cháchara

un cuarto –medio medio– propio

Hasta la muerte

Martín Caparrós

Hace unos días un periodista y filósofo brasileño, Hélio Schwartsman, armó un revuelo extraordinario en su pequeño país cuando escribió que quería la muerte de Bolsonaro –“Por que torço para que Bolsonaro morra”– para que miles de compatriotas salvaran sus vidas. Y ni siquiera proponía matarlo: solo que se muriera de su gripezinha. La negligencia altanera del tal presidente hizo que Brasil ya tenga casi 130.000 muertos por Covid –620 por millón de habitantes, el triple que la Argentina.

La proclama de Schwarstmann no es siquiera violencia política, pero comparte con ella una premisa: que algunas muertes pueden beneficiar a una comunidad. Supo ser, en tiempos, una idea posible; ahora es anatema: algo que ni siquiera se discute.

Siempre me fascinó la historia de Georg Elser. Había nacido en 1903 en el sudeste de Alemania; su padre era agricultor y esperaba que Georg también lo fuera, pero él no. Así que se fue de casa, aprendió tornería, carpintería, relojería: podía hacer muchas cosas con las manos, pero los años ’20 eran difíciles, tan fácil quedarse sin trabajo. Elser era muy luterano y se hizo un poco comunista, porque creía que eran los que más defendían a los obreros como él; en sus ratos libres tocaba el acordeón. En 1930 tuvo un hijo con una chica con la que no duró; en los años siguientes cambió mucho de amor, de trabajo, de ciudad. Era, como tantos, una hoja al viento de la tormenta que agitaba Europa; en 1936 empezó a trabajar en la línea de producción de una fábrica de armamento. Allí entendió –o creyó entender– las intenciones del canciller Adolf Hitler, que ya gobernaba su país: nadie fabricaba tantas armas si no pensaba usarlas. Conducida por ese loco violento, Alemania volvería a caer en una guerra como la que la había destruido pocos años antes. Georg Elser decidió que había que impedirlo. No sería fácil, y menos para él, un obrero entre tantos.

El 8 de noviembre de 1938 Hitler hablaría en la Bürgerbräukeller, la cervecería de Munich donde había intentado, en 1923, su primer golpe de Estado. Elser quiso verlo; cuando llegó, pasadas las diez, el evento se había terminado. Pero esa misma noche empezó a pensar, tomar medidas, imaginar maneras. Dos días después Münich fue sacudida por la Kristallnacht, una de las grandes explosiones antisemitas del nazismo. Elser fue afinando su plan: al año siguiente, cuando el Führer viniera a repetir su acto, lo volaría por los aires. La preparación fue lenta y meticulosa; hábil, dedicado, fabricó una bomba de relojería y se coló muchas noches en la cervecería para esconderla en un agujero que abrió dentro de una columna –y que cerró tan bien que nadie pudo verlo. El 8 de noviembre de 1939 la Segunda Guerra Mundial ya llevaba un par de meses. Elser, nervioso, ilusionado, se dispuso a acabar con ella acabando con Hitler y su estado mayor. Allí estarían, se anunciaba, Goebbels, Heydrich, Hess, Rosenberg, Frank, Himmler: lo más potente del partido y el gobierno.

Todo cuadraba: el discurso de Hitler debía empezar a las 21 y durar hasta pasadas las 22; la bomba estaba lista para explotar a las 21.20. Pero esa noche hubo tormenta y el Führer, que no podría volver a Berlín en su avión, acortó su discurso para volver en tren. A las 21.09, Hitler y su comitiva se fueron de la cervecería; minutos después, la bomba estalló en el local casi vacío –y mató a ocho retrasados. El azar, esa noche, logró cambiar la historia.

Días después Georg Elser fue detenido y torturado; querían que confesara que era parte de un complot, porque los mandos nazis odiaban suponer que un solo hombre podría haberlos destruido –y él siempre lo negó. Lo guardaron en el campo de concentración de Büchenwald durante toda la guerra y lo mataron semanas antes del final. Elser, dicen, seguía creyendo que había hecho lo correcto y que, a su muerte, su dios lo recibiría con los brazos abiertos.

¿Qué habría pasado si aquella noche en Baviera no hubiera habido tormenta, si la bomba hubiera estallado unos minutos antes, si Hitler se hubiera ido unos minutos después –en síntesis: si el mayor asesino de la historia hubiera volado por los aires? ¿Se puede suponer que veinte o treinta millones de personas se habrían salvado de morir en la locura nazi? ¿Se puede calcular que habría sido mejor para la humanidad que Adolf Hitler, en lugar de suicidarse en 1945, muriera aquella noche? ¿Se puede pensar que ese crimen, entonces, era deseable, y lamentar que no se haya realizado? ¿O todo crimen es condenable y, por lo tanto, fue mejor que no?

Se podría decir que el debate está abierto -si no fuera porque, en general, está cerrado. La corrección política -la mejor forma de no pensar política- lo tiene muy claro: lo que sirve es producir ideas simples, tajantes, desprovistas de cualquier matiz; eslógans. Y es fácil condenar la violencia. Hemos llegado a una especie de unanimidad para condenar la violencia política porque medios y políticos y demás aplanadoras de salón han conseguido adjudicársela por default a los malos: solo los malos la ejercen. O, dicho de otra manera: cualquiera que la ejerce es un “terrorista”. En los últimos años la figura del terrorista se constituyó como el gran cuco. Terrorista es una de esas palabras que producen repulsa automática, que no se discuten, como pedófilo, parricida, machista, árbitro de fútbol, y el terrorismo fue –hasta que llegó la pandemia– el gran argumento para justificar la intrusión cada vez más brusca de los estados en nuestras vidas. (Otro día hablaremos de la desproporción entre los dieciocho -18- muertos que produjo el terrorismo en Europa, por ejemplo, en 2019, y los miles de millones de euros gastados para “combatirlo” –y controlarnos por nuestro propio bien.)

Así que toda violencia política es terrorismo y por lo tanto la condenamos y la repudiamos y le escupimos en un ojo. Lo cual es bueno porque esa violencia, en muchos casos, se ejerce contra gente que queremos o admiramos o apoyamos. Pero también nos evita, como suele, tener que pensar, que debatir: ¿quién está a favor de que mataran, por ejemplo, a Hitler en 1939 y quién dice que fue mejor que no?

O, para no insistir en ese ejemplo demasiado fácil: ¿qué fueron las independencias de nuestros países sino el ejercicio de la violencia política? ¿Qué fueron las gestas tan glorificadas de Bolívar, San Martín, Hidalgo, Martí y compañía limitada sino la decisión de unos cuantos españoles que querían cambiar el sistema político y tomaron las armas para hacerlo? Cuando el Libertador José de San Martín cruzó los Andes con un ejército, cuando mandó a tantos muchachos a matar muchachos “enemigos”, cuando hizo fusilar a tantos, tenía una razón que lo justificaba, y lo que hizo se enseña en nuestros libros como una cumbre de la historia, lo mejor que un argentino pudo hacer.

¿Cómo, sin esa violencia, habrían conseguido aquellos sudacas sacudirse el poder español? Y ¿qué diferencia aquella violencia de la de Isis, por ejemplo y con perdón, más allá de que aquella ganó y consiguió construir su propio relato, del cual somos portadores más o menos sanos? ¿Que San Martín es de los nuestros y al-Baghdadi no? ¿Que nos gusta la fundación de un estado católico pero no la de un estado islámico? ¿Que pasaron dos siglos?

La historia de nuestros países está construida sobre ese gran ejercicio de violencia política. Personas que querían cambiar de gobierno, de orden social, de estado, y sabían que si no se armaban y peleaban no lo conseguirían –y tenían un discurso que los legitimaba sin lugar a dudas: nuestras patrias.

Lo que se enseña a nuestros chicos en la escuela no es que la violencia política está mal; es que está mal cuando no nos gusta la causa para la cual se ejerce –y que está bien cuando esa causa sí nos gusta. Aquellos violentos tenían una meta que les parecía –y todavía nos parece– válida, y entonces justificaba su violencia. El problema, otra vez, no son los medios sino los fines. La idea de que si hubiera un fin válido los medios se legitimarían: que todo depende de la causa.

Muy a menudo los violentos defienden causas que no nos gustan –entre otras cosas, porque las defienden con violencia. Pero a veces no. Entonces, ¿qué pasa cuando la causa nos parece justa? Si manifestantes venezolanos contraatacan ante una carga de su policía, ¿qué diremos? ¿Qué si, por ejemplo, tras 70 años de ocupación china del Tibet, un grupo de partidarios del Dalai Lama se levantara en armas contra su invasor? ¿Qué, cuando miles y miles se lanzan a quemar y romper en Estados Unidos porque no ven otra forma de evitar que la policía siga matando negros, porque saben que sin esa violencia nadie les hará caso? ¿Qué, cuando Elser mata a Hitler y evita el Holocausto? ¿Volveremos a la ética de los fines justificando medios o argumentaremos que los medios transforman los fines, que no se pueden conseguir fines justificables por medios injustificables porque, al usarlos, ese fin se desnaturaliza? ¿O evitaremos, una vez más, cualquier debate con eslógans?

Parece bizantino y académico; no lo es. Lo más fácil es decir que toda violencia es mala aunque al mismo tiempo celebremos con feriados y monumentos y homenajes a esos violentos que llamamos próceres. Es, por suerte, una de esas discusiones peligrosas -¿alguna situación justifica respuestas violentas?; si sí, ¿cuál sería?- que ahora parece innecesaria y yo, ya sé, no debería meterme en ella. Por desgracia no lo será siempre: si algo enseña la historia es que siempre es una palabra que no habría que escribir nunca.

O casi nunca.

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En voz alta:

Donde dije Lío digo Leo

Martín Caparrós

Lo que impresiona es la incapacidad, la incompetencia. El segundo deportista más rico del mundo decide hacer una movida judicial para dejar la institución donde trabajó los últimos 20 años. Entonces, rico como es, contrata al estudio/bufete de abogados más reputado de su país para que lo guíen en la ruptura. Así guiado, el segundo deportista más rico del mundo manda un “burofax” diciendo que donde su contrato dice 10 de junio no quiere decir 10 de junio sino 25 de agosto y que, por lo tanto, puede romperlo sin pagar los 700 millones de euros que ese contrato prevé para casos de fuga. La institución, previsible, catalana, le dice que ni en pedo y que si no cumple con sus obligaciones lo va a llevar a juicio y le va a hacer pagar hasta el último céntimo y, con todo cariño, le va a amargar la vida. Entonces el segundo deportista se da cuenta de que ningún club va a querer contratarlo bajo la amenaza de pagar esos 700 millones de euros y entiende que si va a juicio puede pasarse mucho tiempo sin jugar y entiende –al fin entiende– que ya no está para esos trotes y sale a decir que sus hijos lloran y que él nunca quiso decir lo que dijo y que se va a quedar y donde dije Lío digo Leo, digamos, porque decir que donde dije digo digo Diego tiene reminiscencias muy extrañas.

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(And I’m not that messy anymore.)

Es, con todo respeto, un papelón, una vergüenza. Para el segundo deportista más rico, pobre, que ahora tiene que hacer malabarismos sin pelota para explicar –y explicarse– por qué está haciendo lo contrario de lo que quería hacer y, por supuesto, para sus abogados, agentes y parientes que lo llevaron por este camino de derrota. Pero también, de algún modo, para todos los que, estúpidamente, miramos este show como si fuera algo.

(No fue nada. Y no fue, sobre todo, esa gesta de libertad individual y romanticismo futbolero y demás chorradas que algunos arguyeron. Es, sí, bruto triunfo del sistema –un tipo firmó un contrato y de pronto decidió no cumplirlo y le mostraron que sí lo cumpliría– pero lo consiguió contra uno de los señores que más y mejor se han aprovechado de ese sistema. Se había aprovechado tanto que creyó que podía cagarse en él; su sistema le demostró que no podía. Que si había firmado un papel para ganar en un año de sumisión intolerable lo que el 99,97 por ciento de las personas no gana en una vida, se lo harían cumplir.)

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Ahora Lionel Messi tendrá que salir a jugar al Camp Nou y simular que quiere, que quiso, que nunca dejó de querer. No será fácil: la magia se rompió. En pocos días, para muchas personas, Messi se convirtió en un muchacho caprichoso y desagradecido. Ahora va a ser mucho más difícil atribuirle esa ficción que pretende que un jugador de fútbol juega en un equipo porque lo eligió y que lo quiere como lo quieren los que lo eligen cada semana de su vida: esa ficción difícil de creer en que se basa el fútbol. Y que Messi encarnaba mejor que casi nadie porque siempre había estado en el mismo club, aunque dijera que era hincha de otro.

No creo que Messi se preocupe por eso: sabe –de algún modo sabe– que el olvido lo salva. Si el olvido es fácil en general, nunca es más fácil que en un campo de fútbol. Messi hará unos goles, y, en cuanto gane un partido importante, miles y miles querrán creer que nada de esto sucedió realmente y harán como si no hubiera sucedido. Pero, tan caprichoso como el olvido, el recuerdo también puede volver corriendo: si sigue fallando como fallaba últimamente –si el tiempo se manifiesta como se había manifestado últimamente– miles y miles recordarán que ese muchacho que antes era dios ahora solo es un cura que renunció a la verdadera religión porque quiso correr tras unas faldas. Y, con el tiempo, le aplicarán el olvido verdadero: el que hace que, hoy, nadie sepa quién era Jairzinho.

Nada importante, por supuesto: solo fútbol. La ficción futbolera podrá con esto y mucho más: tiene la gran ventaja de que lo que queremos es creerle. Lo que casi me preocupa es que Messi lo haya hecho tan rematadamente mal: quería irse, tiene que quedarse. O sea: lo que realmente me impresiona es que una operación que involucra al segundo deportista más rico del mundo y varios cientos de millones de dólares o euros y un par de jeques árabes y algunas de las empresas más poderosas del planeta se haga tan mal: que lleve, finalmente, al resultado exactamente contrario del que buscaba.

Si esto es así en temas de esta importancia, de este porte, ¿qué se puede esperar de tonterías como, digamos, desactivar una pandemia?

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En voz alta:

¿Cuánto vale un muerto de corona?

Foto: Omar Lucas

Martín Caparrós

Seguimos afirmando: es increíble pero seguimos afirmando. Si algo tendría que habernos vuelto definitivamente socráticos es la puta pandemia: “Solo sé que no sé nada” debería ser el grito unánime de millones y millones sorprendidos, corridos, aterrados por un bichito bobo. Y aceptar que vamos aprendiendo poco a poco solo para aprender, poco después, que lo que habíamos aprendido era un error, y después otro. Pero no: ni siquiera una pandemia consigue bajarnos del burro y todos sabemos advertimos juzgamos sobre todo a los gobiernos que tuvieron que enfrentarse, de la nada, con una situación que nadie imaginaba.

Creo que a esta altura ya no quedan dudas de que todo lo que los gobiernos hacen frente a la pandemia es ensayo y error –y que, como en todo proceso de ensayo y error, el error es bastante más que el ensayo. Se equivocan, lo intentan otra vez, se equivocan de nuevo, consiguen algo, consiguen menos que lo que querrían. Sucedió en todos lados, parejito, pero lo hacían gobiernos de tal o cual partido así que, tras los primeros días de perplejidad y tolerancia, cada país recuperó sus divisiones previas. En la Argentina, donde no hay nada más fácil que encontrar una trinchera, millones se lanzaron.

Era simple: como el gobierno es más o menos peronista, mayoría de peronistas apoyó sus medidas de restricción de movimientos, cierre de casi todo, el desierto económico. Como el gobierno es más o menos peronista, mayoría de antiperonistas decidió que sus medidas eran una privación de las libertades o incluso de la libertad y se atrincheraron detrás de la bandera de yo hago lo que se me canta y a mí nadie me manda.

Son opiniones. No sabemos nada a ciencia cierta –y la expresión “a ciencia cierta” ya es contradictoria. La única forma de medir la eficacia de esas medidas es comparar lo que pasó con lo que podría haber pasado sin ellas y es hipotésis pura: no da datos, no sirve.

Entonces se puede, si acaso, tratar de comparar los resultados de distintos países. Tampoco es fácil, porque algunos números son muy relativos. La cantidad de contagios es una aproximación estadística, que cambia tanto según cada lugar: un porcentaje variable de los contagiados no se detecta nunca porque no hay pruebas suficientes, porque sin síntomas no hay razón para hacérselas, porque no hay plata o voluntad. Pero hay un número innegable: los muertos no se inventan ni –en general– se disimulan. Son números que cantan, elocuentes.

Ayer uno de los diarios conservadores de la Argentina tituló sus cifras del día con un título que, como suelen, intentaba orientar la lectura: que la Argentina ya era el décimo país con más contagiados del mundo. Quería decir, una vez más, que la política oficial no estaba resultando –y, por supuesto, es una posibilidad.

Pero después lo mirabas y veías que tras esa cifra discutible había una cifra indiscutible: que, con un número de contagiados semejante, España, el siguiente en la tabla de contagios, había llegado a 29.094 muertos y que Argentina, en cambio, tenía 8.660: menos de un tercio. O, también: que Argentina tenía menos de 200 muertos por millón de personas allí donde España, Italia, Chile, México, Estados Unidos o Brasil rondan los 600. La misma proporción: un tercio.

Ese número significa algo. Todos los países tomaron medidas para evitar que una enfermedad brutal matara a más personas; al gobierno argentino, pese a su tradición, para sorpresa de tantos, le fue mucho mejor que a muchos otros. Las causas, por supuesto, se discuten: parece que el azar de haber llegado un poco más tarde a la epidemia permitió a sus autoridades cerrar la sociedad en una fase más temprana. Así, probablemente, pudo contener el avance del virus y evitar los atascos sanitarios que mataron, en otros sitios, a tantos miles de personas.

Fue una suerte y un –relativo– éxito, y su éxito relativo hizo que millones relativizaran la necesidad de seguir aplicando esas medidas. Al principio las habían apoyado porque temían por sus vidas. Después vieron que no se morían suficiente y empezaron a hartarse porque una pandemia es angustiosa y aburrida y un desastre para la economía. Entonces muchos se lanzaron a protestar y están hartos y quieren recuperar sus rutinas, trabajos, relaciones, sus dineros. Es lógico; todos queremos. La cuestión es qué queremos arriesgar a cambio.

Los argentinos, como suelen, se subieron a sus grandes caballos. Encabezan la marcha ecuestre unos señores educados que trabajan de pensar y esas cosas y primero publicaron que su gobierno era una “infectadura” y, ahora, que ejerce el “terrorismo sanitario”. Y tantos lo corean en la calle o los medios o ese refugio de la mezquindad contemporánea: «las redes».

Parece una caricatura de la argentinidad: no debatir cuestiones sino buscar el mejor eslogan agresivo, el cantito de cancha que suene más conchudo y salir a gritarlo. Que lo haga la Doce puede tener alguna gracia; que lo haga un grupo de dizque intelectuales es tristeza pura. Están hablando de una política destinada a salvar vidas que, más allá de sus muchos problemas, consiguió –parcialmente, siempre parcialmente– su objetivo.

No es una opinión, son esos números. España y Argentina tienen casi la misma población –alrededor de 45 millones– pero España es un país rico, la decimocuarta economía del mundo, con una sanidad pública casi universal. Y sin embargo, en cuanto a la pandemia, la diferencia entre España y Argentina es que en España –hasta ayer– murieron 29.094 personas y en Argentina 8.660. En Italia y Francia la cantidad de muertos es semejante a la de España. Es simple, y es una medida posible: en Argentina murieron veinte mil personas menos. Se salvaron veinte mil personas.

Pero hay muchos argentinos a los que eso no les parece bien. Extrañan su libertad, temen por la economía. Quizá veinte mil personas les parezcan pocas para tanto quilombo. Habría que ver por cuántos vale la pena complicarse la vida, por cuántos compensa joder la economía. ¿Cuánto vale un punto del PBI? ¿Mil, dos mil, tres mil vidas? ¿Cuántos estamos dispuestos a dejar morir para salvar la plata y los abrazos?

Yo solo espero, por el bien de la Patria, que la próxima pandemia no nos agarre sin esas tablas bien actualizadas: que haya un gobierno serio, digo, y publique los baremos. Eso sí que será republicano.

Para una Enciclopedia del Adiós

Martín Caparrós

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Empiezo a sospechar que –por suerte– no la voy a escribir nunca, pero llevo años preparando una Enciclopedia del Adiós. Es una de esas ideas peregrinas que pueden ocuparte la cabeza durante el tiempo suficiente como para que, de tanto pensarla, llegue el momento en que no necesites hacerla para haberla hecho. Eso espero porque, por más que lo intento, no encuentro el modo de empezar a terminarla –ni la forma de despedirla para siempre.

La idea apareció –como suelen aparecer esas ideas– a traición, escondida detrás de una obviedad: que toda despedida es una ficción. Yo iba mucho a aeropuertos; siempre supuse que son el mejor remedio para cualquier melancolía. Los aeropuertos son -¿son?- los lugares con mayor concentración de amor por centímetro cuadrado –y el amor, por una asociación curiosa, nos remite fácil a la felicidad. Los aeropuertos son amor desbordante: en las llegadas, cuando los novios, los esposos, los padres y los hijos, los amantes y amigos se reencuentran y afectan el afecto que les produce ese reencuentro; en las partidas, cuando los mismos se tocan y se abrazan y se besan imaginando que, pese a todo su amor, no van a besarse ni abrazarse ni tocarse por un tiempo: cuando hacen el esfuerzo de suponer ese tiempo desprovisto de amor tocado y actúan en consecuencia; cuando no hacen lo que hacen en función de su presente sino de ese futuro; de algo que, por el momento, es sólo imaginario: la ausencia que empezará con esa despedida.

Ficción, pura ficción, y el hecho de que adiós es una palabra eficaz en el sentido estricto de eficaz: una palabra que produce realidad. Cuando alguien dice adiós provoca, de inmediato, la realidad de una separación; hay pocas palabras tan potentes. Por eso –y otro par de razones más inconfesables– se me ocurrió que quería coleccionar sus formas y pensarlas, y empecé. Con los años, he llenado cuartillas –que ahora se llaman documentos– con notas, datos, historias curiosas y otras boberías.

Para empezar, por supuesto, una etimología: no hay nada más aparentemente definitivo que decirse adiós, a Dios, decirse no voy a verte hasta que nos veamos, muertos, ante ese señor, Nuestro Señor. Si alguien pensara, pensaba, en la literalidad de ese saludo tendría que agarrarse a trompadas con quien se lo dijera. Por suerte no pensamos. Si pensáramos se podría empezar por la evidencia –para poder terminar en la obviedad–: sin dios no hay adiós. ¿Cómo pensar la despedida en una sociedad sin dioses? O, antes, ¿cómo pensar en una sociedad sin dioses? O, incluso: ¿cómo pensar en una sociedad sin dioses?

Aunque, ateos funcionales, ya no decimos tanto adiós; ahora decimos más bien chau –puro sonido sin sentido–, hasta luego u otras formas más leves que he ido recopilando y debo analizar. En castellano nos vemos poco; el castellano es un idioma ciego rodeado de lenguas muy visuales: au revoir, see you later, ci vediamo, auf wiedersehn son los saludos que, en otros idiomas europeos, implican la visión; serían, en castellano, hasta la vista, que suena tan falsete.

Pero no todo se quedará en la palabra; lo más jugoso de mi Enciclopedia sería tratar de establecer una tipología del adiós: la chicha, el meollo del asunto, cómo son. Hay adioses, por supuesto, para todos los gustos. Hay adioses románticos –los más, y se caracterizan porque una de las partes, en general, preferiría no hacerlo. Hay adioses heroicos –que tratan de construir una leyenda. Hay adioses prematuros –y su ejemplo más brutal es el suicidio. Hay adioses tibios displicentes –y son los realmente insoportables. Hay adioses que se dicen con la esperanza de que sean mentira –y suelen ser tan ciertos. Hay adioses estentóreos, llenos de rabias y portazos y gritos –y muchas veces son tan mentira que se vuelven ciertos.

Hay adioses breves y tajantes, tipo galán recio; hay adioses prolongados, reloj no marques las horas; hay adioses alborozados, menos mal que se fue de una vez; hay adioses desgarradores, cualquier telenovela. Hay adioses cuidadosamente preparados y los que llegan espontáneos, los hay retóricos floridos y los hay secos como cactus, los que te dejan con las ganas de más y los que acaban cualquier gana para siempre, los que creen en sí mismos y los que se desmienten sin vergüenza. Hay adioses que nada explica y que, por eso mismo, se vuelven meritorios o misteriosos, que suele ser lo mismo.

Y está, por supuesto, el adiós principal: tu quoque Brutus, muero contento hemos batido al enemigo, he arado en el mar, viva la patria –cualquiera sea esa patria–, me acabo de tomar 18 whiskies o, como dicen que dijo Groucho Marx, esto no es vida. O su primo Karl, a la casera que le pedía que dijera unas últimas palabras: vamos, salga de una vez, las últimas palabras son para los tontos que no han dicho suficiente. Forma suprema del adiós, las últimas palabras del moribundo son –o deberían ser– la despedida sin vuelta atrás posible. Aunque, especialistas en querer lo imposible, hayamos inventado esa forma de pedorreta de ultratumba que llamamos, a falta de mejor nombre, testamiento –como si un muerto sólo pudiera hablar de plata.

Pensamos, en general, en el adiós como algo cruel; pocos hay más crueles que esos adioses que no se dicen a nadie más, sólo a uno mismo: ese gran momento en que alguien reconoce que, por más que lo intente, ya no va a ser distinto del que es y dice un adiós emocionado a la posibilidad de parecerse a la idea que uno tenía de uno: ya sé, ya lo entendí, voy a ser para siempre éste que no se me parece. Y, en las antípodas, los adioses que se dicen a millones: cuando se reconoce que una cultura ha cambiado sin remedio, que ya nunca seremos los que éramos. Entre ambos, tantos otros adioses que solo una Enciclopedia puede contenerlos.

Así que en mi Enciclopedia del Adiós habría historias, anécdotas, fragmentos, frases descollantes, alguna astucia inverosímil y la firme convicción de que la vida es una larga escuela de la despedida. Pero, por suerte, tengo tantos materiales ya reunidos, tantas notas tomadas, tantas tomas notadas, despedidas famosas despedidas fallidas, despedidas pedidas e impedidas, palabras admirables susurros tartamudos, pasiones desatadas rematadas desdenes distraídos, tanta pavada junta que es probable que no la escriba nunca; temo, entre muchas otras cosas, terminarla, arrastrarme hasta el fin del adiós, amenaza terrible, el mayor miedo.

Lo pensaré; si soy coherente con mi cobardía, terminaré escribiendo la historia del hasta luego –y me haré monja y empezaré a creer en la vida de después. No será fácil, pero peor es decir adiós.

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(En estos días un señor le dijo adiós a un club. No es una despedida habitual, pero ha desencadenado, incluso aquí, tormentas de palabras. Y ha hecho que muchos piensen -pensemos- en las variadas formas de la despedida. Un momento casi ideal para despedirme de este texto, que publiqué por primera vez hace unos años en Colombia.)

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En voz alta:

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Messi la rompe

.Martín Caparrós

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Messi se fue.

Mientras duró, de todo hizo placer;

cuando se fue, nada dejó que no doliera

–escribió, preclaro, hacia 1940 el gran Macedonio Fernández.

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Messi se va, o dice que se va. Nadie sabe, en estos días confusos, qué es anuncio y qué es amenaza en esta riña de gallos cocoritos. Lo cierto es que ayer mandó un burofax –“burofax” es la clave de todo– a su club que dice que deben liberarlo gratis porque tenía una cláusula que se lo permitía y que aunque esa cláusula vencía el 10 de junio en realidad no venció el 10 de junio porque 10 de junio no quiere decir 10 de junio sino fin de la temporada y la temporada acaba de acabar. El poder metafórico de las fechas es su última genialidad, y va a cambiar ciertas formas del tiempo: ahora, ¿quién podría negar que un contrato que termina el 21 de septiembre en realidad debe terminar el día en que caigan primeras hojas otoñales, en el Norte, o florezcan capullos, en el Sur?

Todo florece, todo cae. Lionel Messi postula la inutilidad del calendario y manda un documento como quien manda un esputo volante, para empezar una pelea, agarrame que lo mato. Es curioso lo mal que suelen terminar las relaciones entre los futbolistas y sus clubes: dificultad de los adioses. Nos enteramos cuando le pasa a Messi o a Ronaldo o Casillas o Juan Román Riquelme, pero sucede casi siempre. Como si hubiera algo básico que impide un buen final. Durante años, un muchacho ha vivido en un club, para un club: ese club ha sido la mitad de su vida, la razón de su vida. Durante esos años, además, las formas imponen que ese muchacho manifieste que ese club le importa mucho –y quizás incluso sea cierto. Y las formas imponen, como casi siempre, que se proclame amor lo que es puro interés compuesto.

Pero, durante todos esos años, tanto el club como el muchacho han sentido que daban más que el otro –la clave de todas las parejas– y lo han soportado porque creían que así conseguirían lo que querían. De pronto pasa algo –el muchacho ya no es lo que fue, el club ya no es lo que fue, los dineros, las famas, el tiempo– por lo cual dejan de soportar lo que antes sí. Y no encuentran, casi nunca, una forma civilizada de arreglarlo porque esa revelación nunca llega a los dos al mismo tiempo –y uno de los dos se siente desdeñado. Es el momento de algún drama, tan menor como todos los dramas que se ventilan en los diarios. Y entonces, como nos aburrimos, seguimos ese drama, lo hacemos nuestro drama.

El drama, ahora, no es que Messi se vaya; es, como siempre, cómo. El burofax, en este caso. Su partida entre odiosa e insidiosa recupera la vieja duda sobre su condición: siempre nos preguntamos si era más catalán o más argentino. El cliché del argentino dice que somos avivados, que siempre intentamos sacar ventajita de todo. El cliché del catalán dice que son agarrados, que siempre tratan de pagar lo menos posible. Messi, entonces, ¿sería la síntesis perfecta?

Seguramente tiene razones para irse. Vuelan las teorías conspirativas, que si fue porque Koeman no le iba a tolerar sus viejos privilegios, que si fueron esos privilegios los que arruinaron este equipo, que si su odio con su presidente catalán, que si su amistad con su amigo uruguayo, que si, que si, Messi.

Lo brutal es que se vaya con esta furia, este portazo. Como quien quiere asegurarse de dejar, detrás, tierra arrasada: como quien teme arrepentirse y dice voy a insultarlo tanto que ya nunca vamos a poder..

Pero es triste desbaratar así tu herencia, tu “legado”. O, dicho de un modo menos cursi: el pibe se pasó veinte putos años de su vida en Barcelona, en el Barcelona. Ahí se curó, creció, se hizo mayor, jugó, ganó, armó su vida, se vistió de millones y millones. Ahí lo quisieron como no lo quisieron en ningún otro lado –y seguro que no en la Argentina. ¿Y ahora, de pronto, en un arranque muy justo o muy injusto, se va cuando su club lo necesita, cuando su club está jodido y tiene que reconstruirse y contaba con él como la base para hacerlo? Él tiene sus razones: seguro, uno siempre tiene sus razones. Pero en mi barrio, de puro prejuiciosos, a los muchachos que hacían eso les decían cosas feas. Mi barrio, sabemos, era raro.

Si se va así, regateando fechas y esquilmando dineros, miles y miles lo van a odiar un poco. No mucho, claro; los catalanes no parecen de esos. Pero sí lo suficiente como para que Barcelona deje de ser ese segundo/primer hogar que fue desde sus 13. Es extraño que alguien destruya así una casa tan amplia, tan bien hecha, tan lujosa, tan cálida. En argentino, romperla es jugar increíble: Messi la rompió cientos de veces. En español, romperla es romperla; Messi está rompiendo la mitad de su vida. Messi siempre la rompe, ya sabíamos.

Queda por saber por qué lo hace así como lo hace. Hay quienes suponen que porque no se entera: no se da cuenta de quién es ni de cuánto lo quieren ni de cuánto menos lo van a querer si se va de este modo. Otros presumen que, al contrario, porque llega un momento en que todos nos creemos que podemos hacer lo que queremos, que nos lo hemos ganado, que somos Messi y hay que respetarnos. Otros sospechan que porque todavía se imagina que lo malo de su último año de fútbol no fue él sino el Barça, y que si se va a otro equipo volverá a ser Messi. Es una ilusión válida: nos pasa a casi todos.

Pero si lo hace, como se dice mucho, para jugar en un equipo donde pueda llevarse alguna copa más, está jodido. Algunos lo llaman egoísmo; otros, espíritu de competencia, fuego sagrado, ganar a toda costa, y en estos tiempos tiene muy buena prensa: parece que es lo que mueve al mundo –hacia el abismo.

Quizá para ser Messi hay que creer en eso;

quizás ese es el precio.

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Amor se fue.

Mientras duró, de todo hizo placer;

cuando se fue, nada dejó que no doliera.

(Messi pasa, Macedonio queda.)

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En voz alta:

Un coñazo

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Martín Caparrós

Mea culpa, mea grandissima culpa y qué tarado y todo eso. Sí, lo confieso: esperaba con entusiasmo este partido. E incluso había pensado escribir sobre él. Después, faltaba más, me arrepentí: fue tan aburrido que habría que ser demasiado bueno para sacarle algún jugo.

Y eso que, en principio, prometía. Es difícil que un partido de estos no prometa: lo hacemos prometer, le inventamos sus cosas. Digamos, por ejemplo, Francia contra Alemania. Desde que Alemania empezó a existir, hace más de siglo y medio, la historia de Europa estuvo marcada por su rivalidad con Francia. Eran, al fin y al cabo, dos potencias demasiado parecidas, demasiado distintas, y compartían fronteras y ambiciones. En el ’14 y en el ’39, las guerras entre ambas terminaron con millones de muertos. Se odian, siempre se odiaron, aunque ahora la rivalidad siga en terrenos más amables –y sin embargo nunca habían ocupado en el más amable de todos los terrenos de las patrias: una final continental, una cancha de fútbol.

Y ahora al fin lo hacían, y además se enfrentaban, supuestamente, dos ideas del mundo: el individuo contra la organización, la improvisación contra el método, el arte contra la máquina. Lo bueno del fútbol es que todo esto suena casi real –y, sobre todo, que te permite decir cosas de ésas y quedarte tan fresco.

Lo cierto, si acaso, si hay algo cierto, es que en el fútbol actual tener de tu parte al individuo, a la improvisación, al arte cuesta una fortuna: es un lujo de jeques y otros ladrones de subsuelos. La belleza en el fútbol es privilegio de los ricos más ricos: los cuatro o cinco que se lo compran todo. (La belleza a menudo lo es, y es un problema: va a haber que inventar otras bellezas.)

Pero ninguno como el PSG. El Paris tiene entre sus jugadores a los dos muchachos más caros de estos días: Mbappé y Neymar. En su equipo titular de hoy, el club francés, alonsanfán y todo, tenía dos jugadores franceses; el resto eran tres españoles, dos argentinos, dos brasileños, un alemán y un tico. Todos comprados, la mayoría carísimos.

Y es un lío: uno –yo– en principio querría que ganaran los creativos, los artistas, los exquisitos del insigne balompié; en principio, también, no querría que ganasen los que los acaparan a fuerza de millones. El problema –otro problema– es que del otro lado estaba el Bayern de Munich: otro equipo carísimo –el más rico del país más rico de Europa– solo que con una idea más germana de disolución del individuo, de construcción de un mecanismo colectivo. Lo que dijo aquel célebre líder alemán: que “solo la organización vence al tiempo”.

Y así fue el partido: los germanos se instalaron en el campo francés, presionaron, atropellaron, apretaron, no armaron media jugada agradable a los ojos: eran doce o trece o quién sabe quince jugadores corriendo sin parar, desplegándose por todas partes, avasallando a los franceses honorarios. Que, por su parte, intentaban de vez en cuando alguna cabalgata: salir corriendo con sus caros y aprovechar el adelantamiento de los alemanes para robarle la milch al sempiterno katze. Solo que las dos o tres veces que llegaron a la otra punta se encontraron con un arquero alto y rubio tan caprichoso que jugaba sin manos y, solo con los pies, atajó todo lo que le tiraron.

Así, en esas breves líneas, se sintetiza todo. Los alemanes aburrieron a propios y extraños –salvo cuando la tocaba el español Tiago Alcantara, el mejor jugador que el Barcelona dejó ir después de Maradona, o el canadiense Davis, un maleducado– pero mantuvieron el control, que es lo suyo, a fuerza de esfuerzo y convicción y despliegue energético, y en un centro pasado a la hora de partido consiguieron incluso hacer un gol con la cabeza. El responsable, un señor Coman, había empezado en el PSGerm, donde no lo quisieron cuando chico porque no costaba suficientemente.

Y ya: los dos muchachos caros estaban en un día barato y no supieron hacer nada. Kyllian Mbappé, el más caro de todos, se había perdido un gol tan fácil en el primer tiempo y nunca más: andaba como alma en pena chantilly, suave, flotante. En cambio Neymar los corría a todos, bajaba a pedir la pelota, se la daban, la perdía enseguida: se ve que hoy se creía que se jugaba, de algún modo, su carrera, y ya veía que salía segundo. Hace tres años Neymar se fue del mejor equipo del mundo de esos días porque quería demostrar que él podía ser más que el segundo mejor; si, tras el desastre del Barça, hoy hubiera ganado la Champions, lo habría conseguido. Su derrota es la derrota de todos estos años, la comprobación de que no hizo lo que habría debido.

Un hondo drama humano, una vez más: un muchacho de 28 años que solo gana 60 o 70 millones de euros al año y se aburre algunas noches con la modelo de turno porque no encuentra el amor verdadero o ese anillo debajo de la cama o el destino de su inmenso talento –y sale a su jardín a tirar bicicletas contra el perro y se muerde con él y se revuelca y canta, mientras tanto, muy desafinado. En fin, decíamos: un partido aburrido. Uno a veces se cree que cuando mira un partido de fútbol está mirando un partido de fútbol; uno como este te demuestra que no.

Si hubiera sido por el partido lo habríamos apagado después de media hora; si no lo hicimos fue porque era lo que era. Lo que uno mira, cuando mira un partido, son tantas otras cosas: sus recuerdos, la historia, el drama de Mengano o de Zutano, las patrias que se enfrentan, los dineros perdidos, las envidias ganadas. Eso es lo genial del fútbol: su capacidad para sintetizar, en dos horas de relativo tedio, tanta cosa. Hoy, entonces, eso es lo que hubo. Eso, y la preocupación de pensar que si aparecen, como suelen, muchos imitadores del modelo triunfador –si muchos técnicos ponen a sus equipos a jugar como el Bayern de Munich– este año de estadios apestados va a resultar un auténtico coñazo.

Otro más, digamos.

El mejor desastre

Martín Caparrós

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Lo mejor que le podría pasar al mundo es un desastre.

Primero lo escribí y después lo leí; a veces pasa: “Lo mejor que le podría pasar al mundo es un desastre”. Ya escrito volví a mirarlo y, recién entonces, me dejó perplejo. Yo quería decir que al mundo le estaba pasando lo mejor que le podía pasar y que, sin embargo, es un desastre. Pero también dije, sin querer, que nada mejor que un desastre podría pasarle al mundo: el retorno de aquel viejo refrán de cuanto peor mejor. Las relaciones entre esas dos ideas –que la misma frase pueda decir las dos– me intrigaron.

Quise decir –¿quise decir?– que, pese a todo, al mundo le está pasando algo rematadamente bueno: que, con todas las limitaciones que el miedo –personal y estatal– nos impone, muchos nos estamos dando cuenta de que no necesitamos tantas cosas que creíamos indispensables.

Corren días extraños para la clase media del planeta: días de revisar la forma en que vivimos. Llevamos meses y meses casi sin salir, casi sin comer afuera, casi sin gastar coche y gasolina, sin usar ropas complicadas, sin viajar, sin bailar, sin ir a un festival o a una cancha de fútbol, sin darles tiempo y dinero y energía a tantas cosas que estructuraban nuestras vidas. Y creo que muchos estamos entendiendo que ese SinSín funciona: que no necesitábamos tantas cosas que creíamos que sí.

A partir de eso imagino que muchos estamos imaginando la posibilidad de vidas más austeras, más simples, más baratas: que podríamos –o incluso querríamos– vivir sin muchas de esas cosas que se revelaron radicalmente innecesarias. Y descubriendo que, al mismo tiempo, al no gastar en ellas podríamos trabajar bastante menos: que no tendríamos que entregar tal porción de nuestras vidas para recibir a cambio objetos y servicios que podríamos perfectamente no tener, no usar.

¿Muchos de ustedes extrañan todo lo que hacían antes?

¿Muchos extrañan todo lo que hay que hacer para tenerlo?

O sea: que este sería el momento perfecto para replantearnos nuestras vidas, nuestros modelos de consumo, nuestros sistemas de trabajo. El mundo parece capaz de vivir con mucho menos que lo que usaba hasta principios de año: menos consumo de materias primas, menos labor, menos despilfarro.

No es nada original: hay gente que lleva décadas hablando del decrecimiento. Son pocos: critican esta elección –que nadie hizo– según la cual la única forma de vivir es la fuga hacia adelante. Esa idea de que el mundo es una bicicleta –que si no avanza se cae– es la base del capitalismo global pero no es, ni mucho menos, la única posible. Y es, en cambio, la manera segura de ir a chocar contra aquel paredón ahí adelante. El crecimiento global consiste en que cada vez más personas quieren vivir como vivíamos –hasta hace cinco meses– los que podíamos, y esa carrera hacia ninguna parte es la mejor manera de acabar con todo: con los recursos del planeta, con la convivencia entre sus habitantes, esas pequeñeces.

La noción es compleja y lleva, insisto, años dando vueltas. Pero una cosa es proponerla, charlarla en reducidos círculos y otra –muy muy otra– que el azar de un animal pequeño nos haya puesto a todos a experimentarla. Y que muchos hayan sentido que podían vivir mejor con menos.

Habrá que ver: las ideas, a veces, circulan de las maneras más abstrusas. Y se supone que los cambios suceden cuando hay suficientes personas que creen que son deseables y posibles.

Quizás este desastre termine sirviendo para eso. Es lo mejor que le podría pasar al mundo –pero igual es un desastre.

Solo queda un problema: el mundo. A primera vista parece como si todo pudiera arreglarse con un cambio de idea: abandonar ese estado mental que te pone frente a la obligación de ganar más para consumir más, para tener el último modelo y el modelo más grande y el modelo más caro para mostrar que te ha ido “bien en la vida”. Pero resulta que hemos armado un mundo tan idiota que, para que todos subsistamos, tantos tenemos que hacer tantas cosas superfluas. Vivimos de eso: dependemos de esa locura para ganarnos las lentejas.

Sucede en todos los sectores, pero hay algunos donde es aún más evidente. Aquí en España, por ejemplo, la hostelería: hay tantos bares, tantos restaurantes, tantos hoteles y chiringuitos y pensiones y discos y boleras que uno de cada ocho españoles, dicen, come de eso. Son, en general, cosas de las que podríamos prescindir perfectamente. Pero resulta que, si prescindimos, uno de cada ocho paisanos se queda sin trabajo. Es curioso pensar, de pronto, en la porción enorme de personas que vive de hacer cosas que no se necesitan: vendedores de cremas, registradores de la propiedad, chef dos estrellas, asistentas, decoradores de interior de coches, escritores diversos, camareros de discoteca, patrón de discoteca, tejedoras de foulards azules, empacadoras de foulards azules, distribuidores de foulards azules, vendedoras de foulards azules, repartidores de foulards azules, y así hasta el infinito. Nuestro mundo está organizado sobre la base de ese consumo inútil.

Son toneladas de comida que se tiran, manadas de coches que se atascan, ropa que se acumula en los armarios, foulards azules, trabajos propios que hacen otros. Nada de eso –nos mostraron estos días desastrosos– resulta realmente necesario para los que, supuestamente, lo deseamos y compramos; solo lo necesitan los que los hacen y los venden, porque viven de eso. Todo el misterio, entonces, está en pensar cómo se hace para que las personas puedan vivir sin dedicarse a producir objetos y prestar servicios perfectamente innecesarios. Ese debería ser el gran desafío de este momento, no cómo volver al despilfarro idiota, angustiante del año pasado.

Tendríamos, para eso, que pelear contra la enorme máquina que intenta convencernos de que la vida sin esa chaqueta o una semana de playa o la salida de los viernes no es vida. Es la máquina de todos los que viven, los que vivimos, del consumo superfluo: tantos, tantos. Algunos son muy ricos; la mayoría apenas llega a fin de mes. Los medios –sus medios– insisten sin parar en que la vida es eso; empezamos a sospechar que no siempre, pero cómo.

¿Habrá otras formas? Esa búsqueda parece, ahora, la clave de la supervivencia. Y está, quizá, gracias a la peste, un poco más presente: el virus de la duda no se erradica fácil. Deberíamos buscar las formas de producir solo lo necesario –redefinir lo necesario– y disfrutar del tiempo y el espacio que eso nos dejaría: no es simple, puede tardar años y años. Se precisa que haya suficientes personas que empiecen a creer que eso es deseable y es posible. Y, supongo, que haya sacudones, desastres como éste que nos muestren, de tanto en tanto, que la vida puede ser distinta.

Y que quizás hasta queremos que lo sea.

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En voz alta:

El tiempo

.Martín Caparrós

¡Qué jugador que fue Leo Messi!

Estoy mirando un compendio de sus grandes momentos. Aquel gol al Getafe, el de Brasil con Argentina, docenas al Madrid, el del Athletic de Bilbao saliendo del encierro, el que sentó a Boateng y tantos, tantos, tantos: una serie infinita de goles que se parecían en que eran imposibles y él los hacía como si fuera lo más normal del mundo, como quien dice que yo, usted, mi tía Porota también los habríamos hecho así de fácil. Lo miro, no lo creo, me río, murmuro cada vez qué hijo de puta cómo puede hacer eso. Leo Messi se pasó quince años haciendo posible lo imposible. Esta noche también.

El Barcelona acaba de comerse ocho goles, como nunca, como nadie, como nada. Messi no tiene, faltaba más, la culpa; es toda nuestra, de los idiotas que creímos que había cosas que podían durar para siempre. Él, además, lo sabía: se pasó todo el año diciendo que su equipo ya no era lo que fue, que no estaba en condiciones de ganar la Champions. Messi sabía: algo se había acabado y nadie lo aceptaba. Messi sabía, y no sabía qué hacer. Pero Messi siempre supo qué era el tiempo.

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Messi sabía, supongo, que el Barça ya había dejado de ser el Barça. Se notó demasiado, últimamente. Se notó demasiado, esta noche, cuando su técnico dio la alineación: un 4-4-2 que se cisca en todos sus principios, los suyos y los del Barcelona.

Hubo años –muchos años– en que el Barcelona jugaba su fútbol y todos los demás desesperaban tratando de pararlo. Es la marca de los grandes equipos: juegan –casi– igual frente a cualquiera, dicen aquí estoy yo, a ver cómo me aguantan. El Barcelona ya no es capaz de hacerlo. Este Barcelona salió con un equipo de picapiedras –cuatro volantes, uno solo de ataque– que ni siquiera picó piedras. Un equipo de contención que no contuvo a nadie. Un equipo puro homenaje a su contrario. Podrían haber decidido jugársela hasta el fin y caer, si caían, con honor. Pero no: intentaron zafar, prolongar un ratito la agonía. Queda tan lindo cuando alguien no se rinde.

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El partido fue un chiste: desde el principio, el chiste malo de un borracho. De esos pesados que los cuentan mal, que se babean. Las tres primeras pelotas del Barcelona las tocó Busquets: regaló las tres con pases malos, el tercero a Messi. Es fácil encontrar presagios donde solo queda alguna sombra. A la cuarta pelota que perdió, en el minuto dos y medio, el Bayern la subió, armó una pared distinguida por el centro del área –ese lugar donde los equipos serios no dejan espacios– y Müller la puso en un rincón. No habían pasado tres minutos y ya estaba ganando. Pero después no habían pasado otros tres cuando Alaba, gran Messi involuntario, la clavó de emboquillada en un ángulo –de su propio arco. Hubo unos minutos en que el Bayern se quedó boleado, pero el Barça no supo aprovecharlo: de ahí en más, todo fue su caída. Goles y goles y más goles: un equipo paseándose frente a otro que no sabía dónde estaba. El Barcelona se dejaba jugar, miraba melancólico.

He visto pocos partidos tan claros: el Bayern presionaba muy duro en los tres cuartos, recuperaba pelotas peligrosas, en tres o cuatro toques se metían en el arco. A cambio se quedaban muy abiertos atrás, pero el Barça no sabía aprovecharlo. El área del Barcelona era un flan sin crema, donde todos pasaban; la del Bayern también pero no la atacaban suficiente: solo Messi y Suárez. Golpe por golpe, pero los alemanes sí pegaban: en menos de media hora ganaban 4 a 1.

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Entregados: los barcelonos no la peleaban, no corrían, no ponían la pierna; ni siquiera se desesperaban. El partido seguía como era: con un equipo que no sabía qué hacía, para qué estaba ahí, y el otro que la tenía tan clara. En el segundo tiempo llegaron los momentos de la burla. Ninguna, seguramente, como la entrada del 10 del Bayern, uno que suele ser suplente, y lo pusieron y metió dos goles.

El 10 del Bayern se llama Coutinho y es el mejor símbolo: el jugador más caro de la historia del Barcelona lleva dos años exiliado porque nunca supieron cómo usarlo, y ahora está prestado, gratis, en el Bayern. Junto a él uno de los volantes más elegantes que he visto, Thiago Alcantara, también se había tenido que ir de Barcelona porque no le encontraron un lugar acorde.

Pocos equipos han desperdiciado, en los últimos años, tantos jugadores, tanta plata. Su otra compra reciente carísima, Griezmann, jugó medio partido y tocó seis pelotas y no dio un pase que sirviera; la tercera, Dembelé, no jugó porque lleva casi un año lesionado. Mientras, los jóvenes que podrían haber hecho alguna diferencia estaban en el banco porque su entrenador no tuvo la valentía de ponerlos. Al borracho cada vez se le entendía peor; contaba el mismo chiste, se le caía la baba.

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“A veces, muy de tanto en tanto, pasan cosas que nunca habían pasado”, escribí hace seis años, cuando un equipo alemán le hizo siete a Brasil. Ahora también: cosas que nunca habían pasado. El Barcelona comiéndose ocho goles. ¿Qué pasa cuando lo que sucede no parece real? ¿Qué, cuando todo se diría un error? Son los momentos que después no se olvidan. Vivimos en la normalidad –la nueva, la vieja, la cualquiera–; de vez en cuando algo la rompe en mil pedazos. Así esta noche, en la modesta escala que es el fútbol.

El Barcelona fue el mejor equipo que ví en mi vida. Su decadencia empezó, está claro, cuando Xavi tuvo que irse y a alguien se le ocurrió que en su lugar podía jugar un tal Rakitic. Su decadencia se ahondó cuando su mejor esperanza de recuperación, Neymar, se escapó y el club no supo o no quiso retenerlo. Esta noche será, para siempre, la fecha final de aquella lápida.

Quizá sea mejor que haya sido así: que un equipo que lleva años desarmado ya no pueda simular que no lo está. Hoy el Barcelona demostró tajante que no es nada. No tiene autoridades, no tiene técnico, no tiene convicciones, no tiene casi jugadores: no tiene más remedio que empezar de nuevo. Pero muy pocos de los que jugaron esta noche sirven para hacerlo. El proceso, si acaso, será largo, y debe armarse en un momento en que el fútbol de los más ricos está pobre: por el Covid, ya no tienen los millones que tenían, así que la solución no podrá ser comprarse tres o cuatro estrellas. Por suerte, en los últimos años quedó tan claro que ese sistema no funciona. Y, esta noche, que es necesario intentar otro.

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Yo, mientras, sigo mirando ese compendio, los goles imposibles, aquel muchacho que ni siquiera nos sorprendía porque sabíamos que era capaz de todo. Esta noche, como tantas de estas últimas noches, penó, perdió, quiso jugar como jugaba, se creyó que seguía siendo Messi, falló más que acertó. En el minuto 20 supo mostrarnos quién es él ahora: se fue entre dos o tres, en una de sus jugadas clásicas –en la única de sus jugadas clásicas que le saldría en toda la noche– y al final, a la entrada del área, un poquito ladeado, en esa posición desde la que se cansó de meter goles, la pateó mansa al cuerpo del arquero.

Qué gran jugador que fue Leo Messi..

Qué tontos fuimos cuando creímos –sin pensarlo, casi sin darnos cuenta– que el tiempo no pasaba. Hoy, sin ir más lejos, imaginamos que al Barcelona le había ganado el Bayern.

Los republicanos monárquicos y otras bestias raras

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Martín Caparrós

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Dicen, faltaba más, que son republicanos. Claro que son republicanos, insisten: desde siempre. Sucede mucho en estos días de monarcas fugitivos; aparece, en su púlpito o algún recoveco de la televisión o de la radio un ministro o alcalde o entenado del socialismo obrero y español y lo proclama: somos republicanos, nuestro partido es un partido republicano. O sea que proponen que no haya reyes. Pero enseguida dicen que creen que hay que defender la monarquía. Con amigos así, quién necesita enemigos.

Llevo días perplejo, trato de entenderlos: ¿qué significa definirse republicano y defender la monarquía? Uno –una persona, un partido, un parado, un repartidor de hielo a domicilio, incluso un político– podría pensar que es difícil conseguir el sistema que prefiere pero, para estar de acuerdo consigo mismo, no debería renunciar a intentarlo, a buscar las maneras. Son obviedades: si uno –incluso un político– está convencido de que algo es mejor debe tratar de conseguirlo. Uno debe argumentar –incluso actuar– a favor de las convicciones que proclama, no en contra. O, por lo menos, eso sostiene mi amigo Pero Grullo. Pero te dicen que ahora no es el momento –nunca lo es– y que no hay que complicar las cosas, que ya están bastante complicadas. Te dicen que no vale la pena, que para qué meterse en esos líos. Los defensores del reino hablan mucho de él para decirte que no hay que hablar de él: hablan para callarte.

El problema de ese planteo es que se basa en la idea de que no es necesario justificar lo que ya está porque lo justifica el hecho de que ya está. Que, por ejemplo, debe haber un rey porque lo dice la Constitución de 1978 y hay que respetar el orden jurídico existente. Si los políticos de 1977 hubieran usado el mismo argumento todavía nos regiríamos por las Leyes Fundamentales del Reino y su “democracia orgánica” franquista, por ejemplo. Cualquier idea de cambio, cualquier dialéctica tiembla ante ese silogismo nabo.

Se supone que cualquiera –incluso un gobernante– debe revisar con alguna frecuencia lo que hace, chequear si sigue estando bien. Entonces, para seguir defendiendo la existencia de un rey habría que definir la necesidad de un rey. ¿Para qué cuernos sirve un rey? ¿Y, en este caso, un rey en España? Podía servir, quizás, en 1978 para engrasar un mecanismo enmarañado, pero eso ya pasó hace tanto.

Y ahora se complica, porque todas sus explicaciones refieren a la supuesta incapacidad de los españoles para mantener un país funcionando sin esa figura de autoridad, sin ese padre que lo es porque fue hijo. Te dicen que un rey sirve para representar a España y para unirla; es duro que los representantes de los españoles crean que sus representados no son capaces de representarse su país sin pensar en el careto de un señor alto y balbuciente, o que sin él querrían desintegrarlo. Debe ser duro vivir creyendo que tu país es tan frágil, tus compatriotas tan primarios.

Si los supusieran mejores concluirían que un rey es, por lo menos, superfluo. Porque de verdad no se entiende su necesidad en una democracia. Se puede tener uno, claro, y vivir con eso. También se pueden tener hemorroides o expectativas incumplidas de un aumento o un vecino con música fuerte, y sigues adelante. Pero es curioso que millones de demócratas se crean que sin un rey su país no funcionaría. Y si, en cambio, creen que funcionaría sin el rey, ¿para qué tenerlo?

Te dicen que durante 40 años hubo un rey y que fueron 40 años buenos. Es cierto, y también es cierto que en esos 40 años hubo 25 por ciento de paro juvenil, y eso no es un gran argumento a favor del desempleo. Y te dicen que los países escandinavos, tan limpitos, tienen reyes; allí también hay más suicidios que en el resto del mundo y sin embargo nadie proclama que habría que suicidarse más a menudo. Y te dicen que es un buen representante comercial y que por suerte los jueces no pueden meterse en lo que hace cuando hace su trabajo. Mientras tanto, fuera de eso, no consiguen definir para qué sirve ese señor, ese cargo, esa carga.

Un rey –cualquier costumbre, cualquier institución– no debería existir solo porque algunos temen lo que pasaría si dejara de existir. La monarquía es, entre otras cosas, una institución carísima. Sus gastos son, como todo lo que tiene que ver con las coronas, pantano oscuro y reservado, pero solo los caballos de la Guardia Real cuestan al año lo mismo que 50 rastreadores de Covid, tan deseados en Madrid últimamente. Es verdad que desfilar montado en un rastreador no resulta tan cómodo y que esta es otra discusión falseada: nadie se pondría a debatir si le resulta caro o barato algo que no precisa, que no quiere usar.

La cuestión es otra: para los demócratas es una vergüenza no poder completar su democracia. Una monarquía constitucional es una democracia incompleta: una que se ejerce en todos los niveles salvo el más alto, ocupado de la forma más antidemocrática que la historia ha inventado: por el pobre privilegio de la cuna. Nunca entendí por qué todos estos dizque demócratas la apoyan; nunca entendí qué temen. ¿Qué fantasma los despierta por las noches? ¿El miedo a la democracia? ¿Qué pasaría si se eligiera cada cuatro años a alguien para ocupar la jefatura del Estado? ¿Qué se derrumbaría, qué dejaría de funcionar, qué se transformaría? Nada. Habría un presidente como hoy hay un jefe de gobierno, no habría un rey, y todo sería muy parecido.

La III República española será inocua, casi asintomática. La I y la II supusieron cambios radicales; ahora, que haya o no rey se notaría muy poco. Es una pena pero es cierto, porque el rey no define la política española. La definen, supuestamente, los votantes y, en los hechos, los políticos que los votantes eligen, los banqueros que nadie, las circunstancias globales. Pero no el rey: nada cambiaría si no hubiera un rey. Salvo en el plano simbólico.

El rey solo actúa como símbolo, es puro símbolo: sirve para simbolizar que hay que obedecer a alguien por cojones –o por sangre– y que hay cosas que no se discuten ni debaten, que son como son y que se sienten, coño. Y, sobre todo, simboliza que las cosas no cambian –y por eso lo defienden los políticos preocupados por los cambios. El rey, en última instancia, solo sirve para tranquilizar a unos cuantos pusilánimes, asustados, siempre asustados por lo que podría pasar si. El punto es que esos pusilánimes tienen el poder suficiente –por eso, en general, son pusilánimes– como para convencer a muchos de que su miedo es razonable, casi urgente.

Y, para más burla, muchos se dicen partidarios de algún cambio: entre ellos, que haya en España una república. Pero insisten y proclaman que están a favor de que el rey siga en su trono. Es curioso, realmente curioso, ver y escuchar a estos republicanos monárquicos. El pobre Borges se divertía con aquello de los oximorones -el fuego helado, la música callada-, pero en mi barrio los llamaban oportunistas o farsantes: el tipo que te decía que había que respetar a las mujeres, supongamos, porque yo también tengo una madre –y manoteaban todo lo que podían.

Gente, digo, que no tiene la valentía de estar convencida de sus convicciones. Yo creía que hasta ahí se podía llegar, que las contradicciones y las torpezas tan burdas no funcionan. Me equivocaba, una vez más. Frente a eso, el tema de la monarquía se vuelve secundario: incluso a aquellos a los que rey o no rey les da casi lo mismo debería preocuparles que los gobiernen unos señores y señoras que proclaman algo y hacen tan abiertamente lo contrario. Es el tipo de cosas que los políticos inteligentes tratan de disimular, por si las moscas. O por si las personas, quién sabe, que a veces también vuelan.

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P.D.: A menos que el señor rey fuera tan inteligente como para renunciar –y correr derechito hacia la historia. Eso le proponía yo hace unos años, todavía en el New York Times: “Su única opción para no ser una nota al pie, señor Sumajestad, un párrafo perdido, es abdicar. Imagínese el golpe: usted en la pantalla anunciando que quiere ser un ciudadano como todos, vivir como uno más, hacer las cosas por su propio esfuerzo, porque entendió que privilegios como el suyo, por puro mérito de cuna, ya no tienen ningún sentido en estos tiempos; que todos los españoles deben ser iguales y que eso lo incluye y que por eso declara caduca y caducada la institución que representa, y propone acabarla.

Imagínese, señor, la sorpresa, el respeto. La renuncia siempre tiene buena prensa: alguien que, sin presiones, por convicción y propia decisión, deja algo que tenía. Y su renuncia sería única: no habría sucedido nunca antes. Por una vez, el adjetivo más devaluado de nuestro léxico de adjetivos devaluados, el adjetivo ‘histórico’, estaría justificado. Usted se habría ganado, en buena ley, el lugar que precisa en los libros de historia y fundado algo distinto, algo que podría durar siglos. Usted, entonces, ya no sería un capítulo más: sería un nuevo comienzo. Quizá le parezca que no es para tanto: yo imagino que sí. En una sociedad donde nadie tenga privilegios por motivos tan bobos como su ascendencia, es más fácil postular que nadie debe tenerlos por su dinero o su poder: que si alguien engaña o roba debe ir preso, sea quien sea, tenga lo que tenga; que si alguien necesita comida o salud o educación debe obtenerlas, sea quien sea, sin diferencias de poder o dinero, y todos viviríamos mejor.”

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En voz alta:

Un equipo común

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Martín Caparrós

Fue casi un trámite. O, si acaso, uno de estos partidos de pandemia: más leves, menos peleados, más casuales. Se diría que el fútbol con virus es al fútbol lo que la vida con virus a la vida: una versión simplificada, despojada de esas cosas superfluas que la llenaban de atractivo. La pandemia nos ha convertido a todos en máquinas de sobrevivir; a los futbolistas, por ahora, en empleados públicos. Hacen lo que tienen que hacer, no mucho más. Si esto sigue así va a resultar que los espectadores servían para algo.

Así fue cómo, ayer, dos grandes –los campeones de España e Italia– perdieron sin desesperarse por ganar; así fue cómo hoy el Barcelona cumplió con el trámite de no perder en su cancha con el Napoli.

El Barcelona tenía una ventaja notable: que Messi es mucho más astuto que Maradona y, por eso, nunca se le ocurrió irse al Napoli. Pero últimamente venía jugando mal, cayendo mal, desarmándose. Así que encaró el partido con miedito: su entrenador dejó en el banco a sus dos mejores jugadores de las últimas fechas –Riqui Puig y Ansu Fati, demasiado jóvenes, demasiado Masia– para poner en su lugar dos veteranos rubios aburridos. El señor Setién, que llegó proclamando un regreso a las tradiciones del juego Barça, se cuidaba y armaba un sistema de trasero contra el muro. El señor parece encerrado en un círculo vicioso: como las cosas no funcionan, no arriesga, y entonces las cosas funcionan menos todavía. En mi barrio los llaman goncas. Pero, sabemos, en mi barrio la gente habla muy raro.

Durante unos minutos pareció que Setién tenía razón: que se le podía complicar. En el primero el Napoli –Mertens– metió un tiro en el poste; de pronto, cualquier catástrofe parecía posible. El Barcelona se pasó un rato sin tocar la pelota: 73 por ciento de posesión para los italianos. Hasta que, a los 10, en un corner con empujones y caídas, Lenglet cabeceó y la mandó a guardar. Messi, es cierto, fue el primero en llegar a abrazarlo. Con toda injusticia, sin haber hecho nada, el Barcelona iba ganando.

Es curioso lo que puede hacer un gol. El Napoli se desanimó, el Barça empezó a apoderarse del partido. Sin guirnaldas ni alardes lo controló un ratito. Y a los 22’ Messi metió su gol. Fue un gol de Messi ahora: a trompicones, con dos o tres rebotes en contrarios, cayéndose, pateando desde el suelo. Tan lejos de aquel jugador que controlaba todo, que llegaba a aburrir de lo fácil que le resultaba pasar a dos o tres como si fueran muñecos de feria y tocarla a un rincón.

Lionel Andrés Messi tiene 33 años y sigue siendo un futbolista extraordinario. El problema es que es peor que Messi. Sigue siendo capaz de muchas cosas, pero muchas le cuestan –y, a veces, parece que todavía no se ha dado cuenta. Si las estadísticas no fueran tan púdicas, si no tuvieran tal respeto por el famoseo, dirían la cantidad de pelotas que pierde en gambetas que no terminan y pases que no llegan. Es, a menudo, un peligro para su equipo. Y otras veces lo salva.

Con dos goles de ventaja, con cierto dominio, el Barcelona se sentía tranquilo. Y más unos minutos después, cuando Messi guapeó en el área y metió el tercero, su segundo. A veces, pensando en la necesaria transformación de Messi para pasar sus últimos años en el fútbol, imaginé que debía convertirse en un Xavi que distribuyera juego desde más atrás; viéndolo estos días sospecho que quizá sea mejor que se estacione lo más adelante posible y se dedique a pescar en el área, donde, chiquito y tan hábil, puede inventar en tiempos y espacios imposibles para los demás.

El gol, de todos modos, fue anulado: el VAR imaginó que Messi la había tocado con la mano, cuando nadie, durante la jugada, había visto a Messi tocarla con la mano. El VAR rompe mucho los partidos, rompe mucho las pelotas, rompe el pacto fundamental del fútbol que decía que lo que ves es lo que es: que si la pelota entraba al arco y el lineman no levantaba la bandera y el referí apuntaba al medio era gol y podías gritarlo como se grita un gol. Ya no: ahora los goles se celebran ad referendum de lo que dirán unos señores que nadie ha visto. Con la intensidad de lo que puede ser mentira: casi nada. El fact-checking en el fútbol es todavía más obsceno: se hace a la vista de millones. Y es otra lección de poder: todo depende de otros, encerrados en un cuarto lejano. Prepotencia de la técnica en la era del algoritmo: más intentos de convencernos de que las máquinas saben más que las personas.

Minutos después el VAR volvió a meterse: Messi le birló una pelota –estilo Jesus– a Koulibaly y el moreno franco-senegalo-italiano le pateó la pierna, pero el árbitro no vio nada. Hasta que los VAR le dijeron que cobrara penal, y Suárez lo metió. El primer tiempo ya terminaba 3 a 0, terminante, terminado, pero el árbitro e Insigne decidieron que no: otro penal, 1 a 3 y el partido volvía a abrirse –un poco.

El segundo tiempo sobró: no pasó nada. ni un gol, ni una jugada recordable, ni un momento de belleza o emoción. El Barcelona de Setién decidió conservar y lo hizo, en muchos tramos, sin la pelota. El Napoli intentaba ir para adelante pero no tenía claridad ni juego. El Barcelona aguantaba sin más luces. Su defensa, pese a Piquet y Lenglet, es temblorosa. Hoy faltaba Busquets, sancionado, pero aun con él su mediocampo es pobre. Hoy estaba Rakitic, que no sabe armar juego, Roberto, que puede acompañar si tiene a quién, y De Jong, que pudo, de tanto en tanto, aclarar la pelota y acercarla al área –en la posición que debería ocupar el pobre Arthur Melo.

Más arriba los esperaba Suárez, que está para terminar lo que otros empiecen, y Griezmann, que está para estar. Hoy, como suele, corrió y corrió y corrió y en un momento dio un pase hacia adelante –y la sociedad, que es injusta y rencorosa, no lo celebró.

El partido se iba deshilachando. Los dos equipos compartieron la posesión fifty-fifty y la cantidad de pases, unos 500 cada uno: al Barça no solía sucederle. Todo parecía resuelto, pero el Barcelona consiguió perder, en las últimas Champions, eliminatorias más fáciles: las sombras de Liverpool y Roma planeaban sobre la cancha vacía. A los 80 hubo un gol napo-polaco que sacó a pasear a los fantasmas. Fueron unos segundos, porque era offside, pero segundos largos. Y después se acabó: el Barcelona había ganado sus octavos.

El viernes próximo, entonces, jugará su partido de cuartos en Lisboa contra el Bayern Munich, el quizá favorito, que le ganó al Chelsea por un global de 7 a 1. El Barcelona puede ganar, por supuesto, pero no sería una sorpresa si perdiera. Tampoco si, más allá de ganar o perder, aburriera. El Barcelona ahora es como Messi: no es un mal equipo, solo que es tanto peor que sí mismo –en cualquiera de sus versiones anteriores.

Por supuesto, todavía ofrece cierta belleza: Messi de tanto en tanto, el exquisito toque de pelota de algunos jugadores –De Jong, Ter Stegen–, los jovencitos que no juegan. Pero durante años ver al Barcelona fue una obligación –tan placentera– para quienquiera le gustara el fútbol. Ahora está bien para que lo miren sus hinchas, se aburran, sufran, se emocionen –igual que los hinchas de Deportivo Riestra, del Junior de Barranquilla, del Necaxa. El Barcelona, con gran esfuerzo, con el trabajo denodado de todos estos años, ha conseguido convertirse en un equipo muy común, y es una pena.

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