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Martín Caparrós

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Dicen, faltaba más, que son republicanos. Claro que son republicanos, insisten: desde siempre. Sucede mucho en estos días de monarcas fugitivos; aparece, en su púlpito o algún recoveco de la televisión o de la radio un ministro o alcalde o entenado del socialismo obrero y español y lo proclama: somos republicanos, nuestro partido es un partido republicano. O sea que proponen que no haya reyes. Pero enseguida dicen que creen que hay que defender la monarquía. Con amigos así, quién necesita enemigos.

Llevo días perplejo, trato de entenderlos: ¿qué significa definirse republicano y defender la monarquía? Uno –una persona, un partido, un parado, un repartidor de hielo a domicilio, incluso un político– podría pensar que es difícil conseguir el sistema que prefiere pero, para estar de acuerdo consigo mismo, no debería renunciar a intentarlo, a buscar las maneras. Son obviedades: si uno –incluso un político– está convencido de que algo es mejor debe tratar de conseguirlo. Uno debe argumentar –incluso actuar– a favor de las convicciones que proclama, no en contra. O, por lo menos, eso sostiene mi amigo Pero Grullo. Pero te dicen que ahora no es el momento –nunca lo es– y que no hay que complicar las cosas, que ya están bastante complicadas. Te dicen que no vale la pena, que para qué meterse en esos líos. Los defensores del reino hablan mucho de él para decirte que no hay que hablar de él: hablan para callarte.

El problema de ese planteo es que se basa en la idea de que no es necesario justificar lo que ya está porque lo justifica el hecho de que ya está. Que, por ejemplo, debe haber un rey porque lo dice la Constitución de 1978 y hay que respetar el orden jurídico existente. Si los políticos de 1977 hubieran usado el mismo argumento todavía nos regiríamos por las Leyes Fundamentales del Reino y su “democracia orgánica” franquista, por ejemplo. Cualquier idea de cambio, cualquier dialéctica tiembla ante ese silogismo nabo.

Se supone que cualquiera –incluso un gobernante– debe revisar con alguna frecuencia lo que hace, chequear si sigue estando bien. Entonces, para seguir defendiendo la existencia de un rey habría que definir la necesidad de un rey. ¿Para qué cuernos sirve un rey? ¿Y, en este caso, un rey en España? Podía servir, quizás, en 1978 para engrasar un mecanismo enmarañado, pero eso ya pasó hace tanto.

Y ahora se complica, porque todas sus explicaciones refieren a la supuesta incapacidad de los españoles para mantener un país funcionando sin esa figura de autoridad, sin ese padre que lo es porque fue hijo. Te dicen que un rey sirve para representar a España y para unirla; es duro que los representantes de los españoles crean que sus representados no son capaces de representarse su país sin pensar en el careto de un señor alto y balbuciente, o que sin él querrían desintegrarlo. Debe ser duro vivir creyendo que tu país es tan frágil, tus compatriotas tan primarios.

Si los supusieran mejores concluirían que un rey es, por lo menos, superfluo. Porque de verdad no se entiende su necesidad en una democracia. Se puede tener uno, claro, y vivir con eso. También se pueden tener hemorroides o expectativas incumplidas de un aumento o un vecino con música fuerte, y sigues adelante. Pero es curioso que millones de demócratas se crean que sin un rey su país no funcionaría. Y si, en cambio, creen que funcionaría sin el rey, ¿para qué tenerlo?

Te dicen que durante 40 años hubo un rey y que fueron 40 años buenos. Es cierto, y también es cierto que en esos 40 años hubo 25 por ciento de paro juvenil, y eso no es un gran argumento a favor del desempleo. Y te dicen que los países escandinavos, tan limpitos, tienen reyes; allí también hay más suicidios que en el resto del mundo y sin embargo nadie proclama que habría que suicidarse más a menudo. Y te dicen que es un buen representante comercial y que por suerte los jueces no pueden meterse en lo que hace cuando hace su trabajo. Mientras tanto, fuera de eso, no consiguen definir para qué sirve ese señor, ese cargo, esa carga.

Un rey –cualquier costumbre, cualquier institución– no debería existir solo porque algunos temen lo que pasaría si dejara de existir. La monarquía es, entre otras cosas, una institución carísima. Sus gastos son, como todo lo que tiene que ver con las coronas, pantano oscuro y reservado, pero solo los caballos de la Guardia Real cuestan al año lo mismo que 50 rastreadores de Covid, tan deseados en Madrid últimamente. Es verdad que desfilar montado en un rastreador no resulta tan cómodo y que esta es otra discusión falseada: nadie se pondría a debatir si le resulta caro o barato algo que no precisa, que no quiere usar.

La cuestión es otra: para los demócratas es una vergüenza no poder completar su democracia. Una monarquía constitucional es una democracia incompleta: una que se ejerce en todos los niveles salvo el más alto, ocupado de la forma más antidemocrática que la historia ha inventado: por el pobre privilegio de la cuna. Nunca entendí por qué todos estos dizque demócratas la apoyan; nunca entendí qué temen. ¿Qué fantasma los despierta por las noches? ¿El miedo a la democracia? ¿Qué pasaría si se eligiera cada cuatro años a alguien para ocupar la jefatura del Estado? ¿Qué se derrumbaría, qué dejaría de funcionar, qué se transformaría? Nada. Habría un presidente como hoy hay un jefe de gobierno, no habría un rey, y todo sería muy parecido.

La III República española será inocua, casi asintomática. La I y la II supusieron cambios radicales; ahora, que haya o no rey se notaría muy poco. Es una pena pero es cierto, porque el rey no define la política española. La definen, supuestamente, los votantes y, en los hechos, los políticos que los votantes eligen, los banqueros que nadie, las circunstancias globales. Pero no el rey: nada cambiaría si no hubiera un rey. Salvo en el plano simbólico.

El rey solo actúa como símbolo, es puro símbolo: sirve para simbolizar que hay que obedecer a alguien por cojones –o por sangre– y que hay cosas que no se discuten ni debaten, que son como son y que se sienten, coño. Y, sobre todo, simboliza que las cosas no cambian –y por eso lo defienden los políticos preocupados por los cambios. El rey, en última instancia, solo sirve para tranquilizar a unos cuantos pusilánimes, asustados, siempre asustados por lo que podría pasar si. El punto es que esos pusilánimes tienen el poder suficiente –por eso, en general, son pusilánimes– como para convencer a muchos de que su miedo es razonable, casi urgente.

Y, para más burla, muchos se dicen partidarios de algún cambio: entre ellos, que haya en España una república. Pero insisten y proclaman que están a favor de que el rey siga en su trono. Es curioso, realmente curioso, ver y escuchar a estos republicanos monárquicos. El pobre Borges se divertía con aquello de los oximorones -el fuego helado, la música callada-, pero en mi barrio los llamaban oportunistas o farsantes: el tipo que te decía que había que respetar a las mujeres, supongamos, porque yo también tengo una madre –y manoteaban todo lo que podían.

Gente, digo, que no tiene la valentía de estar convencida de sus convicciones. Yo creía que hasta ahí se podía llegar, que las contradicciones y las torpezas tan burdas no funcionan. Me equivocaba, una vez más. Frente a eso, el tema de la monarquía se vuelve secundario: incluso a aquellos a los que rey o no rey les da casi lo mismo debería preocuparles que los gobiernen unos señores y señoras que proclaman algo y hacen tan abiertamente lo contrario. Es el tipo de cosas que los políticos inteligentes tratan de disimular, por si las moscas. O por si las personas, quién sabe, que a veces también vuelan.

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P.D.: A menos que el señor rey fuera tan inteligente como para renunciar –y correr derechito hacia la historia. Eso le proponía yo hace unos años, todavía en el New York Times: “Su única opción para no ser una nota al pie, señor Sumajestad, un párrafo perdido, es abdicar. Imagínese el golpe: usted en la pantalla anunciando que quiere ser un ciudadano como todos, vivir como uno más, hacer las cosas por su propio esfuerzo, porque entendió que privilegios como el suyo, por puro mérito de cuna, ya no tienen ningún sentido en estos tiempos; que todos los españoles deben ser iguales y que eso lo incluye y que por eso declara caduca y caducada la institución que representa, y propone acabarla.

Imagínese, señor, la sorpresa, el respeto. La renuncia siempre tiene buena prensa: alguien que, sin presiones, por convicción y propia decisión, deja algo que tenía. Y su renuncia sería única: no habría sucedido nunca antes. Por una vez, el adjetivo más devaluado de nuestro léxico de adjetivos devaluados, el adjetivo ‘histórico’, estaría justificado. Usted se habría ganado, en buena ley, el lugar que precisa en los libros de historia y fundado algo distinto, algo que podría durar siglos. Usted, entonces, ya no sería un capítulo más: sería un nuevo comienzo. Quizá le parezca que no es para tanto: yo imagino que sí. En una sociedad donde nadie tenga privilegios por motivos tan bobos como su ascendencia, es más fácil postular que nadie debe tenerlos por su dinero o su poder: que si alguien engaña o roba debe ir preso, sea quien sea, tenga lo que tenga; que si alguien necesita comida o salud o educación debe obtenerlas, sea quien sea, sin diferencias de poder o dinero, y todos viviríamos mejor.”

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En voz alta: