Martín Caparrós

Todos hombres: era muy impresionante que fueran todos hombres. Miraba esa película deliciosa de 1961, Le Président, de aquellos tiempos en que los franceses querían ser más elegantes que profundos, hirientes que sentidos, y producían unos diálogos muy artificiales y casi perfectos a la manera de Sacha Guitry. Y el guión era de Georges Simenon y la dirección de Henri Verneuil, y Jean Gabin, viejo y enérgico, hacía de ex presidente y se reía del mundo. Pero nada de eso importa ahora: lo que me impresionó fue aquella imagen de la Cámara de Diputados en París: todos señores, todos.

Todos: ni una sola mujer. Y ahora, recuperando el clásico 12 angry men –Sidney Lumet, 1957, cumbre de Henry Fonda– la sensación vuelve con fuerza porque no es sensación sino avalancha de imágenes: entre esos doce jurados discutiendo hasta la extenuación no hay ninguna mujer. Todos señores, todos.

Son imágenes que hace no mucho, cuando yo nacía, resultaban normales –y ahora inverosímiles. Fines de los ’50, principios de los ’60 era una época que pensamos feliz, eran mis primeros años, y las imágenes me impresionaron y empecé a buscar más. Imágenes de los ’20, los ’30, los ’40, y el modelo se repetía en todas: las instituciones estaban hechas de señores. Y entonces sí terminé de formularme la pregunta tonta, que no había pensado antes –ni leído–: ¿se podría decir que pocos procesos produjeron tanta expulsión de las mujeres de la vida pública, de las distintas formas del poder como la democracia?

“Los dioses ya no estaban, Cristo todavía no estaba; hubo, entre Cicerón y Marco Aurelio, un momento único en que solo estuvo el hombre”, le escribió Gustave Flaubert a una amiga hace justo 160 años. La época en que –en el poder– solo estuvo el hombre empezó, creo, poco después. Creo; es, insisto, una hipótesis que habría que trabajar, pero hay algunos datos. En 1861, cuando Flaubert escribía aquella carta, la reina Victoria ya llevaba 24 años en el trono inglés y le quedaban todavía cuarenta; en España la segunda Isabel tenía 28 de reina por detrás –desde sus 13– y siete por delante.  En la India Lakshmi Bai, reina viuda de Jhansi, moría a la cabeza de una gran revuelta contra los británicos, y en Holanda pronto nacería la reina Guillermina, la de los zapatitos. E incluso Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia, discutía con su Napoleón de tercera los destinos de su reino. Los hombres eran, por supuesto, gran mayoría en todos los poderes pero aquellos regímenes arcaicos tenían, por esas cosas de la sangre y los amores, algún sitio para las mujeres. Las democracias acabaron con él.

En Occidente, en la segunda parte del siglo XIX, cuando los sistemas eleccionarios terminaron de asentarse, las mujeres perdieron las últimas opciones que les quedaban para participar de alguna decisión. No votaban, y a nadie –prácticamente nadie– se le ocurría que debieran hacerlo. No emprendían, no dirigían empresas, no dictaban clases ni sentencias, y a nadie –prácticamente nadie– le parecía que debieran hacerlo. Ni a ellos ni a ellas: no era que no pudieran, era que no lo pensaban. Vivían, como todos, en su época, convencidos de sus convicciones, sin la distancia y la voluntad necesarias para ponerlas en cuestión, creyéndolas el orden natural.

Salvo, por supuesto, las inadaptadas de siempre, las extremistas habituales que pedían algo totalmente disparatado, fuera de cualquier lógica, algo que no se hacía porque nadie lo hacía ni tenía sentido que se hiciera. Se llevaban las burlas y los ataques de rigor pero poco a poco, a fuerza de pelear, fueron logrando algunas cosas. El símbolo, la palanca, era votar. En Nueva Zelandia, pionera, lo consiguieron en 1893; las demás ya en el siglo XX: Australia, Escandinavia, Canadá y las nuevas repúblicas soviéticas hacia 1917; justo después Inglaterra, donde empezaron por las mayores de 30 dueñas de algo.

Y así de seguido: en España el voto femenino llegó con la República de 1931, aunque algunos de sus diputados lo rechazaban con argumentos muy científicos: “¿Cuál sería el destino de la República si en un futuro próximo, muy próximo, hubiésemos de conceder el voto a las mujeres? Seguramente una reversión, un salto atrás. Y es que a la mujer no la domina la reflexión y el espíritu crítico; la mujer se deja llevar siempre de la emoción, de todo aquello que habla a sus sentimientos, pero en una mínima escala de la verdadera reflexión crítica”, decía entonces Roberto Novoa, diputado republicano gallego y catedrático de Patología de la Universidad de Madrid. Y otros y otras –Victora Kent, por ejemplo, radical, la primera abogada española– lo apoyaban con argumentos de conveniencia política: las mujeres era, se sabía, conservadoras, y dejarlas votar significaría el retorno al poder de la derecha oscurantista.

Después, con los mismos miedos, los mismos obstáculos, la onda siguió, lenta, laboriosa: el voto femenino empezó en Francia e Italia en el ’45, Argentina en el ‘51, México y Perú en el ’55, Colombia en el ’57, Catar en 1999. Lo sabemos, y de algún modo lo olvidamos. Por eso es tan brutal ver esas imágenes de hace no tanto tiempo, esas imágenes tan “democráticas” como un parlamento o un jurado popular –de puros hombres. De pronto, entonces, me parece claro que no hubo, en el Occidente clásico, ningún momento en que las mujeres estuvieran tan sólidamente apartadas de toda forma de poder como esas décadas en que se fue instalando la democracia de delegación: en que, primero, hombres elegían hombres y, después, con gran esfuerzo, mujeres los seguían eligiendo.

Esa época trajo avances importantes de la igualdad en otros campos; en este, nada. Es un ejemplo fuerte de cómo la historia nunca es lineal, nunca unívoca: cómo ciertos “progresos” conviven con brutas regresiones. Y cómo a millones de personas les puede parecer tan normal algo que años después otros tantos millones encuentran aberrante. Es ese principio que olvidamos tan fácil, tan a gusto: sobre todo, pequeño saltamontes, nunca te creas eso que creés.