un cuarto –medio medio– propio

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La muerte del vivo

Martín Caparrós

Fueron minutos muy espeluznantes. En medio de un partido de fútbol sin historia –Dinamarca y Finlandia, en esto, nunca la tuvieron– el tiempo se detuvo y millones se asustaron o conmovieron o angustiaron. Pocos lo estaban viendo cuando empezó el temblor: con la velocidad de las redes, en instantes millones se enteraron de que en ese partido un jugador se había desplomado y parecía… parecía… parecía…

Nadie decía la palabra ominosa, pero parecía. La televisión repitió una vez el movimiento tan ajeno del 10 danés que se deshizo y se cayó redondo –y, a partir de ahí, empezó su calvario. El de la tele, digo.

Digamos: un partido de fútbol de una copa europea se suspende porque un jugador se desplomó en el campo. Sus compañeros se arremolinan a su alrededor, desesperados; enfermeros y médicos corren, llegan, se agitan. El cuerpo del jugador queda tapado por los demás cuerpos: parece que no se mueve, en realidad parece… parece… parece…

La televisión, entonces, decide no mostrar nada que informe nada: cerrará los ojos. Como debe seguir emitiendo, evita los planos que podrían contar lo que sucede y se refugia en planos generales de la cancha, planos cortos de espectadores llorando y rezando, compañeros llorando y rezando, una rubia que dicen que es su hermana –pero después sabremos que es su esposa– llorando también. Los locutores no dan información, no saben, no quieren decir nada. Pasan minutos, más minutos, y la televisión solo muestra jugadores tapando al caído y personas llorando y parece… parece… parece… Ya todos estamos convencidos de que el jugador se murió y por eso nadie lo dice y por eso nadie lo muestra. La muerte no se dice, la muerte no se muestra.

La situación entra en un punto muerto. Los jugadores –sus camisetas rojas– siguen parados alrededor del cuerpo, hay más llantos, abrazos, manos en las cabezas; pasan varios minutos hasta que entra una camilla y parece que levantan el cuerpo. Seguimos sin ver nada, pero sabemos –creemos que sabemos– que ha sucedido algo tremendo: la muerte de un jugador de elite en un torneo de ídem. Los enfermeros –sus mamelucos rojos– despliegan unas toallas alrededor de esa camilla que empieza a avanzar, para taparla; sus compañeros caminan cabizbajos a su lado. Parece una procesión fúnebre –roja, toda hecha de rojos– hasta que una foto se abre paso en las redes, tan malditas. Y la foto muestra a Christian Eriksen echado en la camilla con una máscara de oxígeno en la cara y una mano tocándose la frente: parece, después de todo, vivo.

Mucho después sabremos que sí, que “está estable”. Pero ese cuarto de hora es toda una lección sobre la forma en que hacemos periodismo: las formas que elegimos para narrar el mundo. Con ese pudor de lo correcto que hace que, en la época más contada y conectada de la historia, tantas cosas deban suponerse –porque nos parece mal mostrarlas. Nos parece mal informar lo que pasa: nos parece que hay cosas que deben contarse y cosas que no. Nos parece que tenemos el derecho de decidir cuáles son esas cosas, qué puede saber “el público” y qué no, qué cosas lo chocarán u ofenderán –o, incluso, cuáles violan la privacidad del objeto de esa información. Los grandes medios creen que su función es editar el mundo.

(La pandemia es un ejemplo de esta forma: al principio, sobre todo, evitaron mostrar lo que pasaba –la desesperación, la impotencia, las muertes– so pretexto de que era contraproducente y era obsceno. Hay quienes suponen que, si se hubiera mostrado, muchos más habrían tenido conciencia del peligro y muchos menos se habrían contagiado. O, por lo menos, habríamos sabido. Se puede discutir, casi no se discute.)

El partido no tenía importancia, el desmayo de un jugador tampoco tanta. Pero el resultado es una gran metáfora: millones de personas estuvimos convencidas de algo que resultó ser falso. En directo todos supusimos que Eriksen había muerto; pasado el primer shock, habría sido fácil mostrar que no lo estaba si el pudor, la corrección o la estupidez no se hubieran impuesto, una vez más, a la razón de este trabajo: contar el mundo, no juzgarlo o filtrarlo o volverlo digerible.

Fueron solo unos minutos y fue una tontería: fue, sin duda, una lección de periodismo, una nueva invitación a preguntarnos qué estamos haciendo.

O, si acaso: qué mierda estamos haciendo.

¿La izquierda es progre?

Martín Caparrós

Por suerte pasa en el Perú, que no le importa a nadie. No es nada personal: a nadie le importa Perú o Paraguay o México o España o Argentina a menos que sea peruano o paraguayo o mexicano o español o argentino –y ni siquiera. Por supuesto que a nadie le importa casi nada que no sea lo más cercano, pero se podría incluso imaginar que es un error: en lo lejano se va cocinando lo que probablemente alguna vez se acerque. Y, aún si no, es tan entretenido.

A nadie le importa pero en Perú hubo, hace semanas, elecciones presidenciales muy extrañas: en estos tiempos de polarización, docena y media de candidatos se repartían intenciones de voto que nunca superaban el 15 por ciento –y, tres días antes, nadie tenía muy claro qué par pasaría a la segunda vuelta. Pasaron, al final, y competirán por la presidencia este 6 de junio, el señor Pedro Castillo y la señora Keiko Fujimori.

La señora Fujimori es la primera de los cuatro hijos de un ex presidente preso por corrupciones y homicidios, que a sus 20 años ya era primera dama de su país por la espantada de su madre; ahora, a sus 45, tras estudiar administración de empresas en Estados Unidos y casarse y parir y pasar temporadas presa por corrupción, lavado y Odebrecht, ya ha perdido por muy poco dos elecciones presidenciales y va por la vencida.

El señor Castillo es el tercero de los nueve hijos de una pareja de campesinos de Chota, en el noroeste del país, que estudió para maestro, trabajó muchos años de maestro y en 2017, a sus 47, también casado y con tres hijos muy cristianos, encabezó una huelga de maestros que sacudió al país –y lo puso en las teles. Un mes antes de las elecciones de abril era un personaje folclórico que hablaba de representar a los pobres y nacionalizar recursos; sin que nadie lo previera, terminó primero con el 19 por ciento de los votos. Había ganado en el campo, en la sierra, en las zonas más pobres.

El hombre me llamó la atención, me interesó. Pregunté, busqué en los medios; lo que más destacaban es que no era un izquierdista al uso. Lo decían en frases como esta: “A partir del 28 de julio, Perú tendrá un presidente populista y conservador, independientemente de quién gane. Los dos candidatos (…), la derechista Keiko Fujimori y el maestro radical Pedro Castillo, están, desde espectros ideológicos opuestos, en contra de la igualdad de género, el matrimonio entre personas del mismo sexo y el aborto”. Es una muestra: muchos insistían en ese carácter “conservador” del candidato de izquierda y lo exhibían como su rasgo principal. (A propósito: Castillo no está “en contra de la igualdad de género”; sí dice que “el enfoque de género en la escuela no es mi prioridad”.)

Seguí buscando. Encontré que Castillo dice, por ejemplo, que, ya que las ganancias de una empresa resultan del esfuerzo colectivo, “los sueldos de los empresarios deberán ser múltiplos de las remuneraciones de los obreros, así podrá un empresario ganar muy bien, pero pagará a su obrero menos calificado no menos de veinte veces su propio sueldo”. Y que propone nacionalizar –no necesariamente estatizar– las explotaciones mineras y petroleras para que las empresas internacionales que las aprovechan no se lleven el 80 por ciento de los beneficios y dejen el 20, sino al revés. Y aumentar los presupuestos de educación y salud del tres al diez por ciento del presupuesto nacional. No parecía que lo propusiera desde afuera: dicen que muchos de los pobres de las ciudades y el campo que lo votaron lo ven como uno de ellos –porque, en principio, es algo así como uno de ellos.

Yo no sé quién es en realidad Pedro Castillo. No sé si es confiable o no, si está mintiendo como un bellaco o se la cree, si sufre las clásicas tentaciones autoritarias de muchos de sus pares latinoamericanos. Es difícil enterarse, así, a lo lejos. Pero tampoco me importa tanto; me interesa, ahora, más allá de su persona, la idea general: la posibilidad de una izquierda no progre.

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Supongamos, para ponernos esquemáticos, que progre significa ampliar las libertades y cuidados e izquierda significa emparejar el reparto de las riquezas y poderes; que izquierda significa usar el estado para que los que tienen menos vivan mejor y progre significa usar el estado para que cada cual pueda elegir mejor cómo vivir. Si es así, la mayoría de los partidos y grupos de izquierda actuales son más progres que izquierdas: han dejado de cuestionar el orden general y se ocupan sobre todo del avance de las opciones y libertades personales.

Y, aunque es necesario que esos partidos intenten mejorar el medioambiente o la educación sexual o la vida de las minorías de género o la muerte de quien la desea, también parece claro que esas reivindicaciones conciernen sobre todo a una parte de la población: que muchas veces los más pobres tienen problemas más urgentes, y las sienten ajenas o amenazadoras. A menudo los sectores que insisten en ampliar las libertades no intentan atacar seriamente la desigualdad –porque no lo creen posible o no saben cómo– y los sectores que necesitan más reparto no sienten que precisen esa ampliación de libertades –porque tienen otras ideas de la vida o al menos otras urgencias. Por eso, también, los que necesitan más distribución abandonan a esas izquierdas y escuchan cada vez más a esas derechas que les ofrecen ciertas ilusiones: que se ocupan de ellos. El Front National o Vox votado por obreros y ex obreros, por ejemplo.

Es uno de los problemas centrales y más escurridizos de la política actual: dónde están –quiénes son– los pobres, qué piensan, qué votan. Ya no solo en los países confusos de América Latina; también en Europa, donde solían votar a las izquierdas cuando eran obreros y locales, ahora que ya no son obreros y muchas veces son migrantes, no se sabe.

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Supongamos, para ponernos más esquemáticos aun, que uno de los grandes problemas de la política actual es qué hacer con los pobres: que nadie sabe qué hacer con los pobres –y menos que nadie los partidos políticos. Recordemos, para ponernos más aun, tres modelos actuales: los partidos del centro clásico occidental –que la gran prensa llama “socialdemocracia”– les ofrecen servicios y subsidios que los contienen y controlan; los gobiernos del centro clásico tercermundista –que la gran prensa llama “izquierda”– les ofrecen limosnas que los contienen y controlan; los partidos de extrema derecha –que la gran prensa llama “derecha”– les ofrecen soflamas que retoman y exacerban sus resentimientos nacionalistas y sectoriales.

Los partidos de izquierda –que la gran prensa no llama– siempre les han propuesto formas, que hoy parecen lejanas, de dejar de ser pobres: no preservarlos sino eliminarlos. Pero es pa’quilombo: para conseguirlo deberían sacarles a los que tienen más, que nunca quieren tener menos. Y eso crea complicaciones, divisiones; en cambio, casi todos podemos ponernos de acuerdo en que es importante reciclar y cuidar el planeta o conseguir que las mujeres ganen lo mismo que los hombres por el mismo trabajo –aún si no lo hacemos.

Así que partidos y grupos de las izquierdas más al uso se concentran en esos asuntos –y al mismo tiempo pierden pie, se distancian de los que deberían ser los suyos. Aparecen estas diferencias entre proyecto progre y proyecto distributivo, que no tendrían por qué existir pero existen. Yo no sé si el maestro Castillo dice que está en contra del matrimonio homosexual porque lo cree o porque es lo que cree que su gente quiere que diga. Lo dice, en todo caso. Y me lleva a preguntarme si tendrá razón al dejar de lado esas reivindicaciones que, al fin y al cabo, conciernen a otra parte de la población, que muchas veces los más pobres no sienten como propias, y hacerse cargo de las que sí.

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Entonces, ¿qué pasa cuando un dirigente de izquierda descubre que esos pobres que quiere convocar no están de acuerdo con ciertas metas que podríamos llamar progres? ¿Insiste en proponerlas aunque pierda con eso la identificación con ellos o prefiere dejarlas si ese es el precio de avanzar con ellos? ¿Es mejor adaptarse a esas ideas “conservadoras” o eso sería, una vez más, aceptar que un buen fin justifica malos medios? O, incluso, si ese dirigente de izquierda cree en esas ideas y no es progre, ¿sigue siendo de izquierda?

La disyuntiva del maestro de Chota debería recuperar un debate que no practicamos suficiente: qué significa ser de izquierda. ¿Traer a la escena pública los temas que otros no debaten? ¿Intentar que no haya más pobres? Durante mucho tiempo el Optimismo Marx nos mantuvo convencidos de que ambas cosas eran una y la misma. Pero, si resulta que no, ¿ser de izquierda sería, más que nada, representar a los pobres? Y, en tal caso, ¿qué es representar? ¿Traducir sin más lo que dice un sector o intentar cambiar ese discurso? ¿Definir sus “necesidades objetivas” o adaptarse a las que enuncia como propias?

Quizás haya que abandonar el punto más logrado del Optimismo Marx: aceptar que los pobres no son los que van a cambiar el mundo y trabajar pensando en otros sectores, los que supuestamente sí. O quizás haya que asumir que lo que piensa la mayoría de los pobres debe ser aprendido, respetado y defendido. O que, modestamente, no se trata de cambiar el mundo sino de conseguir que no haya más pobres. O quizás haya que buscar otra forma de síntesis. Vaya a saber. El debate es más que complicado; lo más fácil, como siempre, es esquivarlo.

Total, por ahora, todo eso pasa en el Perú.

Las víctimas de las víctimas

Hace unos años estuve en Israel/Palestina, invitado por Médicos sin Fronteras, para escribir sobre los efectos de la ocupación israelí en la población palestina y tratar de entender algo sobre esa guerra que no acaba. En estos días, en medio de las bombas –de las noticias sobre bombas– lo recordé mucho. El artículo se publicó entonces en El País Semanal; pasó tiempo pero la situación general, lamentablemente, no ha cambiado mucho. Y por eso, supongo, las bombas siguen cayendo sobre esas tierras castigadas.

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Martín Caparrós

“Todo pasó en cinco minutos. Eran como las tres, estábamos durmiendo y nos despertó el ruido de los coches que paraban; mi esposo me dijo ahí están, buscan a algún vecino. Yo le dije duérmete y pensé uy dios, por favor ayuda a la madre del que vienen a buscar. Lo pensé, no sabía y lo pensé. Y entonces escuché los golpes en mi puerta. Mi esposo se levantó de un salto, les abrió la puerta; yo también salí, ni siquiera me cubrí, salí así como estaba y me vieron todos, qué vergüenza. Mi esposo les preguntó qué querían y uno dijo venimos a buscar a Leith. Eran como quince, había soldados, policías, policías de civil con armas largas, capuchas, yo tenía mucho miedo. Ellos sabían cuál era su cuarto: directo varios fueron para ahí, los demás se quedaron apuntándonos, dando vuelta las cosas, dando gritos. A Leith lo sacaron con las esposas puestas, la cara que tenía, pobrecito. Yo les pregunté por qué se lo llevaban y uno me dijo no, nada, unas preguntas y se lo devolvemos. Entonces yo les dije que si le querían hacer preguntas yo tenía que estar presente, porque Leith es menor, tenía 14 años. Me dijeron sí, venga a la cárcel cuando quiera, y se fueron sin decirme más nada. Entonces mi marido y yo vinimos y nos sentamos, en estos sillones nos sentamos, uno frente al otro y yo pensaba qué fue todo esto, ¿una pesadilla? ¿Ahora me voy a despertar? Me parecía que no podía ser cierto, le dije a mi marido no es cierto que se lo llevaron, ¿no? Dime que no es cierto. Y él me dijo sí pero no te preocupes, a la mañana lo vamos a buscar, no te preocupes, es un chico, no le van a hacer nada; a la mañana nos lo van a devolver. Y yo lo escuchaba y no podía ni llorar. No sé por qué, quería llorar y no podía. Trataba, pero no podía.”

Hanan es la madre de Leith, que fue, el año pasado, cuando lo detuvieron, el preso político más joven del país. Las autoridades israelíes dijeron que Leith participó de manifestaciones, que tiró piedras a unos soldados en la entrada del campo, que era peligroso para Israel y debía estar encerrado: le pidieron dos años de cárcel. Lo condenaron a nueve meses más tres años de condicional.

–¿Usted cree que Leith realmente atacó a los soldados?

–¿Honestamente? Sí, yo creo que lo hizo. Pero es un chico de 14 años y los soldados insultaban a su madre.

–¿Qué decían?

Hanan no quiere repetirlo; palabrotas, dice, palabras muy malas. Le decían esas cosas y él tenía que reaccionar, ¿qué podía hacer si no? Suenan gallos, varios gallos –o un gallo persistente.

–¿O sea que se peleó por defender a su madre, no a su patria?

–No, no solo. También vio cómo los soldados golpeaban a varios de sus amigos, y eso tampoco pudo soportarlo.

Hanan tiene una túnica negra con bordados plateados y un hijab turquesa, los ojos muy oscuros. Viene de una familia acomodada; en 1996 se fue a Miami y estudió Negocios, se casó, tuvo sus dos primeros hijos. En 2004 decidieron volverse: South Beach les parecía un lugar peligroso para criar chicos. Ahora, su marido tiene un restorán y los dos tienen dos hijos más y todos viven en el campo de refugiados de Shaufat, en Cisjordania. Un campo de refugiados no es un campo; es una ciudad bien tercermundo, las calles angostas llenas de gentes y de coches viejos y de cables colgando, los frentes de las casas sin revoque –como si todo fuera provisorio: 50, 60 años provisorio. Por fuera, la casa de Hanan parece a medio hacer; por dentro tiene su equipo de música, su plasma, una cocina grande y bien provista, los sillones: esos sillones gordos, orondos, que son la marca del éxito en tantos países donde el calor los hace tan incómodos.

–Leith no se va a olvidar nunca de lo que le hicieron. Le pegaron mucho, lo tenían días y días sin dormir, lo pateaban para despertarlo; todavía se despierta sobresaltado cada noche. Nunca se va a olvidar. Y yo tampoco.

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Hay una guerra. A veces la pelean con armas, otras veces con piedras, con palabras, con acuerdos de paz, con bombas varias, con miradas golpes esperanzas, con rezos, con abrazos. Hay una guerra porque hay dos pueblos que quieren la misma tierra. Uno tiene un estado que lo estructura, un ejército que lo defiende; el otro no. Ambos enarbolan sus derechos: la historia, tradiciones, mitos.

–O sea que hay tres posibilidades: o esa tierra se reparte en dos, o los dos viven juntos en ella, o uno de los dos echa o extermina al otro. En general la que prima es la tercera opción, pero digamos que no la queremos.

Dice Marius Schattner, 71, periodista franco-israelí, ex maoísta, ex sionista de izquierda, varios libros sobre la cuestión.

–La coexistencia es muy difícil y supondría un estado con ciudadanos de primera, los israelíes, y ciudadanos de segunda, los palestinos, una segregación, si no un apartheid. El reparto en dos estados es la opción más lógica; la fuerza principal que se le opone es el Estado de Israel, el gobierno israelí, que produce hechos –las ocupaciones, las nuevas colonias– que lo hagan imposible.

Hace décadas que colonos judíos empezaron a construir casas y ocupar espacios en los territorios ocupados, supuestamente palestinos, pero el movimiento se aceleró en los diez últimos años. Ahora hay por lo menos 300.000 en Cisjordania, 200.000 en Jerusalén Este: medio millón de personas, una masa crítica difícil de expulsar.

–Hace unos años los colonos eran una franja extrema de la población judía. Hoy es una corriente central, que ocupa cada vez más lugar en las conciencias y en el gobierno del Estado.

Dice Micha Kurz, 32, enérgico, sonriente, israelí, judío ashkenazi, activista de organizaciones palestinas.

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Hay una guerra. Como en toda guerra hay intrigas, héroes, ratas, fanáticos, fanáticos, intereses, desinteresados, razones que la razón ignora, corazones que ignoran la razón. Como en toda guerra, todos tienen razón y ninguno la tiene.

(Marius me contó un cuento: la mujer del rabino le dice Shlomo, no te entiendo. Primero vino el zapatero y te dijo que había peleado con el panadero y le dijiste que tenía razón; después vino el panadero y te dijo que había peleado con el zapatero y le dijiste que tenía razón. A mí no me parece que les puedas a decir a los dos que tienen razón.

–Mujer, tienes razón.)

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Hay una guerra y a veces los que intentan disimularlo lo consiguen. Salvo en Hebrón: aquí, está claro, hay una guerra. Hay una guerra y no hay otro lugar donde esta guerra esté tan marcada en el espacio. Hebrón es la ciudad más grande de Cisjordania: un cuarto de millón de palestinos a 30 kilómetros de Jerusalén. Hace diez años la calle Shohada –la calle de los Mártires– era el corazón de Hebrón: el mercado en medio de la ciudad vieja, miles y miles de personas comprando, vendiendo, encontrándose.

Micha la recuerda su primer día de soldado, 2001, cuando tenía 18: un sargento les mostró desde su puesto de control el mercado, todavía vivo, todavía bullendo, y les señaló la multitud de palestinos allá abajo y les dijo que eran todos posibles terroristas y que todos, absolutamente todos ellos los odiaban. Que no se descuidaran. Que no se contuvieran. Que su tarea era mantener “estéril” el área que les habían asignado –estéril significaba limpia de árabes– para proteger a Israel y a los colonos israelíes.

Poco a poco, Micha fue descubriendo que su papel no consistía en proteger a los colonos que avanzaban sobre las tierras palestinas sino en ayudarlos en su avance, y que para eso tenía que hacer cosas como patear puertas de casas palestinas al filo de la madrugada, patear cuerpos de jóvenes palestinos a la hora que tocara.

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Ashraf es palestino. Ashraf es un tipo musculoso, 30 años, mandíbula potente, la mirada severa, pero los ojos se le empañan cuando recuerda aquella noche de septiembre 2006 en que soldados entraron a los tiros en su casa, lo ataron, se lo llevaron vendado y esposado. Y más cuando recuerda los 64 días de interrogatorios, los golpes, la confusión, la celda de aislamiento y, sobre todo, esa máquina que le inmovilizaba la cabeza para que gotas de agua helada le cayeran sin pausa en el mismo lugar entre sus ojos y lo cortaran como un cuchillo de hielo y le infligieran un dolor que no podía soportar y soportaba. (Alguien, alguna vez, tendrá que reflexionar sobre el lugar del agua en las torturas cool contemporáneas, ésas que los Estados Unidos sí toleran.)

Ashraf estudiaba entonces en una facultad islámica y no me quiere decir por qué se lo llevaron: me dice que alguna vez podrá, pero no todavía. Mientras, dice que lo más duro fue cuando lo pusieron en una celda con palestinos colaboradores –que allí llaman “los pájaros”– y que él les dijo cosas que había callado bajo el agua porque creyó que eran amigos, que eran compañeros, y cuando entendió que esos traidores lo habían llevado a traicionarse no conseguía entender que hubiera palestinos que hicieran esas cosas y que eso le dolió más que el dolor y más los ojos, más se le humedecen, más la voz se le rompe: que nada, en los cinco años que después pasó preso, acusado de militar en Hamas, fue tan tremendo como eso. Y que por eso –quizá por eso– salió de la prisión tan paranoico, desconfiando de todos y de todo, y que no soportaba y por eso –supongo que por eso– cuando le pregunto qué va a hacer ahora, si va a seguir peleando, me dice que aquello fue un momento de su vida y que ahora es distinto pero el brillo de los ojos lo desmiente y no sé si creerle: también eso es un efecto de la guerra.

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Hace diez años la calle Shohada era el corazón de Hebrón: ahora es un desierto. Todo alrededor, calles desiertas. Desiertas: casas vacías, los negocios cerrados, el silencio, algún pájaro, un motor a lo lejos; no hay coches, no hay personas.

En el corazón de Hebrón hay mil colonos que ocupan unas doscientas casas. Para protegerlos, la zona fue vaciada, llenada de bloques de cemento, soldados que patrullan. En otras casas todavía quedan palestinos pero casi no salen: solo lo indispensable. Sus calles están cubiertas con una red metálica porque desde sus casas los colonos solían tirarles piedras, botellas, lo que fuese; ahora, por la red, tiran agua servida.

Y todo está callado, abandonado: muerto. Es un paisaje como no he visto igual: el espacio vacío, la rudeza del sol, muchos soldados. Entre las calles inaccesibles se fue armando una tierra de nadie, casas de cinco o seis siglos donde intentan vivir algunos palestinos, donde no hay policía, donde pululan traficantes y unos perros salvajes que atacan a los chicos.

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Cuesta ver que el derecho no es de verdad un ojo. Musrab lo perdió hace menos de un año: caminaba con su madre y su tía y sus dos hermanitas menores por una ruta en las afueras de Hebrón donde unos chicos palestinos tiraban piedras a soldados.

–¿Por qué tiraban piedras?

–Bueno, no sé, pasa muy a menudo.

Me dirá ahora Heyam, la madre de Musrab, y que los soldados empezaron a disparar balas de goma y que ellos estaban lejos de los chicos, en otra dirección, pero igual les tiraron y que una bala le pegó a Musrab justo en el ojo. Musrab se cayó al suelo, se agarraba la cara, sangraba, tanto grito. La ambulancia tardó una eternidad, en el primer hospital lo derivaron, en el segundo también; esa misma noche en Jerusalén un doctor le dijo a Heyam que habían hecho todo lo posible pero que lo sentía: que habían tenido que sacarle el ojo.

La adaptación fue larga, dolorosa. Musrab chocaba con las cosas, se caía, se desesperaba. En la escuela ya no reconocía las letras, se desesperaba. No quería hablar de su ojo emparchado; cuando le preguntaban se enojaba, gritaba, se desesperaba. Recién cuando le sacaron el parche y le pusieron en su lugar un ojo artificial, muy parecido al suyo pero quieto, Musrab entendió que nunca volvería. Entonces le dijo a su mamá que bueno, que no le importaba, pero al primer compañero de clase que le dijo “ojosolo” le pegó –le pegó bien, con la rabia de todos esos meses.

–Y nunca más me dijeron nada.

Dice, ahora, en la calle delante de la casa familiar, y se refriega el ojo que no tiene. Yo cierro uno para ver el mundo como lo ve Musrab: no es medio mundo, es un mundo más chato, interrumpido por la propia nariz, irritante, truncado.

–¿Y tienes algún amigo israelí?

–¿Yo? ¿Por qué? ¿Para qué?

Musrab es musculoso y le pega bien a la pelota y tiene un sistema para bajar las escaleras con los dos pies juntos, a los saltos. También tiene el pelo corto y duro, los labios finos, un equipo de gimnasia azul oscuro, el ojo menos, ocho años.

–¿Te acuerdas de ese momento?

–Sí, claro que me acuerdo. Estaba todo lleno de soldados.

El azar siempre decide demasiado. Pero en las guerras exagera.

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Me pregunta qué sería de una boca sin la lengua: que si puedo imaginarme la boca sin la lengua –y que así sería, sin ellos, esta tierra, me dice, me sonríe, sigue andando. El viejo tiene la barba blanca, los ojos pícaros, los dedos ramas secas.

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Nada de esto pasaría si ellos no tiraran piedras, me dijo después un amigo israelí y, a su manera, también tenía razón. Son lógicas muy lógicas: es muy difícil para un muchacho que crece viendo su país ocupado no tirarle una piedra a los soldados ocupantes; es muy difícil para un país que ocupa y se defiende no intentar contener a esos muchachos.

–La mayoría de mis amigos no saben lo que pasa. Están muy ocupados con sus cosas.

Que a sus amigos todo esto no les importa mucho porque están muy concentrados en sus carreras e hijos e hipotecas, dice Micha y que si vives en Tel Aviv o Haifa puedes pasar de todo esto o intentarlo y que, de todos modos, ellos están convencidos de que los palestinos son bestias sanguinarias que solo quieren destruir el Estado de Israel, así que lo que les caiga les estará bien empleado.

–De algún modo necesitan creerlo, les conviene creerlo.

Dice, y que las provocaciones de los colonos sirven para reafirmar esa idea –para forzar a los palestinos a reaccionar con violencia– y, así, justificar cualquier ataque. Y que si unos extremistas quieren hacer eso allá ellos, que lo terrible es que el ejército israelí los ayude. Que por eso, entre otras cosas, cuando terminó su servicio militar decidió dedicar su vida a denunciarlo.

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Del otro lado del check point –las armas, el cemento, los alambres– la ciudad resucita, el mundo otra vez vivo. Difícil pero vivo. Y entonces la violencia –el placer de la violencia– con que me echan de una mezquita porque no soy uno de ellos y se acabó el horario para los extranjeros. El gozo de decir yo soy quien manda aquí no tiene religión, no tiene patria.

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La señora es alta flaca huesuda, más de sesenta años, los rasgos muy marcados, y su nombre no es su nombre: se llama UmMaher, que quiere decir madre de Maher, porque su hijo Maher fue un mártir de la causa. La señora vive en un pueblo que fue de los beduinos, en una casa donde hubo ovejas y hay desolación, el muro enfrente. La señora recuerda esos tiempos en que no había en Cisjordania 500 kilómetros de muro, en que los territorios ocupados no eran todavía este laberinto de paredes y rutas clausuradas y bloqueos y puestos militares. Después me dice que en cualquier momento pueden llegar las topadoras a derribar su casa, que ya se lo dijeron los soldados, que van a derribarla y la van a ocupar y ella va a perder todo. Y que si por lo menos la dejaran entrar en Jerusalén, que su hija mayor vive en Jerusalén pero ella no puede entrar y su hija no puede salir porque no tienen los permisos y que hace más de ocho años que no se ven y que de verdad quiere, que necesita verla. Y que está enferma, muy enferma y no le queda mucho tiempo y querría ir a rezar a la mezquita de Al Aqsa, en el monte del Templo de Jerusalén, antes de morirse porque ese lugar fue bendecido por el Profeta y un rezo allí, me explica, equivale a 500 en la casa. Que si pudiera ir a rezar ahí se moriría tranquila, dice, y que ella lo único que quiere es la paz y la armonía y que por favor no salgamos a la puerta de la casa a mirar el muro y el puesto militar porque si nos ven los soldados israelíes después van a venir a molestarla. Que no salgamos, por favor, nada más eso pide.

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Hay una guerra y, como en tantas guerras, los dioses son la excusa. Los colonos insisten en que tienen derecho a vivir en Hebrón porque su dios les dijo: “Dios creó todo el mundo pero su cuartel general está aquí”, dice un rabino colono en un documental. “Nosotros creemos en la promesa de Dios, que le dio esta tierra al pueblo judío. Si hay gente que quiere venir a vivir aquí como huéspedes, que sean bienvenidos, pero si creen que pueden gobernarla, es imposible”.

En medio de Hebrón, en medio del conflicto, la mezquita de Ibrahim, sinagoga de Abraham: sobre las tumbas, dicen, de Isaac y Rebeca y Lea y Jacob y Sara y Abraham. Es un gran edificio que empezó a construirse dos mil años atrás y se siguió construyendo desde entonces. Durante siglos fue mezquita; cuando Israel ocupó Cisjordania en 1967 se quedó con una parte para hacerla sinagoga. Algunas de las decoraciones más antiguas de la mezquita repiten un motivo conocido: la estrella de David. Pero su nave principal está llena de cámaras porque no solo Dios quiere ver todo.

Las tumbas también pueden verse desde las dos partes. La de Abraham es un túmulo pomposo cubierto de una tela verde con dorados en medio de un cuarto lleno de arabescos. Las entradas están clausuradas; hay que mirarla desde dos ventanas, una del lado judío, otra del musulmán. Y, entre las dos, junto al sepulcro, un vidrio a prueba de balas, por si acaso. Judíos y musulmanes veneran al mismo muerto amenazándose.

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Hay muchos otros momentos en que israelíes y palestinos –o mejor, judíos y musulmanes radicales– se ven, con perdón, tan parecidos. Digo, por ejemplo, cuando pasan esos hombres musulmanes o judíos caminando, sus mujeres detrás y muy tapadas, inundadas de niños, sometidas: tan voluntariamente sometidas.

                                      *          *          *

Ya lo habían hecho muchas veces. Llevaban un par de años cruzando la frontera en ese valle, no muy lejos de Hebrón, donde la vigilancia solía relajarse y el alambrado tenía agujeros. Más de una vez se habían preguntado por qué tanto descuido; nunca pensaron si sería a propósito.

Iban a trabajar a Israel. No tenían permiso, porque para tenerlo habrían debido ser mayores de 25, casados, algún hijo. Noor y su hermano y su primo tenían 21, 22. En la costa les pagaban unos 200 shekels –40 euros– por día de albañilería y en un mes podían trabajar diez o doce días; en territorio palestino el trabajo era escaso y mucho peor pagado. A sus patrones también les convenía: los palestinos sin permiso les cuestan la mitad que un obrero con papeles. Si los descubren deben pagar multas; muchos se arriesgan.

Noor no siempre la pasaba bien. A veces caía en algún control policial, le pegaban un poco, lo devolvían a Cisjordania; a los pocos días cruzaba de nuevo. Hasta esa tarde de noviembre: Noor se arrastraba bajo el alambrado cuando sintió el relámpago en la pierna. Pensó que debía ser un golpe de electricidad: que el alambrado le había dado una descarga. Tardó un momento en ver la sangre, los pedazos de pierna colgándole del pantalón roto. Le habían acertado una bala explosiva.

El dolor tardó en llegar; cuando llegó, nada dejó que no doliera. Noor gritaba, se agarraba la pierna, se retorcía en el suelo. Varios soldados lo rodearon, le apuntaban; uno le dijo que había tenido suerte, que la próxima vez tirarían a matarlo.

La operación duró casi seis horas: Noor tenía la tibia y el peroné de la pierna derecha hechos pedazos. Todavía le quedaban otras tres cirugías, dos meses en el hospital, la recuperación que no termina. Noor sabe que quizá nunca camine como antes, y los dolores lo persiguen. Por lo menos, dice, ya no tiene esas pesadillas espantosas en que la bala dum dum volvía y volvía.

Noor tiene el pelo muy corto, las cejas gruesas, la palabra difícil: busca, tarda, no siempre las encuentra. Tiene un rictus constante entre la pena y la extrañeza: como quien no entiende o, mejor, preferiría no entender lo que sí entiende. Sabe, entre otras cosas, que nunca va a poder volver a trabajar en Israel. Ningún miembro de su familia va a poder: en la oficina de permisos les dijeron que nunca se los darían porque si cruzaban quizá trataran de vengarse.

–¿Y ustedes tratarían de vengarse?

–No, qué vamos a hacer. Si tratamos de vengarnos podrían venir y tirarnos abajo la casa. Yo no quiero más líos, quiero estar tranquilo. Yo ahora sé lo que te hacen si les traes problemas.

                                                  *          *          *

Los trabajos se mezclan y se intrincan: los dineros. Aquí mismo en Hebrón un empresario palestino fabrica buena parte de las botas que usan los soldados israelíes.

–Bueno, aquí ya casi nadie le habla. Pero se ve que la plata le hace olvidar los sinsabores.

Me dice Samir, mi guía. También se mezclan las condenas: Rania me cuenta la tristeza, la sordidez de tener que hacerse cargo de la prisión de su hijo Ahmad, 16 años:

–Lo condenaron a dos años y, como era menor, le dieron prisión domiciliaria. Entonces yo, su madre, soy la responsable de que no salga de la casa. Yo soy su carcelera, me entiende, yo tengo que ser su carcelera, yo, su madre.

                                                  *          *          *

El problema, una vez más, son los principios: que uno compara la actitud de Israel con sus propios principios. No con un estado belicoso y represor sino con un proyecto de país democráctico, socializante, surgido para lavar la peor represión de los tiempos modernos.

–Cuando los ingleses colonizaban lo hacían en nombre de la civilización; los franceses, de los derechos humanos; los españoles, de la religión. Los israelíes colonizan en nombre de las víctimas: victimizan a otros, legitimados por su antigua condición de víctimas. Y lo más curioso, en un caso como el de Hebrón, es que se vuelven a convertir en víctimas: ellos mismos instalan un ghetto judío armado en medio de una población de miles y miles de personas que los odian. Es la víctima la que manda, la víctima-verdugo, un invento tan raro.

Dijo Marius, aquella vez, y la risa le sonó muy amarga.

                                                  *          *          *

Centro de Hebrón, el sol que raja, las cuatro de la tarde, un soldado israelí –moreno, casi niño, lampiño, los ojos legañosos– se hamaca en una hamaca de jardín que alguien dejó en un descampado. Debe estar de servicio: tiene sobre la falda una de esas ametralladoras tremebundas y está casi dormido: calor, el balanceo. De pronto, desde tantos rincones, alauakbar, diez o quince muecines llaman a la plegaria. El aire se le llena de voces enemigas. El chico se sobresalta, sacude la cabeza, aprieta con las manos el arma, mira nervioso hacia los lados. Los gritos crecen, allauakbar. El chico sigue mirando, nervioso, a los costados.

                                                  *          *          *

Hanan me cuenta que cuando los soldados se llevaron a Leith, su hijo de 14, no era capaz de ir a su cuarto, así que lo cerró. Que nueve meses lo tuvo cerrado, que nadie podía entrar.

–Quería su olor, quería que su ropa estuviera como él la había dejado, quería que todo estuviera como él había querido… Quería olvidarme de esa noche, esos soldados.

