un cuarto –medio medio– propio

Categoría: ¿Ideas? Página 1 de 4

Para contar una historia

Martín Caparrós

¿Qué decirles a unos jóvenes que, pudiendo elegir, quieren ser periodistas?Hace unos días me tocó hablar en la entrega de diplomas de dos promociones -la 33 y la 34- del master de Periodismo de El País. Y después, pese a todo, pensé en reproducir aquí lo que dije entonces, un intento de síntesis de ciertas ideas sobre el periodismo.

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Hoy querría, como es lógico, contarles una historia.

Supongamos que esto fuera una columna o una nota –o, como dicen aquí y ahora, una pieza, en otra maravillosa demostración de la vitalidad del castellano en general –y del periodistiqués en particular– para imitar al inglés americano.

Pero, digo: supongamos que yo tuviera que escribir algo sobre esta situación. Entonces aquí viene la famosa pregunta retórica: ¿qué haría en ese caso? Lo primero, supongo, sería pensar qué quiero contar. Y, enseguida, pensar cómo, desde dónde. O sea: encontrar un foco y un punto de vista.

El foco, digamos, está claro: aquí hay unas treinta personas que acaban de terminar un viaje que los convirtió, queremos creer, en periodistas. Y otras treinta que están en la mitad de ese trayecto, y treinta más que lo empiezan ahora. O sea que aquí hay casi cien personas que quieren ser periodistas. Si esto no alcanza para salir corriendo muerto de miedo o de sorpresa, por lo menos debería alcanzar para decidir qué hacer. El foco, para empezar, parece claro: tratar de averiguar por qué alguien podría querer semejante cosa.

Uno tiene, por supuesto, sus prejuicios –que debería dejar de lado. Conocerlos, primero, para poder manejarlos. Yo recuerdo que empecé a pensar en ser periodista porque cuando era chico me fascinaban los periodistas: porque en mi casa, cuando tenía diez o doce años, venían a cenar algunos periodistas amigos de mis padres y yo me quedaba escuchándolos horas y horas. Es cierto que eran de esos periodistas –argentinos, sí, pero no son solo los argentinos– que consiguen contarte las cosas de la política como si estuvieran en el centro de todo, como si les estuvieran sucediendo a ellos. Y a mí eso, antes de hartarme, me encandilaba.

Lo hice, también, supongo, porque cuando era chico pocas cosas me gustaban más que leer, y leer esas revistas de los años ’60, tan repletas de textos, de historias, de recursos y astucias me llenaba de gusto. Y lo hice, también, porque no era necesario decidirlo: porque, a diferencia de lo que pasa ahora, uno podía hacerse periodista casi sin querer, sin meterse en una carrera, porque tenías algún amigo o pasabas por ahí o querías terminar una novela.

Pero bueno, esos son mis pre juicios o pre misas sobre por qué alguien podría querer hacerse periodista, y les decía que el primer paso de cualquier reportaje o artículo o pieza debería consistir en dejarlos de lado. No es fácil. Pero, para intentarlo, yo, ahora, tendría que dejarme de hablar –es tan bueno cuando los periodistas nos dejamos de hablar– y empezar a escucharlos: empezar a preguntar a cada uno de ustedes por qué cuernos se les ocurrió meterse en semejante cosa. Preguntarles, disfrutar escuchando sus respuestas. Eso es, más que nada, el periodismo: disfrutar escuchando, ese placer de averiguar lo que uno creía que sabía y no sabía.

Así que voy a querer saber qué fantasías, qué datos, qué historias, qué ilusiones los llevaron a imaginar que se podían pasar la vida haciendo esto. Es más: a imaginar que su vida va a ser mejor si se la pasan haciendo esto. Supongo que la primera –espero que la primera– razón será la curiosidad: las ganas de conocer y de contar, esa pulsión rara que no te deja tranquilo hasta que tienes la sensación de que has entendido algo y, por lo tanto, ya puedes contarlo. Pero también puede ser por espíritu de aventura –aunque después la aventura no siempre sea la que uno imaginó. O para encontrar una forma de salir al mundo –o, incluso, de intentar mejorarlo: es una ilusión vaporosa pero yo creo que, aun sabiendo que lo es, sin ella nada termina de valer la pena. Y el periodismo, artero como es, de vez en cuando consigue convencerte de que lo estás haciendo.

Lo bueno, en todo caso, me imagino, es que nadie o casi nadie me dará las respuestas más temidas. Porque, convengamos, nadie o casi nadie que no sea un poco bobo se hace periodista para hacerse rico –y eso ya es un baremo de excelencia. Quizá sí para hacerse un poco poderoso, pero sería una de las formas menos violentas del poder –y menos poderosas. Y aunque hay algunos que lo hacen porque no se les ocurre otra cosa, no es lo más común. Y menos aquí, en este máster, donde ya se les ocurrió alguna otra cosa y después eligieron esta.

En fin, que cada uno me contará alguna pequeña historia sobre cómo y por qué se le ocurrió ser periodista, y yo tendré que elegir para mi nota cuatro o cinco que sean, a la vez, peculiares, atractivas e ilustrativas de las varias tendencias. Y después tendré que preguntarles –a los que ya se van– qué diferencias han encontrado entre lo que imaginaban cuando llegaron y lo que realmente conocieron. Ahí, más allá de sus respuestas, quizás aproveche para pontificar un poco: siempre está el peligro de que el plumífero decida pontificar un poco y dicen que hay que evitarlo, pero yo no estoy seguro. O por lo menos no estoy seguro de saber hacerlo: yo sigo creyendo que, cuando uno escribe algo, es porque tiene ideas y quiere ponerlas en juego. Todo está, supongo, en saber manejarlo –en no ser manejado por esas ideas– y, quizás, en que no se note demasiado.

Así que ahí aprovecharé para decir un par de cosas sobre el periodismo que me gusta –y, entonces, el punto de vista de mi nota quedará más descubierto: será, si acaso, el de un periodista que aprovecha que debe contar una ceremonia como esta para decir un par de cosas sobre el periodismo. Diré, entonces, que para mí el periodismo es tan difícilmente simple: consiste en averiguar algo, pensarlo, averiguar más, asegurarse de que sea verdad, repensarlo –y tratar de contarlo. Que los temas varían, los enfoques varían, las técnicas varían cada vez más pero el principio sigue siendo el mismo: averiguar, pensarlo, contarlo.

Siempre teniendo en cuenta que averiguar no es esperar que te lo digan.

Y pensarlo no es rebuscar en los lugares comunes.

Y contarlo no es consignarlo como un notario tuerto..

Y que es cierto que son tiempos complicados para el periodismo, como siempre. “Le tocaron, como a todos los hombres, tiempos difíciles en que vivir”, escribió Borges hace más de medio siglo, y yo lo repito sin parar. Tiempos difíciles, sí, pero interesantes. Una crisis: la de los grandes medios clásicos del siglo XX –como este–, que ya no ocupan el lugar que ocupaban en estas sociedades donde la información y los mensajes circulan de docenas de maneras nuevas. Esos grandes medios nacionales, que se postulaban –y se aceptaban– como centros de la verdad y la confianza, ya no siempre lo son, y están tratando de redefinir su lugar. Entonces, como guardan todavía un peso importante, a veces nos convencen de que su crisis es la crisis del periodismo. No; es la crisis de una forma de transmitir el periodismo, ahora descentrada por la aparición de otras.

Pero por eso los grandes medios preocupados tienen, a veces, demasiado miedo, más que el necesario. A veces sus editores creen que su trabajo es tener miedo, alejarse de las innovaciones que les puedan traer problemas –menos control, menos lectores. Aprovechemos que para eso están ellos, no hagamos su trabajo: trabajemos sin miedo y busquemos, busquemos, busquemos.

Porque las técnicas nuevas, como siempre, permiten intentos nuevos, audacias nuevas. Perdonen que lo diga con esta pompa –que, por supuesto, voy a tratar de rebajar en la nota– pero creo que nunca fue tan fácil como ahora intentar cosas en el periodismo. Los grandes medios están muy bien, pero también hay mucha vida fuera de ellos. Cuando yo tenía veintitantos intenté, como todos, inventar revistas. Era muy complicado: antes de salir había que conseguir mucha plata, máquinas, diseñadores, una imprenta, un circuito de distribución. Ahora para salir alcanza con tener un word press y algo distinto que mostrar, que decir, que contar. No es fácil, pero es tanto más fácil.

En fin, que tendré que cerrar el inciso y volver a mi nota: qué les preocupa, les voy a preguntar, para avanzar en ella. Y supongo que muchos me dirán que conseguir trabajo y yo, para mí, me diré que claro, que eso siempre pero que pocas medallas les darán más chances que esta que están por colgarse en la solapa, que no jodan.

Y supongo que otros –o los mismos– me dirán que lo que les preocupa es poder hacer bien su trabajo. Que deben encontrar maneras, un estilo, formas de contar y cosas que contar y esos me interesarán más y, si acaso, mientras los entreviste, como quien no quiere la cosa, a alguno le diré que robe, que todo está en robar sabiendo, eligiendo a quién y qué se roba: que no hay forma de construirse un estilo que no pase por imitar otros estilos, encontrar en los textos y los modos de otros aquello que querríamos usar y usarlo, apropiárselo, y ojalá, con el tiempo, conseguir, en la mezcla de todos esos trozos ajenos, algo propio.

Y que para eso no hay más remedio –no hay mejor, más agradable remedio– que leer, leer mucho, leer con avaricia. Y que nunca entendí cómo hay personas que quieren contar –no escribir, contar, en cualquier medio– pero no leen, que es como alguien que quisiera tocar la guitarra y no escuchara música: que, simplemente, no sabrían qué hacer con ella.

Y algunos, incluso, me dirán que les preocupa cómo hacerlo con la justicia que querrían. Y yo no lo diré pero sí pensaré que eso no es tan complicado: que sí hay que sacudirse esa idea escolar de que uno podría ser “objetivo”; que no hay tal cosa, que toda nota es un relato y por lo tanto tiene un relator, alguien que, con su mejor buena fe, decide qué es lo que vale la pena contar y qué no y que, por lo tanto, está usando su subjetividad para definirlo. Y que entonces lo que importa, sí, es ser honesto. Y que se habla mucho de la ética como si fuera algo difícil que hubiera que aprender. Lo difícil es ser bueno. Ser ético es fácil: alcanza con ser decente y evitar los caminos demasiado cortos. No engañar, no engañarse, o algo así.

Y que no se preocupen demasiado por todo este zafarrancho de las fake news, que son un problema pero siempre existieron y siempre tuvimos que pelear contra ellas. Que ahora parece que fueran algo nuevo, propio de nuestros tiempos, porque hubo un presidente en Estados Unidos que las usó con más descaro o más cinismo que los anteriores y entonces todos hicimos como si acabaran de aparecer. Pero que no se olviden de la historia, que en la propia Estados Unidos los medios contaron en 2003 que Irán tenía armas de destrucción masiva, o aquí en 2004 que el atentado de Atocha era de ETA, o en la Argentina en 1982 que les seguíamos ganando a los ingleses en las Malvinas –y después nos dicen que las fake news son algo nuevo.

Pero que seguramente de lo que hay que cuidarse es de caer en la tentación del clic, las fullerías del rating. Para lo cual seguramente cite a ese que insiste últimamente en que habría que hacer periodismo contra el público. O, por lo menos, no caer en esta tentación de hacerlo solo a favor de lo que suponemos que el público quiere, medido en clics. Y que hay mejores maneras de medir lo que vale la pena hacer en este oficio que los contadores de las grandes pantallas de las redacciones, y que habría que tratar de no caer en ese círculo vicioso según el cual te crees que te piden basura y entonces les das basura y entonces les enseñas a querer basura y entonces te piden más basura y entonces; que lo que vale la pena es seguir haciendo lo que creemos que vale la pena, no lo que creemos que esperan de nosotros. Que eso sería escribir contra el público o, mejor: a favor de un público que no siempre existe pero que queremos que exista, y hacer lo posible para que eso suceda.

Y, ya para ir terminando con la nota sobre esta ceremonia, al final no tendré más remedio que contar que hay un tarado que pretende hablarles desde un banquito solo porque está viejo y lleva más de 45 años dedicado a estas cosas. Y que tomará un momento para lanzarse a la actividad más antigua y clásica de los periodistas –que, como todo el mundo sabe, es quejarse del periodismo– y les dirá que el periodismo es muchísimo trabajo, porque nunca dejas de ejercerlo. Que él no sabe, pero tiene la fantasía de que un médico o un bancario salen de su consulta o su oficina y apagan el chip, y que en cambio un periodista casi nunca: que se necesitan muchas risas o muchos jadeos para que eso suceda.

Que si eres periodista, dirá –y yo lo citaré, que al fin y al cabo es lo más fácil– “te levantas y manoteas el teléfono y miras qué pasó en el mundo, mientras esperas que se haga el café para sentarte a leerlo con más calma en la tableta o el portátil. Y después te vas a tu trabajo –en una redacción o, cada vez más, en tu casa u, ojalá, en la calle– a seguir intentándolo. Y así te pasas el día y después, cuando termines la dizque jornada de trabajo, vas a seguir atento al teléfono y sus actualizaciones y sus noticias de última hora y eventualmente te vas a juntar con gente que las va a comentar y vas a aportar lo tuyo y vas a tomar notas –mentales, para que no se note. O vas a mirar el telediario o algún programa de debates o incluso Gran Hermano o el partido del Madrid con la idea de que ahí hay una nota. Y te vas a ir a dormir y al día siguiente te vas a despertar con las noticias del teléfono porque, en última instancia, gozas mucho con esa rara sensación de que todos hablan de algo que para ti es trabajo: que ellos lo comentan pero tú lo cuentas”.

Y eso, entonces, le permitirá engarzar con el final de su charla –que podría ser, eventualmente, el final de mi nota–: que les ha preguntado y ha notado que algunos de ustedes no terminaban de recordar que eran privilegiados: muy privilegiados. No solo porque están en este lugar, al que solo acceden los buenos, y porque, por haber estado aquí, podrán ejercer con ventaja su nueva profesión. Son privilegiados sobre todo porque es probable que se pasen muchos años haciendo lo que querían hacer, lo que eligieron. Parece una obviedad, pero es algo raro, en todos los sentidos de la palabra raro. No hay cifras precisas –y yo siempre las extraño–, pero es probable que nueve de cada diez personas, digamos, habría que confirmar, no tengan este privilegio: que piensen el trabajo como un tiempo que entregan a cambio del dinero que les permita hacer lo que realmente les gusta en su famoso “tiempo libre”. Ustedes no.

Ustedes, les dirá, harán lo que eligieron hacer, lo que les gusta. Y que él, que ya está grande, sabe que ese es el mayor privilegio que alguien puede tener en esta vida.

Aprovéchenlo, por favor, que vale la pena.

Muchas gracias, y mucha suerte.

¿Fascistas?

Buenos días, buenos muertos. Tras un par de semanas de vueltas por Ñamérica –Colombia, México– para presentar por allí mi libro homónimo, vuelvo a España y me encuentro con noticias preocupantes.

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Hay quienes lo presentan como el mero acabóse o terminóse o algo así. Y esgrimen argumentos casi convincentes: yo también me preocupo cuando leo que en España el 15 por ciento de los votantes votarían a Vox. La cifra es redondita, y me indigno y me asusto y de pronto, después, se me ocurre que no se necesita tanto para votar a Vox. Y que ese es el problema.

En principio: si uno se pone a hacer las cuentas, el 15 por ciento de los votantes españoles quiere decir 3,6 millones de personas, el 7,5 por ciento de las personas españolas, una de cada 13: al fin y al cabo no son tantas. Pero alcanzan para crear el susto y, sobre todo, la molestia: ¿por qué todas esas personas votan algo tan repudiable, repugnante? Quizá sea porque no lo es.

Para votar a Vox, en estos días –o al Front National o a Zemmour en Francia, o al esperpento de Milei en la Argentina, o a Bolsonaro o Trump– solo se necesitan un par de definiciones no tan brutas. Se necesita, por ejemplo, creer que el problema del país son los que no son del país. Es un clásico absoluto, miles de años de fieles servicios a sus dueños: la culpa es de los otros. Ahora, actualizado en nuestros términos: son ellos los que se quedan con los empleos, los que confunden nuestro modo de vida, los que arruinan a nuestra juventud. No es tan difícil de creer: estamos programados para eso desde el principio, cuando lo diferente amenazaba de verdad.

Y es una idea que se actúa en dos niveles: el cotidiano, en el rechazo de los diferentes –aquí llamados “inmigrantes”, moros, negros, sudacas– y el sublimado: himnos, banderas, los héroes de la patria. La patria es el miedo al distinto con pompón, convertido en esencia y estandarte: una forma de sentirte arropado por todos los que se te parecen y enfrentado con todos los que no, una manera de saber quién eres por la vía más boluda. No es difícil sentirse de una patria: recuerda, mi querido lector, la última vez que gritaste un gol “de tu país”.

O –si no, también– se necesita creer que lo bueno es hacer las cosas como las hacían nuestros mayores, no cambiarlas. Es otro clásico, y es una opción muy empleada en momentos inciertos. Frente a las crisis –frente a la desazón– hay dos alternativas básicas: creer que hay que inventar algo distinto, creer que hay que volver a lo de antaño. No es difícil idealizar lo que ha pasado –lo hacemos todo el tiempo, legitimados por la biología–; lo difícil, estos días, es encontrar esperanza en un cambio que nadie propone realmente, que nadie sabe cuál sería.

Entonces, si se elige la opción TTP –todo-tiempo-pasado, que requiere menos imaginación y menos audacia, que viene más probada–, la consecuencia lógica es molestarse con ciertos cambios que cambian tradiciones. Sobre todo cuando esas tradiciones eran cómodas: mujeres, por ejemplo. Tan cómodo para los hombres que la mitad del mundo les debiera obediencia, no compitiera, se les subordinara. Tan cómodo para algunas mujeres resignarse a un lugar sin desafíos, imaginarse piezas en un orden. Contra cualquier cambio que los amenaza –a los señores, claro, sobre todo– el argumento de las tradiciones puede tranquilizarlos. No es difícil decirse que si los abuelos vivían así y vivieron bien –y nosotros vivimos menos bien– lo mejor será volver a vivir como ellos. Con orden, sobre todo, que tantos creen que nos hace falta.

Y se necesita, sobre todo, estar incómodo: pensar –sentir– que esta vida no es la que querías, que este mundo no es el que querías, que estamos haciendo tantas cosas mal. Y entonces mirar alrededor y buscar soluciones, esperanzas, y encontrar muy pocas. Porque casi todos los grandes partidos parecen parte del problema: los que formaron este mundo, los que lo sostienen.

Entonces, si alguien tiene unas poquitas ganas de interesarse en la política, busca en otra parte. Los grandes partidos son una forma del desinterés: voy y voto por esos por los que he votado siempre, que nunca me dieron grandes satisfacciones pero me permiten estar más o menos tranquilo –y me olvido. Los grandes partidos no despiertan entusiasmos; adormecen, alivian. Y eso, que es suficiente para muchos, no lo es para algunos, que creen que la política debería darles algo más: una esperanza, una razón para esperar. Solían hacerlo los partidos de la izquierda; ahora que no lo hacen, otros han ocupado ese lugar. Ese, si acaso, es el problema más serio.

Digo, me digo: no es tan raro que una de cada trece –13– personas del país donde vivo se imagine votando a los de Vox. Las llamamos fascistas para no tener que pensar demasiado qué les pasa, qué nos pasa: vivimos en un mundo de etiquetas, que sirven más que nada para eso. Pero no son, en general, monstruos horribles: son personas que piensan por lo menos una –con una alcanza, aunque suelen venir en paquete– de estas cosas. Lo anormal era, casi, que no lo pensaran. Y lo más anormal –lo extraordinario– fue cómo la fuerza cultural de las izquierdas había conseguido desprestigiar esas ideas, tanto que casi ningún grupo podía enarbolarlas. Pero esa fuerza cultural está en declive –confusa, desnorteada– y alguien tiene que ocupar el lugar de la esperanza y, entonces, los que prefieren esas ideas tan probadas, tan sobadas, reaparecen. Es feo pero lógico, y es aún más feo y más lógico que algunos politiquitos oportunistas se aprovechen y recuperen lo peor del repertorio. Pero no es un gran cambio en “las derechas”; es un abandono de tareas de la izquierda. Frente a las desazones del presente, son ellos los que consiguen esperanzar a algunos. Y no es porque ellos sean malvados; es, más bien, porque nosotros estamos siendo tontos.

Vox es muy antiestético, bastante insoportable; más malos –peores, más nocivos– son los partidos muy serios muy civilizados que consiguen que los ricos paguen menos impuestos, que se jodan los pobres. Y es improbable, de todos modos, que Vox alguna vez gobierne. Su efecto político más grave es que tienta a los partidos ya de derecha a correrse más a la derecha para sacarles sus votantes. Y entonces los partidos del supuesto centroizquierda se corren más al centro para ocupar el espacio que dejó libre la derecha y así todo el espectro –sí, lo llaman espectro– se corre a la derecha. Y es cierto que la imagen de un espectro corriéndose sin pausa es de terror. Más aún, claro, si no para de correrse a la derecha. Es feo, es sucio, es malo, es pegajoso. Pero fascista, lo que se dice fascista, es otra cosa.   

Mañana es san Perón

Martín Caparrós

Sucedió hace ya tiempo. En esos días el padrecito Stalin gobernaba Rusia, Harry Truman los Estados Unidos, De Gaulle acababa de volver a Francia y Winston Churchill, ya ganada la guerra, perdía las elecciones: sangre, sudor y lágrimas. La India seguía siendo una colonia inglesa, el Ejército Rojo de Mao Tse Tung se refugiaba en las montañas, las naciones poderosas acababan de fundar las Naciones Unidas. Semanas antes habían muerto Adolf Hitler, Franklin Delano Roosevelt, Benito Mussolini, Joseph Goebbels, Ana Frank; semanas después nacieron Lula, Daniel Ortega, Neil Young y Francis Beckenbauer: el recambio no estaba a la altura. Días antes los americanos habían lanzado las primeras bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki; días después Jean-Paul Sartre lanzaba, con una conferencia parisina, el existencialismo; en Nüremberg empezaba el juicio a los jerarcas nazis; en Estocolmo, Alexander Flemming recibía el premio Nobel por la penicilina. En esos días no había televisiones ni pastillas anticonceptivas ni perros huskie ni voto femenino ni computadoras personales. En Buenos Aires, como siempre, había quilombo.

El 17 de octubre de 1945 fue un miércoles. Ese día, miles y miles de personas salieron a reclamar la libertad de un coronel de 50 años recién cumplidos que había participado en varios golpes y ocupaba varios cargos –vicepresidente, ministro de Guerra, secretario de Trabajo– en el gobierno militar que regía entonces la Argentina. Sus compañeros lo habían detenido dos días antes y mandado a la isla de Martín García, un páramo embarrado a pocos kilómetros de la capital.

Sus compañeros lo habían echado porque temían su ambición, su empuje sin pudor: era obvio que quería quedarse con todos los poderes. Los miles y miles lo reclamaron porque, desde la secretaría de Trabajo, había hecho a los trabajadores concesiones que los gobiernos argentinos nunca: indemnizaciones por despido, aguinaldos, paritarias, una justicia del trabajo. Lo cierto es que esa tarde los miles y miles inauguraron una historia en la historia argentina que sigue ahí, aunque no se sepa qué carajo es.

El movimiento que empezó aquel día se llamó, para sorpresa de tantos, peronismo. Desde entonces, el peronismo ocupó todos los lugares de la política argentina. Entre 1946 y 1955 fue gobierno –del propio coronel, ya general, Perón– y su política nacionalista y desarrollista incluyó cierta redistribución paternal de la riqueza y el encuadramiento de esos trabajadores nuevos, recién inmigrados desde las provincias, en sindicatos que les ponían orden y respondían al gobierno: algunos pensaron que era la mejor forma de armar un movimiento obrero, otros que fue el gran truco para desarmarlo. En esos años, cada 17 de octubre era la ocasión de otro encuentro de miles en la plaza de Mayo que terminaba con un canto ritual: “Mañana es san Perón,/ que trabaje el patrón” –para que el líder confirmara esa mezcla de religión y desafío decretando feriado el 18 o, dicho de otro modo: san Perón.

En 1955 el general Perón, que cumplía su segundo mandato, fue derrocado por otros militares y se fue: su exilio duró 17 años. En ese lapso sus seguidores fueron perseguidos por gobiernos militares y civiles, sus candidatos a elecciones proscritos cada vez. El peronismo se definía en “la Resistencia”: peleaba para volver a aquella vida de cierta prosperidad autoritaria interrumpida en el ’55. Hacia fines de los ’60, sin embargo, se fue dividiendo entre una rama, manejada por los grandes sindicalistas corruptos, más cercana a su líder –que se había radicado en la España de Franco–, y otra que incorporaba las ideas de revolución armada difundidas en la región por Guevara y Castro y proclamaba “la patria socialista”.

Con estas dos alas contenidas por el discurso siempre ambidextro de su jefe, el peronismo consiguió el poder en las elecciones de marzo del ’73; en julio el general Perón echó a su agente, el pobre Cámpora, para quedarse con la presidencia, pero murió al año siguiente y lo sucedió su viuda, Estela Martínez (a) Isabel. Entre 1974 y 1976 la pelea entre aquellos dos peronismos produjo muchas víctimas: desde el estado, el “peronismo de derecha” consiguió asesinar a muchos militantes del “peronismo de izquierda” –antes que un golpe militar lo expulsara del poder y completara su trabajo.

Durante aquella dictadura, que duró hasta 1983, la mayoría de los “peronistas de izquierda” fueron eliminados –o consiguieron exiliarse. Algunos de los “peronistas de derecha” que habían participado del último gobierno fueron presos de los militares; otros se acomodaron en sus ministerios. En 1983, en las primeras elecciones en diez años, el peronismo se presentó representado por sindicalistas negociadores y caudillitos prepotentes; sonaba a viejo, a corrupto, a inepto y fue derrotado, por primera vez en votaciones libres –y entendió que debía reformularse.

Desde entonces, el peronismo fue demócrata-cristiano y razonable con Antonio Cafiero, que quiso conducirlo frente a los alfonsinistas; neoliberal, privatizador, pro-americano y muy corrupto con Carlos Menem, que lo condujo y condujo al país durante toda la década del ’90; nacionalista y estatista y progre con Chacho Álvarez, que se enfrentó al presidente en esos años. En 1999 perdió el poder por unos meses y lo recuperó por la fuga del presidente radical y terminó de instalar un mito central de la Argentina: que solo puede gobernarla el peronismo.

Volvieron a hacerlo, por supuesto, en medio de la crisis de 2001. El peronismo fue confuso, ajustador, desesperado con Eduardo Duhalde y los demás presidentes provisorios y, por fin, cuando todo se hundía y los políticos eran la peor lacra, todos ellos fueron rescatados por un gobernador austral que había seguido la política menemista en los ’90 pero entendió que en los 2000 ya corrían otros aires. Néstor Kirchner recuperó ciertos clichés del discurso “de izquierda” de los años ’70 y volvió a transformar al peronismo: le insufló esa retórica. Él y su esposa, que lo sucedió en 2009, guardaron al viejo líder muerto en un segundo plano: durante sus administraciones casi no se habló de él, y los suyos se definían más “kirchneristas” que “peronistas” –aunque usaron el clásico sistema peronista de asistencialismo clientelar, de sostenerse en los pobres que sus distintos gobiernos crearon a lo largo de 30 años de fracasos.

Y el peronismo sigue allí. Ahora mismo, tras la derrota kirchnerista en unas elecciones que no elegían nada, el gobierno de otro peronista supuestamente progre, Alberto Fernández, nombró como segundo a un ex gobernador peronista de una provincia pobre, nacionalista católico. Y en estos días se celebran quichicientos años desde aquel 17 de octubre –y los kirchneristas saldrán a la calle para tratar de revertir su derrota en esas elecciones de septiembre. Su referencia a un hecho sucedido hace ya tanto es puro peronismo: creen que puede servirles para recuperar algo del poder que están perdiendo. Al fin y al cabo el peronismo, a esta altura, es poco más –y nada menos– que eso: la mejor máquina que inventó la Argentina para producir, conservar y utilizar poder. Un aparato que se basa en una red espesa de favores mutuos, desde un puesto a una prebenda, desde una comisión a una promesa, desde unas chapas para el techo a unos kilos de harina; un aparato que ha gobernado más que nadie los destinos de un país que, cuando empezó, era pujante y casi rico y tiene, ahora, 40 por ciento de personas pobres.

Pero el peronismo, contra toda lógica, sobrevive a los desastres que ha causado. Una de sus grandes habilidades consiste en convencer a muchos de que la culpa la tienen siempre otros: el enemigo o, incluso, los demás peronistas. Para eso, su truco principal está en postular que el verdadero peronismo siempre es otro, o mejor otros dos: el primero, por supuesto –el de la Edad de Oro del General y Evita–, y el próximo –el que estamos forjando en estos días. Ése es el gran truco: el Efecto Ave Fénix. Para eso tuvieron que inventar la idea de la traición permanente: cada peronismo traiciona sus ideas, y por eso aparece otro que las va a recuperar.

Así, cada vez que un peronismo triunfa hace, ya en el poder, cosas muy distintas de las que prometía desde el llano. Entonces aparece, en el llano, un nuevo peronismo que promete hacer cosas muy distintas y se presenta como el verdadero peronismo. Hasta que llega al poder y empieza a hacer cosas muy distintas de las que prometía desde el llano. Entonces aparece, en el llano, un nuevo peronismo que promete hacer cosas muy distintas y se presenta como el verdadero peronismo. Hasta que llega al poder y empieza a hacer cosas muy distintas de las que prometía desde el llano. Entonces aparece, en el llano, un nuevo peronismo que. El resultado es extraordinario: siempre hay un peronismo dispuesto a reemplazar al anterior, que se maleó. Siempre hay un peronismo dispuesto a ejercer el poder que el anterior gastó. Ahora, sin ir más lejos, ya lo deben estar inventando.

Entonces vendrán unos que se adaptarán a las nuevas circunstancias, que serán derechistas bolsonaro o trotsquistas sin trotsky o nacionalistas judeo-cristianos de la fracción qumrán o patota fútbol para todes, pero seguirán usando el aparato y los estandartes de esta máquina implacable: que seguirán, entre otras cosas, festejando los 17 de octubre como si a esta altura, tantos años y tantas vueltas después, alguien supiera qué cuernos significan.

Ñamérica

Es un gusto. En estos días está apareciendo –qué raro que los libros “aparezcan”– mi más reciente, Ñamérica. Es un libro gordo, casi 700 páginas, en el que trabajé directamente los últimos tres años e, indirectamente, los últimos treinta: desde que empecé a recorrer América Latina para tratar de contarla.

Ahora la idea es contarla pero también pensarla: intentar entender cómo cambió en las últimas décadas esta región que suele definirse como la más desigual, la más violenta, la más migrante, la más futbolera, la más católica, la más nueva del mundo. O sea: tratar de ir más allá de estos lugares comunes -y de la facilidad de las noticias- para releerla a partir de sus procesos, sus lugares, sus datos, sus personas.

Para entender, entre otras cosas, que esa mirada folclórica, fundamentalista que suele despertar no sirve para mucho. Por eso Ñamérica empieza en uno de sus lugares más folkies, el mercado de Chichicastenango, Guatemala: para preguntarme qué queda de aquella América, para empezar a buscar a la que ocupa su lugar.

Amanece. El mercado huele a cilantro y a cebolla, a carne fresca y a pescado seco, a pollo frito y flores, al maíz de las tortillas sobre todo, y resuenan las palmas de mujeres que las hacen a golpes. Los gritos, también, por todas partes:

–Le cura sus dolores, seño, dolor de su cabeza, su rodilla, cura nervios, le cura los nervios…

Grita un muchacho de camisa blanca muy lavada mientras agita una pomada y otro al lado grita que la suya cura callos, uña gruesa, uña encarnada, las cataratas de la vista. Hay otro más allá:

–…le crece el pelo, mama, le quita la caspa, le crece el pelo, vaya, caspa seca, caspa húmeda, caspa voladora…

Grita y después regrita todo en una lengua donde solo entiendo la palabra “caspa”. Los muchachos son bajos y cobrizos y ofrecen soluciones, mujeres se las compran. Las mujeres –miles de mujeres– fueron llegando con el alba en esas camionetas desvencijadas donde caben –aunque no caben– quince o veinte. Son mujeres sólidas y bajas; según bajaban, se cargaban en la espalda esas bolsas de lanas de colores –si no tenían un bebé que cargar en la espalda–; también llevaban en las manos otras bolsas, blancas de arpillera, donde traían lo que traían para vender. Y se fueron desparramando por las calles de Chichi hasta que encontraron sus lugares, se sentaron en el suelo, desplegaron sus frutas o sus flores, esperaron.

–Yo quisiera ser rubia.

Me dice Manola y me sonríe, como para que apruebe. Manola tiene la piel oscura y el pelo oscuro y la sonrisa luminosa y un telefonito y me dice que querría tener el pelo claro. A menos que ser rubia no sea eso. Entonces su madre la regaña en quiché; a mí me habla en castellano:

–No le haga caso, señor. A nosotros nos gusta ser así como somos.

Yo le pregunto cómo son y ella calla y se señala con las manos y se encoge de hombros, como quien dice así como me ve. La señora debe tener 30 años, la cara seria de una madre; Manola tiene 14, chispitas en los ojos, y esta mañana las dos venden manzanas. Antes, Manola me dijo que se iba a casar pronto y no me contestó cuando le pregunté si estaba contenta.

–Claro que nos gusta ser así, señor, no me haga caso, era una broma lo de rubia.

Dice Manola y que su mama dice la verdad y que ella es chica y que por eso, que igual los rubios son gente muy rara. Las dos llevan sus blusas mayas bordadas coloridas y sus faldas a juego; las dos están sentadas en el suelo de piedras desparejas detrás de sus manzanas desparejas en su cesta de mimbre. Alrededor, miles de mujeres con vestidos parecidos venden cosas; alrededor, el mercado de Chichi explota de olores y colores; alrededor, me dicen, debe estar el espíritu.

Chichicastenango es una ciudad colonial entre montañas verdes, volcanes en silencio; es la más poblada del Quiché, la región más maya de Guatemala, y su fama viene de que, hace tres siglos, allí se transcribió por primera vez el Popol-Vuh –y, hoy, de su mercado.

Su mercado es el más tradicional y se forma dos veces por semana, jueves y domingos: entonces, tantos llegan. Hoy, jueves bien temprano, rebosa de personas. Son miles y miles comprándose y vendiéndose, cruzándose, relacionándose con la relación más habitual de los dos o tres mil últimos años –yo te doy algo, vos me das algo–, como en tantos lugares del planeta ahorita mismo. Solo que aquí lo que se vende se ha producido cerca y lo venden, en general, los que lo hicieron y, además, las vendedoras se visten diferente. El mercado de Chichicastenango es un refugio, un resto: de los mercados de antes de la unificación del made in China; de una cultura que el mundo se va tragando poco a poco.

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.Todo se estrecha y se retuerce: no es fácil andar por estas calles llenas de vendedores y vendedoras, puestos, perros, inundación de cuerpos.

.–La que se pone en el suelo, si está sola, después no puede levantarse hasta el final. Se hace largo el final para la que está sola.

Me dice desde el suelo, detrás de una canasta con dos docenas de limones, una señora muy mayor. En el mercado hay clases, por supuesto: esas mujeres que llegaron y se buscaron un rincón vacío y pasarán el día mirando todo desde abajo y, más arriba, los que tienen sus puestos desplegados, con su lugar, su techo, sus montones de mercadería, sus banquitos. Pero también hay más abajo: hombres de carga. Aquí no hay espacio para carros, no hay carretillas, no hay carritos. Los hombres son sólidos y bajos: cuando los apalabran, se echan a la espalda un bulto que los dobla y se doblan para soportarlo y transportarlo. No precisan agarrarlo con las manos; lo sostienen con una cuerda que se pasan alrededor de la cabeza y aguantan con la frente, un trapo entre la cuerda y la piel para que no les hunda la cabeza y, así, las manos libres para llevar más carga.

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(En Chichi y sus alrededores viven unas doscientas mil personas, casi todas quichés. El castellano se habla poco, raro.

–No, yo lo aprendí en la escuela y en la televisión, pero más en la tele…

Me dice Manola, y se sonríe. Lo habla muy bien, se lo digo, se sonríe de nuevo:

–Es un idioma muy difícil. Tantas palabras tiene, vaya a saber de dónde salen.

En la zona, me dicen, hay muy poca violencia, poquísimos asesinatos: la “justicia maya”, que mata asesinos en linchamientos populares, ha ayudado mucho, me dicen, a terminar con ellos.)

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Casi todas las mujeres llevan sus vestidos tradicionales, distintivos, torrentes de colores que llevaron sus abuelas, las abuelas de sus abuelas, más abuelas: rojos, negros, dorados, la elegancia. Los hombres, en cambio, van de pobres globales: un bluyín, una camiseta con dibujo o leyenda, zapatillas, su cachucha o capucha. La tradición, parece, reside en las mujeres: ellas son las que siguen portando su pasado sobre el cuerpo; o, dicho de otro modo: ellas son las que siguen atadas al pasado, distinguidas. Los hombres, que pueden decidir, deciden el presente, confundirse.

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El espíritu se esconde

pero está.

Los pasillos entre puestos son oscuros y angostos; el suelo, piedras desparejas; de las viejas iglesias encaladas en las dos puntas del mercado bajan cantos, el olor a incienso. Pasa un hombre de carga con dos bolsas de granos de maíz: cien kilos de maíz sobre la espalda, la cuerda hundiéndole la frente; camina con los pasitos cortos y apretados de quien no sabe si va a llegar pero prefiere que sea rápido.

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–¿Y usted, señor, de dónde es?

–No sé. Yo nací en la Argentina pero vivo en España.

–Ah, qué bueno, entonces puede hablar los dos idiomas.

Yo estoy feliz de ser, de pronto, tan políglota.

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En esta esquina en cambio docenas de mujeres tienen un gallo en brazos: lo venden por 50 o 60 quetzales, menos de 10 dólares, y el comercio funciona. Las discusiones en quiché; los números en castellano. A cada rato una señora se va con un gallo bajo el brazo y otra, la que se lo vendió, ya desplumada, se despide y se vuelve a alguna parte. Entre ellos se venden cosas del campo o para el campo: tomates, aguacates, hongos, lichas, ocotes, hierbas, frijoles, flores, chiles, carnes, animales varios, granos para esos animales, abonos y semillas de esas plantas. Y venden, también, tejidos –que buscan los turistas. Esos tejidos son su firma, su marca; probablemente nada los identifica más; probablemente, para el resto del mundo, nada más los identifica. Y, por supuesto, está la artesanía.

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–A ver, amigo, qué le vendo, amigo. Artesanías, amigo, qué le vendo.

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El sistema es así: en el mercado existe –subsiste– un núcleo duro de mujeres que venden, como siempre vendieron, sus flores y pollos y frutas y verduras y tejidos, sus hechuras, y se visten como siempre se vistieron y hablan como siempre hablaron. Entonces hay personas de otros sitios que, atraídas por ese fenómeno en vías de desaparición, vienen para verlo. Entonces hay personas que, atraídas por la presencia y el dinero de esas personas de otros sitios, vienen para venderles otras cosas, sobre todo esos productos que, hechos cada vez más en serie, se venden porque se ven hechos a mano –y solemos llamar artesanías.

La artesanía y el turismo: quedarse con algo que te recuerde que estuviste en otra parte, que no siempre fuiste este en este escritorio, en este banco.

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Ana Mariana, veintipocos, vendedora en la panadería, me sirve mi café y se ríe nerviosa cuando le cuento mi charla con Manola, la muchacha que quería ser rubia:

–¿Será que le da vergüenza ser indígena?

Pregunta, más que dice. Y que ella al contrario, está orgullosa, y le gusta tanto usar el vestido quiché aunque para venir a trabajar deba ponerse pantalones.

–Ladina, querrá ser.

Dice, casi con desprecio. Yo le pregunto lo evidente y me dice que sí, que ladinos vendrían a ser las personas que no son indígenas.

–¿Yo, digamos?

–Claro, usted.

–Me gusta ser ladino.

–Bueno, si no sabía lo que era, ahora lo sabe.

En el mercado de Chichicastenango pululan esas personas de otros sitios, los turistas. Ellos sí que saben: vienen porque les dicen cómo son las cosas. Lo leí en una de sus guías: “Si quiere conocer el verdadero espíritu de América Latina vaya al mercado de Chichicastenango”. En esos días yo buscaba, por supuesto, el espíritu de América Latina, y decidí venir a verlo. La idea de un espíritu de jueves y domingo era inquietante, pero estaba dispuesto a soportarla. Más me inquietó, en realidad, que fuera este: un mercado marcadamente indígena en el país con mayor proporción de indígenas de América, con mayor proporción de campesinos de América, con mayor proporción de desnutrición y mortalidad infantil de la América hispana, con la violencia desatada. La decisión tan clara de pensar América Latina como el cliché de siempre.

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Esto, claro, debe ser lo latinoamericano: tenemos un espíritu.

(Así se percibe: como un espacio silvestre peligroso o, en el mejor de los casos, uno donde deberían preservarse ciertas cosas que el resto del mundo occidental está perdiendo. Un espacio donde lo importante es conservar.)

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Y me inquieta, siempre, en general, esa tendencia a suponer que lo auténtico es lo que hacíamos “antes” –antes de algún cambio, antes de alguna mezcla– y que lo que hacemos ahora es impuro y bastardo y que se debe buscar lo que quede de aquello allí donde se encuentre. Sobre todo, claro, en esas sociedades más o menos “primitivas”.

Si alguien quiere saber cómo es “Europa” no piensa en ir a ver pastores de renos en Laponia o chicas traficadas en Moldavia o desocupados napolitanos en sus bloques de viviendas sociales pero a muchos se les ocurre venir a Chichi o ir al Cuzco para saber de “América Latina”. El reparto de roles en la película global está bastante claro: los que van a París van a la torre Eiffel, gran momento de la máquina moderna, y en Nueva York se amontonan ante las pantallas de Times Square, técnica de punta, o en los malls de brillitos; los que vienen aquí buscan restos del pasado folkie. Y no es solo el turismo; en general, para muchos millones, a lo lejos, aquí lo auténtico es lo que ya no es; en otros sitios no cargan ese lastre.

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Pero los de aquí también tienen una idea de América Latina: a mí, que soy un poco blanco, un poco alto, me hablan en inglés; se ve que el español es cosa de otra gente. Un hombre bajo viejo me mira tomar notas y me pregunta en castellano que en qué idioma escribo. Le digo castellano y me dice que no, que es otro idioma. Me deja con la duda. La muchacha cobriza quiere verse rubia, los rubios quieren vernos cobrizos campesinos: el mundo, por suerte, es un sinfín de incomprensiones. Por eso hacemos libros todavía: por la ilusión –siempre fallida– de alguna vez entender algo.

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(A media tarde en el mercado cae bruto chaparrón y todos corren; el espíritu sudaca se disuelve en el agua.)

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.Otra causa perdida: querría saber qué es Ñamérica más allá de folclores, artesanías y demás nostalgias. Tratar de saber qué y cómo es ahora, después de tanto cambio, más allá de los lugares más comunes, más allá de supuestos espíritus. Tratar de saberlo mirando más lo común, menos lo extraordinario. Huir de los clichés telúricos, marca fuerte de lo “latinoamericano”, para espiar las vidas, las relaciones, las ideas. Mirar, oír, pensar, recordar, contar: ojalá sorprenderme, imaginar que entendí algo.

Es, insisto, una búsqueda: tratar de saber qué significa Ñamérica, si existe, qué la constituye. Cuáles son los rasgos comunes que permiten hablar de una región –y las diferencias que la confunden y complican y completan. De eso van estas páginas. Llevo décadas recorriéndola, mirándola, tratando de contarla; ahora, por fin, querría saber.

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Esto no es una pipa, escribió Magritte –y pasaron cien años.

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(¿Les gustaron las fotos?)

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En voz alta:

Aprender a mirar

Martín Caparrós

¿Me permiten una historia boba? ¿Una fábula pobre, un cuento sin sus hadas? Bueno, gracias. Entonces empezaré contándoles que aquel maestro solía ir a esa caverna, aunque no contaré cómo, para qué. No lo sabemos: seguramente algunos suponían que iba con una mujer y eso, a fines del siglo XIX y en un pueblo de la Francia profunda, era mejor callarlo. Algunos imaginaban que iba a hacer otras cosas, aún más acalladas. Pero, en verdad, seguramente iba porque en el pueblo todos iban: porque ir a esa caverna, Font-de-Gaume, era un paseo habitual.

Font-de-Gaume estaba a menos de un kilómetro del centro de Eyzies-de-Tayac –si un pueblito de mil habitantes perdido en la Dordogne, en el medio del medio de esa Francia, pudiera tener centro. Eyzies estaba construido entre peñascos y despeñaderos y, desde siempre, algunas de sus gentes vivían en casas-cueva, un agujero en las rocas con algún cuarto construido por delante. Y alrededor había más grutas más silvestres, así que ir a jugar o pasear o refugiarse en ellas era tan habitual.

El maestro se llamaba Denis Peyrony y había nacido en la región en 1869, hijo de un campesino como tantos. Denis estaba destinado a la labranza pero era demasiado débil y levemente pretencioso, así que se fue a estudiar para enseñar. En 1891, ya recibido, lo destinaron a Eyzies; allí se instaló, dictó sus clases, se rizó los bigotes, vivió como podía. En sus días libres, queda dicho, paseaba por los campos y las cuevas.

Font-de-Gaume era de las mejores: todos los hombres y mujeres de Eyzies habían ido alguna vez, todos los chicos habían jugado entre sus estalactitas y sus estalagmitas, sus huesos, sus pedruscos; tantos habían escrito en sus paredes sus nombres y una fecha, una flecha, un corazón partío. Algunos tapaban con sus signos garabatos viejos, manchas, formas; otros preferían encontrar su lugar propio, no mezclar sus trazos con los viejos. Al maestro le gustaba ese espacio de recovecos y de ecos, de colores ocres, de luces fugitivas, pero nunca había prestado demasiada atención a esas manchas marrones: parecían animales, no estaban mal pero a quién le importaban. Eran, como los suyos, como todos los otros, dibujitos menores.

Nada particular. En Eyzies, cuevas y huesos era lo que sobraba: unos años antes, a menos de un kilómetro del centro –si es que un pueblito así tuviera un centro–, obreros que abrían un camino habían tropezado con los restos de varios esqueletos: los juntaron, se los dieron a un jefe, desde París llegaron dos señores y se los llevaron. El paraje se llamaba Cro-Magnon y, desde entonces, hubo personas que empezaron a interesarse por esos restos tan antiguos.

No eran muchos, y a veces lo sufrían. Suponer que muchos milenios antes ya había unos hombres –muy parecidos, tan distintos– era desafiar la autoridad de la Santa Madre Iglesia, que decía que la Tierra no tenía más de seis mil años y que entonces un dios había creado al hombre tal cual era y a la mujer de su costilla. Darwin y los suyos ya se estaban plantando; estudiar esos restos primitivos era otro modo de aportar a la embestida de la ciencia contra los mitos y las supersticiones, otro triunfo del “progreso”.

Pero esos blasfemos todavía eran pocos, y el maestro no era uno de ellos. Hasta que, en el ’95, un médico prestigioso de París, Louis-Joseph Capitan, y un cura iluminado de Mortain, Henri Breuil, aparecieron por el pueblo y le explicaron su pasión: habían descubierto que esos hombres de Cro-Magnon también eran artistas que habían dejado, en ciertas cuevas, sus obras milenarias. Capitan y Breuil las buscaban; le preguntaron si él sabía de alguna. Entonces el maestro recordó aquellas manchas, las repensó con esa vara nueva, llevó allí a sus nuevos amigos, y juntos “descubrieron” uno de los mejores conjuntos de arte rupestre que existen en el mundo. Uno que siempre había estado allí, a la vista de todos, pero nadie había visto todavía: que nadie había sabido ver.

La historia, aunque sea cierta, es casi una fábula, así que tiene moraleja: recuerda que no hay peor ciego que el que no sabe ver, el que no sabe qué tiene que mirar. Si nadie nos hubiera hablado de las estrellas cuando chicos, todos esos puntitos blancos en el cielo nocturno podrían pasar por agujeritos, dioses perdidos, fuegos de salvajes. O podríamos, más que nada, no verlos: suponer que la noche es negra y blanca. Así el maestro, cuando miraba las manchas sin verlas porque no sabía que pudieran ser las obras de los primeros hombres. Así cada uno de nosotros cada día, cuando mira el mundo y no lo ve porque no sabe qué mirar.

Así vemos lo que siempre vimos, lo que sabemos que veremos y dejamos, tantas veces, de ver lo que podríamos. Casi todos los que hablan –los que escriben, los que nos escriben y nos hablan– se dedican a mostrarnos lo que ya sabemos, a repetirnos lo que ya escuchamos, a convencernos de que miremos una y mil veces lo que siempre miramos.

Los decisivos son los otros: esos pocos que ven que ahí, no muy lejos, no muy escondido, justo delante de los ojos, hay algo que no sabíamos ver porque no creíamos que debiéramos mirarlo. Manchas que se revelan arte, huesos que niegan la mitología. Hay que poder hacer sentido con lo que uno ve pero, sobre todo, entender que ahí hay algo que nos hará entender algo que no sabemos, algo que no sabemos que ignoramos.

Y la historia del maestro y sus amigos también recuerda que al hacerlo hay riesgos. Ellos creían que esos dibujos tenían diez o veinte mil años pero podían equivocarse: de hecho muchos no lo creyeron, les parecía ridículo, arreciaron las burlas. Ellos lo estudiaron, se convencieron, insistieron, se arriesgaron –y cambiaron algo. Digo, aunque parezca Pedro Grullo: en eso consiste la tarea, en preguntarse sin cesar qué es lo que no sabemos ver, qué tenemos delante de los ojos y no vemos porque no sabemos; en convertir la mancha en arte antiguo, el borrón en historia. Los que lo hacen amplían el campo de la visión, el conjunto de lo que miramos: son los que abren caminos, los que importan.

Por eso, supongo, la pregunta no debería ser qué vemos, sino, siempre: ¿qué no estamos viendo, que no sabemos ver? ¿Qué mancha es un dibujo? ¿Qué hay ahí, donde no vemos nada? Por eso, supongo, mirar el mundo es la tarea más difícil: mirarlo en serio, con esa desconfianza, con la lupa poderosa de la duda. Mirarlo, digo, como si nunca lo hubiéramos visto, como si al fin consiguiéramos verlo. Mancharse, digo: descubrir los dibujos, entender algo nuevo.

Impunidad de rebaño

Martín Caparrós

La historia es rara: ante la peste, un presidente latinoamericano se pone firme, cierra todo, amenaza a “los idiotas” –él dice “los idiotas”– que no quieren cumplir con el cierre, evita ciertas muertes y se deja cazar en unas fotos. Esas fotos, que muestran la fiesta de cumpleaños –llena de amigos, vino y rosas– de su mujer en la residencia presidencial de Olivos, julio de 2020, plena pandemia, también muestran que el señor presidente se cagó en todo lo que exigía a sus conciudadanos: que mientras ellos no podían ver a nadie ni ir a sus trabajos ni educar a sus hijos ni cuidar a sus enfermos ni despedir a sus muertos, él se divertía sin máscaras.

La historia es rara, sobre todo, porque ahora la sabemos. Uno sospecha que el poder está lleno de abusos; uno sabe que el poder se especializa en ocultarlos. Un poder que exhibe sus abusos es un poder absoluto o un poder idiota. Absoluto: porque se cree con derecho a todo porque ha conseguido tener derecho a todo. O idiota: porque se cree con derecho a todo pero no ha conseguido ese derecho y, en lugar de esconder que lo ejercita sin poder, permite que se vea. Absoluto o idiota: son los peligros de la impunidad.

Nadie llega inocente a esos lugares: en general, los que manejan un país se han pasado décadas cerca del poder, lo conocen, le conocen las reglas. Saben que deben decir ciertas cosas, callar otras; mostrar algunas, esconder bastantes. Y sin embargo al llegar –a poco de llegar– les da algo. Parece como si se olvidaran de todo eso que sabían y creyeran que pueden hacer lo que carajo se les cante. No sé si son esos techos tan altos, esos soldados con plumas en la puerta, esos sillones siempre inflados, esa manera en que todos les sonríen como si los quisieran; no sé si es el espejo que les dice cacho mirá, sos presidente, hijodeputa vos sos el presidente. No sé; lo cierto es que se olvidan y con cierta frecuencia hacen cagadas. A veces, esas cagadas les cuestan muy caras; a veces, menos; a veces, casi nada. En la Argentina, en general, poquito.

El presidente que cometió un delito al no respetar la cuarentena, el presidente que mostró que era tan bobo o tan soberbio como para no asegurarse que, si cometía un delito, no lo fotografiaran, el presidente que mostró que era incapaz de hacer una cagada sin que se note demasiado, sigue ahí, se enoja, contraataca. Dijo que era un error, dijo que lo había hecho su “querida Fabiola” y dijo que no iba a repetirse; después dijo que los que quieren seguir hablando de esto son “unos miserables”. La oposición habitual dice que es intolerable y que habría que juzgarlo, pero como lo dice todo el tiempo se le aplica, un poco, la historia del pastorcillo mentiroso. Y el oficialismo habitual dice “pero Macri” y saca a relucir alguna historia del gobierno anterior para tratar de demostrar que era peor y se le aplica, un poco, la historia de cambien el disco. Y millones lo miran con este odio justiciero, y en un par de semanas tendrán otro.

Quizá no, pero es probable. Porque no es la primera vez que un presidente argentino hace algo así: en realidad, todos los presidentes argentinos hacen cosas así, con más o menos matices, con más o menos fotos, con más o menos daños –y se diría que estamos habituados. Un párrafo de mi amigo Ernesto Tenembaum en Infobae lo sintetiza bien: “Carlos Menem, ex presidente de la Argentina, dijo: ‘Si en campaña electoral decía la verdad de lo que iba a hacer no me votaba nadie’. Sin embargo la sociedad lo perdonó: seis años después, cuando ya se sabía quién era, Menem arrasó en la elección donde fue reelecto. Raúl Alfonsín calificaba como ‘el gobierno más corrupto de la historia’ al de Carlos Menem, semanas antes de firmar con él el Pacto de Olivos que le permitió a Menem ser reelecto. Sin embargo aún es uno de los personajes más respetados de la historia argentina. Elisa Carrió había dicho que su límite ético era Mauricio Macri antes de acordar con él”.

Así que nada, algunos gritos. Me imagino que hay muchos países donde una foto como aquella es motivo de renuncia y escarnio –hace unos días, con perdón, se conoció la historia de la primera ministra de Finlandia, Sanna Marin, 35 años, que ha tenido que devolverle al estado el dinero que se gastó en desayunos y comidas con su familia en la residencia oficial. Ya los veo diciendo bueno, pero no vas a comparar, eso es Finlandia, esto es la Argentina. Es cierto, en la Argentina esas cosas al final se pasan –o, si acaso, funcionan como arma arrojadiza si muchos están muy enojados por alguna otra cosa: la vida, por ejemplo, sus penurias. Creo que tiene que ver con eso que –no– llamamos la impunidad de rebaño.

(La “inmunidad de rebaño” fue un enunciado desdichado: viene de la ciencia en inglés, herd inmunity, y empezó a circular con la pandemia. Pronto algunos asesores de políticos se dieron cuenta de que no era amable llamar a los ciudadanos rebaño –llamar ovejas a los ciudadanos– y empezaron a cambiarlo por “inmunidad de grupo”, pero muchos siguieron con eso del rebaño: es bonito, bucólico, bala. Y significa que cuando muchos comparten un virus, el virus ya no enferma. La impunidad, en argentino.)

Si un presidente puede por ejemplo mostrar que se cagó en las reglas brutales que les impuso a todos y seguir andando es porque hay una idea de impunidad general: impunidad de rebaño. Por supuesto hay frases y grititos, verborrea de moral ultrajada, pero sospecho que si él lo hizo es porque –casi– todos lo hacemos y porque, al fin y al cabo, toleramos. Nos quejamos, faltaba más, sabemos qué es lo que nos conviene: es bueno poder quejarse de lo que hacen los que hacen, es mejor poder seguir haciendo cosas parecidas. Digo: es bueno poder quejarse de La Corrupción después de darle su coima al policía que te paró por pasarte el semáforo. Es bueno poder quejarse, es bueno poder dar la coima. Entonces, la idea es quejarse pero no cambiarlo.

La Argentina tiene un pacto de impunidad –de rebaño– desde hace décadas. En todos los niveles: desde los presidentes que usan la justicia para joder a los ex presidentes –porque la patria, doctor, nos lo demanda– hasta el electricista que trabaja sin factura –porque el estado se fuma los impuestos, vio, maestro? Tenemos muy buenas excusas: somos campeones fabricando excusas; tenemos políticos que roban, militares que matan, empresarios que estafan, todo tipo de basuras que usamos para justificarnos. Y todos estamos de acuerdo en que hay que esquivar los deberes y las instituciones porque son injustos. Es cierto que lo son; también es cierto que para esquivarlos debemos permitirnos los unos a los otros la necesaria impunidad. Vender una casa y escriturarla ante escribano por una cifra falsa, contratar a alguien y no pagarle obra social, comprar y vender dólares a un precio ilegal a la vista de todos: la impunidad está por todas partes. Y es el medio donde sobrevivimos, y nadie quiere siquiera imaginarse cómo sería si no fuera así, y así seguimos, sumergidos en la impunidad de rebaño, en esa que permite que un presidente se cague en todo porque todos nos cagamos, cada quien como puede, y nadie cree realmente que haya que pararlo: una forma de vida, la Argentina.

Con esto no trato de defenderlo ni de justificarlo ni un poquito. El mal de muchos, sabíamos, solo es consuelo de algún tonto. Solo intento entender por qué siempre nos pasan estas cosas.

Aunque quizás otra vez me equivoque; quizás esta vez sí la impunidad se rompa. La amenaza otro valor seguro: la muerte, los muertos, el peso de las víctimas. La foto consigue que las muertes de la pandemia, tan difíciles de atribuir a nadie, tengan simbólicamente un responsable: el que debería haberlas evitado y no solo no lo hizo sino que, mientras tanto, rompía sus propias reglas –y se tomaba champaña.

Frente a eso, quizá, la impunidad de rebaño no alcance. En unos días hablamos; en unos días más hablan las urnas.

Creer y reventar

Martín Caparrós

Las olas de la peste no se rinden: cuando parece que aparece la calma, el tsunami repica y se replica, olas y más olas. En España, al menos, es la quinta; en otros sitios la tercera, la sexta, la décimosegunda. Cada una es la evidencia de otro error: que creímos que ya estábamos saliendo y caímos en conductas que nos llevaron a volver a entrar. A veces porque nuestros líderes –¿nuestros líderes?– nos convencieron; otras, porque no nos convencieron. Los resultados suelen ser los mismos.

Así que, ola tras ola, la peste sigue haciendo lo que mejor sabe: desvelar, mostrar. Esta vez –como todas– no termino de entender qué muestra: ¿será, de nuevo, la poderosa estupidez humana? ¿O alguna otra cosa que, estúpido de mí, no logro precisar?

La ola actual viene anunciada hace ya mucho: contragolpe de los países pobres. En ellos, miles de millones no consiguen vacunarse; eso permite que el bicho se reproduzca, crezca, mute, encuentre formas de volver a atacar a los ricos que sí. Si alguien quiere entender la geopolítica y la economía mundiales le alcanza con mirar la distribución y aplicación de las vacunas. Quiénes fabrican, quiénes compran, quiénes regalan, quiénes mendigan, quiénes no las alcanzan: si la peste, desde el principio, sirvió para hacer visible lo que no queríamos mirar, sus medicinas lo vuelven casi obsceno.

Está claro: en Europa y Estados Unidos la mitad de la población tiene dos dosis; en la Argentina es el 13%, en India el 6, en todo África menos del 2%. Cada vez se nota más que los países pobres dependen de lo que los países ricos quieran hacer con ellos. Y cada vez se nota más la estupidez de esos gobiernos y demás poderosos que creyeron que se podían salvar solos –aunque lo nieguen en algún discurso. Se reunieron –G20 y otros clubes– y declararon que era necesaria la vacunación en todo el mundo pero ellos –dueños de las vacunas, las patentes, las fábricas– solo darán este año a los más pobres 900 millones de dosis de los 3.000 millones que les sobran. Y el mundo necesitaría 11.000 millones –que, en el esquema actual, es imposible fabricar– para llegar a la inmunidad de grupo y detener las mutaciones y parar la pandemia.

Mientras tanto esos países con pleno acceso a las medicinas necesarias se esfuerzan por enfermarse a su manera: olas y más olas. En España, por ejemplo, la quinta ola parece lógica, con perdón: los jóvenes, que se habían convencido –los habían convencido– de que no se contagiaban y que, por eso, todavía no fueron vacunados, son los que van cayendo. Mueren poco pero se infectan –y difunden el virus. En medio de tanta incertidumbre producen certezas: solo el 5,5% de los 30.000 contagiados diarios de estos días tiene las dos dosis. O sea: el 83% de los contagiados no está vacunado, el 11,5% tiene una sola dosis; se infectan los que no se pincharon. Esta quinta ola española es como un himno a la vacuna, una especie de monumento a ese gran esfuerzo científico que la estupidez de los políticos y los empresarios no consigue terminar de arruinar –aunque lo intenten: denodados lo intentan.

Es así. Solemos suponer que el mundo está dirigido por unos cuantos tontos –políticos, empresarios, poderosos varios–, que solo saben pensar –bastante mal– en beneficios inmediatos. Lo brutal de estos días es comprobar que la estupidez de esos dirigentes es el fiel reflejo de la estupidez de muchos de sus dirigidos.

Basten unos ejemplos. En Francia, faro –ya casi apagado– de la cultura universal, una de cada cuatro personas no quiso vacunarse, igual que en Alemania, potencia regional, cuna de muchos coches y unos pocos filósofos. En Estados Unidos, rompehielos del mundo occidental, parangón del progreso, son casi un tercio: uno de cada tres adultos le saca el hombro a la jeringa. Y en Rusia, la otra gran potencia que fracasó, son casi la mitad.

Es bastante impresionante: millones y millones de ciudadanos de los países más desarrollados, más educados, más “exitosos” de este mundo se entregan a la enfermedad porque desconfían de sus gobiernos, de la ciencia, de todas esas cosas. En Estados Unidos, donde todo se mide, la cifra se parece a otra del mismo tenor bobo: esa encuesta de Gallup que muestra que, en 2017, 38% de los norteamericanos creía que el hombre fue creado por “Dios hace menos de 10.000 años” –y que si les cuentan otra cosa es porque quieren engañarlos.

Son millones que creen, creen y se joden. Porque la realidad siempre encuentra maneras de vengarse de los grandes relatos miserables: mata a los que los tragan. Los antivacuna caen como moscas y recuerdan a los mártires cristianos, aquellos señores y señoras que iban cantando a que se los comieran los leones porque estaban convencidos de que era la mejor vía para mudarse al reino de los cielos–o algún otro de esos barrios cerrados.

Pero aquellos, amables, se hacían matar solos; ahora, en cambio, estos que ejercen su libertad de inmolarse ponen en riesgo a millones que se contagiarán porque, gracias a ellos, los virus siguen circulando. Entonces, ¿debe un estado obligarlos a vacunarse por el bien común? ¿Importa más la suerte general que ciertas ideas individuales? ¿Es peligroso legitimar imposiciones que podrían desbocarse? ¿Es mejor correr ese riesgo o tolerar que tantos más se mueran?

Por ahora, distintos estados intentan distintas formas suaves: en Estados Unidos hay incentivos tipo lotería –si te vacunás te dan un número–; en Francia o Italia se exigen certificados de vacuna para entrar en los bares. Pero esas medidas no funcionan, las olas vuelven, y millones de personas se perjudican por la estupidez de otros millones. Es un modelo a escala –crudo, brutal– de la democracia de delegación; es, otra vez, la peste retratando nuestras vidas.

Y al mismo tiempo el rechazo de las vacunas muestra con qué fervor millones de ciudadanos de los países más potentes –y educados– del mundo no creen lo que les dicen sus gobernantes, sus científicos, sus supuestos líderes. O, incluso: que creen que les dicen lo que les dicen para joderlos –hasta el punto de que, por esa desconfianza, se joden y se mueren. Es algo que esos líderes deberían anotar, más allá de pestes y vacunas, si quieren seguir siéndolo; es algo que todos los que pretenden cambiar algo en nuestras sociedades también deberían considerar. Hay multitudes que no creen en –casi– nada, que desconfían de todo, que se ponen en peligro porque temen. Si eso no es una crisis absoluta, que alguien me explique cómo es una. Y toda crisis, dicen, es una oportunidad. La cosa, como siempre, es para quién.

Tocando fondo

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Martín Caparrós

Y entonces de pronto Paco Ibáñez me dice que estamos tocando fondo. ¿O sería Gabriel Celaya? No lo sé, miro alrededor, me desoriento. La explicación es simple, sin embargo: mi iTunes tiene más de diez mil canciones. Algunas vienen del pleistoceno; otras, de mi precámbrico particular; unas pocas son de años atrás –y las tengo siempre en random, para que broten y sorprendan. Y ahora, sin decir agua va, aparece en el altoparlante la voz cascada del valenciano Francisco Ibáñez Gorostidi (a) Paco Ibáñez, cantando, desde las profundidades de 1967, aquel poema que el vasco –ingeniero, poeta, comunista– Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta (a) Gabriel Celaya tituló La poesía es un arma cargada de futuro. Y me impresiona volver a oír esas palabras, escuchar esas palabras de otros tiempos.

Me impresiona el arma, por supuesto, cargada de futuro: la idea tan desprestigiada de que un arma –así fuese la poesía– sería la solución. Y que ese arma pudiera ser –también– la poesía: “Poesía para el pobre, poesía necesaria/ como el pan de cada día”. Siempre y cuando fuera una poesía que renegara del firulete, por supuesto: “Maldigo la poesía concebida como un lujo/ cultural por los neutrales/ que, lavándose las manos, se desentienden y evaden./ Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse”, decía, y que, por lo tanto, “porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan/ decir que somos quien somos,/ nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno”. Y entonces sí, por fin lo proclamaba: “Estamos tocando el fondo”, y repetía: “estamos tocando el fondo” –y otra vez.

Esas palabras, tan inesperadas, fueron todo un viaje en el tiempo –y en el espacio y en la imaginación y en la nostalgia y el alivio– pero lo que más me impresionó fue ese regodeo, esa repetición gustosa de la idea de que estaban tocando fondo. Ellos, tocando fondo, fue toda la sorpresa: en esos años, que a la distancia parecen el momento de mayor esperanza que vivieron muchos millones en el último siglo, ¿también aparecía esa sensación de tocar fondo?

Perplejo un rato, me conformo con clichés: que todas las sociedades, en casi todo momento, tuvieron esa sensación; que todos los poetas, todo el tiempo, la tuvieron, y cosas como esas. Hasta que se me aparece una respuesta que me sugiere algo: que tocar fondo, en 1967, era el gozo de saber que no caerías más, que ya habías completado el camino necesario para que todo se diera vuelta de una vez por todas. Era la condición necesaria –y casi suficiente– para eso que en esos años existía e insistía: la revolución, la esperanza de que todo empezaría a ser espléndido tras un pequeño esfuerzo más, tras tocar fondo.

Eso, comparado con estos días en que muchos tienen también la sensación de estar en el fondo –más que hundidos– pero no tocarlo: como si el fondo no tuviera fondo, como si nunca se llegara al fin de la caída. Y entonces sospecho –una vez más– que todo el problema es el futuro: que sentirse en el fondo es casi gozo cuando crees que esa es la condición para empezar el camino ascendente, que a partir de allí todo será subir y remontar y alcanzar esa meta que imaginas allá adelante, allá arriba.

Por eso, hoy, llegar a un fondo no supone esperanza: no imaginamos esas metas. Ya lo he dicho, voy a repetirlo: vivimos tiempos sin futuro. Lo cual no quiere decir que no lo tengan, porque todos lo tienen; significa que no conseguimos pensar uno que podamos desear, que valga la pena de pelear por él.

Estamos en uno de esos períodos en que el proyecto anterior se quebró y todavía no aparece el siguiente. Esos momentos existen, han existido a lo largo de la historia; son más frecuentes y más largos que lo que alguien nacido a mediados del siglo XX, en pleno esplendor de un proyecto de cambio, podía suponer.

Así, siempre hubo épocas que desean su futuro y otras que lo temen. Lo desean las que tienen un proyecto que apasiona a muchos, como fueron la república en el siglo XIX o el socialismo en el XX. Son momentos que te ofrecen una especie de mañana venturoso que sus creyentes esperan alcanzar lo antes posible. Ahora no tenemos ese mañana. No por falta de necesidad, no por falta de ganas, sino de ideas: todavía no hemos sido capaces de imaginar cómo sería esa sociedad más justa, más equitativa, más vivible que mejorará la actual. Entonces imaginamos el futuro como un estiramiento infinito del presente, un siempre igual empeorado gradualmente por su propio deterioro: el futuro ya no se vuelve un objeto de deseo sino de temor, porque todo lo que puede traer es decadencia.

Vivimos tiempos asustados, defensivos. Vivimos preocupados por la degradación de nuestras condiciones de vida, por la falta de incentivos, por la pérdida de empleos, por el exceso de personas, los gobiernos brutos, la destrucción del medio ambiente. Vivimos peleando contra, casi nunca a favor. Vivimos preocupados porque no tenemos dónde ir: no tenemos un futuro adónde ir.

El futuro amenaza:

la amenaza ecológica, la amenaza

poblacional, la amenaza

política, la amenaza

bacteriológica incluso

últimamente, la peste

como síntesis

de un futuro cada vez

más presente, menos

deseo que terror.

Vivimos tiempos sin futuro: donde todos los cambios que conseguimos imaginar para las próximas décadas son meramente técnicos. La base del capitalismo es la creencia en el poder de la técnica: que solo podamos pensar en ese tipo de cambios es el mayor triunfo de su idea.

Imaginamos –intentamos imaginar– un mundo con inteligencia artificial, territorios virtuales, robots omnipresentes, automóviles automóviles, vidas alargadas, pero asumimos que el capitalismo de mercado sigue y sigue y la democracia de delegación sigue y sigue y que, si acaso, los podría interrumpir algún apocalipsis. Nos resulta más fácil imaginarnos el fin del mundo que el fin del capitalismo. Como no hay nada que lo reemplace, nos hemos resignado a creer que este sistema durará para siempre. Y nunca hubo nada que durara para siempre: las cosas cambian y se acaban y cambian

y se acaban y

alguna vez tocamos

el fondo o lo que sea que eso sea:

el momento en que sabemos

para qué

vale la pena patalear o incluso

usar armas

como la poesía.

Ese momento que siempre está

un poco más allá; ese momento

por el que sí vale la pena, ese momento

que a veces se diría solo pasado. Ese momento

que habrá que imaginar.

La canción no era tan buena, la nostalgia tampoco, la voz una caricia áspera. Sí, aunque no parezca estamos tocando el fondo, como siempre. Solo que, cada vez, tocarlo puede ser el principio o el fin de algo distinto.

Caras y más caras

Martín Caparrós

Caras y más caras, caen las máscaras.

Ya llega. En las calles de la ciudad donde vivo, del país donde vivo, este sábado la máscara ya no será obligada, no será: nos veremos las caras –y me alegra y me asusta.

Nos habíamos acostumbrado a las máscaras –que algunos, por quitarles peso, llamaron mascarillas, otros barbijos y otros, brutalmente, cubre o tapa bocas. Las máscaras nos metieron en una película de cuarta, mezcla de distopía de bajo presupuesto y policial manido. Vivimos en una película de cuarta: la cara enmascarada se volvió cotidiana y, poco a poco, pasó de amenaza a cortesía; cada tanto volvió a ser amenaza. La máscara fue, como casi todo, puro egoísmo vestido de generosidad: podíamos decirnos que la usábamos para preservar al prójimo de nuestras impurezas –pero la usábamos porque temíamos las del prójimo, todos los prójimos, la humanidad vuelta enemiga.

La peste nos enseñó que todos somos peligrosos para todos, que el hombre es el hombre del hombre, que el infierno son los otros y, al mismo tiempo, que nadie se puede salvar solo: que solo todos los hombres pueden salvar a cada hombre. Que mientras quede un contagiado nadie está seguro, pero hay millones que se creen que sí –y probablemente terminemos pagándolo. La peste nos arrasó las vidas: les sacó a algunos mucho, a muchos algo y a todos las caras.

Y nos acostumbramos, descubrimos: hay algo mágico en no vérnoslas. La cara, terminamos de aprender en estos meses, es la persona. Sin caras no sabemos quiénes somos, quiénes son; sin caras somos casi impunes. Sin caras no nos vemos: nos intuimos, nos suponemos, nos buscamos en lo poco que hay. Surge el secreto y sus derivaciones, la amenaza, la labia de quien calla. Ya lo saben los machistas musulmanes, que quieren dominar a sus mujeres, y sus mujeres, que saben dominarlos: ellos las obligan a esconder y ellas al no mostrar sugieren, convierten sus pelos encubiertos en una forma del misterio, los burlan, los enredan. Durante más de un año, nuestras caras fueron tan esquivas como el pelo de las mujeres musulmanas, escondidas detrás de la máscara –y quizás algún día lo recordemos con nostalgia.

Recuerdo ahora un ejercicio que les pedía a mis alumnos de radio en la facultad de Comunicación en Buenos Aires, 1988: que contaran una historia sin palabras, solo con sonidos. Las máscaras fueron, a su manera, eso: contar sin lo más evidente, ver todo salvo lo que siempre. Mirar por la calle personas y no saber qué había en su faz y, por lo tanto, cambiar la interfaz; quedarse sin sonrisas fue tanto peor que sin abrazos: aprendimos a sonreír sin bocas. Sonreír con los ojos es sonreír en serio, más allá de la mueca: durante todos estos meses pudimos, supimos, nos esforzamos y lo conseguimos. O no, según las veces.

Y fue atractivo mientras duró y fue espantoso mientras duró: la máscara es, como casi todo, insoportable. Es duro portar su cruz, su culpa, su pasado; es un coñazo portar siempre una máscara. No es difícil: es solo insoportable. Y como es insoportable nos pasamos más de un año soportándolo y ahora vamos a empezar a terminar de soportarlo. Mostrar la cara solía ser muy banal y es, ahora, una victoria: la libertad será mostrarla.

Porque la peste nos mostró tantas cosas que no queríamos ver –y ocultó las que sí. Las caras se habían vuelto pura aspiración: producto de interiores o, más aún, de la pantalla. Por la peste, fueron un bien raro: veíamos muy pocas, debíamos prestarle a cada una la atención debida. Pero eso –por ahora– se acabó: las calles se llenarán de ellas, volveremos a un mundo de abundancia. Vuelve la sociedad del despilfarro: cada vereda o acera o calzada va a ser, de nuevo, remolino de caras y, poco a poco, nada de eso importará y habremos olvidado.

Y, una vez más, tener lo que deseábamos será no tener nada.

La muerte del vivo

Martín Caparrós

Fueron minutos muy espeluznantes. En medio de un partido de fútbol sin historia –Dinamarca y Finlandia, en esto, nunca la tuvieron– el tiempo se detuvo y millones se asustaron o conmovieron o angustiaron. Pocos lo estaban viendo cuando empezó el temblor: con la velocidad de las redes, en instantes millones se enteraron de que en ese partido un jugador se había desplomado y parecía… parecía… parecía…

Nadie decía la palabra ominosa, pero parecía. La televisión repitió una vez el movimiento tan ajeno del 10 danés que se deshizo y se cayó redondo –y, a partir de ahí, empezó su calvario. El de la tele, digo.

Digamos: un partido de fútbol de una copa europea se suspende porque un jugador se desplomó en el campo. Sus compañeros se arremolinan a su alrededor, desesperados; enfermeros y médicos corren, llegan, se agitan. El cuerpo del jugador queda tapado por los demás cuerpos: parece que no se mueve, en realidad parece… parece… parece…

La televisión, entonces, decide no mostrar nada que informe nada: cerrará los ojos. Como debe seguir emitiendo, evita los planos que podrían contar lo que sucede y se refugia en planos generales de la cancha, planos cortos de espectadores llorando y rezando, compañeros llorando y rezando, una rubia que dicen que es su hermana –pero después sabremos que es su esposa– llorando también. Los locutores no dan información, no saben, no quieren decir nada. Pasan minutos, más minutos, y la televisión solo muestra jugadores tapando al caído y personas llorando y parece… parece… parece… Ya todos estamos convencidos de que el jugador se murió y por eso nadie lo dice y por eso nadie lo muestra. La muerte no se dice, la muerte no se muestra.

La situación entra en un punto muerto. Los jugadores –sus camisetas rojas– siguen parados alrededor del cuerpo, hay más llantos, abrazos, manos en las cabezas; pasan varios minutos hasta que entra una camilla y parece que levantan el cuerpo. Seguimos sin ver nada, pero sabemos –creemos que sabemos– que ha sucedido algo tremendo: la muerte de un jugador de elite en un torneo de ídem. Los enfermeros –sus mamelucos rojos– despliegan unas toallas alrededor de esa camilla que empieza a avanzar, para taparla; sus compañeros caminan cabizbajos a su lado. Parece una procesión fúnebre –roja, toda hecha de rojos– hasta que una foto se abre paso en las redes, tan malditas. Y la foto muestra a Christian Eriksen echado en la camilla con una máscara de oxígeno en la cara y una mano tocándose la frente: parece, después de todo, vivo.

Mucho después sabremos que sí, que “está estable”. Pero ese cuarto de hora es toda una lección sobre la forma en que hacemos periodismo: las formas que elegimos para narrar el mundo. Con ese pudor de lo correcto que hace que, en la época más contada y conectada de la historia, tantas cosas deban suponerse –porque nos parece mal mostrarlas. Nos parece mal informar lo que pasa: nos parece que hay cosas que deben contarse y cosas que no. Nos parece que tenemos el derecho de decidir cuáles son esas cosas, qué puede saber “el público” y qué no, qué cosas lo chocarán u ofenderán –o, incluso, cuáles violan la privacidad del objeto de esa información. Los grandes medios creen que su función es editar el mundo.

(La pandemia es un ejemplo de esta forma: al principio, sobre todo, evitaron mostrar lo que pasaba –la desesperación, la impotencia, las muertes– so pretexto de que era contraproducente y era obsceno. Hay quienes suponen que, si se hubiera mostrado, muchos más habrían tenido conciencia del peligro y muchos menos se habrían contagiado. O, por lo menos, habríamos sabido. Se puede discutir, casi no se discute.)

El partido no tenía importancia, el desmayo de un jugador tampoco tanta. Pero el resultado es una gran metáfora: millones de personas estuvimos convencidas de algo que resultó ser falso. En directo todos supusimos que Eriksen había muerto; pasado el primer shock, habría sido fácil mostrar que no lo estaba si el pudor, la corrección o la estupidez no se hubieran impuesto, una vez más, a la razón de este trabajo: contar el mundo, no juzgarlo o filtrarlo o volverlo digerible.

Fueron solo unos minutos y fue una tontería: fue, sin duda, una lección de periodismo, una nueva invitación a preguntarnos qué estamos haciendo.

O, si acaso: qué mierda estamos haciendo.

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