un cuarto –medio medio– propio

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618.127 días después

Martín Caparrós

No parece que tengamos mucho que celebrar, últimamente. Y sin embargo desperdiciamos las pocas oportunidades que aparecen. Este viernes 12 de marzo, por ejemplo, se cumplió un año de aquel día, y hubo pocos festejos.

El 12 de marzo de 2020 era jueves y los diarios hablaban cada vez más de esa plaga que llegaba de China y estragaba, por entonces, el norte de Italia. Pero solo algunos retomaron la noticia del día: el cardenal Angelo De Donatis, vicario papal de Roma, autoridad pomposa, acababa de ordenar el cierre de las 900 iglesias de su capital porque “el Señor nos pide que contribuyamos a la salud de todos. Por desgracia, ir a la iglesia no es distinto de ir a cualquier otra parte”, dijo. “Hay riesgo de contagio”. Quizá no supo que estaba haciendo historia.

Hasta ese día, durante quince siglos, la reacción más inmediata de Roma –y el resto de Occidente– frente a plagas o catástrofes o guerras consistía en pedirle a su dios disculpas y clemencia. Esas desgracias eran castigos que su dios les mandaba cuando se habían portado mal, y entonces los castigados salían en procesión, paseaban virgencitas y torturados varios, se hincaban a rogarle que los perdonara. Le decían que lo habían entendido, que no fuera tan fiero, que era justo pero ya alcanzaba. Suena –puede sonar– a cuento para niños: fue el discurso oficial de eso que solemos llamar nuestra civilización durante los 618.127 días –y una sola noche– que pasaron desde aquel viernes de octubre de 327 en que el emperador romano Constantino dijo que in hoc signo vinces y adoptó la cruz como su símbolo, justo antes de una batalla que le daba miedo, hasta el 12 de marzo del año pasado.

Durante esos cientos de miles de días, durante esos 1.693 años, ese dios decidía y definía. Era el mismo que ponía reyes cuando había reyes, hacía quemar sabios cuando había sabios, hacía empalar putos cuando había putos, y esas cosas. Era el que manejaba el mundo entero; por eso, si algo terrible sucedía en él, había que ir a pedirle que reconsiderara. Y así fue hasta el 12 de marzo del año pasado, cuando no solo no hubo ruegos; para más inri, sus gerentes cerraron los lugares donde esos ruegos suelen suceder para que los rogadores no se contagiaran.

Ese día algún guasón con aires clásicos le podría haber dicho a cualquier doliente que “buscas a Roma en Roma, oh peregrino,/ y a Roma en Roma misma no la hallas”. Pero los guasones, últimamente, se privan de citar a Quevedo. Y los curas también; más ese día en que, en lugar de encabezar procesiones y misas y súplicas, sus jefes se allanaron al dictado de la técnica.

Es uno de esos gestos que parecen pequeños pero que, bien mirados, pueden ser el síntoma perfecto de un cambio radical. En esa decisión casi administrativa, la ciencia se había impuesto a la religión en su lugar más consagrado: allí, en su propia capital, había acabado con un orden de siglos y siglos. Quizás alguna vez esa fecha sea un hito, la marca de un final tan demorado: 12 de marzo, uno dos tres, un día divino.

O quizá no. Nos hemos vuelto un fresco primitivo: hordas de enmascarados, señoras y señores con un trapo tapándonos la boca, forajidos de nada, asustados con telitas de miedo. Pero esperamos cosas buenas de las malas. “No hay mal que por bien no venga”, dice un viejo refrán castellano que nunca entendí, y que explica mejor la versión de Mateo Alemán: “No hay mal tan malo de que no resulte algo bueno”, escribió en su Guzmán de Alfarache.

Nos hemos acostumbrado, para sobrevivir, a esa visión tontoptimista de este año de mierda y quizás este reemplazo simbólico de la religión por la ciencia sea el mejor aliciente para sostenerla: lo mejor que nos habrá pasado gracias a la peste. El problema será –queda dicho– si queremos creer en la ciencia: la ciencia no está hecha para creer sino para dudar, para poner en duda, para ensayar y errar y ensayar de nuevo. En ella creer –o creer en ella– es un contrasentido, como bien lo muestran las idas y venidas de médicos y asimilados este último año, sus órdenes tan contradictorias.

El bien está por verse. Entre los interminables, indisimulables males de la peste, pocos me impresionan tanto como el triunfo del talante conservador. Hace unos meses lo escribí pensando que me pasaba sobre todo a mí; ahora compruebo que es de lo más común.

El conservador se define por una idea rectora: que las cosas –tu vida, por ejemplo– eran mejores antes y que vale la pena hacer todo lo posible para volver a vivir como entonces. Aunque resulte duro reconocerlo, ¿no es la esencia de nuestros pensamientos ahora mismo? ¿No nos pasamos las horas y las horas imaginando ese momento en que podamos volver a circular, encontrarnos sin miedo, revolear las telitas de la cara, seducirnos, pelearnos, pensar en cosas que sí valgan la pena? ¿No nos domina la idea de volver a aquellos días, felices sin saberlo? Nostálgic0s, descubrimos de pronto la belleza de lo que ya pasó y ansiamos recuperarlo: somos conservadores –y es triste, levemente humillante.

Y es un peligro: la idealización del pasado siempre produce presentes aún peores que ese pasado idealizado. Es el peligro de que, en ese retorno, nos parezca necesario recuperar todo el paquete: que compremos, por ejemplo, el recuerdo de un mundo delicioso donde las iglesias de Roma estaban tan abiertas y su dios nos guardaba de cualquier desgracia, y que empecemos a pedirle disculpas –de rodillas, claro, de rodillas– por haberlo olvidado.

Peores cosas hemos hecho en los últimos 618.127 días.

Madrid, Buenos Aires, las derechas

Martín Caparrós

El que dijo aquello de que los números gobiernan al mundo quizás hablaba de esto: de pronto aparece un número redondo y miles se interesan por algo que un mes atrás ni recordaban. La Comuna de París, ahora, por ejemplo: se cumplen 150 años de ese intento y hay artículos, suspiros, remembranzas.

Es cierto que aquella Comuna los merece: no más hoy que el año pasado, octubre próximo. Que se la recuerde por un capricho calendario es, también, un signo de los tiempos: durante décadas fue una referencia siempre presente para esa izquierda que ya perdió sus referencias. Lo subraya una escena antigua que suele emocionarme: cuando Lenin y Trotski, dos varones tan serios, que acababan de derrocar al zar de Rusia, bailaron o bailotearon en la nieve porque su pequeña revolución había superado el tiempo –los 72 días– de la gran Comuna.

La Comuna de París, entonces, servía como ejemplo y enseñanza. La Comuna fue muchas cosas –talleres sin patrones, milicias de mujeres, curas en fuga, el poder repartido– y fue, también, escenario de una de las grandes batallas a las que no prestamos atención: el campo retrógrado contra la ciudad moderna. En esos días, en Francia, empezaba a haber elecciones más o menos generales –aunque, por supuesto, sin mujeres– y sus resultados se repetían una y otra vez: París y las ciudades grandes votaban a la izquierda republicana, el campo votaba a la derecha napoleónica. Esa derecha era una alianza –clásica– entre los más ricos y los campesinos conservadores, católicos, ligeramente brutos; esa derecha fue la que aplastó a la Comuna y gobernó su país durante décadas.

Ahora, el peso relativo de las ciudades y el campo cambió. En tiempos de la Comuna dos de cada tres franceses eran campesinos; ahora los europeos se reparten al revés: más de dos tercios son urbanos. Pero las diferencias se mantienen: uno de los fenómenos más curiosos de nuestras sociedades es que las ciudades importantes siguen siendo muy distintas de los países donde están.

En síntesis: que los votantes de las capitales votan más a la izquierda y eligen gobiernos más progres que los votantes del campo y las ciudades chicas y, en última instancia, que el conjunto de los votantes del país. El fenómeno es extraño. Porque en esas grandes ciudades, en general, se concentra también el poder de esos países, su dinero, sus ricos más ricos, sus medios influyentes, sus iglesias, sus ejércitos. Pero producen una circulación política y cultural que produce, a su vez, una masa crítica de personas que se opone a los dictados de esos poderes.

Así, esas capitales suelen ser raros oasis que supuestamente dirigen países con los que no están de acuerdo. Y sus habitantes tienen muchas veces la sensación de estar prisioneros en un mar de retrógrados.

Recíprocos, a menudo esos “retrógrados” odian a los pedantes capitalinos que parecen despreciarlos y los llevan por caminos que no querrían recorrer mientras viven –suponen– de su honrado trabajo. Los tratan de parásitos, los envidian un poco, los temen otro poco. Y los capitalinos se desesperan por tener que soportar gobiernos nacionales tanto más retrasados que sus gobiernos municipales –por la gansada de esos compatriotas.

Es, con sus matices, lo que sucede en Berlín con respecto a Alemania, en París con Francia, en Amsterdam con Holanda, en Londres con Inglaterra, en Bruselas con Bélgica, en Barcelona con Cataluña, en Nueva York con Estados Unidos, en Bogotá con Colombia, en México con México y así.

La digitalización de la vida –que la peste ha acelerado tanto– podría moderar estas diferencias: si la mayor parte de tu consumo cultural y tu trabajo e, incluso, tu vida de relación se vuelven virtuales, da lo mismo que lo hagas frente al Obelisco o rodeado de vacas. Y, al fin y al cabo, será eso lo que vaya moldeando tus ideas del mundo. Pero es un proceso largo –y azaroso. Mientras tanto, las grandes capitales siguen siendo “progres”, salvo un par. Son, curiosamente, las dos ciudades donde más he vivido, Madrid y Buenos Aires.

Buenos Aires es una ciudad falsa: tiene unos 15 millones de habitantes, pero solo cuentan, para elegir autoridades, menos de tres. El resto se define como Gran Buenos Aires o, ahora, AMBA –Área Metropolitana de Buenos Aires– y no participa en esas elecciones. Si lo hiciera, otros serían sus gobernantes; como no lo hace, los eligen los privilegiados que pueden vivir en sus zonas más caras, que llevan décadas eligiendo a la derecha.

Madrid es otra historia. “Si dejamos nuestras casas por la guerra/ nuestro hogar será el ínclito Madrid”, cantaba mi padre mientras se afeitaba: era un canto de los internacionalistas que habían ido a defenderla durante la Guerra Civil. Madrid era, entonces, un símbolo de las izquierdas del mundo; después, cuarenta años de franquismo y otros tantos de democracia rica consiguieron convertirla en un extraño grano derechista. Usaron, para eso, varios trucos: atrajeron a las grandes corporaciones, disminuyeron los impuestos, se cargaron las industrias, reemplazaron a los trabajadores locales –que votaban– por trabajadores inmigrantes –que no votan–, gentrificaron sin piedad.

Son esbozos: alguna vez habrá que terminar de entender por qué Madrid es una de las pocas capitales importantes más reaccionaria que su país -y empezar a encontrar los remedios. Dentro de un mes, otra vez Madrid deberá probar su condición: si las encuestas electorales son precisas –si el Partido Popular y Vox consiguen votos suficientes–, se convertiría en la primera gran capital occidental con un gobierno de derecha extrema en este siglo.

Será un capítulo nuevo –un capítulo inverso– de la batalla entre el campo y las ciudades, uno de los grandes conflictos ignorados de estos tiempos en que hacemos tantos esfuerzos por ignorar ciertos conflictos –mientras nos armamos, por supuesto, otros para disimularlo.

Un día en la vida de Dios

Otro: en estos días, además de El Hambre, apareció también la reedición de Un día en la vida de Dios, novela histórico-pop que publiqué por primera vez en 2001. Cuenta, a través de diez momentos de la historia, desde las cavernas hasta la invención de la bomba atómica pasando por el Antiguo Egipto, Grecia, Roma y compañía limitada, cómo los hombres fueron creando y refinando su cuento más extraño: que había dioses.

Así que nada, un disparate, que empieza más o menos así:

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Dios no podía dormir, esa mañana, y ni siquiera lo sabía. No era que estuviese nerviosa: era que no sabía. Si hubiese conocido esa manera moderada de no ser que los bichitos, unos siglos, unas horas después, empezarían a llamar sueño, otra habría sido la historia de su día. La ignorancia de Dios siempre tuvo terribles consecuencias.

Dios no podía dormir porque nunca había dormido. Unos siglos, unas horas después, cuando ya había hecho hombres, verlos dormir –y, sobre todo, despertarse– le daría la suficiente curiosidad para intentar un sueño. Pero entonces no lo conocía, y no pudo apetecerlo. Es más: no es seguro que la palabra apetito tuviera algún sentido para ella. O incluso: visto lo que había hecho hasta entonces, es dudoso que ninguna palabra tuviera sentido para ella.

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Dios solía quejarse de que le había tocado un universo de segunda, pero no era verdad: tuvo los mismos recursos que todas las demás. Nunca nadie pretendió relegarla: la Corporación respeta la igualdad de oportunidades y, además, no le conviene maltratar a los suyos. Cada vez que decide empezar un universo nuevo, la Corporación produce una oficial y le entrega las mismas herramientas: una parva de materia primaria, la dosis necesaria de energía y toda la información disponible sobre los universos ya creados. La Corporación es la primera interesada en que cada nuevo universo sea mejor, más eficiente que los anteriores.

Se espera que cada oficial, cuando encara la producción de un universo, muestre en él sus matices, sus intereses y sus innovaciones: hay tantos universos como oficiales los producen –y son, en este momento, 1.311. Pero los caminos principales, los modelos, siempre han sido dos. Están las que deciden invertir sus recursos de masa y energía en la creación de un sistema complejo, compuesto por muchas formas muy diversas: es la solución más conservadora –más cobarde–, la que apuesta a que tal diversidad permitirá la existencia de cuerpos y espacios buenos, regulares y malos, es decir: que, entre una cantidad regular de fracasos, casi seguro aparecerán algunos éxitos, y todo se compensará. Y están las arrojadas: las que invierten todo su potencial en una forma única. Es riesgoso: se la están jugando a un solo tiro, pero si lo aciertan pueden producir universos al borde del milagro.

Dios no era de éstas. Dios –llamémosla Dios, como empezaríamos a nombrarla más tarde, aunque su verdadero nombre siempre fue – era, al principio, una oficial ñoña, timorata: una de tantas. Así que se decidió, sin mucha reflexión, por el modelo más común, el más probado: usar la energía provista para hacer explotar su masa de materia.

Una explosión de ésas es muy linda de ver. Hay que estar muy atento: todo sucede en un tiempo tan breve. De pronto, un espacio que antes no existía se conforma: un espacio nuevo, vacío, lleno de sí, donde todo es posible todavía.

Aunque no tanto: el vacío suele llenarse parecido. En rigor, sabemos que ese espacio está vacío durante una fracción de tiempo, pero no llegamos a verlo. Lo vemos porque sabemos que lo está, pero no lo vemos porque al verlo ya se está llenando de toda esa materia en expansión: polvito y gases que se van convirtiendo en estrellas, asteroides, planetas, galaxias, nebulosas, cometas, quásares, agujeros negros: un universo más. Es grandioso: el momento en que en verdad vale la pena ser oficial de la Corporación.

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Dios, al principio, era casi tan nueva como su universo: recién hecha. La producción de una oficial es un procedimiento largo, mucho más difícil y riesgoso que generar un universo.

El proceso es preciso: la cantidad de materia necesaria, las fuentes de energía, la información que hay que integrarle se han estudiado tanto. Está claro, por ejemplo, que las oficiales deben ser todas bolas: es la forma más perfecta, la que no supone ningún despilfarro de materia. Aunque, por supuesto, cada oficial tiene la posibilidad de transformar la materia de su cuerpo en lo que necesite, en lo que cada situación particular pueda exigirle. Pero en el día a día lo que mejor les resulta es la bola. La forma bola, además, facilita sus movimientos: en general una oficial no tiene por qué moverse mucho, pero moverse no le cuesta nada. Cada bola-oficial está cribada de conductos de comunicación: ojos y oídos simultáneos, para controlar el desarrollo de su universo.

El modelado no tiene peligros; todo se complica cuando hay que cargarles la información: experiencias, saberes, mecanismos de decisión, objetivos, nostalgias, modelos a emular. El proceso, queda claro, está reglamentado hasta lo último pero, por más cuidados que ponemos, nunca llegamos a controlar todos los detalles. Siempre hay alguno que se nos escapa: es enojoso y es, también, indispensable: sin esas fugas, las oficiales serían todas iguales y los nuevos universos serían, inevitablemente, remedos de los anteriores. No deben serlo; aunque, a veces, vistos ciertos resultados, sería tanto mejor que sí lo fueran.

Cada universo es una puesta en escena, muy amplificada, de lo que conseguimos con cada oficial: el universo de Dios era tan chocarrero como ella.

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La vida de nuestras oficiales parece, a qué negarlo, rutinaria. Están hechas para sus labores, y viven para ellas. Saben que el trabajo de mantener en buena marcha su universo es infinito: a menos que una oficial se equivoque mucho, muy grosero, lo va a seguir haciendo para siempre. Sólo si sus errores son tremendos la ponemos en disponibilidad y se pasa el resto de los tiempos repasándolos, revolcándose una vez y otra vez en su caída. No solemos hacerlo, porque es un castigo demasiado costoso: los anales sólo recuerdan siete casos, los siete casos ejemplares.

