Martín Caparrós

Olímpicos estamos, olimpiados. Las olimpiadas se imponen en los medios y nos convencen de que vale la pena ver cómo alguien pone cara de fuerza para alzar unos cachos de hierro, cómo alguien pedalea y pedalea, nada y nada. Olimpíadas: sus inventores griegos, más amables, las usaban para suspender cualquier enfrentamiento. Ahora el mundo las usa para dar a esos enfrentamientos glamur y vaselina: sublimarlos, dicen. Las olimpíadas se han vuelto algo tan serio, tan actual, que ya no hacen lo que las definía en sus tiempos modernos: ya no son –como eran– el espacio de los que hacían deporte por deporte, los amateurs o aficionados. Lo hacían –entonces– para decir que el sport estaba por encima del dinero y esas tonterías, pero era injusto que solo ricos con tiempo que perder alcanzaran los tiempos ganadores. Así que todas esas justas tienen, ahora, una sola función: poner a competir profesionales –y sus estados– para definir quién es “mejor” que quién y dar a esos mejores las recompensas habituales: dinero, fama, un himno, seguidores en instagram.

Corren días fervorosos. Las olimpiadas consiguen, antes que nada, resoplos del efecto patria: ese que hace que prefieras que un yudoca del que no sabes nada le gane a otro yudoca del que incluso menos si el primer yudoca –qué bonita la palabra yudoca– nació más cerca tuyo que el segundo. Que el efecto patria se manifieste en deportes colectivos, donde se juntan diez o veinte bajo una bandera nacional, es bastante patético; que opere en un deporte individual desconocido –que te importe si ese yudoca yudoca yudoca gana o pierde– es una prueba de su poder extraordinario.

Para eso –para conseguir los seguidores en instagram, para envolverse en los colores patrios– personas se preparan años. No vamos a discutir aquí la astucia o la crueldad de poner a unos chicos de ocho a patinar sin parar o correr sin parar o lanzar balas sin parar para hacerlos olímpicos: el trabajo infantil es infame cuando paga monedas, orgulloso cuando paga medallas –y monedas. Pero no; vamos a discutir, si acaso, lo contrario.

Una joven norteamericana, Simone Biles, 24, muchas veces campeona mundial, campeona olímpica, recontracampeona, dijo que se quebraba, que ya no soportaba la presión de saltar, abandonó. Abandonó y abundan, desde entonces, los encomios: que esa renuncia la hizo encarnar el destino de tantos que no se atreven a decirlo, que muestra el sufrimiento y lo hace público –y nada importa tanto, en estos tiempos, como los sufrimientos hechos públicos. Que qué bien que lo dijo, que qué bien que ha mostrado los problemas de la salud mental, que qué bien que se atreve y lo hace y lo dice y abandona. Su abandono la ha convertido en heroína, y es curioso.

Simone Biles es atleta, o sea: una competidora. Una chica que se preparó desde los siete años para competir y desde entonces ha competido siempre. La razón de su vida es competir: la ha dedicado a una actividad donde el único criterio es hacerlo “mejor” que los demás, donde se destacó porque ganaba. La chica no hacía arte ni expresión ni política ni ocho horas de oficina: armó su vida para llevar adelante una actividad cuya única justificación es derrotar a todas las demás, mostrarles a todas las demás que ella es mejor que ellas. Ahora no pudo hacerlo y eso la hizo heroína, porque no hacerlo la volvió una víctima. No hay nada, últimamente, como la rebeldía de los integrados.

Miles de personas, miles de textos cuentan desde hace años lo inhumano de ese sistema de competencia extrema, de negocio extremo –pero lo que importa es que lo diga alguien que se ha beneficiado extremadamente de ese sistema y de pronto se sintió su víctima. El trabajo, el estudio, el pensamiento, la conciencia crítica no pueden nada frente a la víctima: en el mundo actual no hay nada más creíble, más querible, más indiscutible que una víctima. Nada concita más amor, más valor, más retuits que la figura de la víctima.

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“Ser víctima legitima en tiempos en que no está claro qué otras certezas lo consiguen. Pero su peso viene de muy lejos: está en la base y el origen de nuestra cultura. Somos el producto de una religión que se presenta como el invento de una víctima: el hijo de su dios se constituyó en víctima de la peor infamia –de una tortura reservada a los esclavos– para salvarnos. ¿Cómo sorprenderse, entonces, de que esa sea la posición en que estamos más cómodos?

El sentimentalismo es al sentimiento

lo que el populismo al pueblo, digamos, por ejemplo,

el realismo a la realidad, a la moral

el moralismo:

un relato barato que intenta

aprovecharse.

El lugar de la víctima, entonces, con todo y sus sufrimientos, se vuelve para muchos una postura de confort: es simple –aunque doloroso– sentirse ofendidos y dañados por el mundo y ser capaces de dolerse y condolerse, unirse y reunirse en ese padecimiento que nos asestan los malos y que, por su acción, nos convierte en los buenos: los que pesamos tanto como para que ellos decidan asestarnos tal dolor, los que somos capaces de sentirnos dolidos con el dolor que ellos asestan, los que sabemos sufrir por nuestra causa. Definirse víctima es una de las formas más inmediatas, más eficaces de armarnos un nosotros.

–¿Quiénes somos nosotros?

–Nosotros somos las víctimas de ellos, por supuesto.

Y no es difícil: hay –siempre hay– de qué quejarse, buenas razones para sentirse víctimas de la maldad del mundo. Y ese calor barato que te da comentar las maldades entre pares que las detestan y condenan, ese alivio de gritarle al mundo lo mal que nos trata, lo mucho que sufrimos, las desgracias que nos hacen acreedores a la solidaridad universal. Pero la postura de la víctima –y la del misionero– ya están medio gastadas; sería bueno ponerse a buscar otras.”

Me da gusto citar sin decir a quién cito. Me gusta apoderarme de ese autor: volverlo víctima. Eso, quizá, le dé querencia. O, por lo menos, una razón para quejarse.