.Martín Caparrós

¡Qué jugador que fue Leo Messi!

Estoy mirando un compendio de sus grandes momentos. Aquel gol al Getafe, el de Brasil con Argentina, docenas al Madrid, el del Athletic de Bilbao saliendo del encierro, el que sentó a Boateng y tantos, tantos, tantos: una serie infinita de goles que se parecían en que eran imposibles y él los hacía como si fuera lo más normal del mundo, como quien dice que yo, usted, mi tía Porota también los habríamos hecho así de fácil. Lo miro, no lo creo, me río, murmuro cada vez qué hijo de puta cómo puede hacer eso. Leo Messi se pasó quince años haciendo posible lo imposible. Esta noche también.

El Barcelona acaba de comerse ocho goles, como nunca, como nadie, como nada. Messi no tiene, faltaba más, la culpa; es toda nuestra, de los idiotas que creímos que había cosas que podían durar para siempre. Él, además, lo sabía: se pasó todo el año diciendo que su equipo ya no era lo que fue, que no estaba en condiciones de ganar la Champions. Messi sabía: algo se había acabado y nadie lo aceptaba. Messi sabía, y no sabía qué hacer. Pero Messi siempre supo qué era el tiempo.

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Messi sabía, supongo, que el Barça ya había dejado de ser el Barça. Se notó demasiado, últimamente. Se notó demasiado, esta noche, cuando su técnico dio la alineación: un 4-4-2 que se cisca en todos sus principios, los suyos y los del Barcelona.

Hubo años –muchos años– en que el Barcelona jugaba su fútbol y todos los demás desesperaban tratando de pararlo. Es la marca de los grandes equipos: juegan –casi– igual frente a cualquiera, dicen aquí estoy yo, a ver cómo me aguantan. El Barcelona ya no es capaz de hacerlo. Este Barcelona salió con un equipo de picapiedras –cuatro volantes, uno solo de ataque– que ni siquiera picó piedras. Un equipo de contención que no contuvo a nadie. Un equipo puro homenaje a su contrario. Podrían haber decidido jugársela hasta el fin y caer, si caían, con honor. Pero no: intentaron zafar, prolongar un ratito la agonía. Queda tan lindo cuando alguien no se rinde.

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El partido fue un chiste: desde el principio, el chiste malo de un borracho. De esos pesados que los cuentan mal, que se babean. Las tres primeras pelotas del Barcelona las tocó Busquets: regaló las tres con pases malos, el tercero a Messi. Es fácil encontrar presagios donde solo queda alguna sombra. A la cuarta pelota que perdió, en el minuto dos y medio, el Bayern la subió, armó una pared distinguida por el centro del área –ese lugar donde los equipos serios no dejan espacios– y Müller la puso en un rincón. No habían pasado tres minutos y ya estaba ganando. Pero después no habían pasado otros tres cuando Alaba, gran Messi involuntario, la clavó de emboquillada en un ángulo –de su propio arco. Hubo unos minutos en que el Bayern se quedó boleado, pero el Barça no supo aprovecharlo: de ahí en más, todo fue su caída. Goles y goles y más goles: un equipo paseándose frente a otro que no sabía dónde estaba. El Barcelona se dejaba jugar, miraba melancólico.

He visto pocos partidos tan claros: el Bayern presionaba muy duro en los tres cuartos, recuperaba pelotas peligrosas, en tres o cuatro toques se metían en el arco. A cambio se quedaban muy abiertos atrás, pero el Barça no sabía aprovecharlo. El área del Barcelona era un flan sin crema, donde todos pasaban; la del Bayern también pero no la atacaban suficiente: solo Messi y Suárez. Golpe por golpe, pero los alemanes sí pegaban: en menos de media hora ganaban 4 a 1.

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Entregados: los barcelonos no la peleaban, no corrían, no ponían la pierna; ni siquiera se desesperaban. El partido seguía como era: con un equipo que no sabía qué hacía, para qué estaba ahí, y el otro que la tenía tan clara. En el segundo tiempo llegaron los momentos de la burla. Ninguna, seguramente, como la entrada del 10 del Bayern, uno que suele ser suplente, y lo pusieron y metió dos goles.

El 10 del Bayern se llama Coutinho y es el mejor símbolo: el jugador más caro de la historia del Barcelona lleva dos años exiliado porque nunca supieron cómo usarlo, y ahora está prestado, gratis, en el Bayern. Junto a él uno de los volantes más elegantes que he visto, Thiago Alcantara, también se había tenido que ir de Barcelona porque no le encontraron un lugar acorde.

Pocos equipos han desperdiciado, en los últimos años, tantos jugadores, tanta plata. Su otra compra reciente carísima, Griezmann, jugó medio partido y tocó seis pelotas y no dio un pase que sirviera; la tercera, Dembelé, no jugó porque lleva casi un año lesionado. Mientras, los jóvenes que podrían haber hecho alguna diferencia estaban en el banco porque su entrenador no tuvo la valentía de ponerlos. Al borracho cada vez se le entendía peor; contaba el mismo chiste, se le caía la baba.

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“A veces, muy de tanto en tanto, pasan cosas que nunca habían pasado”, escribí hace seis años, cuando un equipo alemán le hizo siete a Brasil. Ahora también: cosas que nunca habían pasado. El Barcelona comiéndose ocho goles. ¿Qué pasa cuando lo que sucede no parece real? ¿Qué, cuando todo se diría un error? Son los momentos que después no se olvidan. Vivimos en la normalidad –la nueva, la vieja, la cualquiera–; de vez en cuando algo la rompe en mil pedazos. Así esta noche, en la modesta escala que es el fútbol.

El Barcelona fue el mejor equipo que ví en mi vida. Su decadencia empezó, está claro, cuando Xavi tuvo que irse y a alguien se le ocurrió que en su lugar podía jugar un tal Rakitic. Su decadencia se ahondó cuando su mejor esperanza de recuperación, Neymar, se escapó y el club no supo o no quiso retenerlo. Esta noche será, para siempre, la fecha final de aquella lápida.

Quizá sea mejor que haya sido así: que un equipo que lleva años desarmado ya no pueda simular que no lo está. Hoy el Barcelona demostró tajante que no es nada. No tiene autoridades, no tiene técnico, no tiene convicciones, no tiene casi jugadores: no tiene más remedio que empezar de nuevo. Pero muy pocos de los que jugaron esta noche sirven para hacerlo. El proceso, si acaso, será largo, y debe armarse en un momento en que el fútbol de los más ricos está pobre: por el Covid, ya no tienen los millones que tenían, así que la solución no podrá ser comprarse tres o cuatro estrellas. Por suerte, en los últimos años quedó tan claro que ese sistema no funciona. Y, esta noche, que es necesario intentar otro.

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Yo, mientras, sigo mirando ese compendio, los goles imposibles, aquel muchacho que ni siquiera nos sorprendía porque sabíamos que era capaz de todo. Esta noche, como tantas de estas últimas noches, penó, perdió, quiso jugar como jugaba, se creyó que seguía siendo Messi, falló más que acertó. En el minuto 20 supo mostrarnos quién es él ahora: se fue entre dos o tres, en una de sus jugadas clásicas –en la única de sus jugadas clásicas que le saldría en toda la noche– y al final, a la entrada del área, un poquito ladeado, en esa posición desde la que se cansó de meter goles, la pateó mansa al cuerpo del arquero.

Qué gran jugador que fue Leo Messi..

Qué tontos fuimos cuando creímos –sin pensarlo, casi sin darnos cuenta– que el tiempo no pasaba. Hoy, sin ir más lejos, imaginamos que al Barcelona le había ganado el Bayern.