Martín Caparrós

Y sí, queremos a papá; sobre todo cuando tenemos miedo.

Nunca en nuestras vidas pasamos tanto miedo. O, mejor: nunca en nuestras vidas vivimos tanto tiempo condicionados por el miedo. El miedo fue la razón por la cual, hace ya casi un año, el mundo se paró: el miedo más primario, el miedo de morirnos, que nos tiene encerrados, apichonados, convencidos de hacer tantas cosas que, sin él, jamás habríamos hecho.

A veces las encuestas –los números que dibujan las encuestas– sirven para algo: suele pasar cuando no intentan adivinar elecciones sino entender los humores de una sociedad. Diálogo político, medio web publicado por una fundación alemana, promedió casi 500 encuestas de aceptación presidencial en 17 países de América y Europa a lo largo del año pasado para ver qué les hacía la peste. Y lo primero que llama la atención es que, en todas partes, la aprobación más alta de sus gobiernos fue en abril. Cada país se cree diferente pero todos hicieron lo mismo: se ve que, recién declarada la pandemia, millones de aterrados querían que los mandaran, que los llevaran a buen puerto –y confiaban o querían confiar en lo que sus jefes hacían con ellos. Lo sabe cualquier gobernante: las amenazas exteriores sirven para eso. Así que hubo un momento de dulce sumisión y gratitud a unos gobiernos que nos hacían hacer lo que nunca habríamos hecho –gracias a ese miedo.

Antes que nada, los encierros: los encierros en las casas, claro, pero también los encierros en los países. La noción de país resucitó con fuerza. Hay lugares donde nunca había dejado de ser potente pero hay otros –Europa– donde algunos de sus rasgos –moneda, aduanas, residencias– se estaban disolviendo. Había sido un esfuerzo de décadas y la pandemia lo anuló en unas horas: rápidamente se cerraron las fronteras, cada cual se atrincheró con su comida y sus mascarillas y sus medicinas y se constituyó en un bastión que decidía su propio curso excluyendo a todos los ajenos.

Reapareció la unidad-país y repecharon los estados. El gran ganador de la pandemia, por ahora, además de Jeff Bezos, fue la idea de estado –para mal y para bien. Por el miedo le aceptamos esas órdenes que nunca –no se mueva de su casa, no se junte con su madre, no coja con extraños, no trabaje. Pero, también, la mayoría de ellos –incluso los más liberales– asumieron que, para paliar el miedo, debían intervenir más en sus sociedades. Fue extraordinario, en ese sentido, el editorial del Financial Times, portavoz habitual de “los mercados”, que, en abril, decía que “será necesario poner sobre la mesa reformas radicales que reviertan la dirección principal de las políticas de las últimas cuatro décadas. Los gobiernos tendrán que aceptar un rol más activo en la economía. Deben considerar los servicios públicos como inversiones y no como pasivos, y buscar las formas de hacer menos inseguros los mercados laborales. La redistribución volverá a la agenda; se cuestionarán los privilegios de los mayores y los ricos. Políticas que hasta hace poco se consideraban excéntricas, como la renta básica y los impuestos a la riqueza, tendrán que entrar en la mezcla”. Cuando todo se derrumbaba, el gran capital asustado aceptó que necesitaba que los estados intervinieran y redistribuyeran un poquito para mantener el barco a flote. Empezaron a hacerlo; después se les fue pasando, pero algo quedó.

Y también pasaron los meses y la peste avanzó y los gobiernos empezaron a perder apoyo: si el miedo siempre nos lleva a buscar un jefe, el hartazgo siempre nos lleva a buscar un culpable. El jefe –al que antes seguimos– es el más obvio: no hubo presidente que no perdiera 10 o 15 puntos de popularidad entre abril y noviembre. Las quejas, los reclamos, la desesperación ante algo que debía tener un final y ya no lo encontraba se impusieron. Hasta que, en las últimas semanas del año siniestro, llegó la gran noticia: la vacuna nos salvaría, terminaría con el Gran Miedo, nos devolvería nuestras vidas. Fuimos felices, nos abrazamos, nos contagiamos un poquito.

Pero, en plena ilusión, los grandotes nos dijeron no te vistas que no vas. Por ahora la vacuna no ha hecho mucho más que desnudarnos. Hacía mucho que nada mostraba con tanta claridad cómo está organizado –dividido– el mundo en que vivimos. Las cifras son brutales: al 7 de febrero se habían aplicado 131 millones de dosis: 113 millones en Estados Unidos, China, Europa, Inglaterra, Israel y los Emiratos Árabes; 18 millones en todos los demás. Unos países que reúnen 2.200 millones de habitantes, el 28% de la población del mundo, se habían dado el 86% de las vacunas. O, si descontamos a China y concentramos: el 10% de la población del mundo se aplicó el 60% de las vacunas. Después hablemos de desigualdad.

El gran efecto de la pandemia ha sido iluminar todas esas cosas que siempre preferimos no ver. La angurria de las vacunas muestra cómo ciertos países las acaparan como suelen acaparar las riquezas –la comida, por ejemplo– que el mundo necesita: el mecanismo es exactamente el mismo, solo que aquí se ve tan claro. Canadá, por ejemplo, que siempre sale como ejemplo, que pelea en todos los rankings del país más bueno, tiene ordenadas cinco vacunas por habitante, así se la aseguran. Lo cual sería muy encomiable si no fuera porque eso supone que haya unos cuantos millones de keniatas, laosianos o argentinos que no la tendrán.

Lo llaman, para atacar sin ofender, nacionalismo. En el “nacionalismo de la vacuna” la palabra que importa no es vacuna. Y la frase está prendiendo: la angurria fue condenada incluso por Tedros Adhanom, el director de la Organización Mundial de la Salud: “El nacionalismo de las vacunas no es solo moralmente indefendible. Es epidemiológicamente negativo y clínicamente contraproducente. Los mecanismos de mercado son insuficientes para conseguir la meta de detener la pandemia consiguiendo inmunidad de rebaño con vacunas”, escribió la semana pasada y nadie le hizo caso. Y, también, que “los gobiernos y las compañías deben unirse para superar esta escasez artificial. Hay muchos pasos que se pueden dar para aumentar la producción y distribución de vacunas, como compartir la tecnología de fabricación de las vacunas, su propiedad intelectual y know-how”.

Pero, más allá de llamamientos y evidencias, la ideología triunfa: ni siquiera una emergencia mundial extraordinaria, el parón y los miedos y la muerte y la ruina, alcanza para que los estados y otros organismos se caguen por fin en la propiedad privada y obliguen a las grandes farmacéuticas cuyas investigaciones ellos mismos subvencionaron a compartir sus hallazgos y permitir que todos los que puedan los fabriquen para multiplicar los panes, los peces, las vacunas.

No lo hacen: prefieren preservar el orden -y, desde su óptica, imagino que tienen razón. Salvo que su testarudez terminará por perjudicarlos –después de perjudicar a todo el resto. “La pandemia no se va a terminar en ningún lado hasta que se haya terminado en todos lados. Esa es la realidad de un mundo interconectado, y esa realidad solo puede ser modificada con solidaridad y una salud pública inclusiva que distribuya las vacunas global, rápida y equitativamente. Para el virus somos todos un solo rebaño. Para vencerlo, debemos actuar como una sola comunidad”, escribió Adhanom el Ignorado. O sea: si se vacunan todos los americanos pero ningún sudafricano, el virus puede mutar en Sudáfrica y volver a USA, donde aquella vacuna ya no lo detendrá. Dicen que ya podría suceder.

Hubo un momento, al principio del miedo, en que voces se alzaron para decir que la pandemia nos haría más buenos: que nos mostraría que frente al virus no hay salvación individual y que el mundo, al fin y al cabo, es uno. Las diferencias se fueron exhibiendo poco a poco. Ahora son notorias en los temas más brutos: con el 8% de los habitantes del mundo, América Latina reúne el 25% de los muertos de Covid. Su mortalidad es tres veces mayor que la del resto del planeta –aunque no terminamos de saber en serio qué está pasando en África.

Es un ejemplo brusco; hay tantos otros. Ahora la angurria de las vacunas es la muestra más brutal, casi patética, de un mundo despiadado. Hubo un momento en que tuvimos tanto miedo que llegamos a creer que ese miedo nos haría mejores; nos olvidamos –tratamos de olvidarnos– de que el miedo, en general, saca a la luz los peores instintos. Ahora, por desgracia, ya lo confirmamos.