cháchara

un cuarto –medio medio– propio

Creer y reventar

Martín Caparrós

Las olas de la peste no se rinden: cuando parece que aparece la calma, el tsunami repica y se replica, olas y más olas. En España, al menos, es la quinta; en otros sitios la tercera, la sexta, la décimosegunda. Cada una es la evidencia de otro error: que creímos que ya estábamos saliendo y caímos en conductas que nos llevaron a volver a entrar. A veces porque nuestros líderes –¿nuestros líderes?– nos convencieron; otras, porque no nos convencieron. Los resultados suelen ser los mismos.

Así que, ola tras ola, la peste sigue haciendo lo que mejor sabe: desvelar, mostrar. Esta vez –como todas– no termino de entender qué muestra: ¿será, de nuevo, la poderosa estupidez humana? ¿O alguna otra cosa que, estúpido de mí, no logro precisar?

La ola actual viene anunciada hace ya mucho: contragolpe de los países pobres. En ellos, miles de millones no consiguen vacunarse; eso permite que el bicho se reproduzca, crezca, mute, encuentre formas de volver a atacar a los ricos que sí. Si alguien quiere entender la geopolítica y la economía mundiales le alcanza con mirar la distribución y aplicación de las vacunas. Quiénes fabrican, quiénes compran, quiénes regalan, quiénes mendigan, quiénes no las alcanzan: si la peste, desde el principio, sirvió para hacer visible lo que no queríamos mirar, sus medicinas lo vuelven casi obsceno.

Está claro: en Europa y Estados Unidos la mitad de la población tiene dos dosis; en la Argentina es el 13%, en India el 6, en todo África menos del 2%. Cada vez se nota más que los países pobres dependen de lo que los países ricos quieran hacer con ellos. Y cada vez se nota más la estupidez de esos gobiernos y demás poderosos que creyeron que se podían salvar solos –aunque lo nieguen en algún discurso. Se reunieron –G20 y otros clubes– y declararon que era necesaria la vacunación en todo el mundo pero ellos –dueños de las vacunas, las patentes, las fábricas– solo darán este año a los más pobres 900 millones de dosis de los 3.000 millones que les sobran. Y el mundo necesitaría 11.000 millones –que, en el esquema actual, es imposible fabricar– para llegar a la inmunidad de grupo y detener las mutaciones y parar la pandemia.

Mientras tanto esos países con pleno acceso a las medicinas necesarias se esfuerzan por enfermarse a su manera: olas y más olas. En España, por ejemplo, la quinta ola parece lógica, con perdón: los jóvenes, que se habían convencido –los habían convencido– de que no se contagiaban y que, por eso, todavía no fueron vacunados, son los que van cayendo. Mueren poco pero se infectan –y difunden el virus. En medio de tanta incertidumbre producen certezas: solo el 5,5% de los 30.000 contagiados diarios de estos días tiene las dos dosis. O sea: el 83% de los contagiados no está vacunado, el 11,5% tiene una sola dosis; se infectan los que no se pincharon. Esta quinta ola española es como un himno a la vacuna, una especie de monumento a ese gran esfuerzo científico que la estupidez de los políticos y los empresarios no consigue terminar de arruinar –aunque lo intenten: denodados lo intentan.

Es así. Solemos suponer que el mundo está dirigido por unos cuantos tontos –políticos, empresarios, poderosos varios–, que solo saben pensar –bastante mal– en beneficios inmediatos. Lo brutal de estos días es comprobar que la estupidez de esos dirigentes es el fiel reflejo de la estupidez de muchos de sus dirigidos.

Basten unos ejemplos. En Francia, faro –ya casi apagado– de la cultura universal, una de cada cuatro personas no quiso vacunarse, igual que en Alemania, potencia regional, cuna de muchos coches y unos pocos filósofos. En Estados Unidos, rompehielos del mundo occidental, parangón del progreso, son casi un tercio: uno de cada tres adultos le saca el hombro a la jeringa. Y en Rusia, la otra gran potencia que fracasó, son casi la mitad.

Es bastante impresionante: millones y millones de ciudadanos de los países más desarrollados, más educados, más “exitosos” de este mundo se entregan a la enfermedad porque desconfían de sus gobiernos, de la ciencia, de todas esas cosas. En Estados Unidos, donde todo se mide, la cifra se parece a otra del mismo tenor bobo: esa encuesta de Gallup que muestra que, en 2017, 38% de los norteamericanos creía que el hombre fue creado por “Dios hace menos de 10.000 años” –y que si les cuentan otra cosa es porque quieren engañarlos.

Son millones que creen, creen y se joden. Porque la realidad siempre encuentra maneras de vengarse de los grandes relatos miserables: mata a los que los tragan. Los antivacuna caen como moscas y recuerdan a los mártires cristianos, aquellos señores y señoras que iban cantando a que se los comieran los leones porque estaban convencidos de que era la mejor vía para mudarse al reino de los cielos–o algún otro de esos barrios cerrados.

Pero aquellos, amables, se hacían matar solos; ahora, en cambio, estos que ejercen su libertad de inmolarse ponen en riesgo a millones que se contagiarán porque, gracias a ellos, los virus siguen circulando. Entonces, ¿debe un estado obligarlos a vacunarse por el bien común? ¿Importa más la suerte general que ciertas ideas individuales? ¿Es peligroso legitimar imposiciones que podrían desbocarse? ¿Es mejor correr ese riesgo o tolerar que tantos más se mueran?

Por ahora, distintos estados intentan distintas formas suaves: en Estados Unidos hay incentivos tipo lotería –si te vacunás te dan un número–; en Francia o Italia se exigen certificados de vacuna para entrar en los bares. Pero esas medidas no funcionan, las olas vuelven, y millones de personas se perjudican por la estupidez de otros millones. Es un modelo a escala –crudo, brutal– de la democracia de delegación; es, otra vez, la peste retratando nuestras vidas.

Y al mismo tiempo el rechazo de las vacunas muestra con qué fervor millones de ciudadanos de los países más potentes –y educados– del mundo no creen lo que les dicen sus gobernantes, sus científicos, sus supuestos líderes. O, incluso: que creen que les dicen lo que les dicen para joderlos –hasta el punto de que, por esa desconfianza, se joden y se mueren. Es algo que esos líderes deberían anotar, más allá de pestes y vacunas, si quieren seguir siéndolo; es algo que todos los que pretenden cambiar algo en nuestras sociedades también deberían considerar. Hay multitudes que no creen en –casi– nada, que desconfían de todo, que se ponen en peligro porque temen. Si eso no es una crisis absoluta, que alguien me explique cómo es una. Y toda crisis, dicen, es una oportunidad. La cosa, como siempre, es para quién.

Dictadura es una palabra grave

Martín Caparrós

Parece como si lo hicieran a propósito para reafirmar el valor de sus palabras: como si, de tanto en tanto, a través de sus canales secretos habituales, líderes se pusieran de acuerdo y se dijeran eh, lagente ya no cree que las palabras importen –que nuestras palabras importen–, vamos a recordarles que sí. Lo hacen, deben creerse que les sirve.

Una familia gobernó Cuba durante 62 años sin interrupción. De esos 62, en 52 un hombre tuvo todo el poder –no se conocen casos semejantes en Ñamérica desde, quién sabe, algún monarca inca–; en los diez siguientes fue su hermano menor y, ahora, el señor que ellos designaron. En Cuba no hubo, en todas estas décadas, ninguna libertad de prensa o de expresión, no mucha libertad de movimientos, muy poca libertad de reunión o elección o pensamiento –pero lo que discuten los líderes es esa palabra.

Lo mismo me había sorprendido años atrás en Venezuela: intelectuales y políticos debatiendo si correspondía o no llamar dictadura a su gobierno. Opositores y escritores conocidos, personas que habían abandonado su país porque no podían vivir en él, seguían resistiéndose a usarla. Por alguna razón, decir que su país sufría una dictadura les resultaba un paso de gigantes: como si creyeran –o simularan creer– que decirlo iba a cambiar algo. Yo no terminaba de entenderlo; ahora lo mismo está pasando, en todo el mundo, con la República de Cuba.

(Hay palabras que dicen mucho más que lo que dicen. Dictadura, sin ir más lejos, ha tenido muchos avatares a lo largo de la historia. La definición de la Real Academia es inesperadamente precisa, ideologizada: “Régimen político que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o en un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades individuales”. ¿Cuáles son esas libertades individuales? ¿Los derechos humanos incluyen, como en su Declaración de 1948, el derecho a comer y a curarse?).

Casi todos sabemos que, más allá del nombre que le demos, no querríamos vivir –no aceptaríamos vivir– como se vive en Cuba. Que lo llamemos –o no– una dictadura no lo cambia. Y es curioso que sea “la izquierda” la que más se resista a darle ese nombre: Cuba es el ejemplo más brutal de sus fracasos en el siglo XX –desbordando brevemente sobre el XXI. Si yo –en lugar de ser de izquierda– fuera de “la izquierda”, haría todo tipo de esfuerzos para disimular que Cuba pertenece al grupo. No sería difícil: argumentaría que lo primero que define a un gobierno de izquierda es su confianza en la justa distribución del poder, y que un país donde ese poder estuvo y está tan brutalmente concentrado es justo lo contrario de esa idea. Que cualquier autocracia –el gobierno de uno o dos– es de derecha: es la definición misma de “derecha”.

Insisto: Cuba es un país donde todo está estrepitosamente controlado, donde los “revolucionarios” tuvieron el poder sin fisuras durante más de medio siglo y no consiguieron que todos sus habitantes se alimenten o se alojen o se vistan o se iluminen como necesitan y, en cambio, construyeron una sociedad dividida en clases patéticas: en Cuba los que comen más son los que viven de los dólares que les mandan sus parientes que eligieron irse. Un quince, veinte por ciento de los cubanos que vive mucho mejor que los demás: tras 60 años de declamar la igualdad, el fracaso es brutal.

Pero “la izquierda” se dedica a discutir si eso eso o no es una dictadura. Es el nominalismo en su máxima expresión: no les importa cómo es, les importa cómo lo llamemos. Es cierto que dictadura es una palabra grave, pero decirla no debería ser tan grave.  Es cierto que la calificación de dictadura puede importar para actuar en ciertos foros internacionales, mayormente inútiles, que podrían sancionar a una dictadura de una manera en que no lo harían si no lo fuera: es el poder de las palabras en el sistema leguleyo.

Pero más cierto aún es que el mundo está lleno de líderes que se creen que les creemos lo que dicen. Lo llaman el Relato, y ya va siendo hora de que se den cuenta de que nadie les hace mucho caso. Que si algunos los apoyan o toleran no es por eso: es, a menudo, a pesar de eso y, la mayoría de las veces, por razones que no tienen nada que ver con lo que dicen: un subsidio, una mejora tal o cual, una vacuna a tiempo. En algún momento, quizá, también empecemos a llamar a eso dictadura: el uso de los recursos del Estado para mantenerse en el poder. Por ahora la palabra asusta; la realidad, mientras tanto, sigue ahí.

El campeón imperfecto

Martín Caparrós

Qué raro darte cuenta, de pronto, de quién sos. Qué raro tener que aceptar que a las cuatro de la mañana, solo, lejos, un triunfo de ese equipo mediocre de ese país cocorito te puede emocionar así. Que podés ponerte muy nervioso cuando faltan diez o doce, que podés gritar –solo, lejos, cuatro de la mañana– cuando el uruguayo toca el pito, que se te puede correr la lagrimita viéndolos festejar, que podés incluso sonreírte cuando, necios como siempre, gritan contra los putos periodistas la puta que los parió. Qué raro darte cuenta de que no sos el que creías. Pero es cierto que deberías haberlo aprendido hace mucho y no aprendés. Por eso, supongo, seguís mirando fútbol.

El partido, faltaba más, fue malo. En general los partidos de la Copa América fueron mayormente malos: quiso el destino, cruel como siempre, que esta copa se jugara al mismo tiempo que la Euro; se hizo demasiado fácil comparar. Y las comparaciones, sabemos, son odiosas. Allí donde el fútbol europeo es atildado, dinámico, casi fino, el sudaca es cada vez más enredado, más barroso. Allí donde el europeo intenta la creación de cierta belleza, el sudaca solo quiere ganar. Está claro: lo que importa es ganar; lo demás son tonterías. Y entonces cualquier recurso vale –y se les nota demasiado.

(¿Alguien se acuerda de cuando pasaba lo contrario? ¿Cuando el fútbol europeo era trabajo, el laborioso cumplimiento de una obligación, y el sudamericano, juego, fiesta? ¿Cuando nuestros futbolistas eran tanto mejores que esos grandotes toscos?)

Así que el partido, decíamos, fue malo. A los quince minutos ya había habido quince fouls, un par de brasileros mostraban sus pantalones desgarrados y nadie había pateado al arco todavía.

Y el primero que lo hizo hizo un gol: a los ’21, De Paul que tira un pelotazo de 70 metros, el brasileño Lodi que falla el rechazo y el suplente Di Maria que la controla y define perfecto por encima del arquero. La Argentina ya había hecho su golcito inicial y, según su costumbre, se disponía a dejar de jugar. Todo un país clamaba, por una vez aunado, la hora referí.

(Un país pedía la hora referí y once jugadores, que sabían que faltaba mucho todavía, querían “hacer tiempo”. En general el tiempo se hace solo, es tan autónomo; en el fútbol, en cambio, el tiempo se puede hacer, y hacerlo es perderlo. Si tuviera los datos me quedaría más tranquilo, pero estoy casi seguro: el tiempo de juego efectivo promedio de los partidos euro debe ser por lo menos un 50 por ciento más que el de los americanos. Allí donde el mérito euro consiste en jugar lo más posible, el mérito sudaca está en jugar lo menos –si jugar menos te ofrece la esperanza del triunfo.)

Los argentinos querían que se acabara pronto; los brasileros no sabían qué querían. Su equipo se debatía sin timón, porque su diez no es un timonel sino una prima donna, y caracoleaba y revoleaba y firuleteaba como nadie sin resultarle útil a nadie. Así que la primera vez que Brasil pateó al arco fue en el minuto 52 y fue gol, pero un lineman valiente lo anuló –con justicia. En ese momento la Argentina parecía desbordada, aguantando a fuerza de fouls y pelotazos a cualquier lado, ya sin la pelota. No duró mucho. Pronto Brasil también empezó a confundirse y el único sobresalto argento fue ese tiro confuso que el arquero Martínez, espléndido, rechazó muy tapado.

De ahí en más el peligro fue escaso. Hubo, como es lógico, peleítas y pérdidas de tiempo –había que hacerlo–, algunos pelotazos, y la jugada que debería haber sido el estandarte de este campeonato y no lo fue. Esta copa, lo sabemos, debía ser la demorada revancha de Leo Messi. Messi es un jugador absolutamente incomparable; Messi lleva muchos años sin ganar los campeonatos importantes, los partidos importantes; Messi, además, lleva uno o dos años sin terminar bien la mayoría de sus jugadas. Esas que antes eran casi infalibles, ahora faliblan sin parar. Pero en esta copa encontró un modo nuevo: en esta copa –y esta noche más que nunca– el capitán argento consagró su nueva función de recuperador y soporte moral. Esta noche no consiguió terminar ni una jugada pero corrió contrarios y peleó muchas pelotas y nunca se dio por vencido y gritó y alentó y dejó tan claro que quería. Y en esa jugada, la que debería haber sido, terminó de redondear su nueva imagen: con una maniobra perfecta le dejó la pelota a De Paul, recibió su devolución solo frente al arquero y quiso ser Messi: quiso sentarlo de un amague, lo sentó y, cuando tenía que empujarla, se resbaló y se fue de culo al piso.

Otra vez no pudo terminarla, pero diez minutos después se terminó el partido, la Argentina ganó, el Maracaná se derrumbó pero no tanto, los muchachos saltaban, el capitán se abrazaba con todos y con todo. Es curioso: ahora que no es perfecto, gana. Quien quiera ver en eso una lección, que se joda. Son casi las cinco de la mañana; pronto va a amanecer aquí en Madrid y yo me sigo preguntando por qué, cómo funciona todo esto. Por qué lo festejé, por qué me emocioné, por qué por qué. Me impresiona la eficacia de un reflejo viejo, de un reflejo que la razón rechaza. La patria, esa pelotudez, en su versión más tonta –un equipo de fútbol–, todavía funciona. Lo siento, lo disfruto.

Tocando fondo

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Martín Caparrós

Y entonces de pronto Paco Ibáñez me dice que estamos tocando fondo. ¿O sería Gabriel Celaya? No lo sé, miro alrededor, me desoriento. La explicación es simple, sin embargo: mi iTunes tiene más de diez mil canciones. Algunas vienen del pleistoceno; otras, de mi precámbrico particular; unas pocas son de años atrás –y las tengo siempre en random, para que broten y sorprendan. Y ahora, sin decir agua va, aparece en el altoparlante la voz cascada del valenciano Francisco Ibáñez Gorostidi (a) Paco Ibáñez, cantando, desde las profundidades de 1967, aquel poema que el vasco –ingeniero, poeta, comunista– Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta (a) Gabriel Celaya tituló La poesía es un arma cargada de futuro. Y me impresiona volver a oír esas palabras, escuchar esas palabras de otros tiempos.

Me impresiona el arma, por supuesto, cargada de futuro: la idea tan desprestigiada de que un arma –así fuese la poesía– sería la solución. Y que ese arma pudiera ser –también– la poesía: “Poesía para el pobre, poesía necesaria/ como el pan de cada día”. Siempre y cuando fuera una poesía que renegara del firulete, por supuesto: “Maldigo la poesía concebida como un lujo/ cultural por los neutrales/ que, lavándose las manos, se desentienden y evaden./ Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse”, decía, y que, por lo tanto, “porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan/ decir que somos quien somos,/ nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno”. Y entonces sí, por fin lo proclamaba: “Estamos tocando el fondo”, y repetía: “estamos tocando el fondo” –y otra vez.

Esas palabras, tan inesperadas, fueron todo un viaje en el tiempo –y en el espacio y en la imaginación y en la nostalgia y el alivio– pero lo que más me impresionó fue ese regodeo, esa repetición gustosa de la idea de que estaban tocando fondo. Ellos, tocando fondo, fue toda la sorpresa: en esos años, que a la distancia parecen el momento de mayor esperanza que vivieron muchos millones en el último siglo, ¿también aparecía esa sensación de tocar fondo?

Perplejo un rato, me conformo con clichés: que todas las sociedades, en casi todo momento, tuvieron esa sensación; que todos los poetas, todo el tiempo, la tuvieron, y cosas como esas. Hasta que se me aparece una respuesta que me sugiere algo: que tocar fondo, en 1967, era el gozo de saber que no caerías más, que ya habías completado el camino necesario para que todo se diera vuelta de una vez por todas. Era la condición necesaria –y casi suficiente– para eso que en esos años existía e insistía: la revolución, la esperanza de que todo empezaría a ser espléndido tras un pequeño esfuerzo más, tras tocar fondo.

Eso, comparado con estos días en que muchos tienen también la sensación de estar en el fondo –más que hundidos– pero no tocarlo: como si el fondo no tuviera fondo, como si nunca se llegara al fin de la caída. Y entonces sospecho –una vez más– que todo el problema es el futuro: que sentirse en el fondo es casi gozo cuando crees que esa es la condición para empezar el camino ascendente, que a partir de allí todo será subir y remontar y alcanzar esa meta que imaginas allá adelante, allá arriba.

Por eso, hoy, llegar a un fondo no supone esperanza: no imaginamos esas metas. Ya lo he dicho, voy a repetirlo: vivimos tiempos sin futuro. Lo cual no quiere decir que no lo tengan, porque todos lo tienen; significa que no conseguimos pensar uno que podamos desear, que valga la pena de pelear por él.

Estamos en uno de esos períodos en que el proyecto anterior se quebró y todavía no aparece el siguiente. Esos momentos existen, han existido a lo largo de la historia; son más frecuentes y más largos que lo que alguien nacido a mediados del siglo XX, en pleno esplendor de un proyecto de cambio, podía suponer.

Así, siempre hubo épocas que desean su futuro y otras que lo temen. Lo desean las que tienen un proyecto que apasiona a muchos, como fueron la república en el siglo XIX o el socialismo en el XX. Son momentos que te ofrecen una especie de mañana venturoso que sus creyentes esperan alcanzar lo antes posible. Ahora no tenemos ese mañana. No por falta de necesidad, no por falta de ganas, sino de ideas: todavía no hemos sido capaces de imaginar cómo sería esa sociedad más justa, más equitativa, más vivible que mejorará la actual. Entonces imaginamos el futuro como un estiramiento infinito del presente, un siempre igual empeorado gradualmente por su propio deterioro: el futuro ya no se vuelve un objeto de deseo sino de temor, porque todo lo que puede traer es decadencia.

Vivimos tiempos asustados, defensivos. Vivimos preocupados por la degradación de nuestras condiciones de vida, por la falta de incentivos, por la pérdida de empleos, por el exceso de personas, los gobiernos brutos, la destrucción del medio ambiente. Vivimos peleando contra, casi nunca a favor. Vivimos preocupados porque no tenemos dónde ir: no tenemos un futuro adónde ir.

El futuro amenaza:

la amenaza ecológica, la amenaza

poblacional, la amenaza

política, la amenaza

bacteriológica incluso

últimamente, la peste

como síntesis

de un futuro cada vez

más presente, menos

deseo que terror.

Vivimos tiempos sin futuro: donde todos los cambios que conseguimos imaginar para las próximas décadas son meramente técnicos. La base del capitalismo es la creencia en el poder de la técnica: que solo podamos pensar en ese tipo de cambios es el mayor triunfo de su idea.

Imaginamos –intentamos imaginar– un mundo con inteligencia artificial, territorios virtuales, robots omnipresentes, automóviles automóviles, vidas alargadas, pero asumimos que el capitalismo de mercado sigue y sigue y la democracia de delegación sigue y sigue y que, si acaso, los podría interrumpir algún apocalipsis. Nos resulta más fácil imaginarnos el fin del mundo que el fin del capitalismo. Como no hay nada que lo reemplace, nos hemos resignado a creer que este sistema durará para siempre. Y nunca hubo nada que durara para siempre: las cosas cambian y se acaban y cambian

y se acaban y

alguna vez tocamos

el fondo o lo que sea que eso sea:

el momento en que sabemos

para qué

vale la pena patalear o incluso

usar armas

como la poesía.

Ese momento que siempre está

un poco más allá; ese momento

por el que sí vale la pena, ese momento

que a veces se diría solo pasado. Ese momento

que habrá que imaginar.

La canción no era tan buena, la nostalgia tampoco, la voz una caricia áspera. Sí, aunque no parezca estamos tocando el fondo, como siempre. Solo que, cada vez, tocarlo puede ser el principio o el fin de algo distinto.

Por Horacio

Se murió Horacio González, y me duele. Le tuve cariño, lo admiré: era realmente inteligente, era generoso, era mordaz. En algún momento nos peleamos; ahora me duele más. Hace casi treinta años me contó mucho de su vida para incluirla en La Voluntad, un libro sobre la militancia de los sesentas y setentas. Aquí van, en recuerdo, en homenaje, los primeros párrafos de su presencia allí, sus primeras historias:

Aquí, hace tanto, con otro maestro querido: Christian Ferrer.

Horacio González había nacido en Buenos Aires en 1944, hijo de un empleado público que se separó de su madre cuando él era chico; su abuelo materno, el hombre de la casa, era un inmigrante italiano que había hecho carrera en el ferrocarril de los ingleses y terminó como capataz en los talleres de San Martín. El abuelo Ulderico tocaba el clarinete y celebraba a los dos próceres de Recanati, su pueblo natal: el poeta Giacomo Leopardi y el tenor Benjamino Gigli. El abuelo Ulderico siempre pensó que los trenes se arruinaron cuando los nacionalizaron, y estaba en contra del gobierno que lo hizo: no solía participar en política, pero cuando cayó Perón puso una bandera argentina en la puerta de su casa. La casa era grande y oscura, con su patio y sus malvones, sobre una calle de tierra de Villa Pueyrredón. Aída, la madre de Horacio, trabajaba en la Biblioteca Popular del barrio; desde chico, Horacio la acompañaba a su trabajo y leía, leía, leía.

En el barrio, a principios de los cincuentas, Horacio era «el hijo de la señora que se separó» y eso, entonces, significaba algo. La familia quería prepararlo para una vida útil y lo destinaron a ser contador público. Horacio se resignó y empezó a cursar el comercial. Pero leía a los historiadores revisionistas, discutía en las clases y abominaba confusamente de ese destino ordenado y previsible: cuando le tocaba entrar en cuarto año consiguió pasarse al nacional Sarmiento, en Libertad y Arenales y, con deliberación, hizo todo lo posible por cambiar su barrio casi suburbano por las luces del centro.

Entrar en el Nacional era como entrar en la política, en la patria. En esos años, a fines de los cincuentas, el Sarmiento era más que nada un refugio para hijos de familias tradicionales venidas a menos. Un González, ahí, era casi un marginal: casi un judío. Era la época de las peleas entre enseñanza laica y enseñanza libre y el Sarmiento era uno de los bastiones de los grupos nacionalistas católicos que estaban por la educación religiosa. Horacio estaba fascinado a su pesar por esos muchachos de traje negro, bufandas federales y peinado a la gomina con la cola de pato: los hermanos Berra, el flaco Ezcurra: los jefes de Tacuara. Lo fascinaban, pero estaba en contra. Además, estaba claro que el plebeyo González no era uno de ellos.

-Che, González, vos de qué las vas con la cola de pato.

Le dijeron un día, y entendió. El clima era agitado, y a menudo la salida de clases se amenizaba con cadenazos; de vez en cuando aparecía algún revólver. Los alumnos nacionalistas le pegaban a los alumnos judíos y, a veces, llegaban al rescate desde el nacional Moreno los muchachos de FACON, la Federación Argentina contra las Organizaciones Nazis, y se armaban trifulcas importantes.

Alguna, incluso, terminó a los tiros en la plaza Libertad, con un herido de FACON. Horacio, a todo esto, se había metido en un grupo del centro de estudiantes, alentado por varios profesores, que trataba de mantenerse equidistante y condenaba todo tipo de violencia.

En 1963, cuando entró en la carrera de Sociología, Horacio González se pasó unos meses rondando alrededor de mitines y asambleas, buscando dónde militar: quería pertenecer a algún grupo de izquierda, hacer algo contra ese estado de cosas del que venía leyendo y escuchando, pero no sabía con quién. Sabía, sí, que el militante era el modelo de persona que lo cautivaba y que quería ser uno de ellos: no estaba seguro de poder. Sociología también era un espacio atractivo: era una carrera en pleno auge, donde empezaban las discusiones que después se desparramaban por el campo intelectual. En esos días empezó en la facultad una huelga en una materia, Metodología, a la que se acusaba de empirista: de utilizar los saberes sociológicos para cuantificar la sociedad y operar sobre ella a favor del sistema. La huelga estaba encabezada por Heriberto Muraro, Daniel Hopen, Marcos Slajter. La discusión contra los empiristas era encarnizada. En una asamblea en el patio de Sociología, en la calle Viamonte, Slajter lanzó un desafío perentorio.

-¡Y estoy dispuesto a regalarle toda mi biblioteca de Lenin al que me demuestre que se puede comprobar algo por el método empírico!

La discusión y la pelea pasaban por un enfrentamiento de métodos y teorías: los estudiantes enarbolaban un libro de Wright Mills, La imaginación sociológica, y un manual de Lenín, Sobre el empiriocriticismo, contra los manuales americanos al uso.

La huelga consistía en no presentarse al examen de Metodología, pero poco a poco fue perdiendo fuerza. Horacio se empeñaba en no dar el final, aunque veía que algunos de los dirigentes de la huelga empezaron a rendirlo. Era extraño, pero Horacio respetaba a esos dirigentes y supuso que, si lo hacían, era porque habían entendido algo que él todavía no. Unos meses después, Slajter moriría como miembro del Ejército Guerrillero del Pueblo, un foco rápidamente abortado que había organizado en Salta Jorge Massetti, un periodista argentino que había vivido en Cuba, donde fundó la agencia Prensa Latina. En la facultad fue un golpe fuerte: hasta entonces, todos habían hablado pero nadie había pasado a la acción de esa manera tan tajante. En esos días, Horacio se contactó con un grupo más o menos trotskista que se llamaba MIRA, Movimiento de Izquierda Revolucionaria Argentina: no era exactamente que lo hubiese elegido; fueron, más bien, los que quedaban más a mano, y había que hacer algo.

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El MIRA estaba dirigido por uno que se hacía llamar Horacio Casco Achával:  era un poco mayor que la mayoría de sus compañeros y había leído su Lenin de cabo a rabo. Casco tenía una frase del ruso para cada ocasión: las aplicaba como parábolas cristianas, y deslumbraba a su auditorio. También tenía contactos con algunos militantes sindicales. Entre ellos un tal José Pedraza, un obrero de izquierda del gremio ferroviario, del que siempre se hablaba con el mayor respeto: era bueno, era como una garantía de importancia para un grupito de la izquierda tener a un obrero entre sus próximos. Alguna vez, el MIRA, para apoyar el trabajo sindical de Pedraza, pintó con sus consignas los grandes paredones junto a las vías de entrada a la estación Retiro. Después, durante semanas, Horacio pasaba en tren frente a esos paredones, cuando venía del barrio al centro, y los miraba con orgullo.

En esos días, Horacio tenía veinte años y empezó a leer a Lenín con denuedo. El MIRA era más bien ecléctico: también estudiaban con entusiasmo a Mao Tsé Tung, y leían Pekín Informa siempre que podían. Horacio se había suscrito a esa revista china, que llegaba sin escalas desde el Asia hasta su casa de Villa Pueyrredón. Su abuelo Ulderico, que la recibía del cartero, estaba impresionado. El MIRA, además, empezaba a discutir la cuestión peronista: cómo se podía hacer la revolución obrera y socialista en un país donde los obreros estaban mayoritariamente con el General.

Uno de esos días, el TAU, la Tendencia Antiimperialista Universitaria, que era el grupo del MIRA en la universidad, organizaba una charla sobre Hegel y Marx, a cargo de un filósofo, Norberto Wilmer. Corría 1964 y recrudecía el plan de lucha de la CGT contra el gobierno radical y la proscripción del peronismo, con gente manifestándose en las calles. Pero la charla seguía en pie. Daniel Hopen lo agarró a Horacio en la vereda de Viamonte. La facultad todavía no se había mudado a Independencia.

-Che, decíle a Wilner a ver si puede suspender ese curso sobre Hegel, porque hay huelga de la CGT.

No hubo caso. En el aula magna había treinta personas escuchando hablar de la filosofía alemana y en el centro los obreros se peleaban con la policía. Horacio se quedó en el aula, pero estaba incómodo. El curso era realmente interesante, pero le parecía que la historia se estaba haciendo en otro lado.

Poco después, la policía baleó una manifestación en San Martín y mató a tres obreros: Mussi, Méndez y Retamar. Dos eran comunistas y uno peronista: cuando la noticia llegó a la facultad, el centro de estudiantes decidió levantar las clases y salir en manifestación como muestra de solidaridad con los caídos. Horacio y otros dos compañeros empezaron a recorrer las aulas para avisar a los alumnos. Cuando ya estaban casi todos en la calle, se encontraron con un aula donde seguía la clase.

Era una sala chica, donde diez o quince mujeres de mediana edad escuchaban una clase sobre sagas islandesas a cargo del profesor Jorge Luis Borges. A Borges nadie le hacía caso: era un lugar común hacerle burla cuando bajaba, tanteando, las escaleras de la facultad. Para los estudiantes de izquierda, Borges era una especie de aparato que, en medio de las transformaciones que enfrentaba el país, seguía hablando de guerreros míticos y versos en dialectos celtas. A sus clases sólo iban señoras bien vestidas, y los militantes estaban convencidos de que era un rezago de un pasado ridículo que estaba por desaparecer. A lo sumo, a veces, alguien le ayudaba a cruzar la calle cuando se paraba, golpeando su bastón contra el suelo, en la esquina de Viamonte y San Martín.

La puerta del aula hizo un ruido siniestro cuando la abrieron Horacio y sus amigos, y Borges, sentado en su escritorio, dirigió sus ojos ciegos hacia el estrépito. Borges se levantó, con una firmeza extraña, y caminó hasta la puerta. Uno de los militantes dijo en voz muy alta que había que suspender la clase:

-Venimos a levantar esta clase porque han muerto los obreros Mussi, Méndez y Retamar.

Y al profesor Jorge Luis Borges le temblaron los labios. No pudo balbucear nada, pero los tres creyeron que quería pegarles. Tenía un gesto de furia inverosímil. Hubo un segundo de tensión muy quieta. Después, los tres militantes bajaron la cabeza y se fueron, sin cerrar la puerta.

A mediados de 1966, Horacio González ya formaba parte de un grupo que resultó de la alianza del TAU con el LIM -Línea de Izquierda Mayoritaria- donde estaban Roberto Grabois y Daniel Hopen. La sopa de siglas no siempre era fácil de entender. Al poco tiempo, el LIM-TAU pasó a llamarse FAU -Frente Antiimperialista Universitario- y era el grupo de izquierda no-PC de más peso en esos días. En esos días de junio, los grupos estaban muy activos. La universidad fue una de las escasas instituciones que se opuso desde el principio al golpe. Ya la noche del 28 de junio el rector, Hilario Fernández Long, llamó a los docentes, alumnos y ex-alumnos a defender a las autoridades que habían elegido y a “mantenter vivo el espíritu que haga posible el restablecimiento de la democracia”. El golpe parecía una amenaza pero Horacio sentía, extrañado, cierto alivio: algo estaba por cambiar, y mucho. Varios estudiantes discutían la cuestión cuando Horacio lo dijo, con ese estilo un poco marginal que muchas veces le ocurría:

-Y bueno, ahora pasaremos todos a otra cosa. Quién sabe si este golpe militar no nos hace a todos diferentes. Eso es así siempre, pero…

Y otro, enseguida, asintió con un raro entusiasmo:

-Claro, el compañero tiene razón. Yo me imagino que la situación se va a hacer mucho más dinámica.

Las facultades quedaron en tensión, esperando la reacción del  gobierno militar: era evidente que iban a hacer algo, pero nadie previó la violencia con que actuaron.

Un mes después, el 29 de julio, el gobierno del general Onganía promulgó una ley, la 16.192, que debía “poner fin a la autonomía universitaria» y, aunque no mencionaba la palabra intervención, dispuso que las universidades pasaran a depender del Ministerio del Interior. A las diez de la noche de ese día, la Manzana de las Luces, donde funcionaba la facultad de Ciencias Exactas, sufrió el ataque de la guardia de infantería. El decano de Ciencias Exactas, Rolando García, fue herido en la mano, y hubo varios más; Varsavsky, Sadosky, Herrera, González Bonorino, entre otros doscientos estudiantes y profesores, fueron llevados a las comisarías de la zona. Fue la “noche de los bastones largos». Mientras tanto, a la misma hora, en la facultad de Filosofía y Letras, en Independencia, la guardia de infantería también amenazaba con actuar. Los estudiantes, en el hall, en plena agitación, juraron resistir todo lo que pudieran.

De pronto, la puerta de la facultad cedió a los golpes y las cargas y los guardias entraron en malón. Se cortó la luz, y se escuchaban gritos. Los guardias pegaban, pateaban, insultaban. Horacio trató de protegerse la cabeza con las manos: no había dado cuatro pasos cuando sintió terrible golpe en plena coronilla. El mundo se le nubló, hubo un silbido fuerte y se cayó redondo. Fue un momento: se levantó enseguida, tocándose la cabeza para ver si había sangre, preguntándose qué era, dónde estaba; lo primero que vió fueron los cascos de los guardias, las manos revoleando bastones y trató de alejarse todo lo posible.

Había sido un momento: un desmayo muy leve. Pero Horacio González supuso que significaba algo. Por mucho tiempo creeería que ese desmayo lo estaba despertando, que ese golpe había sido un principio: que con ese golpe en la cabeza alguien -el Estado, los militares, el poder- le estaba diciendo que de ahí en más sólo podrían hacer politica los que estuvieran preparados para recibir o contrarrestar esos ataques. Horacio supuso que la política iba a suponer alguna forma de comportamiento heroico: por un lado, nada lo atraía más que ese destino literario, épico; por otro, dudaba mucho de sus posibilidades de sostener un personaje semejante. Siempre había creído que era un flojo, pero ese golpe en la cabeza parecía mostrarle otros caminos. Durante un par de semanas Horacio contó en los bares de la facultad la historia de su golpe: se sentía nimbado por un extraño aura.

(De La Voluntad, tomo 1, de Eduardo Anguita y Martín Caparrós. Editorial Norma, 1997)

Caras y más caras

Martín Caparrós

Caras y más caras, caen las máscaras.

Ya llega. En las calles de la ciudad donde vivo, del país donde vivo, este sábado la máscara ya no será obligada, no será: nos veremos las caras –y me alegra y me asusta.

Nos habíamos acostumbrado a las máscaras –que algunos, por quitarles peso, llamaron mascarillas, otros barbijos y otros, brutalmente, cubre o tapa bocas. Las máscaras nos metieron en una película de cuarta, mezcla de distopía de bajo presupuesto y policial manido. Vivimos en una película de cuarta: la cara enmascarada se volvió cotidiana y, poco a poco, pasó de amenaza a cortesía; cada tanto volvió a ser amenaza. La máscara fue, como casi todo, puro egoísmo vestido de generosidad: podíamos decirnos que la usábamos para preservar al prójimo de nuestras impurezas –pero la usábamos porque temíamos las del prójimo, todos los prójimos, la humanidad vuelta enemiga.

La peste nos enseñó que todos somos peligrosos para todos, que el hombre es el hombre del hombre, que el infierno son los otros y, al mismo tiempo, que nadie se puede salvar solo: que solo todos los hombres pueden salvar a cada hombre. Que mientras quede un contagiado nadie está seguro, pero hay millones que se creen que sí –y probablemente terminemos pagándolo. La peste nos arrasó las vidas: les sacó a algunos mucho, a muchos algo y a todos las caras.

Y nos acostumbramos, descubrimos: hay algo mágico en no vérnoslas. La cara, terminamos de aprender en estos meses, es la persona. Sin caras no sabemos quiénes somos, quiénes son; sin caras somos casi impunes. Sin caras no nos vemos: nos intuimos, nos suponemos, nos buscamos en lo poco que hay. Surge el secreto y sus derivaciones, la amenaza, la labia de quien calla. Ya lo saben los machistas musulmanes, que quieren dominar a sus mujeres, y sus mujeres, que saben dominarlos: ellos las obligan a esconder y ellas al no mostrar sugieren, convierten sus pelos encubiertos en una forma del misterio, los burlan, los enredan. Durante más de un año, nuestras caras fueron tan esquivas como el pelo de las mujeres musulmanas, escondidas detrás de la máscara –y quizás algún día lo recordemos con nostalgia.

Recuerdo ahora un ejercicio que les pedía a mis alumnos de radio en la facultad de Comunicación en Buenos Aires, 1988: que contaran una historia sin palabras, solo con sonidos. Las máscaras fueron, a su manera, eso: contar sin lo más evidente, ver todo salvo lo que siempre. Mirar por la calle personas y no saber qué había en su faz y, por lo tanto, cambiar la interfaz; quedarse sin sonrisas fue tanto peor que sin abrazos: aprendimos a sonreír sin bocas. Sonreír con los ojos es sonreír en serio, más allá de la mueca: durante todos estos meses pudimos, supimos, nos esforzamos y lo conseguimos. O no, según las veces.

Y fue atractivo mientras duró y fue espantoso mientras duró: la máscara es, como casi todo, insoportable. Es duro portar su cruz, su culpa, su pasado; es un coñazo portar siempre una máscara. No es difícil: es solo insoportable. Y como es insoportable nos pasamos más de un año soportándolo y ahora vamos a empezar a terminar de soportarlo. Mostrar la cara solía ser muy banal y es, ahora, una victoria: la libertad será mostrarla.

Porque la peste nos mostró tantas cosas que no queríamos ver –y ocultó las que sí. Las caras se habían vuelto pura aspiración: producto de interiores o, más aún, de la pantalla. Por la peste, fueron un bien raro: veíamos muy pocas, debíamos prestarle a cada una la atención debida. Pero eso –por ahora– se acabó: las calles se llenarán de ellas, volveremos a un mundo de abundancia. Vuelve la sociedad del despilfarro: cada vereda o acera o calzada va a ser, de nuevo, remolino de caras y, poco a poco, nada de eso importará y habremos olvidado.

Y, una vez más, tener lo que deseábamos será no tener nada.

La vergüenza nica

Martín Caparrós

Me da mucha pena –y un poco de vergüenza– que el gobierno argentino haya decidido no condenar en la OEA la represión del gobierno de Nicaragua. No sé qué razones puedan tener; sé que arguyen que “no deben intervenir en los asuntos internos de otros países”. Es la falacia más básica porque esos organismos internacionales existen para eso: para intervenir levemente con el fin de garantizar que sus miembros respeten ciertas reglas.

En Nicaragua no se respetan reglas que definimos básicas de las democracias: el derecho a la información, el derecho a la libertad, el derecho a la vida. Y, como dice el otro, a mí no me lo contaron, yo lo ví. Y lo conté: por la tristeza que me da esta vergüenza argentina quiero volver a publicar aquí mi larga crónica de los asesinatos que el estado nica cometió hace tres años en las calles de su país –y que abrieron esta etapa de distintas represiones.

Se publicó, entonces, en el New York Times y la trabajé con varios amigos periodistas de Confidencial, el medio que dirige Carlos Fernando Chamorro –que después fue allanado y confiscado sin más crimen que no gustarle a los Ortega. Se llamó, entonces, El misterio de las revoluciones, porque parecía que una estaba en marcha. El presidente Ortega, sin embargo, sabe demasiado sobre eso como para no reprimirla a sangre y fuego –y eso hizo, y eso sigue haciendo.

“Esto hace un mes no se podía ni siquiera imaginar”, dicen, repiten. Lo escuché tantas veces estos días, en Managua: que nadie –nadie es nadie– lo había imaginado, que fue una gran sorpresa, que dura todavía. Que quién sabe lo que va a pasar.

¿Cómo empieza una revolución?

¿Por qué empieza una revolución?

Nicaragua estaba hundida en un sopor de años. La gobernaba con mano de hierro y de banderas y de dólares una de las parejas más coloridas del continente verde loro: el comandante Daniel Ortega Saavedra, 72, y su esposa y vicepresidenta y poetisa Rosario Murillo Zambrana, 66. Ortega ya gobernó Nicaragua once años entre 1979 y 1990 y otros once desde 2007, y no quiere dejarlo. Como otros jefes latinoamericanos recientes, se entregó a la tentación de sí mismo; para cumplirla, armó una constitución que le garantizaba la reelección eterna. Y nadie parecía en condiciones de impedirlo.

Su base era sólida: le había dado a la Iglesia católica un lugar de peso y las leyes más duras del mundo contra el aborto; les había dado a los empresarios más ricos las garantías y las facilidades y más y más negocios; le había dado satisfacción al Fondo Monetario. Durante una década su país había crecido al cuatro por ciento anual –hasta que la caída de Venezuela resquebrajó el espejo. Aún así el comandante mantenía el apoyo de un buen tercio de la población, la tolerancia de otro, la obediencia de los trabajadores del Estado, el sostén activo del ejército, el control férreo de la policía y los parapoliciales, el hastío indolente de los jóvenes. La política de palo y zanahoria funcionaba, pero empezó a escasear la zanahoria. A mediados de marzo, apurado por problemas de caja, el comandante Ortega decidió anunciar un recorte de las jubilaciones y un aumento de las cotizaciones al Instituto Nacional de la Seguridad Social.

Sus aliados empresarios se sorprendieron: normalmente, el comandante consensuaba esas políticas con ellos, y esta vez no lo hizo. Era un tropiezo, nada grave. Tampoco lo serían las dos o tres pequeñas marchas con que unos pocos viejitos intentarían rezongar. Pero en la de León, la segunda ciudad del país, el 18 de abril, unos muchachos sandinistas atacaron a los viejos. Las imágenes inundaron las redes sociales. Esa tarde, estudiantes decidieron protestar. Eran tan pocos que se citaron casi clandestinos en un paseo de compras de la periferia de Managua, Camino de Oriente, con la esperanza de que allí no llegaría la turba.

Llegó. El gobierno de Daniel Ortega siempre se tomó en serio aquello de que el estado debe tener el monopolio de la violencia. Para eso cuenta, por supuesto, con una policía y un ejército, pero también con esos grupos de matones que los nicaragüenses llaman “la turba” o “los motorizados”. Suelen llegar en moto, suelen estar empleados en alguna dependencia pública, suelen intervenir cuando hay que defender la causa popular con cachiporras o, si acaso, plomo. Esa tarde, en aquel mall, unos pocos empezaron a repartir palazos, a robar periodistas, a quebrar cabezas –bajo la atenta mirada de la policía. Era el remedio habitual para los pocos revoltosos: los ponías en su lugar y se calmaban. Pero esa noche miles los vieron por televisión, miles por las redes, y sintieron que ya era suficiente. Al otro día, miles y miles salieron a la calle.

*          *          *

#1. Darwin Urbina era un trabajador y era coqueto: tenía un corte de pelo complejo, una barbita, cierto cuidado con la ropa, su sonrisa confiada; le iba bien con las chicas, se gustaba. Esa tarde, 19 de abril, volvía de su trabajo en un supermercado cuando vio que unos muchachos de la Universidad Politécnica estaban armando barricadas porque la policía y los motorizados los corrían. Darwin reconoció a algunos –años antes había vendido tamales en los claustros– y decidió ayudarlos: hacía años que en Managua no pasaba nada semejante. Los muchachos estaban excitados: rompían tabúes, prohibiciones, abrían –quizás– algún camino. La policía se acercó, amenazadora; ellos cantaron el himno nacional. Se oyeron los disparos; Darwin cayó con el cuello partido. Cuando su hermana Grethel por fin lo encontró en la morgue judicial, el forense le dijo que su muerte había sido instantánea, que no había sufrido. Y un policía de civil le sugirió que dijera que la bala vino de los estudiantes, pero ella se negó porque sabía que no estaban armados. Así que las autoridades lo dijeron, y también dijeron que Darwin era un vago, un ladrón: en esas horas, todavía, era una muerte sola, aislada, y era más fácil decir cosas. El gobierno confiaba: siempre supieron que si algunos se pasaban de la raya había que amedrentarlos, y si los palos no bastaban alcanzaría con matarles un par para que se calmaran. Pero esta vez algo falló: lo que siempre había funcionado les falló. Esa noche hubo dos muertes más y al otro día en lugar de la calma fue el desmadre: la calle estaba llena de batallas. El débil ya no quería seguir siéndolo; el fuerte ya no supo qué hacer. Rosario Murillo, la esposa y vicepresidenta, salió a decir que los culpables “parecen vampiros reclamando sangre. (…) Son esos grupos minúsculos, esas almas pequeñas, tóxicas, llenas de odio. (…) Son esos seres mezquinos, seres mediocres, seres pequeños, esos seres llenos de odio que todavía tienen la desfachatez de inventarse muertos. Fabricar muertos, cometer fraudes jugando con la vida es un pecado”. Si quería asustarlos no lo pudo hacer peor: sus injurias avivaron el fuego, terminaron de convencer a los dudosos. Con esas muertes, con esas palabras, Nicaragua empezaba a ser distinta.

*          *          *

Si alguien supiera cómo empiezan las revoluciones sabría casi todo. Una revolución es un cambio radical en la situación previa: llega cuando todo lo que dábamos por cierto deja de serlo de repente. Cuando los jóvenes indolentes se deciden a jugarse la vida, cuando los empresarios satisfechos se pelean con su jefe, cuando los curas dejan la sumisión y encuentran su misión, cuando el hombre fuerte se hace débil y ya nadie le teme.

–A ese ya lo aguantamos demasiado tiempo. No, yo tampoco sé por qué. No sé por qué lo aguantamos ni por qué dejamos de aguantarlo.

Me dice Suri, sus 25 años, estudiante, ocupante de la Universidad Politécnica de Nicaragua, Upoli. Estamos en un pasillo del tercer piso de un edificio moderno, sus vidrios, sus baldosas, sentados en el suelo; un gran cartel institucional dice que la Upoli “educa a sus estudiantes para servir de acuerdo al modelo de Jesucristo; para ser líderes con espíritu emprendedor, creativo, investigativo y altamente competitivos en el contexto mundial”.

–Pero qué bueno que ahora hemos vuelto a ser nosotros, ¿no?

Nadie sabe por qué suceden esas cosas, por qué el vuelco. Sólo podemos constatarlo después, cuando es un hecho. Es fácil, ahora, decir que fueron esas muertes: que los nicaragüenses no soportaron esas muertes. Es difícil saber por qué un gobierno que supo como ninguno mantenerlos tranquilos, satisfechos, temerosos, de pronto perdió pie, trastabilló.

–Yo decidí venir acá porque no soporté que nos siguieran matando a los nuestros, pensé que tenía que hacer algo.

Dice Suri; lo pensaron tantos. El 20 de abril ya se sabían diez muertes bajo las balas policiales y parapoliciales. Varias universidades estaban tomadas, el país perplejo, miles de hombres y mujeres en las calles de todas sus ciudades. Ya no sólo protestaban contra el gobierno de Ortega; pedían, también, justicia por los muertos.

–Lo vamos a sacar. No sabemos cómo pero lo vamos a sacar, porque queremos ser libres, queremos a nuestra Nicaragua libre, que brille nuestra bandera azul y blanca.

Suri prefiere no decirme su nombre; sí me dice que ha trabajado en muchas cosas pero que ahora está desempleada y estudia mercadotecnia en el nocturno. Tiene un bebé de quince meses; sus padres la ayudan a criarlo. Ya lleva un mes de toma; solo puede ir a su casa algunas noches. Suri es flaquita, cara redonda, dulce, casi triste: el pelo negro que le cae en los ojos, la mirada de quien ha visto demasiado.

–Vos no sabés cuánto lo extraño.

Me dice: como en todas las zonas remotas del imperio, aquí también los españoles se trataban de vos. Suri tiene un cometido:

–Mi trabajo aquí es asegurar suministro alimenticio, me encargo de que esté preparada la comida para todos los que andan luchando, estamos hablando de más de 600 comidas tres veces al día.

Dos metros más allá hay un cartel pintado a mano: “Que tengan miedo ellos, porque nosotros ya no lo tenemos”. No siempre es cierto; Suri tiene, pero igual está acá:

–No, yo no tengo la capacidad para andar en las trincheras, lanzando morteros. Primero que todo porque tengo un bebé. Yo los ayudo desde acá, pero ir afuera y que se venga la policía… creo que ahí nomás me desmayo. No todas somos iguales, hay algunas que sí son guerrilleras pero yo…

No todas son iguales; Dolly, después, me dirá que se fue de la Upoli porque no quería participar de “una toma de machos”: 

–Quienes están al frente de las trincheras son los chavalos, y eso tiene que ver con nuestra cultura. Hubo un momento en que ellos, cuando empezaron a tener estos liderazgos bien machos, a mí me mandaron a la cocina, y entonces yo los mandé a comer mierda.

Dice, cuando le pregunto por qué será que todas las víctimas de la represión sandinista son hombres. La Upoli es la universidad más combativa: en su toma participan también muchachos de los barrios difíciles de los alrededores. Alrededor del edificio central hay un gran parque, una puerta muy bien custodiada, muchachos que se pasean con morteros; más allá las calles están cortadas con barricadas de adoquines –“las trincheras”–; los que las cuidan vienen aquí a comer, descansar, curarse si les toca. Aquí hay muchachos embozados con pañuelos que caminan como si el suelo fuera su enemigo; hay grupitos que charlan en susurros, hay miradas. Hay una sala donde fabrican las bombas para los morteros: las cuatro onzas, las media libra, que explotan y hacen más ruido que daño pero te sobresaltan. Y hay, en tres aulas de la planta baja, un hospital de campaña improvisado que atendió, en estas cinco semanas, a más de 120 heridos –y sufrió varios muertos. Lo montaron porque en los hospitales públicos no los atienden o los detienen.

–Aquí no solo habemos estudiantes, aquí está la población apoyándolos. 

Me dice un hombre que no me va a decir su nombre, treinta y tantos años, el cuerpo ancho, un tatuaje de Guevara sobre un hombro, barba de varios días, una herida de bala en una pierna. Está tirado en un catre de fortuna, dos bancos que sostienen una colchoneta, su botella de suero, sus vendajes.

–Yo soy conductor de camiones pero también quise ayudar a la causa. Cuando hubo el primer fallecido fui a dejar víveres con un grupo de mi barrio, pero vimos lo que pasaba y decidimos quedarnos con ellos. Estoy desde el principio, manejo como a 35 muchachos, pero ya no puedo volver a mi casa porque me tienen fichado…

–¿Y cuándo vas a poder volver?

–No, yo ya no puedo. Si esto no se aclara, si el dictador no se va, yo ya no voy a poder volver.

–¿Y te parece que se va aclarar tan rápido?

–Bueno, todos tenemos la confianza de que no haya que llegar a una guerra civil. Pero si nos va a tocar…

Dice, recostado en catre, la sonrisa ancha. Le pregunto por qué tiene a Guevara en el hombro.

–Porque es un revolucionario, una persona que anduvo en varios países ayudando las revoluciones.

–¿ Y vos te considerás un revolucionario?

–Hacia mi patria, sí. Yo quiero una nación donde todos seamos iguales, que tengamos los mismos derechos, con libertad, que todos podamos hablar sin ser reprimidos. Esto es una dictadura y tenemos que liberarnos de ella.

Dice el hombre que yace. Suri, más tarde, me dirá que se desespera cuando ve llegar a los heridos, que ojalá se acabara; yo le pregunto cómo cree que se terminará.

–No sé, si nosotros queremos salir de aquí necesitamos protección. Si no la tenemos nos van a empezar a cazar y vamos a ir desapareciendo uno a uno… Y entonces esta lucha va a ser en vano, las muertes de los que murieron van a ser en vano y todo quedará como si nada.

–¿Y te parece que eso es lo que va a pasar?

–Yo espero que no, que podamos echarlo. No queremos a este señor en el poder, no puede seguir ahí, es un genocida. Ayer llegó un muchacho que una camioneta de la turba lo atropelló y lo destrozó, yo tuve que prepararlo. Y después vino el papá de ese muchacho y ver el rostro de ese señor me partió el alma, no hay palabras. Me imagino cómo se sentirá mi madre de verme en ese lugar…

Dice Suri, y me muestra las fotos de los muertos: muchas, brutas, pavorosas las fotos de los muertos.

*          *          *

#5. Álvaro Conrado quería ser bombero o policía. Quién sabe si lo hubiera sido: cuando uno tiene 15 años la vida es una incógnita llena de tentaciones. Pero esa mañana, viernes 20, decidió ir a ayudar a los estudiantes que, desde el día anterior, se peleaban con la policía. Álvaro tenía anteojos, un gran mechón de pelo negro, muy buenas notas en la escuela; tocaba la guitarra, hacía acrobacias con el roller, corría en el equipo de su colegio de jesuitas. Así que, cuando se presentó en la Universidad Nacional de Ingeniería, lo pusieron a correr entre las barricadas llevando agua y bicarbonato a los muchachos que las necesitaban para aguantar los lacrimógenos. Los estudiantes se defendían con piedras y morteros y bombas molotov, los policías los atacaban con gases y balas. Álvaro corría cuando sintió ese tiro en el cuello. Nadie supo de dónde venía; los estudiantes sospecharon que había francotiradores apostados en un estadio de beisbol vecino. Álvaro cayó; le salía mucha sangre pero estaba consciente: mientras lo cargaban en brazos entre varios –su jean manchado, su camiseta roja– gritaba me duele respirar, me duele mucho. Sus amigos lo metieron en un coche y lo llevaron a un hospital público –el Cruz Azul– donde no quisieron recibirlo; se dice que había órdenes del gobierno de no atender a los manifestantes. Se desangraba; cuando llegó a un hospital religioso donde sí lo aceptaron ya era tarde. Los medios, ahora, lo han bautizado “el niño mártir” y los manifestantes llevan su imagen en fotos y pancartas. Seguramente Álvaro será, por esos caprichos de la historia, la cara de estos días.

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Dicen que existe un plan para poner nombres y números a las calles de Managua, y que la cooperación japonesa prometió sostenerlo, pero por ahora las direcciones en la ciudad son azarosas – “de la loma de Chico Pelón una cuadra al lago y tres arriba” o “del casino Faraoh dos abajo y una y media al sur”–, un reducto de resistencia a GoogleMaps. Managua no es misteriosa; sólo incomprensible. Managua es ancha y chata, temerosa: hecha de casas bajas para que no se caigan cuando tiemble. Managua no tiene un centro claro, se desmembra; cada tanto hay algún centro comercial o un barrio de casonas o casitas, cada tanto un vacío: una ciudad sin terminar. Y, cada poco, los árboles famosos.

La iglesia católica siempre supo que el primer imperativo de una fe es ocupar su espacio –y llenó los suyos de iglesias y de cruces. Los estados lo saben –y lo colman de banderas y próceres. El gobierno de los Ortega, medio fe medio estado, lo atiborró con sus “árboles de la vida”. Hay unos 140 repartidos por toda la ciudad, se basan en una pintura de Gustav Klimt, 1905, y están llenos de firuletes y sentidos ocultos y pistas esótericas: la Cábala, la Biblia y otros libros de la tradición materialista dialéctica. Cada “árbol” es una estructura metálica de unos veinte metros de alto, 25.000 dólares de costo, tanto valor simbólico: deberían representar la paz y el amor y esas cosas pero significan, más que nada, el poder de Rosario Murillo.

Rosario Murillo es la esposa y vicepresidenta del comandante Ortega: tiene anillos en todos los dedos, un programa diario en tres canales oficialistas, casi todo el poder y el odio de varios millones de nicaragüenses –incluidos muchos sandinistas. En la economía política que suele ordenar las dictaduras, ella es la mala, la culpable, la que hace que su pobre marido haga cosas horribles: siempre ayuda un personaje así. Por eso no sólo le dicen “la Chayo”, el apodo de Rosario, sino también “la chamuca” –la bruja, la hechicera. Por eso a sus árboles no sólo los llaman “arbolatas” sino, sobre todo, “chayopalos”. Por eso la noche del 20 de abril, cuando unos manifestantes derribaron el primero, pareció que algo serio estaba sucediendo.

Sucedía que miles de jóvenes se habían decidido: que la calle, que el sandinismo controló durante tantos años, se volvía un lugar disputado. Y que el silencio que cubría el país se rompía en gritos. 

Era una gran sorpresa. Cuatro años antes, cuando el gobierno de Daniel Ortega decidió poner wifi gratis en los parques y plazas, algunos denunciaron la maniobra: esas conexiones servirían para mantener a los jóvenes entretenidos con sus chats y fotitos y demás pavadas. No que lo necesitaran: todos sabían que eran los más apáticos y frívolos de la historia. No como sus padres, sus abuelos, que habían participado en guerras y revoluciones, que se la habían jugado, que siempre contaban sus batallas: que, de muy distintos modos, les reprochaban que no fueran como ellos. Ahora, de pronto, esas redes que debían mantenerlos en su babia se habían vuelto su arma, su instrumento: gracias a ellas se llamaban, se reunían, se pasaban consignas e instrucciones. Las imágenes venían de todas partes, grabadas por los participantes. Algunas eran tremendas: la crueldad de un ataque, la agonía de un herido, el dolor de una muerte. La televisión oficial seguía mintiendo calma pero el truco ya no funcionaba. Pronto intentaron mejorarlo: mandaban noticias falsas –imágenes antiguas o amañadas– por las redes sociales para después decir que eran inventos y desacreditar a las demás. “Te dijeron tal y cual y te mintieron”, decía una minicampaña oficial de desprestigio de las redes. Y poco después cortaron el wifi de las plazas, pero ya ni modo: las grabaciones siguieron su camino.

–Esto es clave. Esto cambió la historia.

Me dice, ahora, el periodista de una radio independiente mostrándome su móvil. Ahora, la ciudad está tomada por los que se callaban: en cada rincón, en cada esquina puede haber un grupo de estudiantes, de vecinos, de hombres y mujeres con banderas azul y blancas que protestan, que exigen que se vaya.

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#9. El sacrificio de su madre había dado resultado: a sus 30 años, Michael Humberto Cruz tenía un bebé de cinco meses, un carro, un buen pasar y cursaba un posgrado en su universidad, la Politécnica. Su madre, Rosa Amanda Cruz, había emigrado al norte 18 años antes, y consiguió trabajo en un restaurante mexicano en San Mateo, California. Nunca más vió a Michael, porque no tenía papeles y si salía de los Estados Unidos no podría volver, pero el muchacho, gracias a sus remesas, estudió, se fue haciendo una vida. Se hablaban todos los días: aquella mañana, el 21, Michael le dijo que iría a apoyar a esos compañeros de facultad que habían salido a defender a los ancianos; Rosa le pidió que no fuera, que era peligroso, y él le dijo que no podían permitir que el gobierno le sacara la plata a su abuelo y a todos los abuelos, y que no se preocupara, amita, que no le iba a pasar nada. Estaba en una barricada de la Upoli cuando dos balazos en el pecho lo mataron en el acto. Su madre llegó a Managua esa misma noche: sabe que ya no podrá volver a Estados Unidos pero le da lo mismo: “Yo estaba allá por él, para darle una educación, una vida. Ahora ya qué me importa”.

(Mientras me lo contaba, en una manifestación de banderas azul y blancas, un hombre mal afeitado, camisa abierta, reloj naranja, nos miraba, nos fotografiaba. Su hermana me dijo que era habitual: que las siguen, las intimidan, intentan asustarlas.)

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En la carretera que va de Managua a Masaya hay una rotonda que se llama Ticuantepe; allí, como en otras, había un chayopalo. Un día de abril cientos de protestantes –los llaman “protestantes”– lo tiraron abajo y lo reemplazaron con una virgen de Cuapa, una imagen de metro y medio bien pintada. Pero poco después vinieron los sandinistas encabezados por la alcaldesa, la sacaron y pusieron en su lugar una virgen de Cuapa, una imagen de metro y medio bien pintada. Al otro día los rebeldes volvieron y sacaron esa imagen de la virgen de Cuapa y volvieron a poner su imagen de la virgen de Cuapa –y así de seguido. Hasta que intervino el señor cura, llamó a la paz y la conciliación y terminaron acordando en poner a la virgen de Cuapa de los rebeldes en el centro y la virgen de Cuapa de la alcaldesa en un rincón: fue, sin duda, una gran victoria de las fuerzas del cambio.

–Acá hay curas que nos han mostrado cómo es estar cerca del pueblo.

Me dice Chan Carmona un poco más allá, en Monimbó, y me cuenta que en uno de los momentos más brutos del enfrentamiento hubo una tregua cuando el cura párroco, César Augusto Gutiérrez, llegó hasta allí, los reunió, les dijo que la Iglesia apoyaba los reclamos justos, les pidió que respetaran la vida y los hizo rezar un padrenuestro. Y se quedó en la calle y habló con la policía para que no tiraran a matar y pidió por los presos; más tarde se desmayó por el gas lacrimógeno.

–Hay curas que son casi más huevones que nosotros.

Monimbó es un barrio indígena con una larga tradición de resistencia, pero su historia no es original: en muchos rincones del país curas mediaron, se interpusieron, apoyaron reclamos, atendieron heridos, intentaron moderar la violencia. Y el obispo auxiliar de Managua, Silvio Báez, apoya las protestas y la conferencia episcopal convocó a la mesa de diálogo donde ahora se discute algo que no termina de estar claro, quizás el destino del país.

–Yo los respeto. Mucho no me gustan, pero estos días los respeto. Se lo ganaron en la calle.

Chan Carmona es un muchacho flaco, fibroso, alto, la barba negra y los ojos hundidos de días sin dormir. Chan es un líder de los rebeldes de Monombí y me muestra los rincones y las barricadas y me cuenta dónde se paraban y cómo rechazaron a la policía, y me explica que no se puede soportar más que esos del gobierno vivan así mientras ellos tienen que trabajar como perros para ganar cien córdobas. Que se tienen que ir, que son unos aprovechados y unos dictadores y unos genocidas. Y que lo están siguiendo, que lo tienen marcado. Yo le pregunto qué va a hacer.

–Nada, qué querés que haga; seguir en la pelea. Si me matan todos van a saber quién fue.

–¿Pero no tenés miedo?

–Miedo, miedo… Bueno, es mi vida. Me gusta, me gustaría seguir en esta joda. Porque ya muerto, pa’ qué.

Dice, y se ríe. En el colegio salesiano de Masaya, justo al lado, cientos de vecinos reciben a la delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que viene a recibir denuncias. Un líder local discursea desde las escaleras del colegio:

–¡A nosotros no nos mueve ninguna ideología ni partido sino el amor por nuestro pueblo y nuestra patria!

Grita, robusto y atildado, y da vivas geográficas: a Nicaragua, a Masaya, a Monimbó. El rechazo a los partidos se oye en todas partes: casi todos dicen que no son políticos, que no hacen política, que repudian a los políticos y a la política y a todo lo que esté “politizado” –mientras toman la calle para voltear a un gobierno, pura política en acción. Magias de la palabra: por algunas se pelean, de otras huyen.

*          *          *

#14. En Estelí, a 150 kilómetros de Managua, a Franco Valdivia lo conocían por su nombre artístico, el rapero Renfán. Franco tenía 24 años, estudiaba tercero de abogacía y trabajaba de carpintero para pagar sus gastos y los de su hija de cuatro. Estelí es una ciudad mediana, tranquila, templada, “un bastión sandinista” o “la ciudad mil veces heroica”; no es el lugar más apropiado para un rapero, pero Renfán seguía peleándola. Con un grupo de amigos solía grabar sus canciones y subirlas a youtube: estaban bien hechas y criticaban los abusos y la corrupción y conseguían visitas. El 18 de abril subió a su Facebook un poema en tono rapeado: “Hoy es un gran día para morir./ Por no elegir el camino que la corrupción/ nos quiere hacer seguir./ Y aunque a mi vida días le reste/ seguiré diciendo verdades cueste lo que cueste./ Sandino tenía un sueño y les/ aseguro que no era este”. En ese momento Nicaragua era una siesta y sus palabras parecían sólo palabras; esa noche los estudiantes de Managua salieron a la calle, al otro día la agitación llegó a Estelí, se volvieron proféticas. Franco fue al parque central a sumarse a las protestas que tanto había cantado. Dos horas después, un disparo que pareció venir de la alcaldía le entró por el ojo izquierdo y lo mató. Otra de sus canciones se llamaba Pilatos: “No hay olvido sin sepultura/ para quien lucha por lo que es./ Que la muerte me regrese/ lo que la vida me ha quitado”.

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Estos días, en Nicaragua, la vida se ha vuelto diferente. La política –tan denostada– ocupa tanto espacio: las personas piensan en asuntos en los que no pensaban, se preguntan cosas, se imaginan. Una revolución es el momento en que cambian las preguntas, en que se puede no tener respuestas. Estos días, en la ciudades nicas, la vida es diferente: en las calles puede pasar, a cada momento, cualquier cosa.

Estos últimos años Managua se jactaba de ser la capital más tranquila de la región; ahora es una ciudad sacudida por su historia: en cada rincón una bandera, personas que las agitan, gritan algo. Hay barricadas, cortes de ruta –“tranques”–, pequeñas manifestaciones –“plantones”–, grandes marchas. Hay, sobre todo, un estado de expresión permanente, de gente que se calló la boca mucho tiempo y ahora habla y disfruta de hablar y trata de olvidar esos silencios. Y, mientras, los negocios están medio vacíos y las calles están medio vacías y el miedo medio lleno, la incertidumbre extrema.

–¡El pueblo/ unido/ jamás será vencido!

Gritan ahora miles de personas con banderas rojas y negras y azules y blancas: marchan para apoyar al gobierno sandinista. Es sábado a la tarde, hace un calor estrepitoso, y a lo largo de la Avenida De Bolívar a Chávez –se llama así: De Bolívar a Chávez– hay pantallas gigantes que nos muestran lo muchos que somos y lo bien que revoleamos los colores. Aquí en la vida real, bajo este sol hiperreal, la realidad es más modesta –no parecemos tantos, y las docenas de micros que los trajeron, y la sospecha de que muchos son empleados públicos que castigan si no vienen.

–¡Viva la paz, viva el amor!

Grita una locutora y suena Solo le pido a Dios versión caja de ritmos, y después la locutora habla de Sandino. Augusto Sandino se definió, hace 90 años, como “el general de los hombres libres” –y así lo registró la historia. Pero la historia cambia más que nada y ahora la locutora lo presenta como “el general de los hombres y mujeres libres”.

–Estamos encendiendo la llama del sagrado derecho de vivir en santa paz, iluminados por el espíritu de Sandino y guiados por el saber del comandante Daniel Ortega.

Dice la locutora y, por alguna razón que me escapa, nadie contesta amén. Allá arriba, una cara gigante de Chávez nos mira desde lo alto de su arbolata/chayopalo. Aquí abajo, sobre el asfalto medio derretido, se pasean muchachos con morteros, señoras con tacones, señores con anillos, señoras con chancletas, señores con las manos callosas arruinadas: hay mucho espacio sin llenar. 

–Esos vándalos van a tener que entender que acá se necesita paz.

Me dice un muchachón fornido, su gorra para atrás, su cuello con tatuajes, su camiseta verde camuflaje. Para un país que estuvo en guerra tantos años la narrativa de la paz es decisiva. Entonces todos se reprochan mutuamente haberla roto, y el gobierno ha decidido hacerla su estandarte.

–Y lo van a entender por las buenas o por las malas, como quieran.

Dice el muchachote. El gobierno, que siempre dijo que la calle era suya, ahora la está peleando. Esa misma tarde, en León, decenas de miles de personas se juntan para exigirles que se vayan. Al día siguiente, domingo a la mañana, en una rotonda de Managua, unos cuantos revolean banderas azul y blancas. La pelea por los colores es tenaz: durante décadas, el rojo y negro fue la divisa sandinista; desde que los opositores sacaron la nacional, azul y blanca, los sandinistas empezaron a usarla también: no podían entregarle a sus enemigos el color de la patria.

–¡El pueblo/ unido/ jamás será vencido!

Gritan también los protestantes, insistiendo en la fake news más repetida de las últimas décadas. Los dos bandos se pelean por las mismas palabras, las mismas consignas, las mismas canciones: todo el refranero izquierdista de los setentas, que tantos tratan de olvidar, aquí es un botín que se disputa. Una señora pasa en silla de ruedas con un cartel escrito a mano: “El poder reside en el pueblo. Es el pueblo el que pone y quita gobiernos”, dice, firmado por Daniel Ortega, 1979: la guerra por la palabra es usar la palabra como búmerang: a nadie se le aplica mejor lo que dijiste que a vos mismo. Y la señora reclama su legitimidad: forma parte de las Madres de Abril, la asociación de las madres de las víctimas.

–¿Sabés qué pasa? Que las canciones y las consignas volvieron al pueblo. Las tenía secuestradas esta dictadura, pero ahora son nuestras otra vez.

Me dice una chica de quince o dieciséis. En un altavoz suena el hit del mes, Mercedes Sosa con Que vivan los estudiantes, pero las vuvuzelas lo tapan inclementes. Un pequeño grupo de mujeres grita que no queremos pitos queremos consignas; nadie les hace caso. Los coches que pasan por la avenida ondean sus banderas: todo suena muy patrio. Casi todos son muy nacionalistas, muchos son muy católicos, todos muy democráticos, pero Dios Patria y Libertad no quedaría tan bien. Hay mezcla, mucha mezcla: desde un cartel bien clasista –“En un país gobernado por un ignorante, los profesionales son la amenaza”– hasta los que reclaman más igualdad y menos hambre. La explosión de palabras es puro gozo, felicidad en verbo:

“Hay décadas donde nada ocurre, y hay semanas donde ocurren décadas”.

“Tanto valiente sin armas y tanto cobarde armado”.

“Te permitimos todo, Daniel. Pero no hubieras matado a los chavalos”.

Y también hay metamorfosis: de la vieja consigna sandinista que propone “Patria libre o morir”, alguien pasó a “Patria libre o vivir” y alguien, más cuidadoso, a una opción razonable: “Patria libre para vivir”. Y los gritos que dicen que no se confundan, que “No eran delincuentes,/ eran estudiantes”, y los que definen el argumento principal, que “Daniel,/ Somoza,/ son la misma cosa”. Y, sobre todo, el viejo hit sandinista recuperado por los que quieren derrocarlos: “¡Que se rinda tu madre!”

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#24. Cuando Ángel Gahona tenía cinco años, en 1981, su maestra de Bluefields, una ciudad pequeña del Caribe, hizo que todos los chicos repitieran que eran hijos de Sandino; el pequeño Ángel se negó. Después explicó que quizá los otros chicos fueran, pero que él sabía que su papá se llamaba Gahona. Pronto su familia tuvo que huir a Venezuela, corrida por la guerra; allí pasaron privaciones y Ángel empezó a trabajar antes de sus diez años. A su vuelta consiguió estudiar periodismo en una universidad de su región Caribe; durante años trabajó en lo que pudo –vendedor de comida o de chatarra o de comida chatarra, gerente de un cyber– hasta que, ya casado, pudo fundar con su mujer Migueliuth Sandoval un pequeño diario digital: El Meridiano. Lo hacían entre los dos y conseguían sobrevivir; Ángel recorría su ciudad en su moto saludando a todos, iba a las misas evangélicas, criaba a sus dos hijos, había empezado a estudiar para abogado. Ese domingo 21 las protestas llegaron a Bluefields; Ángel y Migue pensaron en salir a transmitirlas pero alguien tenía que quedarse con los chicos. Decidieron que ella; él se fue solo. En un Facebook Live, ya de noche, Ángel muestra a unos jóvenes que tiran piedras contra la alcaldía; después dice –su voz en off en el video– que “vamos a buscar dónde refugiarnos ya que la policía se dirige hacia acá”. Los enfoca, muestra su llegada y la relata y, de golpe, la imagen se conmueve y funde al negro y sólo se oyen gritos. Una bala le ha atravesado la cabeza; el video de un compañero lo muestra en el suelo, ensangrentado, muerto. Nadie sabe quién, nadie sabe por qué; se sospecha de un francotirador oficial u oficialista, pero la justicia prefirió acusar a dos muchachos que ni tenían armas ni estaban allí. El mejor truco para no resolver un caso como este es pretender que ya lo resolviste.

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El miércoles 16 de mayo un muchacho conmovió al país. Esa mañana empezaba la primera sesión de la mesa para el diálogo que había convocado la iglesia católica en su Seminario Interdiocesano. Se encontraban las partes en conflicto: los estudiantes, las federaciones campesinas, las patronales, la “sociedad civil”, el señor presidente y su señora vice. El protocolo preveía que Daniel Ortega hablara primero; estaba a punto de hacerlo cuando Lesther Alemán se paró, con su camisa negra por el luto y su pañoleta azul y blanca por la patria, y se lanzó:

–No estamos aquí para escuchar un discurso que por doce años ya hemos escuchado. Presidente, conocemos la historia; no la queremos repetir. Usted sabe lo que es el pueblo. ¿Dónde radica el poder? En el pueblo. Hemos aceptado estar en esta mesa para exigirle ahorita mismo que ordene el cese inmediato a los ataques que están cometiendo en nuestro país, represión y ataque de las fuerzas paramilitares, de sus tropas, de las turbas adeptas al Gobierno. Usted sabe el dolor que hemos vivido estos 28 días. Ustedes pueden dormirse tranquilos; nosotros no hemos dormido tranquilos, estamos siendo perseguidos. Y ahora estoy hablando porque nosotros hemos puesto los muertos, nosotros hemos puesto los desaparecidos, los que están secuestrados nosotros los hemos puesto.

Dijo, con su voz de locutor antiguo, las gestos medidos, casi una sonrisa –y nadie se atrevía a interrumpirlo. Tres metros más allá, Daniel Ortega y Rosario Murillo lo escuchaban sin dar crédito: nadie en todos estos años, había hecho nada así. Entonces Lesther –sus anteojos, su cuerpo apuesto flaco, su pelo bien cortado modernito– les lanzó la estocada:

–Esta no es una mesa de diálogo, es una mesa para negociar su salida. Y usted lo sabe muy bien, porque es lo que ha solicitado el pueblo. En un mes usted ha desbaratado al país; a Somoza lo costó muchos años, pero usted en menos de un mes ha hecho cosas que nunca nos imaginamos. Muchos están defraudados por esos ideales que no se han cumplido, esas cuatro letras, FSLN, que le juraron a esta patria ser libres y hoy seguimos esclavos, hoy seguimos sometidos, hoy seguimos marginados, hoy estamos siendo masacrados. Cuántas madres de familia están llorando a sus hijos, señor.

La atención era extrema, la tensión tremenda. Las máximas autoridades de un país, paralizadas ante un chico de 20 años que les decía lo que nunca nadie: sereno, sin levantar el tono, como si le explicara una obviedad a un tío un poco espeso. La escena era hipnótica y conmovedora, y no se terminaba:

–El pueblo está en las calles, nosotros estamos en esta mesa exigiéndole el cese de la represión. Sepa esto, ríndase ante todo este pueblo. Pueden reírse, pueden hacer las caras que quieran, pero le pedimos que ordene el cese al fuego ahorita mismo, y la liberación de nuestros presos políticos. No podemos dialogar con un asesino, porque lo que se ha cometido en este país es un genocidio.

 A las 9 y 47 a.m. de ese miércoles, Lesther Alemán era una de las personas más conocidas, más odiadas, más amadas de Nicaragua. Después me dirá que fueron los demás participantes de la mesa los que decidieron que él hablara: que le dijeron que “por la voz, por la autoridad moral, por la rectitud y por el conocimiento”.

–Sí, me acuerdo muchas cosas. Primero ví que las cámaras se volteaban, estaban apuntadas al presidente y se voltearon hacia mí. Y entonces lo ví a él, le ví la cara, los ojos, que se le dilataron sus pupilas viéndome, no sé si era lo sorprendido o que pensaba muchas cosas de mí. Y Rosario tragaba agua sin parar. Fue tan raro. Yo pensaba que no iba a poder hablar mucho, esperaba que él me interrumpiera. Pero que me permitiera todos esos minutos, en silencio, y que luego la gente tuviese la reacción que tuvo, los que me han dicho en estos días que estaba hablando por todo un pueblo… Yo me sentí un Rigoberto López Pérez.

Dice Lesther, y me cuenta esa historia. López Pérez fue un periodista de 25 años que, en plena dictadura del primer Somoza, Anastasio, el asesino de Sandino, se le acercó en un baile y lo mató de tres balazos. Corría septiembre del ’56.

–El solo decía va a llegar el fin de la dictadura. ¿Cómo?, le preguntaban. Va a llegar el fin de la dictadura, decía él, y se metió en aquel salón y lo mató. Después lo cosieron a balazos, como trescientos tiros. Dos días antes él le había escrito una carta a su mamá, una de las cartas más bellas que yo he leído. Y ahí le dice que va a liberar el país, nada más. Entonces, ese miércoles, yo pensé: en mí se reencarnó Rigoberto. Pensé: no fue con balazos, sí fue con la palabra.

–¿Las habías preparado?

–Sí, yo preparé las grandes líneas. Yo no me aprendo las cosas al tubo, de memoria, porque creo que la emoción te hace decir las palabras certeras. Pero sí la noche antes caminé por el pasillo del hotel, de lado a lado, muchas veces, y me decía qué yo voy a hacer, qué va a decir la gente, cuál va a ser la reacción del pueblo. Y me preguntaba cómo hacer para que no me callaran. Y fui escribiendo esas líneas, hice dos borradores que ahí están, puño y letra. Después pensé que no puedo botar esa hoja, se la voy a enseñar a mi hijo, mire m’hijo, esta fue la hoja…

Lesther todavía no tiene ningún hijo y es de noche. En los alrededores de Managua, en el centro universitario donde él y sus compañeros de la Coalición Universitaria se refugian, medio clandestinos, me cuenta, al borde de una piscina y un gimnasio, que es hijo de una familia de trabajadores azucareros y que estaba cursando, con una beca, el cuarto año de Comunicación en la Universidad Centroamericana –jesuita– de Managua. Y que todo empezó unas semanas antes, en la marcha para exigir que el gobierno se ocupara del incendio de la reserva de Indio Maíz. Aquella tarde, dice, había un micrófono y él, por primera vez, se atrevió a usarlo.

–¿Y por qué se te ocurrió hablar?

–Era un micrófono abierto, la gente leía cosas, recitaban, y mis compañeros me dicen Lesther, es tu momento. Porque yo desde pequeño he tenido el sueño de ser presidente de este país, y ellos lo saben. Entonces me dijeron eso, burlándose, y yo ah, ok, lo voy a hacer, y hablé y la gente gritaba, yo me sentía que ya estaba en la candidatura…

Dice ahora y me mira muy serio, risueño pero serio, y que es verdad y que siempre tuvo dos sueños: uno, entrar en el ejército, porque le encanta el orden y la seriedad y los uniformes camuflados; el otro, ser el presidente. Tras todos estos días de no pasar por casa, de vivir a salto de mata, Lesther sigue impecable: una camisa marrón ajustada, un pantalón negro, unas botas complejas. El pantalón tiene manchitas blancas y se ve que le molestan, las rasca sin éxito; en esa mano tiene un anillo de sello y un reloj pequeño, casi de muñeca.

–Por eso el único seudónimo que les permito que me digan es “comandante”. Mis mejores amigos ya de siempre me llamaban comandante.

–Me preocupa. La mezcla de tus dos sueños nos lleva derecho al golpe militar.

Lesther se ríe, un batallón de dientes blancos en orden de revista, y dice que tiene que estudiar mucho, prepararse para ser presidente con todos los conocimientos y los méritos, pero que eso podría pasar en un país distinto, que en este la dictadura los desalienta, que muchos de sus compañeros de la facultad de Comunicación, por ejemplo, no quieren ser periodistas porque para qué, si el control y la censura son la norma. Pero que él nunca se desalienta, que ha leído mucho sobre los ideales sandinistas, que el fundador y prócer del Frente, Carlos Fonseca, muerto poco antes del triunfo de su revolución, es su héroe.

–Lesther comenzó a construir sus ideales a partir de libros, de videos, de canciones. Su himno es Nicaragua Nicaragüita, sus canciones favoritas son las testimoniales.

Dice Lesther; después me explicará que muchas veces habla de sí en tercera persona: Lesther piensa tal cosa, Lesther dice tal otra.

–Lesther nunca se imaginó llegar hasta aquí.

Dice, y me cuenta que querría ser periodista, que le gusta leer diarios de papel y escuchar radio en una radio de verdad, que como milenial es demasiado analógico, que sus amigos le dicen que es un viejo en el cuerpo de un muchacho de veinte. Y que nunca antes estuvo en un grupo político, que “la juventud sandinista no es sandinista sino pura bacanal”, que le interesan muchos ideales del socialismo y del comunismo pero no sus maneras, que no cree en los políticos porque no lo representan, que nunca lo han representado, que tuvieron la oportunidad para hacerle frente a este dictador y no lo hicieron, que no tienen autoridad moral. Y que le gusta escribir y ahora está registrando la historia de estos días:

–Así luego, cuando esté jubilado, pueda estar sentado con alguien, un nieto, y decirle este fui yo, esto hizo Lesther cuando era un chavalo.

Por el momento no lo necesita: lo recuerdan todos. Un diario habló de la “lesthermanía”: hay muñequitos con sus rasgos y una capa azul y blanca de superhéroe, hay llaveros y afiches y pancartas, hay abrazos y besos y selfis cada vez que sale a la calle.

–¿Qué es ser un líder?

–Es una persona convencida de que no ordena sino que convence; el líder escucha, valora, analiza, critica, y después comunica. Pero ante todo es la persona que debe tener más humildad, sobriedad, paciencia. Yo carezco de paciencia…

–Bueno, de humildad también.

Le digo, y se ríe incómodo, pero trata de pensarlo: lo discutimos. Entonces me explica que una de sus formas de humildad es esto de hablar de sí mismo en tercera persona.

–Es para no sentirme limitado. Yo no considero que pueda decir yo soy así, yo digo esto, entonces mejor voy por la tangente: Lesther piensa esto. Siempre me he visto como que salgo yo a hablar por Lesther… Tengo esa idea de no dejar que Lesther hable por Lesther…

Dice, y me ve la cara de sorpresa y le salta la risa:

–¿No entiendes que es como una locura mía…?

Le digo que sí, que eso lo veo, nos reímos, sigue explicándome lo inexplicable, se pone casi nervioso: esos tímidos que la timidez hace más expansivos, más eléctricos. Es, al fin y al cabo, un chico de veinte años al que de pronto todos miran. Es, también, en estos días, la persona más popular de Nicaragua.

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#56. Margarita Mendoza llevaba cuatro días aterrada: Javier Munguía, su hijo, 19 años, albañil desempleado, había sido detenido por la policía el 8 de mayo cerca de la Universidad Politécnica y no aparecía. Ya había preguntado en todos los hospitales y finalmente, el 12 de mayo, se decidió a ir a la morgue del Instituto de Medicina Legal; cuando le dijeron que allí no lo tenían su alivio fue infinito: Javier debía estar vivo todavía. Pero seguía perdido; al otro día, Margarita fue a tocar las puertas de la Dirección de Auxilio Judicial (aka) El Chipote, un centro de represión con 80 años de historia criminal: allí le dijeron que no lo conocían, pero ex detenidos le contaron que lo habían visto adentro y que lo estaban torturando. El viernes 18, Margarita fue uno de los cientos de parientes que se presentaron ante la delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos: quería denunciar la desaparición de su hijo. Su celular sonó mientras lo hacía. Margarita atendió: un funcionario de Medicina Legal le dijo que tenían el cadáver de Javier. Sus gritos se oyeron en todo el piso. Más tarde, en el Instituto, le dijeron que el chico había muerto “por causas naturales”. Al otro día un forense independiente le contó la verdad: a Javier Munguía, la cara rota a golpes, lo habían estrangulado.

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–Sí, claro que tengo miedo todavía. Pero uno empieza a perder el miedo en la calle. Como solemos decir, nos quitaron tanto que nos quitaron hasta el miedo. Sí, muchos de nosotros fuimos atacados por la policía, ya sabemos cómo es eso. Yo también estuve en la Catedral cuando nos rodeó la policía y la turba orteguista, y estuvimos tan cerca de la muerte. De verdad creímos que hasta ahí llegábamos, unos se arrodillaron, se pusieron a rezar, otros lloraban…

Dice Melisa, y Erasmo la apuntala:

–Dicen que el valor no es la ausencia de miedo sino el miedo mismo junto a la voluntad de seguir. Entonces nosotros teníamos sobre todo esa rabia de ver que mataban a nuestros compañeros…

Melisa y Erasmo son estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, la más grande del país, 40.000 estudiantes y 30 hectáreas de bosque sembrado de edificios: matorrales, árboles, cañadas y, ahora, algunas tiendas de campaña que cobijan estudiantes vigilantes. Cuando vino la primera ola de ocupaciones, la UNAN se salvó: el sindicato de estudiantes oficialistas, UNEN, consiguió evitarlo. La universidad estuvo cerrada dos semanas; el 7 de mayo, cuando volvieron a abrirla, sus estudiantes la ocuparon. Y ahora estamos en un edificio –la Escuela de Geología– que los rebeldes usan como hospital, cocina, dormitorio. Melisa y Erasmo tienen alrededor de veinte años, hijos de clase media. Los ocupantes, me dicen, son unos 500; les pregunto si no les parece cuestionable que el uno por ciento de los estudiantes se arrogue el derecho de tomar la universidad.

–Bueno, no vamos a negar que somos una pequeña parte. Pero es que hay muchos que no pueden estar. Por ejemplo, yo me quedé desde el lunes de la semana pasada, y sé que si voy a mi casa ya no puedo volver.

Erasmo es un muchachón alto, fornido, la piel oscura, la sonrisa brillante, y es uno de los jefes de la toma. Le pregunto por qué.

–Porque mi mamá no me deja. Y así hay muchos que no los dejan o tienen miedo de meterse o involucrar a la familia, que hay gente que ha ido a intimidar a nuestros casas…

Dice Erasmo, y Melisa lo corta. Melisa tiene muchas ganas de hablar y tiene la frente ancha, despejada bajo los rizos castaños, mirada inteligente:

–Sí, hay muchos universitarios que están de acuerdo con nosotros, aunque no estén acá. El problema es que nadie quiere morir. Nadie quiere ser mártir. Pero ya tenemos mártires, ya hay más de sesenta muchachos muertos. Y hay muchos que tienen miedo, pero eso no quiere decir que no estén de acuerdo…

La idea de que unos pocos hacen lo que muchos harían es una de las bases de la política del siglo XX: lo llamaron vanguardia. Aquí son pocos, y esos pocos jaquean a un gobierno. Tienen con ellos la legitimidad, la opinión pública, y eso a veces –sólo a veces– vale más que la fuerza, que el número.

–Nosotros nunca pensamos que nos íbamos a pasar acá tanto tiempo, así que nos fuimos organizando poco a poco, dando cuenta de lo que esto significa, de la importancia que tiene, los peligros que tiene. Sabemos que en cualquier momento nos pueden atacar, tenemos que estar preparados todo el tiempo.

Dice Melisa. Aquí los pocos cientos también están organizados en grupos que se ocupan de la comida, la sanidad, las guardias, los choques. Hay una red compleja de muchachas y muchachos que ocupan todo el espacio de la universidad, con un sistema de delegados y poderes, reuniones, asambleas, discusiones.

–Ya desde antes teníamos inconformidad con este gobierno, sólo que estábamos adormecidos, no nos habíamos puesto en marcha.

Ahora se pusieron y pusieron al país a preguntarse qué hacer, a pensarse de nuevo. En estos días la comisión por el diálogo se reúne dos veces por semana para encontrar alguna solución; muchos piden la salida de Ortega; Ortega, por supuesto, no discute siquiera esa alternativa.

–Nadie quiere un conflicto bélico. Nosotros no estamos armados, somos hijos de la posguerra. Nuestros padres sí son ex combatientes, algunos, vivieron la revolución, la contra, militaron, pero nosotros qué sabemos de esas cosas militares, logísticas… Ni queremos saber, pero Nicaragua aguanta poco, y tenemos miedo que se vuelva a armar una guerra. Así que estamos muy pendientes del diálogo, a ver si lo podemos evitar…

Entre 1970 y 1990, en veinte años de guerra, murieron cien mil nicaragüenses. Muchos, después, interpretaron esta generación diciendo que eran chicos que vieron que eso sólo sirvió para que unos pocos mandaran y se enriquecieran y que por eso era lógico que sólo les importaran los juegos en red y los juegos de Messi y ciertas músicas y ciertos bailoteos: que eran una generación de apáticos individualistas, pobrecitos, que nunca sabrían lo que es en realidad la vida. Pero también eran chicos que se pasaron la vida escuchando historias heroicas, revolucionarias de sus padres, sus abuelos, y reproches por ser vagos e indolentes, por no hacer esas cosas. Se ve que se cansaron.

–¿Cómo creen que va a terminar la toma?

–Para nosotros entregar la universidad las autoridades tienen que tomar en cuenta por lo menos algunas de nuestras exigencias: la recomposición del movimiento estudiantil, la autonomía de la universidad, y después la más difícil una Nicaragua democrática. Puede parecer una utopía, pero si cayó Somoza, si cayó el Muro de Berlín, ¿por qué no va a caer este? Y también hay muchas luchas en que no tuvimos que levantar un arma para ganar. Ojalá esta vez sea como esas.

–Ya nadie quiere más muertos. Estamos cansados de los muertos. No queremos que nadie más se muera, apostamos a la vía pacífica, que se resuelva sin que haya que usar armas.

–¿Creen  que se van a pasar varios días más acá?

–No sabemos. Nos vamos a quedar hasta que nos den respuesta.

–¿Y tu mamá que dice?

–Mi mama dice que si me agarra…

Dice Erasmo, se ríe; Melisa quiere aclarar el punto:

–Hay muchos que están sin permiso de sus padres. Mi papá me apoya, él estuvo en la revolución sandinista…

–Mis padres dicen que por ahora estamos más seguros acá que en nuestras casas.

–Claro, pero ¿y cuando tengan que volver a sus casas?

–Esa es la pregunta del millón. ¿Qué pasa?

Nadie sabe.

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–Con Daniel uno siempre se equivoca. El error más común es subestimarlo, porque al final él siempre consigue sacar algo de cada situación. No sabemos qué pasará esta vez, lo tiene difícil, pero hay que estar atentos, muy atentos.

Dice Carlos Fernando Chamorro, periodista histórico, ahora director de El Confidencial. Y todo está en suspenso. Algunos suponen que los estudiantes, la “sociedad civil” y algunas asociaciones agrarias y empresariales pueden convocar un paro nacional que cerraría las carreteras, las calles, las actividades –y aceleraría la caída del gobierno. O podría cansar a muchos ciudadanos, que se hartarían de los problemas y dificultades, la penuria, las pérdidas, las incomodidades, y empezarían a extrañar los tiempos más tranquilos.

Algunos recuerdan el ejemplo de Venezuela: hace unos meses parecía que su gobierno estaba listo y ahora acaba de regalarse unas elecciones. Fabián Medina, periodista de La Prensa, dice que Ortega ahora es como un boxeador que acaba de recibir un golpe duro: debe agarrarse del contrario para impedir que le siga pegando, tomar aire, ganar tiempo y terminar el round. Es una carrera desesperada: él sabe –probablemente sabe– que si pasa estos días no sea fácil sacarlo; sus oponentes más entusiastas saben –probablemente saben– que si los pasa se va a vengar de ellos. Aunque más no sea para que todos sepan que no se puede desafiar al comandante gratis.

–¿Cómo termina todo esto?

Sergio Ramírez, el gran escritor nicaragüense, Premio Cervantes 2017, que fue vicepresidente de Ortega entre 1979 y 1990, lanza la carcajada:

–Eso quién lo sabe. Este diálogo es muy incierto. Hay dos universos totalmente distintos, el de Ortega, que no está pensando en irse, y el de la sociedad civil que piensa que sí. Este choque de realidades va a determinar todo. A menos que haya una presión mayor, si es que puede haber una presión sin sangre…

–¿Y puede?

Ramírez se calla, mira a ninguna parte.

–Es una pregunta terrorífica, esa. Bueno, tendría que haber una resistencia civil verdadera, tranques, paros, paro general… Y por otro lado la presión internacional. Pero Ortega no está pensando irse y sin su salida no hay cómo seguir, porque hay una indignación generalizada.

Dice Ramírez, y me explica que el problema es que la necesidad política del país es que Ortega tiene que desaparecer. Aunque, dice, eso no significa que desaparezca el Frente Sandinista, porque es una fuerza política importante, aún en medio de estos crímenes terribles sigue siendo el 30 por ciento de la población. O sea que hay que contar con ellos, dice, porque sin esa fuerza tampoco hay estabilidad en el país.

–La gran dificultad es que Daniel Ortega no tiene vida alternativa al poder, no es una una persona a la que se le pueda decir bueno, coge tus millones y te vas a vivir a Estados Unidos. Estados Unidos no existe para él, ni tampoco los millones. Él no tiene la ambición de ser rico; su ambición es tener poder. No tiene otras opciones, no es una persona que se pueda retirar a una finca a cultivar café o a escribir sus memorias; para él sólo existe el poder. Esa es la dificultad, el nudo gordiano. Además, incluso si lo dejaran tomar su dinero e irse con su familia, ¿adónde se va a ir? ¿A Cuba, a Venezuela? Sería ir de la llama a las brasas. ¿A Rusia? Y no estaría seguro en ningún otro lado, porque ahora que la Comisión dice que hay que investigar si no hubo ejecuciones extrajudiciales, y esos ya son crímenes de lesa humanidad…

La Comisión Interamericana ya documentó, entre el 18 de abril y el 23 de mayo, 77 muertos y 657 heridos: es, como dice Chamorro, “la mayor masacre de la historia de Nicaragua en tiempos de paz”.

.(Aquellas revueltas, como sabemos, fracasaron. Pero tuvieron una consecuencia inesperada: roto el frente que había sabido construir Ortega con la iglesia católica, los empresarios y demás poderes, su forma de perpetuarse debió volverse mucho más violenta. Por eso, en estas últimas semanas su gobierno encarceló a cuatro precandidatos presidenciales —Cristiana Chamorro, Arturo Cruz, Juan Sebastián Chamorro y Félix Maradiaga— y nueve dirigentes de la oposición —José Adán Aguerri, Violeta Granera, José Pallais, Támara Dávila, Ana Margarita Vijil, Dora María Téllez, Suyén Barahona, Hugo Torres y Víctor Hugo Tinoco.

Entre muchas otras cosas.)

La muerte del vivo

Martín Caparrós

Fueron minutos muy espeluznantes. En medio de un partido de fútbol sin historia –Dinamarca y Finlandia, en esto, nunca la tuvieron– el tiempo se detuvo y millones se asustaron o conmovieron o angustiaron. Pocos lo estaban viendo cuando empezó el temblor: con la velocidad de las redes, en instantes millones se enteraron de que en ese partido un jugador se había desplomado y parecía… parecía… parecía…

Nadie decía la palabra ominosa, pero parecía. La televisión repitió una vez el movimiento tan ajeno del 10 danés que se deshizo y se cayó redondo –y, a partir de ahí, empezó su calvario. El de la tele, digo.

Digamos: un partido de fútbol de una copa europea se suspende porque un jugador se desplomó en el campo. Sus compañeros se arremolinan a su alrededor, desesperados; enfermeros y médicos corren, llegan, se agitan. El cuerpo del jugador queda tapado por los demás cuerpos: parece que no se mueve, en realidad parece… parece… parece…

La televisión, entonces, decide no mostrar nada que informe nada: cerrará los ojos. Como debe seguir emitiendo, evita los planos que podrían contar lo que sucede y se refugia en planos generales de la cancha, planos cortos de espectadores llorando y rezando, compañeros llorando y rezando, una rubia que dicen que es su hermana –pero después sabremos que es su esposa– llorando también. Los locutores no dan información, no saben, no quieren decir nada. Pasan minutos, más minutos, y la televisión solo muestra jugadores tapando al caído y personas llorando y parece… parece… parece… Ya todos estamos convencidos de que el jugador se murió y por eso nadie lo dice y por eso nadie lo muestra. La muerte no se dice, la muerte no se muestra.

La situación entra en un punto muerto. Los jugadores –sus camisetas rojas– siguen parados alrededor del cuerpo, hay más llantos, abrazos, manos en las cabezas; pasan varios minutos hasta que entra una camilla y parece que levantan el cuerpo. Seguimos sin ver nada, pero sabemos –creemos que sabemos– que ha sucedido algo tremendo: la muerte de un jugador de elite en un torneo de ídem. Los enfermeros –sus mamelucos rojos– despliegan unas toallas alrededor de esa camilla que empieza a avanzar, para taparla; sus compañeros caminan cabizbajos a su lado. Parece una procesión fúnebre –roja, toda hecha de rojos– hasta que una foto se abre paso en las redes, tan malditas. Y la foto muestra a Christian Eriksen echado en la camilla con una máscara de oxígeno en la cara y una mano tocándose la frente: parece, después de todo, vivo.

Mucho después sabremos que sí, que “está estable”. Pero ese cuarto de hora es toda una lección sobre la forma en que hacemos periodismo: las formas que elegimos para narrar el mundo. Con ese pudor de lo correcto que hace que, en la época más contada y conectada de la historia, tantas cosas deban suponerse –porque nos parece mal mostrarlas. Nos parece mal informar lo que pasa: nos parece que hay cosas que deben contarse y cosas que no. Nos parece que tenemos el derecho de decidir cuáles son esas cosas, qué puede saber “el público” y qué no, qué cosas lo chocarán u ofenderán –o, incluso, cuáles violan la privacidad del objeto de esa información. Los grandes medios creen que su función es editar el mundo.

(La pandemia es un ejemplo de esta forma: al principio, sobre todo, evitaron mostrar lo que pasaba –la desesperación, la impotencia, las muertes– so pretexto de que era contraproducente y era obsceno. Hay quienes suponen que, si se hubiera mostrado, muchos más habrían tenido conciencia del peligro y muchos menos se habrían contagiado. O, por lo menos, habríamos sabido. Se puede discutir, casi no se discute.)

El partido no tenía importancia, el desmayo de un jugador tampoco tanta. Pero el resultado es una gran metáfora: millones de personas estuvimos convencidas de algo que resultó ser falso. En directo todos supusimos que Eriksen había muerto; pasado el primer shock, habría sido fácil mostrar que no lo estaba si el pudor, la corrección o la estupidez no se hubieran impuesto, una vez más, a la razón de este trabajo: contar el mundo, no juzgarlo o filtrarlo o volverlo digerible.

Fueron solo unos minutos y fue una tontería: fue, sin duda, una lección de periodismo, una nueva invitación a preguntarnos qué estamos haciendo.

O, si acaso: qué mierda estamos haciendo.

Más peor que sus padres

Martín Caparrós

Una frase recorre España y la perturba. Hay frases, de tanto en tanto, que se instalan: crean realidades. Simulan que describen pero, en realidad, producen lo que dicen. En España –y en tantos otros sitios– una de las más exitosas de estos últimos años es esa que proclama que los jóvenes de ahora, los que tienen ahora entre 15 y 35 años, van a “vivir peor que sus padres”.

La utilidad de esas frases es que sirven para decir mucho más que lo que dicen. Cuando una se impone la repetimos como perros –y, al decirla, decimos bastante más que lo que suponemos que decimos. En este caso –como en la mayoría– la pregunta está clara: ¿qué es lo que define las vidas de esos padres, qué las hace mejores que las de sus hijos? Los hijos, decíamos, tienen 20 o 30 años; sus padres navegan entre los 50 y los 60. Tenían, por lo tanto, 20 o 30 en 1990. En esos días España ya olvidaba su larga dictadura, se habituaba a la democracia y cierta modernidad y su entrada en la Unión Europea la había vuelto más o menos rica: destruía sus industrias pesadas y su clase obrera, se concentraba en construcción, turismo, servicios y cultivos, y el dinero –de ayudas europeas, de especulaciones varias– circulaba. España se volvía un país de carreteras nuevas y coches más nuevos, universidades nuevas y estudiantes más nuevos, pisos nuevos e hipotecas más nuevas todavía.

Esos muchachos –esos padres– tenían expectativas que sus padres, décadas antes, no habían tenido: un buen trabajo fijo, una casa comprada, un auto reluciente, unos hijos en la universidad. Esos muchachos –esos padres– tenían una vida que era una síntesis de lo más temible: la seguridad de que, treinta años después, seguirían en la misma oficina, pagando la misma hipoteca, cambiando el mismo coche. Era la vida misma y les gustaba: se habían convencido de que era un privilegio.

Ahora, la mayoría de estos muchachos –sus hijos–, dicen, vivirán peor porque no tendrán todo eso. Entonces la frase les sirve a políticos, medios, sociólogos y demás comentaristas para fijar cierto orden y ciertas prioridades: vivir peor es no conseguir empleo fijo ni hacer familia ni armarse un futuro más o menos seguro. Es cierto: casi la mitad de esos jóvenes no tiene trabajo. Son –se dice siempre– la generación mejor preparada, más estudiada de la historia española: pocas veces pueden hacer lo que estudiaron. Tampoco tienen muchas chances de comprarse una casa –a menos que papá y mamá los socorran– y, por lo tanto, de “formar una familia”, tener niños, todas esas cosas que sus padres emprendieron con entusiasmo y ciertas garantías.

Pero, con perdón, eso solo implica vivir peor que ellos si se supone que ese es el modelo. Quizás el problema no es no poder vivir como sus padres; es querer vivir como sus padres. Tantos, estos años, se prepararon para un futuro que fue quedando viejo: una sociedad que existía y ya no existe –ya no les da el lugar que suponían– y ellos quieren que vuelva a existir. En la protesta aparece a menudo el incumplimiento de la promesa protestante: si te esfuerzas, lo conseguirás. Traducido: si cumples con las reglas –si estudias, si te adaptas– tendrás seguridad. Lo que quedó negado fue ese camino recto como vía de promoción social, entre otras cosas. O la idea de promoción social en esta idea de sociedad.

La solución –si acaso, con perdón– sería pensar en esos padres que vivieron bien porque no querían vivir como sus padres. Pensar cómo sería no vivir como ellos, no tratar de vivir como ellos.

Lo que llamamos la modernidad empezó cuando millones no quisieron vivir como sus mayores. Lo habían hecho durante siglos: el hijo heredaba la hectárea o la herrería de su padre, que la había heredado de su padre, y hacía lo mismo que él en el mismo lugar; esa idea terminó de romperse con el auge de las ciudades y los transportes y las fábricas, caída de los dioses. Aparecía un mundo diferente, uno que cambiaría sin parar, donde todo consistía en saber inventarse un futuro –que podía ser común o individual o una buena combinación de ambos.

Ahora es difícil. Se nota mucho: vivimos en una sociedad –en una época– que todavía no ha conseguido armarse un futuro que la atraiga, no imagina maneras de vivir que le interesen tanto que esté dispuesta a trabajar todo lo necesario –a arriesgar todo lo necesario– para llevarlas a la práctica. Es lo que hicieron los modernos y lo llamaron república, democracia, socialismo; es lo que ahora no logramos. Y entonces, sin más ideas que buscar las viejas, aparece la queja de que estos jóvenes “vivirán peor que sus padres”.

Se quejan de que no tienen futuro porque la sociedad no se lo ofrece; los lastra el mito de que a sus padres sí se lo ofrecieron. En el mito de sus padres no hay conquista o invención: fueron creciendo y eso les daba derecho a que les propusieran el empleo y la hipoteca o algo así, porque todo crecía. El mito es, si acaso, el del capitalismo triunfante que podía ofrecer todas esas cosas. Le exigen que lo siga haciendo; no lo hace.

Mientras crean que vivir mejor es reproducir las vidas de sus padres es probable que vivan peor. Es cierto que sus padres vivían mejor: no porque tuvieran ese coche y esa casa y ese empleo sino porque tenían unas expectativas –y, en general, podían cumplirlas. Pero lo importante no es cumplirlas; es tenerlas. Eso es lo que te hace vivir mejor, y ahora parece que no hay. Eso –no la hipoteca, el empleo, la pensión segura– es lo que falta.

Vivir una vida mejor no sería recuperar aquellos proyectos –que son, al fin y al cabo, los que nos han traido hasta aquí– sino inventarse otros. ¿Cuánto tardarán estos hijos en pensar que lo que hace una vida mejor –que lo que hace mejor una vida– es una ilusión nueva? ¿O ya no lo harán ellos sino los que vienen detrás, que aprenderán de ellos y les enseñarán? Generaciones perdidas siempre hubo: son la mayoría. Las generaciones ganadas son pocas; son, en general, las que supieron redefinir qué significa ganar.

Llegarán, supongo –porque siempre llegaron–, y esos sí que vivirán mejor.

¿La izquierda es progre?

Martín Caparrós

Por suerte pasa en el Perú, que no le importa a nadie. No es nada personal: a nadie le importa Perú o Paraguay o México o España o Argentina a menos que sea peruano o paraguayo o mexicano o español o argentino –y ni siquiera. Por supuesto que a nadie le importa casi nada que no sea lo más cercano, pero se podría incluso imaginar que es un error: en lo lejano se va cocinando lo que probablemente alguna vez se acerque. Y, aún si no, es tan entretenido.

A nadie le importa pero en Perú hubo, hace semanas, elecciones presidenciales muy extrañas: en estos tiempos de polarización, docena y media de candidatos se repartían intenciones de voto que nunca superaban el 15 por ciento –y, tres días antes, nadie tenía muy claro qué par pasaría a la segunda vuelta. Pasaron, al final, y competirán por la presidencia este 6 de junio, el señor Pedro Castillo y la señora Keiko Fujimori.

La señora Fujimori es la primera de los cuatro hijos de un ex presidente preso por corrupciones y homicidios, que a sus 20 años ya era primera dama de su país por la espantada de su madre; ahora, a sus 45, tras estudiar administración de empresas en Estados Unidos y casarse y parir y pasar temporadas presa por corrupción, lavado y Odebrecht, ya ha perdido por muy poco dos elecciones presidenciales y va por la vencida.

El señor Castillo es el tercero de los nueve hijos de una pareja de campesinos de Chota, en el noroeste del país, que estudió para maestro, trabajó muchos años de maestro y en 2017, a sus 47, también casado y con tres hijos muy cristianos, encabezó una huelga de maestros que sacudió al país –y lo puso en las teles. Un mes antes de las elecciones de abril era un personaje folclórico que hablaba de representar a los pobres y nacionalizar recursos; sin que nadie lo previera, terminó primero con el 19 por ciento de los votos. Había ganado en el campo, en la sierra, en las zonas más pobres.

El hombre me llamó la atención, me interesó. Pregunté, busqué en los medios; lo que más destacaban es que no era un izquierdista al uso. Lo decían en frases como esta: “A partir del 28 de julio, Perú tendrá un presidente populista y conservador, independientemente de quién gane. Los dos candidatos (…), la derechista Keiko Fujimori y el maestro radical Pedro Castillo, están, desde espectros ideológicos opuestos, en contra de la igualdad de género, el matrimonio entre personas del mismo sexo y el aborto”. Es una muestra: muchos insistían en ese carácter “conservador” del candidato de izquierda y lo exhibían como su rasgo principal. (A propósito: Castillo no está “en contra de la igualdad de género”; sí dice que “el enfoque de género en la escuela no es mi prioridad”.)

Seguí buscando. Encontré que Castillo dice, por ejemplo, que, ya que las ganancias de una empresa resultan del esfuerzo colectivo, “los sueldos de los empresarios deberán ser múltiplos de las remuneraciones de los obreros, así podrá un empresario ganar muy bien, pero pagará a su obrero menos calificado no menos de veinte veces su propio sueldo”. Y que propone nacionalizar –no necesariamente estatizar– las explotaciones mineras y petroleras para que las empresas internacionales que las aprovechan no se lleven el 80 por ciento de los beneficios y dejen el 20, sino al revés. Y aumentar los presupuestos de educación y salud del tres al diez por ciento del presupuesto nacional. No parecía que lo propusiera desde afuera: dicen que muchos de los pobres de las ciudades y el campo que lo votaron lo ven como uno de ellos –porque, en principio, es algo así como uno de ellos.

Yo no sé quién es en realidad Pedro Castillo. No sé si es confiable o no, si está mintiendo como un bellaco o se la cree, si sufre las clásicas tentaciones autoritarias de muchos de sus pares latinoamericanos. Es difícil enterarse, así, a lo lejos. Pero tampoco me importa tanto; me interesa, ahora, más allá de su persona, la idea general: la posibilidad de una izquierda no progre.

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Supongamos, para ponernos esquemáticos, que progre significa ampliar las libertades y cuidados e izquierda significa emparejar el reparto de las riquezas y poderes; que izquierda significa usar el estado para que los que tienen menos vivan mejor y progre significa usar el estado para que cada cual pueda elegir mejor cómo vivir. Si es así, la mayoría de los partidos y grupos de izquierda actuales son más progres que izquierdas: han dejado de cuestionar el orden general y se ocupan sobre todo del avance de las opciones y libertades personales.

Y, aunque es necesario que esos partidos intenten mejorar el medioambiente o la educación sexual o la vida de las minorías de género o la muerte de quien la desea, también parece claro que esas reivindicaciones conciernen sobre todo a una parte de la población: que muchas veces los más pobres tienen problemas más urgentes, y las sienten ajenas o amenazadoras. A menudo los sectores que insisten en ampliar las libertades no intentan atacar seriamente la desigualdad –porque no lo creen posible o no saben cómo– y los sectores que necesitan más reparto no sienten que precisen esa ampliación de libertades –porque tienen otras ideas de la vida o al menos otras urgencias. Por eso, también, los que necesitan más distribución abandonan a esas izquierdas y escuchan cada vez más a esas derechas que les ofrecen ciertas ilusiones: que se ocupan de ellos. El Front National o Vox votado por obreros y ex obreros, por ejemplo.

Es uno de los problemas centrales y más escurridizos de la política actual: dónde están –quiénes son– los pobres, qué piensan, qué votan. Ya no solo en los países confusos de América Latina; también en Europa, donde solían votar a las izquierdas cuando eran obreros y locales, ahora que ya no son obreros y muchas veces son migrantes, no se sabe.

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Supongamos, para ponernos más esquemáticos aun, que uno de los grandes problemas de la política actual es qué hacer con los pobres: que nadie sabe qué hacer con los pobres –y menos que nadie los partidos políticos. Recordemos, para ponernos más aun, tres modelos actuales: los partidos del centro clásico occidental –que la gran prensa llama “socialdemocracia”– les ofrecen servicios y subsidios que los contienen y controlan; los gobiernos del centro clásico tercermundista –que la gran prensa llama “izquierda”– les ofrecen limosnas que los contienen y controlan; los partidos de extrema derecha –que la gran prensa llama “derecha”– les ofrecen soflamas que retoman y exacerban sus resentimientos nacionalistas y sectoriales.

Los partidos de izquierda –que la gran prensa no llama– siempre les han propuesto formas, que hoy parecen lejanas, de dejar de ser pobres: no preservarlos sino eliminarlos. Pero es pa’quilombo: para conseguirlo deberían sacarles a los que tienen más, que nunca quieren tener menos. Y eso crea complicaciones, divisiones; en cambio, casi todos podemos ponernos de acuerdo en que es importante reciclar y cuidar el planeta o conseguir que las mujeres ganen lo mismo que los hombres por el mismo trabajo –aún si no lo hacemos.

Así que partidos y grupos de las izquierdas más al uso se concentran en esos asuntos –y al mismo tiempo pierden pie, se distancian de los que deberían ser los suyos. Aparecen estas diferencias entre proyecto progre y proyecto distributivo, que no tendrían por qué existir pero existen. Yo no sé si el maestro Castillo dice que está en contra del matrimonio homosexual porque lo cree o porque es lo que cree que su gente quiere que diga. Lo dice, en todo caso. Y me lleva a preguntarme si tendrá razón al dejar de lado esas reivindicaciones que, al fin y al cabo, conciernen a otra parte de la población, que muchas veces los más pobres no sienten como propias, y hacerse cargo de las que sí.

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Entonces, ¿qué pasa cuando un dirigente de izquierda descubre que esos pobres que quiere convocar no están de acuerdo con ciertas metas que podríamos llamar progres? ¿Insiste en proponerlas aunque pierda con eso la identificación con ellos o prefiere dejarlas si ese es el precio de avanzar con ellos? ¿Es mejor adaptarse a esas ideas “conservadoras” o eso sería, una vez más, aceptar que un buen fin justifica malos medios? O, incluso, si ese dirigente de izquierda cree en esas ideas y no es progre, ¿sigue siendo de izquierda?

La disyuntiva del maestro de Chota debería recuperar un debate que no practicamos suficiente: qué significa ser de izquierda. ¿Traer a la escena pública los temas que otros no debaten? ¿Intentar que no haya más pobres? Durante mucho tiempo el Optimismo Marx nos mantuvo convencidos de que ambas cosas eran una y la misma. Pero, si resulta que no, ¿ser de izquierda sería, más que nada, representar a los pobres? Y, en tal caso, ¿qué es representar? ¿Traducir sin más lo que dice un sector o intentar cambiar ese discurso? ¿Definir sus “necesidades objetivas” o adaptarse a las que enuncia como propias?

Quizás haya que abandonar el punto más logrado del Optimismo Marx: aceptar que los pobres no son los que van a cambiar el mundo y trabajar pensando en otros sectores, los que supuestamente sí. O quizás haya que asumir que lo que piensa la mayoría de los pobres debe ser aprendido, respetado y defendido. O que, modestamente, no se trata de cambiar el mundo sino de conseguir que no haya más pobres. O quizás haya que buscar otra forma de síntesis. Vaya a saber. El debate es más que complicado; lo más fácil, como siempre, es esquivarlo.

Total, por ahora, todo eso pasa en el Perú.

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