Martín Caparrós

Los miro, oigo sus gritos, resiento sus patadas y trato de imaginar su gozo: acostumbrados a tener que obedecer, a tener que tragar, personas descubren que por un momento harán lo que quieran –y lo que creen que quieren es tener algún poder, poder hacer, hacer sin límites, disponer de la vida y la muerte. Ser, por un momento, los que saben dónde está el bien y dónde el mal y aplicar ese saber sin concesiones: decidir, ser los dueños.

Tucumán es una provincia argentina –la más chica, una de las pobres– que tuvo su momento de gloria el 9 de julio de 1816, cuando unos congresistas declararon allí la independencia del país. Después tuvo otro, más largo, ya en el siglo XX, cuando sus ingenios azucareros dieron trabajo a muchos y plata a unos pocos. Y uno breve y brutal cuando esos pocos los cerraron, en los años ’60, y la provincia se volvió un polvorín, y uno dramático hace veinte cuando mi amigo Jorge Lanata mostró al país que el hambre existía y se llamaba Barbarita, una nena que le contó por televisión cómo era eso. Son destellos, y suelen ser extremos. Ahora Tucumán ha vuelto a descollar en la chatura patria: este año sus pobladores lincharon a –por lo menos– diez personas.

Algunos están documentados. Hace unos días circularon con denuedo los videos del linchamiento de un muchacho que quizás había violado y matado a una nena. La nena se llamaba Abigail, tenía 9 años y una tarde no volvió a su casa en un barrio muy pobre. Su madre fue a denunciarlo pero en la policía le dijeron que todavía no podían buscarla porque no había pasado tiempo suficiente y no alcanzaba el personal. Salieron los vecinos y, en unas horas, la encontraron muerta. Tres días después descubrieron al presunto asesino, lo persiguieron, lo atraparon, lo mataron a golpes. Era un muchacho de 25 años, adicto, ladrón, preso a menudo, que llamaban El Culón; los videos de su asesinato circularon. Alguien, entre tantos, subió uno a Twitter con la frase “Violador muerto no viola más”, y el padre de la nena dijo que el muchacho había recibido lo que se merecía. Al día siguiente, en un barrio cercano, otros interceptaron a un chico que estaba robando un celular y lo cagaron a palos. Tuvo más suerte: no llegó a morirse.

Los linchamientos tucumanos se difundieron porque son, de algún modo, extraños: cosas que no solían pasar allí. En otros lugares de América Latina son menos sorprendentes. Los números son vagos: es difícil encontrar cuentas claras. Pero en México se calcula que el año pasado los linchadores mataron a unas 200 personas y lesionaron a muchísimas más.

Los linchamientos sudacas se desarrollan según dos modelos básicos –y sus variantes–: están los delincuentes sorprendidos in fraganti, por un lado, y, por otro, los “sospechosos”. Los sospechosos suelen ser forasteros o “personas raras” que, de pronto, sufren el rumor de que se dedican a “robar niños”. La acusación es todo un dato: personas pobres, que no tienen mucho para robar, suponen que su riqueza apetecible son sus hijos. Marx los llamaba “proletarios”: los que no tienen nada más que su prole. Algunas veces esos pobres se retoban y atacan a esos sospechosos. Algunas veces la sospecha está fundada; otras, no.

En cualquier caso, son pobres asustados que temen a otros pobres. Esos linchamientos suelen ser explosiones, estallidos de cabreo donde unos y otros se dan ánimos para hacer lo que nunca. En las zonas andinas de Bolivia y Perú, en cambio, hay linchamientos serenos, preparados, que se basan en esas leyes locales que dicen que la comunidad debe castigar físicamente a quienes cometen lo que ellos consideran un delito –que puede incluir, por ejemplo, el adulterio.

En todos los casos, los linchamientos recuperan una función de la justicia pre-moderna: el espectáculo, terror y disuasión. Durante milenios los castigos se hicieron en público para que ese público, asustado, registrara que si robabas te cortaban la mano, si matabas te deshacían el cuerpo en varios trozos. Ahora los castigos son invisibles: consisten en encerrar al transgresor, sacarlo de la vista. Su función disuasoria es más sutil: es algo que te cuentan, no algo que ves –perdón, Foucault. Pero millones de teléfonos se irritaron con las imágenes del Culón pateado en el piso hasta la muerte, o de esos hombres quemados por la multitud en pueblos mexicanos.

Las imágenes suelen ser caóticas, de algún modo gozosas: son personas que de pronto pueden decidir, pegar, desahogarse, matar. Y sentirse en un colectivo que, por una vez, consigue resultados: nosotros lo buscamos, lo encontramos, lo matamos. Nosotros hemos hecho lo que esos hijos de puta de policías y jueces y políticos no consiguen o no quieren hacer: descubrir al delincuente y castigarlo, neutralizarlo en serio.

Son personas que aplican viejos valores sólidos: los que hacen tal o cual no merecen vivir, si aquél mató debe morir. Un viejo best seller lo dice muy claro: “…vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, golpe por golpe, herida por herida” (Éxodo, 21.24) –y hay gente que todavía le cree y le hace caso. Y se dejan alentar por los semianalfabetos que hablan en los medios de “hacer justicia por mano propia”.

Es curioso lo que dicen las personas cuando no saben lo que dicen. La justicia es una construcción que se inventó para evitar la mano propia. Contra la lógica de la venganza personal –la de la Biblia–, los primeros estados complejos empezaron a organizar mecanismos para ocuparse de los delitos y sus castigos: para sacarlos de la rueda infinita de venganzas y retribuciones. Su genialidad fue postular que un delito no se comete contra su víctima sino contra la sociedad: que cuando un señor mata a otro señor no está perjudicando solo a ese señor y a sus deudos sino a la comunidad entera –y que, por lo tanto, no es un problema personal sino común: que la comunidad debe ocuparse del castigo. Ese aparato ideológico se llama justicia y tiene reglas e instrumentos –y justifica que los Estados se arroguen el monopolio de la violencia. Cuando los Estados no funcionan, cuando la violencia está privatizada, las cosas vuelven a su estado anterior: cada cual se las arregla como puede.

Es lo que pasa en América Latina: personas que confirman, a las malas, que sus estados no se ocupan de ellos y deciden ocuparse solos. En América Latina hay más homicidios que en cualquier otro lugar del mundo -y se elaboran todo tipo de teorías para justificarlo. Se puede, por supuesto, pero hay una razón que opaca a todas: en el promedio de la región, la justicia solo resuelve el dos por ciento de los asesinatos. La violencia crece por la razón más tonta: porque es tan barato, porque el que mata tiene solo una posibilidad entre cincuenta de pagarlo. Entonces sus víctimas, que lo saben sin saberlo, sin estadísticas, sin tablas, a pura vida y a pura desdicha, deciden actuar y se cubren de mierda.

Pero se benefician, en última instancia, de la razón de su caída: ellos tampoco son castigados por hacerlo. Y actúan, además, según las reglas que su dios les dejó dichas y nunca corrigió. Y disfrutan, si acaso, de ese placer primario de la manada que se ensaña, que ejerce su poder, que hace gratis lo que suele ser caro: que se siente, por un momento, un poco más. Los signos de la disolución social sudaca abundan: pocos tan brutales, tan dantescos como esto de matar a los que nos molestan.