un cuarto –medio medio– propio

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Con izquierdas así, quién necesita derechas

Martín Caparrós

Tratados y más tratados tratan de explicarlo: ¿qué cuernos es la libertad? Hace unos siglos la idea parecía más clara: significaba, por ejemplo, que ninguna persona pudiera pertenecer a otra. O que ninguna pudiera decidir sobre la vida de otra. O que nadie pudiera imponerle a nadie qué pensar. O sea que, entonces, conseguir libertad era una urgencia. Pero, poco a poco, la idea se fue complejizando, acomplejando, y empezó a resultar tan opinable. Libertad, ahora, puede ser cualquier cosa –o casi nada. Por eso, también, se empezó a vocear tanto: total, nadie sabe que dice nadie cuando dice libertad.

Hay ejemplos. La líder real de la derecha real española, señora Díaz Ayuso, consiguió ese lugar proclamando en su campaña que traería “libertad” a los madrileños. Su libertad, por supuesto, no estaba clara: pareció que era la libertad de ir a los bares y contagiarse virus, pero debía ser algo más. Ahora, de algún modo, ha explicado su idea de libertad; si yo fuera madrileño me daría miedito.

Porque la señora Díaz dijo que la conquista de América llevó “el español y, a través de las misiones, el catolicismo y, por tanto, la civilización y la libertad al continente americano”. Aquella libertad consistió en esclavizar a millones de indios, exterminarlos a fuerza de enfermedades y trabajo y, cuando ya casi no quedaban, importar nuevos esclavos desde África para ocupar sus puestos. En cien años la población ñamericana pasó de unos 30 millones a tres o cuatro: la libertad triunfante. Nada distinto de lo que hacían otros colonizadores en otros lugares, nada que merezca una leyenda, pero reivindicar, en 2021, explotación y muerte como libertad explica de qué habla la señora cuando habla de ella.

Y, curiosamente, lo hacía contra unas declaraciones del señor Jorge Bergoglio, su aliado natural. El señor Bergoglio trabaja de papa y, como tal, pidió disculpas; es lo que hace su organización: trabaja para el poder, pide disculpas. Su organización, la Iglesia Católica Apostólica Romana, ya pidió disculpas por torturar a los que decían que la Tierra era redonda o que el sol no le giraba alrededor, por martirizar a cualquiera que pensara distinto, por quemar a miles.

Su calendario de disculpas viene muy cargado: ahora avanza lento hacia el siglo XVII –y tiene mucho que hacerse disculpar. Por eso, supongo, todavía no pidió disculpas, por ejemplo, por impedir que ahora mismo millones de africanos usen condones para no morir de sida, o por no permitir que las mujeres ocupen ningún cargo importante en su organización, o por condenar a los homosexuales a diversos infiernos. Ya lo harán los suyos dentro de algunos siglos, si es que hay suyos –y siglos. Por ahora, el señor pidió perdón por lo que hicieron los conquistadores españoles en México, comprándose el señuelo de su presidente, López Obrador, que dedica muchos desvelos a este asunto: como si los problemas actuales de un país que ya tiene dos siglos se pudieran resolver hace cinco; como si las injusticias no se construyeran día a día. Y, sobre todo, como si no fuéramos la mezcla. Es el viejo truco nacionalista: los malos son los de afuera, nosotros somos todos buenos –incluidos nuestros indios nacionales, que solo se comían a los niños cuando no conseguían hombres o mujeres lo bastante tiernos.

Pero, más allá de estos detalles de película mala, lo curioso es cómo Bergoglio se ha convertido últimamente en una especie de enemigo de cierta derecha –que debería estar firme a su lado. Entonces uno va y revisa: ¿será que la señora Ayuso tiene razón, que otra vez me equivoco, que Bergoglio es uno de los nuestros?

No hay doctrina más necia y peligrosa que la que sustenta esta idea: que el enemigo de mis enemigos es mi amigo. Hitler era enemigo de los ingleses y sin embargo nadie vio al Mahatma Gandhi –que lideraba la revuelta india para liberarse del imperio británico– gaseando judíos. Pero hay algunos que caen, una y otra vez, chorlitos insistentes. En España, sin ir más lejos, Bergoglio fue defendido por varios peronistas: Íñigo Errejón, Mónica García, Pablo Iglesias y compañía limitada han salido a hablar en su defensa.

Y ese es el chiste: si esa supuesta izquierda imagina que debe aliarse –o alinearse– con el monarca de derecho divino de la institución más reaccionaria de la Tierra, estamos listos. Dicen que se preocupa por los pobres. Por supuesto que la iglesia de Roma se preocupa por los pobres: esa es su parte del trabajo. Para eso estuvo siempre en este mundo: para conseguir que los pobres no jodan a sus jefes. Bienaventurados sean los pobres porque de ellos es el reino de los Cielos, etcétera etcétera. Lo siguen haciendo, hablan de ellos, los compadecen, incluso los entienden, y mantienen esa estructura de superstición y jerarquías donde las mujeres están excluidas, las razones prohibidas, el disenso penado por un dios y los pobres se la tienen que aguantar porque ya recibirán su recompensa. Esa estructura que sirvió desde hace más de 1500 años para sostener los peores crímenes; esa estructura que siempre se basó en la credulidad de muchos crédulos –y en los artimañas de unos pocos mañosos. Esa estructura que, como no estaba funcionando, tuvo que renovarse y se buscó un papa peronista.

Todo bien, es su trabajo, siguen intentándolo. Lo extraordinario es que haya señoras y señores –que se dicen inteligentes, que se dicen de izquierda– que sigan cayendo en esa vieja trampa. Aunque, al fin y al cabo, su sacrificio tenga un fin astuto: si la dizque izquierda sigue haciendo esas cosas, la derecha va a desaparecer de puro innecesaria. Alguien tenía que hacerlo.

Una historia de las mentiras de Manzur

El señor presidente de la Nación, doctor Alberto Ángel Fernández, acaba de nombrar al señor gobernador de Tucumán, doctor Juan Luis Manzur, su Jefe de gabinete. Al ver su nombre, recordé una pequeña historia: la había contado, hace más de diez años, en Argentinismos, un libro que publiqué entonces. Me parece que la historia, ahora, se hace útil y cobra otro valor.

“La tentación de truchar cifras, de hacerles decir lo contrario de lo que dicen, se extendió entre las filas kirchneristas. Abundan los ejemplos. En estos días, mientras la desnutrición mata chicos en las zonas más pobres de Salta, las cifras oficiales dicen que la mortalidad infantil bajó mucho en los últimos años. Es el sistema Manzur, del nombre de un doctor Juan Manzur, tucumano que ocupa, desde hace años, el ministerio de Salud de la Nación.

El doctor Manzur llegó avalado por un record extraordinario como ministro de Salud de su provincia: en cuatro años había bajado su mortalidad infantil a la mitad. O, por lo menos, eso dijeron el gobierno y los medios oficiales cuando lo nombraron en el ministerio, invierno de 2009 –en lugar de la licenciada Ocaña, que se había peleado demasiado con el señor Moyano. El doctor Manzur aparecía como la elección más lógica: un ministro que emplearía a fondo los métodos de gobierno consagrados por los doctores Kirchner. Porque ya un año antes diputados como Eduardo Macaluse y diarios como Crítica de la Argentina habían explicado el sistema Manzur para la reducción del flagelo: truchar cifras.

Así fue en Tucumán: según las estadísticas provinciales, en 2002 murieron 24,3 menores de cinco años por cada 1.000 nacidos vivos; en el 2006 la cifra se redujo a 13,5. El entonces ministro Ginés González García dijo que no conocía ‘experiencia más rotunda, donde se haya bajado a la mitad los índices de mortalidad infantil en cuatro años’. Seguiría sin conocerla: no lo habían hecho. Lo que sí hizo el doctor Manzur fue mandar a anotar como ‘defunciones fetales’ a los bebés más comprometidos –menos de un kilo al nacer– que morían en las primeras horas. Según todas las reglas internacionales, esos chicos deben ser considerados ‘nacidos vivos’ y, por lo tanto, si mueren, son parte de la mortalidad infantil. Excepto en Tucumán. El milagro tucumano era un simple truco contable, una inflación convertida en dispersión de precios, un indec de muertes chiquititas: otro triunfo –patas cortas– del relato sobre la realidad.

El doctor Manzur, un precursor, fue premiado con el ministerio de Salud. Mientras, la mortalidad infantil de la patria sigue siendo el doble que la chilena y el triple que la cubana; el 60 por ciento de esas muertes sería evitable con una inversión perfectamente posible, porque sus razones son la falta de control médico durante el embarazo, la cantidad de embarazos en los sectores más pobres y la desnutrición –que es la forma elegante de llamar al hambre– de las madres. Nada que no pueda solucionarse con algo más de infraestructura sanitaria y un poco de comida. Porque la realidad sigue existiendo, y el ministro silente debe estar buscando algún número para explicar que los chicos salteños no se murieron sino que tururú. Seguramente no se atreva a sugerir que los saquen de las estadísticas sanitarias y los pongan en las criminales: no querrá aceptar que esos chicos fueron asesinados por la desidia mortal del Estado argentino, del modelo argentino, de los grandes discursos argentinos: del relato.”

Su invento ya es antiguo e hizo escuela –y sería bueno que se difundiera. Desde entonces, el doctor Manzur se distinguió en varias proezas: como, por ejemplo, en 2019, cuando impidió que se le practicara un aborto a una nena de 11 años que había sido violada por el novio de su abuela –y la puso a parir por césarea.

Hablemos, cuando quieran, de libertad, de derechos, de respeto. O si no hablemos, como siempre, de pavadas.

El desgobierno

Martín Caparrós

Ayer los argentinos votaron masivamente contra el peronismo kirchnerista. Fue lo que los técnicos –que somos casi todos– llaman un “voto-castigo”. Los argentinos castigaron con entusiasmo al partido que los gobierna. Para castigarlo, los argentinos votaron sin entusiasmo al partido que no los gobierna porque lo habían castigado antes votando al que ahora los gobierna; antes aún lo habían votado en masa para castigar al que los había gobernado antes –el que los gobierna ahora–, que era el que habían votado antes y después dejaron de votar y después volvieron a votar y ayer, otra vez, no votaron. La frase es confusa, la sucesión es clara, las conclusiones más: elección tras elección, los argentinos votan al partido que no los está gobernando. O, más claro: lo que los argentinos no les toleran a sus gobiernos es que los gobiernen.

Y tienen toda la razón –creo que tienen toda la razón–: cualquier partido que gobierne la Argentina va a ganarse, con toda justicia, el repudio de sus ciudadanos. Cada vez, el rechazo encuentra sus maneras: esta, los medios hablan y hablarán de esa foto de fiesta en la residencia presidencial durante el confinamiento más estricto, hablan y hablarán de las vacunas vip, hablan y hablarán –menos– de los millones que se quedaron sin trabajo o sin comercio o sin medios para comer todos los días. Pero si no hubiera sido eso habrían sido otras cosas: la Argentina, tal como está, no es un país gobernable porque no es un país viable, no funciona. Y no funciona, entre otras cosas, por la esforzada labor de estos dos sectores políticos que la gobiernan desde hace cuatro décadas.

El partido que los argentinos votaron ayer tiene un discurso más “de derecha”; el que no votaron ayer tiene un discurso más “de izquierda”; sus acciones suelen parecerse. El partido que los argentinos votaron ayer endeudó al país, en sus cuatro años de gobierno, en unos 50.000 millones de dólares, virtualmente impagables. El partido que no votaron ayer empobreció al país en estos dos años de gobierno y lo llevó de un tercio de argentinos pobres a casi la mitad. El partido que votaron ayer cree en el mercado y lo grita a los cuatro vientos; el partido que no votaron ayer cree en el mercado y lo grita más bajo, más confuso. El partido que no votaron ayer cree en el asistencialismo clientelar y lo practica con denuedo; el partido que votaron ayer no cree en el asistencialismo clientelar y también lo practica con denuedo. El partido que votaron ayer y el que no votaron ayer usan la justicia en su beneficio –y, por supuesto, denuncian al otro por usar la justicia en su beneficio. El partido que votaron ayer y el que no votaron ayer –sus dirigentes más conspicuos– tienen causas pendientes por distintas corruptelas. El partido que votaron ayer y el que no votaron ayer tienen dirigentes de escaso vuelo, saberes muy justitos. El partido que votaron ayer y el que no votaron ayer son la base de esa estructura de poder que, con un empujón militar hace ya mucho tiempo, ha llevado a la Argentina a su abismo presente.

La política argentina de las últimas décadas es un vaivén patético entre dos grupos que, cada vez que gobiernan, consiguen rehabilitar al otro, que, gracias a su gobierno repudiable, le había abierto el paso. En la Argentina, parece, la única política exitosa es el desgobierno: estar enfrente, ser oposición, hablar y hablar sin tener la obligación de hacer, decir y –curiosamente– ser creído. Alguna vez, hace unos años, lo llamé el país calesita –tiovivo, carrusel–: algo que parece moverse pero en realidad sigue dando vueltas y más vueltas sobre sí mismo, sin ir a ningún lado, sin cambiar de lugar.

El bipartidismo de facto en Argentina es la mejor forma de asegurar la inercia de un país que necesita cambiar de dirección: detener la caída. El bipartidismo –hoy yo, mañana vos, pasado yo, pasado pasado vos– es la losa que cierra cualquier cambio, cualquier esperanza. No será fácil levantarla: los dos partidos o sectores saben que dependen del otro y hacen todo para fortalecerlo. Saben que su mejor recurso es ese enemigo que, con sus fracasos, les permitirá volver a gobernar y, para eso, necesitan decapitar a cualquier tercero que amenace desarmar ese animal de dos cabezas. Pero, mientras el monstruo dure, la Argentina seguirá cayendo.

Hace 50 años el producto bruto per cápita argentino era la mitad del de Estados Unidos; ahora es un octavo. Hace 50 años un 10 por ciento de inflación era un peligro; ahora sería un logro extraordinario. Hace 50 años la Argentina tenía 40.000 kilómetros de vías férreas que armaban un país; ahora no tiene 4.000 y la mayoría no funciona. Hace 50 años la Argentina se autoabastecía en petróleo, gas y electricidad; ahora se endeuda para importarlos. Hace 50 años la Argentina fabricaba aviones y coches de diseño propio; ahora desequilibra su balanza de pagos para comprar autopartes y juntarlas. Hace 50 años las escuelas privadas solo atendían a uno de cada diez infantes; ahora, cuatro veces más. Hace 50 años los hospitales públicos recibían a la mayoría de la población; ahora sólo atienden a los que no tienen más remedio.

Y seguimos permitiendo que los que lo han logrado nos gobiernen. No hemos sabido sacárnoslos de encima, no hemos sabido inventar otras formas. Y todavía hay gente, aquí y allá, que se cree que no somos tontos.

Impunidad de rebaño

Martín Caparrós

La historia es rara: ante la peste, un presidente latinoamericano se pone firme, cierra todo, amenaza a “los idiotas” –él dice “los idiotas”– que no quieren cumplir con el cierre, evita ciertas muertes y se deja cazar en unas fotos. Esas fotos, que muestran la fiesta de cumpleaños –llena de amigos, vino y rosas– de su mujer en la residencia presidencial de Olivos, julio de 2020, plena pandemia, también muestran que el señor presidente se cagó en todo lo que exigía a sus conciudadanos: que mientras ellos no podían ver a nadie ni ir a sus trabajos ni educar a sus hijos ni cuidar a sus enfermos ni despedir a sus muertos, él se divertía sin máscaras.

La historia es rara, sobre todo, porque ahora la sabemos. Uno sospecha que el poder está lleno de abusos; uno sabe que el poder se especializa en ocultarlos. Un poder que exhibe sus abusos es un poder absoluto o un poder idiota. Absoluto: porque se cree con derecho a todo porque ha conseguido tener derecho a todo. O idiota: porque se cree con derecho a todo pero no ha conseguido ese derecho y, en lugar de esconder que lo ejercita sin poder, permite que se vea. Absoluto o idiota: son los peligros de la impunidad.

Nadie llega inocente a esos lugares: en general, los que manejan un país se han pasado décadas cerca del poder, lo conocen, le conocen las reglas. Saben que deben decir ciertas cosas, callar otras; mostrar algunas, esconder bastantes. Y sin embargo al llegar –a poco de llegar– les da algo. Parece como si se olvidaran de todo eso que sabían y creyeran que pueden hacer lo que carajo se les cante. No sé si son esos techos tan altos, esos soldados con plumas en la puerta, esos sillones siempre inflados, esa manera en que todos les sonríen como si los quisieran; no sé si es el espejo que les dice cacho mirá, sos presidente, hijodeputa vos sos el presidente. No sé; lo cierto es que se olvidan y con cierta frecuencia hacen cagadas. A veces, esas cagadas les cuestan muy caras; a veces, menos; a veces, casi nada. En la Argentina, en general, poquito.

El presidente que cometió un delito al no respetar la cuarentena, el presidente que mostró que era tan bobo o tan soberbio como para no asegurarse que, si cometía un delito, no lo fotografiaran, el presidente que mostró que era incapaz de hacer una cagada sin que se note demasiado, sigue ahí, se enoja, contraataca. Dijo que era un error, dijo que lo había hecho su “querida Fabiola” y dijo que no iba a repetirse; después dijo que los que quieren seguir hablando de esto son “unos miserables”. La oposición habitual dice que es intolerable y que habría que juzgarlo, pero como lo dice todo el tiempo se le aplica, un poco, la historia del pastorcillo mentiroso. Y el oficialismo habitual dice “pero Macri” y saca a relucir alguna historia del gobierno anterior para tratar de demostrar que era peor y se le aplica, un poco, la historia de cambien el disco. Y millones lo miran con este odio justiciero, y en un par de semanas tendrán otro.

Quizá no, pero es probable. Porque no es la primera vez que un presidente argentino hace algo así: en realidad, todos los presidentes argentinos hacen cosas así, con más o menos matices, con más o menos fotos, con más o menos daños –y se diría que estamos habituados. Un párrafo de mi amigo Ernesto Tenembaum en Infobae lo sintetiza bien: “Carlos Menem, ex presidente de la Argentina, dijo: ‘Si en campaña electoral decía la verdad de lo que iba a hacer no me votaba nadie’. Sin embargo la sociedad lo perdonó: seis años después, cuando ya se sabía quién era, Menem arrasó en la elección donde fue reelecto. Raúl Alfonsín calificaba como ‘el gobierno más corrupto de la historia’ al de Carlos Menem, semanas antes de firmar con él el Pacto de Olivos que le permitió a Menem ser reelecto. Sin embargo aún es uno de los personajes más respetados de la historia argentina. Elisa Carrió había dicho que su límite ético era Mauricio Macri antes de acordar con él”.

Así que nada, algunos gritos. Me imagino que hay muchos países donde una foto como aquella es motivo de renuncia y escarnio –hace unos días, con perdón, se conoció la historia de la primera ministra de Finlandia, Sanna Marin, 35 años, que ha tenido que devolverle al estado el dinero que se gastó en desayunos y comidas con su familia en la residencia oficial. Ya los veo diciendo bueno, pero no vas a comparar, eso es Finlandia, esto es la Argentina. Es cierto, en la Argentina esas cosas al final se pasan –o, si acaso, funcionan como arma arrojadiza si muchos están muy enojados por alguna otra cosa: la vida, por ejemplo, sus penurias. Creo que tiene que ver con eso que –no– llamamos la impunidad de rebaño.

(La “inmunidad de rebaño” fue un enunciado desdichado: viene de la ciencia en inglés, herd inmunity, y empezó a circular con la pandemia. Pronto algunos asesores de políticos se dieron cuenta de que no era amable llamar a los ciudadanos rebaño –llamar ovejas a los ciudadanos– y empezaron a cambiarlo por “inmunidad de grupo”, pero muchos siguieron con eso del rebaño: es bonito, bucólico, bala. Y significa que cuando muchos comparten un virus, el virus ya no enferma. La impunidad, en argentino.)

Si un presidente puede por ejemplo mostrar que se cagó en las reglas brutales que les impuso a todos y seguir andando es porque hay una idea de impunidad general: impunidad de rebaño. Por supuesto hay frases y grititos, verborrea de moral ultrajada, pero sospecho que si él lo hizo es porque –casi– todos lo hacemos y porque, al fin y al cabo, toleramos. Nos quejamos, faltaba más, sabemos qué es lo que nos conviene: es bueno poder quejarse de lo que hacen los que hacen, es mejor poder seguir haciendo cosas parecidas. Digo: es bueno poder quejarse de La Corrupción después de darle su coima al policía que te paró por pasarte el semáforo. Es bueno poder quejarse, es bueno poder dar la coima. Entonces, la idea es quejarse pero no cambiarlo.

La Argentina tiene un pacto de impunidad –de rebaño– desde hace décadas. En todos los niveles: desde los presidentes que usan la justicia para joder a los ex presidentes –porque la patria, doctor, nos lo demanda– hasta el electricista que trabaja sin factura –porque el estado se fuma los impuestos, vio, maestro? Tenemos muy buenas excusas: somos campeones fabricando excusas; tenemos políticos que roban, militares que matan, empresarios que estafan, todo tipo de basuras que usamos para justificarnos. Y todos estamos de acuerdo en que hay que esquivar los deberes y las instituciones porque son injustos. Es cierto que lo son; también es cierto que para esquivarlos debemos permitirnos los unos a los otros la necesaria impunidad. Vender una casa y escriturarla ante escribano por una cifra falsa, contratar a alguien y no pagarle obra social, comprar y vender dólares a un precio ilegal a la vista de todos: la impunidad está por todas partes. Y es el medio donde sobrevivimos, y nadie quiere siquiera imaginarse cómo sería si no fuera así, y así seguimos, sumergidos en la impunidad de rebaño, en esa que permite que un presidente se cague en todo porque todos nos cagamos, cada quien como puede, y nadie cree realmente que haya que pararlo: una forma de vida, la Argentina.

Con esto no trato de defenderlo ni de justificarlo ni un poquito. El mal de muchos, sabíamos, solo es consuelo de algún tonto. Solo intento entender por qué siempre nos pasan estas cosas.

Aunque quizás otra vez me equivoque; quizás esta vez sí la impunidad se rompa. La amenaza otro valor seguro: la muerte, los muertos, el peso de las víctimas. La foto consigue que las muertes de la pandemia, tan difíciles de atribuir a nadie, tengan simbólicamente un responsable: el que debería haberlas evitado y no solo no lo hizo sino que, mientras tanto, rompía sus propias reglas –y se tomaba champaña.

Frente a eso, quizá, la impunidad de rebaño no alcance. En unos días hablamos; en unos días más hablan las urnas.

El medio no es el mensaje

Martín Caparrós

Lo miré. Sí, confieso, lo miré. Twitter decía que había sido “histórico” y me dio curiosidad: Ibai Llanos, un muchacho vasco de 26 años, varios millones de seguidores en sus redes, frecuentador de futbolistas, le había hecho “una entrevista histórica” a Lionel Messi el día de su llegada a París. Yo estudié historia; con eso de la historia me llevan del hocico. Así que quise saber por qué era histórica y me tomé el trabajo de mirarla en su canal de Twitch: el ¿entrevistador? habló mucho de sí, de cuánta carne había comido o no comido en un asado en casa de su entrevistado, de cómo había llegado hasta ese asado; después, por sus preguntas incisivas, nos enteramos de que Messi está feliz, que París tiene muchos jugadores y un vestuario impresionante. Fueron menos de cinco minutos; los dos últimos pasaron mientras Messi trataba de firmar una camiseta que el joven Llanos sostenía –pero no lo consiguieron por falta de herramientas.

(Es cierto que, en la rueda de prensa, las preguntas de los otros periodistas no habían sido mucho mejores: eso no mejora a Llanos, empeora a la mayoría de los periodistas. Otro día habrá que hablar del periodista deportivo como personal embedded, incrustado: uno que, para poder trabajar, depende de la institución que cubre.)

El episodio Llanos-Messi fue, faltaba más, corto pero aburrido: dos conocidos que se encuentran y se hacen tres o cuatro bromas, complicidad menor. Estaba hecha para todos esos que quieren mirar de afuera lo que querrían vivir de adentro: una raza que crece. Nada en ello me parecía muy histórico. Pregunté; me explicaron que lo era porque era la primera entrevista a Messi en Twitch. Dije que ah.

Twitch es una “plataforma” relativamente nueva: tiene diez años pero ha crecido desde que la compró Amazon, como se debe. La montaron para retransmitir torneos de videojuegos –retransmitir torneos de videojuegos– pero ahora hacen directos de muchas otras cosas. Y el joven Llanos está ahí y era histórico, me dijeron, que uno que está ahí entrevistara o entrevistase a Messi. Yo dije que no entendía por qué y me explicaron que porque era un medio no tradicional, que porque no era un periodista sino una persona –y entonces volví a decir que ah.

Poco antes un periodista argentino que no conozco –y se presenta como @gonziver– había publicado en Twitter –otra “plataforma” reciente– las planillas de entradas a la residencia presidencial argentina durante la pandemia. En ellas había movidas raras, demasiada gente que no tenía por qué estar, y se armó el debate. Pero todo terminó de estallar hace tres o cuatro días con esa foto del presidente Alberto Fernández y unos cuantos invitados que aparentemente celebraban en la residencia presidencial el cumpleaños de su novia de él, Fabiola Yáñez. El cumpleaños había sucedido el 14 de julio de 2020, cuando los decretos de Fernández tenían a los argentinos absolutamente encerrados en sus casas, sin la menor posibilidad de reunirse con parientes y amigos –sin, siquiera, la posibilidad de velar a sus enfermos o despedir a sus muertos. La foto fue una bomba –refrendada, poco después, por otra más.

(En las fotos, la evidencia de que el presidente y los suyos no cumplían con ninguna de las reglas que imponían a sus súbditos es bastante brutal. Es brutal la mezcla de soberbia e idiotez; es, pese a todo, sorprendente. La soberbia sorprende por común: cómo las personas que consiguen suficiente poder consiguen creerse que lo tienen entero, que pueden hacer lo que carajo se les cante sin tener que responder por ello; cómo se engañan imaginando que no tienen límites –o cómo se olvidan de cuáles son esos y dónde están. La idiotez sorprende por idiota: cómo esas personas –y tantas otras– no se dan cuenta de que si hacen algo que no deberían no deben permitir que se registre; que tienen que impedir, para empezar, las fotos. ¿Cuánta gente ha caído, en los últimos años, por hacerse fotos o vídeos pegándole a alguien o manejando a 200 por hora o exhibiendo su pistola o haciendo cualquier otra cosa que no tendría que hacer? ¿Son de verdad tan tontos? ¿No entienden que se ponen en peligro sin necesidad? ¿O lo que les gusta es ponerse en peligro, y esa es la necesidad?)

Esa va a ser, para millones de argentinos, la imagen de estos tiempos: el baile en el Titanic del capitán del Titanic. Nadie sabe, todavía –nadie dice– de dónde salieron las dos fotos. Hay, grosso modo, dos formas de conseguir algo así: que te lo den, que lo robes. Lo más habitual –la base del famoso “periodismo de investigación”– es que alguien que por alguna razón quiere perjudicar a alguien te pase una información para lograrlo. La otra opción –el cyber-robo– está menos desarrollada. Pregunté; me dicen que no es imposible pero tampoco fácil. En cualquier caso, todo empezó por ese periodista que consiguió la lista y pensó que era mejor publicarla en su twitter: otro medio no tradicional.

Y entonces la tentación de pensar que son movidas semejantes. Las dos se parecen en su uso de medios–redes– que no existían hace 15 años; las dos se diferencian en su intención y su realización. Aquí lo que importa no es el medio: el medio –disculpe Mr. Marshall– no siempre es el mensaje. Aquí lo que importa es el mensaje. Lo que importa es el periodismo: la voluntad de averiguar y de contar –por oposición a las ganas de pavonearse y frecuentar famosos.

La banalidad de lo nuevo es lo propio, a menudo, de las innovaciones técnicas: inventar medios distintos para hacer lo mismo. Es, quizás, un signo de los tiempos: a veces nos enfrascamos en grandes discusiones sobre si twitter o twitch o papel o papelitos; a veces nos olvidamos de que la diferencia es hacer periodismo –o no hacerlo. Que por más moderno o antiguo que sea el medio, un pelota sobando a un entrevistado no es periodismo; que por más moderno o antiguo que sea, una persona mostrando algo que ignorábamos y puede importarnos sí lo es.

Otro día podemos preguntarnos por qué cada cual hace lo que hace. Entonces sí nos vamos a divertir un rato.

Chau, fútbol

Martín Caparrós

Ya está, otra vez. Agosto, tedio, calorón, vacío de noticias, y el fútbol al rescate. Un asunto de fondo planetario de pronto nos sacude: el Fútbol Club Barcelona y Lionel Messi no van a firmar otro contrato de trabajo ultra-súper-mega millonario. Los medios enloquecen, cuentan lo que no saben, especulan. Millones y millones comentamos –al fin y al cabo, se trata de millones.

Estamos habituados. Cada verano, en estos países ricos, la pelota se para tres o cuatro semanas y sus medios sufren. Esos medios son la medida real del peso del fútbol en nuestras sociedades: ninguna otra actividad tiene, como ésta aquí y ahora, cuatro diarios –cuatro periódicos impresos cotidianos– dedicados a relatarla o suponerla.

Cada verano, en estos países ricos, esos medios del fútbol, como no tienen fútbol, tienen la solución: hablan de plata. Todo el año hablan de plata, pero cada verano solo hablan de plata. Cada verano la noticia son esas compraventas –comprar personas, vender personas, personas que solo quieren que las compren y las vendan– que suponen muchos más millones que los que ninguno de nosotros verá nunca en su vida, muchos más que los que se precisan para solucionar tantos problemas. No son noticias, porque serían muy pocas: son rumores. Desafiando cualquier razón del periodismo, los medios peloteros publican todo tipo de bulos de millones, bolazos de millones, inventos de millones, más y más millones, pornografía de millones, y el espectáculo más mirado y más opaco del mundo sigue echándose barro, y la fascinación por la riqueza de unos muchachos pedilistos sigue actuando.

Actúa con tantos, a todos los niveles, pero mucho más –faltaba más– con los más caros. Messi, por supuesto. Ya el año pasado nos dio el verano con sus historias de burofax y fuga –que terminaron en una temporada más, más bien mediocre. Messi todavía no es un ex futbolista pero ya es un ex Messi. Y ahora de nuevo: esta mañana los medios del mundo rebosan de relatos de contrato que sí, contrato que no, rumores, más rumores, problemas de un señor muy rico y muy famoso, tonterías.

Todos hablan, nadie dice nada –porque nadie sabe qué pasó. Lo único cierto es que nunca sabemos qué es cierto: nos cuentan trolas y más trolas y sin embargo las escuchamos las leemos las repetimos como si nos importaran y supiéramos algo; nos engañan, sabemos que nos engañan y nos gusta. Cualquier parecido con el mundo real es puro parecido con el mundo real.

No sabemos. Todavía planea por los aires la sospecha de que sería un farol: que alguna de las partes está mintiendo para ver si convence a la otra de algo. Si es un farol nosotros somos las polillas, bichitos de la luz: nos necesitan volando alrededor para que el truco marche. El mecanismo es conocido: alguna de las partes –Messi el año pasado, el Barcelona este– lanza una amenaza, un ultimátum, para que el otro ceda algo; si quieren que funcione necesitan la repercusión pública, la avalancha de notas en los medios, la zozobra y temor y júbilo y tristeza de los millones que miramos el espectáculo de los millones con la boca abierta, con la mente cerrada, con esta necedad que ellos precisan.

Nos necesitan, nos usan, nos inventan. Es lo habitual, pero hoy se han superado: durante meses dijeron –el Barcelona dijo, Messi dijo, los medios dijeron– que tenían todo arreglado y, de pronto, el Barcelona dice que no lo puede hacer por problemas legales. ¿De verdad habría que creer que no habían calculado si la solución que habían montado era legal? ¿No habían hecho las cuentas? Es idiota, pero nos toman por idiotas. En eso consiste, al fin y al cabo, el fútbol: en hacerse el idiota, en permitirse la idiotez de sentir que el recorrido de esa pelota importa, que te importa y me importa, que es importante, que si entra o no entra nos importa a todos. Está bien, se disfruta, lo hacemos: nos gusta, cada tanto, hacernos los idiotas, dejar correr la baba. Lo que no es tan agradable es que nos lo refrieguen otros en la cara.

Para eso, parece, sirve el fútbol. A mí el fútbol me tiene un poco harto, pero el espectáculo del dinero que baila alrededor del fútbol me tiene muy asqueado. Digo: ojalá el fútbol fuera un juego. Ojalá ningún jugador de fútbol pudiera –por esas mismas leyes– ganar más que un buen médico o un juez de verdad. Ojalá ni siquiera un futbolista se atreviera a salir a la calle con un coche de medio millón –porque sería legal quemárselo. Ojalá se casaran con mujeres normales. Ojalá no supiéramos con quiénes se casaban. Ojalá los chicos pobres de los países pobres no quisieran parecerse a ellos. Ojalá «el éxito” consistiera en otras cosas. Ojalá pudiéramos pensar más en otras cosas. Ojalá yo no escriba más de esto.

Creer y reventar

Martín Caparrós

Las olas de la peste no se rinden: cuando parece que aparece la calma, el tsunami repica y se replica, olas y más olas. En España, al menos, es la quinta; en otros sitios la tercera, la sexta, la décimosegunda. Cada una es la evidencia de otro error: que creímos que ya estábamos saliendo y caímos en conductas que nos llevaron a volver a entrar. A veces porque nuestros líderes –¿nuestros líderes?– nos convencieron; otras, porque no nos convencieron. Los resultados suelen ser los mismos.

Así que, ola tras ola, la peste sigue haciendo lo que mejor sabe: desvelar, mostrar. Esta vez –como todas– no termino de entender qué muestra: ¿será, de nuevo, la poderosa estupidez humana? ¿O alguna otra cosa que, estúpido de mí, no logro precisar?

La ola actual viene anunciada hace ya mucho: contragolpe de los países pobres. En ellos, miles de millones no consiguen vacunarse; eso permite que el bicho se reproduzca, crezca, mute, encuentre formas de volver a atacar a los ricos que sí. Si alguien quiere entender la geopolítica y la economía mundiales le alcanza con mirar la distribución y aplicación de las vacunas. Quiénes fabrican, quiénes compran, quiénes regalan, quiénes mendigan, quiénes no las alcanzan: si la peste, desde el principio, sirvió para hacer visible lo que no queríamos mirar, sus medicinas lo vuelven casi obsceno.

Está claro: en Europa y Estados Unidos la mitad de la población tiene dos dosis; en la Argentina es el 13%, en India el 6, en todo África menos del 2%. Cada vez se nota más que los países pobres dependen de lo que los países ricos quieran hacer con ellos. Y cada vez se nota más la estupidez de esos gobiernos y demás poderosos que creyeron que se podían salvar solos –aunque lo nieguen en algún discurso. Se reunieron –G20 y otros clubes– y declararon que era necesaria la vacunación en todo el mundo pero ellos –dueños de las vacunas, las patentes, las fábricas– solo darán este año a los más pobres 900 millones de dosis de los 3.000 millones que les sobran. Y el mundo necesitaría 11.000 millones –que, en el esquema actual, es imposible fabricar– para llegar a la inmunidad de grupo y detener las mutaciones y parar la pandemia.

Mientras tanto esos países con pleno acceso a las medicinas necesarias se esfuerzan por enfermarse a su manera: olas y más olas. En España, por ejemplo, la quinta ola parece lógica, con perdón: los jóvenes, que se habían convencido –los habían convencido– de que no se contagiaban y que, por eso, todavía no fueron vacunados, son los que van cayendo. Mueren poco pero se infectan –y difunden el virus. En medio de tanta incertidumbre producen certezas: solo el 5,5% de los 30.000 contagiados diarios de estos días tiene las dos dosis. O sea: el 83% de los contagiados no está vacunado, el 11,5% tiene una sola dosis; se infectan los que no se pincharon. Esta quinta ola española es como un himno a la vacuna, una especie de monumento a ese gran esfuerzo científico que la estupidez de los políticos y los empresarios no consigue terminar de arruinar –aunque lo intenten: denodados lo intentan.

Es así. Solemos suponer que el mundo está dirigido por unos cuantos tontos –políticos, empresarios, poderosos varios–, que solo saben pensar –bastante mal– en beneficios inmediatos. Lo brutal de estos días es comprobar que la estupidez de esos dirigentes es el fiel reflejo de la estupidez de muchos de sus dirigidos.

Basten unos ejemplos. En Francia, faro –ya casi apagado– de la cultura universal, una de cada cuatro personas no quiso vacunarse, igual que en Alemania, potencia regional, cuna de muchos coches y unos pocos filósofos. En Estados Unidos, rompehielos del mundo occidental, parangón del progreso, son casi un tercio: uno de cada tres adultos le saca el hombro a la jeringa. Y en Rusia, la otra gran potencia que fracasó, son casi la mitad.

Es bastante impresionante: millones y millones de ciudadanos de los países más desarrollados, más educados, más “exitosos” de este mundo se entregan a la enfermedad porque desconfían de sus gobiernos, de la ciencia, de todas esas cosas. En Estados Unidos, donde todo se mide, la cifra se parece a otra del mismo tenor bobo: esa encuesta de Gallup que muestra que, en 2017, 38% de los norteamericanos creía que el hombre fue creado por “Dios hace menos de 10.000 años” –y que si les cuentan otra cosa es porque quieren engañarlos.

Son millones que creen, creen y se joden. Porque la realidad siempre encuentra maneras de vengarse de los grandes relatos miserables: mata a los que los tragan. Los antivacuna caen como moscas y recuerdan a los mártires cristianos, aquellos señores y señoras que iban cantando a que se los comieran los leones porque estaban convencidos de que era la mejor vía para mudarse al reino de los cielos–o algún otro de esos barrios cerrados.

Pero aquellos, amables, se hacían matar solos; ahora, en cambio, estos que ejercen su libertad de inmolarse ponen en riesgo a millones que se contagiarán porque, gracias a ellos, los virus siguen circulando. Entonces, ¿debe un estado obligarlos a vacunarse por el bien común? ¿Importa más la suerte general que ciertas ideas individuales? ¿Es peligroso legitimar imposiciones que podrían desbocarse? ¿Es mejor correr ese riesgo o tolerar que tantos más se mueran?

Por ahora, distintos estados intentan distintas formas suaves: en Estados Unidos hay incentivos tipo lotería –si te vacunás te dan un número–; en Francia o Italia se exigen certificados de vacuna para entrar en los bares. Pero esas medidas no funcionan, las olas vuelven, y millones de personas se perjudican por la estupidez de otros millones. Es un modelo a escala –crudo, brutal– de la democracia de delegación; es, otra vez, la peste retratando nuestras vidas.

Y al mismo tiempo el rechazo de las vacunas muestra con qué fervor millones de ciudadanos de los países más potentes –y educados– del mundo no creen lo que les dicen sus gobernantes, sus científicos, sus supuestos líderes. O, incluso: que creen que les dicen lo que les dicen para joderlos –hasta el punto de que, por esa desconfianza, se joden y se mueren. Es algo que esos líderes deberían anotar, más allá de pestes y vacunas, si quieren seguir siéndolo; es algo que todos los que pretenden cambiar algo en nuestras sociedades también deberían considerar. Hay multitudes que no creen en –casi– nada, que desconfían de todo, que se ponen en peligro porque temen. Si eso no es una crisis absoluta, que alguien me explique cómo es una. Y toda crisis, dicen, es una oportunidad. La cosa, como siempre, es para quién.

Dictadura es una palabra grave

Martín Caparrós

Parece como si lo hicieran a propósito para reafirmar el valor de sus palabras: como si, de tanto en tanto, a través de sus canales secretos habituales, líderes se pusieran de acuerdo y se dijeran eh, lagente ya no cree que las palabras importen –que nuestras palabras importen–, vamos a recordarles que sí. Lo hacen, deben creerse que les sirve.

Una familia gobernó Cuba durante 62 años sin interrupción. De esos 62, en 52 un hombre tuvo todo el poder –no se conocen casos semejantes en Ñamérica desde, quién sabe, algún monarca inca–; en los diez siguientes fue su hermano menor y, ahora, el señor que ellos designaron. En Cuba no hubo, en todas estas décadas, ninguna libertad de prensa o de expresión, no mucha libertad de movimientos, muy poca libertad de reunión o elección o pensamiento –pero lo que discuten los líderes es esa palabra.

Lo mismo me había sorprendido años atrás en Venezuela: intelectuales y políticos debatiendo si correspondía o no llamar dictadura a su gobierno. Opositores y escritores conocidos, personas que habían abandonado su país porque no podían vivir en él, seguían resistiéndose a usarla. Por alguna razón, decir que su país sufría una dictadura les resultaba un paso de gigantes: como si creyeran –o simularan creer– que decirlo iba a cambiar algo. Yo no terminaba de entenderlo; ahora lo mismo está pasando, en todo el mundo, con la República de Cuba.

(Hay palabras que dicen mucho más que lo que dicen. Dictadura, sin ir más lejos, ha tenido muchos avatares a lo largo de la historia. La definición de la Real Academia es inesperadamente precisa, ideologizada: “Régimen político que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o en un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades individuales”. ¿Cuáles son esas libertades individuales? ¿Los derechos humanos incluyen, como en su Declaración de 1948, el derecho a comer y a curarse?).

Casi todos sabemos que, más allá del nombre que le demos, no querríamos vivir –no aceptaríamos vivir– como se vive en Cuba. Que lo llamemos –o no– una dictadura no lo cambia. Y es curioso que sea “la izquierda” la que más se resista a darle ese nombre: Cuba es el ejemplo más brutal de sus fracasos en el siglo XX –desbordando brevemente sobre el XXI. Si yo –en lugar de ser de izquierda– fuera de “la izquierda”, haría todo tipo de esfuerzos para disimular que Cuba pertenece al grupo. No sería difícil: argumentaría que lo primero que define a un gobierno de izquierda es su confianza en la justa distribución del poder, y que un país donde ese poder estuvo y está tan brutalmente concentrado es justo lo contrario de esa idea. Que cualquier autocracia –el gobierno de uno o dos– es de derecha: es la definición misma de “derecha”.

Insisto: Cuba es un país donde todo está estrepitosamente controlado, donde los “revolucionarios” tuvieron el poder sin fisuras durante más de medio siglo y no consiguieron que todos sus habitantes se alimenten o se alojen o se vistan o se iluminen como necesitan y, en cambio, construyeron una sociedad dividida en clases patéticas: en Cuba los que comen más son los que viven de los dólares que les mandan sus parientes que eligieron irse. Un quince, veinte por ciento de los cubanos que vive mucho mejor que los demás: tras 60 años de declamar la igualdad, el fracaso es brutal.

Pero “la izquierda” se dedica a discutir si eso eso o no es una dictadura. Es el nominalismo en su máxima expresión: no les importa cómo es, les importa cómo lo llamemos. Es cierto que dictadura es una palabra grave, pero decirla no debería ser tan grave.  Es cierto que la calificación de dictadura puede importar para actuar en ciertos foros internacionales, mayormente inútiles, que podrían sancionar a una dictadura de una manera en que no lo harían si no lo fuera: es el poder de las palabras en el sistema leguleyo.

Pero más cierto aún es que el mundo está lleno de líderes que se creen que les creemos lo que dicen. Lo llaman el Relato, y ya va siendo hora de que se den cuenta de que nadie les hace mucho caso. Que si algunos los apoyan o toleran no es por eso: es, a menudo, a pesar de eso y, la mayoría de las veces, por razones que no tienen nada que ver con lo que dicen: un subsidio, una mejora tal o cual, una vacuna a tiempo. En algún momento, quizá, también empecemos a llamar a eso dictadura: el uso de los recursos del Estado para mantenerse en el poder. Por ahora la palabra asusta; la realidad, mientras tanto, sigue ahí.

Caras y más caras

Martín Caparrós

Caras y más caras, caen las máscaras.

Ya llega. En las calles de la ciudad donde vivo, del país donde vivo, este sábado la máscara ya no será obligada, no será: nos veremos las caras –y me alegra y me asusta.

Nos habíamos acostumbrado a las máscaras –que algunos, por quitarles peso, llamaron mascarillas, otros barbijos y otros, brutalmente, cubre o tapa bocas. Las máscaras nos metieron en una película de cuarta, mezcla de distopía de bajo presupuesto y policial manido. Vivimos en una película de cuarta: la cara enmascarada se volvió cotidiana y, poco a poco, pasó de amenaza a cortesía; cada tanto volvió a ser amenaza. La máscara fue, como casi todo, puro egoísmo vestido de generosidad: podíamos decirnos que la usábamos para preservar al prójimo de nuestras impurezas –pero la usábamos porque temíamos las del prójimo, todos los prójimos, la humanidad vuelta enemiga.

La peste nos enseñó que todos somos peligrosos para todos, que el hombre es el hombre del hombre, que el infierno son los otros y, al mismo tiempo, que nadie se puede salvar solo: que solo todos los hombres pueden salvar a cada hombre. Que mientras quede un contagiado nadie está seguro, pero hay millones que se creen que sí –y probablemente terminemos pagándolo. La peste nos arrasó las vidas: les sacó a algunos mucho, a muchos algo y a todos las caras.

Y nos acostumbramos, descubrimos: hay algo mágico en no vérnoslas. La cara, terminamos de aprender en estos meses, es la persona. Sin caras no sabemos quiénes somos, quiénes son; sin caras somos casi impunes. Sin caras no nos vemos: nos intuimos, nos suponemos, nos buscamos en lo poco que hay. Surge el secreto y sus derivaciones, la amenaza, la labia de quien calla. Ya lo saben los machistas musulmanes, que quieren dominar a sus mujeres, y sus mujeres, que saben dominarlos: ellos las obligan a esconder y ellas al no mostrar sugieren, convierten sus pelos encubiertos en una forma del misterio, los burlan, los enredan. Durante más de un año, nuestras caras fueron tan esquivas como el pelo de las mujeres musulmanas, escondidas detrás de la máscara –y quizás algún día lo recordemos con nostalgia.

Recuerdo ahora un ejercicio que les pedía a mis alumnos de radio en la facultad de Comunicación en Buenos Aires, 1988: que contaran una historia sin palabras, solo con sonidos. Las máscaras fueron, a su manera, eso: contar sin lo más evidente, ver todo salvo lo que siempre. Mirar por la calle personas y no saber qué había en su faz y, por lo tanto, cambiar la interfaz; quedarse sin sonrisas fue tanto peor que sin abrazos: aprendimos a sonreír sin bocas. Sonreír con los ojos es sonreír en serio, más allá de la mueca: durante todos estos meses pudimos, supimos, nos esforzamos y lo conseguimos. O no, según las veces.

Y fue atractivo mientras duró y fue espantoso mientras duró: la máscara es, como casi todo, insoportable. Es duro portar su cruz, su culpa, su pasado; es un coñazo portar siempre una máscara. No es difícil: es solo insoportable. Y como es insoportable nos pasamos más de un año soportándolo y ahora vamos a empezar a terminar de soportarlo. Mostrar la cara solía ser muy banal y es, ahora, una victoria: la libertad será mostrarla.

Porque la peste nos mostró tantas cosas que no queríamos ver –y ocultó las que sí. Las caras se habían vuelto pura aspiración: producto de interiores o, más aún, de la pantalla. Por la peste, fueron un bien raro: veíamos muy pocas, debíamos prestarle a cada una la atención debida. Pero eso –por ahora– se acabó: las calles se llenarán de ellas, volveremos a un mundo de abundancia. Vuelve la sociedad del despilfarro: cada vereda o acera o calzada va a ser, de nuevo, remolino de caras y, poco a poco, nada de eso importará y habremos olvidado.

Y, una vez más, tener lo que deseábamos será no tener nada.

La vergüenza nica

Martín Caparrós

Me da mucha pena –y un poco de vergüenza– que el gobierno argentino haya decidido no condenar en la OEA la represión del gobierno de Nicaragua. No sé qué razones puedan tener; sé que arguyen que “no deben intervenir en los asuntos internos de otros países”. Es la falacia más básica porque esos organismos internacionales existen para eso: para intervenir levemente con el fin de garantizar que sus miembros respeten ciertas reglas.

En Nicaragua no se respetan reglas que definimos básicas de las democracias: el derecho a la información, el derecho a la libertad, el derecho a la vida. Y, como dice el otro, a mí no me lo contaron, yo lo ví. Y lo conté: por la tristeza que me da esta vergüenza argentina quiero volver a publicar aquí mi larga crónica de los asesinatos que el estado nica cometió hace tres años en las calles de su país –y que abrieron esta etapa de distintas represiones.

Se publicó, entonces, en el New York Times y la trabajé con varios amigos periodistas de Confidencial, el medio que dirige Carlos Fernando Chamorro –que después fue allanado y confiscado sin más crimen que no gustarle a los Ortega. Se llamó, entonces, El misterio de las revoluciones, porque parecía que una estaba en marcha. El presidente Ortega, sin embargo, sabe demasiado sobre eso como para no reprimirla a sangre y fuego –y eso hizo, y eso sigue haciendo.

“Esto hace un mes no se podía ni siquiera imaginar”, dicen, repiten. Lo escuché tantas veces estos días, en Managua: que nadie –nadie es nadie– lo había imaginado, que fue una gran sorpresa, que dura todavía. Que quién sabe lo que va a pasar.

¿Cómo empieza una revolución?

¿Por qué empieza una revolución?

Nicaragua estaba hundida en un sopor de años. La gobernaba con mano de hierro y de banderas y de dólares una de las parejas más coloridas del continente verde loro: el comandante Daniel Ortega Saavedra, 72, y su esposa y vicepresidenta y poetisa Rosario Murillo Zambrana, 66. Ortega ya gobernó Nicaragua once años entre 1979 y 1990 y otros once desde 2007, y no quiere dejarlo. Como otros jefes latinoamericanos recientes, se entregó a la tentación de sí mismo; para cumplirla, armó una constitución que le garantizaba la reelección eterna. Y nadie parecía en condiciones de impedirlo.

Su base era sólida: le había dado a la Iglesia católica un lugar de peso y las leyes más duras del mundo contra el aborto; les había dado a los empresarios más ricos las garantías y las facilidades y más y más negocios; le había dado satisfacción al Fondo Monetario. Durante una década su país había crecido al cuatro por ciento anual –hasta que la caída de Venezuela resquebrajó el espejo. Aún así el comandante mantenía el apoyo de un buen tercio de la población, la tolerancia de otro, la obediencia de los trabajadores del Estado, el sostén activo del ejército, el control férreo de la policía y los parapoliciales, el hastío indolente de los jóvenes. La política de palo y zanahoria funcionaba, pero empezó a escasear la zanahoria. A mediados de marzo, apurado por problemas de caja, el comandante Ortega decidió anunciar un recorte de las jubilaciones y un aumento de las cotizaciones al Instituto Nacional de la Seguridad Social.

Sus aliados empresarios se sorprendieron: normalmente, el comandante consensuaba esas políticas con ellos, y esta vez no lo hizo. Era un tropiezo, nada grave. Tampoco lo serían las dos o tres pequeñas marchas con que unos pocos viejitos intentarían rezongar. Pero en la de León, la segunda ciudad del país, el 18 de abril, unos muchachos sandinistas atacaron a los viejos. Las imágenes inundaron las redes sociales. Esa tarde, estudiantes decidieron protestar. Eran tan pocos que se citaron casi clandestinos en un paseo de compras de la periferia de Managua, Camino de Oriente, con la esperanza de que allí no llegaría la turba.

Llegó. El gobierno de Daniel Ortega siempre se tomó en serio aquello de que el estado debe tener el monopolio de la violencia. Para eso cuenta, por supuesto, con una policía y un ejército, pero también con esos grupos de matones que los nicaragüenses llaman “la turba” o “los motorizados”. Suelen llegar en moto, suelen estar empleados en alguna dependencia pública, suelen intervenir cuando hay que defender la causa popular con cachiporras o, si acaso, plomo. Esa tarde, en aquel mall, unos pocos empezaron a repartir palazos, a robar periodistas, a quebrar cabezas –bajo la atenta mirada de la policía. Era el remedio habitual para los pocos revoltosos: los ponías en su lugar y se calmaban. Pero esa noche miles los vieron por televisión, miles por las redes, y sintieron que ya era suficiente. Al otro día, miles y miles salieron a la calle.

*          *          *

#1. Darwin Urbina era un trabajador y era coqueto: tenía un corte de pelo complejo, una barbita, cierto cuidado con la ropa, su sonrisa confiada; le iba bien con las chicas, se gustaba. Esa tarde, 19 de abril, volvía de su trabajo en un supermercado cuando vio que unos muchachos de la Universidad Politécnica estaban armando barricadas porque la policía y los motorizados los corrían. Darwin reconoció a algunos –años antes había vendido tamales en los claustros– y decidió ayudarlos: hacía años que en Managua no pasaba nada semejante. Los muchachos estaban excitados: rompían tabúes, prohibiciones, abrían –quizás– algún camino. La policía se acercó, amenazadora; ellos cantaron el himno nacional. Se oyeron los disparos; Darwin cayó con el cuello partido. Cuando su hermana Grethel por fin lo encontró en la morgue judicial, el forense le dijo que su muerte había sido instantánea, que no había sufrido. Y un policía de civil le sugirió que dijera que la bala vino de los estudiantes, pero ella se negó porque sabía que no estaban armados. Así que las autoridades lo dijeron, y también dijeron que Darwin era un vago, un ladrón: en esas horas, todavía, era una muerte sola, aislada, y era más fácil decir cosas. El gobierno confiaba: siempre supieron que si algunos se pasaban de la raya había que amedrentarlos, y si los palos no bastaban alcanzaría con matarles un par para que se calmaran. Pero esta vez algo falló: lo que siempre había funcionado les falló. Esa noche hubo dos muertes más y al otro día en lugar de la calma fue el desmadre: la calle estaba llena de batallas. El débil ya no quería seguir siéndolo; el fuerte ya no supo qué hacer. Rosario Murillo, la esposa y vicepresidenta, salió a decir que los culpables “parecen vampiros reclamando sangre. (…) Son esos grupos minúsculos, esas almas pequeñas, tóxicas, llenas de odio. (…) Son esos seres mezquinos, seres mediocres, seres pequeños, esos seres llenos de odio que todavía tienen la desfachatez de inventarse muertos. Fabricar muertos, cometer fraudes jugando con la vida es un pecado”. Si quería asustarlos no lo pudo hacer peor: sus injurias avivaron el fuego, terminaron de convencer a los dudosos. Con esas muertes, con esas palabras, Nicaragua empezaba a ser distinta.

*          *          *

Si alguien supiera cómo empiezan las revoluciones sabría casi todo. Una revolución es un cambio radical en la situación previa: llega cuando todo lo que dábamos por cierto deja de serlo de repente. Cuando los jóvenes indolentes se deciden a jugarse la vida, cuando los empresarios satisfechos se pelean con su jefe, cuando los curas dejan la sumisión y encuentran su misión, cuando el hombre fuerte se hace débil y ya nadie le teme.

–A ese ya lo aguantamos demasiado tiempo. No, yo tampoco sé por qué. No sé por qué lo aguantamos ni por qué dejamos de aguantarlo.

Me dice Suri, sus 25 años, estudiante, ocupante de la Universidad Politécnica de Nicaragua, Upoli. Estamos en un pasillo del tercer piso de un edificio moderno, sus vidrios, sus baldosas, sentados en el suelo; un gran cartel institucional dice que la Upoli “educa a sus estudiantes para servir de acuerdo al modelo de Jesucristo; para ser líderes con espíritu emprendedor, creativo, investigativo y altamente competitivos en el contexto mundial”.

–Pero qué bueno que ahora hemos vuelto a ser nosotros, ¿no?

Nadie sabe por qué suceden esas cosas, por qué el vuelco. Sólo podemos constatarlo después, cuando es un hecho. Es fácil, ahora, decir que fueron esas muertes: que los nicaragüenses no soportaron esas muertes. Es difícil saber por qué un gobierno que supo como ninguno mantenerlos tranquilos, satisfechos, temerosos, de pronto perdió pie, trastabilló.

–Yo decidí venir acá porque no soporté que nos siguieran matando a los nuestros, pensé que tenía que hacer algo.

Dice Suri; lo pensaron tantos. El 20 de abril ya se sabían diez muertes bajo las balas policiales y parapoliciales. Varias universidades estaban tomadas, el país perplejo, miles de hombres y mujeres en las calles de todas sus ciudades. Ya no sólo protestaban contra el gobierno de Ortega; pedían, también, justicia por los muertos.

–Lo vamos a sacar. No sabemos cómo pero lo vamos a sacar, porque queremos ser libres, queremos a nuestra Nicaragua libre, que brille nuestra bandera azul y blanca.

Suri prefiere no decirme su nombre; sí me dice que ha trabajado en muchas cosas pero que ahora está desempleada y estudia mercadotecnia en el nocturno. Tiene un bebé de quince meses; sus padres la ayudan a criarlo. Ya lleva un mes de toma; solo puede ir a su casa algunas noches. Suri es flaquita, cara redonda, dulce, casi triste: el pelo negro que le cae en los ojos, la mirada de quien ha visto demasiado.

–Vos no sabés cuánto lo extraño.

Me dice: como en todas las zonas remotas del imperio, aquí también los españoles se trataban de vos. Suri tiene un cometido:

–Mi trabajo aquí es asegurar suministro alimenticio, me encargo de que esté preparada la comida para todos los que andan luchando, estamos hablando de más de 600 comidas tres veces al día.

Dos metros más allá hay un cartel pintado a mano: “Que tengan miedo ellos, porque nosotros ya no lo tenemos”. No siempre es cierto; Suri tiene, pero igual está acá:

–No, yo no tengo la capacidad para andar en las trincheras, lanzando morteros. Primero que todo porque tengo un bebé. Yo los ayudo desde acá, pero ir afuera y que se venga la policía… creo que ahí nomás me desmayo. No todas somos iguales, hay algunas que sí son guerrilleras pero yo…

No todas son iguales; Dolly, después, me dirá que se fue de la Upoli porque no quería participar de “una toma de machos”: 

–Quienes están al frente de las trincheras son los chavalos, y eso tiene que ver con nuestra cultura. Hubo un momento en que ellos, cuando empezaron a tener estos liderazgos bien machos, a mí me mandaron a la cocina, y entonces yo los mandé a comer mierda.

Dice, cuando le pregunto por qué será que todas las víctimas de la represión sandinista son hombres. La Upoli es la universidad más combativa: en su toma participan también muchachos de los barrios difíciles de los alrededores. Alrededor del edificio central hay un gran parque, una puerta muy bien custodiada, muchachos que se pasean con morteros; más allá las calles están cortadas con barricadas de adoquines –“las trincheras”–; los que las cuidan vienen aquí a comer, descansar, curarse si les toca. Aquí hay muchachos embozados con pañuelos que caminan como si el suelo fuera su enemigo; hay grupitos que charlan en susurros, hay miradas. Hay una sala donde fabrican las bombas para los morteros: las cuatro onzas, las media libra, que explotan y hacen más ruido que daño pero te sobresaltan. Y hay, en tres aulas de la planta baja, un hospital de campaña improvisado que atendió, en estas cinco semanas, a más de 120 heridos –y sufrió varios muertos. Lo montaron porque en los hospitales públicos no los atienden o los detienen.

–Aquí no solo habemos estudiantes, aquí está la población apoyándolos. 

Me dice un hombre que no me va a decir su nombre, treinta y tantos años, el cuerpo ancho, un tatuaje de Guevara sobre un hombro, barba de varios días, una herida de bala en una pierna. Está tirado en un catre de fortuna, dos bancos que sostienen una colchoneta, su botella de suero, sus vendajes.

–Yo soy conductor de camiones pero también quise ayudar a la causa. Cuando hubo el primer fallecido fui a dejar víveres con un grupo de mi barrio, pero vimos lo que pasaba y decidimos quedarnos con ellos. Estoy desde el principio, manejo como a 35 muchachos, pero ya no puedo volver a mi casa porque me tienen fichado…

–¿Y cuándo vas a poder volver?

–No, yo ya no puedo. Si esto no se aclara, si el dictador no se va, yo ya no voy a poder volver.

–¿Y te parece que se va aclarar tan rápido?

–Bueno, todos tenemos la confianza de que no haya que llegar a una guerra civil. Pero si nos va a tocar…

Dice, recostado en catre, la sonrisa ancha. Le pregunto por qué tiene a Guevara en el hombro.

–Porque es un revolucionario, una persona que anduvo en varios países ayudando las revoluciones.

–¿ Y vos te considerás un revolucionario?

–Hacia mi patria, sí. Yo quiero una nación donde todos seamos iguales, que tengamos los mismos derechos, con libertad, que todos podamos hablar sin ser reprimidos. Esto es una dictadura y tenemos que liberarnos de ella.

Dice el hombre que yace. Suri, más tarde, me dirá que se desespera cuando ve llegar a los heridos, que ojalá se acabara; yo le pregunto cómo cree que se terminará.

–No sé, si nosotros queremos salir de aquí necesitamos protección. Si no la tenemos nos van a empezar a cazar y vamos a ir desapareciendo uno a uno… Y entonces esta lucha va a ser en vano, las muertes de los que murieron van a ser en vano y todo quedará como si nada.

–¿Y te parece que eso es lo que va a pasar?

–Yo espero que no, que podamos echarlo. No queremos a este señor en el poder, no puede seguir ahí, es un genocida. Ayer llegó un muchacho que una camioneta de la turba lo atropelló y lo destrozó, yo tuve que prepararlo. Y después vino el papá de ese muchacho y ver el rostro de ese señor me partió el alma, no hay palabras. Me imagino cómo se sentirá mi madre de verme en ese lugar…

Dice Suri, y me muestra las fotos de los muertos: muchas, brutas, pavorosas las fotos de los muertos.

*          *          *

#5. Álvaro Conrado quería ser bombero o policía. Quién sabe si lo hubiera sido: cuando uno tiene 15 años la vida es una incógnita llena de tentaciones. Pero esa mañana, viernes 20, decidió ir a ayudar a los estudiantes que, desde el día anterior, se peleaban con la policía. Álvaro tenía anteojos, un gran mechón de pelo negro, muy buenas notas en la escuela; tocaba la guitarra, hacía acrobacias con el roller, corría en el equipo de su colegio de jesuitas. Así que, cuando se presentó en la Universidad Nacional de Ingeniería, lo pusieron a correr entre las barricadas llevando agua y bicarbonato a los muchachos que las necesitaban para aguantar los lacrimógenos. Los estudiantes se defendían con piedras y morteros y bombas molotov, los policías los atacaban con gases y balas. Álvaro corría cuando sintió ese tiro en el cuello. Nadie supo de dónde venía; los estudiantes sospecharon que había francotiradores apostados en un estadio de beisbol vecino. Álvaro cayó; le salía mucha sangre pero estaba consciente: mientras lo cargaban en brazos entre varios –su jean manchado, su camiseta roja– gritaba me duele respirar, me duele mucho. Sus amigos lo metieron en un coche y lo llevaron a un hospital público –el Cruz Azul– donde no quisieron recibirlo; se dice que había órdenes del gobierno de no atender a los manifestantes. Se desangraba; cuando llegó a un hospital religioso donde sí lo aceptaron ya era tarde. Los medios, ahora, lo han bautizado “el niño mártir” y los manifestantes llevan su imagen en fotos y pancartas. Seguramente Álvaro será, por esos caprichos de la historia, la cara de estos días.

*          *          *

Dicen que existe un plan para poner nombres y números a las calles de Managua, y que la cooperación japonesa prometió sostenerlo, pero por ahora las direcciones en la ciudad son azarosas – “de la loma de Chico Pelón una cuadra al lago y tres arriba” o “del casino Faraoh dos abajo y una y media al sur”–, un reducto de resistencia a GoogleMaps. Managua no es misteriosa; sólo incomprensible. Managua es ancha y chata, temerosa: hecha de casas bajas para que no se caigan cuando tiemble. Managua no tiene un centro claro, se desmembra; cada tanto hay algún centro comercial o un barrio de casonas o casitas, cada tanto un vacío: una ciudad sin terminar. Y, cada poco, los árboles famosos.

La iglesia católica siempre supo que el primer imperativo de una fe es ocupar su espacio –y llenó los suyos de iglesias y de cruces. Los estados lo saben –y lo colman de banderas y próceres. El gobierno de los Ortega, medio fe medio estado, lo atiborró con sus “árboles de la vida”. Hay unos 140 repartidos por toda la ciudad, se basan en una pintura de Gustav Klimt, 1905, y están llenos de firuletes y sentidos ocultos y pistas esótericas: la Cábala, la Biblia y otros libros de la tradición materialista dialéctica. Cada “árbol” es una estructura metálica de unos veinte metros de alto, 25.000 dólares de costo, tanto valor simbólico: deberían representar la paz y el amor y esas cosas pero significan, más que nada, el poder de Rosario Murillo.

Rosario Murillo es la esposa y vicepresidenta del comandante Ortega: tiene anillos en todos los dedos, un programa diario en tres canales oficialistas, casi todo el poder y el odio de varios millones de nicaragüenses –incluidos muchos sandinistas. En la economía política que suele ordenar las dictaduras, ella es la mala, la culpable, la que hace que su pobre marido haga cosas horribles: siempre ayuda un personaje así. Por eso no sólo le dicen “la Chayo”, el apodo de Rosario, sino también “la chamuca” –la bruja, la hechicera. Por eso a sus árboles no sólo los llaman “arbolatas” sino, sobre todo, “chayopalos”. Por eso la noche del 20 de abril, cuando unos manifestantes derribaron el primero, pareció que algo serio estaba sucediendo.

Sucedía que miles de jóvenes se habían decidido: que la calle, que el sandinismo controló durante tantos años, se volvía un lugar disputado. Y que el silencio que cubría el país se rompía en gritos. 

Era una gran sorpresa. Cuatro años antes, cuando el gobierno de Daniel Ortega decidió poner wifi gratis en los parques y plazas, algunos denunciaron la maniobra: esas conexiones servirían para mantener a los jóvenes entretenidos con sus chats y fotitos y demás pavadas. No que lo necesitaran: todos sabían que eran los más apáticos y frívolos de la historia. No como sus padres, sus abuelos, que habían participado en guerras y revoluciones, que se la habían jugado, que siempre contaban sus batallas: que, de muy distintos modos, les reprochaban que no fueran como ellos. Ahora, de pronto, esas redes que debían mantenerlos en su babia se habían vuelto su arma, su instrumento: gracias a ellas se llamaban, se reunían, se pasaban consignas e instrucciones. Las imágenes venían de todas partes, grabadas por los participantes. Algunas eran tremendas: la crueldad de un ataque, la agonía de un herido, el dolor de una muerte. La televisión oficial seguía mintiendo calma pero el truco ya no funcionaba. Pronto intentaron mejorarlo: mandaban noticias falsas –imágenes antiguas o amañadas– por las redes sociales para después decir que eran inventos y desacreditar a las demás. “Te dijeron tal y cual y te mintieron”, decía una minicampaña oficial de desprestigio de las redes. Y poco después cortaron el wifi de las plazas, pero ya ni modo: las grabaciones siguieron su camino.

–Esto es clave. Esto cambió la historia.

Me dice, ahora, el periodista de una radio independiente mostrándome su móvil. Ahora, la ciudad está tomada por los que se callaban: en cada rincón, en cada esquina puede haber un grupo de estudiantes, de vecinos, de hombres y mujeres con banderas azul y blancas que protestan, que exigen que se vaya.

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#9. El sacrificio de su madre había dado resultado: a sus 30 años, Michael Humberto Cruz tenía un bebé de cinco meses, un carro, un buen pasar y cursaba un posgrado en su universidad, la Politécnica. Su madre, Rosa Amanda Cruz, había emigrado al norte 18 años antes, y consiguió trabajo en un restaurante mexicano en San Mateo, California. Nunca más vió a Michael, porque no tenía papeles y si salía de los Estados Unidos no podría volver, pero el muchacho, gracias a sus remesas, estudió, se fue haciendo una vida. Se hablaban todos los días: aquella mañana, el 21, Michael le dijo que iría a apoyar a esos compañeros de facultad que habían salido a defender a los ancianos; Rosa le pidió que no fuera, que era peligroso, y él le dijo que no podían permitir que el gobierno le sacara la plata a su abuelo y a todos los abuelos, y que no se preocupara, amita, que no le iba a pasar nada. Estaba en una barricada de la Upoli cuando dos balazos en el pecho lo mataron en el acto. Su madre llegó a Managua esa misma noche: sabe que ya no podrá volver a Estados Unidos pero le da lo mismo: “Yo estaba allá por él, para darle una educación, una vida. Ahora ya qué me importa”.

(Mientras me lo contaba, en una manifestación de banderas azul y blancas, un hombre mal afeitado, camisa abierta, reloj naranja, nos miraba, nos fotografiaba. Su hermana me dijo que era habitual: que las siguen, las intimidan, intentan asustarlas.)

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En la carretera que va de Managua a Masaya hay una rotonda que se llama Ticuantepe; allí, como en otras, había un chayopalo. Un día de abril cientos de protestantes –los llaman “protestantes”– lo tiraron abajo y lo reemplazaron con una virgen de Cuapa, una imagen de metro y medio bien pintada. Pero poco después vinieron los sandinistas encabezados por la alcaldesa, la sacaron y pusieron en su lugar una virgen de Cuapa, una imagen de metro y medio bien pintada. Al otro día los rebeldes volvieron y sacaron esa imagen de la virgen de Cuapa y volvieron a poner su imagen de la virgen de Cuapa –y así de seguido. Hasta que intervino el señor cura, llamó a la paz y la conciliación y terminaron acordando en poner a la virgen de Cuapa de los rebeldes en el centro y la virgen de Cuapa de la alcaldesa en un rincón: fue, sin duda, una gran victoria de las fuerzas del cambio.

–Acá hay curas que nos han mostrado cómo es estar cerca del pueblo.

Me dice Chan Carmona un poco más allá, en Monimbó, y me cuenta que en uno de los momentos más brutos del enfrentamiento hubo una tregua cuando el cura párroco, César Augusto Gutiérrez, llegó hasta allí, los reunió, les dijo que la Iglesia apoyaba los reclamos justos, les pidió que respetaran la vida y los hizo rezar un padrenuestro. Y se quedó en la calle y habló con la policía para que no tiraran a matar y pidió por los presos; más tarde se desmayó por el gas lacrimógeno.

–Hay curas que son casi más huevones que nosotros.

Monimbó es un barrio indígena con una larga tradición de resistencia, pero su historia no es original: en muchos rincones del país curas mediaron, se interpusieron, apoyaron reclamos, atendieron heridos, intentaron moderar la violencia. Y el obispo auxiliar de Managua, Silvio Báez, apoya las protestas y la conferencia episcopal convocó a la mesa de diálogo donde ahora se discute algo que no termina de estar claro, quizás el destino del país.

–Yo los respeto. Mucho no me gustan, pero estos días los respeto. Se lo ganaron en la calle.

Chan Carmona es un muchacho flaco, fibroso, alto, la barba negra y los ojos hundidos de días sin dormir. Chan es un líder de los rebeldes de Monombí y me muestra los rincones y las barricadas y me cuenta dónde se paraban y cómo rechazaron a la policía, y me explica que no se puede soportar más que esos del gobierno vivan así mientras ellos tienen que trabajar como perros para ganar cien córdobas. Que se tienen que ir, que son unos aprovechados y unos dictadores y unos genocidas. Y que lo están siguiendo, que lo tienen marcado. Yo le pregunto qué va a hacer.

–Nada, qué querés que haga; seguir en la pelea. Si me matan todos van a saber quién fue.

–¿Pero no tenés miedo?

–Miedo, miedo… Bueno, es mi vida. Me gusta, me gustaría seguir en esta joda. Porque ya muerto, pa’ qué.

Dice, y se ríe. En el colegio salesiano de Masaya, justo al lado, cientos de vecinos reciben a la delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que viene a recibir denuncias. Un líder local discursea desde las escaleras del colegio:

–¡A nosotros no nos mueve ninguna ideología ni partido sino el amor por nuestro pueblo y nuestra patria!

Grita, robusto y atildado, y da vivas geográficas: a Nicaragua, a Masaya, a Monimbó. El rechazo a los partidos se oye en todas partes: casi todos dicen que no son políticos, que no hacen política, que repudian a los políticos y a la política y a todo lo que esté “politizado” –mientras toman la calle para voltear a un gobierno, pura política en acción. Magias de la palabra: por algunas se pelean, de otras huyen.

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#14. En Estelí, a 150 kilómetros de Managua, a Franco Valdivia lo conocían por su nombre artístico, el rapero Renfán. Franco tenía 24 años, estudiaba tercero de abogacía y trabajaba de carpintero para pagar sus gastos y los de su hija de cuatro. Estelí es una ciudad mediana, tranquila, templada, “un bastión sandinista” o “la ciudad mil veces heroica”; no es el lugar más apropiado para un rapero, pero Renfán seguía peleándola. Con un grupo de amigos solía grabar sus canciones y subirlas a youtube: estaban bien hechas y criticaban los abusos y la corrupción y conseguían visitas. El 18 de abril subió a su Facebook un poema en tono rapeado: “Hoy es un gran día para morir./ Por no elegir el camino que la corrupción/ nos quiere hacer seguir./ Y aunque a mi vida días le reste/ seguiré diciendo verdades cueste lo que cueste./ Sandino tenía un sueño y les/ aseguro que no era este”. En ese momento Nicaragua era una siesta y sus palabras parecían sólo palabras; esa noche los estudiantes de Managua salieron a la calle, al otro día la agitación llegó a Estelí, se volvieron proféticas. Franco fue al parque central a sumarse a las protestas que tanto había cantado. Dos horas después, un disparo que pareció venir de la alcaldía le entró por el ojo izquierdo y lo mató. Otra de sus canciones se llamaba Pilatos: “No hay olvido sin sepultura/ para quien lucha por lo que es./ Que la muerte me regrese/ lo que la vida me ha quitado”.

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Estos días, en Nicaragua, la vida se ha vuelto diferente. La política –tan denostada– ocupa tanto espacio: las personas piensan en asuntos en los que no pensaban, se preguntan cosas, se imaginan. Una revolución es el momento en que cambian las preguntas, en que se puede no tener respuestas. Estos días, en la ciudades nicas, la vida es diferente: en las calles puede pasar, a cada momento, cualquier cosa.

Estos últimos años Managua se jactaba de ser la capital más tranquila de la región; ahora es una ciudad sacudida por su historia: en cada rincón una bandera, personas que las agitan, gritan algo. Hay barricadas, cortes de ruta –“tranques”–, pequeñas manifestaciones –“plantones”–, grandes marchas. Hay, sobre todo, un estado de expresión permanente, de gente que se calló la boca mucho tiempo y ahora habla y disfruta de hablar y trata de olvidar esos silencios. Y, mientras, los negocios están medio vacíos y las calles están medio vacías y el miedo medio lleno, la incertidumbre extrema.

–¡El pueblo/ unido/ jamás será vencido!

Gritan ahora miles de personas con banderas rojas y negras y azules y blancas: marchan para apoyar al gobierno sandinista. Es sábado a la tarde, hace un calor estrepitoso, y a lo largo de la Avenida De Bolívar a Chávez –se llama así: De Bolívar a Chávez– hay pantallas gigantes que nos muestran lo muchos que somos y lo bien que revoleamos los colores. Aquí en la vida real, bajo este sol hiperreal, la realidad es más modesta –no parecemos tantos, y las docenas de micros que los trajeron, y la sospecha de que muchos son empleados públicos que castigan si no vienen.

–¡Viva la paz, viva el amor!

Grita una locutora y suena Solo le pido a Dios versión caja de ritmos, y después la locutora habla de Sandino. Augusto Sandino se definió, hace 90 años, como “el general de los hombres libres” –y así lo registró la historia. Pero la historia cambia más que nada y ahora la locutora lo presenta como “el general de los hombres y mujeres libres”.

–Estamos encendiendo la llama del sagrado derecho de vivir en santa paz, iluminados por el espíritu de Sandino y guiados por el saber del comandante Daniel Ortega.

Dice la locutora y, por alguna razón que me escapa, nadie contesta amén. Allá arriba, una cara gigante de Chávez nos mira desde lo alto de su arbolata/chayopalo. Aquí abajo, sobre el asfalto medio derretido, se pasean muchachos con morteros, señoras con tacones, señores con anillos, señoras con chancletas, señores con las manos callosas arruinadas: hay mucho espacio sin llenar. 

–Esos vándalos van a tener que entender que acá se necesita paz.

Me dice un muchachón fornido, su gorra para atrás, su cuello con tatuajes, su camiseta verde camuflaje. Para un país que estuvo en guerra tantos años la narrativa de la paz es decisiva. Entonces todos se reprochan mutuamente haberla roto, y el gobierno ha decidido hacerla su estandarte.

–Y lo van a entender por las buenas o por las malas, como quieran.

Dice el muchachote. El gobierno, que siempre dijo que la calle era suya, ahora la está peleando. Esa misma tarde, en León, decenas de miles de personas se juntan para exigirles que se vayan. Al día siguiente, domingo a la mañana, en una rotonda de Managua, unos cuantos revolean banderas azul y blancas. La pelea por los colores es tenaz: durante décadas, el rojo y negro fue la divisa sandinista; desde que los opositores sacaron la nacional, azul y blanca, los sandinistas empezaron a usarla también: no podían entregarle a sus enemigos el color de la patria.

–¡El pueblo/ unido/ jamás será vencido!

Gritan también los protestantes, insistiendo en la fake news más repetida de las últimas décadas. Los dos bandos se pelean por las mismas palabras, las mismas consignas, las mismas canciones: todo el refranero izquierdista de los setentas, que tantos tratan de olvidar, aquí es un botín que se disputa. Una señora pasa en silla de ruedas con un cartel escrito a mano: “El poder reside en el pueblo. Es el pueblo el que pone y quita gobiernos”, dice, firmado por Daniel Ortega, 1979: la guerra por la palabra es usar la palabra como búmerang: a nadie se le aplica mejor lo que dijiste que a vos mismo. Y la señora reclama su legitimidad: forma parte de las Madres de Abril, la asociación de las madres de las víctimas.

–¿Sabés qué pasa? Que las canciones y las consignas volvieron al pueblo. Las tenía secuestradas esta dictadura, pero ahora son nuestras otra vez.

Me dice una chica de quince o dieciséis. En un altavoz suena el hit del mes, Mercedes Sosa con Que vivan los estudiantes, pero las vuvuzelas lo tapan inclementes. Un pequeño grupo de mujeres grita que no queremos pitos queremos consignas; nadie les hace caso. Los coches que pasan por la avenida ondean sus banderas: todo suena muy patrio. Casi todos son muy nacionalistas, muchos son muy católicos, todos muy democráticos, pero Dios Patria y Libertad no quedaría tan bien. Hay mezcla, mucha mezcla: desde un cartel bien clasista –“En un país gobernado por un ignorante, los profesionales son la amenaza”– hasta los que reclaman más igualdad y menos hambre. La explosión de palabras es puro gozo, felicidad en verbo:

“Hay décadas donde nada ocurre, y hay semanas donde ocurren décadas”.

“Tanto valiente sin armas y tanto cobarde armado”.

“Te permitimos todo, Daniel. Pero no hubieras matado a los chavalos”.

Y también hay metamorfosis: de la vieja consigna sandinista que propone “Patria libre o morir”, alguien pasó a “Patria libre o vivir” y alguien, más cuidadoso, a una opción razonable: “Patria libre para vivir”. Y los gritos que dicen que no se confundan, que “No eran delincuentes,/ eran estudiantes”, y los que definen el argumento principal, que “Daniel,/ Somoza,/ son la misma cosa”. Y, sobre todo, el viejo hit sandinista recuperado por los que quieren derrocarlos: “¡Que se rinda tu madre!”

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#24. Cuando Ángel Gahona tenía cinco años, en 1981, su maestra de Bluefields, una ciudad pequeña del Caribe, hizo que todos los chicos repitieran que eran hijos de Sandino; el pequeño Ángel se negó. Después explicó que quizá los otros chicos fueran, pero que él sabía que su papá se llamaba Gahona. Pronto su familia tuvo que huir a Venezuela, corrida por la guerra; allí pasaron privaciones y Ángel empezó a trabajar antes de sus diez años. A su vuelta consiguió estudiar periodismo en una universidad de su región Caribe; durante años trabajó en lo que pudo –vendedor de comida o de chatarra o de comida chatarra, gerente de un cyber– hasta que, ya casado, pudo fundar con su mujer Migueliuth Sandoval un pequeño diario digital: El Meridiano. Lo hacían entre los dos y conseguían sobrevivir; Ángel recorría su ciudad en su moto saludando a todos, iba a las misas evangélicas, criaba a sus dos hijos, había empezado a estudiar para abogado. Ese domingo 21 las protestas llegaron a Bluefields; Ángel y Migue pensaron en salir a transmitirlas pero alguien tenía que quedarse con los chicos. Decidieron que ella; él se fue solo. En un Facebook Live, ya de noche, Ángel muestra a unos jóvenes que tiran piedras contra la alcaldía; después dice –su voz en off en el video– que “vamos a buscar dónde refugiarnos ya que la policía se dirige hacia acá”. Los enfoca, muestra su llegada y la relata y, de golpe, la imagen se conmueve y funde al negro y sólo se oyen gritos. Una bala le ha atravesado la cabeza; el video de un compañero lo muestra en el suelo, ensangrentado, muerto. Nadie sabe quién, nadie sabe por qué; se sospecha de un francotirador oficial u oficialista, pero la justicia prefirió acusar a dos muchachos que ni tenían armas ni estaban allí. El mejor truco para no resolver un caso como este es pretender que ya lo resolviste.

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El miércoles 16 de mayo un muchacho conmovió al país. Esa mañana empezaba la primera sesión de la mesa para el diálogo que había convocado la iglesia católica en su Seminario Interdiocesano. Se encontraban las partes en conflicto: los estudiantes, las federaciones campesinas, las patronales, la “sociedad civil”, el señor presidente y su señora vice. El protocolo preveía que Daniel Ortega hablara primero; estaba a punto de hacerlo cuando Lesther Alemán se paró, con su camisa negra por el luto y su pañoleta azul y blanca por la patria, y se lanzó:

–No estamos aquí para escuchar un discurso que por doce años ya hemos escuchado. Presidente, conocemos la historia; no la queremos repetir. Usted sabe lo que es el pueblo. ¿Dónde radica el poder? En el pueblo. Hemos aceptado estar en esta mesa para exigirle ahorita mismo que ordene el cese inmediato a los ataques que están cometiendo en nuestro país, represión y ataque de las fuerzas paramilitares, de sus tropas, de las turbas adeptas al Gobierno. Usted sabe el dolor que hemos vivido estos 28 días. Ustedes pueden dormirse tranquilos; nosotros no hemos dormido tranquilos, estamos siendo perseguidos. Y ahora estoy hablando porque nosotros hemos puesto los muertos, nosotros hemos puesto los desaparecidos, los que están secuestrados nosotros los hemos puesto.

Dijo, con su voz de locutor antiguo, las gestos medidos, casi una sonrisa –y nadie se atrevía a interrumpirlo. Tres metros más allá, Daniel Ortega y Rosario Murillo lo escuchaban sin dar crédito: nadie en todos estos años, había hecho nada así. Entonces Lesther –sus anteojos, su cuerpo apuesto flaco, su pelo bien cortado modernito– les lanzó la estocada:

–Esta no es una mesa de diálogo, es una mesa para negociar su salida. Y usted lo sabe muy bien, porque es lo que ha solicitado el pueblo. En un mes usted ha desbaratado al país; a Somoza lo costó muchos años, pero usted en menos de un mes ha hecho cosas que nunca nos imaginamos. Muchos están defraudados por esos ideales que no se han cumplido, esas cuatro letras, FSLN, que le juraron a esta patria ser libres y hoy seguimos esclavos, hoy seguimos sometidos, hoy seguimos marginados, hoy estamos siendo masacrados. Cuántas madres de familia están llorando a sus hijos, señor.

La atención era extrema, la tensión tremenda. Las máximas autoridades de un país, paralizadas ante un chico de 20 años que les decía lo que nunca nadie: sereno, sin levantar el tono, como si le explicara una obviedad a un tío un poco espeso. La escena era hipnótica y conmovedora, y no se terminaba:

–El pueblo está en las calles, nosotros estamos en esta mesa exigiéndole el cese de la represión. Sepa esto, ríndase ante todo este pueblo. Pueden reírse, pueden hacer las caras que quieran, pero le pedimos que ordene el cese al fuego ahorita mismo, y la liberación de nuestros presos políticos. No podemos dialogar con un asesino, porque lo que se ha cometido en este país es un genocidio.

 A las 9 y 47 a.m. de ese miércoles, Lesther Alemán era una de las personas más conocidas, más odiadas, más amadas de Nicaragua. Después me dirá que fueron los demás participantes de la mesa los que decidieron que él hablara: que le dijeron que “por la voz, por la autoridad moral, por la rectitud y por el conocimiento”.

–Sí, me acuerdo muchas cosas. Primero ví que las cámaras se volteaban, estaban apuntadas al presidente y se voltearon hacia mí. Y entonces lo ví a él, le ví la cara, los ojos, que se le dilataron sus pupilas viéndome, no sé si era lo sorprendido o que pensaba muchas cosas de mí. Y Rosario tragaba agua sin parar. Fue tan raro. Yo pensaba que no iba a poder hablar mucho, esperaba que él me interrumpiera. Pero que me permitiera todos esos minutos, en silencio, y que luego la gente tuviese la reacción que tuvo, los que me han dicho en estos días que estaba hablando por todo un pueblo… Yo me sentí un Rigoberto López Pérez.

Dice Lesther, y me cuenta esa historia. López Pérez fue un periodista de 25 años que, en plena dictadura del primer Somoza, Anastasio, el asesino de Sandino, se le acercó en un baile y lo mató de tres balazos. Corría septiembre del ’56.

–El solo decía va a llegar el fin de la dictadura. ¿Cómo?, le preguntaban. Va a llegar el fin de la dictadura, decía él, y se metió en aquel salón y lo mató. Después lo cosieron a balazos, como trescientos tiros. Dos días antes él le había escrito una carta a su mamá, una de las cartas más bellas que yo he leído. Y ahí le dice que va a liberar el país, nada más. Entonces, ese miércoles, yo pensé: en mí se reencarnó Rigoberto. Pensé: no fue con balazos, sí fue con la palabra.

–¿Las habías preparado?

–Sí, yo preparé las grandes líneas. Yo no me aprendo las cosas al tubo, de memoria, porque creo que la emoción te hace decir las palabras certeras. Pero sí la noche antes caminé por el pasillo del hotel, de lado a lado, muchas veces, y me decía qué yo voy a hacer, qué va a decir la gente, cuál va a ser la reacción del pueblo. Y me preguntaba cómo hacer para que no me callaran. Y fui escribiendo esas líneas, hice dos borradores que ahí están, puño y letra. Después pensé que no puedo botar esa hoja, se la voy a enseñar a mi hijo, mire m’hijo, esta fue la hoja…

Lesther todavía no tiene ningún hijo y es de noche. En los alrededores de Managua, en el centro universitario donde él y sus compañeros de la Coalición Universitaria se refugian, medio clandestinos, me cuenta, al borde de una piscina y un gimnasio, que es hijo de una familia de trabajadores azucareros y que estaba cursando, con una beca, el cuarto año de Comunicación en la Universidad Centroamericana –jesuita– de Managua. Y que todo empezó unas semanas antes, en la marcha para exigir que el gobierno se ocupara del incendio de la reserva de Indio Maíz. Aquella tarde, dice, había un micrófono y él, por primera vez, se atrevió a usarlo.

–¿Y por qué se te ocurrió hablar?

–Era un micrófono abierto, la gente leía cosas, recitaban, y mis compañeros me dicen Lesther, es tu momento. Porque yo desde pequeño he tenido el sueño de ser presidente de este país, y ellos lo saben. Entonces me dijeron eso, burlándose, y yo ah, ok, lo voy a hacer, y hablé y la gente gritaba, yo me sentía que ya estaba en la candidatura…

Dice ahora y me mira muy serio, risueño pero serio, y que es verdad y que siempre tuvo dos sueños: uno, entrar en el ejército, porque le encanta el orden y la seriedad y los uniformes camuflados; el otro, ser el presidente. Tras todos estos días de no pasar por casa, de vivir a salto de mata, Lesther sigue impecable: una camisa marrón ajustada, un pantalón negro, unas botas complejas. El pantalón tiene manchitas blancas y se ve que le molestan, las rasca sin éxito; en esa mano tiene un anillo de sello y un reloj pequeño, casi de muñeca.

–Por eso el único seudónimo que les permito que me digan es “comandante”. Mis mejores amigos ya de siempre me llamaban comandante.

–Me preocupa. La mezcla de tus dos sueños nos lleva derecho al golpe militar.

Lesther se ríe, un batallón de dientes blancos en orden de revista, y dice que tiene que estudiar mucho, prepararse para ser presidente con todos los conocimientos y los méritos, pero que eso podría pasar en un país distinto, que en este la dictadura los desalienta, que muchos de sus compañeros de la facultad de Comunicación, por ejemplo, no quieren ser periodistas porque para qué, si el control y la censura son la norma. Pero que él nunca se desalienta, que ha leído mucho sobre los ideales sandinistas, que el fundador y prócer del Frente, Carlos Fonseca, muerto poco antes del triunfo de su revolución, es su héroe.

–Lesther comenzó a construir sus ideales a partir de libros, de videos, de canciones. Su himno es Nicaragua Nicaragüita, sus canciones favoritas son las testimoniales.

Dice Lesther; después me explicará que muchas veces habla de sí en tercera persona: Lesther piensa tal cosa, Lesther dice tal otra.

–Lesther nunca se imaginó llegar hasta aquí.

Dice, y me cuenta que querría ser periodista, que le gusta leer diarios de papel y escuchar radio en una radio de verdad, que como milenial es demasiado analógico, que sus amigos le dicen que es un viejo en el cuerpo de un muchacho de veinte. Y que nunca antes estuvo en un grupo político, que “la juventud sandinista no es sandinista sino pura bacanal”, que le interesan muchos ideales del socialismo y del comunismo pero no sus maneras, que no cree en los políticos porque no lo representan, que nunca lo han representado, que tuvieron la oportunidad para hacerle frente a este dictador y no lo hicieron, que no tienen autoridad moral. Y que le gusta escribir y ahora está registrando la historia de estos días:

–Así luego, cuando esté jubilado, pueda estar sentado con alguien, un nieto, y decirle este fui yo, esto hizo Lesther cuando era un chavalo.

Por el momento no lo necesita: lo recuerdan todos. Un diario habló de la “lesthermanía”: hay muñequitos con sus rasgos y una capa azul y blanca de superhéroe, hay llaveros y afiches y pancartas, hay abrazos y besos y selfis cada vez que sale a la calle.

–¿Qué es ser un líder?

–Es una persona convencida de que no ordena sino que convence; el líder escucha, valora, analiza, critica, y después comunica. Pero ante todo es la persona que debe tener más humildad, sobriedad, paciencia. Yo carezco de paciencia…

–Bueno, de humildad también.

Le digo, y se ríe incómodo, pero trata de pensarlo: lo discutimos. Entonces me explica que una de sus formas de humildad es esto de hablar de sí mismo en tercera persona.

–Es para no sentirme limitado. Yo no considero que pueda decir yo soy así, yo digo esto, entonces mejor voy por la tangente: Lesther piensa esto. Siempre me he visto como que salgo yo a hablar por Lesther… Tengo esa idea de no dejar que Lesther hable por Lesther…

Dice, y me ve la cara de sorpresa y le salta la risa:

–¿No entiendes que es como una locura mía…?

Le digo que sí, que eso lo veo, nos reímos, sigue explicándome lo inexplicable, se pone casi nervioso: esos tímidos que la timidez hace más expansivos, más eléctricos. Es, al fin y al cabo, un chico de veinte años al que de pronto todos miran. Es, también, en estos días, la persona más popular de Nicaragua.

*          *          *

#56. Margarita Mendoza llevaba cuatro días aterrada: Javier Munguía, su hijo, 19 años, albañil desempleado, había sido detenido por la policía el 8 de mayo cerca de la Universidad Politécnica y no aparecía. Ya había preguntado en todos los hospitales y finalmente, el 12 de mayo, se decidió a ir a la morgue del Instituto de Medicina Legal; cuando le dijeron que allí no lo tenían su alivio fue infinito: Javier debía estar vivo todavía. Pero seguía perdido; al otro día, Margarita fue a tocar las puertas de la Dirección de Auxilio Judicial (aka) El Chipote, un centro de represión con 80 años de historia criminal: allí le dijeron que no lo conocían, pero ex detenidos le contaron que lo habían visto adentro y que lo estaban torturando. El viernes 18, Margarita fue uno de los cientos de parientes que se presentaron ante la delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos: quería denunciar la desaparición de su hijo. Su celular sonó mientras lo hacía. Margarita atendió: un funcionario de Medicina Legal le dijo que tenían el cadáver de Javier. Sus gritos se oyeron en todo el piso. Más tarde, en el Instituto, le dijeron que el chico había muerto “por causas naturales”. Al otro día un forense independiente le contó la verdad: a Javier Munguía, la cara rota a golpes, lo habían estrangulado.

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–Sí, claro que tengo miedo todavía. Pero uno empieza a perder el miedo en la calle. Como solemos decir, nos quitaron tanto que nos quitaron hasta el miedo. Sí, muchos de nosotros fuimos atacados por la policía, ya sabemos cómo es eso. Yo también estuve en la Catedral cuando nos rodeó la policía y la turba orteguista, y estuvimos tan cerca de la muerte. De verdad creímos que hasta ahí llegábamos, unos se arrodillaron, se pusieron a rezar, otros lloraban…

Dice Melisa, y Erasmo la apuntala:

–Dicen que el valor no es la ausencia de miedo sino el miedo mismo junto a la voluntad de seguir. Entonces nosotros teníamos sobre todo esa rabia de ver que mataban a nuestros compañeros…

Melisa y Erasmo son estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, la más grande del país, 40.000 estudiantes y 30 hectáreas de bosque sembrado de edificios: matorrales, árboles, cañadas y, ahora, algunas tiendas de campaña que cobijan estudiantes vigilantes. Cuando vino la primera ola de ocupaciones, la UNAN se salvó: el sindicato de estudiantes oficialistas, UNEN, consiguió evitarlo. La universidad estuvo cerrada dos semanas; el 7 de mayo, cuando volvieron a abrirla, sus estudiantes la ocuparon. Y ahora estamos en un edificio –la Escuela de Geología– que los rebeldes usan como hospital, cocina, dormitorio. Melisa y Erasmo tienen alrededor de veinte años, hijos de clase media. Los ocupantes, me dicen, son unos 500; les pregunto si no les parece cuestionable que el uno por ciento de los estudiantes se arrogue el derecho de tomar la universidad.

–Bueno, no vamos a negar que somos una pequeña parte. Pero es que hay muchos que no pueden estar. Por ejemplo, yo me quedé desde el lunes de la semana pasada, y sé que si voy a mi casa ya no puedo volver.

Erasmo es un muchachón alto, fornido, la piel oscura, la sonrisa brillante, y es uno de los jefes de la toma. Le pregunto por qué.

–Porque mi mamá no me deja. Y así hay muchos que no los dejan o tienen miedo de meterse o involucrar a la familia, que hay gente que ha ido a intimidar a nuestros casas…

Dice Erasmo, y Melisa lo corta. Melisa tiene muchas ganas de hablar y tiene la frente ancha, despejada bajo los rizos castaños, mirada inteligente:

–Sí, hay muchos universitarios que están de acuerdo con nosotros, aunque no estén acá. El problema es que nadie quiere morir. Nadie quiere ser mártir. Pero ya tenemos mártires, ya hay más de sesenta muchachos muertos. Y hay muchos que tienen miedo, pero eso no quiere decir que no estén de acuerdo…

La idea de que unos pocos hacen lo que muchos harían es una de las bases de la política del siglo XX: lo llamaron vanguardia. Aquí son pocos, y esos pocos jaquean a un gobierno. Tienen con ellos la legitimidad, la opinión pública, y eso a veces –sólo a veces– vale más que la fuerza, que el número.

–Nosotros nunca pensamos que nos íbamos a pasar acá tanto tiempo, así que nos fuimos organizando poco a poco, dando cuenta de lo que esto significa, de la importancia que tiene, los peligros que tiene. Sabemos que en cualquier momento nos pueden atacar, tenemos que estar preparados todo el tiempo.

Dice Melisa. Aquí los pocos cientos también están organizados en grupos que se ocupan de la comida, la sanidad, las guardias, los choques. Hay una red compleja de muchachas y muchachos que ocupan todo el espacio de la universidad, con un sistema de delegados y poderes, reuniones, asambleas, discusiones.

–Ya desde antes teníamos inconformidad con este gobierno, sólo que estábamos adormecidos, no nos habíamos puesto en marcha.

Ahora se pusieron y pusieron al país a preguntarse qué hacer, a pensarse de nuevo. En estos días la comisión por el diálogo se reúne dos veces por semana para encontrar alguna solución; muchos piden la salida de Ortega; Ortega, por supuesto, no discute siquiera esa alternativa.

–Nadie quiere un conflicto bélico. Nosotros no estamos armados, somos hijos de la posguerra. Nuestros padres sí son ex combatientes, algunos, vivieron la revolución, la contra, militaron, pero nosotros qué sabemos de esas cosas militares, logísticas… Ni queremos saber, pero Nicaragua aguanta poco, y tenemos miedo que se vuelva a armar una guerra. Así que estamos muy pendientes del diálogo, a ver si lo podemos evitar…

Entre 1970 y 1990, en veinte años de guerra, murieron cien mil nicaragüenses. Muchos, después, interpretaron esta generación diciendo que eran chicos que vieron que eso sólo sirvió para que unos pocos mandaran y se enriquecieran y que por eso era lógico que sólo les importaran los juegos en red y los juegos de Messi y ciertas músicas y ciertos bailoteos: que eran una generación de apáticos individualistas, pobrecitos, que nunca sabrían lo que es en realidad la vida. Pero también eran chicos que se pasaron la vida escuchando historias heroicas, revolucionarias de sus padres, sus abuelos, y reproches por ser vagos e indolentes, por no hacer esas cosas. Se ve que se cansaron.

–¿Cómo creen que va a terminar la toma?

–Para nosotros entregar la universidad las autoridades tienen que tomar en cuenta por lo menos algunas de nuestras exigencias: la recomposición del movimiento estudiantil, la autonomía de la universidad, y después la más difícil una Nicaragua democrática. Puede parecer una utopía, pero si cayó Somoza, si cayó el Muro de Berlín, ¿por qué no va a caer este? Y también hay muchas luchas en que no tuvimos que levantar un arma para ganar. Ojalá esta vez sea como esas.

–Ya nadie quiere más muertos. Estamos cansados de los muertos. No queremos que nadie más se muera, apostamos a la vía pacífica, que se resuelva sin que haya que usar armas.

–¿Creen  que se van a pasar varios días más acá?

–No sabemos. Nos vamos a quedar hasta que nos den respuesta.

–¿Y tu mamá que dice?

–Mi mama dice que si me agarra…

Dice Erasmo, se ríe; Melisa quiere aclarar el punto:

–Hay muchos que están sin permiso de sus padres. Mi papá me apoya, él estuvo en la revolución sandinista…

–Mis padres dicen que por ahora estamos más seguros acá que en nuestras casas.

–Claro, pero ¿y cuando tengan que volver a sus casas?

–Esa es la pregunta del millón. ¿Qué pasa?

Nadie sabe.

*          *          *

–Con Daniel uno siempre se equivoca. El error más común es subestimarlo, porque al final él siempre consigue sacar algo de cada situación. No sabemos qué pasará esta vez, lo tiene difícil, pero hay que estar atentos, muy atentos.

Dice Carlos Fernando Chamorro, periodista histórico, ahora director de El Confidencial. Y todo está en suspenso. Algunos suponen que los estudiantes, la “sociedad civil” y algunas asociaciones agrarias y empresariales pueden convocar un paro nacional que cerraría las carreteras, las calles, las actividades –y aceleraría la caída del gobierno. O podría cansar a muchos ciudadanos, que se hartarían de los problemas y dificultades, la penuria, las pérdidas, las incomodidades, y empezarían a extrañar los tiempos más tranquilos.

Algunos recuerdan el ejemplo de Venezuela: hace unos meses parecía que su gobierno estaba listo y ahora acaba de regalarse unas elecciones. Fabián Medina, periodista de La Prensa, dice que Ortega ahora es como un boxeador que acaba de recibir un golpe duro: debe agarrarse del contrario para impedir que le siga pegando, tomar aire, ganar tiempo y terminar el round. Es una carrera desesperada: él sabe –probablemente sabe– que si pasa estos días no sea fácil sacarlo; sus oponentes más entusiastas saben –probablemente saben– que si los pasa se va a vengar de ellos. Aunque más no sea para que todos sepan que no se puede desafiar al comandante gratis.

–¿Cómo termina todo esto?

Sergio Ramírez, el gran escritor nicaragüense, Premio Cervantes 2017, que fue vicepresidente de Ortega entre 1979 y 1990, lanza la carcajada:

–Eso quién lo sabe. Este diálogo es muy incierto. Hay dos universos totalmente distintos, el de Ortega, que no está pensando en irse, y el de la sociedad civil que piensa que sí. Este choque de realidades va a determinar todo. A menos que haya una presión mayor, si es que puede haber una presión sin sangre…

–¿Y puede?

Ramírez se calla, mira a ninguna parte.

–Es una pregunta terrorífica, esa. Bueno, tendría que haber una resistencia civil verdadera, tranques, paros, paro general… Y por otro lado la presión internacional. Pero Ortega no está pensando irse y sin su salida no hay cómo seguir, porque hay una indignación generalizada.

Dice Ramírez, y me explica que el problema es que la necesidad política del país es que Ortega tiene que desaparecer. Aunque, dice, eso no significa que desaparezca el Frente Sandinista, porque es una fuerza política importante, aún en medio de estos crímenes terribles sigue siendo el 30 por ciento de la población. O sea que hay que contar con ellos, dice, porque sin esa fuerza tampoco hay estabilidad en el país.

–La gran dificultad es que Daniel Ortega no tiene vida alternativa al poder, no es una una persona a la que se le pueda decir bueno, coge tus millones y te vas a vivir a Estados Unidos. Estados Unidos no existe para él, ni tampoco los millones. Él no tiene la ambición de ser rico; su ambición es tener poder. No tiene otras opciones, no es una persona que se pueda retirar a una finca a cultivar café o a escribir sus memorias; para él sólo existe el poder. Esa es la dificultad, el nudo gordiano. Además, incluso si lo dejaran tomar su dinero e irse con su familia, ¿adónde se va a ir? ¿A Cuba, a Venezuela? Sería ir de la llama a las brasas. ¿A Rusia? Y no estaría seguro en ningún otro lado, porque ahora que la Comisión dice que hay que investigar si no hubo ejecuciones extrajudiciales, y esos ya son crímenes de lesa humanidad…

La Comisión Interamericana ya documentó, entre el 18 de abril y el 23 de mayo, 77 muertos y 657 heridos: es, como dice Chamorro, “la mayor masacre de la historia de Nicaragua en tiempos de paz”.

.(Aquellas revueltas, como sabemos, fracasaron. Pero tuvieron una consecuencia inesperada: roto el frente que había sabido construir Ortega con la iglesia católica, los empresarios y demás poderes, su forma de perpetuarse debió volverse mucho más violenta. Por eso, en estas últimas semanas su gobierno encarceló a cuatro precandidatos presidenciales —Cristiana Chamorro, Arturo Cruz, Juan Sebastián Chamorro y Félix Maradiaga— y nueve dirigentes de la oposición —José Adán Aguerri, Violeta Granera, José Pallais, Támara Dávila, Ana Margarita Vijil, Dora María Téllez, Suyén Barahona, Hugo Torres y Víctor Hugo Tinoco.

Entre muchas otras cosas.)

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