un cuarto –medio medio– propio

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Usos del fascismo

Martín Caparrós

Este martes 4 de mayo habrá elecciones en Madrid. Lo cual, aunque mis cuatro o cinco lectores españoles no lo crean, para muchos es una noticia: en el resto del idioma ningún medio que yo conozca habla de eso. Eso habla, por supuesto, del ínfimo espacio que los periodismos de nuestros países le dan a la información de otros cuando no hay por lo menos siete muertos o una cantante famosita o un futbolista en retirada. Pero, también, de cómo cada comunidad se enreda en sus asuntos, se los toma como si definieran los destinos del mundo y sus alrededores.

Y en este caso muy especialmente: Madrid arde –o se cree que arde. La campaña ha sido bronca y ha tenido broncas y se plantea como una decisión definitoria, aunque la Comunidad de Madrid ya lleva décadas gobernada por la misma derecha –el Partido Popular– que probablemente gane. Así que la campaña de las izquierdas podría centrarse en ese gobierno y sus desastres, pero su principal foco de grititos es la grosería descarada descarnada de la presidenta/candidata y la participación de un partido de derecha cerril llamado Vox.

El partido Vox apareció hace siete años, encabezado por un par de ex funcionarios del PP que, viendo que sus carreras se estancaban, imaginaron que podían representar a esa porción de votantes de su partido que su partido no terminaba de expresar porque le daban un poco de vergüenza –y porque podían restarle votos por el centro. Así que estos medio fracasados empezaron a decir claro lo que sus antiguos jefes decían más oscuro y consiguieron los votos de dos o tres millones de ex PPs. Hacen ruido, pero la mayoría son votos y votantes que ya existían, que premian que ciertos políticos de la derecha ahora digan en voz alta lo que antes hacían en voz baja: bajar los impuestos a los ricos, atacar a los inmigrantes pobres, oponerse a las políticas de género, ayudar a la iglesia católica a conservar sus privilegios, extrañar el orden del caudillo, intentar ser caudillos, hablar mucho de España y su destino y su bandera rojigualda.

Se diría que esta derecha extrema es una versión impúdica de la derecha clásica, pero a la izquierda más clásica le viene muy bien para asustar a sus votantes y llevarlos a las urnas en momentos en que sus propuestas no los llevan mucho; para conseguir ese status de víctimas que cierta izquierda usa tanto últimamente, a falta de uno más fecundo.

En estas elecciones, los “partidos de izquierda” –es raro hablar de izquierdas cuando uno de esos partidos es el PSOE– se presentan divididos, con tres candidatos no muy atractivos –un profesor vacilante por los socialistas, una médica sobreactuada por el peronismo, un orador odiado por Podemos–, pero los une su lucha, dicen, para “frenar al fascismo”.

Para lo cual su campaña se centró estos días en las amenazas de un anónimo que mandó cartas con balas a personajes de esos partidos y en los exabruptos de las candidatas de Vox y del Partido Popular. En lugar de discutir políticas en serio: cómo fue que la derecha democrática convirtió a Madrid en un paraíso fiscal donde las grandes fortunas tributan mucho menos que en el resto de España, donde la salud pública tiene menos inversión por habitante y la educación es más desigual que en cualquier otra región del país. Para eso sirve, supongo, la derecha bruta: para que no miremos lo que hace la derecha civilizada, que es la que en serio hace.

En cualquier caso, si las encuestas no se equivocan, lo más probable es que la actual presidenta PP, Isabel Díaz Ayuso, gane por bastante. La sostienen sus ataques al gobierno central, su insistencia en que la salud no debe perjudicar la economía, su defensa de los comercios y los bares abiertos, su verba desgarbada. Ganará, dicen, pero no suficiente para gobernar sin aliarse con Vox. En esa necesidad podría estar, quizá, su flaqueza –un cuarto de sus votantes rechaza esa alianza– y la izquierda se va a pasar estos días insistiendo en el tema.

Así que  ahora la campaña consiste en discutir qué hay que hacer con la ultraderecha. Si se debe permitir el juego democrático a quienes no respetan el juego democrático, si –siempre en nombre de la democracia– hay que aislarlos tras un “cordón sanitario”. No es un debate nuevo: ya sucede en Francia, en Italia, en Alemania. Lo que casi no se debate es por qué aumentan sus votantes: por qué muchos hombres y mujeres que solían elegir a su izquierda ahora los eligen; por qué tantas personas pobres, preocupadas por su pérdida de empleos y posiciones y esperanzas, se sienten distantes de una “izquierda” que parece representar mejor a cierta clase media inquieta que a los trabajadores en problemas.

Ese es el gran fracaso. Y esa pregunta debería ser, más allá y más acá de cualquier elección, la tarea de estos partidos y candidatos de la izquierda. Pero si se la hicieran, si la respondieran, quizás ellos deberían dejar de ser los partidos y candidatos de la izquierda –y habría que repensar un par de cosas. Mejor gritar que vienen los fascistas y que qué miedo y que tenemos que pararlos como sea; mejor ser víctimas, que así la culpa es de los otros.

El fútbol es del pueblo, caramba!

Estaban indignadísimos: voces y más voces se alzaban para denunciar lo intolerable. Era la famosa escena de Casablanca: “Qué escándalo, he descubierto que aquí se juega”, anunciaba alarmado, mientras mandaba sus esbirros a cerrar el bar de Rick’s, un comisario que se había pasado la vida apostando en ese bar. En estos días era igual: muchos de los que llevan dos o tres décadas disfrutando de esa concentración extrema de la riqueza futbolística que son las ligas europeas han descubierto, de pronto, que aquí se juega.

Y todo porque un seleccionado de los clubes más poderosos de Europa, encabezados por uno de los empresarios más poderosos de España –y presidente del Real Madrid–, Florentino Pérez, intentó hacer rancho –o palacio– aparte. Lo anunciaron de pronto este lunes: que ya estaban hartos de hacer beneficencia jugando contra equipos que no les pueden ganar pero, cada vez que los enfrentan, corren y recaudan más que nunca. Que se habían cansado de juguetear con chiquitos, que querían jugar con los de su tamaño –y ganar, así, mucha más plata. Por eso anunciaron que iban a armar una “Superliga” donde participarían doce clubes fundadores más otros ocho que todavía no estaban claros.

Los doce eran la crema de la crema: seis ingleses, tres españoles, tres italianos –y se esperaba la invitación al PSG y al Bayern Munich. El negocio era obvio: al garantizar que no habría partidos chicos, que todos enfrentarían a dos grandes, la recaudación –la tele– se disparaba. Según sus cuentas cada club habría recibido, solo por participar, unos 60 millones de euros –y después los premios. El ganador, decían, se habría llevado unos 250 millones, más del doble que el champion de la Champions, nido de pordioseros. Y se dejarían de partidos falsos, esas pantomimas que sirven para mantener la ilusión de que todos compiten.

Y el mismo lunes empezaron las reacciones: que el fútbol es de todos, que es de los hinchas, que es de mamá y papá, y otras pocas proclamas populistas. Todo muy bonito, muy emotivo, muy enternecedor -todo muy falso. La Superliga no era, como clamaronn los indignados, el establecimiento de una oligarquía o aristocracia futbolística despreciosa de todos los demás: era solo el sinceramiento de una situación que ya tiene muchos años. Las historias de los –fallidos– participantes lo muestran sin ninguna duda.

En España, la última vez que salió campeón un equipo que no estuviese entre los SuperLigos fue en 2004; desde entonces el Barcelona la ganó diez veces, el Madrid cinco, el Atlético de Madrid, una –y uno de los tres la ganará este año. En Italia nadie que no sea uno de los Super ganó la Lega desde 2001, y la Juventus se llevó las nueve últimas. Y en Inglaterra, donde todo está más peleado, una vez en el último cuarto de siglo el campeón no fue uno de los Super: 2016, cuando el Leicester consiguió colarse. De los supuestos invitados, parecía claro que estarían el PSG –que es más débil: de los últimos ocho campeonatos solo ganó siete– y el Bayern Munich, que ganó esos ocho sin problemas.

La Superliga era, en realidad, un paso más en el proceso de concentración del fútbol que empezó hace 25 años, cuando Europa liberó las trabas a la importación masiva de futbolistas. Desde entonces sus grandes equipos se compran sistemáticamente todo lo bueno que haya por ahí. Gracias a su dinero muy confuso arman equipos imbatibles, gracias a sus equipos imbatibles reciben más y más dinero más confuso aun de televisiones y anunciantes: concentran la riqueza futbolística de manera obscena. Y de pronto se cansaron de simular y quisieron llevar el proceso más allá, siempre más allá.

Muchos se asustaron: si los mejores se armaban su liga propia, los más chicos quedarían abandonados a su suerte. Y, sobre todo: las dirigentes del fútbol se quedarían sin gran cosa para dirigir. Era, para los buenos muchachos de la FIFA y la UEFA, la oportunidad soñada: después de ser durante décadas el foco de la degradación y corrupción del mundo del fútbol –más presos por habitante que cualquier barrio marginal– esto les daba la chance de presentarse como los adalides de pobres, necesitados y decentes, y la aprovecharon.

Amenazaron con medidas terribles: que los jugadores que participaran de la Super no podrían jugar con sus selecciones los mundiales, y se perderían ese momento en que pueden simular que les importan los países de donde se fueron para ganar fortunas. (Nadie está en contra de la migración y menos yo. Pero esos muchachos dicen que migran por razones económicas. Si se quedaran en sus países –que dicen querer tanto– y sus equipos –que dicen querer más–, ganarían mucha plata. Se van porque en sus terribles exilios van a ganar muchísimisimisima más: carradas de plata, toneladas de plata. Pero una vez cada cuatro años simulan que lo que les importa son sus patrias)

Ahora las autoridades en peligro de perder su autoridad –y sus negocios– los amenazaron con sacarles esa pasarela. Y ofrecieron a los clubes fugitivos ventajas económicas y, por supuesto, al mismo tiempo amotinaron al pueblo y sus voceros. Fue una campaña entrañable, verdadero populismo en acto: que el fútbol es de todos, que lo importante son los hinchas, que el dinero arruina el deporte, todos los argumentos que su práctica desmiente cada día. Pero funcionan, como los argumentos de Vox o cierto peronismo, y los medios y las redes y los hinchas se indignaron y en dos días los grandes clubes europeos se rindieron. Primero fueron los ingleses, después los italianos; en tres días los españoles se quedaron más solos que la una, en un intento que ya es puro fracaso.

Fue todo un logro, gran victoria: la demostración de que cuando los pueblos quieren algo realmente importante saben actuar, presionar, movilizarse –y lo consiguen. Y que, para los que gobiernan, no hay nada tan decisivo como saber cuál es el grado justo de simulación que es necesario mantener. Cuándo, por mostrar demasiado, todo se puede ir al carajo; cuándo, por si acaso, hay que volver a ponerse las caretas; cuándo se pueden usar los errores de los ex amigos para recuperar poder; cuándo conviene traicionar y cuando no.

Así que ahora las ilusiones vuelven, otra vez el pueblo ha triunfado, todos jugarán contra todos y los ricos les ganarán como siempre a los más pobres y los sátrapas de la UEFA y la FIFA recuperaron el mando que estuvieron a punto de perder. Cualquier parecido con la realidad real es pura coincidencia.

Las vacunas son ajenas

Martín Caparrós

Ojalá alguna vez alguien lo cuente con detalle. Ojalá alguna vez alguien trate de pensarlo bien. Ojalá alguna vez hagamos algo. Yo creo –provisoriamente creo, mientras tanto– que pocos procesos actuales dicen tanto sobre el mundo que hemos armado como la violencia brutal de las vacunas. Si la pandemia sirvió para desvelar, para mostrar lo que no queríamos ver, la vacuna exagera.

Los números son casi simples: la mitad de los 460 millones de vacunas aplicadas en todo el mundo hasta hoy 24 de marzo se dieron en Estados Unidos y Europa; allí viven unos 840 millones de personas, poco más de un décimo de la población mundial. O sea que, en síntesis, el 11% más rico lleva apropiada la mitad de las vacunas: porque las paga más caras, porque presiona a los laboratorios, porque tiene poder económico y político, sus personas están mucho más vacunadas que el resto de la humanidad. Por eso la gran mayoría de los países africanos no vacunaron a nadie todavía; por eso muchos países sudamericanos –Colombia, Perú, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Venezuela– no han llegado a vacunar al tres por ciento de su población. “Las penas son de nosotros –cantaba Atahualpa Yupanqui–, las vacunas son ajenas”.

Frente a esta realidad bruscamente real, la mayoría se empeña en mirar para otro lado. Para lo cual usan su sistema habitual: la noticia pedestre, el análisis flufli, inventarse otro lado que mirar. En cada país, las diversas oposiciones –políticas, sociales, periodísticas– se cabrean con su gobierno y le reprochan la falta de vacunas, en lugar de entender y contar que es un problema general causado por una idea del mundo, no por la ineptitud de un presidente y tres ministros. O, mejor: que la ineptitud del presidente y los tres ministros le dan en cada país su sesgo peculiar –pero el problema es tan global: que algunos acaparan lo que tantos precisan.

Es lo mismo que pasa con la comida. El hambre es un efecto del sistema global y su concentración de la riqueza: la Tierra es capaz, por primera vez en su historia, de dar de comer a todos sus habitantes pero, para eso, tendríamos que quererlo. Y no es el caso: el sistema global de producción de alimentos está montado para producir lo que demandan los mercados más ricos, los que van a pagar más, los más rentables –y no lo que tantos necesitan para comer todos los días. O sea, por ejemplo: países se dedican a cultivar soja u otros forrajes para alimentar cerdos y peces para que los comilones del planeta nos zampemos sus carnes. Por eso hay mil millones de personas desnutridas –en este mundo que podría alimentar a todas.

Con las vacunas pasa lo mismo: las reglas del mercado hacen que no se produzcan suficientes y que una minoría se las quede –la oligarquía vacuna. Y todo por conservar ciertos principios. La pandemia, es cierto, mostró tanto que evitábamos ver, nos obligó a mirar. Espero que, con el tiempo, se pueda confirmar que su mayor revelación fue la estupidez principista del capitalismo global. Son gente convencida: el mundo tal como lo conocemos se derrumba –sus negocios, en muchos casos, se derrumban– y ni así se resignan a contradecir sus ideas básicas.

Lo lógico, en estas circunstancias extremas, sería que los estados y ciertos organismos internacionales recuperaran las fórmulas de las vacunas –que sus propios subsidios contribuyeron a crear– para distribuirlas entre todos los laboratorios capaces de producirlos cuanto más antes más mejor: que decidieran que inmunizar a la humanidad es una prioridad absoluta, frente a la cual todo lo demás son tonterías. Pero no; los estados más ricos siguen creyendo que les alcanza con salvarse ellos –que pueden salvarse solos en un mundo radicalmente conectado. Y, sobre todo, prefieren mantener el dogma de la propiedad aunque sus ciudadanos sigan muriendo a miles y sus países y sus negocios se sigan derrumbando. Son personas con ideas muy claras, que no se dejan obnubilar por tonterías tales como una pandemia más o menos, millón o dos de muertos.

Su obcecación, al fin y al cabo, es casi comprensible: puede que sepan que si ceden en esto salvarán su sistema en lo inmediato pero sentarán un precedente peligroso –para ellos–: que hay cosas que son un bien común, que no están hechas para que algunos ganen plata y poder sino para el bienestar general. Lo que no entiendo es que no lo estemos reclamando, de verdad reclamando. Sí entiendo que podamos no reclamar comida para todos; en última instancia, los que no comen son casi siempre otros. Pero la pandemia no hace tantas distinciones –y aún así, ni modo.

El reclamo es simple, está muy claro: que estados y organismos recuperen las fórmulas de las vacunas y se lancen a producirlas con todos los recursos posibles y las repartan entre los miles de millones que las necesitan. Se puede hacer; solo lo impide la religión de la propiedad privada. Exigir vacunas para todos ya, lo antes posible, sería la ocasión de armar un verdadero movimiento global, de dar vuelta las tornas. Pero se diría que no sabemos cómo aprovechar esas ocasiones, qué hacer con ellas, qué hacer con nosotros.

O, para empezar, si hay un nosotros.

Hay, sí, una urgencia absoluta. Y millones que la miramos como vacas camino al matadero, pasivos, resignados, idiotas: la mirada vacuna.

Qué cool ser racista

Martín Caparrós

¿Están todes loques? ¿O solo son algunes?

Alguien, algún día, cuando quiera sintetizar la tristeza de estos días aburridos, contará esta historia. El principio hace honor a los tiempos: “Había una vez una chica que no había cumplido 23 años y se volvió famosa; se llamaba Amanda y recitaba”.

Desde muy niña, Amanda Gorman pareció inteligente, y el sistema educativo del país más rico se hizo cargo de su inteligencia. A sus 19 años ya la habían nombrado “Primera poeta joven laureada de los Estados Unidos” y estudiaba en la universidad más cotizada y salía en televisión y disfrutaba de todos los accesos. Pero la gloria le llegó a sus 22: el día en que el nuevo presidente americano asumía su comando, ella leyó un poema de autoayuda patriótica que se llama “The hill we climb” –La colina que subimos– y habla de “un país que está herido pero entero,/ bien intencionado pero decidido,/ feroz y libre./ Ninguna intimidación nos detendrá/ ni interrumpirá/ porque sabemos que nuestra inacción e inercia/ serán la herencia de la próxima generación”. Quevedo tiembla y el éxito acompaña: al otro día sus dos libros eran los más vendidos y llovían las ofertas de actos y de traducciones. Una entre tantas fue la de la editorial Meulenhoff, de Amsterdam.

La señorita Gorman y sus agentes aceptaron y, días después, se anunció que los poemas serían volcados al holandés por Marieke Lucas Rijneveld. Rijneveld es mayor: ya tiene 29 años, se ha declarado no binarie –ni hombre ni mujer sino todo lo contrario– y escribe poemas y novelas. La versión inglesa de su primera, La inquietud de la noche, recibió el año pasado el Man Booker Prize: nunca antes lo había conseguido un autor holandés.

Parecía la elección perfecta, y así lo celebraron traducida y traductora. Pero unos días después Janice Deul, comentarista de modas de un gran diario holandés, de Volkskrant, se opuso en una columna que tituló “Una traductora blanca para la poesía de Amanda Gorman: Incomprensible”. El artículo encomiaba las palabras de Gorman en el acto de Biden y “su fabuloso look de inauguración, completo con un abrigo amarillo brillante de Prada, una banda roja para el cabello y sus trenzas (…) Tanto es así que le ofrecieron un contrato con IMG Models, una de las agencias de modelos líderes en el mundo”. Pero deploraba la elección de la traductora: “Incomprensible, para mí y para tantos otros que expresaron su dolor, frustración, cabreo y decepción en las redes sociales. Gorman se describe como ‘una chica negra flaquita’. Y su trabajo y su vida están coloreadas por sus experiencias e identidad de mujer negra. ¿No es –por lo menos– una oportunidad perdida encargarle este trabajo a Marieke Lucas Rijneveld?”, escribió Deul, y abundaba: que tenía que hacerlo una mujer negra. Deul es una mujer negra.

En un mundo menos bruto, sospecho, nadie habría reparado en este artículo. La traducción es un trabajo literario que, por definición, hace otro: alguien que no es el autor, alguien que debe trasladar lo que dice alguien a una cultura que no es la suya. Llevado al extremo, el argumento de Deul la impediría: si para traducir a una negra es necesario ser negra, ¿por qué no suponer que para traducir a un viejo hay que ser muy viejo y a una tenista ser tenista y a una monja del siglo XVII una monja del siglo XVII? Parecía una ridiculez: la ridiculez de Deul se amplió tanto en las redes del odio barato que Rijneveld, agobiade por la presión, renunció a hacerlo.

Antes se llamaba racismo: que solo los que tienen la piel de tal o cual color tienen la posibilidad de hacer tal o cual cosa. Durante unas décadas quedó mal, pero ahora menos porque se hace por la buena causa: entonces muchos lo defienden. La buena causa suele consistir en hacer “desde abajo” lo que no soportamos que se haga desde arriba: que las víctimas hagan lo que antes hacían sus victimarios. La buena causa es, por supuesto, la causa de las víctimas, abroqueladas por víctimas, legitimadas por víctimas, por víctimas desconfiadas de todas las que no son como ellas.

Es la idea de que hay que cerrar la tribu porque los de fuera son pura incomprensión, pura amenaza: la idea de que la comunicación entre personas diferentes es imposible –o, peor, indeseable.

Por algo se llama identidad: porque postula que lo que importa es ser idéntico –en algún rasgo muy primario. “Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”, decía el general Perón sin gran modestia: esto es lo mismo al cubo. Con el triunfo de las ideologías identitarias lo que sufre es el cruce, el cambio: lo nuevo que aparece cuando se mezcla lo diverso. La posibilidad y la riqueza de la traducción –que, como todo traductor sabe, es un juego con riesgos: perder algo, ganar lo inesperado.

Alguna vez habrá que hablar en serio de este rasgo triste de nuestras culturas: esto de que, al no saber cómo queremos ser, exageramos el peso de cómo somos. Esto de que, en lugar de dejar atrás nuestros orígenes para construirnos, nos aferramos a esos orígenes más que a nada.

Esa sí será una discusión interesante. Mientras tanto, la columnista holandesa y les miles que le hicieron eco consiguieron algo: que perdamos el tiempo con una tontería. Que interesa, si acaso, porque pone en escena el mecanismo más contemporáneo: cuando algo parece imposible por demasiado estúpido, sucede.

Es, sospecho, la marca de estos días.

Mejor quemar

Martín Caparrós

Están quemando: jóvenes españoles llevan unos días enfrentándose a la policía en un par de avenidas de Madrid, Bilbao, Valencia y, sobre todo, Barcelona y, eventualmente, queman contenedores de basura e, incluso, rompen escaparates o vitrinas o vidrieras. Y medios y políticos y parroquianos españoles lanzan todo tipo de grititos indignados: queman, dicen, roban, dicen, caos en las calles, dicen, la anarquía y dónde vamos a ir a parar con estas cosas. Solo algunos, los más brutos, piden mano dura –y los demás lamentan civilizadamente, comprensivos.

Es todo un espectáculo, aunque el esfuerzo de producción es módico: al fin y al cabo son, en cada sitio, mil, dos mil muchachis que corren y queman. Y todos hablamos de ellos. Por una vez, todos hablamos de ellos.

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Los muchachis no lo consiguen a menudo. Están jodidos: los jóvenes españoles actuales son la avanzada de una forma de estar en el mundo que consiste en no tener lugar en el mundo. Nos va a pasar cada vez más: los empleos desaparecen, las máquinas se imponen, sus dueños ganan al no tener que pagar sueldos porque hay máquinas que pueden hacerlo o pagar sueldos cada vez menores porque hay máquinas que podrían hacerlo y mucha gente que necesita hacerlo, así que se forran y concentran y no reparten porque los estados que deberían servir para obligarlos no sirven. En las próximas décadas la historia del mundo será la historia de la pelea por los beneficios de la automatización entre sus patrones, que quieren guardárselos, y sus víctimas, que quieren conseguirlos. La renta universal, entre otras iniciativas, es el principio de esa lucha.

Pero, más allá de largos plazos, lo cierto, aquí y ahora, es que esos jóvenes se prepararon mucho y les prometieron mucho y dos de cada cinco no tienen trabajo y cuando lo tienen no es lo que querían y no saben qué van a hacer con sus vidas y viven en sociedades que no les gustan un carajo. Y no parece que puedan hacer mucho frente a eso.

–No te preocupes, Paco. Espera las elecciones del 2023 y vas a ver cómo tu voto cambia todo.

¿Qué hace alguien si tiene 25 años y ve que la vida se le empieza a ir sin muchas chances de que sea distinta, de que se parezca a lo que había imaginado? ¿Dice oh, qué pena, la vida se me empieza a ir sin muchas chances de que sea distinta y no se parece a lo que había imaginado, cáspita zambomba, o busca alguna forma? Por suerte muchos buscan formas, pero a menudo tampoco las encuentran. La idea de hacer política se jodió hace mucho, cuando los partidos clásicos demostraron que están ahí para que nada cambie; la idea de hacer política de otras maneras se jodió bastante cuando los que la difundieron hace unos pocos años empezaron a hacer política de las mismas maneras que aquellos que querían reemplazar –personalismos, poderes, privilegios–, y por el momento no hay muchas más ideas. Por no haber, ni siquiera hay un proyecto claro de cómo podría ser esa vida distinta; solo la conciencia –la evidencia– gritona de que esta así no era.

Ni hay muchas formas de mostrarlo. Si miles de muchachis se hubieran reunido en una avenida de Madrid o Barcelona y hubieran desplegado unas pancartas y cantado unas cositas, nadie se habría enterado.

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Vivimos en una sociedad de la eficacia, donde nos repiquetean con la demanda de eficacia todo el tiempo, pero las vidas de millones son un canto a la ineficacia: la ineficacia, sobre todo, de prepararse intensamente para nada, de invertir horas y horas y energía para no conseguir ninguna rentabilidad, de no cumplir siquiera con esos criterios ajenos: “fracasar”.

Son vidas tan ineficaces. En cambio quemar es eficaz: cumple con los baremos, es rentable. Por un rato de correr y tirar alguna piedra y encender algún fuego esos muchachis consiguen una repercusión que no conseguirían en –casi– ninguna otra circunstancia. Consiguen que diarios y televisiones y redes y políticos y parroquianos hablen de ellos: que usted y yo, incluso, tan distraídos de ordinario, pensemos en ellos ahora mismo. Y se pone en discusión el problema coyuntural de la libertad de expresión de un gritón medio bobo pero, más que nada, el problema permanente de tantos.

Y todo porque quemaron unos cuantos contenedores, tiraron unas cuantas piedras, se llevaron unas cuantas hostias y unas cuantas zapatillas: el negocio es redondo. O, dicho de otra manera: si este artículo se titulara “Graves problemas de la juventud actual” usted no lo estaría leyendo. Lo empezó a leer porque se llamaba Mejor quemar: quod erat demonstrandum, decían los latinos, con perdón.

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O sea que el problema no es que los muchachis quemen contenedores; el problema es que tengan razón en quemar contenedores porque, sin eso, nadie les haría caso. Si acaso, entonces, la pregunta es qué hicimos tan mal como para que la única forma de expresarse en serio –de hacerse escuchar un poquito– que les queda sea quemar.

Y, después, la pregunta siguiente: ¿que atraigan la atención –que se hable de ellos– cambia algo? Esa es la gran incógnita de estos tiempos, lo que realmente no sabemos: ¿cómo se hacen los cambios? ¿Cómo se cambia?

Quemar es un intento. Primario pero lógico: funciona, sin duda, como testimonio, para echar a rodar algún canto. Y a veces más allá: en Chile, por ejemplo, hace meses salieron unos pocos a quejarse de los precios del metro y se armó tal revuelto que en estos días están por elegir los delegados que cambiarán la constitución de Pinochet.

Digamos: que la chispa no siempre incendie la llanura no es una buena razón para dejar de sacar chispas. Que no haya otras maneras de hacerse notar es la mejor razón para intentar con esa. Y que haya que intentar con esa es la mejor razón para buscar, urgentemente, otras.

El Gran Miedo, los jefes tristes, los remedios ajenos

Martín Caparrós

Y sí, queremos a papá; sobre todo cuando tenemos miedo.

Nunca en nuestras vidas pasamos tanto miedo. O, mejor: nunca en nuestras vidas vivimos tanto tiempo condicionados por el miedo. El miedo fue la razón por la cual, hace ya casi un año, el mundo se paró: el miedo más primario, el miedo de morirnos, que nos tiene encerrados, apichonados, convencidos de hacer tantas cosas que, sin él, jamás habríamos hecho.

A veces las encuestas –los números que dibujan las encuestas– sirven para algo: suele pasar cuando no intentan adivinar elecciones sino entender los humores de una sociedad. Diálogo político, medio web publicado por una fundación alemana, promedió casi 500 encuestas de aceptación presidencial en 17 países de América y Europa a lo largo del año pasado para ver qué les hacía la peste. Y lo primero que llama la atención es que, en todas partes, la aprobación más alta de sus gobiernos fue en abril. Cada país se cree diferente pero todos hicieron lo mismo: se ve que, recién declarada la pandemia, millones de aterrados querían que los mandaran, que los llevaran a buen puerto –y confiaban o querían confiar en lo que sus jefes hacían con ellos. Lo sabe cualquier gobernante: las amenazas exteriores sirven para eso. Así que hubo un momento de dulce sumisión y gratitud a unos gobiernos que nos hacían hacer lo que nunca habríamos hecho –gracias a ese miedo.

Antes que nada, los encierros: los encierros en las casas, claro, pero también los encierros en los países. La noción de país resucitó con fuerza. Hay lugares donde nunca había dejado de ser potente pero hay otros –Europa– donde algunos de sus rasgos –moneda, aduanas, residencias– se estaban disolviendo. Había sido un esfuerzo de décadas y la pandemia lo anuló en unas horas: rápidamente se cerraron las fronteras, cada cual se atrincheró con su comida y sus mascarillas y sus medicinas y se constituyó en un bastión que decidía su propio curso excluyendo a todos los ajenos.

Reapareció la unidad-país y repecharon los estados. El gran ganador de la pandemia, por ahora, además de Jeff Bezos, fue la idea de estado –para mal y para bien. Por el miedo le aceptamos esas órdenes que nunca –no se mueva de su casa, no se junte con su madre, no coja con extraños, no trabaje. Pero, también, la mayoría de ellos –incluso los más liberales– asumieron que, para paliar el miedo, debían intervenir más en sus sociedades. Fue extraordinario, en ese sentido, el editorial del Financial Times, portavoz habitual de “los mercados”, que, en abril, decía que “será necesario poner sobre la mesa reformas radicales que reviertan la dirección principal de las políticas de las últimas cuatro décadas. Los gobiernos tendrán que aceptar un rol más activo en la economía. Deben considerar los servicios públicos como inversiones y no como pasivos, y buscar las formas de hacer menos inseguros los mercados laborales. La redistribución volverá a la agenda; se cuestionarán los privilegios de los mayores y los ricos. Políticas que hasta hace poco se consideraban excéntricas, como la renta básica y los impuestos a la riqueza, tendrán que entrar en la mezcla”. Cuando todo se derrumbaba, el gran capital asustado aceptó que necesitaba que los estados intervinieran y redistribuyeran un poquito para mantener el barco a flote. Empezaron a hacerlo; después se les fue pasando, pero algo quedó.

Y también pasaron los meses y la peste avanzó y los gobiernos empezaron a perder apoyo: si el miedo siempre nos lleva a buscar un jefe, el hartazgo siempre nos lleva a buscar un culpable. El jefe –al que antes seguimos– es el más obvio: no hubo presidente que no perdiera 10 o 15 puntos de popularidad entre abril y noviembre. Las quejas, los reclamos, la desesperación ante algo que debía tener un final y ya no lo encontraba se impusieron. Hasta que, en las últimas semanas del año siniestro, llegó la gran noticia: la vacuna nos salvaría, terminaría con el Gran Miedo, nos devolvería nuestras vidas. Fuimos felices, nos abrazamos, nos contagiamos un poquito.

Pero, en plena ilusión, los grandotes nos dijeron no te vistas que no vas. Por ahora la vacuna no ha hecho mucho más que desnudarnos. Hacía mucho que nada mostraba con tanta claridad cómo está organizado –dividido– el mundo en que vivimos. Las cifras son brutales: al 7 de febrero se habían aplicado 131 millones de dosis: 113 millones en Estados Unidos, China, Europa, Inglaterra, Israel y los Emiratos Árabes; 18 millones en todos los demás. Unos países que reúnen 2.200 millones de habitantes, el 28% de la población del mundo, se habían dado el 86% de las vacunas. O, si descontamos a China y concentramos: el 10% de la población del mundo se aplicó el 60% de las vacunas. Después hablemos de desigualdad.

El gran efecto de la pandemia ha sido iluminar todas esas cosas que siempre preferimos no ver. La angurria de las vacunas muestra cómo ciertos países las acaparan como suelen acaparar las riquezas –la comida, por ejemplo– que el mundo necesita: el mecanismo es exactamente el mismo, solo que aquí se ve tan claro. Canadá, por ejemplo, que siempre sale como ejemplo, que pelea en todos los rankings del país más bueno, tiene ordenadas cinco vacunas por habitante, así se la aseguran. Lo cual sería muy encomiable si no fuera porque eso supone que haya unos cuantos millones de keniatas, laosianos o argentinos que no la tendrán.

Lo llaman, para atacar sin ofender, nacionalismo. En el “nacionalismo de la vacuna” la palabra que importa no es vacuna. Y la frase está prendiendo: la angurria fue condenada incluso por Tedros Adhanom, el director de la Organización Mundial de la Salud: “El nacionalismo de las vacunas no es solo moralmente indefendible. Es epidemiológicamente negativo y clínicamente contraproducente. Los mecanismos de mercado son insuficientes para conseguir la meta de detener la pandemia consiguiendo inmunidad de rebaño con vacunas”, escribió la semana pasada y nadie le hizo caso. Y, también, que “los gobiernos y las compañías deben unirse para superar esta escasez artificial. Hay muchos pasos que se pueden dar para aumentar la producción y distribución de vacunas, como compartir la tecnología de fabricación de las vacunas, su propiedad intelectual y know-how”.

Pero, más allá de llamamientos y evidencias, la ideología triunfa: ni siquiera una emergencia mundial extraordinaria, el parón y los miedos y la muerte y la ruina, alcanza para que los estados y otros organismos se caguen por fin en la propiedad privada y obliguen a las grandes farmacéuticas cuyas investigaciones ellos mismos subvencionaron a compartir sus hallazgos y permitir que todos los que puedan los fabriquen para multiplicar los panes, los peces, las vacunas.

No lo hacen: prefieren preservar el orden -y, desde su óptica, imagino que tienen razón. Salvo que su testarudez terminará por perjudicarlos –después de perjudicar a todo el resto. “La pandemia no se va a terminar en ningún lado hasta que se haya terminado en todos lados. Esa es la realidad de un mundo interconectado, y esa realidad solo puede ser modificada con solidaridad y una salud pública inclusiva que distribuya las vacunas global, rápida y equitativamente. Para el virus somos todos un solo rebaño. Para vencerlo, debemos actuar como una sola comunidad”, escribió Adhanom el Ignorado. O sea: si se vacunan todos los americanos pero ningún sudafricano, el virus puede mutar en Sudáfrica y volver a USA, donde aquella vacuna ya no lo detendrá. Dicen que ya podría suceder.

Hubo un momento, al principio del miedo, en que voces se alzaron para decir que la pandemia nos haría más buenos: que nos mostraría que frente al virus no hay salvación individual y que el mundo, al fin y al cabo, es uno. Las diferencias se fueron exhibiendo poco a poco. Ahora son notorias en los temas más brutos: con el 8% de los habitantes del mundo, América Latina reúne el 25% de los muertos de Covid. Su mortalidad es tres veces mayor que la del resto del planeta –aunque no terminamos de saber en serio qué está pasando en África.

Es un ejemplo brusco; hay tantos otros. Ahora la angurria de las vacunas es la muestra más brutal, casi patética, de un mundo despiadado. Hubo un momento en que tuvimos tanto miedo que llegamos a creer que ese miedo nos haría mejores; nos olvidamos –tratamos de olvidarnos– de que el miedo, en general, saca a la luz los peores instintos. Ahora, por desgracia, ya lo confirmamos.

La prueba de la vacuna

Martín Caparrós

Es probable que el capitalismo mundial se crea que no lo necesita. Es probable, incluso, que no lo necesite. Pero, por si alguna vez llega a estar en la duda y piensa que precisa una prueba para saber quiénes son sus fieles más fiables, los creyentes auténticos, se me ocurrió una, que les cedo amablemente a cambio de unos módicos royalties a pagar en Andorra.

No es difícil, pero requiere cierto esfuerzo. Deben empezar por organizar una situación de emergencia absoluta, alguna casi inverosímil: probablemente lo mejor sea una peste, una de esas con virus de película mala que se ceban y en poco tiempo matan a millones de personas y consiguen que millones y millones se encierren en sus casas y pierdan sus trabajos y deban dejar todo y que millones y millones pasen hambre y que todos se pregunten cómo y cuándo se va a terminar y qué cuernos va a pasar después.

Y, entonces, una vez que el mal se apodere del mundo, tienen que ofrecerle la forma de vencerlo: una vacuna, digamos, por ejemplo, o más de una, que salvarían millones de vidas, permitirían que todo volviera a funcionar. Así que, para seguir con el experimento, tienen que inventarlas, vanagloriarse de ellas, convencer a la humanidad presa del pánico de lo maravilloso del remedio y empezar a producirlas en tal o cual laboratorio –cuyos nombres se harán famosos y sus ganancias astronómicas. Hasta que, de pronto, esos laboratorios dirán que no saben hacer suficientes, que prefieren vendérselas a otro que las paga mejor, que el que no acepte sus condiciones no las tiene. Y aquí viene el momento estelar, la prueba definitiva: observar quiénes se oponen a la lógica respuesta de los gobiernos de requisar y producir de urgencia las vacunas –y así salvar a sus ciudadanos y sus economías.

Habrá unos pocos. Esos, sin duda, serán los puros y duros, los mejores, capitalistas sin mengua ni tacha: los cruzados de la ideología, los que crean que la propiedad privada debe ser respetada por encima de cualquier otra consideración, que es ciertamente más importante que la vida de millones, que es incluso más importante que el funcionamiento económico del mundo, que es lo más importante sin ninguna duda. Habrá que verlos y contarlos; se corre el riesgo de que no sean muchos. Unos cuantos fundamentalistas, unos fanáticos de esos que nunca faltan: tan escasos que, supongo, deberán callarse y esconderse.

Bien vista, la prueba es peligrosa: quizá no les convenga hacerla. Al fin y al cabo, si la hicieran, el tal capitalismo y su extremismo terrorista quedarían demasiado expuestos. Y los demás, las personas normales y banales, las que saben que frente a una emergencia tan tremenda la única solución es priorizar las vidas de millones y producir las putas vacunas donde se pueda y cómo se pueda y cagarse en cualquier ideología de la propiedad y la ganancia, los despreciarán con tal encono que quizá nunca podrían recuperarse.

América ya no es lo que no era

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Martín Caparrós

Corren días de alboroto. Los medios y mediáticos del mundo libre –¿alguien se acuerda de cuando existía el Mundo Libre?– piafan indignados: lo que sucedió en el Capitolio de Washington es una catástrofe para las instituciones democráticas, echen a Trump, maten al bisonte, repriman a la policía que no supo reprimir, oh qué horror dónde se fueron los modales. Y yo, por alguna razón, no consigo indignarme/preocuparme/molestarme en una dosis aceptable. Me acongojaba, y empecé a buscarme justificaciones.

(Con lo cual recordé que eso suele ser lo que hago o lo que hacemos: tenemos una sensación, una inquietud, una frase en la punta de la lengua y buscamos los firuletes discursivos que las justifiquen. Digamos, esta vez: no me parece tremebundo que unos cuantos cientos de señores y señoras hayan invadido el congreso americano. ¿Cómo lo digo? ¿Puedo argumentarlo?)

Lo primero que se me ocurrió fue la satisfacción del resentido. Yo reivindico mucho al resentido: me parece una figura decisiva en estos tiempos en que habría que simular que uno no odia a nadie, no le desea el mal a nadie. Como resentido, pensaba que qué bueno que se les hubiera descontrolado el simulacro: que el país de la bomba atómica en Japón, el napalm en Vietnam, los golpes asesinos en Guatemala y Chile y Argentina e Indonesia y tantos más, las mentiras para invadir Irak, los campos de Guantánamo, las masacres de los centros comerciales, no pudiera seguir ofreciendo al mundo sus lecciones de buenos modos democráticos: que por fin estuvieran haciendo, ante las cámaras, las mismas patochadas por las que nos miraban por encima del hombro. O, dicho fino: que empiecen a aceptar que el “excepcionalismo americano” –esta curiosa idea de creerse distintos y mejores que todos los demás– ya no engaña a nadie.

Después intenté refinar mis argumentos para tratar de hacerlos presentables: que lo que no tiene sentido es tanto bombo. Al fin y al cabo, ¿qué son unos pocos cientos de energúmenos que se disfrazan de cornudos o patriotas y entran a un edificio confusamente custodiado y gritan unos gritos y pintan sus pintadas? ¿Y por qué los medios, que siempre se ocupan de lo que importa menos, se dedicaban tanto a eso en lugar de centrarse en la noticia que, al mismo tiempo y en el mismo lugar, sí cambiaba algo: la victoria de los dos senadores demócratas en Georgia que significa que el partido del próximo presidente va a tener la posibilidad de aprobar sus leyes, seguir sus políticas? ¿Solo porque en la incursión sí había un espectáculo? ¿Sólo porque les cuesta contar lo que no es circo?

El problema es que la crítica de los medios dominantes se está volviendo un deporte demasiado fácil: el famoso hurto de un juguete a un niño. Así que había que pensar algo un poco más interesante –y no lo conseguía. Hasta que dí con algo que quizá: se quejan porque Trump no respeta las formas de la política habitual, pero ignoran que, gracias a Trump, la política ha vuelto a los Estados Unidos –a menos que sea eso lo que les molesta.

Durante las últimas muchas décadas, los Estados Unidos se habían conseguido una democracia modélica en cuyas elecciones votaba poco más que un tercio de la población: muy por debajo de los otros grandes países “democráticos” –India, Inglaterra, Alemania, Japón, Francia, Italia, Brasil y compañía. Era un sistema espléndido, tan civilizado, tan basado en esas formas que se respetaban y esa gente que pasaba de ellas. Lo cual les permitía a los dos grandes partidos empujarse y codearse y sucederse sin que nada cambiara, sin que nadie terminara de notarlo. Y, mientras tanto –¿gracias a eso?– crearon la sociedad más desigual de la historia: de toda la historia.

Habían conseguido su estatus ideal: una expresión civilizada y ordenada y presentable de ese desdén por la política que tanto asusta y ayuda a los políticos, y que se ha transformado en una de las características decisivas de nuestras sociedades. César Rendueles, en su libro Contra la igualdad de oportunidades, lo reseña para el caso español: “Los políticos y la política aparecen regularmente entre los tres primeros problemas percibidos por los españoles, exactamente en el lugar que hace años ocupaba el terrorismo o la droga. Los partidos políticos son percibidos como el equivalente de ETA o la heroína y son, con mucha diferencia, la institución peor valorada en nuestro país”.

En Estados Unidos la solución a ese problema era la indiferencia: les habían dejado la política a los políticos –y la mayoría de los ciudadanos no se molestaba siquiera en ir a votar una vez cada tanto: no creían que eso sirviera para nada. Hasta que llegó el energúmeno de Trump, se mostró y mostró el sistema como nunca antes y produjo efectos desconocidos, apoyos y repudios, fanatismos y odios, y entonces las elecciones volvieron a importar: en 2020 votaron 22 millones de personas más que en 2016. Eso fue, sin duda, un triunfo de la democracia. O, por lo menos, de la política, entendida como la forma –a menudo confusa y turbulenta– en que grupos sociales tratan de mejorar las condiciones en que viven. Digamos: que, por acción y reacción, con el Terremoto Trump y sus Conchudos Detestables la política volvió a los Estados Unidos y que cuando hay política –como algo opuesto a las buenas maneras democráticas– a veces pasan cosas como esa: que unos bisontes pisotean el mejor pasto, el más cuidado, el más inútil. Y otras veces, incluso, cambia algo.

Y ya: para poder justificar mis desazones, aquí estoy, diciendo que el gran mérito de Donald Trump es haber devuelto la política a Estados Unidos, y viceversa. Hay quienes se cubren de ridículo con menos esfuerzo pero yo, está claro, soy un laburante.

La inmortalidad del doctor Menem

El doctor Carlos Saúl Menem, presidente que fue de la República Argentina entre 1989 y 1999, acaba de entrar en la inmortalidad –o donde sea que vayan los grandes héroes de la nada. El doctor fue un personaje extraordinario: nadie cambió tanto su país. Y ahora, en su país, casi todos quieren olvidarlo.

El doctor había empezado raro. Venía de un pueblito polvoriento, sin colores, donde su padre tenía una bodega, y se hizo conocer en 1973, año convulso, como un joven abogado de patillas tupidas que consiguió ganar, a sus 42, el gobierno de su provincia, La Rioja. Ya gobernador decía por ejemplo que “la revolución del 25 de mayo tiene su sentido más profundo en la defensa que harán de ella la Juventud, las FAR y Montoneros. Aun hay muchos conservadores metidos en el Movimiento, en el gobierno nacional, y ésta es una lucha a muerte”. Tardó unos meses en dejar esa lucha; después pasó unos años amablemente preso de los militares y cuando volvió al ruedo en los ochentas consiguió un milagro: derrotó al aparato peronista y se hizo elegir su candidato. Seguía hablando de revoluciones –la llamaba, en esos días, “revolución productiva”– y prometía el “salariazo” pero era, sobre todo, un fenómeno extraño: por primera vez en la historia argentina el candidato a presidente era un señor que se parecía más a millones de pobres que a la crema habitual. Era un giro cultural muy fuerte y muchos lo siguieron, lo eligieron.

Entonces no tardó nada en mostrarles que no pensaba hacer lo que decía pero se lo aceptaron. Lo logró, sobre todo, gracias a esa política que convirtió al dólar en moneda oficiosa y se lanzó a la más argentina de las economías: pan para hoy, hambre para mañana. Y empezó con las privatizaciones, las corruptelas, los disparates continuados, los chistes con rubias y ferraris, el indulto a los militares asesinos. Para hacerlo, descubrió que el curro de la “transgresión” no solo servía para vender discos pop o tonterías en la tele sino, sobre todo, para volverse –casi– inimputable en el poder. Con la excusa de que hacía cosas raras hizo las más comunes: vendió el país con el país –mayormente– aplaudiendo, riéndole las gracias.

El doctor Menem fue el presidente más influyente de la democracia: ninguno mutó tanto la Argentina, ninguno la destruyó tan a conciencia. Es cierto que es una competencia muy reñida, pero nada se compara a su transformación de aquella economía, su liquidación de tanta industria, su remate de lo que el país había tardado un siglo en construir: ferrocarriles, carreteras, minas, pozos de petróleo, tendidos de gas, obras sanitarias, usinas y redes eléctricas, fábricas, teléfonos. Todo eso lo vendió el señor Menem a unas cuantas empresas más o menos extranjeras –que después, en general, lo desdeñaron.

Así, su gobierno peronista consumaba con denuedo el proceso que había empezado quince años antes otro gobierno peronista, el de Estela Martínez y su ministro Celestino Rodrigo, y retomado y acelerado después con mucha más sangre un gobierno militar. El doctor Menem lo completó con una excusa muy curiosa: su gran argumento –tan pegadizo, tan defendible– fue la idea de que el Estado es inútil, una cueva de ratas y ladrones y, sobre todo, una runfla de incapaces. Es una idea fácil de presentar y difícil de sostener. Si el Estado no es capaz de administrar una compañía eléctrica, una telefónica, un hotel por horas, si no puede manejar –digamos– Aerolíneas o Aguas Argentinas, mucho menos puede manejar la Argentina. O sea: un gobierno que ofrece esa explicación tendría que renunciar e irse. Pero la idea prendió: gracias a ella, lo sabemos, el peronismo del doctor Menem malvendió casi todo.

Y era el mismo señor que había dicho, años antes, que “para nosotros socialismo nacional y justicialismo es la misma cosa. Es el Estado procurando con su acción dar los medios necesarios al pueblo para que éste se realice en un clima de igualdad, sin ningún tipo de privilegios. Es decir: donde el esfuerzo de muchos esté al servicio de muchos y no como ocurre bajo el régimen liberal y capitalista donde el sacrificio de muchos se hace en beneficio de un círculo privilegiado…”.

Pero el doctor cambió y, de paso, terminó de cambiar la Argentina.

Menem lo hizo, decía un viejo slogan. El efecto más visible de esos años de liberalismo peronista fue conseguir que el país terminara de destruir su aparato productivo. Gracias al doctor Menem un buen tercio de la población argentina vive marginada, sin trabajos fijos, sin una inserción clara. Gracias al doctor Menem y su furia antiestatista mucha más gente pasó a depender del Estado y, por lo tanto, de sus gobiernos peronistas. Gracias al doctor Menem, el peronismo terminó de consolidarse como esta máquina de poder basada en el control de millones de personas a través de planes de asistencia y sueldos truchos que suplantan su derecho a ganarse la vida por sí mismos.

El sistema clientelar peronista no sería lo que es sin él, aunque tampoco hay que dejarse llevar por la vehemencia necrológica: hay que reconocer que sus continuadores lo ampliaron y completaron con pericia extrema. Pero, más allá de matices y detalles, el peronismo le debe tanto al doctor Menem.

El doctor, es cierto, había logrado armar lo que un viejo periodista de esos tiempos llamó un país capicúa: “Algunos supondrán que lo digo porque el nombre de su prohombre presidente se puede leer de izquierda a derecha o de derecha a izquierda. Eso sería repetir –hasta la caricatura– el error –que yo cometí, supongo, muchas veces– de creer que las características de un hombre son las que explican un país, un momento, y dedicarse a ellas. (…) La Argentina, en realidad, está capicúa de una forma más bruta, más tajante. Es la primera vez –al menos, desde que hay elecciones que permiten comprobarlo– que los más ricos y los más pobres están de acuerdo en elegir un mismo proyecto, un mismo gobierno”.

Con ese apoyo bífido el doctor Menem inauguró, entre otras cosas, la era de la corrupción rampante, descubierta. Que, como reacción, produjo ese honestismo que logró que, al fin de su mandato, los argentinos eligieran el gobierno más frankenstein –un rejunte conservador apuntado por progres– so pretexto de que no eran corruptos. Menem lo hizo, como tantas otras cosas. Pero hay que reconocer que, mientras duró, nos hizo felices. Se lo debemos: era un gusto ser antimenemista. Era tan fácil indignarse, saber dónde estaba el bien y dónde el mal. El doctor se esmeraba, nos daba sin parar las mejores excusas –era desafiante, descuidado, decisivo, bruto– y todos nosotros –¿quiénes éramos nosotros?– nos uníamos en su contra, nos amábamos en el fragor de la trinchera. Faltaban años para que el peronismo kirchnerista introdujera sus taimadas divisiones. Entonces los periodistas, sobre todo, hacíamos nuestro agosto: incluso nos creían. En nuestro –mínimo– mundo era muy difícil encontrarle defensores.

Así que había que buscarlos lejos. Como, por ejemplo, en la tribuna de aquel gobernador peronista que definió al doctor como “el mejor presidente de la Argentina desde Juan Perón” y le agradeció su visita al Calafate, octubre del ’94, plena rifa del Estado, proclamando, los cabeshos al viento, que “acá está el pueblo de Santa Cruz, acompañando el proceso de transformación y cambio que la República Argentina debe llevar adelante” –gritaba, entonces, halagüeño, Néstor Kirchner. Pocos años después lo acabaría.

Ahora el doctor Menem se está muriendo o ya se ha muerto. En estos días, cuando llegue a la inmortalidad o adonde sea, pocas voces se alzarán para reivindicarlo. Al fin y al cabo lleva años sepultado, desde que aquel acompañante y su señora cumplieron con el precepto peronista de traicionar al jefe y lo sacaron del partido en 2003 y lo dejaron frente a una cantidad de acusaciones penales que no fructificaron porque, generosos, le permitieron refugiarse en el Senado de la Nación y en sus diversas coaliciones.

Y ahora, a veinte años de su cese, el país que él hizo se deshace. Es difícil, a esta altura, definir a quién beneficiaron sus acciones, fuera de algunos empresarios a la Macri y algunos políticos a la Kirchner. El doctor fue, si acaso, la raíz de donde creció ese árbol de dos troncos retorcidos que llaman la Argentina. No es poco, para un patilludo de Anillaco. Ahora, ya en la inmortalidad o donde sea que terminen los sainetes, se debe estar riendo a carcajadas.

Lanavidá 6 – Laciencia 0

Martín Caparrós

Hace unos meses me convencí de una tontería. Me suele pasar o, mejor: es lo que me da vida. El 6 de abril de este año sorprendente pasó algo que, imaginé, recordarían generaciones venideras –qué bonito, “generaciones venideras”– como un hito histórico: en medio de la puta pandemia se cerraron las iglesias de Roma. Era fuerte: frente a siglos y siglos en que las pestes se enfrentaban con misas, rogativas, procesiones y demás latigazos en la espalda, esta vez no solo las personas no salían a pedirle nada a ningún dios sino que –metáfora perfecta– las iglesias de la ciudad donde reside el más famoso se atrancaban.

Imaginé, entonces, que ese momento era el símbolo de un cambio trascendente: que por fin dejábamos de creer en esas cosas y empezábamos a creer en la ciencia –lo cual también es complicado: la ciencia no es para creer sino para dudar. Pero esa será otra discusión; en estos días se ve que la religión –o ciertas formas de la religión– no se fueron a ninguna parte. Cristo Vuelve, Cristo Vence, Cristo Rey. Ahora mismo su ritual más difundido, lanavidá, triunfa sobre la ciencia, sobre la prudencia, sobre la carencia, sobre la urgencia y la conciencia y la teleconferencia y tantas cosas que terminan en encia y muchas otras que terminan en puaj.

Hace unos días, ya desolado, escribí en el El País que “la Navidad es el tributo que todos pagamos a esos relatos y reglas de conducta que unos sacerdotes y soldados inventaron hace siglos —y supieron imponer con la cruz y la espada y algún fuego y la decisión inquebrantable de decidir lo que podíamos y, sobre todo, lo que no podíamos hacer con nuestras vidas. Ahora, además, el triunfo global de los cristianos les permitió crear una ensalada de tradiciones, que si establos fenicios y camelleros iraquíes, que si el gordo lapón y el árbol ario, que si turrón levantino y amor universal. Y les permitió, sobre todo, convertirla en una máquina de hacer dinero.

“Hay que salvar la Navidad, claman en estos días, y están hablando de eso. La Navidad es necesaria para la economía. La Navidad es una síntesis perfecta, la cumbre del capitalismo con corazón: porque soy bueno y amoroso consumo, porque consumo soy bueno y amoroso –y si no consumo en Navidad soy un fracaso. Tanto que ahora muchos gobiernos reblandecen las medidas que tomaron para que no nos muramos demasiado rápido: parece que la amenaza de una Navidad sin parentela ni turrones es peor que la del virus.

“La Navidad habla de plata y dice paz y amor, regalos a gogó, concordia familiar, concordia universal, comercios y bebercios y arrepentimientos, pero cuenta, sobre todo, ese triunfo: una cosa sería que los cristianos celebraran su fiesta como los judíos yom kipur o los musulmanes ramadán o los culés la última copa, y muy otra que todos todos todos sigamos su ritual. No hay nada más exitoso que una ideología que ya no parece ni siquiera serlo sino lo normal, lo natural. La prueba definitiva de la victoria de una idea es que condicione las vidas de los que no creen en ella”, decía, poco más o menos.

Tanto nos condiciona que, tras pasarnos el año más raro y temeroso y aislado de nuestras vidas para cuidarnos del contagio como de la peste, estamos dispuestos a contagiarnos esta semana en nombre de la familia, el amor y la paz –y, si acaso, de aquel bebito hijo de un dios. O incluso del espíritu navideño, que consiste en comportarse durante seis o siete días como no nos portamos durante todo el año: con cariño y respeto y cierta consideración.

Así que lanavidá le gana a laciencia por goleada. Quizás es solo que somos completamente idiotas. O, tal vez, que somos tan pero tan cristianos que hemos asimilado, también, su idea del sacrificio. Al fin y al cabo, si algo aportó el cristianismo al gran baile de las religiones es la glorificación del sufrimiento. Empezó por contar que su figura central era un señor torturado y ejecutado con una muerte infame: inauguró la Era de la Víctima. Y entonces edificó sus templos como inmensos relicarios, bóvedas donde guardar los restos mortales de unos muertos –en general, tipo suicidas– que llamaron santos. Nada mejor, para sus libros, que el sacrificio y el martirio. Y ahora, gracias a esta Navidad, va a tratar de hacernos mártires a cuantos más mejor.

Nosotros, astutos, nos dejamos. O, peor: lo reclamamos entusiastas, exigimos la libertad de contagiarnos por la causa. En muchos países lo estamos consiguiendo, así que nada, felices fiestas, japi japi, abrazos a los renos, un saludo especial a todos los que prefieren creer en la ilusión de una madre virgen antes que en la realidad de cuatrillones de viruses –y que el 10 de enero nos coja confesados y cerca de un buen respirador. Será justicia.

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