un cuarto –medio medio– propio

Categoría: ¿Ideas? Página 2 de 4

El hambre sigue aquí

Hace siete años publiqué un libro que se llamaba El Hambre e intentaba entender por qué, en un mundo que ya puede de producir alimentos para todos sus habitantes, todavía hay cientos de millones de personas que no comen lo que necesitan. En estos días se publica la primera edición revisada y actualizada con las cifras y datos más recientes. Por desgracia, no fue necesario cambiar prácticamente nada en el análisis: las causas, las razones siguen siendo las mismas.

Aquí, el inicio del prólogo: .

El panorama no es alentador. Cuando apareció este libro la situación mejoraba levemente: la cantidad de personas desnutridas había disminuido lentamente durante los veinte años anteriores. Y aún así era una tragedia. Ban Ki Moon, el ex secretario general de las Naciones Unidas, había advertido que cada cuatro segundos una persona moría de hambre, malnutrición y todas las enfermedades relacionadas: diecisiete cada minuto, veinticinco mil cada día, más de nueve millones cada año –pero eso no parecía importarle a nadie.

Y entonces la cantidad de hambrientos empezó a crecer otra vez. En América Latina, por ejemplo, la FAO calculaba que eran unos 39 millones en 2015 y en 2019 ya llegaban a los 48 millones; en África contaba 217 millones en 2015 y 250 cuatro años después; en Medio Oriente, 27 y 30.

Las explicaciones son muchas y son discutibles –de eso trata este libro– pero la pregunta central sigue siendo la misma: ¿cómo carajo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?

¿Cómo podemos vivir en un mundo que, pese a su capacidad de alimentar a todos sus habitantes, soporta que más de 800 millones de ellos no coman suficiente? ¿ Cómo, en un mundo donde el hambre sigue siendo la epidemia más mortal, que mata más personas que la malaria, la tuberculosis y el sida juntos? ¿Cómo, con la conciencia de que podríamos solucionarlo si nos lo propusiéramos pero no lo hacemos?

Sigo creyendo que el hambre debería ser nuestra preocupación principal: que el orgullo de un mundo sin hambre es la meta más gozosa que podría imaginar. Y sigo pensando que, para conseguirlo, el primer paso es saber y el segundo entender –las metas imposibles de este libro. El tercero sería actuar, pero eso está más allá de sus posibilidades; es, quizá, parte de las suyas si usted lo decide, se decide, quiere.

Y aquí, el final del epílogo:

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Los llamados empezaron a fines de abril, o quizás en los primeros días de mayo. Eran radios, sobre todo, en esos días de confinamiento, o algún programa de televisión por zoom o por skype, y querían preguntarme qué pensaba sobre el aumento del hambre que traería la pandemia. Me sorprendieron, porque hacía mucho que nadie me preguntaba nada sobre el hambre. Pero resulta que la FAO había vuelto a atacar con sus cifras y eso, entonces, inducía las preguntas.

–¿Qué opina de esos cálculos que dicen que habrá entre ochenta y ciento treinta millones de hambrientos…?

Ya sabemos que los números de la FAO son tan dudosos pero que, al mismo tiempo, son los únicos. Por eso no les hice mucho caso cuando publicaron que “una estimación preliminar sugiere que la pandemia puede agregar entre 83 y 132 millones de personas al número total de desnutridos del mundo”. Pero los periodistas, confiados, confinados, sí lo hicieron y empezaron a llamarme para preguntarme por ese dato que, pese a todo, les había llamado la atención. Eran, a fin de cuentas, como cien millones de personas.

–¿Y por qué se preocupan ahora por cien millones más cuando hace tres meses no se preocupaban por los 800 millones que están pasando hambre siempre? ¿No les parece un poco hipócrita?

Les contesté más de una vez. Lo siento, pero me cabreó. Pensé que quizás se trataba de su idea de “noticia”: que esos 800 millones siguieran allí no era nada nuevo; en cambio la aparición de millones más lo era. Quizá fuese nuestra incapacidad para contar lo que no sucedió dos días atrás, para hacer del mundo en que vivimos una explosión de historias. O si acaso cinismo puro y duro: con algo hay que llenar la pantallita y esto podría impresionar al público y mostrarnos como buenas personas preocupadas. Hasta que busqué el comunicado de la FAO y lo volví a mirar. Allí –aunque ninguno de los periodistas que me llamaron la citó– yacía agazapada la razón brutal: “Pockets of food insecurity may appear in countries and population groups that were not traditionally affected”, decía: que unos “bolsillos de inseguridad alimentaria –burocratés a tope– pueden aparecer en países y grupos de población que no eran tradicionalmente afectados” –por el hambre, se entiende.

Allí sí había una clave –y es, probablemente, una de las claves de la pandemia–: que, así como empezó a morirse gente que antes no se moría, empezarían a pasar hambre personas que antes no. Que, por acción y efecto de los viruses, el hambre podría perder, en ciertos casos, su característica principal: ser algo que les pasa siempre a otros.

En las calles de Madrid, donde ahora paro, hay colas de personas que piden alimentos. Muchos de ellos, cuentan, nunca antes pidieron comida –pero se han quedado sin trabajo, sin ahorros, sin reservas o ayudas y no les queda otra. Dicen que unas 250.000 personas reciben ayudas alimentarias en Madrid, uno de cada quince habitantes de la capital de uno de los quince países más ricos del mundo. Dicen, también, que en Nueva York ya pasan del millón y medio.

La demanda se dispara, la oferta no acompaña. La emergencia tiene un doble efecto: por un lado, algunos que no solían pedir ahora lo hacen y, por otro, algunos que querrían dar ahora no pueden. Pero algunos que no solían ayudar ahora lo intentan.

La situación se deteriora, y te dicen que es culpa del coronavirus. Es y no es. El virus no causa nada: agudiza, si acaso, los problemas existentes, desigualdades existentes, pobrezas existentes. Desvela, revela, lleva al límite: es el leve empujón que desbarranca a los que sobrevivían en el borde.

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El corona empezó con una aureola de igualdad: nos atacaba –nos ataca– a todos. Pero rápidamente la desigualdad empezó a manifestarse con fuerza, con brutalidad. Estaba, para empezar, la desigualdad fundamental entre los que podían darse el triste lujo de encerrarse –no trabajar o trabajar encerrados– y los que no, los que debían salir a la calle a buscarse la vida. Es decir: los que se aburrían e inquietaban y asustaban pero sabían que todo consistía en armarse de paciencia, y los que sabían que si eso seguía así ya no sabrían más nada.

Y estaba la desigualdad básica de tener que confinarse cuatro o cinco en un piso de sesenta metros o siete u ocho en un ranchito o cuantos fueran en una casa con jardín. Y la desigualdad de estar moderna y abundantemente conectado e informado o tener que enterarse de alguna cosa cada tanto. Y la desigualdad de saber que si te enfermabas tenías que ir a tentar la suerte a un hospital colmado y mal provisto o tenías “derecho” a una atención cuidada y moderna porque lo has pagado –lo que te ofrece incluso la opción de reclamar, porque el cliente, a diferencia del ciudadano, siempre tiene razón.

Y estaba la desigualdad de poder comprar las mascarillas y alcoholes y remedios necesarios, o no poder comprarlos. Y la desigualdad entre los que debían trabajar en contacto con personas –sanitarios, cajeros de supermercado, policías, choferes– y los que no. Y los que podían convertir su trabajo en teletrabajo y los que no. Y los que podían desplazarse seguros en sus propios coches y los que debían amontonarse en un transporte público, y había tantas más diferencias y desigualdades y cada una de ellas tenía dos facetas: la desigualdad social, entre personas de distinta clase en un mismo país, y la desigualdad nacional, en que todos los habitantes de un país tenían ventajas sobre los de otros.

Y, por supuesto, la desigualdad más bruta, más primaria: tener o no tener comida.

Queda dicho: las cifras del hambre no son fiables. Pero, pese a todo, estaba claro que, tras una disminución a principios de la década pasada, la cantidad de hambrientos empezó a aumentar en 2014 o 2015: se debió, en general, a la baja de los precios de las materias primas, que complicó las economías de los países pobres que las producen en Latinoamérica o en África, y a otros reveses económicos. Así estábamos, en esa caída leve pero sostenida, preocupante, cuando la crisis del corona mandó todo al carajo: decenas de millones de personas dejaron de comer lo suficiente.

Y, queda dicho: son los de siempre pero no solo los de siempre. La movida no tiene muchos precedentes. Por eso es difícil  prever adónde va; hoy, noviembre 2020, no se puede ver dónde nos lleva. Más allá de mi cólera, cien millones de personas que empiezan a pasar hambre casi de repente es un desastre pocas veces visto. Muy pocas veces visto. Va a producir efectos, va a tener consecuencias.

Cuáles, es la pregunta decisiva.

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¿Nos servirá para aprender, para intentar cambiar? ¿Les servirá a los estados para reafirmar su necesidad –y su poder extraordinario? ¿Sabremos reclamarles que se ocupen en serio de los que lo precisan? ¿Será posible que lo hagan sin aumentar sus coacciones? ¿Podremos sacudirnos el imperio del miedo? ¿Nos asustaremos aún más cuando veamos que faltan tantas cosas o saldremos a buscarlas por los medios que sean? ¿Habrá más libertades, más represión, más comprensión, más aspereza? ¿Habrá más hambre? ¿Habrá pelea?

¿Será el principio de algo o será el fin de nada?

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Estamos, como siempre, en una encrucijada.

Ni una mujer

Martín Caparrós

Todos hombres: era muy impresionante que fueran todos hombres. Miraba esa película deliciosa de 1961, Le Président, de aquellos tiempos en que los franceses querían ser más elegantes que profundos, hirientes que sentidos, y producían unos diálogos muy artificiales y casi perfectos a la manera de Sacha Guitry. Y el guión era de Georges Simenon y la dirección de Henri Verneuil, y Jean Gabin, viejo y enérgico, hacía de ex presidente y se reía del mundo. Pero nada de eso importa ahora: lo que me impresionó fue aquella imagen de la Cámara de Diputados en París: todos señores, todos.

Todos: ni una sola mujer. Y ahora, recuperando el clásico 12 angry men –Sidney Lumet, 1957, cumbre de Henry Fonda– la sensación vuelve con fuerza porque no es sensación sino avalancha de imágenes: entre esos doce jurados discutiendo hasta la extenuación no hay ninguna mujer. Todos señores, todos.

Son imágenes que hace no mucho, cuando yo nacía, resultaban normales –y ahora inverosímiles. Fines de los ’50, principios de los ’60 era una época que pensamos feliz, eran mis primeros años, y las imágenes me impresionaron y empecé a buscar más. Imágenes de los ’20, los ’30, los ’40, y el modelo se repetía en todas: las instituciones estaban hechas de señores. Y entonces sí terminé de formularme la pregunta tonta, que no había pensado antes –ni leído–: ¿se podría decir que pocos procesos produjeron tanta expulsión de las mujeres de la vida pública, de las distintas formas del poder como la democracia?

“Los dioses ya no estaban, Cristo todavía no estaba; hubo, entre Cicerón y Marco Aurelio, un momento único en que solo estuvo el hombre”, le escribió Gustave Flaubert a una amiga hace justo 160 años. La época en que –en el poder– solo estuvo el hombre empezó, creo, poco después. Creo; es, insisto, una hipótesis que habría que trabajar, pero hay algunos datos. En 1861, cuando Flaubert escribía aquella carta, la reina Victoria ya llevaba 24 años en el trono inglés y le quedaban todavía cuarenta; en España la segunda Isabel tenía 28 de reina por detrás –desde sus 13– y siete por delante.  En la India Lakshmi Bai, reina viuda de Jhansi, moría a la cabeza de una gran revuelta contra los británicos, y en Holanda pronto nacería la reina Guillermina, la de los zapatitos. E incluso Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia, discutía con su Napoleón de tercera los destinos de su reino. Los hombres eran, por supuesto, gran mayoría en todos los poderes pero aquellos regímenes arcaicos tenían, por esas cosas de la sangre y los amores, algún sitio para las mujeres. Las democracias acabaron con él.

En Occidente, en la segunda parte del siglo XIX, cuando los sistemas eleccionarios terminaron de asentarse, las mujeres perdieron las últimas opciones que les quedaban para participar de alguna decisión. No votaban, y a nadie –prácticamente nadie– se le ocurría que debieran hacerlo. No emprendían, no dirigían empresas, no dictaban clases ni sentencias, y a nadie –prácticamente nadie– le parecía que debieran hacerlo. Ni a ellos ni a ellas: no era que no pudieran, era que no lo pensaban. Vivían, como todos, en su época, convencidos de sus convicciones, sin la distancia y la voluntad necesarias para ponerlas en cuestión, creyéndolas el orden natural.

Salvo, por supuesto, las inadaptadas de siempre, las extremistas habituales que pedían algo totalmente disparatado, fuera de cualquier lógica, algo que no se hacía porque nadie lo hacía ni tenía sentido que se hiciera. Se llevaban las burlas y los ataques de rigor pero poco a poco, a fuerza de pelear, fueron logrando algunas cosas. El símbolo, la palanca, era votar. En Nueva Zelandia, pionera, lo consiguieron en 1893; las demás ya en el siglo XX: Australia, Escandinavia, Canadá y las nuevas repúblicas soviéticas hacia 1917; justo después Inglaterra, donde empezaron por las mayores de 30 dueñas de algo.

Y así de seguido: en España el voto femenino llegó con la República de 1931, aunque algunos de sus diputados lo rechazaban con argumentos muy científicos: “¿Cuál sería el destino de la República si en un futuro próximo, muy próximo, hubiésemos de conceder el voto a las mujeres? Seguramente una reversión, un salto atrás. Y es que a la mujer no la domina la reflexión y el espíritu crítico; la mujer se deja llevar siempre de la emoción, de todo aquello que habla a sus sentimientos, pero en una mínima escala de la verdadera reflexión crítica”, decía entonces Roberto Novoa, diputado republicano gallego y catedrático de Patología de la Universidad de Madrid. Y otros y otras –Victora Kent, por ejemplo, radical, la primera abogada española– lo apoyaban con argumentos de conveniencia política: las mujeres era, se sabía, conservadoras, y dejarlas votar significaría el retorno al poder de la derecha oscurantista.

Después, con los mismos miedos, los mismos obstáculos, la onda siguió, lenta, laboriosa: el voto femenino empezó en Francia e Italia en el ’45, Argentina en el ‘51, México y Perú en el ’55, Colombia en el ’57, Catar en 1999. Lo sabemos, y de algún modo lo olvidamos. Por eso es tan brutal ver esas imágenes de hace no tanto tiempo, esas imágenes tan “democráticas” como un parlamento o un jurado popular –de puros hombres. De pronto, entonces, me parece claro que no hubo, en el Occidente clásico, ningún momento en que las mujeres estuvieran tan sólidamente apartadas de toda forma de poder como esas décadas en que se fue instalando la democracia de delegación: en que, primero, hombres elegían hombres y, después, con gran esfuerzo, mujeres los seguían eligiendo.

Esa época trajo avances importantes de la igualdad en otros campos; en este, nada. Es un ejemplo fuerte de cómo la historia nunca es lineal, nunca unívoca: cómo ciertos “progresos” conviven con brutas regresiones. Y cómo a millones de personas les puede parecer tan normal algo que años después otros tantos millones encuentran aberrante. Es ese principio que olvidamos tan fácil, tan a gusto: sobre todo, pequeño saltamontes, nunca te creas eso que creés.

La gran peste cumple siglo y medio

El festejo es, quizás, exagerado: gran esfuerzo de producción para recordar que hace exactamente 150 años empezó en Buenos Aires la epidemia más recordada de la historia argentina, la Fiebre amarilla de 1871.

En esos días la ciudad era, como siempre, un caos. Buenos Aires había crecido veloz, desordenada: dos décadas antes tenía 80.000 habitantes, pero entonces ya llegaba a los 180.000. Su mugre, sus amontonamientos, sus cloacas escasas, sus basuras sin tasa parecían el mejor escenario para que la peste se desarrollara –y se desarrolló.

Nadie supo de dónde llegó: algunos supusieron que la habían traído los soldados que volvían de la guerra contra el Paraguay, otros echaban la culpa a los migrantes –sobre todo italianos, los más numerosos, los más pobres, que solían vivir atestados en los primeros conventillos. Tampoco se sabía cómo se transmitía: se barajaban distintas hipótesis pero, hasta décadas después, no se supo que el culpable había sido un mosquito, el Aedes aegypti.

En cualquier caso, la difusión fue rápida y brutal. En tres meses, uno de cada doce porteños se murió de las fiebres. Es, en proporción, como si ahora murieran, en Buenos Aires y su periferia, más de un millón de personas.

El gobierno, como suele, no supo bien qué hacer. Lo presidía Domingo Faustino Sarmiento, que tomó una decisión que siempre lamentaría: trasladar –“por seguridad”– su oficina y sus ministros a Mercedes, un pueblo a cien kilómetros de la capital. Los reproches por esa fuga durarían hasta su muerte –y aún después.

Por eso quise reproducir hoy aquí este fragmento de una novela titulada o no Sarmiento, de autor todavía desconocido, donde el entonces presidente cuenta en primera persona su sufrimiento en el poder. Cualquier parecido con la realidad es rara coincidencia.

Mercedes, el poblacho donde asenté el gobierno, era un caserío de unos cientos de campesinos abrumados por los porteños fugitivos. No era, en absoluto, el único. Los alrededores de la ciudad rebosaban de ellos: en Flores y en Belgrano, por supuesto, no quedaba ni un rincón sin ocupar, pero también en Quilmes, Lomas de Zamora, Morón y otros pueblos de las afueras se acumulaban las familias. Algunas tenían campos o quintas, otras los alquilaban a precio de oro, otras se gastaban lo que no podían para conseguirse un refugio que las alejara de la amenaza de la peste. Uno de cada dos o tres porteños, dicen –todos los que podían–, se tomaron el buque. Al fin y al cabo somos un país de fugitivos: cuántos de nosotros no nos hemos escapado una y mil veces. Alguien llegó a decirme que hacíamos lo mismo que los indios, que cuando tienen enfermos en la toldería la levantan, los dejan y se van para que los abandonados se curen o se mueran sin afectar al resto. Son nómades, claro, los muy salvajes: pueden hacerlo porque siempre lo hacen.

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Algunos dijeron que la fiebre había llegado de Brasil; otros, con un contingente de soldados que volvían del Paraguay. Es fácil: el mal siempre es culpa de los otros. Y es cierto que las pestes siempre llegan desde algún lugar; el problema no es de dónde llegan sino dónde se quedan –y entre nosotros encontraron el mejor terreno.

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Es cierto que los que más sufrieron fueron los que se quedaron. La mayoría era la canalla más abyecta, la que no tenía forma alguna de dejar la ciudad, sus conventillos. Eran, sobre todo, los italianos llegados en los últimos años.

Ya entonces la mitad de los porteños eran extranjeros y la mitad de los extranjeros eran italianos. Algunos decían –dicen– que no es así cómo crecen los cuerpos, que no se puede andar agregándoles brazos y piernas y pelos y dientes, que hay que dejarlos desarrollarse solos, pero no entienden que un país no es un animal que crece orgánico sino una máquina que debe ser construida por artesanos pacientes a lo largo de los siglos y, cada tanto, un artífice innovador que, en un rapto de genio, triplique su poder con un invento o una adición inesperados. Otros, con menos florituras, se quejaban de que con tanto forastero no iba a quedar nada para los verdaderos argentinos; no era fácil explicarles –era muy fácil explicarles, era difícil que entendieran– que el problema son, muchas veces, los verdaderos argentinos, incapaces de construir un país como nos merecemos.

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Los oportunistas de siempre aprovecharon: me acusaron de que mi política de inmigración era culpable de la peste. Un disparate: por un lado todos ellos –casi todos ellos– habían llegado antes de que yo asumiera la presidencia y, por otro, yo nunca quise esos inmigrantes patasucia, hombres débiles que, en lugar de salir a conquistar las pampas con su trabajo se quedaron en la ciudad buscando las oportunidades fáciles. Si se hubieran ido al campo esto no les habría pasado. Pero no eran –todavía no eran– los que siempre esperamos. Y, al final, hicieron lo mismo que los indios: más de cinco mil se tomaron un barco de vuelta a su país, maldiciendo el momento en que se les había ocurrido venir a esta tierra exigente.

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Me decían que la ciudad se había vaciado: solo pobres, el miedo, las carretas con cuerpos, las fogatas. La muerte estaba en todas partes, y nadie sabía dónde.

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Los hospitales no daban abasto, se improvisaban salas aquí y allá que más que curar enfermaban a quien tuviera la desgracia de acercarse a ellas. Nadie sabía qué hacer. Los propios médicos, perplejos, recomendaban las medidas más contradictorias: si la fiebre se esparcía por los miasmas del aire, dijeron, era bueno hacer en las calles esas fogatas que los iban limpiando; pero después dijeron que las fogatas, al contrario, calentaban el aire y lo hacían presa más fácil de esas mismas miasmas. Y que la peste no circulaba por el aire sino por el suelo, avanzando de casa en casa como una serpiente, y que los vivos eran contagiosos pero nada más contagioso que los muertos, y que no había que comer porque cualquier comida podía estar infectada pero que había que comer porque el cuerpo debilitado sería tierra fértil, y que no había que conocer mujer por no desperdiciar las fuerzas pero que un poco de actividad sexual las mejoraba, y que el mejor remedio era una cucharada de amoníaco cada dos o tres horas pero que el amoníaco te destruía las tripas, y así de seguido. Cuántos enfermos se resistían a tomar la medicina que les daba un médico si el propio médico no la tomaba antes, por si acaso.

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Es cierto que lo pensé, llegué a pensarlo: ¿qué había hecho yo, dónde había errado? ¿Por qué me estaba pasando todo esto?

Llegué a pensar que quizá lo merecía.

Después, que no podía ser tan vano..

La muerte ya no tenía cuidado. Carretas, me decían, recorrían sin descanso la ciudad: caravanas de cuerpos enredados retorcidos, silencio alrededor, los vivos escapando. Se habían muerto varios carpinteros que fabricaban ataúdes y los pocos que quedaban no podían seguir el ritmo endiablado de la fiebre: por eso aquellos cuerpos amontonados sin resguardo.

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Era, lo sé, una muerte espeluznante. Las primeras señales eran nimias, de esas que en cualquier otra situación nadie atendería: un dolor de cabeza o de articulaciones, fiebre, escalofríos, la fatiga. Pero uno o dos días después ya quedabas postrado, sudores y calores, la lengua blanca, el pulso acelerado, la sed y los dolores, y el hígado que no lograba espesar la sangre así que te empezaban las hemorragias por la nariz, la boca, el estómago, el culo, esa sangre negra de los vómitos negros y los detritos negros y la piel amarilla y todo estaba claro. Entonces la fiebre te subía hasta las nubes y los delirios y los estertores, y lo peor era que por momentos se calmaba y creías que te salvabas pero la salvación duraba, si acaso, algunas horas, porque después la enfermedad volvía con más fuerza todavía y te llevaba: en tres, cuatro días como mucho la sangre te salía a chorros por la nariz, la lengua, el ano y en unas horas de locura y gritos te volvías cadaver, un cadáver que nadie se animaba a tocar, que solía terminar entreverado con unos cuantos más en la carreta de los sepultureros.

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Muchas personas tuvieron momentos sublimes de solidaridad; otros, como siempre, aprovecharon, y se supo de varias bandas de ladrones que se disfrazaban de enfermeros para entrar en las casas de los enfermos y saquearlas. La tontería sería creer que un desastre como ése cambiaría a las personas; sacó, si acaso, lo mejor y lo peor de cada cual –y a muchos todo.

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Y sobre todo el miedo: no hay enfermedad más mortal que el miedo a la muerte, solía decir el doctor Argerich –que terminó sucumbiendo a la fiebre. El miedo mata más que la fiebre, decían los diarios: “Julepis morbis”, decían, el julepe de la enfermedad es una enfermedad terrible; muerto de miedo ya no era una frase. El triunfo del miedo es el triunfo de la desconfianza. Pero era difícil no tenerlo cuando el enfermo, en su agonía, veía cómo todos se apartaban de él, cómo sus seres más queridos se negaban a darle una mano y lo miraban a lo lejos o se iban, lo abandonaban para que, al morirse de ese mal brutal, no los matara. Hubo, en esos días, tantos miles que no murieron como correspondía, como habrían querido: que no murieron bien. Que se murieron solos, sin la presencia de sus familias, sin el murmullo de un sacerdote que los acompañara, en lazaretos y hospitales, en una calle oscura, en lugares indignos, hoyos para mendigos y otros parias, rodeados por la escoria.

Hay quienes dicen que en los momentos importantes de la vida uno está solo; es difícil saber a qué se refieren. Uno no nace solo sino con la persona que más lo querrá; uno no se casa solo sino con la segunda persona que más lo querrá; en el momento de cargar a degüello uno está rodeado de sus compañeros que lo aprecian; sólo al escribir uno está solo, lo cual arroja serias dudas sobre la importancia de escribir. Pero, por eso, es razonable que en el momento de morir también esté con sus seres queridos disponibles; no suelen ser los más queridos pero son lo que hay y, al fin y al cabo, nadie elige dónde y con quién morirse, así que deben considerarse afortunados los que pueden hacerlo donde siempre vivieron su vida, con las personas con las que la vivieron.

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La fiebre también rompía con eso:

la fiebre, en esos días,

había roto con todo.

En junio, cuando la fiebre fue perdiendo fuerza, se calculaba que unos quince mil porteños habían muerto. Más tarde, cuando empezamos a refinar las cuentas, descubrimos que un buen tercio de esos muertos habían sido negros y que su peso en la ciudad había bajado tanto. Algunos, sin piedad, se preguntaron quién iba a mantener limpias las calles. Muchos, con el tiempo, quisieron creer que la fiebre amarilla marcó el principio de una ciudad nueva, más cuidada, más preocupada por sus condiciones: el principio de la ciudad moderna.

Siempre están los que quieren creer –y yo suelo ser uno de ellos– pero no estoy seguro. Sé, sí, que la cambió: las viejas familias porteñas abandonaron el barrio Sur, demasiado apiñado. Hasta la peste, vivir allí era la mayor marca de elegancia que alguien podía exhibir; de pronto se transformó en una condena: era quedarse en el sitio de la muerte. Muchos de los más ricos empezaron a construirse casas más amplias en la zona de la Recoleta, y abandonaron su viejo barrio a pobres e italianos.

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Fumo. Sé disfrutar de ese momento en que el humo entra primero en los pulmones, ese golpe del humo en los pulmones como un ataque brutal que uno mismo se lanza para gozar del golpe y controlar el golpe, mostrarse que lo que puede aunque no debe es más potente que lo que debe y que no puede. Fumo, sé que hay pocos golpes que no sean soportables y que, a veces, cuando llega uno, lo difícil es saber distinguirlo: que se parece tanto a otros. Fumo: entonces fumo.

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Poco a poco el mundo empezó a parecerse al de antes. No lo era: la magnitud de la catástrofe había instalado la sensación de que no valían la pena tantos esfuerzos si todo era tan frágil, si todo lo que costaba tanto podía terminar en cualquier momento bajo el ataque de una plaga inesperada. El futuro era, de pronto, una falacia, una de esas fábulas que se les cuentan a los chicos para tratar de que se porten bien. Un desasosiego general quedó instalado, y tardaría varios años en terminar de desarmarse.

Y había, mientras tanto, heridas que podían pasar inadvertidas pero de pronto –en un encuentro, una conversación, una pelea– se veían demasiado. Había tantas cosas para hacer, tanto entusiasmo y tanto miedo entre los que nos habíamos salvado. Nosotros, mi gobierno y yo, volvimos al Fuerte con la misión de recuperar poco a poco la confianza perdida. Nunca esperé que me perdonaran el supuesto abandono; confiaba, en cambio, en la voluntad de olvido que haría que muchos dejaran de pensar en esos días horribles. No contaba, quizá, con ese cuadro. Pocos meses más tarde, el uruguayo Blanes, pollo del viejo Urquiza, lo colgó en el teatro Colón y muchos miles se tomaron el tiempo de ir a verlo. Las cosas –los días, el sufrimiento, las injusticias, la esperanza rota– a veces se fijan en un cuadro o un poema. Ese dibujo era mentira: el que encontró a la mujer muerta con la bebé en el suelo fue un sereno, un hombre anónimo del que nunca se supo; en el cuadro, los que la encuentran son los pobres Manuel Argerich y Roque Pérez, un médico y un juez, dos dirigentes de la Comisión, dos hermanos masones, dos muertos por la peste. Ellos dos frente a la muerta y su bebé desesperada sintetizaron el horror tanto mejor que la verdad del sereno desconocido, insignificante. Algunos tontos dijeron que el cuadro no era cierto, que cómo Blanes se permitía falsificar así la historia. No conseguían entender que nunca la falsificó; la contó mucho mejor que lo que la realidad –siempre tan torpe– supo hacerlo.

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Nada como ese cuadro para recordarme lo que yo había hecho: la conjunción de suerte, mérito y testarudez me había dado seis años para hacer mi vida y lo que hice fue deshacerla. Ya no tendría otra oportunidad así: la había desperdiciado, me había desperdiciado. Ya nadie recordaría de mí otra cosa: que en el momento de quedarme con los míos me escapé, que me encontré, como siempre, las mejores excusas pero me escapé –como siempre. De pronto todas esas paparruchadas que me contaba sobre mi nueva libertad no eran más –no me parecían mucho más– que el aliento que le ofrece su madre al chico que se cayó y llora en el suelo, sus amigas a la mujer que acaban de dejar: mentiras piadosas, verdades despiadadas.

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Fumo. Saco con gula el cigarro de su caja de plata, lo pruebo entre los dedos para verificar el buen armado, lo huelo incluso antes de encenderlo, lo imagino, lo paladeo sin fuego todavía, pero sé que un cigarro es una gran promesa que nunca termina de cumplirse y sé que se parece tanto a todo: que cuando empieza se diría infinito y más temprano que tarde se termina, y al terminarse parece como si no hubiera empezado, como si no hubiera existido.

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Esperaba, sin embargo, una oportunidad.

Creía, entonces, que quizá la tendría.

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Y era, seguía siendo, el presidente.

Una ciudad invisible

Si hay un libro que me mata de envidia, que daría un huevo por haber escrito y que copio sin saberlo sin parar y sabiendo cada tanto y releo con denuedo es Las ciudades invisibles, de Italo Calvino.

Es pequeño, es caprichoso: son los brevísimos relatos que le hace Marco Polo al emperador Kublai Khan –con quien no comparte ninguna lengua– sobre las ciudades de su imperio infinito.

Cada ciudad son dos o tres páginas, un rasgo, una mirada, una sorpresa, una evidencia que ya no. Son destellos, pequeñas descripciones donde nada termina de estar dicho y donde queda dicho mucho más que lo que se describe: una forma de la contención y la mesura que es la manera de ser desmesurado.

Y que abraza la única opción seria de un libro de viajes: contar viajes que nunca sucedieron.

Y que tiene eso que más me fascina en un texto: que nunca estoy seguro de haberlo entendido.

Esta vez, por ejemplo, me quedé fijado en este, Las ciudades y el deseo, 5.

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Desde allí, tras seis días y siete noches, el hombre llega a Zobeide, ciudad blanca, bien expuesta a la luna, con calles que giran sobre sí mismas como un ovillo. Esto se cuenta de su fundación: hombres de naciones diversas tuvieron un sueño igual, vieron una mujer que corría de noche por una ciudad desconocida, de espaldas, con el pelo largo, y estaba desnuda. Soñaron que la seguían. Vuelta a vuelta, todos la perdieron. Después del sueño buscaron aquella ciudad; no la encontraron pero se encontraron ellos; decidieron construir una ciudad como en el sueño. En la disposición de las calles cada uno rehizo el recorrido de su persecución; en el punto donde había perdido las huellas de la fugitiva, cada uno ordenó los espacios y los muros distinto que en el sueño, para que no pudiera escapársele más.

Esta fue la ciudad de Zobeide donde se establecieron esperando que una noche se repitiese aquella escena. Ninguno de ellos, ni en el sueño ni en la vigilia, vio nunca más a la mujer. Las calles de la ciudad eran aquellas por las que iban al trabajo todos los días, ya sin ninguna relación con la persecución soñada. Que por lo demás estaba olvidada hacía tiempo.

Nuevos hombres llegaron de otros países, que habían tenido un sueño como el de ellos, y en la ciudad de Zobeide reconocían algo de las calles del sueño, y cambiaban de lugar galerías y escaleras para que se parecieran más al camino de la mujer perseguida y para que en el punto donde había desaparecido no le quedaran vías de escape.

Los que habían llegado primero no entendían qué era lo que atraía a esa gente a Zobeide, a esa fea ciudad, a esa trampa.

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Hacía mucho que no lo releía, y ahora entendí que era el mejor texto que he leído sobre la inmigración. Espero que pase el tiempo para volver a leerlo y saber, por fin, sobre qué trata.

Y poder, con suerte, olvidarlo otra vez.

Cacocracia

Martín Caparrós

¿Y si fuera que son un poco bobos? Digo: bobos en el sentido más amable de la palabra, ningún insulto, ninguna mofa o befa; solo la descripción de que a estos señores que nos gobiernan la cabeza no les da para tanto. Sería una idea realmente amable: que no lo hacen por maldades y perversiones y ambiciones y corrupciones y avideces y lameculismos varios sino por simple y muy pura ineptitud. Es una idea amable y, en realidad, desesperante.

Porque durante años caí una y otra vez en el optimismo patriótico de imaginar que la incapacidad de los dirigentes era un drama argentino, pero cada vez veo más claro que no: que sucede en –casi– todas partes. Entonces sí uno puede preguntarse por qué razones más allá de folletines patrios, condenas del folclore.

(Sucede en todas partes: ahora Trump y los suyos han hecho mucho por la autoestima mundial. Solía ser antipático pensar que los nuestros eran horribles pero los americanos eran maravillosos. Nunca lo fueron, pero lo disimulaban muy bien; con la careta de Trump –y sus adláteres– la careta se les cayó al carajo, y ahora desesperan por volver a ponérsela. Y, aunque los biempensantes del mundo hacen todo lo posible por ayudarlos, sospecho que Biden no da para tanto.)

Aquí y ahora –Madrid, sin ir más lejos– diversas pestes nos acechan. Una común, la del bicho, contraataca. Mientras tanto, una más parcial –la nieve inusitada– atacó en estos días. Ante ambas las respuestas de las autoridades fueron de una ineptitud descomunal. No supieron prever los desastres del meteoro –que todos los meteorólogos venían anunciando–, no supieron usar los recursos que tenían para repararlos, no supieron nada –y nos pasamos diez días más o menos aislados. Como tampoco saben encontrar el balance entre salud y economía que les permita mantener medio vivas una y otra. El problema es que cuando uno ve y escucha a las personas encargadas de hacerlo, no se extraña de que las cosas vayan como van. Y entonces vuelve el antiguo argumento: ¿no será simplemente que son un poco tontos?

Parece un argumento caprichoso, livianito; creo que habría que tratar de darle peso. Hay que ver, para empezar, de dónde vienen. Los gobernantes contemporáneos son, en su inmensa mayoría, empleados de partidos políticos, mujeres y hombres que decidieron hace tiempo dedicar sus habilidades a trabajar y prosperar dentro de esas estructuras. No son personas que hayan destacado por su inteligencia, su comprensión de ciertos fenómenos, su imaginación para pensar proyectos; son personas que han dedicado sus vidas a sobrevivir dentro de estructuras burocráticas oscuras, llenas de amigos efímeros y enemigos encarnizados, donde nada ofrece tanto rédito como saber a quién acercarse, de quién alejarse, qué decirle a quién con la sonrisa y qué callar cuando conviene. Digo: el set de habilidades que hace que una persona vaya escalando posiciones en un partido político no contiene casi nada que sirva cuando esa misma persona, ya escalada, debe conducir un país o una ciudad o un ministerio. La mayoría de ellos accede a puestos muy por encima de sus capacidades reales –o muy alejados de sus áreas de capacitación–; en ellos podrían, en el mejor de los casos, escuchar a los expertos, pero tampoco suelen hacerlo. La mezcla de vanidad y paranoia los lleva a creer más que nada en sí mismos, o sea: a creer en nada.

Hace unas semanas lo discutíamos con mi amigo Alejandro Katz, que deploraba la distancia que hay en la Argentina entre políticos y especialistas y que no hubiera “un saber asociado con el poder”. Y daba el ejemplo de un ministro de Educación que no tenía la menor formación en educación. Entonces yo le decía que sí había un saber asociado con el poder: ese saber –laboriosamente adquirido– de cómo funcionar en el poder o sus inmediaciones, que es lo único que les garantiza mantenerse allí y que, por lo tanto, hace que los que están allí son los que saben eso: lo que el pobre Darwin llamaría una ventaja evolutiva. Entonces, ¿para qué dedicarte a estudiar los sistemas educativos si sabés que la vía para ser ministro de educación es esta otra? ¿Que si los estudiás, con suerte vas a ser viceministro o asesor, que el ministro lo que tiene que saber son otras cosas?

Los políticos –y así, los gobernantes– se nutren de ese saber menor, que se demuestra completamente inútil en el momento de armar y conducir proyectos de país. Está hecho de pequeñeces, de saber administrar las mezquindades. Y para colmo, con perdón: sus cultores y usuarios no son gente particularmente notable. Es feo, grosero de decir pero todos ustedes saben de qué hablo: muchos han estado en colegios y facultades donde algunas chicas y chicos destacaban por su talento, por su inteligencia: ¿recuerdan que alguno se haya dedicado a la política? Lamentablemente para todos, es muy raro.

Caco, curiosamente, significa malo, como en cacofonía: algo que suena mal. No que suena malvado: que no suena bien. La cacocracia no es, como algunos creen, el gobierno de los cacos o ladrones, sino el gobierno de los malos. Ni siquiera de los malvados: de los incapaces. O sea: la enorme mayoría de los gobiernos.

Hubo tiempos en que la cacocracia era casi inevitable: épocas primitivas en que gobernaba un señor por el único mérito de ser hijo de su papá, que ya había gobernado. Entonces no había forma de corregir –salvo la revolución y el regicidio– si ese señor era un poco tarado. Para eso, supuestamente, entre otras cosas, se inventó la democracia: para poder elegir a los mejores como cabezas y manos del gobierno. Algo, en algún momento, no habría funcionado.

Ahora la mayoría de los políticos juega un juego peligroso: en las últimas décadas consiguieron convencernos de que la política democrática es un asco, un juego de compromiso y componenda, una oportunidad para comodidades y negocios sucios, reservada para unos cuantos profesionales del asunto, con lo cual la gente que se cree decente o se cree inteligente o tiene otros intereses no se mete –y ellos pueden conservar el monopolio. Es riesgoso: si nos convencen demasiado pueden terminar por quedarse sin trabajo por mera desaparición de sus instituciones –pero ya hemos visto que pueden convencernos bastante mucho y conservarlo.

Han conseguido, en cualquier caso, que casi todos vean a la política como cacaculopís y entonces los mejores –con perdón otra vez– principiantes piensan en inventar máquinas y programas, salvar vidas, ganar mucho dinero, triunfar en algún arte, desentrañar el universo, ser youtuber, pero son muy escasos los descollantes de 15 o 20 años que dicen voy a ser político. Ya no se hace. Nos quedan estos, los que no supieron pensar o concretar nada más y chocan, una y otra vez, contra sí mismos. El lío es que en el choque, como suele pasar, los que se joden son los pasajeros.

Es un problema: si fueran malvados se podría esperar que llegaran los buenos. Si solo son un poco tontos las esperanzas se hacen más difusas: que podamos convencernos de que la política es la única forma de cambiar en serio nuestras vidas –y que, por lo tanto, vale la pena que los mejores se dediquen a ella. O que, en su defecto, haya algo así como una inteligencia colectiva que supere las carencias personales. Eso sí que sería papita para el loro.

Son solo gorriones, pequeño saltamontes

Martín Caparrós

Está claro para qué les sirven los árboles a los gorriones: para estar, vivir, poner sus nidos, comer sus bichos, descansar en sus vuelos. Los gorriones no vivirían sin árboles. En cambio no sabía que los gorriones les servían a los árboles hasta ayer, en medio del temporal y de la nieve.

La nieve es de una belleza abrumadora: cambia de todo los colores, cambia las formas y los fondos, hace que el mundo sea, por unas horas, otro. Pero, como suele suceder con la belleza, cobra, cuesta: al cabo de un rato grandes ramas, cargadas, recargadas, empezaron a quebrarse y a caerse. Era brutal oírlas, verlas, encontrar esos agujeros que dejaban.

Pero los gorriones, que en lo peor de la ventisca habían desaparecido, iban volviendo. Y se posaban en las ramas nevadas y al posarse las sacudían y, al sacudirlas, hacían caer la nieve: las salvaban.

Está claro para qué les sirven los árboles a los gorriones; no es tan fácil entender para qué les sirven los gorriones a los árboles.

A veces para saberlo se necesita una tormenta.

La provisoriedad permanente

Martín Caparrós

Ya perdido, ya perseguido, ya derrotado por sus compañeros, ya exiliado, Lev Davidovitch Bronstein proclamó que una verdadera revolución, para serlo, debía ser permanente: no dejar nunca de revolucionarse. Lev Davidovitch, también llamado Trotski, terminó bajo la pica de un ex comunista español –como contó con maestría inigualada otro, Jorge Semprún– en México unos años más tarde. Quizás había exigido demasiado; los hombres, incluso a su alrededor, necesitaban alguna certeza. Nunca pudo imaginar que su venganza llegaría ochenta años después: que su revolución permanente sería reemplazada, por todo y para todos, por esta provisoriedad permanente que vivimos desde que el bichito. No es fácil vivir en un oxímoron.

Hace unos meses, cuando empezó el temblor, todos le imaginamos, según el modelo acostumbrado, plazos previsibles. Era duro y era casi simple: bueno, es terrible pero hay que aguantar dos o tres meses, nos encerramos qué se le va a hacer, cuando llegue el verano el virus ya se pierde, los calores lo matan. No, no entendés, esto hasta septiembre no mejora. ¿Septiembre? No, qué horror. Bueno, septiembre o quizás incluso octubre; yo creo que hasta octubre no vamos a retomar nuestras vidas normales. El 2020 ya pasó, y aquí estamos. Pero ya no esperamos una fecha precisa: aprendimos, al menos, que no sabíamos nada. Aprendimos –estamos aprendiendo– que vivimos en la inopia; aprendimos la palabra inopia. No aprendimos –creo, todavía– cómo vivir en esta inopia.

(En un mundo tan fragmentado que se llama a sí mismo global, la primera experiencia realmente globalizada sirvió para mostrarnos que vivíamos engañados. Ahora todo es corona –o covid o el virus o la peste o la pandemia. Ahora todo es esa cosa que no sabemos siquiera cómo nombrar. ¿No es desolador que lo único importante que le pasó a nuestra generación sea el producto de la combinación azarosa de un microorganismo y un murciélago? ¿No es humillante, un tantito humillante? ¿No nos creíamos un poco más que eso? ¿No nos creíamos capaces de cambiar o, por lo menos, de destruir el mundo?)

No sabemos. Vivíamos con proyectos que podíamos suponer casi sólidos: nos engañamos bien. Necesitamos seguridades, garantías: estamos acostumbrados a tenerlas. Necesitamos suponer que el año próximo –“si Dios quiere”, decían las abuelas para introducir el azar en sus propósitos– podríamos hacer ese famoso viaje, entrar en tal escuela, salir de cual empleo, comprar un gato negro. Necesitamos suponer que la semana próxima, si Dios quiere, iremos al cumpleaños de Estelita. Ahora, nada de eso: ya no hay próximo, todo puede cambiar –y lo peor es que lo hace. Ahora, la provisoriedad es permanente.

Y es un aprendizaje, un desafío. Cómo vivir sin planes o, peor: haciendo planes por si acaso, planes para jugar, planes que no van a cumplirse. La zozobra prospera y, sobre todo: tras pasarnos toda la vida disimulando que todo era provisorio, que cualquier plan se podía ir al carajo en cualquier momento, ahora lo vemos todo el tiempo –y no nos queda más remedio que aceptarlo. Tras una vida –millones de vidas– aprendiendo a hacernos los idiotas, la iluminación ineludible nos llegó so forma de bichito.

Y entonces pasan cosas. Hace unos meses, en lo peor del confinamiento, en mi sierra nevó. Yo traté de escribirlo. Pensaba, todavía, que la provisoriedad sería provisoria.

Nevó.

Esta mañana al levantarme veo

las copas blancas de los árboles: en mi sierra

ayer noche nevó, y es primavera. Esta mañana

al levantarme las copas blancas de los árboles

me regalaron ese placer idiota

que la nieve te trae: volverte

nene, disfrutar

de algo que te da igual. Nadie,

(digo nadie porque quiero decir nadie)

podía prever que nevaría pero anoche

nevó. Ahora ya nadie

puede prever.

Es primavera.

.

Prever es lo que hacemos. Prever

nos hace humanos. Prever

es lo que nos deshace.

.

Ahora no sabemos. De verdad

no sabemos. Siempre

decimos que sabemos que no sabemos pero creeemos

que sabemos. Ahora

no sabemos. Es

vertiginoso no saber. El vértigo

es mirar y prever y cerrar fuerte los ojos

ante eso que prevés: cerrar

los ojos.

.

Pero ahora ni siquiera:

no sabemos.

Está la nieve y está,

faltaba más, el miedo.

.

Los ojos

bien cerrados, bien

cerrados.

.

Ahora no sabemos. El futuro

se fue. Quedan el miedo, la nieve, la certeza

de que ya no sabemos. En la vida

aquella que teníamos teníamos

la osadía de prever.

.

La nieve

imprevisible

es como un bálsamo

que cambia los colores. Nada

más cambia los colores: cambiarlos

es la prerrogativa de la nieve.

Cambiarlos: demostrar

que no son siempre lo que son,

que ya eran otros.

.

Hay nieve:

es decir que nevó. Ahora

no prevemos. El presente

por fin

nos atrapó.

Nos atrapó el presente, y atrapar

es un verbo que suena.

.

Prever en cambio es un deporte: puro

esfuerzo que solo sirve para gritar los goles que solo sirven

para gritar los goles. Prever

es un deporte suspendido. Hay nieve

o sea que

ahora sabemos

(dolorosamente lo sabemos, Sócrates es un huevón, con la filosofía

poco se goza)

que no sabemos nada.

.

Que todo pasa cuando quiere como

quiere, que todo

pasa, que no sabemos

nada. Lo hemos dicho veces, tantas

veces y recién ahora sabemos

que no sabemos nada. Que todo puede

no ser lo que había sido, lo que era.

Prever

es un deporte de interiores.

.

Afuera, allá lejos, afuera

las copas blancas de los árboles. Nada,

casi nada.

Nieva

allá lejos, nieva

como todo:

afuera.

.

Fue hace meses, cuando pensaba que esa sensación era realmente extraña y que quería escribirla y que, a pesar de todo, tendría un fin imaginable. Ya sabemos que no: que la provisoriedad, por un tiempo provisoriamente imprevisible, es permanente. Una forma tan rara de la vida.

Nadie nos dijo que tendríamos que vivir así.

.

No sabíamos: es violento saber que no sabíamos.

.

El hambre, la Argentina

Las fotos, por supuesto, son de Dani Yako.

Hace un año yo estaba sentado en un lugar muy raro. O, por lo menos, lo era para mí: la cabecera de una larga mesa en la Casa Rosada de Buenos Aires, a la derecha del nuevo presidente Alberto Fernández. Se anunciaba, esa mañana, un plan de su gobierno contra el hambre, y él me había invitado a estar ahí. La historia era sencilla: en un encuentro anterior casi fortuito yo le había dado un libro mío publicado años antes –El Hambre– y hablado de la urgencia de que nuestro país solucionara el suyo. La idea se desplegaba en la página 506:

“Hace unos años yo tenía un amigo político y un plan: convocar a un gran movimiento nacional para acabar con el hambre en la Argentina. En un país disperso, levemente extraviado, el intento nos daría una meta precisa; frente a tantas promesas vaporosas, un objetivo claro; ante tanta frustración, uno que sí podríamos cumplir.

“Sería un camino por etapas: para empezar, miles de voluntarios harían una gran encuesta nacional en serio para determinar la realidad de la situación –y empezar a moverse: meses de argentinos hablando con argentinos, encontrándose, contándose. Una vez reunidos los datos necesarios se harían encuentros y asambleas y programas en medios para pensar, entre muchos, qué hacer. Expertos presentarían sus planes, políticos los suyos, personas –muchas personas– los debatirían. Y por fin, tras las decisiones comunes, miles y miles se pondrían en marcha para acabar de una vez por todas con el hambre en el sojero del mundo. Era la forma de darnos una meta y era, al mismo tiempo, la posibilidad de crear algún poder en acto, compartido, que podría ir ampliándose. Era la posibilidad de fijarnos un objetivo que sí podríamos cumplir: recuperar la confianza en nuestras fuerzas.

“Repasaba detalles: todos caían en su lugar, se completaban, se potenciaban entre sí. Entusiasmado, se lo conté a mi amigo: él, popular, prestigioso, debía encabezarlo. Sería, además, su gran bandera, la que lo llevaría hasta quién sabe dónde.

“Mi amigo me escuchó, se interesó, lo pensó y al fin me dijo que era un eje ‘demasiado generoso’, que millones de argentinos no tenían ni tendrían hambre nunca ni veían al hambre como algo que tuviera nada que ver con ellos; que lo sentirían ajeno. Que, lamentablemente, no le parecía que pudiera funcionar.”

Fernández, en cambio, no lo sintió ajeno. Primero anunció, en su campaña electoral, su campaña contra el hambre. Y aquella mañana de diciembre, ya presidente, la estaba lanzando oficialmente.

La mesa era muy larga: había a su alrededor alrededor de cien personas. Algunas que respeto mucho, otras que no: sociólogos, sindicalistas, militantes, curas, empresarios, médicos, industriales, ministros, lobbistas, comerciantes, Estela Carlotto y Chiche Duhalde, Narda Lepes y Marcelo Tinelli. Mi sorpresa, si acaso, fue que me sentaran a la diestra del jefe, en una posición que algunos llamarían de privilegio. Cuando me tocó hablar traté de decir que me seguía pareciendo decisivo no limitarse a las acciones de asistencia: movilizar todo lo posible para encontrar, entre todos, las maneras de que todos tuvieran qué comer en la Argentina.

Esa tarde ví que la prensa hablaba mucho de ese acto, y mi nombre aparecía bastante. En los pocos días que estuve en Buenos Aires discutí varias veces con amigos que me decían en que el gobierno me estaba usando para la foto. Yo les contestaba que no me parecía que mi imagen le sirviera a nadie y que, de todos modos, no me importaba que me “usaran” –si me usaban– para poner en marcha ese proceso que venía deseando desde hacía años.

Me he pasado muchos tratando de entender y de contar por qué hay hambre en un mundo que produce suficiente comida para todos y, por desgracia, mi mejor ejemplo para explicarlo es la Argentina, un país dedicado a la producción de alimentos, exitoso en la producción de alimentos, que vive de la producción de alimentos, donde millones de personas no consiguen los alimentos que precisan.

La Argentina es un caso de manual del fracaso de la democracia. En las últimas décadas el país cambió su estructura económica y volvió al modelo agroexportador que había tratado de dejar durante el siglo XX –y eso nunca se consultó a los ciudadanos. La mayor decisión argentina no la tomaron los argentinos: el cambio más importante de nuestra historia reciente no lo votó nadie. Con el triunfo de la soja se concentró la producción en manos de menos, se echó de sus lugares a miles de campesinos, se volvió inútil su trabajo, se arruinaron sus tierras. Nuestro país se convirtió en un productor de comida que no produce comida para alimentar a sus habitantes sino para cebar chanchos chinos o sea: para exportar esa comida y dejar ese dinero en las cuentas de los que la producen.

Lo mismo pasa en el planeta: la comida no se produce según las necesidades de las personas sino de los mercados. Por eso algunos comen tanto, tiran tanto, y otros no comen suficiente. No se crea comida para comer sino para vender; sería tan fácil alimentar a todos si se decidiera lo contrario.

“Hablar contra el hambre es una tontería porque nadie está a favor: nadie se manifiesta a favor, por más que haga su parte para mantenerlo –víctimas sin victimarios. El hambre produce la ilusión de que las causas comunes son posibles, que seremos unánimes, que todos juntos adelante: todos contra el hambre” –seguía diciendo mi libro, con perdón. “Metáfora de una ilusión: todos deplorarán el hambre, pero en la discusión sobre qué hacer para atacarlo se verán las diferencias insalvables. Cobremos la tasa Tobin a las transferencias financieras; démosles más mercado; prohibamos la especulación con alimentos; envíemos expertos a explicarles cómo se siembra tal semilla; juntemos bolsones de comida; tomemos el poder; mantengamos el poder; mandémosles bolsones.”

Mi participación en la Mesa del Hambre duró esas dos horas que pasé sentado a la mesa del hambre. Después pasó el tiempo y no hubo más convocatorias y después vino la pandemia, por supuesto. Creo –pero no lo sé– que no tuvieron más actividades hasta mediados de agosto, cuando leí en los diarios que habría una reunión y que yo estaría en ella, cosa que ignoraba.

No estuve y hubo, después, un intercambio de mensajes que no terminó de aclarar nada; al final le dije al funcionario a cargo que no me interesaba poner la cara por poner la cara pero que si había algo en que pudiera colaborar por supuesto lo haría. Me dijo que sí, que claro, que enseguida me mandaría los informes y que los participantes se habían dividido en comisiones y que ya tenía muy claro qué podía hacer yo, que muy pronto me lo diría. Ya pasaron cuatro meses y no supe más.

La historia es muy menor pero no da mucho ánimo sobre el funcionamiento del Estado argentino. Pero eso, insisto, a quién le importa. A mí lo que me importa es insistir en que el asistencialismo es un parche y un problema, no la solución. Lo más notorio que ha hecho este gobierno en la pelea contra el hambre ha sido el lanzamiento del plan Alimentar. Es un esfuerzo grande: un millón y medio de tarjetas de débito para comprar alimentos, que alcanzan a casi tres millones de personas, incluyendo mayores y menores. Una madre embarazada o con un hijo recibe 4.000 pesos –27 dólares– y una con dos o más recibe 6.000 –40 dólares– por mes. En estos días ese monto se duplicará, dijo el ministro, que dijo que este año el Estado ha repartido casi 100.000 millones de pesos –660 millones de dólares– para comprar comida. (660 millones de dólares son 15 dólares por argentino y por año, poco más de un dólar por argentino y por mes: una fortuna.)

El plan Alimentar es necesario y ataca un problema urgente; no es una solución. El plan tiene problemas, algunos de los cuales ya discutimos hace un año: para empezar, que el Estado está transfiriendo fortunas a los grandes vendedores de alimentos, porque buena parte de esas compras se hacen en supermercados y son ellos los que, al final, se quedan con la plata –en lugar de armar una red de pequeños comerciantes que recibirían el dinero y lo volcarían en sus comunidades. O que el Estado está comprando –a través de los beneficiarios de su plan– cantidades enormes de alimentos a precio minorista, engrasando la cadena de distribución cuando podría comprar tanto más barato al por mayor. Eso, es cierto, obligaría a repartir alimentos en lugar de darle a cada cual la opción de comprarlos; es un problema, pero es menor si permite ofrecer el doble de comida. Y además podría controlar su calidad: el propio ministro Arroyo dijo que el poder nutritivo de los alimentos que se compran con la tarjeta bajó mucho –por la necesidad: más harinas, menos proteínas.

Hay más detalles pero, en general, Alimentar es otro de los programas asistenciales que han intentado los gobiernos argentinos desde el Plan Alimentario Nacional –PAN– de Raúl Alfonsín. Son programas que reproducen la dependencia de millones de la limosna del Estado, programas que producen este sistema clientelar en que vivimos, programas que condenan a sus usuarios a la dependencia: que no cambian el sistema que hambrea. El plan Alimentar ataca las urgencias: es indispensable, no modifica nada.

En la Argentina hay cuatro o cinco millones de personas que no comen suficiente; la pandemia tiene parte de culpa pero antes de marzo ya eran más de tres millones y esa cifra no varió demasiado en los últimos años. Eso, insisto, no se soluciona con tarjetas y cajas. Sigo creyendo que la asistencia debería ser usada para conseguir tiempo para resolver las estructuras del hambre: un puente mientras se encuentran las soluciones verdaderas. Para eso, claro, hay que buscarlas.

Decíamos que no se produce comida para comer sino para vender, y que sería tan fácil alimentar a todos si se decidiera lo contrario. Pero es, por supuesto, tan difícil decidir lo contrario: los que hacen de la comida su negocio suelen tener mucho más poder que los que necesitan comérsela; los que la hacen su negocio defienden su privilegio con todo lo que tienen: los estados, el dinero, los gobiernos, los medios, la fuerza de las ideologías. Para contrarrestarlo se necesitaría decisión y energía: comprometer y movilizar a muchos, convertir el tema en una verdadera meta común, trabajar juntos para eso –no reunir a unos cuantos señores y poner unos cuantos dineros. Se necesitan sociedades que se muevan, que vayan transformando el modelo de producción de alimentos para adaptarlo a las necesidades de la mayoría: para que todos coman lo que deben.

Es un cambio difícil, sobre todo en países donde los grandes exportadores de alimentos tienen el peso que tienen en el nuestro. Es un cambio que podría ser gradual: ir definiendo cómo, con qué medios y qué metas. Pensar cuánto de un territorio debe ser usado para alimentar a sus habitantes. Ver qué se cultiva dónde, quién lo hace, cómo se distribuye, cómo se reparte, qué queremos comer, qué nos mejora. Y buscar las maneras de hacerlo, sin perder nunca de vista una obviedad siempre esquivada: que el hambre no es un hecho aislado sino el efecto más brutal de la desigualdad y la pobreza, y que no se puede corregir en sí mismo sin corregir esa desigualdad, esa pobreza.

Ese debate –ese proceso– es el que el asistencialismo suele silenciar. Pan para hoy, decían, hambre para mañana. Y pasado, y pasado, y otra vez a pedir que te regalen pan.

Y hambre para mañana.

Lo terrible es saber que podríamos solucionarlo y no lo hacemos: que no hay ningún obstáculo insalvable, que de verdad podemos producir –en la Argentina y en el mundo– comida suficiente para que todos coman. Y que, sin embargo, no lo intentamos. Quizás estemos a tiempo todavía. O, mejor dicho: siempre estamos a tiempo todavía. Solo falta quererlo y empezar –dispuestos, como siempre, a la derrota.

Linchamos

Martín Caparrós

Los miro, oigo sus gritos, resiento sus patadas y trato de imaginar su gozo: acostumbrados a tener que obedecer, a tener que tragar, personas descubren que por un momento harán lo que quieran –y lo que creen que quieren es tener algún poder, poder hacer, hacer sin límites, disponer de la vida y la muerte. Ser, por un momento, los que saben dónde está el bien y dónde el mal y aplicar ese saber sin concesiones: decidir, ser los dueños.

Tucumán es una provincia argentina –la más chica, una de las pobres– que tuvo su momento de gloria el 9 de julio de 1816, cuando unos congresistas declararon allí la independencia del país. Después tuvo otro, más largo, ya en el siglo XX, cuando sus ingenios azucareros dieron trabajo a muchos y plata a unos pocos. Y uno breve y brutal cuando esos pocos los cerraron, en los años ’60, y la provincia se volvió un polvorín, y uno dramático hace veinte cuando mi amigo Jorge Lanata mostró al país que el hambre existía y se llamaba Barbarita, una nena que le contó por televisión cómo era eso. Son destellos, y suelen ser extremos. Ahora Tucumán ha vuelto a descollar en la chatura patria: este año sus pobladores lincharon a –por lo menos– diez personas.

Algunos están documentados. Hace unos días circularon con denuedo los videos del linchamiento de un muchacho que quizás había violado y matado a una nena. La nena se llamaba Abigail, tenía 9 años y una tarde no volvió a su casa en un barrio muy pobre. Su madre fue a denunciarlo pero en la policía le dijeron que todavía no podían buscarla porque no había pasado tiempo suficiente y no alcanzaba el personal. Salieron los vecinos y, en unas horas, la encontraron muerta. Tres días después descubrieron al presunto asesino, lo persiguieron, lo atraparon, lo mataron a golpes. Era un muchacho de 25 años, adicto, ladrón, preso a menudo, que llamaban El Culón; los videos de su asesinato circularon. Alguien, entre tantos, subió uno a Twitter con la frase “Violador muerto no viola más”, y el padre de la nena dijo que el muchacho había recibido lo que se merecía. Al día siguiente, en un barrio cercano, otros interceptaron a un chico que estaba robando un celular y lo cagaron a palos. Tuvo más suerte: no llegó a morirse.

Los linchamientos tucumanos se difundieron porque son, de algún modo, extraños: cosas que no solían pasar allí. En otros lugares de América Latina son menos sorprendentes. Los números son vagos: es difícil encontrar cuentas claras. Pero en México se calcula que el año pasado los linchadores mataron a unas 200 personas y lesionaron a muchísimas más.

Los linchamientos sudacas se desarrollan según dos modelos básicos –y sus variantes–: están los delincuentes sorprendidos in fraganti, por un lado, y, por otro, los “sospechosos”. Los sospechosos suelen ser forasteros o “personas raras” que, de pronto, sufren el rumor de que se dedican a “robar niños”. La acusación es todo un dato: personas pobres, que no tienen mucho para robar, suponen que su riqueza apetecible son sus hijos. Marx los llamaba “proletarios”: los que no tienen nada más que su prole. Algunas veces esos pobres se retoban y atacan a esos sospechosos. Algunas veces la sospecha está fundada; otras, no.

En cualquier caso, son pobres asustados que temen a otros pobres. Esos linchamientos suelen ser explosiones, estallidos de cabreo donde unos y otros se dan ánimos para hacer lo que nunca. En las zonas andinas de Bolivia y Perú, en cambio, hay linchamientos serenos, preparados, que se basan en esas leyes locales que dicen que la comunidad debe castigar físicamente a quienes cometen lo que ellos consideran un delito –que puede incluir, por ejemplo, el adulterio.

En todos los casos, los linchamientos recuperan una función de la justicia pre-moderna: el espectáculo, terror y disuasión. Durante milenios los castigos se hicieron en público para que ese público, asustado, registrara que si robabas te cortaban la mano, si matabas te deshacían el cuerpo en varios trozos. Ahora los castigos son invisibles: consisten en encerrar al transgresor, sacarlo de la vista. Su función disuasoria es más sutil: es algo que te cuentan, no algo que ves –perdón, Foucault. Pero millones de teléfonos se irritaron con las imágenes del Culón pateado en el piso hasta la muerte, o de esos hombres quemados por la multitud en pueblos mexicanos.

Las imágenes suelen ser caóticas, de algún modo gozosas: son personas que de pronto pueden decidir, pegar, desahogarse, matar. Y sentirse en un colectivo que, por una vez, consigue resultados: nosotros lo buscamos, lo encontramos, lo matamos. Nosotros hemos hecho lo que esos hijos de puta de policías y jueces y políticos no consiguen o no quieren hacer: descubrir al delincuente y castigarlo, neutralizarlo en serio.

Son personas que aplican viejos valores sólidos: los que hacen tal o cual no merecen vivir, si aquél mató debe morir. Un viejo best seller lo dice muy claro: “…vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, golpe por golpe, herida por herida” (Éxodo, 21.24) –y hay gente que todavía le cree y le hace caso. Y se dejan alentar por los semianalfabetos que hablan en los medios de “hacer justicia por mano propia”.

Es curioso lo que dicen las personas cuando no saben lo que dicen. La justicia es una construcción que se inventó para evitar la mano propia. Contra la lógica de la venganza personal –la de la Biblia–, los primeros estados complejos empezaron a organizar mecanismos para ocuparse de los delitos y sus castigos: para sacarlos de la rueda infinita de venganzas y retribuciones. Su genialidad fue postular que un delito no se comete contra su víctima sino contra la sociedad: que cuando un señor mata a otro señor no está perjudicando solo a ese señor y a sus deudos sino a la comunidad entera –y que, por lo tanto, no es un problema personal sino común: que la comunidad debe ocuparse del castigo. Ese aparato ideológico se llama justicia y tiene reglas e instrumentos –y justifica que los Estados se arroguen el monopolio de la violencia. Cuando los Estados no funcionan, cuando la violencia está privatizada, las cosas vuelven a su estado anterior: cada cual se las arregla como puede.

Es lo que pasa en América Latina: personas que confirman, a las malas, que sus estados no se ocupan de ellos y deciden ocuparse solos. En América Latina hay más homicidios que en cualquier otro lugar del mundo -y se elaboran todo tipo de teorías para justificarlo. Se puede, por supuesto, pero hay una razón que opaca a todas: en el promedio de la región, la justicia solo resuelve el dos por ciento de los asesinatos. La violencia crece por la razón más tonta: porque es tan barato, porque el que mata tiene solo una posibilidad entre cincuenta de pagarlo. Entonces sus víctimas, que lo saben sin saberlo, sin estadísticas, sin tablas, a pura vida y a pura desdicha, deciden actuar y se cubren de mierda.

Pero se benefician, en última instancia, de la razón de su caída: ellos tampoco son castigados por hacerlo. Y actúan, además, según las reglas que su dios les dejó dichas y nunca corrigió. Y disfrutan, si acaso, de ese placer primario de la manada que se ensaña, que ejerce su poder, que hace gratis lo que suele ser caro: que se siente, por un momento, un poco más. Los signos de la disolución social sudaca abundan: pocos tan brutales, tan dantescos como esto de matar a los que nos molestan.

En defensa de los ascensores y las escaleras

Hace unos días debatí aquí mismo con un artículo de Jorge Carrión –En defensa del papel, el aula y la memoria– y le ofrecí este espacio para su respuesta. Por eso hoy, un pequeño acontecimiento: por primera vez, chachara.org abandona su régimen de partido único y acoge «en sus páginas» un texto de otro.

Puro placer.

Jorge Carrión

Recuerdo que compré Larga distancia, en la edición décimo aniversario de Seix Barral Argentina, en la librería El Ateneo de la calle Florida a principios de julio de 2003. Y que leí el libro, fascinado, en un café de San Telmo y en el conventillo de La Boca donde pasé largas temporadas durante aquellos años. Recuerdo que me regalaste La Historia poco después, tal vez en diciembre, en tu apartamento de Palermo, el día en que nos conocimos. Recuerdo que lo leí diez años más tarde, durante unas vacaciones de verano en Canet de Mar. Tengo ambos volúmenes muy anotados y subrayados. Los libros son para mí, supongo, tanto el texto o las imágenes impresas como mi propio rastro de lector: híbridos de libro y cuaderno de notas. Recuerdo también que imprimí la versión que me enviaste por email de El Hambre, que la trabajé con un bolígrafo negro, que la comentamos en la terraza del café del Ateneu de Barcelona y que, unos meses más tarde, me regalaste la edición argentina de Planeta mientras nos tomábamos una cerveza en la barra de un bar de Via Laietana.

Podría seguir con ejemplos de otros libros tuyos, Martín Caparrós, pero creo que la idea ya ha quedado clara. Las características físicas de los libros y sus marcos de lectura los vuelven particularmente memorables. Ese vínculo analógico entre materia, contexto y memoria es, al menos todavía, más fuerte que el hipervínculo que también se establece entre la pantalla y el recuerdo. O al menos lo es para una enorme cantidad de lectores y espectadores, entre los que me encuentro. Ésa era la idea central de mi último artículo del New York Times. No es una idea particularmente inesperada ni brillante, pero sí creo que es una idea pertinente, en estos tiempos de crecimiento exponencial de Zoom y Amazon, y de universidades, bibliotecas y librerías bajo cuarentena. Mi reivindicación del libro de papel no se da, como tú indicas en tu respuesta de Cháchara, en clave de “falacia de la verdad a medias”; sino en el interior de una argumentación que reivindica las formas de lectura y de experiencia intelectual que no implican a la pantalla, como el libro en papel, el cine o el aula. Ese texto, al mismo tiempo, forma parte de un conjunto, de un todo que quizá sólo yo tengo en mente. Una serie de artículos, ensayos, conferencias y libros en los que, durante los últimos diez o doce años, he intentado construir un espacio de reflexión, ni apocalíptico ni integrado, sobre la convivencia en nuestra época de la cultura libresca y la digital.

Me gusta mucho tu idea del libro como concepto y no como objeto. El enésimo triunfo de Duchamp y Borges. Es lo que ha ocurrido, sin duda, con las películas, las series, la música o las piezas periodísticas: se han liberado de los soportes, los formatos, los objetos. Circulan, dormidas, y se activan en el dispositivo que uno elija. En parte ha ocurrido también con los textos extensos. Se puede interpretar en esa clave de liberación o emancipación el hecho de que las mejores novelas o los mejores videojuegos estén inspirados, directa o indirectamente, en sus estructuras y en sus curvas emocionales, en las mejores novelas. Vivimos, en efecto, en la cultura del librE, por usar tu término, que es exactamente la contraria de la Cultura del Libro. Porque ya no hay —por suerte— un texto central, que aspire a ser único. Sino una multiplicidad infinita de textos de todo tipo, también sonoros, audiovisuales o escritos en código. Muchos de ellos ya no pueden ser leídos en el artefacto libro —de papel o electrónico— y han dado lugar a su evolución cultural y tecnológica: la aplicación. La revolución de las apps está siendo histórica y sí está cambiando nuestros modos de leer. Sin embargo, para entender esa metamorfosis no acudiremos a una app para que nos la explique en toda su complejidad, sino a un libro.

Como ves, estamos de acuerdo en muchas cuestiones de fondo, pese a que tú tengas un e-reader y yo no. Pero hay dos, cruciales, en que no lo estamos. Sostienes, por un lado, que esa mutación significa la independencia de los textos respecto a la materia. Yo no lo veo así. Al contrario, los veo más dependientes que nunca, tanto de la materia como de la energía. Dependientes de las corporaciones tecnológicas, de sus servidores, de sus dispositivos. En tu texto usas, de hecho, la marca del libro electrónico de Amazon como sinónimo de e-book. Yo tengo que cargar y almacenar mis libros en papel, pero son míos y nadie sabe lo que leo en ellos o escribo en sus márgenes. Tu visión del libro, por el otro lado, me parece excesivamente textualista. No hay duda de que los libros que contenían sólo texto, sobre todo si eran de consulta, como los diccionarios, manuales y enciclopedias, tienen mucho más sentido en versiones en línea y estaban condenados a la desaparición; y que la literatura, sobre todo de evasión, se adapta perfectamente a los formatos electrónicos. Podemos discrepar, porque depende del modo en que cada cual lee y aprende, sobre si la pantalla es adecuada para la lectura de ensayos o novelas de cierta ambición estética e intelectual. Pero lo que me parece innegable es que no existe un objeto superior al libro tradicional para la lectura de discursos que incluyen palabra e imagen. No se puede leer cabalmente sin papel una novela gráfica, un catálogo de arte, un álbum ilustrado o un fotolibro.

Afirmas, querido Martín, que el libro objeto está dejando de existir. Yo, en cambio, lo veo más vivo que nunca, con mucho futuro por delante. No sólo por su papel reciclado y ecológico; no sólo por su capacidad de estimular diversos sentidos y de generar un tipo de belleza particular, que no puede existir pixelada; no sólo por su independencia respecto a los intereses de la megacorporaciones tecnológicas; no sólo por cómo acoge el diálogo entre textos y dibujos y fotografías; no sólo por el modo en que activa la memoria y la transmisión de conocimiento, sino porque no fue una máquina increíble, como dices en tu texto, sino que sigue siéndolo. Me interesan muchísimo las aplicaciones, las redes sociales, las plataformas, los buscadores, Internet. Sé que su lógica es voraz y monopolista. Pero espero que durante varias décadas, al menos, las experiencias analógicas y rituales coexistan con las digitales e inmersivas, que con el tiempo también crearán sus propios ritos, cada vez más legitimados por su propia tradición. Si me permites, para concluir, voy a apropiarme de tu metáfora arquitectónica: incluso los rascacielos, con sus ascensores ultrarrápidos, cuentan también con escaleras. Para usarlas en caso de incendio o de pandemia o de claustrofobia. O por placer. O por seguridad. Para que existan —pues son siempre necesarias— las alternativas.

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