Martín Caparrós

Lo que impresiona es la incapacidad, la incompetencia. El segundo deportista más rico del mundo decide hacer una movida judicial para dejar la institución donde trabajó los últimos 20 años. Entonces, rico como es, contrata al estudio/bufete de abogados más reputado de su país para que lo guíen en la ruptura. Así guiado, el segundo deportista más rico del mundo manda un “burofax” diciendo que donde su contrato dice 10 de junio no quiere decir 10 de junio sino 25 de agosto y que, por lo tanto, puede romperlo sin pagar los 700 millones de euros que ese contrato prevé para casos de fuga. La institución, previsible, catalana, le dice que ni en pedo y que si no cumple con sus obligaciones lo va a llevar a juicio y le va a hacer pagar hasta el último céntimo y, con todo cariño, le va a amargar la vida. Entonces el segundo deportista se da cuenta de que ningún club va a querer contratarlo bajo la amenaza de pagar esos 700 millones de euros y entiende que si va a juicio puede pasarse mucho tiempo sin jugar y entiende –al fin entiende– que ya no está para esos trotes y sale a decir que sus hijos lloran y que él nunca quiso decir lo que dijo y que se va a quedar y donde dije Lío digo Leo, digamos, porque decir que donde dije digo digo Diego tiene reminiscencias muy extrañas.

.

(And I’m not that messy anymore.)

Es, con todo respeto, un papelón, una vergüenza. Para el segundo deportista más rico, pobre, que ahora tiene que hacer malabarismos sin pelota para explicar –y explicarse– por qué está haciendo lo contrario de lo que quería hacer y, por supuesto, para sus abogados, agentes y parientes que lo llevaron por este camino de derrota. Pero también, de algún modo, para todos los que, estúpidamente, miramos este show como si fuera algo.

(No fue nada. Y no fue, sobre todo, esa gesta de libertad individual y romanticismo futbolero y demás chorradas que algunos arguyeron. Es, sí, bruto triunfo del sistema –un tipo firmó un contrato y de pronto decidió no cumplirlo y le mostraron que sí lo cumpliría– pero lo consiguió contra uno de los señores que más y mejor se han aprovechado de ese sistema. Se había aprovechado tanto que creyó que podía cagarse en él; su sistema le demostró que no podía. Que si había firmado un papel para ganar en un año de sumisión intolerable lo que el 99,97 por ciento de las personas no gana en una vida, se lo harían cumplir.)

.

Ahora Lionel Messi tendrá que salir a jugar al Camp Nou y simular que quiere, que quiso, que nunca dejó de querer. No será fácil: la magia se rompió. En pocos días, para muchas personas, Messi se convirtió en un muchacho caprichoso y desagradecido. Ahora va a ser mucho más difícil atribuirle esa ficción que pretende que un jugador de fútbol juega en un equipo porque lo eligió y que lo quiere como lo quieren los que lo eligen cada semana de su vida: esa ficción difícil de creer en que se basa el fútbol. Y que Messi encarnaba mejor que casi nadie porque siempre había estado en el mismo club, aunque dijera que era hincha de otro.

No creo que Messi se preocupe por eso: sabe –de algún modo sabe– que el olvido lo salva. Si el olvido es fácil en general, nunca es más fácil que en un campo de fútbol. Messi hará unos goles, y, en cuanto gane un partido importante, miles y miles querrán creer que nada de esto sucedió realmente y harán como si no hubiera sucedido. Pero, tan caprichoso como el olvido, el recuerdo también puede volver corriendo: si sigue fallando como fallaba últimamente –si el tiempo se manifiesta como se había manifestado últimamente– miles y miles recordarán que ese muchacho que antes era dios ahora solo es un cura que renunció a la verdadera religión porque quiso correr tras unas faldas. Y, con el tiempo, le aplicarán el olvido verdadero: el que hace que, hoy, nadie sepa quién era Jairzinho.

Nada importante, por supuesto: solo fútbol. La ficción futbolera podrá con esto y mucho más: tiene la gran ventaja de que lo que queremos es creerle. Lo que casi me preocupa es que Messi lo haya hecho tan rematadamente mal: quería irse, tiene que quedarse. O sea: lo que realmente me impresiona es que una operación que involucra al segundo deportista más rico del mundo y varios cientos de millones de dólares o euros y un par de jeques árabes y algunas de las empresas más poderosas del planeta se haga tan mal: que lleve, finalmente, al resultado exactamente contrario del que buscaba.

Si esto es así en temas de esta importancia, de este porte, ¿qué se puede esperar de tonterías como, digamos, desactivar una pandemia?

.

En voz alta: