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Martín Caparrós

Ustedes perdonen que llegue otra vez tarde, pero es que no sabía. Sabía, sí, que somos un rebaño, y todo todo el tiempo lo confirma. No sabía que el 12 de Octubre era, en España, el “Día de la Fiesta Nacional”. Suponía, tonto de mí, que celebraban algo.

Somos un rebaño. O varios, es decir. Cada país tiene –se cree que debe tener– un día de Fiesta Nacional, patriótica, embanderada e himnótica. Francia celebra el 14 de Julio su Revolución antimonárquica de 1789; Italia el 2 de Junio y China el 1 de Octubre conmemoran el principio de sus Repúblicas en 1946 y 1949. Estados Unidos el 4 de Julio y Argentina el 9 de Julio festejan sus declaraciones de Independencia de 1776 y 1816 –y tantos otros también. Portugal recuerda el 10 de Junio la muerte de Camoens en 1580 para exaltar la lengua portuguesa; dos o tres países raros –Tailandia, Holanda– cambian sus fechas cada tanto porque lo que festejan es el cumpleaños de su rey. Pero todos dicen qué cuernos celebran, lo proclaman. En España, en cambio, la Fiesta Nacional no se llama día de la Independencia ni del Idioma ni de la República, ni siquiera del Amado Rey; se llama, por todo nombre, sin nombre, «Fiesta Nacional» –como los toros–, porque lo que ese día conmemora les da un poco de vergüenza, y todavía no consiguieron encontrar algo que no.

Entonces el Día de la Fiesta Nacional no es metáfora de nada –más que de esa vergüenza– ni construye un relato: solo pone en escena esa dificultad, la de un país sin un relato que lo constituya.

Hay ficciones que ordenan el mundo. La ficción-Dios lo ordenó durante milenios: no había nada más importante que la creencia en un ser celeste bondadoso despiadado y tantas otras cosas que organizaba y explicaba y justificaba todo lo que sucedía. Y decirlo en pasado es un alarde: todavía, la moneda del país más poderoso exhibe su lema: “In God we trust” –que proclama que hacen más que creer: confían, incluso.

Y después hubo y hay, por supuesto, otras ficciones, pero ninguna ha tenido tanto éxito en los dos últimos siglos como la ficción-País. En este lapso se terminaron de organizar unos doscientos. La mayoría no existía antes; todos se presentan como si fueran verdades inmutables.

Nada parece tan real, tan material, tan perentorio como un país: nada es más nuevo, más recién hechito. Los argentinos o mexicanos o uruguayos hace doscientos años eran españoles; los brasileños empezaron a serlo hace ciento y poco, cuando eran portugueses. Los italianos, tan orondos y tan italianos, hace poco más de ciento cincuenta eran romanos, venecianos, napolitanos, sicilianos, y ni se les ocurría llamarse de otro modo; en esos días Alemania, temible y poderosa, no existía, y hace solo cien años tampoco figuraban en los mapas Chequia ni Lituania ni Letonia ni Vietnam ni Mozambique ni Kuwait ni Nigeria ni Rusia ni Irán ni Mongolia ni Croacia ni Bangla Desh ni Ucrania ni Pakistán ni Gambia ni tantos, tantos otros.

Y, sin embargo, la potencia de esa ficción consigue convencernos de que no hay nada más eterno, más sólido, más inmutable que un país –cada país. Y convencernos, entonces, de que todo lo que se encuentra dentro de esos límites, encerrado por unas líneas imaginadas que llamamos fronteras, es una unidad.

La ficción-País postula que ese señor que vive en San Sebastián y habla euskera tiene que gritar los mismos goles y soportar los mismos jefes que esa señora que vive en Cádiz, a mil kilómetros de allí, y habla andaluz, y no los mismos que esa otra que vive en Biarritz, a 50 kilómetros –y come las mismas cosas, sufre el mismo clima, habla parecido, se llama semejante. La ficción-País es un milagro frágil: los países son construcciones complicadas, débiles que necesitan, para sobrevivir, todo un sistema de símbolos y mitos.

La lengua nacional es uno de ellos pero –queda dicho– no siempre está presente, no siempre hay una sola. La plata nacional es otro pero –aquí en Europa– se unificó para simbolizar un “mercado común” y en América Latina está un poco opacada por la plata verdadera, el dólar. Así que quedan los símbolos patrios, esos hits de estos últimos siglos. Y eso es, aquí en España, lo que falta. En un estado tan diverso, con tantas lenguas y tantos lenguaraces, no siempre resulta fácil encontrar los puntos de unión; aquí fallan todos.

España tiene un problema con los símbolos –que simboliza otros problemas. Los símbolos son cuentitos que existen para afirmar sin dudas la ficción-País y reunir tras ella a sus víctimas y/o ciudadanos y/o protagonistas. Para eso se usan, más que nada, unas telas de colores que llamamos banderas. Decir que una bandera es una prenda de unidad es fake news de la buena. Las banderas siempre existieron para diferenciar los míos de los tuyos, los nuestros de los otros: unen en la medida en que arman un nosotros por exclusión de los demás. La exclusión funciona en mayor o menor escala –nación, región, equipo– pero funciona. En un mundo ideal, por supuesto, no habría banderas –pero en este funcionan. Salvo en España la de España, más faltaba. Hay demasiados españoles –catalanes, vascos, izquierda y centroizquierda– que no se sienten representados por ella, la miran con recelo.

Y el himno tampoco da porque no tiene letra, con lo cual es difícil cantarlo al unísono. Y el viejo truco de la historia no pirula: la que solían esgrimir los nacionalistas españoles estaba hecha de cruces y de espadas. La gran epopeya era la invasión  más o menos brutal de tierras andaluzas y americanas –y ya resulta difícil respaldarse en ella. España, ahora, es un país sin un pasado común que la aglutine, sin héroes que la unan para pensar algún futuro.

La cultura consiste en ir construyendo símbolos cada vez más abstractos: pasar de adorar ese árbol gordo a imaginar un Olimpo y, por fin, un solo dios omnipotente; pasar de seguir a un señor más fuerte que los otros a compartir una noción y sus colores. Ahora, el símbolo más insistente que propone el orden español mide un metro noventa de huesos y carnaza y se llama Felipe. Hay, en el mundo, ideas más abstractas. Esta, además, tiene el problema de que habla, y al hablar desune.

Una historia sin momentos de fundación ni próceres, un himno que se calla, un rey que no, una bandera que se identifica con algunos: los símbolos fallan. Entonces, aquí, la ficción-País no encuentra su sustento. Yo supongo –nadie me preguntó– que España debería empezar por inventarse una bandera nueva: buscar la forma de encontrar una que represente a más, que más sientan como propia, que simbolice la voluntad de construcción común, que no se pueda usar contra otros españoles: para eso, claro, para no ser un trapo hueco, debería estar basada en acuerdos que le dieran sentido. Y entonces, si acaso, para festejarlo, inventarse una Fiesta Nacional con nombre: una que no tuviera vergüenza de decir lo que celebra, una que cumpliera con su función de producir, reproducir, sostener esa ficción que llamamos país.

O, si no, reconocer que este no existe, y empezar de nuevo.

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