Foto: Omar Lucas

Martín Caparrós

Seguimos afirmando: es increíble pero seguimos afirmando. Si algo tendría que habernos vuelto definitivamente socráticos es la puta pandemia: “Solo sé que no sé nada” debería ser el grito unánime de millones y millones sorprendidos, corridos, aterrados por un bichito bobo. Y aceptar que vamos aprendiendo poco a poco solo para aprender, poco después, que lo que habíamos aprendido era un error, y después otro. Pero no: ni siquiera una pandemia consigue bajarnos del burro y todos sabemos advertimos juzgamos sobre todo a los gobiernos que tuvieron que enfrentarse, de la nada, con una situación que nadie imaginaba.

Creo que a esta altura ya no quedan dudas de que todo lo que los gobiernos hacen frente a la pandemia es ensayo y error –y que, como en todo proceso de ensayo y error, el error es bastante más que el ensayo. Se equivocan, lo intentan otra vez, se equivocan de nuevo, consiguen algo, consiguen menos que lo que querrían. Sucedió en todos lados, parejito, pero lo hacían gobiernos de tal o cual partido así que, tras los primeros días de perplejidad y tolerancia, cada país recuperó sus divisiones previas. En la Argentina, donde no hay nada más fácil que encontrar una trinchera, millones se lanzaron.

Era simple: como el gobierno es más o menos peronista, mayoría de peronistas apoyó sus medidas de restricción de movimientos, cierre de casi todo, el desierto económico. Como el gobierno es más o menos peronista, mayoría de antiperonistas decidió que sus medidas eran una privación de las libertades o incluso de la libertad y se atrincheraron detrás de la bandera de yo hago lo que se me canta y a mí nadie me manda.

Son opiniones. No sabemos nada a ciencia cierta –y la expresión “a ciencia cierta” ya es contradictoria. La única forma de medir la eficacia de esas medidas es comparar lo que pasó con lo que podría haber pasado sin ellas y es hipotésis pura: no da datos, no sirve.

Entonces se puede, si acaso, tratar de comparar los resultados de distintos países. Tampoco es fácil, porque algunos números son muy relativos. La cantidad de contagios es una aproximación estadística, que cambia tanto según cada lugar: un porcentaje variable de los contagiados no se detecta nunca porque no hay pruebas suficientes, porque sin síntomas no hay razón para hacérselas, porque no hay plata o voluntad. Pero hay un número innegable: los muertos no se inventan ni –en general– se disimulan. Son números que cantan, elocuentes.

Ayer uno de los diarios conservadores de la Argentina tituló sus cifras del día con un título que, como suelen, intentaba orientar la lectura: que la Argentina ya era el décimo país con más contagiados del mundo. Quería decir, una vez más, que la política oficial no estaba resultando –y, por supuesto, es una posibilidad.

Pero después lo mirabas y veías que tras esa cifra discutible había una cifra indiscutible: que, con un número de contagiados semejante, España, el siguiente en la tabla de contagios, había llegado a 29.094 muertos y que Argentina, en cambio, tenía 8.660: menos de un tercio. O, también: que Argentina tenía menos de 200 muertos por millón de personas allí donde España, Italia, Chile, México, Estados Unidos o Brasil rondan los 600. La misma proporción: un tercio.

Ese número significa algo. Todos los países tomaron medidas para evitar que una enfermedad brutal matara a más personas; al gobierno argentino, pese a su tradición, para sorpresa de tantos, le fue mucho mejor que a muchos otros. Las causas, por supuesto, se discuten: parece que el azar de haber llegado un poco más tarde a la epidemia permitió a sus autoridades cerrar la sociedad en una fase más temprana. Así, probablemente, pudo contener el avance del virus y evitar los atascos sanitarios que mataron, en otros sitios, a tantos miles de personas.

Fue una suerte y un –relativo– éxito, y su éxito relativo hizo que millones relativizaran la necesidad de seguir aplicando esas medidas. Al principio las habían apoyado porque temían por sus vidas. Después vieron que no se morían suficiente y empezaron a hartarse porque una pandemia es angustiosa y aburrida y un desastre para la economía. Entonces muchos se lanzaron a protestar y están hartos y quieren recuperar sus rutinas, trabajos, relaciones, sus dineros. Es lógico; todos queremos. La cuestión es qué queremos arriesgar a cambio.

Los argentinos, como suelen, se subieron a sus grandes caballos. Encabezan la marcha ecuestre unos señores educados que trabajan de pensar y esas cosas y primero publicaron que su gobierno era una “infectadura” y, ahora, que ejerce el “terrorismo sanitario”. Y tantos lo corean en la calle o los medios o ese refugio de la mezquindad contemporánea: «las redes».

Parece una caricatura de la argentinidad: no debatir cuestiones sino buscar el mejor eslogan agresivo, el cantito de cancha que suene más conchudo y salir a gritarlo. Que lo haga la Doce puede tener alguna gracia; que lo haga un grupo de dizque intelectuales es tristeza pura. Están hablando de una política destinada a salvar vidas que, más allá de sus muchos problemas, consiguió –parcialmente, siempre parcialmente– su objetivo.

No es una opinión, son esos números. España y Argentina tienen casi la misma población –alrededor de 45 millones– pero España es un país rico, la decimocuarta economía del mundo, con una sanidad pública casi universal. Y sin embargo, en cuanto a la pandemia, la diferencia entre España y Argentina es que en España –hasta ayer– murieron 29.094 personas y en Argentina 8.660. En Italia y Francia la cantidad de muertos es semejante a la de España. Es simple, y es una medida posible: en Argentina murieron veinte mil personas menos. Se salvaron veinte mil personas.

Pero hay muchos argentinos a los que eso no les parece bien. Extrañan su libertad, temen por la economía. Quizá veinte mil personas les parezcan pocas para tanto quilombo. Habría que ver por cuántos vale la pena complicarse la vida, por cuántos compensa joder la economía. ¿Cuánto vale un punto del PBI? ¿Mil, dos mil, tres mil vidas? ¿Cuántos estamos dispuestos a dejar morir para salvar la plata y los abrazos?

Yo solo espero, por el bien de la Patria, que la próxima pandemia no nos agarre sin esas tablas bien actualizadas: que haya un gobierno serio, digo, y publique los baremos. Eso sí que será republicano.