaba y me vieron todos, qué vergüenza. Mi esposo les preguntó qué querían y uno dijo venimos a buscar a Leith. Eran como quince, había soldados, policías, policías de civil con armas largas, capuchas, yo tenía mucho miedo. Ellos sabían cuál era su cuarto: directo varios fueron para ahí, los demás se quedaron apuntándonos, dando vuelta las cosas, dando gritos. A Leith lo sacaron con las esposas puestas, la cara que tenía, pobrecito. Yo les pregunté por qué se lo llevaban y uno me dijo no, nada, unas preguntas y se lo devolvemos. Entonces yo les dije que si le querían hacer preguntas yo tenía que estar presente, porque Leith es menor, tenía 14 años. Me dijeron sí, venga a la cárcel cuando quiera, y se fueron sin decirme más nada. Entonces mi marido y yo vinimos y nos sentamos, en estos sillones nos sentamos, uno frente al otro y yo pensaba qué fue todo esto, ¿una pesadilla? ¿Ahora me voy a despertar? Me parecía que no podía ser cierto, le dije a mi marido no es cierto que se lo llevaron, ¿no? Dime que no es cierto. Y él me dijo sí pero no te preocupes, a la mañana lo vamos a buscar, no te preocupes, es un chico, no le van a hacer nada; a la mañana nos lo van a devolver. Y yo lo escuchaba y no podía ni llorar. No sé por qué, quería llorar y no podía. Trataba, pero no podía.”

Hanan es la madre de Leith, que fue, el año pasado, cuando lo detuvieron, el preso político más joven del país. Las autoridades israelíes dijeron que Leith participó de manifestaciones, que tiró piedras a unos soldados en la entrada del campo, que era peligroso para Israel y debía estar encerrado: le pidieron dos años de cárcel. Lo condenaron a nueve meses más tres años de condicional.

–¿Usted cree que Leith realmente atacó a los soldados?

–¿Honestamente? Sí, yo creo que lo hizo. Pero es un chico de 14 años y los soldados insultaban a su madre.

–¿Qué decían?

Hanan no quiere repetirlo; palabrotas, dice, palabras muy malas. Le decían esas cosas y él tenía que reaccionar, ¿qué podía hacer si no? Suenan gallos, varios gallos –o un gallo persistente.

–¿O sea que se peleó por defender a su madre, no a su patria?

–No, no solo. También vio cómo los soldados golpeaban a varios de sus amigos, y eso tampoco pudo soportarlo.

Hanan tiene una túnica negra con bordados plateados y un hijab turquesa, los ojos muy oscuros. Viene de una familia acomodada; en 1996 se fue a Miami y estudió Negocios, se casó, tuvo sus dos primeros hijos. En 2004 decidieron volverse: South Beach les parecía un lugar peligroso para criar chicos. Ahora, su marido tiene un restorán y los dos tienen dos hijos más y todos viven en el campo de refugiados de Shaufat, en Cisjordania. Un campo de refugiados no es un campo; es una ciudad bien tercermundo, las calles angostas llenas de gentes y de coches viejos y de cables colgando, los frentes de las casas sin revoque –como si todo fuera provisorio: 50, 60 años provisorio. Por fuera, la casa de Hanan parece a medio hacer; por dentro tiene su equipo de música, su plasma, una cocina grande y bien provista, los sillones: esos sillones gordos, orondos, que son la marca del éxito en tantos países donde el calor los hace tan incómodos.

–Leith no se va a olvidar nunca de lo que le hicieron. Le pegaron mucho, lo tenían días y días sin dormir, lo pateaban para despertarlo; todavía se despierta sobresaltado cada noche. Nunca se va a olvidar. Y yo tampoco.

                                                  *          *          *

Hay una guerra. A veces la pelean con armas, otras veces con piedras, con palabras, con acuerdos de paz, con bombas varias, con miradas golpes esperanzas, con rezos, con abrazos. Hay una guerra porque hay dos pueblos que quieren la misma tierra. Uno tiene un estado que lo estructura, un ejército que lo defiende; el otro no. Ambos enarbolan sus derechos: la historia, tradiciones, mitos.

–O sea que hay tres posibilidades: o esa tierra se reparte en dos, o los dos viven juntos en ella, o uno de los dos echa o extermina al otro. En general la que prima es la tercera opción, pero digamos que no la queremos.

Dice Marius Schattner, 71, periodista franco-israelí, ex maoísta, ex sionista de izquierda, varios libros sobre la cuestión.

–La coexistencia es muy difícil y supondría un estado con ciudadanos de primera, los israelíes, y ciudadanos de segunda, los palestinos, una segregación, si no un apartheid. El reparto en dos estados es la opción más lógica; la fuerza principal que se le opone es el Estado de Israel, el gobierno israelí, que produce hechos –las ocupaciones, las nuevas colonias– que lo hagan imposible.

Hace décadas que colonos judíos empezaron a construir casas y ocupar espacios en los territorios ocupados, supuestamente palestinos, pero el movimiento se aceleró en los diez últimos años. Ahora hay por lo menos 300.000 en Cisjordania, 200.000 en Jerusalén Este: medio millón de personas, una masa crítica difícil de expulsar.

–Hace unos años los colonos eran una franja extrema de la población judía. Hoy es una corriente central, que ocupa cada vez más lugar en las conciencias y en el gobierno del Estado.

Dice Micha Kurz, 32, enérgico, sonriente, israelí, judío ashkenazi, activista de organizaciones palestinas.

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Hay una guerra. Como en toda guerra hay intrigas, héroes, ratas, fanáticos, fanáticos, intereses, desinteresados, razones que la razón ignora, corazones que ignoran la razón. Como en toda guerra, todos tienen razón y ninguno la tiene.

(Marius me contó un cuento: la mujer del rabino le dice Shlomo, no te entiendo. Primero vino el zapatero y te dijo que había peleado con el panadero y le dijiste que tenía razón; después vino el panadero y te dijo que había peleado con el zapatero y le dijiste que tenía razón. A mí no me parece que les puedas a decir a los dos que tienen razón.

–Mujer, tienes razón.)

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Hay una guerra y a veces los que intentan disimularlo lo consiguen. Salvo en Hebrón: aquí, está claro, hay una guerra. Hay una guerra y no hay otro lugar donde esta guerra esté tan marcada en el espacio. Hebrón es la ciudad más grande de Cisjordania: un cuarto de millón de palestinos a 30 kilómetros de Jerusalén. Hace diez años la calle Shohada –la calle de los Mártires– era el corazón de Hebrón: el mercado en medio de la ciudad vieja, miles y miles de personas comprando, vendiendo, encontrándose.

Micha la recuerda su primer día de soldado, 2001, cuando tenía 18: un sargento les mostró desde su puesto de control el mercado, todavía vivo, todavía bullendo, y les señaló la multitud de palestinos allá abajo y les dijo que eran todos posibles terroristas y que todos, absolutamente todos ellos los odiaban. Que no se descuidaran. Que no se contuvieran. Que su tarea era mantener “estéril” el área que les habían asignado –estéril significaba limpia de árabes– para proteger a Israel y a los colonos israelíes.

Poco a poco, Micha fue descubriendo que su papel no consistía en proteger a los colonos que avanzaban sobre las tierras palestinas sino en ayudarlos en su avance, y que para eso tenía que hacer cosas como patear puertas de casas palestinas al filo de la madrugada, patear cuerpos de jóvenes palestinos a la hora que tocara.

                                                  *          *          *

Ashraf es palestino. Ashraf es un tipo musculoso, 30 años, mandíbula potente, la mirada severa, pero los ojos se le empañan cuando recuerda aquella noche de septiembre 2006 en que soldados entraron a los tiros en su casa, lo ataron, se lo llevaron vendado y esposado. Y más cuando recuerda los 64 días de interrogatorios, los golpes, la confusión, la celda de aislamiento y, sobre todo, esa máquina que le inmovilizaba la cabeza para que gotas de agua helada le cayeran sin pausa en el mismo lugar entre sus ojos y lo cortaran como un cuchillo de hielo y le infligieran un dolor que no podía soportar y soportaba. (Alguien, alguna vez, tendrá que reflexionar sobre el lugar del agua en las torturas cool contemporáneas, ésas que los Estados Unidos sí toleran.)

Ashraf estudiaba entonces en una facultad islámica y no me quiere decir por qué se lo llevaron: me dice que alguna vez podrá, pero no todavía. Mientras, dice que lo más duro fue cuando lo pusieron en una celda con palestinos colaboradores –que allí llaman “los pájaros”– y que él les dijo cosas que había callado bajo el agua porque creyó que eran amigos, que eran compañeros, y cuando entendió que esos traidores lo habían llevado a traicionarse no conseguía entender que hubiera palestinos que hicieran esas cosas y que eso le dolió más que el dolor y más los ojos, más se le humedecen, más la voz se le rompe: que nada, en los cinco años que después pasó preso, acusado de militar en Hamas, fue tan tremendo como eso. Y que por eso –quizá por eso– salió de la prisión tan paranoico, desconfiando de todos y de todo, y que no soportaba y por eso –supongo que por eso– cuando le pregunto qué va a hacer ahora, si va a seguir peleando, me dice que aquello fue un momento de su vida y que ahora es distinto pero el brillo de los ojos lo desmiente y no sé si creerle: también eso es un efecto de la guerra.

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Hace diez años la calle Shohada era el corazón de Hebrón: ahora es un desierto. Todo alrededor, calles desiertas. Desiertas: casas vacías, los negocios cerrados, el silencio, algún pájaro, un motor a lo lejos; no hay coches, no hay personas.

En el corazón de Hebrón hay mil colonos que ocupan unas doscientas casas. Para protegerlos, la zona fue vaciada, llenada de bloques de cemento, soldados que patrullan. En otras casas todavía quedan palestinos pero casi no salen: solo lo indispensable. Sus calles están cubiertas con una red metálica porque desde sus casas los colonos solían tirarles piedras, botellas, lo que fuese; ahora, por la red, tiran agua servida.

Y todo está callado, abandonado: muerto. Es un paisaje como no he visto igual: el espacio vacío, la rudeza del sol, muchos soldados. Entre las calles inaccesibles se fue armando una tierra de nadie, casas de cinco o seis siglos donde intentan vivir algunos palestinos, donde no hay policía, donde pululan traficantes y unos perros salvajes que atacan a los chicos.

                                                  *          *          *

Cuesta ver que el derecho no es de verdad un ojo. Musrab lo perdió hace menos de un año: caminaba con su madre y su tía y sus dos hermanitas menores por una ruta en las afueras de Hebrón donde unos chicos palestinos tiraban piedras a soldados.

–¿Por qué tiraban piedras?

–Bueno, no sé, pasa muy a menudo.

Me dirá ahora Heyam, la madre de Musrab, y que los soldados empezaron a disparar balas de goma y que ellos estaban lejos de los chicos, en otra dirección, pero igual les tiraron y que una bala le pegó a Musrab justo en el ojo. Musrab se cayó al suelo, se agarraba la cara, sangraba, tanto grito. La ambulancia tardó una eternidad, en el primer hospital lo derivaron, en el segundo también; esa misma noche en Jerusalén un doctor le dijo a Heyam que habían hecho todo lo posible pero que lo sentía: que habían tenido que sacarle el ojo.

La adaptación fue larga, dolorosa. Musrab chocaba con las cosas, se caía, se desesperaba. En la escuela ya no reconocía las letras, se desesperaba. No quería hablar de su ojo emparchado; cuando le preguntaban se enojaba, gritaba, se desesperaba. Recién cuando le sacaron el parche y le pusieron en su lugar un ojo artificial, muy parecido al suyo pero quieto, Musrab entendió que nunca volvería. Entonces le dijo a su mamá que bueno, que no le importaba, pero al primer compañero de clase que le dijo “ojosolo” le pegó –le pegó bien, con la rabia de todos esos meses.

–Y nunca más me dijeron nada.

Dice, ahora, en la calle delante de la casa familiar, y se refriega el ojo que no tiene. Yo cierro uno para ver el mundo como lo ve Musrab: no es medio mundo, es un mundo más chato, interrumpido por la propia nariz, irritante, truncado.

–¿Y tienes algún amigo israelí?

–¿Yo? ¿Por qué? ¿Para qué?

Musrab es musculoso y le pega bien a la pelota y tiene un sistema para bajar las escaleras con los dos pies juntos, a los saltos. También tiene el pelo corto y duro, los labios finos, un equipo de gimnasia azul oscuro, el ojo menos, ocho años.

–¿Te acuerdas de ese momento?

–Sí, claro que me acuerdo. Estaba todo lleno de soldados.

El azar siempre decide demasiado. Pero en las guerras exagera.

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Me pregunta qué sería de una boca sin la lengua: que si puedo imaginarme la boca sin la lengua –y que así sería, sin ellos, esta tierra, me dice, me sonríe, sigue andando. El viejo tiene la barba blanca, los ojos pícaros, los dedos ramas secas.

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Nada de esto pasaría si ellos no tiraran piedras, me dijo después un amigo israelí y, a su manera, también tenía razón. Son lógicas muy lógicas: es muy difícil para un muchacho que crece viendo su país ocupado no tirarle una piedra a los soldados ocupantes; es muy difícil para un país que ocupa y se defiende no intentar contener a esos muchachos.

–La mayoría de mis amigos no saben lo que pasa. Están muy ocupados con sus cosas.

Que a sus amigos todo esto no les importa mucho porque están muy concentrados en sus carreras e hijos e hipotecas, dice Micha y que si vives en Tel Aviv o Haifa puedes pasar de todo esto o intentarlo y que, de todos modos, ellos están convencidos de que los palestinos son bestias sanguinarias que solo quieren destruir el Estado de Israel, así que lo que les caiga les estará bien empleado.

–De algún modo necesitan creerlo, les conviene creerlo.

Dice, y que las provocaciones de los colonos sirven para reafirmar esa idea –para forzar a los palestinos a reaccionar con violencia– y, así, justificar cualquier ataque. Y que si unos extremistas quieren hacer eso allá ellos, que lo terrible es que el ejército israelí los ayude. Que por eso, entre otras cosas, cuando terminó su servicio militar decidió dedicar su vida a denunciarlo.

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Del otro lado del check point –las armas, el cemento, los alambres– la ciudad resucita, el mundo otra vez vivo. Difícil pero vivo. Y entonces la violencia –el placer de la violencia– con que me echan de una mezquita porque no soy uno de ellos y se acabó el horario para los extranjeros. El gozo de decir yo soy quien manda aquí no tiene religión, no tiene patria.

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La señora es alta flaca huesuda, más de sesenta años, los rasgos muy marcados, y su nombre no es su nombre: se llama UmMaher, que quiere decir madre de Maher, porque su hijo Maher fue un mártir de la causa. La señora vive en un pueblo que fue de los beduinos, en una casa donde hubo ovejas y hay desolación, el muro enfrente. La señora recuerda esos tiempos en que no había en Cisjordania 500 kilómetros de muro, en que los territorios ocupados no eran todavía este laberinto de paredes y rutas clausuradas y bloqueos y puestos militares. Después me dice que en cualquier momento pueden llegar las topadoras a derribar su casa, que ya se lo dijeron los soldados, que van a derribarla y la van a ocupar y ella va a perder todo. Y que si por lo menos la dejaran entrar en Jerusalén, que su hija mayor vive en Jerusalén pero ella no puede entrar y su hija no puede salir porque no tienen los permisos y que hace más de ocho años que no se ven y que de verdad quiere, que necesita verla. Y que está enferma, muy enferma y no le queda mucho tiempo y querría ir a rezar a la mezquita de Al Aqsa, en el monte del Templo de Jerusalén, antes de morirse porque ese lugar fue bendecido por el Profeta y un rezo allí, me explica, equivale a 500 en la casa. Que si pudiera ir a rezar ahí se moriría tranquila, dice, y que ella lo único que quiere es la paz y la armonía y que por favor no salgamos a la puerta de la casa a mirar el muro y el puesto militar porque si nos ven los soldados israelíes después van a venir a molestarla. Que no salgamos, por favor, nada más eso pide.

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Hay una guerra y, como en tantas guerras, los dioses son la excusa. Los colonos insisten en que tienen derecho a vivir en Hebrón porque su dios les dijo: “Dios creó todo el mundo pero su cuartel general está aquí”, dice un rabino colono en un documental. “Nosotros creemos en la promesa de Dios, que le dio esta tierra al pueblo judío. Si hay gente que quiere venir a vivir aquí como huéspedes, que sean bienvenidos, pero si creen que pueden gobernarla, es imposible”.

En medio de Hebrón, en medio del conflicto, la mezquita de Ibrahim, sinagoga de Abraham: sobre las tumbas, dicen, de Isaac y Rebeca y Lea y Jacob y Sara y Abraham. Es un gran edificio que empezó a construirse dos mil años atrás y se siguió construyendo desde entonces. Durante siglos fue mezquita; cuando Israel ocupó Cisjordania en 1967 se quedó con una parte para hacerla sinagoga. Algunas de las decoraciones más antiguas de la mezquita repiten un motivo conocido: la estrella de David. Pero su nave principal está llena de cámaras porque no solo Dios quiere ver todo.

Las tumbas también pueden verse desde las dos partes. La de Abraham es un túmulo pomposo cubierto de una tela verde con dorados en medio de un cuarto lleno de arabescos. Las entradas están clausuradas; hay que mirarla desde dos ventanas, una del lado judío, otra del musulmán. Y, entre las dos, junto al sepulcro, un vidrio a prueba de balas, por si acaso. Judíos y musulmanes veneran al mismo muerto amenazándose.

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Hay muchos otros momentos en que israelíes y palestinos –o mejor, judíos y musulmanes radicales– se ven, con perdón, tan parecidos. Digo, por ejemplo, cuando pasan esos hombres musulmanes o judíos caminando, sus mujeres detrás y muy tapadas, inundadas de niños, sometidas: tan voluntariamente sometidas.

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Ya lo habían hecho muchas veces. Llevaban un par de años cruzando la frontera en ese valle, no muy lejos de Hebrón, donde la vigilancia solía relajarse y el alambrado tenía agujeros. Más de una vez se habían preguntado por qué tanto descuido; nunca pensaron si sería a propósito.

Iban a trabajar a Israel. No tenían permiso, porque para tenerlo habrían debido ser mayores de 25, casados, algún hijo. Noor y su hermano y su primo tenían 21, 22. En la costa les pagaban unos 200 shekels –40 euros– por día de albañilería y en un mes podían trabajar diez o doce días; en territorio palestino el trabajo era escaso y mucho peor pagado. A sus patrones también les convenía: los palestinos sin permiso les cuestan la mitad que un obrero con papeles. Si los descubren deben pagar multas; muchos se arriesgan.

Noor no siempre la pasaba bien. A veces caía en algún control policial, le pegaban un poco, lo devolvían a Cisjordania; a los pocos días cruzaba de nuevo. Hasta esa tarde de noviembre: Noor se arrastraba bajo el alambrado cuando sintió el relámpago en la pierna. Pensó que debía ser un golpe de electricidad: que el alambrado le había dado una descarga. Tardó un momento en ver la sangre, los pedazos de pierna colgándole del pantalón roto. Le habían acertado una bala explosiva.

El dolor tardó en llegar; cuando llegó, nada dejó que no doliera. Noor gritaba, se agarraba la pierna, se retorcía en el suelo. Varios soldados lo rodearon, le apuntaban; uno le dijo que había tenido suerte, que la próxima vez tirarían a matarlo.

La operación duró casi seis horas: Noor tenía la tibia y el peroné de la pierna derecha hechos pedazos. Todavía le quedaban otras tres cirugías, dos meses en el hospital, la recuperación que no termina. Noor sabe que quizá nunca camine como antes, y los dolores lo persiguen. Por lo menos, dice, ya no tiene esas pesadillas espantosas en que la bala dum dum volvía y volvía.

Noor tiene el pelo muy corto, las cejas gruesas, la palabra difícil: busca, tarda, no siempre las encuentra. Tiene un rictus constante entre la pena y la extrañeza: como quien no entiende o, mejor, preferiría no entender lo que sí entiende. Sabe, entre otras cosas, que nunca va a poder volver a trabajar en Israel. Ningún miembro de su familia va a poder: en la oficina de permisos les dijeron que nunca se los darían porque si cruzaban quizá trataran de vengarse.

–¿Y ustedes tratarían de vengarse?

–No, qué vamos a hacer. Si tratamos de vengarnos podrían venir y tirarnos abajo la casa. Yo no quiero más líos, quiero estar tranquilo. Yo ahora sé lo que te hacen si les traes problemas.

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Los trabajos se mezclan y se intrincan: los dineros. Aquí mismo en Hebrón un empresario palestino fabrica buena parte de las botas que usan los soldados israelíes.

–Bueno, aquí ya casi nadie le habla. Pero se ve que la plata le hace olvidar los sinsabores.

Me dice Samir, mi guía. También se mezclan las condenas: Rania me cuenta la tristeza, la sordidez de tener que hacerse cargo de la prisión de su hijo Ahmad, 16 años:

–Lo condenaron a dos años y, como era menor, le dieron prisión domiciliaria. Entonces yo, su madre, soy la responsable de que no salga de la casa. Yo soy su carcelera, me entiende, yo tengo que ser su carcelera, yo, su madre.

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El problema, una vez más, son los principios: que uno compara la actitud de Israel con sus propios principios. No con un estado belicoso y represor sino con un proyecto de país democráctico, socializante, surgido para lavar la peor represión de los tiempos modernos.

–Cuando los ingleses colonizaban lo hacían en nombre de la civilización; los franceses, de los derechos humanos; los españoles, de la religión. Los israelíes colonizan en nombre de las víctimas: victimizan a otros, legitimados por su antigua condición de víctimas. Y lo más curioso, en un caso como el de Hebrón, es que se vuelven a convertir en víctimas: ellos mismos instalan un ghetto judío armado en medio de una población de miles y miles de personas que los odian. Es la víctima la que manda, la víctima-verdugo, un invento tan raro.

Dijo Marius, aquella vez, y la risa le sonó muy amarga.

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Centro de Hebrón, el sol que raja, las cuatro de la tarde, un soldado israelí –moreno, casi niño, lampiño, los ojos legañosos– se hamaca en una hamaca de jardín que alguien dejó en un descampado. Debe estar de servicio: tiene sobre la falda una de esas ametralladoras tremebundas y está casi dormido: calor, el balanceo. De pronto, desde tantos rincones, alauakbar, diez o quince muecines llaman a la plegaria. El aire se le llena de voces enemigas. El chico se sobresalta, sacude la cabeza, aprieta con las manos el arma, mira nervioso hacia los lados. Los gritos crecen, allauakbar. El chico sigue mirando, nervioso, a los costados.

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Hanan me cuenta que cuando los soldados se llevaron a Leith, su hijo de 14, no era capaz de ir a su cuarto, así que lo cerró. Que nueve meses lo tuvo cerrado, que nadie podía entrar.

–Quería su olor, quería que su ropa estuviera como él la había dejado, quería que todo estuviera como él había querido… Quería olvidarme de esa noche, esos soldados.

–¿Los odia?

Hanan se calla, piensa, busca, canta un gallo:

–Sí. La verdad, sí. Nunca me voy a olvidar de cómo le pegaron, delante de mí…

–¿Y qué piensa hacer con su odio?

–El problema es que no puedo hacer nada. Solo pienso que como madre tengo que criar buenas personas. Israel quiere que nuestros chicos sean ladrones, traficantes, drogados; como madre, mi lucha es que mis hijos sean los mejores. Si cada madre pudiera criar buenos chicos, les daríamos más pelea que con las piedras.

Dice Hanan y se le va una lágrima y me cuenta que su hijo de cuatro años, Hasan, no lloraba nunca cuando iban a la cárcel. Aquí, entre los sillones, Hasan está jugando con una pelota de goma. Me la pasa, la rebotamos en el suelo, nos reímos, nos chocamos las palmas, él me besa la mejilla. Yo me derrito y él se ríe y tira fuerte su pelota de goma.

–Hasan nunca lloraba, miraba todo muy serio, miraba mucho a los guardias de la cárcel. Un día, cuando teníamos que irnos, me dijo que no se quería ir. Buscó a un guardia, le tiró del pantalón para llamarle la atención y le dijo, tan serio: “Enciérreme a mí. Yo quiero que me encierre a mí y deje que Leith se vuelva a casa”.

Dice su madre y me dice, bajito, que tiene mucho miedo.

Las vacunas corruptas

Martín Caparrós

Los argentinos adoramos los escándalos. Y somos buenos produciendo escándalos: como todos, o un poco más que todos –siempre todos nos creemos que “un poco más que todos”. Pero, más allá de chauvinismos tristes, aquel escándalo fue realmente adorable.

El viernes 19 de febrero el señor Horacio Verbitsky, un reputado periodista argentino de 79 años, reconocido oficialista, contó en un programa de radio que el día anterior había recibido una vacuna que no le correspondía en una dependencia especial del Ministerio de Salud Pública. Después se supo que otros paniaguados del gobierno habían hecho lo mismo. Era intolerable que unos pocos amigos del poder se vacunaran mientras tantos que lo necesitaban con urgencia no lo conseguían, y se armó el escándalo: el ministro y el periodista perdieron sus empleos y el Vacunatorio Vip quedó registrado, con toda justicia, como un ejemplo de corrupción y desprecio por la ley y la solidaridad. Fue uno de los puntos más bajos de un gobierno que no los escatima, y los grandes medios hablaron de eso semanas y semanas.

El domingo 9 de mayo el señor Mauricio Macri, un empresario y político argentino de 62, presidente del país entre 2015 y 2019, contó en su página de Facebook que se había vacunado en una farmacia de Miami, Estados Unidos, donde había viajado para participar en un “foro sobre la democracia”. En febrero, cuando el escándalo de su enemigo Verbitsky, el ex presidente había declarado –esta vez por Twitter– que “ante las reiteradas consultas sobre si me he vacunado, quiero aclarar que no me di ninguna vacuna contra el coronavirus y tampoco lo voy a hacer hasta que el último de los argentinos de riesgo y de los trabajadores esenciales la haya recibido”. Todavía hay millones de “argentinos de riesgo” que no la recibieron y el señor Macri se vacunó anteayer como solo pueden hacerlo los ricos: viajando a un país donde hay vacunas y pagándolas. Podría parecer intolerable: un señor que miente sobre sus intenciones y que las incumple usando sus privilegios de clase, pero no. Los mismos medios que se habían escandalizado con tanta razón cuando el periodista se vacunó gracias a su cercanía al poder político solo reseñaron, con toda discreción, que el político y empresario se había vacunado –gracias a su dinero.

Algún espíritu ingenuo podría sorprenderse, pero sabemos que la mayoría de los grandes medios argentinos miden el paño con varas muy distintas. La reacción social es más reveladora: no parece que muchos de los que se indignaron con la corruptela vacunatoria del periodista influyente se indignen ahora con la falsedad y prepotencia vacunatorias del político rico. La diferencia entre ambas reacciones es un ejemplo perfecto del papel social de la corrupción, ese azote y bálsamo de estos tiempos.

Lo que hizo el señor Verbitsky fue ilegal: incumplió las normas de su gobierno que dicen que las vacunas se deben aplicar según cierto orden de prioridades. Lo que hizo el señor Macri fue legal: cumplió las normas del capitalismo que dicen que el que tiene plata consigue más que los demás –incluyendo, por supuesto, mejor medicina.

Si en general aceptamos que un tipo que tiene más tiene derecho a tener más, ¿por qué vamos a discutir que ese tipo tenga derecho a vacunarse antes que otros? En términos jurídicos no hay nada que reprocharle al señor Macri; para reprocharle algo habría que suponer valores éticos –ideológicos–: la injusticia de la desigualdad, la importancia de la solidaridad, la condena del sálvese quien pueda, esas cosas que no están sancionadas por nuestras constituciones.

Su acción, entonces, no puede recibir ninguna sanción legal porque es legal; podría, si acaso, recibir una sanción política porque es política. Pero para eso habría que discutir y definir qué privilegios puede comprar el dinero y cuáles no, si está bien que los ricos hagan lo que quieren, si un gobernante debe vivir como sus gobernados, tantas cosas. En cambio la condena de la corrupción es simple y clara: el que consigue ventajas gracias a su relación con un estado comete un delito. Y no es preciso discutir sobre el orden social, las ventajas, las desigualdades: alcanza con atenerse a la letra del código penal, que, en cambio, no dice nada sobre los que concentran el dinero –o las vacunas– que tantos necesitan. Por eso las denuncias de corrupción ocupan tan a menudo el lugar del debate político. Por eso es tanto más fácil hablar de corrupción que de proyectos. Por eso el honestismo funciona tan bien.

Llámase honestismo a “la convicción de que –casi– todos los males de un país son producto de la corrupción en general y de la corrupción de los políticos en particular, dejando de lado todo el resto de las causas que los producen”. Para muchos, cargar todas las culpas sobre la corrupción es una forma de esperanza. El honestismo permite creer en soluciones mágicas: que si nadie robara, te dicen, todo se arreglaría –y esa certeza elude o cierra la necesidad de discutir modelos, proyectos, políticas. El recurso a la corrupción es la forma de postular que si hay desigualdad, si hay injusticia, si hay miseria no es porque un sistema las produzca sino porque unos individuos se quedan con lo que no debieran: porque son malvados, perversos, esas cosas. La corrupción sirve mucho para sostener este sistema: nos quiere hacer creer que es bueno, sólo que hay malos que lo usan en beneficio propio. La corrupción es la explicación de una época que no sabe cómo explicarse, cómo pensarse, cómo superarse. Ni, se diría, cómo vacunarse.

Madrid es indepe

Martín Caparrós

Sí, hubo elecciones regionales en Madrid, una comunidad autónoma de 6,5 millones de personas –que se sintieron como elecciones nacionales pero no lo fueron: Madrid tiene características muy propias. El resultado global fue un triunfo abrumador de la derecha, con una mayoría que le permitirá gobernar a su gusto los dos próximos años.

Hubo elecciones y el partido dizque socialista gobernante perdió como nunca: una campaña mal armada, un candidato despistado y la derrota más aparatosa de su historia local; quizá le sirva para entender algo. Hubo elecciones y Pablo Iglesias, que lideró la izquierda española en la década pasada con un partido nuevo, Podemos, se retiró de la política. La Parábola de Pablo es una síntesis apretada de los procesos tradicionales de las izquierdas: irrupción fulgurante con propuestas y métodos nuevos, que despiertan entusiasmos y esperanzas, seguida por una deriva cada vez más personalista y autoritaria que termina por desarmarlos y convierte un movimiento que parecía amplio y distinto en la misma secta de siempre.

Pero la verdadera lección de estas elecciones vino de la candidata ganadora, la presidenta PP de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso. Ayuso es una mujer de 42 años sin mayor historia ni brillo personal. Oradora mediocre, no se le nota ninguna inteligencia ni educación ni simpatía particulares. Su gestión de la peste fue poco menos que desastrosa, cantidad de muertes evitables. Y, sin embargo, consiguió uno de los mejores resultados de su partido en su capital en su historia.

Desde el principio estaba claro que Ayuso se aprovecharía de algo que muchos gobiernos provinciales han usado en la pandemia: su papel de policías buenos frente al policía malo representado por el gobierno nacional. Ha pasado en muchos países: el poder central impone restricciones que los poderes regionales critican y/o aligeran. Así, la responsabilidad de las medidas más impopulares –el peso del hartazgo– cae sobre los centrales. Los regionales tienen la ventaja enorme del “yo hubiera o hubiese”: en tiempos duros, que no le gustan a nadie, los que pueden argumentar que no les dejaron hacer lo que habrían querido se llevan más y más votos. En los últimos meses varias elecciones confirmaron ese reparto: los oficialismos ganaron en las provincias y perdieron en las naciones.

Pero aún así, yo  –con perdón– no entendía la Furia Ayuso, y me pasé semanas preguntándome cómo podía ser que un personaje tan escaso fuera a conseguir los resultados que esta señora amenazaba. No lo entendía hasta que escuché su discurso de la victoria, y supuse que sí. Creo que Ayuso ganó porque hizo eso que permite que un político o un movimiento ganen: creó un colectivo donde no lo había.

Ayuso inventó a los madrileños. Ser madrileño no era una definición política y, en términos culturales o demográficos, era una condición muy laxa, muy mezclada, suma de gente tan distinta, orígenes tan varios, conductas tan diversas. Ayuso les ofreció rasgos comunes. Ahora, en su versión, los madrileños son gente de trabajo y de sano recreo que había perdido su libertad –su libertad– de trabajar y recrearse porque el gobierno central se lo prohibía so pretexto de peste. “No entienden nuestro modo de vida”, dijo en su festejo, instalando un ellos y un nosotros, “y por eso el sanchismo no entra en Madrid”. Ahora, en la versión Ayuso –en la versión triunfante–, los madrileños son gente oprimida que decidió pelear por su libertad. Y más: los madrileños siempre se jactaron de ser migrantes llegados desde todo el país. Ayuso, en su discurso, les hizo un upgrade: son “lo mejor de cada rincón del mundo”, dijo, convirtiéndolos en una aristocracia –en sentido más que literal. Y vinieron a Madrid “a vivir en paz y en libertad”.

Creo que ganó por eso: Ayuso entendió que, en estos tiempos de desorientación global, no hay nada más eficaz que inventar un bloque local, un nosotros hecho de pertenencias y ofensas compartidas. Ayuso, gran defensora de la unidad de España, supo construir su propio movimiento indepe: allí donde los catalanes se duelen y defienden de Madrid, los madrileños se defienden y duelen de ese híperMadrid que es el gobierno central. Son las pequeñas delicias del nacionalismo –que sigue siendo, en días oscuros, el truco que más votos consigue. Alcanza con poder definir ese nosotros, darle una banderola, encontrarle enemigos, convertirlo en misión. Parece fácil, es lo más complicado. Ayuso o sus guionistas supieron cómo hacerlo, y por eso se llevaron el gato al agua. Ahí está, grita, se retuerce.

¿Araña?

McKey y el vacío

Martín Caparrós

Un tipo que salta desde un noveno piso no sirve para nada. Un tipo que salta desde un noveno piso no pretende servir para nada. Un tipo no se tira al vacío pensando para qué va a servir que se reviente la cabeza contra el suelo, que en dos o tres segundos más se acabe. Ese es, si acaso, el trabajo que nos queda a los que no saltamos. A mí me gustaría poder pensar para qué sirve –si sirve para algo– que Willy McKey, poeta venezolano, un tipo gracioso y generoso, se haya matado así.

(Cuando nació, hace 40 años, en un barrio obrero de Caracas, Willy McKey se llamaba Willy Joseph Patiño Lira; después se cambió el nombre y se hizo peludo, gordo, talentoso. Combinaba palabras con soltura y escribió libros de poemas, ganó premios por ellos; en algún momento se volcó a la política y redactaba para Juan Guaidó. Sabía cantar, comer, beber, pasear, reírse con denuedo; se ve que no sabía cosas que no sabíamos, que ocultaba horrores. Últimamente, partido como tantos compatriotas, vivía con su novia en Buenos Aires –hasta el jueves, cuando se tiró.)

Pensar, pero no es fácil: hay que meterse en el terreno más resbaladizo de estos tiempos. McKey se mató porque varias mujeres demasiado jóvenes contaron cómo las había seducido o intentado seducir: ellas eran menores, él usaba su poder cultural. La mujer que lanzó la denuncia –que firma Pia su largo hilo de tuiter– reproduce larguísimos chats entre ella y él: me impresiona en ellos el esfuerzo que hace un hombre por engatusar a una niña. Y –aquí debo escribir “por supuesto”, por supuesto– me parece horrible que alguien use ese poder para conseguir una satisfacción sexual. En el relato no aparece violencia física; aparecen, sí, esas maneras del poder que también lo son. Seguramente McKey hacía lo que hacía porque estaba jodido –algún modo de enfermo– y porque tantos lo habían hecho antes que él; de pronto se encontró con que eso que había hecho le acababa la vida. Por eso no puedo dejar de preguntarme si no hay cierta desproporción entre el hecho y su castigo –y, encima, convencido de que hay cierta desproporción entre el hecho y su castigo, me veo escribiendo que “no puedo dejar de preguntármelo”.

Es un terreno más que resbaladizo: el discurso social dominante en nuestros ámbitos hace que cualquier debate sobre el tema sea visto como una defensa de lo peor del poder masculino. Debatir se ha vuelto complicado, sospechoso: debatir, digo, pensar y sopesar. Pero hay una pequeña máxima de Montana que se opone a la famosa de Wittgenstein: allí donde el vienés decía que “Lo que no se puede decir hay que callarlo”, el sudaca creyó que “Todo lo que no se puede discutir infecta”. Vivimos virus, somos virus, viruseamos.

Así que me gustaría intentarlo, con la torpeza que me caracteriza, o por lo menos proponerlo. Creo que está muy bien que la condena social a los que tratan de usar sus poderes para conseguir favores sexuales sea dura. Esperemos que esa condena sea la forma de que ese mecanismo siniestro, que durante siglos pareció tan “natural”, desaparezca. El problema es que esa condena está descontrolada.

Willy McKey decidió que, culpable, su castigo sería matarse. Quizás exageró, pero lo cierto es que la sociedad –su sociedad– ya había decidido que estaba definitivamente afuera, que no tendría más trabajo ni lugar, que le resultaría muy difícil escribir, hablar, pensar, ganarse la vida, que le resultaría muy difícil vivir. Lo condenaron al vacío; se ve que, casi literal, no supo ver otra salida.

Yo sigo creyendo que hay que buscar otras. Creo que habría que encontrar la manera de pensar qué hacer con los que hacen esas canalladas sin destruirlos tanto como destruyen ellos –o más. Empezar a pensarlos sin el odio que se merecen pero que, muchas veces, desmerece a quien lo siente. Tratar de que el castigo sea proporcional al crimen. El problema es que aquí la ley y las leyes no intervienen, ni sus garantías. No hay presunción de inocencia hasta que se demuestre lo contrario; no hay un baremo de delitos y penas. El castigo es inmediato y es social y es completo y no da lugar a explicaciones y a esa transacción que llamamos condena: si hiciste tal cosa vas a tener que hacer tal otra y después, recién después, podrás recuperar tu vida. Aquí la sensación es que la vida del ofensor ya es irrecuperable, que ya la perdió –y por eso, imagino, Willy McKey saltó por la ventana.

Lo hizo, supongo, porque no soportaba imaginar ese vacío. Y entonces, por esas canalladas enfermas, se perdieron también tantos poemas, tantas risas, algún amor más cierto, las posibilidades de una vida. No digo que nada de eso justifique al agresor ni lo libre de culpa; digo que habría que encontrar la manera de no aniquilarlo, de darle la posibilidad de pagar por lo que hizo y recuperar alguna forma de su vida. De no saltar por la ventana, digo, cuando tanto hijo de puta sigue sentado en el salón, pontificando.

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