un cuarto –medio medio– propio

Categoría: ¿Ideas? Página 1 de 4

Creer y reventar

Martín Caparrós

Las olas de la peste no se rinden: cuando parece que aparece la calma, el tsunami repica y se replica, olas y más olas. En España, al menos, es la quinta; en otros sitios la tercera, la sexta, la décimosegunda. Cada una es la evidencia de otro error: que creímos que ya estábamos saliendo y caímos en conductas que nos llevaron a volver a entrar. A veces porque nuestros líderes –¿nuestros líderes?– nos convencieron; otras, porque no nos convencieron. Los resultados suelen ser los mismos.

Así que, ola tras ola, la peste sigue haciendo lo que mejor sabe: desvelar, mostrar. Esta vez –como todas– no termino de entender qué muestra: ¿será, de nuevo, la poderosa estupidez humana? ¿O alguna otra cosa que, estúpido de mí, no logro precisar?

La ola actual viene anunciada hace ya mucho: contragolpe de los países pobres. En ellos, miles de millones no consiguen vacunarse; eso permite que el bicho se reproduzca, crezca, mute, encuentre formas de volver a atacar a los ricos que sí. Si alguien quiere entender la geopolítica y la economía mundiales le alcanza con mirar la distribución y aplicación de las vacunas. Quiénes fabrican, quiénes compran, quiénes regalan, quiénes mendigan, quiénes no las alcanzan: si la peste, desde el principio, sirvió para hacer visible lo que no queríamos mirar, sus medicinas lo vuelven casi obsceno.

Está claro: en Europa y Estados Unidos la mitad de la población tiene dos dosis; en la Argentina es el 13%, en India el 6, en todo África menos del 2%. Cada vez se nota más que los países pobres dependen de lo que los países ricos quieran hacer con ellos. Y cada vez se nota más la estupidez de esos gobiernos y demás poderosos que creyeron que se podían salvar solos –aunque lo nieguen en algún discurso. Se reunieron –G20 y otros clubes– y declararon que era necesaria la vacunación en todo el mundo pero ellos –dueños de las vacunas, las patentes, las fábricas– solo darán este año a los más pobres 900 millones de dosis de los 3.000 millones que les sobran. Y el mundo necesitaría 11.000 millones –que, en el esquema actual, es imposible fabricar– para llegar a la inmunidad de grupo y detener las mutaciones y parar la pandemia.

Mientras tanto esos países con pleno acceso a las medicinas necesarias se esfuerzan por enfermarse a su manera: olas y más olas. En España, por ejemplo, la quinta ola parece lógica, con perdón: los jóvenes, que se habían convencido –los habían convencido– de que no se contagiaban y que, por eso, todavía no fueron vacunados, son los que van cayendo. Mueren poco pero se infectan –y difunden el virus. En medio de tanta incertidumbre producen certezas: solo el 5,5% de los 30.000 contagiados diarios de estos días tiene las dos dosis. O sea: el 83% de los contagiados no está vacunado, el 11,5% tiene una sola dosis; se infectan los que no se pincharon. Esta quinta ola española es como un himno a la vacuna, una especie de monumento a ese gran esfuerzo científico que la estupidez de los políticos y los empresarios no consigue terminar de arruinar –aunque lo intenten: denodados lo intentan.

Es así. Solemos suponer que el mundo está dirigido por unos cuantos tontos –políticos, empresarios, poderosos varios–, que solo saben pensar –bastante mal– en beneficios inmediatos. Lo brutal de estos días es comprobar que la estupidez de esos dirigentes es el fiel reflejo de la estupidez de muchos de sus dirigidos.

Basten unos ejemplos. En Francia, faro –ya casi apagado– de la cultura universal, una de cada cuatro personas no quiso vacunarse, igual que en Alemania, potencia regional, cuna de muchos coches y unos pocos filósofos. En Estados Unidos, rompehielos del mundo occidental, parangón del progreso, son casi un tercio: uno de cada tres adultos le saca el hombro a la jeringa. Y en Rusia, la otra gran potencia que fracasó, son casi la mitad.

Es bastante impresionante: millones y millones de ciudadanos de los países más desarrollados, más educados, más “exitosos” de este mundo se entregan a la enfermedad porque desconfían de sus gobiernos, de la ciencia, de todas esas cosas. En Estados Unidos, donde todo se mide, la cifra se parece a otra del mismo tenor bobo: esa encuesta de Gallup que muestra que, en 2017, 38% de los norteamericanos creía que el hombre fue creado por “Dios hace menos de 10.000 años” –y que si les cuentan otra cosa es porque quieren engañarlos.

Son millones que creen, creen y se joden. Porque la realidad siempre encuentra maneras de vengarse de los grandes relatos miserables: mata a los que los tragan. Los antivacuna caen como moscas y recuerdan a los mártires cristianos, aquellos señores y señoras que iban cantando a que se los comieran los leones porque estaban convencidos de que era la mejor vía para mudarse al reino de los cielos–o algún otro de esos barrios cerrados.

Pero aquellos, amables, se hacían matar solos; ahora, en cambio, estos que ejercen su libertad de inmolarse ponen en riesgo a millones que se contagiarán porque, gracias a ellos, los virus siguen circulando. Entonces, ¿debe un estado obligarlos a vacunarse por el bien común? ¿Importa más la suerte general que ciertas ideas individuales? ¿Es peligroso legitimar imposiciones que podrían desbocarse? ¿Es mejor correr ese riesgo o tolerar que tantos más se mueran?

Por ahora, distintos estados intentan distintas formas suaves: en Estados Unidos hay incentivos tipo lotería –si te vacunás te dan un número–; en Francia o Italia se exigen certificados de vacuna para entrar en los bares. Pero esas medidas no funcionan, las olas vuelven, y millones de personas se perjudican por la estupidez de otros millones. Es un modelo a escala –crudo, brutal– de la democracia de delegación; es, otra vez, la peste retratando nuestras vidas.

Y al mismo tiempo el rechazo de las vacunas muestra con qué fervor millones de ciudadanos de los países más potentes –y educados– del mundo no creen lo que les dicen sus gobernantes, sus científicos, sus supuestos líderes. O, incluso: que creen que les dicen lo que les dicen para joderlos –hasta el punto de que, por esa desconfianza, se joden y se mueren. Es algo que esos líderes deberían anotar, más allá de pestes y vacunas, si quieren seguir siéndolo; es algo que todos los que pretenden cambiar algo en nuestras sociedades también deberían considerar. Hay multitudes que no creen en –casi– nada, que desconfían de todo, que se ponen en peligro porque temen. Si eso no es una crisis absoluta, que alguien me explique cómo es una. Y toda crisis, dicen, es una oportunidad. La cosa, como siempre, es para quién.

Tocando fondo

.

Martín Caparrós

Y entonces de pronto Paco Ibáñez me dice que estamos tocando fondo. ¿O sería Gabriel Celaya? No lo sé, miro alrededor, me desoriento. La explicación es simple, sin embargo: mi iTunes tiene más de diez mil canciones. Algunas vienen del pleistoceno; otras, de mi precámbrico particular; unas pocas son de años atrás –y las tengo siempre en random, para que broten y sorprendan. Y ahora, sin decir agua va, aparece en el altoparlante la voz cascada del valenciano Francisco Ibáñez Gorostidi (a) Paco Ibáñez, cantando, desde las profundidades de 1967, aquel poema que el vasco –ingeniero, poeta, comunista– Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta (a) Gabriel Celaya tituló La poesía es un arma cargada de futuro. Y me impresiona volver a oír esas palabras, escuchar esas palabras de otros tiempos.

Me impresiona el arma, por supuesto, cargada de futuro: la idea tan desprestigiada de que un arma –así fuese la poesía– sería la solución. Y que ese arma pudiera ser –también– la poesía: “Poesía para el pobre, poesía necesaria/ como el pan de cada día”. Siempre y cuando fuera una poesía que renegara del firulete, por supuesto: “Maldigo la poesía concebida como un lujo/ cultural por los neutrales/ que, lavándose las manos, se desentienden y evaden./ Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse”, decía, y que, por lo tanto, “porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan/ decir que somos quien somos,/ nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno”. Y entonces sí, por fin lo proclamaba: “Estamos tocando el fondo”, y repetía: “estamos tocando el fondo” –y otra vez.

Esas palabras, tan inesperadas, fueron todo un viaje en el tiempo –y en el espacio y en la imaginación y en la nostalgia y el alivio– pero lo que más me impresionó fue ese regodeo, esa repetición gustosa de la idea de que estaban tocando fondo. Ellos, tocando fondo, fue toda la sorpresa: en esos años, que a la distancia parecen el momento de mayor esperanza que vivieron muchos millones en el último siglo, ¿también aparecía esa sensación de tocar fondo?

Perplejo un rato, me conformo con clichés: que todas las sociedades, en casi todo momento, tuvieron esa sensación; que todos los poetas, todo el tiempo, la tuvieron, y cosas como esas. Hasta que se me aparece una respuesta que me sugiere algo: que tocar fondo, en 1967, era el gozo de saber que no caerías más, que ya habías completado el camino necesario para que todo se diera vuelta de una vez por todas. Era la condición necesaria –y casi suficiente– para eso que en esos años existía e insistía: la revolución, la esperanza de que todo empezaría a ser espléndido tras un pequeño esfuerzo más, tras tocar fondo.

Eso, comparado con estos días en que muchos tienen también la sensación de estar en el fondo –más que hundidos– pero no tocarlo: como si el fondo no tuviera fondo, como si nunca se llegara al fin de la caída. Y entonces sospecho –una vez más– que todo el problema es el futuro: que sentirse en el fondo es casi gozo cuando crees que esa es la condición para empezar el camino ascendente, que a partir de allí todo será subir y remontar y alcanzar esa meta que imaginas allá adelante, allá arriba.

Por eso, hoy, llegar a un fondo no supone esperanza: no imaginamos esas metas. Ya lo he dicho, voy a repetirlo: vivimos tiempos sin futuro. Lo cual no quiere decir que no lo tengan, porque todos lo tienen; significa que no conseguimos pensar uno que podamos desear, que valga la pena de pelear por él.

Estamos en uno de esos períodos en que el proyecto anterior se quebró y todavía no aparece el siguiente. Esos momentos existen, han existido a lo largo de la historia; son más frecuentes y más largos que lo que alguien nacido a mediados del siglo XX, en pleno esplendor de un proyecto de cambio, podía suponer.

Así, siempre hubo épocas que desean su futuro y otras que lo temen. Lo desean las que tienen un proyecto que apasiona a muchos, como fueron la república en el siglo XIX o el socialismo en el XX. Son momentos que te ofrecen una especie de mañana venturoso que sus creyentes esperan alcanzar lo antes posible. Ahora no tenemos ese mañana. No por falta de necesidad, no por falta de ganas, sino de ideas: todavía no hemos sido capaces de imaginar cómo sería esa sociedad más justa, más equitativa, más vivible que mejorará la actual. Entonces imaginamos el futuro como un estiramiento infinito del presente, un siempre igual empeorado gradualmente por su propio deterioro: el futuro ya no se vuelve un objeto de deseo sino de temor, porque todo lo que puede traer es decadencia.

Vivimos tiempos asustados, defensivos. Vivimos preocupados por la degradación de nuestras condiciones de vida, por la falta de incentivos, por la pérdida de empleos, por el exceso de personas, los gobiernos brutos, la destrucción del medio ambiente. Vivimos peleando contra, casi nunca a favor. Vivimos preocupados porque no tenemos dónde ir: no tenemos un futuro adónde ir.

El futuro amenaza:

la amenaza ecológica, la amenaza

poblacional, la amenaza

política, la amenaza

bacteriológica incluso

últimamente, la peste

como síntesis

de un futuro cada vez

más presente, menos

deseo que terror.

Vivimos tiempos sin futuro: donde todos los cambios que conseguimos imaginar para las próximas décadas son meramente técnicos. La base del capitalismo es la creencia en el poder de la técnica: que solo podamos pensar en ese tipo de cambios es el mayor triunfo de su idea.

Imaginamos –intentamos imaginar– un mundo con inteligencia artificial, territorios virtuales, robots omnipresentes, automóviles automóviles, vidas alargadas, pero asumimos que el capitalismo de mercado sigue y sigue y la democracia de delegación sigue y sigue y que, si acaso, los podría interrumpir algún apocalipsis. Nos resulta más fácil imaginarnos el fin del mundo que el fin del capitalismo. Como no hay nada que lo reemplace, nos hemos resignado a creer que este sistema durará para siempre. Y nunca hubo nada que durara para siempre: las cosas cambian y se acaban y cambian

y se acaban y

alguna vez tocamos

el fondo o lo que sea que eso sea:

el momento en que sabemos

para qué

vale la pena patalear o incluso

usar armas

como la poesía.

Ese momento que siempre está

un poco más allá; ese momento

por el que sí vale la pena, ese momento

que a veces se diría solo pasado. Ese momento

que habrá que imaginar.

La canción no era tan buena, la nostalgia tampoco, la voz una caricia áspera. Sí, aunque no parezca estamos tocando el fondo, como siempre. Solo que, cada vez, tocarlo puede ser el principio o el fin de algo distinto.

Caras y más caras

Martín Caparrós

Caras y más caras, caen las máscaras.

Ya llega. En las calles de la ciudad donde vivo, del país donde vivo, este sábado la máscara ya no será obligada, no será: nos veremos las caras –y me alegra y me asusta.

Nos habíamos acostumbrado a las máscaras –que algunos, por quitarles peso, llamaron mascarillas, otros barbijos y otros, brutalmente, cubre o tapa bocas. Las máscaras nos metieron en una película de cuarta, mezcla de distopía de bajo presupuesto y policial manido. Vivimos en una película de cuarta: la cara enmascarada se volvió cotidiana y, poco a poco, pasó de amenaza a cortesía; cada tanto volvió a ser amenaza. La máscara fue, como casi todo, puro egoísmo vestido de generosidad: podíamos decirnos que la usábamos para preservar al prójimo de nuestras impurezas –pero la usábamos porque temíamos las del prójimo, todos los prójimos, la humanidad vuelta enemiga.

La peste nos enseñó que todos somos peligrosos para todos, que el hombre es el hombre del hombre, que el infierno son los otros y, al mismo tiempo, que nadie se puede salvar solo: que solo todos los hombres pueden salvar a cada hombre. Que mientras quede un contagiado nadie está seguro, pero hay millones que se creen que sí –y probablemente terminemos pagándolo. La peste nos arrasó las vidas: les sacó a algunos mucho, a muchos algo y a todos las caras.

Y nos acostumbramos, descubrimos: hay algo mágico en no vérnoslas. La cara, terminamos de aprender en estos meses, es la persona. Sin caras no sabemos quiénes somos, quiénes son; sin caras somos casi impunes. Sin caras no nos vemos: nos intuimos, nos suponemos, nos buscamos en lo poco que hay. Surge el secreto y sus derivaciones, la amenaza, la labia de quien calla. Ya lo saben los machistas musulmanes, que quieren dominar a sus mujeres, y sus mujeres, que saben dominarlos: ellos las obligan a esconder y ellas al no mostrar sugieren, convierten sus pelos encubiertos en una forma del misterio, los burlan, los enredan. Durante más de un año, nuestras caras fueron tan esquivas como el pelo de las mujeres musulmanas, escondidas detrás de la máscara –y quizás algún día lo recordemos con nostalgia.

Recuerdo ahora un ejercicio que les pedía a mis alumnos de radio en la facultad de Comunicación en Buenos Aires, 1988: que contaran una historia sin palabras, solo con sonidos. Las máscaras fueron, a su manera, eso: contar sin lo más evidente, ver todo salvo lo que siempre. Mirar por la calle personas y no saber qué había en su faz y, por lo tanto, cambiar la interfaz; quedarse sin sonrisas fue tanto peor que sin abrazos: aprendimos a sonreír sin bocas. Sonreír con los ojos es sonreír en serio, más allá de la mueca: durante todos estos meses pudimos, supimos, nos esforzamos y lo conseguimos. O no, según las veces.

Y fue atractivo mientras duró y fue espantoso mientras duró: la máscara es, como casi todo, insoportable. Es duro portar su cruz, su culpa, su pasado; es un coñazo portar siempre una máscara. No es difícil: es solo insoportable. Y como es insoportable nos pasamos más de un año soportándolo y ahora vamos a empezar a terminar de soportarlo. Mostrar la cara solía ser muy banal y es, ahora, una victoria: la libertad será mostrarla.

Porque la peste nos mostró tantas cosas que no queríamos ver –y ocultó las que sí. Las caras se habían vuelto pura aspiración: producto de interiores o, más aún, de la pantalla. Por la peste, fueron un bien raro: veíamos muy pocas, debíamos prestarle a cada una la atención debida. Pero eso –por ahora– se acabó: las calles se llenarán de ellas, volveremos a un mundo de abundancia. Vuelve la sociedad del despilfarro: cada vereda o acera o calzada va a ser, de nuevo, remolino de caras y, poco a poco, nada de eso importará y habremos olvidado.

Y, una vez más, tener lo que deseábamos será no tener nada.

La muerte del vivo

Martín Caparrós

Fueron minutos muy espeluznantes. En medio de un partido de fútbol sin historia –Dinamarca y Finlandia, en esto, nunca la tuvieron– el tiempo se detuvo y millones se asustaron o conmovieron o angustiaron. Pocos lo estaban viendo cuando empezó el temblor: con la velocidad de las redes, en instantes millones se enteraron de que en ese partido un jugador se había desplomado y parecía… parecía… parecía…

Nadie decía la palabra ominosa, pero parecía. La televisión repitió una vez el movimiento tan ajeno del 10 danés que se deshizo y se cayó redondo –y, a partir de ahí, empezó su calvario. El de la tele, digo.

Digamos: un partido de fútbol de una copa europea se suspende porque un jugador se desplomó en el campo. Sus compañeros se arremolinan a su alrededor, desesperados; enfermeros y médicos corren, llegan, se agitan. El cuerpo del jugador queda tapado por los demás cuerpos: parece que no se mueve, en realidad parece… parece… parece…

La televisión, entonces, decide no mostrar nada que informe nada: cerrará los ojos. Como debe seguir emitiendo, evita los planos que podrían contar lo que sucede y se refugia en planos generales de la cancha, planos cortos de espectadores llorando y rezando, compañeros llorando y rezando, una rubia que dicen que es su hermana –pero después sabremos que es su esposa– llorando también. Los locutores no dan información, no saben, no quieren decir nada. Pasan minutos, más minutos, y la televisión solo muestra jugadores tapando al caído y personas llorando y parece… parece… parece… Ya todos estamos convencidos de que el jugador se murió y por eso nadie lo dice y por eso nadie lo muestra. La muerte no se dice, la muerte no se muestra.

La situación entra en un punto muerto. Los jugadores –sus camisetas rojas– siguen parados alrededor del cuerpo, hay más llantos, abrazos, manos en las cabezas; pasan varios minutos hasta que entra una camilla y parece que levantan el cuerpo. Seguimos sin ver nada, pero sabemos –creemos que sabemos– que ha sucedido algo tremendo: la muerte de un jugador de elite en un torneo de ídem. Los enfermeros –sus mamelucos rojos– despliegan unas toallas alrededor de esa camilla que empieza a avanzar, para taparla; sus compañeros caminan cabizbajos a su lado. Parece una procesión fúnebre –roja, toda hecha de rojos– hasta que una foto se abre paso en las redes, tan malditas. Y la foto muestra a Christian Eriksen echado en la camilla con una máscara de oxígeno en la cara y una mano tocándose la frente: parece, después de todo, vivo.

Mucho después sabremos que sí, que “está estable”. Pero ese cuarto de hora es toda una lección sobre la forma en que hacemos periodismo: las formas que elegimos para narrar el mundo. Con ese pudor de lo correcto que hace que, en la época más contada y conectada de la historia, tantas cosas deban suponerse –porque nos parece mal mostrarlas. Nos parece mal informar lo que pasa: nos parece que hay cosas que deben contarse y cosas que no. Nos parece que tenemos el derecho de decidir cuáles son esas cosas, qué puede saber “el público” y qué no, qué cosas lo chocarán u ofenderán –o, incluso, cuáles violan la privacidad del objeto de esa información. Los grandes medios creen que su función es editar el mundo.

(La pandemia es un ejemplo de esta forma: al principio, sobre todo, evitaron mostrar lo que pasaba –la desesperación, la impotencia, las muertes– so pretexto de que era contraproducente y era obsceno. Hay quienes suponen que, si se hubiera mostrado, muchos más habrían tenido conciencia del peligro y muchos menos se habrían contagiado. O, por lo menos, habríamos sabido. Se puede discutir, casi no se discute.)

El partido no tenía importancia, el desmayo de un jugador tampoco tanta. Pero el resultado es una gran metáfora: millones de personas estuvimos convencidas de algo que resultó ser falso. En directo todos supusimos que Eriksen había muerto; pasado el primer shock, habría sido fácil mostrar que no lo estaba si el pudor, la corrección o la estupidez no se hubieran impuesto, una vez más, a la razón de este trabajo: contar el mundo, no juzgarlo o filtrarlo o volverlo digerible.

Fueron solo unos minutos y fue una tontería: fue, sin duda, una lección de periodismo, una nueva invitación a preguntarnos qué estamos haciendo.

O, si acaso: qué mierda estamos haciendo.

Más peor que sus padres

Martín Caparrós

Una frase recorre España y la perturba. Hay frases, de tanto en tanto, que se instalan: crean realidades. Simulan que describen pero, en realidad, producen lo que dicen. En España –y en tantos otros sitios– una de las más exitosas de estos últimos años es esa que proclama que los jóvenes de ahora, los que tienen ahora entre 15 y 35 años, van a “vivir peor que sus padres”.

La utilidad de esas frases es que sirven para decir mucho más que lo que dicen. Cuando una se impone la repetimos como perros –y, al decirla, decimos bastante más que lo que suponemos que decimos. En este caso –como en la mayoría– la pregunta está clara: ¿qué es lo que define las vidas de esos padres, qué las hace mejores que las de sus hijos? Los hijos, decíamos, tienen 20 o 30 años; sus padres navegan entre los 50 y los 60. Tenían, por lo tanto, 20 o 30 en 1990. En esos días España ya olvidaba su larga dictadura, se habituaba a la democracia y cierta modernidad y su entrada en la Unión Europea la había vuelto más o menos rica: destruía sus industrias pesadas y su clase obrera, se concentraba en construcción, turismo, servicios y cultivos, y el dinero –de ayudas europeas, de especulaciones varias– circulaba. España se volvía un país de carreteras nuevas y coches más nuevos, universidades nuevas y estudiantes más nuevos, pisos nuevos e hipotecas más nuevas todavía.

Esos muchachos –esos padres– tenían expectativas que sus padres, décadas antes, no habían tenido: un buen trabajo fijo, una casa comprada, un auto reluciente, unos hijos en la universidad. Esos muchachos –esos padres– tenían una vida que era una síntesis de lo más temible: la seguridad de que, treinta años después, seguirían en la misma oficina, pagando la misma hipoteca, cambiando el mismo coche. Era la vida misma y les gustaba: se habían convencido de que era un privilegio.

Ahora, la mayoría de estos muchachos –sus hijos–, dicen, vivirán peor porque no tendrán todo eso. Entonces la frase les sirve a políticos, medios, sociólogos y demás comentaristas para fijar cierto orden y ciertas prioridades: vivir peor es no conseguir empleo fijo ni hacer familia ni armarse un futuro más o menos seguro. Es cierto: casi la mitad de esos jóvenes no tiene trabajo. Son –se dice siempre– la generación mejor preparada, más estudiada de la historia española: pocas veces pueden hacer lo que estudiaron. Tampoco tienen muchas chances de comprarse una casa –a menos que papá y mamá los socorran– y, por lo tanto, de “formar una familia”, tener niños, todas esas cosas que sus padres emprendieron con entusiasmo y ciertas garantías.

Pero, con perdón, eso solo implica vivir peor que ellos si se supone que ese es el modelo. Quizás el problema no es no poder vivir como sus padres; es querer vivir como sus padres. Tantos, estos años, se prepararon para un futuro que fue quedando viejo: una sociedad que existía y ya no existe –ya no les da el lugar que suponían– y ellos quieren que vuelva a existir. En la protesta aparece a menudo el incumplimiento de la promesa protestante: si te esfuerzas, lo conseguirás. Traducido: si cumples con las reglas –si estudias, si te adaptas– tendrás seguridad. Lo que quedó negado fue ese camino recto como vía de promoción social, entre otras cosas. O la idea de promoción social en esta idea de sociedad.

La solución –si acaso, con perdón– sería pensar en esos padres que vivieron bien porque no querían vivir como sus padres. Pensar cómo sería no vivir como ellos, no tratar de vivir como ellos.

Lo que llamamos la modernidad empezó cuando millones no quisieron vivir como sus mayores. Lo habían hecho durante siglos: el hijo heredaba la hectárea o la herrería de su padre, que la había heredado de su padre, y hacía lo mismo que él en el mismo lugar; esa idea terminó de romperse con el auge de las ciudades y los transportes y las fábricas, caída de los dioses. Aparecía un mundo diferente, uno que cambiaría sin parar, donde todo consistía en saber inventarse un futuro –que podía ser común o individual o una buena combinación de ambos.

Ahora es difícil. Se nota mucho: vivimos en una sociedad –en una época– que todavía no ha conseguido armarse un futuro que la atraiga, no imagina maneras de vivir que le interesen tanto que esté dispuesta a trabajar todo lo necesario –a arriesgar todo lo necesario– para llevarlas a la práctica. Es lo que hicieron los modernos y lo llamaron república, democracia, socialismo; es lo que ahora no logramos. Y entonces, sin más ideas que buscar las viejas, aparece la queja de que estos jóvenes “vivirán peor que sus padres”.

Se quejan de que no tienen futuro porque la sociedad no se lo ofrece; los lastra el mito de que a sus padres sí se lo ofrecieron. En el mito de sus padres no hay conquista o invención: fueron creciendo y eso les daba derecho a que les propusieran el empleo y la hipoteca o algo así, porque todo crecía. El mito es, si acaso, el del capitalismo triunfante que podía ofrecer todas esas cosas. Le exigen que lo siga haciendo; no lo hace.

Mientras crean que vivir mejor es reproducir las vidas de sus padres es probable que vivan peor. Es cierto que sus padres vivían mejor: no porque tuvieran ese coche y esa casa y ese empleo sino porque tenían unas expectativas –y, en general, podían cumplirlas. Pero lo importante no es cumplirlas; es tenerlas. Eso es lo que te hace vivir mejor, y ahora parece que no hay. Eso –no la hipoteca, el empleo, la pensión segura– es lo que falta.

Vivir una vida mejor no sería recuperar aquellos proyectos –que son, al fin y al cabo, los que nos han traido hasta aquí– sino inventarse otros. ¿Cuánto tardarán estos hijos en pensar que lo que hace una vida mejor –que lo que hace mejor una vida– es una ilusión nueva? ¿O ya no lo harán ellos sino los que vienen detrás, que aprenderán de ellos y les enseñarán? Generaciones perdidas siempre hubo: son la mayoría. Las generaciones ganadas son pocas; son, en general, las que supieron redefinir qué significa ganar.

Llegarán, supongo –porque siempre llegaron–, y esos sí que vivirán mejor.

¿La izquierda es progre?

Martín Caparrós

Por suerte pasa en el Perú, que no le importa a nadie. No es nada personal: a nadie le importa Perú o Paraguay o México o España o Argentina a menos que sea peruano o paraguayo o mexicano o español o argentino –y ni siquiera. Por supuesto que a nadie le importa casi nada que no sea lo más cercano, pero se podría incluso imaginar que es un error: en lo lejano se va cocinando lo que probablemente alguna vez se acerque. Y, aún si no, es tan entretenido.

A nadie le importa pero en Perú hubo, hace semanas, elecciones presidenciales muy extrañas: en estos tiempos de polarización, docena y media de candidatos se repartían intenciones de voto que nunca superaban el 15 por ciento –y, tres días antes, nadie tenía muy claro qué par pasaría a la segunda vuelta. Pasaron, al final, y competirán por la presidencia este 6 de junio, el señor Pedro Castillo y la señora Keiko Fujimori.

La señora Fujimori es la primera de los cuatro hijos de un ex presidente preso por corrupciones y homicidios, que a sus 20 años ya era primera dama de su país por la espantada de su madre; ahora, a sus 45, tras estudiar administración de empresas en Estados Unidos y casarse y parir y pasar temporadas presa por corrupción, lavado y Odebrecht, ya ha perdido por muy poco dos elecciones presidenciales y va por la vencida.

El señor Castillo es el tercero de los nueve hijos de una pareja de campesinos de Chota, en el noroeste del país, que estudió para maestro, trabajó muchos años de maestro y en 2017, a sus 47, también casado y con tres hijos muy cristianos, encabezó una huelga de maestros que sacudió al país –y lo puso en las teles. Un mes antes de las elecciones de abril era un personaje folclórico que hablaba de representar a los pobres y nacionalizar recursos; sin que nadie lo previera, terminó primero con el 19 por ciento de los votos. Había ganado en el campo, en la sierra, en las zonas más pobres.

El hombre me llamó la atención, me interesó. Pregunté, busqué en los medios; lo que más destacaban es que no era un izquierdista al uso. Lo decían en frases como esta: “A partir del 28 de julio, Perú tendrá un presidente populista y conservador, independientemente de quién gane. Los dos candidatos (…), la derechista Keiko Fujimori y el maestro radical Pedro Castillo, están, desde espectros ideológicos opuestos, en contra de la igualdad de género, el matrimonio entre personas del mismo sexo y el aborto”. Es una muestra: muchos insistían en ese carácter “conservador” del candidato de izquierda y lo exhibían como su rasgo principal. (A propósito: Castillo no está “en contra de la igualdad de género”; sí dice que “el enfoque de género en la escuela no es mi prioridad”.)

Seguí buscando. Encontré que Castillo dice, por ejemplo, que, ya que las ganancias de una empresa resultan del esfuerzo colectivo, “los sueldos de los empresarios deberán ser múltiplos de las remuneraciones de los obreros, así podrá un empresario ganar muy bien, pero pagará a su obrero menos calificado no menos de veinte veces su propio sueldo”. Y que propone nacionalizar –no necesariamente estatizar– las explotaciones mineras y petroleras para que las empresas internacionales que las aprovechan no se lleven el 80 por ciento de los beneficios y dejen el 20, sino al revés. Y aumentar los presupuestos de educación y salud del tres al diez por ciento del presupuesto nacional. No parecía que lo propusiera desde afuera: dicen que muchos de los pobres de las ciudades y el campo que lo votaron lo ven como uno de ellos –porque, en principio, es algo así como uno de ellos.

Yo no sé quién es en realidad Pedro Castillo. No sé si es confiable o no, si está mintiendo como un bellaco o se la cree, si sufre las clásicas tentaciones autoritarias de muchos de sus pares latinoamericanos. Es difícil enterarse, así, a lo lejos. Pero tampoco me importa tanto; me interesa, ahora, más allá de su persona, la idea general: la posibilidad de una izquierda no progre.

.

Supongamos, para ponernos esquemáticos, que progre significa ampliar las libertades y cuidados e izquierda significa emparejar el reparto de las riquezas y poderes; que izquierda significa usar el estado para que los que tienen menos vivan mejor y progre significa usar el estado para que cada cual pueda elegir mejor cómo vivir. Si es así, la mayoría de los partidos y grupos de izquierda actuales son más progres que izquierdas: han dejado de cuestionar el orden general y se ocupan sobre todo del avance de las opciones y libertades personales.

Y, aunque es necesario que esos partidos intenten mejorar el medioambiente o la educación sexual o la vida de las minorías de género o la muerte de quien la desea, también parece claro que esas reivindicaciones conciernen sobre todo a una parte de la población: que muchas veces los más pobres tienen problemas más urgentes, y las sienten ajenas o amenazadoras. A menudo los sectores que insisten en ampliar las libertades no intentan atacar seriamente la desigualdad –porque no lo creen posible o no saben cómo– y los sectores que necesitan más reparto no sienten que precisen esa ampliación de libertades –porque tienen otras ideas de la vida o al menos otras urgencias. Por eso, también, los que necesitan más distribución abandonan a esas izquierdas y escuchan cada vez más a esas derechas que les ofrecen ciertas ilusiones: que se ocupan de ellos. El Front National o Vox votado por obreros y ex obreros, por ejemplo.

Es uno de los problemas centrales y más escurridizos de la política actual: dónde están –quiénes son– los pobres, qué piensan, qué votan. Ya no solo en los países confusos de América Latina; también en Europa, donde solían votar a las izquierdas cuando eran obreros y locales, ahora que ya no son obreros y muchas veces son migrantes, no se sabe.

.

Supongamos, para ponernos más esquemáticos aun, que uno de los grandes problemas de la política actual es qué hacer con los pobres: que nadie sabe qué hacer con los pobres –y menos que nadie los partidos políticos. Recordemos, para ponernos más aun, tres modelos actuales: los partidos del centro clásico occidental –que la gran prensa llama “socialdemocracia”– les ofrecen servicios y subsidios que los contienen y controlan; los gobiernos del centro clásico tercermundista –que la gran prensa llama “izquierda”– les ofrecen limosnas que los contienen y controlan; los partidos de extrema derecha –que la gran prensa llama “derecha”– les ofrecen soflamas que retoman y exacerban sus resentimientos nacionalistas y sectoriales.

Los partidos de izquierda –que la gran prensa no llama– siempre les han propuesto formas, que hoy parecen lejanas, de dejar de ser pobres: no preservarlos sino eliminarlos. Pero es pa’quilombo: para conseguirlo deberían sacarles a los que tienen más, que nunca quieren tener menos. Y eso crea complicaciones, divisiones; en cambio, casi todos podemos ponernos de acuerdo en que es importante reciclar y cuidar el planeta o conseguir que las mujeres ganen lo mismo que los hombres por el mismo trabajo –aún si no lo hacemos.

Así que partidos y grupos de las izquierdas más al uso se concentran en esos asuntos –y al mismo tiempo pierden pie, se distancian de los que deberían ser los suyos. Aparecen estas diferencias entre proyecto progre y proyecto distributivo, que no tendrían por qué existir pero existen. Yo no sé si el maestro Castillo dice que está en contra del matrimonio homosexual porque lo cree o porque es lo que cree que su gente quiere que diga. Lo dice, en todo caso. Y me lleva a preguntarme si tendrá razón al dejar de lado esas reivindicaciones que, al fin y al cabo, conciernen a otra parte de la población, que muchas veces los más pobres no sienten como propias, y hacerse cargo de las que sí.

.

Entonces, ¿qué pasa cuando un dirigente de izquierda descubre que esos pobres que quiere convocar no están de acuerdo con ciertas metas que podríamos llamar progres? ¿Insiste en proponerlas aunque pierda con eso la identificación con ellos o prefiere dejarlas si ese es el precio de avanzar con ellos? ¿Es mejor adaptarse a esas ideas “conservadoras” o eso sería, una vez más, aceptar que un buen fin justifica malos medios? O, incluso, si ese dirigente de izquierda cree en esas ideas y no es progre, ¿sigue siendo de izquierda?

La disyuntiva del maestro de Chota debería recuperar un debate que no practicamos suficiente: qué significa ser de izquierda. ¿Traer a la escena pública los temas que otros no debaten? ¿Intentar que no haya más pobres? Durante mucho tiempo el Optimismo Marx nos mantuvo convencidos de que ambas cosas eran una y la misma. Pero, si resulta que no, ¿ser de izquierda sería, más que nada, representar a los pobres? Y, en tal caso, ¿qué es representar? ¿Traducir sin más lo que dice un sector o intentar cambiar ese discurso? ¿Definir sus “necesidades objetivas” o adaptarse a las que enuncia como propias?

Quizás haya que abandonar el punto más logrado del Optimismo Marx: aceptar que los pobres no son los que van a cambiar el mundo y trabajar pensando en otros sectores, los que supuestamente sí. O quizás haya que asumir que lo que piensa la mayoría de los pobres debe ser aprendido, respetado y defendido. O que, modestamente, no se trata de cambiar el mundo sino de conseguir que no haya más pobres. O quizás haya que buscar otra forma de síntesis. Vaya a saber. El debate es más que complicado; lo más fácil, como siempre, es esquivarlo.

Total, por ahora, todo eso pasa en el Perú.

La plaza publica

Martín Caparrós

Hay muchos diarios –o como quiera que se llamen. La facilidad digital los multiplicó, y es una suerte: cuantas más voces, más mejor. Pero cada vez es más complicado leer los diarios –o como quiera que se llamen. La multiplicación produce dispersión: tal tiene una noticia interesante, cual trae un comentario que un amigo recomienda, talcual ofrece en tuiter un reportaje que da ganas. Y es bueno y nos acostumbramos: después de pasarnos todo el siglo pasado adscritos a un diario como quien se inscribe en un club o un partido o una iglesia, lectores de uno o a lo sumo dos, fieles a una visión particular, internet ofreció otra forma de lectura de los medios: múltiple, transversal, apertura, debate.

Fue, durante unos años, un alimento y un placer –pero se está volviendo cada vez más difícil. Para empezar, estamos más y más reacios a leer a los distintos, más refugiados en nuestras pequeñas certezas, más miedosos de salir a un mundo oscuro que pintamos todavía más negro para justificar el miedo. Y, para seguir, los medios, ávidos ellos, quieren sobrevivir, y para eso precisan ganar algún dinero. La publicidad es rehén de las grandes bestias –Google, Facebook– y la opción es cobrar suscripciones. Es lógico, y es extraño que pagarles nos resulte extraño: lo hicimos durante toda la historia de la prensa escrita salvo las dos o tres últimas décadas. Pero antes esto significaba uno o dos al día y ahora, cuando nos hemos acostumbrado a mirar más, a picotear, ya no podemos porque, para hacerlo, deberíamos pagar quién sabe cuántos.

Lo cual es imposible para la mayoría. Así que la economía y el aire de los tiempos se alían para que la forma de leer prensa en internet esté volviendo a los paramétros de antes de internet: un diario o dos, los que más se te parecen, los que te dicen lo que querrías escuchar. Volvemos a la lectura partisana, la lectura monógama o a lo sumo bígama: la cerrazón cerril, el tedio cada vez mayor, el fanatismo de no escuchar sino lo ya sabido.

Eso es malo para los lectores, malo para los medios, pura ley de la selva. La audiencia se contrae y todos se pelean por ella. Atraerla es cuestión de vida o muerte: tenerla es sobrevivir, no tenerla es hundirse. Y los grandes medios tienen más recursos para conseguirlo y los medios medios sufren y no consiguen la masa crítica suficiente para seguir peleándola.

Contra esa caída, para hacer posible la diversidad, hay una opción que habría que pensar más: armar especies de spotify de la prensa, una Heme(roteca) de los medios medios que reúna a varios de ellos en una sola suscripción. Eso nos salvaría como lectores: recuperaría las virtudes de apertura que encomiamos cuando empezó internet –y que ahora se pierden. Y ayudaría tanto a esos medios cada vez más amenazados.

Si suficientes medios medios se unieran conformarían, entre todos ellos, una oferta más atractiva que la de un gran diario solo, y podrían conseguir más lectores, más suscriptores. Un medio medio puede hacerse con unos miles de abonados y caer más o menos lento en el desastre. Diez medios medios pueden juntar muchos más y convertirse en un espacio apetecible para lectores y publicistas, un lugar que adquiera el peso suficiente, la masa necesaria para seguir creciendo. El conjunto, otra vez, sería mucho más que la suma de las partes, y la Heme cumpliría esa función de plaza pública de publicaciones –esa plaza para los debates– que tuvo internet durante un tiempo y que se fue degradando en la basura de las redes. Para que fuera interesante –política, económica, culturalmente–, debería reunir medios de distintos formatos e idearios, ofrecer variedad, no más y más de lo mismo. No es fácil establecer esas alianzas; es probable que, para algunos, sea la única manera.

El método tiene sus problemas. Habría que encontrar, por ejemplo, una forma de repartir ingresos. La opción más inmediata –que el reparto sea proporcional a los clicks de cada medio– puede producir un desastre de gatitos y degüellos para conseguir más; habría que buscar otras o poner reglas a los participantes. Son complicaciones, pero todo consiste en convencerse e intentarlo. Creo que por ahora no lo hacen porque no está del todo claro cómo y, sobre todo, porque todos sueñan con salvarse solos: es el clásico sueño que, al despertarte, reconoces como pesadilla.

Pero no sé si quedan muchas otras opciones. Y la potencia y la novedad serían sus aliadas; entonces, quizá, la Heme podría ser más que un nuevo error de ortografía. ¿Vale la pena debatirlo?

.

(Y un pequeño experimento sobre la lectura: ¿usted también leyó «la plaza pública»?)

618.127 días después

Martín Caparrós

No parece que tengamos mucho que celebrar, últimamente. Y sin embargo desperdiciamos las pocas oportunidades que aparecen. Este viernes 12 de marzo, por ejemplo, se cumplió un año de aquel día, y hubo pocos festejos.

El 12 de marzo de 2020 era jueves y los diarios hablaban cada vez más de esa plaga que llegaba de China y estragaba, por entonces, el norte de Italia. Pero solo algunos retomaron la noticia del día: el cardenal Angelo De Donatis, vicario papal de Roma, autoridad pomposa, acababa de ordenar el cierre de las 900 iglesias de su capital porque “el Señor nos pide que contribuyamos a la salud de todos. Por desgracia, ir a la iglesia no es distinto de ir a cualquier otra parte”, dijo. “Hay riesgo de contagio”. Quizá no supo que estaba haciendo historia.

Hasta ese día, durante quince siglos, la reacción más inmediata de Roma –y el resto de Occidente– frente a plagas o catástrofes o guerras consistía en pedirle a su dios disculpas y clemencia. Esas desgracias eran castigos que su dios les mandaba cuando se habían portado mal, y entonces los castigados salían en procesión, paseaban virgencitas y torturados varios, se hincaban a rogarle que los perdonara. Le decían que lo habían entendido, que no fuera tan fiero, que era justo pero ya alcanzaba. Suena –puede sonar– a cuento para niños: fue el discurso oficial de eso que solemos llamar nuestra civilización durante los 618.127 días –y una sola noche– que pasaron desde aquel viernes de octubre de 327 en que el emperador romano Constantino dijo que in hoc signo vinces y adoptó la cruz como su símbolo, justo antes de una batalla que le daba miedo, hasta el 12 de marzo del año pasado.

Durante esos cientos de miles de días, durante esos 1.693 años, ese dios decidía y definía. Era el mismo que ponía reyes cuando había reyes, hacía quemar sabios cuando había sabios, hacía empalar putos cuando había putos, y esas cosas. Era el que manejaba el mundo entero; por eso, si algo terrible sucedía en él, había que ir a pedirle que reconsiderara. Y así fue hasta el 12 de marzo del año pasado, cuando no solo no hubo ruegos; para más inri, sus gerentes cerraron los lugares donde esos ruegos suelen suceder para que los rogadores no se contagiaran.

Ese día algún guasón con aires clásicos le podría haber dicho a cualquier doliente que “buscas a Roma en Roma, oh peregrino,/ y a Roma en Roma misma no la hallas”. Pero los guasones, últimamente, se privan de citar a Quevedo. Y los curas también; más ese día en que, en lugar de encabezar procesiones y misas y súplicas, sus jefes se allanaron al dictado de la técnica.

Es uno de esos gestos que parecen pequeños pero que, bien mirados, pueden ser el síntoma perfecto de un cambio radical. En esa decisión casi administrativa, la ciencia se había impuesto a la religión en su lugar más consagrado: allí, en su propia capital, había acabado con un orden de siglos y siglos. Quizás alguna vez esa fecha sea un hito, la marca de un final tan demorado: 12 de marzo, uno dos tres, un día divino.

O quizá no. Nos hemos vuelto un fresco primitivo: hordas de enmascarados, señoras y señores con un trapo tapándonos la boca, forajidos de nada, asustados con telitas de miedo. Pero esperamos cosas buenas de las malas. “No hay mal que por bien no venga”, dice un viejo refrán castellano que nunca entendí, y que explica mejor la versión de Mateo Alemán: “No hay mal tan malo de que no resulte algo bueno”, escribió en su Guzmán de Alfarache.

Nos hemos acostumbrado, para sobrevivir, a esa visión tontoptimista de este año de mierda y quizás este reemplazo simbólico de la religión por la ciencia sea el mejor aliciente para sostenerla: lo mejor que nos habrá pasado gracias a la peste. El problema será –queda dicho– si queremos creer en la ciencia: la ciencia no está hecha para creer sino para dudar, para poner en duda, para ensayar y errar y ensayar de nuevo. En ella creer –o creer en ella– es un contrasentido, como bien lo muestran las idas y venidas de médicos y asimilados este último año, sus órdenes tan contradictorias.

El bien está por verse. Entre los interminables, indisimulables males de la peste, pocos me impresionan tanto como el triunfo del talante conservador. Hace unos meses lo escribí pensando que me pasaba sobre todo a mí; ahora compruebo que es de lo más común.

El conservador se define por una idea rectora: que las cosas –tu vida, por ejemplo– eran mejores antes y que vale la pena hacer todo lo posible para volver a vivir como entonces. Aunque resulte duro reconocerlo, ¿no es la esencia de nuestros pensamientos ahora mismo? ¿No nos pasamos las horas y las horas imaginando ese momento en que podamos volver a circular, encontrarnos sin miedo, revolear las telitas de la cara, seducirnos, pelearnos, pensar en cosas que sí valgan la pena? ¿No nos domina la idea de volver a aquellos días, felices sin saberlo? Nostálgic0s, descubrimos de pronto la belleza de lo que ya pasó y ansiamos recuperarlo: somos conservadores –y es triste, levemente humillante.

Y es un peligro: la idealización del pasado siempre produce presentes aún peores que ese pasado idealizado. Es el peligro de que, en ese retorno, nos parezca necesario recuperar todo el paquete: que compremos, por ejemplo, el recuerdo de un mundo delicioso donde las iglesias de Roma estaban tan abiertas y su dios nos guardaba de cualquier desgracia, y que empecemos a pedirle disculpas –de rodillas, claro, de rodillas– por haberlo olvidado.

Peores cosas hemos hecho en los últimos 618.127 días.

Madrid, Buenos Aires, las derechas

Martín Caparrós

El que dijo aquello de que los números gobiernan al mundo quizás hablaba de esto: de pronto aparece un número redondo y miles se interesan por algo que un mes atrás ni recordaban. La Comuna de París, ahora, por ejemplo: se cumplen 150 años de ese intento y hay artículos, suspiros, remembranzas.

Es cierto que aquella Comuna los merece: no más hoy que el año pasado, octubre próximo. Que se la recuerde por un capricho calendario es, también, un signo de los tiempos: durante décadas fue una referencia siempre presente para esa izquierda que ya perdió sus referencias. Lo subraya una escena antigua que suele emocionarme: cuando Lenin y Trotski, dos varones tan serios, que acababan de derrocar al zar de Rusia, bailaron o bailotearon en la nieve porque su pequeña revolución había superado el tiempo –los 72 días– de la gran Comuna.

La Comuna de París, entonces, servía como ejemplo y enseñanza. La Comuna fue muchas cosas –talleres sin patrones, milicias de mujeres, curas en fuga, el poder repartido– y fue, también, escenario de una de las grandes batallas a las que no prestamos atención: el campo retrógrado contra la ciudad moderna. En esos días, en Francia, empezaba a haber elecciones más o menos generales –aunque, por supuesto, sin mujeres– y sus resultados se repetían una y otra vez: París y las ciudades grandes votaban a la izquierda republicana, el campo votaba a la derecha napoleónica. Esa derecha era una alianza –clásica– entre los más ricos y los campesinos conservadores, católicos, ligeramente brutos; esa derecha fue la que aplastó a la Comuna y gobernó su país durante décadas.

Ahora, el peso relativo de las ciudades y el campo cambió. En tiempos de la Comuna dos de cada tres franceses eran campesinos; ahora los europeos se reparten al revés: más de dos tercios son urbanos. Pero las diferencias se mantienen: uno de los fenómenos más curiosos de nuestras sociedades es que las ciudades importantes siguen siendo muy distintas de los países donde están.

En síntesis: que los votantes de las capitales votan más a la izquierda y eligen gobiernos más progres que los votantes del campo y las ciudades chicas y, en última instancia, que el conjunto de los votantes del país. El fenómeno es extraño. Porque en esas grandes ciudades, en general, se concentra también el poder de esos países, su dinero, sus ricos más ricos, sus medios influyentes, sus iglesias, sus ejércitos. Pero producen una circulación política y cultural que produce, a su vez, una masa crítica de personas que se opone a los dictados de esos poderes.

Así, esas capitales suelen ser raros oasis que supuestamente dirigen países con los que no están de acuerdo. Y sus habitantes tienen muchas veces la sensación de estar prisioneros en un mar de retrógrados.

Recíprocos, a menudo esos “retrógrados” odian a los pedantes capitalinos que parecen despreciarlos y los llevan por caminos que no querrían recorrer mientras viven –suponen– de su honrado trabajo. Los tratan de parásitos, los envidian un poco, los temen otro poco. Y los capitalinos se desesperan por tener que soportar gobiernos nacionales tanto más retrasados que sus gobiernos municipales –por la gansada de esos compatriotas.

Es, con sus matices, lo que sucede en Berlín con respecto a Alemania, en París con Francia, en Amsterdam con Holanda, en Londres con Inglaterra, en Bruselas con Bélgica, en Barcelona con Cataluña, en Nueva York con Estados Unidos, en Bogotá con Colombia, en México con México y así.

La digitalización de la vida –que la peste ha acelerado tanto– podría moderar estas diferencias: si la mayor parte de tu consumo cultural y tu trabajo e, incluso, tu vida de relación se vuelven virtuales, da lo mismo que lo hagas frente al Obelisco o rodeado de vacas. Y, al fin y al cabo, será eso lo que vaya moldeando tus ideas del mundo. Pero es un proceso largo –y azaroso. Mientras tanto, las grandes capitales siguen siendo “progres”, salvo un par. Son, curiosamente, las dos ciudades donde más he vivido, Madrid y Buenos Aires.

Buenos Aires es una ciudad falsa: tiene unos 15 millones de habitantes, pero solo cuentan, para elegir autoridades, menos de tres. El resto se define como Gran Buenos Aires o, ahora, AMBA –Área Metropolitana de Buenos Aires– y no participa en esas elecciones. Si lo hiciera, otros serían sus gobernantes; como no lo hace, los eligen los privilegiados que pueden vivir en sus zonas más caras, que llevan décadas eligiendo a la derecha.

Madrid es otra historia. “Si dejamos nuestras casas por la guerra/ nuestro hogar será el ínclito Madrid”, cantaba mi padre mientras se afeitaba: era un canto de los internacionalistas que habían ido a defenderla durante la Guerra Civil. Madrid era, entonces, un símbolo de las izquierdas del mundo; después, cuarenta años de franquismo y otros tantos de democracia rica consiguieron convertirla en un extraño grano derechista. Usaron, para eso, varios trucos: atrajeron a las grandes corporaciones, disminuyeron los impuestos, se cargaron las industrias, reemplazaron a los trabajadores locales –que votaban– por trabajadores inmigrantes –que no votan–, gentrificaron sin piedad.

Son esbozos: alguna vez habrá que terminar de entender por qué Madrid es una de las pocas capitales importantes más reaccionaria que su país -y empezar a encontrar los remedios. Dentro de un mes, otra vez Madrid deberá probar su condición: si las encuestas electorales son precisas –si el Partido Popular y Vox consiguen votos suficientes–, se convertiría en la primera gran capital occidental con un gobierno de derecha extrema en este siglo.

Será un capítulo nuevo –un capítulo inverso– de la batalla entre el campo y las ciudades, uno de los grandes conflictos ignorados de estos tiempos en que hacemos tantos esfuerzos por ignorar ciertos conflictos –mientras nos armamos, por supuesto, otros para disimularlo.

Un día en la vida de Dios

Otro: en estos días, además de El Hambre, apareció también la reedición de Un día en la vida de Dios, novela histórico-pop que publiqué por primera vez en 2001. Cuenta, a través de diez momentos de la historia, desde las cavernas hasta la invención de la bomba atómica pasando por el Antiguo Egipto, Grecia, Roma y compañía limitada, cómo los hombres fueron creando y refinando su cuento más extraño: que había dioses.

Así que nada, un disparate, que empieza más o menos así:

.

Dios no podía dormir, esa mañana, y ni siquiera lo sabía. No era que estuviese nerviosa: era que no sabía. Si hubiese conocido esa manera moderada de no ser que los bichitos, unos siglos, unas horas después, empezarían a llamar sueño, otra habría sido la historia de su día. La ignorancia de Dios siempre tuvo terribles consecuencias.

Dios no podía dormir porque nunca había dormido. Unos siglos, unas horas después, cuando ya había hecho hombres, verlos dormir –y, sobre todo, despertarse– le daría la suficiente curiosidad para intentar un sueño. Pero entonces no lo conocía, y no pudo apetecerlo. Es más: no es seguro que la palabra apetito tuviera algún sentido para ella. O incluso: visto lo que había hecho hasta entonces, es dudoso que ninguna palabra tuviera sentido para ella.

.

Dios solía quejarse de que le había tocado un universo de segunda, pero no era verdad: tuvo los mismos recursos que todas las demás. Nunca nadie pretendió relegarla: la Corporación respeta la igualdad de oportunidades y, además, no le conviene maltratar a los suyos. Cada vez que decide empezar un universo nuevo, la Corporación produce una oficial y le entrega las mismas herramientas: una parva de materia primaria, la dosis necesaria de energía y toda la información disponible sobre los universos ya creados. La Corporación es la primera interesada en que cada nuevo universo sea mejor, más eficiente que los anteriores.

