Martín Caparrós

Tratados y más tratados tratan de explicarlo: ¿qué cuernos es la libertad? Hace unos siglos la idea parecía más clara: significaba, por ejemplo, que ninguna persona pudiera pertenecer a otra. O que ninguna pudiera decidir sobre la vida de otra. O que nadie pudiera imponerle a nadie qué pensar. O sea que, entonces, conseguir libertad era una urgencia. Pero, poco a poco, la idea se fue complejizando, acomplejando, y empezó a resultar tan opinable. Libertad, ahora, puede ser cualquier cosa –o casi nada. Por eso, también, se empezó a vocear tanto: total, nadie sabe que dice nadie cuando dice libertad.

Hay ejemplos. La líder real de la derecha real española, señora Díaz Ayuso, consiguió ese lugar proclamando en su campaña que traería “libertad” a los madrileños. Su libertad, por supuesto, no estaba clara: pareció que era la libertad de ir a los bares y contagiarse virus, pero debía ser algo más. Ahora, de algún modo, ha explicado su idea de libertad; si yo fuera madrileño me daría miedito.

Porque la señora Díaz dijo que la conquista de América llevó “el español y, a través de las misiones, el catolicismo y, por tanto, la civilización y la libertad al continente americano”. Aquella libertad consistió en esclavizar a millones de indios, exterminarlos a fuerza de enfermedades y trabajo y, cuando ya casi no quedaban, importar nuevos esclavos desde África para ocupar sus puestos. En cien años la población ñamericana pasó de unos 30 millones a tres o cuatro: la libertad triunfante. Nada distinto de lo que hacían otros colonizadores en otros lugares, nada que merezca una leyenda, pero reivindicar, en 2021, explotación y muerte como libertad explica de qué habla la señora cuando habla de ella.

Y, curiosamente, lo hacía contra unas declaraciones del señor Jorge Bergoglio, su aliado natural. El señor Bergoglio trabaja de papa y, como tal, pidió disculpas; es lo que hace su organización: trabaja para el poder, pide disculpas. Su organización, la Iglesia Católica Apostólica Romana, ya pidió disculpas por torturar a los que decían que la Tierra era redonda o que el sol no le giraba alrededor, por martirizar a cualquiera que pensara distinto, por quemar a miles.

Su calendario de disculpas viene muy cargado: ahora avanza lento hacia el siglo XVII –y tiene mucho que hacerse disculpar. Por eso, supongo, todavía no pidió disculpas, por ejemplo, por impedir que ahora mismo millones de africanos usen condones para no morir de sida, o por no permitir que las mujeres ocupen ningún cargo importante en su organización, o por condenar a los homosexuales a diversos infiernos. Ya lo harán los suyos dentro de algunos siglos, si es que hay suyos –y siglos. Por ahora, el señor pidió perdón por lo que hicieron los conquistadores españoles en México, comprándose el señuelo de su presidente, López Obrador, que dedica muchos desvelos a este asunto: como si los problemas actuales de un país que ya tiene dos siglos se pudieran resolver hace cinco; como si las injusticias no se construyeran día a día. Y, sobre todo, como si no fuéramos la mezcla. Es el viejo truco nacionalista: los malos son los de afuera, nosotros somos todos buenos –incluidos nuestros indios nacionales, que solo se comían a los niños cuando no conseguían hombres o mujeres lo bastante tiernos.

Pero, más allá de estos detalles de película mala, lo curioso es cómo Bergoglio se ha convertido últimamente en una especie de enemigo de cierta derecha –que debería estar firme a su lado. Entonces uno va y revisa: ¿será que la señora Ayuso tiene razón, que otra vez me equivoco, que Bergoglio es uno de los nuestros?

No hay doctrina más necia y peligrosa que la que sustenta esta idea: que el enemigo de mis enemigos es mi amigo. Hitler era enemigo de los ingleses y sin embargo nadie vio al Mahatma Gandhi –que lideraba la revuelta india para liberarse del imperio británico– gaseando judíos. Pero hay algunos que caen, una y otra vez, chorlitos insistentes. En España, sin ir más lejos, Bergoglio fue defendido por varios peronistas: Íñigo Errejón, Mónica García, Pablo Iglesias y compañía limitada han salido a hablar en su defensa.

Y ese es el chiste: si esa supuesta izquierda imagina que debe aliarse –o alinearse– con el monarca de derecho divino de la institución más reaccionaria de la Tierra, estamos listos. Dicen que se preocupa por los pobres. Por supuesto que la iglesia de Roma se preocupa por los pobres: esa es su parte del trabajo. Para eso estuvo siempre en este mundo: para conseguir que los pobres no jodan a sus jefes. Bienaventurados sean los pobres porque de ellos es el reino de los Cielos, etcétera etcétera. Lo siguen haciendo, hablan de ellos, los compadecen, incluso los entienden, y mantienen esa estructura de superstición y jerarquías donde las mujeres están excluidas, las razones prohibidas, el disenso penado por un dios y los pobres se la tienen que aguantar porque ya recibirán su recompensa. Esa estructura que sirvió desde hace más de 1500 años para sostener los peores crímenes; esa estructura que siempre se basó en la credulidad de muchos crédulos –y en los artimañas de unos pocos mañosos. Esa estructura que, como no estaba funcionando, tuvo que renovarse y se buscó un papa peronista.

Todo bien, es su trabajo, siguen intentándolo. Lo extraordinario es que haya señoras y señores –que se dicen inteligentes, que se dicen de izquierda– que sigan cayendo en esa vieja trampa. Aunque, al fin y al cabo, su sacrificio tenga un fin astuto: si la dizque izquierda sigue haciendo esas cosas, la derecha va a desaparecer de puro innecesaria. Alguien tenía que hacerlo.