Buenos días, buenos muertos. Tras un par de semanas de vueltas por Ñamérica –Colombia, México– para presentar por allí mi libro homónimo, vuelvo a España y me encuentro con noticias preocupantes.

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Hay quienes lo presentan como el mero acabóse o terminóse o algo así. Y esgrimen argumentos casi convincentes: yo también me preocupo cuando leo que en España el 15 por ciento de los votantes votarían a Vox. La cifra es redondita, y me indigno y me asusto y de pronto, después, se me ocurre que no se necesita tanto para votar a Vox. Y que ese es el problema.

En principio: si uno se pone a hacer las cuentas, el 15 por ciento de los votantes españoles quiere decir 3,6 millones de personas, el 7,5 por ciento de las personas españolas, una de cada 13: al fin y al cabo no son tantas. Pero alcanzan para crear el susto y, sobre todo, la molestia: ¿por qué todas esas personas votan algo tan repudiable, repugnante? Quizá sea porque no lo es.

Para votar a Vox, en estos días –o al Front National o a Zemmour en Francia, o al esperpento de Milei en la Argentina, o a Bolsonaro o Trump– solo se necesitan un par de definiciones no tan brutas. Se necesita, por ejemplo, creer que el problema del país son los que no son del país. Es un clásico absoluto, miles de años de fieles servicios a sus dueños: la culpa es de los otros. Ahora, actualizado en nuestros términos: son ellos los que se quedan con los empleos, los que confunden nuestro modo de vida, los que arruinan a nuestra juventud. No es tan difícil de creer: estamos programados para eso desde el principio, cuando lo diferente amenazaba de verdad.

Y es una idea que se actúa en dos niveles: el cotidiano, en el rechazo de los diferentes –aquí llamados “inmigrantes”, moros, negros, sudacas– y el sublimado: himnos, banderas, los héroes de la patria. La patria es el miedo al distinto con pompón, convertido en esencia y estandarte: una forma de sentirte arropado por todos los que se te parecen y enfrentado con todos los que no, una manera de saber quién eres por la vía más boluda. No es difícil sentirse de una patria: recuerda, mi querido lector, la última vez que gritaste un gol “de tu país”.

O –si no, también– se necesita creer que lo bueno es hacer las cosas como las hacían nuestros mayores, no cambiarlas. Es otro clásico, y es una opción muy empleada en momentos inciertos. Frente a las crisis –frente a la desazón– hay dos alternativas básicas: creer que hay que inventar algo distinto, creer que hay que volver a lo de antaño. No es difícil idealizar lo que ha pasado –lo hacemos todo el tiempo, legitimados por la biología–; lo difícil, estos días, es encontrar esperanza en un cambio que nadie propone realmente, que nadie sabe cuál sería.

Entonces, si se elige la opción TTP –todo-tiempo-pasado, que requiere menos imaginación y menos audacia, que viene más probada–, la consecuencia lógica es molestarse con ciertos cambios que cambian tradiciones. Sobre todo cuando esas tradiciones eran cómodas: mujeres, por ejemplo. Tan cómodo para los hombres que la mitad del mundo les debiera obediencia, no compitiera, se les subordinara. Tan cómodo para algunas mujeres resignarse a un lugar sin desafíos, imaginarse piezas en un orden. Contra cualquier cambio que los amenaza –a los señores, claro, sobre todo– el argumento de las tradiciones puede tranquilizarlos. No es difícil decirse que si los abuelos vivían así y vivieron bien –y nosotros vivimos menos bien– lo mejor será volver a vivir como ellos. Con orden, sobre todo, que tantos creen que nos hace falta.

Y se necesita, sobre todo, estar incómodo: pensar –sentir– que esta vida no es la que querías, que este mundo no es el que querías, que estamos haciendo tantas cosas mal. Y entonces mirar alrededor y buscar soluciones, esperanzas, y encontrar muy pocas. Porque casi todos los grandes partidos parecen parte del problema: los que formaron este mundo, los que lo sostienen.

Entonces, si alguien tiene unas poquitas ganas de interesarse en la política, busca en otra parte. Los grandes partidos son una forma del desinterés: voy y voto por esos por los que he votado siempre, que nunca me dieron grandes satisfacciones pero me permiten estar más o menos tranquilo –y me olvido. Los grandes partidos no despiertan entusiasmos; adormecen, alivian. Y eso, que es suficiente para muchos, no lo es para algunos, que creen que la política debería darles algo más: una esperanza, una razón para esperar. Solían hacerlo los partidos de la izquierda; ahora que no lo hacen, otros han ocupado ese lugar. Ese, si acaso, es el problema más serio.

Digo, me digo: no es tan raro que una de cada trece –13– personas del país donde vivo se imagine votando a los de Vox. Las llamamos fascistas para no tener que pensar demasiado qué les pasa, qué nos pasa: vivimos en un mundo de etiquetas, que sirven más que nada para eso. Pero no son, en general, monstruos horribles: son personas que piensan por lo menos una –con una alcanza, aunque suelen venir en paquete– de estas cosas. Lo anormal era, casi, que no lo pensaran. Y lo más anormal –lo extraordinario– fue cómo la fuerza cultural de las izquierdas había conseguido desprestigiar esas ideas, tanto que casi ningún grupo podía enarbolarlas. Pero esa fuerza cultural está en declive –confusa, desnorteada– y alguien tiene que ocupar el lugar de la esperanza y, entonces, los que prefieren esas ideas tan probadas, tan sobadas, reaparecen. Es feo pero lógico, y es aún más feo y más lógico que algunos politiquitos oportunistas se aprovechen y recuperen lo peor del repertorio. Pero no es un gran cambio en “las derechas”; es un abandono de tareas de la izquierda. Frente a las desazones del presente, son ellos los que consiguen esperanzar a algunos. Y no es porque ellos sean malvados; es, más bien, porque nosotros estamos siendo tontos.

Vox es muy antiestético, bastante insoportable; más malos –peores, más nocivos– son los partidos muy serios muy civilizados que consiguen que los ricos paguen menos impuestos, que se jodan los pobres. Y es improbable, de todos modos, que Vox alguna vez gobierne. Su efecto político más grave es que tienta a los partidos ya de derecha a correrse más a la derecha para sacarles sus votantes. Y entonces los partidos del supuesto centroizquierda se corren más al centro para ocupar el espacio que dejó libre la derecha y así todo el espectro –sí, lo llaman espectro– se corre a la derecha. Y es cierto que la imagen de un espectro corriéndose sin pausa es de terror. Más aún, claro, si no para de correrse a la derecha. Es feo, es sucio, es malo, es pegajoso. Pero fascista, lo que se dice fascista, es otra cosa.