Martín Caparrós

Hace unos meses me convencí de una tontería. Me suele pasar o, mejor: es lo que me da vida. El 6 de abril de este año sorprendente pasó algo que, imaginé, recordarían generaciones venideras –qué bonito, “generaciones venideras”– como un hito histórico: en medio de la puta pandemia se cerraron las iglesias de Roma. Era fuerte: frente a siglos y siglos en que las pestes se enfrentaban con misas, rogativas, procesiones y demás latigazos en la espalda, esta vez no solo las personas no salían a pedirle nada a ningún dios sino que –metáfora perfecta– las iglesias de la ciudad donde reside el más famoso se atrancaban.

Imaginé, entonces, que ese momento era el símbolo de un cambio trascendente: que por fin dejábamos de creer en esas cosas y empezábamos a creer en la ciencia –lo cual también es complicado: la ciencia no es para creer sino para dudar. Pero esa será otra discusión; en estos días se ve que la religión –o ciertas formas de la religión– no se fueron a ninguna parte. Cristo Vuelve, Cristo Vence, Cristo Rey. Ahora mismo su ritual más difundido, lanavidá, triunfa sobre la ciencia, sobre la prudencia, sobre la carencia, sobre la urgencia y la conciencia y la teleconferencia y tantas cosas que terminan en encia y muchas otras que terminan en puaj.

Hace unos días, ya desolado, escribí en el El País que “la Navidad es el tributo que todos pagamos a esos relatos y reglas de conducta que unos sacerdotes y soldados inventaron hace siglos —y supieron imponer con la cruz y la espada y algún fuego y la decisión inquebrantable de decidir lo que podíamos y, sobre todo, lo que no podíamos hacer con nuestras vidas. Ahora, además, el triunfo global de los cristianos les permitió crear una ensalada de tradiciones, que si establos fenicios y camelleros iraquíes, que si el gordo lapón y el árbol ario, que si turrón levantino y amor universal. Y les permitió, sobre todo, convertirla en una máquina de hacer dinero.

“Hay que salvar la Navidad, claman en estos días, y están hablando de eso. La Navidad es necesaria para la economía. La Navidad es una síntesis perfecta, la cumbre del capitalismo con corazón: porque soy bueno y amoroso consumo, porque consumo soy bueno y amoroso –y si no consumo en Navidad soy un fracaso. Tanto que ahora muchos gobiernos reblandecen las medidas que tomaron para que no nos muramos demasiado rápido: parece que la amenaza de una Navidad sin parentela ni turrones es peor que la del virus.

“La Navidad habla de plata y dice paz y amor, regalos a gogó, concordia familiar, concordia universal, comercios y bebercios y arrepentimientos, pero cuenta, sobre todo, ese triunfo: una cosa sería que los cristianos celebraran su fiesta como los judíos yom kipur o los musulmanes ramadán o los culés la última copa, y muy otra que todos todos todos sigamos su ritual. No hay nada más exitoso que una ideología que ya no parece ni siquiera serlo sino lo normal, lo natural. La prueba definitiva de la victoria de una idea es que condicione las vidas de los que no creen en ella”, decía, poco más o menos.

Tanto nos condiciona que, tras pasarnos el año más raro y temeroso y aislado de nuestras vidas para cuidarnos del contagio como de la peste, estamos dispuestos a contagiarnos esta semana en nombre de la familia, el amor y la paz –y, si acaso, de aquel bebito hijo de un dios. O incluso del espíritu navideño, que consiste en comportarse durante seis o siete días como no nos portamos durante todo el año: con cariño y respeto y cierta consideración.

Así que lanavidá le gana a laciencia por goleada. Quizás es solo que somos completamente idiotas. O, tal vez, que somos tan pero tan cristianos que hemos asimilado, también, su idea del sacrificio. Al fin y al cabo, si algo aportó el cristianismo al gran baile de las religiones es la glorificación del sufrimiento. Empezó por contar que su figura central era un señor torturado y ejecutado con una muerte infame: inauguró la Era de la Víctima. Y entonces edificó sus templos como inmensos relicarios, bóvedas donde guardar los restos mortales de unos muertos –en general, tipo suicidas– que llamaron santos. Nada mejor, para sus libros, que el sacrificio y el martirio. Y ahora, gracias a esta Navidad, va a tratar de hacernos mártires a cuantos más mejor.

Nosotros, astutos, nos dejamos. O, peor: lo reclamamos entusiastas, exigimos la libertad de contagiarnos por la causa. En muchos países lo estamos consiguiendo, así que nada, felices fiestas, japi japi, abrazos a los renos, un saludo especial a todos los que prefieren creer en la ilusión de una madre virgen antes que en la realidad de cuatrillones de viruses –y que el 10 de enero nos coja confesados y cerca de un buen respirador. Será justicia.