Martín Caparrós

¿Y si fuera que son un poco bobos? Digo: bobos en el sentido más amable de la palabra, ningún insulto, ninguna mofa o befa; solo la descripción de que a estos señores que nos gobiernan la cabeza no les da para tanto. Sería una idea realmente amable: que no lo hacen por maldades y perversiones y ambiciones y corrupciones y avideces y lameculismos varios sino por simple y muy pura ineptitud. Es una idea amable y, en realidad, desesperante.

Porque durante años caí una y otra vez en el optimismo patriótico de imaginar que la incapacidad de los dirigentes era un drama argentino, pero cada vez veo más claro que no: que sucede en –casi– todas partes. Entonces sí uno puede preguntarse por qué razones más allá de folletines patrios, condenas del folclore.

(Sucede en todas partes: ahora Trump y los suyos han hecho mucho por la autoestima mundial. Solía ser antipático pensar que los nuestros eran horribles pero los americanos eran maravillosos. Nunca lo fueron, pero lo disimulaban muy bien; con la careta de Trump –y sus adláteres– la careta se les cayó al carajo, y ahora desesperan por volver a ponérsela. Y, aunque los biempensantes del mundo hacen todo lo posible por ayudarlos, sospecho que Biden no da para tanto.)

Aquí y ahora –Madrid, sin ir más lejos– diversas pestes nos acechan. Una común, la del bicho, contraataca. Mientras tanto, una más parcial –la nieve inusitada– atacó en estos días. Ante ambas las respuestas de las autoridades fueron de una ineptitud descomunal. No supieron prever los desastres del meteoro –que todos los meteorólogos venían anunciando–, no supieron usar los recursos que tenían para repararlos, no supieron nada –y nos pasamos diez días más o menos aislados. Como tampoco saben encontrar el balance entre salud y economía que les permita mantener medio vivas una y otra. El problema es que cuando uno ve y escucha a las personas encargadas de hacerlo, no se extraña de que las cosas vayan como van. Y entonces vuelve el antiguo argumento: ¿no será simplemente que son un poco tontos?

Parece un argumento caprichoso, livianito; creo que habría que tratar de darle peso. Hay que ver, para empezar, de dónde vienen. Los gobernantes contemporáneos son, en su inmensa mayoría, empleados de partidos políticos, mujeres y hombres que decidieron hace tiempo dedicar sus habilidades a trabajar y prosperar dentro de esas estructuras. No son personas que hayan destacado por su inteligencia, su comprensión de ciertos fenómenos, su imaginación para pensar proyectos; son personas que han dedicado sus vidas a sobrevivir dentro de estructuras burocráticas oscuras, llenas de amigos efímeros y enemigos encarnizados, donde nada ofrece tanto rédito como saber a quién acercarse, de quién alejarse, qué decirle a quién con la sonrisa y qué callar cuando conviene. Digo: el set de habilidades que hace que una persona vaya escalando posiciones en un partido político no contiene casi nada que sirva cuando esa misma persona, ya escalada, debe conducir un país o una ciudad o un ministerio. La mayoría de ellos accede a puestos muy por encima de sus capacidades reales –o muy alejados de sus áreas de capacitación–; en ellos podrían, en el mejor de los casos, escuchar a los expertos, pero tampoco suelen hacerlo. La mezcla de vanidad y paranoia los lleva a creer más que nada en sí mismos, o sea: a creer en nada.

Hace unas semanas lo discutíamos con mi amigo Alejandro Katz, que deploraba la distancia que hay en la Argentina entre políticos y especialistas y que no hubiera “un saber asociado con el poder”. Y daba el ejemplo de un ministro de Educación que no tenía la menor formación en educación. Entonces yo le decía que sí había un saber asociado con el poder: ese saber –laboriosamente adquirido– de cómo funcionar en el poder o sus inmediaciones, que es lo único que les garantiza mantenerse allí y que, por lo tanto, hace que los que están allí son los que saben eso: lo que el pobre Darwin llamaría una ventaja evolutiva. Entonces, ¿para qué dedicarte a estudiar los sistemas educativos si sabés que la vía para ser ministro de educación es esta otra? ¿Que si los estudiás, con suerte vas a ser viceministro o asesor, que el ministro lo que tiene que saber son otras cosas?

Los políticos –y así, los gobernantes– se nutren de ese saber menor, que se demuestra completamente inútil en el momento de armar y conducir proyectos de país. Está hecho de pequeñeces, de saber administrar las mezquindades. Y para colmo, con perdón: sus cultores y usuarios no son gente particularmente notable. Es feo, grosero de decir pero todos ustedes saben de qué hablo: muchos han estado en colegios y facultades donde algunas chicas y chicos destacaban por su talento, por su inteligencia: ¿recuerdan que alguno se haya dedicado a la política? Lamentablemente para todos, es muy raro.

Caco, curiosamente, significa malo, como en cacofonía: algo que suena mal. No que suena malvado: que no suena bien. La cacocracia no es, como algunos creen, el gobierno de los cacos o ladrones, sino el gobierno de los malos. Ni siquiera de los malvados: de los incapaces. O sea: la enorme mayoría de los gobiernos.

Hubo tiempos en que la cacocracia era casi inevitable: épocas primitivas en que gobernaba un señor por el único mérito de ser hijo de su papá, que ya había gobernado. Entonces no había forma de corregir –salvo la revolución y el regicidio– si ese señor era un poco tarado. Para eso, supuestamente, entre otras cosas, se inventó la democracia: para poder elegir a los mejores como cabezas y manos del gobierno. Algo, en algún momento, no habría funcionado.

Ahora la mayoría de los políticos juega un juego peligroso: en las últimas décadas consiguieron convencernos de que la política democrática es un asco, un juego de compromiso y componenda, una oportunidad para comodidades y negocios sucios, reservada para unos cuantos profesionales del asunto, con lo cual la gente que se cree decente o se cree inteligente o tiene otros intereses no se mete –y ellos pueden conservar el monopolio. Es riesgoso: si nos convencen demasiado pueden terminar por quedarse sin trabajo por mera desaparición de sus instituciones –pero ya hemos visto que pueden convencernos bastante mucho y conservarlo.

Han conseguido, en cualquier caso, que casi todos vean a la política como cacaculopís y entonces los mejores –con perdón otra vez– principiantes piensan en inventar máquinas y programas, salvar vidas, ganar mucho dinero, triunfar en algún arte, desentrañar el universo, ser youtuber, pero son muy escasos los descollantes de 15 o 20 años que dicen voy a ser político. Ya no se hace. Nos quedan estos, los que no supieron pensar o concretar nada más y chocan, una y otra vez, contra sí mismos. El lío es que en el choque, como suele pasar, los que se joden son los pasajeros.

Es un problema: si fueran malvados se podría esperar que llegaran los buenos. Si solo son un poco tontos las esperanzas se hacen más difusas: que podamos convencernos de que la política es la única forma de cambiar en serio nuestras vidas –y que, por lo tanto, vale la pena que los mejores se dediquen a ella. O que, en su defecto, haya algo así como una inteligencia colectiva que supere las carencias personales. Eso sí que sería papita para el loro.