un cuarto –medio medio– propio

Categoría: Crónicas Página 1 de 2

Por Horacio

Se murió Horacio González, y me duele. Le tuve cariño, lo admiré: era realmente inteligente, era generoso, era mordaz. En algún momento nos peleamos; ahora me duele más. Hace casi treinta años me contó mucho de su vida para incluirla en La Voluntad, un libro sobre la militancia de los sesentas y setentas. Aquí van, en recuerdo, en homenaje, los primeros párrafos de su presencia allí, sus primeras historias:

Aquí, hace tanto, con otro maestro querido: Christian Ferrer.

Horacio González había nacido en Buenos Aires en 1944, hijo de un empleado público que se separó de su madre cuando él era chico; su abuelo materno, el hombre de la casa, era un inmigrante italiano que había hecho carrera en el ferrocarril de los ingleses y terminó como capataz en los talleres de San Martín. El abuelo Ulderico tocaba el clarinete y celebraba a los dos próceres de Recanati, su pueblo natal: el poeta Giacomo Leopardi y el tenor Benjamino Gigli. El abuelo Ulderico siempre pensó que los trenes se arruinaron cuando los nacionalizaron, y estaba en contra del gobierno que lo hizo: no solía participar en política, pero cuando cayó Perón puso una bandera argentina en la puerta de su casa. La casa era grande y oscura, con su patio y sus malvones, sobre una calle de tierra de Villa Pueyrredón. Aída, la madre de Horacio, trabajaba en la Biblioteca Popular del barrio; desde chico, Horacio la acompañaba a su trabajo y leía, leía, leía.

En el barrio, a principios de los cincuentas, Horacio era «el hijo de la señora que se separó» y eso, entonces, significaba algo. La familia quería prepararlo para una vida útil y lo destinaron a ser contador público. Horacio se resignó y empezó a cursar el comercial. Pero leía a los historiadores revisionistas, discutía en las clases y abominaba confusamente de ese destino ordenado y previsible: cuando le tocaba entrar en cuarto año consiguió pasarse al nacional Sarmiento, en Libertad y Arenales y, con deliberación, hizo todo lo posible por cambiar su barrio casi suburbano por las luces del centro.

Entrar en el Nacional era como entrar en la política, en la patria. En esos años, a fines de los cincuentas, el Sarmiento era más que nada un refugio para hijos de familias tradicionales venidas a menos. Un González, ahí, era casi un marginal: casi un judío. Era la época de las peleas entre enseñanza laica y enseñanza libre y el Sarmiento era uno de los bastiones de los grupos nacionalistas católicos que estaban por la educación religiosa. Horacio estaba fascinado a su pesar por esos muchachos de traje negro, bufandas federales y peinado a la gomina con la cola de pato: los hermanos Berra, el flaco Ezcurra: los jefes de Tacuara. Lo fascinaban, pero estaba en contra. Además, estaba claro que el plebeyo González no era uno de ellos.

-Che, González, vos de qué las vas con la cola de pato.

Le dijeron un día, y entendió. El clima era agitado, y a menudo la salida de clases se amenizaba con cadenazos; de vez en cuando aparecía algún revólver. Los alumnos nacionalistas le pegaban a los alumnos judíos y, a veces, llegaban al rescate desde el nacional Moreno los muchachos de FACON, la Federación Argentina contra las Organizaciones Nazis, y se armaban trifulcas importantes.

Alguna, incluso, terminó a los tiros en la plaza Libertad, con un herido de FACON. Horacio, a todo esto, se había metido en un grupo del centro de estudiantes, alentado por varios profesores, que trataba de mantenerse equidistante y condenaba todo tipo de violencia.

En 1963, cuando entró en la carrera de Sociología, Horacio González se pasó unos meses rondando alrededor de mitines y asambleas, buscando dónde militar: quería pertenecer a algún grupo de izquierda, hacer algo contra ese estado de cosas del que venía leyendo y escuchando, pero no sabía con quién. Sabía, sí, que el militante era el modelo de persona que lo cautivaba y que quería ser uno de ellos: no estaba seguro de poder. Sociología también era un espacio atractivo: era una carrera en pleno auge, donde empezaban las discusiones que después se desparramaban por el campo intelectual. En esos días empezó en la facultad una huelga en una materia, Metodología, a la que se acusaba de empirista: de utilizar los saberes sociológicos para cuantificar la sociedad y operar sobre ella a favor del sistema. La huelga estaba encabezada por Heriberto Muraro, Daniel Hopen, Marcos Slajter. La discusión contra los empiristas era encarnizada. En una asamblea en el patio de Sociología, en la calle Viamonte, Slajter lanzó un desafío perentorio.

-¡Y estoy dispuesto a regalarle toda mi biblioteca de Lenin al que me demuestre que se puede comprobar algo por el método empírico!

La discusión y la pelea pasaban por un enfrentamiento de métodos y teorías: los estudiantes enarbolaban un libro de Wright Mills, La imaginación sociológica, y un manual de Lenín, Sobre el empiriocriticismo, contra los manuales americanos al uso.

La huelga consistía en no presentarse al examen de Metodología, pero poco a poco fue perdiendo fuerza. Horacio se empeñaba en no dar el final, aunque veía que algunos de los dirigentes de la huelga empezaron a rendirlo. Era extraño, pero Horacio respetaba a esos dirigentes y supuso que, si lo hacían, era porque habían entendido algo que él todavía no. Unos meses después, Slajter moriría como miembro del Ejército Guerrillero del Pueblo, un foco rápidamente abortado que había organizado en Salta Jorge Massetti, un periodista argentino que había vivido en Cuba, donde fundó la agencia Prensa Latina. En la facultad fue un golpe fuerte: hasta entonces, todos habían hablado pero nadie había pasado a la acción de esa manera tan tajante. En esos días, Horacio se contactó con un grupo más o menos trotskista que se llamaba MIRA, Movimiento de Izquierda Revolucionaria Argentina: no era exactamente que lo hubiese elegido; fueron, más bien, los que quedaban más a mano, y había que hacer algo.

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El MIRA estaba dirigido por uno que se hacía llamar Horacio Casco Achával:  era un poco mayor que la mayoría de sus compañeros y había leído su Lenin de cabo a rabo. Casco tenía una frase del ruso para cada ocasión: las aplicaba como parábolas cristianas, y deslumbraba a su auditorio. También tenía contactos con algunos militantes sindicales. Entre ellos un tal José Pedraza, un obrero de izquierda del gremio ferroviario, del que siempre se hablaba con el mayor respeto: era bueno, era como una garantía de importancia para un grupito de la izquierda tener a un obrero entre sus próximos. Alguna vez, el MIRA, para apoyar el trabajo sindical de Pedraza, pintó con sus consignas los grandes paredones junto a las vías de entrada a la estación Retiro. Después, durante semanas, Horacio pasaba en tren frente a esos paredones, cuando venía del barrio al centro, y los miraba con orgullo.

En esos días, Horacio tenía veinte años y empezó a leer a Lenín con denuedo. El MIRA era más bien ecléctico: también estudiaban con entusiasmo a Mao Tsé Tung, y leían Pekín Informa siempre que podían. Horacio se había suscrito a esa revista china, que llegaba sin escalas desde el Asia hasta su casa de Villa Pueyrredón. Su abuelo Ulderico, que la recibía del cartero, estaba impresionado. El MIRA, además, empezaba a discutir la cuestión peronista: cómo se podía hacer la revolución obrera y socialista en un país donde los obreros estaban mayoritariamente con el General.

Uno de esos días, el TAU, la Tendencia Antiimperialista Universitaria, que era el grupo del MIRA en la universidad, organizaba una charla sobre Hegel y Marx, a cargo de un filósofo, Norberto Wilmer. Corría 1964 y recrudecía el plan de lucha de la CGT contra el gobierno radical y la proscripción del peronismo, con gente manifestándose en las calles. Pero la charla seguía en pie. Daniel Hopen lo agarró a Horacio en la vereda de Viamonte. La facultad todavía no se había mudado a Independencia.

-Che, decíle a Wilner a ver si puede suspender ese curso sobre Hegel, porque hay huelga de la CGT.

No hubo caso. En el aula magna había treinta personas escuchando hablar de la filosofía alemana y en el centro los obreros se peleaban con la policía. Horacio se quedó en el aula, pero estaba incómodo. El curso era realmente interesante, pero le parecía que la historia se estaba haciendo en otro lado.

Poco después, la policía baleó una manifestación en San Martín y mató a tres obreros: Mussi, Méndez y Retamar. Dos eran comunistas y uno peronista: cuando la noticia llegó a la facultad, el centro de estudiantes decidió levantar las clases y salir en manifestación como muestra de solidaridad con los caídos. Horacio y otros dos compañeros empezaron a recorrer las aulas para avisar a los alumnos. Cuando ya estaban casi todos en la calle, se encontraron con un aula donde seguía la clase.

Era una sala chica, donde diez o quince mujeres de mediana edad escuchaban una clase sobre sagas islandesas a cargo del profesor Jorge Luis Borges. A Borges nadie le hacía caso: era un lugar común hacerle burla cuando bajaba, tanteando, las escaleras de la facultad. Para los estudiantes de izquierda, Borges era una especie de aparato que, en medio de las transformaciones que enfrentaba el país, seguía hablando de guerreros míticos y versos en dialectos celtas. A sus clases sólo iban señoras bien vestidas, y los militantes estaban convencidos de que era un rezago de un pasado ridículo que estaba por desaparecer. A lo sumo, a veces, alguien le ayudaba a cruzar la calle cuando se paraba, golpeando su bastón contra el suelo, en la esquina de Viamonte y San Martín.

La puerta del aula hizo un ruido siniestro cuando la abrieron Horacio y sus amigos, y Borges, sentado en su escritorio, dirigió sus ojos ciegos hacia el estrépito. Borges se levantó, con una firmeza extraña, y caminó hasta la puerta. Uno de los militantes dijo en voz muy alta que había que suspender la clase:

-Venimos a levantar esta clase porque han muerto los obreros Mussi, Méndez y Retamar.

Y al profesor Jorge Luis Borges le temblaron los labios. No pudo balbucear nada, pero los tres creyeron que quería pegarles. Tenía un gesto de furia inverosímil. Hubo un segundo de tensión muy quieta. Después, los tres militantes bajaron la cabeza y se fueron, sin cerrar la puerta.

A mediados de 1966, Horacio González ya formaba parte de un grupo que resultó de la alianza del TAU con el LIM -Línea de Izquierda Mayoritaria- donde estaban Roberto Grabois y Daniel Hopen. La sopa de siglas no siempre era fácil de entender. Al poco tiempo, el LIM-TAU pasó a llamarse FAU -Frente Antiimperialista Universitario- y era el grupo de izquierda no-PC de más peso en esos días. En esos días de junio, los grupos estaban muy activos. La universidad fue una de las escasas instituciones que se opuso desde el principio al golpe. Ya la noche del 28 de junio el rector, Hilario Fernández Long, llamó a los docentes, alumnos y ex-alumnos a defender a las autoridades que habían elegido y a “mantenter vivo el espíritu que haga posible el restablecimiento de la democracia”. El golpe parecía una amenaza pero Horacio sentía, extrañado, cierto alivio: algo estaba por cambiar, y mucho. Varios estudiantes discutían la cuestión cuando Horacio lo dijo, con ese estilo un poco marginal que muchas veces le ocurría:

-Y bueno, ahora pasaremos todos a otra cosa. Quién sabe si este golpe militar no nos hace a todos diferentes. Eso es así siempre, pero…

Y otro, enseguida, asintió con un raro entusiasmo:

-Claro, el compañero tiene razón. Yo me imagino que la situación se va a hacer mucho más dinámica.

Las facultades quedaron en tensión, esperando la reacción del  gobierno militar: era evidente que iban a hacer algo, pero nadie previó la violencia con que actuaron.

Un mes después, el 29 de julio, el gobierno del general Onganía promulgó una ley, la 16.192, que debía “poner fin a la autonomía universitaria» y, aunque no mencionaba la palabra intervención, dispuso que las universidades pasaran a depender del Ministerio del Interior. A las diez de la noche de ese día, la Manzana de las Luces, donde funcionaba la facultad de Ciencias Exactas, sufrió el ataque de la guardia de infantería. El decano de Ciencias Exactas, Rolando García, fue herido en la mano, y hubo varios más; Varsavsky, Sadosky, Herrera, González Bonorino, entre otros doscientos estudiantes y profesores, fueron llevados a las comisarías de la zona. Fue la “noche de los bastones largos». Mientras tanto, a la misma hora, en la facultad de Filosofía y Letras, en Independencia, la guardia de infantería también amenazaba con actuar. Los estudiantes, en el hall, en plena agitación, juraron resistir todo lo que pudieran.

De pronto, la puerta de la facultad cedió a los golpes y las cargas y los guardias entraron en malón. Se cortó la luz, y se escuchaban gritos. Los guardias pegaban, pateaban, insultaban. Horacio trató de protegerse la cabeza con las manos: no había dado cuatro pasos cuando sintió terrible golpe en plena coronilla. El mundo se le nubló, hubo un silbido fuerte y se cayó redondo. Fue un momento: se levantó enseguida, tocándose la cabeza para ver si había sangre, preguntándose qué era, dónde estaba; lo primero que vió fueron los cascos de los guardias, las manos revoleando bastones y trató de alejarse todo lo posible.

Había sido un momento: un desmayo muy leve. Pero Horacio González supuso que significaba algo. Por mucho tiempo creeería que ese desmayo lo estaba despertando, que ese golpe había sido un principio: que con ese golpe en la cabeza alguien -el Estado, los militares, el poder- le estaba diciendo que de ahí en más sólo podrían hacer politica los que estuvieran preparados para recibir o contrarrestar esos ataques. Horacio supuso que la política iba a suponer alguna forma de comportamiento heroico: por un lado, nada lo atraía más que ese destino literario, épico; por otro, dudaba mucho de sus posibilidades de sostener un personaje semejante. Siempre había creído que era un flojo, pero ese golpe en la cabeza parecía mostrarle otros caminos. Durante un par de semanas Horacio contó en los bares de la facultad la historia de su golpe: se sentía nimbado por un extraño aura.

(De La Voluntad, tomo 1, de Eduardo Anguita y Martín Caparrós. Editorial Norma, 1997)

La vergüenza nica

Martín Caparrós

Me da mucha pena –y un poco de vergüenza– que el gobierno argentino haya decidido no condenar en la OEA la represión del gobierno de Nicaragua. No sé qué razones puedan tener; sé que arguyen que “no deben intervenir en los asuntos internos de otros países”. Es la falacia más básica porque esos organismos internacionales existen para eso: para intervenir levemente con el fin de garantizar que sus miembros respeten ciertas reglas.

En Nicaragua no se respetan reglas que definimos básicas de las democracias: el derecho a la información, el derecho a la libertad, el derecho a la vida. Y, como dice el otro, a mí no me lo contaron, yo lo ví. Y lo conté: por la tristeza que me da esta vergüenza argentina quiero volver a publicar aquí mi larga crónica de los asesinatos que el estado nica cometió hace tres años en las calles de su país –y que abrieron esta etapa de distintas represiones.

Se publicó, entonces, en el New York Times y la trabajé con varios amigos periodistas de Confidencial, el medio que dirige Carlos Fernando Chamorro –que después fue allanado y confiscado sin más crimen que no gustarle a los Ortega. Se llamó, entonces, El misterio de las revoluciones, porque parecía que una estaba en marcha. El presidente Ortega, sin embargo, sabe demasiado sobre eso como para no reprimirla a sangre y fuego –y eso hizo, y eso sigue haciendo.

“Esto hace un mes no se podía ni siquiera imaginar”, dicen, repiten. Lo escuché tantas veces estos días, en Managua: que nadie –nadie es nadie– lo había imaginado, que fue una gran sorpresa, que dura todavía. Que quién sabe lo que va a pasar.

¿Cómo empieza una revolución?

¿Por qué empieza una revolución?

Nicaragua estaba hundida en un sopor de años. La gobernaba con mano de hierro y de banderas y de dólares una de las parejas más coloridas del continente verde loro: el comandante Daniel Ortega Saavedra, 72, y su esposa y vicepresidenta y poetisa Rosario Murillo Zambrana, 66. Ortega ya gobernó Nicaragua once años entre 1979 y 1990 y otros once desde 2007, y no quiere dejarlo. Como otros jefes latinoamericanos recientes, se entregó a la tentación de sí mismo; para cumplirla, armó una constitución que le garantizaba la reelección eterna. Y nadie parecía en condiciones de impedirlo.

Su base era sólida: le había dado a la Iglesia católica un lugar de peso y las leyes más duras del mundo contra el aborto; les había dado a los empresarios más ricos las garantías y las facilidades y más y más negocios; le había dado satisfacción al Fondo Monetario. Durante una década su país había crecido al cuatro por ciento anual –hasta que la caída de Venezuela resquebrajó el espejo. Aún así el comandante mantenía el apoyo de un buen tercio de la población, la tolerancia de otro, la obediencia de los trabajadores del Estado, el sostén activo del ejército, el control férreo de la policía y los parapoliciales, el hastío indolente de los jóvenes. La política de palo y zanahoria funcionaba, pero empezó a escasear la zanahoria. A mediados de marzo, apurado por problemas de caja, el comandante Ortega decidió anunciar un recorte de las jubilaciones y un aumento de las cotizaciones al Instituto Nacional de la Seguridad Social.

Sus aliados empresarios se sorprendieron: normalmente, el comandante consensuaba esas políticas con ellos, y esta vez no lo hizo. Era un tropiezo, nada grave. Tampoco lo serían las dos o tres pequeñas marchas con que unos pocos viejitos intentarían rezongar. Pero en la de León, la segunda ciudad del país, el 18 de abril, unos muchachos sandinistas atacaron a los viejos. Las imágenes inundaron las redes sociales. Esa tarde, estudiantes decidieron protestar. Eran tan pocos que se citaron casi clandestinos en un paseo de compras de la periferia de Managua, Camino de Oriente, con la esperanza de que allí no llegaría la turba.

Llegó. El gobierno de Daniel Ortega siempre se tomó en serio aquello de que el estado debe tener el monopolio de la violencia. Para eso cuenta, por supuesto, con una policía y un ejército, pero también con esos grupos de matones que los nicaragüenses llaman “la turba” o “los motorizados”. Suelen llegar en moto, suelen estar empleados en alguna dependencia pública, suelen intervenir cuando hay que defender la causa popular con cachiporras o, si acaso, plomo. Esa tarde, en aquel mall, unos pocos empezaron a repartir palazos, a robar periodistas, a quebrar cabezas –bajo la atenta mirada de la policía. Era el remedio habitual para los pocos revoltosos: los ponías en su lugar y se calmaban. Pero esa noche miles los vieron por televisión, miles por las redes, y sintieron que ya era suficiente. Al otro día, miles y miles salieron a la calle.

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#1. Darwin Urbina era un trabajador y era coqueto: tenía un corte de pelo complejo, una barbita, cierto cuidado con la ropa, su sonrisa confiada; le iba bien con las chicas, se gustaba. Esa tarde, 19 de abril, volvía de su trabajo en un supermercado cuando vio que unos muchachos de la Universidad Politécnica estaban armando barricadas porque la policía y los motorizados los corrían. Darwin reconoció a algunos –años antes había vendido tamales en los claustros– y decidió ayudarlos: hacía años que en Managua no pasaba nada semejante. Los muchachos estaban excitados: rompían tabúes, prohibiciones, abrían –quizás– algún camino. La policía se acercó, amenazadora; ellos cantaron el himno nacional. Se oyeron los disparos; Darwin cayó con el cuello partido. Cuando su hermana Grethel por fin lo encontró en la morgue judicial, el forense le dijo que su muerte había sido instantánea, que no había sufrido. Y un policía de civil le sugirió que dijera que la bala vino de los estudiantes, pero ella se negó porque sabía que no estaban armados. Así que las autoridades lo dijeron, y también dijeron que Darwin era un vago, un ladrón: en esas horas, todavía, era una muerte sola, aislada, y era más fácil decir cosas. El gobierno confiaba: siempre supieron que si algunos se pasaban de la raya había que amedrentarlos, y si los palos no bastaban alcanzaría con matarles un par para que se calmaran. Pero esta vez algo falló: lo que siempre había funcionado les falló. Esa noche hubo dos muertes más y al otro día en lugar de la calma fue el desmadre: la calle estaba llena de batallas. El débil ya no quería seguir siéndolo; el fuerte ya no supo qué hacer. Rosario Murillo, la esposa y vicepresidenta, salió a decir que los culpables “parecen vampiros reclamando sangre. (…) Son esos grupos minúsculos, esas almas pequeñas, tóxicas, llenas de odio. (…) Son esos seres mezquinos, seres mediocres, seres pequeños, esos seres llenos de odio que todavía tienen la desfachatez de inventarse muertos. Fabricar muertos, cometer fraudes jugando con la vida es un pecado”. Si quería asustarlos no lo pudo hacer peor: sus injurias avivaron el fuego, terminaron de convencer a los dudosos. Con esas muertes, con esas palabras, Nicaragua empezaba a ser distinta.

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Si alguien supiera cómo empiezan las revoluciones sabría casi todo. Una revolución es un cambio radical en la situación previa: llega cuando todo lo que dábamos por cierto deja de serlo de repente. Cuando los jóvenes indolentes se deciden a jugarse la vida, cuando los empresarios satisfechos se pelean con su jefe, cuando los curas dejan la sumisión y encuentran su misión, cuando el hombre fuerte se hace débil y ya nadie le teme.

–A ese ya lo aguantamos demasiado tiempo. No, yo tampoco sé por qué. No sé por qué lo aguantamos ni por qué dejamos de aguantarlo.

Me dice Suri, sus 25 años, estudiante, ocupante de la Universidad Politécnica de Nicaragua, Upoli. Estamos en un pasillo del tercer piso de un edificio moderno, sus vidrios, sus baldosas, sentados en el suelo; un gran cartel institucional dice que la Upoli “educa a sus estudiantes para servir de acuerdo al modelo de Jesucristo; para ser líderes con espíritu emprendedor, creativo, investigativo y altamente competitivos en el contexto mundial”.

–Pero qué bueno que ahora hemos vuelto a ser nosotros, ¿no?

Nadie sabe por qué suceden esas cosas, por qué el vuelco. Sólo podemos constatarlo después, cuando es un hecho. Es fácil, ahora, decir que fueron esas muertes: que los nicaragüenses no soportaron esas muertes. Es difícil saber por qué un gobierno que supo como ninguno mantenerlos tranquilos, satisfechos, temerosos, de pronto perdió pie, trastabilló.

–Yo decidí venir acá porque no soporté que nos siguieran matando a los nuestros, pensé que tenía que hacer algo.

Dice Suri; lo pensaron tantos. El 20 de abril ya se sabían diez muertes bajo las balas policiales y parapoliciales. Varias universidades estaban tomadas, el país perplejo, miles de hombres y mujeres en las calles de todas sus ciudades. Ya no sólo protestaban contra el gobierno de Ortega; pedían, también, justicia por los muertos.

–Lo vamos a sacar. No sabemos cómo pero lo vamos a sacar, porque queremos ser libres, queremos a nuestra Nicaragua libre, que brille nuestra bandera azul y blanca.

Suri prefiere no decirme su nombre; sí me dice que ha trabajado en muchas cosas pero que ahora está desempleada y estudia mercadotecnia en el nocturno. Tiene un bebé de quince meses; sus padres la ayudan a criarlo. Ya lleva un mes de toma; solo puede ir a su casa algunas noches. Suri es flaquita, cara redonda, dulce, casi triste: el pelo negro que le cae en los ojos, la mirada de quien ha visto demasiado.

–Vos no sabés cuánto lo extraño.

Me dice: como en todas las zonas remotas del imperio, aquí también los españoles se trataban de vos. Suri tiene un cometido:

–Mi trabajo aquí es asegurar suministro alimenticio, me encargo de que esté preparada la comida para todos los que andan luchando, estamos hablando de más de 600 comidas tres veces al día.

Dos metros más allá hay un cartel pintado a mano: “Que tengan miedo ellos, porque nosotros ya no lo tenemos”. No siempre es cierto; Suri tiene, pero igual está acá:

–No, yo no tengo la capacidad para andar en las trincheras, lanzando morteros. Primero que todo porque tengo un bebé. Yo los ayudo desde acá, pero ir afuera y que se venga la policía… creo que ahí nomás me desmayo. No todas somos iguales, hay algunas que sí son guerrilleras pero yo…

No todas son iguales; Dolly, después, me dirá que se fue de la Upoli porque no quería participar de “una toma de machos”: 

–Quienes están al frente de las trincheras son los chavalos, y eso tiene que ver con nuestra cultura. Hubo un momento en que ellos, cuando empezaron a tener estos liderazgos bien machos, a mí me mandaron a la cocina, y entonces yo los mandé a comer mierda.

Dice, cuando le pregunto por qué será que todas las víctimas de la represión sandinista son hombres. La Upoli es la universidad más combativa: en su toma participan también muchachos de los barrios difíciles de los alrededores. Alrededor del edificio central hay un gran parque, una puerta muy bien custodiada, muchachos que se pasean con morteros; más allá las calles están cortadas con barricadas de adoquines –“las trincheras”–; los que las cuidan vienen aquí a comer, descansar, curarse si les toca. Aquí hay muchachos embozados con pañuelos que caminan como si el suelo fuera su enemigo; hay grupitos que charlan en susurros, hay miradas. Hay una sala donde fabrican las bombas para los morteros: las cuatro onzas, las media libra, que explotan y hacen más ruido que daño pero te sobresaltan. Y hay, en tres aulas de la planta baja, un hospital de campaña improvisado que atendió, en estas cinco semanas, a más de 120 heridos –y sufrió varios muertos. Lo montaron porque en los hospitales públicos no los atienden o los detienen.

–Aquí no solo habemos estudiantes, aquí está la población apoyándolos. 

Me dice un hombre que no me va a decir su nombre, treinta y tantos años, el cuerpo ancho, un tatuaje de Guevara sobre un hombro, barba de varios días, una herida de bala en una pierna. Está tirado en un catre de fortuna, dos bancos que sostienen una colchoneta, su botella de suero, sus vendajes.

–Yo soy conductor de camiones pero también quise ayudar a la causa. Cuando hubo el primer fallecido fui a dejar víveres con un grupo de mi barrio, pero vimos lo que pasaba y decidimos quedarnos con ellos. Estoy desde el principio, manejo como a 35 muchachos, pero ya no puedo volver a mi casa porque me tienen fichado…

–¿Y cuándo vas a poder volver?

–No, yo ya no puedo. Si esto no se aclara, si el dictador no se va, yo ya no voy a poder volver.

–¿Y te parece que se va aclarar tan rápido?

–Bueno, todos tenemos la confianza de que no haya que llegar a una guerra civil. Pero si nos va a tocar…

Dice, recostado en catre, la sonrisa ancha. Le pregunto por qué tiene a Guevara en el hombro.

–Porque es un revolucionario, una persona que anduvo en varios países ayudando las revoluciones.

–¿ Y vos te considerás un revolucionario?

–Hacia mi patria, sí. Yo quiero una nación donde todos seamos iguales, que tengamos los mismos derechos, con libertad, que todos podamos hablar sin ser reprimidos. Esto es una dictadura y tenemos que liberarnos de ella.

Dice el hombre que yace. Suri, más tarde, me dirá que se desespera cuando ve llegar a los heridos, que ojalá se acabara; yo le pregunto cómo cree que se terminará.

–No sé, si nosotros queremos salir de aquí necesitamos protección. Si no la tenemos nos van a empezar a cazar y vamos a ir desapareciendo uno a uno… Y entonces esta lucha va a ser en vano, las muertes de los que murieron van a ser en vano y todo quedará como si nada.

–¿Y te parece que eso es lo que va a pasar?

–Yo espero que no, que podamos echarlo. No queremos a este señor en el poder, no puede seguir ahí, es un genocida. Ayer llegó un muchacho que una camioneta de la turba lo atropelló y lo destrozó, yo tuve que prepararlo. Y después vino el papá de ese muchacho y ver el rostro de ese señor me partió el alma, no hay palabras. Me imagino cómo se sentirá mi madre de verme en ese lugar…

Dice Suri, y me muestra las fotos de los muertos: muchas, brutas, pavorosas las fotos de los muertos.

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#5. Álvaro Conrado quería ser bombero o policía. Quién sabe si lo hubiera sido: cuando uno tiene 15 años la vida es una incógnita llena de tentaciones. Pero esa mañana, viernes 20, decidió ir a ayudar a los estudiantes que, desde el día anterior, se peleaban con la policía. Álvaro tenía anteojos, un gran mechón de pelo negro, muy buenas notas en la escuela; tocaba la guitarra, hacía acrobacias con el roller, corría en el equipo de su colegio de jesuitas. Así que, cuando se presentó en la Universidad Nacional de Ingeniería, lo pusieron a correr entre las barricadas llevando agua y bicarbonato a los muchachos que las necesitaban para aguantar los lacrimógenos. Los estudiantes se defendían con piedras y morteros y bombas molotov, los policías los atacaban con gases y balas. Álvaro corría cuando sintió ese tiro en el cuello. Nadie supo de dónde venía; los estudiantes sospecharon que había francotiradores apostados en un estadio de beisbol vecino. Álvaro cayó; le salía mucha sangre pero estaba consciente: mientras lo cargaban en brazos entre varios –su jean manchado, su camiseta roja– gritaba me duele respirar, me duele mucho. Sus amigos lo metieron en un coche y lo llevaron a un hospital público –el Cruz Azul– donde no quisieron recibirlo; se dice que había órdenes del gobierno de no atender a los manifestantes. Se desangraba; cuando llegó a un hospital religioso donde sí lo aceptaron ya era tarde. Los medios, ahora, lo han bautizado “el niño mártir” y los manifestantes llevan su imagen en fotos y pancartas. Seguramente Álvaro será, por esos caprichos de la historia, la cara de estos días.

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Dicen que existe un plan para poner nombres y números a las calles de Managua, y que la cooperación japonesa prometió sostenerlo, pero por ahora las direcciones en la ciudad son azarosas – “de la loma de Chico Pelón una cuadra al lago y tres arriba” o “del casino Faraoh dos abajo y una y media al sur”–, un reducto de resistencia a GoogleMaps. Managua no es misteriosa; sólo incomprensible. Managua es ancha y chata, temerosa: hecha de casas bajas para que no se caigan cuando tiemble. Managua no tiene un centro claro, se desmembra; cada tanto hay algún centro comercial o un barrio de casonas o casitas, cada tanto un vacío: una ciudad sin terminar. Y, cada poco, los árboles famosos.

La iglesia católica siempre supo que el primer imperativo de una fe es ocupar su espacio –y llenó los suyos de iglesias y de cruces. Los estados lo saben –y lo colman de banderas y próceres. El gobierno de los Ortega, medio fe medio estado, lo atiborró con sus “árboles de la vida”. Hay unos 140 repartidos por toda la ciudad, se basan en una pintura de Gustav Klimt, 1905, y están llenos de firuletes y sentidos ocultos y pistas esótericas: la Cábala, la Biblia y otros libros de la tradición materialista dialéctica. Cada “árbol” es una estructura metálica de unos veinte metros de alto, 25.000 dólares de costo, tanto valor simbólico: deberían representar la paz y el amor y esas cosas pero significan, más que nada, el poder de Rosario Murillo.

Rosario Murillo es la esposa y vicepresidenta del comandante Ortega: tiene anillos en todos los dedos, un programa diario en tres canales oficialistas, casi todo el poder y el odio de varios millones de nicaragüenses –incluidos muchos sandinistas. En la economía política que suele ordenar las dictaduras, ella es la mala, la culpable, la que hace que su pobre marido haga cosas horribles: siempre ayuda un personaje así. Por eso no sólo le dicen “la Chayo”, el apodo de Rosario, sino también “la chamuca” –la bruja, la hechicera. Por eso a sus árboles no sólo los llaman “arbolatas” sino, sobre todo, “chayopalos”. Por eso la noche del 20 de abril, cuando unos manifestantes derribaron el primero, pareció que algo serio estaba sucediendo.

Sucedía que miles de jóvenes se habían decidido: que la calle, que el sandinismo controló durante tantos años, se volvía un lugar disputado. Y que el silencio que cubría el país se rompía en gritos. 

Era una gran sorpresa. Cuatro años antes, cuando el gobierno de Daniel Ortega decidió poner wifi gratis en los parques y plazas, algunos denunciaron la maniobra: esas conexiones servirían para mantener a los jóvenes entretenidos con sus chats y fotitos y demás pavadas. No que lo necesitaran: todos sabían que eran los más apáticos y frívolos de la historia. No como sus padres, sus abuelos, que habían participado en guerras y revoluciones, que se la habían jugado, que siempre contaban sus batallas: que, de muy distintos modos, les reprochaban que no fueran como ellos. Ahora, de pronto, esas redes que debían mantenerlos en su babia se habían vuelto su arma, su instrumento: gracias a ellas se llamaban, se reunían, se pasaban consignas e instrucciones. Las imágenes venían de todas partes, grabadas por los participantes. Algunas eran tremendas: la crueldad de un ataque, la agonía de un herido, el dolor de una muerte. La televisión oficial seguía mintiendo calma pero el truco ya no funcionaba. Pronto intentaron mejorarlo: mandaban noticias falsas –imágenes antiguas o amañadas– por las redes sociales para después decir que eran inventos y desacreditar a las demás. “Te dijeron tal y cual y te mintieron”, decía una minicampaña oficial de desprestigio de las redes. Y poco después cortaron el wifi de las plazas, pero ya ni modo: las grabaciones siguieron su camino.

–Esto es clave. Esto cambió la historia.

Me dice, ahora, el periodista de una radio independiente mostrándome su móvil. Ahora, la ciudad está tomada por los que se callaban: en cada rincón, en cada esquina puede haber un grupo de estudiantes, de vecinos, de hombres y mujeres con banderas azul y blancas que protestan, que exigen que se vaya.

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#9. El sacrificio de su madre había dado resultado: a sus 30 años, Michael Humberto Cruz tenía un bebé de cinco meses, un carro, un buen pasar y cursaba un posgrado en su universidad, la Politécnica. Su madre, Rosa Amanda Cruz, había emigrado al norte 18 años antes, y consiguió trabajo en un restaurante mexicano en San Mateo, California. Nunca más vió a Michael, porque no tenía papeles y si salía de los Estados Unidos no podría volver, pero el muchacho, gracias a sus remesas, estudió, se fue haciendo una vida. Se hablaban todos los días: aquella mañana, el 21, Michael le dijo que iría a apoyar a esos compañeros de facultad que habían salido a defender a los ancianos; Rosa le pidió que no fuera, que era peligroso, y él le dijo que no podían permitir que el gobierno le sacara la plata a su abuelo y a todos los abuelos, y que no se preocupara, amita, que no le iba a pasar nada. Estaba en una barricada de la Upoli cuando dos balazos en el pecho lo mataron en el acto. Su madre llegó a Managua esa misma noche: sabe que ya no podrá volver a Estados Unidos pero le da lo mismo: “Yo estaba allá por él, para darle una educación, una vida. Ahora ya qué me importa”.

(Mientras me lo contaba, en una manifestación de banderas azul y blancas, un hombre mal afeitado, camisa abierta, reloj naranja, nos miraba, nos fotografiaba. Su hermana me dijo que era habitual: que las siguen, las intimidan, intentan asustarlas.)

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En la carretera que va de Managua a Masaya hay una rotonda que se llama Ticuantepe; allí, como en otras, había un chayopalo. Un día de abril cientos de protestantes –los llaman “protestantes”– lo tiraron abajo y lo reemplazaron con una virgen de Cuapa, una imagen de metro y medio bien pintada. Pero poco después vinieron los sandinistas encabezados por la alcaldesa, la sacaron y pusieron en su lugar una virgen de Cuapa, una imagen de metro y medio bien pintada. Al otro día los rebeldes volvieron y sacaron esa imagen de la virgen de Cuapa y volvieron a poner su imagen de la virgen de Cuapa –y así de seguido. Hasta que intervino el señor cura, llamó a la paz y la conciliación y terminaron acordando en poner a la virgen de Cuapa de los rebeldes en el centro y la virgen de Cuapa de la alcaldesa en un rincón: fue, sin duda, una gran victoria de las fuerzas del cambio.

–Acá hay curas que nos han mostrado cómo es estar cerca del pueblo.

Me dice Chan Carmona un poco más allá, en Monimbó, y me cuenta que en uno de los momentos más brutos del enfrentamiento hubo una tregua cuando el cura párroco, César Augusto Gutiérrez, llegó hasta allí, los reunió, les dijo que la Iglesia apoyaba los reclamos justos, les pidió que respetaran la vida y los hizo rezar un padrenuestro. Y se quedó en la calle y habló con la policía para que no tiraran a matar y pidió por los presos; más tarde se desmayó por el gas lacrimógeno.

–Hay curas que son casi más huevones que nosotros.

Monimbó es un barrio indígena con una larga tradición de resistencia, pero su historia no es original: en muchos rincones del país curas mediaron, se interpusieron, apoyaron reclamos, atendieron heridos, intentaron moderar la violencia. Y el obispo auxiliar de Managua, Silvio Báez, apoya las protestas y la conferencia episcopal convocó a la mesa de diálogo donde ahora se discute algo que no termina de estar claro, quizás el destino del país.

–Yo los respeto. Mucho no me gustan, pero estos días los respeto. Se lo ganaron en la calle.

Chan Carmona es un muchacho flaco, fibroso, alto, la barba negra y los ojos hundidos de días sin dormir. Chan es un líder de los rebeldes de Monombí y me muestra los rincones y las barricadas y me cuenta dónde se paraban y cómo rechazaron a la policía, y me explica que no se puede soportar más que esos del gobierno vivan así mientras ellos tienen que trabajar como perros para ganar cien córdobas. Que se tienen que ir, que son unos aprovechados y unos dictadores y unos genocidas. Y que lo están siguiendo, que lo tienen marcado. Yo le pregunto qué va a hacer.

–Nada, qué querés que haga; seguir en la pelea. Si me matan todos van a saber quién fue.

–¿Pero no tenés miedo?

–Miedo, miedo… Bueno, es mi vida. Me gusta, me gustaría seguir en esta joda. Porque ya muerto, pa’ qué.

Dice, y se ríe. En el colegio salesiano de Masaya, justo al lado, cientos de vecinos reciben a la delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que viene a recibir denuncias. Un líder local discursea desde las escaleras del colegio:

–¡A nosotros no nos mueve ninguna ideología ni partido sino el amor por nuestro pueblo y nuestra patria!

Grita, robusto y atildado, y da vivas geográficas: a Nicaragua, a Masaya, a Monimbó. El rechazo a los partidos se oye en todas partes: casi todos dicen que no son políticos, que no hacen política, que repudian a los políticos y a la política y a todo lo que esté “politizado” –mientras toman la calle para voltear a un gobierno, pura política en acción. Magias de la palabra: por algunas se pelean, de otras huyen.

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#14. En Estelí, a 150 kilómetros de Managua, a Franco Valdivia lo conocían por su nombre artístico, el rapero Renfán. Franco tenía 24 años, estudiaba tercero de abogacía y trabajaba de carpintero para pagar sus gastos y los de su hija de cuatro. Estelí es una ciudad mediana, tranquila, templada, “un bastión sandinista” o “la ciudad mil veces heroica”; no es el lugar más apropiado para un rapero, pero Renfán seguía peleándola. Con un grupo de amigos solía grabar sus canciones y subirlas a youtube: estaban bien hechas y criticaban los abusos y la corrupción y conseguían visitas. El 18 de abril subió a su Facebook un poema en tono rapeado: “Hoy es un gran día para morir./ Por no elegir el camino que la corrupción/ nos quiere hacer seguir./ Y aunque a mi vida días le reste/ seguiré diciendo verdades cueste lo que cueste./ Sandino tenía un sueño y les/ aseguro que no era este”. En ese momento Nicaragua era una siesta y sus palabras parecían sólo palabras; esa noche los estudiantes de Managua salieron a la calle, al otro día la agitación llegó a Estelí, se volvieron proféticas. Franco fue al parque central a sumarse a las protestas que tanto había cantado. Dos horas después, un disparo que pareció venir de la alcaldía le entró por el ojo izquierdo y lo mató. Otra de sus canciones se llamaba Pilatos: “No hay olvido sin sepultura/ para quien lucha por lo que es./ Que la muerte me regrese/ lo que la vida me ha quitado”.

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Estos días, en Nicaragua, la vida se ha vuelto diferente. La política –tan denostada– ocupa tanto espacio: las personas piensan en asuntos en los que no pensaban, se preguntan cosas, se imaginan. Una revolución es el momento en que cambian las preguntas, en que se puede no tener respuestas. Estos días, en la ciudades nicas, la vida es diferente: en las calles puede pasar, a cada momento, cualquier cosa.

Estos últimos años Managua se jactaba de ser la capital más tranquila de la región; ahora es una ciudad sacudida por su historia: en cada rincón una bandera, personas que las agitan, gritan algo. Hay barricadas, cortes de ruta –“tranques”–, pequeñas manifestaciones –“plantones”–, grandes marchas. Hay, sobre todo, un estado de expresión permanente, de gente que se calló la boca mucho tiempo y ahora habla y disfruta de hablar y trata de olvidar esos silencios. Y, mientras, los negocios están medio vacíos y las calles están medio vacías y el miedo medio lleno, la incertidumbre extrema.

–¡El pueblo/ unido/ jamás será vencido!

Gritan ahora miles de personas con banderas rojas y negras y azules y blancas: marchan para apoyar al gobierno sandinista. Es sábado a la tarde, hace un calor estrepitoso, y a lo largo de la Avenida De Bolívar a Chávez –se llama así: De Bolívar a Chávez– hay pantallas gigantes que nos muestran lo muchos que somos y lo bien que revoleamos los colores. Aquí en la vida real, bajo este sol hiperreal, la realidad es más modesta –no parecemos tantos, y las docenas de micros que los trajeron, y la sospecha de que muchos son empleados públicos que castigan si no vienen.

–¡Viva la paz, viva el amor!

Grita una locutora y suena Solo le pido a Dios versión caja de ritmos, y después la locutora habla de Sandino. Augusto Sandino se definió, hace 90 años, como “el general de los hombres libres” –y así lo registró la historia. Pero la historia cambia más que nada y ahora la locutora lo presenta como “el general de los hombres y mujeres libres”.

–Estamos encendiendo la llama del sagrado derecho de vivir en santa paz, iluminados por el espíritu de Sandino y guiados por el saber del comandante Daniel Ortega.

Dice la locutora y, por alguna razón que me escapa, nadie contesta amén. Allá arriba, una cara gigante de Chávez nos mira desde lo alto de su arbolata/chayopalo. Aquí abajo, sobre el asfalto medio derretido, se pasean muchachos con morteros, señoras con tacones, señores con anillos, señoras con chancletas, señores con las manos callosas arruinadas: hay mucho espacio sin llenar. 

–Esos vándalos van a tener que entender que acá se necesita paz.

Me dice un muchachón fornido, su gorra para atrás, su cuello con tatuajes, su camiseta verde camuflaje. Para un país que estuvo en guerra tantos años la narrativa de la paz es decisiva. Entonces todos se reprochan mutuamente haberla roto, y el gobierno ha decidido hacerla su estandarte.

–Y lo van a entender por las buenas o por las malas, como quieran.

Dice el muchachote. El gobierno, que siempre dijo que la calle era suya, ahora la está peleando. Esa misma tarde, en León, decenas de miles de personas se juntan para exigirles que se vayan. Al día siguiente, domingo a la mañana, en una rotonda de Managua, unos cuantos revolean banderas azul y blancas. La pelea por los colores es tenaz: durante décadas, el rojo y negro fue la divisa sandinista; desde que los opositores sacaron la nacional, azul y blanca, los sandinistas empezaron a usarla también: no podían entregarle a sus enemigos el color de la patria.

–¡El pueblo/ unido/ jamás será vencido!

Gritan también los protestantes, insistiendo en la fake news más repetida de las últimas décadas. Los dos bandos se pelean por las mismas palabras, las mismas consignas, las mismas canciones: todo el refranero izquierdista de los setentas, que tantos tratan de olvidar, aquí es un botín que se disputa. Una señora pasa en silla de ruedas con un cartel escrito a mano: “El poder reside en el pueblo. Es el pueblo el que pone y quita gobiernos”, dice, firmado por Daniel Ortega, 1979: la guerra por la palabra es usar la palabra como búmerang: a nadie se le aplica mejor lo que dijiste que a vos mismo. Y la señora reclama su legitimidad: forma parte de las Madres de Abril, la asociación de las madres de las víctimas.

–¿Sabés qué pasa? Que las canciones y las consignas volvieron al pueblo. Las tenía secuestradas esta dictadura, pero ahora son nuestras otra vez.

Me dice una chica de quince o dieciséis. En un altavoz suena el hit del mes, Mercedes Sosa con Que vivan los estudiantes, pero las vuvuzelas lo tapan inclementes. Un pequeño grupo de mujeres grita que no queremos pitos queremos consignas; nadie les hace caso. Los coches que pasan por la avenida ondean sus banderas: todo suena muy patrio. Casi todos son muy nacionalistas, muchos son muy católicos, todos muy democráticos, pero Dios Patria y Libertad no quedaría tan bien. Hay mezcla, mucha mezcla: desde un cartel bien clasista –“En un país gobernado por un ignorante, los profesionales son la amenaza”– hasta los que reclaman más igualdad y menos hambre. La explosión de palabras es puro gozo, felicidad en verbo:

“Hay décadas donde nada ocurre, y hay semanas donde ocurren décadas”.

“Tanto valiente sin armas y tanto cobarde armado”.

“Te permitimos todo, Daniel. Pero no hubieras matado a los chavalos”.

Y también hay metamorfosis: de la vieja consigna sandinista que propone “Patria libre o morir”, alguien pasó a “Patria libre o vivir” y alguien, más cuidadoso, a una opción razonable: “Patria libre para vivir”. Y los gritos que dicen que no se confundan, que “No eran delincuentes,/ eran estudiantes”, y los que definen el argumento principal, que “Daniel,/ Somoza,/ son la misma cosa”. Y, sobre todo, el viejo hit sandinista recuperado por los que quieren derrocarlos: “¡Que se rinda tu madre!”

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#24. Cuando Ángel Gahona tenía cinco años, en 1981, su maestra de Bluefields, una ciudad pequeña del Caribe, hizo que todos los chicos repitieran que eran hijos de Sandino; el pequeño Ángel se negó. Después explicó que quizá los otros chicos fueran, pero que él sabía que su papá se llamaba Gahona. Pronto su familia tuvo que huir a Venezuela, corrida por la guerra; allí pasaron privaciones y Ángel empezó a trabajar antes de sus diez años. A su vuelta consiguió estudiar periodismo en una universidad de su región Caribe; durante años trabajó en lo que pudo –vendedor de comida o de chatarra o de comida chatarra, gerente de un cyber– hasta que, ya casado, pudo fundar con su mujer Migueliuth Sandoval un pequeño diario digital: El Meridiano. Lo hacían entre los dos y conseguían sobrevivir; Ángel recorría su ciudad en su moto saludando a todos, iba a las misas evangélicas, criaba a sus dos hijos, había empezado a estudiar para abogado. Ese domingo 21 las protestas llegaron a Bluefields; Ángel y Migue pensaron en salir a transmitirlas pero alguien tenía que quedarse con los chicos. Decidieron que ella; él se fue solo. En un Facebook Live, ya de noche, Ángel muestra a unos jóvenes que tiran piedras contra la alcaldía; después dice –su voz en off en el video– que “vamos a buscar dónde refugiarnos ya que la policía se dirige hacia acá”. Los enfoca, muestra su llegada y la relata y, de golpe, la imagen se conmueve y funde al negro y sólo se oyen gritos. Una bala le ha atravesado la cabeza; el video de un compañero lo muestra en el suelo, ensangrentado, muerto. Nadie sabe quién, nadie sabe por qué; se sospecha de un francotirador oficial u oficialista, pero la justicia prefirió acusar a dos muchachos que ni tenían armas ni estaban allí. El mejor truco para no resolver un caso como este es pretender que ya lo resolviste.

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El miércoles 16 de mayo un muchacho conmovió al país. Esa mañana empezaba la primera sesión de la mesa para el diálogo que había convocado la iglesia católica en su Seminario Interdiocesano. Se encontraban las partes en conflicto: los estudiantes, las federaciones campesinas, las patronales, la “sociedad civil”, el señor presidente y su señora vice. El protocolo preveía que Daniel Ortega hablara primero; estaba a punto de hacerlo cuando Lesther Alemán se paró, con su camisa negra por el luto y su pañoleta azul y blanca por la patria, y se lanzó:

–No estamos aquí para escuchar un discurso que por doce años ya hemos escuchado. Presidente, conocemos la historia; no la queremos repetir. Usted sabe lo que es el pueblo. ¿Dónde radica el poder? En el pueblo. Hemos aceptado estar en esta mesa para exigirle ahorita mismo que ordene el cese inmediato a los ataques que están cometiendo en nuestro país, represión y ataque de las fuerzas paramilitares, de sus tropas, de las turbas adeptas al Gobierno. Usted sabe el dolor que hemos vivido estos 28 días. Ustedes pueden dormirse tranquilos; nosotros no hemos dormido tranquilos, estamos siendo perseguidos. Y ahora estoy hablando porque nosotros hemos puesto los muertos, nosotros hemos puesto los desaparecidos, los que están secuestrados nosotros los hemos puesto.

Dijo, con su voz de locutor antiguo, las gestos medidos, casi una sonrisa –y nadie se atrevía a interrumpirlo. Tres metros más allá, Daniel Ortega y Rosario Murillo lo escuchaban sin dar crédito: nadie en todos estos años, había hecho nada así. Entonces Lesther –sus anteojos, su cuerpo apuesto flaco, su pelo bien cortado modernito– les lanzó la estocada:

–Esta no es una mesa de diálogo, es una mesa para negociar su salida. Y usted lo sabe muy bien, porque es lo que ha solicitado el pueblo. En un mes usted ha desbaratado al país; a Somoza lo costó muchos años, pero usted en menos de un mes ha hecho cosas que nunca nos imaginamos. Muchos están defraudados por esos ideales que no se han cumplido, esas cuatro letras, FSLN, que le juraron a esta patria ser libres y hoy seguimos esclavos, hoy seguimos sometidos, hoy seguimos marginados, hoy estamos siendo masacrados. Cuántas madres de familia están llorando a sus hijos, señor.

La atención era extrema, la tensión tremenda. Las máximas autoridades de un país, paralizadas ante un chico de 20 años que les decía lo que nunca nadie: sereno, sin levantar el tono, como si le explicara una obviedad a un tío un poco espeso. La escena era hipnótica y conmovedora, y no se terminaba:

–El pueblo está en las calles, nosotros estamos en esta mesa exigiéndole el cese de la represión. Sepa esto, ríndase ante todo este pueblo. Pueden reírse, pueden hacer las caras que quieran, pero le pedimos que ordene el cese al fuego ahorita mismo, y la liberación de nuestros presos políticos. No podemos dialogar con un asesino, porque lo que se ha cometido en este país es un genocidio.

 A las 9 y 47 a.m. de ese miércoles, Lesther Alemán era una de las personas más conocidas, más odiadas, más amadas de Nicaragua. Después me dirá que fueron los demás participantes de la mesa los que decidieron que él hablara: que le dijeron que “por la voz, por la autoridad moral, por la rectitud y por el conocimiento”.

–Sí, me acuerdo muchas cosas. Primero ví que las cámaras se volteaban, estaban apuntadas al presidente y se voltearon hacia mí. Y entonces lo ví a él, le ví la cara, los ojos, que se le dilataron sus pupilas viéndome, no sé si era lo sorprendido o que pensaba muchas cosas de mí. Y Rosario tragaba agua sin parar. Fue tan raro. Yo pensaba que no iba a poder hablar mucho, esperaba que él me interrumpiera. Pero que me permitiera todos esos minutos, en silencio, y que luego la gente tuviese la reacción que tuvo, los que me han dicho en estos días que estaba hablando por todo un pueblo… Yo me sentí un Rigoberto López Pérez.

Dice Lesther, y me cuenta esa historia. López Pérez fue un periodista de 25 años que, en plena dictadura del primer Somoza, Anastasio, el asesino de Sandino, se le acercó en un baile y lo mató de tres balazos. Corría septiembre del ’56.

–El solo decía va a llegar el fin de la dictadura. ¿Cómo?, le preguntaban. Va a llegar el fin de la dictadura, decía él, y se metió en aquel salón y lo mató. Después lo cosieron a balazos, como trescientos tiros. Dos días antes él le había escrito una carta a su mamá, una de las cartas más bellas que yo he leído. Y ahí le dice que va a liberar el país, nada más. Entonces, ese miércoles, yo pensé: en mí se reencarnó Rigoberto. Pensé: no fue con balazos, sí fue con la palabra.

–¿Las habías preparado?

–Sí, yo preparé las grandes líneas. Yo no me aprendo las cosas al tubo, de memoria, porque creo que la emoción te hace decir las palabras certeras. Pero sí la noche antes caminé por el pasillo del hotel, de lado a lado, muchas veces, y me decía qué yo voy a hacer, qué va a decir la gente, cuál va a ser la reacción del pueblo. Y me preguntaba cómo hacer para que no me callaran. Y fui escribiendo esas líneas, hice dos borradores que ahí están, puño y letra. Después pensé que no puedo botar esa hoja, se la voy a enseñar a mi hijo, mire m’hijo, esta fue la hoja…

Lesther todavía no tiene ningún hijo y es de noche. En los alrededores de Managua, en el centro universitario donde él y sus compañeros de la Coalición Universitaria se refugian, medio clandestinos, me cuenta, al borde de una piscina y un gimnasio, que es hijo de una familia de trabajadores azucareros y que estaba cursando, con una beca, el cuarto año de Comunicación en la Universidad Centroamericana –jesuita– de Managua. Y que todo empezó unas semanas antes, en la marcha para exigir que el gobierno se ocupara del incendio de la reserva de Indio Maíz. Aquella tarde, dice, había un micrófono y él, por primera vez, se atrevió a usarlo.

–¿Y por qué se te ocurrió hablar?

–Era un micrófono abierto, la gente leía cosas, recitaban, y mis compañeros me dicen Lesther, es tu momento. Porque yo desde pequeño he tenido el sueño de ser presidente de este país, y ellos lo saben. Entonces me dijeron eso, burlándose, y yo ah, ok, lo voy a hacer, y hablé y la gente gritaba, yo me sentía que ya estaba en la candidatura…

Dice ahora y me mira muy serio, risueño pero serio, y que es verdad y que siempre tuvo dos sueños: uno, entrar en el ejército, porque le encanta el orden y la seriedad y los uniformes camuflados; el otro, ser el presidente. Tras todos estos días de no pasar por casa, de vivir a salto de mata, Lesther sigue impecable: una camisa marrón ajustada, un pantalón negro, unas botas complejas. El pantalón tiene manchitas blancas y se ve que le molestan, las rasca sin éxito; en esa mano tiene un anillo de sello y un reloj pequeño, casi de muñeca.

–Por eso el único seudónimo que les permito que me digan es “comandante”. Mis mejores amigos ya de siempre me llamaban comandante.

–Me preocupa. La mezcla de tus dos sueños nos lleva derecho al golpe militar.

Lesther se ríe, un batallón de dientes blancos en orden de revista, y dice que tiene que estudiar mucho, prepararse para ser presidente con todos los conocimientos y los méritos, pero que eso podría pasar en un país distinto, que en este la dictadura los desalienta, que muchos de sus compañeros de la facultad de Comunicación, por ejemplo, no quieren ser periodistas porque para qué, si el control y la censura son la norma. Pero que él nunca se desalienta, que ha leído mucho sobre los ideales sandinistas, que el fundador y prócer del Frente, Carlos Fonseca, muerto poco antes del triunfo de su revolución, es su héroe.

–Lesther comenzó a construir sus ideales a partir de libros, de videos, de canciones. Su himno es Nicaragua Nicaragüita, sus canciones favoritas son las testimoniales.

Dice Lesther; después me explicará que muchas veces habla de sí en tercera persona: Lesther piensa tal cosa, Lesther dice tal otra.

–Lesther nunca se imaginó llegar hasta aquí.

Dice, y me cuenta que querría ser periodista, que le gusta leer diarios de papel y escuchar radio en una radio de verdad, que como milenial es demasiado analógico, que sus amigos le dicen que es un viejo en el cuerpo de un muchacho de veinte. Y que nunca antes estuvo en un grupo político, que “la juventud sandinista no es sandinista sino pura bacanal”, que le interesan muchos ideales del socialismo y del comunismo pero no sus maneras, que no cree en los políticos porque no lo representan, que nunca lo han representado, que tuvieron la oportunidad para hacerle frente a este dictador y no lo hicieron, que no tienen autoridad moral. Y que le gusta escribir y ahora está registrando la historia de estos días:

–Así luego, cuando esté jubilado, pueda estar sentado con alguien, un nieto, y decirle este fui yo, esto hizo Lesther cuando era un chavalo.

Por el momento no lo necesita: lo recuerdan todos. Un diario habló de la “lesthermanía”: hay muñequitos con sus rasgos y una capa azul y blanca de superhéroe, hay llaveros y afiches y pancartas, hay abrazos y besos y selfis cada vez que sale a la calle.

–¿Qué es ser un líder?

–Es una persona convencida de que no ordena sino que convence; el líder escucha, valora, analiza, critica, y después comunica. Pero ante todo es la persona que debe tener más humildad, sobriedad, paciencia. Yo carezco de paciencia…

–Bueno, de humildad también.

Le digo, y se ríe incómodo, pero trata de pensarlo: lo discutimos. Entonces me explica que una de sus formas de humildad es esto de hablar de sí mismo en tercera persona.

–Es para no sentirme limitado. Yo no considero que pueda decir yo soy así, yo digo esto, entonces mejor voy por la tangente: Lesther piensa esto. Siempre me he visto como que salgo yo a hablar por Lesther… Tengo esa idea de no dejar que Lesther hable por Lesther…

Dice, y me ve la cara de sorpresa y le salta la risa:

–¿No entiendes que es como una locura mía…?

Le digo que sí, que eso lo veo, nos reímos, sigue explicándome lo inexplicable, se pone casi nervioso: esos tímidos que la timidez hace más expansivos, más eléctricos. Es, al fin y al cabo, un chico de veinte años al que de pronto todos miran. Es, también, en estos días, la persona más popular de Nicaragua.

*          *          *

#56. Margarita Mendoza llevaba cuatro días aterrada: Javier Munguía, su hijo, 19 años, albañil desempleado, había sido detenido por la policía el 8 de mayo cerca de la Universidad Politécnica y no aparecía. Ya había preguntado en todos los hospitales y finalmente, el 12 de mayo, se decidió a ir a la morgue del Instituto de Medicina Legal; cuando le dijeron que allí no lo tenían su alivio fue infinito: Javier debía estar vivo todavía. Pero seguía perdido; al otro día, Margarita fue a tocar las puertas de la Dirección de Auxilio Judicial (aka) El Chipote, un centro de represión con 80 años de historia criminal: allí le dijeron que no lo conocían, pero ex detenidos le contaron que lo habían visto adentro y que lo estaban torturando. El viernes 18, Margarita fue uno de los cientos de parientes que se presentaron ante la delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos: quería denunciar la desaparición de su hijo. Su celular sonó mientras lo hacía. Margarita atendió: un funcionario de Medicina Legal le dijo que tenían el cadáver de Javier. Sus gritos se oyeron en todo el piso. Más tarde, en el Instituto, le dijeron que el chico había muerto “por causas naturales”. Al otro día un forense independiente le contó la verdad: a Javier Munguía, la cara rota a golpes, lo habían estrangulado.

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–Sí, claro que tengo miedo todavía. Pero uno empieza a perder el miedo en la calle. Como solemos decir, nos quitaron tanto que nos quitaron hasta el miedo. Sí, muchos de nosotros fuimos atacados por la policía, ya sabemos cómo es eso. Yo también estuve en la Catedral cuando nos rodeó la policía y la turba orteguista, y estuvimos tan cerca de la muerte. De verdad creímos que hasta ahí llegábamos, unos se arrodillaron, se pusieron a rezar, otros lloraban…

Dice Melisa, y Erasmo la apuntala:

–Dicen que el valor no es la ausencia de miedo sino el miedo mismo junto a la voluntad de seguir. Entonces nosotros teníamos sobre todo esa rabia de ver que mataban a nuestros compañeros…

Melisa y Erasmo son estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, la más grande del país, 40.000 estudiantes y 30 hectáreas de bosque sembrado de edificios: matorrales, árboles, cañadas y, ahora, algunas tiendas de campaña que cobijan estudiantes vigilantes. Cuando vino la primera ola de ocupaciones, la UNAN se salvó: el sindicato de estudiantes oficialistas, UNEN, consiguió evitarlo. La universidad estuvo cerrada dos semanas; el 7 de mayo, cuando volvieron a abrirla, sus estudiantes la ocuparon. Y ahora estamos en un edificio –la Escuela de Geología– que los rebeldes usan como hospital, cocina, dormitorio. Melisa y Erasmo tienen alrededor de veinte años, hijos de clase media. Los ocupantes, me dicen, son unos 500; les pregunto si no les parece cuestionable que el uno por ciento de los estudiantes se arrogue el derecho de tomar la universidad.

–Bueno, no vamos a negar que somos una pequeña parte. Pero es que hay muchos que no pueden estar. Por ejemplo, yo me quedé desde el lunes de la semana pasada, y sé que si voy a mi casa ya no puedo volver.

Erasmo es un muchachón alto, fornido, la piel oscura, la sonrisa brillante, y es uno de los jefes de la toma. Le pregunto por qué.

–Porque mi mamá no me deja. Y así hay muchos que no los dejan o tienen miedo de meterse o involucrar a la familia, que hay gente que ha ido a intimidar a nuestros casas…

Dice Erasmo, y Melisa lo corta. Melisa tiene muchas ganas de hablar y tiene la frente ancha, despejada bajo los rizos castaños, mirada inteligente:

–Sí, hay muchos universitarios que están de acuerdo con nosotros, aunque no estén acá. El problema es que nadie quiere morir. Nadie quiere ser mártir. Pero ya tenemos mártires, ya hay más de sesenta muchachos muertos. Y hay muchos que tienen miedo, pero eso no quiere decir que no estén de acuerdo…

La idea de que unos pocos hacen lo que muchos harían es una de las bases de la política del siglo XX: lo llamaron vanguardia. Aquí son pocos, y esos pocos jaquean a un gobierno. Tienen con ellos la legitimidad, la opinión pública, y eso a veces –sólo a veces– vale más que la fuerza, que el número.

–Nosotros nunca pensamos que nos íbamos a pasar acá tanto tiempo, así que nos fuimos organizando poco a poco, dando cuenta de lo que esto significa, de la importancia que tiene, los peligros que tiene. Sabemos que en cualquier momento nos pueden atacar, tenemos que estar preparados todo el tiempo.

Dice Melisa. Aquí los pocos cientos también están organizados en grupos que se ocupan de la comida, la sanidad, las guardias, los choques. Hay una red compleja de muchachas y muchachos que ocupan todo el espacio de la universidad, con un sistema de delegados y poderes, reuniones, asambleas, discusiones.

–Ya desde antes teníamos inconformidad con este gobierno, sólo que estábamos adormecidos, no nos habíamos puesto en marcha.

Ahora se pusieron y pusieron al país a preguntarse qué hacer, a pensarse de nuevo. En estos días la comisión por el diálogo se reúne dos veces por semana para encontrar alguna solución; muchos piden la salida de Ortega; Ortega, por supuesto, no discute siquiera esa alternativa.

–Nadie quiere un conflicto bélico. Nosotros no estamos armados, somos hijos de la posguerra. Nuestros padres sí son ex combatientes, algunos, vivieron la revolución, la contra, militaron, pero nosotros qué sabemos de esas cosas militares, logísticas… Ni queremos saber, pero Nicaragua aguanta poco, y tenemos miedo que se vuelva a armar una guerra. Así que estamos muy pendientes del diálogo, a ver si lo podemos evitar…

Entre 1970 y 1990, en veinte años de guerra, murieron cien mil nicaragüenses. Muchos, después, interpretaron esta generación diciendo que eran chicos que vieron que eso sólo sirvió para que unos pocos mandaran y se enriquecieran y que por eso era lógico que sólo les importaran los juegos en red y los juegos de Messi y ciertas músicas y ciertos bailoteos: que eran una generación de apáticos individualistas, pobrecitos, que nunca sabrían lo que es en realidad la vida. Pero también eran chicos que se pasaron la vida escuchando historias heroicas, revolucionarias de sus padres, sus abuelos, y reproches por ser vagos e indolentes, por no hacer esas cosas. Se ve que se cansaron.

–¿Cómo creen que va a terminar la toma?

–Para nosotros entregar la universidad las autoridades tienen que tomar en cuenta por lo menos algunas de nuestras exigencias: la recomposición del movimiento estudiantil, la autonomía de la universidad, y después la más difícil una Nicaragua democrática. Puede parecer una utopía, pero si cayó Somoza, si cayó el Muro de Berlín, ¿por qué no va a caer este? Y también hay muchas luchas en que no tuvimos que levantar un arma para ganar. Ojalá esta vez sea como esas.

–Ya nadie quiere más muertos. Estamos cansados de los muertos. No queremos que nadie más se muera, apostamos a la vía pacífica, que se resuelva sin que haya que usar armas.

–¿Creen  que se van a pasar varios días más acá?

–No sabemos. Nos vamos a quedar hasta que nos den respuesta.

–¿Y tu mamá que dice?

–Mi mama dice que si me agarra…

Dice Erasmo, se ríe; Melisa quiere aclarar el punto:

–Hay muchos que están sin permiso de sus padres. Mi papá me apoya, él estuvo en la revolución sandinista…

–Mis padres dicen que por ahora estamos más seguros acá que en nuestras casas.

–Claro, pero ¿y cuando tengan que volver a sus casas?

–Esa es la pregunta del millón. ¿Qué pasa?

Nadie sabe.

*          *          *

–Con Daniel uno siempre se equivoca. El error más común es subestimarlo, porque al final él siempre consigue sacar algo de cada situación. No sabemos qué pasará esta vez, lo tiene difícil, pero hay que estar atentos, muy atentos.

Dice Carlos Fernando Chamorro, periodista histórico, ahora director de El Confidencial. Y todo está en suspenso. Algunos suponen que los estudiantes, la “sociedad civil” y algunas asociaciones agrarias y empresariales pueden convocar un paro nacional que cerraría las carreteras, las calles, las actividades –y aceleraría la caída del gobierno. O podría cansar a muchos ciudadanos, que se hartarían de los problemas y dificultades, la penuria, las pérdidas, las incomodidades, y empezarían a extrañar los tiempos más tranquilos.

Algunos recuerdan el ejemplo de Venezuela: hace unos meses parecía que su gobierno estaba listo y ahora acaba de regalarse unas elecciones. Fabián Medina, periodista de La Prensa, dice que Ortega ahora es como un boxeador que acaba de recibir un golpe duro: debe agarrarse del contrario para impedir que le siga pegando, tomar aire, ganar tiempo y terminar el round. Es una carrera desesperada: él sabe –probablemente sabe– que si pasa estos días no sea fácil sacarlo; sus oponentes más entusiastas saben –probablemente saben– que si los pasa se va a vengar de ellos. Aunque más no sea para que todos sepan que no se puede desafiar al comandante gratis.

–¿Cómo termina todo esto?

Sergio Ramírez, el gran escritor nicaragüense, Premio Cervantes 2017, que fue vicepresidente de Ortega entre 1979 y 1990, lanza la carcajada:

–Eso quién lo sabe. Este diálogo es muy incierto. Hay dos universos totalmente distintos, el de Ortega, que no está pensando en irse, y el de la sociedad civil que piensa que sí. Este choque de realidades va a determinar todo. A menos que haya una presión mayor, si es que puede haber una presión sin sangre…

–¿Y puede?

Ramírez se calla, mira a ninguna parte.

–Es una pregunta terrorífica, esa. Bueno, tendría que haber una resistencia civil verdadera, tranques, paros, paro general… Y por otro lado la presión internacional. Pero Ortega no está pensando irse y sin su salida no hay cómo seguir, porque hay una indignación generalizada.

Dice Ramírez, y me explica que el problema es que la necesidad política del país es que Ortega tiene que desaparecer. Aunque, dice, eso no significa que desaparezca el Frente Sandinista, porque es una fuerza política importante, aún en medio de estos crímenes terribles sigue siendo el 30 por ciento de la población. O sea que hay que contar con ellos, dice, porque sin esa fuerza tampoco hay estabilidad en el país.

–La gran dificultad es que Daniel Ortega no tiene vida alternativa al poder, no es una una persona a la que se le pueda decir bueno, coge tus millones y te vas a vivir a Estados Unidos. Estados Unidos no existe para él, ni tampoco los millones. Él no tiene la ambición de ser rico; su ambición es tener poder. No tiene otras opciones, no es una persona que se pueda retirar a una finca a cultivar café o a escribir sus memorias; para él sólo existe el poder. Esa es la dificultad, el nudo gordiano. Además, incluso si lo dejaran tomar su dinero e irse con su familia, ¿adónde se va a ir? ¿A Cuba, a Venezuela? Sería ir de la llama a las brasas. ¿A Rusia? Y no estaría seguro en ningún otro lado, porque ahora que la Comisión dice que hay que investigar si no hubo ejecuciones extrajudiciales, y esos ya son crímenes de lesa humanidad…

La Comisión Interamericana ya documentó, entre el 18 de abril y el 23 de mayo, 77 muertos y 657 heridos: es, como dice Chamorro, “la mayor masacre de la historia de Nicaragua en tiempos de paz”.

.(Aquellas revueltas, como sabemos, fracasaron. Pero tuvieron una consecuencia inesperada: roto el frente que había sabido construir Ortega con la iglesia católica, los empresarios y demás poderes, su forma de perpetuarse debió volverse mucho más violenta. Por eso, en estas últimas semanas su gobierno encarceló a cuatro precandidatos presidenciales —Cristiana Chamorro, Arturo Cruz, Juan Sebastián Chamorro y Félix Maradiaga— y nueve dirigentes de la oposición —José Adán Aguerri, Violeta Granera, José Pallais, Támara Dávila, Ana Margarita Vijil, Dora María Téllez, Suyén Barahona, Hugo Torres y Víctor Hugo Tinoco.

Entre muchas otras cosas.)

Las víctimas de las víctimas

Hace unos años estuve en Israel/Palestina, invitado por Médicos sin Fronteras, para escribir sobre los efectos de la ocupación israelí en la población palestina y tratar de entender algo sobre esa guerra que no acaba. En estos días, en medio de las bombas –de las noticias sobre bombas– lo recordé mucho. El artículo se publicó entonces en El País Semanal; pasó tiempo pero la situación general, lamentablemente, no ha cambiado mucho. Y por eso, supongo, las bombas siguen cayendo sobre esas tierras castigadas.

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Martín Caparrós

“Todo pasó en cinco minutos. Eran como las tres, estábamos durmiendo y nos despertó el ruido de los coches que paraban; mi esposo me dijo ahí están, buscan a algún vecino. Yo le dije duérmete y pensé uy dios, por favor ayuda a la madre del que vienen a buscar. Lo pensé, no sabía y lo pensé. Y entonces escuché los golpes en mi puerta. Mi esposo se levantó de un salto, les abrió la puerta; yo también salí, ni siquiera me cubrí, salí así como estaba y me vieron todos, qué vergüenza. Mi esposo les preguntó qué querían y uno dijo venimos a buscar a Leith. Eran como quince, había soldados, policías, policías de civil con armas largas, capuchas, yo tenía mucho miedo. Ellos sabían cuál era su cuarto: directo varios fueron para ahí, los demás se quedaron apuntándonos, dando vuelta las cosas, dando gritos. A Leith lo sacaron con las esposas puestas, la cara que tenía, pobrecito. Yo les pregunté por qué se lo llevaban y uno me dijo no, nada, unas preguntas y se lo devolvemos. Entonces yo les dije que si le querían hacer preguntas yo tenía que estar presente, porque Leith es menor, tenía 14 años. Me dijeron sí, venga a la cárcel cuando quiera, y se fueron sin decirme más nada. Entonces mi marido y yo vinimos y nos sentamos, en estos sillones nos sentamos, uno frente al otro y yo pensaba qué fue todo esto, ¿una pesadilla? ¿Ahora me voy a despertar? Me parecía que no podía ser cierto, le dije a mi marido no es cierto que se lo llevaron, ¿no? Dime que no es cierto. Y él me dijo sí pero no te preocupes, a la mañana lo vamos a buscar, no te preocupes, es un chico, no le van a hacer nada; a la mañana nos lo van a devolver. Y yo lo escuchaba y no podía ni llorar. No sé por qué, quería llorar y no podía. Trataba, pero no podía.”

Hanan es la madre de Leith, que fue, el año pasado, cuando lo detuvieron, el preso político más joven del país. Las autoridades israelíes dijeron que Leith participó de manifestaciones, que tiró piedras a unos soldados en la entrada del campo, que era peligroso para Israel y debía estar encerrado: le pidieron dos años de cárcel. Lo condenaron a nueve meses más tres años de condicional.

–¿Usted cree que Leith realmente atacó a los soldados?

–¿Honestamente? Sí, yo creo que lo hizo. Pero es un chico de 14 años y los soldados insultaban a su madre.

–¿Qué decían?

Hanan no quiere repetirlo; palabrotas, dice, palabras muy malas. Le decían esas cosas y él tenía que reaccionar, ¿qué podía hacer si no? Suenan gallos, varios gallos –o un gallo persistente.

–¿O sea que se peleó por defender a su madre, no a su patria?

–No, no solo. También vio cómo los soldados golpeaban a varios de sus amigos, y eso tampoco pudo soportarlo.

Hanan tiene una túnica negra con bordados plateados y un hijab turquesa, los ojos muy oscuros. Viene de una familia acomodada; en 1996 se fue a Miami y estudió Negocios, se casó, tuvo sus dos primeros hijos. En 2004 decidieron volverse: South Beach les parecía un lugar peligroso para criar chicos. Ahora, su marido tiene un restorán y los dos tienen dos hijos más y todos viven en el campo de refugiados de Shaufat, en Cisjordania. Un campo de refugiados no es un campo; es una ciudad bien tercermundo, las calles angostas llenas de gentes y de coches viejos y de cables colgando, los frentes de las casas sin revoque –como si todo fuera provisorio: 50, 60 años provisorio. Por fuera, la casa de Hanan parece a medio hacer; por dentro tiene su equipo de música, su plasma, una cocina grande y bien provista, los sillones: esos sillones gordos, orondos, que son la marca del éxito en tantos países donde el calor los hace tan incómodos.

–Leith no se va a olvidar nunca de lo que le hicieron. Le pegaron mucho, lo tenían días y días sin dormir, lo pateaban para despertarlo; todavía se despierta sobresaltado cada noche. Nunca se va a olvidar. Y yo tampoco.

                                                  *          *          *

Hay una guerra. A veces la pelean con armas, otras veces con piedras, con palabras, con acuerdos de paz, con bombas varias, con miradas golpes esperanzas, con rezos, con abrazos. Hay una guerra porque hay dos pueblos que quieren la misma tierra. Uno tiene un estado que lo estructura, un ejército que lo defiende; el otro no. Ambos enarbolan sus derechos: la historia, tradiciones, mitos.

–O sea que hay tres posibilidades: o esa tierra se reparte en dos, o los dos viven juntos en ella, o uno de los dos echa o extermina al otro. En general la que prima es la tercera opción, pero digamos que no la queremos.

Dice Marius Schattner, 71, periodista franco-israelí, ex maoísta, ex sionista de izquierda, varios libros sobre la cuestión.

–La coexistencia es muy difícil y supondría un estado con ciudadanos de primera, los israelíes, y ciudadanos de segunda, los palestinos, una segregación, si no un apartheid. El reparto en dos estados es la opción más lógica; la fuerza principal que se le opone es el Estado de Israel, el gobierno israelí, que produce hechos –las ocupaciones, las nuevas colonias– que lo hagan imposible.

Hace décadas que colonos judíos empezaron a construir casas y ocupar espacios en los territorios ocupados, supuestamente palestinos, pero el movimiento se aceleró en los diez últimos años. Ahora hay por lo menos 300.000 en Cisjordania, 200.000 en Jerusalén Este: medio millón de personas, una masa crítica difícil de expulsar.

–Hace unos años los colonos eran una franja extrema de la población judía. Hoy es una corriente central, que ocupa cada vez más lugar en las conciencias y en el gobierno del Estado.

Dice Micha Kurz, 32, enérgico, sonriente, israelí, judío ashkenazi, activista de organizaciones palestinas.

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Hay una guerra. Como en toda guerra hay intrigas, héroes, ratas, fanáticos, fanáticos, intereses, desinteresados, razones que la razón ignora, corazones que ignoran la razón. Como en toda guerra, todos tienen razón y ninguno la tiene.

(Marius me contó un cuento: la mujer del rabino le dice Shlomo, no te entiendo. Primero vino el zapatero y te dijo que había peleado con el panadero y le dijiste que tenía razón; después vino el panadero y te dijo que había peleado con el zapatero y le dijiste que tenía razón. A mí no me parece que les puedas a decir a los dos que tienen razón.

–Mujer, tienes razón.)

                                                  *          *          *

Hay una guerra y a veces los que intentan disimularlo lo consiguen. Salvo en Hebrón: aquí, está claro, hay una guerra. Hay una guerra y no hay otro lugar donde esta guerra esté tan marcada en el espacio. Hebrón es la ciudad más grande de Cisjordania: un cuarto de millón de palestinos a 30 kilómetros de Jerusalén. Hace diez años la calle Shohada –la calle de los Mártires– era el corazón de Hebrón: el mercado en medio de la ciudad vieja, miles y miles de personas comprando, vendiendo, encontrándose.

Micha la recuerda su primer día de soldado, 2001, cuando tenía 18: un sargento les mostró desde su puesto de control el mercado, todavía vivo, todavía bullendo, y les señaló la multitud de palestinos allá abajo y les dijo que eran todos posibles terroristas y que todos, absolutamente todos ellos los odiaban. Que no se descuidaran. Que no se contuvieran. Que su tarea era mantener “estéril” el área que les habían asignado –estéril significaba limpia de árabes– para proteger a Israel y a los colonos israelíes.

Poco a poco, Micha fue descubriendo que su papel no consistía en proteger a los colonos que avanzaban sobre las tierras palestinas sino en ayudarlos en su avance, y que para eso tenía que hacer cosas como patear puertas de casas palestinas al filo de la madrugada, patear cuerpos de jóvenes palestinos a la hora que tocara.

                                                  *          *          *

Ashraf es palestino. Ashraf es un tipo musculoso, 30 años, mandíbula potente, la mirada severa, pero los ojos se le empañan cuando recuerda aquella noche de septiembre 2006 en que soldados entraron a los tiros en su casa, lo ataron, se lo llevaron vendado y esposado. Y más cuando recuerda los 64 días de interrogatorios, los golpes, la confusión, la celda de aislamiento y, sobre todo, esa máquina que le inmovilizaba la cabeza para que gotas de agua helada le cayeran sin pausa en el mismo lugar entre sus ojos y lo cortaran como un cuchillo de hielo y le infligieran un dolor que no podía soportar y soportaba. (Alguien, alguna vez, tendrá que reflexionar sobre el lugar del agua en las torturas cool contemporáneas, ésas que los Estados Unidos sí toleran.)

Ashraf estudiaba entonces en una facultad islámica y no me quiere decir por qué se lo llevaron: me dice que alguna vez podrá, pero no todavía. Mientras, dice que lo más duro fue cuando lo pusieron en una celda con palestinos colaboradores –que allí llaman “los pájaros”– y que él les dijo cosas que había callado bajo el agua porque creyó que eran amigos, que eran compañeros, y cuando entendió que esos traidores lo habían llevado a traicionarse no conseguía entender que hubiera palestinos que hicieran esas cosas y que eso le dolió más que el dolor y más los ojos, más se le humedecen, más la voz se le rompe: que nada, en los cinco años que después pasó preso, acusado de militar en Hamas, fue tan tremendo como eso. Y que por eso –quizá por eso– salió de la prisión tan paranoico, desconfiando de todos y de todo, y que no soportaba y por eso –supongo que por eso– cuando le pregunto qué va a hacer ahora, si va a seguir peleando, me dice que aquello fue un momento de su vida y que ahora es distinto pero el brillo de los ojos lo desmiente y no sé si creerle: también eso es un efecto de la guerra.

