Las fotos, por supuesto, son de Dani Yako.

Hace un año yo estaba sentado en un lugar muy raro. O, por lo menos, lo era para mí: la cabecera de una larga mesa en la Casa Rosada de Buenos Aires, a la derecha del nuevo presidente Alberto Fernández. Se anunciaba, esa mañana, un plan de su gobierno contra el hambre, y él me había invitado a estar ahí. La historia era sencilla: en un encuentro anterior casi fortuito yo le había dado un libro mío publicado años antes –El Hambre– y hablado de la urgencia de que nuestro país solucionara el suyo. La idea se desplegaba en la página 506:

“Hace unos años yo tenía un amigo político y un plan: convocar a un gran movimiento nacional para acabar con el hambre en la Argentina. En un país disperso, levemente extraviado, el intento nos daría una meta precisa; frente a tantas promesas vaporosas, un objetivo claro; ante tanta frustración, uno que sí podríamos cumplir.

“Sería un camino por etapas: para empezar, miles de voluntarios harían una gran encuesta nacional en serio para determinar la realidad de la situación –y empezar a moverse: meses de argentinos hablando con argentinos, encontrándose, contándose. Una vez reunidos los datos necesarios se harían encuentros y asambleas y programas en medios para pensar, entre muchos, qué hacer. Expertos presentarían sus planes, políticos los suyos, personas –muchas personas– los debatirían. Y por fin, tras las decisiones comunes, miles y miles se pondrían en marcha para acabar de una vez por todas con el hambre en el sojero del mundo. Era la forma de darnos una meta y era, al mismo tiempo, la posibilidad de crear algún poder en acto, compartido, que podría ir ampliándose. Era la posibilidad de fijarnos un objetivo que sí podríamos cumplir: recuperar la confianza en nuestras fuerzas.

“Repasaba detalles: todos caían en su lugar, se completaban, se potenciaban entre sí. Entusiasmado, se lo conté a mi amigo: él, popular, prestigioso, debía encabezarlo. Sería, además, su gran bandera, la que lo llevaría hasta quién sabe dónde.

“Mi amigo me escuchó, se interesó, lo pensó y al fin me dijo que era un eje ‘demasiado generoso’, que millones de argentinos no tenían ni tendrían hambre nunca ni veían al hambre como algo que tuviera nada que ver con ellos; que lo sentirían ajeno. Que, lamentablemente, no le parecía que pudiera funcionar.”

Fernández, en cambio, no lo sintió ajeno. Primero anunció, en su campaña electoral, su campaña contra el hambre. Y aquella mañana de diciembre, ya presidente, la estaba lanzando oficialmente.

La mesa era muy larga: había a su alrededor alrededor de cien personas. Algunas que respeto mucho, otras que no: sociólogos, sindicalistas, militantes, curas, empresarios, médicos, industriales, ministros, lobbistas, comerciantes, Estela Carlotto y Chiche Duhalde, Narda Lepes y Marcelo Tinelli. Mi sorpresa, si acaso, fue que me sentaran a la diestra del jefe, en una posición que algunos llamarían de privilegio. Cuando me tocó hablar traté de decir que me seguía pareciendo decisivo no limitarse a las acciones de asistencia: movilizar todo lo posible para encontrar, entre todos, las maneras de que todos tuvieran qué comer en la Argentina.

Esa tarde ví que la prensa hablaba mucho de ese acto, y mi nombre aparecía bastante. En los pocos días que estuve en Buenos Aires discutí varias veces con amigos que me decían en que el gobierno me estaba usando para la foto. Yo les contestaba que no me parecía que mi imagen le sirviera a nadie y que, de todos modos, no me importaba que me “usaran” –si me usaban– para poner en marcha ese proceso que venía deseando desde hacía años.

Me he pasado muchos tratando de entender y de contar por qué hay hambre en un mundo que produce suficiente comida para todos y, por desgracia, mi mejor ejemplo para explicarlo es la Argentina, un país dedicado a la producción de alimentos, exitoso en la producción de alimentos, que vive de la producción de alimentos, donde millones de personas no consiguen los alimentos que precisan.

La Argentina es un caso de manual del fracaso de la democracia. En las últimas décadas el país cambió su estructura económica y volvió al modelo agroexportador que había tratado de dejar durante el siglo XX –y eso nunca se consultó a los ciudadanos. La mayor decisión argentina no la tomaron los argentinos: el cambio más importante de nuestra historia reciente no lo votó nadie. Con el triunfo de la soja se concentró la producción en manos de menos, se echó de sus lugares a miles de campesinos, se volvió inútil su trabajo, se arruinaron sus tierras. Nuestro país se convirtió en un productor de comida que no produce comida para alimentar a sus habitantes sino para cebar chanchos chinos o sea: para exportar esa comida y dejar ese dinero en las cuentas de los que la producen.

Lo mismo pasa en el planeta: la comida no se produce según las necesidades de las personas sino de los mercados. Por eso algunos comen tanto, tiran tanto, y otros no comen suficiente. No se crea comida para comer sino para vender; sería tan fácil alimentar a todos si se decidiera lo contrario.

“Hablar contra el hambre es una tontería porque nadie está a favor: nadie se manifiesta a favor, por más que haga su parte para mantenerlo –víctimas sin victimarios. El hambre produce la ilusión de que las causas comunes son posibles, que seremos unánimes, que todos juntos adelante: todos contra el hambre” –seguía diciendo mi libro, con perdón. “Metáfora de una ilusión: todos deplorarán el hambre, pero en la discusión sobre qué hacer para atacarlo se verán las diferencias insalvables. Cobremos la tasa Tobin a las transferencias financieras; démosles más mercado; prohibamos la especulación con alimentos; envíemos expertos a explicarles cómo se siembra tal semilla; juntemos bolsones de comida; tomemos el poder; mantengamos el poder; mandémosles bolsones.”

Mi participación en la Mesa del Hambre duró esas dos horas que pasé sentado a la mesa del hambre. Después pasó el tiempo y no hubo más convocatorias y después vino la pandemia, por supuesto. Creo –pero no lo sé– que no tuvieron más actividades hasta mediados de agosto, cuando leí en los diarios que habría una reunión y que yo estaría en ella, cosa que ignoraba.

No estuve y hubo, después, un intercambio de mensajes que no terminó de aclarar nada; al final le dije al funcionario a cargo que no me interesaba poner la cara por poner la cara pero que si había algo en que pudiera colaborar por supuesto lo haría. Me dijo que sí, que claro, que enseguida me mandaría los informes y que los participantes se habían dividido en comisiones y que ya tenía muy claro qué podía hacer yo, que muy pronto me lo diría. Ya pasaron cuatro meses y no supe más.

La historia es muy menor pero no da mucho ánimo sobre el funcionamiento del Estado argentino. Pero eso, insisto, a quién le importa. A mí lo que me importa es insistir en que el asistencialismo es un parche y un problema, no la solución. Lo más notorio que ha hecho este gobierno en la pelea contra el hambre ha sido el lanzamiento del plan Alimentar. Es un esfuerzo grande: un millón y medio de tarjetas de débito para comprar alimentos, que alcanzan a casi tres millones de personas, incluyendo mayores y menores. Una madre embarazada o con un hijo recibe 4.000 pesos –27 dólares– y una con dos o más recibe 6.000 –40 dólares– por mes. En estos días ese monto se duplicará, dijo el ministro, que dijo que este año el Estado ha repartido casi 100.000 millones de pesos –660 millones de dólares– para comprar comida. (660 millones de dólares son 15 dólares por argentino y por año, poco más de un dólar por argentino y por mes: una fortuna.)

El plan Alimentar es necesario y ataca un problema urgente; no es una solución. El plan tiene problemas, algunos de los cuales ya discutimos hace un año: para empezar, que el Estado está transfiriendo fortunas a los grandes vendedores de alimentos, porque buena parte de esas compras se hacen en supermercados y son ellos los que, al final, se quedan con la plata –en lugar de armar una red de pequeños comerciantes que recibirían el dinero y lo volcarían en sus comunidades. O que el Estado está comprando –a través de los beneficiarios de su plan– cantidades enormes de alimentos a precio minorista, engrasando la cadena de distribución cuando podría comprar tanto más barato al por mayor. Eso, es cierto, obligaría a repartir alimentos en lugar de darle a cada cual la opción de comprarlos; es un problema, pero es menor si permite ofrecer el doble de comida. Y además podría controlar su calidad: el propio ministro Arroyo dijo que el poder nutritivo de los alimentos que se compran con la tarjeta bajó mucho –por la necesidad: más harinas, menos proteínas.

Hay más detalles pero, en general, Alimentar es otro de los programas asistenciales que han intentado los gobiernos argentinos desde el Plan Alimentario Nacional –PAN– de Raúl Alfonsín. Son programas que reproducen la dependencia de millones de la limosna del Estado, programas que producen este sistema clientelar en que vivimos, programas que condenan a sus usuarios a la dependencia: que no cambian el sistema que hambrea. El plan Alimentar ataca las urgencias: es indispensable, no modifica nada.

En la Argentina hay cuatro o cinco millones de personas que no comen suficiente; la pandemia tiene parte de culpa pero antes de marzo ya eran más de tres millones y esa cifra no varió demasiado en los últimos años. Eso, insisto, no se soluciona con tarjetas y cajas. Sigo creyendo que la asistencia debería ser usada para conseguir tiempo para resolver las estructuras del hambre: un puente mientras se encuentran las soluciones verdaderas. Para eso, claro, hay que buscarlas.

Decíamos que no se produce comida para comer sino para vender, y que sería tan fácil alimentar a todos si se decidiera lo contrario. Pero es, por supuesto, tan difícil decidir lo contrario: los que hacen de la comida su negocio suelen tener mucho más poder que los que necesitan comérsela; los que la hacen su negocio defienden su privilegio con todo lo que tienen: los estados, el dinero, los gobiernos, los medios, la fuerza de las ideologías. Para contrarrestarlo se necesitaría decisión y energía: comprometer y movilizar a muchos, convertir el tema en una verdadera meta común, trabajar juntos para eso –no reunir a unos cuantos señores y poner unos cuantos dineros. Se necesitan sociedades que se muevan, que vayan transformando el modelo de producción de alimentos para adaptarlo a las necesidades de la mayoría: para que todos coman lo que deben.

Es un cambio difícil, sobre todo en países donde los grandes exportadores de alimentos tienen el peso que tienen en el nuestro. Es un cambio que podría ser gradual: ir definiendo cómo, con qué medios y qué metas. Pensar cuánto de un territorio debe ser usado para alimentar a sus habitantes. Ver qué se cultiva dónde, quién lo hace, cómo se distribuye, cómo se reparte, qué queremos comer, qué nos mejora. Y buscar las maneras de hacerlo, sin perder nunca de vista una obviedad siempre esquivada: que el hambre no es un hecho aislado sino el efecto más brutal de la desigualdad y la pobreza, y que no se puede corregir en sí mismo sin corregir esa desigualdad, esa pobreza.

Ese debate –ese proceso– es el que el asistencialismo suele silenciar. Pan para hoy, decían, hambre para mañana. Y pasado, y pasado, y otra vez a pedir que te regalen pan.

Y hambre para mañana.

Lo terrible es saber que podríamos solucionarlo y no lo hacemos: que no hay ningún obstáculo insalvable, que de verdad podemos producir –en la Argentina y en el mundo– comida suficiente para que todos coman. Y que, sin embargo, no lo intentamos. Quizás estemos a tiempo todavía. O, mejor dicho: siempre estamos a tiempo todavía. Solo falta quererlo y empezar –dispuestos, como siempre, a la derrota.