Se espera que cada oficial, cuando encara la producción de un universo, muestre en él sus matices, sus intereses y sus innovaciones: hay tantos universos como oficiales los producen –y son, en este momento, 1.311. Pero los caminos principales, los modelos, siempre han sido dos. Están las que deciden invertir sus recursos de masa y energía en la creación de un sistema complejo, compuesto por muchas formas muy diversas: es la solución más conservadora –más cobarde–, la que apuesta a que tal diversidad permitirá la existencia de cuerpos y espacios buenos, regulares y malos, es decir: que, entre una cantidad regular de fracasos, casi seguro aparecerán algunos éxitos, y todo se compensará. Y están las arrojadas: las que invierten todo su potencial en una forma única. Es riesgoso: se la están jugando a un solo tiro, pero si lo aciertan pueden producir universos al borde del milagro.

Dios no era de éstas. Dios –llamémosla Dios, como empezaríamos a nombrarla más tarde, aunque su verdadero nombre siempre fue – era, al principio, una oficial ñoña, timorata: una de tantas. Así que se decidió, sin mucha reflexión, por el modelo más común, el más probado: usar la energía provista para hacer explotar su masa de materia.

Una explosión de ésas es muy linda de ver. Hay que estar muy atento: todo sucede en un tiempo tan breve. De pronto, un espacio que antes no existía se conforma: un espacio nuevo, vacío, lleno de sí, donde todo es posible todavía.

Aunque no tanto: el vacío suele llenarse parecido. En rigor, sabemos que ese espacio está vacío durante una fracción de tiempo, pero no llegamos a verlo. Lo vemos porque sabemos que lo está, pero no lo vemos porque al verlo ya se está llenando de toda esa materia en expansión: polvito y gases que se van convirtiendo en estrellas, asteroides, planetas, galaxias, nebulosas, cometas, quásares, agujeros negros: un universo más. Es grandioso: el momento en que en verdad vale la pena ser oficial de la Corporación.

.

Dios, al principio, era casi tan nueva como su universo: recién hecha. La producción de una oficial es un procedimiento largo, mucho más difícil y riesgoso que generar un universo.

El proceso es preciso: la cantidad de materia necesaria, las fuentes de energía, la información que hay que integrarle se han estudiado tanto. Está claro, por ejemplo, que las oficiales deben ser todas bolas: es la forma más perfecta, la que no supone ningún despilfarro de materia. Aunque, por supuesto, cada oficial tiene la posibilidad de transformar la materia de su cuerpo en lo que necesite, en lo que cada situación particular pueda exigirle. Pero en el día a día lo que mejor les resulta es la bola. La forma bola, además, facilita sus movimientos: en general una oficial no tiene por qué moverse mucho, pero moverse no le cuesta nada. Cada bola-oficial está cribada de conductos de comunicación: ojos y oídos simultáneos, para controlar el desarrollo de su universo.

El modelado no tiene peligros; todo se complica cuando hay que cargarles la información: experiencias, saberes, mecanismos de decisión, objetivos, nostalgias, modelos a emular. El proceso, queda claro, está reglamentado hasta lo último pero, por más cuidados que ponemos, nunca llegamos a controlar todos los detalles. Siempre hay alguno que se nos escapa: es enojoso y es, también, indispensable: sin esas fugas, las oficiales serían todas iguales y los nuevos universos serían, inevitablemente, remedos de los anteriores. No deben serlo; aunque, a veces, vistos ciertos resultados, sería tanto mejor que sí lo fueran.

Cada universo es una puesta en escena, muy amplificada, de lo que conseguimos con cada oficial: el universo de Dios era tan chocarrero como ella.

.

La vida de nuestras oficiales parece, a qué negarlo, rutinaria. Están hechas para sus labores, y viven para ellas. Saben que el trabajo de mantener en buena marcha su universo es infinito: a menos que una oficial se equivoque mucho, muy grosero, lo va a seguir haciendo para siempre. Sólo si sus errores son tremendos la ponemos en disponibilidad y se pasa el resto de los tiempos repasándolos, revolcándose una vez y otra vez en su caída. No solemos hacerlo, porque es un castigo demasiado costoso: los anales sólo recuerdan siete casos, los siete casos ejemplares.

Cada nueva oficial tiene que integrarse a la Red: el tejido de las 1.311 agentes con universo a cargo. La Red no siempre es fácil: hay envidias, engaños, alianzas, truquitos, zancadillas. La Red no supone encuentros: se trata más bien de conexiones. Nuestras oficiales sólo se reúnen en las situaciones más extraordinarias: de hecho, no hay nada que preocupe tanto a nuestro equipo como la convocatoria a un mitin general. Pero suelen conectarse para ver quién está haciendo bien qué cosa, quién mal qué, a quién vale imitar, quién despreciar, contra qué mala praxis se puede comparar la propia para hacerla pasar por más brillante. La Corporación necesita este clima: sin él, nada mejoraría.

Es cierto: la vida de nuestras oficiales puede parecer rutinaria. Sólo la azuza la importancia del trabajo que realizan: hay pocas cosas que se comparen con la enorme satisfacción de florecer un universo –muy pocas, y es mejor no precisarlas. La satisfacción, el justo orgullo de la tarea bien hecha es su motivo principal; está también, es cierto, la sombra del Tablero. Nadie quiere estar en los puestos más bajos del Tablero: el Tablero se actualiza todo el tiempo y toma en cuenta, para sus puntuaciones, la opinión de todas las agentes. No necesitan comunicarlas: el Tablero las recibe aunque ellas no lo hagan. Las que ocupan los últimos puestos del Tablero no tienen represalias que temer: sólo reciben el lógico desprecio. Las que ocupan los primeros, en cambio, pueden esperar mejoras importantes. Yo mismo fui, en algún momento, una de ellas.

.

Dios siempre había ocupado puestos mediocres del Tablero, pero en los últimos tiempos estaba perdiendo muchos puntos, y bajaba. Su universo había empezado, queda dicho, con la suficiencia banal del modelo más clásico: un conjunto de millones y millones de cuerpos y espacios celestes en ligera expansión, sin conflictos engorrosos ni logros importantes. Pero aún dentro de este marco módico hay universos que se permiten destellos de elegancia o innovación que los destacan, que los justifican; el universo de Dios era pesado, previsible, todo muy 3,14: puro gas, piedra y fuego, órbitas obvias y relaciones sin sorpresa.

Dios era, ya queda dicho, una oficial sin gracia. Pero, para su desdicha, tenía la pequeña lucidez necesaria para saberlo. Y, en algún punto, una ambición que nada en ella podía justificar.

Hacía su trabajo. Una vez que un universo está en marcha, su mecánica general no suele presentar grandes problemas: funciona sola. Entonces las oficiales se instalan en ese ritmo y pasan su tiempo recorriendo sus rincones. Las reglas mandan que empleen un día para cada cuerpo celeste: así, en los universos clásicos, pasan millones y millones de días hasta que pueden completar un giro.

Aquella mañana, cuando no podía dormir, Dios tenía por delante una jornada relativamente fácil: debía ocuparse por segunda vez del desarrollo de un guijarro lejano, uno de los satélites de una estrella menor en un sistema nebuloso marginal: el planeta tercero del sector . Nada serio, un pedrusco minúsculo, del tamaño de cualquiera de nuestras oficiales. Pero la fuerza de la Corporación se basa en considerar que no hay tarea pequeña.

Dios estaba molesta, esa mañana. El día anterior había recibido la noticia de otro descenso en el Tablero y se desesperaba, y no daba con el modo de detener su decadencia. Si hubiera tenido la posibilidad de un buen sueño su humor se habría recuperado sin grandes consecuencias o, al menos, dormida, no habría tomado tantas medidas defectuosas. Pero no: decidió dedicarse de lleno a su trabajo.

El planeta tercero no le interesaba, era una partícula insignificante y primero pensó en despacharlo lo antes posible para pasar a ocuparse de cuestiones más serias. Después, enfurruñada, se le ocurrió que quizás su propia falta de importancia fuera una oportunidad para experimentar, para ver si podía hacer algo que le trajera por fin el reconocimiento que, con base tan dudosa, creía merecer.

Página 1 de 4

Funciona con WordPress & Tema de Anders Norén