cháchara

un cuarto –medio medio– propio

La ciudad aymara

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Este domingo el MAS ganó con más de la mitad de los votos las elecciones bolivianas. El Alto, donde el nuevo presidente electo cerró su campaña el miércoles pasado, siempre fue uno de sus bastiones. Yo estuve allí en febrero último, trabajando para mi próximo libro, un intento de entender y contar qué es ahora Latinoamérica.

El Alto es la segunda ciudad más poblada de Bolivia, ciudad nueva, ciudad aymara, ciudad sorprendente.

Martín Caparrós

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En El Alto abren malls

o shopping centers o incluso centros comerciales:

ya son tres.

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En este mall recién abierto, a medio abrir, en obras, el chico de ocho o nueve grita desde lo alto de la escalera mecánica a su padre y su madre, abajo todavía, los dos cuarentaytantos, ella una nena en brazos, los dos ropas baratas y sus caras curtidas, mamá, papá, suban, no tengan miedo, no tengan miedo, suban, y el padre tienta con un pie vacilante el escalón moviéndose y da un saltito atrás y el hijo desde arriba no tengan miedo papá mamá no tengan miedo pero papá y mamá, él cabizbajo, ella detrás, los dos callados, caminan unos metros hasta que encuentran una escalera inmóvil y empiezan a subirla.

Quizá con esto ya esté todo dicho; quizá, no todavía.

Quizá no, todavía.

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El Alto se llama así porque está arriba de La Paz, la ciudad principal de Bolivia, a 4.000 metros de altura. El Alto es una de las ciudades más nuevas del continente; en 1984 era una pampa desolada y sus casitas y ahora tiene un millón de habitantes y es la segunda de su país, tras Santa Cruz. El Alto es una ciudad hecha de migrantes: ninguna representa mejor el movimiento del campo a las ciudades que cambió la región en las últimas décadas. Y El Alto es una ciudad india, la más grande de América: tres cuartos de sus habitantes son de cultura aymara y unos cuantos, quechuas. El Alto es nueva, sintética, sincrética, simbólica. El Alto es, además, un lugar donde vive mucha gente.

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–Imagínese, joven, lo que era esto cuando yo llegaba. El viento, nomasito, el viento.

Don Jaime tiene 78 años; dice que ha trabajado mucho y que ya está retirado.

–Pero la hicimos, joven, acá está, la hicimos.

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En 1985, un gobierno neoliberal cerró muchas minas: miles y miles de mineros se quedaron sin trabajo –y muchos migraron hacia El Alto.

–Mi papá es de la mina, él es minero, de la Caracoles. Nosotros nacimos ahí, yo y mis seis hermanos, era el mejor momento del estaño. Yo crecí ahí, a 5.000 metros de altura, en medio de la nieve. Pero en esa época los mineros tenían muchas cosas, teníamos las mejores escuelas, buena sanidad…

Me dice Marco, activista aymara, periodista respetado. Su familia se instaló en El Alto; él extrañaba los páramos blancos de su infancia. Más tarde empezó a extrañar también la vida comunitaria del pueblo minero, sus escuelas, sus cuidados; en la ciudad, en cambio, cada cual se buscaba la vida por su cuenta.

–Esa violencia histórica creó El Alto. ¿Por qué vino la gente? Vino expulsada por el Estado, los mineros por el cierre de las minas, los campesinos porque vivían de vender sus productos a esos mineros y esperaban trabajar en la mina alguna vez. Entonces vinieron a El Alto porque era lo que podían, pero también traían esas aspiraciones de modernidad, de ser parte de la gran ciudad. Yo siempre pienso en esa película donde sale un indiecito que mira la ciudad desde lejos, que su aspiración es vivir en esa ciudad. Pero la ciudad que había los rechazó, ¿no? Entonces se quedaron en este territorio y se construyeron una ciudad propia.

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Son miles y miles de personas que dejaron la producción primaria –minerales, comida– para pasar, la mayoría, al comercio de todo, cualquier cosa. O, si acaso, a servicios: choferes, albañiles, mecánicos, reparadores varios. Gente que fue de la producción a la circulación: la marca de estos tiempos.

El cambio más decisivo de estos tiempos.

A fines del siglo XX El Alto era más que nada casitas de adobe y calles de barro, patios y animales pero crecía, insistía: ya empezaba a dejar de pensarse como un suburbio de La Paz y se creía ciudad, un lugar diferente y autónomo.

En septiembre de 2003 El Alto, que acababa de cumplir 18 años, mostró su mayoría irrumpiendo en la escena nacional. Gobernaba Bolivia Gonzalo “Goni” Sánchez de Lozada, un señor que hablaba con acento inglés y ya había vendido casi todas las empresas públicas a capitales privados. En esos días el señor Goni anunció un plan para exportar torrentes de gas a Estados Unidos y México a través de Chile, baratísimo y privatizado, gran negocio para empresas extranjeras. El MAS de Evo Morales, que acababa de entrar en el Congreso, y otras fuerzas indias y rurales se oponían: pedían que el gas se usara en el desarrollo interno de un país donde más de la mitad de las personas no tenían electricidad y nueve de cada diez campesinos eran pobres.

La oposición se jugó en calles y carreteras, y llegó al paroxismo aquel 12 de octubre, cuando un convoy de camiones cisterna trató de salir de la planta de hidrocarburos de Senkata, un barrio alejado de El Alto, para abastecer a La Paz, que se estaba quedando sin combustible. Miles de vecinos lo bloquearon; la policía y el ejército mataron a unos 50 manifestantes pero el bloqueo se mantuvo. Las peleas siguieron en las calles de El Alto y de La Paz; cinco días después el señor Goni tuvo que renunciar. Lo sucedió su vicepresidente, Carlos Mesa; dos años después las movilizaciones –sobre todo alteñas– por la nacionalización del gas lo echaron a su vez. Hubo elecciones y consagraron presidente, con el 54 por ciento de los votos, al indio Evo Morales. Y El Alto se consagró también como una fuerza política temible: el peso de los pobres, el poder de la calle.

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–A mí me gustaba más cuando no era tan grande, caserito. Ahora uno se pierde, ya no conoce a nadies. Antes sí me compraban porque me conocían.

Doña Mercedes tiene setenta largos y vende frutas en la calle, arrugas como tajos, su sombrero, polleras desteñidas.

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Ahora el color dominante es el ladrillo, las casas sin revoque; también hay casas pintadas de colores, y amarillo. Las que se intentan elegantes tienen vidrios espejados de colores intensos: el colmo de la modernidad en estos rumbos. Y hubo un cura alemán, Sebastián Obermaier, que la sembró de iglesias con sus torres para que se vieran de lejos, desde más alto todavía. Muchas iglesias, multitud de torres, trincheras contra el evangelismo.

.–El Alto realmente es una articulación entre dinamita y kurawa, un resultado de las dos violencias unidas.

Dice Marco, los pelos revueltos, las canas que ya asoman, la voz precipitada. La dinamita es común en la mina, la kurawa es una honda que usan los campesinos; entre las dos armaron ese espíritu de lucha que prendió en El Alto, y su desconfianza, su ruptura con el Estado boliviano.

–El Alto debe ser una de las ciudades alteradoras frente a las ciudades coloniales de Latinoamérica. Las ciudades coloniales siempre se constituyen a partir de un centro único, esa plaza donde está la catedral, el poder político, las familias privilegiadas… El Alto no tiene nada de eso. Por no tener, ni un centro tiene.

En estas décadas los migrantes del campo se instalaban en esos barrios de invasión alrededor de las capitales, donde siguen viviendo todavía, despreciados, temidos, marginales. El Alto es uno de los pocos casos –¿el único?– en que esos migrantes construyeron una ciudad que, poco a poco, dejó de ser un satélite para ser una ciudad autónoma, una ciudad en sí misma.

En El Alto hay poco oxígeno, calles asfaltadas, casas bajas, calles de tierra, edificios más altos, calles desiertas, calles atestadas; hay, alrededor por varios lados, unas montañas nevadas majestuosas como para decirte que existe aún más alto y, por otro lado, más abajo, ese agujero de techos rojos y algunos rascacielos al que llaman La Paz. Y hay tsunamis de cables en el aire y tsunamis de personas en el centro y hay trancaderas –o trancones o atascos o embotellamientos– en las avenidas pero no son coches particulares sino minibuses y otros transportes públicos. Y hay por todas partes vendedoras de todas las comidas, sus polleras, sus sombreros de copa, sus bebés a la espalda: aquí las llaman cholas. Y en el centro hay multitudes y en los barrios nadie. Y entre tanto ladrillo sin revoque, tanta casa inconclusa, tanta calle vacía, una plaza chiquita huele a miel. Es casi nada, un triángulo de quince por quince con un monumento de lata de un marcianito raro pero está llena de unas flores blancas chicas que huelen a miel. La plaza no tiene bancos ni juegos, no hay lugar para estar: puras flores, puro despilfarro. Es raro caminar por aquí y, de pronto, la miel. Es fuerte construir, en un sitio al que le falta tanto, una plaza con olor a miel. Alguna vez alguien escribirá que el deseo es una plaza con olor a miel.

Ojalá, alguna vez, sea yo.

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Aquí el tiempo cambia todo el tiempo. Nunca se sabe si realmente hay sol, si realmente llueve –y realmente no dura más de diez minutos. Yo no sé si eso influye. Lo peculiar, lo raro de El Alto es que ahora, a 35 años de su fundación, se ha convertido en una sociedad con clases, muy distintas clases. Y tiene, por supuesto, sus mitos de origen.

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Roy tiene 28 años, su aspecto pulcro, tan correcto. Roy es un joven emprendedor aymara, hijo de una de esas familias que armaron clases en El Alto, y ahora me cuenta la historia de uno de ellos: un pariente jovencito que había llegado de su pueblo y quiso aprender costura pero nadie le daba la oportunidad, decía, “y entonces he entrado de ayudante, limpiaba, recogía, dice, y en esas conocí a una cholita que vendía comida, dice, entonces me enamoré de esa cholita, dice, y me busqué otro taller donde sí me empezaron a enseñar a costurar y ya estaba con esa cholita y nos juntamos y entonces en las noches, dice, preparábamos la comida hasta las diez, once de la noche, nos dormíamos y a las cuatro o cinco ya nos íbamos y empezábamos a vender comida, calditos, y a las ocho de la mañana, siete, yo ya estaba de nuevo costurando, dice, y así hemos empezado a ahorrar dinero, dice, y ya me volví buen costurero, buen sastre, y he empezado a agarrar contratitos y después pude abrir mi tienda y ya necesitaba tener más personal, más máquinas, entonces les dije a mi gente del campo, a mis sobrinos los he traído y vivíamos todos en un cuarto, dice, de cuatro por cuatro, ahí vivíamos todos, dormíamos en colchonetas, asilados, y el taller era ahí mismo, al frente, ahí trabajábamos y vendíamos. Y así hemos empezado a mejorar y hemos ahorrado dinero, dice, y también nos prestamos dinero en el banco y pudimos viajar, dice, fuimos a la India y empezamos a traer tela para hacer nuestros trajes, salía mucho mejor, y después trajimos ya para distribuir, dice”, dice Roy que decía su pariente, “y que poco a poco empezó a vestir a todos los hermanos de las fraternidades que bailan acá en El Alto y ya después puso una sastrería muy conocida, la Juventus, y ahora es un empresario grande, gana millones, y su mujer mientras tanto abrió su restaurante pero después ya no quería seguir con eso, se lo dejó a alguien y empezó a importar electrodomésticos, ya tienen tiendas en el centro, y después se construyeron su cholet”, me cuenta Roy, y que una vez que fue a verlos muy temprano la mujer estaba limpiando la sala enorme del cholet porque había habido una fiesta y que su hijo menor, cinco o seis años, también estaba con ella, barriendo con una escobita casi de juguete, trabajando a las siete de la mañana, y que él le preguntó por qué estaba limpiando en lugar de pagarle a alguien que lo hiciera y que ella le dijo que qué tiene, que si hay que limpiar ella lo limpia, o no tenemos manos, nosotros, no tenemos pies, dice que le dijo. Y que estos emprendedores aymaras lo que nos han demostrado es que se trabaja las 24 horas. Si quieres generar dinero tienes que trabajar tres veces más que una persona normal, esa es la fórmula. Sí, son gente que se explota a sí misma, pero lo hacen porque saben lo que quieren y saben que esa es la única manera, dice Roy: la única manera.

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Y que así, quizá, tampoco lo consiga.

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Pero los nuevos ricos del cholet desprecian la formación tradicional, y no quieren que sus hijos hagan esas cosas:

–¿Qué va a hacer? ¿Va a estudiar economía o medicina o algo así y va a ser un empleado en un hospital, en un ministerio,  en una empresa? ¿Con el sueldo de un empleado? Se va a morir de hambre…

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Alguna vez algún sociólogo estudiará, en El Alto, cómo se pasa de una comunidad donde prima la solidaridad, el esfuerzo compartido, a una donde el modelo consiste en buscarse la vida para salvarse –solo. En hacerte con ciertos bienes que te darán la sensación de que hiciste lo que querías, que lo tienes; en lanzarte a ese camino de logros personales que el capitalismo señala como el gran camino. Ese día, ese sociólogo irá a la feria de la plaza La Paz a ver las alasitas.

Las alasitas son una tradición aymara que la Unesco declaró, como casi todo, Patrimonio de la Humanidad hace unos años, y que consiste en comprar, bendecir y al fin quemar pequeñas cerámicas o tallas que representan lo que cada quien quiere –para conseguirlo. Verlas, entonces, es ver un catálogo de los deseos alteños: cochecitos –muchos cochecitos–, casitas de colores, negocios –como la carnicería con el cartel “Carne de Chancho” o las farmacias o las licorerías–, pero también fajos descarnados de billetes de dólares, cofrecitos que rebosan oros y brillantes e incluso tesis de grado, diplomas de médico o de oficial del ejército, un mandamiento de libertad provisional o una sentencia de divorcio..

Se compran muy barato; lo difícil es creer y hacer bien el ritual. Roy, el atildado, me decía –frente a su mesa llena de cochecitos, camioncitos– que “las alasitas son como el contrario de Navidad, aquí en la cultura aymara, estaban mucho antes. A mí me nace comprar mis alasitas, gallinitas, autitos, un ekekito, toritos, y hay que hacerlos bendecir, hacer toda la cosa… Porque te va naciendo, como que tu fe va cobrando vida. Y eso que yo no creo, pero tu fe va cobrando vida sin querer.”

El cartel, primero, me causó indignación o sorpresa –que son formas distintas de lo mismo. El cartel, entre muchos, pegado en una cartelera de buscar empleados, vender casas y coches, decía que “se necesita cholita o señorita” para “ayudante de pensión”: le ofrecían 1800 bolivianos por mes trabajando de lunes a viernes, sin horario claro; 1800 bolivianos son unos 250 dólares. Después ví que “cholita o señorita” era una fórmula consagrada: se repetía en muchos carteles. Otra “cholita o señorita para ayudante de cocina” tendría un sueldo mensual de 1200 –unos 170 dólares– y así de seguido. Y después me explicaron que la fórmula se usa sin más vueltas: que una cholita es una mujer joven vestida según la tradición, con sus polleras y ese bombín que llaman borsalino, y señorita una vestida como cualquier mujer del continente.

En El Alto, en las calles de El Alto, muchas mujeres usan sus ropas clásicas, varias polleras y el sombrero, su ponchito. Aquí también son las mujeres las que cargan con el peso de mantener las tradiciones; sus hombres, más ligeros, se visten como cualquier hombre latinoamericano más o menos pobre.

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Son 4.000 metros de altura. Aquí los forasteros acostumbrados a respirar la pasan mal: no es un lugar donde cualquier persona –que no sea del Altiplano– pueda venir impunemente. La ciudad de inmigrantes solo recibe amable a ciertos inmigrantes.

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Pero es difícil pensar El Alto sin el MAS, el aymara Evo Morales y su puesta en valor de esos pueblos desdeñados, los indígenas. Que un presidente lo fuera fue un cambio radical. Una forma de enseñar a millones a decir que sí, soy indio, ¿y qué?

O, más brutal: Sí, soy indio, pero no soy tu indio.

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–Es bueno vivir entre nosotros, no vivir en un lugar donde todo el tiempo te hacen sentir distinto, menos bueno. A mí eso me gusta de vivir acá.

Don Hipólito tiene más de sesenta, la nariz de aquel cóndor, una bolsa que carga con resoplos. Camina despacito, para, charla.

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Aquí parece que todos vendieran algo –y debe ser cierto o casi cierto. Porque también hay algunos que son maestros o funcionarios o albañiles o médicos o abogados o policías o ladrones, pero se diría que todos ellos –y sus esposas– también venden. Desde los más humildes, más precarios –una señora de polleras sentada en el suelo con cinco trocitos de queso extendidos sobre una bolsita de plástico verde, una señora de polleras con un montoncito de diez higos apiñados sobre un plástico transparente– hasta los que triunfaron y despliegan sus negocios de electrodomésticos con nombres que recuerdan a su mamá, su pueblo o su triunfo.

Es el espíritu emprendedor que comparten el dueño de un cholet y la chola que vende ají de gallina en la puerta. El espíritu de El Alto, la idea de que se puede crecer con el esfuerzo comercial o empresarial, que hay que buscarlo por sí mismo, que si acaso el gobierno no te debe joder más de la cuenta –y si lo hace, de tanto en tanto hay que recordarle cuál es su lugar–, que lo importante en la vida es “progresar”, entendido el progreso como el logro de mejoras materiales personales. El Alto es la reunión de centenares de miles de personas que coincidieron en buscarse la vida, en hacerse una vida distinta de la que ya tenían. Y buscarla cada uno por su cuenta aunque, de tanto en tanto, todos se junten para que los dejen seguir buscando por su cuenta: para que no les arruinen su posibilidad.

–Aquí todas las casas tienen machones, y el machón te está dando un mensaje: esto no para, vamos a seguir. Vienen los de afuera y dicen puta, estos pobres no terminan su casa. No es eso, no entienden: es la idea de que vamos a seguir adelante, que lo vamos a mejorar, siempre a mejorar.

Dice Marco. Que nunca nada es como es ahora: que siempre hay un futuro y que el futuro está hecho de ladrillos, algo sólido y propio. Machón, aquí, es cada uno de esos hierros erectos que sobresalen del techo de una casa, que permiten agregar otro piso. Y los llaman machones.

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.El Alto, entonces, podría ser el caso perfecto para alegrar a cualquier pesimista social: un grupo donde todos o casi todos, en su origen, eran migrantes parejamente pobres y que, en una o dos generaciones, consigue dividirse en clases bien marcadas, producir sus ricos, sus poderosos, desigualdades bien marcadas.

.Hay gritos, los anuncios son gritos y más gritos. Un cincuentón bajito con sombrero de cowboy, la cara hinchada, lentes oscuros, chaqueta y pantalón de cuero negro muy gastados, las botas con herrajes, grita el destino de un minibus con palabras que no llego a entender. Le pregunto.

–Es aymara, ¿qué quiso imaginarse?

Me contesta, casi belicoso, y se ajusta el sombrero:

–¿O dónde se cree que está, mi amigo?

 Alrededor, el mercado son kilómetros y kilómetros de puestos donde, dicen, se puede comprar literalmente cualquier cosa. El mercado se llama 16 de Julio, se celebra jueves y domingos y los alteños dicen, insisten en decir, que es el segundo mayor del continente después de La Salada, en el Gran Buenos Aires. El mercado 16 de Julio es como la culminación de ese espíritu comerciante que domina El Alto: el lugar donde se lo celebra y reverencia, el lugar donde se lo pone en escena en un teatro enloquecido. Aquí mercado es casi todo, pero el Mercado 16 de Julio es la más alta expresión de esa actividad que –dicen todos– hizo de El Alto lo que es..

–…y atención, para esa madre trabajadora, para esa señora que trabaja más que el hombre,  nosotros le estamos ofreciendo los productos maravillosos a los que hemos puesto por nombre “Enfermedades de la mujer”. Y esto es una maravilla, porque estos productos “Enfermedades de la mujer” son totalmente efectivos para las inflamaciones, infecciones a los ovarios, infecciones a la matriz, para esa madrecita que camina con ese problema del sexo blanco, el sexo amarillo, irritaciones, escozores. Muchas personas creen que esos problemas no pueden solucionarse y les crean muchas dificultades en sus matrimonios, en sus vidas, el marido les hace reproches, todo se vuelve más difícil, pero esos problemas pueden solucionarse con nuestros productos de medicina natural tradicional que aquí mismo…

Recita la voz grave de un altavoz en medio del mercado.

Aquí vender comida es cosa de mujeres. Ni un hombre –ni un solo hombre– en los cientos o miles de puestos que venden todas las variedades conocidas de la papa y otras más, cualquier verdura, arroz, maíz, fideos, granos varios, huevos, uvas, uchuvas, tunas, chirimoyas, mangos, manzanas, duraznos, peras, higos, bananas muy maduras, truchas y otros pescados crudos y fritos, carne de pollo y vaca y cerdo cruda y frita y seca, salchipapas, galletas, ajíes, sajtas, sopas, golosinas, hojas de coca, condimientos, pimientos, hierbas con y sin flores.

Son mujeres: solo mujeres en la entrada, la zona de nada más comida. Después todo se va mezclando: adentro del mercado puestos venden –por estricto orden de aparición– guantes de moto, cascos de moto, futbolines de madera hechos a mano con camisetas pintadas de Bolívar y Strongest o del Real Madrid y Barcelona, bolsos y bolsas, camisetas de fútbol, camisetas pantalones y remeras de marcas que no son, ruedas de bicicleta, ruedas de moto, dentífricos y cremas, jabones y papel higiénico, más papel higiénico, más papel higiénico, chips para celulares, choripanes, sopas, revoltijo de muñecas desnudas, criquets para cambiar ruedas pinchadas, herramientas diversas, clavos clavitos tuercas y tornillos, radios, televisores, plantillas de zapatos, lámparas y cables, partes nuevas de coche, partes de coche usadas, motores de coche, calcetines, guirnaldas para fiestas, montañas de ropa usada sucia para revolver, vírgenes de Copacabana y otras vírgenes cristos santos santas, perfumes truchos, relojes, toallas mantas sábanas, adornos chinos, bufandas que dicen “Tu envidia es mi bendición” y otros mensajes, anteojos negros, anteojos transparentes, gorras, pegatinas, tinturas para ropa, tinturas para pelo, protectores de pantalla para celulares, zapatillas –calles y calles llenas de zapatillas–, asientos para coches, dinosaurios de goma, anillos de latón, globos terráqueos, paraguas, llaves y candados, empanadas salteñas y pancitos, licuadoras, coches usados pero muy lavados con sus precios en dólares escritos en el vidrio, cuadernos agendas y marcadores de colores, grifos y lavabos, cinta para pegar billetes rotos, sacos usados, colección de barbis, abrigos usados de piel falsa, corbatas usadas, mantas y frazadas, pescado frito, pescado refrito, charquekán de Oruro, sartenes cacerolas pavas nuevas, aceite para máquina, cubos copia de rubik, cadenitas con dijes, pesas de gimnasio, cinturones de cuero, tatuajes en el acto, 1917 y otros miles de DVDs piratas, pilas para relojes, chicharrón de llama, polleras de chola, sombreros de chola, ponchitos de chola, sopa de maní, chaquetas de soldado camuflado, ponchos rojos, pelotas y pelotas, memorias con 1.000 temas  musicales, los diarios del día desplegados –veinte hombres alrededor leyéndolos–, mantas de colores, tuppers, billeteras, celulares robados, gomas de borrar –solamente gomas de borrar–, maniquíes decapitadas y mancas con bombachas negras, relojes usados, pañales descartables sin usar, un baño público a un peso boliviano el uso y muchos perros sucios. Y el camino se bifurca y trifurca y cuatrifurca y hay más calles y puestos y más puestos y todo reaparece y se repite, salvo los coches y los futbolines y las muñecas trastornadas, y nada tiene un precio fijo y todo se negocia, se discute, todo se discute, y hay hombres en algunos puestos, y de pronto la lluvia: una lluvia pesada, fría, encabronada, una lluvia que cae de demasiado cerca.

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Todos vendiendo algo, comprándolo: los aymara, me dicen, siempre fueron grandes negociantes –y así armaron El Alto. Hace unos años, me contaba Marco, él hacía tours para personas que venían a conocerlo y le tocaron tres políticos republicanos norteamericanos y los trajo al mercado y se morían de envidia:  

–Los gringos me decían puta, qué envidia, este es el modelo que Estados Unidos debería seguir. Porque ese es su sueño, un país donde no se pague impuestos, donde el mercado mande. Estaban entusiasmados, me acuerdo de uno que gritaba esto es lo que queremos, acá no hay impuestos, acá manda la plata.

El mercado es territorio liberado: sus mercaderes no reportan al Estado. Algunos dicen que, además, hay mucho contrabando, mucha droga, y que ese es el origen de ciertas fortunas alteñas; quién lo sabe.

–El centro del poder de El Alto es la 16 de Julio. A El Alto si le quitas la 16 de Julio le quitas el alma, no le queda nada.

Dice Marco.

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Aunque le queden, orgullosos, los cholets.

Llámase cholet a un edificio de cinco o seis pisos con tiendas varias en el  piso a la calle y una sala de fiestas tremebunda descomunal en el primero. En los dos o tres siguientes hay departamentos para los hijos del dueño y, en el techo, la vivienda principal hecha chalet de un piso o dos, con sus patios y plantas, animales, como quien se da el gusto de vivir en las afueras bien adentro. Y todo eso con todos los colores, todos los dibujos, todos los vidrios azul eléctrico y rosado bombón y verde flúo y dorado dorado: todos los trucos para que nadie –nadie nadie– pueda nunca no verlo. El color como una forma de la cachetada, la bombita de agua en la cabeza: los colores te chorrean por la cara, cumplen con su objetivo manifiesto.

El nombre le viene de un sarcasmo de clase: era, para los huequeños de La Paz, el estúpido chalet de un cholo, de donde esa palabra: cholet. Que poco a poco fue perdiendo su carga despectiva y se fue haciendo el símbolo de El Alto y lo convirtió en la única ciudad ñamericana con un modelo arquitectónico tan propio, distintivo.

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El cholet es arquitectura-reguetón: la exhibición de riquezas sin pudor, la exhibición de quien piensa que la riqueza es un premio de Dios –o de alguien  parecido.

La paternidad de los cholets se discute. Los mamanistas dicen que es el invento de un dizque genio local, Freddy Mamani, que ahora da vueltas por el mundo mostrando su arte; los antimamanistas dicen que es un invento colectivo, el resultado del cruce entre las viejas tradiciones aymaras y las fantasías de sus dueños y las destrezas y confusiones de sus albañiles. Y nunca se llegará a ningún acuerdo, así que el tema se debate con arrebato y animadversión y mucha plata de por medio. La propiedad de los cholets, en cambio, parece más o menos clara: son de los esforzados que la hicieron y ahora quieren que todos lo sepan.

–El cholet es una manifestación de acumulación del capital, una casa que vale entre medio millón y tres millones de dólares. El aymara burgués es un emprendedor, es alguien que ha hecho su dinero comerciando, es gente que trabaja full, y full no son ocho horas, es de las cuatro de la mañana a las once de la noche. Gente que ahora hace negocios grandes, con China, Chile, Estados Unidos…

Dice Marco, que los conoce bien, que trabaja con Freddy Mamani. Yo le digo que son, también, el signo de una confusión:

–Es curioso que el lugar que se ve desde lejos como la amenaza roja que cuelga sobre la capital, que de vez en cuando la pone en vereda, sea, si uno la mira desde más cerca, el lugar donde tiene más fuerza un modelo de acumulación capitalista clásica, bien individualista…

–El Alto se mueve con dos patas, por su condición de exclusión histórica, aymara, pobre, todo lo que ha vivido. Eso se traduce en lo que fue 2003, su capacidad de movilización y de presión política al Estado. Pero la otra pata, el motor de El Alto, es esta economía liberal, capitalismo puro. Y por las dos nos temen. Nos miran con respeto, con un poco de miedo por el tema político, pero también por el capital que es capaz de generar El Alto. Porque es un sector potente que por ahora no se mete en política, pero cuando sus negocios se vean afectados, ahí va a entrar. Y los políticos lo saben.

La amenaza se hiergue, brillante de colores.

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Hay, dicen, ahora en El Alto unos cien cholets completos –y quizás otras tantas imitaciones imperfectas. Se levantan orgullosos, definen la ciudad; muestran, además, que, a diferencia de muchos ricos ñamericanos, los aymaras no se llevan su plata a Miami o Panamá: la siguen invirtiendo en sus lugares. Muestra, también, que cuando se enriquecen no se van; se hacen una gran casa en el mismo lugar donde vivieron siempre, en medio de sus vecinos, sus parientes..

–Pero lo importante de los cholets no son sus colores, su imagen, sino las prácticas culturales que allí se desarrollan, las fiestas como espacio de encuentros, de intercambios. Se equivocan los que creen que esas fiestas largas, dos días, tres días, bodas, bautizos, que ahora se hacen en los cholets son solo para tomar; tomás, pero vas a una fiesta sobre todo a hacer negocios, a buscar quizás una esposa para un hijo, a concretar algo.

Me dice Roy. Roy es hijo de un hombre que, con su trabajo, pasó de la pobreza al cholet. Ahora se dedica a hacer negocios con lo que tiene su familia. Y me cuenta, también, ciertos detalles del proceso:

–Cada vez que terminas algo, un piso, un techo, lo que sea, haces una pequeña fiesta, una ch’alla, para celebrarlo. Una ch’alla es el agradecimiento a la Pachamama por lo que estás haciendo. Antes era matar a un cordero y derramar su sangre, por ejemplo, en los cimientos de la casa. Hoy es diferente; el otro día nosotros hemos ch’allado un terreno y hemos puesto una cabeza de chancho. Yo nunca había escuchado eso. Cuando vas a ch’allar te contratas un iatiri, que muchos le dicen brujo pero no, es un consejero espiritual, que después de hacer todo su ritual te da consejos… Entonces el iatiri tenía una mesa con cositas, dulces, formas, lanas, fetos de llama, y la cabeza de chancho, y después todo eso se quema, para que quede allí. Pero otra vez ví una llama: la han cortado, viva, y han empezado a esparcir su sangre. O cuando empiezan a construir también entierran algo, para que la casa tenga su firmeza; hay gente que dice que incluso entierran borrachitos ahí abajo, para que la casa no se mueva, que la Pachamama esté contenta…

–¿Cómo, borrachitos?

–Bueno, dicen que enterraban gente, que en las construcciones grandes entierran gente. Y dicen que vas viendo un borrachito, le vas charlando, le das de tomar, lo ponés a dormir, lo entierras ahí, y listo.

–¿Y será cierto eso?

–No se sabe si es cierto o es un mito urbano, nadie quiere hablar mucho de esas cosas. Son cuestiones bien íntimas…

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Pero del lado de atrás, del que no se ve –del lado íntimo–, los cholets también terminan en paredes de ladrillos sin revoque.

.–Bueno, mi pueblo era más alto pero no había trabajo. Sí, quince años hace que me vine. Llegué con Evo, casi. Y a El Alto lo vi crecer, ganar en estos años. Y el Evo también, que siempre ha estado con nosotros, la clase pobre, ¿sabe?

Dice Benjamín, cuarenta apenas, zapatero remendón con puesto fijo.

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Ya era de noche; entré porque me sorprendió la corriente sostenida de hombres más o menos jóvenes que entraba en un garaje a través de una puerta pequeña. Y, después, que detrás de la puerta diera a un pasillo más ancho y a la izquierda hubiera un mingitorio abierto –cuatro urinarios contra la pared– y que las luces fueran rojas y sonara una cumbia chicha y los hombres siguieran avanzando y entonces, recién entonces, empecé a ver a las mujeres. Las mujeres eran del todo jóvenes y tenían si acaso una bombacha tipo nada y un corpiño a juego. Hacía frío; algunas esperaban de pie junto a estufitas que había, cada tanto, en la pared; la mayoría esperaba junto a puertas con números, y detrás de las puertas había una pieza chica con una cama de una plaza y una estufa. Había treinta o cuarenta de esas piezas, una al lado de otra en el pasillo que bordeaba un patio techado; en el segundo piso había un pasillo semejante, más piezas, sus mujeres. Ellas, pese al frío, sonreían, y la sonrisa no es un producto local; la mayoría, altas, piernas largas, arrubiadas o claramente negras, tampoco parecían. Aunque unas pocas tenían polleras de chola y camisas de chola y trenzas de chola y eran gordas, anchas como una pachamama.

En el patio techado, junto a una barra que vendía cerveza muy barata, había un cartel enorme, cuatro metros de ancho. Su título era “Comunicado” y lo decoraba una rubia tetona piernas grasas. El Comunicado informaba que “A partir de la fecha se controlará los siguientes documentos para el ingreso y trabajo al local: 1. Carnet de identidad original. 2. Libreta de sanidad al día. Para las señoritas extranjeras: 1. Documento de radicatoria vigente. 2. Libreta de sanidad al día. Requisitos de higiene: –Un alcohol en gel. –Un alcohol medicinal. –Higiénico blanco. –6 toallas pequeñas. –Un ambientador en spray. –Un jaboncillo. –Un maletín o bolsa de mano.”

Los hombres seguían circulando. El mecanismo estaba claro: entraban, se ponían en fila, caminaban por el pasillo y, si encontraban lo que buscaban, se quedaban. Si no, se iban un rato al patio, tomaban una cerveza, esperaban, volvían a caminar por el pasillo. Algunos conversaban, pocos se reían, el olor a desodorante era un mazazo. Muchas puertas estaban cerradas, pero busqué una abierta y me sentí una basura cuando le pregunté a esa mujer con mucha más pintura que vestido que cuánto cobraba y ella me dijo que sesenta miamor y yo le pregunté por cuánto y me dijo que por quince minutos. Sesenta, por decir, son ocho dólares. Después salí a la calle y ví que había más puertas como esa, sus corrientes de hombres más o menos jóvenes, sus búsquedas de viernes a la noche, la tristeza. A la calle no llegaban las músicas; en la calle el olor era una mezcla de meo y pollo frito, y llovía apenas..

En la calle, en la esquina, en la llovizna, un señor bajito mexicano –su campera de jean, su pantalón de jean, sus botas puntiagudas– peroraba ante veinte o treinta hombres que lo escuchaban con atención flotante:

–¿Y cómo se llama hacer eso, hacer el amor o hacer sexo? Si estás pagando es una cosa, pero si es tu mujer, tu novia, tu pareja es otra, ¿y eso cómo se llama? Sí, hacer el amor, gracias. Y eso no es cuestión de subir y bajar, hacer el amor es todo un arte y ese arte muy pocos hombres lo saben. Hay varones aquí parados que tienen cinco años de casados, tres hijos, y cuando tienen su relación sexual no saben ni qué hacen. Por eso hay tanto cachudo, tanta mujer insatisfecha. Porque a los hombres solo les gusta montar. ¿Y saben quién monta? El burro, el caballo, el toro. Y algunos se creen que es una cuestión de cantidad, y por eso les hago una pregunta básica: el sexo todos los días, ¿será bueno o será malo?

Y así siguió sin pausa media hora, revelando a su audiencia la verdad de la vida e imágenes de coitos. Los concurrentes iban y venían. Al final, el señor quiso venderles ginseng para mejorar sus prestaciones. Dos le compraron; los demás se fueron arrastrando los pies, y el señor se quedó solo guardando sus fotos, su mercadería, refunfuñando en mexicano percutido.

–Pinches indios, no cachan una mierda.

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.–Si desde chiquita te han violentado y siempre fue normal, nunca nadie dijo nada, toda esa explotación sexual laboral te parece natural. Y en ciertas familias a las hijas mujeres se las ve como una fuente posible de ingresos: muchas veces son los padres y las madres que las comercializan, que las venden al hombre que las va a explotar.

Ximena Machicao es feminista, socióloga, paceña: ha trabajado años sobre la explotación sexual de las mujeres de su país.  

–Yo he trabajado con dos organizaciones que rescatan chicas menores de edad del trabajo sexual de calle en El Alto. Hay muchas, demasiadas, y trabajan a la luz y paciencia de todo el mundo. Y casi todas están lastimadas, golpeadas, y son adictas a la clefa, esa goma de pegar que es la droga más barata, tan dañina. Muchas de ellas les dan plata a sus gigolós, que suelen ser pandilleros, muchachos jovencitos. Y cuando les preguntaba qué las había llevado allí me contaban sus historias de familias muy disfuncionales, con mucha violencia. La mayoría de las muchachas habían sido violadas de muy niñas por el padre, el hermano, el padrastro, un tío…

El Alto es, también, una de las ciudades más violentas de Bolivia –en reñida competición con Santa Cruz. Hay pandillas, hay alcoholes y drogas fuertes y baratos, hay lugares donde te dicen que no vayas de noche, hay asaltos, hay asesinatos. En muchas esquinas los vecinos pintan un mensaje repetido: “Auto sospechoso será quemado. Ladrón pillado será quemado”. Algunos, más explicativos, agregan un muñeco tamaño hombre colgando de algún poste. Le pregunto a don Santiago, que vende ruedas de coche en esa esquina, y tiene, en medio de cada diente superior, un trocito de oro, si de verdad los queman.

–No, lo ponemos para que no vengan, no se vaya a creer.

–Pero, ¿y si vienen?

–¿Cómo que si vienen?

–Sí, si viene alguno y lo descubren y lo agarran, ¿qué hacen?

–Ahí nomasito se lo damos a la policía.

–¿Siempre?

–Bueno, siempre…

Me dice, con esa cara de para qué vamos a hablar.

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No hay datos confiables, dice Álex Ayala, cronista clásico hispano-boliviano, porque la policía no lleva un registro preciso, pero calcula que en El Alto hay entre uno y cuatro linchamientos de delincuentes cada mes –en nombre de una supuesta “justicia indígena”, directa, expeditiva. Los cálculos, en este tema, son difíciles: muchos se ocultan, no se computan, se cuentan de otros modos. A nadie le interesa registrarlos.

–La violencia sexual en la familia es incesante, aquí en Bolivia cada día violan a cinco o seis niñas más. Y eso produce una naturalización de la violencia. Sí, las nuevas generaciones han aprendido a romper el silencio, pero romperlo puede costarte la vida. El empoderamiento de esas nuevas generaciones, que en buena parte se debe al feminismo, puede ser fatal.

Me dice Ximena, feminista de años, y que ahí está la paradoja, que esta suerte de poder a medias hace que denunciar malos tratos pueda ser más que peligroso:

–De las 17 mujeres asesinadas en Bolivia este mes de enero, todas habían hecho denuncias por violencia, todas. Entonces ahí se plantea el problema del acceso a la justicia, del sistema policial, de toda una estructura podrida que nos deja sin defensa…

En ningún país de Sudamérica matan –en proporción– a más mujeres. Aquí un tercio de los crímenes que se denuncian son violencia de género.

.La Ceja es una de esas zonas donde te dicen que no vayas de noche –ahí, te dicen, están los cogoteros, los que te ahorcan con una cuerda que ellos llaman pita– y es, al mismo tiempo, el centro de El Alto, si El Alto tiene un centro. La Ceja es un revoltijo de minibuses atrancados, negocios y negocitos y puestos y carritos, los gritos de vendedores que se cruzan y los olores peleándose en el aire, cables cortando el aire, personas y más personas y una persona más: en La Ceja siempre hay una persona más, siempre algo sobra.

–Bueno, acá uno viene porque tiene trabajo o porque viene a buscar algo. Si no, ¿para qué vas a venir acá?

La Ceja es la apoteosis de ese “comercio informal” del que vive la mayoría de los alteños. Aquí hay ají de papalisa, ají de panza, ají de lenteja, ají de fideo, sopa de maní, sopa de quinua, sopa de trigo, chairo, fricasé, sajta, charquekán. Pocas sonrisas hay, tampoco. En general, pocas sonrisas en El Alto. Y después, como suelo, me discuto: ¿será que solo sonríen cuando importa?

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Y la quietud de los buses es desesperante. Cuando lleguen por fin realmente el desarrollo y el progreso llegarán los trancones de coches privados. Ese es el modelo, aspiramos a eso: han conseguido que aspiremos.

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La Ceja es el centro pero está en el borde: en el final de la meseta, asomada al precipicio y, también, al lado del peaje que marca el límite de la ciudad. Aquí está la primera de las alcaldías quemadas de El Alto, la de 2003; la segunda, la de 2016, está en Villa Dolores, un barrio próspero. La actual espera que la quemen en el Centro de Convenciones, cerca de un mercado campesino; la tentativa de octubre 2019 no terminó de conseguirlo.

Pero si, dentro de la continuidad, algo cambió en El Alto, ese cambio quedó sancionado en 2015, cuando el MAS perdió las elecciones a manos de una joven de centro derecha, Soledad Chapetón, alcaldesa en sus treintas.

.Al lado de las llamitas muertas, de los pequeños cadáveres secos de los bebés de llama que venden en sus puestos las señoras, junto a hierbas y piedras y caracoles y pajaritos muertos, todo para la Pachamama, esas alcancías con cara de chancho que también venden, toscas, verdes, cobran de pronto un carácter siniestro, cadáveres de cerdo ellas también, recuerdos de la muerte por monedas –digo, para decir que todo cambia tanto según qué lo acompañe, dónde esté. Un poco más allá, los brujos o amautas o quién sabe magos: son cincuenta o sesenta en sus casillas de material seguidas, cada una con su fogón delante, y en cada una uno te ofrece arreglarte la vida, devolverte al amado, protegerte la casa, curar tus extrañas enfermedades, pagar a la Pachamama, sacar la mala suerte de tus días.

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Aunque después pasan las cosas: en una plazoleta un hombre mayor, moreno, los rasgos aindiados, la cara y la ropa muy usadas, tres folletos revolucionarios en la mano izquierda contra el pecho, arenga a unos veinte o treinta parecidos: les habla de la esclavitud del proletario, del origen de los sindicatos, de la violencia de los blancos. Cuando llego y me sumo a la ronda, empieza a hablarme a mí:

–Usted, que sabe pensar, sabrá que…

Me dice por ejemplo como si, de pronto, nadie más le interesara, y así sigue. Es molesto, y al final se lo digo. Pero es, sobre todo, revelador –de algo que uno preferiría ignorar.

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Y un poco más allá, contradicción, una estación del teleférico. El teleférico empezó a funcionar en 2014, cruza los cielos alteños y paceños y es pura modernidad, pura elegancia. El teléferico es la ilusión de que otro mundo es posible: a unos cuantos metros sobre el nivel de la tierra –que ya está, recuerdo, a 4.000 sobre el nivel del mar– todo es limpio, ordenado, transparente; todo funciona como debería, cada cual tiene el lugar que se le debe, todo es pura mirada. Aquí no se compra ni se vende, la autoridad está muy clara; aquí no hay, como allá abajo, olores, roces, ni siquiera apuros: el tiempo es otra potestad del teleférico, él lo regula, él lo maneja.

(Solo que dura unos minutos; después hay que bajarse al mundo verdadero y su caos, ahora, es tanto más notorio. El teleférico, al fin y al cabo, es cruel de una crueldad innecesaria.)

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Y al mismo tiempo la zozobra de colgar en el aire, presos de una burbuja transparente.

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El Alto, queda dicho, es una ciudad de inmigrantes, donde todos son inmigrantes o hijos de inmigrantes: una ciudad hecha de personas que no pudieron o quisieron quedarse en sus lugares. Las personas de más de cincuenta nacieron, casi todas, en algún otro sitio. Y después está la generación de sus hijos –y sus nietos– que nacieron aquí, que ya no son migrantes, que hablan sobre todo castellano: la tele, la escuela, internet los unifican en la lengua más globalizada. Algunos saben un poco de aymara o de quechua para hablar con la abuela o cantar el orgullo nacional pero, me dicen, lo usan poco.

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Hablan, si acaso, aymarañol,

hermano.

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Pero siguen llegando. Y, para la mayoría, los terrenos de los primeros barrios, los más establecidos, son demasiado caros, así que se van adonde pueden, lejos, más lejos. Senkata es la periferia de esta periferia: el barrio de los depósitos de gas, el barrio de los enfrentamientos, a unos diez kilómetros de La Ceja por la ruta de Oruro. En Senkata, como en otros bordes, siguen vendiendo lotes, cada vez más apartados, cada vez más desprovistos, que recuerdan –me dicen– lo que era todo El Alto hace treinta, treinta y cinco años. Aquí, ahora, te venden un terrenito por dos o tres mil dólares y algunos vendedores incluso te regalan mil ladrillos para que puedas empezar tu casa.

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–La ciudad es así, se ha hecho a sí misma. Aquí el Estado es casi inexistente, nunca nos dan nada; entonces la cosa es bueno, si no nos lo dan tendremos que hacerlo. Y lo hacemos.

Dice mi amigo Alexis, treinta y pocos, escritor, editor, librero alteño –y orgulloso.

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Senkata es un desparramo de calles embarradas y edificios sin terminar, ladrillo y cables; algunos llegan hasta los cuatro y cinco pisos. A la entrada un mercado, dos cholets sin revoque, remolino de buses y minibuses y camiones, la carretera que corta en dos el pueblo.

–No, cinco años nada más, seis añitos hace que nos vinimos. Más allá vivíamos nosotros, pero acá nos pudimos comprar una tierrita para construir.

–¿Y ya pudieron?

–Sí, construindo estamos, nomasito.

Me  dice don Favián –con ve, me dice– que tiene un taxi: un capital, un ingreso constante y el miedo constante de que el coche se le rompa y todo se derrumbe. Aquí una casa es un proceso largo, años y años de ir consiguiendo y agregando ladrillos, los caños, los cables y la luz, los suelos, las ventanas, el baño, la cocina. Un proceso donde cada metro es un triunfo, un paso más en el camino interminable. Ciudades a medio hacer hechas de casas a medio hacer o, mejor: vidas donde todo es un esfuerzo continuado, espera contra espera, logro sobre logro. Vidas como un viaje sin fin por conseguir eso que otros tenemos antes siquiera de pensarlo.

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Y un esbozo de avenida principal y sus veredas de barro, yuyo y perros y sus pintadas por Evo y contra Evo, que en unos años va a estar hecha, va a ser una avenida principal. Y, al fondo, sobre la carretera, una docena de consultorios dentales y de peluquerías y tres o cuatro academias de música y materias escolares, y servicios de celulares y farmacias y abogados y tiendas de tortas de colores y cantidad de freidurías de pollo, por supuesto, y un par de bancos y un par de alojamientos y una papelería y una veterinaria y cuatro o cinco salones funerarios: muchos salones funerarios, que nadie vive para siempre.

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Pero, unas cuadras más allá, los paredones de la planta de acopio de combustibles de Senkata están recién construidos, sin pintar; hace meses, miles de senkateños los tiraron abajo con las manos. Estaban tratando de impedir que salieran de allí los camiones para La Paz, cuando Evo Morales era destituido y sus partidarios, para defenderlo, intentaron dejarla sin gas ni gasolina. La policía intervino; en unas horas mató a diez manifestantes –y sus familias, ahora, reclaman justicia.

Reclaman; el Estado –como suele– se hace el tonto.

Ellos –como sus muertos– salen a la calle.

El Alto es eso y es lo otro; es,

como todos los sitios,

mucho más.

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Quizá con esto ya esté todo dicho; quizá, no todavía.

Quizá no, todavía.

Hay lugares donde siempre es nunca -y no hay otros lugares.

27.394: un homenaje

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Martín Caparrós

27.394 son los días que pasaron, dice mi amigo Dani Yako, desde el 17 de octubre de 1945: debut del peronismo. Aquel día miles de personas ocuparon la Plaza de Mayo porteña para pedir la libertad de un militar y vicepresidente, el coronel Perón –y desde entonces.

Ya son pocas las personas que han vivido todo el recorrido: las que nacieron, como mi madre, en una Argentina imperonista. La mayoría de los vivos –tan vivos– nacimos en la patria peronista, y estamos allí mismo. No se me ocurren, en nuestros tiempos, muchas historias semejantes. Hay países ricos que mantienen partidos persistentes: los demócratas y republicanos americanos, los conservadores y laboristas ingleses, los socialdemócratas y democristianos alemanes. Pero en los países pobres las identidades políticas tienen vidas más cortas, más intensas, y no recuerdo otros donde una rija desde hace tanto tiempo.

Quizá sea porque la mayoría de esos movimientos guarda, año tras año, cierta continuidad, y eso los vuelve frágiles. No creo que ninguno haya cambiado tanto –aunque está claro que el peronismo fue, desde el principio y para siempre, claramente marxista. De ese vasto cuerpo de doctrina tomó, como hacemos todos, las ideas que mejor le cuadraban, sintetizadas en la frase famosa: “Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros”.

Así, nunca dejó de proclamar los que fueran precisos para mantenerlo en el poder –o cerca. Porque, como sabemos, el peronismo es sobre todo una máquina de obtener y conservar poder, al precio que eso requiera en cada circunstancia. Si para lograrlo hay que ser nacionalista católico obrerista o medioguevarista o sindicalista filomilitar o socialdemócrata estatista o liberal privatizador o izquierdista de pico, todo bien, todo lo ha sido y más: el poder es lo que siempre le importó. Y eso le permitió crear una amplia panoplia de dirigentes acordes.

Hace unos días discutíamos con otro amigo muy versado que se quejaba de que los políticos –argentinos, decía él– se alejaran tanto de cualquier saber: de que, en resumidas cuentas, fuesen tan tan brutos. Lo cual, entre otras cosas, decía, se notaba mucho en estas epidemias. Yo le decía que no es que desdeñen el saber: es que obtienen y tienen y mantienen un saber específico, el que necesitan para su práctica habitual: el conjunto de habilidades necesarias para medrar en sus carreras. Cortesía, discursos muy floridos, amistades eternas semanales, sonrisa, panquequidad, habilidad de simplificación, chupamedieces varias, decisiones sin remordimientos, obsecuencia rencorosa agazapada, la adaptación ante todo y ante todo: esa suma es el saber que les importa.

Ese saber es el que sí funciona como ventaja evolutiva: los que saben manejarlo crecen, ganan, se mantienen, se reproducen como modelos imitables. Eso, por supuesto, sucede en muchos lugares del mundo; en pocos, creo, sucede tanto como en la Argentina, donde el espacio político en que se desarrollan esos políticos lleva haciendo exactamente eso desde hace 75 años. El peronismo tiene el mismo saber que esos políticos: sobrevivir en cualquier contexto y situación –y así ha durado tanto.

Es casi una obviedad: toneladas de papel y saliva discutiendo qué es el peronismo, y no hay ningún misterio. Si, como decía uno de sus jefes, no miramos lo que dicen sino lo que hacen, la respuesta sigue estando clara: el peronismo es apetito de poder, consumo de poder, cagada de poder –y las vajillas y los cubiertos se lavan y se cambian.

Le funciona: ya lleva, entonces, 27.393 días –y mañana, nadie lo olvide, es San Perón y le rezan en Roma. No voy a arriesgarme al gorilismo básico. Ya hay suficientes practicantes y son, faltaba más, la salvación del Movimiento: si no fuera por ellos, los antiperonistas argentinos, el peronismo sería decididamente repudiable.

Así que no. Pero tampoco quiero privarme, en este día 27.394, de un tímido deporte de interiores: tratar de pensar –pa’joder, por supuesto– cómo habría sido la Argentina sin aquel 17 de Octubre, sin Evita y Perón, sin Menem y Zulemas, sin Néstor y Cristina, sin Alberto y Dylan. Quizá peor, quizá mejor, quizá mucho mejor; tan diferente. En todo caso hoy es el día, ahora mismo me pongo a imaginarla.

Nada muy ambicioso: me pego un tiro y vuelvo.

España antes de España

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Martín Caparrós

Ustedes perdonen que llegue otra vez tarde, pero es que no sabía. Sabía, sí, que somos un rebaño, y todo todo el tiempo lo confirma. No sabía que el 12 de Octubre era, en España, el “Día de la Fiesta Nacional”. Suponía, tonto de mí, que celebraban algo.

Somos un rebaño. O varios, es decir. Cada país tiene –se cree que debe tener– un día de Fiesta Nacional, patriótica, embanderada e himnótica. Francia celebra el 14 de Julio su Revolución antimonárquica de 1789; Italia el 2 de Junio y China el 1 de Octubre conmemoran el principio de sus Repúblicas en 1946 y 1949. Estados Unidos el 4 de Julio y Argentina el 9 de Julio festejan sus declaraciones de Independencia de 1776 y 1816 –y tantos otros también. Portugal recuerda el 10 de Junio la muerte de Camoens en 1580 para exaltar la lengua portuguesa; dos o tres países raros –Tailandia, Holanda– cambian sus fechas cada tanto porque lo que festejan es el cumpleaños de su rey. Pero todos dicen qué cuernos celebran, lo proclaman. En España, en cambio, la Fiesta Nacional no se llama día de la Independencia ni del Idioma ni de la República, ni siquiera del Amado Rey; se llama, por todo nombre, sin nombre, «Fiesta Nacional» –como los toros–, porque lo que ese día conmemora les da un poco de vergüenza, y todavía no consiguieron encontrar algo que no.

Entonces el Día de la Fiesta Nacional no es metáfora de nada –más que de esa vergüenza– ni construye un relato: solo pone en escena esa dificultad, la de un país sin un relato que lo constituya.

Hay ficciones que ordenan el mundo. La ficción-Dios lo ordenó durante milenios: no había nada más importante que la creencia en un ser celeste bondadoso despiadado y tantas otras cosas que organizaba y explicaba y justificaba todo lo que sucedía. Y decirlo en pasado es un alarde: todavía, la moneda del país más poderoso exhibe su lema: “In God we trust” –que proclama que hacen más que creer: confían, incluso.

Y después hubo y hay, por supuesto, otras ficciones, pero ninguna ha tenido tanto éxito en los dos últimos siglos como la ficción-País. En este lapso se terminaron de organizar unos doscientos. La mayoría no existía antes; todos se presentan como si fueran verdades inmutables.

Nada parece tan real, tan material, tan perentorio como un país: nada es más nuevo, más recién hechito. Los argentinos o mexicanos o uruguayos hace doscientos años eran españoles; los brasileños empezaron a serlo hace ciento y poco, cuando eran portugueses. Los italianos, tan orondos y tan italianos, hace poco más de ciento cincuenta eran romanos, venecianos, napolitanos, sicilianos, y ni se les ocurría llamarse de otro modo; en esos días Alemania, temible y poderosa, no existía, y hace solo cien años tampoco figuraban en los mapas Chequia ni Lituania ni Letonia ni Vietnam ni Mozambique ni Kuwait ni Nigeria ni Rusia ni Irán ni Mongolia ni Croacia ni Bangla Desh ni Ucrania ni Pakistán ni Gambia ni tantos, tantos otros.

Y, sin embargo, la potencia de esa ficción consigue convencernos de que no hay nada más eterno, más sólido, más inmutable que un país –cada país. Y convencernos, entonces, de que todo lo que se encuentra dentro de esos límites, encerrado por unas líneas imaginadas que llamamos fronteras, es una unidad.

La ficción-País postula que ese señor que vive en San Sebastián y habla euskera tiene que gritar los mismos goles y soportar los mismos jefes que esa señora que vive en Cádiz, a mil kilómetros de allí, y habla andaluz, y no los mismos que esa otra que vive en Biarritz, a 50 kilómetros –y come las mismas cosas, sufre el mismo clima, habla parecido, se llama semejante. La ficción-País es un milagro frágil: los países son construcciones complicadas, débiles que necesitan, para sobrevivir, todo un sistema de símbolos y mitos.

La lengua nacional es uno de ellos pero –queda dicho– no siempre está presente, no siempre hay una sola. La plata nacional es otro pero –aquí en Europa– se unificó para simbolizar un “mercado común” y en América Latina está un poco opacada por la plata verdadera, el dólar. Así que quedan los símbolos patrios, esos hits de estos últimos siglos. Y eso es, aquí en España, lo que falta. En un estado tan diverso, con tantas lenguas y tantos lenguaraces, no siempre resulta fácil encontrar los puntos de unión; aquí fallan todos.

España tiene un problema con los símbolos –que simboliza otros problemas. Los símbolos son cuentitos que existen para afirmar sin dudas la ficción-País y reunir tras ella a sus víctimas y/o ciudadanos y/o protagonistas. Para eso se usan, más que nada, unas telas de colores que llamamos banderas. Decir que una bandera es una prenda de unidad es fake news de la buena. Las banderas siempre existieron para diferenciar los míos de los tuyos, los nuestros de los otros: unen en la medida en que arman un nosotros por exclusión de los demás. La exclusión funciona en mayor o menor escala –nación, región, equipo– pero funciona. En un mundo ideal, por supuesto, no habría banderas –pero en este funcionan. Salvo en España la de España, más faltaba. Hay demasiados españoles –catalanes, vascos, izquierda y centroizquierda– que no se sienten representados por ella, la miran con recelo.

Y el himno tampoco da porque no tiene letra, con lo cual es difícil cantarlo al unísono. Y el viejo truco de la historia no pirula: la que solían esgrimir los nacionalistas españoles estaba hecha de cruces y de espadas. La gran epopeya era la invasión  más o menos brutal de tierras andaluzas y americanas –y ya resulta difícil respaldarse en ella. España, ahora, es un país sin un pasado común que la aglutine, sin héroes que la unan para pensar algún futuro.

La cultura consiste en ir construyendo símbolos cada vez más abstractos: pasar de adorar ese árbol gordo a imaginar un Olimpo y, por fin, un solo dios omnipotente; pasar de seguir a un señor más fuerte que los otros a compartir una noción y sus colores. Ahora, el símbolo más insistente que propone el orden español mide un metro noventa de huesos y carnaza y se llama Felipe. Hay, en el mundo, ideas más abstractas. Esta, además, tiene el problema de que habla, y al hablar desune.

Una historia sin momentos de fundación ni próceres, un himno que se calla, un rey que no, una bandera que se identifica con algunos: los símbolos fallan. Entonces, aquí, la ficción-País no encuentra su sustento. Yo supongo –nadie me preguntó– que España debería empezar por inventarse una bandera nueva: buscar la forma de encontrar una que represente a más, que más sientan como propia, que simbolice la voluntad de construcción común, que no se pueda usar contra otros españoles: para eso, claro, para no ser un trapo hueco, debería estar basada en acuerdos que le dieran sentido. Y entonces, si acaso, para festejarlo, inventarse una Fiesta Nacional con nombre: una que no tuviera vergüenza de decir lo que celebra, una que cumpliera con su función de producir, reproducir, sostener esa ficción que llamamos país.

O, si no, reconocer que este no existe, y empezar de nuevo.

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Más sobre este tema:

El desengaño

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Martín Caparrós

Sí, lo hicimos: lo hicimos otra vez. Si no fuera demasiado obvio, diría que lo que pasó fue otra metáfora barata de la Argentina. O, por lo menos, de la forma en que la Argentina desarrolla su historia, sus historias: un principio prometedor, un nudo confuso, un desenlace horrible.

Hace siete meses, cuando los viruses lanzaron su ofensiva, el gobierno argentino aprovechó nuestra lejanía para tomar medidas antes que muchos otros: para usar, por una vez, la experiencia ajena en beneficio propio. Era lógico y pareció que funcionaba. Fue, dentro del cataclismo, un curioso caso de Todos Contentos: los contagios se mantenían radicalmente bajos, se morían muchas menos personas que en muchos otros países, el gobierno y la oposición se chocaban los codos y colaboraban y recibían un apoyo nunca visto. Hasta la revista Time incluyó a la Argentina en su lista de los que mejor lidiaban con la peste –subrayando por supuesto su extrañeza de verla allí junto a Corea del Sur, Taiwan, Singapur, Australia, Canadá.

“Argentina es la sorpresa de esta lista, ya que acaba de desencadenar su noveno default financiero. El país registró su primera muerte por coronavirus el 7 de marzo; para cuando el Gobierno impuso una cuarentena, el 20 de marzo, el mundo se había puesto al día con la amenaza de la crisis y Argentina introdujo estrictas medidas de distanciamiento social, y los ciudadanos las acataron. Como resultado, sus números se ven mucho mejor que los de la mayoría de sus vecinos”.

Era el principio brillante: el país que se independizó antes que nadie, el que atrajo a millones de inmigrantes, el que nadaba en la bosta de sus vacas, el octavo más rico, el sembrador de escuelas, el que supo fabricar sus coches, sus aviones, sus mitos de prosperidad. Después, como corresponde, como siempre, todo empezó a volverse más y más confuso.

Para mantener la tradición, nos creímos que ya lo habíamos conseguido y empezamos a celebrar cuando estábamos en la mitad del río. Esa apariencia de éxito fue, otra vez, nuestro fracaso. ¿El confinamiento? No, para qué, si estamos bárbaro. Son boludeces, yo necesito laburar. Y yo tengo que salir porque mi abuela. Yo no soporto que nadie me diga lo que tengo que hacer, la libertad es libre. Las calles se llenaron de personas, cundió la idea de que ya no hacía falta encerrarse y que eran tonterías y que la infectadura era otra trampa de esos populistas. Y esos populistas, a su vez, se agrandaron y empezaron a pelearse con todos y entre ellos y a equivocarse con los números –ay, perdón, se me escaparon tres mil muertos. Mientras tanto, entre la confusión, la pobreza crecía y el hambre crecía y las muertes crecían.

De ese nudo confuso a este desenlace horrible: ahora, a siete meses exactos de la primera muerte, la Argentina ha sumado 22.200 más y es uno de los países donde la pandemia está más descontrolada, donde las muertes se suceden a un ritmo más brutal. Cada día mejora su posición en la tabla de posiciones del Mundial de difuntos –y ciertos medios lo exhiben como otros triunfos de la celeste y blanca.

 Es, insisto, tan parecido a casi todos los procesos argentinos. Un país que debería haber sido uno de los buenos, que estuvo a punto, que se lo creyó, que se confundió en esas idas y vueltas y que, ahora, ya no sabe qué hacer para salir de sus abismos. Un país que parece decidido a repetir una y otra vez la misma historia: un principio prometedor, un nudo confuso, un desenlace horrible.

Es -con perdón de la palabra- un patrón, y es duro. A veces nos cuesta desilusiones, broncas, todo tipo de pobrezas. Esta vez cuesta miles de muertos y cuesta la miseria y cuesta la zozobra, y cuesta el odio y el rencor y la desilusión. Y un daño colateral, casi menor: cada vez resulta más difícil creerse las promesas del principio.

Cada vez resulta más difícil creer que la Argentina.

Es duro pero es, penosamente, lo que hay.

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En voz alta:

A llorar a la iglesia

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Martín Caparrós

Ahora, ya pasado el tiempo, cuando por fin gobierna España uno de esos jefes autocráticos y gritones que llaman populistas, aquellos días se estudian –a escondidas– en los libros. Que los resumen simple: cuentan que los dos partidos principales de la llamada democracia se peleaban por las medidas que se debían tomar para contener una epidemia y, mientras se peleaban, la enfermedad seguía avanzando.

Dicen, para sintetizar, que la situación era un cómic de terror: el gobierno español acusaba al gobierno madrileño de no querer salvar a sus ciudadanos con las medidas urgentes que le ofrecía, en un acto genocida que habría merecido acusaciones ante los tribunales de Derechos Humanos de La Haya. Y el gobierno madrileño acusaba al gobierno español de querer encerrar a millones sin razón, en un acto dictatorial que habría merecido la rebelión de todos los demócratas y la intervención de las potencias libres.

Y cuentan que las acusaciones eran terribles y las posiciones no se acercaban y entonces se frenaban los unos a los otros, no tomaban las medidas necesarias y crecían los contagios, las muertes, la sensación de indefensión y miedo. Y que cada vez más personas veían con horror cómo las peleas entre esos políticos que solían mirar con desprecio les costaban la vida, y que dejaban de despreciarlos para empezar a odiarlos. Algunos, por supuesto, odiaban un poco más a unos y otros un poco más a otros; algunos se quejaban de que el gobierno español quisiera destruir su libertad y su economía, otros se quejaban de que ese mismo gobierno no ejerciera la fuerza necesaria para salvar sus vidas, pero al fin todos empezaron a coincidir en que el sistema estaba lleno de recursos para impedir hacer lo necesario, que no servía para lo único que lo justificaba: preservarlos.

Y que, por eso, cuando apareció el autocrático gritón con banderas y retórica al uso para decir que la democracia no funcionaba y que él sí les ofrecía la decisión y la empatía necesarias para cuidarlos porque él los entendía, porque era uno de ellos, lo tuvo más que fácil: millones y millones lo siguieron, lo eligieron –y a llorar a la iglesia.

Después, durante todos estos años, ya sabemos: quejas, reproches, acusaciones mutuas, idioteces de idiotas. Ahora, en nuestras charlas en voz baja, nunca falta algún nostálgico para preguntarse qué habría sido distinto si aquellos necios hubieran sido un poco menos necios. Es un lamento inútil: ahora lo que no sabemos, como siempre, es cómo vamos a salir de ésta.

El viejo periodismo

La nota de prensa que publica 5W dice que será mi libro número 41. Yo no lo sé; desde que Juan Caparrós creció y dejó de nombrarlos por sus números, les perdí la cuenta. Pero sé que, en todo caso, si el cómputo fuera preciso, El viejo periodismo sería mi libro 40y½, porque lo comparto absolutamente con Agus Morales, el famoso Mangante Morales.

Es una charla: todo libro es una charla, pero este no lo disimula y exhibe, además, a sus dos partes. En él, parece, hablamos sobre muchas cosas. “Los autores reflexionan, en esta conversación transformada en libro, sobre la cobertura periodística de la pandemia. Hablan de la era del miedo, de la pérdida de libertades: desde el 11-S hasta hoy”, dice la presentación, y sigue: “Ensayan ideas sobre el Estado como mecanismo de opresión y como última línea de defensa de los más desfavorecidos. Conversan sobre América Latina, la India, Pakistán. Critican la exotización de África y la pornografía de la miseria. Y, sobre todo, recorren los caminos de la escritura, explican qué hay en sus libretas de reporteo, cuentan cómo y por qué escriben crónica periodística –y dudan de todo eso”. Menos mal.

En todo caso, el libro es el resultado de varios años de comentar con el Mangante cositas del trabajo y de unos pocos días en que nos encerramos a charlar y tratar de ordenar todas esas molestias. Lo vamos a presentar este lunes 5 de octubre a las 19 en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona; para los que quieran seguirlo sin arriesgarse al mundo material, habrá un streaming -¿un correntazo?- en algún lugar del ciberespacio.  

Y aquí, mientras tanto, un trozo casi azaroso:

Caparrós: Este trabajo consiste en escuchar, que es algo que tanta gente olvida. Creo que ayer lo decías…

Morales: Sí, mientras cenábamos. Que no sé si sé escribir, pero sí sé escuchar.

C.: Después puede ser muchas más cosas, pero la base de esto es escuchar. De eso se trata, de poder llegar a situaciones, a momentos, a lugares, donde uno pueda escuchar cosas que valgan la pena, para después eventualmente usar eso en un relato. Me impresiona mucho, por ejemplo, cuando un periodista está entrevistando y en realidad lo que quiere es demostrar lo astuto que es. Entonces le corta la respuesta a su entrevistado para interponer algo. Si es televisión o radio es otra cosa, es otra puesta en escena, pero si es gráfica… Porque a menudo me lo hacen a mí, me entrevistan y me cortan. Y yo pienso: «Acabas de joderte la cita, porque ya no tienes el final. Te acabas de joder el trabajo que estabas haciendo». Esto de escuchar parece una obviedad, pero tanta gente no lo hace que creo que vale la pena decirlo. Hay que escuchar, y hay que escuchar a veces tiradas larguísimas, aburridísimas, porque después, si no, lo que estás haciendo es escupir en tu propia sopa.

M.: Es importante escuchar y también hacerse ambiente. Muchas veces me siento observado mientras reporteo. La gente me mira. No puedo no estar, que es lo que me gustaría no cuando hablo con alguien, obviamente, sino cuando voy en busca de la descripción, de captar lo que hay. Pero durante la cobertura de la pandemia se ha dado algo curioso: hemos llevado mascarilla, trajes de protección, gafas y, de alguna forma, estabas menos. La parte negativa es que esas medidas de protección hacen que te tengas que acercar a alguien de forma muy explícita para hablar. No es tan espontáneo. La positiva es que no ven tu expresión facial; y yo a veces estoy allí pero estoy en otro mundo, porque estoy observando, escuchando… Me hago ambiente. Desaparezco para registrar todo eso, y luego lo intento escribir. Durante la cobertura, si bien perdías precisamente la expresión facial de la otra persona, su reacción y otra información de ese tipo, también podías captar y luego generar un clima a través de la escritura. Y el clima es fundamental.

C.: Eso muchas veces lo hago en entrevistas. Entrevistas en el sentido más amplio de la palabra, no una entrevista para ser escrita como una entrevista, sino hablar con alguien para ver si te dice algo que puede servir dentro del relato que estás armando. Y muchas veces ya sé que lo que me está diciendo no me interesa mucho, pero es ese rato que uno aprovecha para mirar alrededor, para ir tomando mentalmente nota sobre la situación, sobre lo que tú llamas el clima.

M.: Para mí es una cuestión de desaparecer. En vez de intervenir en la realidad, que la realidad te invada. No sé hacerlo de otra manera.

C.: Más de una vez les he dicho a talleristas que hagan el ejercicio de sentarse en el rincón de un lugar cualquiera, en un mercado, en un sitio donde pasen cosas, y empezar a contarlo, a describir. Es un recurso que yo uso mucho y que me da casi hasta pudor. Estás en una situación tan rica que sentarte ahí y contarla y escribirla es casi demasiado fácil, es como robarle el juguete a un niño. Pero mucha gente no lo hace.

M.: Cada vez más, con una libreta no pasas desapercibido. En los últimos años he notado que casi nadie apunta nada con una libreta, y que si lo haces levantas suspicacias. Recuerdo que en 2018 fuimos a un asentamiento en Níjar [Almería] de trabajadores del campo que vivían en chabolas. Evidentemente ellos están atentos a quién está por ahí, qué se dice sobre ellos, y uno al cual no me había presentado, al verme escribiendo en la libreta, me dijo: «¿Qué apuntas?». Por eso a veces lo hago en el móvil. Sé que nadie me va a decir nada, porque todo el mundo está siempre con el móvil. La libreta es sospechosa.

C.: Ahora hablar solo está perfectamente aceptado y asumido. Yo tengo una escena medio mítica con eso en Calcuta. Fue hace más de 25 años. Estaba en la calle, me senté en el bordillo, empecé a tomar notas y de pronto empecé a sentir presencia alrededor y cuando levanté la cabeza tenía 20 personas, mirándome todos, qué coño hace el blanquito este. Y efectivamente, la solución para eso es grabarse.

M.: Fundirte con la realidad en algunos sitios es complicado. O imposible… La idea de clima también la intento trabajar a la hora de escribir. El clima lo ligo al tema. En cada crónica hay un tema, y los temas son pocos: el dolor, la amistad, la muerte, el amor, la libertad… Y todos esos temas ya han sido, no sé si decir tratados…

C.: Exprimidos…

M.: Han aparecido ya en la poesía. Intento identificar en qué campo semántico estoy, en qué clima estoy, y cuando empiezo a escribir busco qué hay en ese camino. Por ejemplo, en la crónica «Con las puras manos», que publicamos en 5W durante el estado de alarma, las manos eran el símbolo del trabajo en un contexto de dolor. Busqué poemas que había leído y el clima más preciso estaba en unos versos de Alejandra Pizarnik que decían:

«…Pero quiero saberme viva

pero no quiero hablar

de la muerte

ni de sus extrañas manos».

Muerte y sensibilidad. En este caso incluí el poema en la crónica; pero aunque no esté, me sirve para crear ese clima. No soy un periodista o escritor que trabaje mucho con las ideas, sino más bien con los recuerdos, los sueños, el clima, la sensibilidad… Me muevo en ese territorio.

(Silencio).

M.: En algún lugar te preguntabas si la crónica debería ser siempre marginal. Si dejaría de tener sentido si pasa a ser una forma hegemónica. Si por definición es marginal.

C.: Marginal en el sentido de que no se convierta en una fórmula consagrada. Que esté siempre mirándose desde fuera, extrañada, criticándose, recreándose. Que, más allá de su capacidad de comunicación, sea además un objeto estético que merezca la pena.

M.: ¿Cómo tiene que hacer la crónica para renovarse?

C.: Cada cual aplicará su forma. Yo soy un señor mayor, y mis formas de renovación tienen que ver con formas culturales un poco antiguas. Recuerdo por ejemplo que me planteé muy claramente hacer algo distinto cuando salí a hacer El Interior. Llevaba una docena de años haciendo mucha crónica, y se me ocurrió recorrer la Argentina y contarla. No la Argentina, sino la otra Argentina que no es Buenos Aires, que es muy distinta, que no era mi país y al mismo tiempo era mi país. En esa dicotomía me parecía que había algo interesante, el hecho de estar en un país que es el mío y al mismo tiempo no es mi mundo. Y me dije: «Para que me interese hacerlo no quiero usar las mismas herramientas que ya conozco, que ya he usado». Entonces me puse a pensar muy explícitamente qué podía hacer, y se me ocurrió que tenía que recuperar el procedimiento que dio lugar al nuevo periodismo, no el resultado de ese procedimiento. La crónica, el nuevo periodismo, empezó en los años 60 con ese procedimiento de usar otras formas literarias para contar la realidad. Desde entonces la mayoría de los periodistas lo que hizo fue usar el resultado que ese procedimiento dio, digamos, en el año 62, cuando las formas literarias que se retomaron para contar la realidad fueron la novela americana social de los años 20, negra de los años 30, esas cosas. Entonces yo pensé: «No, retomemos el procedimiento en vez de repetir el resultado del procedimiento, y veamos qué otras formas literarias se pueden retomar para contar la realidad».

M.: La base es robar.

C.: Sí, robar, copiar, retomar, afanar.

M.: En ese sentido, creo que muchos de los mecanismos narrativos que ofrece la ficción sí que se han incorporado muy bien a la crónica. Y, en América Latina, me parece que están totalmente consolidados.

C.: El mito contraataca.

M.: En España no tanto. Creo que todavía no hay tanta conciencia de eso. Pero así como en ese terreno todo el mundo juega con estructuras narrativas, creo que el periodismo no
ha bebido de la poesía todo lo que puede beber. Ya no solo en cuanto al ritmo, la prosodia, el endecasílabo o el octosílabo, sino también a la hora de asomarse a la vertiente más lírica, al puro uso del lenguaje. La poesía tiene una ventaja frente a la ficción: como el periodismo, también busca eso que llamamos verdad, aunque sea como horizonte. La poesía no es ficción. La poesía épica sí lo era, y fue lo que luego cristalizó en otros géneros narrativos. Pero la poesía lírica es verdad. Creo que es una gran herramienta para el periodismo, pero no la siento en muchas crónicas. Quizá es porque ya no se lee poesía.

C.: Muy probablemente.

M.: La poesía es una exploración de lo real, el periodismo también. Ahí hay mucho camino por recorrer aún.

C.: Eso mismo. Lo que te contaba antes, con eso de que traté de recuperar el procedimiento, es que retomé algunas formas poemáticas bastante explícitas, bastante precisas. Me acordaba de un libro que había publicado en los 60 Juan Gelman que se llama Traducciones III: Los poemas de Sidney West, que son falsas traducciones de unas muy breves biografías en un lugar de Estados Unidos. A su vez él se había basado en Edgar Lee Masters, un poeta americano de los años 10 que tiene un libro, Spoon River Anthology, que son pequeños relatos de personas, supuestamente sus epitafios. Reconstruye un pueblo y cada poema es un personaje. Muchas de las personas que aparecen en El Interior están contadas de esa manera, como poemas, de algún modo inspirado en la Spoon River Anthology de Edgar Lee Masters. O los paisajes a veces aparecen como haikus. Son búsquedas de ese tipo. Y sobre todo la noción de que hay que recuperar el procedimiento y no el resultado del procedimiento. De eso hablé mucho, me parece que me importó haber llegado a esa conclusión. Y después de eso, volví a cambiar. Fue no mucho tiempo después, tres o cuatro años. Armé otra manera de hacer crónica, que es esta especie de crónica-ensayo, o ensayo-crónica. Lo empecé a hacer más claramente en Contra el cambio, después lo hice en El Hambre, y ahora lo voy a hacer en el libro de América Latina. Ese fue otro cambio que me parece interesante. A veces me inquieta que la crónica se ponga demasiado narrativa, insuficientemente analítica o ensayística. Como si pensar en una crónica fuera de un modo romper ciertos límites o esquemas que habría que respetar, y que entonces lo que hay que hacer es contar sin analizar lo que se está contando. Hay toda una rama un poco folclórica de la crónica que consiste en cuento, cuento, cuento. Que a veces está muy bien, se hace con gran destreza, pero privándose de pensar lo que se está contando. Limitándose a pequeñas situaciones narrativamente ricas, pero que no intentan una mirada más amplia. Y a mí eso me gusta poco, y por eso me interesa trabajar más este tipo de intento donde lo analítico, el ensayo, tiene un espacio grande.

M.: Ese es uno de los grandes peligros que tiene ahora el periodismo. Lo primero es saber que tienes algo que decir. Luego qué es lo que quieres decir. El mecanismo narrativo que uses está al servicio de lo que vas a contar, está al servicio del periodismo, y no al revés. Creo que el texto tiene que ser eficaz, y hay algunas ideas que debes transmitir al lector. Después puedes y debes ganar en complejidad, abrir interrogantes… Pero hay cosas que debes decir, que debes transmitir. Tienes que mojarte, tienes que tomar partido. Cuando huyes de eso, corres el riesgo de que todo se convierta en un simple juego. Eso, para mí, no es periodismo.

C.: Lo es. Yo sí creo que es periodismo, pero a mí particularmente no me interesa. Es un poco eso lo que yo llamé hace unos años «la crónica caniche». ¿Aquí se dice caniche?

……………………………………………………………………………………(continuará…)

¿España?

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Martín Caparrós

Confirmamos: nos pasamos la vida confirmando. Confirmar, por supuesto, tranquiliza mucho más que cuestionar, así que confirmamos, confirmamos, confirmamos. Para eso, en general, nos interesamos por larrealidad; para eso, en general, usamos la información, lecturas, escuchas, charlas con los amigos, reflexiones varias: para seguir pensando lo que ya pensábamos y, sobre todo, para seguir creyendo lo que creíamos sobre nosotros mismos. Hasta que se complica.

A las personas nos pasa cada tanto; a los países, mucho menos. Muy de vez en cuando, un país descubre que no era el que creía. A veces sucede en un momento, un día: recuerdo aquella tarde de domingo, octubre de 2016, en que millones de colombianos supieron que más compatriotas habían votado contra la paz que en su favor –y andaban groggies, asumiendo que no eran los que siempre habían supuesto. Otras veces es un proceso de semanas, meses, años incluso que de pronto cuaja. Y eso, creo, le está pasando en estos días a España.

Para las generaciones que vivieron la guerra y el franquismo, España era un país pobre, atrasado, violento, escenario de una dictadura: un país donde la cruz convertía casi todo en pecado y vergüenza, un país del que millones emigraban –a América primero, a Europa después– con la ilusión de comer todos los días. Por eso la transformación de los sesentas –económica– y setentas –sociopolítica– fue aún más impresionante.

España se convirtió –para sus habitantes– en un país democrático y moderno, rico y vivible, estable y educado, casi justo: un país uropeo, un país exitoso. Por supuesto que aparecían –cada tanto, cada vez más– hechos o datos que contradecían la imagen feliz: la fragilidad de una economía de bancos, playas, ladrillos y verdura, la cantidad de jóvenes preparadísimos que no encontraban trabajo y “vivirían peor que sus padres”, la incapacidad de los gobernantes para formar gobiernos, el deterioro de los servicios públicos, los delitos de la familia real. Pero la mayoría los leía como problemas parciales, “crisis” de tal o cual sector, de tal o cual mecanismo, que ya se solucionarían y no afectaban la idea general.

Sospecho que ya no. Creo que en estas últimas semanas se difundió una desazón nueva: la conciencia de que no sabemos, no podemos, no lo conseguimos. Tiene que ver, por supuesto, con una situación económica brutal, un rey que se escapa, la inquietud y el hartazgo y el miedo, pero se basa, sobre todo, en la comprobación ya ineludible de que ningún país de la región ha fracasado tanto en mantener a raya a la pandemia: que, ahora mismo, en ninguno se contagian y se mueren tantas personas.

Y si en abril muchos españoles creían que no se podía culpar a nadie por sus fallos frente a algo tan inédito –mientras, de todas formas, los demás fracasaban parecido–, ahora la mayoría se convenció de que sus gobernantes no saben hacerlo, que es su culpa si el virus vuelve incontenible. Y escuchan todo el tiempo que sus gobiernos –el central y la mayoría de los autonómicos– no organizaron las estructuras necesarias, no contrataron el personal necesario, no supieron prever y actuar en consecuencia. Se acumula la evidencia de sus errores y, con ella, la sensación de que el país está conducido por personas incapaces –lo cual resulta, en general, molesto, pero en emergencias como esta se vuelve mortal. Se ahonda, entonces, la sensación de indefensión y engaño: la evidencia de que esto no es lo que les habían dicho, lo que habían creído.

Porque también se enteran de que sus infraestructuras no alcanzan, que sus médicos cobran miserias, que no hay camas suficientes, y se derrumba uno de los mitos básicos: que España tenía –como repitieron convencidos todas estas décadas– la mejor sanidad pública del mundo. Parece menor pero era un orgullo bien asentado y aceptado, una de las bases de la idea que los españoles se hacían de su país. Cuestionarla supone empezar a cuestionar las otras, pensar en serio que esto no es lo que parecía. Y revisar entonces todo lo demás –la pobreza, la discriminación, la fragilidad, la ineptitud– y entender que estaban pasando cosas que no miraban y ahora no pueden dejar de ver: descubrir, de repente, que su país no era lo que imaginaban. Y preguntarse, entonces, qué carajo es, y el desconcierto, la desazón de saber que ya no saben.

Es duro, es raro: nunca se sabe qué sale de estos quiebres. Primero, en general, cabreo y desorientación: no es barato perder las referencias habituales. Después, si acaso, la voluntad de cambiar esas cosas que parecían tan firmes y ya no. Lo que nunca se sabe –cada vez menos se sabe– es hacia dónde.

Vienen –decía la maldición– tiempos interesantes.

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En voz alta:

Elogio del coñazo

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Martín Caparrós

Seguro que a ustedes también les pasa. Quizá de otra manera: hay muchas. Pero no es raro esto de que te encuentres un buen título y no sepas qué hacer con él. También sucede en la vida real. Digamos: cuando ves que él o ella tiene una sonrisa encantadora y un culo a juego y empezás a escuchar lo que dice con la esperanza de que esté a la altura. O cuando se te ocurre una gran salsa pero no terminás de saber a qué ponérsela. Aunque yo hablaba, más literal, del título de un texto: cuando me cruzo con uno que me gusta y empiezo a preguntarme cómo hago para escribir algo que lo justifique. Es lo que acaba de pasarme. Porque Elogio del coñazo, convendrán, suena estupendo.

Me pasa mucho, así que primero me río: de mí, me río. Sin eso, nada puede funcionar. Pero funciona un minuto o dos; después hay que hacer algo. Entonces empiezo a desplegar opciones. A anotar, en un papel falso como este, las posibilidades: tratar de llenar ese título con algo que lo justifique.

Mi primer recurso siempre es tomar distancia. Tratar de oír y ver aquello que ni oigo ni veo por el exceso de costumbre, mirar de nuevo, escuchar de otra forma. Entonces, a primera vista, se me ocurre que podría empezar con algo sobre el valor del sufijo azo: esto de que el castellano tenga unas letras que transforman una palabra en un golpe que se da con esa palabra –con lo que esa palabra designa– como en portazo, latigazo, martillazo, y que ese sufijo haya derivado en América en explosión social, como en Bogotazo, Caracazo, Cordobazo.

(Y entonces la opción de pensar en esos estallidos y cómo se originan y qué los relaciona y qué los diferencia y cómo, en estos tiempos de privaciones por pandemia, de cabreo por pandemia, de hambre por pandemia –la repetición es un vicio de la casa–, muchos gobiernos y muchos periodistas e incluso muchas personas de verdad suponen que en cualquier momento podría producirse algo así, y si acaso tratar de evaluar qué países o ciudades tendrían más posibilidades aunque ahí la cosa ya se pone peliaguda porque supondría dejar por escrito una ¿predicción? ¿previsión? ¿pronóstico? –cada palabra importa– que podría, tan fácil, ser usada en mi contra.)

Así que quizá ya es el momento de dejarme de rodeos y coger al toro por los cuernos y sacudirme el polvo tan rural y pasar al núcleo del asunto. Aunque, por si acaso, para no entregarme tan de golpe, podría retomar con un breve desvío culterano: relatar la vieja extrañeza –¿adolescente, impúber?– de cuando descubrí, vía mi padre castizo, la palabra coño y descubrí, muy poco después, primer año de colegio, latín con don Avilio Bassets, que coño venía de cunnus, cunni, conejo, y el recuerdo de ese muchacho sin información de primera mano –o solo de primera mano– que se preguntaba cómo se relacionaba la famosa concha de las chicas con un conejo. (Y entonces, seguramente, decir algo sobre aquellos tiempos cuando, sin internet, sin pornografía para todos, un muchacho no veía una concha hasta que tenía relación personal con alguna, y a veces ni siquiera. Lo cual podría dar paso a esa que nunca consigo colocar sobre uno de los cambios culturales más importantes y silenciosos de estos tiempos: el hecho de que, por primera vez en nuestra historia occidental y cristiana, cualquiera puede ver un fornicio de otros, cualquier chique ha visto uno antes de entrar en uno; cosa que, hasta hace nada, era impensable.) Y finalmente, para rematar en clave leve este pedazo, la decepción de haber aprendido, ya mucho más tarde, que el coño no se llama así por el conejo –y su carita y su boquita de conejo– sino por la madriguera del conejo, la cueva donde entra el animal cuando se siente amenazado.

Pero nada de esto termina de introducir el asunto central: que se haya formado, con el sufijo azo, de golpe o estallido social, y una palabra que designa un ¿objeto? –cuidado con la palabra objeto– que difícilmente podría asestar un golpe, una palabra nueva que, en lugar de seguir la línea léxica previsible y significar algo así como el golpe tremendo que la obsesión por una mujer y su sexo –ver “encoñado, encoñamiento”– pueden producir, significa, extrañamente, aburrimiento.

(Aquí hay, como suele, un problema: me gustaría abundar en la imposibilidad de pegar golpes realmente violentos con el coño, y cómo se convierte en agente de pegar a algo que no está hecho para eso, lo cual, sin duda, supone una masculinización, con perdón, de ese algo: apropiación masculina de lo más femenino. El problema es que si lo pongo en medio del párrafo anterior corto su desarrollo pero, una vez cerrado ese párrafo, ya no hay manera de volver a introducirlo. Es una dificultad común y te pone, como ahora, frente a dos opciones igualmente tristes: meterte la idea donde puedas o meterla con calzador y hacer evidente tu incapacidad para hacerlo de una forma fluida. Y, al mismo tiempo, otro problema: globalización mediante, debo suponer lectores de distintos castellanos, así que habrá algunos que no sepan que coñazo significa aburrimiento. Se hace necesario, entonces, explicar sin explicar, sin que parezca que lo estás explicando: un arte menor pero difícil. O quizá no haga falta, o quizá sea mejor no hacerlo, quién sabe. En cualquier caso es un lío escribir para dialectos varios, no saber qué lee cada quien. Y, al mismo tiempo, es un desafío y un chiste continuado: escribir ignorando, más aún que de costumbre, cómo se leerá lo que uno escribe.)

Mientras tanto –la utilidad de mientras tanto es infinita–, ya establecida la sorpresa léxica, hay que pasar al centro neurálgico del tema: ¿a quién coño se le ocurre usar una palabra que designa lo que tantos y tantas deseamos y tantas y tantos justiprecian para expresar una sensación indeseable de hastío, de aburrimiento extremo? Lo primero sería, entonces, bucear en el machismo de la expresión: qué desdén o miedo de lo femenino los llevó –¿nos llevó? ¿corresponde hacerse cargo cada vez de todos los desastres del machismo?– a usar eso que tanto apetecemos para describir lo menos apetecible –y el placer de usar dos veces seguidas la palabra pete.

(Otro problema, ligado al anterior: ¿subrayo que la palabra coñazo se usa sobre todo en España y soporta, por lo tanto, las peculiaridades del machismo español? Aquí, como siempre, se plantea la ambigüedad de mi relación con España: vivo aquí, mi padre era de aquí, yo no soy de aquí. Muchas veces me siento muy cerca y muchas muy distante. Y muchas me siento con un derecho de criticar lo español que los españoles no me otorgan. Podría desarrollarlo –el síndrome del eterno invitado en su propio lugar, el hijo de migrantes que regresa– pero supongo que me desviaría demasiado. Habría que ver: a veces la mejor forma es escribirlo y probar si entorpece. Solo que, una vez escrito, quién se banca tirarlo.)

Ya estamos cerca del remate. Así que hay que insistir y confirmar, sin que suene repetido, claro, que designar el tedio con una palabra basada en sus antípodas es una inversión sorprendente, sospechosa. Y es entonces cuando hay que encontrar alguna explicación retorcida, más o menos inesperada, que pueda dar al texto el toque de supuesta originalidad que, supuestamente, lo remata y respalda. Se trata, en síntesis, de encontrar un final que justifique tanta disgresión –o digresión, como dice mi corrector de word, que no sabe argentino.

(Suele ser lo más difícil. El problema del final es siempre el mismo: que debe ser rotundo y convincente pero, al mismo tiempo, concentrado; no debe dispersarse ni debe, tampoco, sonar a chimpún de cotillón. No es fácil de conseguir y, en general, no lo consigo.)

 Para este, lo primero que se me ocurre es lanzarme a una reivindicación del tedio –que lo haga, de algún modo, tan apetecible como un coño. No es imposible: se podría postular que el tedio es la condición indispensable de cualquier creación. Que entretenerse es olvidarse de uno mismo y que aburrirse es no encontrar maneras de olvidarse, y que solo cuando uno se aburre no se olvida y no tiene más remedio que buscarse y que es entonces, al buscarse, cuando encuentra e inventa. Que es esa relación secreta, que las palabras establecen más allá de los hombres, la que explica que se hable de coñazo para decir aburrimiento: que el coñazo es, como todos sabemos, la condición necesaria pero no suficiente para cualquier creación. Entonces sí podría decir que este es, con toda justicia, un Elogio del coñazo: que establecimos su importancia, su necesidad, y el título queda justificado. Y a mamarla.

(Ahí va. Un par de correcciones, un poco de afinado, y ya se puede publicar. Y que, entonces, más de un lector termine por calificarla como le corresponde: ¡que coñazo!)

Trump, el auténtico héroe americano

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Martín Caparrós

Lo van a extrañar. Si los semidioses confusos de las encuestas no se equivocan una vez más, a principios del año próximo –¿existe el año próximo?– los Estados Unidos de América ya no serán gobernados por el Gran Mal o Gran Bufón o Gran Vergüenza de los Gringos Buenos. Lo van a extrañar tanto.

Todavía les quedan unas semanas para horrorizarse y sentirse superiores y explicarnos por qué son superiores: americanos buenos, buenos americanos, demócratas sin tacha. Trump es una beca Guggenheim al cubo: los hace sentirse tan probos, tan cabales, tan morales, tan de esos adjetivos que no se sabe bien qué significan –pero los señores ídem siempre blanden.

Mientras tanto, pocas personas han hecho más que Donald Trump por mejorar la imagen de Estados Unidos en el mundo. Lo hizo, al asumir, con carácter retroactivo: su torpeza calculada, sus modales astutamente idiotas convirtieron al país de Obama –y Bush y Clinton y Bush y Reagan– en un vergel de paz y concordia y justicia y amor y paz de nuevo.

“Vivimos una edad de oro de la democracia americana”, escribí en los días de su asunción, enero del ’17, “pero no es esta sino la que acaba de terminar: la que la irrupción del señor Trump cerró con cólera y estrépito”. Y seguía diciendo que era un mecanismo clásico y que no había mejor forma de creerse que los Estados Unidos eran un país maravilloso que compararlo con el estropicio que Trump amenazaba producir. Frente a eso que venía, lo que había quedado atrás era un portento.

Y me sorprendían tantos articulistas, políticos, intelectuales que lloraban a gritos la desaparición de aquel paraíso. “Es curioso. Hablan de un país donde las diferencias sociales y económicas ya son extremas: donde el famoso uno por ciento más rico posee más de un tercio de todas las riquezas, donde sus ingresos se triplicaron en los últimos 30 años mientras que los de la mitad más pobre de la población se estancaron. Un país que se gastó 800.000 millones de dólares en salvar a los bancos que casi lo hunden –llevándolo a una crisis por la que nueve millones de personas perdieron sus trabajos en un año”, escribí entonces y, con perdón, me voy a citar un poco más. Era, recordemos, el país gobernado por Obama:

“Hablan de un país donde más de seis millones de personas –el dos por ciento de su población– están presas o libres bajo palabra. (…) Un país que lanzó, sólo el año pasado, más de 26.000 bombas de gran poder en sus operaciones militares sobre Siria, Iraq, Afganistán, Libia y Yemen. Un país que mantiene fuera de su territorio un campo de concentración donde encierra a quien quiere cuando quiere cuanto quiere. Un país que tantas veces intervino en los asuntos internos de otros, muchas con extrema violencia.

(Un país que sostiene su poder con un millón y medio de soldados repartidos por el mundo, un país que gasta en ejércitos y armas más que la suma de los diez países que lo siguen.)

“Hablan de un país armado, donde la mitad de los hombres posee armas de fuego, donde unas 12.000 personas mueren baleadas cada año. Un país donde proliferaron los mass shootings –asesinatos masivos azarosos–, en los que un tirador mata al azar cuantos más mejor en una escuela, una iglesia, un bar, un mall: 150 desde el año 2000. Un país donde dos de cada tres apoyan la pena de muerte, donde 3.000 hombres y mujeres esperan ser ejecutados.

“Hablan de un país cuyos billetes dicen ‘En Dios confiamos’. Un país donde cuatro de cada diez adultos creen que un dios creó al hombre en su forma actual hace menos de diez mil años, como dice la Biblia.

“Hablan de un país que lleva décadas conducido por dinastías familiares –padre e hijos, esposo y esposa– que serían tema de farsas y vergüenzas si sucedieran en cualquier republiqueta sudaca. Un país donde los grandes poderes económicos contratan legalmente a intrigantes para que presionen a los legisladores para conseguir leyes que favorezcan sus negocios. Un país donde un multimillonario racista y misógino puede llegar a presidente por el voto de sus ciudadanos.

“Hablan de un país que también está lleno de gente fascinante, de grandes artistas y escritores, de universidades y bibliotecas, de innovaciones científicas y técnicas, de iniciativas generosas. Pero que no es el modelo de virtudes que ahora pintan.”

Trump lo hizo, decíamos, al asumir, y lo va a hacer de nuevo ahora que se irá. Mientras tanto, su país siguió siendo ese país durante sus cuatro años de poder, solo que con más bulla, más grosería, menos cinismo. No miren lo que digo, miren lo que hago, suelen decir los magos de la política. Y, más allá de bravatas y sandeces, lo que hizo Trump es más cháchara que hechos. O, por lo menos, en la práctica, su administración no fue tan diferente.  

Tomemos uno de sus temas más ruidosos, más cercanos: su política con los migrantes. Números, los famosos datos: la administración del liberal Obama, tan amable, tan solidaria, deportó, en sus ocho años, a 2.800.000 inmigrantes –la mayoría, hispanos. Trump llegó al poder rajando contra ellos, hablando de bad hombres y muros y patadas en el culo y, en sus tres años de gobierno, deportó a 750.000 migrantes. Va de nuevo: Obama consiguió un promedio de 350.000 al año; Trump apenas llegó a los 250.000, un 30 por ciento menos. Y se pueden encontrar datos semejantes en multitud de campos. Un solo ejemplo, concluyente: a diferencia de Obama, Bush y Clinton, Trump no inició ninguna guerra.

Pero también se puede, gracias a Dios, encontrar cantidad de escándalos y escandaletes y exabruptos brutos que mantienen bien alta su bandera. Trump está a punto de completar su trabajo: había limpiado el concepto anterior de su país; ahora está terminando de limpiar el posterior. Su administración será recordada por los biempensantes del mundo como una cima del horror, la sima de la decadencia americana y, de ahora en más, durante años, el gran mérito de América será no ser la América de Trump. Nos lo repetirán sin cesar los americanos buenos de los medios buenos y otros salvadores de ese país tan demócrata que ha gobernado el mundo a través de guerras y conspiraciones y matanzas.

Ahora, por suerte, viene un señor sensato y todos vamos a celebrar la vuelta de la razón y las buenas formas a la jefatura de Occidente. Vamo’ a ser felí, como diría Riquelme, porque el señor Biden habla razonable –mientras intenta recuperar el poder perdido.

Porque si algo le reprocha el establishment americano –y occidental– al pobre Trump, si por algo va a tener que irse, es que con sus fantochadas y desplantes y patriotismo Big Mac se aisló, abandonó en distintos campos la “posición de liderazgo” en el mundo que su país mantiene desde hace un siglo. Y que, so pretexto de hacer más grande a América la sacó de muchos espacios que le servían para eso y la achicó y dejó que la China creciera. Por eso, ahora, deben reponer a un clásico: en un país que usa el adjetivo unamerican -no americano- como descalificación, Joe Biden, exponente del genuino sabor americano, un empleado de la política desde 1970, tiene sobre todo el trabajo de recuperar esa “posición de liderazgo” que tan bien conocemos.

Nada le va a resultar más útil, para esa tarea ardua, que apoyarse en la necesidad de limpiar el “desastre de Trump”. Trump, como suelen los buenos, será tan útil muerto como vivo. Hay gente que sí sabe sacrificarse por su patria: Donald Trump, el auténtico héroe americano.

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En voz alta:

El diario único ataca de nuevo

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Martín Caparrós

El que diga que lee el diario –¿el diario?– para enterarse es un farsante o un iluso. Los diarios, cada vez más, se usan para otras cosas.

Leer el diario fue una de las actividades distintivas del siglo XX: un estandarte de modernidad en el sobaco. Durante milenios las personas no tuvieron idea de lo que pasaba a cincuenta kilómetros de sus casas; a mediados del siglo XIX algunos descubrieron que, si se enteraban de ciertos asuntos lejanos antes que los demás, podían hacer negocio, y montaron los medios para conseguirlo –Reuters, por ejemplo, se estableció en la Bolsa de Londres en 1851. Otros los imitaron, aunque no ganaran nada, y se creó, poco a poco, el mito de la información: que hay cosas que debemos saber –aunque no sepamos qué hacer con eso.

Así que, a principios del siglo pasado, la mayoría de los ciudadanos –los habitantes de las ciudades– compraba por lo menos un diario cada día; algunos compraban uno por la mañana y otro por la tarde para no perderse nada; algunos, dos mañaneros para ampliar la mirada. Y cada quien tenía, en general, su diario de referencia: aquel que le contaba lo que más le interesaba de la manera que le gustaba más. Leer tal diario –y no cualquier otro– era un signo de identidad, y cada cual organizaba su visión del mundo. Pero los grandes diarios hegemónicos intentaban presentarse como el espejo que reflejaba lo que realmente sucedía: la realidad hecha palabras.

Los diarios nunca tuvieron tanto peso como entonces. Después, poco a poco, fueron perdiendo el monopolio de la información a manos de las radios y las teles. Aún así, mantuvieron un lugar de prestigio. Muchos siguieron aferrados a sus diarios: les daban una versión del mundo que les gustaba o convenía y no querían perderla, aunque a menudo rabiaran contra ella. Aquella relación de amor y odio con mi diario es uno de los grandes chistes de la cultura del siglo pasado.

(Esos lectores eran muchos pero no eran tantos: en España, por ejemplo, el diario más exitoso llegó a vender, en su mejor momento, unos 400.000 ejemplares al día. Solo lo compraba un español de cada cien, aunque se suponía que eran los influyentes, y eso le daba poder y dinero.)

Durante los años de la IlusiónInternet, desde los primeros 2000 hasta hace poco, muchos dejamos de leer el diario. El acceso a todos los diarios se había hecho fácil e inmediato y, para los interesados, fue cada vez más simple armarse un recorrido propio, leyendo tal cosa en este, cual en aquel, buscando tal otra en el de más allá, googleando, buscando un tema o, incluso, un autor. Pero ya no leíamos el diario. Ya no comprábamos ese paquete completo, esa versión del mundo –con sus énfasis, sus jerarquías, sus desdenes, sus condenas– que fue, durante todo el XX, un diario.

En esos años, además, los diarios terminaron de perder cualquier pretensión de inmediatez a manos de las redes sociales. Cuando un diario contaba algo ya era viejo –ya lo sabíamos por otros medios– así que tuvieron que buscar otros rasgos que los justificaran. Las opciones fueron variadas; los ex grandes diarios hegemónicos, en general, eligieron sesgar sus opiniones: sacarse la careta ecuánime, “objetiva”, y tomar el partido que, suponían, sus clientes esperaban de ellos –y pagarían por ver.

Contra esa radicalización siempre nos quedaba –a los más hinchapelotas– la posibilidad de mirar varios diarios, ver qué dice tal, qué clama cual. Hasta que llegó, como siempre, el dinero.

En los dos últimos años la mayoría de los diarios ha asumido que la publicidad no alcanza para pagar sus facturas y sus deudas y ha decidido cobrárselas –como antes de la IlusiónInternet– a su público. Era lógico pero, como siempre, sus consecuencias desbordaron a sus causas. Ahora los diarios, que durante esos años casi felices fueron espacios abiertos a cualquiera, se cerraron de nuevo: la noticia escrita volvió a ser propiedad privada.

Y se acabó, entonces, el paseo: para mirar qué dice fulano en Tal o qué dice Tal sobre fulano habría que pagarle a Tal un dinero al mes, todos los meses, y muchos no podemos o queremos. Sobre todo, no tenemos ganas de darle plata a aquellos “enemigos” que mirábamos para indignarnos. Ahora nadie que no trabaje en esto va a pagar varios diarios para comparar o, mejor, despotricar. Y entonces buscamos uno o dos medios que nos resulten, por distintas razones, más o menos cercanos, y nos abonamos o suscribimos –la palabra suscribir es fuerte: significa, literalmente, escribir debajo, firmar y, menos literal, estar de acuerdo. Con lo cual, otra vez, nos limitamos, como en tiempos del papel, a “nuestro” diario. Volvemos, tras un paseo por la diversidad, a la era del diario único o casi único. El siglo XX no se rinde.

Hemos vuelto a leer el diario: ese sistema de consumo que nos cierra tantas puertas. Lo cual podría, quizá, solucionarse cuando la desesperación de sus dueños los lleve a aliarse y aceptar un sistema tipo Spotify: una suscripción mensual que diera acceso a muchos medios al mismo tiempo, que nos permitiera volver a los tiempos del recorrido picadito.

Mientras tanto, todos se pelean para conseguir abonados. Los diarios, que ya se habían vuelto más partisanos para compensar la pérdida del monopolio de la actualidad, ahora lo exacerban para que los suyos tengan ganas de pagarles: si cada quien consume el diario que le dice lo que quiere escuchar, cada diario debe esforzarse por decir exactamente eso, y por decirlo fuerte. El ejemplo del New York Times y cómo ganó abonados con su oposición a Trump y el estrechamiento de su amplitud editorial ya se estudia en las facultades –de negocios.

(El recurso más usado con los clientes directos es darles lo que quieren, producir versiones “periodísticas” del axioma básico que dice que el cliente siempre tiene razón. Para conseguir más clics, entonces, les dirán que Fernández o Sánchez son traidores a la madre o que Sánchez o Fernández son salvadores de la patria y, ya que estamos, les contarán siete historias de starlettes y cinco de perritos. Así conseguirán algunos clics, pero nunca suficientes. Entonces intervendrá el recurso más usado con los clientes indirectos –los publicitarios que pautarán o no en ese medio–: decirles a ellos también lo que quieren oír. Darles cifras, aunque sean fake news, fake numbers. Cada vez más la guerra del clic se resuelve con trampitas; cada vez más, cuando los señuelos de mierda no les funcionan, muchos medios recurren a los peores trucos para conseguir más clics. En España, últimamente, medios reputados se compran páginas web de servicios o ventas o juegos para sumar sus clics y aumentar la cifra general, o alquilan supuestos usuarios de redes sociales que les cliquean las notas, u otras manganetas donde, una vez más, el medio se vuelve fin: lo que debía ser instrumento de medida ya solo se mide a sí mismo. Y ofrece datos que todos los interesados simulan creer aunque saben que son falsos: una síntesis de tantos intercambios actuales.)

Todo avanza en esa dirección: la lógica del sesgo se ha impuesto en la mayoría de las radios y las redes sociales te dan para que tengas y las personas, entonces, se encierran cada vez más en sus propias opiniones. Se esconden en munditos donde todo les confirma lo que creen, donde nada les permite repensar las cosas, donde se mantiene ese círculo vicioso o virtuoso –cada vez me resulta más difícil distinguirlos– en que alguien lee algo que se parece a lo que piensa y encuentra argumentos para pensarlo más y entonces con más ahínco busca que le digan lo que piensa y con más argumentos lo piensa más y más. Quizá sea vicioso, al fin y al cabo: produce un atrincheramiento en uno mismo que sería, en el mejor de los casos, aburrido y en todos los demás bastante peligroso.

Los diarios, en cualquier caso, se hacen más y más tediosos: es muy difícil encontrar en ellos algo que no se parezca mucho a lo que ya dijeron, subidos al banquito. Y el proceso tiene, como es lógico, un corolario ridículo: ahora resulta que el espacio menos unívoco es la televisión. Sí, la televisión, el medio más entregado a los poderes, más comercial, más controlado, ha descubierto que “el debate” vende, y se llena de mesas donde personas confrontan posiciones. Con sus batallas de tertulianos/panelistas/opinadores varios, la diversidad se apoderó del medio monoverso. El nivel de la discusión suele ser modesto pero, comparado con la homogeneidad maciza de los medios “serios”, es un festival de la palabra y las ideas, un alarde de dimes y diretes, una kermés de democracia.

Aunque, con perdón y todo respeto: si eso es la democracia habrá que ir pensando en otra cosa.

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