Martín Caparrós

No podemos parar. Pasaron dos semanas pero no hay día en que los diarios no nos regalen tres o cuatro noticias sobre su vida y sus milagros y sus desastres y su muerte, algún recuerdo emocionado, un nuevo llanto con encanto, otra morriña ñoña, un homenaje más. La muerte de Maradona, que al principio fue lástima y tristeza, unos momentos de nostalgia, se volvió el gran psicodrama nacional. Ya todos hemos hablado sobre él, lagrimeado sobre él, especulado sobre él: ya todos lo consagramos como un símbolo indudable de la patria. Tanto, que este lunes en el Senado de la Nación media docena de cenadores citaron a Nietszche para pedir que se impriman billetes y estampillas con su efigie y su gran gesta, el famoso gol contra los ingleses –el segundo.

Es un detalle, pero un detalle interesante. Los billetes y estampillas son los espacios donde un país define sus orgullos: el lugar más exclusivo. En las últimas décadas argentinas solo lo consiguieron San Martín, Belgrano, Rosas, Sarmiento, Mitre, Roca, Duarte de Perón: todos fulanos que, bien o mal, intentaron construir un país –y al final, colados, esos animalitos con que el macrismo quiso retratarse. Por eso el acceso de Maradona a ese VIP es un síntoma bruto. No se nos ocurre que haya un billete con la cara de Borges ni con la cara de Quino ni con la de Houssay o Favaloro o Alfonsín o María Elena Walsh, ¿y sí con la de Diego Armando Maradona? Digamos, por decir: el presidente que se atrevió a juzgar a los generales asesinos o la autora de la música que mueve nuestra infancia no merecen lo que sí merece el goleador. Es bueno que haya un orden; es bueno que sepamos quiénes somos.

Si todos estos gestos significan algo habrá que aceptar que la Argentina decidió que su personaje más querido, más significativo de las últimas décadas será un señor que le pegaba tan bien a un cuero inflado y que le dio a la Patria la alegría de hacerlo mejor que unos señores ingleses que hacían lo propio y, así, logró ante ellos una victoria que cambió el rumbo de la historia, nuestras vidas.

O no. Entonces, por si acaso, los que se dan cuenta de que quizá no alcance con esos pelotazos inspirados se dedican a completar el héroe, a pintarle los rasgos que justificarían la apoteosis. Los constructores del mito hablan de su origen humilde, de su carácter popular, e insisten mucho en su condición de abanderado de los humildes, adalid de los pobres, defensor de los oprimidos del mundo –y deben disimular que, por más que hablara de Villa Fiorito, Maradona fue uno que se fue, zafó, consiguió por su talento dejar de ser de esos y consagró una forma de éxito individual que celebra al que deja su clase. El modelo del futbolista como triunfador solitario o fugado milagroso: el ascenso social del que se va. El modelo que hace que millones de chicos en Latinoamérica o en África sueñen con ser vendidos a los centros más ricos, escapar: salvarse.

Maradona fue, toda su vida adulta, un multimillonario que vivió como un multimillonario, de yate en jet, de rolls en maserati y que, cuando pudo elegir dónde hacerlo, se pasó unos años en Nápoles mimado y surtido por la Camorra, otros en un resort tan rico de la Cuba más pobre, otros en Dubai donde los maridos tienen derecho a pegar a sus mujeres, otros en Bielorrusia donde una dictadura de 25 años le ofreció tanques y diamantes y otros en Sinaloa, el estado más narco de ese país ennarquecido que ahora es México.

(Y todo con la plata de sus fans: los jugadores más exitosos se quedan con un buen trozo de la que ponen –en abonos de tele, cuotas, camisetas, chorraditas varias– los millones de más pobres que los siguen y que, faltaba más, se identifican con ellos porque vienen de abajo.)

Todo lo cual era perfectamente su derecho. Lo que no tiene sentido es que inventen un héroe donde hubo un gran jugador de fútbol –que, como tal, nos dio alegrías recordadas. Lo triste es el invento. Lo más triste es que, si tenemos que pensar en figuras señeras, no podamos pensar en alguien que haya hecho algo más que alegrarnos la vida un ratito, algo más que aliviar el malhumor de nuestros fracasos con unos gritos de placer, algo más que dejarnos diciendo qué maestro, algo más que confirmar nuestra pasividad: algo más que ponernos en nuestro lugar de espectadores. Digo: que, más allá o más acá de Maradona, nuestro héroe sea un futbolista.

Es triste, pero no por él; triste por nosotros. Recuerdo –como siempre– aquel diálogo del Galileo Galilei de Bertolt Brecht, en que su ayudante le decía a Galileo que “tristes las tierras que no tienen héroes” y Galileo le contestaba que “tristes las tierras que necesitan héroes”. Pero me lo imagino mesándose la barba y pensando que tristes, pero realmente tristes, son las que tienen ciertos héroes.

O, como decía aquel clásico: dime a quién adoras y te diré quién eres. O quién no eres, que viene a ser peor.