El festejo es, quizás, exagerado: gran esfuerzo de producción para recordar que hace exactamente 150 años empezó en Buenos Aires la epidemia más recordada de la historia argentina, la Fiebre amarilla de 1871.

En esos días la ciudad era, como siempre, un caos. Buenos Aires había crecido veloz, desordenada: dos décadas antes tenía 80.000 habitantes, pero entonces ya llegaba a los 180.000. Su mugre, sus amontonamientos, sus cloacas escasas, sus basuras sin tasa parecían el mejor escenario para que la peste se desarrollara –y se desarrolló.

Nadie supo de dónde llegó: algunos supusieron que la habían traído los soldados que volvían de la guerra contra el Paraguay, otros echaban la culpa a los migrantes –sobre todo italianos, los más numerosos, los más pobres, que solían vivir atestados en los primeros conventillos. Tampoco se sabía cómo se transmitía: se barajaban distintas hipótesis pero, hasta décadas después, no se supo que el culpable había sido un mosquito, el Aedes aegypti.

En cualquier caso, la difusión fue rápida y brutal. En tres meses, uno de cada doce porteños se murió de las fiebres. Es, en proporción, como si ahora murieran, en Buenos Aires y su periferia, más de un millón de personas.

El gobierno, como suele, no supo bien qué hacer. Lo presidía Domingo Faustino Sarmiento, que tomó una decisión que siempre lamentaría: trasladar –“por seguridad”– su oficina y sus ministros a Mercedes, un pueblo a cien kilómetros de la capital. Los reproches por esa fuga durarían hasta su muerte –y aún después.

Por eso quise reproducir hoy aquí este fragmento de una novela titulada o no Sarmiento, de autor todavía desconocido, donde el entonces presidente cuenta en primera persona su sufrimiento en el poder. Cualquier parecido con la realidad es rara coincidencia.

Mercedes, el poblacho donde asenté el gobierno, era un caserío de unos cientos de campesinos abrumados por los porteños fugitivos. No era, en absoluto, el único. Los alrededores de la ciudad rebosaban de ellos: en Flores y en Belgrano, por supuesto, no quedaba ni un rincón sin ocupar, pero también en Quilmes, Lomas de Zamora, Morón y otros pueblos de las afueras se acumulaban las familias. Algunas tenían campos o quintas, otras los alquilaban a precio de oro, otras se gastaban lo que no podían para conseguirse un refugio que las alejara de la amenaza de la peste. Uno de cada dos o tres porteños, dicen –todos los que podían–, se tomaron el buque. Al fin y al cabo somos un país de fugitivos: cuántos de nosotros no nos hemos escapado una y mil veces. Alguien llegó a decirme que hacíamos lo mismo que los indios, que cuando tienen enfermos en la toldería la levantan, los dejan y se van para que los abandonados se curen o se mueran sin afectar al resto. Son nómades, claro, los muy salvajes: pueden hacerlo porque siempre lo hacen.

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Algunos dijeron que la fiebre había llegado de Brasil; otros, con un contingente de soldados que volvían del Paraguay. Es fácil: el mal siempre es culpa de los otros. Y es cierto que las pestes siempre llegan desde algún lugar; el problema no es de dónde llegan sino dónde se quedan –y entre nosotros encontraron el mejor terreno.

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Es cierto que los que más sufrieron fueron los que se quedaron. La mayoría era la canalla más abyecta, la que no tenía forma alguna de dejar la ciudad, sus conventillos. Eran, sobre todo, los italianos llegados en los últimos años.

Ya entonces la mitad de los porteños eran extranjeros y la mitad de los extranjeros eran italianos. Algunos decían –dicen– que no es así cómo crecen los cuerpos, que no se puede andar agregándoles brazos y piernas y pelos y dientes, que hay que dejarlos desarrollarse solos, pero no entienden que un país no es un animal que crece orgánico sino una máquina que debe ser construida por artesanos pacientes a lo largo de los siglos y, cada tanto, un artífice innovador que, en un rapto de genio, triplique su poder con un invento o una adición inesperados. Otros, con menos florituras, se quejaban de que con tanto forastero no iba a quedar nada para los verdaderos argentinos; no era fácil explicarles –era muy fácil explicarles, era difícil que entendieran– que el problema son, muchas veces, los verdaderos argentinos, incapaces de construir un país como nos merecemos.

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Los oportunistas de siempre aprovecharon: me acusaron de que mi política de inmigración era culpable de la peste. Un disparate: por un lado todos ellos –casi todos ellos– habían llegado antes de que yo asumiera la presidencia y, por otro, yo nunca quise esos inmigrantes patasucia, hombres débiles que, en lugar de salir a conquistar las pampas con su trabajo se quedaron en la ciudad buscando las oportunidades fáciles. Si se hubieran ido al campo esto no les habría pasado. Pero no eran –todavía no eran– los que siempre esperamos. Y, al final, hicieron lo mismo que los indios: más de cinco mil se tomaron un barco de vuelta a su país, maldiciendo el momento en que se les había ocurrido venir a esta tierra exigente.

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Me decían que la ciudad se había vaciado: solo pobres, el miedo, las carretas con cuerpos, las fogatas. La muerte estaba en todas partes, y nadie sabía dónde.

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Los hospitales no daban abasto, se improvisaban salas aquí y allá que más que curar enfermaban a quien tuviera la desgracia de acercarse a ellas. Nadie sabía qué hacer. Los propios médicos, perplejos, recomendaban las medidas más contradictorias: si la fiebre se esparcía por los miasmas del aire, dijeron, era bueno hacer en las calles esas fogatas que los iban limpiando; pero después dijeron que las fogatas, al contrario, calentaban el aire y lo hacían presa más fácil de esas mismas miasmas. Y que la peste no circulaba por el aire sino por el suelo, avanzando de casa en casa como una serpiente, y que los vivos eran contagiosos pero nada más contagioso que los muertos, y que no había que comer porque cualquier comida podía estar infectada pero que había que comer porque el cuerpo debilitado sería tierra fértil, y que no había que conocer mujer por no desperdiciar las fuerzas pero que un poco de actividad sexual las mejoraba, y que el mejor remedio era una cucharada de amoníaco cada dos o tres horas pero que el amoníaco te destruía las tripas, y así de seguido. Cuántos enfermos se resistían a tomar la medicina que les daba un médico si el propio médico no la tomaba antes, por si acaso.

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Es cierto que lo pensé, llegué a pensarlo: ¿qué había hecho yo, dónde había errado? ¿Por qué me estaba pasando todo esto?

Llegué a pensar que quizá lo merecía.

Después, que no podía ser tan vano..

La muerte ya no tenía cuidado. Carretas, me decían, recorrían sin descanso la ciudad: caravanas de cuerpos enredados retorcidos, silencio alrededor, los vivos escapando. Se habían muerto varios carpinteros que fabricaban ataúdes y los pocos que quedaban no podían seguir el ritmo endiablado de la fiebre: por eso aquellos cuerpos amontonados sin resguardo.

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Era, lo sé, una muerte espeluznante. Las primeras señales eran nimias, de esas que en cualquier otra situación nadie atendería: un dolor de cabeza o de articulaciones, fiebre, escalofríos, la fatiga. Pero uno o dos días después ya quedabas postrado, sudores y calores, la lengua blanca, el pulso acelerado, la sed y los dolores, y el hígado que no lograba espesar la sangre así que te empezaban las hemorragias por la nariz, la boca, el estómago, el culo, esa sangre negra de los vómitos negros y los detritos negros y la piel amarilla y todo estaba claro. Entonces la fiebre te subía hasta las nubes y los delirios y los estertores, y lo peor era que por momentos se calmaba y creías que te salvabas pero la salvación duraba, si acaso, algunas horas, porque después la enfermedad volvía con más fuerza todavía y te llevaba: en tres, cuatro días como mucho la sangre te salía a chorros por la nariz, la lengua, el ano y en unas horas de locura y gritos te volvías cadaver, un cadáver que nadie se animaba a tocar, que solía terminar entreverado con unos cuantos más en la carreta de los sepultureros.

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Muchas personas tuvieron momentos sublimes de solidaridad; otros, como siempre, aprovecharon, y se supo de varias bandas de ladrones que se disfrazaban de enfermeros para entrar en las casas de los enfermos y saquearlas. La tontería sería creer que un desastre como ése cambiaría a las personas; sacó, si acaso, lo mejor y lo peor de cada cual –y a muchos todo.

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Y sobre todo el miedo: no hay enfermedad más mortal que el miedo a la muerte, solía decir el doctor Argerich –que terminó sucumbiendo a la fiebre. El miedo mata más que la fiebre, decían los diarios: “Julepis morbis”, decían, el julepe de la enfermedad es una enfermedad terrible; muerto de miedo ya no era una frase. El triunfo del miedo es el triunfo de la desconfianza. Pero era difícil no tenerlo cuando el enfermo, en su agonía, veía cómo todos se apartaban de él, cómo sus seres más queridos se negaban a darle una mano y lo miraban a lo lejos o se iban, lo abandonaban para que, al morirse de ese mal brutal, no los matara. Hubo, en esos días, tantos miles que no murieron como correspondía, como habrían querido: que no murieron bien. Que se murieron solos, sin la presencia de sus familias, sin el murmullo de un sacerdote que los acompañara, en lazaretos y hospitales, en una calle oscura, en lugares indignos, hoyos para mendigos y otros parias, rodeados por la escoria.

Hay quienes dicen que en los momentos importantes de la vida uno está solo; es difícil saber a qué se refieren. Uno no nace solo sino con la persona que más lo querrá; uno no se casa solo sino con la segunda persona que más lo querrá; en el momento de cargar a degüello uno está rodeado de sus compañeros que lo aprecian; sólo al escribir uno está solo, lo cual arroja serias dudas sobre la importancia de escribir. Pero, por eso, es razonable que en el momento de morir también esté con sus seres queridos disponibles; no suelen ser los más queridos pero son lo que hay y, al fin y al cabo, nadie elige dónde y con quién morirse, así que deben considerarse afortunados los que pueden hacerlo donde siempre vivieron su vida, con las personas con las que la vivieron.

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La fiebre también rompía con eso:

la fiebre, en esos días,

había roto con todo.

En junio, cuando la fiebre fue perdiendo fuerza, se calculaba que unos quince mil porteños habían muerto. Más tarde, cuando empezamos a refinar las cuentas, descubrimos que un buen tercio de esos muertos habían sido negros y que su peso en la ciudad había bajado tanto. Algunos, sin piedad, se preguntaron quién iba a mantener limpias las calles. Muchos, con el tiempo, quisieron creer que la fiebre amarilla marcó el principio de una ciudad nueva, más cuidada, más preocupada por sus condiciones: el principio de la ciudad moderna.

Siempre están los que quieren creer –y yo suelo ser uno de ellos– pero no estoy seguro. Sé, sí, que la cambió: las viejas familias porteñas abandonaron el barrio Sur, demasiado apiñado. Hasta la peste, vivir allí era la mayor marca de elegancia que alguien podía exhibir; de pronto se transformó en una condena: era quedarse en el sitio de la muerte. Muchos de los más ricos empezaron a construirse casas más amplias en la zona de la Recoleta, y abandonaron su viejo barrio a pobres e italianos.

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Fumo. Sé disfrutar de ese momento en que el humo entra primero en los pulmones, ese golpe del humo en los pulmones como un ataque brutal que uno mismo se lanza para gozar del golpe y controlar el golpe, mostrarse que lo que puede aunque no debe es más potente que lo que debe y que no puede. Fumo, sé que hay pocos golpes que no sean soportables y que, a veces, cuando llega uno, lo difícil es saber distinguirlo: que se parece tanto a otros. Fumo: entonces fumo.

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Poco a poco el mundo empezó a parecerse al de antes. No lo era: la magnitud de la catástrofe había instalado la sensación de que no valían la pena tantos esfuerzos si todo era tan frágil, si todo lo que costaba tanto podía terminar en cualquier momento bajo el ataque de una plaga inesperada. El futuro era, de pronto, una falacia, una de esas fábulas que se les cuentan a los chicos para tratar de que se porten bien. Un desasosiego general quedó instalado, y tardaría varios años en terminar de desarmarse.

Y había, mientras tanto, heridas que podían pasar inadvertidas pero de pronto –en un encuentro, una conversación, una pelea– se veían demasiado. Había tantas cosas para hacer, tanto entusiasmo y tanto miedo entre los que nos habíamos salvado. Nosotros, mi gobierno y yo, volvimos al Fuerte con la misión de recuperar poco a poco la confianza perdida. Nunca esperé que me perdonaran el supuesto abandono; confiaba, en cambio, en la voluntad de olvido que haría que muchos dejaran de pensar en esos días horribles. No contaba, quizá, con ese cuadro. Pocos meses más tarde, el uruguayo Blanes, pollo del viejo Urquiza, lo colgó en el teatro Colón y muchos miles se tomaron el tiempo de ir a verlo. Las cosas –los días, el sufrimiento, las injusticias, la esperanza rota– a veces se fijan en un cuadro o un poema. Ese dibujo era mentira: el que encontró a la mujer muerta con la bebé en el suelo fue un sereno, un hombre anónimo del que nunca se supo; en el cuadro, los que la encuentran son los pobres Manuel Argerich y Roque Pérez, un médico y un juez, dos dirigentes de la Comisión, dos hermanos masones, dos muertos por la peste. Ellos dos frente a la muerta y su bebé desesperada sintetizaron el horror tanto mejor que la verdad del sereno desconocido, insignificante. Algunos tontos dijeron que el cuadro no era cierto, que cómo Blanes se permitía falsificar así la historia. No conseguían entender que nunca la falsificó; la contó mucho mejor que lo que la realidad –siempre tan torpe– supo hacerlo.

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Nada como ese cuadro para recordarme lo que yo había hecho: la conjunción de suerte, mérito y testarudez me había dado seis años para hacer mi vida y lo que hice fue deshacerla. Ya no tendría otra oportunidad así: la había desperdiciado, me había desperdiciado. Ya nadie recordaría de mí otra cosa: que en el momento de quedarme con los míos me escapé, que me encontré, como siempre, las mejores excusas pero me escapé –como siempre. De pronto todas esas paparruchadas que me contaba sobre mi nueva libertad no eran más –no me parecían mucho más– que el aliento que le ofrece su madre al chico que se cayó y llora en el suelo, sus amigas a la mujer que acaban de dejar: mentiras piadosas, verdades despiadadas.

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Fumo. Saco con gula el cigarro de su caja de plata, lo pruebo entre los dedos para verificar el buen armado, lo huelo incluso antes de encenderlo, lo imagino, lo paladeo sin fuego todavía, pero sé que un cigarro es una gran promesa que nunca termina de cumplirse y sé que se parece tanto a todo: que cuando empieza se diría infinito y más temprano que tarde se termina, y al terminarse parece como si no hubiera empezado, como si no hubiera existido.

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Esperaba, sin embargo, una oportunidad.

Creía, entonces, que quizá la tendría.

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Y era, seguía siendo, el presidente.