Hace unos días debatí aquí mismo con un artículo de Jorge Carrión –En defensa del papel, el aula y la memoria– y le ofrecí este espacio para su respuesta. Por eso hoy, un pequeño acontecimiento: por primera vez, chachara.org abandona su régimen de partido único y acoge «en sus páginas» un texto de otro.

Puro placer.

Jorge Carrión

Recuerdo que compré Larga distancia, en la edición décimo aniversario de Seix Barral Argentina, en la librería El Ateneo de la calle Florida a principios de julio de 2003. Y que leí el libro, fascinado, en un café de San Telmo y en el conventillo de La Boca donde pasé largas temporadas durante aquellos años. Recuerdo que me regalaste La Historia poco después, tal vez en diciembre, en tu apartamento de Palermo, el día en que nos conocimos. Recuerdo que lo leí diez años más tarde, durante unas vacaciones de verano en Canet de Mar. Tengo ambos volúmenes muy anotados y subrayados. Los libros son para mí, supongo, tanto el texto o las imágenes impresas como mi propio rastro de lector: híbridos de libro y cuaderno de notas. Recuerdo también que imprimí la versión que me enviaste por email de El Hambre, que la trabajé con un bolígrafo negro, que la comentamos en la terraza del café del Ateneu de Barcelona y que, unos meses más tarde, me regalaste la edición argentina de Planeta mientras nos tomábamos una cerveza en la barra de un bar de Via Laietana.

Podría seguir con ejemplos de otros libros tuyos, Martín Caparrós, pero creo que la idea ya ha quedado clara. Las características físicas de los libros y sus marcos de lectura los vuelven particularmente memorables. Ese vínculo analógico entre materia, contexto y memoria es, al menos todavía, más fuerte que el hipervínculo que también se establece entre la pantalla y el recuerdo. O al menos lo es para una enorme cantidad de lectores y espectadores, entre los que me encuentro. Ésa era la idea central de mi último artículo del New York Times. No es una idea particularmente inesperada ni brillante, pero sí creo que es una idea pertinente, en estos tiempos de crecimiento exponencial de Zoom y Amazon, y de universidades, bibliotecas y librerías bajo cuarentena. Mi reivindicación del libro de papel no se da, como tú indicas en tu respuesta de Cháchara, en clave de “falacia de la verdad a medias”; sino en el interior de una argumentación que reivindica las formas de lectura y de experiencia intelectual que no implican a la pantalla, como el libro en papel, el cine o el aula. Ese texto, al mismo tiempo, forma parte de un conjunto, de un todo que quizá sólo yo tengo en mente. Una serie de artículos, ensayos, conferencias y libros en los que, durante los últimos diez o doce años, he intentado construir un espacio de reflexión, ni apocalíptico ni integrado, sobre la convivencia en nuestra época de la cultura libresca y la digital.

Me gusta mucho tu idea del libro como concepto y no como objeto. El enésimo triunfo de Duchamp y Borges. Es lo que ha ocurrido, sin duda, con las películas, las series, la música o las piezas periodísticas: se han liberado de los soportes, los formatos, los objetos. Circulan, dormidas, y se activan en el dispositivo que uno elija. En parte ha ocurrido también con los textos extensos. Se puede interpretar en esa clave de liberación o emancipación el hecho de que las mejores novelas o los mejores videojuegos estén inspirados, directa o indirectamente, en sus estructuras y en sus curvas emocionales, en las mejores novelas. Vivimos, en efecto, en la cultura del librE, por usar tu término, que es exactamente la contraria de la Cultura del Libro. Porque ya no hay —por suerte— un texto central, que aspire a ser único. Sino una multiplicidad infinita de textos de todo tipo, también sonoros, audiovisuales o escritos en código. Muchos de ellos ya no pueden ser leídos en el artefacto libro —de papel o electrónico— y han dado lugar a su evolución cultural y tecnológica: la aplicación. La revolución de las apps está siendo histórica y sí está cambiando nuestros modos de leer. Sin embargo, para entender esa metamorfosis no acudiremos a una app para que nos la explique en toda su complejidad, sino a un libro.

Como ves, estamos de acuerdo en muchas cuestiones de fondo, pese a que tú tengas un e-reader y yo no. Pero hay dos, cruciales, en que no lo estamos. Sostienes, por un lado, que esa mutación significa la independencia de los textos respecto a la materia. Yo no lo veo así. Al contrario, los veo más dependientes que nunca, tanto de la materia como de la energía. Dependientes de las corporaciones tecnológicas, de sus servidores, de sus dispositivos. En tu texto usas, de hecho, la marca del libro electrónico de Amazon como sinónimo de e-book. Yo tengo que cargar y almacenar mis libros en papel, pero son míos y nadie sabe lo que leo en ellos o escribo en sus márgenes. Tu visión del libro, por el otro lado, me parece excesivamente textualista. No hay duda de que los libros que contenían sólo texto, sobre todo si eran de consulta, como los diccionarios, manuales y enciclopedias, tienen mucho más sentido en versiones en línea y estaban condenados a la desaparición; y que la literatura, sobre todo de evasión, se adapta perfectamente a los formatos electrónicos. Podemos discrepar, porque depende del modo en que cada cual lee y aprende, sobre si la pantalla es adecuada para la lectura de ensayos o novelas de cierta ambición estética e intelectual. Pero lo que me parece innegable es que no existe un objeto superior al libro tradicional para la lectura de discursos que incluyen palabra e imagen. No se puede leer cabalmente sin papel una novela gráfica, un catálogo de arte, un álbum ilustrado o un fotolibro.

Afirmas, querido Martín, que el libro objeto está dejando de existir. Yo, en cambio, lo veo más vivo que nunca, con mucho futuro por delante. No sólo por su papel reciclado y ecológico; no sólo por su capacidad de estimular diversos sentidos y de generar un tipo de belleza particular, que no puede existir pixelada; no sólo por su independencia respecto a los intereses de la megacorporaciones tecnológicas; no sólo por cómo acoge el diálogo entre textos y dibujos y fotografías; no sólo por el modo en que activa la memoria y la transmisión de conocimiento, sino porque no fue una máquina increíble, como dices en tu texto, sino que sigue siéndolo. Me interesan muchísimo las aplicaciones, las redes sociales, las plataformas, los buscadores, Internet. Sé que su lógica es voraz y monopolista. Pero espero que durante varias décadas, al menos, las experiencias analógicas y rituales coexistan con las digitales e inmersivas, que con el tiempo también crearán sus propios ritos, cada vez más legitimados por su propia tradición. Si me permites, para concluir, voy a apropiarme de tu metáfora arquitectónica: incluso los rascacielos, con sus ascensores ultrarrápidos, cuentan también con escaleras. Para usarlas en caso de incendio o de pandemia o de claustrofobia. O por placer. O por seguridad. Para que existan —pues son siempre necesarias— las alternativas.