un cuarto –medio medio– propio

Categoría: ChaChaChampions

El rey desnudo

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Martín Caparrós

Ustedes mírenlo, o incluso mirenló: es un señor bajito con una barba casi roja, la nariz prominente, ojitos vivos y una camiseta que ayer era amarilla pero puede ser negra o blaugrana o rosita, siempre un número diez. Ustedes mírenlo con el candor, el desprejuicio de aquel chico del cuento de Andersen: miren lo que hace. Miren cuántos pases –no toques para atrás– suyos llegan a sus compañeros; miren cuántas de sus gambetas no rebotan; miren cuántos de sus tiros al arco van al arco. Mírenlo con cuidado, sin prejuicios: la mitad de sus pases no llega a su destino; más de la mitad de sus gambetas muere en los pies de un adversario; sus tiros al arco no llegan al arco. Mírenlo: ese señor bajito trata de hacer las cosas que antes hacía Messi y no le salen. No es que no queramos decirlo; tratamos de no verlo. Pero mírenlo, mirenló: el rey está desnudo.

Es cierto que juega en un equipo mediocre. El Barcelona es un equipo mediocre y lleva un tiempo siéndolo: la gran diferencia entre aquella mediocridad y esta es, por supuesto, Leo Messi.

(El Barcelona empezó a ser un equipo mediocre cuando entregó su orgullo. ¿Ustedes recuerdan que en ese Barcelona que supo ser –yo lo creo– el mejor equipo de la historia no había ni un Rakitic ni un Pianic ni un Vidal? Ese equipo no soportaba esa lacra que llaman un “volante de marca” o “mediocampista de lucha” o como quiera que se intitule ese barullero que los técnicos ponen ahí para calmar sus miedos. El Barcelona no lo tuvo; en ese mediocampo extraordinario lo más parecido a eso era un señor Sergio Busquets, la elegancia larguirucha hecha persona. Después, parece, se asustaron.)

Messi, entonces, juega en un equipo mediocre pero esa es la constante de hace años: no obstaba para que siguiera siendo, de lejos, el mejor. Yo lo creo: Messi es el mejor jugador que ví en mi vida –mejor incluso, me duele, que Juan Román Riquelme. Y siempre hizo lo que hizo porque creía que podía hacer lo que nadie podía. Es curioso ver a esa gente que se cree mejor que los demás. Es irritante y deslumbrante y es la condición –necesaria pero no suficiente– para ser radicalmente mejor que los demás. Nadie puede ser un artista –en el campo que sea– si no se cree un artista.

Millones se lo creen, muy pocos lo son; Messi se lo creía y lo era. Creérselo era su mejor arma, porque podía y lo hacía. Ahora, que no puede, es su peor debilidad: lo que le hace perder tantas pelotas, la paciencia. Ahora es –tan triste– un señor bajito que se cree Leo Messi y trata de hacer cosas que solo Messi podría, y él ya no.

Verlo jugar era el goce más puro; ahora duele. Duele verlo, más bien, tratando de jugar. Duele, casi siempre, enfrentarse con las impotencias; duele más cuando las sufre alguien que nunca las sufrió. Messi ahora las sufre y se está dando cuenta. Yo creo –cada vez más creo– que él lo sabe: que lo va notando, que va entendiendo poco a poco que no es que tenga una mala tarde o una mala semana: que ya no es el que era. Yo creo que lo sabe: se lo ve enfurruñado, se cae al menor roce, protesta al juez, protesta a dios, protesta a todo el mundo, se protesta. No goza de jugar: le duele.

Y verlo, digo, duele, y no solo por él: duele por todos. Messi sabía suspender el tiempo; ahora, en cambio, es la evidencia de que el tiempo pasa. Es la vejez explotándote en la cara: algo que estaba ya no está. Esa ausencia provee una definición posible: la vejez llega cuando intentás hacer eso que hiciste siempre y no te sale. Cuando te falta la concentración o la fuerza o la velocidad o la claridad, y no te sale. Lo peor de la vejez sería, entonces, la necedad de seguir haciendo lo mismo cuando ya no se puede. Digo Messi, digo usted, yo, cualquiera.

(El rey, en realidad, está viejo. Y desnudo por viejo, que también.)

Tras la rabia, la tristeza de la aceptación: la adaptación a uno mismo cuando uno se vuelve tan distinto de uno. Aprender a ser ése, reconocerse en él, resignarse a ser él; no es fácil, pero por suerte no tiene remedio. Hablemos de Messi, que es más simple: para él, imagino, la solución sería que entendiera, que dejara de hacer las cosas que ya no puede y empezara a hacer otras. Que dedicara su enorme talento futbolístico a ser este viejo que ahora empieza a ser: que se parara más atrás y repartiera juego, que se parara más adelante y pescara rebotes, que repensara sus lugares –pero que no se empecinara en ser quien ya no es, seguir siendo el que fue. Eso, digo, para Messi, que siempre fue un privilegiado. Para usté y para mí, mi querido, es más difícil.

Fuimos maradona

Hoy Diego Armando Maradona cumple 60 años, y es algo que nos sucede a todos. Yo soy de esos viejos que no pueden ver los goles contra Inglaterra sin que se les humedezca levemente el ojo izquierdo: que Maradona ya no sea ese sino este es una de esas ofensas personales que el tiempo nos propina cada tanto. Contra él, en Su homenaje, quiero reproducir un artículo que publiqué en Crítica de la Argentina hace más de diez años, cuando nos mandó a todos a chupársela. Fue porque dirigía –muy mal– a la selección argentina de fútbol y a su estrella de entonces, Lionel Messi, y no soportaba que se lo dijeran.

Martín Caparrós

Es duro haber sido maradona. A todos nos sucede: lo hemos sido. Yo lo fui tantas veces. No solo viéndolo jugar, sufriendo con él en el abismo; también en tantos otros sitios. Durante muchos años, la escena se repitió en los lugares más variados, con interlocutores tan distintos, con los acentos más diversos:

–Where are you from?

Me preguntaron tantas veces y, cuando les contestaba que argentino, se quedaban mirándome. En Asia y África y Oceanía –por ejemplo– la Argentina existe muy poquito y mi respuesta provocaba, la mitad de las veces, una sola respuesta: ajá. O sea: la lógica ignorancia. Para la otra mitad –para los que sabían– el remate se repetía invariable:

–Ah, argentino… ¡Maradona!

Era impresionante: no se me ocurre ningún otro caso de país tan uniformemente sintetizado, definido por la figura de un señor. El vocabulario global pronuncia muy pocas palabras argentinas: tango ya tiene casi un siglo y después, además de maradona, la única voz que le dimos al mundo es el neologismo desaparecido. El jugador Maradona apareció en el momento justo en que la televisión empezaba a llevar el fútbol a los confines más lejanos: miles de millones de chinos, rusos, indios, africanos que nunca oyeron hablar del gaucho, de Evita, de Gardel, y que no relacionan a Guevara con el país donde nació, han visto a Maradona cacheteando pelotas –y es lo que saben de nosotros. “Alguna vez terminaremos de aceptar”, escribí hace unos años, “que para dos o tres mil millones de personas la Argentina y los argentinos –todos los argentinos, las vacas, las montañas, los presidentes, los violadores fugitivos, el novio de tu hermana, aquel triciclo, los inmigrantes bajando de los barcos, el cielo de humahuaca, el peronismo, la esquina de carabobo y cucha cucha, la marcha de san lorenzo, tu futuro, los ovejeros belgas y las rayas y los sánguches de miga, las pastillas refresco, tlön uqbar orbis tertius, este papel manchado– no somos nada más o nada menos que la confusa nube de pedos que aureola la pierna izquierda del Gran Diez. El mundo está lleno de personas que nunca oyeron hablar de la Argentina pero sí de Maradona; el mundo está lleno de otras personas que sólo oyeron hablar de la Argentina porque oyeron hablar de Maradona. En el mundo –para todos los que no son vecinos o europeos con parientes o tercermundistas más o menos cultos–, la Argentina somos él. Digo: para miles de millones de personas somos él. Es un destino. Supongo que podría ser mejor. Y podría ser, también, mucho peor. Era un modelo complicado: peleador, simpático, quejoso, drogón, desaforado, ingenioso, creído, ilimitado, machista, popular, oportunista, cálido, cursi, inteligente. Fue difícil adaptarse a la idea de que los argentinos éramos eso, pero hicimos todo lo que pudimos”, decía, y entonces era cierto. Ahora menos: este año, por ejemplo, en varios países africanos, la escena se terminó distinto:

–Ah, Argentina. Yeah, sure, Messi, Messi.

Es todo un cambio de cultura. Y debe ser difícil. A mí, sin ir más lejos, me indignaba un poco: no, yo no soy messi, Argentina no es messi. Es duro ya no ser maradona; me imagino lo difícil que debe ser para un tal Diego Armando.

Es duro para todos: nos habíamos acostumbrado, y nos gustaba. Durante muchos años fuímos él porque éramos rehenes de su belleza. Lo que hacía Maradona en una cancha de fútbol era tan desmedido, tan inesperado, tan extraordinario que era normal que lo que hiciera afuera lo fuera también –y que lo aceptáramos o celebráramos como pequeñas partes de un gran todo. Fue un artista –alguien que hace distinto lo que muchos hacen parecido– y ya hace más de un siglo que nuestras sociedades aceptan que los artistas tienen ciertos privilegios o, por lo menos, que sus actos no deben ser medidos con la vara general: si crean hechos o gestos que exceden los límites de lo pensado, ¿por qué tendrían que mantener sus vidas dentro de esos límites? Maradona se acostumbró a ese criterio, y lo sigue empleando. El problema es que ya hace muchos años que Maradona dejó de ser un artista.

Ahora el señor Maradona es un trabajador mediocre al que le salen las cosas más o menos mal, una nota hecha de información errónea y temblores sintácticos, una foto movida subexpuesta, un bife que llega a la mesa hecho una suela. Digo: un señor que en un año no ha conseguido armar un equipo que juegue a algo –que por eso le pagan. Un señor que supo poner incómodos a todos los demás con sus gestos y actos y que, desde que tomó este trabajo, vaciló y falló como muy pocos. Un señor que consiguió que ya nadie le crea: que dice que está pensando renunciar y a los dos días pregunta de dónde sacaron que está pensando renunciar. O, mucho peor, un señor que consiguió que ya no le crean ni sus subordinados: que busca a un jugador, le dice que es el mejor de todos y que lo va a tener siempre en su equipo y a las dos semanas lo desdeña. O sea, un señor que no sabe lo que hace. Un señor que lleva un año sin poder ir a su lugar más aficionado –la cancha de Boca– por miedo a que miles de personas lo puteen: hablemos de fracasos.

(Y encima el morbo: si yo fuera un autor de thrillers malos –películas de verano americano cerca de un lago con rubia tetona y morocha tetona y asesino cosido de costurones verdes– me divertiría como un perro armando una historia en que el viejo maestro en decadencia –digamos, un director de orquesta, que siempre queda un poco misterioso– se ve, por esas ironías del destino, obligado a ser el que ayude a su sucesor a terminar de hundirlo en el pasado: el que le ponga el último clavo a su cajón. Y contaría cómo, por una serie de razones, el viejo maestro no puede negarse a su función –que, en un punto, incluso lo atrae: dejar un heredero es, al mismo tiempo, saber que uno se ha terminado y que no todo se termina con uno– y trata de cumplirla pero algo más fuerte que él lo lleva a desviarse, a ponerle al heredero obstáculos cada vez más visibles, a proponerle instrumentos defectuosos, partituras que no le convienen hasta que, al fin, aquella noche de tormenta, termina empujándolo por el acantilado porque no puede con su naturaleza y no soporta la idea de volverse historia.)

Es duro ya no ser maradona. Nos pasa a todos: ya no somos porque él ya no es. Si es duro para todos, me imagino lo difícil que debe ser para un tal Diego. Pero él, el señor Diego Armando Maradona, a quien esto le pasa en grado sumo, tanto más que a cualquiera de nosotros, eligió pensar que a él no le pasa sino que que hay unos hijos de puta que dicen que le pasa: los periodistas, muy en particular, y millones de argentinos más en general. La culpa es del relato, dice. Cuando era un artista no necesitaba explicarnos que lo que hacía era lo que era, porque se veía; ahora trata de explicarnos que lo que hace no es lo que es, pero se ve. Lo vemos: vemos el espanto futbolístico de su equipo. No precisamos que nadie nos lo cuente ni lo pensamos porque nos lo cuenten; lo vemos, como lo veíamos –si no éramos tontos entonces, no lo somos ahora.

Pero el señor Diego dice que es puro cuento y por eso mandó a los que lo cuentan y a los demás que lo critican –a todos nosotros– a chupársela o, incluso, mamársela. Yo creo, señor Diego, que si usted lo dice sabe por qué lo dice, y sólo quiero pedirle que se haga cargo de sus palabras. Nos pidió –nos ordenó– que se la chupáramos; aquí estamos, dispuestos a tomar sus órdenes como deseos o algo así. Sólo queda que usted fije día y hora, un lugar más o menos discreto –dentro de lo que cabe–, y varios millones nos pondremos en cola para ejercer, de uno en fondo, esa succión que usted comanda. Quizá nos lleve días o semanas: valdrá la pena complacerlo. Será nuestro último homenaje, por los buenos viejos tiempos. Después, si sobrevive usted a tanto respeto –ya no creo que podamos considerarlo amor–, olvídenos, vayase por favor adonde pueda y permítanos recordarlo como era cuando era maradona.

Digo: no siga destruyendo su memoria.

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(Ya pasaron diez años, seguimos esperando. Mientras tanto, muy feliz año, señor Diego)

Donde dije Lío digo Leo

Martín Caparrós

Lo que impresiona es la incapacidad, la incompetencia. El segundo deportista más rico del mundo decide hacer una movida judicial para dejar la institución donde trabajó los últimos 20 años. Entonces, rico como es, contrata al estudio/bufete de abogados más reputado de su país para que lo guíen en la ruptura. Así guiado, el segundo deportista más rico del mundo manda un “burofax” diciendo que donde su contrato dice 10 de junio no quiere decir 10 de junio sino 25 de agosto y que, por lo tanto, puede romperlo sin pagar los 700 millones de euros que ese contrato prevé para casos de fuga. La institución, previsible, catalana, le dice que ni en pedo y que si no cumple con sus obligaciones lo va a llevar a juicio y le va a hacer pagar hasta el último céntimo y, con todo cariño, le va a amargar la vida. Entonces el segundo deportista se da cuenta de que ningún club va a querer contratarlo bajo la amenaza de pagar esos 700 millones de euros y entiende que si va a juicio puede pasarse mucho tiempo sin jugar y entiende –al fin entiende– que ya no está para esos trotes y sale a decir que sus hijos lloran y que él nunca quiso decir lo que dijo y que se va a quedar y donde dije Lío digo Leo, digamos, porque decir que donde dije digo digo Diego tiene reminiscencias muy extrañas.

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(And I’m not that messy anymore.)

Es, con todo respeto, un papelón, una vergüenza. Para el segundo deportista más rico, pobre, que ahora tiene que hacer malabarismos sin pelota para explicar –y explicarse– por qué está haciendo lo contrario de lo que quería hacer y, por supuesto, para sus abogados, agentes y parientes que lo llevaron por este camino de derrota. Pero también, de algún modo, para todos los que, estúpidamente, miramos este show como si fuera algo.

(No fue nada. Y no fue, sobre todo, esa gesta de libertad individual y romanticismo futbolero y demás chorradas que algunos arguyeron. Es, sí, bruto triunfo del sistema –un tipo firmó un contrato y de pronto decidió no cumplirlo y le mostraron que sí lo cumpliría– pero lo consiguió contra uno de los señores que más y mejor se han aprovechado de ese sistema. Se había aprovechado tanto que creyó que podía cagarse en él; su sistema le demostró que no podía. Que si había firmado un papel para ganar en un año de sumisión intolerable lo que el 99,97 por ciento de las personas no gana en una vida, se lo harían cumplir.)

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Ahora Lionel Messi tendrá que salir a jugar al Camp Nou y simular que quiere, que quiso, que nunca dejó de querer. No será fácil: la magia se rompió. En pocos días, para muchas personas, Messi se convirtió en un muchacho caprichoso y desagradecido. Ahora va a ser mucho más difícil atribuirle esa ficción que pretende que un jugador de fútbol juega en un equipo porque lo eligió y que lo quiere como lo quieren los que lo eligen cada semana de su vida: esa ficción difícil de creer en que se basa el fútbol. Y que Messi encarnaba mejor que casi nadie porque siempre había estado en el mismo club, aunque dijera que era hincha de otro.

No creo que Messi se preocupe por eso: sabe –de algún modo sabe– que el olvido lo salva. Si el olvido es fácil en general, nunca es más fácil que en un campo de fútbol. Messi hará unos goles, y, en cuanto gane un partido importante, miles y miles querrán creer que nada de esto sucedió realmente y harán como si no hubiera sucedido. Pero, tan caprichoso como el olvido, el recuerdo también puede volver corriendo: si sigue fallando como fallaba últimamente –si el tiempo se manifiesta como se había manifestado últimamente– miles y miles recordarán que ese muchacho que antes era dios ahora solo es un cura que renunció a la verdadera religión porque quiso correr tras unas faldas. Y, con el tiempo, le aplicarán el olvido verdadero: el que hace que, hoy, nadie sepa quién era Jairzinho.

Nada importante, por supuesto: solo fútbol. La ficción futbolera podrá con esto y mucho más: tiene la gran ventaja de que lo que queremos es creerle. Lo que casi me preocupa es que Messi lo haya hecho tan rematadamente mal: quería irse, tiene que quedarse. O sea: lo que realmente me impresiona es que una operación que involucra al segundo deportista más rico del mundo y varios cientos de millones de dólares o euros y un par de jeques árabes y algunas de las empresas más poderosas del planeta se haga tan mal: que lleve, finalmente, al resultado exactamente contrario del que buscaba.

Si esto es así en temas de esta importancia, de este porte, ¿qué se puede esperar de tonterías como, digamos, desactivar una pandemia?

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En voz alta:

Messi la rompe

.Martín Caparrós

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Messi se fue.

Mientras duró, de todo hizo placer;

cuando se fue, nada dejó que no doliera

–escribió, preclaro, hacia 1940 el gran Macedonio Fernández.

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Messi se va, o dice que se va. Nadie sabe, en estos días confusos, qué es anuncio y qué es amenaza en esta riña de gallos cocoritos. Lo cierto es que ayer mandó un burofax –“burofax” es la clave de todo– a su club que dice que deben liberarlo gratis porque tenía una cláusula que se lo permitía y que aunque esa cláusula vencía el 10 de junio en realidad no venció el 10 de junio porque 10 de junio no quiere decir 10 de junio sino fin de la temporada y la temporada acaba de acabar. El poder metafórico de las fechas es su última genialidad, y va a cambiar ciertas formas del tiempo: ahora, ¿quién podría negar que un contrato que termina el 21 de septiembre en realidad debe terminar el día en que caigan primeras hojas otoñales, en el Norte, o florezcan capullos, en el Sur?

Todo florece, todo cae. Lionel Messi postula la inutilidad del calendario y manda un documento como quien manda un esputo volante, para empezar una pelea, agarrame que lo mato. Es curioso lo mal que suelen terminar las relaciones entre los futbolistas y sus clubes: dificultad de los adioses. Nos enteramos cuando le pasa a Messi o a Ronaldo o Casillas o Juan Román Riquelme, pero sucede casi siempre. Como si hubiera algo básico que impide un buen final. Durante años, un muchacho ha vivido en un club, para un club: ese club ha sido la mitad de su vida, la razón de su vida. Durante esos años, además, las formas imponen que ese muchacho manifieste que ese club le importa mucho –y quizás incluso sea cierto. Y las formas imponen, como casi siempre, que se proclame amor lo que es puro interés compuesto.

Pero, durante todos esos años, tanto el club como el muchacho han sentido que daban más que el otro –la clave de todas las parejas– y lo han soportado porque creían que así conseguirían lo que querían. De pronto pasa algo –el muchacho ya no es lo que fue, el club ya no es lo que fue, los dineros, las famas, el tiempo– por lo cual dejan de soportar lo que antes sí. Y no encuentran, casi nunca, una forma civilizada de arreglarlo porque esa revelación nunca llega a los dos al mismo tiempo –y uno de los dos se siente desdeñado. Es el momento de algún drama, tan menor como todos los dramas que se ventilan en los diarios. Y entonces, como nos aburrimos, seguimos ese drama, lo hacemos nuestro drama.

El drama, ahora, no es que Messi se vaya; es, como siempre, cómo. El burofax, en este caso. Su partida entre odiosa e insidiosa recupera la vieja duda sobre su condición: siempre nos preguntamos si era más catalán o más argentino. El cliché del argentino dice que somos avivados, que siempre intentamos sacar ventajita de todo. El cliché del catalán dice que son agarrados, que siempre tratan de pagar lo menos posible. Messi, entonces, ¿sería la síntesis perfecta?

Seguramente tiene razones para irse. Vuelan las teorías conspirativas, que si fue porque Koeman no le iba a tolerar sus viejos privilegios, que si fueron esos privilegios los que arruinaron este equipo, que si su odio con su presidente catalán, que si su amistad con su amigo uruguayo, que si, que si, Messi.

Lo brutal es que se vaya con esta furia, este portazo. Como quien quiere asegurarse de dejar, detrás, tierra arrasada: como quien teme arrepentirse y dice voy a insultarlo tanto que ya nunca vamos a poder..

Pero es triste desbaratar así tu herencia, tu “legado”. O, dicho de un modo menos cursi: el pibe se pasó veinte putos años de su vida en Barcelona, en el Barcelona. Ahí se curó, creció, se hizo mayor, jugó, ganó, armó su vida, se vistió de millones y millones. Ahí lo quisieron como no lo quisieron en ningún otro lado –y seguro que no en la Argentina. ¿Y ahora, de pronto, en un arranque muy justo o muy injusto, se va cuando su club lo necesita, cuando su club está jodido y tiene que reconstruirse y contaba con él como la base para hacerlo? Él tiene sus razones: seguro, uno siempre tiene sus razones. Pero en mi barrio, de puro prejuiciosos, a los muchachos que hacían eso les decían cosas feas. Mi barrio, sabemos, era raro.

Si se va así, regateando fechas y esquilmando dineros, miles y miles lo van a odiar un poco. No mucho, claro; los catalanes no parecen de esos. Pero sí lo suficiente como para que Barcelona deje de ser ese segundo/primer hogar que fue desde sus 13. Es extraño que alguien destruya así una casa tan amplia, tan bien hecha, tan lujosa, tan cálida. En argentino, romperla es jugar increíble: Messi la rompió cientos de veces. En español, romperla es romperla; Messi está rompiendo la mitad de su vida. Messi siempre la rompe, ya sabíamos.

Queda por saber por qué lo hace así como lo hace. Hay quienes suponen que porque no se entera: no se da cuenta de quién es ni de cuánto lo quieren ni de cuánto menos lo van a querer si se va de este modo. Otros presumen que, al contrario, porque llega un momento en que todos nos creemos que podemos hacer lo que queremos, que nos lo hemos ganado, que somos Messi y hay que respetarnos. Otros sospechan que porque todavía se imagina que lo malo de su último año de fútbol no fue él sino el Barça, y que si se va a otro equipo volverá a ser Messi. Es una ilusión válida: nos pasa a casi todos.

Pero si lo hace, como se dice mucho, para jugar en un equipo donde pueda llevarse alguna copa más, está jodido. Algunos lo llaman egoísmo; otros, espíritu de competencia, fuego sagrado, ganar a toda costa, y en estos tiempos tiene muy buena prensa: parece que es lo que mueve al mundo –hacia el abismo.

Quizá para ser Messi hay que creer en eso;

quizás ese es el precio.

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Amor se fue.

Mientras duró, de todo hizo placer;

cuando se fue, nada dejó que no doliera.

(Messi pasa, Macedonio queda.)

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En voz alta:

Un coñazo

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Martín Caparrós

Mea culpa, mea grandissima culpa y qué tarado y todo eso. Sí, lo confieso: esperaba con entusiasmo este partido. E incluso había pensado escribir sobre él. Después, faltaba más, me arrepentí: fue tan aburrido que habría que ser demasiado bueno para sacarle algún jugo.

Y eso que, en principio, prometía. Es difícil que un partido de estos no prometa: lo hacemos prometer, le inventamos sus cosas. Digamos, por ejemplo, Francia contra Alemania. Desde que Alemania empezó a existir, hace más de siglo y medio, la historia de Europa estuvo marcada por su rivalidad con Francia. Eran, al fin y al cabo, dos potencias demasiado parecidas, demasiado distintas, y compartían fronteras y ambiciones. En el ’14 y en el ’39, las guerras entre ambas terminaron con millones de muertos. Se odian, siempre se odiaron, aunque ahora la rivalidad siga en terrenos más amables –y sin embargo nunca habían ocupado en el más amable de todos los terrenos de las patrias: una final continental, una cancha de fútbol.

Y ahora al fin lo hacían, y además se enfrentaban, supuestamente, dos ideas del mundo: el individuo contra la organización, la improvisación contra el método, el arte contra la máquina. Lo bueno del fútbol es que todo esto suena casi real –y, sobre todo, que te permite decir cosas de ésas y quedarte tan fresco.

Lo cierto, si acaso, si hay algo cierto, es que en el fútbol actual tener de tu parte al individuo, a la improvisación, al arte cuesta una fortuna: es un lujo de jeques y otros ladrones de subsuelos. La belleza en el fútbol es privilegio de los ricos más ricos: los cuatro o cinco que se lo compran todo. (La belleza a menudo lo es, y es un problema: va a haber que inventar otras bellezas.)

Pero ninguno como el PSG. El Paris tiene entre sus jugadores a los dos muchachos más caros de estos días: Mbappé y Neymar. En su equipo titular de hoy, el club francés, alonsanfán y todo, tenía dos jugadores franceses; el resto eran tres españoles, dos argentinos, dos brasileños, un alemán y un tico. Todos comprados, la mayoría carísimos.

Y es un lío: uno –yo– en principio querría que ganaran los creativos, los artistas, los exquisitos del insigne balompié; en principio, también, no querría que ganasen los que los acaparan a fuerza de millones. El problema –otro problema– es que del otro lado estaba el Bayern de Munich: otro equipo carísimo –el más rico del país más rico de Europa– solo que con una idea más germana de disolución del individuo, de construcción de un mecanismo colectivo. Lo que dijo aquel célebre líder alemán: que “solo la organización vence al tiempo”.

Y así fue el partido: los germanos se instalaron en el campo francés, presionaron, atropellaron, apretaron, no armaron media jugada agradable a los ojos: eran doce o trece o quién sabe quince jugadores corriendo sin parar, desplegándose por todas partes, avasallando a los franceses honorarios. Que, por su parte, intentaban de vez en cuando alguna cabalgata: salir corriendo con sus caros y aprovechar el adelantamiento de los alemanes para robarle la milch al sempiterno katze. Solo que las dos o tres veces que llegaron a la otra punta se encontraron con un arquero alto y rubio tan caprichoso que jugaba sin manos y, solo con los pies, atajó todo lo que le tiraron.

Así, en esas breves líneas, se sintetiza todo. Los alemanes aburrieron a propios y extraños –salvo cuando la tocaba el español Tiago Alcantara, el mejor jugador que el Barcelona dejó ir después de Maradona, o el canadiense Davis, un maleducado– pero mantuvieron el control, que es lo suyo, a fuerza de esfuerzo y convicción y despliegue energético, y en un centro pasado a la hora de partido consiguieron incluso hacer un gol con la cabeza. El responsable, un señor Coman, había empezado en el PSGerm, donde no lo quisieron cuando chico porque no costaba suficientemente.

Y ya: los dos muchachos caros estaban en un día barato y no supieron hacer nada. Kyllian Mbappé, el más caro de todos, se había perdido un gol tan fácil en el primer tiempo y nunca más: andaba como alma en pena chantilly, suave, flotante. En cambio Neymar los corría a todos, bajaba a pedir la pelota, se la daban, la perdía enseguida: se ve que hoy se creía que se jugaba, de algún modo, su carrera, y ya veía que salía segundo. Hace tres años Neymar se fue del mejor equipo del mundo de esos días porque quería demostrar que él podía ser más que el segundo mejor; si, tras el desastre del Barça, hoy hubiera ganado la Champions, lo habría conseguido. Su derrota es la derrota de todos estos años, la comprobación de que no hizo lo que habría debido.

Un hondo drama humano, una vez más: un muchacho de 28 años que solo gana 60 o 70 millones de euros al año y se aburre algunas noches con la modelo de turno porque no encuentra el amor verdadero o ese anillo debajo de la cama o el destino de su inmenso talento –y sale a su jardín a tirar bicicletas contra el perro y se muerde con él y se revuelca y canta, mientras tanto, muy desafinado. En fin, decíamos: un partido aburrido. Uno a veces se cree que cuando mira un partido de fútbol está mirando un partido de fútbol; uno como este te demuestra que no.

Si hubiera sido por el partido lo habríamos apagado después de media hora; si no lo hicimos fue porque era lo que era. Lo que uno mira, cuando mira un partido, son tantas otras cosas: sus recuerdos, la historia, el drama de Mengano o de Zutano, las patrias que se enfrentan, los dineros perdidos, las envidias ganadas. Eso es lo genial del fútbol: su capacidad para sintetizar, en dos horas de relativo tedio, tanta cosa. Hoy, entonces, eso es lo que hubo. Eso, y la preocupación de pensar que si aparecen, como suelen, muchos imitadores del modelo triunfador –si muchos técnicos ponen a sus equipos a jugar como el Bayern de Munich– este año de estadios apestados va a resultar un auténtico coñazo.

Otro más, digamos.

El tiempo

.Martín Caparrós

¡Qué jugador que fue Leo Messi!

Estoy mirando un compendio de sus grandes momentos. Aquel gol al Getafe, el de Brasil con Argentina, docenas al Madrid, el del Athletic de Bilbao saliendo del encierro, el que sentó a Boateng y tantos, tantos, tantos: una serie infinita de goles que se parecían en que eran imposibles y él los hacía como si fuera lo más normal del mundo, como quien dice que yo, usted, mi tía Porota también los habríamos hecho así de fácil. Lo miro, no lo creo, me río, murmuro cada vez qué hijo de puta cómo puede hacer eso. Leo Messi se pasó quince años haciendo posible lo imposible. Esta noche también.

El Barcelona acaba de comerse ocho goles, como nunca, como nadie, como nada. Messi no tiene, faltaba más, la culpa; es toda nuestra, de los idiotas que creímos que había cosas que podían durar para siempre. Él, además, lo sabía: se pasó todo el año diciendo que su equipo ya no era lo que fue, que no estaba en condiciones de ganar la Champions. Messi sabía: algo se había acabado y nadie lo aceptaba. Messi sabía, y no sabía qué hacer. Pero Messi siempre supo qué era el tiempo.

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Messi sabía, supongo, que el Barça ya había dejado de ser el Barça. Se notó demasiado, últimamente. Se notó demasiado, esta noche, cuando su técnico dio la alineación: un 4-4-2 que se cisca en todos sus principios, los suyos y los del Barcelona.

Hubo años –muchos años– en que el Barcelona jugaba su fútbol y todos los demás desesperaban tratando de pararlo. Es la marca de los grandes equipos: juegan –casi– igual frente a cualquiera, dicen aquí estoy yo, a ver cómo me aguantan. El Barcelona ya no es capaz de hacerlo. Este Barcelona salió con un equipo de picapiedras –cuatro volantes, uno solo de ataque– que ni siquiera picó piedras. Un equipo de contención que no contuvo a nadie. Un equipo puro homenaje a su contrario. Podrían haber decidido jugársela hasta el fin y caer, si caían, con honor. Pero no: intentaron zafar, prolongar un ratito la agonía. Queda tan lindo cuando alguien no se rinde.

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El partido fue un chiste: desde el principio, el chiste malo de un borracho. De esos pesados que los cuentan mal, que se babean. Las tres primeras pelotas del Barcelona las tocó Busquets: regaló las tres con pases malos, el tercero a Messi. Es fácil encontrar presagios donde solo queda alguna sombra. A la cuarta pelota que perdió, en el minuto dos y medio, el Bayern la subió, armó una pared distinguida por el centro del área –ese lugar donde los equipos serios no dejan espacios– y Müller la puso en un rincón. No habían pasado tres minutos y ya estaba ganando. Pero después no habían pasado otros tres cuando Alaba, gran Messi involuntario, la clavó de emboquillada en un ángulo –de su propio arco. Hubo unos minutos en que el Bayern se quedó boleado, pero el Barça no supo aprovecharlo: de ahí en más, todo fue su caída. Goles y goles y más goles: un equipo paseándose frente a otro que no sabía dónde estaba. El Barcelona se dejaba jugar, miraba melancólico.

He visto pocos partidos tan claros: el Bayern presionaba muy duro en los tres cuartos, recuperaba pelotas peligrosas, en tres o cuatro toques se metían en el arco. A cambio se quedaban muy abiertos atrás, pero el Barça no sabía aprovecharlo. El área del Barcelona era un flan sin crema, donde todos pasaban; la del Bayern también pero no la atacaban suficiente: solo Messi y Suárez. Golpe por golpe, pero los alemanes sí pegaban: en menos de media hora ganaban 4 a 1.

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Entregados: los barcelonos no la peleaban, no corrían, no ponían la pierna; ni siquiera se desesperaban. El partido seguía como era: con un equipo que no sabía qué hacía, para qué estaba ahí, y el otro que la tenía tan clara. En el segundo tiempo llegaron los momentos de la burla. Ninguna, seguramente, como la entrada del 10 del Bayern, uno que suele ser suplente, y lo pusieron y metió dos goles.

El 10 del Bayern se llama Coutinho y es el mejor símbolo: el jugador más caro de la historia del Barcelona lleva dos años exiliado porque nunca supieron cómo usarlo, y ahora está prestado, gratis, en el Bayern. Junto a él uno de los volantes más elegantes que he visto, Thiago Alcantara, también se había tenido que ir de Barcelona porque no le encontraron un lugar acorde.

Pocos equipos han desperdiciado, en los últimos años, tantos jugadores, tanta plata. Su otra compra reciente carísima, Griezmann, jugó medio partido y tocó seis pelotas y no dio un pase que sirviera; la tercera, Dembelé, no jugó porque lleva casi un año lesionado. Mientras, los jóvenes que podrían haber hecho alguna diferencia estaban en el banco porque su entrenador no tuvo la valentía de ponerlos. Al borracho cada vez se le entendía peor; contaba el mismo chiste, se le caía la baba.

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“A veces, muy de tanto en tanto, pasan cosas que nunca habían pasado”, escribí hace seis años, cuando un equipo alemán le hizo siete a Brasil. Ahora también: cosas que nunca habían pasado. El Barcelona comiéndose ocho goles. ¿Qué pasa cuando lo que sucede no parece real? ¿Qué, cuando todo se diría un error? Son los momentos que después no se olvidan. Vivimos en la normalidad –la nueva, la vieja, la cualquiera–; de vez en cuando algo la rompe en mil pedazos. Así esta noche, en la modesta escala que es el fútbol.

El Barcelona fue el mejor equipo que ví en mi vida. Su decadencia empezó, está claro, cuando Xavi tuvo que irse y a alguien se le ocurrió que en su lugar podía jugar un tal Rakitic. Su decadencia se ahondó cuando su mejor esperanza de recuperación, Neymar, se escapó y el club no supo o no quiso retenerlo. Esta noche será, para siempre, la fecha final de aquella lápida.

Quizá sea mejor que haya sido así: que un equipo que lleva años desarmado ya no pueda simular que no lo está. Hoy el Barcelona demostró tajante que no es nada. No tiene autoridades, no tiene técnico, no tiene convicciones, no tiene casi jugadores: no tiene más remedio que empezar de nuevo. Pero muy pocos de los que jugaron esta noche sirven para hacerlo. El proceso, si acaso, será largo, y debe armarse en un momento en que el fútbol de los más ricos está pobre: por el Covid, ya no tienen los millones que tenían, así que la solución no podrá ser comprarse tres o cuatro estrellas. Por suerte, en los últimos años quedó tan claro que ese sistema no funciona. Y, esta noche, que es necesario intentar otro.

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Yo, mientras, sigo mirando ese compendio, los goles imposibles, aquel muchacho que ni siquiera nos sorprendía porque sabíamos que era capaz de todo. Esta noche, como tantas de estas últimas noches, penó, perdió, quiso jugar como jugaba, se creyó que seguía siendo Messi, falló más que acertó. En el minuto 20 supo mostrarnos quién es él ahora: se fue entre dos o tres, en una de sus jugadas clásicas –en la única de sus jugadas clásicas que le saldría en toda la noche– y al final, a la entrada del área, un poquito ladeado, en esa posición desde la que se cansó de meter goles, la pateó mansa al cuerpo del arquero.

Qué gran jugador que fue Leo Messi..

Qué tontos fuimos cuando creímos –sin pensarlo, casi sin darnos cuenta– que el tiempo no pasaba. Hoy, sin ir más lejos, imaginamos que al Barcelona le había ganado el Bayern.

Un equipo común

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Martín Caparrós

Fue casi un trámite. O, si acaso, uno de estos partidos de pandemia: más leves, menos peleados, más casuales. Se diría que el fútbol con virus es al fútbol lo que la vida con virus a la vida: una versión simplificada, despojada de esas cosas superfluas que la llenaban de atractivo. La pandemia nos ha convertido a todos en máquinas de sobrevivir; a los futbolistas, por ahora, en empleados públicos. Hacen lo que tienen que hacer, no mucho más. Si esto sigue así va a resultar que los espectadores servían para algo.

Así fue cómo, ayer, dos grandes –los campeones de España e Italia– perdieron sin desesperarse por ganar; así fue cómo hoy el Barcelona cumplió con el trámite de no perder en su cancha con el Napoli.

El Barcelona tenía una ventaja notable: que Messi es mucho más astuto que Maradona y, por eso, nunca se le ocurrió irse al Napoli. Pero últimamente venía jugando mal, cayendo mal, desarmándose. Así que encaró el partido con miedito: su entrenador dejó en el banco a sus dos mejores jugadores de las últimas fechas –Riqui Puig y Ansu Fati, demasiado jóvenes, demasiado Masia– para poner en su lugar dos veteranos rubios aburridos. El señor Setién, que llegó proclamando un regreso a las tradiciones del juego Barça, se cuidaba y armaba un sistema de trasero contra el muro. El señor parece encerrado en un círculo vicioso: como las cosas no funcionan, no arriesga, y entonces las cosas funcionan menos todavía. En mi barrio los llaman goncas. Pero, sabemos, en mi barrio la gente habla muy raro.

Durante unos minutos pareció que Setién tenía razón: que se le podía complicar. En el primero el Napoli –Mertens– metió un tiro en el poste; de pronto, cualquier catástrofe parecía posible. El Barcelona se pasó un rato sin tocar la pelota: 73 por ciento de posesión para los italianos. Hasta que, a los 10, en un corner con empujones y caídas, Lenglet cabeceó y la mandó a guardar. Messi, es cierto, fue el primero en llegar a abrazarlo. Con toda injusticia, sin haber hecho nada, el Barcelona iba ganando.

Es curioso lo que puede hacer un gol. El Napoli se desanimó, el Barça empezó a apoderarse del partido. Sin guirnaldas ni alardes lo controló un ratito. Y a los 22’ Messi metió su gol. Fue un gol de Messi ahora: a trompicones, con dos o tres rebotes en contrarios, cayéndose, pateando desde el suelo. Tan lejos de aquel jugador que controlaba todo, que llegaba a aburrir de lo fácil que le resultaba pasar a dos o tres como si fueran muñecos de feria y tocarla a un rincón.

Lionel Andrés Messi tiene 33 años y sigue siendo un futbolista extraordinario. El problema es que es peor que Messi. Sigue siendo capaz de muchas cosas, pero muchas le cuestan –y, a veces, parece que todavía no se ha dado cuenta. Si las estadísticas no fueran tan púdicas, si no tuvieran tal respeto por el famoseo, dirían la cantidad de pelotas que pierde en gambetas que no terminan y pases que no llegan. Es, a menudo, un peligro para su equipo. Y otras veces lo salva.

Con dos goles de ventaja, con cierto dominio, el Barcelona se sentía tranquilo. Y más unos minutos después, cuando Messi guapeó en el área y metió el tercero, su segundo. A veces, pensando en la necesaria transformación de Messi para pasar sus últimos años en el fútbol, imaginé que debía convertirse en un Xavi que distribuyera juego desde más atrás; viéndolo estos días sospecho que quizá sea mejor que se estacione lo más adelante posible y se dedique a pescar en el área, donde, chiquito y tan hábil, puede inventar en tiempos y espacios imposibles para los demás.

El gol, de todos modos, fue anulado: el VAR imaginó que Messi la había tocado con la mano, cuando nadie, durante la jugada, había visto a Messi tocarla con la mano. El VAR rompe mucho los partidos, rompe mucho las pelotas, rompe el pacto fundamental del fútbol que decía que lo que ves es lo que es: que si la pelota entraba al arco y el lineman no levantaba la bandera y el referí apuntaba al medio era gol y podías gritarlo como se grita un gol. Ya no: ahora los goles se celebran ad referendum de lo que dirán unos señores que nadie ha visto. Con la intensidad de lo que puede ser mentira: casi nada. El fact-checking en el fútbol es todavía más obsceno: se hace a la vista de millones. Y es otra lección de poder: todo depende de otros, encerrados en un cuarto lejano. Prepotencia de la técnica en la era del algoritmo: más intentos de convencernos de que las máquinas saben más que las personas.

Minutos después el VAR volvió a meterse: Messi le birló una pelota –estilo Jesus– a Koulibaly y el moreno franco-senegalo-italiano le pateó la pierna, pero el árbitro no vio nada. Hasta que los VAR le dijeron que cobrara penal, y Suárez lo metió. El primer tiempo ya terminaba 3 a 0, terminante, terminado, pero el árbitro e Insigne decidieron que no: otro penal, 1 a 3 y el partido volvía a abrirse –un poco.

El segundo tiempo sobró: no pasó nada. ni un gol, ni una jugada recordable, ni un momento de belleza o emoción. El Barcelona de Setién decidió conservar y lo hizo, en muchos tramos, sin la pelota. El Napoli intentaba ir para adelante pero no tenía claridad ni juego. El Barcelona aguantaba sin más luces. Su defensa, pese a Piquet y Lenglet, es temblorosa. Hoy faltaba Busquets, sancionado, pero aun con él su mediocampo es pobre. Hoy estaba Rakitic, que no sabe armar juego, Roberto, que puede acompañar si tiene a quién, y De Jong, que pudo, de tanto en tanto, aclarar la pelota y acercarla al área –en la posición que debería ocupar el pobre Arthur Melo.

Más arriba los esperaba Suárez, que está para terminar lo que otros empiecen, y Griezmann, que está para estar. Hoy, como suele, corrió y corrió y corrió y en un momento dio un pase hacia adelante –y la sociedad, que es injusta y rencorosa, no lo celebró.

El partido se iba deshilachando. Los dos equipos compartieron la posesión fifty-fifty y la cantidad de pases, unos 500 cada uno: al Barça no solía sucederle. Todo parecía resuelto, pero el Barcelona consiguió perder, en las últimas Champions, eliminatorias más fáciles: las sombras de Liverpool y Roma planeaban sobre la cancha vacía. A los 80 hubo un gol napo-polaco que sacó a pasear a los fantasmas. Fueron unos segundos, porque era offside, pero segundos largos. Y después se acabó: el Barcelona había ganado sus octavos.

El viernes próximo, entonces, jugará su partido de cuartos en Lisboa contra el Bayern Munich, el quizá favorito, que le ganó al Chelsea por un global de 7 a 1. El Barcelona puede ganar, por supuesto, pero no sería una sorpresa si perdiera. Tampoco si, más allá de ganar o perder, aburriera. El Barcelona ahora es como Messi: no es un mal equipo, solo que es tanto peor que sí mismo –en cualquiera de sus versiones anteriores.

Por supuesto, todavía ofrece cierta belleza: Messi de tanto en tanto, el exquisito toque de pelota de algunos jugadores –De Jong, Ter Stegen–, los jovencitos que no juegan. Pero durante años ver al Barcelona fue una obligación –tan placentera– para quienquiera le gustara el fútbol. Ahora está bien para que lo miren sus hinchas, se aburran, sufran, se emocionen –igual que los hinchas de Deportivo Riestra, del Junior de Barranquilla, del Necaxa. El Barcelona, con gran esfuerzo, con el trabajo denodado de todos estos años, ha conseguido convertirse en un equipo muy común, y es una pena.

Los que ganan, pierden

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Martín Caparrós

¿Cómo se hace para seguir queriendo? ¿Por qué querer otra vez lo que uno ya ha tenido muchas veces? No es fácil, en general, contestar esa pregunta. Nos pasamos la vida intentándolo: que si el orgullo, el dinero, la costumbre, el cariño y otros inventos semejantes. El Madrid, esta noche, no encontró su respuesta.

Y eso que salió al Etihad dispuesto a todo: tenía que ganar por dos goles, proclamar que esa copa, que ganó tantas veces, sigue siendo suya. Para eso llevaba unas camisetas rosa gritito que solo podía reivindicar goleando. Junto con el celeste del Manchester City, su contrario, parecían un negocio de ropa de bebés de antes. Y, por supuesto, no había público. La pandemia, reina del carnaval, lo había conseguido: la Champions, la copa más clamorosa de estas partes, se jugaba en silencio.

Solo gritaban, en las bandas, dos señores. Era el duelo de dos pelados parecidos, los dos tan elegantes, los dos flacos espléndidos, los dos llegando a los 50, los dos grandes ex jugadores en los dos grandes equipos españoles –que ganaron, ya como entrenadores, seis Champions y otros 35 campeonatos entre ambos.

 Pero el partido no estaba nada claro: el Real Madrid debía reparar la desgracia de un equipo que se llamaba igual y que, cinco meses atrás, jugaba poco y perdió en su campo con el City. Es eso que, a falta de mejor nombre, llamamos historia: hacerse cargo de los errores de otros que, en otros tiempos, ocuparon esos mismos lugares, enarbolaron esas mismas banderas. El Madrid, patriota de sí mismo, salió a vengarse de su pasado: muy a menudo no funciona.

El partido era raro. Cada cual jugaba, a priori, a lo contrario: el Madrid, que cada vez defiende mejor, tenía que meter goles; el City, gran ofensor, debía impedirlos. La inversión no tenía un pronóstico preciso, pero todo empezó a resolverse con una tontería de partido de fin de semana, solteros contra casados –si es que todavía quedan solteros y casados. Varane, central campeón del mundo, dejó que Gabriel Jesús le robara una pelota imposible a cinco metros de su arco y regaló un gol de esos que nunca nadie sueña. Lo metió Sterling, pero era puro efecto de la famosa presión alta: la idea de que lo que tenga que pasar mejor que pase cerca del arco contrario, donde las pelotas rinden mucho más. Así, a los nueve minutos, Manchester ganaba 1 a 0, 3 a 1 en el global.

Y el partido se hundió por un rato. El City, Guardiola puro, toqueteaba y tocaba y toqueteaba. Es un sistema que consigue, al mismo tiempo, varios objetivos: impedir que la tenga el contrario, ponerlo de los nervios, hacerlo sentir una basura y, de paso, ir acercándose a su arco y, si acaso, tirar algún tirito. Aunque ver al City de Guardiola es –muy fuerte, muy claro– no ver al Barça de Guardiola: ver un remedo, un como si, que usa el mismo modelo con jugadores que no están a la altura. Ver al City de Guardiola eleva todavía más, si fuera posible, al Barça de Guardiola.

Varane mediante, a los diez minutos todo parecía listo, decidido. Otros equipos se habrían derrumbado; el Madrid no. El Madrid tiene eso que nadie sabe en qué consiste pero lo lleva a ser, casi siempre, el equipo más competitivo del mundo, el más ganador. Así que sin mucho juego se fue acercando al área del City y a los 27 el brasilero Rodrygo desbordó por la derecha y puso un centro perfecto para la cabeza del francés Benzema, que le dio de pique abajo. Un gol de nueve del nueve menos nueve, y el empate.

El partido había entrado en un modelo claro: manejo del City, arrebatos del Madrid, pocos peligros. El Madrid solo amenazaba con Benzéma –y, cada tanto, Courtois lo salvaba de la estocada final. Casemiro perdía muchas pelotas, Kroos no las agarraba, Modric paseaba y Hazard, que de movida pareció, se había cansado. Benzéma seguía insistiendo pero no había quién le subiera bolas más o menos decentes. Ya era el segundo tiempo, y no pasaba mucho. El City dominaba, parecía que tenía todo controlado, pero enfrente estaba el Madrid: el gran especialista en ganar –aún sin jugar. Guardiola tenía cara de asustado, aunque De Bruyne era una amenaza elegante y constante –dos veces casi mete un gol olímpico– y Sterling se floreaba hacia delante.

No parecía una final de nada. Faltaba nervio, energía, un poco de barbarie. Todo tan lindo, tan fair play: ese juego que juegan los ricos donde, por ejemplo, el Madrid hizo tres fouls en 90 minutos. Pero el fútbol –ustedes disculpen– suele ser como la vida: largos lapsos en que no pasa nada para que, de repente, algo lo cambie todo. Después, despistados, intentamos pensar que todo lo anterior fue la base lógica sobre la cual se edificó ese momento decisivo: son manotazos de ahogado que da la razón para tratar de ocupar algún lugar, y consolarnos.

Aquí ese momento llegó en el minuto 67, con el segundo desastre de Varane: hay golpes en la vida tan duros, yo no sé. ¿Por qué un señor que se pasa toda la suya dedicado a esto, que llega a ser uno de los mejores en su puesto, campeón del mundo y esas cosas, se porta de pronto como un pazguato rosita y hace dos veces lo que antes nunca hizo ni una? Nadie lo sabe. Lo cierto es que Raphaël Varane volvió a perder una pelota idiota a diez metros de su arco, y Gabriel Jesus se la pescó y metió el segundo. Hay una lección en su optimismo pesimista: un hombre que confía en que los otros son un desastre, que está listo para aprovecharlo –que acierta al apostar al fracaso ajeno. Jesus, claro.

El Madrid se desarmó. Antes no podía pero creía; ahora, ante el error, el equipo más creyente del mundo había dejado de creer. Los minutos pasaron para nada, sin promesa; Zidane tampoco la renovaba con cambios o sacudidas: parecía resignado. El City se perdió un par de goles, el Madrid se perdió a sí mismo: estaba afuera. Zidane había ganado sus doce eliminatorias de Champions; fatal, no pudo con la trece. El Real, enfrentado por fin con un rival en serio, no pareció tan distinto del de antes de la peste. Alguien diría que, si ganó la Liga, no fue porque era bueno sino solo el mejor. Y ser el mejor, en general, no alcanza.

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P.D.: Mientras tanto, en Turín, la lógica –del dinero del fútbol– también se tambaleaba: Cristiano Ronaldo y sus amiguitos en blanco y negro no conseguían remontar un gol frente al Olympique de Lyon, y hacían chau con la mano. En una noche rara, los campeones de Italia y España eran derrotados por unos segundones de Inglaterra y Francia. En 1939 hubiera sido espléndido. Sucedió, como todo, ochenta años demasiado tarde.

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