un cuarto –medio medio– propio

Categoría: Crónicas

Tantos años

(Cada 16 de febrero celebro -pero no mucho- mi cumpleaños de periodista. Este año todo se complicó, por esas cosas, así que llego tarde. Hace siete, desde Barcelona, escribí esta columna. Solo le he cambiado, como se debe, algunos números.)

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Está tan lejos que ya no sé quién era: lo sospecho, le recuerdo cositas. Sé que era un chico y me da vértigo: hoy cumplo 47 años de periodista. O, para decirlo más despacio: hoy hace 47 años que escribí mi primera nota.

Hace hoy 47 años yo tenía 16 y servía el café en un diario que hacían escritores que admiraba: Rodolfo Walsh, Juan Gelman, Paco Urondo. Hace hoy 47 años un periodista uruguayo que seguro se llamaba Luis, probablemente Rico, y me parecía viejísimo –debía tener, unsuponer, 40 años– me pidió que lo ayudara: sábado de febrero, la redacción era un desierto y él tenía dos o tres páginas vacías por delante. Entonces me preguntó si me atrevía a redactar una noticia que había llegado en un cable. Decir un cable es decir, también, el tiempo que pasó.

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Los cables de agencia siguen existiendo, solo que ya nadie les hace mucho caso; además, están en internet. Hace 47 años los cables eran papeles que surgían de un aparato antediluviano llamado télex, una especie de impresora tamaño baño que recibía textos enviados por telefóno desde la central de cada agencia y los tecleaba con mucho ruido en un rollo de papel tipo higiénico; nadie que no fuera periodista había visto nunca un cable. Los cables eran la única forma de enterarse de lo que había sucedido en, digamos, Vladivostok, San Pablo, El Cairo. Ver una noticia que se iba imprimiendo en un cable que repicaba la campanita de urgente era saber que estabas por saber algo que nadie más sabía.

Una fuente reservada y lenta: sorprende, ahora, cuando nos acostumbramos a enterarnos de lo que está sucediendo en cualquier lugar del mundo en cualquier lugar del mundo al mismo tiempo. Digo: que lea este diario en Buenos Aires o en Rangún o en Barcelona da lo mismo; que vea un twitter sobre las manifestaciones en Caracas en Caracas o en Niamey. En internet estar muy cerca o muy lejos es igual: la distancia es saber dónde encontrar la página que corresponde –y poder leerla en el idioma en que está escrita.

Es solo una medida de cuánto cambió el trabajo del periodista: dónde y cómo obtiene su información. El mundo se achicó tanto, es cierto, pero las noticias locales también seguían otros caminos. En tiempos en que toda redacción tiene varias teles encendidas para ir “monitoreando” la actualidad, es raro pensar una época en que la televisión no formaba parte del kit informativo: los canales tenían apenas dos o tres noticieros durante el día, así que cuando contaban algo ya era viejo. Los teléfonos andaban más o menos –y, por supuesto, no había celulares, así que mucha gente quedaba muy desconectada mucho tiempo. La radio llegaba rápido adonde fuera, pero no le resultaba fácil transmitir. Así que los periodistas teníamos que salir a la calle: ir a buscar personas, preguntar, escuchar, mirar, averiguar, hinchar las bolas.

Y si queríamos conseguir algún dato duro, lo más probable era que tuviéramos que ir a buscarlo a un instituto, ministerio, biblioteca; si queríamos consultar información anterior sobre un tema, el archivero nos pasaba unos sobres de papel madera con recortes de diarios donde, a veces, estaba aquello que buscábamos.

Si algo cambió, para bien y para mal, este oficio fue internet: el hecho de tener al alcance de la mano pilas y más pilas de información, el hecho de suponer que no hace falta ir a mirar.

Noticias había aparecido el 20 de noviembre de 1973 porque los Montoneros pensaron que les serviría para pelear el espacio público que venían perdiendo. El diario tenía 24 páginas, un aspecto innovador de fotos grandes, títulos potentes, ninguna firma y el prejuicio de que, como se pretendía popular, debía escribirse corto y sin adornos.

Yo, entonces, no pensaba que sería periodista. En esos días no me hacía demasiados futuros –salvo la patria socialista– pero a veces, cuando me preguntaba qué, quería ser fotógrafo. Así que ese día de diciembre en que el director, Miguel Bonasso, me dijo que me podría incorporar al laboratorio fotográfico en marzo y me preguntó qué prefería hacer mientras, si esperar en mi casa o empezar de cadete, le dije que empezaba al día siguiente.

–¡Che, pibe, hace media hora que te pedí esa cocacola!

–Ya va, maestro, ya se la llevo.

Fui un cadete serio. Durante un par de meses manché a media redacción con cafés mal servidos y repartí los cables a las secciones respectivas. Hasta esa tarde de sábado y febrero que me cambió la vida.

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Desde entonces, queda dicho, cambiaron tantas cosas. Cambió, sobre todo, la idea de cambio: hace 47 años, decir cambio era decir cambio social; ahora parece que es decir cambio técnico –y los módicos cambios sociales que los cambios técnicos suscitan. Cambiar, cambiar, para que nada cambie.

Las redacciones han cambiado mucho. Entonces eran lugares muy ruidosos: las máquinas de escribir producían sobre todo estruendo, y una forma distinta de escribir. Corregir esas hojas de papel pautado –se llamaba pautado porque tenía unas rayas que permitían medir los textos– era difícil y humillante: los buenos no llenaban sus copias de tachones. Así que había que pensar antes de escribir y no después. Ni mejor ni peor; muy diferente.

Las redacciones eran, también, lugares claramente masculinos: empezaban a aparecer señoritas y señoras pero eran, todavía, minoría absoluta, pioneras en la selva. “En la cubierta de los barcos y las redacciones de los diarios no debe haber mujeres”, solía decir –con una sonrisa para decir que no lo decía en serio– uno de aquellos próceres que ahora es calles y plazas.

Aunque es probable que el mayor cambio en el periodismo argentino de los últimos 47 años haya sido el reemplazo de la ginebra por el mate. Aquellos escritorios de lata o de madera tenían un cajón con llave para guardar la botella de Bols; ahora todo se volvió bombilla y termo. Alguien, alguna vez, tendrá que analizarlo y explicar sus causas y definir sus consecuencias.

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Mi primera tarea como periodista fue muy contemporánea: solo tuve que reescribir unos datos que llegaron de lejos. Y, para agregarle actualidad, la noticia parecía perfectamente innecesaria, tirando a la pavada. Al fin se tituló “Un pie congelado 12 años atrás”, y empezaba diciendo que “Doce años estuvo helado el pie de un montañista que la expedición de los austríacos encontró, hace pocos días, casi en la cima del Aconcagua”. La nota ofrecía más detalles: “la pierna, calzada con bota de montaña, que los miembros del club Alpino de Viena encontraron el pasado lunes 11, cuando descendían de la cumbre, pertenece al escalador mexicano Oscar Arizpe Manrique, que murió en febrero de 1962 al fracasar, por pocos metros, en su intento de llegar al techo de América”.

En esos días y en Argentina unas lluvias torrenciales habían dejado 60 muertos, 200 desaparecidos, 100.000 evacuados, cosechas perdidas, una invasión de víboras; el lopezreguismo anunciaba que Héctor Cámpora sería acusado por un supuesto complot contra la vida del presidente Juan Domingo Perón; desde Córdoba llegaban rumores de un golpe de estado provincial y policial –que se concretaría días más tarde–; militantes de la Juventud Peronista habían sido secuestrados en Mar del Plata, Bahía Blanca, Buenos Aires. En Montevideo el gobierno militar había metido preso al gran Onetti, en Israel una refinería de petróleo volaba por una bomba palestina, en Chile moría torturado un dirigente del MIR, en Camboya los jemeres rojos estaban por tomar la capital y en Estados Unidos nuevas cintas sobre el Watergate parecían “complicar al presidente Nixon”. En medio de semejante zafarrancho –“le tocaron, como a todos los hombres, tiempos difíciles en que vivir”–, yo escribí sobre ese pie encontrado. Me han dicho que solía ser insoportable: un pendejo engreído que –ya entonces– no se dejaba corregir. Los periodistas, empezaba a entender, somos así.

Somos, pero ahora con diploma: en estos 47 años el periodismo se convirtió en un oficio que se estudia. Es otro cambio decisivo: produjo profesores, analistas, gente que sabe y que perora, el delirio incluso de hablar de “ciencias de la comunicación”. Y un flujo incontenible de jóvenes perdidos: el periodismo se ve fácil, aprenderlo no suena complicado, hay periodistas que parecen ricos, que parecen famosos, que parecen tan vivos; miles y miles de chicos convirtieron su estudio en un boom inesperado.

Así que los periodistas dejaron de formarse según el mecanismo medieval del aprendiz: ya no se usa que un muchacho inquieto consiga –por insistencia, por contactos, por azares– acercarse a una redacción y empezar, desde lo bajo, a hacerse con los gajes. El mecanismo le daba al oficio un aura rara, que se correspondía con la ginebra, las noches largas, el humo, la sensación de estar fuera de algo. Un periodista, entonces, no tenía grandes posibilidades: podía, con suerte, escribir mejor que otros, averiguar más cosas, conseguir un aumento, ser jefe y olvidarse de escribir. No podía, digamos, armarse un programa de televisión para llevarse mucha plata en chivos y otras bestias de corral.

En esos días casi nadie firmaba una nota: en los diarios las notas no aparecieron con nombres hasta fin de los ochentas, cuando Página/12 empezó postulando que en sus páginas no se iba a firmar nada y terminó imponiendo la costumbre actual de firmar hasta el pronóstico del tiempo. Hace 47 años no: la enorme mayoría de los periodistas eran operarios de una cadena de producción, trabajadores.

Desde entonces el cambio fue doble, paradójico: por un lado, ahora para ser periodista hay que estudiar; por el otro, ahora todos somos periodistas –o muchos se lo creen. La difusión de noticias y mensajes ya no es prerrogativa de los medios: cualquiera puede hacerlo en internet. Los que tienen poder creen que se aprovechan: en twitter, por ejemplo, hablan sin que los interpelen. Los que no tienen poder creen que se aprovechan: en todos los espacios de la red, hablan. El problema, como siempre, es quién escucha. La ventaja, una riqueza insuperable –en la que a veces nos perdemos.

Está claro que hace 47 años había menos periodistas autónomos: menos free lance, menos autoproducción, menos espacios para hacer periodismo por sí mismo. Lo cual, por supuesto, permitía que las empresas y los gobiernos y los demás poderes controlaran mucho más el flujo de la información; también hacía que los periodistas se sintieran más unidos y más potentes en sus reivindicaciones: en esos días nadie trabajaba más que las seis horas del estatuto sin cobrar sus horas extras, por ejemplo.

Aunque en general las empresas periodísticas no eran grandes conglomerados ni estaban dirigidas por empresarios que no habían escrito más que cheques. Eran, si acaso, iniciativas de algún grupo político con ganas de influir o de algún periodista aventurero. En cualquiera caso, gente cuyo negocio no era contar pavadas para vender un poco más.

En diarios y revistas había, en general, notas más largas: más confianza en los textos. No habían aparecido esos editores que trabajan para lectores que no leen –ese animal inverosímil– y tratan de pelear contra el avance de los audiovisuales llenando las páginas de fotos dibujitos infografías colorines. Una revista como Primera Plana podía marcar el ritmo presentando texto corrido a cuatro columnas, títulos en cuerpo 20 una columna en el medio de la página y si acaso, de vez en cuando, una foto chiquita: cualquier profesor de diseño la mandaría a marzo, cualquier editor la rechazaría por inviable y, sin embargo, sigue siendo lo mejor que se hizo en la Argentina. Ese buen periodismo se ha vuelto tan raro que ahora lo llaman crónica.

Hace 47 años nadie decía la palabra fuente, nadie la palabra ética, nadie medio ni multimedio, nadie cobertura ni apertura. En cambio ya existía esta ilusión de que hay periodistas profesionales y periodistas ideologizados. Como si los “profesionales” no tuvieran ideología; como si creer que la propiedad es privada, las elecciones la manera de decidir gobernantes, la familia nuclear la forma de organización social primaria –y unas cuantas pautas más– no fuera una ideología. Llamamos ideología a ese conjunto de normas que, por tan impuestas, pensamos naturales. Obviamente no son: cambian con los cambios de poder, los tiempos.

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Así que soy, parece, periodista. A veces todavía me sorprende. Yo detesto la superficialidad del periodismo, su suficiencia idiota, su pavada insistente; detesto la vacuidad, la vanidad, la vaguedad del periodismo. Y lo admiro y lo envidio cuando consigue contar o explicar algo con claridad, con buen estilo, con inteligencia, y lo intento desde hace 47 años y no quiero ni pensar cuánto menos me gustaría mi vida si hubiera hecho otra cosa.

Así que éste es –no podía ser otro– mi festejo. Juro que no obligaré a nadie a fingir que le importa, que si acaso levantaré una copa más que de costumbre, que me preguntaré una vez más qué habría sido de mí si aquel uruguayo no hubiera tenido tanto calor aquella tarde de febrero: si aquel día, en aquella redacción, el pie del andinista mexicano hubiese encontrado quien supiera contarlo.

El opio de los pueblos

El otro día –a quién le importa– hubo un golpe de estado en Birmania o, si acaso, en Myanmar. Los militares que la habían gobernado durante décadas –hasta 2016– volvieron a cargarse a la señora que los peleó desde siempre y gobernó desde entonces, Aung San Suu Kyi, que tenía todo el prestigio de ser una víctima y perdió buena parte hace unos años, cuando victimizó a su vez a cientos de miles de rohinyás.

Todo lo cual –decíamos– no le importa a nadie. Y sin embargo la noticia me dio cierta nostalgia y ganas de revisar mi visita a aquel país que, hace un cuarto de siglo, cuando fui, era todavía más misterioso, más cerrado.

Este es el cuento, y algunas de las fotos.

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Martín Caparrós

La chica debe tener 22 años, o quizás 16, los labios muy de rojo carmesí y un extraño polvo de oro sobre las mejillas. La chica habla un inglés aproximado y se ríe tímida ahora, mientras me cuenta que ayer, en esta misma calle, 2000 estudiantes salieron en manifestación por primera vez en mucho tiempo.

–¿Cuánto tiempo ?

–No sé, yo no había visto nunca otros.

–¿Y qué hacían?

–Daban vueltas y vueltas, gritaban unos cantos. Estuvieron hasta las 3 de la mañana.

Los paseantes nos miran, tratan de ver qué hacemos o decimos.

–¿Y te parece bien o mal ?

–A mí no me parece. Estaban.

Dice, con sus brillos de oro en las mejillas y los ojos bajos, y yo quiero pedirle disculpas aunque no sepa cómo. Se está arriesgando demasiado. Aquí, en Birmania, cualquier charla puede costar muy cara. Los militares cobran. Es complicado hacer de periodista en un país donde cualquiera que te cuente algo se está jugando todo. La cuestión es interesante: ¿hasta dónde preguntar, cómo hacer para saber si el deseo de saber pone en peligro al que te cuenta? Y mi situación tampoco es clara. Birmania no da visas para periodistas: todavía en Bangkok, varios colegas me avisaron que, si me llegan a descubrir hurgando, la puedo pasar mal, y que la mitad de la gente que me cruce van a ser informantes de la policía. Aquí, en Birmania, la vida es sobre todo lo que no se dice, el silencio que se oye en todas partes..

Birmania tiene 670.000 kilómetros cuadrados, 47 millones de habitantes y limita con Tailandia, Laos, China, India y Bangla Desh. Hasta 1947, fue una colonia británica, la “arrocera del Imperio”. Ese año, los birmanos aprovecharon el descalabro inglés para independizarse. Los conducía Bogyoke Aung San, que no llegó a ver su triunfo: lo mataron, meses antes, sus aliados políticos en una reunión. Desde entonces se sucedieron distintos gobiernos, mayormente militares, y todo tipo de guerras entre las diversas etnias que conforman el país. En 1962, el general Ne Win, proclamó la “vía birmana al socialismo”. Durante 25 años, Birmania fue uno de los países más cerrados y desconocidos del mundo. Ne Win gobernó el país con mano de hierro y variedad de cábalas: gran creyente en las virtudes del número 9, hizo imprimir billetes de 45 y de 90, que todavía circulan.

En 1988, una sucesión de manifestaciones estudiantiles que pedían más libertad irritó al general: el 8 de agosto, sus hombres reprimieron una marcha en las calles de la capital y mataron alrededor de 3000 jóvenes. Poco después, viejo y cansado, Ne Win renunció y nombró a un reemplazante, el general Saw Maung, para que llamara a elecciones. Seis meses antes había entrado en escena la hija de papá.

Aung San Suu Kyi es la hija del padre de la patria, Aung San. Las hijas de los padres fundadores gobernando –democráticamente– el país de papá es el mayor invento asiático de estas décadas, junto con los autos baratos y los condones con escamas. Indira Gandhi en la India, Benazir Bhutto en Pakistán, Begum Khaleda Zia en Bangla Desh, Chandrika Bandaranaike en Sri Lanka y Megawati Sukarno como líder de la oposición en Indonesia son algunos ejemplos. Alguien debe haber elaborado sesudas teorías sobre estas herederas de repúblicas. La señora Suu Kyi es, seguramente, la más desafortunada de todas las princesas.

En 1988, la Señora tenía 32 años y, hasta entonces, había llevado una vida tranquila y pasablemente aburrida. Graduada en filosofía y economía en Oxford, funcionaria internacional, casada con un universario inglés, madre de 2 hijos, feliz dentro de un orden, todo cambió cuando su madre moribunda la llamó para que la acompañara en sus últimos momentos. De vuelta en la patria de papá, Suu Kyi se dejó tentar por su destino y aceptó encabezar la oposición democrática. En septiembre de ese año, tras la matanza estudiantil, los militares formaron una nueva junta de gobierno, el SLORC –State Law and Order Restauration Council– y lo celebraron matando a otros 1000 manifestantes. Una semana después, la Señora y los suyos formaron la National League for Democracy.

La pelea fue desigual.  En junio de 1989, el Slorc decretó el arresto domiciliario de Suu Kyi, pero anunció elecciones para mayo del año siguiente: la NLD las ganó con el 82 por ciento de los votos, y la junta decidió desconocerlas. La Señora seguía presa, igual que miles de opositores. En 1991, Aung San Suu Kyi recibió el premio Nobel de la Paz y se transformó en una figura internacional. Birmania ya tenía su heroína. Mientas tanto, en su país, su partido estaba casi inmovilizado, y así siguió hasta 1995, cuando consiguieron la libertad de la Señora, que sólo duró unos meses. En diciembre del año pasado, cuando empezaron las primeras manifestaciones en 8 años, los militares volvieron a encerrarla.

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Desde 1991, los generales del Slorc decidieron liberalizar la economía y aceptar inversiones extranjeras. Retomaron el modelo chino: implantar una economía de mercado sin abandonar el control social de los regímenes stalinistas. El resultado suele ser explosivo. Birmania sigue siendo uno de los países más pobres del mundo, con un PBI de 700 dólares por persona, un médico cada 12.000 habitantes y una ingesta calórica muy baja, pero ahora empezaron a llegar las tentaciones extranjeras. Vienen porque, en realidad, en Birmania hay mucha plata, pero es ilegal y la controlan unos pocos: Birmania es la primera productora mundial de heroína.

–Tenés que tener cuidado porque Birmania es un país socialista.

Me dijo, en cuanto llegué, el chofer del taxi ilegal que me trajo del aeropuerto y que, mientras tanto, trataba de comprarme dólares, venderme piedras o presentarme a su tía abuela.

–¿Qué quiere decir, un país socialista?

–Que nos tienen agarrados del cuello y no nos dejan hacer negocios. Si hacemos negocios, puede venir la policía y mandarnos a picar piedras.

No es tan cierto. El mercado negro está más que tolerado, y en las calles de la capital pululan fulanos que te ofrecen 160 kyats por dólar: el precio oficial es 6 kyats por cada uno, y los precios resultan sorprendentes. Me siento en la calle a comer con palitos de plástico usado unos fideos fríos con salsa de algún mar antiguo, que la cocinera manosea un rato para mezclar, antes de servirme. Parece que eso es importante para el gusto. Alguien decía que comer en un restorán lo que sale de cocinas secretas preparado por seres desconocidos es el mayor acto de confianza en el género humano. Comer en estos chiringuitos menjunjes sin siquiera nombre ni origen conocido no es confianza, es entrega: arrésteme sargento y lléveseme el hígado.

La calle hierve. En un zaguán, una madre de 30 peina a su hija de 15 interminablemente, como si no se decidiera a soltarla; 3 chicos hacen jueguito con una pelota de mimbre; una mujer con una gran sartén fríe buñuelos con olores y ruidos; dos perros se pelean por la cabeza de un pescado; dos hombres dicuten con las manos el precio de una bolsa de arroz; otros tres avanzan, casi doblados bajo el peso de las bolsas de arroz que cargan en el lomo; siete u ocho parecen hacer nada; un chico vende charutos de a uno; una vieja dormita sentada en el suelo, con las piernas en suave flor de loto. La sobrevuelan ejércitos de moscas. Y todo el tiempo pasan vendedores, chicos, perros, una mujer llevando todo su puesto de bananas en equilibrio sobre su cabeza, una nena con dos latas llenas de agua colgando de un palo que parece a punto de quebrarse. Los escupitajos rojos se hacen lluvia: todos mascan betel, la coca asiática, y escupen su saliva. No hay cálculos precisos, pero me parece a que veces un sólo esputo carga cuarto litro de agüita carmesí. Después de un rato termino mis fideos:

–¿Cuánto es?

–27 kyats.

–¿Cómo?

La mujer me vió la cara de sorpresa y empezó a hacer gestos de disculpas y terminó por decirme bueno, 22. Yo traté de pagar lo más rápido posible, no fuera a ser que me bajara más. 27 kyats –13 centavos de dólar– me parecieron poco, pero ella creyó que me dí cuenta de que me estaba cobrando demasiado caro. Por supuesto, en Birmania no hay precios fijos para nada.

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En realidad, en Birmania no hay –o casi– muchas cosas: pantalones. autopistas, hipódromos, ascensores –salvo en los grandes hoteles– pizza, apuro, comida para todos, prensa independiente, aceitunas, tetas –ni las mujeres ni los hombres usan–, pelados, cochecitos de bebé, música en inglés, zapatos, vino, telefónos públicos, orquesta sinfónica, ambulancias, 65 canales de tv, impermeables, computadoras personales, cuchillos –para comer–, corbatas, minifaldas, bifes, trabajo para todos, debate cultural, embotelladoras de cocacola, cocaína, álbumes de figuritas, medicina prepaga, soda, parlamento elegido, constitución votada, telos, curitas, embotellamientos, límites para la corrupción, vidrieras, estufas, medias –ni las mujeres ni los hombres usan–, y tantas otras cosas.

En cambio, hay muchos nombres para todo. Ahora, la capital se llama Yangon en vez de Rangún, y el país Myanmar, en vez de Birmania: empeñada en la renovación total, la junta cambió todos los nombres de lugares hace 9 años, pero los opositores no los aceptan.

Rangún/Yangon es una ciudad extensa, chata, con unos pocos edificios altos que aparecieron en los últimos años. Se supone que tiene 4 millones de habitantes: no es seguro, porque hace 20 años que nadie los cuenta. Las avenidas están llenas de pocos coches y muchos colectivos semienterrados bajo montañas de cuerpos pasajeros y todos tocan todo el tiempo las bocinas para simular que son más, porque al lado de cualquier capital asiática, Rangún es algo así como la nursery del hospital del Vaticano.

Las casas tienen una gran pieza abierta sobre la calle: allí, sus habitantes comen, trabajan, comercian, charlan o incluso duermen. Las casas birmanas son el sueño de cualquier voyeur. En muchas se ven televisores: suelen ser chinos, nuevos, grandes, de 181 canales y clavados en el único posible. La tele transmite cuatro horas por día: cantidad de cantantes birmanas muy vestidas, sin un centímetro de piel, rodeadas de coches lujosos, hoteles brillosos y hombres con pantalones, y un largo noticiero donde un locutor lee sin despegar los ojos de la hoja, con gesto de esfuerzo, como quien se puso los anteojos de su prima; de tanto en tanto aparecen imágenes de generales sentados detrás de una mesa larga. Birmania es el lugar perfecto para no enterarse de absolutamente nada: una de las pocas burbujas que en el mundo quedan. A una cuadra de mi hotel, en una de las avenidas principales, un viejo vende revistas viejas y, si uno pone cara de inciado, saca de bajo la pila de popular mechanics un diario de Bangkok viejo de una semana. Es maná, fresh news, y me quiere cobrar una fortuna: algo así como 34 centavos de dólar. En un lugar así, la diferencia oriental-occidental empieza a tener sentido y va quedando claro que la diferencia entre un francés y un argentino son, a primera vista, secundarias..

Aquí nadie se apura mucho. Todavía no compraron el espíritu capitalista que hace trabajar como sapos a todos sus vecinos; en Birmania, los negocios cierran 4 horas antes que en cualquier otro país de Asia, el ritmo de los trabajos es tranquilo y las calles están llenas de bares con unas mesitas de 20 centímetros de alto con banquitos de 10, donde todos toman interminablemente té con leche. Cualquiera diría que la principal actividad del birmano medio es ingerir su té con leche. Muchos de ellos son empleados públicos. De hecho, un par de veces entré en oficinas y estaban vacías. Les pagan entre 10 y 20 dólares por mes, así que se pasan el día en los barcitos, acechando negocios y cometas.

Hacia el fin de la tarde se les suman los otros: casi todo el mundo toma su té en la calle o en la puerta de su casa o choza, tras un baño en el patio, la vereda o el río más cercanos. El aire refresca, se oyen cantos antiguos y tachín de las radios. Los birmanos se jactan de tener un cierto arte de vivir pero, en estos días, un fantasma recorre la ciudad. En voz baja, con miradas furtivas, circulan los rumores:

–Ayer se juntaron los estudiantes cerca de Sule Pagoda.

–No, fue en la puerta de la universidad. Y llegó la policía y hubo un muerto.

–No, estuvieron en Shwe Dagón Pagoda, porque ahí no puede entrar la policía.

Nadie consigue, nunca, verlos, pero siempre hay quien dice que los vió.

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–Hay graves problemas en la tierra de Birmania.

Me dijo, con la voz más grave que pudo, un jovencito que se me acercó en el mercado. El chico tenía una mirada despierta y buena cara. Consiguió que me parara, hizo su pausa dramática, y se lanzó:

–En esta tierra, el 96 por ciento de sus pobres criaturas no son creyentes. Sólo el 4 por ciento hemos alcanzado la gracia del Señor. Pero yo sé que podemos repararlo. Yo he tenido una visión, donde el Señor me dijo que…

Supongo que no le habría hecho caso, de no ser porque estaba yendo a la Casa de los Pobres de las carmelitas descalzas, a ver a Ignacia y a Josefa:

–Si nos fuéramos de aquí, qué haríamos. Ahora dicen que en España también hay pobres, pero yo creo que los pobres más pobres de allí son ricos como los ricos de aquí. Si todos tienen casa, televisión, comida…

Las hermanas Ignacia y Josefa son españolas, franciscanas, y hace casi 50 años que llegaron a Birmania. Durante 20, atendieron un leprosario en Mandalay, pero el gobierno lo expropió en 1966 y las hermanas se vinieron a Rangún, a este convento. La hermana Ignacia es chiquitita y arrugada, ojitos astutos: una especie de Madre Teresa que no se hizo famosa, y dice que ahora todo es más difícil porque el gobierno está muy aliado con los monjes budistas y que usa mucho la religión para su propaganda.

–¿No vió usted on the TV ces jours, van et van con el diente de Buda? La grande pagoda la han construir, golden, para su diente.

La hermana Ignacia está en una silla de ruedas: mezcla inglés, francés y castellano, con buen acento vasco, y me cuenta que está indignada porque se han gastado millones en esa pagoda y que hicieron un agujero en el suelo, lo llenaron de joyas donadas y lo cerraron a cal y canto. Es cierto que la llegada del diente desde China es el gran evento de estos días:

–Everything for esa mauvaise diente peregrina.

Dice, y se ríe, y me pregunta cómo puede ser que el pobre Buda tuviera un diente de ese tamaño –grande como un dedo, me muestra, con el dedo:

–A ver si nosotras vamos a creernos esas cosas.

Dice la hermana Josefa, y las dos se ríen con sonrisas muy claras. Josefa es un poco más joven, tiene cejas potentes, las manos como piedras y una mirada entre la ingenuidad y el éxtasis. Las hermanas me han invitado con algo fresco y hablan, se cuentan entre ellas historias que vivieron juntas y que ya se han contado tantas veces. Y después me cuentan que escuchan cada noche a las 8 la BBC en birmano, que es la única forma de saber qué pasa, y que tienen muchos problemas para ir al leprosario de Rangún, a 30 kilómetros, en una zona donde están construyendo la carretera nueva a Mandalay, prohibida para los extranjeros:

–No sé si van a finir con esa highway algún jour. Avec esos mozos, pobrecitos.

–Pobrecitos. Criaturas del Señor. Con esas cadenas en los tobillos, que se ve que les hacen tanto daño, y trabajando allí tantas horas, al pleno rayo.

–Cuando nous allons, nosotras toujours stop y les damos cigarrettes y cookies, pobre almas.

Dice la hermana Ignacia, con un suspiro y las manos juntas sobre el regazo inerte: sabe que está hablando de lo que no debiera, y le brillan los ojitos mientras pone su mejor cara de resignación cristiana. Organizaciones de derechos humanos aseguran que en Birmania las obras públicas se hacen con trabajo forzado de los presos, pero hay muy pocos que los hayan visto, porque siempre suceden en las zonas prohibidas. Cuando los organismos internacionales le reprochan esas conductas, el Slorc suele contestar con un argumento regional. Fue Mahatir, el primer ministro de Malasia, el que dijo que la idea de “derechos humanos” es occidental y que en Asia la cuestión era distinta.

Miguel Rovira, periodista español en Bangkok, me contaba que una vez le preguntó a Norodom Sihanuk, rey de Camboya, qué pensaba sobre esa respuesta y el viejo rey le pellizcó un brazo:

–¿Le dolió?

–Sí, claro.

–A los asiáticos nos duele igual que a ustedes..

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La oficina de teléfonos de Rangún es un viejo edificio colonial con las paredes interiores pintadas de azul, grandes ventiladores lentos en el techo y la luz vacilante de pocas lamparitas. Es probable que Birmania sea uno de los escasísimos países –sino el único– que mantiene algunas tradiciones del stalinismo: las enormes oficinas polvorientas, casi vacías, donde se acumulan pilas de expedientes que nadie leerá; los murales donde un pueblo feliz avanza radiante hacia el futuro venturoso; la represión política y la ley del silencio; las escuelas muy pintadas; los trabajos forzados; la nomenklatura superexclusiva y los chantajes morales.

En el gran salón destartalado hay 16 escritorios enormes, vacíos con 14 empleados que comen, charlan, duermen, y cuatro o cinco teléfonos con disco para tratar de llamar a una central, de donde los comunican con el resto del mundo. Conseguir una llamada puede tardar horas, y no te dejan hablar más de 3 minutos. En la cola nadie conversaba. Alguien me había dicho que todos los empleados de la telefónica eran botones, y puede que sea cierto. Nadie conversaba, hasta que una chica me dijo que yo era muy lindo. Yo la había estado mirando un rato largo: la chica tenía el pelo renegrido, la sonrisa perfecta y una mirada rara, que no podía entender. La chica era bellísima, parecía pobre y hablaba algún inglés:

–Sos tan guapo.

Me dijo otra vez. Yo no me creo esas cosas, pero me puse un poco nervioso y le dije que ella sí que era linda y ella me dijo que no, que ella era triste.

–Triste, soy, mucho, porque no puedo ni hablar con mi soldado.

Me dijo la chica, y me empezó a contar una larga historia donde ella se enamoraba de un vecino y sus padres se oponían porque él era de religión hindú, de origen indio. En Birmania, los indios de vez en cuando pasan a ser fucking indians, y sus padres no querían mezclarse. Así que ellos empezaron a verse en seereto, se juraron amor eterno y se besaron.

–Nos besamos, nos besamos mucho.

Dijo la chica, y el mucho sonó fuerte. En Birmania, la moral sexual parece bastante estricta. En los días que llevo aquí no he visto un beso, una caricia, y las parejas se casan muy jóvenes. La ropa es tan sexy como una lata de leche condensada y los cuerpos siempre parecen estar en otra parte. La chica estaba vestida de birmana, con pollera larga de colores y una blusa rosita con bordados. La confusión de su mirada se iba precisando: era una mezcla rara de timidez y de provocación.

–Mucho, mucho. Yo más amor después todavía, y él también.

Siguieron, dijo ella, viéndose a escondidas hasta que, “2 meses y 14 días” atrás, a él lo vinieron a buscar para llevárselo al ejército. La chica me dijo que quizás fueron sus padres los que hablaron con algún militar para que se lo llevara, y que la despedida fue espantosa.

–Yo amor por mi soldado, pero vos muy muy lindo.

Me dijo. Yo dejé de hacerme esas ilusiones hace mucho, pero siempre es curioso de oír. Quizás en este país ser blanco borre ser decadente y tan pelado. La chica me miró ya sin ninguna timidez. Los labios le caían hacia abajo, ligeramente desdeñosos.

–Si yo te gusto a vos, dame regalo.

Quería, me dijo, plata para hablar con su soldado. Su soldado estaba en el sur, custodiando un gasoducto. Una vez por semana, me dijo ella, él podía salir e ir a un lugar –un hotelito, parecía, una fonda– donde ella lo podía llamar, dijo. Y hoy era el día y ella no tenía plata y quizás yo podía darle.

–Un regalo chico para vos, muy grande para mí. Vos también muy grande y lindo para mí.

Me dijo, con los ojos cada vez más desbocados, y me dijo que se llamaba Mai y tenía 18 años. También tenía los labios bien pintados, anillitos baratos en los dedos, sandalias como todas, las uñas pintadas de rojo medio rotas. Ahora sus pies jugaban uno con otro, sandalias en el suelo.

–Me das regalo y después seguro nos vemos otra vez, ojalá…

Me dijo. Al fondo se oían los gritos de los que trataban de hablar por teléfono; a esta altura, los ojos de Mai eran un puro desafío; de reojo, yo veía que algunos me miraban con sorna. Envidia, me decía, celos del extranjero. Le dí los 100 kyats, me dió un poco de vergüenza; justo entonces llegó mi llamado y me metí en la cabina. Cuando salí, Mai no estaba. Después me pareció que había entendio. Al día siguiente volví a la oficina –no sé si por volver a verla o para tratar de descubrir que mis sospechas no eran ciertas. Cuando llegué, ahí estaba Mai hablando con un australiano que la miraba medio bobo. Mai todavía tenía la mirada tímida: recién le debía estar contando como fue que conoció a su soldado.

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Dentro de seis mil años, cuando estas tierras se llenen de psicólogas, alguna va a tener que explicar por qué los birmanos son incapaces de ver una colina sin correr a ponerle encima una pagoda. Birmania es enconadamente budista y pagodera, y el gobierno lo aprovecha. Pero las pagodas también pueden ser refugio para los disidentes. Se supone que la policía no puede violarlas: se supone, hasta que va y las viola.

Todo budista tiene que ser monje alguna vez en la vida. Se ordenan para siempre o por unos días. Pueden entrar o salir cuando quieren. Algunos se jubilan haciéndose monjes.

–Un monje es un birmano deprimido.

Me dice, esta mañana, en Shwe Dagón Pagoda, un monje con muy buen inglés, que supo ser ingeniero. Yo había llegado siguiendo una procesión de chicos de colegio que llevaba elefantes de madera, tambores y platillos, encabezada por dos travestis que bailaban de lo más sensuales. A la entrada había carteles excesivos: “Por favor, sáquese los zapatos para preservar nuestra cultura. Muchas gracias”.

En Shwe Dagon Pagoda viven las cucarachas más grandes del planeta. Las cucas de Shwe Dagon son grandes como mi dedo medio: quizás sean producto de la maquinación de un sabio loco, o el designio de un dios muy aburrido. Ahora, 2 o 3 cuervos se disputan una gran cucaracha con gritos asesinos; a mi lado, una mujer los mira y baja la cabeza, como si hubiera entendido algo. Seguramente los templos sirven para eso: para que las cosas más nimias, ahí adentro, signifiquen algo. Un cuervo sale volando con la cuca pataleándole el pico. Aquí, en Shwe Dagon, todos vamos descalzos y venimos para entender algo: aunque sea, que no entendemos nada. Shwe Dagon es la mayor pagoda de Birmania. En realidad no es un templo sino muchos: 30 o 40, organizados alrededor de una enorme stupa, una torre con forma de campana de 98 metros de alto, recubierta de oro.

En uno de los templos hay una gran televisión con la imagen de Buda congelada; al lado, en otro, una mujer le lava la cara a una estatua de mármol como 5 minutos; más allá, un hombre riega un árbol con tacitas de agua. El aire huele al aceite que se quema, y los jazmines. Se oyen campanas, cantos encantatorios y los cuervos. Miles de personas caminan, rezan, compran, venden, escupen, meditan, comen, fuman. Un hombre de aspecto más que pío mira con algún detenimiento las posaderas de las señoras que, delante de él, se inclinan para orar. Otro me para y me pregunta, como todos, si soy alemán. Algún día, si consigo la plata, voy a encargarle a Pitanguy que me haga reencarnar en un lapón. Pero el tipo tiene una cara tan despejada, tan buena sonrisa que le pregunto qué le pasa:

–Es que acabo de adorar a Buda.

El tipo parece 30 y buen dinero en algún lado, y quiere hacerme feliz a toda costa:

–El que adora a Buda lo consigue. Yo vengo todas las mañanas, le traigo sus flores, sus velas…

–¿Y le pedís algo?

–Yo le doy sus flores, sus velas, y él me ayuda. El, y muchos nats, los espíritus, me ayudan.

–¿Qué le pedís?

–La paz y la alegría para mi alma.

–¿Y algo material?

Le digo, y el tipo se sonríe más, muestra todos los dientes, y se calla. Por un segundo, su mirada fue pícara, pero enseguida le volvió la paz divina.

–Si medito suficiente, si alejo de mí la codicia y el interés, cuando me muera voy a tener una buena reencarnación.

El tipo me cuenta que vende rubíes, zafiros y esmeraldas, así que tiene que tener cuidado:

–Si me dejo atrapar por la codicia, puedo ser un animal en mi próxima vida.

Me dice, y la mirada se le pierde, turbia. Me lo imagino cucaracha o cuervo, y tiemblo por su futuro. Justo entonces empieza a llover. Son sólo unas cuantas gotas, y ninguna mayor que una pelota de tenis, pero mojan bien. De los estudiantes, ni noticias.

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–Yo tengo mi negocio y funciona, y vivo bien. Los que no se meten en política pueden vivir bien.

–¿Y usted se mete en política?

–No, yo no. Yo soy el presidente de la comunidad judía, no puedo meterme en líos. Yo soy el presidente, tengo que estar bien con todos.

Moshe Samuel tiene 44 años y, a primera vista, parece tan birmano como todos. Pero sus abuelos eran judíos irakíes, vivían en Inglaterra y, hace 60 años, vinieron a instalarse en Rangún. En esos días, la comunidad judía era importante: unos 3000, casi todos sefardíes, que habían ido llegando con los ingleses, desde mediados del siglo pasado. Pero en 1962, cuando el gobierno nacionalizó industria y comercio, la mayoría se fue. Ahora son 8 familias, repartidas por todo el país.

–No tenemos rabi, y sólo podemos hacer las ceremonias en las grandes fiestas, Roshe Shaná, Yom Kippur.

Dice Samuel, mientras me muestra su sinagoga, construida en 1883. Para las fiestas vienen los diplomáticos israelíes, porque Israel tiene buenas relaciones con Birmania, y una serie de negocios que nadie quiere contarme.

–Y también invito a mis vecinos, budistas, musulmanes, hindúes. Yo quiero llevarme bien con todos.

Dice Samuel, y me cuenta que vive de alquilar vajilla y muebles para fiestas, y que varios de los negocios vecinos pertenecen a la sinagoga, que él se los alquila y también les deja sacar agua o venir a lavarse. Todo parece casi bien, pero Samuel tiene un problema grave:

–Ahora estoy desesperado, porque me quieren cerrar el cementerio.

El cementerio judío –y el musulmán y el cristiano– ocupaban unas parecelas de tierra en pleno centro de Rangún. Ahora, el gobierno les dijo a las comunidades que tenían que dejar de usarlos y les dió tierras a 25 kilómetros de la ciudad. Samuel está desolado, indignado:

–Imaginesé: acá cuando se entierra a alguien van todos, cantidad de gente al cementerio. Cuando me entierren a mí podrían ir todos mis vecinos, todo el barrio, porque a mí me conoce todo el barrio. Pero a ese cementerio tan lejos no va a ir nadie. Me van a enterrar solo como un perro.

Y, además, Samuel sospecha que pronto el gobierno lo va a obligar a llevarse a sus muertos del viejo cementerio. Sus padres están ahí, y la idea lo aterra:

–Mis padres tenían muchos contactos con los generales, podrían haber hecho algo. A mí también me conocen, pero no me hacen caso. Quieren esa tierra.

Así que ahora, Samuel está buscando apoyos y donaciones en el mundo para guardar su cementerio o, en última instancia, edificar el nuevo. Casi sin querer, tiene una causa:

–Yo en eso no me meto, ya le dije, pero si hubiera otro gobierno creo que me escucharían y me dejarín conservar mi cementerio.

–¿Y va a haber otro gobierno?

–Eso sólo Dios lo sabe.

Es jueves. Al final, Samuel me dice que al día siguiente, si no tengo nada mejor que hacer, vaya a verlo para el sabat, a la caída de la tarde.

–Pero sólo si no tenés nada mejor que hacer. Si no, no te preocupes. Yo voy a estar acá.

Yo supongo que voy a ir, porque Samuel es una perfecta iddische mame. Mientras, esa tarde, fui a ver su cementerio. Eran 200 o 300 tumbas entre malezas, y Samuel estaba dispuesto a pasarse la vida peleando por ellas. 200 o 300 tumbas en medio de un barrio pobre donde se estaba construyendo mucho, y una nena bellísima, hija de los guardianes, que corría y se escondía detrás de las lápidas cada vez que le pedía que me dejara sacarle una foto. Creo que nunca rogué tanto nada, y ella moría de placer cada vez que me decía que no: le brillaban los ojos y se le armaba una sonrisa aterradora.

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Alguna vez me tenía que pasar, y fue bueno que fuera con Birmania: debutamos juntos. Fue mi primer desfile de modas, y el primero de la historia del país. El salón del hotel Yuzana Garden estaba lleno de jóvenes un poco ansiosos, listos para inaugurar. Las luces de colores hacían un solo efecto y la música era el tema de Misión Imposible: un argentino triunfando en Rangún. Para muchos, el chiste era ver desfilar a los amigos.

–Aquí estamos todos, la crema de la crema.

Me decía un joven con pantalones de cuero y una camisa con todos los colores. Debía ser cierto: la entrada costaba 4000 kyats –25 dólares, un buen sueldo–, y la velada estaba organizada por Living Colors, la boutique de moda, propiedad de un hijo del general Khin Nyunt, ministro del Interior. Afuera había una docena de motos tremebundas y cantidad de coches japoneses. En Birmania, los coches son japoneses, los rascacielos singapúreos, los gasoductos franceses, las chucherías chinas, las falsificaciones tailandesas y la heroína bien criolla.

La ropa era importada de Hong Kong. Las birmanitas desfilaban con el pelo muy suelto: la clave del erotismo birmano está en esos larguísimos pelos renegridos, vivos, golpeando sobre nalgas en sedas de colores. Las birmanitas amagaban tímidos movimientos de la pelvis que despertaban risas nerviosas en el público. Eran las primeras polleras cortas que veía en muchos días, y me resultaron de lo más excitantes. Algún día alguien va a hacer un estudio de nuestro siglo como la civilización que cortó la pollera, y va a entender casi todo.

–Ahora sí podemos ser como los jóvenes del mundo.

–Pero siempre muy birmanos.

–Por supuesto. Si no, qué va a decir Maung.

Dijo uno, y los 4 o 5 que ya se habían juntado alrededor se rieron pero miraron para los costados. En medio de pantalones y polleras, Maung llegaba con su longhi violeta refulgente y una camisa blanca limzul con gemelos de oro. El longhi es la tela enrollada a la cintura que todos los birmanos usan, pero lo bueno era el rubí que le cerraba la camisa:

–Las tradiciones son lo más importante. Tenemos que mantener nuestro agudo sentido del patriotismo y preservar nuestra cultura nacional, aún en medio del desarrollo.

Dijo Maung, y dijo que era de la Usda –Union Solidarity and Development Association– el seudopartido que apoya a la junta militar. Entre las obligaciones de sus miembros está la de “denunciar a las personas sin escrúpulos que amenazan la soberanía nacional, y apoyar a las fuerzas de policía encargadas de mantener el orden y la emergencia de una nación próspera y moderna”.

Después del desfile vino el baile. Los chicos ricos usaban mucho oro, que brillaba bajo las luces de colores. Las parejas bailaban sin tocarse ni un poco. Sentado en un costado, Richie, de unos 30, es un empresario de Singapur de origen indio. Singapur es la principal inversora en Birmania, y Richie me dice que el desfile les salió más o menos, como casi todo, pero que es bueno que lo intenten. Le pregunto si es difícil hacer negocios en Birmania.

–Según. Ahora se puede, pero si esto sigue así, se van a arruinar: importan cantidad y no exportan casi nada. Pero la cuestión depende mucho de la política. Puede ir bien o mal.

–¿Cómo?

–Si viene la Señora, arruina todo.

–¿Por qué?

–Ella tiene muy buenas intenciones pero no sabe cómo funciona el poder, nunca lo tuvo. Y los que vengan con ella van a querer resarcirse de estos 30 años, y van a pedirnos fortunas para cada negocio.

Las coimas suelen ser del 5 por ciento. Pero los inversores extranjeros dicen que, como hay orden, uno sabe a quién hay que sobornar y que, una vez que el funcionario adecuado pone el sello, nadie discute más nada, y que así sí se puede hacer negocios, no como en otros países de la zona.

–Seguramente con la Señora va a venir mucha inversión extranjera, pero se van a agudizas las diferencias entre pobres y ricos, y la gente va a sufrir. Y además, el país se va a romper en mil pedazos: van a estallar todas las peleas entre las etnias, y va a ser el caos.

–¿Y con los generales es mejor?

–Con los generales uno sabe quién manda, y eso siempre ayuda, para los negocios.

Hay mucho ruido: es difícil charlar. The Emperors, el grupo que más suena, ya está atacando con su gran éxito: la versión birmana de Hotel California.

Yo seguía sin poder verlos, pero la tarde siguiente pude oírlos. Estaba sentado tomando un té en la calle cuando se oyeron gritos acompasados y varios parroquianos se levantaron de golpe y corrieron hacia la esquina. Yo los seguí, pero cuando llegamos ya no quedaba nadie. 3 o 4 minutos después llegó un camión de soldaditos: eran como 50, muy flacos, jovencitos, vestidos de azul con uniformes viejos. Nos volvimos a las mesitas en la calle y los locales comentaban cosas en voz baja. Pregunté, pero nadie quiso decirme nada. A la noche, otra gente me comentó que los había oído en lugares muy distantes. La ciudad estaba ligeramente exasperada.

A la madrugada siguiente, cuando iba al aeropuerto para volar a Mandalay, muchas calles estaban cortadas por patrullas de soldados, y no era fácil llegar. En un cruce de avenidas el taxi se paró y, en la media luz del alba, vi docenas de cuerpos tirados en el suelo, boca arriba: tuve un escalofrío. Tardé un momento en darme cuenta de que eran soldados durmiendo, con sus armas apoyadas en el pecho.

Mandalay es la segunda ciudad de Birmania, chata, calma, con un fuerte-palacio gigantesco, 80 monasterios, 3 edificios altos, cientos de casitas y miles de chozas. En dos de sus esquinas más escogidas están los únicos semáforos con cuenta regresiva digital que he visto en el mundo; en una callecita lateral, dos chicos de 10 ponen sus gallos a pelearse, y una docena de chicos de 6 o 7 los alientan, gritan, se carcajean frenéticos.

Son las siete de la mañana y las calles están llenas de gente. Hace sólo 30 grados, así que algunos ostentosos aprovechan el momento para ponerse la campera de cuero o de nylon brilloso. Como cada mañana, los monjes budistas salen con sus túnicas naranjas, sus pies descalzos y su vasija de pedir, a que les den su puñado de arroz –que suele tener algo más que arroz. La población los alimenta, y ellos rezan por todos.

En cada cuadra uno o dos árboles, los más grandes, tienen colgado del tronco un altarcito con agua, flores y comida, para que los espíritus no se pongan nerviosos. El taller está en una casita sin pintar. Las paredes del taller son de bambú y la luz entra a cuadritos. En el taller, tres hombres morrocotudos le pegan con una maza de 4 kilos, 6 horas seguidas, a un paquete de 700 hojas de oro, para reducirlas a su expresión más delgada. Las hojas sirven para cubrir Budas y otras divinidades. Les pagan 200 kyats –1,20 dólares– por día, y el más joven todavía tiene el humor suficiente como para gritar música, música, porque el ritmo de las mazas cuando caen es una música pesada, encantatoria.

Cuando salgo, a las pocas cuadras me para una barrera. El tren pasa despacio. En el estribo del último vagón hay soldados muy armados: el vagón tiene las ventanas clausuradas por unas tablas. Detrás de las tablas, agarrados a las tablas con dedos retorcidos, 5 hombres miran con ojos desesperados. La estación está a dos cuadras. Corro. Cuando llego, los hombres del último vagón se están bajando, entre 12 soldados. Tienen cadenas en los pies y miran para abajo, como si alrededor no hubiera nada. Un vendedor de cigarrillos me dice que son presos, que los traen del norte. Cuando pregunto por qué están presos, el vendedor mira para otro lado. La estación está llena de gente que come, duerme, espera.

–Yo te ví cómo los mirabas.

Me dijo el tipo, como a una cuadra de la estación, cuando me fui: era obvio que me había seguido. El tipo debía tener unos 35 y era igual a otros cien mil. Aunque su reloj era demasiado dorado.

–Te invito a un té.

El tipo tenía grandes chances de ser un policía. Yo seguí caminando y él insistió:

–Un té, 10 minutos. Quiero hablar con vos.

Quizás me agarró con las defensas bajas, o ya harto del silencio, o con más ganas de saber. No tendría que haberle hecho caso, pero fui. Nos sentamos en dos banquitos bajos de una vereda de té.

–Yo creo que tendrías que ir a la casa de los hermanos Moustache.

–¿Qué?

Entonces el tipo me contó la historia: el 4 de enero de 1996, la Señora organizó un encuentro en el jardín de su casa para celebrar el día de la Independencia que consiguió su papá. Fueron 2 o 3000 personas y hubo discursos. En el medio, la actuación de Par Par Lay, uno de los hermanos Moustache. Los hermanos Moustache son actores desde hace 30 años, su familia ha hecho comedia y danza birmanas por varias generaciones. Par contó un chiste. Dijo que él era médico y que un general con muchas estrellas iba a visitarlo.

–Doctor, estoy desesperado. Tengo un dolor de cabeza terrible. Ya no como, no duermo, no puedo hacer nada. Tiene que hacer algo.

–A ver, vamos a revisarlo. Aquí tengo una computadora modernísima, recién llegada de China. Se la voy a conectar a la cabeza, a ver qué tiene.

Entonces Par contó que él –el médico– la calibró, miró las cifras, volvió a mirarlas, y le dijo al general paciente:

–Señor, su caso es grave.

–¿Qué tengo, doctor, qué tengo?

–Nada. Adentro de la cabeza usted no tiene nada.

La carcajada fue general, y los aplausos. Dos días después, Par volvió a Mandalay. Esa misma noche, 30 policías de civil se presentaron en su casa y se lo llevaron. Al día siguiente, en la cárcel de Mandalay, Par se encontró con otros 12 miembros de su troupe. Su detención hizo mucho ruido en la prensa inglesa y americana.

Varios de ellos fueron liberados en las semanas siguientes, pero Par siguió preso. Su mujer iba a verlo casi todos los días. Un martes le dijeron que su esposo ya no estaba ahí.

La familia se aterró. Tras un par de días consiguieron sobornar a un oficial que les dijo que lo habían a trasladado a Myitkyina, en el norte del país. Después, el mismo oficial les dijo que estaba en un campo de trabajos forzados, picando piedras. En marzo, un tribunal lo sentenció a 7 años de prisión y ahí está, todavía, porque creyó que en Birmania ya se podía hablar.

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En Birmania hay varios miles de presos políticos, nunca se sabe cuántos, porque nadie da datos. Con los enfermos de sida son más drásticos: parece que los ejecutan con una inyección. El tipo terminó de contarme la historia y llamó a uno de los 14 mozos para pagarle 20 kyats. Su anillo también tenía demasiado oro, y un rubí. Me alivió que se fuera. Quizás era de la policía, quizás no. A los represores a veces les gusta que se sepa lo que hacen, para asustar a los que sea necesario.

La casa de los Moustache es un gran taller donde su familia hace máscaras, marionetas, instrumentos de música. Lu Maw, el hermano que queda, tiene grandes bigotes y es actor por los cuatro costados: le gusta declamar, jugar con sus gestos, sorprender a su auditorio. Durante un par de horas me habló sobre las danzas y comedias birmanas y después me invitó a que fuera a ver su show, esa noche. Antes, me dijo, hacían giras por los pueblos, pero ahora preferían trabajar para los turistas.

El show era un despliegue de máscaras y movimientos delicados. Había 7 u 8 bailarines que cambiaban de trajes y personalidades, y yo era el único espectador. Moría de vergüenza. Después supe que los guías oficiales los habían borrado de sus itinerarios, y ya no iba casi nadie. Cuando terminó, le pregunté a Lu Maw si su hermano Par Par no actuaba con él.

–Sí, actuaba.

Me dijo, y hubo un silencio largo.

–Ahora está preso, como vos sabés.

Me dijo, y se quedó otra vez callado, como quien quiere hablar con su silencio. Después se atusó los bigotes y señaló los míos.

–Vos también podrías ser un hermano Moustache.

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Mandalay es un centro importante en la distribución de la heroína. Ahí se cruzan las rutas que vienen de la China y la India, las nuevas bocas de salida ahora que Tailandia está más controlada. No se ve droga en la calle, ni gente ofreciéndola, y las penas cuando agarran a uno son tremendas. Suele pasar: los productores tratan de que el consumo no les complique la situación en sus países. Les conviene mantenerlos limpios.

Yo quería ir a Kentung, Kentung es una ciudad chica, famosa por su mercado de búfalos de agua y por su situación en el Triángulo de Oro, una región montañosa selvática repartida entre Birmania, Laos y Tailandia que es el centro mundial de producción de heroína. Pero cada vez que iba al aeropuerto, el empleado me decía que habían cancelado el vuelo.

–Bueno, quizás haya la semana próxima, o la otra. ¿Quién sabe, no, quién puede saberlo?

Me decía, y se reía suavito. Por tierra no había acceso, y tuve que resignarme. Cerca de Kentung estaba, hasta el año pasado, el cuartel general de Khun Sa.

Khun Sa es un mestizo de chino y birmana que empezó en 1962, a sus 27, con una pequeña milicia que peleaba para el gobierno central contra rebeldes locales. Rangún no tenía con qué pagarle así que, para compensar sus servicios, no intervinieron cuando Khun Sa empezó producir opio y a contrabandearlo a través de la frontera con Tailandia. El hombre era ambicioso y eficaz: 30 años después, controlaba la mitad del negocio y tenía un ejército de 20.000 hombres que, supuestamente, peleaban por la independencia de su etnia, los Shan. Khun Sa era el Escobar del Asia, el gran enemigo de la DEA.

Casi todos los productores de opio tienen excusas nacionalistas, y ejércitos privados. En sus tierras no entraba nadie, y estaban en guerra constante contra el poder central. Lo curioso es que, si no hubiera sido por el opio, muchas de estas etnias habrían desaparecido en esos años. Hasta que, últimamente, el Slorc hizo las paces con casi todos ellos, a cambio de una participación importante en las ganancias. La paz trajo prosperidad: la producción está aumentando 10 por ciento por año.

En esas tierras se cultiva el 60 por ciento del opio del mundo: la mayoría se transforma, ahí mismo, en heroína. Diez kilos de opio producen uno de heroína: son unas 2500 toneladas anuales de opio que, una vez procesadas, valen alrededor de 30.000 millones de dólares.

A principios de 1996, Khun Sa también pactó. Dispersó su ejército, entregó sus cuarteles y, a cambio, ahora vive tranquilo en Rangún, donde maneja sus negocios y juega al golf con los militares del Slorc. En Birmania, el golf se está poniendo muy de moda entre los generales del gobierno.

Por eso Clinton y la administración americana condenan al Slorc siempre que pueden. Hace unos meses, en Bangkok, Clinton dijo que se necesitaba “un verdadero diálogo político en Birmania, para dar una batalla real contra el crimen, la corrupción y los narcóticos y lograr un gobierno más aceptable para su pueblo”, y alabó a “los valientes reformistas conducidos por Aung San Suu Kyi”. Por eso, entre otras cosas, los americanos apoyan tanto a la Señora, que les aseguró que, si llega a ser gobierno, va a limpiarlo todo.

–Sin el dinero de la droga, la economía birmana se derrumba. Si la señora quisiera limpiar eso –lo que le piden los americanos– el  país sería casi inviable. O sea que la democracia es imposible.

Me había dicho Richie, el empresario de Singapur.

–Los militares del Slorc usan la plata de la heroína para sus cuestiones personales y para comprar más armas. Si la usaran para el país, ahora Birmania sería como Singapur o Hong Kong.

Escribió, en un diario de Bangkok, un seguidor de la Señora..

Cuando volví a Rangún el gobierno acababa de cerrar las facultades y mandar a los estudiantes del interior, que viven en residencias universitarias, de vuelta a sus lugares. Los metían en los ómnibus con custodia militar y los despachaban. La radio, la tele y los diarios no decían nada. Muchas calles estaban cortadas, algunas pagodas –que pueden servir de refugio– estaban cerradas, y los soldados daban vueltas por la ciudad en sus camiones chinos. Frente a los edificios oficiales había tanques chinos con sus dotaciones y los motores prendidos. En el hall del hotel corrían los rumores: que hubo muchos detenidos cerca de Shwe Dagon Pagoda, que están llegando soldados desde el norte, que un soldado mató de un tiro a un capitán en un puesto del suburbio, que se cayó un avión con varios cantantes a bordo en el sur del país. Los pocos extranjeros nos cruzamos en 2 o 3 lugares y nos contamos lo que hemos escuchado por ahí, sabiendo que todo es posible y nada seguro. Uno me dice que dos días atrás echaron a cuatro periodistas australianos que habían venido sin visa. Yo miro para arriba. La ciudad sigue llena de fantasmas, y hace cada vez más calor. Parece como si sólo esperáramos la explosión final.

Al día siguiente, en la puerta de la facultad de medicina hay unos pocos estudiantes y algunos profesores que les dicen que no saben hasta cuándo durará el cierre. Los soldados miran 50 metros más allá.

–Pueden ser 3 días, una semana, un mes. Nadie nos dice nada.

Me acerco a una chica y le pregunto qué pasa.

–Casi todos los días hacemos alguna manifestación. Nos juntamos algunos en algún lugar, empezamos a gritar, y en minutos llegan los soldados y nos rodean. No tenemos nada, no podemos hacer nada.

–¿Y no se los llevan presos?

–Algunas veces se llevan a algunos, otras no. Parece que quieren evitar que se arme demasiado lío. Mientras seamos nosotros solos no pasa nada, nos tienen controlados.

–¿Y tienen el apoyo de Suu Kyi?

–Nosotros no tenemos nada que ver con Suu Kyi.

Parece una maniobra para no incriminarse mutuamente, pero tanto la Señora como los estudiantes se cuidan mucho de apoyarse en público.

–¿Y te parece que se les van a unir otros, los monjes, los trabajadores…?

–Bueno, eso esperamos. Ahí sí que podríamos hacer algo serio.

La chica me sorprende: algo ha pasado en estos días, para que ahora hable como habla. Le pregunto si no se podrá ver a algún líder estudiantil, y recupera la cara de antes, la de pava completa. Mira para otro lado, no me conoce más. Después, ya en Bangkok, me enteraré de que los líderes no se muestran y que, incluso, los que conducen las manifestaciones son otros, sus delegados. Ellos correrían demasiado peligro. Y que el movimiento estudiantil está bastante más organizado de lo que parece y que ahora, tras esta primera aparición, piensa replegarse por unos meses, hasta que se les presente la próxima ocasión para golpear. Me acerco a un grupito de cuatro que charlan en voz baja. Tres se despiden y uno se queda: parece que va a hablar conmigo.

–Nos dan discotecas, karaokes, carreteras, de todo menos lo que queremos: democracia.

–¿Y para qué quieren que haya democracia ?

Era la pregunta que no tenía que hacer. El estudiante me miró como quien dice pobre tipo, y amagó irse. Yo lo retuve para preguntarle si ellos apoyaban a Suu Kyi.

–Nosotros la queremos y ella nos quiere, y sería capaz de dar todo por nosotros, pero…

El pero se quedó colgando. El muchacho tenía el pelo cortito, la camisa más limpia al sur de río Irawady y los suficientes libros bajo el brazo como para que nadie dudara de que era un estudiante. El pero seguía dando vueltas:

–…pero ella es una mujer grande y está demasiado pegada a la tradición, y nos parece que tarde o temprano vamos a enfrentarnos.

–¿Quién es nosotros? ¿Son un movimiento?

El muchacho me miró: no entiendo nada, sigo haciendo preguntas que no debería. Empiezo a estar perdido.

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Al otro día traté de llegar hasta la casa de la Señora, con la lejana esperanza de entrevistarla. Era un feriado nacional y pensé que podía haber algún intento de manifestación en los alrededores. Los soldados me pararon a más de 500 metros: todo el barrio estaba cerrado por barreras del ejército, y Suu Kyi prisionera en su casa. La Señora vive en el barrio donde viven los dueños de Birmania: casas muy grandes alrededor de un lago, céspedes y flores deliciosas, paredones altos con alambres de púa. Khun Sa es uno de sus vecinos más cercanos.

La Señora es un personaje curioso: muy culta, tranquila, dispuesta a todo. Después, alguien me hablará de ella en términos casi místicos:

–La Señora hizo una promesa: que no se iría de Birmania hasta que el país tuviera democracia. Y si ella lo dice, lo va a hacer.

Pero, en general, la Señora se define poco. Muestra un democratismo sin mayores precisiones, el apoyo de Occidente y su decisión de moralizar al país y nivelar un poco las desigualdades económicas. Aunque no esté muy claro cómo podría conseguirlo, en una situación en que la única presión fuerte contra los militares es la internacional. De hecho, últimamente dice que no quiere pelearse frontalmente con el Slorc y les ofrece, todo el tiempo, diálogos y negociaciones que la junta rechaza. El taxi me dejó lejos: el chofer me dijo que no lo dejaban llegar más allá. Caminé un par de cuadras; 300 metros antes de la casa, la calle estaba cortada por unos 30 soldados muy armados. Cuando quise pasar, se me cruzó un chico de menos de 20, vestido con camisa y longhi:

–¿Adónde va?

–A ninguna parte, estaba paseando.

–Por acá no se puede.

–¿Por qué?

–No puedo decirle nada: no se puede.

El chico transpiraba más de lo necesario: hacía calor, pero él estaba a punto del soponcio. Yo seguí haciéndome el tonto, que no me cuesta nada:

–Quiero saber por qué.

–Es un caso político.

–¿Un qué?

–Un caso político. Es todo lo que puedo decirle.

Si fuera periodista estaría jodido, pero como turista puedo darme algunos lujos:

–¿En serio sos policía?

–Sí.

–¿Y tu uniforme?

–No uso uniforme.

–¿Cómo? Yo creía que los policías usaban uniforme.

–Yo soy de la policía secreta.

Ma non troppo; el chico seguía transpirando, y se retorcía las manos con fervor.

–¿Y eso está bien pagado?

–…

–No, en serio. ¿Cuánto te pagan?

–3000 kyats.

–¿En serio? Qué desastre. Si trabajás para mí, te pago 5000.

Ahora el tipo debe estar deseando descubrir súbitamente que soy birmano, e imaginando los dulces placeres que le esperarían si lo fuera. Pero tiene la sonrisa congelada y cara de esto no va a quedar así. Mejor me voy.

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Se me ocurrió caminar hasta el centro; de tanto en tanto me cruzaba con grupitos de dos o tres, con pinta de estudiantes, que también volvían. Nadie decía nada. Aunque todos, como siempre, saludaban amables. En Birmania, todos saludan con su mejor sonrisa: son tan amistosos que al cabo de unos días empalagan, y me duelen músculos insospechados de tanto sonreírles. A veces me siento como la reina de Castilla en día de pago, saludando a los suyos. Y a veces pienso en esa amabilidad, en cómo la vida sigue al costado de la política, cómo todos estos, que votaron para echar a los militares, que comen poco y mal, que no saben cómo estarán mañana, se empeñan en vivir amablemente y olvidar todo lo posible. Es curioso lo tranquila y agradable que puede parecer la vida en un país con miles de presos políticos y una dictadura que anuló elecciones que la rechazaron. Cómo se empeñan en pasarla lo mejor posible los que después hablarán de cómo sufrieron en aquellos tiempos, con los militares. Es humano, supongo.

La vida sigue, tan parecida a sí misma. Alguna vez tengo que entender por qué el periodismo no es capaz de contar la vida sino sólo lo extraordinario y, por eso, cuando lo piensa un periodista, un país de 47 millones de habitantes se transforma en las declaraciones de un general, una señora y el paseo de 3000 estudiantes. En el mercado central, manzanas y manzanas de viejos edificios coloniales, birmanos muy amables vendían casi todo: maderas y especias olorosas, camarones y pescados secos, cigarrillos falsificados en Tailandia, encendedores falsificados en Tailandia, relojes falsificados en Tailandia, perfumes, anteojos, remeras falsificados en Tailandia, grandes bolsas de arroz, corderos muertos con sus ojos muy tristes, víboras sin moral, ardillas, telas, sogas, hilos, las sandalias que cada pie birmano calza, cualquier capricho en frutas y verduras, candados de 14 tamaños, cassettes piratas a 40 centavos, bolsos bolsitos y pañuelos de colores y, todo el tiempo, todas las comidas.

Comí en un puesto del mercado. La mujer era una india; estaba parlanchina y se quejaba:

–No hay muchos viajeros este año.

–¿Por qué?

–Por la Señora.

Dice, y después baja la voz.

–Suu Kyi. Ella pidió que boicotearan el país.

–¿Y usted está de acuerdo?

La mujer miró tres veces a su alrededor. En su puestito no había nadie, y ella lo sabía. De eso estábamos hablando:

–Para la gente como nosotros no sirve. Nosotros tenemos que trabajar para comer, y así no trabajamos. El que esté en el poder, para nosotros es lo mismo. Ninguno nos va a dar nada gratis, ni los militares ni la Señora.

La comida ha subido mucho últimamente. Lo de los derechos humanos y las libertades está muy bien, pero todos saben que lo que realmente ha llevado las cosas a un punto límite es la inflación y la pobreza: el indispensable kilo de arroz cuesta 100 kyats, el doble que el año pasado, y cada vez hay más gente que no puede comprarlo.

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Se había hecho de noche. La ciudad estaba llena de mosquitos y hacía un calor exasperante. Alguien me tranquilizó:

–No creo que haga mucho más de 35 grados: estamos en invierno.

Alguien me dijo que venía tormenta. Las calles estaban mal iluminadas y se veían siluetas de tanques y soldados en posición de guardia. Caminando, encontré un bar cerca del río, con sólo un par de mesas ocupadas. Me senté; primero entró una vieja mendiga pidiendo limosna mesa por mesa. Cuando llegó frente a mí se paró, me sonrió y se fue a la siguiente, sin pedirme nada: ser blanco tiene dudosos privilegios. Al rato, un fulano de 40 y tantos, vestido con un longhi a cuadros y una camisa beige con bordaditos se sentó en mi mesa. Su inglés era el peor al sur del Himalaya, pero el tipo ya había tomado suficiente ron, y quería hablar:

–Hoy día nacional, ve, día nacional.

Eran como las 11 de la noche y la luz estaba muy baja: la energía eléctrica había caído mucho y sólo nos iluminaban dos lamparitas de 25. El tipo me decia que era la fiesta patria y no había habido ni un festejo.

–Militares miedo juntando gente. Militares fiesta para ellos, en día nacional.

Decía, y nos servía más ron. Alrededor había otras mesas bajitas y otros bancos enanos, pero ya no quedaba casi nadie. El tipo igual miraba a los costados, receloso. Ahora, yo también miraba. Le pregunté si la gente quería a los militares y se sirvió otro ron. Entonces le dije que por qué, si no los querían, los militares podían quedarse. Mis preguntas eran tontas y él me miró desconsolado. Pero estaba decidido a explicarme todo lo necesario. Ya se sabe que estos extranjeros nunca entienden nada:

–Porque militares tener armas, todas las armas.

–Y las usan.

–Seguro las usan. Matar, las usan.

Después le pregunté por qué me decía todo eso y me dijo que porque era extranjero.

–Y porque día nacional, hoy. Y nadie poder nada, en día nacional.

El tipo había sido marinero durante muchos años, había juntado plata y ahora tenía un taxi y vivía bien. Mediano, decía, bien: comida, casa, ropa para sus 3 hijos. El tipo estaba orgulloso de haber sabido ahorrar y vivir bien ahora, pero seguía con el ron, porque era el día nacional. Era bastante gordo.

–Acá habla nadie por miedo, porque uno habla lo meten preso, lo atan.

–Pero la gente sonríe mucho, parece feliz.

–Gente sonríe porque mejor con sonrisa, vida mejor, menos sospechas. Si militares viendo protestas, escuchando, ellos tirar, matar y después nada. Limpio, después, nada: limpio limpio.

El suelo del bar era de tierra, el techo de tablas, y paredes no había. De algún lado llegaba una musiquita de lambada eléctrica. Estábamos solos. Le pregunté si los militares iban a durar mucho:

–Militares siempre, en el futuro, siempre. Ejército es muy grande, tiene todas las armas. Gente no armas: militares siempre siempre.

Era lo que suelen decir los analistas: que no habrá cambios en Birmania sin la colaboración de un sector del ejército. Y que el ejército está firmemente unido alrededor de sus prebendas y sus pactos de sangre.

–Militares siempre siempre. Nosotros asustados, somos una mierda. No tenemos huevos para nada. Ellos, siempre siempre.

Dijo, y bebió lo que quedaba. La botella de ron rodó, vacía.

–Algunos tienen huevos. Si no no habría presos.

Le dije. El argumento me pareció irrefutable. El marinero me miró, miró el vaso vacío y sonrió con tristeza infinita. El diente de oro le brillaba tenue:

–Son tan pocos. Siempre son tan pocos.

Después hundió la cara entre las manos, se restregó la cara con las manos y pareció despertarse de repente:

–En cuanto llegue a nosotros el valor, acá explosión de todo.

Dijo el marinero y brindó, con su vaso vacío, a la salud de ese momento.

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(“Birmania, El opio de los pueblos”, está incluida en mi libro La guerra moderna, 1997)

Los pies de Kapuściński

En estos días me acordé mucho de él. No sé por qué; quizá porque se cumplieron catorce años desde aquella noche rara, y catorce son dos veces siete: siete años de vacas flacas, siete de vacas gordas, y la dificultad de saber cuáles fueron cuáles. Pero aquella noche yo estaba en un hotel de El Cairo llevaba días trabajando en una pequeña historia sobre el auge del Islam en un país que había sido tan laico y puse la tele sin sonido para tener una ventana. De pronto vi su cara en la pantalla y me asustó: si lo ponían en una tele egipcia era que se había muerto. Subí el sonido, no entendí una pepa, empecé a buscar por internet –que todavía no era lo que es– y en unos minutos encontré la noticia, la confirmación: el gran Ryszard Kapuściński, narrador del carajo, se había muerto en Varsovia esa mañana a sus 74 años.

Yo lo había conocido la tarde en que le hice esta entrevista para una revista norteamericana. Era en 2002 y en Buenos Aires, y Kapuściński iba a dar un taller organizado por la Fundación Nuevo Periodismo. Esa semana nos vimos mucho, entre charlas, cursos, comidas, la cancha de Boca –todo muy elegante– y, al final, me pidió que lo llevara a buscar otro Buenos Aires. Todos le hablaban de una crisis que no había encontrado en ninguna esquina de la Recoleta. El lunes a la mañana lo pasé a buscar en el Erre y nos fuimos a que conociera un par de villas en San Francisco Solano y nos metimos en territorios complicados y charlamos con hombres y mujeres y el Erre se nos quedó en el barro y lo empujamos y nos quedamos sin aliento. Kapu seguía sin estar convencido: si esto es pobreza, qué queda para el África, decía. Yo traté de explicarle que esto no era el África, que la Argentina no era un país pobre sino un país rico con demasiados pobres. Conversamos mucho, esa mañana. En un momento le pregunté dónde me mandaría si fuera mi jefe o, de otro modo, cuál le parecía el lugar más interesante para contar en ese momento, y me dijo que los países musulmanes ex soviéticos del centro de Asia, repletos de petróleo, armados, inestables. Después le comenté que mi novia estaba preocupada porque lo había llevado a recorrer villas y que quería que la llamara para decirle que estábamos bien, y nos reímos recordando que habíamos pasado por situaciones algo más complicadas y me pidió el teléfono y la llamó, sin conocerla, para decirle que no se preocupara, que también esta vez habíamos sobrevivido.

Después nos volvimos a ver un par de veces, en actividades de la FNPI, y siempre fue agradable, interesante. Pero al final nunca le pregunté por lo de la novela. Aquel día, cuando lo conocí, le llevé –qué pesadez– dos libros míos: una novela y una crónica. Kapu me dijo ah qué bueno una novela, la voy a leer antes de empezar el taller para refrescar mi castellano, nada mejor que una novela para recuperar la lengua. A mí me dio mucho gusto y le dije que gracias. Después, en su taller –que yo filmaba para un documental–, alguien le preguntó por sus lecturas: ensayos –dijo–, sociología, filosofía, política, historia, y sobre todo poesía: para saber escribir lo más importante es leer mucha poesía. Lo que no leo desde hace décadas es una novela –dijo–: no me interesan las novelas.

Cada cual arma su personaje como quiere, como puede. El maestro Kapu era un polaco pícaro y toquete, orgulloso y modesto, mirón inteligente, escritor impetuoso y cuidadoso, refunfuñón, atento, que admiro y a quien agradezco, sobre todo, que consiguió que millones de personas en todo el mundo supusieran que lo que hace un periodista –un periodista en serio, un buen periodista– puede ser gran literatura. Es curioso, pero se lo creyeron y, también por eso, la frase que le escribí aquella vez en su camisa blanca:“Con mi mejor envidia. Gracias!”.

Lo segundo que me dijo fue que él nunca en su vida había hecho una entrevista. Primero me había dicho buenas tardes encantado cómo está con esa cortesía un poco fría que afectan los polacos: un taconeo apenas perceptible, como si se cuadraran para saludarte. Y después eso:

–No, yo jamás entrevisté a nadie.

Lo que pasó fue que a mí se me había ocurrido una pregunta astuta para abrir el diálogo:

–¿Usted tiene alguna táctica, algún truco para empezar una entrevista?

–Yo nunca en mi vida hice una sola entrevista. Nunca jamás. A mí me hacen entrevistas, pero yo nunca hice ni una sola.

Insistió, y durante la semana siguiente se lo oiré repetir dos o tres veces: a Ríszard Kapuściński, el más reputado periodista vivo, debe importarle mucho que se sepa. Entonces yo le dije que podría estar de acuerdo en que la entrevista suele ser una solución de facilidad, treta del periodista para no tener que contar y/o pensar y limitarse a transcribir una charla.

–Sí, cada vez hay más, y es un género despreciable.

Remató él: no era la mejor manera de empezar una entrevista. Miré a mi alrededor pero no ví ningún disfraz de bayadera bengalí ni de cardiocirujano yanomami –ni siquiera de pekinés en celo– así que tuve que seguir haciendo de entrevistador..

El maestro tiene los pies tan chicos. Desde su primera salida de Polonia, en 1957, Ryszard Kapuściński ha caminado cinco o seis continentes, veintisiete revoluciones, doce guerras, tantas historias, con esos pies chiquitos que ahora calzan unos zapatos viejos lustrados con esmero. El maestro nació hace setenta años en un lugar que ya no es: la ciudad polaca de Pinsk, ahora la ciudad bielorrusa de Pinsk. Y en cuanto pudo se fue a conocer mundo. La agencia de prensa polaca lo nombró corresponsal en África; en esos días los africanos se dedicaban a echar colonos blancos y no se preocupaban por las buenas maneras.

–¿Y fue entonces cuando vio su primera guerra?

–No, mi primera guerra fue la invasión nazi cuando tenía siete años, y fue muy duro. Mis recuerdos de esa guerra son recuerdos de un hambre constante, días y días sin comer nada. Cuando terminó la guerra yo no podía entenderlo: para mí la guerra era el estado natural de la vida, me sorprendía que ya no hubiera tiros, bombardeos, hambre, muertos. Pero después he estado en muchas guerras, ya ni sé cuántas guerras.

–¿Se necesita alguna cualidad particular para ir a las guerras?

–Yo no iba, me mandaban. Me llamaban y me decían Ricardo, ahora hay guerra en Sudán, tienes que ir. Pero en esos tiempos no había emails, teléfonos por todas partes: era un periodismo de libertad. Ahora cada paso del corresponsal está dirigido por su jefe en la central: el jefe tiene más información en su pantalla que el corresponsal en el terreno; en cambio cuando yo me iba eran viajes de Colón, de descubrir mundos, y mi jefe no tenía ni idea, no sabía ni siquiera dónde estaba yo. Ahora la visión del mundo ya no es una creación de unos pocos periodistas alocados; la producen en las grandes oficinas de Nueva York o de Londres.

Durante décadas el maestro formó parte de un pequeño grupo de amigos que se encontraban de guerra en guerra, de catástrofe en crisis, de sequía en alzamiento, pero ahora dice que lo peor de todo eso eran las condiciones de vida, el hambre una vez más, el calor, el agua sucia, las noches en la selva: que es mucho más difícil cruzarse con una bala que con un bruto ataque de malaria. Aunque después diga que lo peor son esas guerras de soldados niños:

–Los niños son los peores porque no tienen sentido del peligro y, además, a menudo los drogan para mandarlos al combate. Es tremendo: no sólo es completamente inhumano; también es lo más riesgoso para el periodista.

El maestro es un clásico del periodismo moderno: nadie como él para alejarse de lo pasajero de la actualidad y dejar condensado en un relato una época, un lugar. Nadie como él para mirar y ver. John Le Carré dijo alguna vez que Kapuściński era “el enviado especial de Dios” y supongo que debe ser un elogio. Ha publicado unos veinte libros y le brillan los ojitos cuando me dice que ha sido traducido a treinta y dos idiomas y que algunos de esos libros tienen letras tan extrañas que sabe que son suyos por la foto. El maestro mezcla orgullo y distancia con humildad y calidez: las dosis cambian.

El maestro va a pasar una semana en Buenos Aires: viene para impartir un taller de crónica organizado por la Fundación Nuevo Periodismo –que preside Gabriel García Márquez– y dice que le gusta enseñar en América Latina porque en ningún otro continente el periodismo está tan ligado a la literatura.

–La crónica es literatura construida a partir del material de la realidad.

Repite en cuanto puede. Sus alumnos son una docena y media de periodistas venidos de toda América Latina que lo escuchan con unción al borde de la mística. El maestro sabe hablar fascinando; también sabe callarse. Uno de estos días, en el taller, alguien le preguntará qué recursos técnicos es lícito utilizar para escribir una crónica y el maestro dirá que hay que dejarse guiar por la intuición o sea: no dirá casi nada. Después, varios asistentes me confesarán que cuando lo escucharon pensaron, maravillados, que esa frase les abría nuevos horizontes, que esas palabras los guiarían a lo largo de toda su carrera.

–Para ser periodista hay que ser, ante todo, un buen hombre o una buena mujer: buenos seres humanos. Una mala persona nunca puede ser un buen periodista.

Me dice ahora, de vuelta en la entrevista denostada, y yo pienso en un par de conocidos que creí buenos profesionales. Quizás lo sean, pese a todo. El maestro habla mucho del respeto por la verdad y los valores éticos:

–Una sociedad no puede existir sin información, sin intercambio de opiniones. Ninguna sociedad puede existir sin periodistas. Nuestra profesión tiene una responsabilidad social extraordinaria.

–¿Y alguna vez le dio vergüenza ser periodista?

–No, al revés. Yo estoy muy orgulloso de ser periodista. Yo trato a esta profesión como una misión.

El maestro es cristiano, tiene un hermano misionero en Bolivia y a veces dice que él también lo es:

–El trabajo del periodista es como el del misionero, tiene que abrir caminos para que los pueblos se conozcan. La misión del periodista es hacer algo bueno por los otros: una obligación ética. Yo tengo una visión muy idealista de esta profesión.

No me entendió: yo le preguntaba por esas situaciones en que el periodista tiene que mantenerse fuera de una situación en la que su decencia lo llevaría a intervenir, el fotógrafo que gatilla mientras ruedan cabezas, y entonces el maestro dice que ése es un problema ético que se plantea muchas veces pero que no se puede resolver de una manera general:

–Ese fotógrafo tiene que decidir si sigue haciendo esas fotos, que pueden influir a través de la prensa para mejorar esa situación, o si se mete personalmente en el momento. Hace unos años un equipo de la CNN filmó cómo una multitud arrastraba el cuerpo de un soldado americano por las calles de Mogadiscio, la capital de Somalia. El equipo podría haber tratado de intervenir pero siguió filmando, y sus imágenes conmovieron a la opinión pública y obligaron al gobierno de Bush padre a repatriar la expedición americana. Pero cada caso es una historia diferente y, en general, la instalación de una idea en la opinión pública es un proceso muy lento. La opinión pública va siempre por detrás de los hechos, y esa lentitud facilita mucho las decisiones políticas: cuando los políticos toman una decisión, la opinión pública todavía no está despierta, atenta al asunto.

–¿Es tonta la opinión pública?

–No, no es tonta, pero es una masa tan grande que necesita mucho tiempo para ponerse en marcha. Y a veces cuando se pone ya es demasiado tarde.

En el taller del maestro hay un periodista de La Repubblica de Roma que anota sin parar:

–No, yo no participo en el taller. Yo vine especialmente para hacer una nota tipo “a la escuela con Kapuściński”.

–¿En serio, tanto viaje para esto?

–Bueno, en Italia el maestro es una verdadera star.

El año pasado, en su primer taller, en México, García Márquez se apareció una mañana y se sentó a la mesa. Entonces el maestro le dijo por favor Gabo, cuéntanos tu experiencia.

–No, yo estoy acá para aprender.

Dijo el colombiano, y cuentan que el polaco se emocionó como una colegiala. Hemos hablado mucho, esta semana, de él y lo que ha escrito. El maestro dice que nunca reconoce lo que ha escrito, que escribe sin saber qué va a escribir y que lo olvida en cuanto lo escribió y que no se relee.

–Yo empecé como poeta, lo primero que publiqué fueron poemas, y todavía escribo poesía. Los únicos que realmente se ocupan del idioma son los poetas: para ellos el lenguaje es lo más esencial. Por eso, si se quiere tener un buen idioma, escribir de una manera bella, hay que leer constantemente poesía: no hay otra fuente de belleza, de riqueza, de frescura para el idioma. Por eso yo desde hace años ya no leo ninguna novela, pero sigo leyendo poesía.

Dice el maestro y yo trato de disimular mi sobresalto. Un día los talleristas discutieron un caso en que uno de ellos había omitido algunas declaraciones de un entrevistado porque quería protegerlo, porque pensaba que esas palabras podían dar una impresión equivocada sobre el personaje. El debate fue arduo, hubo algún exabrupto e incluso alguna lágrima. Al final, el maestro zanjó: dijo que, «por principio, la obligación del periodista es decir la verdad siempre» y la discusión quedó cerrada. La palabra verdad tiene muchos poderes.

–Pero hay que aclarar que la objetividad no existe: incluso en un despacho de agencia, cuando uno selecciona lo que va a contar ya está eligiendo, poniendo su subjetividad en la elaboración de la noticia. Yo no querría usar una palabra dura, pero en esto de la objetividad hay mucha apariencia…

–Por no decir engaño.

–Por no decir engaño.

El maestro sonríe. Por sus fotos, por sus libros, me lo imaginaba poderoso y altivo, con cierta prepotencia de grandote eslavo, pero todo en él es chiquitito: manos, ojos grises, esos pies en los zapatos muy lustrados. Su español es bastante bueno; a veces entiende lo que le dicen, otras no. El maestro habla español con ese acento polaco que supo ser el de mi abuelo y que, en los últimos veinte años, hemos aprendido a reconocer como la voz de Dios sobre la Tierra.

–Yo no creo en la distancia del periodista. Yo estoy por escribir con toda pasión, con toda emoción; los mejores textos periodísticos están hechos de pasión, de implicación personal en el tema. La teoría de la objetividad es totalmente falsa: la objetividad produce textos fríos, produce textos muertos.

El maestro extraña una supuesta edad de oro del periodismo donde sus practicantes eran honestos, respetados, conocidos. Todo nostálgico es un optimista; cree, con fruición, que algún tiempo pasado fue mejor:

–Cuando uno de esos periodistas iba por la calle todos lo miraban, le preguntaban cómo está, trataban de charlar con él.

Yo sospecho que esos tiempos no existieron nunca –que siempre hubo de esos periodistas y también de los otros– pero Kapuściński dice que esto cambió mucho en los últimos veinte o treinta años porque ahora el periodismo escrito es sólo una parte reducida del mundo de los medios dominados por la televisión, porque la noticia en los grandes medios es el producto de una larga cadena de personas, porque se perdió el orgullo por el producto y la responsabilidad personal del periodista y, sobre todo, dice, porque se descubrió que la noticia es un gran negocio:

–Este descubrimiento es fundamental, porque hizo que el gran capital se metiera en nuestra profesión. Normalmente el periodismo no era un gran negocio: se lo hacía por ambición o por sentido de misión. Ahora, con el gran capital, empezaron a manejar el mundo de los medios señores que no son periodistas, que ni siquiera les interesa el periodismo. Ellos tratan al periodismo como a cualquier otro medio para conseguir grandes ganancias. Entonces nosotros, los soldados y obreros de esta profesión, por un lado, y los patrones de los medios, por otro, ya no tenemos ni siquiera un lenguaje común. Nuestro valor más importante solía ser la búsqueda de la verdad. Ahora ya tu jefe no te pregunta si tu noticia es verdadera; te pregunta si es interesante, si se va a vender bien. Este es el cambio más profundo del mundo de los medios y de su ética. Ahora el periodista en vez de buscar la verdad busca la historia sensacional, la que pueda salir en la primera página.

Dice el maestro, y que por esa búsqueda de lo espectacular los grandes medios dan una información parcial, muy deficiente:

–Los americanos no tienen ni idea de dónde está Irak, por ejemplo, quiénes viven ahí, qué problemas tienen, quiénes son sus vecinos. Sólo conocen el nombre y las tonterías que dicen los políticos y las grandes cadenas de televisión. Lo mismo pasa con el Islam: imaginan que es una gran fuerza unida para el mal. Yo a veces les he preguntado señores, cuál fue la guerra más mortífera de la segunda mitad del siglo XX, y nunca saben qué decirme. Y resulta que fue la guerra de los años 80 entre Irán e Irak, dos países islámicos. Y eso los grandes medios electrónicos no lo cuentan nunca.

Dice, se sonríe. El maestro es cascarrabias pero sabe que su sonrisa le compra indulgencias. El maestro es tímido, agradece todo mucho, y tiene una mirada capaz de mostrarse sorprendida. El maestro no pierde ninguna oportunidad de abrazar mujeres circundantes. El maestro, más que nada, no para de hacer preguntas, de interesarse por todo todo el tiempo: la única forma de enseñar es no pensar que ya no queda nada que aprender.

–¿Y es cierto que entre ellos hay muchos delincuentes?

Me pregunta ahora, señalándome con la mano la tribuna de la hinchada de Boca: el maestro lo mira todo con avidez, con hambre. Las banderas, los gritos, la luz relampagueante. Anoche escuchó tangos hasta cerca del alba. Fútbol, tango: los argentinos siempre mostramos lo mismo. Debe ser mucho lo que queremos ocultar.

Ryszard Kapuściński se resiste a dar tips, a narrar experiencias concretas, a contar anécdotas: quizás 45 años de contar historias produzcan ese efecto. Pero en un momento me dice que lo más importante para escribir buenas crónicas es entenderse con la gente del lugar, que te sientan cercano, respetuoso, Y dice que, para eso, es básico aceptar su comida:

–El primer contacto suele ser que te invitan a su mesa y ellos miran si uno come con gusto o si está molesto.

–¿Y si no le gusta la comida?

–Hay que mentir. La mentira es un arma muy importante, indispensable.

Dice, y se sonríe con cara de mira qué pícaro me pongo. A veces el maestro tiene cara de gnomo bribonzuelo: los pocos pelos de la cabeza se le rizan hacia arriba y las cejas también, luciferinas. El maestro suele repetir que es humilde y yo sospecho que no hay nadie tan orgulloso como quien se jacta de su humildad. Después vuelve al estado actual del mundo, su tema recurrente:

–Ahora tenemos cada vez más millonarios y cada vez más pobres: lo que más ha crecido en el mundo es la injusticia.

–¿Y por qué cree que miles de millones soportan esa desigualdad, esa pobreza?

–Yo creo que la pobreza no es una fuerza revolucionaria: es una situación que convierte al hombre en un ser muy pasivo. La pobreza no es sólo material: es también social y psicológica. El pobre no lucha, porque para luchar por algo se necesita poder imaginarse un objetivo, un futuro mejor. Y el que tiene hambre no tiene tiempo ni ánimo para imaginar nada que no sea cómo pasar el día de hoy, de dónde sacar la próxima comida. Por eso esa gente no es capaz de organizarse, de luchar.

–Usted ha estado en muchas revoluciones. ¿Hay algo común en todas ellas, que le permita entender cuándo y cómo pueden producirse?

–Es muy dífícil, porque en la mayoría de los países las condiciones para la revuelta están dadas siempre, y sin embargo esos movimientos aparecen de pronto en un lugar igual a tantos otros. Pero ésas no son revoluciones, son revueltas que revientan de repente, duran unos días y desaparecen. Son sólo movimientos de rabia, de odio, de destrucción…

–Es lo que más se ve actualmente. Como no hay modelos políticos alternativos para intentar, es más difícil pensar en movimientos revolucionarios clásicos…

–Sí, la época de los movimientos organizados revolucionarios se terminó porque cambiaron las sociedades. Estas sociedades ya no tienen divisiones claras, por eso ya no pueden organizarse en movimientos sociales como los partidos, los sindicatos. En el mundo contemporáneo no hay más revoluciones.

Dice, y no me queda claro si el quiebre de su voz es por nostalgia.

¿Para qué sirve la crónica?

Hace unos días el Festival Gabo, que organiza la Fundación homónima -es decir Gabo- me invitó a dar una charla -¿magistral?- sobre la crónica. Aquí está, dividida en dos partes por razones de peso.

Aquí, las preguntas de quienes las hicieron y sus respuestas -las mías:

Por la peste

D.Y.

Fotos: Dani Yako

Epígrafes: Martín Caparrós

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Mi amigo Dani Yako, que ya ha pasado por estas ¿páginas?, es un gran fotógrafo. Es, también, un gran neurótico: se ha pasado su casi medio siglo de profesión despotricando contra cualquier tecnología más o menos nueva, fiel a su leica y sus negativos blanco y negro y sus copias de artesano, papel y celuloide y el olor de esos líquidos mágicos.

Por eso todavía conserva sus máquinas y su laboratorio, un lugar no muy lejos de su casa donde iba a trabajar casi todos los días. Pero la pandemia, como a todos, lo atacó y le hizo un daño que quizá sea un favor: encerrado, no tuvo más remedio que usar su teléfono para registrar y contar lo que veía, lo que vivía en ese mundo breve.

Durante más de seis meses de encierro Yako mandó a sus amigos, cada día, una foto que lo sintetizaba. Yako siempre trabajó en blanco y negro; estas eran en color. Yako siempre buscó un realismo despiadado; estas solían ser abstractas. Yako, queda dicho, siempre usó celuloide y papeles; estas son puro digital.

La pandemia nos está cambiando de formas que no sabemos, que no podemos todavía calibrar. Uno de esos cambios –un pequeño paso para la humanidad, uno tan grande para Yako– es este, estas fotos totalmente inesperadas con las que fue contando y pensando el encierro, la asfixia de no poder hacer lo que sabíamos: en esa traba había una puerta.

La traba era la puerta.

Yako la abrió –y esas fotos, las 200 y pico, serán seguramente un libro, uno de los relatos más sugerentes de estos meses que todavía no terminaron, que no nos terminaron, que ahora empezamos a contar. Estas fotos son un relato de este tiempo y son, también, una metáfora de algo: la fuerza de ese instinto que nos lleva a buscar, cuando no encontramos lo habitual, lo que no habíamos pensado todavía, lo que no queríamos pensar.

No solemos hacerlo: nuestras vidas funcionan sin eso. Pero un tsunami como la peste nos devuelve la necesidad y reaparece: ese impulso tan raro es, al fin y al cabo, lo que nos hizo hombres.

Hacer lo que no hacíamos, salir de los encierros.

Abrir los ojos, caminar a ciegas.

Buscar entre las sombras, exponerse:

caer si acaso.

O no caer y ser

ligeramente otro, ser

lo que antes no, ser

sin saber: caer.

Hacerse en la caída.

La ciudad aymara

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Este domingo el MAS ganó con más de la mitad de los votos las elecciones bolivianas. El Alto, donde el nuevo presidente electo cerró su campaña el miércoles pasado, siempre fue uno de sus bastiones. Yo estuve allí en febrero último, trabajando para mi próximo libro, un intento de entender y contar qué es ahora Latinoamérica.

El Alto es la segunda ciudad más poblada de Bolivia, ciudad nueva, ciudad aymara, ciudad sorprendente.

Martín Caparrós

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En El Alto abren malls

o shopping centers o incluso centros comerciales:

ya son tres.

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En este mall recién abierto, a medio abrir, en obras, el chico de ocho o nueve grita desde lo alto de la escalera mecánica a su padre y su madre, abajo todavía, los dos cuarentaytantos, ella una nena en brazos, los dos ropas baratas y sus caras curtidas, mamá, papá, suban, no tengan miedo, no tengan miedo, suban, y el padre tienta con un pie vacilante el escalón moviéndose y da un saltito atrás y el hijo desde arriba no tengan miedo papá mamá no tengan miedo pero papá y mamá, él cabizbajo, ella detrás, los dos callados, caminan unos metros hasta que encuentran una escalera inmóvil y empiezan a subirla.

Quizá con esto ya esté todo dicho; quizá, no todavía.

Quizá no, todavía.

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El Alto se llama así porque está arriba de La Paz, la ciudad principal de Bolivia, a 4.000 metros de altura. El Alto es una de las ciudades más nuevas del continente; en 1984 era una pampa desolada y sus casitas y ahora tiene un millón de habitantes y es la segunda de su país, tras Santa Cruz. El Alto es una ciudad hecha de migrantes: ninguna representa mejor el movimiento del campo a las ciudades que cambió la región en las últimas décadas. Y El Alto es una ciudad india, la más grande de América: tres cuartos de sus habitantes son de cultura aymara y unos cuantos, quechuas. El Alto es nueva, sintética, sincrética, simbólica. El Alto es, además, un lugar donde vive mucha gente.

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–Imagínese, joven, lo que era esto cuando yo llegaba. El viento, nomasito, el viento.

Don Jaime tiene 78 años; dice que ha trabajado mucho y que ya está retirado.

–Pero la hicimos, joven, acá está, la hicimos.

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En 1985, un gobierno neoliberal cerró muchas minas: miles y miles de mineros se quedaron sin trabajo –y muchos migraron hacia El Alto.

–Mi papá es de la mina, él es minero, de la Caracoles. Nosotros nacimos ahí, yo y mis seis hermanos, era el mejor momento del estaño. Yo crecí ahí, a 5.000 metros de altura, en medio de la nieve. Pero en esa época los mineros tenían muchas cosas, teníamos las mejores escuelas, buena sanidad…

Me dice Marco, activista aymara, periodista respetado. Su familia se instaló en El Alto; él extrañaba los páramos blancos de su infancia. Más tarde empezó a extrañar también la vida comunitaria del pueblo minero, sus escuelas, sus cuidados; en la ciudad, en cambio, cada cual se buscaba la vida por su cuenta.

–Esa violencia histórica creó El Alto. ¿Por qué vino la gente? Vino expulsada por el Estado, los mineros por el cierre de las minas, los campesinos porque vivían de vender sus productos a esos mineros y esperaban trabajar en la mina alguna vez. Entonces vinieron a El Alto porque era lo que podían, pero también traían esas aspiraciones de modernidad, de ser parte de la gran ciudad. Yo siempre pienso en esa película donde sale un indiecito que mira la ciudad desde lejos, que su aspiración es vivir en esa ciudad. Pero la ciudad que había los rechazó, ¿no? Entonces se quedaron en este territorio y se construyeron una ciudad propia.

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Son miles y miles de personas que dejaron la producción primaria –minerales, comida– para pasar, la mayoría, al comercio de todo, cualquier cosa. O, si acaso, a servicios: choferes, albañiles, mecánicos, reparadores varios. Gente que fue de la producción a la circulación: la marca de estos tiempos.

El cambio más decisivo de estos tiempos.

A fines del siglo XX El Alto era más que nada casitas de adobe y calles de barro, patios y animales pero crecía, insistía: ya empezaba a dejar de pensarse como un suburbio de La Paz y se creía ciudad, un lugar diferente y autónomo.

En septiembre de 2003 El Alto, que acababa de cumplir 18 años, mostró su mayoría irrumpiendo en la escena nacional. Gobernaba Bolivia Gonzalo “Goni” Sánchez de Lozada, un señor que hablaba con acento inglés y ya había vendido casi todas las empresas públicas a capitales privados. En esos días el señor Goni anunció un plan para exportar torrentes de gas a Estados Unidos y México a través de Chile, baratísimo y privatizado, gran negocio para empresas extranjeras. El MAS de Evo Morales, que acababa de entrar en el Congreso, y otras fuerzas indias y rurales se oponían: pedían que el gas se usara en el desarrollo interno de un país donde más de la mitad de las personas no tenían electricidad y nueve de cada diez campesinos eran pobres.

La oposición se jugó en calles y carreteras, y llegó al paroxismo aquel 12 de octubre, cuando un convoy de camiones cisterna trató de salir de la planta de hidrocarburos de Senkata, un barrio alejado de El Alto, para abastecer a La Paz, que se estaba quedando sin combustible. Miles de vecinos lo bloquearon; la policía y el ejército mataron a unos 50 manifestantes pero el bloqueo se mantuvo. Las peleas siguieron en las calles de El Alto y de La Paz; cinco días después el señor Goni tuvo que renunciar. Lo sucedió su vicepresidente, Carlos Mesa; dos años después las movilizaciones –sobre todo alteñas– por la nacionalización del gas lo echaron a su vez. Hubo elecciones y consagraron presidente, con el 54 por ciento de los votos, al indio Evo Morales. Y El Alto se consagró también como una fuerza política temible: el peso de los pobres, el poder de la calle.

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–A mí me gustaba más cuando no era tan grande, caserito. Ahora uno se pierde, ya no conoce a nadies. Antes sí me compraban porque me conocían.

Doña Mercedes tiene setenta largos y vende frutas en la calle, arrugas como tajos, su sombrero, polleras desteñidas.

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Ahora el color dominante es el ladrillo, las casas sin revoque; también hay casas pintadas de colores, y amarillo. Las que se intentan elegantes tienen vidrios espejados de colores intensos: el colmo de la modernidad en estos rumbos. Y hubo un cura alemán, Sebastián Obermaier, que la sembró de iglesias con sus torres para que se vieran de lejos, desde más alto todavía. Muchas iglesias, multitud de torres, trincheras contra el evangelismo.

.–El Alto realmente es una articulación entre dinamita y kurawa, un resultado de las dos violencias unidas.

Dice Marco, los pelos revueltos, las canas que ya asoman, la voz precipitada. La dinamita es común en la mina, la kurawa es una honda que usan los campesinos; entre las dos armaron ese espíritu de lucha que prendió en El Alto, y su desconfianza, su ruptura con el Estado boliviano.

–El Alto debe ser una de las ciudades alteradoras frente a las ciudades coloniales de Latinoamérica. Las ciudades coloniales siempre se constituyen a partir de un centro único, esa plaza donde está la catedral, el poder político, las familias privilegiadas… El Alto no tiene nada de eso. Por no tener, ni un centro tiene.

En estas décadas los migrantes del campo se instalaban en esos barrios de invasión alrededor de las capitales, donde siguen viviendo todavía, despreciados, temidos, marginales. El Alto es uno de los pocos casos –¿el único?– en que esos migrantes construyeron una ciudad que, poco a poco, dejó de ser un satélite para ser una ciudad autónoma, una ciudad en sí misma.

En El Alto hay poco oxígeno, calles asfaltadas, casas bajas, calles de tierra, edificios más altos, calles desiertas, calles atestadas; hay, alrededor por varios lados, unas montañas nevadas majestuosas como para decirte que existe aún más alto y, por otro lado, más abajo, ese agujero de techos rojos y algunos rascacielos al que llaman La Paz. Y hay tsunamis de cables en el aire y tsunamis de personas en el centro y hay trancaderas –o trancones o atascos o embotellamientos– en las avenidas pero no son coches particulares sino minibuses y otros transportes públicos. Y hay por todas partes vendedoras de todas las comidas, sus polleras, sus sombreros de copa, sus bebés a la espalda: aquí las llaman cholas. Y en el centro hay multitudes y en los barrios nadie. Y entre tanto ladrillo sin revoque, tanta casa inconclusa, tanta calle vacía, una plaza chiquita huele a miel. Es casi nada, un triángulo de quince por quince con un monumento de lata de un marcianito raro pero está llena de unas flores blancas chicas que huelen a miel. La plaza no tiene bancos ni juegos, no hay lugar para estar: puras flores, puro despilfarro. Es raro caminar por aquí y, de pronto, la miel. Es fuerte construir, en un sitio al que le falta tanto, una plaza con olor a miel. Alguna vez alguien escribirá que el deseo es una plaza con olor a miel.

Ojalá, alguna vez, sea yo.

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Aquí el tiempo cambia todo el tiempo. Nunca se sabe si realmente hay sol, si realmente llueve –y realmente no dura más de diez minutos. Yo no sé si eso influye. Lo peculiar, lo raro de El Alto es que ahora, a 35 años de su fundación, se ha convertido en una sociedad con clases, muy distintas clases. Y tiene, por supuesto, sus mitos de origen.

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Roy tiene 28 años, su aspecto pulcro, tan correcto. Roy es un joven emprendedor aymara, hijo de una de esas familias que armaron clases en El Alto, y ahora me cuenta la historia de uno de ellos: un pariente jovencito que había llegado de su pueblo y quiso aprender costura pero nadie le daba la oportunidad, decía, “y entonces he entrado de ayudante, limpiaba, recogía, dice, y en esas conocí a una cholita que vendía comida, dice, entonces me enamoré de esa cholita, dice, y me busqué otro taller donde sí me empezaron a enseñar a costurar y ya estaba con esa cholita y nos juntamos y entonces en las noches, dice, preparábamos la comida hasta las diez, once de la noche, nos dormíamos y a las cuatro o cinco ya nos íbamos y empezábamos a vender comida, calditos, y a las ocho de la mañana, siete, yo ya estaba de nuevo costurando, dice, y así hemos empezado a ahorrar dinero, dice, y ya me volví buen costurero, buen sastre, y he empezado a agarrar contratitos y después pude abrir mi tienda y ya necesitaba tener más personal, más máquinas, entonces les dije a mi gente del campo, a mis sobrinos los he traído y vivíamos todos en un cuarto, dice, de cuatro por cuatro, ahí vivíamos todos, dormíamos en colchonetas, asilados, y el taller era ahí mismo, al frente, ahí trabajábamos y vendíamos. Y así hemos empezado a mejorar y hemos ahorrado dinero, dice, y también nos prestamos dinero en el banco y pudimos viajar, dice, fuimos a la India y empezamos a traer tela para hacer nuestros trajes, salía mucho mejor, y después trajimos ya para distribuir, dice”, dice Roy que decía su pariente, “y que poco a poco empezó a vestir a todos los hermanos de las fraternidades que bailan acá en El Alto y ya después puso una sastrería muy conocida, la Juventus, y ahora es un empresario grande, gana millones, y su mujer mientras tanto abrió su restaurante pero después ya no quería seguir con eso, se lo dejó a alguien y empezó a importar electrodomésticos, ya tienen tiendas en el centro, y después se construyeron su cholet”, me cuenta Roy, y que una vez que fue a verlos muy temprano la mujer estaba limpiando la sala enorme del cholet porque había habido una fiesta y que su hijo menor, cinco o seis años, también estaba con ella, barriendo con una escobita casi de juguete, trabajando a las siete de la mañana, y que él le preguntó por qué estaba limpiando en lugar de pagarle a alguien que lo hiciera y que ella le dijo que qué tiene, que si hay que limpiar ella lo limpia, o no tenemos manos, nosotros, no tenemos pies, dice que le dijo. Y que estos emprendedores aymaras lo que nos han demostrado es que se trabaja las 24 horas. Si quieres generar dinero tienes que trabajar tres veces más que una persona normal, esa es la fórmula. Sí, son gente que se explota a sí misma, pero lo hacen porque saben lo que quieren y saben que esa es la única manera, dice Roy: la única manera.

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Y que así, quizá, tampoco lo consiga.

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Pero los nuevos ricos del cholet desprecian la formación tradicional, y no quieren que sus hijos hagan esas cosas:

–¿Qué va a hacer? ¿Va a estudiar economía o medicina o algo así y va a ser un empleado en un hospital, en un ministerio,  en una empresa? ¿Con el sueldo de un empleado? Se va a morir de hambre…

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Alguna vez algún sociólogo estudiará, en El Alto, cómo se pasa de una comunidad donde prima la solidaridad, el esfuerzo compartido, a una donde el modelo consiste en buscarse la vida para salvarse –solo. En hacerte con ciertos bienes que te darán la sensación de que hiciste lo que querías, que lo tienes; en lanzarte a ese camino de logros personales que el capitalismo señala como el gran camino. Ese día, ese sociólogo irá a la feria de la plaza La Paz a ver las alasitas.

Las alasitas son una tradición aymara que la Unesco declaró, como casi todo, Patrimonio de la Humanidad hace unos años, y que consiste en comprar, bendecir y al fin quemar pequeñas cerámicas o tallas que representan lo que cada quien quiere –para conseguirlo. Verlas, entonces, es ver un catálogo de los deseos alteños: cochecitos –muchos cochecitos–, casitas de colores, negocios –como la carnicería con el cartel “Carne de Chancho” o las farmacias o las licorerías–, pero también fajos descarnados de billetes de dólares, cofrecitos que rebosan oros y brillantes e incluso tesis de grado, diplomas de médico o de oficial del ejército, un mandamiento de libertad provisional o una sentencia de divorcio..

Se compran muy barato; lo difícil es creer y hacer bien el ritual. Roy, el atildado, me decía –frente a su mesa llena de cochecitos, camioncitos– que “las alasitas son como el contrario de Navidad, aquí en la cultura aymara, estaban mucho antes. A mí me nace comprar mis alasitas, gallinitas, autitos, un ekekito, toritos, y hay que hacerlos bendecir, hacer toda la cosa… Porque te va naciendo, como que tu fe va cobrando vida. Y eso que yo no creo, pero tu fe va cobrando vida sin querer.”

El cartel, primero, me causó indignación o sorpresa –que son formas distintas de lo mismo. El cartel, entre muchos, pegado en una cartelera de buscar empleados, vender casas y coches, decía que “se necesita cholita o señorita” para “ayudante de pensión”: le ofrecían 1800 bolivianos por mes trabajando de lunes a viernes, sin horario claro; 1800 bolivianos son unos 250 dólares. Después ví que “cholita o señorita” era una fórmula consagrada: se repetía en muchos carteles. Otra “cholita o señorita para ayudante de cocina” tendría un sueldo mensual de 1200 –unos 170 dólares– y así de seguido. Y después me explicaron que la fórmula se usa sin más vueltas: que una cholita es una mujer joven vestida según la tradición, con sus polleras y ese bombín que llaman borsalino, y señorita una vestida como cualquier mujer del continente.

En El Alto, en las calles de El Alto, muchas mujeres usan sus ropas clásicas, varias polleras y el sombrero, su ponchito. Aquí también son las mujeres las que cargan con el peso de mantener las tradiciones; sus hombres, más ligeros, se visten como cualquier hombre latinoamericano más o menos pobre.

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Son 4.000 metros de altura. Aquí los forasteros acostumbrados a respirar la pasan mal: no es un lugar donde cualquier persona –que no sea del Altiplano– pueda venir impunemente. La ciudad de inmigrantes solo recibe amable a ciertos inmigrantes.

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Pero es difícil pensar El Alto sin el MAS, el aymara Evo Morales y su puesta en valor de esos pueblos desdeñados, los indígenas. Que un presidente lo fuera fue un cambio radical. Una forma de enseñar a millones a decir que sí, soy indio, ¿y qué?

O, más brutal: Sí, soy indio, pero no soy tu indio.

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–Es bueno vivir entre nosotros, no vivir en un lugar donde todo el tiempo te hacen sentir distinto, menos bueno. A mí eso me gusta de vivir acá.

Don Hipólito tiene más de sesenta, la nariz de aquel cóndor, una bolsa que carga con resoplos. Camina despacito, para, charla.

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Aquí parece que todos vendieran algo –y debe ser cierto o casi cierto. Porque también hay algunos que son maestros o funcionarios o albañiles o médicos o abogados o policías o ladrones, pero se diría que todos ellos –y sus esposas– también venden. Desde los más humildes, más precarios –una señora de polleras sentada en el suelo con cinco trocitos de queso extendidos sobre una bolsita de plástico verde, una señora de polleras con un montoncito de diez higos apiñados sobre un plástico transparente– hasta los que triunfaron y despliegan sus negocios de electrodomésticos con nombres que recuerdan a su mamá, su pueblo o su triunfo.

Es el espíritu emprendedor que comparten el dueño de un cholet y la chola que vende ají de gallina en la puerta. El espíritu de El Alto, la idea de que se puede crecer con el esfuerzo comercial o empresarial, que hay que buscarlo por sí mismo, que si acaso el gobierno no te debe joder más de la cuenta –y si lo hace, de tanto en tanto hay que recordarle cuál es su lugar–, que lo importante en la vida es “progresar”, entendido el progreso como el logro de mejoras materiales personales. El Alto es la reunión de centenares de miles de personas que coincidieron en buscarse la vida, en hacerse una vida distinta de la que ya tenían. Y buscarla cada uno por su cuenta aunque, de tanto en tanto, todos se junten para que los dejen seguir buscando por su cuenta: para que no les arruinen su posibilidad.

–Aquí todas las casas tienen machones, y el machón te está dando un mensaje: esto no para, vamos a seguir. Vienen los de afuera y dicen puta, estos pobres no terminan su casa. No es eso, no entienden: es la idea de que vamos a seguir adelante, que lo vamos a mejorar, siempre a mejorar.

Dice Marco. Que nunca nada es como es ahora: que siempre hay un futuro y que el futuro está hecho de ladrillos, algo sólido y propio. Machón, aquí, es cada uno de esos hierros erectos que sobresalen del techo de una casa, que permiten agregar otro piso. Y los llaman machones.

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.El Alto, entonces, podría ser el caso perfecto para alegrar a cualquier pesimista social: un grupo donde todos o casi todos, en su origen, eran migrantes parejamente pobres y que, en una o dos generaciones, consigue dividirse en clases bien marcadas, producir sus ricos, sus poderosos, desigualdades bien marcadas.

.Hay gritos, los anuncios son gritos y más gritos. Un cincuentón bajito con sombrero de cowboy, la cara hinchada, lentes oscuros, chaqueta y pantalón de cuero negro muy gastados, las botas con herrajes, grita el destino de un minibus con palabras que no llego a entender. Le pregunto.

–Es aymara, ¿qué quiso imaginarse?

Me contesta, casi belicoso, y se ajusta el sombrero:

–¿O dónde se cree que está, mi amigo?

 Alrededor, el mercado son kilómetros y kilómetros de puestos donde, dicen, se puede comprar literalmente cualquier cosa. El mercado se llama 16 de Julio, se celebra jueves y domingos y los alteños dicen, insisten en decir, que es el segundo mayor del continente después de La Salada, en el Gran Buenos Aires. El mercado 16 de Julio es como la culminación de ese espíritu comerciante que domina El Alto: el lugar donde se lo celebra y reverencia, el lugar donde se lo pone en escena en un teatro enloquecido. Aquí mercado es casi todo, pero el Mercado 16 de Julio es la más alta expresión de esa actividad que –dicen todos– hizo de El Alto lo que es..

–…y atención, para esa madre trabajadora, para esa señora que trabaja más que el hombre,  nosotros le estamos ofreciendo los productos maravillosos a los que hemos puesto por nombre “Enfermedades de la mujer”. Y esto es una maravilla, porque estos productos “Enfermedades de la mujer” son totalmente efectivos para las inflamaciones, infecciones a los ovarios, infecciones a la matriz, para esa madrecita que camina con ese problema del sexo blanco, el sexo amarillo, irritaciones, escozores. Muchas personas creen que esos problemas no pueden solucionarse y les crean muchas dificultades en sus matrimonios, en sus vidas, el marido les hace reproches, todo se vuelve más difícil, pero esos problemas pueden solucionarse con nuestros productos de medicina natural tradicional que aquí mismo…

Recita la voz grave de un altavoz en medio del mercado.

Aquí vender comida es cosa de mujeres. Ni un hombre –ni un solo hombre– en los cientos o miles de puestos que venden todas las variedades conocidas de la papa y otras más, cualquier verdura, arroz, maíz, fideos, granos varios, huevos, uvas, uchuvas, tunas, chirimoyas, mangos, manzanas, duraznos, peras, higos, bananas muy maduras, truchas y otros pescados crudos y fritos, carne de pollo y vaca y cerdo cruda y frita y seca, salchipapas, galletas, ajíes, sajtas, sopas, golosinas, hojas de coca, condimientos, pimientos, hierbas con y sin flores.

Son mujeres: solo mujeres en la entrada, la zona de nada más comida. Después todo se va mezclando: adentro del mercado puestos venden –por estricto orden de aparición– guantes de moto, cascos de moto, futbolines de madera hechos a mano con camisetas pintadas de Bolívar y Strongest o del Real Madrid y Barcelona, bolsos y bolsas, camisetas de fútbol, camisetas pantalones y remeras de marcas que no son, ruedas de bicicleta, ruedas de moto, dentífricos y cremas, jabones y papel higiénico, más papel higiénico, más papel higiénico, chips para celulares, choripanes, sopas, revoltijo de muñecas desnudas, criquets para cambiar ruedas pinchadas, herramientas diversas, clavos clavitos tuercas y tornillos, radios, televisores, plantillas de zapatos, lámparas y cables, partes nuevas de coche, partes de coche usadas, motores de coche, calcetines, guirnaldas para fiestas, montañas de ropa usada sucia para revolver, vírgenes de Copacabana y otras vírgenes cristos santos santas, perfumes truchos, relojes, toallas mantas sábanas, adornos chinos, bufandas que dicen “Tu envidia es mi bendición” y otros mensajes, anteojos negros, anteojos transparentes, gorras, pegatinas, tinturas para ropa, tinturas para pelo, protectores de pantalla para celulares, zapatillas –calles y calles llenas de zapatillas–, asientos para coches, dinosaurios de goma, anillos de latón, globos terráqueos, paraguas, llaves y candados, empanadas salteñas y pancitos, licuadoras, coches usados pero muy lavados con sus precios en dólares escritos en el vidrio, cuadernos agendas y marcadores de colores, grifos y lavabos, cinta para pegar billetes rotos, sacos usados, colección de barbis, abrigos usados de piel falsa, corbatas usadas, mantas y frazadas, pescado frito, pescado refrito, charquekán de Oruro, sartenes cacerolas pavas nuevas, aceite para máquina, cubos copia de rubik, cadenitas con dijes, pesas de gimnasio, cinturones de cuero, tatuajes en el acto, 1917 y otros miles de DVDs piratas, pilas para relojes, chicharrón de llama, polleras de chola, sombreros de chola, ponchitos de chola, sopa de maní, chaquetas de soldado camuflado, ponchos rojos, pelotas y pelotas, memorias con 1.000 temas  musicales, los diarios del día desplegados –veinte hombres alrededor leyéndolos–, mantas de colores, tuppers, billeteras, celulares robados, gomas de borrar –solamente gomas de borrar–, maniquíes decapitadas y mancas con bombachas negras, relojes usados, pañales descartables sin usar, un baño público a un peso boliviano el uso y muchos perros sucios. Y el camino se bifurca y trifurca y cuatrifurca y hay más calles y puestos y más puestos y todo reaparece y se repite, salvo los coches y los futbolines y las muñecas trastornadas, y nada tiene un precio fijo y todo se negocia, se discute, todo se discute, y hay hombres en algunos puestos, y de pronto la lluvia: una lluvia pesada, fría, encabronada, una lluvia que cae de demasiado cerca.

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Todos vendiendo algo, comprándolo: los aymara, me dicen, siempre fueron grandes negociantes –y así armaron El Alto. Hace unos años, me contaba Marco, él hacía tours para personas que venían a conocerlo y le tocaron tres políticos republicanos norteamericanos y los trajo al mercado y se morían de envidia:  

–Los gringos me decían puta, qué envidia, este es el modelo que Estados Unidos debería seguir. Porque ese es su sueño, un país donde no se pague impuestos, donde el mercado mande. Estaban entusiasmados, me acuerdo de uno que gritaba esto es lo que queremos, acá no hay impuestos, acá manda la plata.

El mercado es territorio liberado: sus mercaderes no reportan al Estado. Algunos dicen que, además, hay mucho contrabando, mucha droga, y que ese es el origen de ciertas fortunas alteñas; quién lo sabe.

–El centro del poder de El Alto es la 16 de Julio. A El Alto si le quitas la 16 de Julio le quitas el alma, no le queda nada.

Dice Marco.

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Aunque le queden, orgullosos, los cholets.

Llámase cholet a un edificio de cinco o seis pisos con tiendas varias en el  piso a la calle y una sala de fiestas tremebunda descomunal en el primero. En los dos o tres siguientes hay departamentos para los hijos del dueño y, en el techo, la vivienda principal hecha chalet de un piso o dos, con sus patios y plantas, animales, como quien se da el gusto de vivir en las afueras bien adentro. Y todo eso con todos los colores, todos los dibujos, todos los vidrios azul eléctrico y rosado bombón y verde flúo y dorado dorado: todos los trucos para que nadie –nadie nadie– pueda nunca no verlo. El color como una forma de la cachetada, la bombita de agua en la cabeza: los colores te chorrean por la cara, cumplen con su objetivo manifiesto.

El nombre le viene de un sarcasmo de clase: era, para los huequeños de La Paz, el estúpido chalet de un cholo, de donde esa palabra: cholet. Que poco a poco fue perdiendo su carga despectiva y se fue haciendo el símbolo de El Alto y lo convirtió en la única ciudad ñamericana con un modelo arquitectónico tan propio, distintivo.

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El cholet es arquitectura-reguetón: la exhibición de riquezas sin pudor, la exhibición de quien piensa que la riqueza es un premio de Dios –o de alguien  parecido.

La paternidad de los cholets se discute. Los mamanistas dicen que es el invento de un dizque genio local, Freddy Mamani, que ahora da vueltas por el mundo mostrando su arte; los antimamanistas dicen que es un invento colectivo, el resultado del cruce entre las viejas tradiciones aymaras y las fantasías de sus dueños y las destrezas y confusiones de sus albañiles. Y nunca se llegará a ningún acuerdo, así que el tema se debate con arrebato y animadversión y mucha plata de por medio. La propiedad de los cholets, en cambio, parece más o menos clara: son de los esforzados que la hicieron y ahora quieren que todos lo sepan.

–El cholet es una manifestación de acumulación del capital, una casa que vale entre medio millón y tres millones de dólares. El aymara burgués es un emprendedor, es alguien que ha hecho su dinero comerciando, es gente que trabaja full, y full no son ocho horas, es de las cuatro de la mañana a las once de la noche. Gente que ahora hace negocios grandes, con China, Chile, Estados Unidos…

Dice Marco, que los conoce bien, que trabaja con Freddy Mamani. Yo le digo que son, también, el signo de una confusión:

–Es curioso que el lugar que se ve desde lejos como la amenaza roja que cuelga sobre la capital, que de vez en cuando la pone en vereda, sea, si uno la mira desde más cerca, el lugar donde tiene más fuerza un modelo de acumulación capitalista clásica, bien individualista…

–El Alto se mueve con dos patas, por su condición de exclusión histórica, aymara, pobre, todo lo que ha vivido. Eso se traduce en lo que fue 2003, su capacidad de movilización y de presión política al Estado. Pero la otra pata, el motor de El Alto, es esta economía liberal, capitalismo puro. Y por las dos nos temen. Nos miran con respeto, con un poco de miedo por el tema político, pero también por el capital que es capaz de generar El Alto. Porque es un sector potente que por ahora no se mete en política, pero cuando sus negocios se vean afectados, ahí va a entrar. Y los políticos lo saben.

La amenaza se hiergue, brillante de colores.

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Hay, dicen, ahora en El Alto unos cien cholets completos –y quizás otras tantas imitaciones imperfectas. Se levantan orgullosos, definen la ciudad; muestran, además, que, a diferencia de muchos ricos ñamericanos, los aymaras no se llevan su plata a Miami o Panamá: la siguen invirtiendo en sus lugares. Muestra, también, que cuando se enriquecen no se van; se hacen una gran casa en el mismo lugar donde vivieron siempre, en medio de sus vecinos, sus parientes..

–Pero lo importante de los cholets no son sus colores, su imagen, sino las prácticas culturales que allí se desarrollan, las fiestas como espacio de encuentros, de intercambios. Se equivocan los que creen que esas fiestas largas, dos días, tres días, bodas, bautizos, que ahora se hacen en los cholets son solo para tomar; tomás, pero vas a una fiesta sobre todo a hacer negocios, a buscar quizás una esposa para un hijo, a concretar algo.

Me dice Roy. Roy es hijo de un hombre que, con su trabajo, pasó de la pobreza al cholet. Ahora se dedica a hacer negocios con lo que tiene su familia. Y me cuenta, también, ciertos detalles del proceso:

–Cada vez que terminas algo, un piso, un techo, lo que sea, haces una pequeña fiesta, una ch’alla, para celebrarlo. Una ch’alla es el agradecimiento a la Pachamama por lo que estás haciendo. Antes era matar a un cordero y derramar su sangre, por ejemplo, en los cimientos de la casa. Hoy es diferente; el otro día nosotros hemos ch’allado un terreno y hemos puesto una cabeza de chancho. Yo nunca había escuchado eso. Cuando vas a ch’allar te contratas un iatiri, que muchos le dicen brujo pero no, es un consejero espiritual, que después de hacer todo su ritual te da consejos… Entonces el iatiri tenía una mesa con cositas, dulces, formas, lanas, fetos de llama, y la cabeza de chancho, y después todo eso se quema, para que quede allí. Pero otra vez ví una llama: la han cortado, viva, y han empezado a esparcir su sangre. O cuando empiezan a construir también entierran algo, para que la casa tenga su firmeza; hay gente que dice que incluso entierran borrachitos ahí abajo, para que la casa no se mueva, que la Pachamama esté contenta…

–¿Cómo, borrachitos?

–Bueno, dicen que enterraban gente, que en las construcciones grandes entierran gente. Y dicen que vas viendo un borrachito, le vas charlando, le das de tomar, lo ponés a dormir, lo entierras ahí, y listo.

–¿Y será cierto eso?

–No se sabe si es cierto o es un mito urbano, nadie quiere hablar mucho de esas cosas. Son cuestiones bien íntimas…

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Pero del lado de atrás, del que no se ve –del lado íntimo–, los cholets también terminan en paredes de ladrillos sin revoque.

.–Bueno, mi pueblo era más alto pero no había trabajo. Sí, quince años hace que me vine. Llegué con Evo, casi. Y a El Alto lo vi crecer, ganar en estos años. Y el Evo también, que siempre ha estado con nosotros, la clase pobre, ¿sabe?

Dice Benjamín, cuarenta apenas, zapatero remendón con puesto fijo.

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Ya era de noche; entré porque me sorprendió la corriente sostenida de hombres más o menos jóvenes que entraba en un garaje a través de una puerta pequeña. Y, después, que detrás de la puerta diera a un pasillo más ancho y a la izquierda hubiera un mingitorio abierto –cuatro urinarios contra la pared– y que las luces fueran rojas y sonara una cumbia chicha y los hombres siguieran avanzando y entonces, recién entonces, empecé a ver a las mujeres. Las mujeres eran del todo jóvenes y tenían si acaso una bombacha tipo nada y un corpiño a juego. Hacía frío; algunas esperaban de pie junto a estufitas que había, cada tanto, en la pared; la mayoría esperaba junto a puertas con números, y detrás de las puertas había una pieza chica con una cama de una plaza y una estufa. Había treinta o cuarenta de esas piezas, una al lado de otra en el pasillo que bordeaba un patio techado; en el segundo piso había un pasillo semejante, más piezas, sus mujeres. Ellas, pese al frío, sonreían, y la sonrisa no es un producto local; la mayoría, altas, piernas largas, arrubiadas o claramente negras, tampoco parecían. Aunque unas pocas tenían polleras de chola y camisas de chola y trenzas de chola y eran gordas, anchas como una pachamama.

En el patio techado, junto a una barra que vendía cerveza muy barata, había un cartel enorme, cuatro metros de ancho. Su título era “Comunicado” y lo decoraba una rubia tetona piernas grasas. El Comunicado informaba que “A partir de la fecha se controlará los siguientes documentos para el ingreso y trabajo al local: 1. Carnet de identidad original. 2. Libreta de sanidad al día. Para las señoritas extranjeras: 1. Documento de radicatoria vigente. 2. Libreta de sanidad al día. Requisitos de higiene: –Un alcohol en gel. –Un alcohol medicinal. –Higiénico blanco. –6 toallas pequeñas. –Un ambientador en spray. –Un jaboncillo. –Un maletín o bolsa de mano.”

Los hombres seguían circulando. El mecanismo estaba claro: entraban, se ponían en fila, caminaban por el pasillo y, si encontraban lo que buscaban, se quedaban. Si no, se iban un rato al patio, tomaban una cerveza, esperaban, volvían a caminar por el pasillo. Algunos conversaban, pocos se reían, el olor a desodorante era un mazazo. Muchas puertas estaban cerradas, pero busqué una abierta y me sentí una basura cuando le pregunté a esa mujer con mucha más pintura que vestido que cuánto cobraba y ella me dijo que sesenta miamor y yo le pregunté por cuánto y me dijo que por quince minutos. Sesenta, por decir, son ocho dólares. Después salí a la calle y ví que había más puertas como esa, sus corrientes de hombres más o menos jóvenes, sus búsquedas de viernes a la noche, la tristeza. A la calle no llegaban las músicas; en la calle el olor era una mezcla de meo y pollo frito, y llovía apenas..

En la calle, en la esquina, en la llovizna, un señor bajito mexicano –su campera de jean, su pantalón de jean, sus botas puntiagudas– peroraba ante veinte o treinta hombres que lo escuchaban con atención flotante:

–¿Y cómo se llama hacer eso, hacer el amor o hacer sexo? Si estás pagando es una cosa, pero si es tu mujer, tu novia, tu pareja es otra, ¿y eso cómo se llama? Sí, hacer el amor, gracias. Y eso no es cuestión de subir y bajar, hacer el amor es todo un arte y ese arte muy pocos hombres lo saben. Hay varones aquí parados que tienen cinco años de casados, tres hijos, y cuando tienen su relación sexual no saben ni qué hacen. Por eso hay tanto cachudo, tanta mujer insatisfecha. Porque a los hombres solo les gusta montar. ¿Y saben quién monta? El burro, el caballo, el toro. Y algunos se creen que es una cuestión de cantidad, y por eso les hago una pregunta básica: el sexo todos los días, ¿será bueno o será malo?

Y así siguió sin pausa media hora, revelando a su audiencia la verdad de la vida e imágenes de coitos. Los concurrentes iban y venían. Al final, el señor quiso venderles ginseng para mejorar sus prestaciones. Dos le compraron; los demás se fueron arrastrando los pies, y el señor se quedó solo guardando sus fotos, su mercadería, refunfuñando en mexicano percutido.

–Pinches indios, no cachan una mierda.

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.–Si desde chiquita te han violentado y siempre fue normal, nunca nadie dijo nada, toda esa explotación sexual laboral te parece natural. Y en ciertas familias a las hijas mujeres se las ve como una fuente posible de ingresos: muchas veces son los padres y las madres que las comercializan, que las venden al hombre que las va a explotar.

Ximena Machicao es feminista, socióloga, paceña: ha trabajado años sobre la explotación sexual de las mujeres de su país.  

–Yo he trabajado con dos organizaciones que rescatan chicas menores de edad del trabajo sexual de calle en El Alto. Hay muchas, demasiadas, y trabajan a la luz y paciencia de todo el mundo. Y casi todas están lastimadas, golpeadas, y son adictas a la clefa, esa goma de pegar que es la droga más barata, tan dañina. Muchas de ellas les dan plata a sus gigolós, que suelen ser pandilleros, muchachos jovencitos. Y cuando les preguntaba qué las había llevado allí me contaban sus historias de familias muy disfuncionales, con mucha violencia. La mayoría de las muchachas habían sido violadas de muy niñas por el padre, el hermano, el padrastro, un tío…

El Alto es, también, una de las ciudades más violentas de Bolivia –en reñida competición con Santa Cruz. Hay pandillas, hay alcoholes y drogas fuertes y baratos, hay lugares donde te dicen que no vayas de noche, hay asaltos, hay asesinatos. En muchas esquinas los vecinos pintan un mensaje repetido: “Auto sospechoso será quemado. Ladrón pillado será quemado”. Algunos, más explicativos, agregan un muñeco tamaño hombre colgando de algún poste. Le pregunto a don Santiago, que vende ruedas de coche en esa esquina, y tiene, en medio de cada diente superior, un trocito de oro, si de verdad los queman.

–No, lo ponemos para que no vengan, no se vaya a creer.

–Pero, ¿y si vienen?

–¿Cómo que si vienen?

–Sí, si viene alguno y lo descubren y lo agarran, ¿qué hacen?

–Ahí nomasito se lo damos a la policía.

–¿Siempre?

–Bueno, siempre…

Me dice, con esa cara de para qué vamos a hablar.

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No hay datos confiables, dice Álex Ayala, cronista clásico hispano-boliviano, porque la policía no lleva un registro preciso, pero calcula que en El Alto hay entre uno y cuatro linchamientos de delincuentes cada mes –en nombre de una supuesta “justicia indígena”, directa, expeditiva. Los cálculos, en este tema, son difíciles: muchos se ocultan, no se computan, se cuentan de otros modos. A nadie le interesa registrarlos.

–La violencia sexual en la familia es incesante, aquí en Bolivia cada día violan a cinco o seis niñas más. Y eso produce una naturalización de la violencia. Sí, las nuevas generaciones han aprendido a romper el silencio, pero romperlo puede costarte la vida. El empoderamiento de esas nuevas generaciones, que en buena parte se debe al feminismo, puede ser fatal.

Me dice Ximena, feminista de años, y que ahí está la paradoja, que esta suerte de poder a medias hace que denunciar malos tratos pueda ser más que peligroso:

–De las 17 mujeres asesinadas en Bolivia este mes de enero, todas habían hecho denuncias por violencia, todas. Entonces ahí se plantea el problema del acceso a la justicia, del sistema policial, de toda una estructura podrida que nos deja sin defensa…

En ningún país de Sudamérica matan –en proporción– a más mujeres. Aquí un tercio de los crímenes que se denuncian son violencia de género.

.La Ceja es una de esas zonas donde te dicen que no vayas de noche –ahí, te dicen, están los cogoteros, los que te ahorcan con una cuerda que ellos llaman pita– y es, al mismo tiempo, el centro de El Alto, si El Alto tiene un centro. La Ceja es un revoltijo de minibuses atrancados, negocios y negocitos y puestos y carritos, los gritos de vendedores que se cruzan y los olores peleándose en el aire, cables cortando el aire, personas y más personas y una persona más: en La Ceja siempre hay una persona más, siempre algo sobra.

–Bueno, acá uno viene porque tiene trabajo o porque viene a buscar algo. Si no, ¿para qué vas a venir acá?

La Ceja es la apoteosis de ese “comercio informal” del que vive la mayoría de los alteños. Aquí hay ají de papalisa, ají de panza, ají de lenteja, ají de fideo, sopa de maní, sopa de quinua, sopa de trigo, chairo, fricasé, sajta, charquekán. Pocas sonrisas hay, tampoco. En general, pocas sonrisas en El Alto. Y después, como suelo, me discuto: ¿será que solo sonríen cuando importa?

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Y la quietud de los buses es desesperante. Cuando lleguen por fin realmente el desarrollo y el progreso llegarán los trancones de coches privados. Ese es el modelo, aspiramos a eso: han conseguido que aspiremos.

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La Ceja es el centro pero está en el borde: en el final de la meseta, asomada al precipicio y, también, al lado del peaje que marca el límite de la ciudad. Aquí está la primera de las alcaldías quemadas de El Alto, la de 2003; la segunda, la de 2016, está en Villa Dolores, un barrio próspero. La actual espera que la quemen en el Centro de Convenciones, cerca de un mercado campesino; la tentativa de octubre 2019 no terminó de conseguirlo.

Pero si, dentro de la continuidad, algo cambió en El Alto, ese cambio quedó sancionado en 2015, cuando el MAS perdió las elecciones a manos de una joven de centro derecha, Soledad Chapetón, alcaldesa en sus treintas.

.Al lado de las llamitas muertas, de los pequeños cadáveres secos de los bebés de llama que venden en sus puestos las señoras, junto a hierbas y piedras y caracoles y pajaritos muertos, todo para la Pachamama, esas alcancías con cara de chancho que también venden, toscas, verdes, cobran de pronto un carácter siniestro, cadáveres de cerdo ellas también, recuerdos de la muerte por monedas –digo, para decir que todo cambia tanto según qué lo acompañe, dónde esté. Un poco más allá, los brujos o amautas o quién sabe magos: son cincuenta o sesenta en sus casillas de material seguidas, cada una con su fogón delante, y en cada una uno te ofrece arreglarte la vida, devolverte al amado, protegerte la casa, curar tus extrañas enfermedades, pagar a la Pachamama, sacar la mala suerte de tus días.

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Aunque después pasan las cosas: en una plazoleta un hombre mayor, moreno, los rasgos aindiados, la cara y la ropa muy usadas, tres folletos revolucionarios en la mano izquierda contra el pecho, arenga a unos veinte o treinta parecidos: les habla de la esclavitud del proletario, del origen de los sindicatos, de la violencia de los blancos. Cuando llego y me sumo a la ronda, empieza a hablarme a mí:

–Usted, que sabe pensar, sabrá que…

Me dice por ejemplo como si, de pronto, nadie más le interesara, y así sigue. Es molesto, y al final se lo digo. Pero es, sobre todo, revelador –de algo que uno preferiría ignorar.

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Y un poco más allá, contradicción, una estación del teleférico. El teleférico empezó a funcionar en 2014, cruza los cielos alteños y paceños y es pura modernidad, pura elegancia. El teléferico es la ilusión de que otro mundo es posible: a unos cuantos metros sobre el nivel de la tierra –que ya está, recuerdo, a 4.000 sobre el nivel del mar– todo es limpio, ordenado, transparente; todo funciona como debería, cada cual tiene el lugar que se le debe, todo es pura mirada. Aquí no se compra ni se vende, la autoridad está muy clara; aquí no hay, como allá abajo, olores, roces, ni siquiera apuros: el tiempo es otra potestad del teleférico, él lo regula, él lo maneja.

(Solo que dura unos minutos; después hay que bajarse al mundo verdadero y su caos, ahora, es tanto más notorio. El teleférico, al fin y al cabo, es cruel de una crueldad innecesaria.)

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Y al mismo tiempo la zozobra de colgar en el aire, presos de una burbuja transparente.

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El Alto, queda dicho, es una ciudad de inmigrantes, donde todos son inmigrantes o hijos de inmigrantes: una ciudad hecha de personas que no pudieron o quisieron quedarse en sus lugares. Las personas de más de cincuenta nacieron, casi todas, en algún otro sitio. Y después está la generación de sus hijos –y sus nietos– que nacieron aquí, que ya no son migrantes, que hablan sobre todo castellano: la tele, la escuela, internet los unifican en la lengua más globalizada. Algunos saben un poco de aymara o de quechua para hablar con la abuela o cantar el orgullo nacional pero, me dicen, lo usan poco.

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Hablan, si acaso, aymarañol,

hermano.

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Pero siguen llegando. Y, para la mayoría, los terrenos de los primeros barrios, los más establecidos, son demasiado caros, así que se van adonde pueden, lejos, más lejos. Senkata es la periferia de esta periferia: el barrio de los depósitos de gas, el barrio de los enfrentamientos, a unos diez kilómetros de La Ceja por la ruta de Oruro. En Senkata, como en otros bordes, siguen vendiendo lotes, cada vez más apartados, cada vez más desprovistos, que recuerdan –me dicen– lo que era todo El Alto hace treinta, treinta y cinco años. Aquí, ahora, te venden un terrenito por dos o tres mil dólares y algunos vendedores incluso te regalan mil ladrillos para que puedas empezar tu casa.

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–La ciudad es así, se ha hecho a sí misma. Aquí el Estado es casi inexistente, nunca nos dan nada; entonces la cosa es bueno, si no nos lo dan tendremos que hacerlo. Y lo hacemos.

Dice mi amigo Alexis, treinta y pocos, escritor, editor, librero alteño –y orgulloso.

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Senkata es un desparramo de calles embarradas y edificios sin terminar, ladrillo y cables; algunos llegan hasta los cuatro y cinco pisos. A la entrada un mercado, dos cholets sin revoque, remolino de buses y minibuses y camiones, la carretera que corta en dos el pueblo.

–No, cinco años nada más, seis añitos hace que nos vinimos. Más allá vivíamos nosotros, pero acá nos pudimos comprar una tierrita para construir.

–¿Y ya pudieron?

–Sí, construindo estamos, nomasito.

Me  dice don Favián –con ve, me dice– que tiene un taxi: un capital, un ingreso constante y el miedo constante de que el coche se le rompa y todo se derrumbe. Aquí una casa es un proceso largo, años y años de ir consiguiendo y agregando ladrillos, los caños, los cables y la luz, los suelos, las ventanas, el baño, la cocina. Un proceso donde cada metro es un triunfo, un paso más en el camino interminable. Ciudades a medio hacer hechas de casas a medio hacer o, mejor: vidas donde todo es un esfuerzo continuado, espera contra espera, logro sobre logro. Vidas como un viaje sin fin por conseguir eso que otros tenemos antes siquiera de pensarlo.

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Y un esbozo de avenida principal y sus veredas de barro, yuyo y perros y sus pintadas por Evo y contra Evo, que en unos años va a estar hecha, va a ser una avenida principal. Y, al fondo, sobre la carretera, una docena de consultorios dentales y de peluquerías y tres o cuatro academias de música y materias escolares, y servicios de celulares y farmacias y abogados y tiendas de tortas de colores y cantidad de freidurías de pollo, por supuesto, y un par de bancos y un par de alojamientos y una papelería y una veterinaria y cuatro o cinco salones funerarios: muchos salones funerarios, que nadie vive para siempre.

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Pero, unas cuadras más allá, los paredones de la planta de acopio de combustibles de Senkata están recién construidos, sin pintar; hace meses, miles de senkateños los tiraron abajo con las manos. Estaban tratando de impedir que salieran de allí los camiones para La Paz, cuando Evo Morales era destituido y sus partidarios, para defenderlo, intentaron dejarla sin gas ni gasolina. La policía intervino; en unas horas mató a diez manifestantes –y sus familias, ahora, reclaman justicia.

Reclaman; el Estado –como suele– se hace el tonto.

Ellos –como sus muertos– salen a la calle.

El Alto es eso y es lo otro; es,

como todos los sitios,

mucho más.

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Quizá con esto ya esté todo dicho; quizá, no todavía.

Quizá no, todavía.

Hay lugares donde siempre es nunca -y no hay otros lugares.

El paraíso más allá

Estoy terminando un libro que intenta contar y pensar cómo es ahora América Latina, y la migración es un tema central. Por eso estuve hace unos meses en Tecún Umán, una de las fronteras más trajinadas por los migrantes que intentan pasar de Guatemala a México -y de allí al paraíso norteamericano. .

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Martín Caparrós

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–¿Y si se tienen que volver?

–Yo no puedo volver.

–Bueno, si las cosas van mal…

–No, usted no me entendió.

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Tecún Umán es un pueblo caliente y chato y feo, casas de un piso o dos, las calles anchas para que el sol entre sin vueltas, un mercado sombrío, una plaza cuidada, su iglesia verde, sus templos, sus farmacias, sus triciclos para llevar personas y un exceso de casas de cambio: Tecún está al final de Guatemala, acorralado contra un río.

Sobre ese río hay un puente y a cada punta del puente hay una aduana, una oficina de migraciones, policías diversos. En una punta, Guatemala; en la otra, México. El río se llama Suchiate y, a esa altura, diez kilómetros de su desembocadura en el Pacífico, tiene unos cien metros de ancho y una corriente fuerte. Muy pocos lo atraviesan por el puente: unos 500 metros río arriba, a plena vista de policías y aduaneros, el tráfico de balsas de fortuna entre orilla y orilla nunca para.

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–No me entendió: lo que le digo es que no puedo volver: yo no tengo adónde volver. Atrás no tengo nada.

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Vivimos en estados: hay estados. No hay estados mucho más presentes, mucho más pesados que el de ese país que basa su idea de sí mismo en no darle mucho espacio al estado, ese país que los tiene unidos a su nombre. Y no hay muchos lugares –las cárceles, quizás, un regimiento– donde la presencia, el poder de un estado se manifieste más que en la frontera.

La frontera es el lugar donde un estado empieza: donde te dice de aquí p’allá estoy yo, donde te dice no te creas; donde te dice mando. La frontera es la primera línea de defensa y ataque de un estado. La frontera es un modelo de estos tiempos: una de esas creaciones arbitrarias, fruto de los poderes, que se empeñan en vendernos como algo natural, eterno. Otro efecto de la publicidad: de este lado estamos nosotros y allí, a unos metros, están ellos –y ellos son otros, radicalmente otros porque están unos metros más allá. Es sorprendente que la patraña de las patrias –la patriaña– sea tan poderosa como para convecernos de esa farsa.

Tecún Umán –este trozo de río– es uno de los puntos fuertes de las migraciones americanas. Por aquí pasaron, en 2018, las caravanas de migrantes que la prensa hizo –módicamente– famosas: aquí cientos de miles cruzaron el río en busca de otras vidas. Aquellas caravanas convirtieron la movida más individual –la migración– en un movimiento colectivo, tan político. Con política, entonces, reaccionaron los gobiernos de Estados Unidos y de México: más policías, más exclusión, más represión en las fronteras. Aquí, pese a eso, muchos lo intentan todavía.

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–Sí, por diez quetzales, jefe, diez.

El embarcadero son tres cuadras de costa sombreada de jacarandas, ficus, mangos, suelo de tierra y cachos de cemento, docenas y docenas de triciclos esperando, sus conductores esperando, dormitando, algunos puestos de comida; en los puestos las señoras cocinan, junto con las tortillas y el pollo frito, tallarines chinos. El calor es pegajoso, húmedo. Del otro lado del río, cien metros más allá, está México: más mangos, más cemento, más triciclos, más balsas, todo muy parecido. En el embarcadero todo se mueve todo el tiempo, entre sudor y gritos:

––¡Cámara, cámara!

Chillan los balseros para ofrecer el viaje, porque sus balsas son dos cámaras de ruedas de tractor unidas por unas tablas mal cuadradas: desechos industriales. En una balsa caben, de pie, unas quince personas, y el balsero la va llevando con una rama larga y dura que empuja contra el lecho del río, peleando la corriente. El tráfico es intenso. Hacia México salen mujeres con la bolsa de la compra, hombres recién bañados; de México llegan, sobre todo, pilas de cajas que amenazan con hundir las balsas: papel de baño, aceite, harina, huevos, coronitas, cereales, salchichas, pepsicolas –que allá están más baratos. También llegan, me dicen, otros productos menos inocentes. No hay, aquí, ni sombra de la policía.

–Sí, por diez lo llevo.

Diez quetzales es poco más de un dólar; el balsero es un muchacho de veinte años, flaco, descalzo, pantalones cortos, y le pregunto si puedo ir sin papeles; él me dice que está difícil, que la migra está dura.

–Ahí están, mire, ahí enfrente, entre los árboles.

Ahí están, del lado mexicano: unos soldados con uniforme de fajina verde claro. Los mandó hace unos meses el gobierno de la izquierda mexicana.

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(Hay algo irreal, casi hilarante, en ver cien metros de agua y saber que esa tierra que hay del otro lado es otro mundo, que usan otra moneda, siguen a otros jefes, gritan otros goles, y que tantos que quieren, de este lado, no consiguen entrar: tan allí mismo, tan lejano.)

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–¿Así que no hay manera?

–Sí que hay paso, cabal, un poco más arriba. Ahí arriba lo jalamos adonde usted quiera, fijo, sin problemas.

–¿Y eso cuánto me cuesta?

–Ciento cincuenta, vaya. Pero tiene que hablar con el jefe.

El jefe es un muchacho más robusto, su musculosa azul lavada, sus pies menos coriáceos. Tiene modos de jefe, imperativo; maneja varias balsas.

–¿Usted me puede pasar del otro lado?

–Cabal. Claro que puedo.

Me dice el jefe sin abrir la boca, sin mirarme. Le pregunto por cuánto y me dice que 250. Le digo que su balsero me dijo que eran 150. El jefe Huicho –me dice que se llama Huicho– lo silba desde lejos.

–¿Vos le dijiste 150?

El balsero hace sí con la cabeza; Huicho le lanza su mirada asesina.

–Llámeme cuando quiera y lo pasamos, patrón. Riesgo no hay ninguno.

–No, no sabemos cómo vamos a hacer. Qué vamos a saber, nosotros.

A él le faltan los dos dientes de adelante; ella tiene la cara redonda y puntiaguda al mismo tiempo; el bebé duerme y duerme, en su carrito, con el biberón en una mano y una pierna sobre los pasaportes de los tres, azules. Estamos sentados en sillas medio rotas en una especie de aula, paredes despintadas, unos santos y un Cristo en las paredes. Él –ahora, aquí– va a llamarse Jose y tiene 22 años; ella, Mari, 21; el bebe ya cumplió los diez meses. Jose tiene un bluyín todo rasgado, la camiseta que fue blanca; Mari, un pantalón corto negro y camiseta negra, las zapatillas a punto del desguace; el bebé, una pulsera en la muñeca izquierda para vencer el mal de ojo; los tres –padre, madre, hijo– son salvadoreños. Hasta hace poco él trabajaba en una fábrica de pan en un suburbio de San Salvador; como salía de madrugada, su patrón le había comprado una moto y se la iba descontando del sueldo; la moto, dice, llamó la atención de unos pandilleros de la mara 18.

–Entonces un día me mandaron con un niño un teléfono, que querían hablar conmigo, y me empezaron a interrogar que de dónde había sacado la moto. Y yo por miedo les dije la verdad… Al final me dijeron que les tenía que dar 75 dólares americanos, quincenal.

Era la mitad de su sueldo, me dice, y no podía, pero le dijeron que si no les daba esa cantidad se iban “a encargar de lo que más te duele, tu hijo y tu esposa, tu mujer”. Entonces empezó a pagarles; le mandaban niños a buscar el dinero, él entregaba.

–Pero después no soportamos más estar así. Y no podía decirles a los policías mire, tales me están extorsionando, porque los mismos policías se lo dicen a ellos, ellos les pagan para eso. Y había muchas balaceras, todo el tiempo había balaceras…

Jose suena intenso pero calmo, como quien ha pensado muchas veces sus palabras, como quien se ha contado su historia muchas veces. Entonces, dice, tomaron la decisión de emigrar, para darle a su hijo un futuro mejor, y se fueron a Belice, donde los dejaron entrar pero no trabajar, y tuvieron que volver a irse.

–No queríamos violar las leyes de ellos.

Dice Mari, que había estado callada. Y que cruzaron toda Guatemala hasta aquí pidiendo jalones y comida, dice Jose, y que ojalá puedan seguir:

–Yo lo que quiero ahora es llegar a México y estabilizarnos allá, conseguir un trabajo para poder sacar adelante a mi hijo, darle un buen futuro, que el día de mañana sea una buena persona en la vida, que no sea como nosotros, aquí, rodando… Y que no crezca en un lugar de violencia. Los niños son como una esponja, absorben todo…

–¿Y quieren seguir después para Estados Unidos?

Jose me mira y me sonríe, como quién dice quién no –pero se calla.

–Adonde Dios nos lleve, donde quiera llevarnos.

Dice su señora. Le pregunto dónde quieren ir en México y Jose me dice que no sabe, que no tiene idea:

–Sinceramente no sé nada. Vamos… a la nada, a lo que diga Dios, que nos prepare, sufrimiento, no sufrimiento, lo que Él quiera.

–¿Pero ahora van a tratar de cruzar?

Los dos bajan los ojos, como quien dice no hagas preguntas tontas. Yo les pregunto cómo piensan hacer, que el río no está fácil.

–No sabemos.

Dicen: no sabemos. Nos callamos. Jose mira el suelo:

–A veces uno se siente contra la espada y la pared. A veces uno llora porque no sabe cómo va a seguir, uno no sabe…

Dice, y que aquí están, sin saber cómo y dónde seguir, sin un centavo, sin un plan, en la Casa del Migrante de Tecún.

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La Casa del Migrante es un complejo de oficinas y bodegas pintadas de verde, patio de cemento, algunos árboles, un muro alto alrededor, en las afueras de Tecún Umán. La empezó, hace más de 25 años, un cura brasileño, el padre Ademar, de una orden italiana, los scalabrinianos, dedicada a trabajar con los migrantes; entonces levantaron sus primeras instalaciones en un terreno que las autoridades les entregaron y que había sido, antes, el basurero del pueblo: hay personas que no tienen inconsciente. Desde entonces ayudan fugitivos: ya pasaron por allí más de 200.000, en su viaje de ida esperanzado, en su viaje de vuelta rechazados. Aquí los reciben –máximo tres días–, les dan una cama, una ducha, un médico, un abogado, un psicólogo, una toalla, un consejo o un cepillo de dientes, según qué necesiten. No les dan, dicen, en cambio, servicios religiosos: aquí la forma de hablar de Dios es trabajar, ayudar a los otros, solía decir el cura fundador.

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En la Casa –en todo espacio de migrantes– hay historias de pobreza, de más pobreza, de parientes lejanos, de violencia familiar, de violencia pandillera, de violencia estatal; lo que las une es que, en estos días, en estos países, la migración aparece como la primera o segunda respuesta a los problemas: una opción tentadora para sobreponerse a la desgracia.

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O, peor: la única opción que se les ocurre para sobreponerse a la desgracia.

–Yo intenté, como todos, pero ya me he cansado.

Me dice, en el embarcadero, Julio, hondureño. Julio llegó hasta acá hace más de un año, cruzó a México, lo detuvieron, lo devolvieron de este lado. Sucede a menudo: nadie sabe exactamente cuántos llegan al destino; dicen que quizá sea la mitad; que la otra mitad se vuelve, rechazada. Por no hablar de los muertos, las violadas, los que se pierden para siempre. La migración es un camino hecho de dudas.

–Hay algunos que intentan varias veces, tres, cuatro veces, hasta que pasan o los matan o se cansan. Yo ya no quiero darle tantas vueltas.

Julio tiene 26 años, un bigote apenitas, el uniforme del embarcadero: el pantalón de fútbol, la camiseta sucia, la cachucha, las chanclas. Julio descarga cajas en la orilla, gana entre cincuenta y cien quetzales cada día, sobrevive. Cincuenta quetzales son seis dólares.

–Aquí no vivo mal, estoy tranquilo. Y veo a los que pasan, muertos de miedo, y más me quiero quedar de este lado.

Julio creció en San Pedro Sula. San Pedro supo ser la ciudad más violenta del mundo, pero él me dice que no vino por eso, que hay muchos que te dicen que es por eso y puede ser, pero que él no, él vino porque tenía su ambición.

–Yo salí para vivir mejor, pero no entendía qué era eso. Yo ahora aquí estoy bien, tengo un trabajo, voy pasando.

Me dice, y que la ambición es un pecado grave, pura vanidad: que si Dios te da lo que te da por algo será, que Él es el que sabe.

–¿Y hace mucho que estás acá?

–Sí, como tres meses.

Dice –no hay nada más variable que los tiempos– y después me dice que si estoy pensando en cruzar a México que vaya y hable con el Peto, ese muchacho de camiseta roja. El Peto también tiene veintitantos, su camiseta de los Bulls, la cara ancha, una sonrisa –pero me habla mirando de reojo a los costados, la voz baja:

–Mejor no vaya con el Huicho, que lo lleva para allá y después quién sabe.

El Peto tiene cara creíble, y hay advertencias que es mejor no ignorar.

–¿Entonces no voy a poder pasar?

–Sí, yo lo paso, pero por aquí mismo, sin problema.

–Pero si ahí enfrente está la migra.

–No se preocupe por la migra.

–¿Cómo que no me preocupe?

–Esos ya son cuates. Ya entendieron que nos tienen que dejar chambear. Si nos paran a todos los clientes, nosotros qué hacemos. Y ellos, también, qué hacen.

El Peto me explica que ya conoce a varios y arreglaron, que hoy hay uno de esos, que por 200 pesos vamos.

–Ni tenga pena, usted. Yo me adelanto, le doy sus pesitos y le digo a ese no, lo señalo, y usted pasa tranquilo.

Doscientos pesos mexicanos son diez dólares, poco más o menos.

La policía migratoria apareció en esta frontera a mediados de 2019, cuando el presidente Trump amenazó al presidente López Obrador con arancelar sus exportaciones si no lo hacía. El mexicano entendió todo. “Desde luego tenemos relaciones de hermandad con los pueblos de América Latina y El Caribe. Pero al mismo tiempo tenemos una relación económica, de cooperación y respeto mutuo con Estados Unidos y Canadá, y vamos a mantener esa relación por razones geopolíticas, económicas y también de amistad”, dijo poco después en una de sus conferencias mañaneras, para que todo quedara más claro: hermandad con esos pueblos, sí, pero con esos otros países –que no pueblos– la relación es económica.

El mexicano, entonces, dedicó unos 6.500 policías y militares a detener migrantes en la frontera Sur; en la frontera norte son dos o tres veces más –y el americano le agradeció varias veces su eficacia, y ahora acaba de invitarlo al jardín de su casa. Que la llamen la migra es casi un chiste cruel: durante décadas, la migra americana fue la pesadilla del migrante mexicano. Y, de todos modos, no está claro que esta migra sirva: el movimiento de migración no se detiene. Si no tiene más remedio, cambia; como el agua, va buscando las rendijas donde podrá colarse. Ahora muchos no pasan por aquí, me dice el señor Mario, el administrador de la Casa del Migrante, pero siguen pasando:  

–Si no los dejan pasar por aquí mismo, pasan más al norte, donde hay más delincuencia, o más al sur, donde los ríos son más peligrosos. De hecho, aquí, en la Casa, el 2018 atendimos a 8.000 migrantes y el 2019 van a ser más de 12.000. Esto no se detiene.

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El problema es que entonces los migrantes tienen que buscar los pasos más apartados, más difíciles: los que usan los narcos para mover mercadería. Y los narcos no quieren intrusos que llamen la atención, así que los rechazan –o los matan.

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Todavía en la Casa del Migrante, Jose, el salvadoreño, me cuenta que lo que le gusta más en la vida es ir en moto, que es su afición y su felicidad, que ojalá pueda. Y Mari, su esposa, me dice que ella llegó a noveno grado. Jose solo llegó hasta cuarto pero, dice, puede leer, escribir, sumar y multiplicar gracias a sus hermanos mayores que lo ayudaron en su casa –porque su padre murió cuando él tenía 10 años y él tuvo que salir a vender cositas por la calle.

–Ahí tuve que empezar a ganarme mi vida…

Entonces le pregunto a Mari por su familia, y titubea. Por un momento se queda callada; después me dice que con su familia tiene muchos problemas, que su hermana anda con un pandillero y que ya no los veía, que a su familia no le gusta que esté con Jose –y sigue vacilando, palabras sueltas como si quemaran. Algo pasa pero no entiendo qué; entonces él se cruza, en voz muy baja:

–La vida de ella ha sido crítica. Ella ha sufrido mucho…

Les pregunto por qué; él la mira y le dice que me lo cuenten, ella duda. Dice que no, que sí, que bueno, que mejor no, que bueno, y se siguen mirando: los silencios espesos. Al final se decide:

–Los pandilleros abusaron de mí.

Dice, llorando, y me cuenta que esa tarde, a sus 18, había salido de estudiar y ellos la agarraron y se la llevaron a un lugar y la tuvieron encerrada quince días. Habla a golpes, él le agarra la mano, yo no sé qué decirle. Mari, más lágrimas, dice que eran del barrio, que eran cinco, que ella era virgen todavía, que la tuvieron todo ese tiempo en un lugar que llamaban su casa de distroyer, que la dopaban con pastillas para que no pudiera defenderse y se tomaban drogas y más drogas y le hacían todo lo que querían, quince días, señor, quince días.

–En verdad, por eso nos fuimos. Lo que pasa es que no podemos ir diciéndolo. A veces las personas piensan que nos vamos porque queremos buscar otra buena vida; a veces uno no quiere dejar su país, pero a la fuerza lo tiene que dejar.

Dice él, y ella, entre sollozos, que no podía quedarse ahí:

–Yo no podía quedarme ahí, mi familia, la vergüenza, ellos que me iban a estar siempre encima… Cuando nació mi hijo anduvieron diciendo que el niño era de ellos, que querían llevárselo. Ahí fue que le dije vamos, que no nos quiten lo mejor, la vida del chiquito… Y encima mi mamá…

K. llora más y dice que su mamá dice que ella se entregó a ellos, que es una cualquiera.

–Por eso con mi familia, ahora…

Dice, y que en cambio cuando conoció a Jose, él entendió todo, la aceptó como era.

–Hay momentos en que ella dormida se mueve, sueña con eso, se despierta, son los momentos donde uno tiene que estar ahí…

Dice él, con toda la dulzura. Y que algún día van a mirar atrás y decirse que valió la pena sufrir todo esto, dice, y parece casi convencido.

Jose, Mari y el bebé –con otros nombres– siguieron su camino. Sé que al día siguiente cruzaron el río y entraron en México –pero no puedo decir cómo. No sé, en cambio, qué les pasó después. Quizá, ojalá, quién sabe, un día.

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