un cuarto –medio medio– propio

Categoría: Crónicas

Por la peste

D.Y.

Fotos: Dani Yako

Epígrafes: Martín Caparrós

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Mi amigo Dani Yako, que ya ha pasado por estas ¿páginas?, es un gran fotógrafo. Es, también, un gran neurótico: se ha pasado su casi medio siglo de profesión despotricando contra cualquier tecnología más o menos nueva, fiel a su leica y sus negativos blanco y negro y sus copias de artesano, papel y celuloide y el olor de esos líquidos mágicos.

Por eso todavía conserva sus máquinas y su laboratorio, un lugar no muy lejos de su casa donde iba a trabajar casi todos los días. Pero la pandemia, como a todos, lo atacó y le hizo un daño que quizá sea un favor: encerrado, no tuvo más remedio que usar su teléfono para registrar y contar lo que veía, lo que vivía en ese mundo breve.

Durante más de seis meses de encierro Yako mandó a sus amigos, cada día, una foto que lo sintetizaba. Yako siempre trabajó en blanco y negro; estas eran en color. Yako siempre buscó un realismo despiadado; estas solían ser abstractas. Yako, queda dicho, siempre usó celuloide y papeles; estas son puro digital.

La pandemia nos está cambiando de formas que no sabemos, que no podemos todavía calibrar. Uno de esos cambios –un pequeño paso para la humanidad, uno tan grande para Yako– es este, estas fotos totalmente inesperadas con las que fue contando y pensando el encierro, la asfixia de no poder hacer lo que sabíamos: en esa traba había una puerta.

La traba era la puerta.

Yako la abrió –y esas fotos, las 200 y pico, serán seguramente un libro, uno de los relatos más sugerentes de estos meses que todavía no terminaron, que no nos terminaron, que ahora empezamos a contar. Estas fotos son un relato de este tiempo y son, también, una metáfora de algo: la fuerza de ese instinto que nos lleva a buscar, cuando no encontramos lo habitual, lo que no habíamos pensado todavía, lo que no queríamos pensar.

No solemos hacerlo: nuestras vidas funcionan sin eso. Pero un tsunami como la peste nos devuelve la necesidad y reaparece: ese impulso tan raro es, al fin y al cabo, lo que nos hizo hombres.

Hacer lo que no hacíamos, salir de los encierros.

Abrir los ojos, caminar a ciegas.

Buscar entre las sombras, exponerse:

caer si acaso.

O no caer y ser

ligeramente otro, ser

lo que antes no, ser

sin saber: caer.

Hacerse en la caída.

La ciudad aymara

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Este domingo el MAS ganó con más de la mitad de los votos las elecciones bolivianas. El Alto, donde el nuevo presidente electo cerró su campaña el miércoles pasado, siempre fue uno de sus bastiones. Yo estuve allí en febrero último, trabajando para mi próximo libro, un intento de entender y contar qué es ahora Latinoamérica.

El Alto es la segunda ciudad más poblada de Bolivia, ciudad nueva, ciudad aymara, ciudad sorprendente.

Martín Caparrós

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En El Alto abren malls

o shopping centers o incluso centros comerciales:

ya son tres.

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En este mall recién abierto, a medio abrir, en obras, el chico de ocho o nueve grita desde lo alto de la escalera mecánica a su padre y su madre, abajo todavía, los dos cuarentaytantos, ella una nena en brazos, los dos ropas baratas y sus caras curtidas, mamá, papá, suban, no tengan miedo, no tengan miedo, suban, y el padre tienta con un pie vacilante el escalón moviéndose y da un saltito atrás y el hijo desde arriba no tengan miedo papá mamá no tengan miedo pero papá y mamá, él cabizbajo, ella detrás, los dos callados, caminan unos metros hasta que encuentran una escalera inmóvil y empiezan a subirla.

Quizá con esto ya esté todo dicho; quizá, no todavía.

Quizá no, todavía.

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El Alto se llama así porque está arriba de La Paz, la ciudad principal de Bolivia, a 4.000 metros de altura. El Alto es una de las ciudades más nuevas del continente; en 1984 era una pampa desolada y sus casitas y ahora tiene un millón de habitantes y es la segunda de su país, tras Santa Cruz. El Alto es una ciudad hecha de migrantes: ninguna representa mejor el movimiento del campo a las ciudades que cambió la región en las últimas décadas. Y El Alto es una ciudad india, la más grande de América: tres cuartos de sus habitantes son de cultura aymara y unos cuantos, quechuas. El Alto es nueva, sintética, sincrética, simbólica. El Alto es, además, un lugar donde vive mucha gente.

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–Imagínese, joven, lo que era esto cuando yo llegaba. El viento, nomasito, el viento.

Don Jaime tiene 78 años; dice que ha trabajado mucho y que ya está retirado.

–Pero la hicimos, joven, acá está, la hicimos.

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En 1985, un gobierno neoliberal cerró muchas minas: miles y miles de mineros se quedaron sin trabajo –y muchos migraron hacia El Alto.

–Mi papá es de la mina, él es minero, de la Caracoles. Nosotros nacimos ahí, yo y mis seis hermanos, era el mejor momento del estaño. Yo crecí ahí, a 5.000 metros de altura, en medio de la nieve. Pero en esa época los mineros tenían muchas cosas, teníamos las mejores escuelas, buena sanidad…

Me dice Marco, activista aymara, periodista respetado. Su familia se instaló en El Alto; él extrañaba los páramos blancos de su infancia. Más tarde empezó a extrañar también la vida comunitaria del pueblo minero, sus escuelas, sus cuidados; en la ciudad, en cambio, cada cual se buscaba la vida por su cuenta.

–Esa violencia histórica creó El Alto. ¿Por qué vino la gente? Vino expulsada por el Estado, los mineros por el cierre de las minas, los campesinos porque vivían de vender sus productos a esos mineros y esperaban trabajar en la mina alguna vez. Entonces vinieron a El Alto porque era lo que podían, pero también traían esas aspiraciones de modernidad, de ser parte de la gran ciudad. Yo siempre pienso en esa película donde sale un indiecito que mira la ciudad desde lejos, que su aspiración es vivir en esa ciudad. Pero la ciudad que había los rechazó, ¿no? Entonces se quedaron en este territorio y se construyeron una ciudad propia.

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Son miles y miles de personas que dejaron la producción primaria –minerales, comida– para pasar, la mayoría, al comercio de todo, cualquier cosa. O, si acaso, a servicios: choferes, albañiles, mecánicos, reparadores varios. Gente que fue de la producción a la circulación: la marca de estos tiempos.

El cambio más decisivo de estos tiempos.

A fines del siglo XX El Alto era más que nada casitas de adobe y calles de barro, patios y animales pero crecía, insistía: ya empezaba a dejar de pensarse como un suburbio de La Paz y se creía ciudad, un lugar diferente y autónomo.

En septiembre de 2003 El Alto, que acababa de cumplir 18 años, mostró su mayoría irrumpiendo en la escena nacional. Gobernaba Bolivia Gonzalo “Goni” Sánchez de Lozada, un señor que hablaba con acento inglés y ya había vendido casi todas las empresas públicas a capitales privados. En esos días el señor Goni anunció un plan para exportar torrentes de gas a Estados Unidos y México a través de Chile, baratísimo y privatizado, gran negocio para empresas extranjeras. El MAS de Evo Morales, que acababa de entrar en el Congreso, y otras fuerzas indias y rurales se oponían: pedían que el gas se usara en el desarrollo interno de un país donde más de la mitad de las personas no tenían electricidad y nueve de cada diez campesinos eran pobres.

La oposición se jugó en calles y carreteras, y llegó al paroxismo aquel 12 de octubre, cuando un convoy de camiones cisterna trató de salir de la planta de hidrocarburos de Senkata, un barrio alejado de El Alto, para abastecer a La Paz, que se estaba quedando sin combustible. Miles de vecinos lo bloquearon; la policía y el ejército mataron a unos 50 manifestantes pero el bloqueo se mantuvo. Las peleas siguieron en las calles de El Alto y de La Paz; cinco días después el señor Goni tuvo que renunciar. Lo sucedió su vicepresidente, Carlos Mesa; dos años después las movilizaciones –sobre todo alteñas– por la nacionalización del gas lo echaron a su vez. Hubo elecciones y consagraron presidente, con el 54 por ciento de los votos, al indio Evo Morales. Y El Alto se consagró también como una fuerza política temible: el peso de los pobres, el poder de la calle.

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–A mí me gustaba más cuando no era tan grande, caserito. Ahora uno se pierde, ya no conoce a nadies. Antes sí me compraban porque me conocían.

Doña Mercedes tiene setenta largos y vende frutas en la calle, arrugas como tajos, su sombrero, polleras desteñidas.

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Ahora el color dominante es el ladrillo, las casas sin revoque; también hay casas pintadas de colores, y amarillo. Las que se intentan elegantes tienen vidrios espejados de colores intensos: el colmo de la modernidad en estos rumbos. Y hubo un cura alemán, Sebastián Obermaier, que la sembró de iglesias con sus torres para que se vieran de lejos, desde más alto todavía. Muchas iglesias, multitud de torres, trincheras contra el evangelismo.

.–El Alto realmente es una articulación entre dinamita y kurawa, un resultado de las dos violencias unidas.

Dice Marco, los pelos revueltos, las canas que ya asoman, la voz precipitada. La dinamita es común en la mina, la kurawa es una honda que usan los campesinos; entre las dos armaron ese espíritu de lucha que prendió en El Alto, y su desconfianza, su ruptura con el Estado boliviano.

–El Alto debe ser una de las ciudades alteradoras frente a las ciudades coloniales de Latinoamérica. Las ciudades coloniales siempre se constituyen a partir de un centro único, esa plaza donde está la catedral, el poder político, las familias privilegiadas… El Alto no tiene nada de eso. Por no tener, ni un centro tiene.

En estas décadas los migrantes del campo se instalaban en esos barrios de invasión alrededor de las capitales, donde siguen viviendo todavía, despreciados, temidos, marginales. El Alto es uno de los pocos casos –¿el único?– en que esos migrantes construyeron una ciudad que, poco a poco, dejó de ser un satélite para ser una ciudad autónoma, una ciudad en sí misma.

En El Alto hay poco oxígeno, calles asfaltadas, casas bajas, calles de tierra, edificios más altos, calles desiertas, calles atestadas; hay, alrededor por varios lados, unas montañas nevadas majestuosas como para decirte que existe aún más alto y, por otro lado, más abajo, ese agujero de techos rojos y algunos rascacielos al que llaman La Paz. Y hay tsunamis de cables en el aire y tsunamis de personas en el centro y hay trancaderas –o trancones o atascos o embotellamientos– en las avenidas pero no son coches particulares sino minibuses y otros transportes públicos. Y hay por todas partes vendedoras de todas las comidas, sus polleras, sus sombreros de copa, sus bebés a la espalda: aquí las llaman cholas. Y en el centro hay multitudes y en los barrios nadie. Y entre tanto ladrillo sin revoque, tanta casa inconclusa, tanta calle vacía, una plaza chiquita huele a miel. Es casi nada, un triángulo de quince por quince con un monumento de lata de un marcianito raro pero está llena de unas flores blancas chicas que huelen a miel. La plaza no tiene bancos ni juegos, no hay lugar para estar: puras flores, puro despilfarro. Es raro caminar por aquí y, de pronto, la miel. Es fuerte construir, en un sitio al que le falta tanto, una plaza con olor a miel. Alguna vez alguien escribirá que el deseo es una plaza con olor a miel.

Ojalá, alguna vez, sea yo.

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Aquí el tiempo cambia todo el tiempo. Nunca se sabe si realmente hay sol, si realmente llueve –y realmente no dura más de diez minutos. Yo no sé si eso influye. Lo peculiar, lo raro de El Alto es que ahora, a 35 años de su fundación, se ha convertido en una sociedad con clases, muy distintas clases. Y tiene, por supuesto, sus mitos de origen.

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Roy tiene 28 años, su aspecto pulcro, tan correcto. Roy es un joven emprendedor aymara, hijo de una de esas familias que armaron clases en El Alto, y ahora me cuenta la historia de uno de ellos: un pariente jovencito que había llegado de su pueblo y quiso aprender costura pero nadie le daba la oportunidad, decía, “y entonces he entrado de ayudante, limpiaba, recogía, dice, y en esas conocí a una cholita que vendía comida, dice, entonces me enamoré de esa cholita, dice, y me busqué otro taller donde sí me empezaron a enseñar a costurar y ya estaba con esa cholita y nos juntamos y entonces en las noches, dice, preparábamos la comida hasta las diez, once de la noche, nos dormíamos y a las cuatro o cinco ya nos íbamos y empezábamos a vender comida, calditos, y a las ocho de la mañana, siete, yo ya estaba de nuevo costurando, dice, y así hemos empezado a ahorrar dinero, dice, y ya me volví buen costurero, buen sastre, y he empezado a agarrar contratitos y después pude abrir mi tienda y ya necesitaba tener más personal, más máquinas, entonces les dije a mi gente del campo, a mis sobrinos los he traído y vivíamos todos en un cuarto, dice, de cuatro por cuatro, ahí vivíamos todos, dormíamos en colchonetas, asilados, y el taller era ahí mismo, al frente, ahí trabajábamos y vendíamos. Y así hemos empezado a mejorar y hemos ahorrado dinero, dice, y también nos prestamos dinero en el banco y pudimos viajar, dice, fuimos a la India y empezamos a traer tela para hacer nuestros trajes, salía mucho mejor, y después trajimos ya para distribuir, dice”, dice Roy que decía su pariente, “y que poco a poco empezó a vestir a todos los hermanos de las fraternidades que bailan acá en El Alto y ya después puso una sastrería muy conocida, la Juventus, y ahora es un empresario grande, gana millones, y su mujer mientras tanto abrió su restaurante pero después ya no quería seguir con eso, se lo dejó a alguien y empezó a importar electrodomésticos, ya tienen tiendas en el centro, y después se construyeron su cholet”, me cuenta Roy, y que una vez que fue a verlos muy temprano la mujer estaba limpiando la sala enorme del cholet porque había habido una fiesta y que su hijo menor, cinco o seis años, también estaba con ella, barriendo con una escobita casi de juguete, trabajando a las siete de la mañana, y que él le preguntó por qué estaba limpiando en lugar de pagarle a alguien que lo hiciera y que ella le dijo que qué tiene, que si hay que limpiar ella lo limpia, o no tenemos manos, nosotros, no tenemos pies, dice que le dijo. Y que estos emprendedores aymaras lo que nos han demostrado es que se trabaja las 24 horas. Si quieres generar dinero tienes que trabajar tres veces más que una persona normal, esa es la fórmula. Sí, son gente que se explota a sí misma, pero lo hacen porque saben lo que quieren y saben que esa es la única manera, dice Roy: la única manera.

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Y que así, quizá, tampoco lo consiga.

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Pero los nuevos ricos del cholet desprecian la formación tradicional, y no quieren que sus hijos hagan esas cosas:

–¿Qué va a hacer? ¿Va a estudiar economía o medicina o algo así y va a ser un empleado en un hospital, en un ministerio,  en una empresa? ¿Con el sueldo de un empleado? Se va a morir de hambre…

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Alguna vez algún sociólogo estudiará, en El Alto, cómo se pasa de una comunidad donde prima la solidaridad, el esfuerzo compartido, a una donde el modelo consiste en buscarse la vida para salvarse –solo. En hacerte con ciertos bienes que te darán la sensación de que hiciste lo que querías, que lo tienes; en lanzarte a ese camino de logros personales que el capitalismo señala como el gran camino. Ese día, ese sociólogo irá a la feria de la plaza La Paz a ver las alasitas.

Las alasitas son una tradición aymara que la Unesco declaró, como casi todo, Patrimonio de la Humanidad hace unos años, y que consiste en comprar, bendecir y al fin quemar pequeñas cerámicas o tallas que representan lo que cada quien quiere –para conseguirlo. Verlas, entonces, es ver un catálogo de los deseos alteños: cochecitos –muchos cochecitos–, casitas de colores, negocios –como la carnicería con el cartel “Carne de Chancho” o las farmacias o las licorerías–, pero también fajos descarnados de billetes de dólares, cofrecitos que rebosan oros y brillantes e incluso tesis de grado, diplomas de médico o de oficial del ejército, un mandamiento de libertad provisional o una sentencia de divorcio..

Se compran muy barato; lo difícil es creer y hacer bien el ritual. Roy, el atildado, me decía –frente a su mesa llena de cochecitos, camioncitos– que “las alasitas son como el contrario de Navidad, aquí en la cultura aymara, estaban mucho antes. A mí me nace comprar mis alasitas, gallinitas, autitos, un ekekito, toritos, y hay que hacerlos bendecir, hacer toda la cosa… Porque te va naciendo, como que tu fe va cobrando vida. Y eso que yo no creo, pero tu fe va cobrando vida sin querer.”

El cartel, primero, me causó indignación o sorpresa –que son formas distintas de lo mismo. El cartel, entre muchos, pegado en una cartelera de buscar empleados, vender casas y coches, decía que “se necesita cholita o señorita” para “ayudante de pensión”: le ofrecían 1800 bolivianos por mes trabajando de lunes a viernes, sin horario claro; 1800 bolivianos son unos 250 dólares. Después ví que “cholita o señorita” era una fórmula consagrada: se repetía en muchos carteles. Otra “cholita o señorita para ayudante de cocina” tendría un sueldo mensual de 1200 –unos 170 dólares– y así de seguido. Y después me explicaron que la fórmula se usa sin más vueltas: que una cholita es una mujer joven vestida según la tradición, con sus polleras y ese bombín que llaman borsalino, y señorita una vestida como cualquier mujer del continente.

En El Alto, en las calles de El Alto, muchas mujeres usan sus ropas clásicas, varias polleras y el sombrero, su ponchito. Aquí también son las mujeres las que cargan con el peso de mantener las tradiciones; sus hombres, más ligeros, se visten como cualquier hombre latinoamericano más o menos pobre.

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Son 4.000 metros de altura. Aquí los forasteros acostumbrados a respirar la pasan mal: no es un lugar donde cualquier persona –que no sea del Altiplano– pueda venir impunemente. La ciudad de inmigrantes solo recibe amable a ciertos inmigrantes.

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Pero es difícil pensar El Alto sin el MAS, el aymara Evo Morales y su puesta en valor de esos pueblos desdeñados, los indígenas. Que un presidente lo fuera fue un cambio radical. Una forma de enseñar a millones a decir que sí, soy indio, ¿y qué?

O, más brutal: Sí, soy indio, pero no soy tu indio.

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–Es bueno vivir entre nosotros, no vivir en un lugar donde todo el tiempo te hacen sentir distinto, menos bueno. A mí eso me gusta de vivir acá.

Don Hipólito tiene más de sesenta, la nariz de aquel cóndor, una bolsa que carga con resoplos. Camina despacito, para, charla.

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Aquí parece que todos vendieran algo –y debe ser cierto o casi cierto. Porque también hay algunos que son maestros o funcionarios o albañiles o médicos o abogados o policías o ladrones, pero se diría que todos ellos –y sus esposas– también venden. Desde los más humildes, más precarios –una señora de polleras sentada en el suelo con cinco trocitos de queso extendidos sobre una bolsita de plástico verde, una señora de polleras con un montoncito de diez higos apiñados sobre un plástico transparente– hasta los que triunfaron y despliegan sus negocios de electrodomésticos con nombres que recuerdan a su mamá, su pueblo o su triunfo.

Es el espíritu emprendedor que comparten el dueño de un cholet y la chola que vende ají de gallina en la puerta. El espíritu de El Alto, la idea de que se puede crecer con el esfuerzo comercial o empresarial, que hay que buscarlo por sí mismo, que si acaso el gobierno no te debe joder más de la cuenta –y si lo hace, de tanto en tanto hay que recordarle cuál es su lugar–, que lo importante en la vida es “progresar”, entendido el progreso como el logro de mejoras materiales personales. El Alto es la reunión de centenares de miles de personas que coincidieron en buscarse la vida, en hacerse una vida distinta de la que ya tenían. Y buscarla cada uno por su cuenta aunque, de tanto en tanto, todos se junten para que los dejen seguir buscando por su cuenta: para que no les arruinen su posibilidad.

–Aquí todas las casas tienen machones, y el machón te está dando un mensaje: esto no para, vamos a seguir. Vienen los de afuera y dicen puta, estos pobres no terminan su casa. No es eso, no entienden: es la idea de que vamos a seguir adelante, que lo vamos a mejorar, siempre a mejorar.

Dice Marco. Que nunca nada es como es ahora: que siempre hay un futuro y que el futuro está hecho de ladrillos, algo sólido y propio. Machón, aquí, es cada uno de esos hierros erectos que sobresalen del techo de una casa, que permiten agregar otro piso. Y los llaman machones.

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.El Alto, entonces, podría ser el caso perfecto para alegrar a cualquier pesimista social: un grupo donde todos o casi todos, en su origen, eran migrantes parejamente pobres y que, en una o dos generaciones, consigue dividirse en clases bien marcadas, producir sus ricos, sus poderosos, desigualdades bien marcadas.

.Hay gritos, los anuncios son gritos y más gritos. Un cincuentón bajito con sombrero de cowboy, la cara hinchada, lentes oscuros, chaqueta y pantalón de cuero negro muy gastados, las botas con herrajes, grita el destino de un minibus con palabras que no llego a entender. Le pregunto.

–Es aymara, ¿qué quiso imaginarse?

Me contesta, casi belicoso, y se ajusta el sombrero:

–¿O dónde se cree que está, mi amigo?

 Alrededor, el mercado son kilómetros y kilómetros de puestos donde, dicen, se puede comprar literalmente cualquier cosa. El mercado se llama 16 de Julio, se celebra jueves y domingos y los alteños dicen, insisten en decir, que es el segundo mayor del continente después de La Salada, en el Gran Buenos Aires. El mercado 16 de Julio es como la culminación de ese espíritu comerciante que domina El Alto: el lugar donde se lo celebra y reverencia, el lugar donde se lo pone en escena en un teatro enloquecido. Aquí mercado es casi todo, pero el Mercado 16 de Julio es la más alta expresión de esa actividad que –dicen todos– hizo de El Alto lo que es..

–…y atención, para esa madre trabajadora, para esa señora que trabaja más que el hombre,  nosotros le estamos ofreciendo los productos maravillosos a los que hemos puesto por nombre “Enfermedades de la mujer”. Y esto es una maravilla, porque estos productos “Enfermedades de la mujer” son totalmente efectivos para las inflamaciones, infecciones a los ovarios, infecciones a la matriz, para esa madrecita que camina con ese problema del sexo blanco, el sexo amarillo, irritaciones, escozores. Muchas personas creen que esos problemas no pueden solucionarse y les crean muchas dificultades en sus matrimonios, en sus vidas, el marido les hace reproches, todo se vuelve más difícil, pero esos problemas pueden solucionarse con nuestros productos de medicina natural tradicional que aquí mismo…

Recita la voz grave de un altavoz en medio del mercado.

Aquí vender comida es cosa de mujeres. Ni un hombre –ni un solo hombre– en los cientos o miles de puestos que venden todas las variedades conocidas de la papa y otras más, cualquier verdura, arroz, maíz, fideos, granos varios, huevos, uvas, uchuvas, tunas, chirimoyas, mangos, manzanas, duraznos, peras, higos, bananas muy maduras, truchas y otros pescados crudos y fritos, carne de pollo y vaca y cerdo cruda y frita y seca, salchipapas, galletas, ajíes, sajtas, sopas, golosinas, hojas de coca, condimientos, pimientos, hierbas con y sin flores.

Son mujeres: solo mujeres en la entrada, la zona de nada más comida. Después todo se va mezclando: adentro del mercado puestos venden –por estricto orden de aparición– guantes de moto, cascos de moto, futbolines de madera hechos a mano con camisetas pintadas de Bolívar y Strongest o del Real Madrid y Barcelona, bolsos y bolsas, camisetas de fútbol, camisetas pantalones y remeras de marcas que no son, ruedas de bicicleta, ruedas de moto, dentífricos y cremas, jabones y papel higiénico, más papel higiénico, más papel higiénico, chips para celulares, choripanes, sopas, revoltijo de muñecas desnudas, criquets para cambiar ruedas pinchadas, herramientas diversas, clavos clavitos tuercas y tornillos, radios, televisores, plantillas de zapatos, lámparas y cables, partes nuevas de coche, partes de coche usadas, motores de coche, calcetines, guirnaldas para fiestas, montañas de ropa usada sucia para revolver, vírgenes de Copacabana y otras vírgenes cristos santos santas, perfumes truchos, relojes, toallas mantas sábanas, adornos chinos, bufandas que dicen “Tu envidia es mi bendición” y otros mensajes, anteojos negros, anteojos transparentes, gorras, pegatinas, tinturas para ropa, tinturas para pelo, protectores de pantalla para celulares, zapatillas –calles y calles llenas de zapatillas–, asientos para coches, dinosaurios de goma, anillos de latón, globos terráqueos, paraguas, llaves y candados, empanadas salteñas y pancitos, licuadoras, coches usados pero muy lavados con sus precios en dólares escritos en el vidrio, cuadernos agendas y marcadores de colores, grifos y lavabos, cinta para pegar billetes rotos, sacos usados, colección de barbis, abrigos usados de piel falsa, corbatas usadas, mantas y frazadas, pescado frito, pescado refrito, charquekán de Oruro, sartenes cacerolas pavas nuevas, aceite para máquina, cubos copia de rubik, cadenitas con dijes, pesas de gimnasio, cinturones de cuero, tatuajes en el acto, 1917 y otros miles de DVDs piratas, pilas para relojes, chicharrón de llama, polleras de chola, sombreros de chola, ponchitos de chola, sopa de maní, chaquetas de soldado camuflado, ponchos rojos, pelotas y pelotas, memorias con 1.000 temas  musicales, los diarios del día desplegados –veinte hombres alrededor leyéndolos–, mantas de colores, tuppers, billeteras, celulares robados, gomas de borrar –solamente gomas de borrar–, maniquíes decapitadas y mancas con bombachas negras, relojes usados, pañales descartables sin usar, un baño público a un peso boliviano el uso y muchos perros sucios. Y el camino se bifurca y trifurca y cuatrifurca y hay más calles y puestos y más puestos y todo reaparece y se repite, salvo los coches y los futbolines y las muñecas trastornadas, y nada tiene un precio fijo y todo se negocia, se discute, todo se discute, y hay hombres en algunos puestos, y de pronto la lluvia: una lluvia pesada, fría, encabronada, una lluvia que cae de demasiado cerca.

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Todos vendiendo algo, comprándolo: los aymara, me dicen, siempre fueron grandes negociantes –y así armaron El Alto. Hace unos años, me contaba Marco, él hacía tours para personas que venían a conocerlo y le tocaron tres políticos republicanos norteamericanos y los trajo al mercado y se morían de envidia:  

–Los gringos me decían puta, qué envidia, este es el modelo que Estados Unidos debería seguir. Porque ese es su sueño, un país donde no se pague impuestos, donde el mercado mande. Estaban entusiasmados, me acuerdo de uno que gritaba esto es lo que queremos, acá no hay impuestos, acá manda la plata.

El mercado es territorio liberado: sus mercaderes no reportan al Estado. Algunos dicen que, además, hay mucho contrabando, mucha droga, y que ese es el origen de ciertas fortunas alteñas; quién lo sabe.

–El centro del poder de El Alto es la 16 de Julio. A El Alto si le quitas la 16 de Julio le quitas el alma, no le queda nada.

Dice Marco.

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Aunque le queden, orgullosos, los cholets.

Llámase cholet a un edificio de cinco o seis pisos con tiendas varias en el  piso a la calle y una sala de fiestas tremebunda descomunal en el primero. En los dos o tres siguientes hay departamentos para los hijos del dueño y, en el techo, la vivienda principal hecha chalet de un piso o dos, con sus patios y plantas, animales, como quien se da el gusto de vivir en las afueras bien adentro. Y todo eso con todos los colores, todos los dibujos, todos los vidrios azul eléctrico y rosado bombón y verde flúo y dorado dorado: todos los trucos para que nadie –nadie nadie– pueda nunca no verlo. El color como una forma de la cachetada, la bombita de agua en la cabeza: los colores te chorrean por la cara, cumplen con su objetivo manifiesto.

El nombre le viene de un sarcasmo de clase: era, para los huequeños de La Paz, el estúpido chalet de un cholo, de donde esa palabra: cholet. Que poco a poco fue perdiendo su carga despectiva y se fue haciendo el símbolo de El Alto y lo convirtió en la única ciudad ñamericana con un modelo arquitectónico tan propio, distintivo.

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El cholet es arquitectura-reguetón: la exhibición de riquezas sin pudor, la exhibición de quien piensa que la riqueza es un premio de Dios –o de alguien  parecido.

La paternidad de los cholets se discute. Los mamanistas dicen que es el invento de un dizque genio local, Freddy Mamani, que ahora da vueltas por el mundo mostrando su arte; los antimamanistas dicen que es un invento colectivo, el resultado del cruce entre las viejas tradiciones aymaras y las fantasías de sus dueños y las destrezas y confusiones de sus albañiles. Y nunca se llegará a ningún acuerdo, así que el tema se debate con arrebato y animadversión y mucha plata de por medio. La propiedad de los cholets, en cambio, parece más o menos clara: son de los esforzados que la hicieron y ahora quieren que todos lo sepan.

–El cholet es una manifestación de acumulación del capital, una casa que vale entre medio millón y tres millones de dólares. El aymara burgués es un emprendedor, es alguien que ha hecho su dinero comerciando, es gente que trabaja full, y full no son ocho horas, es de las cuatro de la mañana a las once de la noche. Gente que ahora hace negocios grandes, con China, Chile, Estados Unidos…

Dice Marco, que los conoce bien, que trabaja con Freddy Mamani. Yo le digo que son, también, el signo de una confusión:

–Es curioso que el lugar que se ve desde lejos como la amenaza roja que cuelga sobre la capital, que de vez en cuando la pone en vereda, sea, si uno la mira desde más cerca, el lugar donde tiene más fuerza un modelo de acumulación capitalista clásica, bien individualista…

–El Alto se mueve con dos patas, por su condición de exclusión histórica, aymara, pobre, todo lo que ha vivido. Eso se traduce en lo que fue 2003, su capacidad de movilización y de presión política al Estado. Pero la otra pata, el motor de El Alto, es esta economía liberal, capitalismo puro. Y por las dos nos temen. Nos miran con respeto, con un poco de miedo por el tema político, pero también por el capital que es capaz de generar El Alto. Porque es un sector potente que por ahora no se mete en política, pero cuando sus negocios se vean afectados, ahí va a entrar. Y los políticos lo saben.

La amenaza se hiergue, brillante de colores.

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Hay, dicen, ahora en El Alto unos cien cholets completos –y quizás otras tantas imitaciones imperfectas. Se levantan orgullosos, definen la ciudad; muestran, además, que, a diferencia de muchos ricos ñamericanos, los aymaras no se llevan su plata a Miami o Panamá: la siguen invirtiendo en sus lugares. Muestra, también, que cuando se enriquecen no se van; se hacen una gran casa en el mismo lugar donde vivieron siempre, en medio de sus vecinos, sus parientes..

–Pero lo importante de los cholets no son sus colores, su imagen, sino las prácticas culturales que allí se desarrollan, las fiestas como espacio de encuentros, de intercambios. Se equivocan los que creen que esas fiestas largas, dos días, tres días, bodas, bautizos, que ahora se hacen en los cholets son solo para tomar; tomás, pero vas a una fiesta sobre todo a hacer negocios, a buscar quizás una esposa para un hijo, a concretar algo.

Me dice Roy. Roy es hijo de un hombre que, con su trabajo, pasó de la pobreza al cholet. Ahora se dedica a hacer negocios con lo que tiene su familia. Y me cuenta, también, ciertos detalles del proceso:

–Cada vez que terminas algo, un piso, un techo, lo que sea, haces una pequeña fiesta, una ch’alla, para celebrarlo. Una ch’alla es el agradecimiento a la Pachamama por lo que estás haciendo. Antes era matar a un cordero y derramar su sangre, por ejemplo, en los cimientos de la casa. Hoy es diferente; el otro día nosotros hemos ch’allado un terreno y hemos puesto una cabeza de chancho. Yo nunca había escuchado eso. Cuando vas a ch’allar te contratas un iatiri, que muchos le dicen brujo pero no, es un consejero espiritual, que después de hacer todo su ritual te da consejos… Entonces el iatiri tenía una mesa con cositas, dulces, formas, lanas, fetos de llama, y la cabeza de chancho, y después todo eso se quema, para que quede allí. Pero otra vez ví una llama: la han cortado, viva, y han empezado a esparcir su sangre. O cuando empiezan a construir también entierran algo, para que la casa tenga su firmeza; hay gente que dice que incluso entierran borrachitos ahí abajo, para que la casa no se mueva, que la Pachamama esté contenta…

–¿Cómo, borrachitos?

–Bueno, dicen que enterraban gente, que en las construcciones grandes entierran gente. Y dicen que vas viendo un borrachito, le vas charlando, le das de tomar, lo ponés a dormir, lo entierras ahí, y listo.

–¿Y será cierto eso?

–No se sabe si es cierto o es un mito urbano, nadie quiere hablar mucho de esas cosas. Son cuestiones bien íntimas…

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Pero del lado de atrás, del que no se ve –del lado íntimo–, los cholets también terminan en paredes de ladrillos sin revoque.

.–Bueno, mi pueblo era más alto pero no había trabajo. Sí, quince años hace que me vine. Llegué con Evo, casi. Y a El Alto lo vi crecer, ganar en estos años. Y el Evo también, que siempre ha estado con nosotros, la clase pobre, ¿sabe?

Dice Benjamín, cuarenta apenas, zapatero remendón con puesto fijo.

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Ya era de noche; entré porque me sorprendió la corriente sostenida de hombres más o menos jóvenes que entraba en un garaje a través de una puerta pequeña. Y, después, que detrás de la puerta diera a un pasillo más ancho y a la izquierda hubiera un mingitorio abierto –cuatro urinarios contra la pared– y que las luces fueran rojas y sonara una cumbia chicha y los hombres siguieran avanzando y entonces, recién entonces, empecé a ver a las mujeres. Las mujeres eran del todo jóvenes y tenían si acaso una bombacha tipo nada y un corpiño a juego. Hacía frío; algunas esperaban de pie junto a estufitas que había, cada tanto, en la pared; la mayoría esperaba junto a puertas con números, y detrás de las puertas había una pieza chica con una cama de una plaza y una estufa. Había treinta o cuarenta de esas piezas, una al lado de otra en el pasillo que bordeaba un patio techado; en el segundo piso había un pasillo semejante, más piezas, sus mujeres. Ellas, pese al frío, sonreían, y la sonrisa no es un producto local; la mayoría, altas, piernas largas, arrubiadas o claramente negras, tampoco parecían. Aunque unas pocas tenían polleras de chola y camisas de chola y trenzas de chola y eran gordas, anchas como una pachamama.

En el patio techado, junto a una barra que vendía cerveza muy barata, había un cartel enorme, cuatro metros de ancho. Su título era “Comunicado” y lo decoraba una rubia tetona piernas grasas. El Comunicado informaba que “A partir de la fecha se controlará los siguientes documentos para el ingreso y trabajo al local: 1. Carnet de identidad original. 2. Libreta de sanidad al día. Para las señoritas extranjeras: 1. Documento de radicatoria vigente. 2. Libreta de sanidad al día. Requisitos de higiene: –Un alcohol en gel. –Un alcohol medicinal. –Higiénico blanco. –6 toallas pequeñas. –Un ambientador en spray. –Un jaboncillo. –Un maletín o bolsa de mano.”

Los hombres seguían circulando. El mecanismo estaba claro: entraban, se ponían en fila, caminaban por el pasillo y, si encontraban lo que buscaban, se quedaban. Si no, se iban un rato al patio, tomaban una cerveza, esperaban, volvían a caminar por el pasillo. Algunos conversaban, pocos se reían, el olor a desodorante era un mazazo. Muchas puertas estaban cerradas, pero busqué una abierta y me sentí una basura cuando le pregunté a esa mujer con mucha más pintura que vestido que cuánto cobraba y ella me dijo que sesenta miamor y yo le pregunté por cuánto y me dijo que por quince minutos. Sesenta, por decir, son ocho dólares. Después salí a la calle y ví que había más puertas como esa, sus corrientes de hombres más o menos jóvenes, sus búsquedas de viernes a la noche, la tristeza. A la calle no llegaban las músicas; en la calle el olor era una mezcla de meo y pollo frito, y llovía apenas..

En la calle, en la esquina, en la llovizna, un señor bajito mexicano –su campera de jean, su pantalón de jean, sus botas puntiagudas– peroraba ante veinte o treinta hombres que lo escuchaban con atención flotante:

–¿Y cómo se llama hacer eso, hacer el amor o hacer sexo? Si estás pagando es una cosa, pero si es tu mujer, tu novia, tu pareja es otra, ¿y eso cómo se llama? Sí, hacer el amor, gracias. Y eso no es cuestión de subir y bajar, hacer el amor es todo un arte y ese arte muy pocos hombres lo saben. Hay varones aquí parados que tienen cinco años de casados, tres hijos, y cuando tienen su relación sexual no saben ni qué hacen. Por eso hay tanto cachudo, tanta mujer insatisfecha. Porque a los hombres solo les gusta montar. ¿Y saben quién monta? El burro, el caballo, el toro. Y algunos se creen que es una cuestión de cantidad, y por eso les hago una pregunta básica: el sexo todos los días, ¿será bueno o será malo?

Y así siguió sin pausa media hora, revelando a su audiencia la verdad de la vida e imágenes de coitos. Los concurrentes iban y venían. Al final, el señor quiso venderles ginseng para mejorar sus prestaciones. Dos le compraron; los demás se fueron arrastrando los pies, y el señor se quedó solo guardando sus fotos, su mercadería, refunfuñando en mexicano percutido.

–Pinches indios, no cachan una mierda.

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.–Si desde chiquita te han violentado y siempre fue normal, nunca nadie dijo nada, toda esa explotación sexual laboral te parece natural. Y en ciertas familias a las hijas mujeres se las ve como una fuente posible de ingresos: muchas veces son los padres y las madres que las comercializan, que las venden al hombre que las va a explotar.

Ximena Machicao es feminista, socióloga, paceña: ha trabajado años sobre la explotación sexual de las mujeres de su país.  

–Yo he trabajado con dos organizaciones que rescatan chicas menores de edad del trabajo sexual de calle en El Alto. Hay muchas, demasiadas, y trabajan a la luz y paciencia de todo el mundo. Y casi todas están lastimadas, golpeadas, y son adictas a la clefa, esa goma de pegar que es la droga más barata, tan dañina. Muchas de ellas les dan plata a sus gigolós, que suelen ser pandilleros, muchachos jovencitos. Y cuando les preguntaba qué las había llevado allí me contaban sus historias de familias muy disfuncionales, con mucha violencia. La mayoría de las muchachas habían sido violadas de muy niñas por el padre, el hermano, el padrastro, un tío…

El Alto es, también, una de las ciudades más violentas de Bolivia –en reñida competición con Santa Cruz. Hay pandillas, hay alcoholes y drogas fuertes y baratos, hay lugares donde te dicen que no vayas de noche, hay asaltos, hay asesinatos. En muchas esquinas los vecinos pintan un mensaje repetido: “Auto sospechoso será quemado. Ladrón pillado será quemado”. Algunos, más explicativos, agregan un muñeco tamaño hombre colgando de algún poste. Le pregunto a don Santiago, que vende ruedas de coche en esa esquina, y tiene, en medio de cada diente superior, un trocito de oro, si de verdad los queman.

–No, lo ponemos para que no vengan, no se vaya a creer.

–Pero, ¿y si vienen?

–¿Cómo que si vienen?

–Sí, si viene alguno y lo descubren y lo agarran, ¿qué hacen?

–Ahí nomasito se lo damos a la policía.

–¿Siempre?

–Bueno, siempre…

Me dice, con esa cara de para qué vamos a hablar.

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No hay datos confiables, dice Álex Ayala, cronista clásico hispano-boliviano, porque la policía no lleva un registro preciso, pero calcula que en El Alto hay entre uno y cuatro linchamientos de delincuentes cada mes –en nombre de una supuesta “justicia indígena”, directa, expeditiva. Los cálculos, en este tema, son difíciles: muchos se ocultan, no se computan, se cuentan de otros modos. A nadie le interesa registrarlos.

–La violencia sexual en la familia es incesante, aquí en Bolivia cada día violan a cinco o seis niñas más. Y eso produce una naturalización de la violencia. Sí, las nuevas generaciones han aprendido a romper el silencio, pero romperlo puede costarte la vida. El empoderamiento de esas nuevas generaciones, que en buena parte se debe al feminismo, puede ser fatal.

Me dice Ximena, feminista de años, y que ahí está la paradoja, que esta suerte de poder a medias hace que denunciar malos tratos pueda ser más que peligroso:

–De las 17 mujeres asesinadas en Bolivia este mes de enero, todas habían hecho denuncias por violencia, todas. Entonces ahí se plantea el problema del acceso a la justicia, del sistema policial, de toda una estructura podrida que nos deja sin defensa…

En ningún país de Sudamérica matan –en proporción– a más mujeres. Aquí un tercio de los crímenes que se denuncian son violencia de género.

.La Ceja es una de esas zonas donde te dicen que no vayas de noche –ahí, te dicen, están los cogoteros, los que te ahorcan con una cuerda que ellos llaman pita– y es, al mismo tiempo, el centro de El Alto, si El Alto tiene un centro. La Ceja es un revoltijo de minibuses atrancados, negocios y negocitos y puestos y carritos, los gritos de vendedores que se cruzan y los olores peleándose en el aire, cables cortando el aire, personas y más personas y una persona más: en La Ceja siempre hay una persona más, siempre algo sobra.

–Bueno, acá uno viene porque tiene trabajo o porque viene a buscar algo. Si no, ¿para qué vas a venir acá?

La Ceja es la apoteosis de ese “comercio informal” del que vive la mayoría de los alteños. Aquí hay ají de papalisa, ají de panza, ají de lenteja, ají de fideo, sopa de maní, sopa de quinua, sopa de trigo, chairo, fricasé, sajta, charquekán. Pocas sonrisas hay, tampoco. En general, pocas sonrisas en El Alto. Y después, como suelo, me discuto: ¿será que solo sonríen cuando importa?

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Y la quietud de los buses es desesperante. Cuando lleguen por fin realmente el desarrollo y el progreso llegarán los trancones de coches privados. Ese es el modelo, aspiramos a eso: han conseguido que aspiremos.

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La Ceja es el centro pero está en el borde: en el final de la meseta, asomada al precipicio y, también, al lado del peaje que marca el límite de la ciudad. Aquí está la primera de las alcaldías quemadas de El Alto, la de 2003; la segunda, la de 2016, está en Villa Dolores, un barrio próspero. La actual espera que la quemen en el Centro de Convenciones, cerca de un mercado campesino; la tentativa de octubre 2019 no terminó de conseguirlo.

Pero si, dentro de la continuidad, algo cambió en El Alto, ese cambio quedó sancionado en 2015, cuando el MAS perdió las elecciones a manos de una joven de centro derecha, Soledad Chapetón, alcaldesa en sus treintas.

.Al lado de las llamitas muertas, de los pequeños cadáveres secos de los bebés de llama que venden en sus puestos las señoras, junto a hierbas y piedras y caracoles y pajaritos muertos, todo para la Pachamama, esas alcancías con cara de chancho que también venden, toscas, verdes, cobran de pronto un carácter siniestro, cadáveres de cerdo ellas también, recuerdos de la muerte por monedas –digo, para decir que todo cambia tanto según qué lo acompañe, dónde esté. Un poco más allá, los brujos o amautas o quién sabe magos: son cincuenta o sesenta en sus casillas de material seguidas, cada una con su fogón delante, y en cada una uno te ofrece arreglarte la vida, devolverte al amado, protegerte la casa, curar tus extrañas enfermedades, pagar a la Pachamama, sacar la mala suerte de tus días.

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Aunque después pasan las cosas: en una plazoleta un hombre mayor, moreno, los rasgos aindiados, la cara y la ropa muy usadas, tres folletos revolucionarios en la mano izquierda contra el pecho, arenga a unos veinte o treinta parecidos: les habla de la esclavitud del proletario, del origen de los sindicatos, de la violencia de los blancos. Cuando llego y me sumo a la ronda, empieza a hablarme a mí:

–Usted, que sabe pensar, sabrá que…

Me dice por ejemplo como si, de pronto, nadie más le interesara, y así sigue. Es molesto, y al final se lo digo. Pero es, sobre todo, revelador –de algo que uno preferiría ignorar.

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Y un poco más allá, contradicción, una estación del teleférico. El teleférico empezó a funcionar en 2014, cruza los cielos alteños y paceños y es pura modernidad, pura elegancia. El teléferico es la ilusión de que otro mundo es posible: a unos cuantos metros sobre el nivel de la tierra –que ya está, recuerdo, a 4.000 sobre el nivel del mar– todo es limpio, ordenado, transparente; todo funciona como debería, cada cual tiene el lugar que se le debe, todo es pura mirada. Aquí no se compra ni se vende, la autoridad está muy clara; aquí no hay, como allá abajo, olores, roces, ni siquiera apuros: el tiempo es otra potestad del teleférico, él lo regula, él lo maneja.

(Solo que dura unos minutos; después hay que bajarse al mundo verdadero y su caos, ahora, es tanto más notorio. El teleférico, al fin y al cabo, es cruel de una crueldad innecesaria.)

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Y al mismo tiempo la zozobra de colgar en el aire, presos de una burbuja transparente.

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El Alto, queda dicho, es una ciudad de inmigrantes, donde todos son inmigrantes o hijos de inmigrantes: una ciudad hecha de personas que no pudieron o quisieron quedarse en sus lugares. Las personas de más de cincuenta nacieron, casi todas, en algún otro sitio. Y después está la generación de sus hijos –y sus nietos– que nacieron aquí, que ya no son migrantes, que hablan sobre todo castellano: la tele, la escuela, internet los unifican en la lengua más globalizada. Algunos saben un poco de aymara o de quechua para hablar con la abuela o cantar el orgullo nacional pero, me dicen, lo usan poco.

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Hablan, si acaso, aymarañol,

hermano.

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Pero siguen llegando. Y, para la mayoría, los terrenos de los primeros barrios, los más establecidos, son demasiado caros, así que se van adonde pueden, lejos, más lejos. Senkata es la periferia de esta periferia: el barrio de los depósitos de gas, el barrio de los enfrentamientos, a unos diez kilómetros de La Ceja por la ruta de Oruro. En Senkata, como en otros bordes, siguen vendiendo lotes, cada vez más apartados, cada vez más desprovistos, que recuerdan –me dicen– lo que era todo El Alto hace treinta, treinta y cinco años. Aquí, ahora, te venden un terrenito por dos o tres mil dólares y algunos vendedores incluso te regalan mil ladrillos para que puedas empezar tu casa.

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–La ciudad es así, se ha hecho a sí misma. Aquí el Estado es casi inexistente, nunca nos dan nada; entonces la cosa es bueno, si no nos lo dan tendremos que hacerlo. Y lo hacemos.

Dice mi amigo Alexis, treinta y pocos, escritor, editor, librero alteño –y orgulloso.

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Senkata es un desparramo de calles embarradas y edificios sin terminar, ladrillo y cables; algunos llegan hasta los cuatro y cinco pisos. A la entrada un mercado, dos cholets sin revoque, remolino de buses y minibuses y camiones, la carretera que corta en dos el pueblo.

–No, cinco años nada más, seis añitos hace que nos vinimos. Más allá vivíamos nosotros, pero acá nos pudimos comprar una tierrita para construir.

–¿Y ya pudieron?

–Sí, construindo estamos, nomasito.

Me  dice don Favián –con ve, me dice– que tiene un taxi: un capital, un ingreso constante y el miedo constante de que el coche se le rompa y todo se derrumbe. Aquí una casa es un proceso largo, años y años de ir consiguiendo y agregando ladrillos, los caños, los cables y la luz, los suelos, las ventanas, el baño, la cocina. Un proceso donde cada metro es un triunfo, un paso más en el camino interminable. Ciudades a medio hacer hechas de casas a medio hacer o, mejor: vidas donde todo es un esfuerzo continuado, espera contra espera, logro sobre logro. Vidas como un viaje sin fin por conseguir eso que otros tenemos antes siquiera de pensarlo.

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Y un esbozo de avenida principal y sus veredas de barro, yuyo y perros y sus pintadas por Evo y contra Evo, que en unos años va a estar hecha, va a ser una avenida principal. Y, al fondo, sobre la carretera, una docena de consultorios dentales y de peluquerías y tres o cuatro academias de música y materias escolares, y servicios de celulares y farmacias y abogados y tiendas de tortas de colores y cantidad de freidurías de pollo, por supuesto, y un par de bancos y un par de alojamientos y una papelería y una veterinaria y cuatro o cinco salones funerarios: muchos salones funerarios, que nadie vive para siempre.

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Pero, unas cuadras más allá, los paredones de la planta de acopio de combustibles de Senkata están recién construidos, sin pintar; hace meses, miles de senkateños los tiraron abajo con las manos. Estaban tratando de impedir que salieran de allí los camiones para La Paz, cuando Evo Morales era destituido y sus partidarios, para defenderlo, intentaron dejarla sin gas ni gasolina. La policía intervino; en unas horas mató a diez manifestantes –y sus familias, ahora, reclaman justicia.

Reclaman; el Estado –como suele– se hace el tonto.

Ellos –como sus muertos– salen a la calle.

El Alto es eso y es lo otro; es,

como todos los sitios,

mucho más.

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Quizá con esto ya esté todo dicho; quizá, no todavía.

Quizá no, todavía.

Hay lugares donde siempre es nunca -y no hay otros lugares.

El paraíso más allá

Estoy terminando un libro que intenta contar y pensar cómo es ahora América Latina, y la migración es un tema central. Por eso estuve hace unos meses en Tecún Umán, una de las fronteras más trajinadas por los migrantes que intentan pasar de Guatemala a México -y de allí al paraíso norteamericano. .

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Martín Caparrós

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–¿Y si se tienen que volver?

–Yo no puedo volver.

–Bueno, si las cosas van mal…

–No, usted no me entendió.

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Tecún Umán es un pueblo caliente y chato y feo, casas de un piso o dos, las calles anchas para que el sol entre sin vueltas, un mercado sombrío, una plaza cuidada, su iglesia verde, sus templos, sus farmacias, sus triciclos para llevar personas y un exceso de casas de cambio: Tecún está al final de Guatemala, acorralado contra un río.

Sobre ese río hay un puente y a cada punta del puente hay una aduana, una oficina de migraciones, policías diversos. En una punta, Guatemala; en la otra, México. El río se llama Suchiate y, a esa altura, diez kilómetros de su desembocadura en el Pacífico, tiene unos cien metros de ancho y una corriente fuerte. Muy pocos lo atraviesan por el puente: unos 500 metros río arriba, a plena vista de policías y aduaneros, el tráfico de balsas de fortuna entre orilla y orilla nunca para.

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–No me entendió: lo que le digo es que no puedo volver: yo no tengo adónde volver. Atrás no tengo nada.

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Vivimos en estados: hay estados. No hay estados mucho más presentes, mucho más pesados que el de ese país que basa su idea de sí mismo en no darle mucho espacio al estado, ese país que los tiene unidos a su nombre. Y no hay muchos lugares –las cárceles, quizás, un regimiento– donde la presencia, el poder de un estado se manifieste más que en la frontera.

La frontera es el lugar donde un estado empieza: donde te dice de aquí p’allá estoy yo, donde te dice no te creas; donde te dice mando. La frontera es la primera línea de defensa y ataque de un estado. La frontera es un modelo de estos tiempos: una de esas creaciones arbitrarias, fruto de los poderes, que se empeñan en vendernos como algo natural, eterno. Otro efecto de la publicidad: de este lado estamos nosotros y allí, a unos metros, están ellos –y ellos son otros, radicalmente otros porque están unos metros más allá. Es sorprendente que la patraña de las patrias –la patriaña– sea tan poderosa como para convecernos de esa farsa.

Tecún Umán –este trozo de río– es uno de los puntos fuertes de las migraciones americanas. Por aquí pasaron, en 2018, las caravanas de migrantes que la prensa hizo –módicamente– famosas: aquí cientos de miles cruzaron el río en busca de otras vidas. Aquellas caravanas convirtieron la movida más individual –la migración– en un movimiento colectivo, tan político. Con política, entonces, reaccionaron los gobiernos de Estados Unidos y de México: más policías, más exclusión, más represión en las fronteras. Aquí, pese a eso, muchos lo intentan todavía.

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–Sí, por diez quetzales, jefe, diez.

El embarcadero son tres cuadras de costa sombreada de jacarandas, ficus, mangos, suelo de tierra y cachos de cemento, docenas y docenas de triciclos esperando, sus conductores esperando, dormitando, algunos puestos de comida; en los puestos las señoras cocinan, junto con las tortillas y el pollo frito, tallarines chinos. El calor es pegajoso, húmedo. Del otro lado del río, cien metros más allá, está México: más mangos, más cemento, más triciclos, más balsas, todo muy parecido. En el embarcadero todo se mueve todo el tiempo, entre sudor y gritos:

––¡Cámara, cámara!

Chillan los balseros para ofrecer el viaje, porque sus balsas son dos cámaras de ruedas de tractor unidas por unas tablas mal cuadradas: desechos industriales. En una balsa caben, de pie, unas quince personas, y el balsero la va llevando con una rama larga y dura que empuja contra el lecho del río, peleando la corriente. El tráfico es intenso. Hacia México salen mujeres con la bolsa de la compra, hombres recién bañados; de México llegan, sobre todo, pilas de cajas que amenazan con hundir las balsas: papel de baño, aceite, harina, huevos, coronitas, cereales, salchichas, pepsicolas –que allá están más baratos. También llegan, me dicen, otros productos menos inocentes. No hay, aquí, ni sombra de la policía.

–Sí, por diez lo llevo.

Diez quetzales es poco más de un dólar; el balsero es un muchacho de veinte años, flaco, descalzo, pantalones cortos, y le pregunto si puedo ir sin papeles; él me dice que está difícil, que la migra está dura.

–Ahí están, mire, ahí enfrente, entre los árboles.

Ahí están, del lado mexicano: unos soldados con uniforme de fajina verde claro. Los mandó hace unos meses el gobierno de la izquierda mexicana.

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(Hay algo irreal, casi hilarante, en ver cien metros de agua y saber que esa tierra que hay del otro lado es otro mundo, que usan otra moneda, siguen a otros jefes, gritan otros goles, y que tantos que quieren, de este lado, no consiguen entrar: tan allí mismo, tan lejano.)

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–¿Así que no hay manera?

–Sí que hay paso, cabal, un poco más arriba. Ahí arriba lo jalamos adonde usted quiera, fijo, sin problemas.

–¿Y eso cuánto me cuesta?

–Ciento cincuenta, vaya. Pero tiene que hablar con el jefe.

El jefe es un muchacho más robusto, su musculosa azul lavada, sus pies menos coriáceos. Tiene modos de jefe, imperativo; maneja varias balsas.

–¿Usted me puede pasar del otro lado?

–Cabal. Claro que puedo.

Me dice el jefe sin abrir la boca, sin mirarme. Le pregunto por cuánto y me dice que 250. Le digo que su balsero me dijo que eran 150. El jefe Huicho –me dice que se llama Huicho– lo silba desde lejos.

–¿Vos le dijiste 150?

El balsero hace sí con la cabeza; Huicho le lanza su mirada asesina.

–Llámeme cuando quiera y lo pasamos, patrón. Riesgo no hay ninguno.

–No, no sabemos cómo vamos a hacer. Qué vamos a saber, nosotros.

A él le faltan los dos dientes de adelante; ella tiene la cara redonda y puntiaguda al mismo tiempo; el bebé duerme y duerme, en su carrito, con el biberón en una mano y una pierna sobre los pasaportes de los tres, azules. Estamos sentados en sillas medio rotas en una especie de aula, paredes despintadas, unos santos y un Cristo en las paredes. Él –ahora, aquí– va a llamarse Jose y tiene 22 años; ella, Mari, 21; el bebe ya cumplió los diez meses. Jose tiene un bluyín todo rasgado, la camiseta que fue blanca; Mari, un pantalón corto negro y camiseta negra, las zapatillas a punto del desguace; el bebé, una pulsera en la muñeca izquierda para vencer el mal de ojo; los tres –padre, madre, hijo– son salvadoreños. Hasta hace poco él trabajaba en una fábrica de pan en un suburbio de San Salvador; como salía de madrugada, su patrón le había comprado una moto y se la iba descontando del sueldo; la moto, dice, llamó la atención de unos pandilleros de la mara 18.

–Entonces un día me mandaron con un niño un teléfono, que querían hablar conmigo, y me empezaron a interrogar que de dónde había sacado la moto. Y yo por miedo les dije la verdad… Al final me dijeron que les tenía que dar 75 dólares americanos, quincenal.

Era la mitad de su sueldo, me dice, y no podía, pero le dijeron que si no les daba esa cantidad se iban “a encargar de lo que más te duele, tu hijo y tu esposa, tu mujer”. Entonces empezó a pagarles; le mandaban niños a buscar el dinero, él entregaba.

–Pero después no soportamos más estar así. Y no podía decirles a los policías mire, tales me están extorsionando, porque los mismos policías se lo dicen a ellos, ellos les pagan para eso. Y había muchas balaceras, todo el tiempo había balaceras…

Jose suena intenso pero calmo, como quien ha pensado muchas veces sus palabras, como quien se ha contado su historia muchas veces. Entonces, dice, tomaron la decisión de emigrar, para darle a su hijo un futuro mejor, y se fueron a Belice, donde los dejaron entrar pero no trabajar, y tuvieron que volver a irse.

–No queríamos violar las leyes de ellos.

Dice Mari, que había estado callada. Y que cruzaron toda Guatemala hasta aquí pidiendo jalones y comida, dice Jose, y que ojalá puedan seguir:

–Yo lo que quiero ahora es llegar a México y estabilizarnos allá, conseguir un trabajo para poder sacar adelante a mi hijo, darle un buen futuro, que el día de mañana sea una buena persona en la vida, que no sea como nosotros, aquí, rodando… Y que no crezca en un lugar de violencia. Los niños son como una esponja, absorben todo…

–¿Y quieren seguir después para Estados Unidos?

Jose me mira y me sonríe, como quién dice quién no –pero se calla.

–Adonde Dios nos lleve, donde quiera llevarnos.

Dice su señora. Le pregunto dónde quieren ir en México y Jose me dice que no sabe, que no tiene idea:

–Sinceramente no sé nada. Vamos… a la nada, a lo que diga Dios, que nos prepare, sufrimiento, no sufrimiento, lo que Él quiera.

–¿Pero ahora van a tratar de cruzar?

Los dos bajan los ojos, como quien dice no hagas preguntas tontas. Yo les pregunto cómo piensan hacer, que el río no está fácil.

–No sabemos.

Dicen: no sabemos. Nos callamos. Jose mira el suelo:

–A veces uno se siente contra la espada y la pared. A veces uno llora porque no sabe cómo va a seguir, uno no sabe…

Dice, y que aquí están, sin saber cómo y dónde seguir, sin un centavo, sin un plan, en la Casa del Migrante de Tecún.

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La Casa del Migrante es un complejo de oficinas y bodegas pintadas de verde, patio de cemento, algunos árboles, un muro alto alrededor, en las afueras de Tecún Umán. La empezó, hace más de 25 años, un cura brasileño, el padre Ademar, de una orden italiana, los scalabrinianos, dedicada a trabajar con los migrantes; entonces levantaron sus primeras instalaciones en un terreno que las autoridades les entregaron y que había sido, antes, el basurero del pueblo: hay personas que no tienen inconsciente. Desde entonces ayudan fugitivos: ya pasaron por allí más de 200.000, en su viaje de ida esperanzado, en su viaje de vuelta rechazados. Aquí los reciben –máximo tres días–, les dan una cama, una ducha, un médico, un abogado, un psicólogo, una toalla, un consejo o un cepillo de dientes, según qué necesiten. No les dan, dicen, en cambio, servicios religiosos: aquí la forma de hablar de Dios es trabajar, ayudar a los otros, solía decir el cura fundador.

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En la Casa –en todo espacio de migrantes– hay historias de pobreza, de más pobreza, de parientes lejanos, de violencia familiar, de violencia pandillera, de violencia estatal; lo que las une es que, en estos días, en estos países, la migración aparece como la primera o segunda respuesta a los problemas: una opción tentadora para sobreponerse a la desgracia.

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O, peor: la única opción que se les ocurre para sobreponerse a la desgracia.

–Yo intenté, como todos, pero ya me he cansado.

Me dice, en el embarcadero, Julio, hondureño. Julio llegó hasta acá hace más de un año, cruzó a México, lo detuvieron, lo devolvieron de este lado. Sucede a menudo: nadie sabe exactamente cuántos llegan al destino; dicen que quizá sea la mitad; que la otra mitad se vuelve, rechazada. Por no hablar de los muertos, las violadas, los que se pierden para siempre. La migración es un camino hecho de dudas.

–Hay algunos que intentan varias veces, tres, cuatro veces, hasta que pasan o los matan o se cansan. Yo ya no quiero darle tantas vueltas.

Julio tiene 26 años, un bigote apenitas, el uniforme del embarcadero: el pantalón de fútbol, la camiseta sucia, la cachucha, las chanclas. Julio descarga cajas en la orilla, gana entre cincuenta y cien quetzales cada día, sobrevive. Cincuenta quetzales son seis dólares.

–Aquí no vivo mal, estoy tranquilo. Y veo a los que pasan, muertos de miedo, y más me quiero quedar de este lado.

Julio creció en San Pedro Sula. San Pedro supo ser la ciudad más violenta del mundo, pero él me dice que no vino por eso, que hay muchos que te dicen que es por eso y puede ser, pero que él no, él vino porque tenía su ambición.

–Yo salí para vivir mejor, pero no entendía qué era eso. Yo ahora aquí estoy bien, tengo un trabajo, voy pasando.

Me dice, y que la ambición es un pecado grave, pura vanidad: que si Dios te da lo que te da por algo será, que Él es el que sabe.

–¿Y hace mucho que estás acá?

–Sí, como tres meses.

Dice –no hay nada más variable que los tiempos– y después me dice que si estoy pensando en cruzar a México que vaya y hable con el Peto, ese muchacho de camiseta roja. El Peto también tiene veintitantos, su camiseta de los Bulls, la cara ancha, una sonrisa –pero me habla mirando de reojo a los costados, la voz baja:

–Mejor no vaya con el Huicho, que lo lleva para allá y después quién sabe.

El Peto tiene cara creíble, y hay advertencias que es mejor no ignorar.

–¿Entonces no voy a poder pasar?

–Sí, yo lo paso, pero por aquí mismo, sin problema.

–Pero si ahí enfrente está la migra.

–No se preocupe por la migra.

–¿Cómo que no me preocupe?

–Esos ya son cuates. Ya entendieron que nos tienen que dejar chambear. Si nos paran a todos los clientes, nosotros qué hacemos. Y ellos, también, qué hacen.

El Peto me explica que ya conoce a varios y arreglaron, que hoy hay uno de esos, que por 200 pesos vamos.

–Ni tenga pena, usted. Yo me adelanto, le doy sus pesitos y le digo a ese no, lo señalo, y usted pasa tranquilo.

Doscientos pesos mexicanos son diez dólares, poco más o menos.

La policía migratoria apareció en esta frontera a mediados de 2019, cuando el presidente Trump amenazó al presidente López Obrador con arancelar sus exportaciones si no lo hacía. El mexicano entendió todo. “Desde luego tenemos relaciones de hermandad con los pueblos de América Latina y El Caribe. Pero al mismo tiempo tenemos una relación económica, de cooperación y respeto mutuo con Estados Unidos y Canadá, y vamos a mantener esa relación por razones geopolíticas, económicas y también de amistad”, dijo poco después en una de sus conferencias mañaneras, para que todo quedara más claro: hermandad con esos pueblos, sí, pero con esos otros países –que no pueblos– la relación es económica.

El mexicano, entonces, dedicó unos 6.500 policías y militares a detener migrantes en la frontera Sur; en la frontera norte son dos o tres veces más –y el americano le agradeció varias veces su eficacia, y ahora acaba de invitarlo al jardín de su casa. Que la llamen la migra es casi un chiste cruel: durante décadas, la migra americana fue la pesadilla del migrante mexicano. Y, de todos modos, no está claro que esta migra sirva: el movimiento de migración no se detiene. Si no tiene más remedio, cambia; como el agua, va buscando las rendijas donde podrá colarse. Ahora muchos no pasan por aquí, me dice el señor Mario, el administrador de la Casa del Migrante, pero siguen pasando:  

–Si no los dejan pasar por aquí mismo, pasan más al norte, donde hay más delincuencia, o más al sur, donde los ríos son más peligrosos. De hecho, aquí, en la Casa, el 2018 atendimos a 8.000 migrantes y el 2019 van a ser más de 12.000. Esto no se detiene.

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El problema es que entonces los migrantes tienen que buscar los pasos más apartados, más difíciles: los que usan los narcos para mover mercadería. Y los narcos no quieren intrusos que llamen la atención, así que los rechazan –o los matan.

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Todavía en la Casa del Migrante, Jose, el salvadoreño, me cuenta que lo que le gusta más en la vida es ir en moto, que es su afición y su felicidad, que ojalá pueda. Y Mari, su esposa, me dice que ella llegó a noveno grado. Jose solo llegó hasta cuarto pero, dice, puede leer, escribir, sumar y multiplicar gracias a sus hermanos mayores que lo ayudaron en su casa –porque su padre murió cuando él tenía 10 años y él tuvo que salir a vender cositas por la calle.

–Ahí tuve que empezar a ganarme mi vida…

Entonces le pregunto a Mari por su familia, y titubea. Por un momento se queda callada; después me dice que con su familia tiene muchos problemas, que su hermana anda con un pandillero y que ya no los veía, que a su familia no le gusta que esté con Jose –y sigue vacilando, palabras sueltas como si quemaran. Algo pasa pero no entiendo qué; entonces él se cruza, en voz muy baja:

–La vida de ella ha sido crítica. Ella ha sufrido mucho…

Les pregunto por qué; él la mira y le dice que me lo cuenten, ella duda. Dice que no, que sí, que bueno, que mejor no, que bueno, y se siguen mirando: los silencios espesos. Al final se decide:

–Los pandilleros abusaron de mí.

Dice, llorando, y me cuenta que esa tarde, a sus 18, había salido de estudiar y ellos la agarraron y se la llevaron a un lugar y la tuvieron encerrada quince días. Habla a golpes, él le agarra la mano, yo no sé qué decirle. Mari, más lágrimas, dice que eran del barrio, que eran cinco, que ella era virgen todavía, que la tuvieron todo ese tiempo en un lugar que llamaban su casa de distroyer, que la dopaban con pastillas para que no pudiera defenderse y se tomaban drogas y más drogas y le hacían todo lo que querían, quince días, señor, quince días.

–En verdad, por eso nos fuimos. Lo que pasa es que no podemos ir diciéndolo. A veces las personas piensan que nos vamos porque queremos buscar otra buena vida; a veces uno no quiere dejar su país, pero a la fuerza lo tiene que dejar.

Dice él, y ella, entre sollozos, que no podía quedarse ahí:

–Yo no podía quedarme ahí, mi familia, la vergüenza, ellos que me iban a estar siempre encima… Cuando nació mi hijo anduvieron diciendo que el niño era de ellos, que querían llevárselo. Ahí fue que le dije vamos, que no nos quiten lo mejor, la vida del chiquito… Y encima mi mamá…

K. llora más y dice que su mamá dice que ella se entregó a ellos, que es una cualquiera.

–Por eso con mi familia, ahora…

Dice, y que en cambio cuando conoció a Jose, él entendió todo, la aceptó como era.

–Hay momentos en que ella dormida se mueve, sueña con eso, se despierta, son los momentos donde uno tiene que estar ahí…

Dice él, con toda la dulzura. Y que algún día van a mirar atrás y decirse que valió la pena sufrir todo esto, dice, y parece casi convencido.

Jose, Mari y el bebé –con otros nombres– siguieron su camino. Sé que al día siguiente cruzaron el río y entraron en México –pero no puedo decir cómo. No sé, en cambio, qué les pasó después. Quizá, ojalá, quién sabe, un día.

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