Trump, el auténtico héroe americano

Lo van a extrañar. Si los semidioses confusos de las encuestas no se equivocan una vez más, a principios del año próximo –¿existe el año próximo?– los Estados Unidos de América ya no serán gobernados por el Gran Mal o Gran Bufón o Gran Vergüenza de los Gringos Buenos. Lo van a extrañar tanto.


Todavía les quedan unas semanas para horrorizarse y sentirse superiores y explicarnos por qué son superiores: buenos americanos, americanos buenos, demócratas sin tacha. Trump es una beca Guggenheim al cubo: los hace sentirse tan probos, tan cabales, tan morales, tan de esos adjetivos que no se sabe bien qué significan –pero los señores ídem siempre blanden.

Mientras tanto, pocas personas han hecho más que Donald Trump por mejorar la imagen de Estados Unidos en el mundo. Lo hizo, al asumir, con carácter retroactivo: su torpeza calculada, sus modales astutamente idiotas convirtieron al país de Obama –y Bush y Clinton y Bush y Reagan– en un vergel de paz y concordia y justicia y amor y paz de nuevo.

El diario único ataca de nuevo

El que diga que lee el diario –¿el diario?– para enterarse es un farsante o un iluso. Los diarios, cada vez más, se usan para otras cosas.

Leer el diario fue una de las actividades distintivas del siglo XX. Durante milenios las personas no tuvieron idea de lo que pasaba a cincuenta kilómetros de sus casas; a mediados del siglo XIX algunos descubrieron que si se enteraban antes de ciertas cosas lejanas podían hacer negocio y montaron los medios para conseguirlo –Reuters, por ejemplo, se estableció en la Bolsa de Londres en 1851. Otros los imitaron, aunque no ganaran nada, y se creó, poco a poco, el mito de la información: que hay cosas que debemos saber –aunque no sepamos qué hacer con eso.

Hasta la muerte

Hace unos días un periodista y filósofo brasileño, Hélio Schwartsman, armó un revuelo extraordinario en su pequeño país cuando escribió que quería la muerte de Bolsonaro –“Por que torço para que Bolsonaro morra”– para que miles de compatriotas salvaran sus vidas. Y ni siquiera proponía matarlo: solo que se muriera de su gripezinha. La negligencia altanera del tal presidente hizo que Brasil ya tenga casi 130.000 muertos por Covid –620 por millón de habitantes, el triple que la Argentina.

Donde dije Lío digo Leo

Lo que impresiona es la incapacidad, la incompetencia. El segundo deportista más rico del mundo decide hacer una movida judicial para dejar la institución donde trabajó los últimos 20 años. Entonces, rico como es, contrata al estudio/bufete de abogados más reputado de su país para que lo guíen en la ruptura. Así guiado, el segundo deportista más rico del mundo manda un “burofax” diciendo que donde su contrato dice 10 de junio no quiere decir 10 de junio sino 25 de agosto y que, por lo tanto, puede romperlo sin pagar…

¿Cuánto vale un muerto de corona?

Seguimos afirmando: es increíble pero seguimos afirmando. Si algo tendría que habernos vuelto definitivamente socráticos es la puta pandemia: “Solo sé que no sé nada” debería ser el grito unánime de millones y millones sorprendidos, corridos, aterrados por un bichito bobo. Y aceptar que vamos aprendiendo poco a poco solo para aprender, poco después, que lo que habíamos aprendido era un error, y después otro. Pero no: ni siquiera una pandemia consigue bajarnos del burro y todos sabemos, todos avisamos, todos juzgamos, sobre todo a los gobiernos que tuvieron que enfrentarse, de la nada, con una situación que nadie imaginaba.

Para una Enciclopedia del Adiós

Empiezo a sospechar que –por suerte– no la voy a escribir nunca, pero llevo años preparando una Enciclopedia del Adiós. Es una de esas ideas peregrinas que pueden ocuparte la cabeza durante el tiempo suficiente como para que, de tanto pensarla, llegue el momento en que no necesites hacerla para haberla hecho. Eso espero porque, por más que lo intento, no encuentro el modo de empezar a terminarla –ni la forma de despedirla para siempre.

Messi la rompe

Messi se fue.

Mientras duró, de todo hizo placer;

cuando se fue, nada dejó que no doliera

Un coñazo

Mea culpa, mea grandissima culpa y qué tarado y todo eso. Sí, lo confieso: esperaba con entusiasmo este partido. E incluso había pensado escribir sobre él. Después, faltaba más, me arrepentí: fue tan aburrido que habría que ser demasiado bueno para sacarle algún jugo.
Y eso que, en principio, prometía. Es difícil que un partido de estos no prometa: lo hacemos prometer, le inventamos sus cosas.

El mejor desastre

Lo mejor que le podría pasar al mundo es un desastre.
Primero lo escribí y después lo leí; a veces pasa: “Lo mejor que le podría pasar al mundo es un desastre”. Ya escrito volví a mirarlo y, recién entonces, me dejó perplejo. Yo quería decir que al mundo le estaba pasando lo mejor que le podía pasar y que, sin embargo, es un desastre. Pero también dije, sin querer, que nada mejor que un desastre podría pasarle al mundo: el retorno de aquel viejo refrán de cuanto peor mejor. Las relaciones entre esas dos ideas –que la misma frase pueda decir las dos– me intrigaron.