Estoy terminando un libro que intenta contar y pensar cómo es ahora América Latina, y la migración es un tema central. Por eso estuve hace unos meses en Tecún Umán, una de las fronteras más trajinadas por los migrantes que intentan pasar de Guatemala a México -y de allí al paraíso norteamericano. .

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Martín Caparrós

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–¿Y si se tienen que volver?

–Yo no puedo volver.

–Bueno, si las cosas van mal…

–No, usted no me entendió.

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Tecún Umán es un pueblo caliente y chato y feo, casas de un piso o dos, las calles anchas para que el sol entre sin vueltas, un mercado sombrío, una plaza cuidada, su iglesia verde, sus templos, sus farmacias, sus triciclos para llevar personas y un exceso de casas de cambio: Tecún está al final de Guatemala, acorralado contra un río.

Sobre ese río hay un puente y a cada punta del puente hay una aduana, una oficina de migraciones, policías diversos. En una punta, Guatemala; en la otra, México. El río se llama Suchiate y, a esa altura, diez kilómetros de su desembocadura en el Pacífico, tiene unos cien metros de ancho y una corriente fuerte. Muy pocos lo atraviesan por el puente: unos 500 metros río arriba, a plena vista de policías y aduaneros, el tráfico de balsas de fortuna entre orilla y orilla nunca para.

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–No me entendió: lo que le digo es que no puedo volver: yo no tengo adónde volver. Atrás no tengo nada.

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Vivimos en estados: hay estados. No hay estados mucho más presentes, mucho más pesados que el de ese país que basa su idea de sí mismo en no darle mucho espacio al estado, ese país que los tiene unidos a su nombre. Y no hay muchos lugares –las cárceles, quizás, un regimiento– donde la presencia, el poder de un estado se manifieste más que en la frontera.

La frontera es el lugar donde un estado empieza: donde te dice de aquí p’allá estoy yo, donde te dice no te creas; donde te dice mando. La frontera es la primera línea de defensa y ataque de un estado. La frontera es un modelo de estos tiempos: una de esas creaciones arbitrarias, fruto de los poderes, que se empeñan en vendernos como algo natural, eterno. Otro efecto de la publicidad: de este lado estamos nosotros y allí, a unos metros, están ellos –y ellos son otros, radicalmente otros porque están unos metros más allá. Es sorprendente que la patraña de las patrias –la patriaña– sea tan poderosa como para convecernos de esa farsa.

Tecún Umán –este trozo de río– es uno de los puntos fuertes de las migraciones americanas. Por aquí pasaron, en 2018, las caravanas de migrantes que la prensa hizo –módicamente– famosas: aquí cientos de miles cruzaron el río en busca de otras vidas. Aquellas caravanas convirtieron la movida más individual –la migración– en un movimiento colectivo, tan político. Con política, entonces, reaccionaron los gobiernos de Estados Unidos y de México: más policías, más exclusión, más represión en las fronteras. Aquí, pese a eso, muchos lo intentan todavía.

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–Sí, por diez quetzales, jefe, diez.

El embarcadero son tres cuadras de costa sombreada de jacarandas, ficus, mangos, suelo de tierra y cachos de cemento, docenas y docenas de triciclos esperando, sus conductores esperando, dormitando, algunos puestos de comida; en los puestos las señoras cocinan, junto con las tortillas y el pollo frito, tallarines chinos. El calor es pegajoso, húmedo. Del otro lado del río, cien metros más allá, está México: más mangos, más cemento, más triciclos, más balsas, todo muy parecido. En el embarcadero todo se mueve todo el tiempo, entre sudor y gritos:

––¡Cámara, cámara!

Chillan los balseros para ofrecer el viaje, porque sus balsas son dos cámaras de ruedas de tractor unidas por unas tablas mal cuadradas: desechos industriales. En una balsa caben, de pie, unas quince personas, y el balsero la va llevando con una rama larga y dura que empuja contra el lecho del río, peleando la corriente. El tráfico es intenso. Hacia México salen mujeres con la bolsa de la compra, hombres recién bañados; de México llegan, sobre todo, pilas de cajas que amenazan con hundir las balsas: papel de baño, aceite, harina, huevos, coronitas, cereales, salchichas, pepsicolas –que allá están más baratos. También llegan, me dicen, otros productos menos inocentes. No hay, aquí, ni sombra de la policía.

–Sí, por diez lo llevo.

Diez quetzales es poco más de un dólar; el balsero es un muchacho de veinte años, flaco, descalzo, pantalones cortos, y le pregunto si puedo ir sin papeles; él me dice que está difícil, que la migra está dura.

–Ahí están, mire, ahí enfrente, entre los árboles.

Ahí están, del lado mexicano: unos soldados con uniforme de fajina verde claro. Los mandó hace unos meses el gobierno de la izquierda mexicana.

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(Hay algo irreal, casi hilarante, en ver cien metros de agua y saber que esa tierra que hay del otro lado es otro mundo, que usan otra moneda, siguen a otros jefes, gritan otros goles, y que tantos que quieren, de este lado, no consiguen entrar: tan allí mismo, tan lejano.)

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–¿Así que no hay manera?

–Sí que hay paso, cabal, un poco más arriba. Ahí arriba lo jalamos adonde usted quiera, fijo, sin problemas.

–¿Y eso cuánto me cuesta?

–Ciento cincuenta, vaya. Pero tiene que hablar con el jefe.

El jefe es un muchacho más robusto, su musculosa azul lavada, sus pies menos coriáceos. Tiene modos de jefe, imperativo; maneja varias balsas.

–¿Usted me puede pasar del otro lado?

–Cabal. Claro que puedo.

Me dice el jefe sin abrir la boca, sin mirarme. Le pregunto por cuánto y me dice que 250. Le digo que su balsero me dijo que eran 150. El jefe Huicho –me dice que se llama Huicho– lo silba desde lejos.

–¿Vos le dijiste 150?

El balsero hace sí con la cabeza; Huicho le lanza su mirada asesina.

–Llámeme cuando quiera y lo pasamos, patrón. Riesgo no hay ninguno.

–No, no sabemos cómo vamos a hacer. Qué vamos a saber, nosotros.

A él le faltan los dos dientes de adelante; ella tiene la cara redonda y puntiaguda al mismo tiempo; el bebé duerme y duerme, en su carrito, con el biberón en una mano y una pierna sobre los pasaportes de los tres, azules. Estamos sentados en sillas medio rotas en una especie de aula, paredes despintadas, unos santos y un Cristo en las paredes. Él –ahora, aquí– va a llamarse Jose y tiene 22 años; ella, Mari, 21; el bebe ya cumplió los diez meses. Jose tiene un bluyín todo rasgado, la camiseta que fue blanca; Mari, un pantalón corto negro y camiseta negra, las zapatillas a punto del desguace; el bebé, una pulsera en la muñeca izquierda para vencer el mal de ojo; los tres –padre, madre, hijo– son salvadoreños. Hasta hace poco él trabajaba en una fábrica de pan en un suburbio de San Salvador; como salía de madrugada, su patrón le había comprado una moto y se la iba descontando del sueldo; la moto, dice, llamó la atención de unos pandilleros de la mara 18.

–Entonces un día me mandaron con un niño un teléfono, que querían hablar conmigo, y me empezaron a interrogar que de dónde había sacado la moto. Y yo por miedo les dije la verdad… Al final me dijeron que les tenía que dar 75 dólares americanos, quincenal.

Era la mitad de su sueldo, me dice, y no podía, pero le dijeron que si no les daba esa cantidad se iban “a encargar de lo que más te duele, tu hijo y tu esposa, tu mujer”. Entonces empezó a pagarles; le mandaban niños a buscar el dinero, él entregaba.

–Pero después no soportamos más estar así. Y no podía decirles a los policías mire, tales me están extorsionando, porque los mismos policías se lo dicen a ellos, ellos les pagan para eso. Y había muchas balaceras, todo el tiempo había balaceras…

Jose suena intenso pero calmo, como quien ha pensado muchas veces sus palabras, como quien se ha contado su historia muchas veces. Entonces, dice, tomaron la decisión de emigrar, para darle a su hijo un futuro mejor, y se fueron a Belice, donde los dejaron entrar pero no trabajar, y tuvieron que volver a irse.

–No queríamos violar las leyes de ellos.

Dice Mari, que había estado callada. Y que cruzaron toda Guatemala hasta aquí pidiendo jalones y comida, dice Jose, y que ojalá puedan seguir:

–Yo lo que quiero ahora es llegar a México y estabilizarnos allá, conseguir un trabajo para poder sacar adelante a mi hijo, darle un buen futuro, que el día de mañana sea una buena persona en la vida, que no sea como nosotros, aquí, rodando… Y que no crezca en un lugar de violencia. Los niños son como una esponja, absorben todo…

–¿Y quieren seguir después para Estados Unidos?

Jose me mira y me sonríe, como quién dice quién no –pero se calla.

–Adonde Dios nos lleve, donde quiera llevarnos.

Dice su señora. Le pregunto dónde quieren ir en México y Jose me dice que no sabe, que no tiene idea:

–Sinceramente no sé nada. Vamos… a la nada, a lo que diga Dios, que nos prepare, sufrimiento, no sufrimiento, lo que Él quiera.

–¿Pero ahora van a tratar de cruzar?

Los dos bajan los ojos, como quien dice no hagas preguntas tontas. Yo les pregunto cómo piensan hacer, que el río no está fácil.

–No sabemos.

Dicen: no sabemos. Nos callamos. Jose mira el suelo:

–A veces uno se siente contra la espada y la pared. A veces uno llora porque no sabe cómo va a seguir, uno no sabe…

Dice, y que aquí están, sin saber cómo y dónde seguir, sin un centavo, sin un plan, en la Casa del Migrante de Tecún.

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La Casa del Migrante es un complejo de oficinas y bodegas pintadas de verde, patio de cemento, algunos árboles, un muro alto alrededor, en las afueras de Tecún Umán. La empezó, hace más de 25 años, un cura brasileño, el padre Ademar, de una orden italiana, los scalabrinianos, dedicada a trabajar con los migrantes; entonces levantaron sus primeras instalaciones en un terreno que las autoridades les entregaron y que había sido, antes, el basurero del pueblo: hay personas que no tienen inconsciente. Desde entonces ayudan fugitivos: ya pasaron por allí más de 200.000, en su viaje de ida esperanzado, en su viaje de vuelta rechazados. Aquí los reciben –máximo tres días–, les dan una cama, una ducha, un médico, un abogado, un psicólogo, una toalla, un consejo o un cepillo de dientes, según qué necesiten. No les dan, dicen, en cambio, servicios religiosos: aquí la forma de hablar de Dios es trabajar, ayudar a los otros, solía decir el cura fundador.

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En la Casa –en todo espacio de migrantes– hay historias de pobreza, de más pobreza, de parientes lejanos, de violencia familiar, de violencia pandillera, de violencia estatal; lo que las une es que, en estos días, en estos países, la migración aparece como la primera o segunda respuesta a los problemas: una opción tentadora para sobreponerse a la desgracia.

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O, peor: la única opción que se les ocurre para sobreponerse a la desgracia.

–Yo intenté, como todos, pero ya me he cansado.

Me dice, en el embarcadero, Julio, hondureño. Julio llegó hasta acá hace más de un año, cruzó a México, lo detuvieron, lo devolvieron de este lado. Sucede a menudo: nadie sabe exactamente cuántos llegan al destino; dicen que quizá sea la mitad; que la otra mitad se vuelve, rechazada. Por no hablar de los muertos, las violadas, los que se pierden para siempre. La migración es un camino hecho de dudas.

–Hay algunos que intentan varias veces, tres, cuatro veces, hasta que pasan o los matan o se cansan. Yo ya no quiero darle tantas vueltas.

Julio tiene 26 años, un bigote apenitas, el uniforme del embarcadero: el pantalón de fútbol, la camiseta sucia, la cachucha, las chanclas. Julio descarga cajas en la orilla, gana entre cincuenta y cien quetzales cada día, sobrevive. Cincuenta quetzales son seis dólares.

–Aquí no vivo mal, estoy tranquilo. Y veo a los que pasan, muertos de miedo, y más me quiero quedar de este lado.

Julio creció en San Pedro Sula. San Pedro supo ser la ciudad más violenta del mundo, pero él me dice que no vino por eso, que hay muchos que te dicen que es por eso y puede ser, pero que él no, él vino porque tenía su ambición.

–Yo salí para vivir mejor, pero no entendía qué era eso. Yo ahora aquí estoy bien, tengo un trabajo, voy pasando.

Me dice, y que la ambición es un pecado grave, pura vanidad: que si Dios te da lo que te da por algo será, que Él es el que sabe.

–¿Y hace mucho que estás acá?

–Sí, como tres meses.

Dice –no hay nada más variable que los tiempos– y después me dice que si estoy pensando en cruzar a México que vaya y hable con el Peto, ese muchacho de camiseta roja. El Peto también tiene veintitantos, su camiseta de los Bulls, la cara ancha, una sonrisa –pero me habla mirando de reojo a los costados, la voz baja:

–Mejor no vaya con el Huicho, que lo lleva para allá y después quién sabe.

El Peto tiene cara creíble, y hay advertencias que es mejor no ignorar.

–¿Entonces no voy a poder pasar?

–Sí, yo lo paso, pero por aquí mismo, sin problema.

–Pero si ahí enfrente está la migra.

–No se preocupe por la migra.

–¿Cómo que no me preocupe?

–Esos ya son cuates. Ya entendieron que nos tienen que dejar chambear. Si nos paran a todos los clientes, nosotros qué hacemos. Y ellos, también, qué hacen.

El Peto me explica que ya conoce a varios y arreglaron, que hoy hay uno de esos, que por 200 pesos vamos.

–Ni tenga pena, usted. Yo me adelanto, le doy sus pesitos y le digo a ese no, lo señalo, y usted pasa tranquilo.

Doscientos pesos mexicanos son diez dólares, poco más o menos.

La policía migratoria apareció en esta frontera a mediados de 2019, cuando el presidente Trump amenazó al presidente López Obrador con arancelar sus exportaciones si no lo hacía. El mexicano entendió todo. “Desde luego tenemos relaciones de hermandad con los pueblos de América Latina y El Caribe. Pero al mismo tiempo tenemos una relación económica, de cooperación y respeto mutuo con Estados Unidos y Canadá, y vamos a mantener esa relación por razones geopolíticas, económicas y también de amistad”, dijo poco después en una de sus conferencias mañaneras, para que todo quedara más claro: hermandad con esos pueblos, sí, pero con esos otros países –que no pueblos– la relación es económica.

El mexicano, entonces, dedicó unos 6.500 policías y militares a detener migrantes en la frontera Sur; en la frontera norte son dos o tres veces más –y el americano le agradeció varias veces su eficacia, y ahora acaba de invitarlo al jardín de su casa. Que la llamen la migra es casi un chiste cruel: durante décadas, la migra americana fue la pesadilla del migrante mexicano. Y, de todos modos, no está claro que esta migra sirva: el movimiento de migración no se detiene. Si no tiene más remedio, cambia; como el agua, va buscando las rendijas donde podrá colarse. Ahora muchos no pasan por aquí, me dice el señor Mario, el administrador de la Casa del Migrante, pero siguen pasando:  

–Si no los dejan pasar por aquí mismo, pasan más al norte, donde hay más delincuencia, o más al sur, donde los ríos son más peligrosos. De hecho, aquí, en la Casa, el 2018 atendimos a 8.000 migrantes y el 2019 van a ser más de 12.000. Esto no se detiene.

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El problema es que entonces los migrantes tienen que buscar los pasos más apartados, más difíciles: los que usan los narcos para mover mercadería. Y los narcos no quieren intrusos que llamen la atención, así que los rechazan –o los matan.

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Todavía en la Casa del Migrante, Jose, el salvadoreño, me cuenta que lo que le gusta más en la vida es ir en moto, que es su afición y su felicidad, que ojalá pueda. Y Mari, su esposa, me dice que ella llegó a noveno grado. Jose solo llegó hasta cuarto pero, dice, puede leer, escribir, sumar y multiplicar gracias a sus hermanos mayores que lo ayudaron en su casa –porque su padre murió cuando él tenía 10 años y él tuvo que salir a vender cositas por la calle.

–Ahí tuve que empezar a ganarme mi vida…

Entonces le pregunto a Mari por su familia, y titubea. Por un momento se queda callada; después me dice que con su familia tiene muchos problemas, que su hermana anda con un pandillero y que ya no los veía, que a su familia no le gusta que esté con Jose –y sigue vacilando, palabras sueltas como si quemaran. Algo pasa pero no entiendo qué; entonces él se cruza, en voz muy baja:

–La vida de ella ha sido crítica. Ella ha sufrido mucho…

Les pregunto por qué; él la mira y le dice que me lo cuenten, ella duda. Dice que no, que sí, que bueno, que mejor no, que bueno, y se siguen mirando: los silencios espesos. Al final se decide:

–Los pandilleros abusaron de mí.

Dice, llorando, y me cuenta que esa tarde, a sus 18, había salido de estudiar y ellos la agarraron y se la llevaron a un lugar y la tuvieron encerrada quince días. Habla a golpes, él le agarra la mano, yo no sé qué decirle. Mari, más lágrimas, dice que eran del barrio, que eran cinco, que ella era virgen todavía, que la tuvieron todo ese tiempo en un lugar que llamaban su casa de distroyer, que la dopaban con pastillas para que no pudiera defenderse y se tomaban drogas y más drogas y le hacían todo lo que querían, quince días, señor, quince días.

–En verdad, por eso nos fuimos. Lo que pasa es que no podemos ir diciéndolo. A veces las personas piensan que nos vamos porque queremos buscar otra buena vida; a veces uno no quiere dejar su país, pero a la fuerza lo tiene que dejar.

Dice él, y ella, entre sollozos, que no podía quedarse ahí:

–Yo no podía quedarme ahí, mi familia, la vergüenza, ellos que me iban a estar siempre encima… Cuando nació mi hijo anduvieron diciendo que el niño era de ellos, que querían llevárselo. Ahí fue que le dije vamos, que no nos quiten lo mejor, la vida del chiquito… Y encima mi mamá…

K. llora más y dice que su mamá dice que ella se entregó a ellos, que es una cualquiera.

–Por eso con mi familia, ahora…

Dice, y que en cambio cuando conoció a Jose, él entendió todo, la aceptó como era.

–Hay momentos en que ella dormida se mueve, sueña con eso, se despierta, son los momentos donde uno tiene que estar ahí…

Dice él, con toda la dulzura. Y que algún día van a mirar atrás y decirse que valió la pena sufrir todo esto, dice, y parece casi convencido.

Jose, Mari y el bebé –con otros nombres– siguieron su camino. Sé que al día siguiente cruzaron el río y entraron en México –pero no puedo decir cómo. No sé, en cambio, qué les pasó después. Quizá, ojalá, quién sabe, un día.