                                                  *          *          *

Hace diez años la calle Shohada era el corazón de Hebrón: ahora es un desierto. Todo alrededor, calles desiertas. Desiertas: casas vacías, los negocios cerrados, el silencio, algún pájaro, un motor a lo lejos; no hay coches, no hay personas.

En el corazón de Hebrón hay mil colonos que ocupan unas doscientas casas. Para protegerlos, la zona fue vaciada, llenada de bloques de cemento, soldados que patrullan. En otras casas todavía quedan palestinos pero casi no salen: solo lo indispensable. Sus calles están cubiertas con una red metálica porque desde sus casas los colonos solían tirarles piedras, botellas, lo que fuese; ahora, por la red, tiran agua servida.

Y todo está callado, abandonado: muerto. Es un paisaje como no he visto igual: el espacio vacío, la rudeza del sol, muchos soldados. Entre las calles inaccesibles se fue armando una tierra de nadie, casas de cinco o seis siglos donde intentan vivir algunos palestinos, donde no hay policía, donde pululan traficantes y unos perros salvajes que atacan a los chicos.

                                                  *          *          *

Cuesta ver que el derecho no es de verdad un ojo. Musrab lo perdió hace menos de un año: caminaba con su madre y su tía y sus dos hermanitas menores por una ruta en las afueras de Hebrón donde unos chicos palestinos tiraban piedras a soldados.

–¿Por qué tiraban piedras?

–Bueno, no sé, pasa muy a menudo.

Me dirá ahora Heyam, la madre de Musrab, y que los soldados empezaron a disparar balas de goma y que ellos estaban lejos de los chicos, en otra dirección, pero igual les tiraron y que una bala le pegó a Musrab justo en el ojo. Musrab se cayó al suelo, se agarraba la cara, sangraba, tanto grito. La ambulancia tardó una eternidad, en el primer hospital lo derivaron, en el segundo también; esa misma noche en Jerusalén un doctor le dijo a Heyam que habían hecho todo lo posible pero que lo sentía: que habían tenido que sacarle el ojo.

La adaptación fue larga, dolorosa. Musrab chocaba con las cosas, se caía, se desesperaba. En la escuela ya no reconocía las letras, se desesperaba. No quería hablar de su ojo emparchado; cuando le preguntaban se enojaba, gritaba, se desesperaba. Recién cuando le sacaron el parche y le pusieron en su lugar un ojo artificial, muy parecido al suyo pero quieto, Musrab entendió que nunca volvería. Entonces le dijo a su mamá que bueno, que no le importaba, pero al primer compañero de clase que le dijo “ojosolo” le pegó –le pegó bien, con la rabia de todos esos meses.

–Y nunca más me dijeron nada.

Dice, ahora, en la calle delante de la casa familiar, y se refriega el ojo que no tiene. Yo cierro uno para ver el mundo como lo ve Musrab: no es medio mundo, es un mundo más chato, interrumpido por la propia nariz, irritante, truncado.

–¿Y tienes algún amigo israelí?

–¿Yo? ¿Por qué? ¿Para qué?

Musrab es musculoso y le pega bien a la pelota y tiene un sistema para bajar las escaleras con los dos pies juntos, a los saltos. También tiene el pelo corto y duro, los labios finos, un equipo de gimnasia azul oscuro, el ojo menos, ocho años.

–¿Te acuerdas de ese momento?

–Sí, claro que me acuerdo. Estaba todo lleno de soldados.

El azar siempre decide demasiado. Pero en las guerras exagera.

                                                  *          *          *

Me pregunta qué sería de una boca sin la lengua: que si puedo imaginarme la boca sin la lengua –y que así sería, sin ellos, esta tierra, me dice, me sonríe, sigue andando. El viejo tiene la barba blanca, los ojos pícaros, los dedos ramas secas.

                                                  *          *          *

Nada de esto pasaría si ellos no tiraran piedras, me dijo después un amigo israelí y, a su manera, también tenía razón. Son lógicas muy lógicas: es muy difícil para un muchacho que crece viendo su país ocupado no tirarle una piedra a los soldados ocupantes; es muy difícil para un país que ocupa y se defiende no intentar contener a esos muchachos.

–La mayoría de mis amigos no saben lo que pasa. Están muy ocupados con sus cosas.

Que a sus amigos todo esto no les importa mucho porque están muy concentrados en sus carreras e hijos e hipotecas, dice Micha y que si vives en Tel Aviv o Haifa puedes pasar de todo esto o intentarlo y que, de todos modos, ellos están convencidos de que los palestinos son bestias sanguinarias que solo quieren destruir el Estado de Israel, así que lo que les caiga les estará bien empleado.

–De algún modo necesitan creerlo, les conviene creerlo.

Dice, y que las provocaciones de los colonos sirven para reafirmar esa idea –para forzar a los palestinos a reaccionar con violencia– y, así, justificar cualquier ataque. Y que si unos extremistas quieren hacer eso allá ellos, que lo terrible es que el ejército israelí los ayude. Que por eso, entre otras cosas, cuando terminó su servicio militar decidió dedicar su vida a denunciarlo.

                                                  *          *          *

Del otro lado del check point –las armas, el cemento, los alambres– la ciudad resucita, el mundo otra vez vivo. Difícil pero vivo. Y entonces la violencia –el placer de la violencia– con que me echan de una mezquita porque no soy uno de ellos y se acabó el horario para los extranjeros. El gozo de decir yo soy quien manda aquí no tiene religión, no tiene patria.

                                                  *          *          *

La señora es alta flaca huesuda, más de sesenta años, los rasgos muy marcados, y su nombre no es su nombre: se llama UmMaher, que quiere decir madre de Maher, porque su hijo Maher fue un mártir de la causa. La señora vive en un pueblo que fue de los beduinos, en una casa donde hubo ovejas y hay desolación, el muro enfrente. La señora recuerda esos tiempos en que no había en Cisjordania 500 kilómetros de muro, en que los territorios ocupados no eran todavía este laberinto de paredes y rutas clausuradas y bloqueos y puestos militares. Después me dice que en cualquier momento pueden llegar las topadoras a derribar su casa, que ya se lo dijeron los soldados, que van a derribarla y la van a ocupar y ella va a perder todo. Y que si por lo menos la dejaran entrar en Jerusalén, que su hija mayor vive en Jerusalén pero ella no puede entrar y su hija no puede salir porque no tienen los permisos y que hace más de ocho años que no se ven y que de verdad quiere, que necesita verla. Y que está enferma, muy enferma y no le queda mucho tiempo y querría ir a rezar a la mezquita de Al Aqsa, en el monte del Templo de Jerusalén, antes de morirse porque ese lugar fue bendecido por el Profeta y un rezo allí, me explica, equivale a 500 en la casa. Que si pudiera ir a rezar ahí se moriría tranquila, dice, y que ella lo único que quiere es la paz y la armonía y que por favor no salgamos a la puerta de la casa a mirar el muro y el puesto militar porque si nos ven los soldados israelíes después van a venir a molestarla. Que no salgamos, por favor, nada más eso pide.

                                                  *          *          *

Hay una guerra y, como en tantas guerras, los dioses son la excusa. Los colonos insisten en que tienen derecho a vivir en Hebrón porque su dios les dijo: “Dios creó todo el mundo pero su cuartel general está aquí”, dice un rabino colono en un documental. “Nosotros creemos en la promesa de Dios, que le dio esta tierra al pueblo judío. Si hay gente que quiere venir a vivir aquí como huéspedes, que sean bienvenidos, pero si creen que pueden gobernarla, es imposible”.

En medio de Hebrón, en medio del conflicto, la mezquita de Ibrahim, sinagoga de Abraham: sobre las tumbas, dicen, de Isaac y Rebeca y Lea y Jacob y Sara y Abraham. Es un gran edificio que empezó a construirse dos mil años atrás y se siguió construyendo desde entonces. Durante siglos fue mezquita; cuando Israel ocupó Cisjordania en 1967 se quedó con una parte para hacerla sinagoga. Algunas de las decoraciones más antiguas de la mezquita repiten un motivo conocido: la estrella de David. Pero su nave principal está llena de cámaras porque no solo Dios quiere ver todo.

Las tumbas también pueden verse desde las dos partes. La de Abraham es un túmulo pomposo cubierto de una tela verde con dorados en medio de un cuarto lleno de arabescos. Las entradas están clausuradas; hay que mirarla desde dos ventanas, una del lado judío, otra del musulmán. Y, entre las dos, junto al sepulcro, un vidrio a prueba de balas, por si acaso. Judíos y musulmanes veneran al mismo muerto amenazándose.

                                                  *          *          *

Hay muchos otros momentos en que israelíes y palestinos –o mejor, judíos y musulmanes radicales– se ven, con perdón, tan parecidos. Digo, por ejemplo, cuando pasan esos hombres musulmanes o judíos caminando, sus mujeres detrás y muy tapadas, inundadas de niños, sometidas: tan voluntariamente sometidas.

                                      *          *          *

Ya lo habían hecho muchas veces. Llevaban un par de años cruzando la frontera en ese valle, no muy lejos de Hebrón, donde la vigilancia solía relajarse y el alambrado tenía agujeros. Más de una vez se habían preguntado por qué tanto descuido; nunca pensaron si sería a propósito.

Iban a trabajar a Israel. No tenían permiso, porque para tenerlo habrían debido ser mayores de 25, casados, algún hijo. Noor y su hermano y su primo tenían 21, 22. En la costa les pagaban unos 200 shekels –40 euros– por día de albañilería y en un mes podían trabajar diez o doce días; en territorio palestino el trabajo era escaso y mucho peor pagado. A sus patrones también les convenía: los palestinos sin permiso les cuestan la mitad que un obrero con papeles. Si los descubren deben pagar multas; muchos se arriesgan.

Noor no siempre la pasaba bien. A veces caía en algún control policial, le pegaban un poco, lo devolvían a Cisjordania; a los pocos días cruzaba de nuevo. Hasta esa tarde de noviembre: Noor se arrastraba bajo el alambrado cuando sintió el relámpago en la pierna. Pensó que debía ser un golpe de electricidad: que el alambrado le había dado una descarga. Tardó un momento en ver la sangre, los pedazos de pierna colgándole del pantalón roto. Le habían acertado una bala explosiva.

El dolor tardó en llegar; cuando llegó, nada dejó que no doliera. Noor gritaba, se agarraba la pierna, se retorcía en el suelo. Varios soldados lo rodearon, le apuntaban; uno le dijo que había tenido suerte, que la próxima vez tirarían a matarlo.

La operación duró casi seis horas: Noor tenía la tibia y el peroné de la pierna derecha hechos pedazos. Todavía le quedaban otras tres cirugías, dos meses en el hospital, la recuperación que no termina. Noor sabe que quizá nunca camine como antes, y los dolores lo persiguen. Por lo menos, dice, ya no tiene esas pesadillas espantosas en que la bala dum dum volvía y volvía.

Noor tiene el pelo muy corto, las cejas gruesas, la palabra difícil: busca, tarda, no siempre las encuentra. Tiene un rictus constante entre la pena y la extrañeza: como quien no entiende o, mejor, preferiría no entender lo que sí entiende. Sabe, entre otras cosas, que nunca va a poder volver a trabajar en Israel. Ningún miembro de su familia va a poder: en la oficina de permisos les dijeron que nunca se los darían porque si cruzaban quizá trataran de vengarse.

–¿Y ustedes tratarían de vengarse?

–No, qué vamos a hacer. Si tratamos de vengarnos podrían venir y tirarnos abajo la casa. Yo no quiero más líos, quiero estar tranquilo. Yo ahora sé lo que te hacen si les traes problemas.

                                                  *          *          *

Los trabajos se mezclan y se intrincan: los dineros. Aquí mismo en Hebrón un empresario palestino fabrica buena parte de las botas que usan los soldados israelíes.

–Bueno, aquí ya casi nadie le habla. Pero se ve que la plata le hace olvidar los sinsabores.

Me dice Samir, mi guía. También se mezclan las condenas: Rania me cuenta la tristeza, la sordidez de tener que hacerse cargo de la prisión de su hijo Ahmad, 16 años:

–Lo condenaron a dos años y, como era menor, le dieron prisión domiciliaria. Entonces yo, su madre, soy la responsable de que no salga de la casa. Yo soy su carcelera, me entiende, yo tengo que ser su carcelera, yo, su madre.

                                                  *          *          *

El problema, una vez más, son los principios: que uno compara la actitud de Israel con sus propios principios. No con un estado belicoso y represor sino con un proyecto de país democráctico, socializante, surgido para lavar la peor represión de los tiempos modernos.

–Cuando los ingleses colonizaban lo hacían en nombre de la civilización; los franceses, de los derechos humanos; los españoles, de la religión. Los israelíes colonizan en nombre de las víctimas: victimizan a otros, legitimados por su antigua condición de víctimas. Y lo más curioso, en un caso como el de Hebrón, es que se vuelven a convertir en víctimas: ellos mismos instalan un ghetto judío armado en medio de una población de miles y miles de personas que los odian. Es la víctima la que manda, la víctima-verdugo, un invento tan raro.

Dijo Marius, aquella vez, y la risa le sonó muy amarga.

                                                  *          *          *

Centro de Hebrón, el sol que raja, las cuatro de la tarde, un soldado israelí –moreno, casi niño, lampiño, los ojos legañosos– se hamaca en una hamaca de jardín que alguien dejó en un descampado. Debe estar de servicio: tiene sobre la falda una de esas ametralladoras tremebundas y está casi dormido: calor, el balanceo. De pronto, desde tantos rincones, alauakbar, diez o quince muecines llaman a la plegaria. El aire se le llena de voces enemigas. El chico se sobresalta, sacude la cabeza, aprieta con las manos el arma, mira nervioso hacia los lados. Los gritos crecen, allauakbar. El chico sigue mirando, nervioso, a los costados.

                                                  *          *          *

Hanan me cuenta que cuando los soldados se llevaron a Leith, su hijo de 14, no era capaz de ir a su cuarto, así que lo cerró. Que nueve meses lo tuvo cerrado, que nadie podía entrar.

–Quería su olor, quería que su ropa estuviera como él la había dejado, quería que todo estuviera como él había querido… Quería olvidarme de esa noche, esos soldados.

–¿Los odia?

Hanan se calla, piensa, busca, canta un gallo:

–Sí. La verdad, sí. Nunca me voy a olvidar de cómo le pegaron, delante de mí…

–¿Y qué piensa hacer con su odio?

–El problema es que no puedo hacer nada. Solo pienso que como madre tengo que criar buenas personas. Israel quiere que nuestros chicos sean ladrones, traficantes, drogados; como madre, mi lucha es que mis hijos sean los mejores. Si cada madre pudiera criar buenos chicos, les daríamos más pelea que con las piedras.

Dice Hanan y se le va una lágrima y me cuenta que su hijo de cuatro años, Hasan, no lloraba nunca cuando iban a la cárcel. Aquí, entre los sillones, Hasan está jugando con una pelota de goma. Me la pasa, la rebotamos en el suelo, nos reímos, nos chocamos las palmas, él me besa la mejilla. Yo me derrito y él se ríe y tira fuerte su pelota de goma.

–Hasan nunca lloraba, miraba todo muy serio, miraba mucho a los guardias de la cárcel. Un día, cuando teníamos que irnos, me dijo que no se quería ir. Buscó a un guardia, le tiró del pantalón para llamarle la atención y le dijo, tan serio: “Enciérreme a mí. Yo quiero que me encierre a mí y deje que Leith se vuelva a casa”.

Dice su madre y me dice, bajito, que tiene mucho miedo.

Amor eterno

Martín Caparrós

Ya llevo años y años tratando de oír lo que se dicen. Esa tarde se hablaban más que se besaban; en el Zócalo de Oaxaca, en esos días, las parejas se besaban poco –así que susurraban. Se supone que el amor es eso donde sobran las palabras; nunca se dicen tantas. El amor canta, cuenta, rima, rema, promete, se promete: el amor es más que nada una avalancha de palabras. El amor es esa gozosa incompletud, ese descubrimiento repentino de que en la vida hay mucho más que lo que suele haber –que otro mundo se abre–, ese cambio de luz que te lleva a decir y decir una esperanza, a imaginar que en alguna parte hay un futuro y esta vez no es ajeno.

Ellos se hablaban, yo no llegaba a oírlos: estaba en un balcón, justo encima; podía verlos pero no escucharlos. Quería escucharlos; me proponía bajar y no bajaba: yo, en aquel balcón, en el cuarto detrás de aquel balcón, también creía que había encontrado el amor verdadero. Fue la última vez que lo creí; o quizá ya hubo, desde entonces, seis o siete.

La trampa está en creer que el amor verdadero es amor para siempre, y que cualquier otra versión es un fracaso. Que hay que amar a una persona y pasarse con ella el resto de la vida y que cualquier otra opción es un fracaso. Es, supongo, el resultado de un invento reciente.

El amor conyugal es un invento reciente. Durante milenios los hombres y mujeres se casaron por razones mucho más razonables. Podía ser una alianza de familias, fatalidad, interés económico, un acostumbramiento: él y ella vivían en el mismo pueblo o en el campo de al lado o eran primos, se conocían de chiquititos, se desposaban de más grandes. En un mundo tanto más quieto, menos comunicado, los hombres y mujeres se casaban con lo que tenían cerca –y a nadie se le ocurría que debiera intervenir, en ese paso, una emoción particular. Se casaban, debían pasar toda la vida juntos: para que la unidad de producción de bienes y personas funcionara alcanzaba con que esos hombres y mujeres se trataran con algún respeto, se preñaran mutuamente algunas veces, aseguraran el funcionamiento del hogar y su reproducción por vía uterina. Por eso, también, por su falta de alicientes, era necesario que el matrimonio fuese irrompible por obligación.

Y si por ventura alguno de los dos –el hombre, en general– quería sensaciones más potentes se pagaba una puta o se hacía con una amante o un amante o, al extremo, montaba casa chica. Pero a nadie se le ocurría que el matrimonio fuera el espacio para hacer cosas como enamorarse o apasionarse o cogerse con denuedo. Ni que, por lo tanto, los futuros desposados se eligieran según esos baremos. Sigue siendo así, en muchos países, muchos más que los que suputamos. En la India, por ejemplo, un quinto de la humanidad, donde todavía dos de cada tres bodas son arregladas por las familias de los novios –que, muchas veces, se conocen en la ceremonia. Y, contra los que dicen que ésa es una costumbre arcaica, salta una evidencia: cada vez hay más indios jóvenes modernos que se casaron por supuesto amor y que, decepcionados, se divorcian y le piden a mamá que les consiga una pareja en serio.

Pero en nuestros países –en las distintas formas de Occidente– ya hace más de un siglo que se supone que nos casamos si y solo si nos amamos y, como el matrimonio debía ser para siempre, deberíamos amarnos para siempre. Estamos en un momento de transición, en el medio de un cambio incompleto: cuando una parte ya cambió y otra todavía no se adaptó a ese cambio. La idea de que el matrimonio debía durar para siempre se transmutó en que el amor debería ser eterno.

El problema es que no hay amor que dure tanto tiempo: las palabras se gastan, los futuros. Entonces fracasamos: no hacemos lo que requiere el cánon, nos amoramos por un lapso, nos perdemos –y tenemos la sensación de que fallamos: de que no cumplimos con lo que deberíamos. Así mi vida, por ejemplo.

Aquella vez bajé, al final, de mi balcón, caminé hacia ellos, pasé muy cerca con la oreja atenta. Y pude oír que él le decía claro, para siempre. Por eso ahora escribo estas tonteras: él decía para siempre. Fue en Oaxaca, hace unos veinte años. El banco sigue ahí; el amor ni se sabe. Quizás, el matrimonio..

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(Ustedes sabrán, espero, disculpar este paseo, que forma parte de un libro casi mío que publicó Editorial Altaïr en Barcelona, 2018: Postales, se llama, y es, como su nombre lo indica, fotos con pocas letras. Hoy, por alguna razón que prefiero no indagar, me pareció apropiado.)

Memorias de La Negra

Mañana es -como todos los días- el Día de la Mujer. Es una buena excusa para recuperar aquí esta charla con una de las grandes mujeres argentinas: Haydée Mercedes Sosa, cantante, militante, que habría festejado, hace un par de meses, que el aborto sea por fin libre y gratuito en nuestro país. Desde aquella tarde pasaron veinte años; ella murió hace doce pero en la Argentina sigue siendo, con perdón, La Negra por antonomasia.

La pregunta era de ésas que nadie querría hacer:

–¿Es cierto que me van a matar?

Preguntó aquella tarde de 1975, tras recibir la amenaza de la Triple A, a un militar que alguien le había presentado.

–No, ¿quién la va a querer matar a usted, señora?

Le contestó el oficial, pero las amenazas siguieron llegando. Entonces Mercedes Sosa empezó a cantar custodiada por militantes de variadas izquierdas, y a viajar con “un compañero del partido, pero él lo único que tenía era una 22. ¿Qué podías hacer contra ellos con una 22?”, dice, ahora, y se pasa una mano por la cara, como quien espanta. Había muchos, parecía, que querían matarla. O, al menos, eso decían.

–¿Y mientras cantabas qué pensabas, qué te imaginabas?

–Nada, ahí no te podés imaginar nada, porque si te imaginás, con el miedo, no te sale la voz. Y lo mío es cantar, yo nunca quise callarme, por nada, por nada.

Yo no se lo había preguntado. Ella sola empezó a hablarme de esos años: me estaba mostrando premios, diplomas, discos de oro, martínfierros, konex y otras estatuas que pululan en un departamento muy coqueto que usa para recibir periodistas y alojar a amigos extranjeros, cuando la mirada se le enturbió frente a un retrato que le hizo, en aquellos días, el maestro Carlos Alonso. En el retrato, Mercedes Sosa tiene los ojos del conejo frente a la escopeta:

–Mirá cómo estoy en ese cuadro. Qué angustia que tenía, qué tremendo. Era cuando acababan de condenarme a muerte…

Me dijo, y empezó a contarme su historia política.

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–Yo me afilié al partido Comunista en el año 64, 65, y estuve hasta el 86, 87, que me desafilié porque siempre andaban cambiando la gente, sacándolos, decían que estaban locos… Entonces yo dije antes que digan que estoy loca yo me voy. Pero no fue por la caída del Muro de Berlín, o el comunismo en Rusia. Yo no sé si en Rusia yo hubiera sido comunista. Acá para nosotros era una ensoñación ser comunista, y en Rusia yo no sé… Alguna gente me odiaba porque yo era comunista. Me acuerdo una vez en París que Paco Ibáñez llegó con una mujer medio borracha que me empezó a atacar por comunista, como si nosotros mandáramos a matar a la gente, algo así. Estaba borracha pero era una pelotuda: mirá si yo voy a mandar matar a alguien… Yo, que no mato ni a un pollo.

Mercedes Sosa empezó a cantar en una época en que era difícil ser artista o intelectual y no ser de izquierda. Y entre los folkloristas había un núcleo comunista importante: Isella, Tejada Gómez, Guaraní.

––Yo nunca fui de estar en reuniones del partido, yo soy una cantante nada más: mi misión era cantar. Yo siempre fui a lo libre, era muy difícil ponerme el Lenín por delante: siempre he dicho lo que pensaba sin consultar a nadie, y vos sabés que los partidos se llevan mal con esa gente. Ser comunista a veces se hacía muy difícil, te marginaban mucho. A veces te marginaba tu misma gente, la gente de izquierda. Los montoneros decían que yo no era revolucionaria. Y no. Revolucionaria de matar a la gente, no. Yo creo que las revoluciones son de mucha gente, no de unos pocos que tienen las armas. Hacer la revolución, hacer la guerra es fácil; programar la paz es lo difícil. Pagar la paz es difícil. Porque la paz se paga con muchas vidas, con muchos muertos amados, como acá…

Después del golpe las amenazas siguieron, pero Mercedes Sosa se resistía a dejar el país. No le habían prohibido que se quedara, pero no la dejaban trabajar:

–Los militares no querían que yo cantara, querían que yo me vaya, yo era una molestia para ellos. Y entonces decían que yo era trotskista, y yo no era, no tenía conocimiento del trotskismo… Yo me acuerdo que cantaba una canción de Tejada Gómez que decía “de este país no se va nadie/ no se va nadie”. Yo luchaba por no irme, yo sabía que la iba a pasar muy mal… Y aguanté como tres años, pero en 1979 no me quedó más remedio..

Entonces vinieron los años del exilio, de aprender a ser otra, de arreglárselas sola en lugares que no conocía:

–Fue muy difícil, muy difícil. Mi compañero se acababa de morir, yo no sabía ni hacer un cheque, no sabía…

En esos años vivió en París, cantó, viajó, añoró:

–Las cartas, Martín, las cartas. Yo me acuerdo que le escribía a gente que casi no la conocía, sólo para tener cartas, para que me escribieran cartas.

Mercedes extrañó, y se extrañó con ciertas defecciones. Como cuando pasó unos días por Buenos Aires y nadie la saludaba por la calle, ya no la reconocían, la ignoraban. O cuando se dio cuenta de que Rusia, la patria del comunismo, no la invitaba a cantar:

–Ha debido ser por las relaciones carnales que tenían los soviéticos con los militares argentinos, me imagino. Yo estaba desesperada. Cuando quise volver, en el 82, estaba en París y fui a consultar a una bruja que tenía el péndulo ése para ver el futuro. Y la bruja me dijo que no tenía que volver, que me quedara. ¡Pero qué le iba a hacer caso a la bruja ésa, si yo lo único que quería era volverme para acá! Estaba desesperada…

–¿Y ahora seguís creyendo en algún tipo de revolución?

–¿Cómo no voy a seguir creyendo que hay que cambiar las cosas? ¿Cómo no vas a creerlo, si ves una mierda de villa miseria, esos niños que han nacido signados por la pobreza, por las desigualdades, por no tener escuelas, hospitales? ¿Cómo no vas a creer? Las cosas deben cambiar, se necesitan los cambios. Y alguien tiene que decirlo. Acá cada treinta minutos muere una mujer antes, durante o después del parto o del aborto. Entonces no puede ser que ésto no se cambie. Hay 94 millones de niños cagados de hambre en este continente latinoamericano. Los de la Unicef me dan un pasaporte diplomático para que haga campaña a favor de los niños. Pero si piensan que yo no voy a hablar, mejor que no me lo den. Yo les dije: espero que no se arrepientan, porque yo no me voy a callar. Yo toda la vida he puesto el dedito en la llaga de los dolores de la gente. Y ahora uno de los problemas más terribles es la hipocresía que hay sobre el aborto.

Mercedes Sosa siempre habla muy intenso, con la mirada perdida en algún punto más allá, distante, y esa voz de la tierra. Pero ahora que se acuerda del aborto se exalta, se encocora:

–Yo sé que el aborto es tremendo. Yo he hecho abortos. Después que tuve a mi hijo, el Fabián, tuve que hacer un aborto porque tenía una enfermedad que cuando me quedé embarazada me mareaba, veía triple, no podía pararme: me sentía muy mal. Y me tuve que hacer un aborto, y el dolor ahí abajo es tremendo, es como si hubieras parido pero encima te vas sin el hijo. Yo no me acuerdo que me haya dolido tanto cuando tuve a mi hijo. Entonces tenés que hacer un aborto, te sentís una puta, y encima te tratan como a una bestia. Esos dolores me han golpeado, toda la vida. Ver el sufrimiento de una madre tan jovencita… ¿Cómo va a poder criar el hijo sin el compañero, si ya con el compañero es tan difícil…? La vida de la mujer realmente es tremenda.

Dice Mercedes Sosa, y llora. Despacio, sin alardes: un par de lágrimas que se le escurren bajo los lentes coloreados. Pero no se calla:

–Por eso yo les dije a los de la Unicef: yo voy a hablar por los niños, pero también voy a decir que estoy a favor del aborto. El aborto cuidado por médicos y por anestesistas, no con una tipa que te maltrata y te mete fierros ahí adentro y te arranca todo de cuajo…

Dice, y se agarra con las manos el vientre, como quien se protege. Es difícil decirle nada, y es difícil callarse.

–Y encima a estos Estados les encanta llevar la voz del Papa, que dice que el aborto está mal. El aborto está mal porque es doloroso, es tremendo. Entonces el Estado lo que debe hacer es cuidar la salud de las chicas jóvenes, darles las píldoras; eso tiene que ser obligatorio en los hospitales. Y hay que explicarle a las madres que se dejen de joder pensando que tienen una hija virgen toda la vida. La sociedad es pacata, hipócrita de mierda… No saber que su hija a los 15 años puede enamorarse y hacer el amor y quedar embarazada es creer que su hija es una santa. Y no hay santas: hay hijas que han nacido del útero de una madre. Es difícil decirle esto a las mamás, y encima a mí me ven cómo santa Mercedes, no se por qué; yo no soy ninguna santa, y les quiero decir que les enseñen a sus hijas a cuidarse, a tomar la pastilla. La gente que tiene dinero se hace abortos que no duelen tanto, aunque igual duelen terriblemente. Pero imagínate esas chiquitas pobres, solas, que caen en las manos de cualquiera… Por eso el Estado tiene que intervenir, y por eso, por supuesto que yo siempre voy a estar en contra de esas injusticias contra las mujeres, contra todos nosotros.

Mercedes Sosa tiene 64 años y un vestido de algodón liviano, un collarcito de perlas, un anillo de brillantes y los anteojos de marco dorado: todo sencillo y las uñas de los pies pintadas de rojo juguetón. Está sentada en una silla de respaldo duro, muy derecha, para evitar los dolores de la espalda. Por momentos le cuesta moverse, levantarse, inclinarse, pero cuando habla irradia una especie de fuerza extraña, indescifrable:

–Claro que hay que hacer cambios, pero yo creo que los cambios en esta América nuestra, con tantas democracias falsas como hay…

–¿Por qué falsas?

–Falsas porque acá los amigos de los gobernantes se han hecho ricos, y la democracia es para que se reparta, para que todos vivan mejor, no para que unos se hagan ricos y los otros se mueran de pobreza. La democracia es para que haya hospitales, buenos maestros, no para hacer países como éstos. Son tremendos: a lo mejor, en otros países, a los 12 años las niñas hacen la calle por la heroína, y en los nuestros hacen la calle por la comida… ¿Y cómo se puede cambiar esta situación, este sistema tan mal hecho, con tanta pobreza? Eso tiene que saberlo la gente como ustedes, los estudiosos, la gente culta… Yo lo único que puedo hacer es cantar: no tengo otro camino.

Dice, y después se pone reflexiva:

–Es difícil hacer estos cambios, pero yo no creo que sea imposible. Lo que pasa es que hubo tantas mentiras desde el poder, tantas falsedades, tanta gente que metió la mano en la lata, que vivían en tres ambientes y se compraron un petit–hotel con pileta de natación… Mucha gente de ésa se ha acostumbrado a robar, y ahora hay que desacostumbrarlos.

Mercedes Sosa me cuenta que estuvo en Tucumán y que ahí sí la pobreza se ve en las calles, y que aunque hayan ganado una elección eso no significa que vaya a cambiar nada de un día para el otro. Yo le pregunto cómo le fue: había pasado mucho tiempo sin volver a su provincia como protesta por la elección del general Bussi.

–Yo tenía mis dudas, porque aquella vez que hablé de la bronca que tenía con los tucumanos por haber votado a ese hijo de puta, estuve muy fuerte. Pero la gente me volvió a recibir con mucho amor…

Dice Mercedes Sosa y hablamos de su trabajo, de sus posibilidades de elegir dónde canta, para quién:

–Ahora acabo de rechazar una oferta de Israel para ir a cantar la Misa Criolla. No me querían pagar lo que yo pedía, y no fui. Yo elijo para quién canto gratis. Yo gratis voy a cantar para la Fundación Huésped, para el padre Farinello, en quien creo, para la hermana Pelloni, que tiene esos ojos de una bondad, de un brillo… Se ve que son personas que están bien con ellos mismos. Estoy harta de cantar para gente que no sirve.

–¿Cómo quién?

Le pregunto, y Mercedes Sosa empieza a contarme un concierto en Lausanne para suizos ricos vestidos de gala, y que cuando empezó a cantar “líbranos de aquel que nos domina/ en la miseria” los miró y pensó en eso que decía John Lennon, que los de adelante podían aplaudir con sus joyas, me cuenta, y siguió cantando “venga a nos tu reino de justicia/ y de igualdad”, me cuenta, y canta: su voz sale de la nada y se eleva de pronto, y es muy impresionante.

–Y entonces me vine para atrás y lo miré a Colacho, que tocaba conmigo y le dije: hijos de puta, yo no quiero cantar para éstos…

Me cuenta Mercedes Sosa y que después se fueron al hotel y ella dijo: ahora nos vamos a cobrar.

–Entonces nos fuimos al restorán y nos pedimos un Punt e’Mes, un whisky, un buen vino francés, buena carne, un champaña… La borrachera que nos agarramos, mirá, la curda… Yo me acuerdo que estaba en el suelo de mi habitación y cantaba: rara, como encendida… Al otro día, cuando tuve que bajar al lobby del hotel, me miré en el espejo y me dí cuenta de que tenía el sombrero verde y las botas y no me había puesto el vestido…

–No, el 31 a la noche Charly me invitó al Divino, pero ahí yo no voy… ¿Qué voy a hacer ahí, yo?

Mercedes Sosa tiene una memoria increíble. A veces se va de un tema, pero siempre vuelve: sabe de qué está hablando todo el tiempo, y puede dedicarle un rato a los detalles más pequeños de un choque de hace veinte años: es una narradora nata. Si esto sigue así voy a empezar a cantar, para vengarme. Pero, mientras, me cuenta que el día de Año Nuevo se fue a Rodizio y bailó un par de cumbias y la pasó muy bien, hasta que la empezaron a joder con los autógrafos, dice, y le pregunto si cuando era chica se le ocurría que su vida podía llegar a ser lo que es.

–No, no, yo nunca… Yo siempre canté, pero nunca pensé que iba a ser artista. Yo pensé que iba a ser ama de casa, que cuando me case no iba a cantar más. Para mejor mi papá en todas las fiestas familiares me quería hacer cantar, y yo lo odiaba a mi papá por eso, pobre. Sí, mi hija canta, canta muy bien. ¡Cantá, Merce! Ay no, papá, por favor, no.

–¿Por qué no querías cantar?

–Porque yo cantaba y se me iban todos los novios que tenía… Los chicos no quieren estar con una persona que es distinta. Yo de jovencita era delgadita y todo, pero cantaba y no querían saber más nada. Así que yo le decía mamá, por favor, digalé que no me haga cantar en los casamientos…

Es curioso: su mejor arma empezó por ser un handicap, una desventaja. A veces es así. Ahora, llena de distinciones y respeto, le pregunto cómo usa el poder que ha conseguido.

–¿Qué poder tengo yo? Yo no tengo ningún poder. Mi único poder es poder llenar una cancha, poder trabajar con mis compañeros, que vivamos de esto, que no hayamos recibido medallas de gente que no nos gusta.

Dice, y me cuenta que el año pasado, cuando su madre estuvo internada, el secretario de Menem la llamó para preguntarle cómo estaba todo y le pidió que esperara un rato porque el presidente quería hablar con ella.

–¿Cuánto?

–Veinte minutos.

–No, no puedo, porque me voy a la carpa de los docentes.

Dice Mercedes que le dijo, y que entonces Menem la llamó enseguida y ella le agradeció su atención y le dijo que se iba a la carpa blanca, me cuenta ahora y se ríe, y yo le digo que eso es poder, una manera del poder. Pero ya estamos hablando de enfermedades, y Mercedes Sosa recuerda la suya: fue hace tres años, y se pasó muchos días en la cama, muy débil, sin saber qué tenía. Sólo sabía que quería dormir, que cada vez que se despertaba se sentía mal, mareada, dolorida, y no quería despertarse: que había llegado al fondo.

–Un día le dije a María mire, no me traiga más nada. Y ella me preguntó por qué. No, porque ahora ya quiero morirme, no quiero que me dé nada, no voy a comer más.

Dice, con la voz muy baja, y le pregunto cómo salió. Entonces me habla de un par de remedios, de una boliviana que le cantó, desde Oruro, unas mamitas que ella escuchó en la voz de un pájaro muy extraordinario que llegó a su ventana, y de una pareja de palomos que se instaló bajo su balcón, en una palmera, empollando sus huevos. Que la paloma la miraba con sus ojos rojos, que sabía que ella la cuidaba, que cuando tuvo sus palomitos se fue, porque la rama no alcanzaba para todos:

–Y me sentí muy triste cuando se fue, me dolió mucho. Pero ahí ví que había muchos pájaros, que antes yo no les hacía caso. Yo todo esto de las plantas, los pájaros lo descubrí cuando estuve por morirme: quizás yo antes no tenía esa sensibilidad que me dio la enfermedad. A mí el campo nunca me importó, yo era como Charly: no me banco las hormigas, por favor pasame el raid.

Dice, y se ríe: es un cambio de clima.

Pero yo quiero saber si en esos momentos de enfermedad pensaba en Dios, y Mercedes me dice que sí, que cómo no pensar.

–¡Madre mía, cómo no pensar en Dios en ese momento! Tanta soledad, tanta soledad… Lo que la gente no sabe es que el enfermo está solo, aunque esté acompañado. Es tan duro… y el momento en que me pude levantar y bañarme, sentir el agua sobre la cabeza, fue un momento tan único, tan hermoso, que ahí uno dice gracias Dios mío, gracias…

Dice Mercedes Sosa: de nuevo habla bajito, despacio, con palabras que pesan y le pesan. Y me cuenta de su necesidad de creer, de su madre tan católica, de cuando fue a llevarle flores a la virgen de Luján y a la del Valle, dice, y canta una canción al niño Jesús y todo se detiene, se suspende.

–Ahí me dí cuenta de que yo nunca me fui del todo de Dios. Yo nunca tuve actitudes despectivas con la Iglesia… Algunos curas no me gustaban, algunos obispos: hay gente muy desagradable en la Iglesia. Pero cómo no vas a amar al obispo de Neuquén, a monseñor de Nevares, que luchó tanto por los obreros de allá. No se puede ser tan rígido en algunas cosas. En lo único que se debe ser rígido es en el comportamiento con los demás: no robar, no engañar a la gente…

–¿Y vos dirías que sos católica, ahora?

–No sé si católica; creo en Dios. No me preocupa no ser católica practicante, porque si fuera yo no te hablaría del aborto. Yo creo que Dios debe saber cuánto está sufriendo una madre mientras le hacen un aborto. Mirá, no había pensado en eso. Vos me preguntás si soy católica ahora, y yo te digo: ¿habré sido católica alguna vez? ¿O por qué dejé de ser católica? ¿En qué momento me alejé de la grey cristiana? Quizás yo no fui, pero… he creído mucho más que ellos, porque he hecho más cosas que ellos contra las injusticias, contra las desigualdades. Realmente, yo he creído mucho más que ellos.

Dice, y me dice que se nos hizo tarde, que ya ha pasado mucho tiempo. Yo no lo había notado.

Tantos años

(Cada 16 de febrero celebro -pero no mucho- mi cumpleaños de periodista. Este año todo se complicó, por esas cosas, así que llego tarde. Hace siete, desde Barcelona, escribí esta columna. Solo le he cambiado, como se debe, algunos números.)

                                                     *         *         *

Está tan lejos que ya no sé quién era: lo sospecho, le recuerdo cositas. Sé que era un chico y me da vértigo: hoy cumplo 47 años de periodista. O, para decirlo más despacio: hoy hace 47 años que escribí mi primera nota.

Hace hoy 47 años yo tenía 16 y servía el café en un diario que hacían escritores que admiraba: Rodolfo Walsh, Juan Gelman, Paco Urondo. Hace hoy 47 años un periodista uruguayo que seguro se llamaba Luis, probablemente Rico, y me parecía viejísimo –debía tener, unsuponer, 40 años– me pidió que lo ayudara: sábado de febrero, la redacción era un desierto y él tenía dos o tres páginas vacías por delante. Entonces me preguntó si me atrevía a redactar una noticia que había llegado en un cable. Decir un cable es decir, también, el tiempo que pasó.

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Los cables de agencia siguen existiendo, solo que ya nadie les hace mucho caso; además, están en internet. Hace 47 años los cables eran papeles que surgían de un aparato antediluviano llamado télex, una especie de impresora tamaño baño que recibía textos enviados por telefóno desde la central de cada agencia y los tecleaba con mucho ruido en un rollo de papel tipo higiénico; nadie que no fuera periodista había visto nunca un cable. Los cables eran la única forma de enterarse de lo que había sucedido en, digamos, Vladivostok, San Pablo, El Cairo. Ver una noticia que se iba imprimiendo en un cable que repicaba la campanita de urgente era saber que estabas por saber algo que nadie más sabía.

Una fuente reservada y lenta: sorprende, ahora, cuando nos acostumbramos a enterarnos de lo que está sucediendo en cualquier lugar del mundo en cualquier lugar del mundo al mismo tiempo. Digo: que lea este diario en Buenos Aires o en Rangún o en Barcelona da lo mismo; que vea un twitter sobre las manifestaciones en Caracas en Caracas o en Niamey. En internet estar muy cerca o muy lejos es igual: la distancia es saber dónde encontrar la página que corresponde –y poder leerla en el idioma en que está escrita.

Es solo una medida de cuánto cambió el trabajo del periodista: dónde y cómo obtiene su información. El mundo se achicó tanto, es cierto, pero las noticias locales también seguían otros caminos. En tiempos en que toda redacción tiene varias teles encendidas para ir “monitoreando” la actualidad, es raro pensar una época en que la televisión no formaba parte del kit informativo: los canales tenían apenas dos o tres noticieros durante el día, así que cuando contaban algo ya era viejo. Los teléfonos andaban más o menos –y, por supuesto, no había celulares, así que mucha gente quedaba muy desconectada mucho tiempo. La radio llegaba rápido adonde fuera, pero no le resultaba fácil transmitir. Así que los periodistas teníamos que salir a la calle: ir a buscar personas, preguntar, escuchar, mirar, averiguar, hinchar las bolas.

Y si queríamos conseguir algún dato duro, lo más probable era que tuviéramos que ir a buscarlo a un instituto, ministerio, biblioteca; si queríamos consultar información anterior sobre un tema, el archivero nos pasaba unos sobres de papel madera con recortes de diarios donde, a veces, estaba aquello que buscábamos.

Si algo cambió, para bien y para mal, este oficio fue internet: el hecho de tener al alcance de la mano pilas y más pilas de información, el hecho de suponer que no hace falta ir a mirar.

Noticias había aparecido el 20 de noviembre de 1973 porque los Montoneros pensaron que les serviría para pelear el espacio público que venían perdiendo. El diario tenía 24 páginas, un aspecto innovador de fotos grandes, títulos potentes, ninguna firma y el prejuicio de que, como se pretendía popular, debía escribirse corto y sin adornos.

Yo, entonces, no pensaba que sería periodista. En esos días no me hacía demasiados futuros –salvo la patria socialista– pero a veces, cuando me preguntaba qué, quería ser fotógrafo. Así que ese día de diciembre en que el director, Miguel Bonasso, me dijo que me podría incorporar al laboratorio fotográfico en marzo y me preguntó qué prefería hacer mientras, si esperar en mi casa o empezar de cadete, le dije que empezaba al día siguiente.

–¡Che, pibe, hace media hora que te pedí esa cocacola!

–Ya va, maestro, ya se la llevo.

Fui un cadete serio. Durante un par de meses manché a media redacción con cafés mal servidos y repartí los cables a las secciones respectivas. Hasta esa tarde de sábado y febrero que me cambió la vida.

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Desde entonces, queda dicho, cambiaron tantas cosas. Cambió, sobre todo, la idea de cambio: hace 47 años, decir cambio era decir cambio social; ahora parece que es decir cambio técnico –y los módicos cambios sociales que los cambios técnicos suscitan. Cambiar, cambiar, para que nada cambie.

Las redacciones han cambiado mucho. Entonces eran lugares muy ruidosos: las máquinas de escribir producían sobre todo estruendo, y una forma distinta de escribir. Corregir esas hojas de papel pautado –se llamaba pautado porque tenía unas rayas que permitían medir los textos– era difícil y humillante: los buenos no llenaban sus copias de tachones. Así que había que pensar antes de escribir y no después. Ni mejor ni peor; muy diferente.

Las redacciones eran, también, lugares claramente masculinos: empezaban a aparecer señoritas y señoras pero eran, todavía, minoría absoluta, pioneras en la selva. “En la cubierta de los barcos y las redacciones de los diarios no debe haber mujeres”, solía decir –con una sonrisa para decir que no lo decía en serio– uno de aquellos próceres que ahora es calles y plazas.

Aunque es probable que el mayor cambio en el periodismo argentino de los últimos 47 años haya sido el reemplazo de la ginebra por el mate. Aquellos escritorios de lata o de madera tenían un cajón con llave para guardar la botella de Bols; ahora todo se volvió bombilla y termo. Alguien, alguna vez, tendrá que analizarlo y explicar sus causas y definir sus consecuencias.

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Mi primera tarea como periodista fue muy contemporánea: solo tuve que reescribir unos datos que llegaron de lejos. Y, para agregarle actualidad, la noticia parecía perfectamente innecesaria, tirando a la pavada. Al fin se tituló “Un pie congelado 12 años atrás”, y empezaba diciendo que “Doce años estuvo helado el pie de un montañista que la expedición de los austríacos encontró, hace pocos días, casi en la cima del Aconcagua”. La nota ofrecía más detalles: “la pierna, calzada con bota de montaña, que los miembros del club Alpino de Viena encontraron el pasado lunes 11, cuando descendían de la cumbre, pertenece al escalador mexicano Oscar Arizpe Manrique, que murió en febrero de 1962 al fracasar, por pocos metros, en su intento de llegar al techo de América”.

En esos días y en Argentina unas lluvias torrenciales habían dejado 60 muertos, 200 desaparecidos, 100.000 evacuados, cosechas perdidas, una invasión de víboras; el lopezreguismo anunciaba que Héctor Cámpora sería acusado por un supuesto complot contra la vida del presidente Juan Domingo Perón; desde Córdoba llegaban rumores de un golpe de estado provincial y policial –que se concretaría días más tarde–; militantes de la Juventud Peronista habían sido secuestrados en Mar del Plata, Bahía Blanca, Buenos Aires. En Montevideo el gobierno militar había metido preso al gran Onetti, en Israel una refinería de petróleo volaba por una bomba palestina, en Chile moría torturado un dirigente del MIR, en Camboya los jemeres rojos estaban por tomar la capital y en Estados Unidos nuevas cintas sobre el Watergate parecían “complicar al presidente Nixon”. En medio de semejante zafarrancho –“le tocaron, como a todos los hombres, tiempos difíciles en que vivir”–, yo escribí sobre ese pie encontrado. Me han dicho que solía ser insoportable: un pendejo engreído que –ya entonces– no se dejaba corregir. Los periodistas, empezaba a entender, somos así.

Somos, pero ahora con diploma: en estos 47 años el periodismo se convirtió en un oficio que se estudia. Es otro cambio decisivo: produjo profesores, analistas, gente que sabe y que perora, el delirio incluso de hablar de “ciencias de la comunicación”. Y un flujo incontenible de jóvenes perdidos: el periodismo se ve fácil, aprenderlo no suena complicado, hay periodistas que parecen ricos, que parecen famosos, que parecen tan vivos; miles y miles de chicos convirtieron su estudio en un boom inesperado.

Así que los periodistas dejaron de formarse según el mecanismo medieval del aprendiz: ya no se usa que un muchacho inquieto consiga –por insistencia, por contactos, por azares– acercarse a una redacción y empezar, desde lo bajo, a hacerse con los gajes. El mecanismo le daba al oficio un aura rara, que se correspondía con la ginebra, las noches largas, el humo, la sensación de estar fuera de algo. Un periodista, entonces, no tenía grandes posibilidades: podía, con suerte, escribir mejor que otros, averiguar más cosas, conseguir un aumento, ser jefe y olvidarse de escribir. No podía, digamos, armarse un programa de televisión para llevarse mucha plata en chivos y otras bestias de corral.

En esos días casi nadie firmaba una nota: en los diarios las notas no aparecieron con nombres hasta fin de los ochentas, cuando Página/12 empezó postulando que en sus páginas no se iba a firmar nada y terminó imponiendo la costumbre actual de firmar hasta el pronóstico del tiempo. Hace 47 años no: la enorme mayoría de los periodistas eran operarios de una cadena de producción, trabajadores.

Desde entonces el cambio fue doble, paradójico: por un lado, ahora para ser periodista hay que estudiar; por el otro, ahora todos somos periodistas –o muchos se lo creen. La difusión de noticias y mensajes ya no es prerrogativa de los medios: cualquiera puede hacerlo en internet. Los que tienen poder creen que se aprovechan: en twitter, por ejemplo, hablan sin que los interpelen. Los que no tienen poder creen que se aprovechan: en todos los espacios de la red, hablan. El problema, como siempre, es quién escucha. La ventaja, una riqueza insuperable –en la que a veces nos perdemos.

Está claro que hace 47 años había menos periodistas autónomos: menos free lance, menos autoproducción, menos espacios para hacer periodismo por sí mismo. Lo cual, por supuesto, permitía que las empresas y los gobiernos y los demás poderes controlaran mucho más el flujo de la información; también hacía que los periodistas se sintieran más unidos y más potentes en sus reivindicaciones: en esos días nadie trabajaba más que las seis horas del estatuto sin cobrar sus horas extras, por ejemplo.

Aunque en general las empresas periodísticas no eran grandes conglomerados ni estaban dirigidas por empresarios que no habían escrito más que cheques. Eran, si acaso, iniciativas de algún grupo político con ganas de influir o de algún periodista aventurero. En cualquiera caso, gente cuyo negocio no era contar pavadas para vender un poco más.

En diarios y revistas había, en general, notas más largas: más confianza en los textos. No habían aparecido esos editores que trabajan para lectores que no leen –ese animal inverosímil– y tratan de pelear contra el avance de los audiovisuales llenando las páginas de fotos dibujitos infografías colorines. Una revista como Primera Plana podía marcar el ritmo presentando texto corrido a cuatro columnas, títulos en cuerpo 20 una columna en el medio de la página y si acaso, de vez en cuando, una foto chiquita: cualquier profesor de diseño la mandaría a marzo, cualquier editor la rechazaría por inviable y, sin embargo, sigue siendo lo mejor que se hizo en la Argentina. Ese buen periodismo se ha vuelto tan raro que ahora lo llaman crónica.

Hace 47 años nadie decía la palabra fuente, nadie la palabra ética, nadie medio ni multimedio, nadie cobertura ni apertura. En cambio ya existía esta ilusión de que hay periodistas profesionales y periodistas ideologizados. Como si los “profesionales” no tuvieran ideología; como si creer que la propiedad es privada, las elecciones la manera de decidir gobernantes, la familia nuclear la forma de organización social primaria –y unas cuantas pautas más– no fuera una ideología. Llamamos ideología a ese conjunto de normas que, por tan impuestas, pensamos naturales. Obviamente no son: cambian con los cambios de poder, los tiempos.

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Así que soy, parece, periodista. A veces todavía me sorprende. Yo detesto la superficialidad del periodismo, su suficiencia idiota, su pavada insistente; detesto la vacuidad, la vanidad, la vaguedad del periodismo. Y lo admiro y lo envidio cuando consigue contar o explicar algo con claridad, con buen estilo, con inteligencia, y lo intento desde hace 47 años y no quiero ni pensar cuánto menos me gustaría mi vida si hubiera hecho otra cosa.

Así que éste es –no podía ser otro– mi festejo. Juro que no obligaré a nadie a fingir que le importa, que si acaso levantaré una copa más que de costumbre, que me preguntaré una vez más qué habría sido de mí si aquel uruguayo no hubiera tenido tanto calor aquella tarde de febrero: si aquel día, en aquella redacción, el pie del andinista mexicano hubiese encontrado quien supiera contarlo.

El opio de los pueblos

El otro día –a quién le importa– hubo un golpe de estado en Birmania o, si acaso, en Myanmar. Los militares que la habían gobernado durante décadas –hasta 2016– volvieron a cargarse a la señora que los peleó desde siempre y gobernó desde entonces, Aung San Suu Kyi, que tenía todo el prestigio de ser una víctima y perdió buena parte hace unos años, cuando victimizó a su vez a cientos de miles de rohinyás.

Todo lo cual –decíamos– no le importa a nadie. Y sin embargo la noticia me dio cierta nostalgia y ganas de revisar mi visita a aquel país que, hace un cuarto de siglo, cuando fui, era todavía más misterioso, más cerrado.

Este es el cuento, y algunas de las fotos.

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Martín Caparrós

La chica debe tener 22 años, o quizás 16, los labios muy de rojo carmesí y un extraño polvo de oro sobre las mejillas. La chica habla un inglés aproximado y se ríe tímida ahora, mientras me cuenta que ayer, en esta misma calle, 2000 estudiantes salieron en manifestación por primera vez en mucho tiempo.

–¿Cuánto tiempo ?

–No sé, yo no había visto nunca otros.

–¿Y qué hacían?

–Daban vueltas y vueltas, gritaban unos cantos. Estuvieron hasta las 3 de la mañana.

Los paseantes nos miran, tratan de ver qué hacemos o decimos.

–¿Y te parece bien o mal ?

–A mí no me parece. Estaban.

Dice, con sus brillos de oro en las mejillas y los ojos bajos, y yo quiero pedirle disculpas aunque no sepa cómo. Se está arriesgando demasiado. Aquí, en Birmania, cualquier charla puede costar muy cara. Los militares cobran. Es complicado hacer de periodista en un país donde cualquiera que te cuente algo se está jugando todo. La cuestión es interesante: ¿hasta dónde preguntar, cómo hacer para saber si el deseo de saber pone en peligro al que te cuenta? Y mi situación tampoco es clara. Birmania no da visas para periodistas: todavía en Bangkok, varios colegas me avisaron que, si me llegan a descubrir hurgando, la puedo pasar mal, y que la mitad de la gente que me cruce van a ser informantes de la policía. Aquí, en Birmania, la vida es sobre todo lo que no se dice, el silencio que se oye en todas partes..

Birmania tiene 670.000 kilómetros cuadrados, 47 millones de habitantes y limita con Tailandia, Laos, China, India y Bangla Desh. Hasta 1947, fue una colonia británica, la “arrocera del Imperio”. Ese año, los birmanos aprovecharon el descalabro inglés para independizarse. Los conducía Bogyoke Aung San, que no llegó a ver su triunfo: lo mataron, meses antes, sus aliados políticos en una reunión. Desde entonces se sucedieron distintos gobiernos, mayormente militares, y todo tipo de guerras entre las diversas etnias que conforman el país. En 1962, el general Ne Win, proclamó la “vía birmana al socialismo”. Durante 25 años, Birmania fue uno de los países más cerrados y desconocidos del mundo. Ne Win gobernó el país con mano de hierro y variedad de cábalas: gran creyente en las virtudes del número 9, hizo imprimir billetes de 45 y de 90, que todavía circulan.

En 1988, una sucesión de manifestaciones estudiantiles que pedían más libertad irritó al general: el 8 de agosto, sus hombres reprimieron una marcha en las calles de la capital y mataron alrededor de 3000 jóvenes. Poco después, viejo y cansado, Ne Win renunció y nombró a un reemplazante, el general Saw Maung, para que llamara a elecciones. Seis meses antes había entrado en escena la hija de papá.

Aung San Suu Kyi es la hija del padre de la patria, Aung San. Las hijas de los padres fundadores gobernando –democráticamente– el país de papá es el mayor invento asiático de estas décadas, junto con los autos baratos y los condones con escamas. Indira Gandhi en la India, Benazir Bhutto en Pakistán, Begum Khaleda Zia en Bangla Desh, Chandrika Bandaranaike en Sri Lanka y Megawati Sukarno como líder de la oposición en Indonesia son algunos ejemplos. Alguien debe haber elaborado sesudas teorías sobre estas herederas de repúblicas. La señora Suu Kyi es, seguramente, la más desafortunada de todas las princesas.

En 1988, la Señora tenía 32 años y, hasta entonces, había llevado una vida tranquila y pasablemente aburrida. Graduada en filosofía y economía en Oxford, funcionaria internacional, casada con un universario inglés, madre de 2 hijos, feliz dentro de un orden, todo cambió cuando su madre moribunda la llamó para que la acompañara en sus últimos momentos. De vuelta en la patria de papá, Suu Kyi se dejó tentar por su destino y aceptó encabezar la oposición democrática. En septiembre de ese año, tras la matanza estudiantil, los militares formaron una nueva junta de gobierno, el SLORC –State Law and Order Restauration Council– y lo celebraron matando a otros 1000 manifestantes. Una semana después, la Señora y los suyos formaron la National League for Democracy.

La pelea fue desigual.  En junio de 1989, el Slorc decretó el arresto domiciliario de Suu Kyi, pero anunció elecciones para mayo del año siguiente: la NLD las ganó con el 82 por ciento de los votos, y la junta decidió desconocerlas. La Señora seguía presa, igual que miles de opositores. En 1991, Aung San Suu Kyi recibió el premio Nobel de la Paz y se transformó en una figura internacional. Birmania ya tenía su heroína. Mientas tanto, en su país, su partido estaba casi inmovilizado, y así siguió hasta 1995, cuando consiguieron la libertad de la Señora, que sólo duró unos meses. En diciembre del año pasado, cuando empezaron las primeras manifestaciones en 8 años, los militares volvieron a encerrarla.

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Desde 1991, los generales del Slorc decidieron liberalizar la economía y aceptar inversiones extranjeras. Retomaron el modelo chino: implantar una economía de mercado sin abandonar el control social de los regímenes stalinistas. El resultado suele ser explosivo. Birmania sigue siendo uno de los países más pobres del mundo, con un PBI de 700 dólares por persona, un médico cada 12.000 habitantes y una ingesta calórica muy baja, pero ahora empezaron a llegar las tentaciones extranjeras. Vienen porque, en realidad, en Birmania hay mucha plata, pero es ilegal y la controlan unos pocos: Birmania es la primera productora mundial de heroína.

–Tenés que tener cuidado porque Birmania es un país socialista.

Me dijo, en cuanto llegué, el chofer del taxi ilegal que me trajo del aeropuerto y que, mientras tanto, trataba de comprarme dólares, venderme piedras o presentarme a su tía abuela.

–¿Qué quiere decir, un país socialista?

–Que nos tienen agarrados del cuello y no nos dejan hacer negocios. Si hacemos negocios, puede venir la policía y mandarnos a picar piedras.

No es tan cierto. El mercado negro está más que tolerado, y en las calles de la capital pululan fulanos que te ofrecen 160 kyats por dólar: el precio oficial es 6 kyats por cada uno, y los precios resultan sorprendentes. Me siento en la calle a comer con palitos de plástico usado unos fideos fríos con salsa de algún mar antiguo, que la cocinera manosea un rato para mezclar, antes de servirme. Parece que eso es importante para el gusto. Alguien decía que comer en un restorán lo que sale de cocinas secretas preparado por seres desconocidos es el mayor acto de confianza en el género humano. Comer en estos chiringuitos menjunjes sin siquiera nombre ni origen conocido no es confianza, es entrega: arrésteme sargento y lléveseme el hígado.

La calle hierve. En un zaguán, una madre de 30 peina a su hija de 15 interminablemente, como si no se decidiera a soltarla; 3 chicos hacen jueguito con una pelota de mimbre; una mujer con una gran sartén fríe buñuelos con olores y ruidos; dos perros se pelean por la cabeza de un pescado; dos hombres dicuten con las manos el precio de una bolsa de arroz; otros tres avanzan, casi doblados bajo el peso de las bolsas de arroz que cargan en el lomo; siete u ocho parecen hacer nada; un chico vende charutos de a uno; una vieja dormita sentada en el suelo, con las piernas en suave flor de loto. La sobrevuelan ejércitos de moscas. Y todo el tiempo pasan vendedores, chicos, perros, una mujer llevando todo su puesto de bananas en equilibrio sobre su cabeza, una nena con dos latas llenas de agua colgando de un palo que parece a punto de quebrarse. Los escupitajos rojos se hacen lluvia: todos mascan betel, la coca asiática, y escupen su saliva. No hay cálculos precisos, pero me parece a que veces un sólo esputo carga cuarto litro de agüita carmesí. Después de un rato termino mis fideos:

–¿Cuánto es?

–27 kyats.

–¿Cómo?

La mujer me vió la cara de sorpresa y empezó a hacer gestos de disculpas y terminó por decirme bueno, 22. Yo traté de pagar lo más rápido posible, no fuera a ser que me bajara más. 27 kyats –13 centavos de dólar– me parecieron poco, pero ella creyó que me dí cuenta de que me estaba cobrando demasiado caro. Por supuesto, en Birmania no hay precios fijos para nada.

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En realidad, en Birmania no hay –o casi– muchas cosas: pantalones. autopistas, hipódromos, ascensores –salvo en los grandes hoteles– pizza, apuro, comida para todos, prensa independiente, aceitunas, tetas –ni las mujeres ni los hombres usan–, pelados, cochecitos de bebé, música en inglés, zapatos, vino, telefónos públicos, orquesta sinfónica, ambulancias, 65 canales de tv, impermeables, computadoras personales, cuchillos –para comer–, corbatas, minifaldas, bifes, trabajo para todos, debate cultural, embotelladoras de cocacola, cocaína, álbumes de figuritas, medicina prepaga, soda, parlamento elegido, constitución votada, telos, curitas, embotellamientos, límites para la corrupción, vidrieras, estufas, medias –ni las mujeres ni los hombres usan–, y tantas otras cosas.

En cambio, hay muchos nombres para todo. Ahora, la capital se llama Yangon en vez de Rangún, y el país Myanmar, en vez de Birmania: empeñada en la renovación total, la junta cambió todos los nombres de lugares hace 9 años, pero los opositores no los aceptan.

Rangún/Yangon es una ciudad extensa, chata, con unos pocos edificios altos que aparecieron en los últimos años. Se supone que tiene 4 millones de habitantes: no es seguro, porque hace 20 años que nadie los cuenta. Las avenidas están llenas de pocos coches y muchos colectivos semienterrados bajo montañas de cuerpos pasajeros y todos tocan todo el tiempo las bocinas para simular que son más, porque al lado de cualquier capital asiática, Rangún es algo así como la nursery del hospital del Vaticano.

Las casas tienen una gran pieza abierta sobre la calle: allí, sus habitantes comen, trabajan, comercian, charlan o incluso duermen. Las casas birmanas son el sueño de cualquier voyeur. En muchas se ven televisores: suelen ser chinos, nuevos, grandes, de 181 canales y clavados en el único posible. La tele transmite cuatro horas por día: cantidad de cantantes birmanas muy vestidas, sin un centímetro de piel, rodeadas de coches lujosos, hoteles brillosos y hombres con pantalones, y un largo noticiero donde un locutor lee sin despegar los ojos de la hoja, con gesto de esfuerzo, como quien se puso los anteojos de su prima; de tanto en tanto aparecen imágenes de generales sentados detrás de una mesa larga. Birmania es el lugar perfecto para no enterarse de absolutamente nada: una de las pocas burbujas que en el mundo quedan. A una cuadra de mi hotel, en una de las avenidas principales, un viejo vende revistas viejas y, si uno pone cara de inciado, saca de bajo la pila de popular mechanics un diario de Bangkok viejo de una semana. Es maná, fresh news, y me quiere cobrar una fortuna: algo así como 34 centavos de dólar. En un lugar así, la diferencia oriental-occidental empieza a tener sentido y va quedando claro que la diferencia entre un francés y un argentino son, a primera vista, secundarias..

Aquí nadie se apura mucho. Todavía no compraron el espíritu capitalista que hace trabajar como sapos a todos sus vecinos; en Birmania, los negocios cierran 4 horas antes que en cualquier otro país de Asia, el ritmo de los trabajos es tranquilo y las calles están llenas de bares con unas mesitas de 20 centímetros de alto con banquitos de 10, donde todos toman interminablemente té con leche. Cualquiera diría que la principal actividad del birmano medio es ingerir su té con leche. Muchos de ellos son empleados públicos. De hecho, un par de veces entré en oficinas y estaban vacías. Les pagan entre 10 y 20 dólares por mes, así que se pasan el día en los barcitos, acechando negocios y cometas.

Hacia el fin de la tarde se les suman los otros: casi todo el mundo toma su té en la calle o en la puerta de su casa o choza, tras un baño en el patio, la vereda o el río más cercanos. El aire refresca, se oyen cantos antiguos y tachín de las radios. Los birmanos se jactan de tener un cierto arte de vivir pero, en estos días, un fantasma recorre la ciudad. En voz baja, con miradas furtivas, circulan los rumores:

–Ayer se juntaron los estudiantes cerca de Sule Pagoda.

–No, fue en la puerta de la universidad. Y llegó la policía y hubo un muerto.

–No, estuvieron en Shwe Dagón Pagoda, porque ahí no puede entrar la policía.

Nadie consigue, nunca, verlos, pero siempre hay quien dice que los vió.

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–Hay graves problemas en la tierra de Birmania.

Me dijo, con la voz más grave que pudo, un jovencito que se me acercó en el mercado. El chico tenía una mirada despierta y buena cara. Consiguió que me parara, hizo su pausa dramática, y se lanzó:

–En esta tierra, el 96 por ciento de sus pobres criaturas no son creyentes. Sólo el 4 por ciento hemos alcanzado la gracia del Señor. Pero yo sé que podemos repararlo. Yo he tenido una visión, donde el Señor me dijo que…

Supongo que no le habría hecho caso, de no ser porque estaba yendo a la Casa de los Pobres de las carmelitas descalzas, a ver a Ignacia y a Josefa:

–Si nos fuéramos de aquí, qué haríamos. Ahora dicen que en España también hay pobres, pero yo creo que los pobres más pobres de allí son ricos como los ricos de aquí. Si todos tienen casa, televisión, comida…

Las hermanas Ignacia y Josefa son españolas, franciscanas, y hace casi 50 años que llegaron a Birmania. Durante 20, atendieron un leprosario en Mandalay, pero el gobierno lo expropió en 1966 y las hermanas se vinieron a Rangún, a este convento. La hermana Ignacia es chiquitita y arrugada, ojitos astutos: una especie de Madre Teresa que no se hizo famosa, y dice que ahora todo es más difícil porque el gobierno está muy aliado con los monjes budistas y que usa mucho la religión para su propaganda.

–¿No vió usted on the TV ces jours, van et van con el diente de Buda? La grande pagoda la han construir, golden, para su diente.

La hermana Ignacia está en una silla de ruedas: mezcla inglés, francés y castellano, con buen acento vasco, y me cuenta que está indignada porque se han gastado millones en esa pagoda y que hicieron un agujero en el suelo, lo llenaron de joyas donadas y lo cerraron a cal y canto. Es cierto que la llegada del diente desde China es el gran evento de estos días:

–Everything for esa mauvaise diente peregrina.

Dice, y se ríe, y me pregunta cómo puede ser que el pobre Buda tuviera un diente de ese tamaño –grande como un dedo, me muestra, con el dedo:

–A ver si nosotras vamos a creernos esas cosas.

Dice la hermana Josefa, y las dos se ríen con sonrisas muy claras. Josefa es un poco más joven, tiene cejas potentes, las manos como piedras y una mirada entre la ingenuidad y el éxtasis. Las hermanas me han invitado con algo fresco y hablan, se cuentan entre ellas historias que vivieron juntas y que ya se han contado tantas veces. Y después me cuentan que escuchan cada noche a las 8 la BBC en birmano, que es la única forma de saber qué pasa, y que tienen muchos problemas para ir al leprosario de Rangún, a 30 kilómetros, en una zona donde están construyendo la carretera nueva a Mandalay, prohibida para los extranjeros:

–No sé si van a finir con esa highway algún jour. Avec esos mozos, pobrecitos.

–Pobrecitos. Criaturas del Señor. Con esas cadenas en los tobillos, que se ve que les hacen tanto daño, y trabajando allí tantas horas, al pleno rayo.

–Cuando nous allons, nosotras toujours stop y les damos cigarrettes y cookies, pobre almas.

Dice la hermana Ignacia, con un suspiro y las manos juntas sobre el regazo inerte: sabe que está hablando de lo que no debiera, y le brillan los ojitos mientras pone su mejor cara de resignación cristiana. Organizaciones de derechos humanos aseguran que en Birmania las obras públicas se hacen con trabajo forzado de los presos, pero hay muy pocos que los hayan visto, porque siempre suceden en las zonas prohibidas. Cuando los organismos internacionales le reprochan esas conductas, el Slorc suele contestar con un argumento regional. Fue Mahatir, el primer ministro de Malasia, el que dijo que la idea de “derechos humanos” es occidental y que en Asia la cuestión era distinta.

Miguel Rovira, periodista español en Bangkok, me contaba que una vez le preguntó a Norodom Sihanuk, rey de Camboya, qué pensaba sobre esa respuesta y el viejo rey le pellizcó un brazo:

–¿Le dolió?

–Sí, claro.

–A los asiáticos nos duele igual que a ustedes..

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La oficina de teléfonos de Rangún es un viejo edificio colonial con las paredes interiores pintadas de azul, grandes ventiladores lentos en el techo y la luz vacilante de pocas lamparitas. Es probable que Birmania sea uno de los escasísimos países –sino el único– que mantiene algunas tradiciones del stalinismo: las enormes oficinas polvorientas, casi vacías, donde se acumulan pilas de expedientes que nadie leerá; los murales donde un pueblo feliz avanza radiante hacia el futuro venturoso; la represión política y la ley del silencio; las escuelas muy pintadas; los trabajos forzados; la nomenklatura superexclusiva y los chantajes morales.

En el gran salón destartalado hay 16 escritorios enormes, vacíos con 14 empleados que comen, charlan, duermen, y cuatro o cinco teléfonos con disco para tratar de llamar a una central, de donde los comunican con el resto del mundo. Conseguir una llamada puede tardar horas, y no te dejan hablar más de 3 minutos. En la cola nadie conversaba. Alguien me había dicho que todos los empleados de la telefónica eran botones, y puede que sea cierto. Nadie conversaba, hasta que una chica me dijo que yo era muy lindo. Yo la había estado mirando un rato largo: la chica tenía el pelo renegrido, la sonrisa perfecta y una mirada rara, que no podía entender. La chica era bellísima, parecía pobre y hablaba algún inglés:

–Sos tan guapo.

Me dijo otra vez. Yo no me creo esas cosas, pero me puse un poco nervioso y le dije que ella sí que era linda y ella me dijo que no, que ella era triste.

–Triste, soy, mucho, porque no puedo ni hablar con mi soldado.

Me dijo la chica, y me empezó a contar una larga historia donde ella se enamoraba de un vecino y sus padres se oponían porque él era de religión hindú, de origen indio. En Birmania, los indios de vez en cuando pasan a ser fucking indians, y sus padres no querían mezclarse. Así que ellos empezaron a verse en seereto, se juraron amor eterno y se besaron.

–Nos besamos, nos besamos mucho.

Dijo la chica, y el mucho sonó fuerte. En Birmania, la moral sexual parece bastante estricta. En los días que llevo aquí no he visto un beso, una caricia, y las parejas se casan muy jóvenes. La ropa es tan sexy como una lata de leche condensada y los cuerpos siempre parecen estar en otra parte. La chica estaba vestida de birmana, con pollera larga de colores y una blusa rosita con bordados. La confusión de su mirada se iba precisando: era una mezcla rara de timidez y de provocación.

–Mucho, mucho. Yo más amor después todavía, y él también.

Siguieron, dijo ella, viéndose a escondidas hasta que, “2 meses y 14 días” atrás, a él lo vinieron a buscar para llevárselo al ejército. La chica me dijo que quizás fueron sus padres los que hablaron con algún militar para que se lo llevara, y que la despedida fue espantosa.

–Yo amor por mi soldado, pero vos muy muy lindo.

Me dijo. Yo dejé de hacerme esas ilusiones hace mucho, pero siempre es curioso de oír. Quizás en este país ser blanco borre ser decadente y tan pelado. La chica me miró ya sin ninguna timidez. Los labios le caían hacia abajo, ligeramente desdeñosos.

–Si yo te gusto a vos, dame regalo.

Quería, me dijo, plata para hablar con su soldado. Su soldado estaba en el sur, custodiando un gasoducto. Una vez por semana, me dijo ella, él podía salir e ir a un lugar –un hotelito, parecía, una fonda– donde ella lo podía llamar, dijo. Y hoy era el día y ella no tenía plata y quizás yo podía darle.

–Un regalo chico para vos, muy grande para mí. Vos también muy grande y lindo para mí.

Me dijo, con los ojos cada vez más desbocados, y me dijo que se llamaba Mai y tenía 18 años. También tenía los labios bien pintados, anillitos baratos en los dedos, sandalias como todas, las uñas pintadas de rojo medio rotas. Ahora sus pies jugaban uno con otro, sandalias en el suelo.

–Me das regalo y después seguro nos vemos otra vez, ojalá…

Me dijo. Al fondo se oían los gritos de los que trataban de hablar por teléfono; a esta altura, los ojos de Mai eran un puro desafío; de reojo, yo veía que algunos me miraban con sorna. Envidia, me decía, celos del extranjero. Le dí los 100 kyats, me dió un poco de vergüenza; justo entonces llegó mi llamado y me metí en la cabina. Cuando salí, Mai no estaba. Después me pareció que había entendio. Al día siguiente volví a la oficina –no sé si por volver a verla o para tratar de descubrir que mis sospechas no eran ciertas. Cuando llegué, ahí estaba Mai hablando con un australiano que la miraba medio bobo. Mai todavía tenía la mirada tímida: recién le debía estar contando como fue que conoció a su soldado.

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Dentro de seis mil años, cuando estas tierras se llenen de psicólogas, alguna va a tener que explicar por qué los birmanos son incapaces de ver una colina sin correr a ponerle encima una pagoda. Birmania es enconadamente budista y pagodera, y el gobierno lo aprovecha. Pero las pagodas también pueden ser refugio para los disidentes. Se supone que la policía no puede violarlas: se supone, hasta que va y las viola.

Todo budista tiene que ser monje alguna vez en la vida. Se ordenan para siempre o por unos días. Pueden entrar o salir cuando quieren. Algunos se jubilan haciéndose monjes.

–Un monje es un birmano deprimido.

Me dice, esta mañana, en Shwe Dagón Pagoda, un monje con muy buen inglés, que supo ser ingeniero. Yo había llegado siguiendo una procesión de chicos de colegio que llevaba elefantes de madera, tambores y platillos, encabezada por dos travestis que bailaban de lo más sensuales. A la entrada había carteles excesivos: “Por favor, sáquese los zapatos para preservar nuestra cultura. Muchas gracias”.

En Shwe Dagon Pagoda viven las cucarachas más grandes del planeta. Las cucas de Shwe Dagon son grandes como mi dedo medio: quizás sean producto de la maquinación de un sabio loco, o el designio de un dios muy aburrido. Ahora, 2 o 3 cuervos se disputan una gran cucaracha con gritos asesinos; a mi lado, una mujer los mira y baja la cabeza, como si hubiera entendido algo. Seguramente los templos sirven para eso: para que las cosas más nimias, ahí adentro, signifiquen algo. Un cuervo sale volando con la cuca pataleándole el pico. Aquí, en Shwe Dagon, todos vamos descalzos y venimos para entender algo: aunque sea, que no entendemos nada. Shwe Dagon es la mayor pagoda de Birmania. En realidad no es un templo sino muchos: 30 o 40, organizados alrededor de una enorme stupa, una torre con forma de campana de 98 metros de alto, recubierta de oro.

En uno de los templos hay una gran televisión con la imagen de Buda congelada; al lado, en otro, una mujer le lava la cara a una estatua de mármol como 5 minutos; más allá, un hombre riega un árbol con tacitas de agua. El aire huele al aceite que se quema, y los jazmines. Se oyen campanas, cantos encantatorios y los cuervos. Miles de personas caminan, rezan, compran, venden, escupen, meditan, comen, fuman. Un hombre de aspecto más que pío mira con algún detenimiento las posaderas de las señoras que, delante de él, se inclinan para orar. Otro me para y me pregunta, como todos, si soy alemán. Algún día, si consigo la plata, voy a encargarle a Pitanguy que me haga reencarnar en un lapón. Pero el tipo tiene una cara tan despejada, tan buena sonrisa que le pregunto qué le pasa:

–Es que acabo de adorar a Buda.

El tipo parece 30 y buen dinero en algún lado, y quiere hacerme feliz a toda costa:

–El que adora a Buda lo consigue. Yo vengo todas las mañanas, le traigo sus flores, sus velas…

–¿Y le pedís algo?

–Yo le doy sus flores, sus velas, y él me ayuda. El, y muchos nats, los espíritus, me ayudan.

–¿Qué le pedís?

–La paz y la alegría para mi alma.

–¿Y algo material?

Le digo, y el tipo se sonríe más, muestra todos los dientes, y se calla. Por un segundo, su mirada fue pícara, pero enseguida le volvió la paz divina.

–Si medito suficiente, si alejo de mí la codicia y el interés, cuando me muera voy a tener una buena reencarnación.

El tipo me cuenta que vende rubíes, zafiros y esmeraldas, así que tiene que tener cuidado:

–Si me dejo atrapar por la codicia, puedo ser un animal en mi próxima vida.

Me dice, y la mirada se le pierde, turbia. Me lo imagino cucaracha o cuervo, y tiemblo por su futuro. Justo entonces empieza a llover. Son sólo unas cuantas gotas, y ninguna mayor que una pelota de tenis, pero mojan bien. De los estudiantes, ni noticias.

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–Yo tengo mi negocio y funciona, y vivo bien. Los que no se meten en política pueden vivir bien.

–¿Y usted se mete en política?

–No, yo no. Yo soy el presidente de la comunidad judía, no puedo meterme en líos. Yo soy el presidente, tengo que estar bien con todos.

Moshe Samuel tiene 44 años y, a primera vista, parece tan birmano como todos. Pero sus abuelos eran judíos irakíes, vivían en Inglaterra y, hace 60 años, vinieron a instalarse en Rangún. En esos días, la comunidad judía era importante: unos 3000, casi todos sefardíes, que habían ido llegando con los ingleses, desde mediados del siglo pasado. Pero en 1962, cuando el gobierno nacionalizó industria y comercio, la mayoría se fue. Ahora son 8 familias, repartidas por todo el país.

–No tenemos rabi, y sólo podemos hacer las ceremonias en las grandes fiestas, Roshe Shaná, Yom Kippur.

Dice Samuel, mientras me muestra su sinagoga, construida en 1883. Para las fiestas vienen los diplomáticos israelíes, porque Israel tiene buenas relaciones con Birmania, y una serie de negocios que nadie quiere contarme.

–Y también invito a mis vecinos, budistas, musulmanes, hindúes. Yo quiero llevarme bien con todos.

Dice Samuel, y me cuenta que vive de alquilar vajilla y muebles para fiestas, y que varios de los negocios vecinos pertenecen a la sinagoga, que él se los alquila y también les deja sacar agua o venir a lavarse. Todo parece casi bien, pero Samuel tiene un problema grave:

–Ahora estoy desesperado, porque me quieren cerrar el cementerio.

El cementerio judío –y el musulmán y el cristiano– ocupaban unas parecelas de tierra en pleno centro de Rangún. Ahora, el gobierno les dijo a las comunidades que tenían que dejar de usarlos y les dió tierras a 25 kilómetros de la ciudad. Samuel está desolado, indignado:

–Imaginesé: acá cuando se entierra a alguien van todos, cantidad de gente al cementerio. Cuando me entierren a mí podrían ir todos mis vecinos, todo el barrio, porque a mí me conoce todo el barrio. Pero a ese cementerio tan lejos no va a ir nadie. Me van a enterrar solo como un perro.

