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Martín Caparrós

Confirmamos: nos pasamos la vida confirmando. Confirmar, por supuesto, tranquiliza mucho más que cuestionar, así que confirmamos, confirmamos, confirmamos. Para eso, en general, nos interesamos por larrealidad; para eso, en general, usamos la información, lecturas, escuchas, charlas con los amigos, reflexiones varias: para seguir pensando lo que ya pensábamos y, sobre todo, para seguir creyendo lo que creíamos sobre nosotros mismos. Hasta que se complica.

A las personas nos pasa cada tanto; a los países, mucho menos. Muy de vez en cuando, un país descubre que no era el que creía. A veces sucede en un momento, un día: recuerdo aquella tarde de domingo, octubre de 2016, en que millones de colombianos supieron que más compatriotas habían votado contra la paz que en su favor –y andaban groggies, asumiendo que no eran los que siempre habían supuesto. Otras veces es un proceso de semanas, meses, años incluso que de pronto cuaja. Y eso, creo, le está pasando en estos días a España.

Para las generaciones que vivieron la guerra y el franquismo, España era un país pobre, atrasado, violento, escenario de una dictadura: un país donde la cruz convertía casi todo en pecado y vergüenza, un país del que millones emigraban –a América primero, a Europa después– con la ilusión de comer todos los días. Por eso la transformación de los sesentas –económica– y setentas –sociopolítica– fue aún más impresionante.

España se convirtió –para sus habitantes– en un país democrático y moderno, rico y vivible, estable y educado, casi justo: un país uropeo, un país exitoso. Por supuesto que aparecían –cada tanto, cada vez más– hechos o datos que contradecían la imagen feliz: la fragilidad de una economía de bancos, playas, ladrillos y verdura, la cantidad de jóvenes preparadísimos que no encontraban trabajo y “vivirían peor que sus padres”, la incapacidad de los gobernantes para formar gobiernos, el deterioro de los servicios públicos, los delitos de la familia real. Pero la mayoría los leía como problemas parciales, “crisis” de tal o cual sector, de tal o cual mecanismo, que ya se solucionarían y no afectaban la idea general.

Sospecho que ya no. Creo que en estas últimas semanas se difundió una desazón nueva: la conciencia de que no sabemos, no podemos, no lo conseguimos. Tiene que ver, por supuesto, con una situación económica brutal, un rey que se escapa, la inquietud y el hartazgo y el miedo, pero se basa, sobre todo, en la comprobación ya ineludible de que ningún país de la región ha fracasado tanto en mantener a raya a la pandemia: que, ahora mismo, en ninguno se contagian y se mueren tantas personas.

Y si en abril muchos españoles creían que no se podía culpar a nadie por sus fallos frente a algo tan inédito –mientras, de todas formas, los demás fracasaban parecido–, ahora la mayoría se convenció de que sus gobernantes no saben hacerlo, que es su culpa si el virus vuelve incontenible. Y escuchan todo el tiempo que sus gobiernos –el central y la mayoría de los autonómicos– no organizaron las estructuras necesarias, no contrataron el personal necesario, no supieron prever y actuar en consecuencia. Se acumula la evidencia de sus errores y, con ella, la sensación de que el país está conducido por personas incapaces –lo cual resulta, en general, molesto, pero en emergencias como esta se vuelve mortal. Se ahonda, entonces, la sensación de indefensión y engaño: la evidencia de que esto no es lo que les habían dicho, lo que habían creído.

Porque también se enteran de que sus infraestructuras no alcanzan, que sus médicos cobran miserias, que no hay camas suficientes, y se derrumba uno de los mitos básicos: que España tenía –como repitieron convencidos todas estas décadas– la mejor sanidad pública del mundo. Parece menor pero era un orgullo bien asentado y aceptado, una de las bases de la idea que los españoles se hacían de su país. Cuestionarla supone empezar a cuestionar las otras, pensar en serio que esto no es lo que parecía. Y revisar entonces todo lo demás –la pobreza, la discriminación, la fragilidad, la ineptitud– y entender que estaban pasando cosas que no miraban y ahora no pueden dejar de ver: descubrir, de repente, que su país no era lo que imaginaban. Y preguntarse, entonces, qué carajo es, y el desconcierto, la desazón de saber que ya no saben.

Es duro, es raro: nunca se sabe qué sale de estos quiebres. Primero, en general, cabreo y desorientación: no es barato perder las referencias habituales. Después, si acaso, la voluntad de cambiar esas cosas que parecían tan firmes y ya no. Lo que nunca se sabe –cada vez menos se sabe– es hacia dónde.

Vienen –decía la maldición– tiempos interesantes.

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En voz alta: