Martín Caparrós

¿Están todes loques? ¿O solo son algunes?

Alguien, algún día, cuando quiera sintetizar la tristeza de estos días aburridos, contará esta historia. El principio hace honor a los tiempos: “Había una vez una chica que no había cumplido 23 años y se volvió famosa; se llamaba Amanda y recitaba”.

Desde muy niña, Amanda Gorman pareció inteligente, y el sistema educativo del país más rico se hizo cargo de su inteligencia. A sus 19 años ya la habían nombrado “Primera poeta joven laureada de los Estados Unidos” y estudiaba en la universidad más cotizada y salía en televisión y disfrutaba de todos los accesos. Pero la gloria le llegó a sus 22: el día en que el nuevo presidente americano asumía su comando, ella leyó un poema de autoayuda patriótica que se llama “The hill we climb” –La colina que subimos– y habla de “un país que está herido pero entero,/ bien intencionado pero decidido,/ feroz y libre./ Ninguna intimidación nos detendrá/ ni interrumpirá/ porque sabemos que nuestra inacción e inercia/ serán la herencia de la próxima generación”. Quevedo tiembla y el éxito acompaña: al otro día sus dos libros eran los más vendidos y llovían las ofertas de actos y de traducciones. Una entre tantas fue la de la editorial Meulenhoff, de Amsterdam.

La señorita Gorman y sus agentes aceptaron y, días después, se anunció que los poemas serían volcados al holandés por Marieke Lucas Rijneveld. Rijneveld es mayor: ya tiene 29 años, se ha declarado no binarie –ni hombre ni mujer sino todo lo contrario– y escribe poemas y novelas. La versión inglesa de su primera, La inquietud de la noche, recibió el año pasado el Man Booker Prize: nunca antes lo había conseguido un autor holandés.

Parecía la elección perfecta, y así lo celebraron traducida y traductora. Pero unos días después Janice Deul, comentarista de modas de un gran diario holandés, de Volkskrant, se opuso en una columna que tituló “Una traductora blanca para la poesía de Amanda Gorman: Incomprensible”. El artículo encomiaba las palabras de Gorman en el acto de Biden y “su fabuloso look de inauguración, completo con un abrigo amarillo brillante de Prada, una banda roja para el cabello y sus trenzas (…) Tanto es así que le ofrecieron un contrato con IMG Models, una de las agencias de modelos líderes en el mundo”. Pero deploraba la elección de la traductora: “Incomprensible, para mí y para tantos otros que expresaron su dolor, frustración, cabreo y decepción en las redes sociales. Gorman se describe como ‘una chica negra flaquita’. Y su trabajo y su vida están coloreadas por sus experiencias e identidad de mujer negra. ¿No es –por lo menos– una oportunidad perdida encargarle este trabajo a Marieke Lucas Rijneveld?”, escribió Deul, y abundaba: que tenía que hacerlo una mujer negra. Deul es una mujer negra.

En un mundo menos bruto, sospecho, nadie habría reparado en este artículo. La traducción es un trabajo literario que, por definición, hace otro: alguien que no es el autor, alguien que debe trasladar lo que dice alguien a una cultura que no es la suya. Llevado al extremo, el argumento de Deul la impediría: si para traducir a una negra es necesario ser negra, ¿por qué no suponer que para traducir a un viejo hay que ser muy viejo y a una tenista ser tenista y a una monja del siglo XVII una monja del siglo XVII? Parecía una ridiculez: la ridiculez de Deul se amplió tanto en las redes del odio barato que Rijneveld, agobiade por la presión, renunció a hacerlo.

Antes se llamaba racismo: que solo los que tienen la piel de tal o cual color tienen la posibilidad de hacer tal o cual cosa. Durante unas décadas quedó mal, pero ahora menos porque se hace por la buena causa: entonces muchos lo defienden. La buena causa suele consistir en hacer “desde abajo” lo que no soportamos que se haga desde arriba: que las víctimas hagan lo que antes hacían sus victimarios. La buena causa es, por supuesto, la causa de las víctimas, abroqueladas por víctimas, legitimadas por víctimas, por víctimas desconfiadas de todas las que no son como ellas.

Es la idea de que hay que cerrar la tribu porque los de fuera son pura incomprensión, pura amenaza: la idea de que la comunicación entre personas diferentes es imposible –o, peor, indeseable.

Por algo se llama identidad: porque postula que lo que importa es ser idéntico –en algún rasgo muy primario. “Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”, decía el general Perón sin gran modestia: esto es lo mismo al cubo. Con el triunfo de las ideologías identitarias lo que sufre es el cruce, el cambio: lo nuevo que aparece cuando se mezcla lo diverso. La posibilidad y la riqueza de la traducción –que, como todo traductor sabe, es un juego con riesgos: perder algo, ganar lo inesperado.

Alguna vez habrá que hablar en serio de este rasgo triste de nuestras culturas: esto de que, al no saber cómo queremos ser, exageramos el peso de cómo somos. Esto de que, en lugar de dejar atrás nuestros orígenes para construirnos, nos aferramos a esos orígenes más que a nada.

Esa sí será una discusión interesante. Mientras tanto, la columnista holandesa y les miles que le hicieron eco consiguieron algo: que perdamos el tiempo con una tontería. Que interesa, si acaso, porque pone en escena el mecanismo más contemporáneo: cuando algo parece imposible por demasiado estúpido, sucede.

Es, sospecho, la marca de estos días.