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Martín Caparrós

Sí, lo hicimos: lo hicimos otra vez. Si no fuera demasiado obvio, diría que lo que pasó fue otra metáfora barata de la Argentina. O, por lo menos, de la forma en que la Argentina desarrolla su historia, sus historias: un principio prometedor, un nudo confuso, un desenlace horrible.

Hace siete meses, cuando los viruses lanzaron su ofensiva, el gobierno argentino aprovechó nuestra lejanía para tomar medidas antes que muchos otros: para usar, por una vez, la experiencia ajena en beneficio propio. Era lógico y pareció que funcionaba. Fue, dentro del cataclismo, un curioso caso de Todos Contentos: los contagios se mantenían radicalmente bajos, se morían muchas menos personas que en muchos otros países, el gobierno y la oposición se chocaban los codos y colaboraban y recibían un apoyo nunca visto. Hasta la revista Time incluyó a la Argentina en su lista de los que mejor lidiaban con la peste –subrayando por supuesto su extrañeza de verla allí junto a Corea del Sur, Taiwan, Singapur, Australia, Canadá.

“Argentina es la sorpresa de esta lista, ya que acaba de desencadenar su noveno default financiero. El país registró su primera muerte por coronavirus el 7 de marzo; para cuando el Gobierno impuso una cuarentena, el 20 de marzo, el mundo se había puesto al día con la amenaza de la crisis y Argentina introdujo estrictas medidas de distanciamiento social, y los ciudadanos las acataron. Como resultado, sus números se ven mucho mejor que los de la mayoría de sus vecinos”.

Era el principio brillante: el país que se independizó antes que nadie, el que atrajo a millones de inmigrantes, el que nadaba en la bosta de sus vacas, el octavo más rico, el sembrador de escuelas, el que supo fabricar sus coches, sus aviones, sus mitos de prosperidad. Después, como corresponde, como siempre, todo empezó a volverse más y más confuso.

Para mantener la tradición, nos creímos que ya lo habíamos conseguido y empezamos a celebrar cuando estábamos en la mitad del río. Esa apariencia de éxito fue, otra vez, nuestro fracaso. ¿El confinamiento? No, para qué, si estamos bárbaro. Son boludeces, yo necesito laburar. Y yo tengo que salir porque mi abuela. Yo no soporto que nadie me diga lo que tengo que hacer, la libertad es libre. Las calles se llenaron de personas, cundió la idea de que ya no hacía falta encerrarse y que eran tonterías y que la infectadura era otra trampa de esos populistas. Y esos populistas, a su vez, se agrandaron y empezaron a pelearse con todos y entre ellos y a equivocarse con los números –ay, perdón, se me escaparon tres mil muertos. Mientras tanto, entre la confusión, la pobreza crecía y el hambre crecía y las muertes crecían.

De ese nudo confuso a este desenlace horrible: ahora, a siete meses exactos de la primera muerte, la Argentina ha sumado 22.200 más y es uno de los países donde la pandemia está más descontrolada, donde las muertes se suceden a un ritmo más brutal. Cada día mejora su posición en la tabla de posiciones del Mundial de difuntos –y ciertos medios lo exhiben como otros triunfos de la celeste y blanca.

 Es, insisto, tan parecido a casi todos los procesos argentinos. Un país que debería haber sido uno de los buenos, que estuvo a punto, que se lo creyó, que se confundió en esas idas y vueltas y que, ahora, ya no sabe qué hacer para salir de sus abismos. Un país que parece decidido a repetir una y otra vez la misma historia: un principio prometedor, un nudo confuso, un desenlace horrible.

Es -con perdón de la palabra- un patrón, y es duro. A veces nos cuesta desilusiones, broncas, todo tipo de pobrezas. Esta vez cuesta miles de muertos y cuesta la miseria y cuesta la zozobra, y cuesta el odio y el rencor y la desilusión. Y un daño colateral, casi menor: cada vez resulta más difícil creerse las promesas del principio.

Cada vez resulta más difícil creer que la Argentina.

Es duro pero es, penosamente, lo que hay.

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En voz alta: