Martín Caparrós

Están quemando: jóvenes españoles llevan unos días enfrentándose a la policía en un par de avenidas de Madrid, Bilbao, Valencia y, sobre todo, Barcelona y, eventualmente, queman contenedores de basura e, incluso, rompen escaparates o vitrinas o vidrieras. Y medios y políticos y parroquianos españoles lanzan todo tipo de grititos indignados: queman, dicen, roban, dicen, caos en las calles, dicen, la anarquía y dónde vamos a ir a parar con estas cosas. Solo algunos, los más brutos, piden mano dura –y los demás lamentan civilizadamente, comprensivos.

Es todo un espectáculo, aunque el esfuerzo de producción es módico: al fin y al cabo son, en cada sitio, mil, dos mil muchachis que corren y queman. Y todos hablamos de ellos. Por una vez, todos hablamos de ellos.

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Los muchachis no lo consiguen a menudo. Están jodidos: los jóvenes españoles actuales son la avanzada de una forma de estar en el mundo que consiste en no tener lugar en el mundo. Nos va a pasar cada vez más: los empleos desaparecen, las máquinas se imponen, sus dueños ganan al no tener que pagar sueldos porque hay máquinas que pueden hacerlo o pagar sueldos cada vez menores porque hay máquinas que podrían hacerlo y mucha gente que necesita hacerlo, así que se forran y concentran y no reparten porque los estados que deberían servir para obligarlos no sirven. En las próximas décadas la historia del mundo será la historia de la pelea por los beneficios de la automatización entre sus patrones, que quieren guardárselos, y sus víctimas, que quieren conseguirlos. La renta universal, entre otras iniciativas, es el principio de esa lucha.

Pero, más allá de largos plazos, lo cierto, aquí y ahora, es que esos jóvenes se prepararon mucho y les prometieron mucho y dos de cada cinco no tienen trabajo y cuando lo tienen no es lo que querían y no saben qué van a hacer con sus vidas y viven en sociedades que no les gustan un carajo. Y no parece que puedan hacer mucho frente a eso.

–No te preocupes, Paco. Espera las elecciones del 2023 y vas a ver cómo tu voto cambia todo.

¿Qué hace alguien si tiene 25 años y ve que la vida se le empieza a ir sin muchas chances de que sea distinta, de que se parezca a lo que había imaginado? ¿Dice oh, qué pena, la vida se me empieza a ir sin muchas chances de que sea distinta y no se parece a lo que había imaginado, cáspita zambomba, o busca alguna forma? Por suerte muchos buscan formas, pero a menudo tampoco las encuentran. La idea de hacer política se jodió hace mucho, cuando los partidos clásicos demostraron que están ahí para que nada cambie; la idea de hacer política de otras maneras se jodió bastante cuando los que la difundieron hace unos pocos años empezaron a hacer política de las mismas maneras que aquellos que querían reemplazar –personalismos, poderes, privilegios–, y por el momento no hay muchas más ideas. Por no haber, ni siquiera hay un proyecto claro de cómo podría ser esa vida distinta; solo la conciencia –la evidencia– gritona de que esta así no era.

Ni hay muchas formas de mostrarlo. Si miles de muchachis se hubieran reunido en una avenida de Madrid o Barcelona y hubieran desplegado unas pancartas y cantado unas cositas, nadie se habría enterado.

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Vivimos en una sociedad de la eficacia, donde nos repiquetean con la demanda de eficacia todo el tiempo, pero las vidas de millones son un canto a la ineficacia: la ineficacia, sobre todo, de prepararse intensamente para nada, de invertir horas y horas y energía para no conseguir ninguna rentabilidad, de no cumplir siquiera con esos criterios ajenos: “fracasar”.

Son vidas tan ineficaces. En cambio quemar es eficaz: cumple con los baremos, es rentable. Por un rato de correr y tirar alguna piedra y encender algún fuego esos muchachis consiguen una repercusión que no conseguirían en –casi– ninguna otra circunstancia. Consiguen que diarios y televisiones y redes y políticos y parroquianos hablen de ellos: que usted y yo, incluso, tan distraídos de ordinario, pensemos en ellos ahora mismo. Y se pone en discusión el problema coyuntural de la libertad de expresión de un gritón medio bobo pero, más que nada, el problema permanente de tantos.

Y todo porque quemaron unos cuantos contenedores, tiraron unas cuantas piedras, se llevaron unas cuantas hostias y unas cuantas zapatillas: el negocio es redondo. O, dicho de otra manera: si este artículo se titulara “Graves problemas de la juventud actual” usted no lo estaría leyendo. Lo empezó a leer porque se llamaba Mejor quemar: quod erat demonstrandum, decían los latinos, con perdón.

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O sea que el problema no es que los muchachis quemen contenedores; el problema es que tengan razón en quemar contenedores porque, sin eso, nadie les haría caso. Si acaso, entonces, la pregunta es qué hicimos tan mal como para que la única forma de expresarse en serio –de hacerse escuchar un poquito– que les queda sea quemar.

Y, después, la pregunta siguiente: ¿que atraigan la atención –que se hable de ellos– cambia algo? Esa es la gran incógnita de estos tiempos, lo que realmente no sabemos: ¿cómo se hacen los cambios? ¿Cómo se cambia?

Quemar es un intento. Primario pero lógico: funciona, sin duda, como testimonio, para echar a rodar algún canto. Y a veces más allá: en Chile, por ejemplo, hace meses salieron unos pocos a quejarse de los precios del metro y se armó tal revuelto que en estos días están por elegir los delegados que cambiarán la constitución de Pinochet.

Digamos: que la chispa no siempre incendie la llanura no es una buena razón para dejar de sacar chispas. Que no haya otras maneras de hacerse notar es la mejor razón para intentar con esa. Y que haya que intentar con esa es la mejor razón para buscar, urgentemente, otras.