cháchara

un cuarto –medio medio– propio

El rey desnudo

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Martín Caparrós

Ustedes mírenlo, o incluso mirenló: es un señor bajito con una barba casi roja, la nariz prominente, ojitos vivos y una camiseta que ayer era amarilla pero puede ser negra o blaugrana o rosita, siempre un número diez. Ustedes mírenlo con el candor, el desprejuicio de aquel chico del cuento de Andersen: miren lo que hace. Miren cuántos pases –no toques para atrás– suyos llegan a sus compañeros; miren cuántas de sus gambetas no rebotan; miren cuántos de sus tiros al arco van al arco. Mírenlo con cuidado, sin prejuicios: la mitad de sus pases no llega a su destino; más de la mitad de sus gambetas muere en los pies de un adversario; sus tiros al arco no llegan al arco. Mírenlo: ese señor bajito trata de hacer las cosas que antes hacía Messi y no le salen. No es que no queramos decirlo; tratamos de no verlo. Pero mírenlo, mirenló: el rey está desnudo.

Es cierto que juega en un equipo mediocre. El Barcelona es un equipo mediocre y lleva un tiempo siéndolo: la gran diferencia entre aquella mediocridad y esta es, por supuesto, Leo Messi.

(El Barcelona empezó a ser un equipo mediocre cuando entregó su orgullo. ¿Ustedes recuerdan que en ese Barcelona que supo ser –yo lo creo– el mejor equipo de la historia no había ni un Rakitic ni un Pianic ni un Vidal? Ese equipo no soportaba esa lacra que llaman un “volante de marca” o “mediocampista de lucha” o como quiera que se intitule ese barullero que los técnicos ponen ahí para calmar sus miedos. El Barcelona no lo tuvo; en ese mediocampo extraordinario lo más parecido a eso era un señor Sergio Busquets, la elegancia larguirucha hecha persona. Después, parece, se asustaron.)

Messi, entonces, juega en un equipo mediocre pero esa es la constante de hace años: no obstaba para que siguiera siendo, de lejos, el mejor. Yo lo creo: Messi es el mejor jugador que ví en mi vida –mejor incluso, me duele, que Juan Román Riquelme. Y siempre hizo lo que hizo porque creía que podía hacer lo que nadie podía. Es curioso ver a esa gente que se cree mejor que los demás. Es irritante y deslumbrante y es la condición –necesaria pero no suficiente– para ser radicalmente mejor que los demás. Nadie puede ser un artista –en el campo que sea– si no se cree un artista.

Millones se lo creen, muy pocos lo son; Messi se lo creía y lo era. Creérselo era su mejor arma, porque podía y lo hacía. Ahora, que no puede, es su peor debilidad: lo que le hace perder tantas pelotas, la paciencia. Ahora es –tan triste– un señor bajito que se cree Leo Messi y trata de hacer cosas que solo Messi podría, y él ya no.

Verlo jugar era el goce más puro; ahora duele. Duele verlo, más bien, tratando de jugar. Duele, casi siempre, enfrentarse con las impotencias; duele más cuando las sufre alguien que nunca las sufrió. Messi ahora las sufre y se está dando cuenta. Yo creo –cada vez más creo– que él lo sabe: que lo va notando, que va entendiendo poco a poco que no es que tenga una mala tarde o una mala semana: que ya no es el que era. Yo creo que lo sabe: se lo ve enfurruñado, se cae al menor roce, protesta al juez, protesta a dios, protesta a todo el mundo, se protesta. No goza de jugar: le duele.

Y verlo, digo, duele, y no solo por él: duele por todos. Messi sabía suspender el tiempo; ahora, en cambio, es la evidencia de que el tiempo pasa. Es la vejez explotándote en la cara: algo que estaba ya no está. Esa ausencia provee una definición posible: la vejez llega cuando intentás hacer eso que hiciste siempre y no te sale. Cuando te falta la concentración o la fuerza o la velocidad o la claridad, y no te sale. Lo peor de la vejez sería, entonces, la necedad de seguir haciendo lo mismo cuando ya no se puede. Digo Messi, digo usted, yo, cualquiera.

(El rey, en realidad, está viejo. Y desnudo por viejo, que también.)

Tras la rabia, la tristeza de la aceptación: la adaptación a uno mismo cuando uno se vuelve tan distinto de uno. Aprender a ser ése, reconocerse en él, resignarse a ser él; no es fácil, pero por suerte no tiene remedio. Hablemos de Messi, que es más simple: para él, imagino, la solución sería que entendiera, que dejara de hacer las cosas que ya no puede y empezara a hacer otras. Que dedicara su enorme talento futbolístico a ser este viejo que ahora empieza a ser: que se parara más atrás y repartiera juego, que se parara más adelante y pescara rebotes, que repensara sus lugares –pero que no se empecinara en ser quien ya no es, seguir siendo el que fue. Eso, digo, para Messi, que siempre fue un privilegiado. Para usté y para mí, mi querido, es más difícil.

Por la peste

D.Y.

Fotos: Dani Yako

Epígrafes: Martín Caparrós

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Mi amigo Dani Yako, que ya ha pasado por estas ¿páginas?, es un gran fotógrafo. Es, también, un gran neurótico: se ha pasado su casi medio siglo de profesión despotricando contra cualquier tecnología más o menos nueva, fiel a su leica y sus negativos blanco y negro y sus copias de artesano, papel y celuloide y el olor de esos líquidos mágicos.

Por eso todavía conserva sus máquinas y su laboratorio, un lugar no muy lejos de su casa donde iba a trabajar casi todos los días. Pero la pandemia, como a todos, lo atacó y le hizo un daño que quizá sea un favor: encerrado, no tuvo más remedio que usar su teléfono para registrar y contar lo que veía, lo que vivía en ese mundo breve.

Durante más de seis meses de encierro Yako mandó a sus amigos, cada día, una foto que lo sintetizaba. Yako siempre trabajó en blanco y negro; estas eran en color. Yako siempre buscó un realismo despiadado; estas solían ser abstractas. Yako, queda dicho, siempre usó celuloide y papeles; estas son puro digital.

La pandemia nos está cambiando de formas que no sabemos, que no podemos todavía calibrar. Uno de esos cambios –un pequeño paso para la humanidad, uno tan grande para Yako– es este, estas fotos totalmente inesperadas con las que fue contando y pensando el encierro, la asfixia de no poder hacer lo que sabíamos: en esa traba había una puerta.

La traba era la puerta.

Yako la abrió –y esas fotos, las 200 y pico, serán seguramente un libro, uno de los relatos más sugerentes de estos meses que todavía no terminaron, que no nos terminaron, que ahora empezamos a contar. Estas fotos son un relato de este tiempo y son, también, una metáfora de algo: la fuerza de ese instinto que nos lleva a buscar, cuando no encontramos lo habitual, lo que no habíamos pensado todavía, lo que no queríamos pensar.

No solemos hacerlo: nuestras vidas funcionan sin eso. Pero un tsunami como la peste nos devuelve la necesidad y reaparece: ese impulso tan raro es, al fin y al cabo, lo que nos hizo hombres.

Hacer lo que no hacíamos, salir de los encierros.

Abrir los ojos, caminar a ciegas.

Buscar entre las sombras, exponerse:

caer si acaso.

O no caer y ser

ligeramente otro, ser

lo que antes no, ser

sin saber: caer.

Hacerse en la caída.

La decisión de Pfizer

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Martín Caparrós

En el mundo hay un señor que se llama Albert Bourla y yo, hasta hace media hora, no sabía. Usted tampoco, me imagino.

El señor Albert Bourla tiene 59 años y nació en Tesalónica o Salónica, que viene a ser lo mismo, de una vieja familia ladina; allí estudió veterinaria y biotecnología y se casó y hace 27 años, a sus 32, entró a trabajar en un laboratorio de una farmacéutica que se llamaba Pfizer.

Pfizer Inc. ya era una de las mayores corporaciones farmacéuticas del mundo. Basada en Nueva York desde que la fundaron dos primos alemanes en 1849, fue creciendo a fuerza de comprar competidoras y vender medicinas: el yodo, el alcanfor, la penicilina, la terramicina, la atorvastatina y tantos más –y, siempre listo, el viagra. Por eso hoy tiene unos 90.000 empleados e ingresos anuales de más de 50.000 millones de dólares, el PBI de –digamos– Uruguay o Costa Rica.

El señor Bourla había encontrado su lugar: allí persistió y prosperó, mejoró sus destinos y sus cargos y por fin, el 1 de enero de 2019, fue nombrado presidente y CEO. El señor Bourla es un hombre con pelo oscuro, ojos oscuros, cara ¡común que pocos mirarían dos veces. Hace unos días el señor Bourla tomó una decisión. O, por lo menos, le puso la cara.

Nos gusta pensar que hay leyes y estructuras que modelan el mundo por encima de los individuos. La pandemia demostró, entre otras cosas, que todo eso que imaginábamos tan sólido se puede derrumbar ante el soplido de un microorganismo. Y, ahora, sus ecos nos vuelven a mostrar que un hombre o dos pueden ser decisivos. Bourla, digamos, por ejemplo. O no, cómo saberlo. Hay periodismos que se basan en afirmar lo que se ignora; a mí me gusta el que se centra en cuestionar lo que se sabe y, si acaso, intentar entender eso que no: especular, jugar, pensar un poco.

Nadie sabe si fue realmente el señor Albert Bourla el que decidió que su compañía, la farmacéutica Pfizer, anunciaría el éxito de su vacuna contra el coronavirus este lunes 9 de noviembre. Pero sí que la fecha de ese anuncio fue crucial: que, hecho cinco días antes, podría haber cambiado las elecciones norteamericanas –y que, hecho cinco días después, las cambió en sentido inverso.

Las cuentas son más o menos evidentes. Las encuestas a pie de urna mostraron que el futuro ex presidente Trump perdió millones de votos por la pandemia, de dos maneras distintas y complementarias. Muchos ciudadanos le reprochaban su manejo descuidado y optimista de la peste, sus anuncios de que para noviembre todo se iría solucionando. Y, más en general, la pandemia neutralizó su mejor carta electoral: la mejora de su economía. Si el anuncio de la vacuna de Pfizer –y la euforia financiera y social que está produciendo– hubiera llegado unos días antes, habría funcionado muy a favor de Donald Trump: mejora económica inmediata, “cumplimiento” de sus plazos terapéuticos. Lo habrían votado mucho más; se puede llegar a suponer que podría incluso haber ganado. Pero alguien –¿el señor Bourla?– decidió esperar cinco días más y hacer su anuncio cuando la suerte del bufón ya estaba echada.

La compañía lo justificó sin mucho énfasis: que fue porque recién ahora llegaron a un cierto número de casos en estudio. El País cuenta como al pasar que «estaba acordado de antemano que este comité analizaría los resultados al llegar a una especie de meta volante: 62 personas infectadas. Al final esa meta se sobrepasó y la efectividad se basa en los datos acumulados hasta que se alcanzaron 94 infectados». O sea: que demoraron unos días el anuncio.

La duda intriga: ¿cómo se tomará una decisión así, con tales consecuencias? ¿Se reunirán los grandes accionistas entre paneles de boiserie y sillones de cuero, whisky de 30 años, y evaluarán los pros y los contras, las perspectivas de ganancia, las simpatías personales? ¿Habrá un llamado de alguien más poderoso todavía? ¿Un operador de un candidato cortejando y preparando el terreno semanas y semanas hasta la victoria final? ¿Uno del otro cortejando y preparando el terreno semanas y semanas hasta la derrota catastrófica? ¿Una revelación inesperada y una noche de insomnio? ¿Algún asunto de conciencia? ¿Una mujer fatal, un hombre musculoso, un par de fotos? ¿Algún negocio enorme oculto? ¿Un recuerdo infantil del señor Bourla?

Nosotros, mortales de toda mortalidad, no tenemos ni puta idea –por más películas y series que hayamos visto– de cuáles fueron esos mecanismos; sus consecuencias, en cambio, están muy claras.

(Para agregarle misterio a los misterios, ahora se supo que este mismo lunes el señor Bourla vendió la mayoría de sus acciones en la compañía. Parece que tenía prevista esa venta en esa fecha desde agosto –pero el anuncio, por supuesto, no. Sería gracioso que el señor haya cambiado la historia de estos años como efecto colateral de un negocito.)

El señor Bourla, en cualquier caso, es la cara de un aparato tanto más pesado, cuya intervención –o no intervención– fue decisiva para las elecciones norteamericanas y, por lo tanto, para el mundo. Más allá de los detalles inasibles, lo decidieron en esos despachos –o restaurantes tres estrellas o bunkers cuatro o dormitorios cinco– unos pocos señores riquísimos que, una vez más, ejercieron su poder, en el sentido más estricto: poder pensar poder hacer poder poder, la potestad de torcer rumbos.

Solemos hablar de la influencia de las grandes corporaciones en el mundo global; esa influencia también consiste en que no sepamos imaginarla, verla. Este caso la muestra tan extrema: unos señores que nadie conoce ni eligió tuvieron bruto peso en las elecciones de la gran democracia. La próxima vez que precisemos un ejemplo de cómo una gran corporación puede cambiar tendencias, el Caso Pfizer será uno casi exagerado, demasiado obvio. Pero va a servir para entender –si alguien no lo entendía– que de verdad tenemos un problema.

Salud, Pino

.Martín Caparrós

La pasó bien. Lo primero que se me ocurre pensar cuando veo que se murió es eso: que la pasó bien. Es curioso que en esa frase habitual sobre el placer esté la idea de pasado: la pasó bien –sí, pero pasó.

Pino Solanas, creo, la pasó bien. Vivió 84 años, hizo cosas que quiso, lo quisieron. Tocaba el piano, escribía, comía y bebía, seducía, hacía películas: algunas de esas películas fueron originales, algunas tuvieron mucho público, algunas fueron originales y tuvieron mucho público. Y algunas fueron, un poco más allá, la prueba de que lo que le importaba de verdad era hacerlas: las últimas, tan radicalmente políticas. La política fue un eje de su vida: fue diputado, senador, candidato a otras cosas; se podría pensar que no consiguió mucho, pero en eso consiste la política: el arte de buscar, seguir buscando.

Mis primeros recuerdos de Pino son políticos: año ’70, quizá, ’69, dictadura de algún general y esas tardes de sábado en que íbamos, coche de mi padre, a algún suburbio perdido, alguna villa, a proyectar en un ranchito o capilla o club de barrio su primera película. “La Hora de los hornos marca la aparición de un cine político completamente diferente de todo lo que conocimos hasta ahora”, había dicho Le Monde cuando su estreno en Francia, en cines de verdad, un año antes. Pero esto era la Argentina y eran tiempos de clandestinidad y aparatos muy grandes: un proyector de 16 milímetros era mayor que muchos hornos, pero lo llevábamos en un secreto raro y servía para mostrar esa película que terminaba con varios minutos de la cara de Guevara muerto y la resolución de los espectadores de hacer lo necesario. Yo tenía 12, 13 años y también quería, y recuerdo con un escalofrío la mañana lluviosa en que los acompañé –siempre el Torino de mi padre– a recorrer Buenos Aires desierta por una huelga general y Pino en el asiento de atrás, casi acostado, filmándola con su cámara escondida.

Después vinieron esos años tan cacareados, los Setentas. Como otros intelectuales y artistas de izquierda, Pino se volvió muy peronista –sin por eso dejar de ser de Olivos. Era elegante, risueño, gustaba y lo sabía; sabía ser muy simpático, podía ser antipático. En esos años me lo cruzaba con frecuencia; yo era un chico y él un hombre conocido; a mí me daba orgullo conocerlo y que él me saludara. Él era entonces, seguía siendo, muy amigo de mi padre y yo era, entonces, para él, un sobrino lejano; nos acercamos unos años después, ya en París, ya en el exilio.

Yo tenía casi 20 años y quería hacer cine; Pino tenía 40 –recién ahora me doy cuenta de que la diferencia no era, al fin y al cabo, tanta– y lo hacía y precisaba un ayudante. Me “contrató”: durante un año o dos fui todos los días a trabajar con él –en su departamento del boulevard Beaumarchais, cerca de la Bastilla. Pino estaba preparando una película sobre la vida de Miguel Hernández, el gran poeta español, y yo lo ayudaba con las búsquedas, pasaba en limpio sus borradores de guión, los traducía al francés –y esperaba ansioso que empezara el rodaje. Mientras, ir a su casa era un placer: Pino vivía con Chunchuna Villafañe y las dos hijas de ella, Inés y Juana Molina adolescentes, y Juan Diego y Victoria, sus hijos, por supuesto. Yo me había vuelto, entonces, un sobrino cercano, rara la noche en que no me quedaba a cenar: fideos, muchas veces.

Ya faltaba poco para empezar con la película –donde yo sería su asistente y seguiría aprendiendo mi futuro oficio. El contrato que Pino había hecho con los herederos –la viuda y el hijo de Miguel Hernández– por los derechos de autor de los poemas que incluiría en la película establecía unos royalties por cantidad de espectadores y lo obligaba a mandarles el guión para que lo aprobaran. En la primavera del ’79 Josefina Manresa escribió para decir que ya lo había mirado, que quería que Pino fuera a verla. Fuimos en un citroën 2CV que, con el viento a favor, conseguía llegar a los 90 kilómetros por hora –con viento en contra no pasaba de 50–, pero comíamos y bebíamos con gusto.

Paramos primero en Orihuela para filmar –bajo la lluvia, con otra cámara de mano– una procesión de Semana Santa para incluir en la película; después, por fin, fuimos a ver a la familia del poeta. La viuda vivía en uno de esos edificios de ladrillo visto con que el franquismo arruinó las ciudades españolas en los años 60: calle de los Desamparados, Elche. Era una mujer chiquita vestida de negro que, tras abrirnos, volvió a su asiento y su tejido; en la pared justo detrás un afiche reproducía un poema que su marido le había escrito en la guerra: “Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,/ esposa de mi piel, gran trago de mi vida,/ tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos/ de cierva concebida” –decía, y parecía imposible que esa morena fuera ella. Más, cuando empezó a hablar: sacó el guión que Pino le había mandado para su revisión y, seria, seca, le mostró cómo había tachado todas las escenas donde había siquiera un roce de manos entre “ella” –en la película, Ángela Molina– y “él” –José Luis Gómez. Pino no sabía qué decir: la película, así, no podría hacerse.

Fue entonces cuando llegó el otro heredero: Miguel Hernández Manresa, el protagonista de las Nanas de la Cebolla –“En la cuna del hambre/ mi niño estaba./ Con sangre de cebolla/ se amamantaba”–, era un macarra de treinta y tantos años y pantalón de terciopelo, camisa abierta sobre el pecho, botas con puntas de metal, mucha gomina. En cuanto entró entendió lo que pasaba; le dijo a Pino que quería decirle algo y se lo llevó a un rincón del saloncito; yo los seguí en silencio.

–No hagáis caso a mi madre, ya está muy mayor. No, lo que tenéis que hacer en la película es poner mucha tía en pelotas, para que vaya gente al cine…

Dijo, y después nos invitó a cenar. Durante días comentamos que la historia que había que filmar no era la del poeta sino, quizá, la de su descendencia. La película, al final, no se hizo: el productor español se retiró a último momento y casi dos años de trabajo se fueron a los caños. Fue la primera gran lección que me dio Pino: el cine es un arte demasiado dependiente –y unas hojas de papel no te las quita nadie: yo, entonces, decidí dedicarme a la escritura. Fue, de algún modo, culpa suya.

Pero Pino nunca se rindió. Un par de años más tarde me volvió a convocar: yo ya vivía en Madrid cuando me pidió que fuera a París dos o tres meses para un intento casi desesperado. Había que escribir, en ese tiempo, un guión de una película para presentarlo a no recuerdo qué premio francés que le daría la posibilidad de producirla. Había que hacerlo rápido: Pino armó una armada Brancaleone formada por Carlos del Peral, un compositor y escritor de peso en los ‘60, y él y yo. Nos instalamos en su departamento muy vacío: Chunchuna y las chicas se habían ido y no quedaban casi muebles. Carlos y yo dormíamos en dos cuartos desnudos, colchones en el suelo, y trabajábamos trece o catorce horas por día: era tan parecido a un taller clandestino, salvo por la alegría. Cada mañana Pino nos contaba sus ideas de escenas –que, muchas veces, estaban teñidas por su separación tan reciente– y entonces Carlos las escribía, yo las traducía, él las revisaba y reescribía. Así, el guión estuvo listo a tiempo –pero tuvo que esperar unos años para convertirse, con modificaciones, en El exilio de Gardel.

Y así de seguido: disculpen que hable de mí, pero recordar a Pino es recordar mi vida –y Pino era, además, lo que me quedaba de mi padre. Ya a fines de los ’80 lo seguí en esa rara patriada de transformar las Galerías Pacífico en un gran centro cultural autofinanciado –que tampoco funcionó y que marcó, de algún modo, su entrada en la política política argentina. Y en 1990 me llevó a la cárcel de Ushuaia y me disfrazó de cura para actuar en su película siguiente, El viaje, que lo llevó a conocer a Angela y quedarse con ella hasta el final. Y después lo ayudé en un par de campañas –aunque nunca estuvimos del todo de acuerdo, pero eso era lo interesante– y fuimos vecinos y quisimos cosas juntos y hace dos años me llenó de orgullo con su discurso final a favor del aborto –“que nadie se deje llevar por la cultura de la derrota”– y no hace un mes nos prometimos uno de aquellos vinos en su nueva casa, otra vez en París como hace tanto. Pero no: esta mañana supe que había muerto.

Creo que vivió bien, la pasó bien –con sus chistes malos y sus arranques de cariño, con su arbitrariedad y sus caprichos, con su nacionalismo que me ponía de los nervios, con ese acento de porteño viejo ligeramente cajetilla y su aspecto a juego. Fue una parte de esa Argentina que ya no es pero que quiere seguir siendo. Y es cierto que le quedaron muchas cosas por hacer: eso es lo que te pasa, creo, cuando tu vida valió la pena de vivirla.

Los Estados Fallidos de América

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Martín Caparrós

Estamos haciendo el tonto: rotundamente el tonto. En los dos últimos días hemos aprendido –casi– todo lo que se puede saber sobre los ritos electorales de Yoknapatawpha, Maricopa, Savannah y aldeas circundantes. Ya no hay condado de Nevada o Wisconsin que tenga secretos para nosotros, los tarados del mundo –pero mientras tanto las elecciones norteamericanas siguen sin resolverse.

Es una situación tan sorprendente: los Estados Unidos de América, la gran potencia mundial, no logra organizar lo que cualquier paisito de tercera hace con frecuencia: unas elecciones con resultados y esas cosas. Si alguien hubiera querido desprestigiar al viejo sistema de democracia de delegación no podría haber imaginado un brulote peor que estas escenas en que el destino de 300 millones de personas –y el del resto del mundo– depende de 10.000 votos por correo de los barrios negros de Atlanta-Georgia o blancos de Phoenix-Arizona –y que su Suprema Corte no diga, después, que llegaron manchados. Si querían dejar en ridículo al sistema, lo están logrando con lujos y fanfarria.

Y el mundo los mira embarazado. Esto parece grave: si sucediera en cualquier otro país la comunidad internacional, preocupadísima, pediría a Estados Unidos que interviniera en defensa de la democracia y todos tendríamos claro que ese país es un estado fallido, pobrecito. Pero por ahora le echamos la culpa a Donald Trump como si hubiera nacido de un repollo.

Ayer hubo un momento cumbre de esta historia de abismos: varias cadenas de televisión cortaron el discurso del señor presidente desde su tribuna en su casa de gobierno porque estaba mintiendo. A mí me sorprendió: yo creía que los medios de comunicación se llamaban medios de comunicación porque tenían que comunicar lo que sucede y, si acaso, después analizarlo. Pero que no tenían que hacer juicios morales en directo y editar la realidad: decidir sobre la marcha qué es lo que su público puede o no puede ver y, entonces, eliminar un hecho de importancia porque creen que ése no: censurar la historia en vivo y en directo. Pero ellos decidieron cortar la transmisión de su presidente diciendo estupideces; yo supondría que el hecho de que su presidente diga –esas– estupideces es la mayor noticia del momento, y que el público merece conocerla.

Algunos dicen que lo hicieron porque Trump no estaba siendo solo falso sino también peligroso. Cortarlo es suponer que los millones que lo ven no pueden distinguir por sí mismos verdad de mentira o que son un rebaño: que si les dicen vayan irán sin rechistar, que no tienen la capacidad de juzgar por sí mismos. Si yo no fuera una persona prudente diría que es por estas cosas que gente como Trump maneja la mitad del mundo: porque hay millones y millones hartos de que “las élites” hagan por ellos, piensen por ellos, decidan por ellos, los desprecien. Y entonces apoyan a quien diga que va a sacar del poder a estas élites –aunque sea, una vez más, mentira.

(Los medios americanos están perdiendo la cadena. Una nota menor lo sintetiza de algún modo: “He convinced few people who were not already in his corner” –“Convenció a poca gente que no estuviera ya de su parte”–, decía esta mañana, sobre el discurso cortado de Trump, el New York Times. No parecía considerar que los que están “already in his corner” son solo 60 millones de personas, que lo expresaron el martes con su voto.)

Es el problema que los “demócratas” –no los del partido demócrata sino los dizque defensores de la democracia– no consiguen resolver: cómo es que cuatro años de ese gobierno horrible resultaron en estas elecciones tan peleadas.

El problema es real, más allá de los Estados Unidos: buena parte de la población del mundo no se siente representada por sus gobernantes tradicionales y busca otros. Así que los viejos dueños de la democracia pierden el control, e intentan recuperarlo, pero no lo consiguen porque el mundo que imaginan ya no existe. Y en lugar de tratar de entender ese mundo distinto se enojan con él porque no es como ellos dicen que tiene que ser, como supuestamente era. Mientras tanto, hay millones y millones que creen –que saben– que ese mundo no les funcionaba: que no quieren que sea así y buscan alternativas, buscan respuestas.

Donald Trump es una respuesta horrible pero es un intento de respuesta; Joe Biden, no. Lo que dice la opción Biden, un señor del corazón del sistema político, medio siglo en la administración americana, es que los gobernantes creen que los que están equivocados son los ciudadanos: que deberían querer más de ese sistema –que no los representa.

Los “demócratas” –que en otros países se llaman “republicanos”– no ofrecen respuestas a ese malestar: solo lo rechazan, lo condenan por antidemocrático. Y entonces las respuestas que se imponen son las de Donald Trump –o Bolsonaro u Orban o Maduro o Abascal– y ese es el gran fracaso de la política actual. De ese tema depende lo que pasará en el mundo en las próximas décadas: si no encontramos formas nuevas de representación política, que consigan que los ciudadanos se sientan representados por sus representantes, seguiremos lamentando que tipos lamentables como Donald Trump manejen el mundo. O, si acaso, tipos como Joe Biden.

Es lo que está por suceder, dicen, si estos señores consiguen organizar el condado de Pocahontas y contar los sobres de St. Petersburg-Missouri. Parece que Trump pierde, así que llegaría el final de la Era de la Peluca. Tendremos que volver a ver a Estados Unidos por lo que es, no por lo que esos pelos zanahoria nos llevaban a mirar.

Pero Donald Trump –ya queda dicho– le seguirá rindiendo un gran servicio a su país. Cuando llegó, de puro bruto, consiguió que tantos creyeran que Estados Unidos, antes de él, había sido la cuna y custodio de las libertades, la democracia por excelencia, olvidando un par de detalles: el mayor ejército de la historia, las fortunas que manejan el globo, el racismo de siglos, cuatro de cada diez personas convencidas de que Dios creó al hombre tal como es ahora, esas cositas.

Pero Trump fue lo suficientemente gritón y bestia como para producir, ahora que parece que se va, el mismo efecto que cuando llegó: convencernos de que los Estados Unidos serán un país extraordinario maravilloso fabuloso porque no será él quien lo gobierne.

Viene una ola de felicidad. La Era de la Peluca deja paso a la Era de la Gomina, vuelven los viejos buenos tiempos. Business as usual: los Estados Fallidos de América peleando por manejar el mundo, y el mundo festejando. ¿Alguien dijo que hacíamos el tonto?

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En voz alta:

En defensa de los ascensores y las escaleras

Hace unos días debatí aquí mismo con un artículo de Jorge Carrión –En defensa del papel, el aula y la memoria– y le ofrecí este espacio para su respuesta. Por eso hoy, un pequeño acontecimiento: por primera vez, chachara.org abandona su régimen de partido único y acoge «en sus páginas» un texto de otro.

Puro placer.

Jorge Carrión

Recuerdo que compré Larga distancia, en la edición décimo aniversario de Seix Barral Argentina, en la librería El Ateneo de la calle Florida a principios de julio de 2003. Y que leí el libro, fascinado, en un café de San Telmo y en el conventillo de La Boca donde pasé largas temporadas durante aquellos años. Recuerdo que me regalaste La Historia poco después, tal vez en diciembre, en tu apartamento de Palermo, el día en que nos conocimos. Recuerdo que lo leí diez años más tarde, durante unas vacaciones de verano en Canet de Mar. Tengo ambos volúmenes muy anotados y subrayados. Los libros son para mí, supongo, tanto el texto o las imágenes impresas como mi propio rastro de lector: híbridos de libro y cuaderno de notas. Recuerdo también que imprimí la versión que me enviaste por email de El Hambre, que la trabajé con un bolígrafo negro, que la comentamos en la terraza del café del Ateneu de Barcelona y que, unos meses más tarde, me regalaste la edición argentina de Planeta mientras nos tomábamos una cerveza en la barra de un bar de Via Laietana.

Podría seguir con ejemplos de otros libros tuyos, Martín Caparrós, pero creo que la idea ya ha quedado clara. Las características físicas de los libros y sus marcos de lectura los vuelven particularmente memorables. Ese vínculo analógico entre materia, contexto y memoria es, al menos todavía, más fuerte que el hipervínculo que también se establece entre la pantalla y el recuerdo. O al menos lo es para una enorme cantidad de lectores y espectadores, entre los que me encuentro. Ésa era la idea central de mi último artículo del New York Times. No es una idea particularmente inesperada ni brillante, pero sí creo que es una idea pertinente, en estos tiempos de crecimiento exponencial de Zoom y Amazon, y de universidades, bibliotecas y librerías bajo cuarentena. Mi reivindicación del libro de papel no se da, como tú indicas en tu respuesta de Cháchara, en clave de “falacia de la verdad a medias”; sino en el interior de una argumentación que reivindica las formas de lectura y de experiencia intelectual que no implican a la pantalla, como el libro en papel, el cine o el aula. Ese texto, al mismo tiempo, forma parte de un conjunto, de un todo que quizá sólo yo tengo en mente. Una serie de artículos, ensayos, conferencias y libros en los que, durante los últimos diez o doce años, he intentado construir un espacio de reflexión, ni apocalíptico ni integrado, sobre la convivencia en nuestra época de la cultura libresca y la digital.

Me gusta mucho tu idea del libro como concepto y no como objeto. El enésimo triunfo de Duchamp y Borges. Es lo que ha ocurrido, sin duda, con las películas, las series, la música o las piezas periodísticas: se han liberado de los soportes, los formatos, los objetos. Circulan, dormidas, y se activan en el dispositivo que uno elija. En parte ha ocurrido también con los textos extensos. Se puede interpretar en esa clave de liberación o emancipación el hecho de que las mejores novelas o los mejores videojuegos estén inspirados, directa o indirectamente, en sus estructuras y en sus curvas emocionales, en las mejores novelas. Vivimos, en efecto, en la cultura del librE, por usar tu término, que es exactamente la contraria de la Cultura del Libro. Porque ya no hay —por suerte— un texto central, que aspire a ser único. Sino una multiplicidad infinita de textos de todo tipo, también sonoros, audiovisuales o escritos en código. Muchos de ellos ya no pueden ser leídos en el artefacto libro —de papel o electrónico— y han dado lugar a su evolución cultural y tecnológica: la aplicación. La revolución de las apps está siendo histórica y sí está cambiando nuestros modos de leer. Sin embargo, para entender esa metamorfosis no acudiremos a una app para que nos la explique en toda su complejidad, sino a un libro.

Como ves, estamos de acuerdo en muchas cuestiones de fondo, pese a que tú tengas un e-reader y yo no. Pero hay dos, cruciales, en que no lo estamos. Sostienes, por un lado, que esa mutación significa la independencia de los textos respecto a la materia. Yo no lo veo así. Al contrario, los veo más dependientes que nunca, tanto de la materia como de la energía. Dependientes de las corporaciones tecnológicas, de sus servidores, de sus dispositivos. En tu texto usas, de hecho, la marca del libro electrónico de Amazon como sinónimo de e-book. Yo tengo que cargar y almacenar mis libros en papel, pero son míos y nadie sabe lo que leo en ellos o escribo en sus márgenes. Tu visión del libro, por el otro lado, me parece excesivamente textualista. No hay duda de que los libros que contenían sólo texto, sobre todo si eran de consulta, como los diccionarios, manuales y enciclopedias, tienen mucho más sentido en versiones en línea y estaban condenados a la desaparición; y que la literatura, sobre todo de evasión, se adapta perfectamente a los formatos electrónicos. Podemos discrepar, porque depende del modo en que cada cual lee y aprende, sobre si la pantalla es adecuada para la lectura de ensayos o novelas de cierta ambición estética e intelectual. Pero lo que me parece innegable es que no existe un objeto superior al libro tradicional para la lectura de discursos que incluyen palabra e imagen. No se puede leer cabalmente sin papel una novela gráfica, un catálogo de arte, un álbum ilustrado o un fotolibro.

Afirmas, querido Martín, que el libro objeto está dejando de existir. Yo, en cambio, lo veo más vivo que nunca, con mucho futuro por delante. No sólo por su papel reciclado y ecológico; no sólo por su capacidad de estimular diversos sentidos y de generar un tipo de belleza particular, que no puede existir pixelada; no sólo por su independencia respecto a los intereses de la megacorporaciones tecnológicas; no sólo por cómo acoge el diálogo entre textos y dibujos y fotografías; no sólo por el modo en que activa la memoria y la transmisión de conocimiento, sino porque no fue una máquina increíble, como dices en tu texto, sino que sigue siéndolo. Me interesan muchísimo las aplicaciones, las redes sociales, las plataformas, los buscadores, Internet. Sé que su lógica es voraz y monopolista. Pero espero que durante varias décadas, al menos, las experiencias analógicas y rituales coexistan con las digitales e inmersivas, que con el tiempo también crearán sus propios ritos, cada vez más legitimados por su propia tradición. Si me permites, para concluir, voy a apropiarme de tu metáfora arquitectónica: incluso los rascacielos, con sus ascensores ultrarrápidos, cuentan también con escaleras. Para usarlas en caso de incendio o de pandemia o de claustrofobia. O por placer. O por seguridad. Para que existan —pues son siempre necesarias— las alternativas.

Fuimos maradona

Diego Armando Maradona acaba de morirse, tan poco después de cumplir 60 años, y es algo que nos sucede a todos. Yo soy de esos viejos que no pueden ver los goles contra Inglaterra sin que se les humedezca levemente el ojo izquierdo: que Maradona ya no sea ese sino este es una de esas ofensas personales que el tiempo nos propina cada tanto. Contra él, en Su homenaje, quiero reproducir un artículo que publiqué en Crítica de la Argentina hace más de diez años, cuando nos mandó a todos a chupársela. Fue porque dirigía –muy mal– a la selección argentina de fútbol y a su estrella de entonces, Lionel Messi, y no soportaba que se lo dijeran.

Martín Caparrós

Es duro haber sido maradona. A todos nos sucede: lo hemos sido. Yo lo fui tantas veces. No solo viéndolo jugar, sufriendo con él en el abismo; también en tantos otros sitios. Durante muchos años, la escena se repitió en los lugares más variados, con interlocutores tan distintos, con los acentos más diversos:

–Where are you from?

Me preguntaron tantas veces y, cuando les contestaba que argentino, se quedaban mirándome. En Asia y África y Oceanía –por ejemplo– la Argentina existe muy poquito y mi respuesta provocaba, la mitad de las veces, una sola respuesta: ajá. O sea: la lógica ignorancia. Para la otra mitad –para los que sabían– el remate se repetía invariable:

–Ah, argentino… ¡Maradona!

Era impresionante: no se me ocurre ningún otro caso de país tan uniformemente sintetizado, definido por la figura de un señor. El vocabulario global pronuncia muy pocas palabras argentinas: tango ya tiene casi un siglo y después, además de maradona, la única voz que le dimos al mundo es el neologismo desaparecido. El jugador Maradona apareció en el momento justo en que la televisión empezaba a llevar el fútbol a los confines más lejanos: miles de millones de chinos, rusos, indios, africanos que nunca oyeron hablar del gaucho, de Evita, de Gardel, y que no relacionan a Guevara con el país donde nació, han visto a Maradona cacheteando pelotas –y es lo que saben de nosotros. “Alguna vez terminaremos de aceptar”, escribí hace unos años, “que para dos o tres mil millones de personas la Argentina y los argentinos –todos los argentinos, las vacas, las montañas, los presidentes, los violadores fugitivos, el novio de tu hermana, aquel triciclo, los inmigrantes bajando de los barcos, el cielo de humahuaca, el peronismo, la esquina de carabobo y cucha cucha, la marcha de san lorenzo, tu futuro, los ovejeros belgas y las rayas y los sánguches de miga, las pastillas refresco, tlön uqbar orbis tertius, este papel manchado– no somos nada más o nada menos que la confusa nube de pedos que aureola la pierna izquierda del Gran Diez. El mundo está lleno de personas que nunca oyeron hablar de la Argentina pero sí de Maradona; el mundo está lleno de otras personas que sólo oyeron hablar de la Argentina porque oyeron hablar de Maradona. En el mundo –para todos los que no son vecinos o europeos con parientes o tercermundistas más o menos cultos–, la Argentina somos él. Digo: para miles de millones de personas somos él. Es un destino. Supongo que podría ser mejor. Y podría ser, también, mucho peor. Era un modelo complicado: peleador, simpático, quejoso, drogón, desaforado, ingenioso, creído, ilimitado, machista, popular, oportunista, cálido, cursi, inteligente. Fue difícil adaptarse a la idea de que los argentinos éramos eso, pero hicimos todo lo que pudimos”, decía, y entonces era cierto. Ahora menos: este año, por ejemplo, en varios países africanos, la escena se terminó distinto:

–Ah, Argentina. Yeah, sure, Messi, Messi.

Es todo un cambio de cultura. Y debe ser difícil. A mí, sin ir más lejos, me indignaba un poco: no, yo no soy messi, Argentina no es messi. Es duro ya no ser maradona; me imagino lo difícil que debe ser para un tal Diego Armando.

Es duro para todos: nos habíamos acostumbrado, y nos gustaba. Durante muchos años fuímos él porque éramos rehenes de su belleza. Lo que hacía Maradona en una cancha de fútbol era tan desmedido, tan inesperado, tan extraordinario que era normal que lo que hiciera afuera lo fuera también –y que lo aceptáramos o celebráramos como pequeñas partes de un gran todo. Fue un artista –alguien que hace distinto lo que muchos hacen parecido– y ya hace más de un siglo que nuestras sociedades aceptan que los artistas tienen ciertos privilegios o, por lo menos, que sus actos no deben ser medidos con la vara general: si crean hechos o gestos que exceden los límites de lo pensado, ¿por qué tendrían que mantener sus vidas dentro de esos límites? Maradona se acostumbró a ese criterio, y lo sigue empleando. El problema es que ya hace muchos años que Maradona dejó de ser un artista.

Ahora el señor Maradona es un trabajador mediocre al que le salen las cosas más o menos mal, una nota hecha de información errónea y temblores sintácticos, una foto movida subexpuesta, un bife que llega a la mesa hecho una suela. Digo: un señor que en un año no ha conseguido armar un equipo que juegue a algo –que por eso le pagan. Un señor que supo poner incómodos a todos los demás con sus gestos y actos y que, desde que tomó este trabajo, vaciló y falló como muy pocos. Un señor que consiguió que ya nadie le crea: que dice que está pensando renunciar y a los dos días pregunta de dónde sacaron que está pensando renunciar. O, mucho peor, un señor que consiguió que ya no le crean ni sus subordinados: que busca a un jugador, le dice que es el mejor de todos y que lo va a tener siempre en su equipo y a las dos semanas lo desdeña. O sea, un señor que no sabe lo que hace. Un señor que lleva un año sin poder ir a su lugar más aficionado –la cancha de Boca– por miedo a que miles de personas lo puteen: hablemos de fracasos.

(Y encima el morbo: si yo fuera un autor de thrillers malos –películas de verano americano cerca de un lago con rubia tetona y morocha tetona y asesino cosido de costurones verdes– me divertiría como un perro armando una historia en que el viejo maestro en decadencia –digamos, un director de orquesta, que siempre queda un poco misterioso– se ve, por esas ironías del destino, obligado a ser el que ayude a su sucesor a terminar de hundirlo en el pasado: el que le ponga el último clavo a su cajón. Y contaría cómo, por una serie de razones, el viejo maestro no puede negarse a su función –que, en un punto, incluso lo atrae: dejar un heredero es, al mismo tiempo, saber que uno se ha terminado y que no todo se termina con uno– y trata de cumplirla pero algo más fuerte que él lo lleva a desviarse, a ponerle al heredero obstáculos cada vez más visibles, a proponerle instrumentos defectuosos, partituras que no le convienen hasta que, al fin, aquella noche de tormenta, termina empujándolo por el acantilado porque no puede con su naturaleza y no soporta la idea de volverse historia.)

Es duro ya no ser maradona. Nos pasa a todos: ya no somos porque él ya no es. Si es duro para todos, me imagino lo difícil que debe ser para un tal Diego. Pero él, el señor Diego Armando Maradona, a quien esto le pasa en grado sumo, tanto más que a cualquiera de nosotros, eligió pensar que a él no le pasa sino que que hay unos hijos de puta que dicen que le pasa: los periodistas, muy en particular, y millones de argentinos más en general. La culpa es del relato, dice. Cuando era un artista no necesitaba explicarnos que lo que hacía era lo que era, porque se veía; ahora trata de explicarnos que lo que hace no es lo que es, pero se ve. Lo vemos: vemos el espanto futbolístico de su equipo. No precisamos que nadie nos lo cuente ni lo pensamos porque nos lo cuenten; lo vemos, como lo veíamos –si no éramos tontos entonces, no lo somos ahora.

Pero el señor Diego dice que es puro cuento y por eso mandó a los que lo cuentan y a los demás que lo critican –a todos nosotros– a chupársela o, incluso, mamársela. Yo creo, señor Diego, que si usted lo dice sabe por qué lo dice, y sólo quiero pedirle que se haga cargo de sus palabras. Nos pidió –nos ordenó– que se la chupáramos; aquí estamos, dispuestos a tomar sus órdenes como deseos o algo así. Sólo queda que usted fije día y hora, un lugar más o menos discreto –dentro de lo que cabe–, y varios millones nos pondremos en cola para ejercer, de uno en fondo, esa succión que usted comanda. Quizá nos lleve días o semanas: valdrá la pena complacerlo. Será nuestro último homenaje, por los buenos viejos tiempos. Después, si sobrevive usted a tanto respeto –ya no creo que podamos considerarlo amor–, olvídenos, vayase por favor adonde pueda y permítanos recordarlo como era cuando era maradona.

Digo: no siga destruyendo su memoria.

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(Ya no podrá: ahora es pura memoria, recuerdo del placer que fue tenerlo. Pero lo que nunca imaginé -lo que muchos, supongo, nunca imaginamos- es que nos iba a doler tanto.)

¡Vivan los librEs!

Martín Caparrós

Hoy voy a discutir con mi amigo Jorge Carrión. Primero que nada, porque es un placer poder debatir con alguien sus ideas sin amenazar por eso una larga amistad. Y, segundo que nada, porque sus argumentos me parecen interesantes, es decir: discutibles.

Este domingo Carrión publicó –en un medio discreto y tradicionalista que propone desde Nueva York, cada semana, tres o cuatro columnas de opinión y varias traducciones– un artículo llamado En defensa del papel, el aula y la memoria. Su síntesis lo presenta pidiendo que “por el bien común, sigamos privilegiando la docencia presencial, la lectura de libros físicos, la existencia de librerías, cines y otros contextos analógicos” –y el artículo propone esa postura: que, frente a la pandemia y otras alteraciones de la sociedad contemporánea, defendamos esas costumbres anteriores.

Para lo cual desarrolla sus argumentos: como todos, Carrión está harto de los debates y cursos digitales, que no dejan la huella que dejaban los presenciales, que excluyen los ruidos e imprevistos que aquellos producían. Yo también soy una víctima de ellos, yo también pienso que un encuentro físico –una charla, una clase, un debate– son tanto más placenteros y productivos que esa hora de zoom y dolores de cuello. Yo querría, como el que más, que volvieran aquellos; no por eso dejo de reconocer que el imperio de la virtualidad ha traído una ampliación y democratización del público que habrá que considerar cuando podamos volver a lo real –a lo que solíamos considerar real. Entre una charla en un festival literario de Zamora y esa misma charla en zoom o en instagram live la diferencia suelen ser unos cientos de personas más en el digital –y muchos están en lugares distantes, difíciles.

Pero eso se puede solucionar, y no es mi punto. Mi punto es que, en el artículo, la justa reivindicación de los encuentros personales sirve de introducción y justificación para reivindicar el libro de papel –sin mayores argumentos. Es lo que los retóricos llaman una “falacia de la verdad a medias”: cuando se presenta una proposición verdadera y se usa para postular que las demás también lo son. Que el zoom sea un auténtico coñazo, que nos prive del placer de lo palpable y lo imprevisto, que no consiga cumplir con la función de los encuentros, no significa que a los libros digitales les pase lo mismo. Ambos comparten, si acaso, el hecho de suceder en pantallas y de ser nuevos y de tratar de reemplazar viejas costumbres seculares, y muy poco más: si acaso la nostalgia, la idea de que casi todo tiempo pasado fue… ¿cómo es que era?

Me he pasado la vida entre libros –leyendo libros, escribiendo libros, imaginando libros, desperdiciando libros– y no consigo entender esa nostalgia. El libro fue una máquina increíble: una de las mejores maneras posibles de contener y comunicar un texto. Hay herramientas tan perfectas que nos cuesta creer que fueron inventadas. La escalera fue, durante milenios, la mejor forma de pasar de un plano más bajo a uno más alto; antes era trepar, la cuerda o liana, la rampa, pero la escalera las borró al primer tranco. El libro es la escalera de los textos: hace siglos que es la mejor manera de almacenar y difundir palabras, como antes lo fueron las tabletas, los papiros, los rollos. Ahora hay ascensores; durante décadas abuelos aprensivos los evitaron, pero ya pasó. Ahora la escalera, espléndida, orgullosa, no es lo primero que uno piensa cuando debe subir al piso 21. Y, cada vez más, el libro dejará de ser lo que uno piensa cuando quiere leer.

Los conservacionistas insisten en la superstición de que la forma inevitable de un texto es esa pila de hojas de papel unidas por un margen. Algún día habrá que pensar un poco más en las razones por las cuales ciertos críticos, ciertos renovadores, creen que la resistencia está del lado de las tradiciones. Uno de ellos, Umberto Eco, decía que “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras: una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor”. Para desmentirlo, hace unos años llegó el libro electrónico –la tableta tipo kindle, digamos, con perdón–: fue una mejora del concepto pero seguía siendo un libro. Borgianamente un libro: un libro de arena, lleno de páginas entre cada página, aparentemente infinito, tigres y espejos y lugares cada vez más comunes. Un kindle era un libro que, en lugar de cargar veinte cuentos, cargaba veinte mil –y no era poco.

El libro electrónico ofrecía la posibilidad de leer un texto que no pesa en la mano, que no pierde la página, que no precisa luz, que se puede anotar y consultar y exportar –y más que un libro era una biblioteca. Era cómodo, sí, pero además tenía otra virtud, seguramente involuntaria: liberó a los textos de su estrecha relación con la materia. Recordar el tacto, el olor, los colores de un libro de papel es muy simpático, pero también es cierto que esos efectos materiales no son el texto: son agregados que la industria les superpone, y que lo contaminan. No hay, en términos de literatura, ninguna buena razón para que mi recuerdo de Guerra y paz esté marcado por los márgenes breves de aquella edición de bolsillo y esa tipografía en cuerpo 11: Tolstoi no lo quiso.

En el libro electrónico, en cambio, lo que aparecía era puro texto, texto puro. En él, el soporte no era relevante porque todos los textos tenían el mismo aspecto, el mismo olor, el mismo tamaño; la materia no interfería en el flujo de las letras. En un libro electrónico el texto ya no tenía materia –y me imagino a más de un filósofo neoplatónico y más de un poeta romántico y más de un viajero empedernido celebrándolo. Pero no se trata de quién lo celebra sino del hecho de que esa es, cada vez más, la forma en que las cosas existen y se transmiten: dejando atrás límites de la materia.

Pero ahora el libro electrónico –el kindle, digamos– también se quedó atrás. Pareció que iba a ser un instrumento duradero pero pronto será una de esas tecnologías que desaparecieron rápido en estos tiempos de suplantación veloz, de búsqueda empedernida de la novedad –y del dinero.

El libro electrónico fue, decíamos, un avance en la autonomía de los textos con respecto a la materia. Solo que el avance no se detuvo allí. El proceso siguió y el objeto libro, la materia del libro electrónico, fue reemplazada por las materias más diversas o, mejor: por algo inmaterial. Ahora ya no debemos leer esos textos digitales en un aparato determinado; los leemos en varios. Alcanza con una aplicación: ceros y unos. Los textos se han independizado realmente de la materia que los sostiene. Son ubicuos: aparecen cuando los convocas en un teléfono, una tableta, un ordenador de falda o de mesa, una tele, un proyector –y cada vez es un milagro raro, el placer del reencuentro.

Esa es la auténtica ruptura, lo que nunca antes había sucedido: que el libro ya no es un objeto, que ya no existe un objeto libro. Que el mismo texto se puede leer en soportes tan distintos, que el “libro” es una función de esos soportes. Y la amplificación que eso supone: ya no es necesario tener un libro para tener un libro; todos tenemos un teléfono, así que todos tenemos libros –o la posibilidad de leerlos tras un clic.

El libro, decíamos, ya no es un objeto: es una función de objetos muy diversos. Así que ya no sirve seguir llamando a esa forma de leer en soporte digital “libro electrónico”. Por eso creo, querido Jordi, que no tiene sentido lanzarse contra algo que está dejando de existir, y que lo que vale la pena pensar, si acaso, es esta forma nueva. Y puedo entender que te guste más leer libros de papel: sobre gustos, ya sabemos, se escribe demasiado. Lo que no veo –y no lo cuentas– es por qué el bien común se podría ampliar al usar esos libros. No, no me voy a poner ecololó, no voy a llorar ahora sobre los troncos tronchados de esos bosques, pero igual no lo entiendo. Si me lo quieres explicar, estas páginas están abiertas para que lo hagas.

Y, si no, seguiremos juntándonos y hablando de libros y tú los habrás leído en un tocho de jirones de árbol y yo en tantos espacios y el texto seguirá siendo el mismo. Y seguro que estaremos de acuerdo en que vale la pena conservar lo que esos soportes soportan: la literatura –los relatos hechos de palabras–, cada vez más asediada por formas nuevas de contar. No parece fácil, pero la manía de contar con palabras siempre existió y es probable que siga existiendo: el bastidor que la sostenga será, como siempre, mutante y mutable.

Ahora hay, otra vez, entonces, uno nuevo: estos libros que están en todas partes y en ninguna –y que no tienen nombre todavía. Quizá se podría llamarlos librEs: un librE es un libro sin materia, un texto digital que se ha independizado de su antiguo soporte único, que pasa de uno a otro sin escollos. Un librE es esa forma sorprendente que tiene un texto de estar en todas partes y ser siempre él, siempre el mismo más allá de las vicisitudes materiales. Puro signo, signo puro, liberado de cualquier lastre físico. Un objeto realmente contemporáneo: un objeto que no existe como tal objeto, un concepto.

Eso es, creo, lo que podríamos tratar, ¿no te parece?

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En voz alta:

La ciudad aymara

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Este domingo el MAS ganó con más de la mitad de los votos las elecciones bolivianas. El Alto, donde el nuevo presidente electo cerró su campaña el miércoles pasado, siempre fue uno de sus bastiones. Yo estuve allí en febrero último, trabajando para mi próximo libro, un intento de entender y contar qué es ahora Latinoamérica.

El Alto es la segunda ciudad más poblada de Bolivia, ciudad nueva, ciudad aymara, ciudad sorprendente.

Martín Caparrós

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En El Alto abren malls

o shopping centers o incluso centros comerciales:

ya son tres.

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En este mall recién abierto, a medio abrir, en obras, el chico de ocho o nueve grita desde lo alto de la escalera mecánica a su padre y su madre, abajo todavía, los dos cuarentaytantos, ella una nena en brazos, los dos ropas baratas y sus caras curtidas, mamá, papá, suban, no tengan miedo, no tengan miedo, suban, y el padre tienta con un pie vacilante el escalón moviéndose y da un saltito atrás y el hijo desde arriba no tengan miedo papá mamá no tengan miedo pero papá y mamá, él cabizbajo, ella detrás, los dos callados, caminan unos metros hasta que encuentran una escalera inmóvil y empiezan a subirla.

Quizá con esto ya esté todo dicho; quizá, no todavía.

Quizá no, todavía.

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El Alto se llama así porque está arriba de La Paz, la ciudad principal de Bolivia, a 4.000 metros de altura. El Alto es una de las ciudades más nuevas del continente; en 1984 era una pampa desolada y sus casitas y ahora tiene un millón de habitantes y es la segunda de su país, tras Santa Cruz. El Alto es una ciudad hecha de migrantes: ninguna representa mejor el movimiento del campo a las ciudades que cambió la región en las últimas décadas. Y El Alto es una ciudad india, la más grande de América: tres cuartos de sus habitantes son de cultura aymara y unos cuantos, quechuas. El Alto es nueva, sintética, sincrética, simbólica. El Alto es, además, un lugar donde vive mucha gente.

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–Imagínese, joven, lo que era esto cuando yo llegaba. El viento, nomasito, el viento.

Don Jaime tiene 78 años; dice que ha trabajado mucho y que ya está retirado.

–Pero la hicimos, joven, acá está, la hicimos.

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En 1985, un gobierno neoliberal cerró muchas minas: miles y miles de mineros se quedaron sin trabajo –y muchos migraron hacia El Alto.

–Mi papá es de la mina, él es minero, de la Caracoles. Nosotros nacimos ahí, yo y mis seis hermanos, era el mejor momento del estaño. Yo crecí ahí, a 5.000 metros de altura, en medio de la nieve. Pero en esa época los mineros tenían muchas cosas, teníamos las mejores escuelas, buena sanidad…

Me dice Marco, activista aymara, periodista respetado. Su familia se instaló en El Alto; él extrañaba los páramos blancos de su infancia. Más tarde empezó a extrañar también la vida comunitaria del pueblo minero, sus escuelas, sus cuidados; en la ciudad, en cambio, cada cual se buscaba la vida por su cuenta.

–Esa violencia histórica creó El Alto. ¿Por qué vino la gente? Vino expulsada por el Estado, los mineros por el cierre de las minas, los campesinos porque vivían de vender sus productos a esos mineros y esperaban trabajar en la mina alguna vez. Entonces vinieron a El Alto porque era lo que podían, pero también traían esas aspiraciones de modernidad, de ser parte de la gran ciudad. Yo siempre pienso en esa película donde sale un indiecito que mira la ciudad desde lejos, que su aspiración es vivir en esa ciudad. Pero la ciudad que había los rechazó, ¿no? Entonces se quedaron en este territorio y se construyeron una ciudad propia.

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Son miles y miles de personas que dejaron la producción primaria –minerales, comida– para pasar, la mayoría, al comercio de todo, cualquier cosa. O, si acaso, a servicios: choferes, albañiles, mecánicos, reparadores varios. Gente que fue de la producción a la circulación: la marca de estos tiempos.

El cambio más decisivo de estos tiempos.

A fines del siglo XX El Alto era más que nada casitas de adobe y calles de barro, patios y animales pero crecía, insistía: ya empezaba a dejar de pensarse como un suburbio de La Paz y se creía ciudad, un lugar diferente y autónomo.

En septiembre de 2003 El Alto, que acababa de cumplir 18 años, mostró su mayoría irrumpiendo en la escena nacional. Gobernaba Bolivia Gonzalo “Goni” Sánchez de Lozada, un señor que hablaba con acento inglés y ya había vendido casi todas las empresas públicas a capitales privados. En esos días el señor Goni anunció un plan para exportar torrentes de gas a Estados Unidos y México a través de Chile, baratísimo y privatizado, gran negocio para empresas extranjeras. El MAS de Evo Morales, que acababa de entrar en el Congreso, y otras fuerzas indias y rurales se oponían: pedían que el gas se usara en el desarrollo interno de un país donde más de la mitad de las personas no tenían electricidad y nueve de cada diez campesinos eran pobres.

La oposición se jugó en calles y carreteras, y llegó al paroxismo aquel 12 de octubre, cuando un convoy de camiones cisterna trató de salir de la planta de hidrocarburos de Senkata, un barrio alejado de El Alto, para abastecer a La Paz, que se estaba quedando sin combustible. Miles de vecinos lo bloquearon; la policía y el ejército mataron a unos 50 manifestantes pero el bloqueo se mantuvo. Las peleas siguieron en las calles de El Alto y de La Paz; cinco días después el señor Goni tuvo que renunciar. Lo sucedió su vicepresidente, Carlos Mesa; dos años después las movilizaciones –sobre todo alteñas– por la nacionalización del gas lo echaron a su vez. Hubo elecciones y consagraron presidente, con el 54 por ciento de los votos, al indio Evo Morales. Y El Alto se consagró también como una fuerza política temible: el peso de los pobres, el poder de la calle.

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–A mí me gustaba más cuando no era tan grande, caserito. Ahora uno se pierde, ya no conoce a nadies. Antes sí me compraban porque me conocían.

Doña Mercedes tiene setenta largos y vende frutas en la calle, arrugas como tajos, su sombrero, polleras desteñidas.

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Ahora el color dominante es el ladrillo, las casas sin revoque; también hay casas pintadas de colores, y amarillo. Las que se intentan elegantes tienen vidrios espejados de colores intensos: el colmo de la modernidad en estos rumbos. Y hubo un cura alemán, Sebastián Obermaier, que la sembró de iglesias con sus torres para que se vieran de lejos, desde más alto todavía. Muchas iglesias, multitud de torres, trincheras contra el evangelismo.

.–El Alto realmente es una articulación entre dinamita y kurawa, un resultado de las dos violencias unidas.

Dice Marco, los pelos revueltos, las canas que ya asoman, la voz precipitada. La dinamita es común en la mina, la kurawa es una honda que usan los campesinos; entre las dos armaron ese espíritu de lucha que prendió en El Alto, y su desconfianza, su ruptura con el Estado boliviano.

–El Alto debe ser una de las ciudades alteradoras frente a las ciudades coloniales de Latinoamérica. Las ciudades coloniales siempre se constituyen a partir de un centro único, esa plaza donde está la catedral, el poder político, las familias privilegiadas… El Alto no tiene nada de eso. Por no tener, ni un centro tiene.

En estas décadas los migrantes del campo se instalaban en esos barrios de invasión alrededor de las capitales, donde siguen viviendo todavía, despreciados, temidos, marginales. El Alto es uno de los pocos casos –¿el único?– en que esos migrantes construyeron una ciudad que, poco a poco, dejó de ser un satélite para ser una ciudad autónoma, una ciudad en sí misma.

En El Alto hay poco oxígeno, calles asfaltadas, casas bajas, calles de tierra, edificios más altos, calles desiertas, calles atestadas; hay, alrededor por varios lados, unas montañas nevadas majestuosas como para decirte que existe aún más alto y, por otro lado, más abajo, ese agujero de techos rojos y algunos rascacielos al que llaman La Paz. Y hay tsunamis de cables en el aire y tsunamis de personas en el centro y hay trancaderas –o trancones o atascos o embotellamientos– en las avenidas pero no son coches particulares sino minibuses y otros transportes públicos. Y hay por todas partes vendedoras de todas las comidas, sus polleras, sus sombreros de copa, sus bebés a la espalda: aquí las llaman cholas. Y en el centro hay multitudes y en los barrios nadie. Y entre tanto ladrillo sin revoque, tanta casa inconclusa, tanta calle vacía, una plaza chiquita huele a miel. Es casi nada, un triángulo de quince por quince con un monumento de lata de un marcianito raro pero está llena de unas flores blancas chicas que huelen a miel. La plaza no tiene bancos ni juegos, no hay lugar para estar: puras flores, puro despilfarro. Es raro caminar por aquí y, de pronto, la miel. Es fuerte construir, en un sitio al que le falta tanto, una plaza con olor a miel. Alguna vez alguien escribirá que el deseo es una plaza con olor a miel.

Ojalá, alguna vez, sea yo.

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Aquí el tiempo cambia todo el tiempo. Nunca se sabe si realmente hay sol, si realmente llueve –y realmente no dura más de diez minutos. Yo no sé si eso influye. Lo peculiar, lo raro de El Alto es que ahora, a 35 años de su fundación, se ha convertido en una sociedad con clases, muy distintas clases. Y tiene, por supuesto, sus mitos de origen.

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Roy tiene 28 años, su aspecto pulcro, tan correcto. Roy es un joven emprendedor aymara, hijo de una de esas familias que armaron clases en El Alto, y ahora me cuenta la historia de uno de ellos: un pariente jovencito que había llegado de su pueblo y quiso aprender costura pero nadie le daba la oportunidad, decía, “y entonces he entrado de ayudante, limpiaba, recogía, dice, y en esas conocí a una cholita que vendía comida, dice, entonces me enamoré de esa cholita, dice, y me busqué otro taller donde sí me empezaron a enseñar a costurar y ya estaba con esa cholita y nos juntamos y entonces en las noches, dice, preparábamos la comida hasta las diez, once de la noche, nos dormíamos y a las cuatro o cinco ya nos íbamos y empezábamos a vender comida, calditos, y a las ocho de la mañana, siete, yo ya estaba de nuevo costurando, dice, y así hemos empezado a ahorrar dinero, dice, y ya me volví buen costurero, buen sastre, y he empezado a agarrar contratitos y después pude abrir mi tienda y ya necesitaba tener más personal, más máquinas, entonces les dije a mi gente del campo, a mis sobrinos los he traído y vivíamos todos en un cuarto, dice, de cuatro por cuatro, ahí vivíamos todos, dormíamos en colchonetas, asilados, y el taller era ahí mismo, al frente, ahí trabajábamos y vendíamos. Y así hemos empezado a mejorar y hemos ahorrado dinero, dice, y también nos prestamos dinero en el banco y pudimos viajar, dice, fuimos a la India y empezamos a traer tela para hacer nuestros trajes, salía mucho mejor, y después trajimos ya para distribuir, dice”, dice Roy que decía su pariente, “y que poco a poco empezó a vestir a todos los hermanos de las fraternidades que bailan acá en El Alto y ya después puso una sastrería muy conocida, la Juventus, y ahora es un empresario grande, gana millones, y su mujer mientras tanto abrió su restaurante pero después ya no quería seguir con eso, se lo dejó a alguien y empezó a importar electrodomésticos, ya tienen tiendas en el centro, y después se construyeron su cholet”, me cuenta Roy, y que una vez que fue a verlos muy temprano la mujer estaba limpiando la sala enorme del cholet porque había habido una fiesta y que su hijo menor, cinco o seis años, también estaba con ella, barriendo con una escobita casi de juguete, trabajando a las siete de la mañana, y que él le preguntó por qué estaba limpiando en lugar de pagarle a alguien que lo hiciera y que ella le dijo que qué tiene, que si hay que limpiar ella lo limpia, o no tenemos manos, nosotros, no tenemos pies, dice que le dijo. Y que estos emprendedores aymaras lo que nos han demostrado es que se trabaja las 24 horas. Si quieres generar dinero tienes que trabajar tres veces más que una persona normal, esa es la fórmula. Sí, son gente que se explota a sí misma, pero lo hacen porque saben lo que quieren y saben que esa es la única manera, dice Roy: la única manera.

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Y que así, quizá, tampoco lo consiga.

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Pero los nuevos ricos del cholet desprecian la formación tradicional, y no quieren que sus hijos hagan esas cosas:

–¿Qué va a hacer? ¿Va a estudiar economía o medicina o algo así y va a ser un empleado en un hospital, en un ministerio,  en una empresa? ¿Con el sueldo de un empleado? Se va a morir de hambre…

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Alguna vez algún sociólogo estudiará, en El Alto, cómo se pasa de una comunidad donde prima la solidaridad, el esfuerzo compartido, a una donde el modelo consiste en buscarse la vida para salvarse –solo. En hacerte con ciertos bienes que te darán la sensación de que hiciste lo que querías, que lo tienes; en lanzarte a ese camino de logros personales que el capitalismo señala como el gran camino. Ese día, ese sociólogo irá a la feria de la plaza La Paz a ver las alasitas.

Las alasitas son una tradición aymara que la Unesco declaró, como casi todo, Patrimonio de la Humanidad hace unos años, y que consiste en comprar, bendecir y al fin quemar pequeñas cerámicas o tallas que representan lo que cada quien quiere –para conseguirlo. Verlas, entonces, es ver un catálogo de los deseos alteños: cochecitos –muchos cochecitos–, casitas de colores, negocios –como la carnicería con el cartel “Carne de Chancho” o las farmacias o las licorerías–, pero también fajos descarnados de billetes de dólares, cofrecitos que rebosan oros y brillantes e incluso tesis de grado, diplomas de médico o de oficial del ejército, un mandamiento de libertad provisional o una sentencia de divorcio..

Se compran muy barato; lo difícil es creer y hacer bien el ritual. Roy, el atildado, me decía –frente a su mesa llena de cochecitos, camioncitos– que “las alasitas son como el contrario de Navidad, aquí en la cultura aymara, estaban mucho antes. A mí me nace comprar mis alasitas, gallinitas, autitos, un ekekito, toritos, y hay que hacerlos bendecir, hacer toda la cosa… Porque te va naciendo, como que tu fe va cobrando vida. Y eso que yo no creo, pero tu fe va cobrando vida sin querer.”

El cartel, primero, me causó indignación o sorpresa –que son formas distintas de lo mismo. El cartel, entre muchos, pegado en una cartelera de buscar empleados, vender casas y coches, decía que “se necesita cholita o señorita” para “ayudante de pensión”: le ofrecían 1800 bolivianos por mes trabajando de lunes a viernes, sin horario claro; 1800 bolivianos son unos 250 dólares. Después ví que “cholita o señorita” era una fórmula consagrada: se repetía en muchos carteles. Otra “cholita o señorita para ayudante de cocina” tendría un sueldo mensual de 1200 –unos 170 dólares– y así de seguido. Y después me explicaron que la fórmula se usa sin más vueltas: que una cholita es una mujer joven vestida según la tradición, con sus polleras y ese bombín que llaman borsalino, y señorita una vestida como cualquier mujer del continente.

En El Alto, en las calles de El Alto, muchas mujeres usan sus ropas clásicas, varias polleras y el sombrero, su ponchito. Aquí también son las mujeres las que cargan con el peso de mantener las tradiciones; sus hombres, más ligeros, se visten como cualquier hombre latinoamericano más o menos pobre.

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Son 4.000 metros de altura. Aquí los forasteros acostumbrados a respirar la pasan mal: no es un lugar donde cualquier persona –que no sea del Altiplano– pueda venir impunemente. La ciudad de inmigrantes solo recibe amable a ciertos inmigrantes.

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Pero es difícil pensar El Alto sin el MAS, el aymara Evo Morales y su puesta en valor de esos pueblos desdeñados, los indígenas. Que un presidente lo fuera fue un cambio radical. Una forma de enseñar a millones a decir que sí, soy indio, ¿y qué?

O, más brutal: Sí, soy indio, pero no soy tu indio.

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–Es bueno vivir entre nosotros, no vivir en un lugar donde todo el tiempo te hacen sentir distinto, menos bueno. A mí eso me gusta de vivir acá.

Don Hipólito tiene más de sesenta, la nariz de aquel cóndor, una bolsa que carga con resoplos. Camina despacito, para, charla.

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Aquí parece que todos vendieran algo –y debe ser cierto o casi cierto. Porque también hay algunos que son maestros o funcionarios o albañiles o médicos o abogados o policías o ladrones, pero se diría que todos ellos –y sus esposas– también venden. Desde los más humildes, más precarios –una señora de polleras sentada en el suelo con cinco trocitos de queso extendidos sobre una bolsita de plástico verde, una señora de polleras con un montoncito de diez higos apiñados sobre un plástico transparente– hasta los que triunfaron y despliegan sus negocios de electrodomésticos con nombres que recuerdan a su mamá, su pueblo o su triunfo.

Es el espíritu emprendedor que comparten el dueño de un cholet y la chola que vende ají de gallina en la puerta. El espíritu de El Alto, la idea de que se puede crecer con el esfuerzo comercial o empresarial, que hay que buscarlo por sí mismo, que si acaso el gobierno no te debe joder más de la cuenta –y si lo hace, de tanto en tanto hay que recordarle cuál es su lugar–, que lo importante en la vida es “progresar”, entendido el progreso como el logro de mejoras materiales personales. El Alto es la reunión de centenares de miles de personas que coincidieron en buscarse la vida, en hacerse una vida distinta de la que ya tenían. Y buscarla cada uno por su cuenta aunque, de tanto en tanto, todos se junten para que los dejen seguir buscando por su cuenta: para que no les arruinen su posibilidad.

–Aquí todas las casas tienen machones, y el machón te está dando un mensaje: esto no para, vamos a seguir. Vienen los de afuera y dicen puta, estos pobres no terminan su casa. No es eso, no entienden: es la idea de que vamos a seguir adelante, que lo vamos a mejorar, siempre a mejorar.

Dice Marco. Que nunca nada es como es ahora: que siempre hay un futuro y que el futuro está hecho de ladrillos, algo sólido y propio. Machón, aquí, es cada uno de esos hierros erectos que sobresalen del techo de una casa, que permiten agregar otro piso. Y los llaman machones.

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.El Alto, entonces, podría ser el caso perfecto para alegrar a cualquier pesimista social: un grupo donde todos o casi todos, en su origen, eran migrantes parejamente pobres y que, en una o dos generaciones, consigue dividirse en clases bien marcadas, producir sus ricos, sus poderosos, desigualdades bien marcadas.

.Hay gritos, los anuncios son gritos y más gritos. Un cincuentón bajito con sombrero de cowboy, la cara hinchada, lentes oscuros, chaqueta y pantalón de cuero negro muy gastados, las botas con herrajes, grita el destino de un minibus con palabras que no llego a entender. Le pregunto.

–Es aymara, ¿qué quiso imaginarse?

Me contesta, casi belicoso, y se ajusta el sombrero:

–¿O dónde se cree que está, mi amigo?

 Alrededor, el mercado son kilómetros y kilómetros de puestos donde, dicen, se puede comprar literalmente cualquier cosa. El mercado se llama 16 de Julio, se celebra jueves y domingos y los alteños dicen, insisten en decir, que es el segundo mayor del continente después de La Salada, en el Gran Buenos Aires. El mercado 16 de Julio es como la culminación de ese espíritu comerciante que domina El Alto: el lugar donde se lo celebra y reverencia, el lugar donde se lo pone en escena en un teatro enloquecido. Aquí mercado es casi todo, pero el Mercado 16 de Julio es la más alta expresión de esa actividad que –dicen todos– hizo de El Alto lo que es..

–…y atención, para esa madre trabajadora, para esa señora que trabaja más que el hombre,  nosotros le estamos ofreciendo los productos maravillosos a los que hemos puesto por nombre “Enfermedades de la mujer”. Y esto es una maravilla, porque estos productos “Enfermedades de la mujer” son totalmente efectivos para las inflamaciones, infecciones a los ovarios, infecciones a la matriz, para esa madrecita que camina con ese problema del sexo blanco, el sexo amarillo, irritaciones, escozores. Muchas personas creen que esos problemas no pueden solucionarse y les crean muchas dificultades en sus matrimonios, en sus vidas, el marido les hace reproches, todo se vuelve más difícil, pero esos problemas pueden solucionarse con nuestros productos de medicina natural tradicional que aquí mismo…

Recita la voz grave de un altavoz en medio del mercado.

Aquí vender comida es cosa de mujeres. Ni un hombre –ni un solo hombre– en los cientos o miles de puestos que venden todas las variedades conocidas de la papa y otras más, cualquier verdura, arroz, maíz, fideos, granos varios, huevos, uvas, uchuvas, tunas, chirimoyas, mangos, manzanas, duraznos, peras, higos, bananas muy maduras, truchas y otros pescados crudos y fritos, carne de pollo y vaca y cerdo cruda y frita y seca, salchipapas, galletas, ajíes, sajtas, sopas, golosinas, hojas de coca, condimientos, pimientos, hierbas con y sin flores.

Son mujeres: solo mujeres en la entrada, la zona de nada más comida. Después todo se va mezclando: adentro del mercado puestos venden –por estricto orden de aparición– guantes de moto, cascos de moto, futbolines de madera hechos a mano con camisetas pintadas de Bolívar y Strongest o del Real Madrid y Barcelona, bolsos y bolsas, camisetas de fútbol, camisetas pantalones y remeras de marcas que no son, ruedas de bicicleta, ruedas de moto, dentífricos y cremas, jabones y papel higiénico, más papel higiénico, más papel higiénico, chips para celulares, choripanes, sopas, revoltijo de muñecas desnudas, criquets para cambiar ruedas pinchadas, herramientas diversas, clavos clavitos tuercas y tornillos, radios, televisores, plantillas de zapatos, lámparas y cables, partes nuevas de coche, partes de coche usadas, motores de coche, calcetines, guirnaldas para fiestas, montañas de ropa usada sucia para revolver, vírgenes de Copacabana y otras vírgenes cristos santos santas, perfumes truchos, relojes, toallas mantas sábanas, adornos chinos, bufandas que dicen “Tu envidia es mi bendición” y otros mensajes, anteojos negros, anteojos transparentes, gorras, pegatinas, tinturas para ropa, tinturas para pelo, protectores de pantalla para celulares, zapatillas –calles y calles llenas de zapatillas–, asientos para coches, dinosaurios de goma, anillos de latón, globos terráqueos, paraguas, llaves y candados, empanadas salteñas y pancitos, licuadoras, coches usados pero muy lavados con sus precios en dólares escritos en el vidrio, cuadernos agendas y marcadores de colores, grifos y lavabos, cinta para pegar billetes rotos, sacos usados, colección de barbis, abrigos usados de piel falsa, corbatas usadas, mantas y frazadas, pescado frito, pescado refrito, charquekán de Oruro, sartenes cacerolas pavas nuevas, aceite para máquina, cubos copia de rubik, cadenitas con dijes, pesas de gimnasio, cinturones de cuero, tatuajes en el acto, 1917 y otros miles de DVDs piratas, pilas para relojes, chicharrón de llama, polleras de chola, sombreros de chola, ponchitos de chola, sopa de maní, chaquetas de soldado camuflado, ponchos rojos, pelotas y pelotas, memorias con 1.000 temas  musicales, los diarios del día desplegados –veinte hombres alrededor leyéndolos–, mantas de colores, tuppers, billeteras, celulares robados, gomas de borrar –solamente gomas de borrar–, maniquíes decapitadas y mancas con bombachas negras, relojes usados, pañales descartables sin usar, un baño público a un peso boliviano el uso y muchos perros sucios. Y el camino se bifurca y trifurca y cuatrifurca y hay más calles y puestos y más puestos y todo reaparece y se repite, salvo los coches y los futbolines y las muñecas trastornadas, y nada tiene un precio fijo y todo se negocia, se discute, todo se discute, y hay hombres en algunos puestos, y de pronto la lluvia: una lluvia pesada, fría, encabronada, una lluvia que cae de demasiado cerca.

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Todos vendiendo algo, comprándolo: los aymara, me dicen, siempre fueron grandes negociantes –y así armaron El Alto. Hace unos años, me contaba Marco, él hacía tours para personas que venían a conocerlo y le tocaron tres políticos republicanos norteamericanos y los trajo al mercado y se morían de envidia:  

–Los gringos me decían puta, qué envidia, este es el modelo que Estados Unidos debería seguir. Porque ese es su sueño, un país donde no se pague impuestos, donde el mercado mande. Estaban entusiasmados, me acuerdo de uno que gritaba esto es lo que queremos, acá no hay impuestos, acá manda la plata.

El mercado es territorio liberado: sus mercaderes no reportan al Estado. Algunos dicen que, además, hay mucho contrabando, mucha droga, y que ese es el origen de ciertas fortunas alteñas; quién lo sabe.

–El centro del poder de El Alto es la 16 de Julio. A El Alto si le quitas la 16 de Julio le quitas el alma, no le queda nada.

Dice Marco.

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Aunque le queden, orgullosos, los cholets.

Llámase cholet a un edificio de cinco o seis pisos con tiendas varias en el  piso a la calle y una sala de fiestas tremebunda descomunal en el primero. En los dos o tres siguientes hay departamentos para los hijos del dueño y, en el techo, la vivienda principal hecha chalet de un piso o dos, con sus patios y plantas, animales, como quien se da el gusto de vivir en las afueras bien adentro. Y todo eso con todos los colores, todos los dibujos, todos los vidrios azul eléctrico y rosado bombón y verde flúo y dorado dorado: todos los trucos para que nadie –nadie nadie– pueda nunca no verlo. El color como una forma de la cachetada, la bombita de agua en la cabeza: los colores te chorrean por la cara, cumplen con su objetivo manifiesto.

El nombre le viene de un sarcasmo de clase: era, para los huequeños de La Paz, el estúpido chalet de un cholo, de donde esa palabra: cholet. Que poco a poco fue perdiendo su carga despectiva y se fue haciendo el símbolo de El Alto y lo convirtió en la única ciudad ñamericana con un modelo arquitectónico tan propio, distintivo.

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El cholet es arquitectura-reguetón: la exhibición de riquezas sin pudor, la exhibición de quien piensa que la riqueza es un premio de Dios –o de alguien  parecido.

La paternidad de los cholets se discute. Los mamanistas dicen que es el invento de un dizque genio local, Freddy Mamani, que ahora da vueltas por el mundo mostrando su arte; los antimamanistas dicen que es un invento colectivo, el resultado del cruce entre las viejas tradiciones aymaras y las fantasías de sus dueños y las destrezas y confusiones de sus albañiles. Y nunca se llegará a ningún acuerdo, así que el tema se debate con arrebato y animadversión y mucha plata de por medio. La propiedad de los cholets, en cambio, parece más o menos clara: son de los esforzados que la hicieron y ahora quieren que todos lo sepan.

–El cholet es una manifestación de acumulación del capital, una casa que vale entre medio millón y tres millones de dólares. El aymara burgués es un emprendedor, es alguien que ha hecho su dinero comerciando, es gente que trabaja full, y full no son ocho horas, es de las cuatro de la mañana a las once de la noche. Gente que ahora hace negocios grandes, con China, Chile, Estados Unidos…

Dice Marco, que los conoce bien, que trabaja con Freddy Mamani. Yo le digo que son, también, el signo de una confusión:

–Es curioso que el lugar que se ve desde lejos como la amenaza roja que cuelga sobre la capital, que de vez en cuando la pone en vereda, sea, si uno la mira desde más cerca, el lugar donde tiene más fuerza un modelo de acumulación capitalista clásica, bien individualista…

–El Alto se mueve con dos patas, por su condición de exclusión histórica, aymara, pobre, todo lo que ha vivido. Eso se traduce en lo que fue 2003, su capacidad de movilización y de presión política al Estado. Pero la otra pata, el motor de El Alto, es esta economía liberal, capitalismo puro. Y por las dos nos temen. Nos miran con respeto, con un poco de miedo por el tema político, pero también por el capital que es capaz de generar El Alto. Porque es un sector potente que por ahora no se mete en política, pero cuando sus negocios se vean afectados, ahí va a entrar. Y los políticos lo saben.

La amenaza se hiergue, brillante de colores.

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Hay, dicen, ahora en El Alto unos cien cholets completos –y quizás otras tantas imitaciones imperfectas. Se levantan orgullosos, definen la ciudad; muestran, además, que, a diferencia de muchos ricos ñamericanos, los aymaras no se llevan su plata a Miami o Panamá: la siguen invirtiendo en sus lugares. Muestra, también, que cuando se enriquecen no se van; se hacen una gran casa en el mismo lugar donde vivieron siempre, en medio de sus vecinos, sus parientes..

–Pero lo importante de los cholets no son sus colores, su imagen, sino las prácticas culturales que allí se desarrollan, las fiestas como espacio de encuentros, de intercambios. Se equivocan los que creen que esas fiestas largas, dos días, tres días, bodas, bautizos, que ahora se hacen en los cholets son solo para tomar; tomás, pero vas a una fiesta sobre todo a hacer negocios, a buscar quizás una esposa para un hijo, a concretar algo.

Me dice Roy. Roy es hijo de un hombre que, con su trabajo, pasó de la pobreza al cholet. Ahora se dedica a hacer negocios con lo que tiene su familia. Y me cuenta, también, ciertos detalles del proceso:

–Cada vez que terminas algo, un piso, un techo, lo que sea, haces una pequeña fiesta, una ch’alla, para celebrarlo. Una ch’alla es el agradecimiento a la Pachamama por lo que estás haciendo. Antes era matar a un cordero y derramar su sangre, por ejemplo, en los cimientos de la casa. Hoy es diferente; el otro día nosotros hemos ch’allado un terreno y hemos puesto una cabeza de chancho. Yo nunca había escuchado eso. Cuando vas a ch’allar te contratas un iatiri, que muchos le dicen brujo pero no, es un consejero espiritual, que después de hacer todo su ritual te da consejos… Entonces el iatiri tenía una mesa con cositas, dulces, formas, lanas, fetos de llama, y la cabeza de chancho, y después todo eso se quema, para que quede allí. Pero otra vez ví una llama: la han cortado, viva, y han empezado a esparcir su sangre. O cuando empiezan a construir también entierran algo, para que la casa tenga su firmeza; hay gente que dice que incluso entierran borrachitos ahí abajo, para que la casa no se mueva, que la Pachamama esté contenta…

–¿Cómo, borrachitos?

–Bueno, dicen que enterraban gente, que en las construcciones grandes entierran gente. Y dicen que vas viendo un borrachito, le vas charlando, le das de tomar, lo ponés a dormir, lo entierras ahí, y listo.

–¿Y será cierto eso?

–No se sabe si es cierto o es un mito urbano, nadie quiere hablar mucho de esas cosas. Son cuestiones bien íntimas…

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Pero del lado de atrás, del que no se ve –del lado íntimo–, los cholets también terminan en paredes de ladrillos sin revoque.

.–Bueno, mi pueblo era más alto pero no había trabajo. Sí, quince años hace que me vine. Llegué con Evo, casi. Y a El Alto lo vi crecer, ganar en estos años. Y el Evo también, que siempre ha estado con nosotros, la clase pobre, ¿sabe?

Dice Benjamín, cuarenta apenas, zapatero remendón con puesto fijo.

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Ya era de noche; entré porque me sorprendió la corriente sostenida de hombres más o menos jóvenes que entraba en un garaje a través de una puerta pequeña. Y, después, que detrás de la puerta diera a un pasillo más ancho y a la izquierda hubiera un mingitorio abierto –cuatro urinarios contra la pared– y que las luces fueran rojas y sonara una cumbia chicha y los hombres siguieran avanzando y entonces, recién entonces, empecé a ver a las mujeres. Las mujeres eran del todo jóvenes y tenían si acaso una bombacha tipo nada y un corpiño a juego. Hacía frío; algunas esperaban de pie junto a estufitas que había, cada tanto, en la pared; la mayoría esperaba junto a puertas con números, y detrás de las puertas había una pieza chica con una cama de una plaza y una estufa. Había treinta o cuarenta de esas piezas, una al lado de otra en el pasillo que bordeaba un patio techado; en el segundo piso había un pasillo semejante, más piezas, sus mujeres. Ellas, pese al frío, sonreían, y la sonrisa no es un producto local; la mayoría, altas, piernas largas, arrubiadas o claramente negras, tampoco parecían. Aunque unas pocas tenían polleras de chola y camisas de chola y trenzas de chola y eran gordas, anchas como una pachamama.

En el patio techado, junto a una barra que vendía cerveza muy barata, había un cartel enorme, cuatro metros de ancho. Su título era “Comunicado” y lo decoraba una rubia tetona piernas grasas. El Comunicado informaba que “A partir de la fecha se controlará los siguientes documentos para el ingreso y trabajo al local: 1. Carnet de identidad original. 2. Libreta de sanidad al día. Para las señoritas extranjeras: 1. Documento de radicatoria vigente. 2. Libreta de sanidad al día. Requisitos de higiene: –Un alcohol en gel. –Un alcohol medicinal. –Higiénico blanco. –6 toallas pequeñas. –Un ambientador en spray. –Un jaboncillo. –Un maletín o bolsa de mano.”

Los hombres seguían circulando. El mecanismo estaba claro: entraban, se ponían en fila, caminaban por el pasillo y, si encontraban lo que buscaban, se quedaban. Si no, se iban un rato al patio, tomaban una cerveza, esperaban, volvían a caminar por el pasillo. Algunos conversaban, pocos se reían, el olor a desodorante era un mazazo. Muchas puertas estaban cerradas, pero busqué una abierta y me sentí una basura cuando le pregunté a esa mujer con mucha más pintura que vestido que cuánto cobraba y ella me dijo que sesenta miamor y yo le pregunté por cuánto y me dijo que por quince minutos. Sesenta, por decir, son ocho dólares. Después salí a la calle y ví que había más puertas como esa, sus corrientes de hombres más o menos jóvenes, sus búsquedas de viernes a la noche, la tristeza. A la calle no llegaban las músicas; en la calle el olor era una mezcla de meo y pollo frito, y llovía apenas..

En la calle, en la esquina, en la llovizna, un señor bajito mexicano –su campera de jean, su pantalón de jean, sus botas puntiagudas– peroraba ante veinte o treinta hombres que lo escuchaban con atención flotante:

–¿Y cómo se llama hacer eso, hacer el amor o hacer sexo? Si estás pagando es una cosa, pero si es tu mujer, tu novia, tu pareja es otra, ¿y eso cómo se llama? Sí, hacer el amor, gracias. Y eso no es cuestión de subir y bajar, hacer el amor es todo un arte y ese arte muy pocos hombres lo saben. Hay varones aquí parados que tienen cinco años de casados, tres hijos, y cuando tienen su relación sexual no saben ni qué hacen. Por eso hay tanto cachudo, tanta mujer insatisfecha. Porque a los hombres solo les gusta montar. ¿Y saben quién monta? El burro, el caballo, el toro. Y algunos se creen que es una cuestión de cantidad, y por eso les hago una pregunta básica: el sexo todos los días, ¿será bueno o será malo?

Y así siguió sin pausa media hora, revelando a su audiencia la verdad de la vida e imágenes de coitos. Los concurrentes iban y venían. Al final, el señor quiso venderles ginseng para mejorar sus prestaciones. Dos le compraron; los demás se fueron arrastrando los pies, y el señor se quedó solo guardando sus fotos, su mercadería, refunfuñando en mexicano percutido.

–Pinches indios, no cachan una mierda.

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.–Si desde chiquita te han violentado y siempre fue normal, nunca nadie dijo nada, toda esa explotación sexual laboral te parece natural. Y en ciertas familias a las hijas mujeres se las ve como una fuente posible de ingresos: muchas veces son los padres y las madres que las comercializan, que las venden al hombre que las va a explotar.

Ximena Machicao es feminista, socióloga, paceña: ha trabajado años sobre la explotación sexual de las mujeres de su país.  

–Yo he trabajado con dos organizaciones que rescatan chicas menores de edad del trabajo sexual de calle en El Alto. Hay muchas, demasiadas, y trabajan a la luz y paciencia de todo el mundo. Y casi todas están lastimadas, golpeadas, y son adictas a la clefa, esa goma de pegar que es la droga más barata, tan dañina. Muchas de ellas les dan plata a sus gigolós, que suelen ser pandilleros, muchachos jovencitos. Y cuando les preguntaba qué las había llevado allí me contaban sus historias de familias muy disfuncionales, con mucha violencia. La mayoría de las muchachas habían sido violadas de muy niñas por el padre, el hermano, el padrastro, un tío…

El Alto es, también, una de las ciudades más violentas de Bolivia –en reñida competición con Santa Cruz. Hay pandillas, hay alcoholes y drogas fuertes y baratos, hay lugares donde te dicen que no vayas de noche, hay asaltos, hay asesinatos. En muchas esquinas los vecinos pintan un mensaje repetido: “Auto sospechoso será quemado. Ladrón pillado será quemado”. Algunos, más explicativos, agregan un muñeco tamaño hombre colgando de algún poste. Le pregunto a don Santiago, que vende ruedas de coche en esa esquina, y tiene, en medio de cada diente superior, un trocito de oro, si de verdad los queman.

–No, lo ponemos para que no vengan, no se vaya a creer.

–Pero, ¿y si vienen?

–¿Cómo que si vienen?

–Sí, si viene alguno y lo descubren y lo agarran, ¿qué hacen?

–Ahí nomasito se lo damos a la policía.

–¿Siempre?

–Bueno, siempre…

Me dice, con esa cara de para qué vamos a hablar.

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No hay datos confiables, dice Álex Ayala, cronista clásico hispano-boliviano, porque la policía no lleva un registro preciso, pero calcula que en El Alto hay entre uno y cuatro linchamientos de delincuentes cada mes –en nombre de una supuesta “justicia indígena”, directa, expeditiva. Los cálculos, en este tema, son difíciles: muchos se ocultan, no se computan, se cuentan de otros modos. A nadie le interesa registrarlos.

–La violencia sexual en la familia es incesante, aquí en Bolivia cada día violan a cinco o seis niñas más. Y eso produce una naturalización de la violencia. Sí, las nuevas generaciones han aprendido a romper el silencio, pero romperlo puede costarte la vida. El empoderamiento de esas nuevas generaciones, que en buena parte se debe al feminismo, puede ser fatal.

Me dice Ximena, feminista de años, y que ahí está la paradoja, que esta suerte de poder a medias hace que denunciar malos tratos pueda ser más que peligroso:

–De las 17 mujeres asesinadas en Bolivia este mes de enero, todas habían hecho denuncias por violencia, todas. Entonces ahí se plantea el problema del acceso a la justicia, del sistema policial, de toda una estructura podrida que nos deja sin defensa…

En ningún país de Sudamérica matan –en proporción– a más mujeres. Aquí un tercio de los crímenes que se denuncian son violencia de género.

.La Ceja es una de esas zonas donde te dicen que no vayas de noche –ahí, te dicen, están los cogoteros, los que te ahorcan con una cuerda que ellos llaman pita– y es, al mismo tiempo, el centro de El Alto, si El Alto tiene un centro. La Ceja es un revoltijo de minibuses atrancados, negocios y negocitos y puestos y carritos, los gritos de vendedores que se cruzan y los olores peleándose en el aire, cables cortando el aire, personas y más personas y una persona más: en La Ceja siempre hay una persona más, siempre algo sobra.

–Bueno, acá uno viene porque tiene trabajo o porque viene a buscar algo. Si no, ¿para qué vas a venir acá?

La Ceja es la apoteosis de ese “comercio informal” del que vive la mayoría de los alteños. Aquí hay ají de papalisa, ají de panza, ají de lenteja, ají de fideo, sopa de maní, sopa de quinua, sopa de trigo, chairo, fricasé, sajta, charquekán. Pocas sonrisas hay, tampoco. En general, pocas sonrisas en El Alto. Y después, como suelo, me discuto: ¿será que solo sonríen cuando importa?

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Y la quietud de los buses es desesperante. Cuando lleguen por fin realmente el desarrollo y el progreso llegarán los trancones de coches privados. Ese es el modelo, aspiramos a eso: han conseguido que aspiremos.

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La Ceja es el centro pero está en el borde: en el final de la meseta, asomada al precipicio y, también, al lado del peaje que marca el límite de la ciudad. Aquí está la primera de las alcaldías quemadas de El Alto, la de 2003; la segunda, la de 2016, está en Villa Dolores, un barrio próspero. La actual espera que la quemen en el Centro de Convenciones, cerca de un mercado campesino; la tentativa de octubre 2019 no terminó de conseguirlo.

Pero si, dentro de la continuidad, algo cambió en El Alto, ese cambio quedó sancionado en 2015, cuando el MAS perdió las elecciones a manos de una joven de centro derecha, Soledad Chapetón, alcaldesa en sus treintas.

.Al lado de las llamitas muertas, de los pequeños cadáveres secos de los bebés de llama que venden en sus puestos las señoras, junto a hierbas y piedras y caracoles y pajaritos muertos, todo para la Pachamama, esas alcancías con cara de chancho que también venden, toscas, verdes, cobran de pronto un carácter siniestro, cadáveres de cerdo ellas también, recuerdos de la muerte por monedas –digo, para decir que todo cambia tanto según qué lo acompañe, dónde esté. Un poco más allá, los brujos o amautas o quién sabe magos: son cincuenta o sesenta en sus casillas de material seguidas, cada una con su fogón delante, y en cada una uno te ofrece arreglarte la vida, devolverte al amado, protegerte la casa, curar tus extrañas enfermedades, pagar a la Pachamama, sacar la mala suerte de tus días.

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Aunque después pasan las cosas: en una plazoleta un hombre mayor, moreno, los rasgos aindiados, la cara y la ropa muy usadas, tres folletos revolucionarios en la mano izquierda contra el pecho, arenga a unos veinte o treinta parecidos: les habla de la esclavitud del proletario, del origen de los sindicatos, de la violencia de los blancos. Cuando llego y me sumo a la ronda, empieza a hablarme a mí:

–Usted, que sabe pensar, sabrá que…

Me dice por ejemplo como si, de pronto, nadie más le interesara, y así sigue. Es molesto, y al final se lo digo. Pero es, sobre todo, revelador –de algo que uno preferiría ignorar.

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Y un poco más allá, contradicción, una estación del teleférico. El teleférico empezó a funcionar en 2014, cruza los cielos alteños y paceños y es pura modernidad, pura elegancia. El teléferico es la ilusión de que otro mundo es posible: a unos cuantos metros sobre el nivel de la tierra –que ya está, recuerdo, a 4.000 sobre el nivel del mar– todo es limpio, ordenado, transparente; todo funciona como debería, cada cual tiene el lugar que se le debe, todo es pura mirada. Aquí no se compra ni se vende, la autoridad está muy clara; aquí no hay, como allá abajo, olores, roces, ni siquiera apuros: el tiempo es otra potestad del teleférico, él lo regula, él lo maneja.

(Solo que dura unos minutos; después hay que bajarse al mundo verdadero y su caos, ahora, es tanto más notorio. El teleférico, al fin y al cabo, es cruel de una crueldad innecesaria.)

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Y al mismo tiempo la zozobra de colgar en el aire, presos de una burbuja transparente.

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El Alto, queda dicho, es una ciudad de inmigrantes, donde todos son inmigrantes o hijos de inmigrantes: una ciudad hecha de personas que no pudieron o quisieron quedarse en sus lugares. Las personas de más de cincuenta nacieron, casi todas, en algún otro sitio. Y después está la generación de sus hijos –y sus nietos– que nacieron aquí, que ya no son migrantes, que hablan sobre todo castellano: la tele, la escuela, internet los unifican en la lengua más globalizada. Algunos saben un poco de aymara o de quechua para hablar con la abuela o cantar el orgullo nacional pero, me dicen, lo usan poco.

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Hablan, si acaso, aymarañol,

hermano.

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Pero siguen llegando. Y, para la mayoría, los terrenos de los primeros barrios, los más establecidos, son demasiado caros, así que se van adonde pueden, lejos, más lejos. Senkata es la periferia de esta periferia: el barrio de los depósitos de gas, el barrio de los enfrentamientos, a unos diez kilómetros de La Ceja por la ruta de Oruro. En Senkata, como en otros bordes, siguen vendiendo lotes, cada vez más apartados, cada vez más desprovistos, que recuerdan –me dicen– lo que era todo El Alto hace treinta, treinta y cinco años. Aquí, ahora, te venden un terrenito por dos o tres mil dólares y algunos vendedores incluso te regalan mil ladrillos para que puedas empezar tu casa.

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–La ciudad es así, se ha hecho a sí misma. Aquí el Estado es casi inexistente, nunca nos dan nada; entonces la cosa es bueno, si no nos lo dan tendremos que hacerlo. Y lo hacemos.

Dice mi amigo Alexis, treinta y pocos, escritor, editor, librero alteño –y orgulloso.

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Senkata es un desparramo de calles embarradas y edificios sin terminar, ladrillo y cables; algunos llegan hasta los cuatro y cinco pisos. A la entrada un mercado, dos cholets sin revoque, remolino de buses y minibuses y camiones, la carretera que corta en dos el pueblo.

–No, cinco años nada más, seis añitos hace que nos vinimos. Más allá vivíamos nosotros, pero acá nos pudimos comprar una tierrita para construir.

–¿Y ya pudieron?

–Sí, construindo estamos, nomasito.

Me  dice don Favián –con ve, me dice– que tiene un taxi: un capital, un ingreso constante y el miedo constante de que el coche se le rompa y todo se derrumbe. Aquí una casa es un proceso largo, años y años de ir consiguiendo y agregando ladrillos, los caños, los cables y la luz, los suelos, las ventanas, el baño, la cocina. Un proceso donde cada metro es un triunfo, un paso más en el camino interminable. Ciudades a medio hacer hechas de casas a medio hacer o, mejor: vidas donde todo es un esfuerzo continuado, espera contra espera, logro sobre logro. Vidas como un viaje sin fin por conseguir eso que otros tenemos antes siquiera de pensarlo.

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Y un esbozo de avenida principal y sus veredas de barro, yuyo y perros y sus pintadas por Evo y contra Evo, que en unos años va a estar hecha, va a ser una avenida principal. Y, al fondo, sobre la carretera, una docena de consultorios dentales y de peluquerías y tres o cuatro academias de música y materias escolares, y servicios de celulares y farmacias y abogados y tiendas de tortas de colores y cantidad de freidurías de pollo, por supuesto, y un par de bancos y un par de alojamientos y una papelería y una veterinaria y cuatro o cinco salones funerarios: muchos salones funerarios, que nadie vive para siempre.

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Pero, unas cuadras más allá, los paredones de la planta de acopio de combustibles de Senkata están recién construidos, sin pintar; hace meses, miles de senkateños los tiraron abajo con las manos. Estaban tratando de impedir que salieran de allí los camiones para La Paz, cuando Evo Morales era destituido y sus partidarios, para defenderlo, intentaron dejarla sin gas ni gasolina. La policía intervino; en unas horas mató a diez manifestantes –y sus familias, ahora, reclaman justicia.

Reclaman; el Estado –como suele– se hace el tonto.

Ellos –como sus muertos– salen a la calle.

El Alto es eso y es lo otro; es,

como todos los sitios,

mucho más.

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Quizá con esto ya esté todo dicho; quizá, no todavía.

Quizá no, todavía.

Hay lugares donde siempre es nunca -y no hay otros lugares.

27.394: un homenaje

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Martín Caparrós

27.394 son los días que pasaron, dice mi amigo Dani Yako, desde el 17 de octubre de 1945: debut del peronismo. Aquel día miles de personas ocuparon la Plaza de Mayo porteña para pedir la libertad de un militar y vicepresidente, el coronel Perón –y desde entonces.

Ya son pocas las personas que han vivido todo el recorrido: las que nacieron, como mi madre, en una Argentina imperonista. La mayoría de los vivos –tan vivos– nacimos en la patria peronista, y estamos allí mismo. No se me ocurren, en nuestros tiempos, muchas historias semejantes. Hay países ricos que mantienen partidos persistentes: los demócratas y republicanos americanos, los conservadores y laboristas ingleses, los socialdemócratas y democristianos alemanes. Pero en los países pobres las identidades políticas tienen vidas más cortas, más intensas, y no recuerdo otros donde una rija desde hace tanto tiempo.

Quizá sea porque la mayoría de esos movimientos guarda, año tras año, cierta continuidad, y eso los vuelve frágiles. No creo que ninguno haya cambiado tanto –aunque está claro que el peronismo fue, desde el principio y para siempre, claramente marxista. De ese vasto cuerpo de doctrina tomó, como hacemos todos, las ideas que mejor le cuadraban, sintetizadas en la frase famosa: “Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros”.

Así, nunca dejó de proclamar los que fueran precisos para mantenerlo en el poder –o cerca. Porque, como sabemos, el peronismo es sobre todo una máquina de obtener y conservar poder, al precio que eso requiera en cada circunstancia. Si para lograrlo hay que ser nacionalista católico obrerista o medioguevarista o sindicalista filomilitar o socialdemócrata estatista o liberal privatizador o izquierdista de pico, todo bien, todo lo ha sido y más: el poder es lo que siempre le importó. Y eso le permitió crear una amplia panoplia de dirigentes acordes.

Hace unos días discutíamos con otro amigo muy versado que se quejaba de que los políticos –argentinos, decía él– se alejaran tanto de cualquier saber: de que, en resumidas cuentas, fuesen tan tan brutos. Lo cual, entre otras cosas, decía, se notaba mucho en estas epidemias. Yo le decía que no es que desdeñen el saber: es que obtienen y tienen y mantienen un saber específico, el que necesitan para su práctica habitual: el conjunto de habilidades necesarias para medrar en sus carreras. Cortesía, discursos muy floridos, amistades eternas semanales, sonrisa, panquequidad, habilidad de simplificación, chupamedieces varias, decisiones sin remordimientos, obsecuencia rencorosa agazapada, la adaptación ante todo y ante todo: esa suma es el saber que les importa.

Ese saber es el que sí funciona como ventaja evolutiva: los que saben manejarlo crecen, ganan, se mantienen, se reproducen como modelos imitables. Eso, por supuesto, sucede en muchos lugares del mundo; en pocos, creo, sucede tanto como en la Argentina, donde el espacio político en que se desarrollan esos políticos lleva haciendo exactamente eso desde hace 75 años. El peronismo tiene el mismo saber que esos políticos: sobrevivir en cualquier contexto y situación –y así ha durado tanto.

Es casi una obviedad: toneladas de papel y saliva discutiendo qué es el peronismo, y no hay ningún misterio. Si, como decía uno de sus jefes, no miramos lo que dicen sino lo que hacen, la respuesta sigue estando clara: el peronismo es apetito de poder, consumo de poder, cagada de poder –y las vajillas y los cubiertos se lavan y se cambian.

Le funciona: ya lleva, entonces, 27.393 días –y mañana, nadie lo olvide, es San Perón y le rezan en Roma. No voy a arriesgarme al gorilismo básico. Ya hay suficientes practicantes y son, faltaba más, la salvación del Movimiento: si no fuera por ellos, los antiperonistas argentinos, el peronismo sería decididamente repudiable.

Así que no. Pero tampoco quiero privarme, en este día 27.394, de un tímido deporte de interiores: tratar de pensar –pa’joder, por supuesto– cómo habría sido la Argentina sin aquel 17 de Octubre, sin Evita y Perón, sin Menem y Zulemas, sin Néstor y Cristina, sin Alberto y Dylan. Quizá peor, quizá mejor, quizá mucho mejor; tan diferente. En todo caso hoy es el día, ahora mismo me pongo a imaginarla.

Nada muy ambicioso: me pego un tiro y vuelvo.

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