Cada nueva oficial tiene que integrarse a la Red: el tejido de las 1.311 agentes con universo a cargo. La Red no siempre es fácil: hay envidias, engaños, alianzas, truquitos, zancadillas. La Red no supone encuentros: se trata más bien de conexiones. Nuestras oficiales sólo se reúnen en las situaciones más extraordinarias: de hecho, no hay nada que preocupe tanto a nuestro equipo como la convocatoria a un mitin general. Pero suelen conectarse para ver quién está haciendo bien qué cosa, quién mal qué, a quién vale imitar, quién despreciar, contra qué mala praxis se puede comparar la propia para hacerla pasar por más brillante. La Corporación necesita este clima: sin él, nada mejoraría.

Es cierto: la vida de nuestras oficiales puede parecer rutinaria. Sólo la azuza la importancia del trabajo que realizan: hay pocas cosas que se comparen con la enorme satisfacción de florecer un universo –muy pocas, y es mejor no precisarlas. La satisfacción, el justo orgullo de la tarea bien hecha es su motivo principal; está también, es cierto, la sombra del Tablero. Nadie quiere estar en los puestos más bajos del Tablero: el Tablero se actualiza todo el tiempo y toma en cuenta, para sus puntuaciones, la opinión de todas las agentes. No necesitan comunicarlas: el Tablero las recibe aunque ellas no lo hagan. Las que ocupan los últimos puestos del Tablero no tienen represalias que temer: sólo reciben el lógico desprecio. Las que ocupan los primeros, en cambio, pueden esperar mejoras importantes. Yo mismo fui, en algún momento, una de ellas.

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Dios siempre había ocupado puestos mediocres del Tablero, pero en los últimos tiempos estaba perdiendo muchos puntos, y bajaba. Su universo había empezado, queda dicho, con la suficiencia banal del modelo más clásico: un conjunto de millones y millones de cuerpos y espacios celestes en ligera expansión, sin conflictos engorrosos ni logros importantes. Pero aún dentro de este marco módico hay universos que se permiten destellos de elegancia o innovación que los destacan, que los justifican; el universo de Dios era pesado, previsible, todo muy 3,14: puro gas, piedra y fuego, órbitas obvias y relaciones sin sorpresa.

Dios era, ya queda dicho, una oficial sin gracia. Pero, para su desdicha, tenía la pequeña lucidez necesaria para saberlo. Y, en algún punto, una ambición que nada en ella podía justificar.

Hacía su trabajo. Una vez que un universo está en marcha, su mecánica general no suele presentar grandes problemas: funciona sola. Entonces las oficiales se instalan en ese ritmo y pasan su tiempo recorriendo sus rincones. Las reglas mandan que empleen un día para cada cuerpo celeste: así, en los universos clásicos, pasan millones y millones de días hasta que pueden completar un giro.

Aquella mañana, cuando no podía dormir, Dios tenía por delante una jornada relativamente fácil: debía ocuparse por segunda vez del desarrollo de un guijarro lejano, uno de los satélites de una estrella menor en un sistema nebuloso marginal: el planeta tercero del sector . Nada serio, un pedrusco minúsculo, del tamaño de cualquiera de nuestras oficiales. Pero la fuerza de la Corporación se basa en considerar que no hay tarea pequeña.

Dios estaba molesta, esa mañana. El día anterior había recibido la noticia de otro descenso en el Tablero y se desesperaba, y no daba con el modo de detener su decadencia. Si hubiera tenido la posibilidad de un buen sueño su humor se habría recuperado sin grandes consecuencias o, al menos, dormida, no habría tomado tantas medidas defectuosas. Pero no: decidió dedicarse de lleno a su trabajo.

El planeta tercero no le interesaba, era una partícula insignificante y primero pensó en despacharlo lo antes posible para pasar a ocuparse de cuestiones más serias. Después, enfurruñada, se le ocurrió que quizás su propia falta de importancia fuera una oportunidad para experimentar, para ver si podía hacer algo que le trajera por fin el reconocimiento que, con base tan dudosa, creía merecer.

El hambre sigue aquí

Hace siete años publiqué un libro que se llamaba El Hambre e intentaba entender por qué, en un mundo que ya puede de producir alimentos para todos sus habitantes, todavía hay cientos de millones de personas que no comen lo que necesitan. En estos días se publica la primera edición revisada y actualizada con las cifras y datos más recientes. Por desgracia, no fue necesario cambiar prácticamente nada en el análisis: las causas, las razones siguen siendo las mismas.

Aquí, el inicio del prólogo: .

El panorama no es alentador. Cuando apareció este libro la situación mejoraba levemente: la cantidad de personas desnutridas había disminuido lentamente durante los veinte años anteriores. Y aún así era una tragedia. Ban Ki Moon, el ex secretario general de las Naciones Unidas, había advertido que cada cuatro segundos una persona moría de hambre, malnutrición y todas las enfermedades relacionadas: diecisiete cada minuto, veinticinco mil cada día, más de nueve millones cada año –pero eso no parecía importarle a nadie.

Y entonces la cantidad de hambrientos empezó a crecer otra vez. En América Latina, por ejemplo, la FAO calculaba que eran unos 39 millones en 2015 y en 2019 ya llegaban a los 48 millones; en África contaba 217 millones en 2015 y 250 cuatro años después; en Medio Oriente, 27 y 30.

Las explicaciones son muchas y son discutibles –de eso trata este libro– pero la pregunta central sigue siendo la misma: ¿cómo carajo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?

¿Cómo podemos vivir en un mundo que, pese a su capacidad de alimentar a todos sus habitantes, soporta que más de 800 millones de ellos no coman suficiente? ¿ Cómo, en un mundo donde el hambre sigue siendo la epidemia más mortal, que mata más personas que la malaria, la tuberculosis y el sida juntos? ¿Cómo, con la conciencia de que podríamos solucionarlo si nos lo propusiéramos pero no lo hacemos?

Sigo creyendo que el hambre debería ser nuestra preocupación principal: que el orgullo de un mundo sin hambre es la meta más gozosa que podría imaginar. Y sigo pensando que, para conseguirlo, el primer paso es saber y el segundo entender –las metas imposibles de este libro. El tercero sería actuar, pero eso está más allá de sus posibilidades; es, quizá, parte de las suyas si usted lo decide, se decide, quiere.

Y aquí, el final del epílogo:

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Los llamados empezaron a fines de abril, o quizás en los primeros días de mayo. Eran radios, sobre todo, en esos días de confinamiento, o algún programa de televisión por zoom o por skype, y querían preguntarme qué pensaba sobre el aumento del hambre que traería la pandemia. Me sorprendieron, porque hacía mucho que nadie me preguntaba nada sobre el hambre. Pero resulta que la FAO había vuelto a atacar con sus cifras y eso, entonces, inducía las preguntas.

–¿Qué opina de esos cálculos que dicen que habrá entre ochenta y ciento treinta millones de hambrientos…?

Ya sabemos que los números de la FAO son tan dudosos pero que, al mismo tiempo, son los únicos. Por eso no les hice mucho caso cuando publicaron que “una estimación preliminar sugiere que la pandemia puede agregar entre 83 y 132 millones de personas al número total de desnutridos del mundo”. Pero los periodistas, confiados, confinados, sí lo hicieron y empezaron a llamarme para preguntarme por ese dato que, pese a todo, les había llamado la atención. Eran, a fin de cuentas, como cien millones de personas.

–¿Y por qué se preocupan ahora por cien millones más cuando hace tres meses no se preocupaban por los 800 millones que están pasando hambre siempre? ¿No les parece un poco hipócrita?

Les contesté más de una vez. Lo siento, pero me cabreó. Pensé que quizás se trataba de su idea de “noticia”: que esos 800 millones siguieran allí no era nada nuevo; en cambio la aparición de millones más lo era. Quizá fuese nuestra incapacidad para contar lo que no sucedió dos días atrás, para hacer del mundo en que vivimos una explosión de historias. O si acaso cinismo puro y duro: con algo hay que llenar la pantallita y esto podría impresionar al público y mostrarnos como buenas personas preocupadas. Hasta que busqué el comunicado de la FAO y lo volví a mirar. Allí –aunque ninguno de los periodistas que me llamaron la citó– yacía agazapada la razón brutal: “Pockets of food insecurity may appear in countries and population groups that were not traditionally affected”, decía: que unos “bolsillos de inseguridad alimentaria –burocratés a tope– pueden aparecer en países y grupos de población que no eran tradicionalmente afectados” –por el hambre, se entiende.

Allí sí había una clave –y es, probablemente, una de las claves de la pandemia–: que, así como empezó a morirse gente que antes no se moría, empezarían a pasar hambre personas que antes no. Que, por acción y efecto de los viruses, el hambre podría perder, en ciertos casos, su característica principal: ser algo que les pasa siempre a otros.

En las calles de Madrid, donde ahora paro, hay colas de personas que piden alimentos. Muchos de ellos, cuentan, nunca antes pidieron comida –pero se han quedado sin trabajo, sin ahorros, sin reservas o ayudas y no les queda otra. Dicen que unas 250.000 personas reciben ayudas alimentarias en Madrid, uno de cada quince habitantes de la capital de uno de los quince países más ricos del mundo. Dicen, también, que en Nueva York ya pasan del millón y medio.

La demanda se dispara, la oferta no acompaña. La emergencia tiene un doble efecto: por un lado, algunos que no solían pedir ahora lo hacen y, por otro, algunos que querrían dar ahora no pueden. Pero algunos que no solían ayudar ahora lo intentan.

La situación se deteriora, y te dicen que es culpa del coronavirus. Es y no es. El virus no causa nada: agudiza, si acaso, los problemas existentes, desigualdades existentes, pobrezas existentes. Desvela, revela, lleva al límite: es el leve empujón que desbarranca a los que sobrevivían en el borde.

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El corona empezó con una aureola de igualdad: nos atacaba –nos ataca– a todos. Pero rápidamente la desigualdad empezó a manifestarse con fuerza, con brutalidad. Estaba, para empezar, la desigualdad fundamental entre los que podían darse el triste lujo de encerrarse –no trabajar o trabajar encerrados– y los que no, los que debían salir a la calle a buscarse la vida. Es decir: los que se aburrían e inquietaban y asustaban pero sabían que todo consistía en armarse de paciencia, y los que sabían que si eso seguía así ya no sabrían más nada.

Y estaba la desigualdad básica de tener que confinarse cuatro o cinco en un piso de sesenta metros o siete u ocho en un ranchito o cuantos fueran en una casa con jardín. Y la desigualdad de estar moderna y abundantemente conectado e informado o tener que enterarse de alguna cosa cada tanto. Y la desigualdad de saber que si te enfermabas tenías que ir a tentar la suerte a un hospital colmado y mal provisto o tenías “derecho” a una atención cuidada y moderna porque lo has pagado –lo que te ofrece incluso la opción de reclamar, porque el cliente, a diferencia del ciudadano, siempre tiene razón.

Y estaba la desigualdad de poder comprar las mascarillas y alcoholes y remedios necesarios, o no poder comprarlos. Y la desigualdad entre los que debían trabajar en contacto con personas –sanitarios, cajeros de supermercado, policías, choferes– y los que no. Y los que podían convertir su trabajo en teletrabajo y los que no. Y los que podían desplazarse seguros en sus propios coches y los que debían amontonarse en un transporte público, y había tantas más diferencias y desigualdades y cada una de ellas tenía dos facetas: la desigualdad social, entre personas de distinta clase en un mismo país, y la desigualdad nacional, en que todos los habitantes de un país tenían ventajas sobre los de otros.

Y, por supuesto, la desigualdad más bruta, más primaria: tener o no tener comida.

Queda dicho: las cifras del hambre no son fiables. Pero, pese a todo, estaba claro que, tras una disminución a principios de la década pasada, la cantidad de hambrientos empezó a aumentar en 2014 o 2015: se debió, en general, a la baja de los precios de las materias primas, que complicó las economías de los países pobres que las producen en Latinoamérica o en África, y a otros reveses económicos. Así estábamos, en esa caída leve pero sostenida, preocupante, cuando la crisis del corona mandó todo al carajo: decenas de millones de personas dejaron de comer lo suficiente.

Y, queda dicho: son los de siempre pero no solo los de siempre. La movida no tiene muchos precedentes. Por eso es difícil  prever adónde va; hoy, noviembre 2020, no se puede ver dónde nos lleva. Más allá de mi cólera, cien millones de personas que empiezan a pasar hambre casi de repente es un desastre pocas veces visto. Muy pocas veces visto. Va a producir efectos, va a tener consecuencias.

Cuáles, es la pregunta decisiva.

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¿Nos servirá para aprender, para intentar cambiar? ¿Les servirá a los estados para reafirmar su necesidad –y su poder extraordinario? ¿Sabremos reclamarles que se ocupen en serio de los que lo precisan? ¿Será posible que lo hagan sin aumentar sus coacciones? ¿Podremos sacudirnos el imperio del miedo? ¿Nos asustaremos aún más cuando veamos que faltan tantas cosas o saldremos a buscarlas por los medios que sean? ¿Habrá más libertades, más represión, más comprensión, más aspereza? ¿Habrá más hambre? ¿Habrá pelea?

¿Será el principio de algo o será el fin de nada?

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Estamos, como siempre, en una encrucijada.

Ni una mujer

Martín Caparrós

Todos hombres: era muy impresionante que fueran todos hombres. Miraba esa película deliciosa de 1961, Le Président, de aquellos tiempos en que los franceses querían ser más elegantes que profundos, hirientes que sentidos, y producían unos diálogos muy artificiales y casi perfectos a la manera de Sacha Guitry. Y el guión era de Georges Simenon y la dirección de Henri Verneuil, y Jean Gabin, viejo y enérgico, hacía de ex presidente y se reía del mundo. Pero nada de eso importa ahora: lo que me impresionó fue aquella imagen de la Cámara de Diputados en París: todos señores, todos.

Todos: ni una sola mujer. Y ahora, recuperando el clásico 12 angry men –Sidney Lumet, 1957, cumbre de Henry Fonda– la sensación vuelve con fuerza porque no es sensación sino avalancha de imágenes: entre esos doce jurados discutiendo hasta la extenuación no hay ninguna mujer. Todos señores, todos.

Son imágenes que hace no mucho, cuando yo nacía, resultaban normales –y ahora inverosímiles. Fines de los ’50, principios de los ’60 era una época que pensamos feliz, eran mis primeros años, y las imágenes me impresionaron y empecé a buscar más. Imágenes de los ’20, los ’30, los ’40, y el modelo se repetía en todas: las instituciones estaban hechas de señores. Y entonces sí terminé de formularme la pregunta tonta, que no había pensado antes –ni leído–: ¿se podría decir que pocos procesos produjeron tanta expulsión de las mujeres de la vida pública, de las distintas formas del poder como la democracia?

“Los dioses ya no estaban, Cristo todavía no estaba; hubo, entre Cicerón y Marco Aurelio, un momento único en que solo estuvo el hombre”, le escribió Gustave Flaubert a una amiga hace justo 160 años. La época en que –en el poder– solo estuvo el hombre empezó, creo, poco después. Creo; es, insisto, una hipótesis que habría que trabajar, pero hay algunos datos. En 1861, cuando Flaubert escribía aquella carta, la reina Victoria ya llevaba 24 años en el trono inglés y le quedaban todavía cuarenta; en España la segunda Isabel tenía 28 de reina por detrás –desde sus 13– y siete por delante.  En la India Lakshmi Bai, reina viuda de Jhansi, moría a la cabeza de una gran revuelta contra los británicos, y en Holanda pronto nacería la reina Guillermina, la de los zapatitos. E incluso Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia, discutía con su Napoleón de tercera los destinos de su reino. Los hombres eran, por supuesto, gran mayoría en todos los poderes pero aquellos regímenes arcaicos tenían, por esas cosas de la sangre y los amores, algún sitio para las mujeres. Las democracias acabaron con él.

En Occidente, en la segunda parte del siglo XIX, cuando los sistemas eleccionarios terminaron de asentarse, las mujeres perdieron las últimas opciones que les quedaban para participar de alguna decisión. No votaban, y a nadie –prácticamente nadie– se le ocurría que debieran hacerlo. No emprendían, no dirigían empresas, no dictaban clases ni sentencias, y a nadie –prácticamente nadie– le parecía que debieran hacerlo. Ni a ellos ni a ellas: no era que no pudieran, era que no lo pensaban. Vivían, como todos, en su época, convencidos de sus convicciones, sin la distancia y la voluntad necesarias para ponerlas en cuestión, creyéndolas el orden natural.

Salvo, por supuesto, las inadaptadas de siempre, las extremistas habituales que pedían algo totalmente disparatado, fuera de cualquier lógica, algo que no se hacía porque nadie lo hacía ni tenía sentido que se hiciera. Se llevaban las burlas y los ataques de rigor pero poco a poco, a fuerza de pelear, fueron logrando algunas cosas. El símbolo, la palanca, era votar. En Nueva Zelandia, pionera, lo consiguieron en 1893; las demás ya en el siglo XX: Australia, Escandinavia, Canadá y las nuevas repúblicas soviéticas hacia 1917; justo después Inglaterra, donde empezaron por las mayores de 30 dueñas de algo.

Y así de seguido: en España el voto femenino llegó con la República de 1931, aunque algunos de sus diputados lo rechazaban con argumentos muy científicos: “¿Cuál sería el destino de la República si en un futuro próximo, muy próximo, hubiésemos de conceder el voto a las mujeres? Seguramente una reversión, un salto atrás. Y es que a la mujer no la domina la reflexión y el espíritu crítico; la mujer se deja llevar siempre de la emoción, de todo aquello que habla a sus sentimientos, pero en una mínima escala de la verdadera reflexión crítica”, decía entonces Roberto Novoa, diputado republicano gallego y catedrático de Patología de la Universidad de Madrid. Y otros y otras –Victora Kent, por ejemplo, radical, la primera abogada española– lo apoyaban con argumentos de conveniencia política: las mujeres era, se sabía, conservadoras, y dejarlas votar significaría el retorno al poder de la derecha oscurantista.

Después, con los mismos miedos, los mismos obstáculos, la onda siguió, lenta, laboriosa: el voto femenino empezó en Francia e Italia en el ’45, Argentina en el ‘51, México y Perú en el ’55, Colombia en el ’57, Catar en 1999. Lo sabemos, y de algún modo lo olvidamos. Por eso es tan brutal ver esas imágenes de hace no tanto tiempo, esas imágenes tan “democráticas” como un parlamento o un jurado popular –de puros hombres. De pronto, entonces, me parece claro que no hubo, en el Occidente clásico, ningún momento en que las mujeres estuvieran tan sólidamente apartadas de toda forma de poder como esas décadas en que se fue instalando la democracia de delegación: en que, primero, hombres elegían hombres y, después, con gran esfuerzo, mujeres los seguían eligiendo.

Esa época trajo avances importantes de la igualdad en otros campos; en este, nada. Es un ejemplo fuerte de cómo la historia nunca es lineal, nunca unívoca: cómo ciertos “progresos” conviven con brutas regresiones. Y cómo a millones de personas les puede parecer tan normal algo que años después otros tantos millones encuentran aberrante. Es ese principio que olvidamos tan fácil, tan a gusto: sobre todo, pequeño saltamontes, nunca te creas eso que creés.

La gran peste cumple siglo y medio

El festejo es, quizás, exagerado: gran esfuerzo de producción para recordar que hace exactamente 150 años empezó en Buenos Aires la epidemia más recordada de la historia argentina, la Fiebre amarilla de 1871.

En esos días la ciudad era, como siempre, un caos. Buenos Aires había crecido veloz, desordenada: dos décadas antes tenía 80.000 habitantes, pero entonces ya llegaba a los 180.000. Su mugre, sus amontonamientos, sus cloacas escasas, sus basuras sin tasa parecían el mejor escenario para que la peste se desarrollara –y se desarrolló.

Nadie supo de dónde llegó: algunos supusieron que la habían traído los soldados que volvían de la guerra contra el Paraguay, otros echaban la culpa a los migrantes –sobre todo italianos, los más numerosos, los más pobres, que solían vivir atestados en los primeros conventillos. Tampoco se sabía cómo se transmitía: se barajaban distintas hipótesis pero, hasta décadas después, no se supo que el culpable había sido un mosquito, el Aedes aegypti.

En cualquier caso, la difusión fue rápida y brutal. En tres meses, uno de cada doce porteños se murió de las fiebres. Es, en proporción, como si ahora murieran, en Buenos Aires y su periferia, más de un millón de personas.

El gobierno, como suele, no supo bien qué hacer. Lo presidía Domingo Faustino Sarmiento, que tomó una decisión que siempre lamentaría: trasladar –“por seguridad”– su oficina y sus ministros a Mercedes, un pueblo a cien kilómetros de la capital. Los reproches por esa fuga durarían hasta su muerte –y aún después.

Por eso quise reproducir hoy aquí este fragmento de una novela titulada o no Sarmiento, de autor todavía desconocido, donde el entonces presidente cuenta en primera persona su sufrimiento en el poder. Cualquier parecido con la realidad es rara coincidencia.

Mercedes, el poblacho donde asenté el gobierno, era un caserío de unos cientos de campesinos abrumados por los porteños fugitivos. No era, en absoluto, el único. Los alrededores de la ciudad rebosaban de ellos: en Flores y en Belgrano, por supuesto, no quedaba ni un rincón sin ocupar, pero también en Quilmes, Lomas de Zamora, Morón y otros pueblos de las afueras se acumulaban las familias. Algunas tenían campos o quintas, otras los alquilaban a precio de oro, otras se gastaban lo que no podían para conseguirse un refugio que las alejara de la amenaza de la peste. Uno de cada dos o tres porteños, dicen –todos los que podían–, se tomaron el buque. Al fin y al cabo somos un país de fugitivos: cuántos de nosotros no nos hemos escapado una y mil veces. Alguien llegó a decirme que hacíamos lo mismo que los indios, que cuando tienen enfermos en la toldería la levantan, los dejan y se van para que los abandonados se curen o se mueran sin afectar al resto. Son nómades, claro, los muy salvajes: pueden hacerlo porque siempre lo hacen.

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Algunos dijeron que la fiebre había llegado de Brasil; otros, con un contingente de soldados que volvían del Paraguay. Es fácil: el mal siempre es culpa de los otros. Y es cierto que las pestes siempre llegan desde algún lugar; el problema no es de dónde llegan sino dónde se quedan –y entre nosotros encontraron el mejor terreno.

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Es cierto que los que más sufrieron fueron los que se quedaron. La mayoría era la canalla más abyecta, la que no tenía forma alguna de dejar la ciudad, sus conventillos. Eran, sobre todo, los italianos llegados en los últimos años.

Ya entonces la mitad de los porteños eran extranjeros y la mitad de los extranjeros eran italianos. Algunos decían –dicen– que no es así cómo crecen los cuerpos, que no se puede andar agregándoles brazos y piernas y pelos y dientes, que hay que dejarlos desarrollarse solos, pero no entienden que un país no es un animal que crece orgánico sino una máquina que debe ser construida por artesanos pacientes a lo largo de los siglos y, cada tanto, un artífice innovador que, en un rapto de genio, triplique su poder con un invento o una adición inesperados. Otros, con menos florituras, se quejaban de que con tanto forastero no iba a quedar nada para los verdaderos argentinos; no era fácil explicarles –era muy fácil explicarles, era difícil que entendieran– que el problema son, muchas veces, los verdaderos argentinos, incapaces de construir un país como nos merecemos.

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Los oportunistas de siempre aprovecharon: me acusaron de que mi política de inmigración era culpable de la peste. Un disparate: por un lado todos ellos –casi todos ellos– habían llegado antes de que yo asumiera la presidencia y, por otro, yo nunca quise esos inmigrantes patasucia, hombres débiles que, en lugar de salir a conquistar las pampas con su trabajo se quedaron en la ciudad buscando las oportunidades fáciles. Si se hubieran ido al campo esto no les habría pasado. Pero no eran –todavía no eran– los que siempre esperamos. Y, al final, hicieron lo mismo que los indios: más de cinco mil se tomaron un barco de vuelta a su país, maldiciendo el momento en que se les había ocurrido venir a esta tierra exigente.

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Me decían que la ciudad se había vaciado: solo pobres, el miedo, las carretas con cuerpos, las fogatas. La muerte estaba en todas partes, y nadie sabía dónde.

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Los hospitales no daban abasto, se improvisaban salas aquí y allá que más que curar enfermaban a quien tuviera la desgracia de acercarse a ellas. Nadie sabía qué hacer. Los propios médicos, perplejos, recomendaban las medidas más contradictorias: si la fiebre se esparcía por los miasmas del aire, dijeron, era bueno hacer en las calles esas fogatas que los iban limpiando; pero después dijeron que las fogatas, al contrario, calentaban el aire y lo hacían presa más fácil de esas mismas miasmas. Y que la peste no circulaba por el aire sino por el suelo, avanzando de casa en casa como una serpiente, y que los vivos eran contagiosos pero nada más contagioso que los muertos, y que no había que comer porque cualquier comida podía estar infectada pero que había que comer porque el cuerpo debilitado sería tierra fértil, y que no había que conocer mujer por no desperdiciar las fuerzas pero que un poco de actividad sexual las mejoraba, y que el mejor remedio era una cucharada de amoníaco cada dos o tres horas pero que el amoníaco te destruía las tripas, y así de seguido. Cuántos enfermos se resistían a tomar la medicina que les daba un médico si el propio médico no la tomaba antes, por si acaso.

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Es cierto que lo pensé, llegué a pensarlo: ¿qué había hecho yo, dónde había errado? ¿Por qué me estaba pasando todo esto?

Llegué a pensar que quizá lo merecía.

Después, que no podía ser tan vano..

La muerte ya no tenía cuidado. Carretas, me decían, recorrían sin descanso la ciudad: caravanas de cuerpos enredados retorcidos, silencio alrededor, los vivos escapando. Se habían muerto varios carpinteros que fabricaban ataúdes y los pocos que quedaban no podían seguir el ritmo endiablado de la fiebre: por eso aquellos cuerpos amontonados sin resguardo.

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Era, lo sé, una muerte espeluznante. Las primeras señales eran nimias, de esas que en cualquier otra situación nadie atendería: un dolor de cabeza o de articulaciones, fiebre, escalofríos, la fatiga. Pero uno o dos días después ya quedabas postrado, sudores y calores, la lengua blanca, el pulso acelerado, la sed y los dolores, y el hígado que no lograba espesar la sangre así que te empezaban las hemorragias por la nariz, la boca, el estómago, el culo, esa sangre negra de los vómitos negros y los detritos negros y la piel amarilla y todo estaba claro. Entonces la fiebre te subía hasta las nubes y los delirios y los estertores, y lo peor era que por momentos se calmaba y creías que te salvabas pero la salvación duraba, si acaso, algunas horas, porque después la enfermedad volvía con más fuerza todavía y te llevaba: en tres, cuatro días como mucho la sangre te salía a chorros por la nariz, la lengua, el ano y en unas horas de locura y gritos te volvías cadaver, un cadáver que nadie se animaba a tocar, que solía terminar entreverado con unos cuantos más en la carreta de los sepultureros.

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Muchas personas tuvieron momentos sublimes de solidaridad; otros, como siempre, aprovecharon, y se supo de varias bandas de ladrones que se disfrazaban de enfermeros para entrar en las casas de los enfermos y saquearlas. La tontería sería creer que un desastre como ése cambiaría a las personas; sacó, si acaso, lo mejor y lo peor de cada cual –y a muchos todo.

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Y sobre todo el miedo: no hay enfermedad más mortal que el miedo a la muerte, solía decir el doctor Argerich –que terminó sucumbiendo a la fiebre. El miedo mata más que la fiebre, decían los diarios: “Julepis morbis”, decían, el julepe de la enfermedad es una enfermedad terrible; muerto de miedo ya no era una frase. El triunfo del miedo es el triunfo de la desconfianza. Pero era difícil no tenerlo cuando el enfermo, en su agonía, veía cómo todos se apartaban de él, cómo sus seres más queridos se negaban a darle una mano y lo miraban a lo lejos o se iban, lo abandonaban para que, al morirse de ese mal brutal, no los matara. Hubo, en esos días, tantos miles que no murieron como correspondía, como habrían querido: que no murieron bien. Que se murieron solos, sin la presencia de sus familias, sin el murmullo de un sacerdote que los acompañara, en lazaretos y hospitales, en una calle oscura, en lugares indignos, hoyos para mendigos y otros parias, rodeados por la escoria.

Hay quienes dicen que en los momentos importantes de la vida uno está solo; es difícil saber a qué se refieren. Uno no nace solo sino con la persona que más lo querrá; uno no se casa solo sino con la segunda persona que más lo querrá; en el momento de cargar a degüello uno está rodeado de sus compañeros que lo aprecian; sólo al escribir uno está solo, lo cual arroja serias dudas sobre la importancia de escribir. Pero, por eso, es razonable que en el momento de morir también esté con sus seres queridos disponibles; no suelen ser los más queridos pero son lo que hay y, al fin y al cabo, nadie elige dónde y con quién morirse, así que deben considerarse afortunados los que pueden hacerlo donde siempre vivieron su vida, con las personas con las que la vivieron.

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La fiebre también rompía con eso:

la fiebre, en esos días,

había roto con todo.

En junio, cuando la fiebre fue perdiendo fuerza, se calculaba que unos quince mil porteños habían muerto. Más tarde, cuando empezamos a refinar las cuentas, descubrimos que un buen tercio de esos muertos habían sido negros y que su peso en la ciudad había bajado tanto. Algunos, sin piedad, se preguntaron quién iba a mantener limpias las calles. Muchos, con el tiempo, quisieron creer que la fiebre amarilla marcó el principio de una ciudad nueva, más cuidada, más preocupada por sus condiciones: el principio de la ciudad moderna.

Siempre están los que quieren creer –y yo suelo ser uno de ellos– pero no estoy seguro. Sé, sí, que la cambió: las viejas familias porteñas abandonaron el barrio Sur, demasiado apiñado. Hasta la peste, vivir allí era la mayor marca de elegancia que alguien podía exhibir; de pronto se transformó en una condena: era quedarse en el sitio de la muerte. Muchos de los más ricos empezaron a construirse casas más amplias en la zona de la Recoleta, y abandonaron su viejo barrio a pobres e italianos.

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Fumo. Sé disfrutar de ese momento en que el humo entra primero en los pulmones, ese golpe del humo en los pulmones como un ataque brutal que uno mismo se lanza para gozar del golpe y controlar el golpe, mostrarse que lo que puede aunque no debe es más potente que lo que debe y que no puede. Fumo, sé que hay pocos golpes que no sean soportables y que, a veces, cuando llega uno, lo difícil es saber distinguirlo: que se parece tanto a otros. Fumo: entonces fumo.

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Poco a poco el mundo empezó a parecerse al de antes. No lo era: la magnitud de la catástrofe había instalado la sensación de que no valían la pena tantos esfuerzos si todo era tan frágil, si todo lo que costaba tanto podía terminar en cualquier momento bajo el ataque de una plaga inesperada. El futuro era, de pronto, una falacia, una de esas fábulas que se les cuentan a los chicos para tratar de que se porten bien. Un desasosiego general quedó instalado, y tardaría varios años en terminar de desarmarse.

Y había, mientras tanto, heridas que podían pasar inadvertidas pero de pronto –en un encuentro, una conversación, una pelea– se veían demasiado. Había tantas cosas para hacer, tanto entusiasmo y tanto miedo entre los que nos habíamos salvado. Nosotros, mi gobierno y yo, volvimos al Fuerte con la misión de recuperar poco a poco la confianza perdida. Nunca esperé que me perdonaran el supuesto abandono; confiaba, en cambio, en la voluntad de olvido que haría que muchos dejaran de pensar en esos días horribles. No contaba, quizá, con ese cuadro. Pocos meses más tarde, el uruguayo Blanes, pollo del viejo Urquiza, lo colgó en el teatro Colón y muchos miles se tomaron el tiempo de ir a verlo. Las cosas –los días, el sufrimiento, las injusticias, la esperanza rota– a veces se fijan en un cuadro o un poema. Ese dibujo era mentira: el que encontró a la mujer muerta con la bebé en el suelo fue un sereno, un hombre anónimo del que nunca se supo; en el cuadro, los que la encuentran son los pobres Manuel Argerich y Roque Pérez, un médico y un juez, dos dirigentes de la Comisión, dos hermanos masones, dos muertos por la peste. Ellos dos frente a la muerta y su bebé desesperada sintetizaron el horror tanto mejor que la verdad del sereno desconocido, insignificante. Algunos tontos dijeron que el cuadro no era cierto, que cómo Blanes se permitía falsificar así la historia. No conseguían entender que nunca la falsificó; la contó mucho mejor que lo que la realidad –siempre tan torpe– supo hacerlo.

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Nada como ese cuadro para recordarme lo que yo había hecho: la conjunción de suerte, mérito y testarudez me había dado seis años para hacer mi vida y lo que hice fue deshacerla. Ya no tendría otra oportunidad así: la había desperdiciado, me había desperdiciado. Ya nadie recordaría de mí otra cosa: que en el momento de quedarme con los míos me escapé, que me encontré, como siempre, las mejores excusas pero me escapé –como siempre. De pronto todas esas paparruchadas que me contaba sobre mi nueva libertad no eran más –no me parecían mucho más– que el aliento que le ofrece su madre al chico que se cayó y llora en el suelo, sus amigas a la mujer que acaban de dejar: mentiras piadosas, verdades despiadadas.

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Fumo. Saco con gula el cigarro de su caja de plata, lo pruebo entre los dedos para verificar el buen armado, lo huelo incluso antes de encenderlo, lo imagino, lo paladeo sin fuego todavía, pero sé que un cigarro es una gran promesa que nunca termina de cumplirse y sé que se parece tanto a todo: que cuando empieza se diría infinito y más temprano que tarde se termina, y al terminarse parece como si no hubiera empezado, como si no hubiera existido.

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Esperaba, sin embargo, una oportunidad.

Creía, entonces, que quizá la tendría.

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Y era, seguía siendo, el presidente.

Una ciudad invisible

Si hay un libro que me mata de envidia, que daría un huevo por haber escrito y que copio sin saberlo sin parar y sabiendo cada tanto y releo con denuedo es Las ciudades invisibles, de Italo Calvino.

Es pequeño, es caprichoso: son los brevísimos relatos que le hace Marco Polo al emperador Kublai Khan –con quien no comparte ninguna lengua– sobre las ciudades de su imperio infinito.

Cada ciudad son dos o tres páginas, un rasgo, una mirada, una sorpresa, una evidencia que ya no. Son destellos, pequeñas descripciones donde nada termina de estar dicho y donde queda dicho mucho más que lo que se describe: una forma de la contención y la mesura que es la manera de ser desmesurado.

Y que abraza la única opción seria de un libro de viajes: contar viajes que nunca sucedieron.

Y que tiene eso que más me fascina en un texto: que nunca estoy seguro de haberlo entendido.

Esta vez, por ejemplo, me quedé fijado en este, Las ciudades y el deseo, 5.

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Desde allí, tras seis días y siete noches, el hombre llega a Zobeide, ciudad blanca, bien expuesta a la luna, con calles que giran sobre sí mismas como un ovillo. Esto se cuenta de su fundación: hombres de naciones diversas tuvieron un sueño igual, vieron una mujer que corría de noche por una ciudad desconocida, de espaldas, con el pelo largo, y estaba desnuda. Soñaron que la seguían. Vuelta a vuelta, todos la perdieron. Después del sueño buscaron aquella ciudad; no la encontraron pero se encontraron ellos; decidieron construir una ciudad como en el sueño. En la disposición de las calles cada uno rehizo el recorrido de su persecución; en el punto donde había perdido las huellas de la fugitiva, cada uno ordenó los espacios y los muros distinto que en el sueño, para que no pudiera escapársele más.

Esta fue la ciudad de Zobeide donde se establecieron esperando que una noche se repitiese aquella escena. Ninguno de ellos, ni en el sueño ni en la vigilia, vio nunca más a la mujer. Las calles de la ciudad eran aquellas por las que iban al trabajo todos los días, ya sin ninguna relación con la persecución soñada. Que por lo demás estaba olvidada hacía tiempo.

Nuevos hombres llegaron de otros países, que habían tenido un sueño como el de ellos, y en la ciudad de Zobeide reconocían algo de las calles del sueño, y cambiaban de lugar galerías y escaleras para que se parecieran más al camino de la mujer perseguida y para que en el punto donde había desaparecido no le quedaran vías de escape.

Los que habían llegado primero no entendían qué era lo que atraía a esa gente a Zobeide, a esa fea ciudad, a esa trampa.

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Hacía mucho que no lo releía, y ahora entendí que era el mejor texto que he leído sobre la inmigración. Espero que pase el tiempo para volver a leerlo y saber, por fin, sobre qué trata.

Y poder, con suerte, olvidarlo otra vez.

Cacocracia

Martín Caparrós

¿Y si fuera que son un poco bobos? Digo: bobos en el sentido más amable de la palabra, ningún insulto, ninguna mofa o befa; solo la descripción de que a estos señores que nos gobiernan la cabeza no les da para tanto. Sería una idea realmente amable: que no lo hacen por maldades y perversiones y ambiciones y corrupciones y avideces y lameculismos varios sino por simple y muy pura ineptitud. Es una idea amable y, en realidad, desesperante.

Porque durante años caí una y otra vez en el optimismo patriótico de imaginar que la incapacidad de los dirigentes era un drama argentino, pero cada vez veo más claro que no: que sucede en –casi– todas partes. Entonces sí uno puede preguntarse por qué razones más allá de folletines patrios, condenas del folclore.

(Sucede en todas partes: ahora Trump y los suyos han hecho mucho por la autoestima mundial. Solía ser antipático pensar que los nuestros eran horribles pero los americanos eran maravillosos. Nunca lo fueron, pero lo disimulaban muy bien; con la careta de Trump –y sus adláteres– la careta se les cayó al carajo, y ahora desesperan por volver a ponérsela. Y, aunque los biempensantes del mundo hacen todo lo posible por ayudarlos, sospecho que Biden no da para tanto.)

Aquí y ahora –Madrid, sin ir más lejos– diversas pestes nos acechan. Una común, la del bicho, contraataca. Mientras tanto, una más parcial –la nieve inusitada– atacó en estos días. Ante ambas las respuestas de las autoridades fueron de una ineptitud descomunal. No supieron prever los desastres del meteoro –que todos los meteorólogos venían anunciando–, no supieron usar los recursos que tenían para repararlos, no supieron nada –y nos pasamos diez días más o menos aislados. Como tampoco saben encontrar el balance entre salud y economía que les permita mantener medio vivas una y otra. El problema es que cuando uno ve y escucha a las personas encargadas de hacerlo, no se extraña de que las cosas vayan como van. Y entonces vuelve el antiguo argumento: ¿no será simplemente que son un poco tontos?

Parece un argumento caprichoso, livianito; creo que habría que tratar de darle peso. Hay que ver, para empezar, de dónde vienen. Los gobernantes contemporáneos son, en su inmensa mayoría, empleados de partidos políticos, mujeres y hombres que decidieron hace tiempo dedicar sus habilidades a trabajar y prosperar dentro de esas estructuras. No son personas que hayan destacado por su inteligencia, su comprensión de ciertos fenómenos, su imaginación para pensar proyectos; son personas que han dedicado sus vidas a sobrevivir dentro de estructuras burocráticas oscuras, llenas de amigos efímeros y enemigos encarnizados, donde nada ofrece tanto rédito como saber a quién acercarse, de quién alejarse, qué decirle a quién con la sonrisa y qué callar cuando conviene. Digo: el set de habilidades que hace que una persona vaya escalando posiciones en un partido político no contiene casi nada que sirva cuando esa misma persona, ya escalada, debe conducir un país o una ciudad o un ministerio. La mayoría de ellos accede a puestos muy por encima de sus capacidades reales –o muy alejados de sus áreas de capacitación–; en ellos podrían, en el mejor de los casos, escuchar a los expertos, pero tampoco suelen hacerlo. La mezcla de vanidad y paranoia los lleva a creer más que nada en sí mismos, o sea: a creer en nada.

Hace unas semanas lo discutíamos con mi amigo Alejandro Katz, que deploraba la distancia que hay en la Argentina entre políticos y especialistas y que no hubiera “un saber asociado con el poder”. Y daba el ejemplo de un ministro de Educación que no tenía la menor formación en educación. Entonces yo le decía que sí había un saber asociado con el poder: ese saber –laboriosamente adquirido– de cómo funcionar en el poder o sus inmediaciones, que es lo único que les garantiza mantenerse allí y que, por lo tanto, hace que los que están allí son los que saben eso: lo que el pobre Darwin llamaría una ventaja evolutiva. Entonces, ¿para qué dedicarte a estudiar los sistemas educativos si sabés que la vía para ser ministro de educación es esta otra? ¿Que si los estudiás, con suerte vas a ser viceministro o asesor, que el ministro lo que tiene que saber son otras cosas?

Los políticos –y así, los gobernantes– se nutren de ese saber menor, que se demuestra completamente inútil en el momento de armar y conducir proyectos de país. Está hecho de pequeñeces, de saber administrar las mezquindades. Y para colmo, con perdón: sus cultores y usuarios no son gente particularmente notable. Es feo, grosero de decir pero todos ustedes saben de qué hablo: muchos han estado en colegios y facultades donde algunas chicas y chicos destacaban por su talento, por su inteligencia: ¿recuerdan que alguno se haya dedicado a la política? Lamentablemente para todos, es muy raro.

Caco, curiosamente, significa malo, como en cacofonía: algo que suena mal. No que suena malvado: que no suena bien. La cacocracia no es, como algunos creen, el gobierno de los cacos o ladrones, sino el gobierno de los malos. Ni siquiera de los malvados: de los incapaces. O sea: la enorme mayoría de los gobiernos.

Hubo tiempos en que la cacocracia era casi inevitable: épocas primitivas en que gobernaba un señor por el único mérito de ser hijo de su papá, que ya había gobernado. Entonces no había forma de corregir –salvo la revolución y el regicidio– si ese señor era un poco tarado. Para eso, supuestamente, entre otras cosas, se inventó la democracia: para poder elegir a los mejores como cabezas y manos del gobierno. Algo, en algún momento, no habría funcionado.

Ahora la mayoría de los políticos juega un juego peligroso: en las últimas décadas consiguieron convencernos de que la política democrática es un asco, un juego de compromiso y componenda, una oportunidad para comodidades y negocios sucios, reservada para unos cuantos profesionales del asunto, con lo cual la gente que se cree decente o se cree inteligente o tiene otros intereses no se mete –y ellos pueden conservar el monopolio. Es riesgoso: si nos convencen demasiado pueden terminar por quedarse sin trabajo por mera desaparición de sus instituciones –pero ya hemos visto que pueden convencernos bastante mucho y conservarlo.

Han conseguido, en cualquier caso, que casi todos vean a la política como cacaculopís y entonces los mejores –con perdón otra vez– principiantes piensan en inventar máquinas y programas, salvar vidas, ganar mucho dinero, triunfar en algún arte, desentrañar el universo, ser youtuber, pero son muy escasos los descollantes de 15 o 20 años que dicen voy a ser político. Ya no se hace. Nos quedan estos, los que no supieron pensar o concretar nada más y chocan, una y otra vez, contra sí mismos. El lío es que en el choque, como suele pasar, los que se joden son los pasajeros.

Es un problema: si fueran malvados se podría esperar que llegaran los buenos. Si solo son un poco tontos las esperanzas se hacen más difusas: que podamos convencernos de que la política es la única forma de cambiar en serio nuestras vidas –y que, por lo tanto, vale la pena que los mejores se dediquen a ella. O que, en su defecto, haya algo así como una inteligencia colectiva que supere las carencias personales. Eso sí que sería papita para el loro.

Son solo gorriones, pequeño saltamontes

Martín Caparrós

Está claro para qué les sirven los árboles a los gorriones: para estar, vivir, poner sus nidos, comer sus bichos, descansar en sus vuelos. Los gorriones no vivirían sin árboles. En cambio no sabía que los gorriones les servían a los árboles hasta ayer, en medio del temporal y de la nieve.

La nieve es de una belleza abrumadora: cambia de todo los colores, cambia las formas y los fondos, hace que el mundo sea, por unas horas, otro. Pero, como suele suceder con la belleza, cobra, cuesta: al cabo de un rato grandes ramas, cargadas, recargadas, empezaron a quebrarse y a caerse. Era brutal oírlas, verlas, encontrar esos agujeros que dejaban.

Pero los gorriones, que en lo peor de la ventisca habían desaparecido, iban volviendo. Y se posaban en las ramas nevadas y al posarse las sacudían y, al sacudirlas, hacían caer la nieve: las salvaban.

Está claro para qué les sirven los árboles a los gorriones; no es tan fácil entender para qué les sirven los gorriones a los árboles.

A veces para saberlo se necesita una tormenta.

La provisoriedad permanente

Martín Caparrós

Ya perdido, ya perseguido, ya derrotado por sus compañeros, ya exiliado, Lev Davidovitch Bronstein proclamó que una verdadera revolución, para serlo, debía ser permanente: no dejar nunca de revolucionarse. Lev Davidovitch, también llamado Trotski, terminó bajo la pica de un ex comunista español –como contó con maestría inigualada otro, Jorge Semprún– en México unos años más tarde. Quizás había exigido demasiado; los hombres, incluso a su alrededor, necesitaban alguna certeza. Nunca pudo imaginar que su venganza llegaría ochenta años después: que su revolución permanente sería reemplazada, por todo y para todos, por esta provisoriedad permanente que vivimos desde que el bichito. No es fácil vivir en un oxímoron.

Hace unos meses, cuando empezó el temblor, todos le imaginamos, según el modelo acostumbrado, plazos previsibles. Era duro y era casi simple: bueno, es terrible pero hay que aguantar dos o tres meses, nos encerramos qué se le va a hacer, cuando llegue el verano el virus ya se pierde, los calores lo matan. No, no entendés, esto hasta septiembre no mejora. ¿Septiembre? No, qué horror. Bueno, septiembre o quizás incluso octubre; yo creo que hasta octubre no vamos a retomar nuestras vidas normales. El 2020 ya pasó, y aquí estamos. Pero ya no esperamos una fecha precisa: aprendimos, al menos, que no sabíamos nada. Aprendimos –estamos aprendiendo– que vivimos en la inopia; aprendimos la palabra inopia. No aprendimos –creo, todavía– cómo vivir en esta inopia.

(En un mundo tan fragmentado que se llama a sí mismo global, la primera experiencia realmente globalizada sirvió para mostrarnos que vivíamos engañados. Ahora todo es corona –o covid o el virus o la peste o la pandemia. Ahora todo es esa cosa que no sabemos siquiera cómo nombrar. ¿No es desolador que lo único importante que le pasó a nuestra generación sea el producto de la combinación azarosa de un microorganismo y un murciélago? ¿No es humillante, un tantito humillante? ¿No nos creíamos un poco más que eso? ¿No nos creíamos capaces de cambiar o, por lo menos, de destruir el mundo?)

No sabemos. Vivíamos con proyectos que podíamos suponer casi sólidos: nos engañamos bien. Necesitamos seguridades, garantías: estamos acostumbrados a tenerlas. Necesitamos suponer que el año próximo –“si Dios quiere”, decían las abuelas para introducir el azar en sus propósitos– podríamos hacer ese famoso viaje, entrar en tal escuela, salir de cual empleo, comprar un gato negro. Necesitamos suponer que la semana próxima, si Dios quiere, iremos al cumpleaños de Estelita. Ahora, nada de eso: ya no hay próximo, todo puede cambiar –y lo peor es que lo hace. Ahora, la provisoriedad es permanente.

Y es un aprendizaje, un desafío. Cómo vivir sin planes o, peor: haciendo planes por si acaso, planes para jugar, planes que no van a cumplirse. La zozobra prospera y, sobre todo: tras pasarnos toda la vida disimulando que todo era provisorio, que cualquier plan se podía ir al carajo en cualquier momento, ahora lo vemos todo el tiempo –y no nos queda más remedio que aceptarlo. Tras una vida –millones de vidas– aprendiendo a hacernos los idiotas, la iluminación ineludible nos llegó so forma de bichito.

Y entonces pasan cosas. Hace unos meses, en lo peor del confinamiento, en mi sierra nevó. Yo traté de escribirlo. Pensaba, todavía, que la provisoriedad sería provisoria.

Nevó.

Esta mañana al levantarme veo

las copas blancas de los árboles: en mi sierra

ayer noche nevó, y es primavera. Esta mañana

al levantarme las copas blancas de los árboles

me regalaron ese placer idiota

que la nieve te trae: volverte

nene, disfrutar

de algo que te da igual. Nadie,

(digo nadie porque quiero decir nadie)

podía prever que nevaría pero anoche

nevó. Ahora ya nadie

puede prever.

Es primavera.

.

Prever es lo que hacemos. Prever

nos hace humanos. Prever

es lo que nos deshace.

.

Ahora no sabemos. De verdad

no sabemos. Siempre

decimos que sabemos que no sabemos pero creeemos

que sabemos. Ahora

no sabemos. Es

vertiginoso no saber. El vértigo

es mirar y prever y cerrar fuerte los ojos

ante eso que prevés: cerrar

los ojos.

.

Pero ahora ni siquiera:

no sabemos.

Está la nieve y está,

faltaba más, el miedo.

.

Los ojos

bien cerrados, bien

cerrados.

.

Ahora no sabemos. El futuro

se fue. Quedan el miedo, la nieve, la certeza

de que ya no sabemos. En la vida

aquella que teníamos teníamos

la osadía de prever.

.

La nieve

imprevisible

es como un bálsamo

que cambia los colores. Nada

más cambia los colores: cambiarlos

es la prerrogativa de la nieve.

Cambiarlos: demostrar

que no son siempre lo que son,

que ya eran otros.

.

Hay nieve:

es decir que nevó. Ahora

no prevemos. El presente

por fin

nos atrapó.

Nos atrapó el presente, y atrapar

es un verbo que suena.

.

Prever en cambio es un deporte: puro

esfuerzo que solo sirve para gritar los goles que solo sirven

para gritar los goles. Prever

es un deporte suspendido. Hay nieve

o sea que

ahora sabemos

(dolorosamente lo sabemos, Sócrates es un huevón, con la filosofía

poco se goza)

que no sabemos nada.

.

Que todo pasa cuando quiere como

quiere, que todo

pasa, que no sabemos

nada. Lo hemos dicho veces, tantas

veces y recién ahora sabemos

que no sabemos nada. Que todo puede

no ser lo que había sido, lo que era.

Prever

es un deporte de interiores.

.

Afuera, allá lejos, afuera

las copas blancas de los árboles. Nada,

casi nada.

Nieva

allá lejos, nieva

como todo:

afuera.

.

Fue hace meses, cuando pensaba que esa sensación era realmente extraña y que quería escribirla y que, a pesar de todo, tendría un fin imaginable. Ya sabemos que no: que la provisoriedad, por un tiempo provisoriamente imprevisible, es permanente. Una forma tan rara de la vida.

Nadie nos dijo que tendríamos que vivir así.

.

No sabíamos: es violento saber que no sabíamos.

.

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