Martín Caparrós

Un tipo que salta desde un noveno piso no sirve para nada. Un tipo que salta desde un noveno piso no pretende servir para nada. Un tipo no se tira al vacío pensando para qué va a servir que se reviente la cabeza contra el suelo, que en dos o tres segundos más se acabe. Ese es, si acaso, el trabajo que nos queda a los que no saltamos. A mí me gustaría poder pensar para qué sirve –si sirve para algo– que Willy McKey, poeta venezolano, un tipo gracioso y generoso, se haya matado así.

(Cuando nació, hace 40 años, en un barrio obrero de Caracas, Willy McKey se llamaba Willy Joseph Patiño Lira; después se cambió el nombre y se hizo peludo, gordo, talentoso. Combinaba palabras con soltura y escribió libros de poemas, ganó premios por ellos; en algún momento se volcó a la política y redactaba para Juan Guaidó. Sabía cantar, comer, beber, pasear, reírse con denuedo; se ve que no sabía cosas que no sabíamos, que ocultaba horrores. Últimamente, partido como tantos compatriotas, vivía con su novia en Buenos Aires –hasta el jueves, cuando se tiró.)

Pensar, pero no es fácil: hay que meterse en el terreno más resbaladizo de estos tiempos. McKey se mató porque varias mujeres demasiado jóvenes contaron cómo las había seducido o intentado seducir: ellas eran menores, él usaba su poder cultural. La mujer que lanzó la denuncia –que firma Pia su largo hilo de tuiter– reproduce larguísimos chats entre ella y él: me impresiona en ellos el esfuerzo que hace un hombre por engatusar a una niña. Y –aquí debo escribir “por supuesto”, por supuesto– me parece horrible que alguien use ese poder para conseguir una satisfacción sexual. En el relato no aparece violencia física; aparecen, sí, esas maneras del poder que también lo son. Seguramente McKey hacía lo que hacía porque estaba jodido –algún modo de enfermo– y porque tantos lo habían hecho antes que él; de pronto se encontró con que eso que había hecho le acababa la vida. Por eso no puedo dejar de preguntarme si no hay cierta desproporción entre el hecho y su castigo –y, encima, convencido de que hay cierta desproporción entre el hecho y su castigo, me veo escribiendo que “no puedo dejar de preguntármelo”.

Es un terreno más que resbaladizo: el discurso social dominante en nuestros ámbitos hace que cualquier debate sobre el tema sea visto como una defensa de lo peor del poder masculino. Debatir se ha vuelto complicado, sospechoso: debatir, digo, pensar y sopesar. Pero hay una pequeña máxima de Montana que se opone a la famosa de Wittgenstein: allí donde el vienés decía que “Lo que no se puede decir hay que callarlo”, el sudaca creyó que “Todo lo que no se puede discutir infecta”. Vivimos virus, somos virus, viruseamos.

Así que me gustaría intentarlo, con la torpeza que me caracteriza, o por lo menos proponerlo. Creo que está muy bien que la condena social a los que tratan de usar sus poderes para conseguir favores sexuales sea dura. Esperemos que esa condena sea la forma de que ese mecanismo siniestro, que durante siglos pareció tan “natural”, desaparezca. El problema es que esa condena está descontrolada.

Willy McKey decidió que, culpable, su castigo sería matarse. Quizás exageró, pero lo cierto es que la sociedad –su sociedad– ya había decidido que estaba definitivamente afuera, que no tendría más trabajo ni lugar, que le resultaría muy difícil escribir, hablar, pensar, ganarse la vida, que le resultaría muy difícil vivir. Lo condenaron al vacío; se ve que, casi literal, no supo ver otra salida.

Yo sigo creyendo que hay que buscar otras. Creo que habría que encontrar la manera de pensar qué hacer con los que hacen esas canalladas sin destruirlos tanto como destruyen ellos –o más. Empezar a pensarlos sin el odio que se merecen pero que, muchas veces, desmerece a quien lo siente. Tratar de que el castigo sea proporcional al crimen. El problema es que aquí la ley y las leyes no intervienen, ni sus garantías. No hay presunción de inocencia hasta que se demuestre lo contrario; no hay un baremo de delitos y penas. El castigo es inmediato y es social y es completo y no da lugar a explicaciones y a esa transacción que llamamos condena: si hiciste tal cosa vas a tener que hacer tal otra y después, recién después, podrás recuperar tu vida. Aquí la sensación es que la vida del ofensor ya es irrecuperable, que ya la perdió –y por eso, imagino, Willy McKey saltó por la ventana.

Lo hizo, supongo, porque no soportaba imaginar ese vacío. Y entonces, por esas canalladas enfermas, se perdieron también tantos poemas, tantas risas, algún amor más cierto, las posibilidades de una vida. No digo que nada de eso justifique al agresor ni lo libre de culpa; digo que habría que encontrar la manera de no aniquilarlo, de darle la posibilidad de pagar por lo que hizo y recuperar alguna forma de su vida. De no saltar por la ventana, digo, cuando tanto hijo de puta sigue sentado en el salón, pontificando.