.

Martín Caparrós

Seguro que a ustedes también les pasa. Quizá de otra manera: hay muchas. Pero no es raro esto de que te encuentres un buen título y no sepas qué hacer con él. También sucede en la vida real. Digamos: cuando ves que él o ella tiene una sonrisa encantadora y un culo a juego y empezás a escuchar lo que dice con la esperanza de que esté a la altura. O cuando se te ocurre una gran salsa pero no terminás de saber a qué ponérsela. Aunque yo hablaba, más literal, del título de un texto: cuando me cruzo con uno que me gusta y empiezo a preguntarme cómo hago para escribir algo que lo justifique. Es lo que acaba de pasarme. Porque Elogio del coñazo, convendrán, suena estupendo.

Me pasa mucho, así que primero me río: de mí, me río. Sin eso, nada puede funcionar. Pero funciona un minuto o dos; después hay que hacer algo. Entonces empiezo a desplegar opciones. A anotar, en un papel falso como este, las posibilidades: tratar de llenar ese título con algo que lo justifique.

Mi primer recurso siempre es tomar distancia. Tratar de oír y ver aquello que ni oigo ni veo por el exceso de costumbre, mirar de nuevo, escuchar de otra forma. Entonces, a primera vista, se me ocurre que podría empezar con algo sobre el valor del sufijo azo: esto de que el castellano tenga unas letras que transforman una palabra en un golpe que se da con esa palabra –con lo que esa palabra designa– como en portazo, latigazo, martillazo, y que ese sufijo haya derivado en América en explosión social, como en Bogotazo, Caracazo, Cordobazo.

(Y entonces la opción de pensar en esos estallidos y cómo se originan y qué los relaciona y qué los diferencia y cómo, en estos tiempos de privaciones por pandemia, de cabreo por pandemia, de hambre por pandemia –la repetición es un vicio de la casa–, muchos gobiernos y muchos periodistas e incluso muchas personas de verdad suponen que en cualquier momento podría producirse algo así, y si acaso tratar de evaluar qué países o ciudades tendrían más posibilidades aunque ahí la cosa ya se pone peliaguda porque supondría dejar por escrito una ¿predicción? ¿previsión? ¿pronóstico? –cada palabra importa– que podría, tan fácil, ser usada en mi contra.)

Así que quizá ya es el momento de dejarme de rodeos y coger al toro por los cuernos y sacudirme el polvo tan rural y pasar al núcleo del asunto. Aunque, por si acaso, para no entregarme tan de golpe, podría retomar con un breve desvío culterano: relatar la vieja extrañeza –¿adolescente, impúber?– de cuando descubrí, vía mi padre castizo, la palabra coño y descubrí, muy poco después, primer año de colegio, latín con don Avilio Bassets, que coño venía de cunnus, cunni, conejo, y el recuerdo de ese muchacho sin información de primera mano –o solo de primera mano– que se preguntaba cómo se relacionaba la famosa concha de las chicas con un conejo. (Y entonces, seguramente, decir algo sobre aquellos tiempos cuando, sin internet, sin pornografía para todos, un muchacho no veía una concha hasta que tenía relación personal con alguna, y a veces ni siquiera. Lo cual podría dar paso a esa que nunca consigo colocar sobre uno de los cambios culturales más importantes y silenciosos de estos tiempos: el hecho de que, por primera vez en nuestra historia occidental y cristiana, cualquiera puede ver un fornicio de otros, cualquier chique ha visto uno antes de entrar en uno; cosa que, hasta hace nada, era impensable.) Y finalmente, para rematar en clave leve este pedazo, la decepción de haber aprendido, ya mucho más tarde, que el coño no se llama así por el conejo –y su carita y su boquita de conejo– sino por la madriguera del conejo, la cueva donde entra el animal cuando se siente amenazado.

Pero nada de esto termina de introducir el asunto central: que se haya formado, con el sufijo azo, de golpe o estallido social, y una palabra que designa un ¿objeto? –cuidado con la palabra objeto– que difícilmente podría asestar un golpe, una palabra nueva que, en lugar de seguir la línea léxica previsible y significar algo así como el golpe tremendo que la obsesión por una mujer y su sexo –ver “encoñado, encoñamiento”– pueden producir, significa, extrañamente, aburrimiento.

(Aquí hay, como suele, un problema: me gustaría abundar en la imposibilidad de pegar golpes realmente violentos con el coño, y cómo se convierte en agente de pegar a algo que no está hecho para eso, lo cual, sin duda, supone una masculinización, con perdón, de ese algo: apropiación masculina de lo más femenino. El problema es que si lo pongo en medio del párrafo anterior corto su desarrollo pero, una vez cerrado ese párrafo, ya no hay manera de volver a introducirlo. Es una dificultad común y te pone, como ahora, frente a dos opciones igualmente tristes: meterte la idea donde puedas o meterla con calzador y hacer evidente tu incapacidad para hacerlo de una forma fluida. Y, al mismo tiempo, otro problema: globalización mediante, debo suponer lectores de distintos castellanos, así que habrá algunos que no sepan que coñazo significa aburrimiento. Se hace necesario, entonces, explicar sin explicar, sin que parezca que lo estás explicando: un arte menor pero difícil. O quizá no haga falta, o quizá sea mejor no hacerlo, quién sabe. En cualquier caso es un lío escribir para dialectos varios, no saber qué lee cada quien. Y, al mismo tiempo, es un desafío y un chiste continuado: escribir ignorando, más aún que de costumbre, cómo se leerá lo que uno escribe.)

Mientras tanto –la utilidad de mientras tanto es infinita–, ya establecida la sorpresa léxica, hay que pasar al centro neurálgico del tema: ¿a quién coño se le ocurre usar una palabra que designa lo que tantos y tantas deseamos y tantas y tantos justiprecian para expresar una sensación indeseable de hastío, de aburrimiento extremo? Lo primero sería, entonces, bucear en el machismo de la expresión: qué desdén o miedo de lo femenino los llevó –¿nos llevó? ¿corresponde hacerse cargo cada vez de todos los desastres del machismo?– a usar eso que tanto apetecemos para describir lo menos apetecible –y el placer de usar dos veces seguidas la palabra pete.

(Otro problema, ligado al anterior: ¿subrayo que la palabra coñazo se usa sobre todo en España y soporta, por lo tanto, las peculiaridades del machismo español? Aquí, como siempre, se plantea la ambigüedad de mi relación con España: vivo aquí, mi padre era de aquí, yo no soy de aquí. Muchas veces me siento muy cerca y muchas muy distante. Y muchas me siento con un derecho de criticar lo español que los españoles no me otorgan. Podría desarrollarlo –el síndrome del eterno invitado en su propio lugar, el hijo de migrantes que regresa– pero supongo que me desviaría demasiado. Habría que ver: a veces la mejor forma es escribirlo y probar si entorpece. Solo que, una vez escrito, quién se banca tirarlo.)

Ya estamos cerca del remate. Así que hay que insistir y confirmar, sin que suene repetido, claro, que designar el tedio con una palabra basada en sus antípodas es una inversión sorprendente, sospechosa. Y es entonces cuando hay que encontrar alguna explicación retorcida, más o menos inesperada, que pueda dar al texto el toque de supuesta originalidad que, supuestamente, lo remata y respalda. Se trata, en síntesis, de encontrar un final que justifique tanta disgresión –o digresión, como dice mi corrector de word, que no sabe argentino.

(Suele ser lo más difícil. El problema del final es siempre el mismo: que debe ser rotundo y convincente pero, al mismo tiempo, concentrado; no debe dispersarse ni debe, tampoco, sonar a chimpún de cotillón. No es fácil de conseguir y, en general, no lo consigo.)

 Para este, lo primero que se me ocurre es lanzarme a una reivindicación del tedio –que lo haga, de algún modo, tan apetecible como un coño. No es imposible: se podría postular que el tedio es la condición indispensable de cualquier creación. Que entretenerse es olvidarse de uno mismo y que aburrirse es no encontrar maneras de olvidarse, y que solo cuando uno se aburre no se olvida y no tiene más remedio que buscarse y que es entonces, al buscarse, cuando encuentra e inventa. Que es esa relación secreta, que las palabras establecen más allá de los hombres, la que explica que se hable de coñazo para decir aburrimiento: que el coñazo es, como todos sabemos, la condición necesaria pero no suficiente para cualquier creación. Entonces sí podría decir que este es, con toda justicia, un Elogio del coñazo: que establecimos su importancia, su necesidad, y el título queda justificado. Y a mamarla.

(Ahí va. Un par de correcciones, un poco de afinado, y ya se puede publicar. Y que, entonces, más de un lector termine por calificarla como le corresponde: ¡que coñazo!)