–¿Los odia?

Hanan se calla, piensa, busca, canta un gallo:

–Sí. La verdad, sí. Nunca me voy a olvidar de cómo le pegaron, delante de mí…

–¿Y qué piensa hacer con su odio?

–El problema es que no puedo hacer nada. Solo pienso que como madre tengo que criar buenas personas. Israel quiere que nuestros chicos sean ladrones, traficantes, drogados; como madre, mi lucha es que mis hijos sean los mejores. Si cada madre pudiera criar buenos chicos, les daríamos más pelea que con las piedras.

Dice Hanan y se le va una lágrima y me cuenta que su hijo de cuatro años, Hasan, no lloraba nunca cuando iban a la cárcel. Aquí, entre los sillones, Hasan está jugando con una pelota de goma. Me la pasa, la rebotamos en el suelo, nos reímos, nos chocamos las palmas, él me besa la mejilla. Yo me derrito y él se ríe y tira fuerte su pelota de goma.

–Hasan nunca lloraba, miraba todo muy serio, miraba mucho a los guardias de la cárcel. Un día, cuando teníamos que irnos, me dijo que no se quería ir. Buscó a un guardia, le tiró del pantalón para llamarle la atención y le dijo, tan serio: “Enciérreme a mí. Yo quiero que me encierre a mí y deje que Leith se vuelva a casa”.

Dice su madre y me dice, bajito, que tiene mucho miedo.

Las vacunas corruptas

Martín Caparrós

Los argentinos adoramos los escándalos. Y somos buenos produciendo escándalos: como todos, o un poco más que todos –siempre todos nos creemos que “un poco más que todos”. Pero, más allá de chauvinismos tristes, aquel escándalo fue realmente adorable.

El viernes 19 de febrero el señor Horacio Verbitsky, un reputado periodista argentino de 79 años, reconocido oficialista, contó en un programa de radio que el día anterior había recibido una vacuna que no le correspondía en una dependencia especial del Ministerio de Salud Pública. Después se supo que otros paniaguados del gobierno habían hecho lo mismo. Era intolerable que unos pocos amigos del poder se vacunaran mientras tantos que lo necesitaban con urgencia no lo conseguían, y se armó el escándalo: el ministro y el periodista perdieron sus empleos y el Vacunatorio Vip quedó registrado, con toda justicia, como un ejemplo de corrupción y desprecio por la ley y la solidaridad. Fue uno de los puntos más bajos de un gobierno que no los escatima, y los grandes medios hablaron de eso semanas y semanas.

El domingo 9 de mayo el señor Mauricio Macri, un empresario y político argentino de 62, presidente del país entre 2015 y 2019, contó en su página de Facebook que se había vacunado en una farmacia de Miami, Estados Unidos, donde había viajado para participar en un “foro sobre la democracia”. En febrero, cuando el escándalo de su enemigo Verbitsky, el ex presidente había declarado –esta vez por Twitter– que “ante las reiteradas consultas sobre si me he vacunado, quiero aclarar que no me di ninguna vacuna contra el coronavirus y tampoco lo voy a hacer hasta que el último de los argentinos de riesgo y de los trabajadores esenciales la haya recibido”. Todavía hay millones de “argentinos de riesgo” que no la recibieron y el señor Macri se vacunó anteayer como solo pueden hacerlo los ricos: viajando a un país donde hay vacunas y pagándolas. Podría parecer intolerable: un señor que miente sobre sus intenciones y que las incumple usando sus privilegios de clase, pero no. Los mismos medios que se habían escandalizado con tanta razón cuando el periodista se vacunó gracias a su cercanía al poder político solo reseñaron, con toda discreción, que el político y empresario se había vacunado –gracias a su dinero.

Algún espíritu ingenuo podría sorprenderse, pero sabemos que la mayoría de los grandes medios argentinos miden el paño con varas muy distintas. La reacción social es más reveladora: no parece que muchos de los que se indignaron con la corruptela vacunatoria del periodista influyente se indignen ahora con la falsedad y prepotencia vacunatorias del político rico. La diferencia entre ambas reacciones es un ejemplo perfecto del papel social de la corrupción, ese azote y bálsamo de estos tiempos.

Lo que hizo el señor Verbitsky fue ilegal: incumplió las normas de su gobierno que dicen que las vacunas se deben aplicar según cierto orden de prioridades. Lo que hizo el señor Macri fue legal: cumplió las normas del capitalismo que dicen que el que tiene plata consigue más que los demás –incluyendo, por supuesto, mejor medicina.

Si en general aceptamos que un tipo que tiene más tiene derecho a tener más, ¿por qué vamos a discutir que ese tipo tenga derecho a vacunarse antes que otros? En términos jurídicos no hay nada que reprocharle al señor Macri; para reprocharle algo habría que suponer valores éticos –ideológicos–: la injusticia de la desigualdad, la importancia de la solidaridad, la condena del sálvese quien pueda, esas cosas que no están sancionadas por nuestras constituciones.

Su acción, entonces, no puede recibir ninguna sanción legal porque es legal; podría, si acaso, recibir una sanción política porque es política. Pero para eso habría que discutir y definir qué privilegios puede comprar el dinero y cuáles no, si está bien que los ricos hagan lo que quieren, si un gobernante debe vivir como sus gobernados, tantas cosas. En cambio la condena de la corrupción es simple y clara: el que consigue ventajas gracias a su relación con un estado comete un delito. Y no es preciso discutir sobre el orden social, las ventajas, las desigualdades: alcanza con atenerse a la letra del código penal, que, en cambio, no dice nada sobre los que concentran el dinero –o las vacunas– que tantos necesitan. Por eso las denuncias de corrupción ocupan tan a menudo el lugar del debate político. Por eso es tanto más fácil hablar de corrupción que de proyectos. Por eso el honestismo funciona tan bien.

Llámase honestismo a “la convicción de que –casi– todos los males de un país son producto de la corrupción en general y de la corrupción de los políticos en particular, dejando de lado todo el resto de las causas que los producen”. Para muchos, cargar todas las culpas sobre la corrupción es una forma de esperanza. El honestismo permite creer en soluciones mágicas: que si nadie robara, te dicen, todo se arreglaría –y esa certeza elude o cierra la necesidad de discutir modelos, proyectos, políticas. El recurso a la corrupción es la forma de postular que si hay desigualdad, si hay injusticia, si hay miseria no es porque un sistema las produzca sino porque unos individuos se quedan con lo que no debieran: porque son malvados, perversos, esas cosas. La corrupción sirve mucho para sostener este sistema: nos quiere hacer creer que es bueno, sólo que hay malos que lo usan en beneficio propio. La corrupción es la explicación de una época que no sabe cómo explicarse, cómo pensarse, cómo superarse. Ni, se diría, cómo vacunarse.

Madrid es indepe

Martín Caparrós

Sí, hubo elecciones regionales en Madrid, una comunidad autónoma de 6,5 millones de personas –que se sintieron como elecciones nacionales pero no lo fueron: Madrid tiene características muy propias. El resultado global fue un triunfo abrumador de la derecha, con una mayoría que le permitirá gobernar a su gusto los dos próximos años.

Hubo elecciones y el partido dizque socialista gobernante perdió como nunca: una campaña mal armada, un candidato despistado y la derrota más aparatosa de su historia local; quizá le sirva para entender algo. Hubo elecciones y Pablo Iglesias, que lideró la izquierda española en la década pasada con un partido nuevo, Podemos, se retiró de la política. La Parábola de Pablo es una síntesis apretada de los procesos tradicionales de las izquierdas: irrupción fulgurante con propuestas y métodos nuevos, que despiertan entusiasmos y esperanzas, seguida por una deriva cada vez más personalista y autoritaria que termina por desarmarlos y convierte un movimiento que parecía amplio y distinto en la misma secta de siempre.

Pero la verdadera lección de estas elecciones vino de la candidata ganadora, la presidenta PP de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso. Ayuso es una mujer de 42 años sin mayor historia ni brillo personal. Oradora mediocre, no se le nota ninguna inteligencia ni educación ni simpatía particulares. Su gestión de la peste fue poco menos que desastrosa, cantidad de muertes evitables. Y, sin embargo, consiguió uno de los mejores resultados de su partido en su capital en su historia.

Desde el principio estaba claro que Ayuso se aprovecharía de algo que muchos gobiernos provinciales han usado en la pandemia: su papel de policías buenos frente al policía malo representado por el gobierno nacional. Ha pasado en muchos países: el poder central impone restricciones que los poderes regionales critican y/o aligeran. Así, la responsabilidad de las medidas más impopulares –el peso del hartazgo– cae sobre los centrales. Los regionales tienen la ventaja enorme del “yo hubiera o hubiese”: en tiempos duros, que no le gustan a nadie, los que pueden argumentar que no les dejaron hacer lo que habrían querido se llevan más y más votos. En los últimos meses varias elecciones confirmaron ese reparto: los oficialismos ganaron en las provincias y perdieron en las naciones.

Pero aún así, yo  –con perdón– no entendía la Furia Ayuso, y me pasé semanas preguntándome cómo podía ser que un personaje tan escaso fuera a conseguir los resultados que esta señora amenazaba. No lo entendía hasta que escuché su discurso de la victoria, y supuse que sí. Creo que Ayuso ganó porque hizo eso que permite que un político o un movimiento ganen: creó un colectivo donde no lo había.

Ayuso inventó a los madrileños. Ser madrileño no era una definición política y, en términos culturales o demográficos, era una condición muy laxa, muy mezclada, suma de gente tan distinta, orígenes tan varios, conductas tan diversas. Ayuso les ofreció rasgos comunes. Ahora, en su versión, los madrileños son gente de trabajo y de sano recreo que había perdido su libertad –su libertad– de trabajar y recrearse porque el gobierno central se lo prohibía so pretexto de peste. “No entienden nuestro modo de vida”, dijo en su festejo, instalando un ellos y un nosotros, “y por eso el sanchismo no entra en Madrid”. Ahora, en la versión Ayuso –en la versión triunfante–, los madrileños son gente oprimida que decidió pelear por su libertad. Y más: los madrileños siempre se jactaron de ser migrantes llegados desde todo el país. Ayuso, en su discurso, les hizo un upgrade: son “lo mejor de cada rincón del mundo”, dijo, convirtiéndolos en una aristocracia –en sentido más que literal. Y vinieron a Madrid “a vivir en paz y en libertad”.

Creo que ganó por eso: Ayuso entendió que, en estos tiempos de desorientación global, no hay nada más eficaz que inventar un bloque local, un nosotros hecho de pertenencias y ofensas compartidas. Ayuso, gran defensora de la unidad de España, supo construir su propio movimiento indepe: allí donde los catalanes se duelen y defienden de Madrid, los madrileños se defienden y duelen de ese híperMadrid que es el gobierno central. Son las pequeñas delicias del nacionalismo –que sigue siendo, en días oscuros, el truco que más votos consigue. Alcanza con poder definir ese nosotros, darle una banderola, encontrarle enemigos, convertirlo en misión. Parece fácil, es lo más complicado. Ayuso o sus guionistas supieron cómo hacerlo, y por eso se llevaron el gato al agua. Ahí está, grita, se retuerce.

¿Araña?

McKey y el vacío

Martín Caparrós

Un tipo que salta desde un noveno piso no sirve para nada. Un tipo que salta desde un noveno piso no pretende servir para nada. Un tipo no se tira al vacío pensando para qué va a servir que se reviente la cabeza contra el suelo, que en dos o tres segundos más se acabe. Ese es, si acaso, el trabajo que nos queda a los que no saltamos. A mí me gustaría poder pensar para qué sirve –si sirve para algo– que Willy McKey, poeta venezolano, un tipo gracioso y generoso, se haya matado así.

(Cuando nació, hace 40 años, en un barrio obrero de Caracas, Willy McKey se llamaba Willy Joseph Patiño Lira; después se cambió el nombre y se hizo peludo, gordo, talentoso. Combinaba palabras con soltura y escribió libros de poemas, ganó premios por ellos; en algún momento se volcó a la política y redactaba para Juan Guaidó. Sabía cantar, comer, beber, pasear, reírse con denuedo; se ve que no sabía cosas que no sabíamos, que ocultaba horrores. Últimamente, partido como tantos compatriotas, vivía con su novia en Buenos Aires –hasta el jueves, cuando se tiró.)

Pensar, pero no es fácil: hay que meterse en el terreno más resbaladizo de estos tiempos. McKey se mató porque varias mujeres demasiado jóvenes contaron cómo las había seducido o intentado seducir: ellas eran menores, él usaba su poder cultural. La mujer que lanzó la denuncia –que firma Pia su largo hilo de tuiter– reproduce larguísimos chats entre ella y él: me impresiona en ellos el esfuerzo que hace un hombre por engatusar a una niña. Y –aquí debo escribir “por supuesto”, por supuesto– me parece horrible que alguien use ese poder para conseguir una satisfacción sexual. En el relato no aparece violencia física; aparecen, sí, esas maneras del poder que también lo son. Seguramente McKey hacía lo que hacía porque estaba jodido –algún modo de enfermo– y porque tantos lo habían hecho antes que él; de pronto se encontró con que eso que había hecho le acababa la vida. Por eso no puedo dejar de preguntarme si no hay cierta desproporción entre el hecho y su castigo –y, encima, convencido de que hay cierta desproporción entre el hecho y su castigo, me veo escribiendo que “no puedo dejar de preguntármelo”.

Es un terreno más que resbaladizo: el discurso social dominante en nuestros ámbitos hace que cualquier debate sobre el tema sea visto como una defensa de lo peor del poder masculino. Debatir se ha vuelto complicado, sospechoso: debatir, digo, pensar y sopesar. Pero hay una pequeña máxima de Montana que se opone a la famosa de Wittgenstein: allí donde el vienés decía que “Lo que no se puede decir hay que callarlo”, el sudaca creyó que “Todo lo que no se puede discutir infecta”. Vivimos virus, somos virus, viruseamos.

Así que me gustaría intentarlo, con la torpeza que me caracteriza, o por lo menos proponerlo. Creo que está muy bien que la condena social a los que tratan de usar sus poderes para conseguir favores sexuales sea dura. Esperemos que esa condena sea la forma de que ese mecanismo siniestro, que durante siglos pareció tan “natural”, desaparezca. El problema es que esa condena está descontrolada.

Willy McKey decidió que, culpable, su castigo sería matarse. Quizás exageró, pero lo cierto es que la sociedad –su sociedad– ya había decidido que estaba definitivamente afuera, que no tendría más trabajo ni lugar, que le resultaría muy difícil escribir, hablar, pensar, ganarse la vida, que le resultaría muy difícil vivir. Lo condenaron al vacío; se ve que, casi literal, no supo ver otra salida.

Yo sigo creyendo que hay que buscar otras. Creo que habría que encontrar la manera de pensar qué hacer con los que hacen esas canalladas sin destruirlos tanto como destruyen ellos –o más. Empezar a pensarlos sin el odio que se merecen pero que, muchas veces, desmerece a quien lo siente. Tratar de que el castigo sea proporcional al crimen. El problema es que aquí la ley y las leyes no intervienen, ni sus garantías. No hay presunción de inocencia hasta que se demuestre lo contrario; no hay un baremo de delitos y penas. El castigo es inmediato y es social y es completo y no da lugar a explicaciones y a esa transacción que llamamos condena: si hiciste tal cosa vas a tener que hacer tal otra y después, recién después, podrás recuperar tu vida. Aquí la sensación es que la vida del ofensor ya es irrecuperable, que ya la perdió –y por eso, imagino, Willy McKey saltó por la ventana.

Lo hizo, supongo, porque no soportaba imaginar ese vacío. Y entonces, por esas canalladas enfermas, se perdieron también tantos poemas, tantas risas, algún amor más cierto, las posibilidades de una vida. No digo que nada de eso justifique al agresor ni lo libre de culpa; digo que habría que encontrar la manera de no aniquilarlo, de darle la posibilidad de pagar por lo que hizo y recuperar alguna forma de su vida. De no saltar por la ventana, digo, cuando tanto hijo de puta sigue sentado en el salón, pontificando.

Usos del fascismo

Martín Caparrós

Este martes 4 de mayo habrá elecciones en Madrid. Lo cual, aunque mis cuatro o cinco lectores españoles no lo crean, para muchos es una noticia: en el resto del idioma ningún medio que yo conozca habla de eso. Eso habla, por supuesto, del ínfimo espacio que los periodismos de nuestros países le dan a la información de otros cuando no hay por lo menos siete muertos o una cantante famosita o un futbolista en retirada. Pero, también, de cómo cada comunidad se enreda en sus asuntos, se los toma como si definieran los destinos del mundo y sus alrededores.

Y en este caso muy especialmente: Madrid arde –o se cree que arde. La campaña ha sido bronca y ha tenido broncas y se plantea como una decisión definitoria, aunque la Comunidad de Madrid ya lleva décadas gobernada por la misma derecha –el Partido Popular– que probablemente gane. Así que la campaña de las izquierdas podría centrarse en ese gobierno y sus desastres, pero su principal foco de grititos es la grosería descarada descarnada de la presidenta/candidata y la participación de un partido de derecha cerril llamado Vox.

El partido Vox apareció hace siete años, encabezado por un par de ex funcionarios del PP que, viendo que sus carreras se estancaban, imaginaron que podían representar a esa porción de votantes de su partido que su partido no terminaba de expresar porque le daban un poco de vergüenza –y porque podían restarle votos por el centro. Así que estos medio fracasados empezaron a decir claro lo que sus antiguos jefes decían más oscuro y consiguieron los votos de dos o tres millones de ex PPs. Hacen ruido, pero la mayoría son votos y votantes que ya existían, que premian que ciertos políticos de la derecha ahora digan en voz alta lo que antes hacían en voz baja: bajar los impuestos a los ricos, atacar a los inmigrantes pobres, oponerse a las políticas de género, ayudar a la iglesia católica a conservar sus privilegios, extrañar el orden del caudillo, intentar ser caudillos, hablar mucho de España y su destino y su bandera rojigualda.

Se diría que esta derecha extrema es una versión impúdica de la derecha clásica, pero a la izquierda más clásica le viene muy bien para asustar a sus votantes y llevarlos a las urnas en momentos en que sus propuestas no los llevan mucho; para conseguir ese status de víctimas que cierta izquierda usa tanto últimamente, a falta de uno más fecundo.

En estas elecciones, los “partidos de izquierda” –es raro hablar de izquierdas cuando uno de esos partidos es el PSOE– se presentan divididos, con tres candidatos no muy atractivos –un profesor vacilante por los socialistas, una médica sobreactuada por el peronismo, un orador odiado por Podemos–, pero los une su lucha, dicen, para “frenar al fascismo”.

Para lo cual su campaña se centró estos días en las amenazas de un anónimo que mandó cartas con balas a personajes de esos partidos y en los exabruptos de las candidatas de Vox y del Partido Popular. En lugar de discutir políticas en serio: cómo fue que la derecha democrática convirtió a Madrid en un paraíso fiscal donde las grandes fortunas tributan mucho menos que en el resto de España, donde la salud pública tiene menos inversión por habitante y la educación es más desigual que en cualquier otra región del país. Para eso sirve, supongo, la derecha bruta: para que no miremos lo que hace la derecha civilizada, que es la que en serio hace.

En cualquier caso, si las encuestas no se equivocan, lo más probable es que la actual presidenta PP, Isabel Díaz Ayuso, gane por bastante. La sostienen sus ataques al gobierno central, su insistencia en que la salud no debe perjudicar la economía, su defensa de los comercios y los bares abiertos, su verba desgarbada. Ganará, dicen, pero no suficiente para gobernar sin aliarse con Vox. En esa necesidad podría estar, quizá, su flaqueza –un cuarto de sus votantes rechaza esa alianza– y la izquierda se va a pasar estos días insistiendo en el tema.

Así que  ahora la campaña consiste en discutir qué hay que hacer con la ultraderecha. Si se debe permitir el juego democrático a quienes no respetan el juego democrático, si –siempre en nombre de la democracia– hay que aislarlos tras un “cordón sanitario”. No es un debate nuevo: ya sucede en Francia, en Italia, en Alemania. Lo que casi no se debate es por qué aumentan sus votantes: por qué muchos hombres y mujeres que solían elegir a su izquierda ahora los eligen; por qué tantas personas pobres, preocupadas por su pérdida de empleos y posiciones y esperanzas, se sienten distantes de una “izquierda” que parece representar mejor a cierta clase media inquieta que a los trabajadores en problemas.

Ese es el gran fracaso. Y esa pregunta debería ser, más allá y más acá de cualquier elección, la tarea de estos partidos y candidatos de la izquierda. Pero si se la hicieran, si la respondieran, quizás ellos deberían dejar de ser los partidos y candidatos de la izquierda –y habría que repensar un par de cosas. Mejor gritar que vienen los fascistas y que qué miedo y que tenemos que pararlos como sea; mejor ser víctimas, que así la culpa es de los otros.

El fútbol es del pueblo, caramba!

Estaban indignadísimos: voces y más voces se alzaban para denunciar lo intolerable. Era la famosa escena de Casablanca: “Qué escándalo, he descubierto que aquí se juega”, anunciaba alarmado, mientras mandaba sus esbirros a cerrar el bar de Rick’s, un comisario que se había pasado la vida apostando en ese bar. En estos días era igual: muchos de los que llevan dos o tres décadas disfrutando de esa concentración extrema de la riqueza futbolística que son las ligas europeas han descubierto, de pronto, que aquí se juega.

Y todo porque un seleccionado de los clubes más poderosos de Europa, encabezados por uno de los empresarios más poderosos de España –y presidente del Real Madrid–, Florentino Pérez, intentó hacer rancho –o palacio– aparte. Lo anunciaron de pronto este lunes: que ya estaban hartos de hacer beneficencia jugando contra equipos que no les pueden ganar pero, cada vez que los enfrentan, corren y recaudan más que nunca. Que se habían cansado de juguetear con chiquitos, que querían jugar con los de su tamaño –y ganar, así, mucha más plata. Por eso anunciaron que iban a armar una “Superliga” donde participarían doce clubes fundadores más otros ocho que todavía no estaban claros.

Los doce eran la crema de la crema: seis ingleses, tres españoles, tres italianos –y se esperaba la invitación al PSG y al Bayern Munich. El negocio era obvio: al garantizar que no habría partidos chicos, que todos enfrentarían a dos grandes, la recaudación –la tele– se disparaba. Según sus cuentas cada club habría recibido, solo por participar, unos 60 millones de euros –y después los premios. El ganador, decían, se habría llevado unos 250 millones, más del doble que el champion de la Champions, nido de pordioseros. Y se dejarían de partidos falsos, esas pantomimas que sirven para mantener la ilusión de que todos compiten.

Y el mismo lunes empezaron las reacciones: que el fútbol es de todos, que es de los hinchas, que es de mamá y papá, y otras pocas proclamas populistas. Todo muy bonito, muy emotivo, muy enternecedor -todo muy falso. La Superliga no era, como clamaronn los indignados, el establecimiento de una oligarquía o aristocracia futbolística despreciosa de todos los demás: era solo el sinceramiento de una situación que ya tiene muchos años. Las historias de los –fallidos– participantes lo muestran sin ninguna duda.

En España, la última vez que salió campeón un equipo que no estuviese entre los SuperLigos fue en 2004; desde entonces el Barcelona la ganó diez veces, el Madrid cinco, el Atlético de Madrid, una –y uno de los tres la ganará este año. En Italia nadie que no sea uno de los Super ganó la Lega desde 2001, y la Juventus se llevó las nueve últimas. Y en Inglaterra, donde todo está más peleado, una vez en el último cuarto de siglo el campeón no fue uno de los Super: 2016, cuando el Leicester consiguió colarse. De los supuestos invitados, parecía claro que estarían el PSG –que es más débil: de los últimos ocho campeonatos solo ganó siete– y el Bayern Munich, que ganó esos ocho sin problemas.

La Superliga era, en realidad, un paso más en el proceso de concentración del fútbol que empezó hace 25 años, cuando Europa liberó las trabas a la importación masiva de futbolistas. Desde entonces sus grandes equipos se compran sistemáticamente todo lo bueno que haya por ahí. Gracias a su dinero muy confuso arman equipos imbatibles, gracias a sus equipos imbatibles reciben más y más dinero más confuso aun de televisiones y anunciantes: concentran la riqueza futbolística de manera obscena. Y de pronto se cansaron de simular y quisieron llevar el proceso más allá, siempre más allá.

Muchos se asustaron: si los mejores se armaban su liga propia, los más chicos quedarían abandonados a su suerte. Y, sobre todo: las dirigentes del fútbol se quedarían sin gran cosa para dirigir. Era, para los buenos muchachos de la FIFA y la UEFA, la oportunidad soñada: después de ser durante décadas el foco de la degradación y corrupción del mundo del fútbol –más presos por habitante que cualquier barrio marginal– esto les daba la chance de presentarse como los adalides de pobres, necesitados y decentes, y la aprovecharon.

Amenazaron con medidas terribles: que los jugadores que participaran de la Super no podrían jugar con sus selecciones los mundiales, y se perderían ese momento en que pueden simular que les importan los países de donde se fueron para ganar fortunas. (Nadie está en contra de la migración y menos yo. Pero esos muchachos dicen que migran por razones económicas. Si se quedaran en sus países –que dicen querer tanto– y sus equipos –que dicen querer más–, ganarían mucha plata. Se van porque en sus terribles exilios van a ganar muchísimisimisima más: carradas de plata, toneladas de plata. Pero una vez cada cuatro años simulan que lo que les importa son sus patrias)

Ahora las autoridades en peligro de perder su autoridad –y sus negocios– los amenazaron con sacarles esa pasarela. Y ofrecieron a los clubes fugitivos ventajas económicas y, por supuesto, al mismo tiempo amotinaron al pueblo y sus voceros. Fue una campaña entrañable, verdadero populismo en acto: que el fútbol es de todos, que lo importante son los hinchas, que el dinero arruina el deporte, todos los argumentos que su práctica desmiente cada día. Pero funcionan, como los argumentos de Vox o cierto peronismo, y los medios y las redes y los hinchas se indignaron y en dos días los grandes clubes europeos se rindieron. Primero fueron los ingleses, después los italianos; en tres días los españoles se quedaron más solos que la una, en un intento que ya es puro fracaso.

Fue todo un logro, gran victoria: la demostración de que cuando los pueblos quieren algo realmente importante saben actuar, presionar, movilizarse –y lo consiguen. Y que, para los que gobiernan, no hay nada tan decisivo como saber cuál es el grado justo de simulación que es necesario mantener. Cuándo, por mostrar demasiado, todo se puede ir al carajo; cuándo, por si acaso, hay que volver a ponerse las caretas; cuándo se pueden usar los errores de los ex amigos para recuperar poder; cuándo conviene traicionar y cuando no.

Así que ahora las ilusiones vuelven, otra vez el pueblo ha triunfado, todos jugarán contra todos y los ricos les ganarán como siempre a los más pobres y los sátrapas de la UEFA y la FIFA recuperaron el mando que estuvieron a punto de perder. Cualquier parecido con la realidad real es pura coincidencia.

Las vacunas son ajenas

Martín Caparrós

Ojalá alguna vez alguien lo cuente con detalle. Ojalá alguna vez alguien trate de pensarlo bien. Ojalá alguna vez hagamos algo. Yo creo –provisoriamente creo, mientras tanto– que pocos procesos actuales dicen tanto sobre el mundo que hemos armado como la violencia brutal de las vacunas. Si la pandemia sirvió para desvelar, para mostrar lo que no queríamos ver, la vacuna exagera.

Los números son casi simples: la mitad de los 460 millones de vacunas aplicadas en todo el mundo hasta hoy 24 de marzo se dieron en Estados Unidos y Europa; allí viven unos 840 millones de personas, poco más de un décimo de la población mundial. O sea que, en síntesis, el 11% más rico lleva apropiada la mitad de las vacunas: porque las paga más caras, porque presiona a los laboratorios, porque tiene poder económico y político, sus personas están mucho más vacunadas que el resto de la humanidad. Por eso la gran mayoría de los países africanos no vacunaron a nadie todavía; por eso muchos países sudamericanos –Colombia, Perú, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Venezuela– no han llegado a vacunar al tres por ciento de su población. “Las penas son de nosotros –cantaba Atahualpa Yupanqui–, las vacunas son ajenas”.

Frente a esta realidad bruscamente real, la mayoría se empeña en mirar para otro lado. Para lo cual usan su sistema habitual: la noticia pedestre, el análisis flufli, inventarse otro lado que mirar. En cada país, las diversas oposiciones –políticas, sociales, periodísticas– se cabrean con su gobierno y le reprochan la falta de vacunas, en lugar de entender y contar que es un problema general causado por una idea del mundo, no por la ineptitud de un presidente y tres ministros. O, mejor: que la ineptitud del presidente y los tres ministros le dan en cada país su sesgo peculiar –pero el problema es tan global: que algunos acaparan lo que tantos precisan.

Es lo mismo que pasa con la comida. El hambre es un efecto del sistema global y su concentración de la riqueza: la Tierra es capaz, por primera vez en su historia, de dar de comer a todos sus habitantes pero, para eso, tendríamos que quererlo. Y no es el caso: el sistema global de producción de alimentos está montado para producir lo que demandan los mercados más ricos, los que van a pagar más, los más rentables –y no lo que tantos necesitan para comer todos los días. O sea, por ejemplo: países se dedican a cultivar soja u otros forrajes para alimentar cerdos y peces para que los comilones del planeta nos zampemos sus carnes. Por eso hay mil millones de personas desnutridas –en este mundo que podría alimentar a todas.

Con las vacunas pasa lo mismo: las reglas del mercado hacen que no se produzcan suficientes y que una minoría se las quede –la oligarquía vacuna. Y todo por conservar ciertos principios. La pandemia, es cierto, mostró tanto que evitábamos ver, nos obligó a mirar. Espero que, con el tiempo, se pueda confirmar que su mayor revelación fue la estupidez principista del capitalismo global. Son gente convencida: el mundo tal como lo conocemos se derrumba –sus negocios, en muchos casos, se derrumban– y ni así se resignan a contradecir sus ideas básicas.

Lo lógico, en estas circunstancias extremas, sería que los estados y ciertos organismos internacionales recuperaran las fórmulas de las vacunas –que sus propios subsidios contribuyeron a crear– para distribuirlas entre todos los laboratorios capaces de producirlos cuanto más antes más mejor: que decidieran que inmunizar a la humanidad es una prioridad absoluta, frente a la cual todo lo demás son tonterías. Pero no; los estados más ricos siguen creyendo que les alcanza con salvarse ellos –que pueden salvarse solos en un mundo radicalmente conectado. Y, sobre todo, prefieren mantener el dogma de la propiedad aunque sus ciudadanos sigan muriendo a miles y sus países y sus negocios se sigan derrumbando. Son personas con ideas muy claras, que no se dejan obnubilar por tonterías tales como una pandemia más o menos, millón o dos de muertos.

Su obcecación, al fin y al cabo, es casi comprensible: puede que sepan que si ceden en esto salvarán su sistema en lo inmediato pero sentarán un precedente peligroso –para ellos–: que hay cosas que son un bien común, que no están hechas para que algunos ganen plata y poder sino para el bienestar general. Lo que no entiendo es que no lo estemos reclamando, de verdad reclamando. Sí entiendo que podamos no reclamar comida para todos; en última instancia, los que no comen son casi siempre otros. Pero la pandemia no hace tantas distinciones –y aún así, ni modo.

El reclamo es simple, está muy claro: que estados y organismos recuperen las fórmulas de las vacunas y se lancen a producirlas con todos los recursos posibles y las repartan entre los miles de millones que las necesitan. Se puede hacer; solo lo impide la religión de la propiedad privada. Exigir vacunas para todos ya, lo antes posible, sería la ocasión de armar un verdadero movimiento global, de dar vuelta las tornas. Pero se diría que no sabemos cómo aprovechar esas ocasiones, qué hacer con ellas, qué hacer con nosotros.

O, para empezar, si hay un nosotros.

Hay, sí, una urgencia absoluta. Y millones que la miramos como vacas camino al matadero, pasivos, resignados, idiotas: la mirada vacuna.

Qué cool ser racista

Martín Caparrós

¿Están todes loques? ¿O solo son algunes?

Alguien, algún día, cuando quiera sintetizar la tristeza de estos días aburridos, contará esta historia. El principio hace honor a los tiempos: “Había una vez una chica que no había cumplido 23 años y se volvió famosa; se llamaba Amanda y recitaba”.

Desde muy niña, Amanda Gorman pareció inteligente, y el sistema educativo del país más rico se hizo cargo de su inteligencia. A sus 19 años ya la habían nombrado “Primera poeta joven laureada de los Estados Unidos” y estudiaba en la universidad más cotizada y salía en televisión y disfrutaba de todos los accesos. Pero la gloria le llegó a sus 22: el día en que el nuevo presidente americano asumía su comando, ella leyó un poema de autoayuda patriótica que se llama “The hill we climb” –La colina que subimos– y habla de “un país que está herido pero entero,/ bien intencionado pero decidido,/ feroz y libre./ Ninguna intimidación nos detendrá/ ni interrumpirá/ porque sabemos que nuestra inacción e inercia/ serán la herencia de la próxima generación”. Quevedo tiembla y el éxito acompaña: al otro día sus dos libros eran los más vendidos y llovían las ofertas de actos y de traducciones. Una entre tantas fue la de la editorial Meulenhoff, de Amsterdam.

La señorita Gorman y sus agentes aceptaron y, días después, se anunció que los poemas serían volcados al holandés por Marieke Lucas Rijneveld. Rijneveld es mayor: ya tiene 29 años, se ha declarado no binarie –ni hombre ni mujer sino todo lo contrario– y escribe poemas y novelas. La versión inglesa de su primera, La inquietud de la noche, recibió el año pasado el Man Booker Prize: nunca antes lo había conseguido un autor holandés.

Parecía la elección perfecta, y así lo celebraron traducida y traductora. Pero unos días después Janice Deul, comentarista de modas de un gran diario holandés, de Volkskrant, se opuso en una columna que tituló “Una traductora blanca para la poesía de Amanda Gorman: Incomprensible”. El artículo encomiaba las palabras de Gorman en el acto de Biden y “su fabuloso look de inauguración, completo con un abrigo amarillo brillante de Prada, una banda roja para el cabello y sus trenzas (…) Tanto es así que le ofrecieron un contrato con IMG Models, una de las agencias de modelos líderes en el mundo”. Pero deploraba la elección de la traductora: “Incomprensible, para mí y para tantos otros que expresaron su dolor, frustración, cabreo y decepción en las redes sociales. Gorman se describe como ‘una chica negra flaquita’. Y su trabajo y su vida están coloreadas por sus experiencias e identidad de mujer negra. ¿No es –por lo menos– una oportunidad perdida encargarle este trabajo a Marieke Lucas Rijneveld?”, escribió Deul, y abundaba: que tenía que hacerlo una mujer negra. Deul es una mujer negra.

En un mundo menos bruto, sospecho, nadie habría reparado en este artículo. La traducción es un trabajo literario que, por definición, hace otro: alguien que no es el autor, alguien que debe trasladar lo que dice alguien a una cultura que no es la suya. Llevado al extremo, el argumento de Deul la impediría: si para traducir a una negra es necesario ser negra, ¿por qué no suponer que para traducir a un viejo hay que ser muy viejo y a una tenista ser tenista y a una monja del siglo XVII una monja del siglo XVII? Parecía una ridiculez: la ridiculez de Deul se amplió tanto en las redes del odio barato que Rijneveld, agobiade por la presión, renunció a hacerlo.

Antes se llamaba racismo: que solo los que tienen la piel de tal o cual color tienen la posibilidad de hacer tal o cual cosa. Durante unas décadas quedó mal, pero ahora menos porque se hace por la buena causa: entonces muchos lo defienden. La buena causa suele consistir en hacer “desde abajo” lo que no soportamos que se haga desde arriba: que las víctimas hagan lo que antes hacían sus victimarios. La buena causa es, por supuesto, la causa de las víctimas, abroqueladas por víctimas, legitimadas por víctimas, por víctimas desconfiadas de todas las que no son como ellas.

Es la idea de que hay que cerrar la tribu porque los de fuera son pura incomprensión, pura amenaza: la idea de que la comunicación entre personas diferentes es imposible –o, peor, indeseable.

Por algo se llama identidad: porque postula que lo que importa es ser idéntico –en algún rasgo muy primario. “Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”, decía el general Perón sin gran modestia: esto es lo mismo al cubo. Con el triunfo de las ideologías identitarias lo que sufre es el cruce, el cambio: lo nuevo que aparece cuando se mezcla lo diverso. La posibilidad y la riqueza de la traducción –que, como todo traductor sabe, es un juego con riesgos: perder algo, ganar lo inesperado.

Alguna vez habrá que hablar en serio de este rasgo triste de nuestras culturas: esto de que, al no saber cómo queremos ser, exageramos el peso de cómo somos. Esto de que, en lugar de dejar atrás nuestros orígenes para construirnos, nos aferramos a esos orígenes más que a nada.

Esa sí será una discusión interesante. Mientras tanto, la columnista holandesa y les miles que le hicieron eco consiguieron algo: que perdamos el tiempo con una tontería. Que interesa, si acaso, porque pone en escena el mecanismo más contemporáneo: cuando algo parece imposible por demasiado estúpido, sucede.

Es, sospecho, la marca de estos días.

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