Y, además, Samuel sospecha que pronto el gobierno lo va a obligar a llevarse a sus muertos del viejo cementerio. Sus padres están ahí, y la idea lo aterra:

–Mis padres tenían muchos contactos con los generales, podrían haber hecho algo. A mí también me conocen, pero no me hacen caso. Quieren esa tierra.

Así que ahora, Samuel está buscando apoyos y donaciones en el mundo para guardar su cementerio o, en última instancia, edificar el nuevo. Casi sin querer, tiene una causa:

–Yo en eso no me meto, ya le dije, pero si hubiera otro gobierno creo que me escucharían y me dejarín conservar mi cementerio.

–¿Y va a haber otro gobierno?

–Eso sólo Dios lo sabe.

Es jueves. Al final, Samuel me dice que al día siguiente, si no tengo nada mejor que hacer, vaya a verlo para el sabat, a la caída de la tarde.

–Pero sólo si no tenés nada mejor que hacer. Si no, no te preocupes. Yo voy a estar acá.

Yo supongo que voy a ir, porque Samuel es una perfecta iddische mame. Mientras, esa tarde, fui a ver su cementerio. Eran 200 o 300 tumbas entre malezas, y Samuel estaba dispuesto a pasarse la vida peleando por ellas. 200 o 300 tumbas en medio de un barrio pobre donde se estaba construyendo mucho, y una nena bellísima, hija de los guardianes, que corría y se escondía detrás de las lápidas cada vez que le pedía que me dejara sacarle una foto. Creo que nunca rogué tanto nada, y ella moría de placer cada vez que me decía que no: le brillaban los ojos y se le armaba una sonrisa aterradora.

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Alguna vez me tenía que pasar, y fue bueno que fuera con Birmania: debutamos juntos. Fue mi primer desfile de modas, y el primero de la historia del país. El salón del hotel Yuzana Garden estaba lleno de jóvenes un poco ansiosos, listos para inaugurar. Las luces de colores hacían un solo efecto y la música era el tema de Misión Imposible: un argentino triunfando en Rangún. Para muchos, el chiste era ver desfilar a los amigos.

–Aquí estamos todos, la crema de la crema.

Me decía un joven con pantalones de cuero y una camisa con todos los colores. Debía ser cierto: la entrada costaba 4000 kyats –25 dólares, un buen sueldo–, y la velada estaba organizada por Living Colors, la boutique de moda, propiedad de un hijo del general Khin Nyunt, ministro del Interior. Afuera había una docena de motos tremebundas y cantidad de coches japoneses. En Birmania, los coches son japoneses, los rascacielos singapúreos, los gasoductos franceses, las chucherías chinas, las falsificaciones tailandesas y la heroína bien criolla.

La ropa era importada de Hong Kong. Las birmanitas desfilaban con el pelo muy suelto: la clave del erotismo birmano está en esos larguísimos pelos renegridos, vivos, golpeando sobre nalgas en sedas de colores. Las birmanitas amagaban tímidos movimientos de la pelvis que despertaban risas nerviosas en el público. Eran las primeras polleras cortas que veía en muchos días, y me resultaron de lo más excitantes. Algún día alguien va a hacer un estudio de nuestro siglo como la civilización que cortó la pollera, y va a entender casi todo.

–Ahora sí podemos ser como los jóvenes del mundo.

–Pero siempre muy birmanos.

–Por supuesto. Si no, qué va a decir Maung.

Dijo uno, y los 4 o 5 que ya se habían juntado alrededor se rieron pero miraron para los costados. En medio de pantalones y polleras, Maung llegaba con su longhi violeta refulgente y una camisa blanca limzul con gemelos de oro. El longhi es la tela enrollada a la cintura que todos los birmanos usan, pero lo bueno era el rubí que le cerraba la camisa:

–Las tradiciones son lo más importante. Tenemos que mantener nuestro agudo sentido del patriotismo y preservar nuestra cultura nacional, aún en medio del desarrollo.

Dijo Maung, y dijo que era de la Usda –Union Solidarity and Development Association– el seudopartido que apoya a la junta militar. Entre las obligaciones de sus miembros está la de “denunciar a las personas sin escrúpulos que amenazan la soberanía nacional, y apoyar a las fuerzas de policía encargadas de mantener el orden y la emergencia de una nación próspera y moderna”.

Después del desfile vino el baile. Los chicos ricos usaban mucho oro, que brillaba bajo las luces de colores. Las parejas bailaban sin tocarse ni un poco. Sentado en un costado, Richie, de unos 30, es un empresario de Singapur de origen indio. Singapur es la principal inversora en Birmania, y Richie me dice que el desfile les salió más o menos, como casi todo, pero que es bueno que lo intenten. Le pregunto si es difícil hacer negocios en Birmania.

–Según. Ahora se puede, pero si esto sigue así, se van a arruinar: importan cantidad y no exportan casi nada. Pero la cuestión depende mucho de la política. Puede ir bien o mal.

–¿Cómo?

–Si viene la Señora, arruina todo.

–¿Por qué?

–Ella tiene muy buenas intenciones pero no sabe cómo funciona el poder, nunca lo tuvo. Y los que vengan con ella van a querer resarcirse de estos 30 años, y van a pedirnos fortunas para cada negocio.

Las coimas suelen ser del 5 por ciento. Pero los inversores extranjeros dicen que, como hay orden, uno sabe a quién hay que sobornar y que, una vez que el funcionario adecuado pone el sello, nadie discute más nada, y que así sí se puede hacer negocios, no como en otros países de la zona.

–Seguramente con la Señora va a venir mucha inversión extranjera, pero se van a agudizas las diferencias entre pobres y ricos, y la gente va a sufrir. Y además, el país se va a romper en mil pedazos: van a estallar todas las peleas entre las etnias, y va a ser el caos.

–¿Y con los generales es mejor?

–Con los generales uno sabe quién manda, y eso siempre ayuda, para los negocios.

Hay mucho ruido: es difícil charlar. The Emperors, el grupo que más suena, ya está atacando con su gran éxito: la versión birmana de Hotel California.

Yo seguía sin poder verlos, pero la tarde siguiente pude oírlos. Estaba sentado tomando un té en la calle cuando se oyeron gritos acompasados y varios parroquianos se levantaron de golpe y corrieron hacia la esquina. Yo los seguí, pero cuando llegamos ya no quedaba nadie. 3 o 4 minutos después llegó un camión de soldaditos: eran como 50, muy flacos, jovencitos, vestidos de azul con uniformes viejos. Nos volvimos a las mesitas en la calle y los locales comentaban cosas en voz baja. Pregunté, pero nadie quiso decirme nada. A la noche, otra gente me comentó que los había oído en lugares muy distantes. La ciudad estaba ligeramente exasperada.

A la madrugada siguiente, cuando iba al aeropuerto para volar a Mandalay, muchas calles estaban cortadas por patrullas de soldados, y no era fácil llegar. En un cruce de avenidas el taxi se paró y, en la media luz del alba, vi docenas de cuerpos tirados en el suelo, boca arriba: tuve un escalofrío. Tardé un momento en darme cuenta de que eran soldados durmiendo, con sus armas apoyadas en el pecho.

Mandalay es la segunda ciudad de Birmania, chata, calma, con un fuerte-palacio gigantesco, 80 monasterios, 3 edificios altos, cientos de casitas y miles de chozas. En dos de sus esquinas más escogidas están los únicos semáforos con cuenta regresiva digital que he visto en el mundo; en una callecita lateral, dos chicos de 10 ponen sus gallos a pelearse, y una docena de chicos de 6 o 7 los alientan, gritan, se carcajean frenéticos.

Son las siete de la mañana y las calles están llenas de gente. Hace sólo 30 grados, así que algunos ostentosos aprovechan el momento para ponerse la campera de cuero o de nylon brilloso. Como cada mañana, los monjes budistas salen con sus túnicas naranjas, sus pies descalzos y su vasija de pedir, a que les den su puñado de arroz –que suele tener algo más que arroz. La población los alimenta, y ellos rezan por todos.

En cada cuadra uno o dos árboles, los más grandes, tienen colgado del tronco un altarcito con agua, flores y comida, para que los espíritus no se pongan nerviosos. El taller está en una casita sin pintar. Las paredes del taller son de bambú y la luz entra a cuadritos. En el taller, tres hombres morrocotudos le pegan con una maza de 4 kilos, 6 horas seguidas, a un paquete de 700 hojas de oro, para reducirlas a su expresión más delgada. Las hojas sirven para cubrir Budas y otras divinidades. Les pagan 200 kyats –1,20 dólares– por día, y el más joven todavía tiene el humor suficiente como para gritar música, música, porque el ritmo de las mazas cuando caen es una música pesada, encantatoria.

Cuando salgo, a las pocas cuadras me para una barrera. El tren pasa despacio. En el estribo del último vagón hay soldados muy armados: el vagón tiene las ventanas clausuradas por unas tablas. Detrás de las tablas, agarrados a las tablas con dedos retorcidos, 5 hombres miran con ojos desesperados. La estación está a dos cuadras. Corro. Cuando llego, los hombres del último vagón se están bajando, entre 12 soldados. Tienen cadenas en los pies y miran para abajo, como si alrededor no hubiera nada. Un vendedor de cigarrillos me dice que son presos, que los traen del norte. Cuando pregunto por qué están presos, el vendedor mira para otro lado. La estación está llena de gente que come, duerme, espera.

–Yo te ví cómo los mirabas.

Me dijo el tipo, como a una cuadra de la estación, cuando me fui: era obvio que me había seguido. El tipo debía tener unos 35 y era igual a otros cien mil. Aunque su reloj era demasiado dorado.

–Te invito a un té.

El tipo tenía grandes chances de ser un policía. Yo seguí caminando y él insistió:

–Un té, 10 minutos. Quiero hablar con vos.

Quizás me agarró con las defensas bajas, o ya harto del silencio, o con más ganas de saber. No tendría que haberle hecho caso, pero fui. Nos sentamos en dos banquitos bajos de una vereda de té.

–Yo creo que tendrías que ir a la casa de los hermanos Moustache.

–¿Qué?

Entonces el tipo me contó la historia: el 4 de enero de 1996, la Señora organizó un encuentro en el jardín de su casa para celebrar el día de la Independencia que consiguió su papá. Fueron 2 o 3000 personas y hubo discursos. En el medio, la actuación de Par Par Lay, uno de los hermanos Moustache. Los hermanos Moustache son actores desde hace 30 años, su familia ha hecho comedia y danza birmanas por varias generaciones. Par contó un chiste. Dijo que él era médico y que un general con muchas estrellas iba a visitarlo.

–Doctor, estoy desesperado. Tengo un dolor de cabeza terrible. Ya no como, no duermo, no puedo hacer nada. Tiene que hacer algo.

–A ver, vamos a revisarlo. Aquí tengo una computadora modernísima, recién llegada de China. Se la voy a conectar a la cabeza, a ver qué tiene.

Entonces Par contó que él –el médico– la calibró, miró las cifras, volvió a mirarlas, y le dijo al general paciente:

–Señor, su caso es grave.

–¿Qué tengo, doctor, qué tengo?

–Nada. Adentro de la cabeza usted no tiene nada.

La carcajada fue general, y los aplausos. Dos días después, Par volvió a Mandalay. Esa misma noche, 30 policías de civil se presentaron en su casa y se lo llevaron. Al día siguiente, en la cárcel de Mandalay, Par se encontró con otros 12 miembros de su troupe. Su detención hizo mucho ruido en la prensa inglesa y americana.

Varios de ellos fueron liberados en las semanas siguientes, pero Par siguió preso. Su mujer iba a verlo casi todos los días. Un martes le dijeron que su esposo ya no estaba ahí.

La familia se aterró. Tras un par de días consiguieron sobornar a un oficial que les dijo que lo habían a trasladado a Myitkyina, en el norte del país. Después, el mismo oficial les dijo que estaba en un campo de trabajos forzados, picando piedras. En marzo, un tribunal lo sentenció a 7 años de prisión y ahí está, todavía, porque creyó que en Birmania ya se podía hablar.

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En Birmania hay varios miles de presos políticos, nunca se sabe cuántos, porque nadie da datos. Con los enfermos de sida son más drásticos: parece que los ejecutan con una inyección. El tipo terminó de contarme la historia y llamó a uno de los 14 mozos para pagarle 20 kyats. Su anillo también tenía demasiado oro, y un rubí. Me alivió que se fuera. Quizás era de la policía, quizás no. A los represores a veces les gusta que se sepa lo que hacen, para asustar a los que sea necesario.

La casa de los Moustache es un gran taller donde su familia hace máscaras, marionetas, instrumentos de música. Lu Maw, el hermano que queda, tiene grandes bigotes y es actor por los cuatro costados: le gusta declamar, jugar con sus gestos, sorprender a su auditorio. Durante un par de horas me habló sobre las danzas y comedias birmanas y después me invitó a que fuera a ver su show, esa noche. Antes, me dijo, hacían giras por los pueblos, pero ahora preferían trabajar para los turistas.

El show era un despliegue de máscaras y movimientos delicados. Había 7 u 8 bailarines que cambiaban de trajes y personalidades, y yo era el único espectador. Moría de vergüenza. Después supe que los guías oficiales los habían borrado de sus itinerarios, y ya no iba casi nadie. Cuando terminó, le pregunté a Lu Maw si su hermano Par Par no actuaba con él.

–Sí, actuaba.

Me dijo, y hubo un silencio largo.

–Ahora está preso, como vos sabés.

Me dijo, y se quedó otra vez callado, como quien quiere hablar con su silencio. Después se atusó los bigotes y señaló los míos.

–Vos también podrías ser un hermano Moustache.

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Mandalay es un centro importante en la distribución de la heroína. Ahí se cruzan las rutas que vienen de la China y la India, las nuevas bocas de salida ahora que Tailandia está más controlada. No se ve droga en la calle, ni gente ofreciéndola, y las penas cuando agarran a uno son tremendas. Suele pasar: los productores tratan de que el consumo no les complique la situación en sus países. Les conviene mantenerlos limpios.

Yo quería ir a Kentung, Kentung es una ciudad chica, famosa por su mercado de búfalos de agua y por su situación en el Triángulo de Oro, una región montañosa selvática repartida entre Birmania, Laos y Tailandia que es el centro mundial de producción de heroína. Pero cada vez que iba al aeropuerto, el empleado me decía que habían cancelado el vuelo.

–Bueno, quizás haya la semana próxima, o la otra. ¿Quién sabe, no, quién puede saberlo?

Me decía, y se reía suavito. Por tierra no había acceso, y tuve que resignarme. Cerca de Kentung estaba, hasta el año pasado, el cuartel general de Khun Sa.

Khun Sa es un mestizo de chino y birmana que empezó en 1962, a sus 27, con una pequeña milicia que peleaba para el gobierno central contra rebeldes locales. Rangún no tenía con qué pagarle así que, para compensar sus servicios, no intervinieron cuando Khun Sa empezó producir opio y a contrabandearlo a través de la frontera con Tailandia. El hombre era ambicioso y eficaz: 30 años después, controlaba la mitad del negocio y tenía un ejército de 20.000 hombres que, supuestamente, peleaban por la independencia de su etnia, los Shan. Khun Sa era el Escobar del Asia, el gran enemigo de la DEA.

Casi todos los productores de opio tienen excusas nacionalistas, y ejércitos privados. En sus tierras no entraba nadie, y estaban en guerra constante contra el poder central. Lo curioso es que, si no hubiera sido por el opio, muchas de estas etnias habrían desaparecido en esos años. Hasta que, últimamente, el Slorc hizo las paces con casi todos ellos, a cambio de una participación importante en las ganancias. La paz trajo prosperidad: la producción está aumentando 10 por ciento por año.

En esas tierras se cultiva el 60 por ciento del opio del mundo: la mayoría se transforma, ahí mismo, en heroína. Diez kilos de opio producen uno de heroína: son unas 2500 toneladas anuales de opio que, una vez procesadas, valen alrededor de 30.000 millones de dólares.

A principios de 1996, Khun Sa también pactó. Dispersó su ejército, entregó sus cuarteles y, a cambio, ahora vive tranquilo en Rangún, donde maneja sus negocios y juega al golf con los militares del Slorc. En Birmania, el golf se está poniendo muy de moda entre los generales del gobierno.

Por eso Clinton y la administración americana condenan al Slorc siempre que pueden. Hace unos meses, en Bangkok, Clinton dijo que se necesitaba “un verdadero diálogo político en Birmania, para dar una batalla real contra el crimen, la corrupción y los narcóticos y lograr un gobierno más aceptable para su pueblo”, y alabó a “los valientes reformistas conducidos por Aung San Suu Kyi”. Por eso, entre otras cosas, los americanos apoyan tanto a la Señora, que les aseguró que, si llega a ser gobierno, va a limpiarlo todo.

–Sin el dinero de la droga, la economía birmana se derrumba. Si la señora quisiera limpiar eso –lo que le piden los americanos– el  país sería casi inviable. O sea que la democracia es imposible.

Me había dicho Richie, el empresario de Singapur.

–Los militares del Slorc usan la plata de la heroína para sus cuestiones personales y para comprar más armas. Si la usaran para el país, ahora Birmania sería como Singapur o Hong Kong.

Escribió, en un diario de Bangkok, un seguidor de la Señora..

Cuando volví a Rangún el gobierno acababa de cerrar las facultades y mandar a los estudiantes del interior, que viven en residencias universitarias, de vuelta a sus lugares. Los metían en los ómnibus con custodia militar y los despachaban. La radio, la tele y los diarios no decían nada. Muchas calles estaban cortadas, algunas pagodas –que pueden servir de refugio– estaban cerradas, y los soldados daban vueltas por la ciudad en sus camiones chinos. Frente a los edificios oficiales había tanques chinos con sus dotaciones y los motores prendidos. En el hall del hotel corrían los rumores: que hubo muchos detenidos cerca de Shwe Dagon Pagoda, que están llegando soldados desde el norte, que un soldado mató de un tiro a un capitán en un puesto del suburbio, que se cayó un avión con varios cantantes a bordo en el sur del país. Los pocos extranjeros nos cruzamos en 2 o 3 lugares y nos contamos lo que hemos escuchado por ahí, sabiendo que todo es posible y nada seguro. Uno me dice que dos días atrás echaron a cuatro periodistas australianos que habían venido sin visa. Yo miro para arriba. La ciudad sigue llena de fantasmas, y hace cada vez más calor. Parece como si sólo esperáramos la explosión final.

Al día siguiente, en la puerta de la facultad de medicina hay unos pocos estudiantes y algunos profesores que les dicen que no saben hasta cuándo durará el cierre. Los soldados miran 50 metros más allá.

–Pueden ser 3 días, una semana, un mes. Nadie nos dice nada.

Me acerco a una chica y le pregunto qué pasa.

–Casi todos los días hacemos alguna manifestación. Nos juntamos algunos en algún lugar, empezamos a gritar, y en minutos llegan los soldados y nos rodean. No tenemos nada, no podemos hacer nada.

–¿Y no se los llevan presos?

–Algunas veces se llevan a algunos, otras no. Parece que quieren evitar que se arme demasiado lío. Mientras seamos nosotros solos no pasa nada, nos tienen controlados.

–¿Y tienen el apoyo de Suu Kyi?

–Nosotros no tenemos nada que ver con Suu Kyi.

Parece una maniobra para no incriminarse mutuamente, pero tanto la Señora como los estudiantes se cuidan mucho de apoyarse en público.

–¿Y te parece que se les van a unir otros, los monjes, los trabajadores…?

–Bueno, eso esperamos. Ahí sí que podríamos hacer algo serio.

La chica me sorprende: algo ha pasado en estos días, para que ahora hable como habla. Le pregunto si no se podrá ver a algún líder estudiantil, y recupera la cara de antes, la de pava completa. Mira para otro lado, no me conoce más. Después, ya en Bangkok, me enteraré de que los líderes no se muestran y que, incluso, los que conducen las manifestaciones son otros, sus delegados. Ellos correrían demasiado peligro. Y que el movimiento estudiantil está bastante más organizado de lo que parece y que ahora, tras esta primera aparición, piensa replegarse por unos meses, hasta que se les presente la próxima ocasión para golpear. Me acerco a un grupito de cuatro que charlan en voz baja. Tres se despiden y uno se queda: parece que va a hablar conmigo.

–Nos dan discotecas, karaokes, carreteras, de todo menos lo que queremos: democracia.

–¿Y para qué quieren que haya democracia ?

Era la pregunta que no tenía que hacer. El estudiante me miró como quien dice pobre tipo, y amagó irse. Yo lo retuve para preguntarle si ellos apoyaban a Suu Kyi.

–Nosotros la queremos y ella nos quiere, y sería capaz de dar todo por nosotros, pero…

El pero se quedó colgando. El muchacho tenía el pelo cortito, la camisa más limpia al sur de río Irawady y los suficientes libros bajo el brazo como para que nadie dudara de que era un estudiante. El pero seguía dando vueltas:

–…pero ella es una mujer grande y está demasiado pegada a la tradición, y nos parece que tarde o temprano vamos a enfrentarnos.

–¿Quién es nosotros? ¿Son un movimiento?

El muchacho me miró: no entiendo nada, sigo haciendo preguntas que no debería. Empiezo a estar perdido.

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Al otro día traté de llegar hasta la casa de la Señora, con la lejana esperanza de entrevistarla. Era un feriado nacional y pensé que podía haber algún intento de manifestación en los alrededores. Los soldados me pararon a más de 500 metros: todo el barrio estaba cerrado por barreras del ejército, y Suu Kyi prisionera en su casa. La Señora vive en el barrio donde viven los dueños de Birmania: casas muy grandes alrededor de un lago, céspedes y flores deliciosas, paredones altos con alambres de púa. Khun Sa es uno de sus vecinos más cercanos.

La Señora es un personaje curioso: muy culta, tranquila, dispuesta a todo. Después, alguien me hablará de ella en términos casi místicos:

–La Señora hizo una promesa: que no se iría de Birmania hasta que el país tuviera democracia. Y si ella lo dice, lo va a hacer.

Pero, en general, la Señora se define poco. Muestra un democratismo sin mayores precisiones, el apoyo de Occidente y su decisión de moralizar al país y nivelar un poco las desigualdades económicas. Aunque no esté muy claro cómo podría conseguirlo, en una situación en que la única presión fuerte contra los militares es la internacional. De hecho, últimamente dice que no quiere pelearse frontalmente con el Slorc y les ofrece, todo el tiempo, diálogos y negociaciones que la junta rechaza. El taxi me dejó lejos: el chofer me dijo que no lo dejaban llegar más allá. Caminé un par de cuadras; 300 metros antes de la casa, la calle estaba cortada por unos 30 soldados muy armados. Cuando quise pasar, se me cruzó un chico de menos de 20, vestido con camisa y longhi:

–¿Adónde va?

–A ninguna parte, estaba paseando.

–Por acá no se puede.

–¿Por qué?

–No puedo decirle nada: no se puede.

El chico transpiraba más de lo necesario: hacía calor, pero él estaba a punto del soponcio. Yo seguí haciéndome el tonto, que no me cuesta nada:

–Quiero saber por qué.

–Es un caso político.

–¿Un qué?

–Un caso político. Es todo lo que puedo decirle.

Si fuera periodista estaría jodido, pero como turista puedo darme algunos lujos:

–¿En serio sos policía?

–Sí.

–¿Y tu uniforme?

–No uso uniforme.

–¿Cómo? Yo creía que los policías usaban uniforme.

–Yo soy de la policía secreta.

Ma non troppo; el chico seguía transpirando, y se retorcía las manos con fervor.

–¿Y eso está bien pagado?

–…

–No, en serio. ¿Cuánto te pagan?

–3000 kyats.

–¿En serio? Qué desastre. Si trabajás para mí, te pago 5000.

Ahora el tipo debe estar deseando descubrir súbitamente que soy birmano, e imaginando los dulces placeres que le esperarían si lo fuera. Pero tiene la sonrisa congelada y cara de esto no va a quedar así. Mejor me voy.

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Se me ocurrió caminar hasta el centro; de tanto en tanto me cruzaba con grupitos de dos o tres, con pinta de estudiantes, que también volvían. Nadie decía nada. Aunque todos, como siempre, saludaban amables. En Birmania, todos saludan con su mejor sonrisa: son tan amistosos que al cabo de unos días empalagan, y me duelen músculos insospechados de tanto sonreírles. A veces me siento como la reina de Castilla en día de pago, saludando a los suyos. Y a veces pienso en esa amabilidad, en cómo la vida sigue al costado de la política, cómo todos estos, que votaron para echar a los militares, que comen poco y mal, que no saben cómo estarán mañana, se empeñan en vivir amablemente y olvidar todo lo posible. Es curioso lo tranquila y agradable que puede parecer la vida en un país con miles de presos políticos y una dictadura que anuló elecciones que la rechazaron. Cómo se empeñan en pasarla lo mejor posible los que después hablarán de cómo sufrieron en aquellos tiempos, con los militares. Es humano, supongo.

La vida sigue, tan parecida a sí misma. Alguna vez tengo que entender por qué el periodismo no es capaz de contar la vida sino sólo lo extraordinario y, por eso, cuando lo piensa un periodista, un país de 47 millones de habitantes se transforma en las declaraciones de un general, una señora y el paseo de 3000 estudiantes. En el mercado central, manzanas y manzanas de viejos edificios coloniales, birmanos muy amables vendían casi todo: maderas y especias olorosas, camarones y pescados secos, cigarrillos falsificados en Tailandia, encendedores falsificados en Tailandia, relojes falsificados en Tailandia, perfumes, anteojos, remeras falsificados en Tailandia, grandes bolsas de arroz, corderos muertos con sus ojos muy tristes, víboras sin moral, ardillas, telas, sogas, hilos, las sandalias que cada pie birmano calza, cualquier capricho en frutas y verduras, candados de 14 tamaños, cassettes piratas a 40 centavos, bolsos bolsitos y pañuelos de colores y, todo el tiempo, todas las comidas.

Comí en un puesto del mercado. La mujer era una india; estaba parlanchina y se quejaba:

–No hay muchos viajeros este año.

–¿Por qué?

–Por la Señora.

Dice, y después baja la voz.

–Suu Kyi. Ella pidió que boicotearan el país.

–¿Y usted está de acuerdo?

La mujer miró tres veces a su alrededor. En su puestito no había nadie, y ella lo sabía. De eso estábamos hablando:

–Para la gente como nosotros no sirve. Nosotros tenemos que trabajar para comer, y así no trabajamos. El que esté en el poder, para nosotros es lo mismo. Ninguno nos va a dar nada gratis, ni los militares ni la Señora.

La comida ha subido mucho últimamente. Lo de los derechos humanos y las libertades está muy bien, pero todos saben que lo que realmente ha llevado las cosas a un punto límite es la inflación y la pobreza: el indispensable kilo de arroz cuesta 100 kyats, el doble que el año pasado, y cada vez hay más gente que no puede comprarlo.

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Se había hecho de noche. La ciudad estaba llena de mosquitos y hacía un calor exasperante. Alguien me tranquilizó:

–No creo que haga mucho más de 35 grados: estamos en invierno.

Alguien me dijo que venía tormenta. Las calles estaban mal iluminadas y se veían siluetas de tanques y soldados en posición de guardia. Caminando, encontré un bar cerca del río, con sólo un par de mesas ocupadas. Me senté; primero entró una vieja mendiga pidiendo limosna mesa por mesa. Cuando llegó frente a mí se paró, me sonrió y se fue a la siguiente, sin pedirme nada: ser blanco tiene dudosos privilegios. Al rato, un fulano de 40 y tantos, vestido con un longhi a cuadros y una camisa beige con bordaditos se sentó en mi mesa. Su inglés era el peor al sur del Himalaya, pero el tipo ya había tomado suficiente ron, y quería hablar:

–Hoy día nacional, ve, día nacional.

Eran como las 11 de la noche y la luz estaba muy baja: la energía eléctrica había caído mucho y sólo nos iluminaban dos lamparitas de 25. El tipo me decia que era la fiesta patria y no había habido ni un festejo.

–Militares miedo juntando gente. Militares fiesta para ellos, en día nacional.

Decía, y nos servía más ron. Alrededor había otras mesas bajitas y otros bancos enanos, pero ya no quedaba casi nadie. El tipo igual miraba a los costados, receloso. Ahora, yo también miraba. Le pregunté si la gente quería a los militares y se sirvió otro ron. Entonces le dije que por qué, si no los querían, los militares podían quedarse. Mis preguntas eran tontas y él me miró desconsolado. Pero estaba decidido a explicarme todo lo necesario. Ya se sabe que estos extranjeros nunca entienden nada:

–Porque militares tener armas, todas las armas.

–Y las usan.

–Seguro las usan. Matar, las usan.

Después le pregunté por qué me decía todo eso y me dijo que porque era extranjero.

–Y porque día nacional, hoy. Y nadie poder nada, en día nacional.

El tipo había sido marinero durante muchos años, había juntado plata y ahora tenía un taxi y vivía bien. Mediano, decía, bien: comida, casa, ropa para sus 3 hijos. El tipo estaba orgulloso de haber sabido ahorrar y vivir bien ahora, pero seguía con el ron, porque era el día nacional. Era bastante gordo.

–Acá habla nadie por miedo, porque uno habla lo meten preso, lo atan.

–Pero la gente sonríe mucho, parece feliz.

–Gente sonríe porque mejor con sonrisa, vida mejor, menos sospechas. Si militares viendo protestas, escuchando, ellos tirar, matar y después nada. Limpio, después, nada: limpio limpio.

El suelo del bar era de tierra, el techo de tablas, y paredes no había. De algún lado llegaba una musiquita de lambada eléctrica. Estábamos solos. Le pregunté si los militares iban a durar mucho:

–Militares siempre, en el futuro, siempre. Ejército es muy grande, tiene todas las armas. Gente no armas: militares siempre siempre.

Era lo que suelen decir los analistas: que no habrá cambios en Birmania sin la colaboración de un sector del ejército. Y que el ejército está firmemente unido alrededor de sus prebendas y sus pactos de sangre.

–Militares siempre siempre. Nosotros asustados, somos una mierda. No tenemos huevos para nada. Ellos, siempre siempre.

Dijo, y bebió lo que quedaba. La botella de ron rodó, vacía.

–Algunos tienen huevos. Si no no habría presos.

Le dije. El argumento me pareció irrefutable. El marinero me miró, miró el vaso vacío y sonrió con tristeza infinita. El diente de oro le brillaba tenue:

–Son tan pocos. Siempre son tan pocos.

Después hundió la cara entre las manos, se restregó la cara con las manos y pareció despertarse de repente:

–En cuanto llegue a nosotros el valor, acá explosión de todo.

Dijo el marinero y brindó, con su vaso vacío, a la salud de ese momento.

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(“Birmania, El opio de los pueblos”, está incluida en mi libro La guerra moderna, 1997)

Los pies de Kapuściński

En estos días me acordé mucho de él. No sé por qué; quizá porque se cumplieron catorce años desde aquella noche rara, y catorce son dos veces siete: siete años de vacas flacas, siete de vacas gordas, y la dificultad de saber cuáles fueron cuáles. Pero aquella noche yo estaba en un hotel de El Cairo llevaba días trabajando en una pequeña historia sobre el auge del Islam en un país que había sido tan laico y puse la tele sin sonido para tener una ventana. De pronto vi su cara en la pantalla y me asustó: si lo ponían en una tele egipcia era que se había muerto. Subí el sonido, no entendí una pepa, empecé a buscar por internet –que todavía no era lo que es– y en unos minutos encontré la noticia, la confirmación: el gran Ryszard Kapuściński, narrador del carajo, se había muerto en Varsovia esa mañana a sus 74 años.

Yo lo había conocido la tarde en que le hice esta entrevista para una revista norteamericana. Era en 2002 y en Buenos Aires, y Kapuściński iba a dar un taller organizado por la Fundación Nuevo Periodismo. Esa semana nos vimos mucho, entre charlas, cursos, comidas, la cancha de Boca –todo muy elegante– y, al final, me pidió que lo llevara a buscar otro Buenos Aires. Todos le hablaban de una crisis que no había encontrado en ninguna esquina de la Recoleta. El lunes a la mañana lo pasé a buscar en el Erre y nos fuimos a que conociera un par de villas en San Francisco Solano y nos metimos en territorios complicados y charlamos con hombres y mujeres y el Erre se nos quedó en el barro y lo empujamos y nos quedamos sin aliento. Kapu seguía sin estar convencido: si esto es pobreza, qué queda para el África, decía. Yo traté de explicarle que esto no era el África, que la Argentina no era un país pobre sino un país rico con demasiados pobres. Conversamos mucho, esa mañana. En un momento le pregunté dónde me mandaría si fuera mi jefe o, de otro modo, cuál le parecía el lugar más interesante para contar en ese momento, y me dijo que los países musulmanes ex soviéticos del centro de Asia, repletos de petróleo, armados, inestables. Después le comenté que mi novia estaba preocupada porque lo había llevado a recorrer villas y que quería que la llamara para decirle que estábamos bien, y nos reímos recordando que habíamos pasado por situaciones algo más complicadas y me pidió el teléfono y la llamó, sin conocerla, para decirle que no se preocupara, que también esta vez habíamos sobrevivido.

Después nos volvimos a ver un par de veces, en actividades de la FNPI, y siempre fue agradable, interesante. Pero al final nunca le pregunté por lo de la novela. Aquel día, cuando lo conocí, le llevé –qué pesadez– dos libros míos: una novela y una crónica. Kapu me dijo ah qué bueno una novela, la voy a leer antes de empezar el taller para refrescar mi castellano, nada mejor que una novela para recuperar la lengua. A mí me dio mucho gusto y le dije que gracias. Después, en su taller –que yo filmaba para un documental–, alguien le preguntó por sus lecturas: ensayos –dijo–, sociología, filosofía, política, historia, y sobre todo poesía: para saber escribir lo más importante es leer mucha poesía. Lo que no leo desde hace décadas es una novela –dijo–: no me interesan las novelas.

Cada cual arma su personaje como quiere, como puede. El maestro Kapu era un polaco pícaro y toquete, orgulloso y modesto, mirón inteligente, escritor impetuoso y cuidadoso, refunfuñón, atento, que admiro y a quien agradezco, sobre todo, que consiguió que millones de personas en todo el mundo supusieran que lo que hace un periodista –un periodista en serio, un buen periodista– puede ser gran literatura. Es curioso, pero se lo creyeron y, también por eso, la frase que le escribí aquella vez en su camisa blanca:“Con mi mejor envidia. Gracias!”.

Lo segundo que me dijo fue que él nunca en su vida había hecho una entrevista. Primero me había dicho buenas tardes encantado cómo está con esa cortesía un poco fría que afectan los polacos: un taconeo apenas perceptible, como si se cuadraran para saludarte. Y después eso:

–No, yo jamás entrevisté a nadie.

Lo que pasó fue que a mí se me había ocurrido una pregunta astuta para abrir el diálogo:

–¿Usted tiene alguna táctica, algún truco para empezar una entrevista?

–Yo nunca en mi vida hice una sola entrevista. Nunca jamás. A mí me hacen entrevistas, pero yo nunca hice ni una sola.

Insistió, y durante la semana siguiente se lo oiré repetir dos o tres veces: a Ríszard Kapuściński, el más reputado periodista vivo, debe importarle mucho que se sepa. Entonces yo le dije que podría estar de acuerdo en que la entrevista suele ser una solución de facilidad, treta del periodista para no tener que contar y/o pensar y limitarse a transcribir una charla.

–Sí, cada vez hay más, y es un género despreciable.

Remató él: no era la mejor manera de empezar una entrevista. Miré a mi alrededor pero no ví ningún disfraz de bayadera bengalí ni de cardiocirujano yanomami –ni siquiera de pekinés en celo– así que tuve que seguir haciendo de entrevistador..

El maestro tiene los pies tan chicos. Desde su primera salida de Polonia, en 1957, Ryszard Kapuściński ha caminado cinco o seis continentes, veintisiete revoluciones, doce guerras, tantas historias, con esos pies chiquitos que ahora calzan unos zapatos viejos lustrados con esmero. El maestro nació hace setenta años en un lugar que ya no es: la ciudad polaca de Pinsk, ahora la ciudad bielorrusa de Pinsk. Y en cuanto pudo se fue a conocer mundo. La agencia de prensa polaca lo nombró corresponsal en África; en esos días los africanos se dedicaban a echar colonos blancos y no se preocupaban por las buenas maneras.

–¿Y fue entonces cuando vio su primera guerra?

–No, mi primera guerra fue la invasión nazi cuando tenía siete años, y fue muy duro. Mis recuerdos de esa guerra son recuerdos de un hambre constante, días y días sin comer nada. Cuando terminó la guerra yo no podía entenderlo: para mí la guerra era el estado natural de la vida, me sorprendía que ya no hubiera tiros, bombardeos, hambre, muertos. Pero después he estado en muchas guerras, ya ni sé cuántas guerras.

–¿Se necesita alguna cualidad particular para ir a las guerras?

–Yo no iba, me mandaban. Me llamaban y me decían Ricardo, ahora hay guerra en Sudán, tienes que ir. Pero en esos tiempos no había emails, teléfonos por todas partes: era un periodismo de libertad. Ahora cada paso del corresponsal está dirigido por su jefe en la central: el jefe tiene más información en su pantalla que el corresponsal en el terreno; en cambio cuando yo me iba eran viajes de Colón, de descubrir mundos, y mi jefe no tenía ni idea, no sabía ni siquiera dónde estaba yo. Ahora la visión del mundo ya no es una creación de unos pocos periodistas alocados; la producen en las grandes oficinas de Nueva York o de Londres.

Durante décadas el maestro formó parte de un pequeño grupo de amigos que se encontraban de guerra en guerra, de catástrofe en crisis, de sequía en alzamiento, pero ahora dice que lo peor de todo eso eran las condiciones de vida, el hambre una vez más, el calor, el agua sucia, las noches en la selva: que es mucho más difícil cruzarse con una bala que con un bruto ataque de malaria. Aunque después diga que lo peor son esas guerras de soldados niños:

–Los niños son los peores porque no tienen sentido del peligro y, además, a menudo los drogan para mandarlos al combate. Es tremendo: no sólo es completamente inhumano; también es lo más riesgoso para el periodista.

El maestro es un clásico del periodismo moderno: nadie como él para alejarse de lo pasajero de la actualidad y dejar condensado en un relato una época, un lugar. Nadie como él para mirar y ver. John Le Carré dijo alguna vez que Kapuściński era “el enviado especial de Dios” y supongo que debe ser un elogio. Ha publicado unos veinte libros y le brillan los ojitos cuando me dice que ha sido traducido a treinta y dos idiomas y que algunos de esos libros tienen letras tan extrañas que sabe que son suyos por la foto. El maestro mezcla orgullo y distancia con humildad y calidez: las dosis cambian.

El maestro va a pasar una semana en Buenos Aires: viene para impartir un taller de crónica organizado por la Fundación Nuevo Periodismo –que preside Gabriel García Márquez– y dice que le gusta enseñar en América Latina porque en ningún otro continente el periodismo está tan ligado a la literatura.

–La crónica es literatura construida a partir del material de la realidad.

Repite en cuanto puede. Sus alumnos son una docena y media de periodistas venidos de toda América Latina que lo escuchan con unción al borde de la mística. El maestro sabe hablar fascinando; también sabe callarse. Uno de estos días, en el taller, alguien le preguntará qué recursos técnicos es lícito utilizar para escribir una crónica y el maestro dirá que hay que dejarse guiar por la intuición o sea: no dirá casi nada. Después, varios asistentes me confesarán que cuando lo escucharon pensaron, maravillados, que esa frase les abría nuevos horizontes, que esas palabras los guiarían a lo largo de toda su carrera.

–Para ser periodista hay que ser, ante todo, un buen hombre o una buena mujer: buenos seres humanos. Una mala persona nunca puede ser un buen periodista.

Me dice ahora, de vuelta en la entrevista denostada, y yo pienso en un par de conocidos que creí buenos profesionales. Quizás lo sean, pese a todo. El maestro habla mucho del respeto por la verdad y los valores éticos:

–Una sociedad no puede existir sin información, sin intercambio de opiniones. Ninguna sociedad puede existir sin periodistas. Nuestra profesión tiene una responsabilidad social extraordinaria.

–¿Y alguna vez le dio vergüenza ser periodista?

–No, al revés. Yo estoy muy orgulloso de ser periodista. Yo trato a esta profesión como una misión.

El maestro es cristiano, tiene un hermano misionero en Bolivia y a veces dice que él también lo es:

–El trabajo del periodista es como el del misionero, tiene que abrir caminos para que los pueblos se conozcan. La misión del periodista es hacer algo bueno por los otros: una obligación ética. Yo tengo una visión muy idealista de esta profesión.

No me entendió: yo le preguntaba por esas situaciones en que el periodista tiene que mantenerse fuera de una situación en la que su decencia lo llevaría a intervenir, el fotógrafo que gatilla mientras ruedan cabezas, y entonces el maestro dice que ése es un problema ético que se plantea muchas veces pero que no se puede resolver de una manera general:

–Ese fotógrafo tiene que decidir si sigue haciendo esas fotos, que pueden influir a través de la prensa para mejorar esa situación, o si se mete personalmente en el momento. Hace unos años un equipo de la CNN filmó cómo una multitud arrastraba el cuerpo de un soldado americano por las calles de Mogadiscio, la capital de Somalia. El equipo podría haber tratado de intervenir pero siguió filmando, y sus imágenes conmovieron a la opinión pública y obligaron al gobierno de Bush padre a repatriar la expedición americana. Pero cada caso es una historia diferente y, en general, la instalación de una idea en la opinión pública es un proceso muy lento. La opinión pública va siempre por detrás de los hechos, y esa lentitud facilita mucho las decisiones políticas: cuando los políticos toman una decisión, la opinión pública todavía no está despierta, atenta al asunto.

–¿Es tonta la opinión pública?

–No, no es tonta, pero es una masa tan grande que necesita mucho tiempo para ponerse en marcha. Y a veces cuando se pone ya es demasiado tarde.

En el taller del maestro hay un periodista de La Repubblica de Roma que anota sin parar:

–No, yo no participo en el taller. Yo vine especialmente para hacer una nota tipo “a la escuela con Kapuściński”.

–¿En serio, tanto viaje para esto?

–Bueno, en Italia el maestro es una verdadera star.

El año pasado, en su primer taller, en México, García Márquez se apareció una mañana y se sentó a la mesa. Entonces el maestro le dijo por favor Gabo, cuéntanos tu experiencia.

–No, yo estoy acá para aprender.

Dijo el colombiano, y cuentan que el polaco se emocionó como una colegiala. Hemos hablado mucho, esta semana, de él y lo que ha escrito. El maestro dice que nunca reconoce lo que ha escrito, que escribe sin saber qué va a escribir y que lo olvida en cuanto lo escribió y que no se relee.

–Yo empecé como poeta, lo primero que publiqué fueron poemas, y todavía escribo poesía. Los únicos que realmente se ocupan del idioma son los poetas: para ellos el lenguaje es lo más esencial. Por eso, si se quiere tener un buen idioma, escribir de una manera bella, hay que leer constantemente poesía: no hay otra fuente de belleza, de riqueza, de frescura para el idioma. Por eso yo desde hace años ya no leo ninguna novela, pero sigo leyendo poesía.

Dice el maestro y yo trato de disimular mi sobresalto. Un día los talleristas discutieron un caso en que uno de ellos había omitido algunas declaraciones de un entrevistado porque quería protegerlo, porque pensaba que esas palabras podían dar una impresión equivocada sobre el personaje. El debate fue arduo, hubo algún exabrupto e incluso alguna lágrima. Al final, el maestro zanjó: dijo que, «por principio, la obligación del periodista es decir la verdad siempre» y la discusión quedó cerrada. La palabra verdad tiene muchos poderes.

–Pero hay que aclarar que la objetividad no existe: incluso en un despacho de agencia, cuando uno selecciona lo que va a contar ya está eligiendo, poniendo su subjetividad en la elaboración de la noticia. Yo no querría usar una palabra dura, pero en esto de la objetividad hay mucha apariencia…

–Por no decir engaño.

–Por no decir engaño.

El maestro sonríe. Por sus fotos, por sus libros, me lo imaginaba poderoso y altivo, con cierta prepotencia de grandote eslavo, pero todo en él es chiquitito: manos, ojos grises, esos pies en los zapatos muy lustrados. Su español es bastante bueno; a veces entiende lo que le dicen, otras no. El maestro habla español con ese acento polaco que supo ser el de mi abuelo y que, en los últimos veinte años, hemos aprendido a reconocer como la voz de Dios sobre la Tierra.

–Yo no creo en la distancia del periodista. Yo estoy por escribir con toda pasión, con toda emoción; los mejores textos periodísticos están hechos de pasión, de implicación personal en el tema. La teoría de la objetividad es totalmente falsa: la objetividad produce textos fríos, produce textos muertos.

El maestro extraña una supuesta edad de oro del periodismo donde sus practicantes eran honestos, respetados, conocidos. Todo nostálgico es un optimista; cree, con fruición, que algún tiempo pasado fue mejor:

–Cuando uno de esos periodistas iba por la calle todos lo miraban, le preguntaban cómo está, trataban de charlar con él.

Yo sospecho que esos tiempos no existieron nunca –que siempre hubo de esos periodistas y también de los otros– pero Kapuściński dice que esto cambió mucho en los últimos veinte o treinta años porque ahora el periodismo escrito es sólo una parte reducida del mundo de los medios dominados por la televisión, porque la noticia en los grandes medios es el producto de una larga cadena de personas, porque se perdió el orgullo por el producto y la responsabilidad personal del periodista y, sobre todo, dice, porque se descubrió que la noticia es un gran negocio:

–Este descubrimiento es fundamental, porque hizo que el gran capital se metiera en nuestra profesión. Normalmente el periodismo no era un gran negocio: se lo hacía por ambición o por sentido de misión. Ahora, con el gran capital, empezaron a manejar el mundo de los medios señores que no son periodistas, que ni siquiera les interesa el periodismo. Ellos tratan al periodismo como a cualquier otro medio para conseguir grandes ganancias. Entonces nosotros, los soldados y obreros de esta profesión, por un lado, y los patrones de los medios, por otro, ya no tenemos ni siquiera un lenguaje común. Nuestro valor más importante solía ser la búsqueda de la verdad. Ahora ya tu jefe no te pregunta si tu noticia es verdadera; te pregunta si es interesante, si se va a vender bien. Este es el cambio más profundo del mundo de los medios y de su ética. Ahora el periodista en vez de buscar la verdad busca la historia sensacional, la que pueda salir en la primera página.

Dice el maestro, y que por esa búsqueda de lo espectacular los grandes medios dan una información parcial, muy deficiente:

–Los americanos no tienen ni idea de dónde está Irak, por ejemplo, quiénes viven ahí, qué problemas tienen, quiénes son sus vecinos. Sólo conocen el nombre y las tonterías que dicen los políticos y las grandes cadenas de televisión. Lo mismo pasa con el Islam: imaginan que es una gran fuerza unida para el mal. Yo a veces les he preguntado señores, cuál fue la guerra más mortífera de la segunda mitad del siglo XX, y nunca saben qué decirme. Y resulta que fue la guerra de los años 80 entre Irán e Irak, dos países islámicos. Y eso los grandes medios electrónicos no lo cuentan nunca.

Dice, se sonríe. El maestro es cascarrabias pero sabe que su sonrisa le compra indulgencias. El maestro es tímido, agradece todo mucho, y tiene una mirada capaz de mostrarse sorprendida. El maestro no pierde ninguna oportunidad de abrazar mujeres circundantes. El maestro, más que nada, no para de hacer preguntas, de interesarse por todo todo el tiempo: la única forma de enseñar es no pensar que ya no queda nada que aprender.

–¿Y es cierto que entre ellos hay muchos delincuentes?

Me pregunta ahora, señalándome con la mano la tribuna de la hinchada de Boca: el maestro lo mira todo con avidez, con hambre. Las banderas, los gritos, la luz relampagueante. Anoche escuchó tangos hasta cerca del alba. Fútbol, tango: los argentinos siempre mostramos lo mismo. Debe ser mucho lo que queremos ocultar.

Ryszard Kapuściński se resiste a dar tips, a narrar experiencias concretas, a contar anécdotas: quizás 45 años de contar historias produzcan ese efecto. Pero en un momento me dice que lo más importante para escribir buenas crónicas es entenderse con la gente del lugar, que te sientan cercano, respetuoso, Y dice que, para eso, es básico aceptar su comida:

–El primer contacto suele ser que te invitan a su mesa y ellos miran si uno come con gusto o si está molesto.

–¿Y si no le gusta la comida?

–Hay que mentir. La mentira es un arma muy importante, indispensable.

Dice, y se sonríe con cara de mira qué pícaro me pongo. A veces el maestro tiene cara de gnomo bribonzuelo: los pocos pelos de la cabeza se le rizan hacia arriba y las cejas también, luciferinas. El maestro suele repetir que es humilde y yo sospecho que no hay nadie tan orgulloso como quien se jacta de su humildad. Después vuelve al estado actual del mundo, su tema recurrente:

–Ahora tenemos cada vez más millonarios y cada vez más pobres: lo que más ha crecido en el mundo es la injusticia.

–¿Y por qué cree que miles de millones soportan esa desigualdad, esa pobreza?

–Yo creo que la pobreza no es una fuerza revolucionaria: es una situación que convierte al hombre en un ser muy pasivo. La pobreza no es sólo material: es también social y psicológica. El pobre no lucha, porque para luchar por algo se necesita poder imaginarse un objetivo, un futuro mejor. Y el que tiene hambre no tiene tiempo ni ánimo para imaginar nada que no sea cómo pasar el día de hoy, de dónde sacar la próxima comida. Por eso esa gente no es capaz de organizarse, de luchar.

–Usted ha estado en muchas revoluciones. ¿Hay algo común en todas ellas, que le permita entender cuándo y cómo pueden producirse?

–Es muy dífícil, porque en la mayoría de los países las condiciones para la revuelta están dadas siempre, y sin embargo esos movimientos aparecen de pronto en un lugar igual a tantos otros. Pero ésas no son revoluciones, son revueltas que revientan de repente, duran unos días y desaparecen. Son sólo movimientos de rabia, de odio, de destrucción…

–Es lo que más se ve actualmente. Como no hay modelos políticos alternativos para intentar, es más difícil pensar en movimientos revolucionarios clásicos…

–Sí, la época de los movimientos organizados revolucionarios se terminó porque cambiaron las sociedades. Estas sociedades ya no tienen divisiones claras, por eso ya no pueden organizarse en movimientos sociales como los partidos, los sindicatos. En el mundo contemporáneo no hay más revoluciones.

Dice, y no me queda claro si el quiebre de su voz es por nostalgia.

¿Para qué sirve la crónica?

Hace unos días el Festival Gabo, que organiza la Fundación homónima -es decir Gabo- me invitó a dar una charla -¿magistral?- sobre la crónica. Aquí está, dividida en dos partes por razones de peso.

Aquí, las preguntas de quienes las hicieron y sus respuestas -las mías:

Por la peste

D.Y.

Fotos: Dani Yako

Epígrafes: Martín Caparrós

.

Mi amigo Dani Yako, que ya ha pasado por estas ¿páginas?, es un gran fotógrafo. Es, también, un gran neurótico: se ha pasado su casi medio siglo de profesión despotricando contra cualquier tecnología más o menos nueva, fiel a su leica y sus negativos blanco y negro y sus copias de artesano, papel y celuloide y el olor de esos líquidos mágicos.

Por eso todavía conserva sus máquinas y su laboratorio, un lugar no muy lejos de su casa donde iba a trabajar casi todos los días. Pero la pandemia, como a todos, lo atacó y le hizo un daño que quizá sea un favor: encerrado, no tuvo más remedio que usar su teléfono para registrar y contar lo que veía, lo que vivía en ese mundo breve.

Durante más de seis meses de encierro Yako mandó a sus amigos, cada día, una foto que lo sintetizaba. Yako siempre trabajó en blanco y negro; estas eran en color. Yako siempre buscó un realismo despiadado; estas solían ser abstractas. Yako, queda dicho, siempre usó celuloide y papeles; estas son puro digital.

La pandemia nos está cambiando de formas que no sabemos, que no podemos todavía calibrar. Uno de esos cambios –un pequeño paso para la humanidad, uno tan grande para Yako– es este, estas fotos totalmente inesperadas con las que fue contando y pensando el encierro, la asfixia de no poder hacer lo que sabíamos: en esa traba había una puerta.

La traba era la puerta.

Yako la abrió –y esas fotos, las 200 y pico, serán seguramente un libro, uno de los relatos más sugerentes de estos meses que todavía no terminaron, que no nos terminaron, que ahora empezamos a contar. Estas fotos son un relato de este tiempo y son, también, una metáfora de algo: la fuerza de ese instinto que nos lleva a buscar, cuando no encontramos lo habitual, lo que no habíamos pensado todavía, lo que no queríamos pensar.

No solemos hacerlo: nuestras vidas funcionan sin eso. Pero un tsunami como la peste nos devuelve la necesidad y reaparece: ese impulso tan raro es, al fin y al cabo, lo que nos hizo hombres.

Hacer lo que no hacíamos, salir de los encierros.

Abrir los ojos, caminar a ciegas.

Buscar entre las sombras, exponerse:

caer si acaso.

O no caer y ser

ligeramente otro, ser

lo que antes no, ser

sin saber: caer.

Hacerse en la caída.

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