El doctor Carlos Saúl Menem, presidente que fue de la República Argentina entre 1989 y 1999, acaba de entrar en la inmortalidad –o donde sea que vayan los grandes héroes de la nada. El doctor fue un personaje extraordinario: nadie cambió tanto su país. Y ahora, en su país, casi todos quieren olvidarlo.

El doctor había empezado raro. Venía de un pueblito polvoriento, sin colores, donde su padre tenía una bodega, y se hizo conocer en 1973, año convulso, como un joven abogado de patillas tupidas que consiguió ganar, a sus 42, el gobierno de su provincia, La Rioja. Ya gobernador decía por ejemplo que “la revolución del 25 de mayo tiene su sentido más profundo en la defensa que harán de ella la Juventud, las FAR y Montoneros. Aun hay muchos conservadores metidos en el Movimiento, en el gobierno nacional, y ésta es una lucha a muerte”. Tardó unos meses en dejar esa lucha; después pasó unos años amablemente preso de los militares y cuando volvió al ruedo en los ochentas consiguió un milagro: derrotó al aparato peronista y se hizo elegir su candidato. Seguía hablando de revoluciones –la llamaba, en esos días, “revolución productiva”– y prometía el “salariazo” pero era, sobre todo, un fenómeno extraño: por primera vez en la historia argentina el candidato a presidente era un señor que se parecía más a millones de pobres que a la crema habitual. Era un giro cultural muy fuerte y muchos lo siguieron, lo eligieron.

Entonces no tardó nada en mostrarles que no pensaba hacer lo que decía pero se lo aceptaron. Lo logró, sobre todo, gracias a esa política que convirtió al dólar en moneda oficiosa y se lanzó a la más argentina de las economías: pan para hoy, hambre para mañana. Y empezó con las privatizaciones, las corruptelas, los disparates continuados, los chistes con rubias y ferraris, el indulto a los militares asesinos. Para hacerlo, descubrió que el curro de la “transgresión” no solo servía para vender discos pop o tonterías en la tele sino, sobre todo, para volverse –casi– inimputable en el poder. Con la excusa de que hacía cosas raras hizo las más comunes: vendió el país con el país –mayormente– aplaudiendo, riéndole las gracias.

El doctor Menem fue el presidente más influyente de la democracia: ninguno mutó tanto la Argentina, ninguno la destruyó tan a conciencia. Es cierto que es una competencia muy reñida, pero nada se compara a su transformación de aquella economía, su liquidación de tanta industria, su remate de lo que el país había tardado un siglo en construir: ferrocarriles, carreteras, minas, pozos de petróleo, tendidos de gas, obras sanitarias, usinas y redes eléctricas, fábricas, teléfonos. Todo eso lo vendió el señor Menem a unas cuantas empresas más o menos extranjeras –que después, en general, lo desdeñaron.

Así, su gobierno peronista consumaba con denuedo el proceso que había empezado quince años antes otro gobierno peronista, el de Estela Martínez y su ministro Celestino Rodrigo, y retomado y acelerado después con mucha más sangre un gobierno militar. El doctor Menem lo completó con una excusa muy curiosa: su gran argumento –tan pegadizo, tan defendible– fue la idea de que el Estado es inútil, una cueva de ratas y ladrones y, sobre todo, una runfla de incapaces. Es una idea fácil de presentar y difícil de sostener. Si el Estado no es capaz de administrar una compañía eléctrica, una telefónica, un hotel por horas, si no puede manejar –digamos– Aerolíneas o Aguas Argentinas, mucho menos puede manejar la Argentina. O sea: un gobierno que ofrece esa explicación tendría que renunciar e irse. Pero la idea prendió: gracias a ella, lo sabemos, el peronismo del doctor Menem malvendió casi todo.

Y era el mismo señor que había dicho, años antes, que “para nosotros socialismo nacional y justicialismo es la misma cosa. Es el Estado procurando con su acción dar los medios necesarios al pueblo para que éste se realice en un clima de igualdad, sin ningún tipo de privilegios. Es decir: donde el esfuerzo de muchos esté al servicio de muchos y no como ocurre bajo el régimen liberal y capitalista donde el sacrificio de muchos se hace en beneficio de un círculo privilegiado…”.

Pero el doctor cambió y, de paso, terminó de cambiar la Argentina.

Menem lo hizo, decía un viejo slogan. El efecto más visible de esos años de liberalismo peronista fue conseguir que el país terminara de destruir su aparato productivo. Gracias al doctor Menem un buen tercio de la población argentina vive marginada, sin trabajos fijos, sin una inserción clara. Gracias al doctor Menem y su furia antiestatista mucha más gente pasó a depender del Estado y, por lo tanto, de sus gobiernos peronistas. Gracias al doctor Menem, el peronismo terminó de consolidarse como esta máquina de poder basada en el control de millones de personas a través de planes de asistencia y sueldos truchos que suplantan su derecho a ganarse la vida por sí mismos.

El sistema clientelar peronista no sería lo que es sin él, aunque tampoco hay que dejarse llevar por la vehemencia necrológica: hay que reconocer que sus continuadores lo ampliaron y completaron con pericia extrema. Pero, más allá de matices y detalles, el peronismo le debe tanto al doctor Menem.

El doctor, es cierto, había logrado armar lo que un viejo periodista de esos tiempos llamó un país capicúa: “Algunos supondrán que lo digo porque el nombre de su prohombre presidente se puede leer de izquierda a derecha o de derecha a izquierda. Eso sería repetir –hasta la caricatura– el error –que yo cometí, supongo, muchas veces– de creer que las características de un hombre son las que explican un país, un momento, y dedicarse a ellas. (…) La Argentina, en realidad, está capicúa de una forma más bruta, más tajante. Es la primera vez –al menos, desde que hay elecciones que permiten comprobarlo– que los más ricos y los más pobres están de acuerdo en elegir un mismo proyecto, un mismo gobierno”.

Con ese apoyo bífido el doctor Menem inauguró, entre otras cosas, la era de la corrupción rampante, descubierta. Que, como reacción, produjo ese honestismo que logró que, al fin de su mandato, los argentinos eligieran el gobierno más frankenstein –un rejunte conservador apuntado por progres– so pretexto de que no eran corruptos. Menem lo hizo, como tantas otras cosas. Pero hay que reconocer que, mientras duró, nos hizo felices. Se lo debemos: era un gusto ser antimenemista. Era tan fácil indignarse, saber dónde estaba el bien y dónde el mal. El doctor se esmeraba, nos daba sin parar las mejores excusas –era desafiante, descuidado, decisivo, bruto– y todos nosotros –¿quiénes éramos nosotros?– nos uníamos en su contra, nos amábamos en el fragor de la trinchera. Faltaban años para que el peronismo kirchnerista introdujera sus taimadas divisiones. Entonces los periodistas, sobre todo, hacíamos nuestro agosto: incluso nos creían. En nuestro –mínimo– mundo era muy difícil encontrarle defensores.

Así que había que buscarlos lejos. Como, por ejemplo, en la tribuna de aquel gobernador peronista que definió al doctor como “el mejor presidente de la Argentina desde Juan Perón” y le agradeció su visita al Calafate, octubre del ’94, plena rifa del Estado, proclamando, los cabeshos al viento, que “acá está el pueblo de Santa Cruz, acompañando el proceso de transformación y cambio que la República Argentina debe llevar adelante” –gritaba, entonces, halagüeño, Néstor Kirchner. Pocos años después lo acabaría.

Ahora el doctor Menem se está muriendo o ya se ha muerto. En estos días, cuando llegue a la inmortalidad o adonde sea, pocas voces se alzarán para reivindicarlo. Al fin y al cabo lleva años sepultado, desde que aquel acompañante y su señora cumplieron con el precepto peronista de traicionar al jefe y lo sacaron del partido en 2003 y lo dejaron frente a una cantidad de acusaciones penales que no fructificaron porque, generosos, le permitieron refugiarse en el Senado de la Nación y en sus diversas coaliciones.

Y ahora, a veinte años de su cese, el país que él hizo se deshace. Es difícil, a esta altura, definir a quién beneficiaron sus acciones, fuera de algunos empresarios a la Macri y algunos políticos a la Kirchner. El doctor fue, si acaso, la raíz de donde creció ese árbol de dos troncos retorcidos que llaman la Argentina. No es poco, para un patilludo de Anillaco. Ahora, ya en la inmortalidad o donde sea que terminen los sainetes, se debe estar riendo a carcajadas.