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Martín Caparrós

¿Cómo se hace para seguir queriendo? ¿Por qué querer otra vez lo que uno ya ha tenido muchas veces? No es fácil, en general, contestar esa pregunta. Nos pasamos la vida intentándolo: que si el orgullo, el dinero, la costumbre, el cariño y otros inventos semejantes. El Madrid, esta noche, no encontró su respuesta.

Y eso que salió al Etihad dispuesto a todo: tenía que ganar por dos goles, proclamar que esa copa, que ganó tantas veces, sigue siendo suya. Para eso llevaba unas camisetas rosa gritito que solo podía reivindicar goleando. Junto con el celeste del Manchester City, su contrario, parecían un negocio de ropa de bebés de antes. Y, por supuesto, no había público. La pandemia, reina del carnaval, lo había conseguido: la Champions, la copa más clamorosa de estas partes, se jugaba en silencio.

Solo gritaban, en las bandas, dos señores. Era el duelo de dos pelados parecidos, los dos tan elegantes, los dos flacos espléndidos, los dos llegando a los 50, los dos grandes ex jugadores en los dos grandes equipos españoles –que ganaron, ya como entrenadores, seis Champions y otros 35 campeonatos entre ambos.

 Pero el partido no estaba nada claro: el Real Madrid debía reparar la desgracia de un equipo que se llamaba igual y que, cinco meses atrás, jugaba poco y perdió en su campo con el City. Es eso que, a falta de mejor nombre, llamamos historia: hacerse cargo de los errores de otros que, en otros tiempos, ocuparon esos mismos lugares, enarbolaron esas mismas banderas. El Madrid, patriota de sí mismo, salió a vengarse de su pasado: muy a menudo no funciona.

El partido era raro. Cada cual jugaba, a priori, a lo contrario: el Madrid, que cada vez defiende mejor, tenía que meter goles; el City, gran ofensor, debía impedirlos. La inversión no tenía un pronóstico preciso, pero todo empezó a resolverse con una tontería de partido de fin de semana, solteros contra casados –si es que todavía quedan solteros y casados. Varane, central campeón del mundo, dejó que Gabriel Jesús le robara una pelota imposible a cinco metros de su arco y regaló un gol de esos que nunca nadie sueña. Lo metió Sterling, pero era puro efecto de la famosa presión alta: la idea de que lo que tenga que pasar mejor que pase cerca del arco contrario, donde las pelotas rinden mucho más. Así, a los nueve minutos, Manchester ganaba 1 a 0, 3 a 1 en el global.

Y el partido se hundió por un rato. El City, Guardiola puro, toqueteaba y tocaba y toqueteaba. Es un sistema que consigue, al mismo tiempo, varios objetivos: impedir que la tenga el contrario, ponerlo de los nervios, hacerlo sentir una basura y, de paso, ir acercándose a su arco y, si acaso, tirar algún tirito. Aunque ver al City de Guardiola es –muy fuerte, muy claro– no ver al Barça de Guardiola: ver un remedo, un como si, que usa el mismo modelo con jugadores que no están a la altura. Ver al City de Guardiola eleva todavía más, si fuera posible, al Barça de Guardiola.

Varane mediante, a los diez minutos todo parecía listo, decidido. Otros equipos se habrían derrumbado; el Madrid no. El Madrid tiene eso que nadie sabe en qué consiste pero lo lleva a ser, casi siempre, el equipo más competitivo del mundo, el más ganador. Así que sin mucho juego se fue acercando al área del City y a los 27 el brasilero Rodrygo desbordó por la derecha y puso un centro perfecto para la cabeza del francés Benzema, que le dio de pique abajo. Un gol de nueve del nueve menos nueve, y el empate.

El partido había entrado en un modelo claro: manejo del City, arrebatos del Madrid, pocos peligros. El Madrid solo amenazaba con Benzéma –y, cada tanto, Courtois lo salvaba de la estocada final. Casemiro perdía muchas pelotas, Kroos no las agarraba, Modric paseaba y Hazard, que de movida pareció, se había cansado. Benzéma seguía insistiendo pero no había quién le subiera bolas más o menos decentes. Ya era el segundo tiempo, y no pasaba mucho. El City dominaba, parecía que tenía todo controlado, pero enfrente estaba el Madrid: el gran especialista en ganar –aún sin jugar. Guardiola tenía cara de asustado, aunque De Bruyne era una amenaza elegante y constante –dos veces casi mete un gol olímpico– y Sterling se floreaba hacia delante.

No parecía una final de nada. Faltaba nervio, energía, un poco de barbarie. Todo tan lindo, tan fair play: ese juego que juegan los ricos donde, por ejemplo, el Madrid hizo tres fouls en 90 minutos. Pero el fútbol –ustedes disculpen– suele ser como la vida: largos lapsos en que no pasa nada para que, de repente, algo lo cambie todo. Después, despistados, intentamos pensar que todo lo anterior fue la base lógica sobre la cual se edificó ese momento decisivo: son manotazos de ahogado que da la razón para tratar de ocupar algún lugar, y consolarnos.

Aquí ese momento llegó en el minuto 67, con el segundo desastre de Varane: hay golpes en la vida tan duros, yo no sé. ¿Por qué un señor que se pasa toda la suya dedicado a esto, que llega a ser uno de los mejores en su puesto, campeón del mundo y esas cosas, se porta de pronto como un pazguato rosita y hace dos veces lo que antes nunca hizo ni una? Nadie lo sabe. Lo cierto es que Raphaël Varane volvió a perder una pelota idiota a diez metros de su arco, y Gabriel Jesus se la pescó y metió el segundo. Hay una lección en su optimismo pesimista: un hombre que confía en que los otros son un desastre, que está listo para aprovecharlo –que acierta al apostar al fracaso ajeno. Jesus, claro.

El Madrid se desarmó. Antes no podía pero creía; ahora, ante el error, el equipo más creyente del mundo había dejado de creer. Los minutos pasaron para nada, sin promesa; Zidane tampoco la renovaba con cambios o sacudidas: parecía resignado. El City se perdió un par de goles, el Madrid se perdió a sí mismo: estaba afuera. Zidane había ganado sus doce eliminatorias de Champions; fatal, no pudo con la trece. El Real, enfrentado por fin con un rival en serio, no pareció tan distinto del de antes de la peste. Alguien diría que, si ganó la Liga, no fue porque era bueno sino solo el mejor. Y ser el mejor, en general, no alcanza.

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P.D.: Mientras tanto, en Turín, la lógica –del dinero del fútbol– también se tambaleaba: Cristiano Ronaldo y sus amiguitos en blanco y negro no conseguían remontar un gol frente al Olympique de Lyon, y hacían chau con la mano. En una noche rara, los campeones de Italia y España eran derrotados por unos segundones de Inglaterra y Francia. En 1939 hubiera sido espléndido. Sucedió, como todo, ochenta años demasiado tarde.