Martín Caparrós

Hay muchos diarios –o como quiera que se llamen. La facilidad digital los multiplicó, y es una suerte: cuantas más voces, más mejor. Pero cada vez es más complicado leer los diarios –o como quiera que se llamen. La multiplicación produce dispersión: tal tiene una noticia interesante, cual trae un comentario que un amigo recomienda, talcual ofrece en tuiter un reportaje que da ganas. Y es bueno y nos acostumbramos: después de pasarnos todo el siglo pasado adscritos a un diario como quien se inscribe en un club o un partido o una iglesia, lectores de uno o a lo sumo dos, fieles a una visión particular, internet ofreció otra forma de lectura de los medios: múltiple, transversal, apertura, debate.

Fue, durante unos años, un alimento y un placer –pero se está volviendo cada vez más difícil. Para empezar, estamos más y más reacios a leer a los distintos, más refugiados en nuestras pequeñas certezas, más miedosos de salir a un mundo oscuro que pintamos todavía más negro para justificar el miedo. Y, para seguir, los medios, ávidos ellos, quieren sobrevivir, y para eso precisan ganar algún dinero. La publicidad es rehén de las grandes bestias –Google, Facebook– y la opción es cobrar suscripciones. Es lógico, y es extraño que pagarles nos resulte extraño: lo hicimos durante toda la historia de la prensa escrita salvo las dos o tres últimas décadas. Pero antes esto significaba uno o dos al día y ahora, cuando nos hemos acostumbrado a mirar más, a picotear, ya no podemos porque, para hacerlo, deberíamos pagar quién sabe cuántos.

Lo cual es imposible para la mayoría. Así que la economía y el aire de los tiempos se alían para que la forma de leer prensa en internet esté volviendo a los paramétros de antes de internet: un diario o dos, los que más se te parecen, los que te dicen lo que querrías escuchar. Volvemos a la lectura partisana, la lectura monógama o a lo sumo bígama: la cerrazón cerril, el tedio cada vez mayor, el fanatismo de no escuchar sino lo ya sabido.

Eso es malo para los lectores, malo para los medios, pura ley de la selva. La audiencia se contrae y todos se pelean por ella. Atraerla es cuestión de vida o muerte: tenerla es sobrevivir, no tenerla es hundirse. Y los grandes medios tienen más recursos para conseguirlo y los medios medios sufren y no consiguen la masa crítica suficiente para seguir peleándola.

Contra esa caída, para hacer posible la diversidad, hay una opción que habría que pensar más: armar especies de spotify de la prensa, una Heme(roteca) de los medios medios que reúna a varios de ellos en una sola suscripción. Eso nos salvaría como lectores: recuperaría las virtudes de apertura que encomiamos cuando empezó internet –y que ahora se pierden. Y ayudaría tanto a esos medios cada vez más amenazados.

Si suficientes medios medios se unieran conformarían, entre todos ellos, una oferta más atractiva que la de un gran diario solo, y podrían conseguir más lectores, más suscriptores. Un medio medio puede hacerse con unos miles de abonados y caer más o menos lento en el desastre. Diez medios medios pueden juntar muchos más y convertirse en un espacio apetecible para lectores y publicistas, un lugar que adquiera el peso suficiente, la masa necesaria para seguir creciendo. El conjunto, otra vez, sería mucho más que la suma de las partes, y la Heme cumpliría esa función de plaza pública de publicaciones –esa plaza para los debates– que tuvo internet durante un tiempo y que se fue degradando en la basura de las redes. Para que fuera interesante –política, económica, culturalmente–, debería reunir medios de distintos formatos e idearios, ofrecer variedad, no más y más de lo mismo. No es fácil establecer esas alianzas; es probable que, para algunos, sea la única manera.

El método tiene sus problemas. Habría que encontrar, por ejemplo, una forma de repartir ingresos. La opción más inmediata –que el reparto sea proporcional a los clicks de cada medio– puede producir un desastre de gatitos y degüellos para conseguir más; habría que buscar otras o poner reglas a los participantes. Son complicaciones, pero todo consiste en convencerse e intentarlo. Creo que por ahora no lo hacen porque no está del todo claro cómo y, sobre todo, porque todos sueñan con salvarse solos: es el clásico sueño que, al despertarte, reconoces como pesadilla.

Pero no sé si quedan muchas otras opciones. Y la potencia y la novedad serían sus aliadas; entonces, quizá, la Heme podría ser más que un nuevo error de ortografía. ¿Vale la pena debatirlo?

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(Y un pequeño experimento sobre la lectura: ¿usted también leyó «la plaza pública»?)