Martín Caparrós

Es probable que el capitalismo mundial se crea que no lo necesita. Es probable, incluso, que no lo necesite. Pero, por si alguna vez llega a estar en la duda y piensa que precisa una prueba para saber quiénes son sus fieles más fiables, los creyentes auténticos, se me ocurrió una, que les cedo amablemente a cambio de unos módicos royalties a pagar en Andorra.

No es difícil, pero requiere cierto esfuerzo. Deben empezar por organizar una situación de emergencia absoluta, alguna casi inverosímil: probablemente lo mejor sea una peste, una de esas con virus de película mala que se ceban y en poco tiempo matan a millones de personas y consiguen que millones y millones se encierren en sus casas y pierdan sus trabajos y deban dejar todo y que millones y millones pasen hambre y que todos se pregunten cómo y cuándo se va a terminar y qué cuernos va a pasar después.

Y, entonces, una vez que el mal se apodere del mundo, tienen que ofrecerle la forma de vencerlo: una vacuna, digamos, por ejemplo, o más de una, que salvarían millones de vidas, permitirían que todo volviera a funcionar. Así que, para seguir con el experimento, tienen que inventarlas, vanagloriarse de ellas, convencer a la humanidad presa del pánico de lo maravilloso del remedio y empezar a producirlas en tal o cual laboratorio –cuyos nombres se harán famosos y sus ganancias astronómicas. Hasta que, de pronto, esos laboratorios dirán que no saben hacer suficientes, que prefieren vendérselas a otro que las paga mejor, que el que no acepte sus condiciones no las tiene. Y aquí viene el momento estelar, la prueba definitiva: observar quiénes se oponen a la lógica respuesta de los gobiernos de requisar y producir de urgencia las vacunas –y así salvar a sus ciudadanos y sus economías.

Habrá unos pocos. Esos, sin duda, serán los puros y duros, los mejores, capitalistas sin mengua ni tacha: los cruzados de la ideología, los que crean que la propiedad privada debe ser respetada por encima de cualquier otra consideración, que es ciertamente más importante que la vida de millones, que es incluso más importante que el funcionamiento económico del mundo, que es lo más importante sin ninguna duda. Habrá que verlos y contarlos; se corre el riesgo de que no sean muchos. Unos cuantos fundamentalistas, unos fanáticos de esos que nunca faltan: tan escasos que, supongo, deberán callarse y esconderse.

Bien vista, la prueba es peligrosa: quizá no les convenga hacerla. Al fin y al cabo, si la hicieran, el tal capitalismo y su extremismo terrorista quedarían demasiado expuestos. Y los demás, las personas normales y banales, las que saben que frente a una emergencia tan tremenda la única solución es priorizar las vidas de millones y producir las putas vacunas donde se pueda y cómo se pueda y cagarse en cualquier ideología de la propiedad y la ganancia, los despreciarán con tal encono que quizá nunca podrían recuperarse.