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Martín Caparrós

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Hay un rey: en España hay un rey, como había hace 500 años, y algunos dicen que está bien que lo haya porque lo había hace 500 años. En España, hace 500 años, quemaban a los judíos y a los dudosos, encerraban a las mujeres por adúlteras, vendían personas en el mercado de la esquina y al que decía que la Tierra giraba alrededor del Sol lo metían preso. Y había un rey, como ahora, y algunos dicen que está bien. Aunque ahora, por ahora, haya dos, porque a uno lo echaron y pusieron al otro para ver si podían salvar la ropa –y la monarquía y, quién sabe, alguna cuenta suiza.

Hasta hace cinco años había uno solo: se llamaba Juan Carlos Borbón Borbón y estaba ahí porque lo había nombrado un militar que mató mucho y mandó tantos años, hasta que se murió. El señor Francisco Franco tenía el mérito dudoso de habérselo ganado con la sangre de cientos de miles; al señor Borbón Borbón le alcanzó con la suya. En esos días los poderosos españoles hicieron trampas para que España volviera a ser un reino y algunos lo celebraron y otros lo aceptaron porque creían que no quedaba más remedio y después se alegraron de tener ese rey, tan guapo tan alto chulo chachi.

Pero ahora dicen ay, ese hombre no era lo que creíamos –como si algún hombre fuera alguna vez lo que los otros creen. Y dicen ay, nos engañó, por no decir nos engañamos: durante cuatro décadas la mayoría de mis compatriotas españoles dijeron que la monarquía les gustaba más o menos pero ese hombre sí, ese rey que tenían. No pensaban en ideas, pensaban en señores; ahora, de pronto, descubren que a ése le gustaban las escopetas y matar y la plata y las rubias y se sorprenden y se asustan. Y ni así vuelven a las ideas.

Ahora, la tormenta de bosta de elefante que se abate sobre la monarquía española tiene que ver con que el rey emético se dejaba regalar dineros y los callaba y escondía. Si esto sigue así, el hombre va a caer a la Capone: por los impuestos. Pero allí donde los impuestos fueron el sustituto, un truco del extraño sistema legal americano, aquí serán reales. Que el ex rey les cobre unos cientos de millones a unos jeques árabes por hacerles de intermediario podría incluso ser simpático para muchos –aunque él ya cobrara millones del Estado por un trabajo que, si era algo, era eso: vender la marca España y otros productos españoles en el mundo. En cualquier caso, los que le daban los millones eran esos príncipes odiosos, opresores de mujeres y sponsors de terroristas, así que a quién le importa. Pero que el emético los recibiera en negro y los guardase en cuentas secretas en paraísos fiscales es muy diferente: al hacerlo estafó al Estado español, que él supuestamente encabezaba, a su propio estado, a sus propios súbditos o casi ciudadanos. Les robó el dinero que legítimamente debía contribuir por sus actividades –ilegales, pero actividades al fin–, y ahí su evasión se vuelve un delito antipático: no es bueno que a esta altura los reyes le sigan robando a su pueblo, queda feo. A más de uno, por menos, le rebanaron el cerebro.

Por eso, probablemente, caiga pronto. Y todo el esfuerzo de sus partidarios está en hacerlo caer solo: one for the team, decían los ingleses, que se inmole para que su hijo pueda seguir currando. Para eso, sus cortesanos deben convencer a todos de que el problema es ese hombre mayor, un poco reblandecido, y que alcanza con deshacerse de él. Insistir en que el problema es la persona, ocho arrobas de carnaza y agua.

Es un caso extremo de honestismo. El honestismo se define como la convicción de que la corrupción de los gobernantes es el problema central de una sociedad injusta y desigual, y por lo tanto las soluciones no deben ser políticas sino policiales. Aquí pasa tres cuartos de lo mismo: el problema de la monarquía no sería la monarquía sino un rey que roba. Es un signo de los tiempos: como no somos capaces de discutir ideas discutimos personas, conductas personales. Y robar suele estar mal, eso sí que lo sabemos todos.

Así que nos explican que todo fue un lamentable accidente, un tropezón, para que no pensemos que lo que hizo el ex rey fue ser consecuente con la idea de rey: la idea de que hay un señor que es único, que las leyes que legislan a todos los demás no pueden juzgarlo y que, por lo tanto, puede hacer lo que se le da la gana. El ex rey hizo lo que los reyes hacen; la diferencia es que, en sus buenos tiempos, las leyes estaban hechas para que pudieran hacerlo y ahora están hechas para que no se sepa.

Quedó feo: mató elefantitos, evadió los impuestos, se llevó millones, se los dio a la rubia, mintió mucho. En lugar de unas cuantas pesetas, el Borbón Borbón podría haber intentado conseguirse un buen lugar en la historia, pero los reyes, en general, no son gente ambiciosa: ya lo tienen todo antes de empezar, así que se conforman con poco. Por esa modestia se volvió molesto. Justo antes de que terminara de estallar el escándalo, su hijo rey trató de desmarcarse: le sacó el sueldo y dijo que renunciaba a su herencia –que, por supuesto, todavía no existía porque el otro sigue empecinadamente vivo. Lo hizo –aunque el tema llevaba un año en su escritorio– un día después de la declaración de la pandemia, cuando todos estábamos encerrados y encogidos, muertos de miedo de morirnos y sin ganas de pensar en esas cosas.

El rey nuevo entregó a su padre para intentar salvarse. Para lo cual precisa que sigamos creyendo esa ficción que pretende que los reyes sirven como símbolos de la nación y su unidad. Son, por lo menos, símbolos polvorientos. A lo largo de la historia, los símbolos se hicieron cada vez más abstractos: hace mil años una región era su conde o su señor o su califa, en algún momento pasó a ser sus ciudadanos, su bandera, su himno, su cultura, símbolos cada vez menos materiales, más simbólicos. En España, por alguna razón, parece que se precisan ocho arrobas. Como símbolo es pobre y viejo y un poco pesado. Pero bueno, aceptémoslo y hablemos de símbolos.

Es fuerte decidir que el símbolo de tu país debe ser un señor que simboliza que el mérito más importante, el que lo habilita para ser ese símbolo, es ser hijo de su papá: que el puesto más importante es hereditario, que no se necesita hacer mérito alguno porque lo que importa es el semen y el vientre. Y es fuerte decidir que ese símbolo simbolice que hay alguna(s) persona(s) que no están obligadas a cumplir la ley que todos los demás debemos cumplir, que hay personas que no deben rendir cuentas de sus actos, que hay personas que seguirán ocupando sus puestos hagan lo que hagan, que hay personas, en síntesis, que pueden hacer lo que se les cante sin que nadie les pueda cantar, personas que están por encima de todos los demás. Es difícil pensar que eso es un símbolo de una sociedad democrática. Pero eso es lo que simboliza un rey, y me sorprende que mi (otro) país, España, un país moderno, peleón, tan decidido, haya querido simbolizarse así.

Eso es lo que valdría la pena discutir: por qué se necesita un símbolo y, si se necesita, para simbolizar qué. No parece que vaya a suceder. Los grandes partidos tienen demasiado miedo del debate –y de todo lo demás: los grandes partidos tienen demasiado miedo. Se tragaron la monarquía cuando tenían razones para tener miedo: el dictador todavía se revolvía en su tumba y aceptaron su chantaje póstumo. Pero Franco lleva muerto casi medio siglo: ya podrían atreverse a discutir. Digo: a habilitar la discusión, a permitir que los españoles debatan y voten si quieren o no quieren ser simbolizados por ocho arrobas de carne tan pagada de sí misma, tan bien alimentada, tan puro privilegio.

Y entonces si acaso proclamar, por fin, que la España real no necesita reyes.

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En voz alta: