cháchara

un cuarto –medio medio– propio

En el nombre del Padre 2

Martín Caparrós

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Capítulo 2

18.00-19.00 GMT

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A las 18.02 GMT no hay medio del mundo que no incluya en su página web la noticia del secuestro del papa. Algunos son prudentes y la presentan como un “rumor no confirmado”; la mayoría la despliega con tanta seguridad como falta de datos. Varios se jactan de haber sido el primero en ofrecer la noticia: como si no hubieran sido todos segundos ante Twitter.

La foto, en cualquier caso, está en todas las portadas; algunas la muestran junto a otras de Bergoglio, para comparación: no caben dudas. Las grandes cadenas de noticias se desesperan por una declaración del Vaticano pero no hay tutía: los maestros del silencio lo mantienen. El corresponsal de la NBC en Roma consigue hablar con un alto cargo de la policía italiana –con quien suele jugar al poker– para preguntarle si ya tienen alguna pista.

–¿Alguna pista sobre qué?

–Vamos, Manuzzio. Sobre el papa.

–¿Qué del papa? ¿Qué le pasa al papa? El papa está espléndido. No hay denuncia, no hay delito. Acá no pasa nada.

–Manuzzio, el mundo entero habla de eso.

–Sí, pero nosotros no somos una radio.

–¿De verdad?

Los insultos fueron variados, cariñosos, políglotas.

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Mara se ríe: debe censar y reseñar la masa de oportunistas que se están adjudicando el secuestro y las especulaciones de los medios sobre sus responsables –y mandar un informe a los Trece cada hora.

El batifondo es tremendo: los medios rebalsan. MasterHitch había insistido mucho en que, una vez lanzada la bomba, debían dejar pasar un rato sin más mensajes, sin aclaraciones, para que la noticia empezara a producir su propia dinámica. Durante ese tiempo nadie va a saber nada más y todos van a salir a hablar, les dijo. El viento no se oye, les dijo; solo hace ruido cuando mueve cosas.

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Lo que tantos pensaron –y, por pudor o miedo, callaron al principio– aparece por primera vez a las 17.42 GMT en un diario de Kentucky, firmado por un profesor de una escuela de negocios de Lexington, y enseguida lo reproducen cientos más: es evidente –decía el Lexington Ledger-Owl– que el responsable es un comando islámico, todo en la composición de la escena lo demuestra. Minutos más tarde, un comunicado firmado por los Hermanos Musulmanes y fechado “en algún lugar de Egipto”, dice que tienen al papa y no lo devolverán a menos que su presidente Morsi recupere la vida y el mando –y las familias de las 72.308 víctimas de la represión reciban dinero y un pedido de disculpas público, de rodillas, del tirano Al-Sisi.

La intervención de los egipcios tiene la suerte de ser la primera; de ahí en más llega la catarata.

Un comunicado recibido en el Bild, firmado por una Logia Eichmann de “ex compañeros de lucha” del papa Benedicto en sus años de mozo hitleriano, aclara que ellos todavía no tienen la capacidad logística para hacerlo pero que apoyan a sus autores, acusando a Bergoglio de haber orquestado la desgracia de su viejo camarada de armas.

Un diario de Buenos Aires, opositor, se pregunta si no habrán sido los compañeros de los curas asesinados por la dictadura argentina en la época en que Bergoglio era el superior de los jesuitas y –se decía– no había protegido a su rebaño: que estos montoneros en el gobierno son capaces de todo. Otro, oficialista, sugiere que podría tratarse de un grupo de militares nostálgicos de esa dictadura, que reprochan al religioso su traición a la causa. Y varios desmienten el raro rumor aparecido en la red sobre un golpe conjunto de Maradona y Messi, que habrían depuesto sus diferencias y actuado en conjunto para impedir que otro argentino se vuelva más famoso que ellos.

Mientras, en Italia, Il Manifesto dice que hay datos para pensar que la logia de los banqueros vaticanos, golpeada –o por lo menos no muy bien defendida– por el papa, estaría intentando reproducir con Francisco lo que ya hizo con Juan Pablo I. Solo que esta vez, para desalentar nuevos errores, quieren que sea público y notorio.

En esa línea, varios medios europeos creen saber que los secuestradores serían unos curas pedófilos asustados ante la posibilidad de tener que buscar la carne en otros bancos. La versión es obviamente disparatada, como se ve minutos más tarde cuando un Colectivo de Padres de Víctimas y Víctimos de la Incontinencia Católica emite un comunicado diciendo que lamenta el método pero que todos sabemos que así terminan los tibios: que, “como bien dice el Evangelio, el Señor los vomita”.

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Mara se ríe más y más, se regocija. Su gata se asusta, tiene un momento de zozobra.

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La primera reacción oficial viene del gobierno argentino: su vicepresidenta tuitea que está lista para mandar a sus muchachis a buscar al compatriota y que “esta salvajería demuestra una vez más la decadencia del First Mundo europeo, oquei?”. El gobierno italiano todavía no reacciona; algunos comentaristas dan cuenta de discusiones internas muy floridas. En Madrid, una lideresa de la derecha sudaca –o viceversa– supone que fue un comando indepe para obligar al religioso a aprender catalán para reemplazar al latín como lengua de Roma. Mientras tanto, corresponsales en Washington se inflaman diciendo que no queda claro por qué el gobierno local sigue negando la importancia del asunto. Un portavoz de la Casa Blanca desmiente, sin embargo, que Donald Trump haya dicho que el secuestro amerita postergar las elecciones.

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A las 18.40 GMT, MasterHitch le manda un mensaje privado diciéndole que vuelva a entrar al tweeter de Shakira para informar al público que, a partir de ese momento, hablarían a través del tweeter @PocoPaco. Mara le escribe que puede ser peligroso volver allí, que los pueden rastrear; Master le contesta que, si no quiere hacerlo, siempre puede retirarse –y rezarle a la virgen. Mara refunfuña, piensa –cinco segundos– en abrirse: ya no tiene sentido. Le gustaría saber quién es Master. Por ciertos errores de gramática le parece que el castellano no debe ser su lengua materna, y se pregunta por qué elige escribir en ese idioma. Hay momentos en que está segura de que es un hombre; en otros no puede creer que no sea una mujer. En todos está convencida de que es algo así como un genio. O un delirante, que en este caso puede ser lo mismo.

Mara pone todo el cuidado posible, pero sabe que juega con fuego: todos los controles deben estar concentrados en ese punto del cybermundo. Cruza los dedos, respira hondo, postea el tuit; cinco minutos más tarde, @PocoPaco tiene 2.383.407 seguidores – y se calla. A las 18.47 GMT el New York Times, el último mohicano, publica por fin la noticia en su portada. Lo hace prudente, cuidando sus espaldas y el final de sus espaldas: “El mundo sacudido por la noticia de un secuestro”, dice, y cuenta, distante, levemente escéptico, cómo una “información todavía no confirmada se está convirtiendo en una especie de psicodrama planetario” y aclara “que otras fuentes insisten en lo contrario” –pero reproduce la foto de Francisco atado. Que, ya a esta altura, ha cobrado vida propia: impresa en camisetas, bolsos, muros, colgada en mil balcones.

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La gata se acerca a la pantalla, lame la foto de Bergoglio atado. Mara no sabe bien cómo tomarlo.

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Mara está sobrepasada e impaciente. Recuerda aquella mañana, sus ocho o nueve años, cuando aprendía a andar en bicicleta. Iba despacio, se caía, despacio, se caía, hasta que pensó que la solución sería acelerar, y encaró una calle cuesta abajo; la cicatriz que le quedó en la frente es una idea de la vida –o más de una. Enciende un cigarrillo y piensa que el asunto se les está yendo de las manos, y entra al Hitch. Es una medida de emergencia: MasterHitch ha dejado claro que, por seguridad, cada integrante no puede hacerlo más de tres veces durante toda la operación –y que nunca debe haber más de cuatro integrantes chateando al mismo tiempo.

–¿No es hora de hacer algo?

–¿Algo?

–Publicar condiciones, publicar otra foto.

–No. Seguimos de continuo en el plan establecido.

Son las 18.59 GMT. MasterHitch, tan lacónico, quiere dar a sus huestes un toque de cariño:

–Tranquis, personas: lo estamos consiguiendo.

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……………………………………………………………(continuará mañana…)

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En voz alta:

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(Hace unos años publiqué, casi imperceptible, una primera versión de este pequeño relato de verano en El Periódico de Cataluña. Circuló muy poco, me dieron ganas de que volviera a circular.)

En el nombre del Padre

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Martín Caparrós

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Capítulo 1

17.00-18.00 GMT

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Mara vuelve a leer el borrador del tweet. Le parece impecable:

Tenemos al #PapaFrancisco; si no cumplen las condiciones, a las 20.59 GMT se va a ver si Su Jefe existe. No les quedan 4 horas”. Son 125 caracteres, suficiente espacio para que quienes lo retuiteen le agreguen sus cositas; son menos de 140, como en los buenos viejos tiempos. Es increíble que ya hasta el twitter tenga buenos viejos tiempos.

Y entonces le adjunta la foto: Jorge Bergoglio sentado en una silla de madera, pantalón corto negro y camiseta musculosa casi blanca, las piernas blancas flacas, las manos atadas por delante, y detrás, a sus lados, dos encapuchados; el de su izquierda con una mano sobre su hombro, el de su derecha con una tablet mostrando una captura de pantalla de CNN de esa misma mañana. El papa tiene los pies descalzos y la cara cansada, los ojos muy chiquitos ojerosos.

Mara repasa el texto una vez más, respira hondo. Hackear el tweet de Shakira –52 millones de seguidores, más que el Times, la CNN o el Barcelona– había sido un juego para ella. Se sonríe por última vez antes de apretar enter.

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Mara había dejado Buenos Aires en 2002, a sus 23, cansada de un país que daba vueltas en redondo; tenía ganas de cambio, los ojos casi verdes, el pelo según las estaciones, unas piernas que eran mucho más que dos. Cuando llegó a Barcelona, en plena burbuja, trabajó de camarera, mostradora de pisos, vendedora de móviles, paseadora de perros; después, en plena crisis, se inventó un oficio que sí le gustaba: lo llamó cazadora. Más y más gente sabía que si quería una canción, un dato, una película que no podía encontrar en internet debía pedírselo a Mara –o, más bien, a su alias, “Cartoneura”–: ella se lo localizaba y enviaba en minutos a cambio de unos euros.

Mara conocía la red –las dos redes– como si alguien pudiera. Y vivía allí; allí se encontraba con gente, allí charlaba y discutía, allí miraba, allí jugaba y se informaba, allí –cada vez más– tenía romance y sexo y despedidas. Allí acaba de recibir, a las 16.59, en el Hitch, el chat-room más secreto del mundo, la consigna que lleva días esperando:

“Ya es la hora de jugar con el tiempo”.

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Es el momento perfecto: la mitad del mundo sigue encerrada, cagada de miedo. Lo que Mara y los suyos solían hacer por elección, tantos millones lo están haciendo por puro terror –y se aburren: qué mejor que un papa secuestrado para entretener las horas de confinamiento y, sobre todo, para poder pensar que hay cosas peores.

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Alguien la había invitado al Hitch semanas antes: uno o una que se hacía llamar Kosa. La había conocido en un chat raro, donde se discutía cada día una cuestión puro capricho. Aquella noche de mayo la consigna proponía: “Si Dios hizo a los pájaros bobos, ¿hizo a algunos pájaros más bobos que otros?”. A Mara le gustaba enredarse en esas discusiones por el placer de la trifulca. Alguien dijo que qué se creían: que Dios, terrible dictador, no tenía por qué ser igualitario con los pájaros. Otro dijo que Dios, tremendo demagogo, no se iba a perder la oportunidad de posar de igualitario en un tema tan marginal como los pájaros. Hubo desvíos –que si los pájaros son marginales qué queda para los sudaneses, que si la demagogia necesita un público capaz de entenderla, que si todos somos pájaros más o menos plumes– pero Mara, que allí se llamaba Papusa, dijo que no creía que Dios quisiera mostrarse igualitario, ni siquiera con pájaros: Dios es un rey, no un presidente, dijo, no necesita simular. Le preguntaron: ¿Un presidente no es un rey temporario? No, un presidente es el bufón de una corona despareja, dijo. Y fue entonces cuando Kosa le pidió que pasaran a un privado.

–¿No crees que el mundo necesita un sacudón?

Le preguntó.

–¿Por qué uno solo?

Le contestó Mara-Papusa.

–¿Pero tú sabrías dárselo?

–Yo no doy, yo reclamo.

Los días siguientes Mara tuvo la sensación –y después la certeza– de que alguien estaba revolviendo su computadora. Tenía todo tipo de barreras y cortafuegos pero no alcanzaron. A la semana se encontró un documento en su word con las instrucciones para acceder al chat-room más escondido y encriptado que nunca había visto. Se llamaba Hitch como homenaje a Christopher Hitchens, que, a diferencia de Voltaire, no se rindió frente a la muerte: cruzó ateo. En las instrucciones le explicaban que la clave de encriptamiento era una frase suya: “El más allá está más acá que el más acá”. Y le pedían que se pusiera un nombre y se reuniera con los demás esa misma noche a las 22.45 GMT. Mara decidió que allí se llamaría Madama y que, ya que algo debía ser, sería la peor de todas.

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Mara piensa en la leche de su gata. No lo puede creer: ahora, la leche de la gata.

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Eran trece: los integrantes de Hitch eran trece y, con los días, se fueron dibujando afinidades entre ellos, casi grupos. Pero a veces una cuestión recomponía las alianzas y a veces no encontraban acuerdos y muchas otras se reconocían en los otros con placer; en todo caso, las discusiones se habían acabado esa mañana cuando los trece recibieron el mensaje de MasterHitch, tajante: “Todo a punto. A las 17.00 GMT, empieza el tiempo”. Mara tuvo un momento de zozobra.

MasterHitch les había explicado todo –todo lo que, les escribió, podía ser explicado– y había insistido en que la operación estaba perfectamente planificada, que no tenía fisuras, que no tenía peligros. Pero Mara sabe que se está metiendo en un asunto descomunal y que algo, por supuesto, podría fallar. Siempre puede.

–¿Y por qué él?

Había preguntado en uno de los chats. Y Master le contestó que nada sirve si no se explica solo, y Mara-Madama se había callado y se había dicho que claro, que nada se explicaba mejor, que el gran embaucador, el responsable de tanta oscuridad tantos engaños, el jefe de la organización más poderosa más arcaica, el que ahora le estaba dando una vida nueva cuando agonizaba, el que estaba convenciendo a tantos de que ya no era lo que era, que no seguía siendo una monarquía absoluta de derecho divino, la que siempre sostuvo a los tiranos, la que condenaba a tantos a vidas y muertes sin sentido, los infectados de sida por la prohibición de los preservativos, los homosexuales perseguidos, los chiquitos violados, los millones forzados a seguir reglas de otros. Y que, de últimas, demostrarían que ningún poder estaba a salvo: sí, con eso ya alcanzaba.

Y pensó que también debía participar porque era argentina y le tocaba eso que alguien llamó vergüenza nacional. La patria siempre es algo parecido a una vergüenza, pero esta era una forma más particular: esa rara reacción que hace que uno se haga cargo de lo que hacen las personas que nacieron a menos de mil kilómetros de casa. En este caso: que uno de los funcionarios más altos de la institución que más apoyó a los militares más asesinos ahora pasara por ejemplo de humildad, bondad, concordia.

Y, aún así, en esos días hubo un momento en que pensó en echarse atrás. Después se dijo que si ella no lo hacía lo haría otro y después que no hay razón más idiota que ésa y al final que sí que quería hacerlo: que no podía perderse esta oportunidad de sacudir el mundo.

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Está asustada, sorprendida, excitada como nunca antes.

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A las 17.08, Mara ve que hay un texto idéntico al suyo en inglés en el tweeter de Barack Obama, otro que debe ser el mismo en chino en el de Justin Bieber: entre los dos, cien millones de lectores inmediatos. “Tenemos al #PapaFrancisco; si no cumplen las condiciones, a las 20.59 GMT se va a ver si Su Jefe existe. No les quedan 4 horas”. El suyo –el de Shakira– ya tiene seis millones de retweets y los otros dos más de veinte; el tag #Kidnapped es trending topic absoluto; la red está saturada por la historia. Mara se imagina a todas esas personas mirando la foto y la enfrenta de nuevo. Hay algo en esos ojos: no es la mirada de un hombre aterrado sino perdido, abandonado: como dejado de la mano de Dios, piensa Mara y se ríe de su propia obviedad. Después piensa en millones pensando en esos ojos, en eso que nunca imaginaron: el secuestro de un papa. Mara respira hondo, se recuesta en su silla, se dice que de verdad supieron hacerlo.

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El mundo está empezando a ser distinto.

O demasiado parecido.

………………………………………………………………(continuará mañana…)

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En voz alta:

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.(Hace unos años publiqué, casi imperceptible, una primera versión de este pequeño relato de verano en El Periódico de Cataluña. Circuló muy poco, me dieron ganas de que volviera a circular.)

La guerra del cerdo

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En 1969 Adolfo Bioy Casares publicó una rara novela titulada Diario de la guerra del cerdo, donde grupos de jóvenes se dedicaban a matar viejos por las calles. Ahora, por suerte, no pasa nada de eso.

Martín Caparrós

Fue muy rápido: hace cuatro meses era una novedad extrema, lo inesperado y nunca visto, y ahora la pandemia ya tiene su historia, sus etapas, sus infinitos recuerdos y sus recuerdos infinitos. Pocas veces la humanidad tuvo que aprender tan rápido conductas tan distintas; pocas veces, es cierto, tuvimos tanto miedo.

Ya hay, entonces, revisionistas de la peste, gente que la entendió en minutos y que ahora, cuatro mil horas después, va entendiendo que entendió tan poco. Al principio hubo incluso imbéciles que escribieron que una de las grandes novedades de la plaga era su carácter igualitario: que atacaba por igual a ricos y pobres, poderosos e impotentes –solo porque se cebó en alguna gente a la que habitualmente estas cosas no les suceden: Johnson, Bolsonaro, Nkurunziza y otros negadores seriales, homicidas por omisión y por acción. Los poetas manejaron, por un momento, la justicia –pero no duró.

Aquellos expertos instantáneos –abundantes, autoconvocados– explicaron incluso que la pandemia nos mostraba que no había salvación individual: “En este mundo plano hemos aprendido lo que ya sabíamos: que todos dependemos de todos los demás. Los momentos fuertes de la historia son aquellos en que el destino no es individual sino común. O, mejor: esos momentos en que no hay forma de negar que el destino no es individual sino común.”

Había un problema: que un destino sea común no impide que cada quien lo enfrente con sus recursos individuales. Eso es, precisamente, la desigualdad.

Y la desigualdad empezó a manifestarse con fuerza, con brutalidad en casi todos los aspectos de la pandemia. Está, para empezar, la desigualdad fundamental entre los que tuvieron buena atención médica y los que no. La desigualdad de saber que si te enfermás tenés que ir a tentar la suerte a un hospital colmado y mal provisto o tenés “derecho” a una atención cuidada y moderna porque lo estás pagando –lo cual te da incluso la opción de reclamar, porque el cliente, a diferencia del ciudadano, siempre tiene razón.

Y está la desigualdad entre los que pueden darse el triste lujo de encerrarse –no trabajar o trabajar encerrados– y los que no, los que no comen si no salen a la calle a buscarse esa comida. Es decir: los que se aburren y se inquietan y se asustan pero saben que todo está en armarse de paciencia, y los que saben que si esto sigue así ya no saben más nada.

Y está la desigualdad de tener que confinarse cuatro o cinco en un piso de sesenta metros o siete u ocho en un ranchito o cuantos sean en una casa con jardín. Y la desigualdad de estar moderna y abundantemente conectado e informado o tener que enterarse de alguna cosa cada tanto, y vaya usté a saber.

Y la desigualdad de poder comprar las mascarillas y alcoholes y remedios necesarios, o no poder comprarlos. Y la desigualdad entre los que tienen que trabajar en contacto con personas –sanitarios, cajeros de supermercado, policías, choferes– y los que no. Y entre los que pueden convertir su trabajo en teletrabajo y los que no. Y entre los que pueden desplazarse seguros en sus propios coches y los que tienen que amontonarse en un transporte público, y hay tantas más diferencias y desigualdades y cada una de ellas tiene dos facetas: la desigualdad social, entre personas de distinta clase en un mismo país, y la desigualdad nacional, en que todos los habitantes de un país tienen ventajas sobre otros.

La desigualdad, entonces, aparece en tantos campos. Es lógico: vivimos en sociedades básicamente desiguales y es lo suyo que, tras la primera sacudida, todo se haya reacomodado para mantener los privilegios. Es eso que decíamos hace nada: la distancia social no es la solución, es el problema.

Pero hay un espacio de desigualdad que no esperábamos y que está, en estos días, entre los más violentos: la edad.

En los últimos días, en los países que están saliendo de la primera fase –y cayendo a patadas en esta segunda que no imaginábamos tan rápida–, los que están ejerciendo su derecho a la desigualdad, pilar y base de la ideología individual, son los jóvenes. El discurso es, como siempre, simple: como a mí no me mata no tengo por qué quedarme encerrado, yo entiendo todo eso de la solidaridad y lo ejerzo todo lo que puedo, pero no es justo que yo me tenga que joder por eso, así que yo también voy a vivir mi vida.

Dicen, poco más o menos. Ellos no creen en el coronavirus: se ha dicho tanto que ataca sobre todo a los viejos, que se sienten inmunes. Lo propio de la juventud es creerse inmortal; en este caso, además, sobran datos y expertos en datos que les dicen que ellos de esto no se mueren. Así que las discos y las playas y las casas y los parques se llenan de muchachas y muchachos que intentan recuperar sus vidas y, para eso, se acercan, se tocan, se contagian. De ahí, muchas veces, el virus pasa a otros parientes, mata a alguien.

Esos muchachos y muchachas deben saberlo, en principio lo saben, pero no piensan que sea tan cierto y, sobre todo, no quieren joderse. Ejercen su desigualdad con alegría, son un buen ejemplo: muchas veces la violencia es un descuido, algo que se hace sin querer, el ejercicio de un derecho. Muchas veces la violencia es más que nada no pensar: elegir no pensar, no pensar en pensar. Es, al fin y al cabo, lo mismo que hace cualquiera de nosotros cuando dice y bué, yo me como el chuletón, si total eso no cambia nada. O yo me meto esa raya, que si no lo hago igual seguirá habiendo narcos.

Solo que, en este caso, la relación es tanto más directa: se nota demasiado. Es una de las –pocas– ventajas de ese tsunami en que vivimos. El virus, de puro bruto, echa abajo decorados y telones, muestra tanto de lo que no queremos ver. El virus te deja sin olfato ni gusto pero te abre los ojos.

Lo más fácil, entonces, es cerrarlos en un santiamén.

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En voz alta

El paraíso más allá

Estoy terminando un libro que intenta contar y pensar cómo es ahora América Latina, y la migración es un tema central. Por eso estuve hace unos meses en Tecún Umán, una de las fronteras más trajinadas por los migrantes que intentan pasar de Guatemala a México -y de allí al paraíso norteamericano. .

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Martín Caparrós

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–¿Y si se tienen que volver?

–Yo no puedo volver.

–Bueno, si las cosas van mal…

–No, usted no me entendió.

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Tecún Umán es un pueblo caliente y chato y feo, casas de un piso o dos, las calles anchas para que el sol entre sin vueltas, un mercado sombrío, una plaza cuidada, su iglesia verde, sus templos, sus farmacias, sus triciclos para llevar personas y un exceso de casas de cambio: Tecún está al final de Guatemala, acorralado contra un río.

Sobre ese río hay un puente y a cada punta del puente hay una aduana, una oficina de migraciones, policías diversos. En una punta, Guatemala; en la otra, México. El río se llama Suchiate y, a esa altura, diez kilómetros de su desembocadura en el Pacífico, tiene unos cien metros de ancho y una corriente fuerte. Muy pocos lo atraviesan por el puente: unos 500 metros río arriba, a plena vista de policías y aduaneros, el tráfico de balsas de fortuna entre orilla y orilla nunca para.

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–No me entendió: lo que le digo es que no puedo volver: yo no tengo adónde volver. Atrás no tengo nada.

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Vivimos en estados: hay estados. No hay estados mucho más presentes, mucho más pesados que el de ese país que basa su idea de sí mismo en no darle mucho espacio al estado, ese país que los tiene unidos a su nombre. Y no hay muchos lugares –las cárceles, quizás, un regimiento– donde la presencia, el poder de un estado se manifieste más que en la frontera.

La frontera es el lugar donde un estado empieza: donde te dice de aquí p’allá estoy yo, donde te dice no te creas; donde te dice mando. La frontera es la primera línea de defensa y ataque de un estado. La frontera es un modelo de estos tiempos: una de esas creaciones arbitrarias, fruto de los poderes, que se empeñan en vendernos como algo natural, eterno. Otro efecto de la publicidad: de este lado estamos nosotros y allí, a unos metros, están ellos –y ellos son otros, radicalmente otros porque están unos metros más allá. Es sorprendente que la patraña de las patrias –la patriaña– sea tan poderosa como para convecernos de esa farsa.

Tecún Umán –este trozo de río– es uno de los puntos fuertes de las migraciones americanas. Por aquí pasaron, en 2018, las caravanas de migrantes que la prensa hizo –módicamente– famosas: aquí cientos de miles cruzaron el río en busca de otras vidas. Aquellas caravanas convirtieron la movida más individual –la migración– en un movimiento colectivo, tan político. Con política, entonces, reaccionaron los gobiernos de Estados Unidos y de México: más policías, más exclusión, más represión en las fronteras. Aquí, pese a eso, muchos lo intentan todavía.

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–Sí, por diez quetzales, jefe, diez.

El embarcadero son tres cuadras de costa sombreada de jacarandas, ficus, mangos, suelo de tierra y cachos de cemento, docenas y docenas de triciclos esperando, sus conductores esperando, dormitando, algunos puestos de comida; en los puestos las señoras cocinan, junto con las tortillas y el pollo frito, tallarines chinos. El calor es pegajoso, húmedo. Del otro lado del río, cien metros más allá, está México: más mangos, más cemento, más triciclos, más balsas, todo muy parecido. En el embarcadero todo se mueve todo el tiempo, entre sudor y gritos:

––¡Cámara, cámara!

Chillan los balseros para ofrecer el viaje, porque sus balsas son dos cámaras de ruedas de tractor unidas por unas tablas mal cuadradas: desechos industriales. En una balsa caben, de pie, unas quince personas, y el balsero la va llevando con una rama larga y dura que empuja contra el lecho del río, peleando la corriente. El tráfico es intenso. Hacia México salen mujeres con la bolsa de la compra, hombres recién bañados; de México llegan, sobre todo, pilas de cajas que amenazan con hundir las balsas: papel de baño, aceite, harina, huevos, coronitas, cereales, salchichas, pepsicolas –que allá están más baratos. También llegan, me dicen, otros productos menos inocentes. No hay, aquí, ni sombra de la policía.

–Sí, por diez lo llevo.

Diez quetzales es poco más de un dólar; el balsero es un muchacho de veinte años, flaco, descalzo, pantalones cortos, y le pregunto si puedo ir sin papeles; él me dice que está difícil, que la migra está dura.

–Ahí están, mire, ahí enfrente, entre los árboles.

Ahí están, del lado mexicano: unos soldados con uniforme de fajina verde claro. Los mandó hace unos meses el gobierno de la izquierda mexicana.

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(Hay algo irreal, casi hilarante, en ver cien metros de agua y saber que esa tierra que hay del otro lado es otro mundo, que usan otra moneda, siguen a otros jefes, gritan otros goles, y que tantos que quieren, de este lado, no consiguen entrar: tan allí mismo, tan lejano.)

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–¿Así que no hay manera?

–Sí que hay paso, cabal, un poco más arriba. Ahí arriba lo jalamos adonde usted quiera, fijo, sin problemas.

–¿Y eso cuánto me cuesta?

–Ciento cincuenta, vaya. Pero tiene que hablar con el jefe.

El jefe es un muchacho más robusto, su musculosa azul lavada, sus pies menos coriáceos. Tiene modos de jefe, imperativo; maneja varias balsas.

–¿Usted me puede pasar del otro lado?

–Cabal. Claro que puedo.

Me dice el jefe sin abrir la boca, sin mirarme. Le pregunto por cuánto y me dice que 250. Le digo que su balsero me dijo que eran 150. El jefe Huicho –me dice que se llama Huicho– lo silba desde lejos.

–¿Vos le dijiste 150?

El balsero hace sí con la cabeza; Huicho le lanza su mirada asesina.

–Llámeme cuando quiera y lo pasamos, patrón. Riesgo no hay ninguno.

–No, no sabemos cómo vamos a hacer. Qué vamos a saber, nosotros.

A él le faltan los dos dientes de adelante; ella tiene la cara redonda y puntiaguda al mismo tiempo; el bebé duerme y duerme, en su carrito, con el biberón en una mano y una pierna sobre los pasaportes de los tres, azules. Estamos sentados en sillas medio rotas en una especie de aula, paredes despintadas, unos santos y un Cristo en las paredes. Él –ahora, aquí– va a llamarse Jose y tiene 22 años; ella, Mari, 21; el bebe ya cumplió los diez meses. Jose tiene un bluyín todo rasgado, la camiseta que fue blanca; Mari, un pantalón corto negro y camiseta negra, las zapatillas a punto del desguace; el bebé, una pulsera en la muñeca izquierda para vencer el mal de ojo; los tres –padre, madre, hijo– son salvadoreños. Hasta hace poco él trabajaba en una fábrica de pan en un suburbio de San Salvador; como salía de madrugada, su patrón le había comprado una moto y se la iba descontando del sueldo; la moto, dice, llamó la atención de unos pandilleros de la mara 18.

–Entonces un día me mandaron con un niño un teléfono, que querían hablar conmigo, y me empezaron a interrogar que de dónde había sacado la moto. Y yo por miedo les dije la verdad… Al final me dijeron que les tenía que dar 75 dólares americanos, quincenal.

Era la mitad de su sueldo, me dice, y no podía, pero le dijeron que si no les daba esa cantidad se iban “a encargar de lo que más te duele, tu hijo y tu esposa, tu mujer”. Entonces empezó a pagarles; le mandaban niños a buscar el dinero, él entregaba.

–Pero después no soportamos más estar así. Y no podía decirles a los policías mire, tales me están extorsionando, porque los mismos policías se lo dicen a ellos, ellos les pagan para eso. Y había muchas balaceras, todo el tiempo había balaceras…

Jose suena intenso pero calmo, como quien ha pensado muchas veces sus palabras, como quien se ha contado su historia muchas veces. Entonces, dice, tomaron la decisión de emigrar, para darle a su hijo un futuro mejor, y se fueron a Belice, donde los dejaron entrar pero no trabajar, y tuvieron que volver a irse.

–No queríamos violar las leyes de ellos.

Dice Mari, que había estado callada. Y que cruzaron toda Guatemala hasta aquí pidiendo jalones y comida, dice Jose, y que ojalá puedan seguir:

–Yo lo que quiero ahora es llegar a México y estabilizarnos allá, conseguir un trabajo para poder sacar adelante a mi hijo, darle un buen futuro, que el día de mañana sea una buena persona en la vida, que no sea como nosotros, aquí, rodando… Y que no crezca en un lugar de violencia. Los niños son como una esponja, absorben todo…

–¿Y quieren seguir después para Estados Unidos?

Jose me mira y me sonríe, como quién dice quién no –pero se calla.

–Adonde Dios nos lleve, donde quiera llevarnos.

Dice su señora. Le pregunto dónde quieren ir en México y Jose me dice que no sabe, que no tiene idea:

–Sinceramente no sé nada. Vamos… a la nada, a lo que diga Dios, que nos prepare, sufrimiento, no sufrimiento, lo que Él quiera.

–¿Pero ahora van a tratar de cruzar?

Los dos bajan los ojos, como quien dice no hagas preguntas tontas. Yo les pregunto cómo piensan hacer, que el río no está fácil.

–No sabemos.

Dicen: no sabemos. Nos callamos. Jose mira el suelo:

–A veces uno se siente contra la espada y la pared. A veces uno llora porque no sabe cómo va a seguir, uno no sabe…

Dice, y que aquí están, sin saber cómo y dónde seguir, sin un centavo, sin un plan, en la Casa del Migrante de Tecún.

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La Casa del Migrante es un complejo de oficinas y bodegas pintadas de verde, patio de cemento, algunos árboles, un muro alto alrededor, en las afueras de Tecún Umán. La empezó, hace más de 25 años, un cura brasileño, el padre Ademar, de una orden italiana, los scalabrinianos, dedicada a trabajar con los migrantes; entonces levantaron sus primeras instalaciones en un terreno que las autoridades les entregaron y que había sido, antes, el basurero del pueblo: hay personas que no tienen inconsciente. Desde entonces ayudan fugitivos: ya pasaron por allí más de 200.000, en su viaje de ida esperanzado, en su viaje de vuelta rechazados. Aquí los reciben –máximo tres días–, les dan una cama, una ducha, un médico, un abogado, un psicólogo, una toalla, un consejo o un cepillo de dientes, según qué necesiten. No les dan, dicen, en cambio, servicios religiosos: aquí la forma de hablar de Dios es trabajar, ayudar a los otros, solía decir el cura fundador.

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En la Casa –en todo espacio de migrantes– hay historias de pobreza, de más pobreza, de parientes lejanos, de violencia familiar, de violencia pandillera, de violencia estatal; lo que las une es que, en estos días, en estos países, la migración aparece como la primera o segunda respuesta a los problemas: una opción tentadora para sobreponerse a la desgracia.

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O, peor: la única opción que se les ocurre para sobreponerse a la desgracia.

–Yo intenté, como todos, pero ya me he cansado.

Me dice, en el embarcadero, Julio, hondureño. Julio llegó hasta acá hace más de un año, cruzó a México, lo detuvieron, lo devolvieron de este lado. Sucede a menudo: nadie sabe exactamente cuántos llegan al destino; dicen que quizá sea la mitad; que la otra mitad se vuelve, rechazada. Por no hablar de los muertos, las violadas, los que se pierden para siempre. La migración es un camino hecho de dudas.

–Hay algunos que intentan varias veces, tres, cuatro veces, hasta que pasan o los matan o se cansan. Yo ya no quiero darle tantas vueltas.

Julio tiene 26 años, un bigote apenitas, el uniforme del embarcadero: el pantalón de fútbol, la camiseta sucia, la cachucha, las chanclas. Julio descarga cajas en la orilla, gana entre cincuenta y cien quetzales cada día, sobrevive. Cincuenta quetzales son seis dólares.

–Aquí no vivo mal, estoy tranquilo. Y veo a los que pasan, muertos de miedo, y más me quiero quedar de este lado.

Julio creció en San Pedro Sula. San Pedro supo ser la ciudad más violenta del mundo, pero él me dice que no vino por eso, que hay muchos que te dicen que es por eso y puede ser, pero que él no, él vino porque tenía su ambición.

–Yo salí para vivir mejor, pero no entendía qué era eso. Yo ahora aquí estoy bien, tengo un trabajo, voy pasando.

Me dice, y que la ambición es un pecado grave, pura vanidad: que si Dios te da lo que te da por algo será, que Él es el que sabe.

–¿Y hace mucho que estás acá?

–Sí, como tres meses.

Dice –no hay nada más variable que los tiempos– y después me dice que si estoy pensando en cruzar a México que vaya y hable con el Peto, ese muchacho de camiseta roja. El Peto también tiene veintitantos, su camiseta de los Bulls, la cara ancha, una sonrisa –pero me habla mirando de reojo a los costados, la voz baja:

–Mejor no vaya con el Huicho, que lo lleva para allá y después quién sabe.

El Peto tiene cara creíble, y hay advertencias que es mejor no ignorar.

–¿Entonces no voy a poder pasar?

–Sí, yo lo paso, pero por aquí mismo, sin problema.

–Pero si ahí enfrente está la migra.

–No se preocupe por la migra.

–¿Cómo que no me preocupe?

–Esos ya son cuates. Ya entendieron que nos tienen que dejar chambear. Si nos paran a todos los clientes, nosotros qué hacemos. Y ellos, también, qué hacen.

El Peto me explica que ya conoce a varios y arreglaron, que hoy hay uno de esos, que por 200 pesos vamos.

–Ni tenga pena, usted. Yo me adelanto, le doy sus pesitos y le digo a ese no, lo señalo, y usted pasa tranquilo.

Doscientos pesos mexicanos son diez dólares, poco más o menos.

La policía migratoria apareció en esta frontera a mediados de 2019, cuando el presidente Trump amenazó al presidente López Obrador con arancelar sus exportaciones si no lo hacía. El mexicano entendió todo. “Desde luego tenemos relaciones de hermandad con los pueblos de América Latina y El Caribe. Pero al mismo tiempo tenemos una relación económica, de cooperación y respeto mutuo con Estados Unidos y Canadá, y vamos a mantener esa relación por razones geopolíticas, económicas y también de amistad”, dijo poco después en una de sus conferencias mañaneras, para que todo quedara más claro: hermandad con esos pueblos, sí, pero con esos otros países –que no pueblos– la relación es económica.

El mexicano, entonces, dedicó unos 6.500 policías y militares a detener migrantes en la frontera Sur; en la frontera norte son dos o tres veces más –y el americano le agradeció varias veces su eficacia, y ahora acaba de invitarlo al jardín de su casa. Que la llamen la migra es casi un chiste cruel: durante décadas, la migra americana fue la pesadilla del migrante mexicano. Y, de todos modos, no está claro que esta migra sirva: el movimiento de migración no se detiene. Si no tiene más remedio, cambia; como el agua, va buscando las rendijas donde podrá colarse. Ahora muchos no pasan por aquí, me dice el señor Mario, el administrador de la Casa del Migrante, pero siguen pasando:  

–Si no los dejan pasar por aquí mismo, pasan más al norte, donde hay más delincuencia, o más al sur, donde los ríos son más peligrosos. De hecho, aquí, en la Casa, el 2018 atendimos a 8.000 migrantes y el 2019 van a ser más de 12.000. Esto no se detiene.

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El problema es que entonces los migrantes tienen que buscar los pasos más apartados, más difíciles: los que usan los narcos para mover mercadería. Y los narcos no quieren intrusos que llamen la atención, así que los rechazan –o los matan.

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Todavía en la Casa del Migrante, Jose, el salvadoreño, me cuenta que lo que le gusta más en la vida es ir en moto, que es su afición y su felicidad, que ojalá pueda. Y Mari, su esposa, me dice que ella llegó a noveno grado. Jose solo llegó hasta cuarto pero, dice, puede leer, escribir, sumar y multiplicar gracias a sus hermanos mayores que lo ayudaron en su casa –porque su padre murió cuando él tenía 10 años y él tuvo que salir a vender cositas por la calle.

–Ahí tuve que empezar a ganarme mi vida…

Entonces le pregunto a Mari por su familia, y titubea. Por un momento se queda callada; después me dice que con su familia tiene muchos problemas, que su hermana anda con un pandillero y que ya no los veía, que a su familia no le gusta que esté con Jose –y sigue vacilando, palabras sueltas como si quemaran. Algo pasa pero no entiendo qué; entonces él se cruza, en voz muy baja:

–La vida de ella ha sido crítica. Ella ha sufrido mucho…

Les pregunto por qué; él la mira y le dice que me lo cuenten, ella duda. Dice que no, que sí, que bueno, que mejor no, que bueno, y se siguen mirando: los silencios espesos. Al final se decide:

–Los pandilleros abusaron de mí.

Dice, llorando, y me cuenta que esa tarde, a sus 18, había salido de estudiar y ellos la agarraron y se la llevaron a un lugar y la tuvieron encerrada quince días. Habla a golpes, él le agarra la mano, yo no sé qué decirle. Mari, más lágrimas, dice que eran del barrio, que eran cinco, que ella era virgen todavía, que la tuvieron todo ese tiempo en un lugar que llamaban su casa de distroyer, que la dopaban con pastillas para que no pudiera defenderse y se tomaban drogas y más drogas y le hacían todo lo que querían, quince días, señor, quince días.

–En verdad, por eso nos fuimos. Lo que pasa es que no podemos ir diciéndolo. A veces las personas piensan que nos vamos porque queremos buscar otra buena vida; a veces uno no quiere dejar su país, pero a la fuerza lo tiene que dejar.

Dice él, y ella, entre sollozos, que no podía quedarse ahí:

–Yo no podía quedarme ahí, mi familia, la vergüenza, ellos que me iban a estar siempre encima… Cuando nació mi hijo anduvieron diciendo que el niño era de ellos, que querían llevárselo. Ahí fue que le dije vamos, que no nos quiten lo mejor, la vida del chiquito… Y encima mi mamá…

K. llora más y dice que su mamá dice que ella se entregó a ellos, que es una cualquiera.

–Por eso con mi familia, ahora…

Dice, y que en cambio cuando conoció a Jose, él entendió todo, la aceptó como era.

–Hay momentos en que ella dormida se mueve, sueña con eso, se despierta, son los momentos donde uno tiene que estar ahí…

Dice él, con toda la dulzura. Y que algún día van a mirar atrás y decirse que valió la pena sufrir todo esto, dice, y parece casi convencido.

Jose, Mari y el bebé –con otros nombres– siguieron su camino. Sé que al día siguiente cruzaron el río y entraron en México –pero no puedo decir cómo. No sé, en cambio, qué les pasó después. Quizá, ojalá, quién sabe, un día.

Ocho arrobas de España


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Martín Caparrós

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Hay un rey: en España hay un rey, como había hace 500 años, y algunos dicen que está bien que lo haya porque lo había hace 500 años. En España, hace 500 años, quemaban a los judíos y a los dudosos, encerraban a las mujeres por adúlteras, vendían personas en el mercado de la esquina y al que decía que la Tierra giraba alrededor del Sol lo metían preso. Y había un rey, como ahora, y algunos dicen que está bien. Aunque ahora, por ahora, haya dos, porque a uno lo echaron y pusieron al otro para ver si podían salvar la ropa –y la monarquía y, quién sabe, alguna cuenta suiza.

Hasta hace cinco años había uno solo: se llamaba Juan Carlos Borbón Borbón y estaba ahí porque lo había nombrado un militar que mató mucho y mandó tantos años, hasta que se murió. El señor Francisco Franco tenía el mérito dudoso de habérselo ganado con la sangre de cientos de miles; al señor Borbón Borbón le alcanzó con la suya. En esos días los poderosos españoles hicieron trampas para que España volviera a ser un reino y algunos lo celebraron y otros lo aceptaron porque creían que no quedaba más remedio y después se alegraron de tener ese rey, tan guapo tan alto chulo chachi.

Pero ahora dicen ay, ese hombre no era lo que creíamos –como si algún hombre fuera alguna vez lo que los otros creen. Y dicen ay, nos engañó, por no decir nos engañamos: durante cuatro décadas la mayoría de mis compatriotas españoles dijeron que la monarquía les gustaba más o menos pero ese hombre sí, ese rey que tenían. No pensaban en ideas, pensaban en señores; ahora, de pronto, descubren que a ése le gustaban las escopetas y matar y la plata y las rubias y se sorprenden y se asustan. Y ni así vuelven a las ideas.

Ahora, la tormenta de bosta de elefante que se abate sobre la monarquía española tiene que ver con que el rey emético se dejaba regalar dineros y los callaba y escondía. Si esto sigue así, el hombre va a caer a la Capone: por los impuestos. Pero allí donde los impuestos fueron el sustituto, un truco del extraño sistema legal americano, aquí serán reales. Que el ex rey les cobre unos cientos de millones a unos jeques árabes por hacerles de intermediario podría incluso ser simpático para muchos –aunque él ya cobrara millones del Estado por un trabajo que, si era algo, era eso: vender la marca España y otros productos españoles en el mundo. En cualquier caso, los que le daban los millones eran esos príncipes odiosos, opresores de mujeres y sponsors de terroristas, así que a quién le importa. Pero que el emético los recibiera en negro y los guardase en cuentas secretas en paraísos fiscales es muy diferente: al hacerlo estafó al Estado español, que él supuestamente encabezaba, a su propio estado, a sus propios súbditos o casi ciudadanos. Les robó el dinero que legítimamente debía contribuir por sus actividades –ilegales, pero actividades al fin–, y ahí su evasión se vuelve un delito antipático: no es bueno que a esta altura los reyes le sigan robando a su pueblo, queda feo. A más de uno, por menos, le rebanaron el cerebro.

Por eso, probablemente, caiga pronto. Y todo el esfuerzo de sus partidarios está en hacerlo caer solo: one for the team, decían los ingleses, que se inmole para que su hijo pueda seguir currando. Para eso, sus cortesanos deben convencer a todos de que el problema es ese hombre mayor, un poco reblandecido, y que alcanza con deshacerse de él. Insistir en que el problema es la persona, ocho arrobas de carnaza y agua.

Es un caso extremo de honestismo. El honestismo se define como la convicción de que la corrupción de los gobernantes es el problema central de una sociedad injusta y desigual, y por lo tanto las soluciones no deben ser políticas sino policiales. Aquí pasa tres cuartos de lo mismo: el problema de la monarquía no sería la monarquía sino un rey que roba. Es un signo de los tiempos: como no somos capaces de discutir ideas discutimos personas, conductas personales. Y robar suele estar mal, eso sí que lo sabemos todos.

Así que nos explican que todo fue un lamentable accidente, un tropezón, para que no pensemos que lo que hizo el ex rey fue ser consecuente con la idea de rey: la idea de que hay un señor que es único, que las leyes que legislan a todos los demás no pueden juzgarlo y que, por lo tanto, puede hacer lo que se le da la gana. El ex rey hizo lo que los reyes hacen; la diferencia es que, en sus buenos tiempos, las leyes estaban hechas para que pudieran hacerlo y ahora están hechas para que no se sepa.

Quedó feo: mató elefantitos, evadió los impuestos, se llevó millones, se los dio a la rubia, mintió mucho. En lugar de unas cuantas pesetas, el Borbón Borbón podría haber intentado conseguirse un buen lugar en la historia, pero los reyes, en general, no son gente ambiciosa: ya lo tienen todo antes de empezar, así que se conforman con poco. Por esa modestia se volvió molesto. Justo antes de que terminara de estallar el escándalo, su hijo rey trató de desmarcarse: le sacó el sueldo y dijo que renunciaba a su herencia –que, por supuesto, todavía no existía porque el otro sigue empecinadamente vivo. Lo hizo –aunque el tema llevaba un año en su escritorio– un día después de la declaración de la pandemia, cuando todos estábamos encerrados y encogidos, muertos de miedo de morirnos y sin ganas de pensar en esas cosas.

El rey nuevo entregó a su padre para intentar salvarse. Para lo cual precisa que sigamos creyendo esa ficción que pretende que los reyes sirven como símbolos de la nación y su unidad. Son, por lo menos, símbolos polvorientos. A lo largo de la historia, los símbolos se hicieron cada vez más abstractos: hace mil años una región era su conde o su señor o su califa, en algún momento pasó a ser sus ciudadanos, su bandera, su himno, su cultura, símbolos cada vez menos materiales, más simbólicos. En España, por alguna razón, parece que se precisan ocho arrobas. Como símbolo es pobre y viejo y un poco pesado. Pero bueno, aceptémoslo y hablemos de símbolos.

Es fuerte decidir que el símbolo de tu país debe ser un señor que simboliza que el mérito más importante, el que lo habilita para ser ese símbolo, es ser hijo de su papá: que el puesto más importante es hereditario, que no se necesita hacer mérito alguno porque lo que importa es el semen y el vientre. Y es fuerte decidir que ese símbolo simbolice que hay alguna(s) persona(s) que no están obligadas a cumplir la ley que todos los demás debemos cumplir, que hay personas que no deben rendir cuentas de sus actos, que hay personas que seguirán ocupando sus puestos hagan lo que hagan, que hay personas, en síntesis, que pueden hacer lo que se les cante sin que nadie les pueda cantar, personas que están por encima de todos los demás. Es difícil pensar que eso es un símbolo de una sociedad democrática. Pero eso es lo que simboliza un rey, y me sorprende que mi (otro) país, España, un país moderno, peleón, tan decidido, haya querido simbolizarse así.

Eso es lo que valdría la pena discutir: por qué se necesita un símbolo y, si se necesita, para simbolizar qué. No parece que vaya a suceder. Los grandes partidos tienen demasiado miedo del debate –y de todo lo demás: los grandes partidos tienen demasiado miedo. Se tragaron la monarquía cuando tenían razones para tener miedo: el dictador todavía se revolvía en su tumba y aceptaron su chantaje póstumo. Pero Franco lleva muerto casi medio siglo: ya podrían atreverse a discutir. Digo: a habilitar la discusión, a permitir que los españoles debatan y voten si quieren o no quieren ser simbolizados por ocho arrobas de carne tan pagada de sí misma, tan bien alimentada, tan puro privilegio.

Y entonces si acaso proclamar, por fin, que la España real no necesita reyes.

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En voz alta:

La distancia social

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Fotos Dani Yako

Textos Martín Caparrós

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.Buenos Aires, un barrio rico, julio 2020: las autoridades protegen a los ciudadanos del peligro del virus obligándolos a quedarse en sus casas. Algunos -muchos, demasiados- no tienen casas. Las autoridades se quedan en sus casas.

El remedio es antiguo. Es el mismo que usaban en Florencia en 1350, por ejemplo: encerrarse, los que pueden, donde puedan, para aislarse de todos los demás.

Ese remedio crea una realidad suplente: hacemos todo esto -aceptamos todo esto- para que no pase lo que podría pasar. Debemos, para eso, imaginarlo. No es fácil: imaginar nunca fue fácil, y nos hartamos rápido y preferimos revolear. Total, no pasa nada -porque hacemos todo esto, claro.

Tenemos elección: pese a todo, tenemos elección. Pero hay personas que no pueden encerrarse, no consiguen aislarse porque ya las aislamos tanto que las dejamos sin posibilidades: para ellas, aislarse no es una opción sino su estado permanente. Un estado gaseoso, Estado inútil.

Algunos llevan meses o años durmiendo en una calle porque no tienen casa. Otros lo hacen ahora porque van al centro a buscarse la vida –a mendigar, a cartonear, a cazar la moneda– que no consiguen encontrar en sus suburbios, y no tienen transporte para volver. Solo los esenciales pueden subirse a un colectivo. Ellos, se lo hemos dicho tanto, no lo son.

Sin casas, sin caras: su cara, como el resto, está escondido. Recuerdo tiempos en que gritábamos todos a la calle. Deseos tengas –maldecían los gitanos– y se cumplan.

Ayer hubo en la ciudad mil nuevos contagiados. Si alguno de estos hombres y mujeres se contagian probablemente no entren en las listas. No tienen seguro, pocas veces pueden llegar a un hospital, no siempre se creen con derechos, casi siempre se los negamos. Están aquí, pero aquí es otro sitio.

La distancia social no es la solución; es el problema.

No están en venta: nadie los compraría.

Pero seguimos comprando fruta vieja: siempre, en cada catástrofe, habrá algún hijo de puta para decir que toda crisis es una oportunidad y más clichés new age. Suelen ser tan tristes como éste: la crisis del comercio –el cierre del comercio– por la peste es la oportunidad para que algunos que no tienen dónde vivir, dónde ser lo que deben, se refugien unas cuantas noches. Toda crisis, ya sabemos, etcétera etcétera, y menos mal y mal de muchos y no hay mal que por bien y todas esas cosas. Dicen que hablar no cuesta nada.

A veces.

Ahora, dicen, contagia.

Y se podría suponer incluso cierta equivalencia: los trapos que tapan al sincasa, los papeles que tapan la vidriera. Es el mejor de los cuentos que nos venden: que la pandemia golpea a todos por igual, que nos iguala. No es ni siquiera un cuento chino.

La distancia social es el problema.

Con virus o sin virus, el problema.

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La pandemia está, se ve, en la calle.

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En voz alta

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Pura cháchara

Gracias, Liniers!


Martín Caparrós

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Hace unos días me fui del New York Times. Hoy empiezo a publicar en este espacio propio, chiquito, modesto, donde nadie me va a decir qué puedo escribir y qué no. Me parece que no hay nada más valioso –y, a veces, más difícil.

Estamos, como siempre, en un momento raro. Más allá de la confusión momentánea del virus, los diarios tradicionales, ya digitalizados, siguen buscando sus maneras. La mayoría cae presa de la lógica del rating: una nota importa menos por lo que ve que por cuántos la miran. Muchos medios se someten a esa dictadura del número, donde los que definen qué vale la pena publicar son los miles o millones que cliquean o no sobre un título más o menos engañoso: el Periodismo Clic. Por algo la palabra clic significó, durante siglos, la comitiva de lameculos que festejaban todas las ocurrencias de algún jefe –y ese sentido sigue vivo en la clica centroamericana, otro nombre de la banda mara.

Aquí, para lamer consumidores y anunciantes, las notas se vuelven cada vez más banales, cada vez más amarillas, cada vez más necesitadas de cariño; no pensadas para contar lo que creemos que debe ser contado sino la cantidad de lectores que las miran. Para lo cual abundan las preguntas en lugar de títulos, los títulos falaces, el chisme irrelevante, la sangre pegajosa: como si sus autores, que ahora llaman editores, asumieran que sus lectores son idiotas y que solo se interesarán por materiales ídem.

Por eso hemos dicho, tantas veces, que importa escribir contra el público –o, por lo menos, contra esa idea desdeñosa del público que se hacen muchos editores. Porque esa idea es eficaz: crea lo que imagina. Cuanta más mierda se les dé a las moscas, más querrán las moscas comer mierda –digo, para mostrar que no he olvidado mi francés. Más se acostumbrarán, más la pedirán: mejor, entonces, podrán cagarlos los que siempre lo han hecho.

Y que si alguna vez se dijo que hacer periodismo es contar lo que alguien no quiere que se sepa, ahora se puede suponer que hacer periodismo es contar lo que muchos no quieren saber. Escribir a favor del público, pero un público utópico, entendido como una legión de inteligencias exigentes, movilizadas. A favor de un público que quizá no exista, pero que solo puede llegar a existir si creemos que sí –y trabajamos para él.

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Muchos medios, muchos editores se debaten en este problema: ¿hacerlo bien o ganar plata? Y algunos de los más serios, de los mejor intencionados caen, creo, en una trampa para bisontes. Se ha difundido por el mundo –y, mucho, por Latinoamérica– cierto modelo de periodismo americano. Cada vez me apena más la influencia que alcanzó en nuestros países ese periodismo atildado, pasteurizado, tan seguro, tan satisfecho de sí mismo, tan bien afeitado que podríamos llamarlo Periodismo Gillette. Es ese periodismo que llega con ínfulas de superioridad moral porque les preguntan las cosas a dos o tres personas y balancean lo que dicen las unas y las otras y usan mucho la palabra fuente y, en general, escriben como si se aburrieran. Disculpe, señora Rosenberg, ¿usted qué opina del señor Hitler? Perdone, señor Hitler, ¿usted qué piensa de la señora Rosenberg?

Es un periodismo paranoico, donde los medios más copetudos ya no confían en los periodistas que contratan y les hacen fuck-checking, la famosa verificación de datos. Durante siglos se supuso que los periodistas trabajaban de conseguir información correcta; ahora sus jefes no lo creen –no les creen– y ponen a alguien a controlarlos. Se quejan de que no tienen dinero, echan gente con ganas pero se gastan lo que dicen que no tienen en seguridad: en paranoia. Es, con perdón de las camareras de los hoteles, lo mismo que hacen algunas cadenas cuando las obligan a limpiar de a dos cada habitación, para garantizar que cada una, al estar sola, no se tiente y robe. La práctica paranoica es coherente con este mundo de hipercontrol construido a partir de los miedos. Sería lógico que el ejemplo del periodismo se difundiera: que, por ejemplo, en cirugía se impusiera el cut-checking, donde un colega más bisoño vuelve a abrir al paciente para ver si el primero no se olvidó una gasa sucia o un pedacito de tumor.

Es, está claro, un periodismo elaborado en los Estados Unidos para ciertas características del pensamiento americano, con perdón del oxímoron. Un periodismo –¿un pensamiento?– que busca, básicamente, la verdad, porque cree que existe una verdad, porque viene de un país que cree en la verdad porque usa unos billetes que dicen que In God we trust, y quien confía en Dios se cree que existe la verdad: Una Verdad. Es la base de la conducta religiosa, contra los incrédulos que pensamos que no existe la verdad sino miradas, diversidad, conflicto. Que la verdad se aplica a hechos tan banales como dónde estaba usted ayer a las ocho menos cuarto –aquí o allá, no en tres lugares– o que si dijo digo no dijo diego, pero nunca a las cuestiones realmente complejas, las que importan, donde lo que hay, siempre, son relatos, visiones.

.(O se aplica, en su defecto, a las cuestiones definidas por la ley: si hay una ley que dice que no se puede conducir a más de 100 por hora, conducir a 104 contraviene esa ley. Si otra ley dice que las naranjas de una frutería son propiedad del dueño de la frutería, llevarse una naranja contraviene esa ley. Si otra dice que un funcionario público no debe obtener beneficios económicos de su puesto más allá de su sueldo, obtenerlos contraviene esa otra. Por lo cual el Periodismo Gillette se siente muy cómodo en ese terreno bien señalizado de la corrupción: hay una verdad visible, está muy claro cuándo algo es malo y cuándo no. En cambio, cuando ese mismo ministro decide gastar legítimamente la plata del Estado en una autopista en lugar de un hospital –tomar una decisión, hacer política–, ya no hay verdad; todo se vuelve cuestión de opiniones, de visiones del mundo: todo se complica.

Es la causa principal de esa tendencia a presentar la política como un relato policial: quién roba, quién no roba, quién es el culpable. La información poli-poli se ha asentado porque permite juzgar sin pensar: ciñéndose a las leyes que todos decimos aceptar. Allí el Periodismo Gillette hace su agosto, y es una mirada que sí comparte con el resto de la sociedad: lo que alguna vez llamamos honestismo.)

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Las escuelas de periodismo ofrecen el Periodismo Gillette como la forma canónica de hacerlo, igual que las escuelas de economía enseñan a sacar plusvalía y las de derecho a usar la ley en beneficio de los dueños. El P.G. sirve, antes que nada, para definir lo que es noticia: lo que pasa en el poder –político, más que nada, no vaya a ser– y sus alrededores. El P.G. decidió hace unas décadas que debía dedicarse a “fiscalizar el poder”, y se empeña en formar parte de él para vigilar sus errores y excesos. Honestista a fondo, se jacta sobre todo cuando consigue cargarse a un funcionario –sus gunners se van marcando ministros en las cachas– porque cree que esa es la mejor manera de purificar el sistema y conseguir que siga funcionando, pero se presenta como neutro: evita preguntarse si su trabajo no sirve, sobre todo, para mantener este sistema funcionando, y qué es este sistema, cómo y a quiénes beneficia, cómo y a quiénes condena.

Gracias a esa política de mantenimiento del poder constituido, el Periodismo Gillette funciona en diálogo permanente con los demás poderes constituidos, los gobiernos que le cuentan sus cositas, los políticos que le entregan a sus compañeros en desgracia, los empresarios que le compran sus buenas voluntades, los riquísimos que –incluso– lo subvencionan para lavar sus conciencias y, sobre todo, para ayudar a que ese sistema que los hizo riquísimos no se desmorone.

Sus medios y sus periodistas, mientras tanto, condenan a esos colegas que llaman activistas porque muestran “una ideología”. Así postulan que lo que ellos despliegan no es ideología: defender la economía de mercado y la propiedad privada y la delegación del poder no lo es; eso es pelear por la verdad, la libertad, la democracia, todo eso que no se puede cuestionar.

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Pero, mientras tanto, el Periodismo Gillette y el Periodismo Clic –¿quién no oyó hacer clic a una gillette?–, ambos dos, están perdiendo el monopolio. Hasta hace unos años quien quisiera difundir una noticia, una opinión, dependía de ellos: ellos tenían el papel, las imprentas, los circuitos de distribución, la plata; sin ellos no había forma de circular palabra escrita. Ya no: ahora el intermediario diario no es indispensable. Puede seguir funcionando como garantía de cierto cuidado: si Juan Pepe publica sus palabras por ahí sueltas muchos podrían no creerle; en cambio, si Juan Pepe las publica en tal o cual medio, entonces sí. Pero para un periodista con algún recorrido esa legitimación no es indispensable; los medios, ahora, en general, se necesitan como gerencia de recursos: oficinas que recauden el dinero necesario para trabajar, para vivir de ellos. Nada que no se pueda reemplazar con cierto esfuerzo.

Así que muchos medios se preocupan. Están en crisis y, como mantienen algún poder de difusión, nos quieren convencer de que su crisis es la crisis del periodismo. Nada más falaz: en muchos lugares, de muchas formas, se está haciendo muy buen periodismo; a menudo, no se publica en los grandes periódicos. Yo acabo de salir de uno porque no quería seguir haciendo lo que tuve que hacer demasiadas veces en mi vida: pelearme con editores que ejercían su pequeño poder para tratar de mantenerme dentro de sus estrechísimos esquemas. Siempre me interesó, dentro de mis estrechísimas posibilidades, romper esos esquemas, buscar formas.

Así que ahora volveré a hacer algo que los periodistas sudacas conocemos bien: trabajar por nuestra cuenta y riesgo, invertir horas y esfuerzos en hacer lo que nos interesa más allá de que, en principio, no haya quien lo pague. Digo: trabajando en otras cosas para poder trabajar en las cosas que nos importan. Así trabajé tantos años; así se hace, todavía, mucho del mejor periodismo.

Ahora, entonces, quiero armarme un lugar donde no tenga excusas: donde pueda pensar y publicar lo que quiera, donde pueda acompañar y jalear esa búsqueda, aprender, participar. Cháchara, entonces, ahora: medio medio, un cuarto propio. Aquí publicaré/subiré, de ahora en más, lo que se me cante. Una columna, una crónica, un poema en arameo –ojalá un poema en arameo–, fotos propias y ajenas, un comentario breve, los dibujitos de un amigo, los desastres de Messi, un video si me atrevo, lo que pueda. Supongo que lo haré por lo menos una vez por semana; a veces será más. Y, cuando lea o vea por ahí cosas que me interesen, también lo registraré en la columna del costado, por si les interesa a otros. Y a veces, ojalá, invitaré a algún amigo.

Esta es su casa de usted, como dicen los mejicanos, porque es mi casa de mí: un lugar para andar a sus anchas, a nuestras anchas. Así que aquí nos veremos, espero, sin regularidad, sin garantías: cháchara, pura cháchara. Por alguna razón, la palabra cháchara se usa mucho unida a la palabra pura; es otro infundio que, de ahora en más, voy a tratar de desmentir.


En voz alta

 

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(Y muchas muchas gracias a Paty Godoy y Pere Ortín por su ayuda para armar este espacio)

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