Martín Caparrós

Por suerte pasa en el Perú, que no le importa a nadie. No es nada personal: a nadie le importa Perú o Paraguay o México o España o Argentina a menos que sea peruano o paraguayo o mexicano o español o argentino –y ni siquiera. Por supuesto que a nadie le importa casi nada que no sea lo más cercano, pero se podría incluso imaginar que es un error: en lo lejano se va cocinando lo que probablemente alguna vez se acerque. Y, aún si no, es tan entretenido.

A nadie le importa pero en Perú hubo, hace semanas, elecciones presidenciales muy extrañas: en estos tiempos de polarización, docena y media de candidatos se repartían intenciones de voto que nunca superaban el 15 por ciento –y, tres días antes, nadie tenía muy claro qué par pasaría a la segunda vuelta. Pasaron, al final, y competirán por la presidencia este 6 de junio, el señor Pedro Castillo y la señora Keiko Fujimori.

La señora Fujimori es la primera de los cuatro hijos de un ex presidente preso por corrupciones y homicidios, que a sus 20 años ya era primera dama de su país por la espantada de su madre; ahora, a sus 45, tras estudiar administración de empresas en Estados Unidos y casarse y parir y pasar temporadas presa por corrupción, lavado y Odebrecht, ya ha perdido por muy poco dos elecciones presidenciales y va por la vencida.

El señor Castillo es el tercero de los nueve hijos de una pareja de campesinos de Chota, en el noroeste del país, que estudió para maestro, trabajó muchos años de maestro y en 2017, a sus 47, también casado y con tres hijos muy cristianos, encabezó una huelga de maestros que sacudió al país –y lo puso en las teles. Un mes antes de las elecciones de abril era un personaje folclórico que hablaba de representar a los pobres y nacionalizar recursos; sin que nadie lo previera, terminó primero con el 19 por ciento de los votos. Había ganado en el campo, en la sierra, en las zonas más pobres.

El hombre me llamó la atención, me interesó. Pregunté, busqué en los medios; lo que más destacaban es que no era un izquierdista al uso. Lo decían en frases como esta: “A partir del 28 de julio, Perú tendrá un presidente populista y conservador, independientemente de quién gane. Los dos candidatos (…), la derechista Keiko Fujimori y el maestro radical Pedro Castillo, están, desde espectros ideológicos opuestos, en contra de la igualdad de género, el matrimonio entre personas del mismo sexo y el aborto”. Es una muestra: muchos insistían en ese carácter “conservador” del candidato de izquierda y lo exhibían como su rasgo principal. (A propósito: Castillo no está “en contra de la igualdad de género”; sí dice que “el enfoque de género en la escuela no es mi prioridad”.)

Seguí buscando. Encontré que Castillo dice, por ejemplo, que, ya que las ganancias de una empresa resultan del esfuerzo colectivo, “los sueldos de los empresarios deberán ser múltiplos de las remuneraciones de los obreros, así podrá un empresario ganar muy bien, pero pagará a su obrero menos calificado no menos de veinte veces su propio sueldo”. Y que propone nacionalizar –no necesariamente estatizar– las explotaciones mineras y petroleras para que las empresas internacionales que las aprovechan no se lleven el 80 por ciento de los beneficios y dejen el 20, sino al revés. Y aumentar los presupuestos de educación y salud del tres al diez por ciento del presupuesto nacional. No parecía que lo propusiera desde afuera: dicen que muchos de los pobres de las ciudades y el campo que lo votaron lo ven como uno de ellos –porque, en principio, es algo así como uno de ellos.

Yo no sé quién es en realidad Pedro Castillo. No sé si es confiable o no, si está mintiendo como un bellaco o se la cree, si sufre las clásicas tentaciones autoritarias de muchos de sus pares latinoamericanos. Es difícil enterarse, así, a lo lejos. Pero tampoco me importa tanto; me interesa, ahora, más allá de su persona, la idea general: la posibilidad de una izquierda no progre.

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Supongamos, para ponernos esquemáticos, que progre significa ampliar las libertades y cuidados e izquierda significa emparejar el reparto de las riquezas y poderes; que izquierda significa usar el estado para que los que tienen menos vivan mejor y progre significa usar el estado para que cada cual pueda elegir mejor cómo vivir. Si es así, la mayoría de los partidos y grupos de izquierda actuales son más progres que izquierdas: han dejado de cuestionar el orden general y se ocupan sobre todo del avance de las opciones y libertades personales.

Y, aunque es necesario que esos partidos intenten mejorar el medioambiente o la educación sexual o la vida de las minorías de género o la muerte de quien la desea, también parece claro que esas reivindicaciones conciernen sobre todo a una parte de la población: que muchas veces los más pobres tienen problemas más urgentes, y las sienten ajenas o amenazadoras. A menudo los sectores que insisten en ampliar las libertades no intentan atacar seriamente la desigualdad –porque no lo creen posible o no saben cómo– y los sectores que necesitan más reparto no sienten que precisen esa ampliación de libertades –porque tienen otras ideas de la vida o al menos otras urgencias. Por eso, también, los que necesitan más distribución abandonan a esas izquierdas y escuchan cada vez más a esas derechas que les ofrecen ciertas ilusiones: que se ocupan de ellos. El Front National o Vox votado por obreros y ex obreros, por ejemplo.

Es uno de los problemas centrales y más escurridizos de la política actual: dónde están –quiénes son– los pobres, qué piensan, qué votan. Ya no solo en los países confusos de América Latina; también en Europa, donde solían votar a las izquierdas cuando eran obreros y locales, ahora que ya no son obreros y muchas veces son migrantes, no se sabe.

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Supongamos, para ponernos más esquemáticos aun, que uno de los grandes problemas de la política actual es qué hacer con los pobres: que nadie sabe qué hacer con los pobres –y menos que nadie los partidos políticos. Recordemos, para ponernos más aun, tres modelos actuales: los partidos del centro clásico occidental –que la gran prensa llama “socialdemocracia”– les ofrecen servicios y subsidios que los contienen y controlan; los gobiernos del centro clásico tercermundista –que la gran prensa llama “izquierda”– les ofrecen limosnas que los contienen y controlan; los partidos de extrema derecha –que la gran prensa llama “derecha”– les ofrecen soflamas que retoman y exacerban sus resentimientos nacionalistas y sectoriales.

Los partidos de izquierda –que la gran prensa no llama– siempre les han propuesto formas, que hoy parecen lejanas, de dejar de ser pobres: no preservarlos sino eliminarlos. Pero es pa’quilombo: para conseguirlo deberían sacarles a los que tienen más, que nunca quieren tener menos. Y eso crea complicaciones, divisiones; en cambio, casi todos podemos ponernos de acuerdo en que es importante reciclar y cuidar el planeta o conseguir que las mujeres ganen lo mismo que los hombres por el mismo trabajo –aún si no lo hacemos.

Así que partidos y grupos de las izquierdas más al uso se concentran en esos asuntos –y al mismo tiempo pierden pie, se distancian de los que deberían ser los suyos. Aparecen estas diferencias entre proyecto progre y proyecto distributivo, que no tendrían por qué existir pero existen. Yo no sé si el maestro Castillo dice que está en contra del matrimonio homosexual porque lo cree o porque es lo que cree que su gente quiere que diga. Lo dice, en todo caso. Y me lleva a preguntarme si tendrá razón al dejar de lado esas reivindicaciones que, al fin y al cabo, conciernen a otra parte de la población, que muchas veces los más pobres no sienten como propias, y hacerse cargo de las que sí.

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Entonces, ¿qué pasa cuando un dirigente de izquierda descubre que esos pobres que quiere convocar no están de acuerdo con ciertas metas que podríamos llamar progres? ¿Insiste en proponerlas aunque pierda con eso la identificación con ellos o prefiere dejarlas si ese es el precio de avanzar con ellos? ¿Es mejor adaptarse a esas ideas “conservadoras” o eso sería, una vez más, aceptar que un buen fin justifica malos medios? O, incluso, si ese dirigente de izquierda cree en esas ideas y no es progre, ¿sigue siendo de izquierda?

La disyuntiva del maestro de Chota debería recuperar un debate que no practicamos suficiente: qué significa ser de izquierda. ¿Traer a la escena pública los temas que otros no debaten? ¿Intentar que no haya más pobres? Durante mucho tiempo el Optimismo Marx nos mantuvo convencidos de que ambas cosas eran una y la misma. Pero, si resulta que no, ¿ser de izquierda sería, más que nada, representar a los pobres? Y, en tal caso, ¿qué es representar? ¿Traducir sin más lo que dice un sector o intentar cambiar ese discurso? ¿Definir sus “necesidades objetivas” o adaptarse a las que enuncia como propias?

Quizás haya que abandonar el punto más logrado del Optimismo Marx: aceptar que los pobres no son los que van a cambiar el mundo y trabajar pensando en otros sectores, los que supuestamente sí. O quizás haya que asumir que lo que piensa la mayoría de los pobres debe ser aprendido, respetado y defendido. O que, modestamente, no se trata de cambiar el mundo sino de conseguir que no haya más pobres. O quizás haya que buscar otra forma de síntesis. Vaya a saber. El debate es más que complicado; lo más fácil, como siempre, es esquivarlo.

Total, por ahora, todo eso pasa en el Perú.