un cuarto –medio medio– propio

Categoría: ChaChaChampions

Un equipo común

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Martín Caparrós

Fue casi un trámite. O, si acaso, uno de estos partidos de pandemia: más leves, menos peleados, más casuales. Se diría que el fútbol con virus es al fútbol lo que la vida con virus a la vida: una versión simplificada, despojada de esas cosas superfluas que la llenaban de atractivo. La pandemia nos ha convertido a todos en máquinas de sobrevivir; a los futbolistas, por ahora, en empleados públicos. Hacen lo que tienen que hacer, no mucho más. Si esto sigue así va a resultar que los espectadores servían para algo.

Así fue cómo, ayer, dos grandes –los campeones de España e Italia– perdieron sin desesperarse por ganar; así fue cómo hoy el Barcelona cumplió con el trámite de no perder en su cancha con el Napoli.

El Barcelona tenía una ventaja notable: que Messi es mucho más astuto que Maradona y, por eso, nunca se le ocurrió irse al Napoli. Pero últimamente venía jugando mal, cayendo mal, desarmándose. Así que encaró el partido con miedito: su entrenador dejó en el banco a sus dos mejores jugadores de las últimas fechas –Riqui Puig y Ansu Fati, demasiado jóvenes, demasiado Masia– para poner en su lugar dos veteranos rubios aburridos. El señor Setién, que llegó proclamando un regreso a las tradiciones del juego Barça, se cuidaba y armaba un sistema de trasero contra el muro. El señor parece encerrado en un círculo vicioso: como las cosas no funcionan, no arriesga, y entonces las cosas funcionan menos todavía. En mi barrio los llaman goncas. Pero, sabemos, en mi barrio la gente habla muy raro.

Durante unos minutos pareció que Setién tenía razón: que se le podía complicar. En el primero el Napoli –Mertens– metió un tiro en el poste; de pronto, cualquier catástrofe parecía posible. El Barcelona se pasó un rato sin tocar la pelota: 73 por ciento de posesión para los italianos. Hasta que, a los 10, en un corner con empujones y caídas, Lenglet cabeceó y la mandó a guardar. Messi, es cierto, fue el primero en llegar a abrazarlo. Con toda injusticia, sin haber hecho nada, el Barcelona iba ganando.

Es curioso lo que puede hacer un gol. El Napoli se desanimó, el Barça empezó a apoderarse del partido. Sin guirnaldas ni alardes lo controló un ratito. Y a los 22’ Messi metió su gol. Fue un gol de Messi ahora: a trompicones, con dos o tres rebotes en contrarios, cayéndose, pateando desde el suelo. Tan lejos de aquel jugador que controlaba todo, que llegaba a aburrir de lo fácil que le resultaba pasar a dos o tres como si fueran muñecos de feria y tocarla a un rincón.

Lionel Andrés Messi tiene 33 años y sigue siendo un futbolista extraordinario. El problema es que es peor que Messi. Sigue siendo capaz de muchas cosas, pero muchas le cuestan –y, a veces, parece que todavía no se ha dado cuenta. Si las estadísticas no fueran tan púdicas, si no tuvieran tal respeto por el famoseo, dirían la cantidad de pelotas que pierde en gambetas que no terminan y pases que no llegan. Es, a menudo, un peligro para su equipo. Y otras veces lo salva.

Con dos goles de ventaja, con cierto dominio, el Barcelona se sentía tranquilo. Y más unos minutos después, cuando Messi guapeó en el área y metió el tercero, su segundo. A veces, pensando en la necesaria transformación de Messi para pasar sus últimos años en el fútbol, imaginé que debía convertirse en un Xavi que distribuyera juego desde más atrás; viéndolo estos días sospecho que quizá sea mejor que se estacione lo más adelante posible y se dedique a pescar en el área, donde, chiquito y tan hábil, puede inventar en tiempos y espacios imposibles para los demás.

El gol, de todos modos, fue anulado: el VAR imaginó que Messi la había tocado con la mano, cuando nadie, durante la jugada, había visto a Messi tocarla con la mano. El VAR rompe mucho los partidos, rompe mucho las pelotas, rompe el pacto fundamental del fútbol que decía que lo que ves es lo que es: que si la pelota entraba al arco y el lineman no levantaba la bandera y el referí apuntaba al medio era gol y podías gritarlo como se grita un gol. Ya no: ahora los goles se celebran ad referendum de lo que dirán unos señores que nadie ha visto. Con la intensidad de lo que puede ser mentira: casi nada. El fact-checking en el fútbol es todavía más obsceno: se hace a la vista de millones. Y es otra lección de poder: todo depende de otros, encerrados en un cuarto lejano. Prepotencia de la técnica en la era del algoritmo: más intentos de convencernos de que las máquinas saben más que las personas.

Minutos después el VAR volvió a meterse: Messi le birló una pelota –estilo Jesus– a Koulibaly y el moreno franco-senegalo-italiano le pateó la pierna, pero el árbitro no vio nada. Hasta que los VAR le dijeron que cobrara penal, y Suárez lo metió. El primer tiempo ya terminaba 3 a 0, terminante, terminado, pero el árbitro e Insigne decidieron que no: otro penal, 1 a 3 y el partido volvía a abrirse –un poco.

El segundo tiempo sobró: no pasó nada. ni un gol, ni una jugada recordable, ni un momento de belleza o emoción. El Barcelona de Setién decidió conservar y lo hizo, en muchos tramos, sin la pelota. El Napoli intentaba ir para adelante pero no tenía claridad ni juego. El Barcelona aguantaba sin más luces. Su defensa, pese a Piquet y Lenglet, es temblorosa. Hoy faltaba Busquets, sancionado, pero aun con él su mediocampo es pobre. Hoy estaba Rakitic, que no sabe armar juego, Roberto, que puede acompañar si tiene a quién, y De Jong, que pudo, de tanto en tanto, aclarar la pelota y acercarla al área –en la posición que debería ocupar el pobre Arthur Melo.

Más arriba los esperaba Suárez, que está para terminar lo que otros empiecen, y Griezmann, que está para estar. Hoy, como suele, corrió y corrió y corrió y en un momento dio un pase hacia adelante –y la sociedad, que es injusta y rencorosa, no lo celebró.

El partido se iba deshilachando. Los dos equipos compartieron la posesión fifty-fifty y la cantidad de pases, unos 500 cada uno: al Barça no solía sucederle. Todo parecía resuelto, pero el Barcelona consiguió perder, en las últimas Champions, eliminatorias más fáciles: las sombras de Liverpool y Roma planeaban sobre la cancha vacía. A los 80 hubo un gol napo-polaco que sacó a pasear a los fantasmas. Fueron unos segundos, porque era offside, pero segundos largos. Y después se acabó: el Barcelona había ganado sus octavos.

El viernes próximo, entonces, jugará su partido de cuartos en Lisboa contra el Bayern Munich, el quizá favorito, que le ganó al Chelsea por un global de 7 a 1. El Barcelona puede ganar, por supuesto, pero no sería una sorpresa si perdiera. Tampoco si, más allá de ganar o perder, aburriera. El Barcelona ahora es como Messi: no es un mal equipo, solo que es tanto peor que sí mismo –en cualquiera de sus versiones anteriores.

Por supuesto, todavía ofrece cierta belleza: Messi de tanto en tanto, el exquisito toque de pelota de algunos jugadores –De Jong, Ter Stegen–, los jovencitos que no juegan. Pero durante años ver al Barcelona fue una obligación –tan placentera– para quienquiera le gustara el fútbol. Ahora está bien para que lo miren sus hinchas, se aburran, sufran, se emocionen –igual que los hinchas de Deportivo Riestra, del Junior de Barranquilla, del Necaxa. El Barcelona, con gran esfuerzo, con el trabajo denodado de todos estos años, ha conseguido convertirse en un equipo muy común, y es una pena.

Los que ganan, pierden

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Martín Caparrós

¿Cómo se hace para seguir queriendo? ¿Por qué querer otra vez lo que uno ya ha tenido muchas veces? No es fácil, en general, contestar esa pregunta. Nos pasamos la vida intentándolo: que si el orgullo, el dinero, la costumbre, el cariño y otros inventos semejantes. El Madrid, esta noche, no encontró su respuesta.

Y eso que salió al Etihad dispuesto a todo: tenía que ganar por dos goles, proclamar que esa copa, que ganó tantas veces, sigue siendo suya. Para eso llevaba unas camisetas rosa gritito que solo podía reivindicar goleando. Junto con el celeste del Manchester City, su contrario, parecían un negocio de ropa de bebés de antes. Y, por supuesto, no había público. La pandemia, reina del carnaval, lo había conseguido: la Champions, la copa más clamorosa de estas partes, se jugaba en silencio.

Solo gritaban, en las bandas, dos señores. Era el duelo de dos pelados parecidos, los dos tan elegantes, los dos flacos espléndidos, los dos llegando a los 50, los dos grandes ex jugadores en los dos grandes equipos españoles –que ganaron, ya como entrenadores, seis Champions y otros 35 campeonatos entre ambos.

 Pero el partido no estaba nada claro: el Real Madrid debía reparar la desgracia de un equipo que se llamaba igual y que, cinco meses atrás, jugaba poco y perdió en su campo con el City. Es eso que, a falta de mejor nombre, llamamos historia: hacerse cargo de los errores de otros que, en otros tiempos, ocuparon esos mismos lugares, enarbolaron esas mismas banderas. El Madrid, patriota de sí mismo, salió a vengarse de su pasado: muy a menudo no funciona.

El partido era raro. Cada cual jugaba, a priori, a lo contrario: el Madrid, que cada vez defiende mejor, tenía que meter goles; el City, gran ofensor, debía impedirlos. La inversión no tenía un pronóstico preciso, pero todo empezó a resolverse con una tontería de partido de fin de semana, solteros contra casados –si es que todavía quedan solteros y casados. Varane, central campeón del mundo, dejó que Gabriel Jesús le robara una pelota imposible a cinco metros de su arco y regaló un gol de esos que nunca nadie sueña. Lo metió Sterling, pero era puro efecto de la famosa presión alta: la idea de que lo que tenga que pasar mejor que pase cerca del arco contrario, donde las pelotas rinden mucho más. Así, a los nueve minutos, Manchester ganaba 1 a 0, 3 a 1 en el global.

Y el partido se hundió por un rato. El City, Guardiola puro, toqueteaba y tocaba y toqueteaba. Es un sistema que consigue, al mismo tiempo, varios objetivos: impedir que la tenga el contrario, ponerlo de los nervios, hacerlo sentir una basura y, de paso, ir acercándose a su arco y, si acaso, tirar algún tirito. Aunque ver al City de Guardiola es –muy fuerte, muy claro– no ver al Barça de Guardiola: ver un remedo, un como si, que usa el mismo modelo con jugadores que no están a la altura. Ver al City de Guardiola eleva todavía más, si fuera posible, al Barça de Guardiola.

Varane mediante, a los diez minutos todo parecía listo, decidido. Otros equipos se habrían derrumbado; el Madrid no. El Madrid tiene eso que nadie sabe en qué consiste pero lo lleva a ser, casi siempre, el equipo más competitivo del mundo, el más ganador. Así que sin mucho juego se fue acercando al área del City y a los 27 el brasilero Rodrygo desbordó por la derecha y puso un centro perfecto para la cabeza del francés Benzema, que le dio de pique abajo. Un gol de nueve del nueve menos nueve, y el empate.

El partido había entrado en un modelo claro: manejo del City, arrebatos del Madrid, pocos peligros. El Madrid solo amenazaba con Benzéma –y, cada tanto, Courtois lo salvaba de la estocada final. Casemiro perdía muchas pelotas, Kroos no las agarraba, Modric paseaba y Hazard, que de movida pareció, se había cansado. Benzéma seguía insistiendo pero no había quién le subiera bolas más o menos decentes. Ya era el segundo tiempo, y no pasaba mucho. El City dominaba, parecía que tenía todo controlado, pero enfrente estaba el Madrid: el gran especialista en ganar –aún sin jugar. Guardiola tenía cara de asustado, aunque De Bruyne era una amenaza elegante y constante –dos veces casi mete un gol olímpico– y Sterling se floreaba hacia delante.

No parecía una final de nada. Faltaba nervio, energía, un poco de barbarie. Todo tan lindo, tan fair play: ese juego que juegan los ricos donde, por ejemplo, el Madrid hizo tres fouls en 90 minutos. Pero el fútbol –ustedes disculpen– suele ser como la vida: largos lapsos en que no pasa nada para que, de repente, algo lo cambie todo. Después, despistados, intentamos pensar que todo lo anterior fue la base lógica sobre la cual se edificó ese momento decisivo: son manotazos de ahogado que da la razón para tratar de ocupar algún lugar, y consolarnos.

Aquí ese momento llegó en el minuto 67, con el segundo desastre de Varane: hay golpes en la vida tan duros, yo no sé. ¿Por qué un señor que se pasa toda la suya dedicado a esto, que llega a ser uno de los mejores en su puesto, campeón del mundo y esas cosas, se porta de pronto como un pazguato rosita y hace dos veces lo que antes nunca hizo ni una? Nadie lo sabe. Lo cierto es que Raphaël Varane volvió a perder una pelota idiota a diez metros de su arco, y Gabriel Jesus se la pescó y metió el segundo. Hay una lección en su optimismo pesimista: un hombre que confía en que los otros son un desastre, que está listo para aprovecharlo –que acierta al apostar al fracaso ajeno. Jesus, claro.

El Madrid se desarmó. Antes no podía pero creía; ahora, ante el error, el equipo más creyente del mundo había dejado de creer. Los minutos pasaron para nada, sin promesa; Zidane tampoco la renovaba con cambios o sacudidas: parecía resignado. El City se perdió un par de goles, el Madrid se perdió a sí mismo: estaba afuera. Zidane había ganado sus doce eliminatorias de Champions; fatal, no pudo con la trece. El Real, enfrentado por fin con un rival en serio, no pareció tan distinto del de antes de la peste. Alguien diría que, si ganó la Liga, no fue porque era bueno sino solo el mejor. Y ser el mejor, en general, no alcanza.

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P.D.: Mientras tanto, en Turín, la lógica –del dinero del fútbol– también se tambaleaba: Cristiano Ronaldo y sus amiguitos en blanco y negro no conseguían remontar un gol frente al Olympique de Lyon, y hacían chau con la mano. En una noche rara, los campeones de Italia y España eran derrotados por unos segundones de Inglaterra y Francia. En 1939 hubiera sido espléndido. Sucedió, como todo, ochenta años demasiado tarde.

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