Martín Caparrós

Hace unos días un periodista y filósofo brasileño, Hélio Schwartsman, armó un revuelo extraordinario en su pequeño país cuando escribió que quería la muerte de Bolsonaro –“Por que torço para que Bolsonaro morra”– para que miles de compatriotas salvaran sus vidas. Y ni siquiera proponía matarlo: solo que se muriera de su gripezinha. La negligencia altanera del tal presidente hizo que Brasil ya tenga casi 130.000 muertos por Covid –620 por millón de habitantes, el triple que la Argentina.

La proclama de Schwarstmann no es siquiera violencia política, pero comparte con ella una premisa: que algunas muertes pueden beneficiar a una comunidad. Supo ser, en tiempos, una idea posible; ahora es anatema: algo que ni siquiera se discute.

Siempre me fascinó la historia de Georg Elser. Había nacido en 1903 en el sudeste de Alemania; su padre era agricultor y esperaba que Georg también lo fuera, pero él no. Así que se fue de casa, aprendió tornería, carpintería, relojería: podía hacer muchas cosas con las manos, pero los años ’20 eran difíciles, tan fácil quedarse sin trabajo. Elser era muy luterano y se hizo un poco comunista, porque creía que eran los que más defendían a los obreros como él; en sus ratos libres tocaba el acordeón. En 1930 tuvo un hijo con una chica con la que no duró; en los años siguientes cambió mucho de amor, de trabajo, de ciudad. Era, como tantos, una hoja al viento de la tormenta que agitaba Europa; en 1936 empezó a trabajar en la línea de producción de una fábrica de armamento. Allí entendió –o creyó entender– las intenciones del canciller Adolf Hitler, que ya gobernaba su país: nadie fabricaba tantas armas si no pensaba usarlas. Conducida por ese loco violento, Alemania volvería a caer en una guerra como la que la había destruido pocos años antes. Georg Elser decidió que había que impedirlo. No sería fácil, y menos para él, un obrero entre tantos.

El 8 de noviembre de 1938 Hitler hablaría en la Bürgerbräukeller, la cervecería de Munich donde había intentado, en 1923, su primer golpe de Estado. Elser quiso verlo; cuando llegó, pasadas las diez, el evento se había terminado. Pero esa misma noche empezó a pensar, tomar medidas, imaginar maneras. Dos días después Münich fue sacudida por la Kristallnacht, una de las grandes explosiones antisemitas del nazismo. Elser fue afinando su plan: al año siguiente, cuando el Führer viniera a repetir su acto, lo volaría por los aires. La preparación fue lenta y meticulosa; hábil, dedicado, fabricó una bomba de relojería y se coló muchas noches en la cervecería para esconderla en un agujero que abrió dentro de una columna –y que cerró tan bien que nadie pudo verlo. El 8 de noviembre de 1939 la Segunda Guerra Mundial ya llevaba un par de meses. Elser, nervioso, ilusionado, se dispuso a acabar con ella acabando con Hitler y su estado mayor. Allí estarían, se anunciaba, Goebbels, Heydrich, Hess, Rosenberg, Frank, Himmler: lo más potente del partido y el gobierno.

Todo cuadraba: el discurso de Hitler debía empezar a las 21 y durar hasta pasadas las 22; la bomba estaba lista para explotar a las 21.20. Pero esa noche hubo tormenta y el Führer, que no podría volver a Berlín en su avión, acortó su discurso para volver en tren. A las 21.09, Hitler y su comitiva se fueron de la cervecería; minutos después, la bomba estalló en el local casi vacío –y mató a ocho retrasados. El azar, esa noche, logró cambiar la historia.

Días después Georg Elser fue detenido y torturado; querían que confesara que era parte de un complot, porque los mandos nazis odiaban suponer que un solo hombre podría haberlos destruido –y él siempre lo negó. Lo guardaron en el campo de concentración de Büchenwald durante toda la guerra y lo mataron semanas antes del final. Elser, dicen, seguía creyendo que había hecho lo correcto y que, a su muerte, su dios lo recibiría con los brazos abiertos.

¿Qué habría pasado si aquella noche en Baviera no hubiera habido tormenta, si la bomba hubiera estallado unos minutos antes, si Hitler se hubiera ido unos minutos después –en síntesis: si el mayor asesino de la historia hubiera volado por los aires? ¿Se puede suponer que veinte o treinta millones de personas se habrían salvado de morir en la locura nazi? ¿Se puede calcular que habría sido mejor para la humanidad que Adolf Hitler, en lugar de suicidarse en 1945, muriera aquella noche? ¿Se puede pensar que ese crimen, entonces, era deseable, y lamentar que no se haya realizado? ¿O todo crimen es condenable y, por lo tanto, fue mejor que no?

Se podría decir que el debate está abierto -si no fuera porque, en general, está cerrado. La corrección política -la mejor forma de no pensar política- lo tiene muy claro: lo que sirve es producir ideas simples, tajantes, desprovistas de cualquier matiz; eslógans. Y es fácil condenar la violencia. Hemos llegado a una especie de unanimidad para condenar la violencia política porque medios y políticos y demás aplanadoras de salón han conseguido adjudicársela por default a los malos: solo los malos la ejercen. O, dicho de otra manera: cualquiera que la ejerce es un “terrorista”. En los últimos años la figura del terrorista se constituyó como el gran cuco. Terrorista es una de esas palabras que producen repulsa automática, que no se discuten, como pedófilo, parricida, machista, árbitro de fútbol, y el terrorismo fue –hasta que llegó la pandemia– el gran argumento para justificar la intrusión cada vez más brusca de los estados en nuestras vidas. (Otro día hablaremos de la desproporción entre los dieciocho -18- muertos que produjo el terrorismo en Europa, por ejemplo, en 2019, y los miles de millones de euros gastados para “combatirlo” –y controlarnos por nuestro propio bien.)

Así que toda violencia política es terrorismo y por lo tanto la condenamos y la repudiamos y le escupimos en un ojo. Lo cual es bueno porque esa violencia, en muchos casos, se ejerce contra gente que queremos o admiramos o apoyamos. Pero también nos evita, como suele, tener que pensar, que debatir: ¿quién está a favor de que mataran, por ejemplo, a Hitler en 1939 y quién dice que fue mejor que no?

O, para no insistir en ese ejemplo demasiado fácil: ¿qué fueron las independencias de nuestros países sino el ejercicio de la violencia política? ¿Qué fueron las gestas tan glorificadas de Bolívar, San Martín, Hidalgo, Martí y compañía limitada sino la decisión de unos cuantos españoles que querían cambiar el sistema político y tomaron las armas para hacerlo? Cuando el Libertador José de San Martín cruzó los Andes con un ejército, cuando mandó a tantos muchachos a matar muchachos “enemigos”, cuando hizo fusilar a tantos, tenía una razón que lo justificaba, y lo que hizo se enseña en nuestros libros como una cumbre de la historia, lo mejor que un argentino pudo hacer.

¿Cómo, sin esa violencia, habrían conseguido aquellos sudacas sacudirse el poder español? Y ¿qué diferencia aquella violencia de la de Isis, por ejemplo y con perdón, más allá de que aquella ganó y consiguió construir su propio relato, del cual somos portadores más o menos sanos? ¿Que San Martín es de los nuestros y al-Baghdadi no? ¿Que nos gusta la fundación de un estado católico pero no la de un estado islámico? ¿Que pasaron dos siglos?

La historia de nuestros países está construida sobre ese gran ejercicio de violencia política. Personas que querían cambiar de gobierno, de orden social, de estado, y sabían que si no se armaban y peleaban no lo conseguirían –y tenían un discurso que los legitimaba sin lugar a dudas: nuestras patrias.

Lo que se enseña a nuestros chicos en la escuela no es que la violencia política está mal; es que está mal cuando no nos gusta la causa para la cual se ejerce –y que está bien cuando esa causa sí nos gusta. Aquellos violentos tenían una meta que les parecía –y todavía nos parece– válida, y entonces justificaba su violencia. El problema, otra vez, no son los medios sino los fines. La idea de que si hubiera un fin válido los medios se legitimarían: que todo depende de la causa.

Muy a menudo los violentos defienden causas que no nos gustan –entre otras cosas, porque las defienden con violencia. Pero a veces no. Entonces, ¿qué pasa cuando la causa nos parece justa? Si manifestantes venezolanos contraatacan ante una carga de su policía, ¿qué diremos? ¿Qué si, por ejemplo, tras 70 años de ocupación china del Tibet, un grupo de partidarios del Dalai Lama se levantara en armas contra su invasor? ¿Qué, cuando miles y miles se lanzan a quemar y romper en Estados Unidos porque no ven otra forma de evitar que la policía siga matando negros, porque saben que sin esa violencia nadie les hará caso? ¿Qué, cuando Elser mata a Hitler y evita el Holocausto? ¿Volveremos a la ética de los fines justificando medios o argumentaremos que los medios transforman los fines, que no se pueden conseguir fines justificables por medios injustificables porque, al usarlos, ese fin se desnaturaliza? ¿O evitaremos, una vez más, cualquier debate con eslógans?

Parece bizantino y académico; no lo es. Lo más fácil es decir que toda violencia es mala aunque al mismo tiempo celebremos con feriados y monumentos y homenajes a esos violentos que llamamos próceres. Es, por suerte, una de esas discusiones peligrosas -¿alguna situación justifica respuestas violentas?; si sí, ¿cuál sería?- que ahora parece innecesaria y yo, ya sé, no debería meterme en ella. Por desgracia no lo será siempre: si algo enseña la historia es que siempre es una palabra que no habría que escribir nunca.

O casi nunca.

.

En voz alta: