cháchara

un cuarto –medio medio– propio

Las víctimas de las víctimas

Hace unos años estuve en Israel/Palestina, invitado por Médicos sin Fronteras, para escribir sobre los efectos de la ocupación israelí en la población palestina y tratar de entender algo sobre esa guerra que no acaba. En estos días, en medio de las bombas –de las noticias sobre bombas– lo recordé mucho. El artículo se publicó entonces en El País Semanal; pasó tiempo pero la situación general, lamentablemente, no ha cambiado mucho. Y por eso, supongo, las bombas siguen cayendo sobre esas tierras castigadas.

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Martín Caparrós

“Todo pasó en cinco minutos. Eran como las tres, estábamos durmiendo y nos despertó el ruido de los coches que paraban; mi esposo me dijo ahí están, buscan a algún vecino. Yo le dije duérmete y pensé uy dios, por favor ayuda a la madre del que vienen a buscar. Lo pensé, no sabía y lo pensé. Y entonces escuché los golpes en mi puerta. Mi esposo se levantó de un salto, les abrió la puerta; yo también salí, ni siquiera me cubrí, salí así como estaba y me vieron todos, qué vergüenza. Mi esposo les preguntó qué querían y uno dijo venimos a buscar a Leith. Eran como quince, había soldados, policías, policías de civil con armas largas, capuchas, yo tenía mucho miedo. Ellos sabían cuál era su cuarto: directo varios fueron para ahí, los demás se quedaron apuntándonos, dando vuelta las cosas, dando gritos. A Leith lo sacaron con las esposas puestas, la cara que tenía, pobrecito. Yo les pregunté por qué se lo llevaban y uno me dijo no, nada, unas preguntas y se lo devolvemos. Entonces yo les dije que si le querían hacer preguntas yo tenía que estar presente, porque Leith es menor, tenía 14 años. Me dijeron sí, venga a la cárcel cuando quiera, y se fueron sin decirme más nada. Entonces mi marido y yo vinimos y nos sentamos, en estos sillones nos sentamos, uno frente al otro y yo pensaba qué fue todo esto, ¿una pesadilla? ¿Ahora me voy a despertar? Me parecía que no podía ser cierto, le dije a mi marido no es cierto que se lo llevaron, ¿no? Dime que no es cierto. Y él me dijo sí pero no te preocupes, a la mañana lo vamos a buscar, no te preocupes, es un chico, no le van a hacer nada; a la mañana nos lo van a devolver. Y yo lo escuchaba y no podía ni llorar. No sé por qué, quería llorar y no podía. Trataba, pero no podía.”

Hanan es la madre de Leith, que fue, el año pasado, cuando lo detuvieron, el preso político más joven del país. Las autoridades israelíes dijeron que Leith participó de manifestaciones, que tiró piedras a unos soldados en la entrada del campo, que era peligroso para Israel y debía estar encerrado: le pidieron dos años de cárcel. Lo condenaron a nueve meses más tres años de condicional.

–¿Usted cree que Leith realmente atacó a los soldados?

–¿Honestamente? Sí, yo creo que lo hizo. Pero es un chico de 14 años y los soldados insultaban a su madre.

–¿Qué decían?

Hanan no quiere repetirlo; palabrotas, dice, palabras muy malas. Le decían esas cosas y él tenía que reaccionar, ¿qué podía hacer si no? Suenan gallos, varios gallos –o un gallo persistente.

–¿O sea que se peleó por defender a su madre, no a su patria?

–No, no solo. También vio cómo los soldados golpeaban a varios de sus amigos, y eso tampoco pudo soportarlo.

Hanan tiene una túnica negra con bordados plateados y un hijab turquesa, los ojos muy oscuros. Viene de una familia acomodada; en 1996 se fue a Miami y estudió Negocios, se casó, tuvo sus dos primeros hijos. En 2004 decidieron volverse: South Beach les parecía un lugar peligroso para criar chicos. Ahora, su marido tiene un restorán y los dos tienen dos hijos más y todos viven en el campo de refugiados de Shaufat, en Cisjordania. Un campo de refugiados no es un campo; es una ciudad bien tercermundo, las calles angostas llenas de gentes y de coches viejos y de cables colgando, los frentes de las casas sin revoque –como si todo fuera provisorio: 50, 60 años provisorio. Por fuera, la casa de Hanan parece a medio hacer; por dentro tiene su equipo de música, su plasma, una cocina grande y bien provista, los sillones: esos sillones gordos, orondos, que son la marca del éxito en tantos países donde el calor los hace tan incómodos.

–Leith no se va a olvidar nunca de lo que le hicieron. Le pegaron mucho, lo tenían días y días sin dormir, lo pateaban para despertarlo; todavía se despierta sobresaltado cada noche. Nunca se va a olvidar. Y yo tampoco.

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Hay una guerra. A veces la pelean con armas, otras veces con piedras, con palabras, con acuerdos de paz, con bombas varias, con miradas golpes esperanzas, con rezos, con abrazos. Hay una guerra porque hay dos pueblos que quieren la misma tierra. Uno tiene un estado que lo estructura, un ejército que lo defiende; el otro no. Ambos enarbolan sus derechos: la historia, tradiciones, mitos.

–O sea que hay tres posibilidades: o esa tierra se reparte en dos, o los dos viven juntos en ella, o uno de los dos echa o extermina al otro. En general la que prima es la tercera opción, pero digamos que no la queremos.

Dice Marius Schattner, 71, periodista franco-israelí, ex maoísta, ex sionista de izquierda, varios libros sobre la cuestión.

–La coexistencia es muy difícil y supondría un estado con ciudadanos de primera, los israelíes, y ciudadanos de segunda, los palestinos, una segregación, si no un apartheid. El reparto en dos estados es la opción más lógica; la fuerza principal que se le opone es el Estado de Israel, el gobierno israelí, que produce hechos –las ocupaciones, las nuevas colonias– que lo hagan imposible.

Hace décadas que colonos judíos empezaron a construir casas y ocupar espacios en los territorios ocupados, supuestamente palestinos, pero el movimiento se aceleró en los diez últimos años. Ahora hay por lo menos 300.000 en Cisjordania, 200.000 en Jerusalén Este: medio millón de personas, una masa crítica difícil de expulsar.

–Hace unos años los colonos eran una franja extrema de la población judía. Hoy es una corriente central, que ocupa cada vez más lugar en las conciencias y en el gobierno del Estado.

Dice Micha Kurz, 32, enérgico, sonriente, israelí, judío ashkenazi, activista de organizaciones palestinas.

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Hay una guerra. Como en toda guerra hay intrigas, héroes, ratas, fanáticos, fanáticos, intereses, desinteresados, razones que la razón ignora, corazones que ignoran la razón. Como en toda guerra, todos tienen razón y ninguno la tiene.

(Marius me contó un cuento: la mujer del rabino le dice Shlomo, no te entiendo. Primero vino el zapatero y te dijo que había peleado con el panadero y le dijiste que tenía razón; después vino el panadero y te dijo que había peleado con el zapatero y le dijiste que tenía razón. A mí no me parece que les puedas a decir a los dos que tienen razón.

–Mujer, tienes razón.)

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Hay una guerra y a veces los que intentan disimularlo lo consiguen. Salvo en Hebrón: aquí, está claro, hay una guerra. Hay una guerra y no hay otro lugar donde esta guerra esté tan marcada en el espacio. Hebrón es la ciudad más grande de Cisjordania: un cuarto de millón de palestinos a 30 kilómetros de Jerusalén. Hace diez años la calle Shohada –la calle de los Mártires– era el corazón de Hebrón: el mercado en medio de la ciudad vieja, miles y miles de personas comprando, vendiendo, encontrándose.

Micha la recuerda su primer día de soldado, 2001, cuando tenía 18: un sargento les mostró desde su puesto de control el mercado, todavía vivo, todavía bullendo, y les señaló la multitud de palestinos allá abajo y les dijo que eran todos posibles terroristas y que todos, absolutamente todos ellos los odiaban. Que no se descuidaran. Que no se contuvieran. Que su tarea era mantener “estéril” el área que les habían asignado –estéril significaba limpia de árabes– para proteger a Israel y a los colonos israelíes.

Poco a poco, Micha fue descubriendo que su papel no consistía en proteger a los colonos que avanzaban sobre las tierras palestinas sino en ayudarlos en su avance, y que para eso tenía que hacer cosas como patear puertas de casas palestinas al filo de la madrugada, patear cuerpos de jóvenes palestinos a la hora que tocara.

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Ashraf es palestino. Ashraf es un tipo musculoso, 30 años, mandíbula potente, la mirada severa, pero los ojos se le empañan cuando recuerda aquella noche de septiembre 2006 en que soldados entraron a los tiros en su casa, lo ataron, se lo llevaron vendado y esposado. Y más cuando recuerda los 64 días de interrogatorios, los golpes, la confusión, la celda de aislamiento y, sobre todo, esa máquina que le inmovilizaba la cabeza para que gotas de agua helada le cayeran sin pausa en el mismo lugar entre sus ojos y lo cortaran como un cuchillo de hielo y le infligieran un dolor que no podía soportar y soportaba. (Alguien, alguna vez, tendrá que reflexionar sobre el lugar del agua en las torturas cool contemporáneas, ésas que los Estados Unidos sí toleran.)

Ashraf estudiaba entonces en una facultad islámica y no me quiere decir por qué se lo llevaron: me dice que alguna vez podrá, pero no todavía. Mientras, dice que lo más duro fue cuando lo pusieron en una celda con palestinos colaboradores –que allí llaman “los pájaros”– y que él les dijo cosas que había callado bajo el agua porque creyó que eran amigos, que eran compañeros, y cuando entendió que esos traidores lo habían llevado a traicionarse no conseguía entender que hubiera palestinos que hicieran esas cosas y que eso le dolió más que el dolor y más los ojos, más se le humedecen, más la voz se le rompe: que nada, en los cinco años que después pasó preso, acusado de militar en Hamas, fue tan tremendo como eso. Y que por eso –quizá por eso– salió de la prisión tan paranoico, desconfiando de todos y de todo, y que no soportaba y por eso –supongo que por eso– cuando le pregunto qué va a hacer ahora, si va a seguir peleando, me dice que aquello fue un momento de su vida y que ahora es distinto pero el brillo de los ojos lo desmiente y no sé si creerle: también eso es un efecto de la guerra.

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Hace diez años la calle Shohada era el corazón de Hebrón: ahora es un desierto. Todo alrededor, calles desiertas. Desiertas: casas vacías, los negocios cerrados, el silencio, algún pájaro, un motor a lo lejos; no hay coches, no hay personas.

En el corazón de Hebrón hay mil colonos que ocupan unas doscientas casas. Para protegerlos, la zona fue vaciada, llenada de bloques de cemento, soldados que patrullan. En otras casas todavía quedan palestinos pero casi no salen: solo lo indispensable. Sus calles están cubiertas con una red metálica porque desde sus casas los colonos solían tirarles piedras, botellas, lo que fuese; ahora, por la red, tiran agua servida.

Y todo está callado, abandonado: muerto. Es un paisaje como no he visto igual: el espacio vacío, la rudeza del sol, muchos soldados. Entre las calles inaccesibles se fue armando una tierra de nadie, casas de cinco o seis siglos donde intentan vivir algunos palestinos, donde no hay policía, donde pululan traficantes y unos perros salvajes que atacan a los chicos.

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Cuesta ver que el derecho no es de verdad un ojo. Musrab lo perdió hace menos de un año: caminaba con su madre y su tía y sus dos hermanitas menores por una ruta en las afueras de Hebrón donde unos chicos palestinos tiraban piedras a soldados.

–¿Por qué tiraban piedras?

–Bueno, no sé, pasa muy a menudo.

Me dirá ahora Heyam, la madre de Musrab, y que los soldados empezaron a disparar balas de goma y que ellos estaban lejos de los chicos, en otra dirección, pero igual les tiraron y que una bala le pegó a Musrab justo en el ojo. Musrab se cayó al suelo, se agarraba la cara, sangraba, tanto grito. La ambulancia tardó una eternidad, en el primer hospital lo derivaron, en el segundo también; esa misma noche en Jerusalén un doctor le dijo a Heyam que habían hecho todo lo posible pero que lo sentía: que habían tenido que sacarle el ojo.

La adaptación fue larga, dolorosa. Musrab chocaba con las cosas, se caía, se desesperaba. En la escuela ya no reconocía las letras, se desesperaba. No quería hablar de su ojo emparchado; cuando le preguntaban se enojaba, gritaba, se desesperaba. Recién cuando le sacaron el parche y le pusieron en su lugar un ojo artificial, muy parecido al suyo pero quieto, Musrab entendió que nunca volvería. Entonces le dijo a su mamá que bueno, que no le importaba, pero al primer compañero de clase que le dijo “ojosolo” le pegó –le pegó bien, con la rabia de todos esos meses.

–Y nunca más me dijeron nada.

Dice, ahora, en la calle delante de la casa familiar, y se refriega el ojo que no tiene. Yo cierro uno para ver el mundo como lo ve Musrab: no es medio mundo, es un mundo más chato, interrumpido por la propia nariz, irritante, truncado.

–¿Y tienes algún amigo israelí?

–¿Yo? ¿Por qué? ¿Para qué?

Musrab es musculoso y le pega bien a la pelota y tiene un sistema para bajar las escaleras con los dos pies juntos, a los saltos. También tiene el pelo corto y duro, los labios finos, un equipo de gimnasia azul oscuro, el ojo menos, ocho años.

–¿Te acuerdas de ese momento?

–Sí, claro que me acuerdo. Estaba todo lleno de soldados.

El azar siempre decide demasiado. Pero en las guerras exagera.

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Me pregunta qué sería de una boca sin la lengua: que si puedo imaginarme la boca sin la lengua –y que así sería, sin ellos, esta tierra, me dice, me sonríe, sigue andando. El viejo tiene la barba blanca, los ojos pícaros, los dedos ramas secas.

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Nada de esto pasaría si ellos no tiraran piedras, me dijo después un amigo israelí y, a su manera, también tenía razón. Son lógicas muy lógicas: es muy difícil para un muchacho que crece viendo su país ocupado no tirarle una piedra a los soldados ocupantes; es muy difícil para un país que ocupa y se defiende no intentar contener a esos muchachos.

–La mayoría de mis amigos no saben lo que pasa. Están muy ocupados con sus cosas.

Que a sus amigos todo esto no les importa mucho porque están muy concentrados en sus carreras e hijos e hipotecas, dice Micha y que si vives en Tel Aviv o Haifa puedes pasar de todo esto o intentarlo y que, de todos modos, ellos están convencidos de que los palestinos son bestias sanguinarias que solo quieren destruir el Estado de Israel, así que lo que les caiga les estará bien empleado.

–De algún modo necesitan creerlo, les conviene creerlo.

Dice, y que las provocaciones de los colonos sirven para reafirmar esa idea –para forzar a los palestinos a reaccionar con violencia– y, así, justificar cualquier ataque. Y que si unos extremistas quieren hacer eso allá ellos, que lo terrible es que el ejército israelí los ayude. Que por eso, entre otras cosas, cuando terminó su servicio militar decidió dedicar su vida a denunciarlo.

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Del otro lado del check point –las armas, el cemento, los alambres– la ciudad resucita, el mundo otra vez vivo. Difícil pero vivo. Y entonces la violencia –el placer de la violencia– con que me echan de una mezquita porque no soy uno de ellos y se acabó el horario para los extranjeros. El gozo de decir yo soy quien manda aquí no tiene religión, no tiene patria.

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La señora es alta flaca huesuda, más de sesenta años, los rasgos muy marcados, y su nombre no es su nombre: se llama UmMaher, que quiere decir madre de Maher, porque su hijo Maher fue un mártir de la causa. La señora vive en un pueblo que fue de los beduinos, en una casa donde hubo ovejas y hay desolación, el muro enfrente. La señora recuerda esos tiempos en que no había en Cisjordania 500 kilómetros de muro, en que los territorios ocupados no eran todavía este laberinto de paredes y rutas clausuradas y bloqueos y puestos militares. Después me dice que en cualquier momento pueden llegar las topadoras a derribar su casa, que ya se lo dijeron los soldados, que van a derribarla y la van a ocupar y ella va a perder todo. Y que si por lo menos la dejaran entrar en Jerusalén, que su hija mayor vive en Jerusalén pero ella no puede entrar y su hija no puede salir porque no tienen los permisos y que hace más de ocho años que no se ven y que de verdad quiere, que necesita verla. Y que está enferma, muy enferma y no le queda mucho tiempo y querría ir a rezar a la mezquita de Al Aqsa, en el monte del Templo de Jerusalén, antes de morirse porque ese lugar fue bendecido por el Profeta y un rezo allí, me explica, equivale a 500 en la casa. Que si pudiera ir a rezar ahí se moriría tranquila, dice, y que ella lo único que quiere es la paz y la armonía y que por favor no salgamos a la puerta de la casa a mirar el muro y el puesto militar porque si nos ven los soldados israelíes después van a venir a molestarla. Que no salgamos, por favor, nada más eso pide.

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Hay una guerra y, como en tantas guerras, los dioses son la excusa. Los colonos insisten en que tienen derecho a vivir en Hebrón porque su dios les dijo: “Dios creó todo el mundo pero su cuartel general está aquí”, dice un rabino colono en un documental. “Nosotros creemos en la promesa de Dios, que le dio esta tierra al pueblo judío. Si hay gente que quiere venir a vivir aquí como huéspedes, que sean bienvenidos, pero si creen que pueden gobernarla, es imposible”.

En medio de Hebrón, en medio del conflicto, la mezquita de Ibrahim, sinagoga de Abraham: sobre las tumbas, dicen, de Isaac y Rebeca y Lea y Jacob y Sara y Abraham. Es un gran edificio que empezó a construirse dos mil años atrás y se siguió construyendo desde entonces. Durante siglos fue mezquita; cuando Israel ocupó Cisjordania en 1967 se quedó con una parte para hacerla sinagoga. Algunas de las decoraciones más antiguas de la mezquita repiten un motivo conocido: la estrella de David. Pero su nave principal está llena de cámaras porque no solo Dios quiere ver todo.

Las tumbas también pueden verse desde las dos partes. La de Abraham es un túmulo pomposo cubierto de una tela verde con dorados en medio de un cuarto lleno de arabescos. Las entradas están clausuradas; hay que mirarla desde dos ventanas, una del lado judío, otra del musulmán. Y, entre las dos, junto al sepulcro, un vidrio a prueba de balas, por si acaso. Judíos y musulmanes veneran al mismo muerto amenazándose.

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Hay muchos otros momentos en que israelíes y palestinos –o mejor, judíos y musulmanes radicales– se ven, con perdón, tan parecidos. Digo, por ejemplo, cuando pasan esos hombres musulmanes o judíos caminando, sus mujeres detrás y muy tapadas, inundadas de niños, sometidas: tan voluntariamente sometidas.

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Ya lo habían hecho muchas veces. Llevaban un par de años cruzando la frontera en ese valle, no muy lejos de Hebrón, donde la vigilancia solía relajarse y el alambrado tenía agujeros. Más de una vez se habían preguntado por qué tanto descuido; nunca pensaron si sería a propósito.

Iban a trabajar a Israel. No tenían permiso, porque para tenerlo habrían debido ser mayores de 25, casados, algún hijo. Noor y su hermano y su primo tenían 21, 22. En la costa les pagaban unos 200 shekels –40 euros– por día de albañilería y en un mes podían trabajar diez o doce días; en territorio palestino el trabajo era escaso y mucho peor pagado. A sus patrones también les convenía: los palestinos sin permiso les cuestan la mitad que un obrero con papeles. Si los descubren deben pagar multas; muchos se arriesgan.

Noor no siempre la pasaba bien. A veces caía en algún control policial, le pegaban un poco, lo devolvían a Cisjordania; a los pocos días cruzaba de nuevo. Hasta esa tarde de noviembre: Noor se arrastraba bajo el alambrado cuando sintió el relámpago en la pierna. Pensó que debía ser un golpe de electricidad: que el alambrado le había dado una descarga. Tardó un momento en ver la sangre, los pedazos de pierna colgándole del pantalón roto. Le habían acertado una bala explosiva.

El dolor tardó en llegar; cuando llegó, nada dejó que no doliera. Noor gritaba, se agarraba la pierna, se retorcía en el suelo. Varios soldados lo rodearon, le apuntaban; uno le dijo que había tenido suerte, que la próxima vez tirarían a matarlo.

La operación duró casi seis horas: Noor tenía la tibia y el peroné de la pierna derecha hechos pedazos. Todavía le quedaban otras tres cirugías, dos meses en el hospital, la recuperación que no termina. Noor sabe que quizá nunca camine como antes, y los dolores lo persiguen. Por lo menos, dice, ya no tiene esas pesadillas espantosas en que la bala dum dum volvía y volvía.

Noor tiene el pelo muy corto, las cejas gruesas, la palabra difícil: busca, tarda, no siempre las encuentra. Tiene un rictus constante entre la pena y la extrañeza: como quien no entiende o, mejor, preferiría no entender lo que sí entiende. Sabe, entre otras cosas, que nunca va a poder volver a trabajar en Israel. Ningún miembro de su familia va a poder: en la oficina de permisos les dijeron que nunca se los darían porque si cruzaban quizá trataran de vengarse.

–¿Y ustedes tratarían de vengarse?

–No, qué vamos a hacer. Si tratamos de vengarnos podrían venir y tirarnos abajo la casa. Yo no quiero más líos, quiero estar tranquilo. Yo ahora sé lo que te hacen si les traes problemas.

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Los trabajos se mezclan y se intrincan: los dineros. Aquí mismo en Hebrón un empresario palestino fabrica buena parte de las botas que usan los soldados israelíes.

–Bueno, aquí ya casi nadie le habla. Pero se ve que la plata le hace olvidar los sinsabores.

Me dice Samir, mi guía. También se mezclan las condenas: Rania me cuenta la tristeza, la sordidez de tener que hacerse cargo de la prisión de su hijo Ahmad, 16 años:

–Lo condenaron a dos años y, como era menor, le dieron prisión domiciliaria. Entonces yo, su madre, soy la responsable de que no salga de la casa. Yo soy su carcelera, me entiende, yo tengo que ser su carcelera, yo, su madre.

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El problema, una vez más, son los principios: que uno compara la actitud de Israel con sus propios principios. No con un estado belicoso y represor sino con un proyecto de país democráctico, socializante, surgido para lavar la peor represión de los tiempos modernos.

–Cuando los ingleses colonizaban lo hacían en nombre de la civilización; los franceses, de los derechos humanos; los españoles, de la religión. Los israelíes colonizan en nombre de las víctimas: victimizan a otros, legitimados por su antigua condición de víctimas. Y lo más curioso, en un caso como el de Hebrón, es que se vuelven a convertir en víctimas: ellos mismos instalan un ghetto judío armado en medio de una población de miles y miles de personas que los odian. Es la víctima la que manda, la víctima-verdugo, un invento tan raro.

Dijo Marius, aquella vez, y la risa le sonó muy amarga.

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Centro de Hebrón, el sol que raja, las cuatro de la tarde, un soldado israelí –moreno, casi niño, lampiño, los ojos legañosos– se hamaca en una hamaca de jardín que alguien dejó en un descampado. Debe estar de servicio: tiene sobre la falda una de esas ametralladoras tremebundas y está casi dormido: calor, el balanceo. De pronto, desde tantos rincones, alauakbar, diez o quince muecines llaman a la plegaria. El aire se le llena de voces enemigas. El chico se sobresalta, sacude la cabeza, aprieta con las manos el arma, mira nervioso hacia los lados. Los gritos crecen, allauakbar. El chico sigue mirando, nervioso, a los costados.

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Hanan me cuenta que cuando los soldados se llevaron a Leith, su hijo de 14, no era capaz de ir a su cuarto, así que lo cerró. Que nueve meses lo tuvo cerrado, que nadie podía entrar.

–Quería su olor, quería que su ropa estuviera como él la había dejado, quería que todo estuviera como él había querido… Quería olvidarme de esa noche, esos soldados.

–¿Los odia?

Hanan se calla, piensa, busca, canta un gallo:

–Sí. La verdad, sí. Nunca me voy a olvidar de cómo le pegaron, delante de mí…

–¿Y qué piensa hacer con su odio?

–El problema es que no puedo hacer nada. Solo pienso que como madre tengo que criar buenas personas. Israel quiere que nuestros chicos sean ladrones, traficantes, drogados; como madre, mi lucha es que mis hijos sean los mejores. Si cada madre pudiera criar buenos chicos, les daríamos más pelea que con las piedras.

Dice Hanan y se le va una lágrima y me cuenta que su hijo de cuatro años, Hasan, no lloraba nunca cuando iban a la cárcel. Aquí, entre los sillones, Hasan está jugando con una pelota de goma. Me la pasa, la rebotamos en el suelo, nos reímos, nos chocamos las palmas, él me besa la mejilla. Yo me derrito y él se ríe y tira fuerte su pelota de goma.

–Hasan nunca lloraba, miraba todo muy serio, miraba mucho a los guardias de la cárcel. Un día, cuando teníamos que irnos, me dijo que no se quería ir. Buscó a un guardia, le tiró del pantalón para llamarle la atención y le dijo, tan serio: “Enciérreme a mí. Yo quiero que me encierre a mí y deje que Leith se vuelva a casa”.

Dice su madre y me dice, bajito, que tiene mucho miedo.

La plaza publica

Martín Caparrós

Hay muchos diarios –o como quiera que se llamen. La facilidad digital los multiplicó, y es una suerte: cuantas más voces, más mejor. Pero cada vez es más complicado leer los diarios –o como quiera que se llamen. La multiplicación produce dispersión: tal tiene una noticia interesante, cual trae un comentario que un amigo recomienda, talcual ofrece en tuiter un reportaje que da ganas. Y es bueno y nos acostumbramos: después de pasarnos todo el siglo pasado adscritos a un diario como quien se inscribe en un club o un partido o una iglesia, lectores de uno o a lo sumo dos, fieles a una visión particular, internet ofreció otra forma de lectura de los medios: múltiple, transversal, apertura, debate.

Fue, durante unos años, un alimento y un placer –pero se está volviendo cada vez más difícil. Para empezar, estamos más y más reacios a leer a los distintos, más refugiados en nuestras pequeñas certezas, más miedosos de salir a un mundo oscuro que pintamos todavía más negro para justificar el miedo. Y, para seguir, los medios, ávidos ellos, quieren sobrevivir, y para eso precisan ganar algún dinero. La publicidad es rehén de las grandes bestias –Google, Facebook– y la opción es cobrar suscripciones. Es lógico, y es extraño que pagarles nos resulte extraño: lo hicimos durante toda la historia de la prensa escrita salvo las dos o tres últimas décadas. Pero antes esto significaba uno o dos al día y ahora, cuando nos hemos acostumbrado a mirar más, a picotear, ya no podemos porque, para hacerlo, deberíamos pagar quién sabe cuántos.

Lo cual es imposible para la mayoría. Así que la economía y el aire de los tiempos se alían para que la forma de leer prensa en internet esté volviendo a los paramétros de antes de internet: un diario o dos, los que más se te parecen, los que te dicen lo que querrías escuchar. Volvemos a la lectura partisana, la lectura monógama o a lo sumo bígama: la cerrazón cerril, el tedio cada vez mayor, el fanatismo de no escuchar sino lo ya sabido.

Eso es malo para los lectores, malo para los medios, pura ley de la selva. La audiencia se contrae y todos se pelean por ella. Atraerla es cuestión de vida o muerte: tenerla es sobrevivir, no tenerla es hundirse. Y los grandes medios tienen más recursos para conseguirlo y los medios medios sufren y no consiguen la masa crítica suficiente para seguir peleándola.

Contra esa caída, para hacer posible la diversidad, hay una opción que habría que pensar más: armar especies de spotify de la prensa, una Heme(roteca) de los medios medios que reúna a varios de ellos en una sola suscripción. Eso nos salvaría como lectores: recuperaría las virtudes de apertura que encomiamos cuando empezó internet –y que ahora se pierden. Y ayudaría tanto a esos medios cada vez más amenazados.

Si suficientes medios medios se unieran conformarían, entre todos ellos, una oferta más atractiva que la de un gran diario solo, y podrían conseguir más lectores, más suscriptores. Un medio medio puede hacerse con unos miles de abonados y caer más o menos lento en el desastre. Diez medios medios pueden juntar muchos más y convertirse en un espacio apetecible para lectores y publicistas, un lugar que adquiera el peso suficiente, la masa necesaria para seguir creciendo. El conjunto, otra vez, sería mucho más que la suma de las partes, y la Heme cumpliría esa función de plaza pública de publicaciones –esa plaza para los debates– que tuvo internet durante un tiempo y que se fue degradando en la basura de las redes. Para que fuera interesante –política, económica, culturalmente–, debería reunir medios de distintos formatos e idearios, ofrecer variedad, no más y más de lo mismo. No es fácil establecer esas alianzas; es probable que, para algunos, sea la única manera.

El método tiene sus problemas. Habría que encontrar, por ejemplo, una forma de repartir ingresos. La opción más inmediata –que el reparto sea proporcional a los clicks de cada medio– puede producir un desastre de gatitos y degüellos para conseguir más; habría que buscar otras o poner reglas a los participantes. Son complicaciones, pero todo consiste en convencerse e intentarlo. Creo que por ahora no lo hacen porque no está del todo claro cómo y, sobre todo, porque todos sueñan con salvarse solos: es el clásico sueño que, al despertarte, reconoces como pesadilla.

Pero no sé si quedan muchas otras opciones. Y la potencia y la novedad serían sus aliadas; entonces, quizá, la Heme podría ser más que un nuevo error de ortografía. ¿Vale la pena debatirlo?

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(Y un pequeño experimento sobre la lectura: ¿usted también leyó «la plaza pública»?)

Las vacunas corruptas

Martín Caparrós

Los argentinos adoramos los escándalos. Y somos buenos produciendo escándalos: como todos, o un poco más que todos –siempre todos nos creemos que “un poco más que todos”. Pero, más allá de chauvinismos tristes, aquel escándalo fue realmente adorable.

El viernes 19 de febrero el señor Horacio Verbitsky, un reputado periodista argentino de 79 años, reconocido oficialista, contó en un programa de radio que el día anterior había recibido una vacuna que no le correspondía en una dependencia especial del Ministerio de Salud Pública. Después se supo que otros paniaguados del gobierno habían hecho lo mismo. Era intolerable que unos pocos amigos del poder se vacunaran mientras tantos que lo necesitaban con urgencia no lo conseguían, y se armó el escándalo: el ministro y el periodista perdieron sus empleos y el Vacunatorio Vip quedó registrado, con toda justicia, como un ejemplo de corrupción y desprecio por la ley y la solidaridad. Fue uno de los puntos más bajos de un gobierno que no los escatima, y los grandes medios hablaron de eso semanas y semanas.

El domingo 9 de mayo el señor Mauricio Macri, un empresario y político argentino de 62, presidente del país entre 2015 y 2019, contó en su página de Facebook que se había vacunado en una farmacia de Miami, Estados Unidos, donde había viajado para participar en un “foro sobre la democracia”. En febrero, cuando el escándalo de su enemigo Verbitsky, el ex presidente había declarado –esta vez por Twitter– que “ante las reiteradas consultas sobre si me he vacunado, quiero aclarar que no me di ninguna vacuna contra el coronavirus y tampoco lo voy a hacer hasta que el último de los argentinos de riesgo y de los trabajadores esenciales la haya recibido”. Todavía hay millones de “argentinos de riesgo” que no la recibieron y el señor Macri se vacunó anteayer como solo pueden hacerlo los ricos: viajando a un país donde hay vacunas y pagándolas. Podría parecer intolerable: un señor que miente sobre sus intenciones y que las incumple usando sus privilegios de clase, pero no. Los mismos medios que se habían escandalizado con tanta razón cuando el periodista se vacunó gracias a su cercanía al poder político solo reseñaron, con toda discreción, que el político y empresario se había vacunado –gracias a su dinero.

Algún espíritu ingenuo podría sorprenderse, pero sabemos que la mayoría de los grandes medios argentinos miden el paño con varas muy distintas. La reacción social es más reveladora: no parece que muchos de los que se indignaron con la corruptela vacunatoria del periodista influyente se indignen ahora con la falsedad y prepotencia vacunatorias del político rico. La diferencia entre ambas reacciones es un ejemplo perfecto del papel social de la corrupción, ese azote y bálsamo de estos tiempos.

Lo que hizo el señor Verbitsky fue ilegal: incumplió las normas de su gobierno que dicen que las vacunas se deben aplicar según cierto orden de prioridades. Lo que hizo el señor Macri fue legal: cumplió las normas del capitalismo que dicen que el que tiene plata consigue más que los demás –incluyendo, por supuesto, mejor medicina.

Si en general aceptamos que un tipo que tiene más tiene derecho a tener más, ¿por qué vamos a discutir que ese tipo tenga derecho a vacunarse antes que otros? En términos jurídicos no hay nada que reprocharle al señor Macri; para reprocharle algo habría que suponer valores éticos –ideológicos–: la injusticia de la desigualdad, la importancia de la solidaridad, la condena del sálvese quien pueda, esas cosas que no están sancionadas por nuestras constituciones.

Su acción, entonces, no puede recibir ninguna sanción legal porque es legal; podría, si acaso, recibir una sanción política porque es política. Pero para eso habría que discutir y definir qué privilegios puede comprar el dinero y cuáles no, si está bien que los ricos hagan lo que quieren, si un gobernante debe vivir como sus gobernados, tantas cosas. En cambio la condena de la corrupción es simple y clara: el que consigue ventajas gracias a su relación con un estado comete un delito. Y no es preciso discutir sobre el orden social, las ventajas, las desigualdades: alcanza con atenerse a la letra del código penal, que, en cambio, no dice nada sobre los que concentran el dinero –o las vacunas– que tantos necesitan. Por eso las denuncias de corrupción ocupan tan a menudo el lugar del debate político. Por eso es tanto más fácil hablar de corrupción que de proyectos. Por eso el honestismo funciona tan bien.

Llámase honestismo a “la convicción de que –casi– todos los males de un país son producto de la corrupción en general y de la corrupción de los políticos en particular, dejando de lado todo el resto de las causas que los producen”. Para muchos, cargar todas las culpas sobre la corrupción es una forma de esperanza. El honestismo permite creer en soluciones mágicas: que si nadie robara, te dicen, todo se arreglaría –y esa certeza elude o cierra la necesidad de discutir modelos, proyectos, políticas. El recurso a la corrupción es la forma de postular que si hay desigualdad, si hay injusticia, si hay miseria no es porque un sistema las produzca sino porque unos individuos se quedan con lo que no debieran: porque son malvados, perversos, esas cosas. La corrupción sirve mucho para sostener este sistema: nos quiere hacer creer que es bueno, sólo que hay malos que lo usan en beneficio propio. La corrupción es la explicación de una época que no sabe cómo explicarse, cómo pensarse, cómo superarse. Ni, se diría, cómo vacunarse.

Madrid es indepe

Martín Caparrós

Sí, hubo elecciones regionales en Madrid, una comunidad autónoma de 6,5 millones de personas –que se sintieron como elecciones nacionales pero no lo fueron: Madrid tiene características muy propias. El resultado global fue un triunfo abrumador de la derecha, con una mayoría que le permitirá gobernar a su gusto los dos próximos años.

Hubo elecciones y el partido dizque socialista gobernante perdió como nunca: una campaña mal armada, un candidato despistado y la derrota más aparatosa de su historia local; quizá le sirva para entender algo. Hubo elecciones y Pablo Iglesias, que lideró la izquierda española en la década pasada con un partido nuevo, Podemos, se retiró de la política. La Parábola de Pablo es una síntesis apretada de los procesos tradicionales de las izquierdas: irrupción fulgurante con propuestas y métodos nuevos, que despiertan entusiasmos y esperanzas, seguida por una deriva cada vez más personalista y autoritaria que termina por desarmarlos y convierte un movimiento que parecía amplio y distinto en la misma secta de siempre.

Pero la verdadera lección de estas elecciones vino de la candidata ganadora, la presidenta PP de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso. Ayuso es una mujer de 42 años sin mayor historia ni brillo personal. Oradora mediocre, no se le nota ninguna inteligencia ni educación ni simpatía particulares. Su gestión de la peste fue poco menos que desastrosa, cantidad de muertes evitables. Y, sin embargo, consiguió uno de los mejores resultados de su partido en su capital en su historia.

Desde el principio estaba claro que Ayuso se aprovecharía de algo que muchos gobiernos provinciales han usado en la pandemia: su papel de policías buenos frente al policía malo representado por el gobierno nacional. Ha pasado en muchos países: el poder central impone restricciones que los poderes regionales critican y/o aligeran. Así, la responsabilidad de las medidas más impopulares –el peso del hartazgo– cae sobre los centrales. Los regionales tienen la ventaja enorme del “yo hubiera o hubiese”: en tiempos duros, que no le gustan a nadie, los que pueden argumentar que no les dejaron hacer lo que habrían querido se llevan más y más votos. En los últimos meses varias elecciones confirmaron ese reparto: los oficialismos ganaron en las provincias y perdieron en las naciones.

Pero aún así, yo  –con perdón– no entendía la Furia Ayuso, y me pasé semanas preguntándome cómo podía ser que un personaje tan escaso fuera a conseguir los resultados que esta señora amenazaba. No lo entendía hasta que escuché su discurso de la victoria, y supuse que sí. Creo que Ayuso ganó porque hizo eso que permite que un político o un movimiento ganen: creó un colectivo donde no lo había.

Ayuso inventó a los madrileños. Ser madrileño no era una definición política y, en términos culturales o demográficos, era una condición muy laxa, muy mezclada, suma de gente tan distinta, orígenes tan varios, conductas tan diversas. Ayuso les ofreció rasgos comunes. Ahora, en su versión, los madrileños son gente de trabajo y de sano recreo que había perdido su libertad –su libertad– de trabajar y recrearse porque el gobierno central se lo prohibía so pretexto de peste. “No entienden nuestro modo de vida”, dijo en su festejo, instalando un ellos y un nosotros, “y por eso el sanchismo no entra en Madrid”. Ahora, en la versión Ayuso –en la versión triunfante–, los madrileños son gente oprimida que decidió pelear por su libertad. Y más: los madrileños siempre se jactaron de ser migrantes llegados desde todo el país. Ayuso, en su discurso, les hizo un upgrade: son “lo mejor de cada rincón del mundo”, dijo, convirtiéndolos en una aristocracia –en sentido más que literal. Y vinieron a Madrid “a vivir en paz y en libertad”.

Creo que ganó por eso: Ayuso entendió que, en estos tiempos de desorientación global, no hay nada más eficaz que inventar un bloque local, un nosotros hecho de pertenencias y ofensas compartidas. Ayuso, gran defensora de la unidad de España, supo construir su propio movimiento indepe: allí donde los catalanes se duelen y defienden de Madrid, los madrileños se defienden y duelen de ese híperMadrid que es el gobierno central. Son las pequeñas delicias del nacionalismo –que sigue siendo, en días oscuros, el truco que más votos consigue. Alcanza con poder definir ese nosotros, darle una banderola, encontrarle enemigos, convertirlo en misión. Parece fácil, es lo más complicado. Ayuso o sus guionistas supieron cómo hacerlo, y por eso se llevaron el gato al agua. Ahí está, grita, se retuerce.

¿Araña?

McKey y el vacío

Martín Caparrós

Un tipo que salta desde un noveno piso no sirve para nada. Un tipo que salta desde un noveno piso no pretende servir para nada. Un tipo no se tira al vacío pensando para qué va a servir que se reviente la cabeza contra el suelo, que en dos o tres segundos más se acabe. Ese es, si acaso, el trabajo que nos queda a los que no saltamos. A mí me gustaría poder pensar para qué sirve –si sirve para algo– que Willy McKey, poeta venezolano, un tipo gracioso y generoso, se haya matado así.

(Cuando nació, hace 40 años, en un barrio obrero de Caracas, Willy McKey se llamaba Willy Joseph Patiño Lira; después se cambió el nombre y se hizo peludo, gordo, talentoso. Combinaba palabras con soltura y escribió libros de poemas, ganó premios por ellos; en algún momento se volcó a la política y redactaba para Juan Guaidó. Sabía cantar, comer, beber, pasear, reírse con denuedo; se ve que no sabía cosas que no sabíamos, que ocultaba horrores. Últimamente, partido como tantos compatriotas, vivía con su novia en Buenos Aires –hasta el jueves, cuando se tiró.)

Pensar, pero no es fácil: hay que meterse en el terreno más resbaladizo de estos tiempos. McKey se mató porque varias mujeres demasiado jóvenes contaron cómo las había seducido o intentado seducir: ellas eran menores, él usaba su poder cultural. La mujer que lanzó la denuncia –que firma Pia su largo hilo de tuiter– reproduce larguísimos chats entre ella y él: me impresiona en ellos el esfuerzo que hace un hombre por engatusar a una niña. Y –aquí debo escribir “por supuesto”, por supuesto– me parece horrible que alguien use ese poder para conseguir una satisfacción sexual. En el relato no aparece violencia física; aparecen, sí, esas maneras del poder que también lo son. Seguramente McKey hacía lo que hacía porque estaba jodido –algún modo de enfermo– y porque tantos lo habían hecho antes que él; de pronto se encontró con que eso que había hecho le acababa la vida. Por eso no puedo dejar de preguntarme si no hay cierta desproporción entre el hecho y su castigo –y, encima, convencido de que hay cierta desproporción entre el hecho y su castigo, me veo escribiendo que “no puedo dejar de preguntármelo”.

Es un terreno más que resbaladizo: el discurso social dominante en nuestros ámbitos hace que cualquier debate sobre el tema sea visto como una defensa de lo peor del poder masculino. Debatir se ha vuelto complicado, sospechoso: debatir, digo, pensar y sopesar. Pero hay una pequeña máxima de Montana que se opone a la famosa de Wittgenstein: allí donde el vienés decía que “Lo que no se puede decir hay que callarlo”, el sudaca creyó que “Todo lo que no se puede discutir infecta”. Vivimos virus, somos virus, viruseamos.

Así que me gustaría intentarlo, con la torpeza que me caracteriza, o por lo menos proponerlo. Creo que está muy bien que la condena social a los que tratan de usar sus poderes para conseguir favores sexuales sea dura. Esperemos que esa condena sea la forma de que ese mecanismo siniestro, que durante siglos pareció tan “natural”, desaparezca. El problema es que esa condena está descontrolada.

Willy McKey decidió que, culpable, su castigo sería matarse. Quizás exageró, pero lo cierto es que la sociedad –su sociedad– ya había decidido que estaba definitivamente afuera, que no tendría más trabajo ni lugar, que le resultaría muy difícil escribir, hablar, pensar, ganarse la vida, que le resultaría muy difícil vivir. Lo condenaron al vacío; se ve que, casi literal, no supo ver otra salida.

Yo sigo creyendo que hay que buscar otras. Creo que habría que encontrar la manera de pensar qué hacer con los que hacen esas canalladas sin destruirlos tanto como destruyen ellos –o más. Empezar a pensarlos sin el odio que se merecen pero que, muchas veces, desmerece a quien lo siente. Tratar de que el castigo sea proporcional al crimen. El problema es que aquí la ley y las leyes no intervienen, ni sus garantías. No hay presunción de inocencia hasta que se demuestre lo contrario; no hay un baremo de delitos y penas. El castigo es inmediato y es social y es completo y no da lugar a explicaciones y a esa transacción que llamamos condena: si hiciste tal cosa vas a tener que hacer tal otra y después, recién después, podrás recuperar tu vida. Aquí la sensación es que la vida del ofensor ya es irrecuperable, que ya la perdió –y por eso, imagino, Willy McKey saltó por la ventana.

Lo hizo, supongo, porque no soportaba imaginar ese vacío. Y entonces, por esas canalladas enfermas, se perdieron también tantos poemas, tantas risas, algún amor más cierto, las posibilidades de una vida. No digo que nada de eso justifique al agresor ni lo libre de culpa; digo que habría que encontrar la manera de no aniquilarlo, de darle la posibilidad de pagar por lo que hizo y recuperar alguna forma de su vida. De no saltar por la ventana, digo, cuando tanto hijo de puta sigue sentado en el salón, pontificando.

Usos del fascismo

Martín Caparrós

Este martes 4 de mayo habrá elecciones en Madrid. Lo cual, aunque mis cuatro o cinco lectores españoles no lo crean, para muchos es una noticia: en el resto del idioma ningún medio que yo conozca habla de eso. Eso habla, por supuesto, del ínfimo espacio que los periodismos de nuestros países le dan a la información de otros cuando no hay por lo menos siete muertos o una cantante famosita o un futbolista en retirada. Pero, también, de cómo cada comunidad se enreda en sus asuntos, se los toma como si definieran los destinos del mundo y sus alrededores.

Y en este caso muy especialmente: Madrid arde –o se cree que arde. La campaña ha sido bronca y ha tenido broncas y se plantea como una decisión definitoria, aunque la Comunidad de Madrid ya lleva décadas gobernada por la misma derecha –el Partido Popular– que probablemente gane. Así que la campaña de las izquierdas podría centrarse en ese gobierno y sus desastres, pero su principal foco de grititos es la grosería descarada descarnada de la presidenta/candidata y la participación de un partido de derecha cerril llamado Vox.

El partido Vox apareció hace siete años, encabezado por un par de ex funcionarios del PP que, viendo que sus carreras se estancaban, imaginaron que podían representar a esa porción de votantes de su partido que su partido no terminaba de expresar porque le daban un poco de vergüenza –y porque podían restarle votos por el centro. Así que estos medio fracasados empezaron a decir claro lo que sus antiguos jefes decían más oscuro y consiguieron los votos de dos o tres millones de ex PPs. Hacen ruido, pero la mayoría son votos y votantes que ya existían, que premian que ciertos políticos de la derecha ahora digan en voz alta lo que antes hacían en voz baja: bajar los impuestos a los ricos, atacar a los inmigrantes pobres, oponerse a las políticas de género, ayudar a la iglesia católica a conservar sus privilegios, extrañar el orden del caudillo, intentar ser caudillos, hablar mucho de España y su destino y su bandera rojigualda.

Se diría que esta derecha extrema es una versión impúdica de la derecha clásica, pero a la izquierda más clásica le viene muy bien para asustar a sus votantes y llevarlos a las urnas en momentos en que sus propuestas no los llevan mucho; para conseguir ese status de víctimas que cierta izquierda usa tanto últimamente, a falta de uno más fecundo.

En estas elecciones, los “partidos de izquierda” –es raro hablar de izquierdas cuando uno de esos partidos es el PSOE– se presentan divididos, con tres candidatos no muy atractivos –un profesor vacilante por los socialistas, una médica sobreactuada por el peronismo, un orador odiado por Podemos–, pero los une su lucha, dicen, para “frenar al fascismo”.

Para lo cual su campaña se centró estos días en las amenazas de un anónimo que mandó cartas con balas a personajes de esos partidos y en los exabruptos de las candidatas de Vox y del Partido Popular. En lugar de discutir políticas en serio: cómo fue que la derecha democrática convirtió a Madrid en un paraíso fiscal donde las grandes fortunas tributan mucho menos que en el resto de España, donde la salud pública tiene menos inversión por habitante y la educación es más desigual que en cualquier otra región del país. Para eso sirve, supongo, la derecha bruta: para que no miremos lo que hace la derecha civilizada, que es la que en serio hace.

En cualquier caso, si las encuestas no se equivocan, lo más probable es que la actual presidenta PP, Isabel Díaz Ayuso, gane por bastante. La sostienen sus ataques al gobierno central, su insistencia en que la salud no debe perjudicar la economía, su defensa de los comercios y los bares abiertos, su verba desgarbada. Ganará, dicen, pero no suficiente para gobernar sin aliarse con Vox. En esa necesidad podría estar, quizá, su flaqueza –un cuarto de sus votantes rechaza esa alianza– y la izquierda se va a pasar estos días insistiendo en el tema.

Así que  ahora la campaña consiste en discutir qué hay que hacer con la ultraderecha. Si se debe permitir el juego democrático a quienes no respetan el juego democrático, si –siempre en nombre de la democracia– hay que aislarlos tras un “cordón sanitario”. No es un debate nuevo: ya sucede en Francia, en Italia, en Alemania. Lo que casi no se debate es por qué aumentan sus votantes: por qué muchos hombres y mujeres que solían elegir a su izquierda ahora los eligen; por qué tantas personas pobres, preocupadas por su pérdida de empleos y posiciones y esperanzas, se sienten distantes de una “izquierda” que parece representar mejor a cierta clase media inquieta que a los trabajadores en problemas.

Ese es el gran fracaso. Y esa pregunta debería ser, más allá y más acá de cualquier elección, la tarea de estos partidos y candidatos de la izquierda. Pero si se la hicieran, si la respondieran, quizás ellos deberían dejar de ser los partidos y candidatos de la izquierda –y habría que repensar un par de cosas. Mejor gritar que vienen los fascistas y que qué miedo y que tenemos que pararlos como sea; mejor ser víctimas, que así la culpa es de los otros.

El fútbol es del pueblo, caramba!

Estaban indignadísimos: voces y más voces se alzaban para denunciar lo intolerable. Era la famosa escena de Casablanca: “Qué escándalo, he descubierto que aquí se juega”, anunciaba alarmado, mientras mandaba sus esbirros a cerrar el bar de Rick’s, un comisario que se había pasado la vida apostando en ese bar. En estos días era igual: muchos de los que llevan dos o tres décadas disfrutando de esa concentración extrema de la riqueza futbolística que son las ligas europeas han descubierto, de pronto, que aquí se juega.

Y todo porque un seleccionado de los clubes más poderosos de Europa, encabezados por uno de los empresarios más poderosos de España –y presidente del Real Madrid–, Florentino Pérez, intentó hacer rancho –o palacio– aparte. Lo anunciaron de pronto este lunes: que ya estaban hartos de hacer beneficencia jugando contra equipos que no les pueden ganar pero, cada vez que los enfrentan, corren y recaudan más que nunca. Que se habían cansado de juguetear con chiquitos, que querían jugar con los de su tamaño –y ganar, así, mucha más plata. Por eso anunciaron que iban a armar una “Superliga” donde participarían doce clubes fundadores más otros ocho que todavía no estaban claros.

Los doce eran la crema de la crema: seis ingleses, tres españoles, tres italianos –y se esperaba la invitación al PSG y al Bayern Munich. El negocio era obvio: al garantizar que no habría partidos chicos, que todos enfrentarían a dos grandes, la recaudación –la tele– se disparaba. Según sus cuentas cada club habría recibido, solo por participar, unos 60 millones de euros –y después los premios. El ganador, decían, se habría llevado unos 250 millones, más del doble que el champion de la Champions, nido de pordioseros. Y se dejarían de partidos falsos, esas pantomimas que sirven para mantener la ilusión de que todos compiten.

Y el mismo lunes empezaron las reacciones: que el fútbol es de todos, que es de los hinchas, que es de mamá y papá, y otras pocas proclamas populistas. Todo muy bonito, muy emotivo, muy enternecedor -todo muy falso. La Superliga no era, como clamaronn los indignados, el establecimiento de una oligarquía o aristocracia futbolística despreciosa de todos los demás: era solo el sinceramiento de una situación que ya tiene muchos años. Las historias de los –fallidos– participantes lo muestran sin ninguna duda.

En España, la última vez que salió campeón un equipo que no estuviese entre los SuperLigos fue en 2004; desde entonces el Barcelona la ganó diez veces, el Madrid cinco, el Atlético de Madrid, una –y uno de los tres la ganará este año. En Italia nadie que no sea uno de los Super ganó la Lega desde 2001, y la Juventus se llevó las nueve últimas. Y en Inglaterra, donde todo está más peleado, una vez en el último cuarto de siglo el campeón no fue uno de los Super: 2016, cuando el Leicester consiguió colarse. De los supuestos invitados, parecía claro que estarían el PSG –que es más débil: de los últimos ocho campeonatos solo ganó siete– y el Bayern Munich, que ganó esos ocho sin problemas.

La Superliga era, en realidad, un paso más en el proceso de concentración del fútbol que empezó hace 25 años, cuando Europa liberó las trabas a la importación masiva de futbolistas. Desde entonces sus grandes equipos se compran sistemáticamente todo lo bueno que haya por ahí. Gracias a su dinero muy confuso arman equipos imbatibles, gracias a sus equipos imbatibles reciben más y más dinero más confuso aun de televisiones y anunciantes: concentran la riqueza futbolística de manera obscena. Y de pronto se cansaron de simular y quisieron llevar el proceso más allá, siempre más allá.

Muchos se asustaron: si los mejores se armaban su liga propia, los más chicos quedarían abandonados a su suerte. Y, sobre todo: las dirigentes del fútbol se quedarían sin gran cosa para dirigir. Era, para los buenos muchachos de la FIFA y la UEFA, la oportunidad soñada: después de ser durante décadas el foco de la degradación y corrupción del mundo del fútbol –más presos por habitante que cualquier barrio marginal– esto les daba la chance de presentarse como los adalides de pobres, necesitados y decentes, y la aprovecharon.

Amenazaron con medidas terribles: que los jugadores que participaran de la Super no podrían jugar con sus selecciones los mundiales, y se perderían ese momento en que pueden simular que les importan los países de donde se fueron para ganar fortunas. (Nadie está en contra de la migración y menos yo. Pero esos muchachos dicen que migran por razones económicas. Si se quedaran en sus países –que dicen querer tanto– y sus equipos –que dicen querer más–, ganarían mucha plata. Se van porque en sus terribles exilios van a ganar muchísimisimisima más: carradas de plata, toneladas de plata. Pero una vez cada cuatro años simulan que lo que les importa son sus patrias)

Ahora las autoridades en peligro de perder su autoridad –y sus negocios– los amenazaron con sacarles esa pasarela. Y ofrecieron a los clubes fugitivos ventajas económicas y, por supuesto, al mismo tiempo amotinaron al pueblo y sus voceros. Fue una campaña entrañable, verdadero populismo en acto: que el fútbol es de todos, que lo importante son los hinchas, que el dinero arruina el deporte, todos los argumentos que su práctica desmiente cada día. Pero funcionan, como los argumentos de Vox o cierto peronismo, y los medios y las redes y los hinchas se indignaron y en dos días los grandes clubes europeos se rindieron. Primero fueron los ingleses, después los italianos; en tres días los españoles se quedaron más solos que la una, en un intento que ya es puro fracaso.

Fue todo un logro, gran victoria: la demostración de que cuando los pueblos quieren algo realmente importante saben actuar, presionar, movilizarse –y lo consiguen. Y que, para los que gobiernan, no hay nada tan decisivo como saber cuál es el grado justo de simulación que es necesario mantener. Cuándo, por mostrar demasiado, todo se puede ir al carajo; cuándo, por si acaso, hay que volver a ponerse las caretas; cuándo se pueden usar los errores de los ex amigos para recuperar poder; cuándo conviene traicionar y cuando no.

Así que ahora las ilusiones vuelven, otra vez el pueblo ha triunfado, todos jugarán contra todos y los ricos les ganarán como siempre a los más pobres y los sátrapas de la UEFA y la FIFA recuperaron el mando que estuvieron a punto de perder. Cualquier parecido con la realidad real es pura coincidencia.

Para qué sirven los pobres

Martín Caparrós

Ustedes sabrán –o no sabrán– disculpar este texto tan primario. Es, más que nada, una extrañeza: resulta que ayer me topé con una frase que me impresionó y pensé que lo mismo les pasaría a muchos más. Entonces puse un tweet para reproducirla y nadie le hizo caso: ningún caso. Ahora quiero saber en qué me equivoqué.

Mi tweet, comprimido como todos ellos, decía: “Para eso sirven los pobres. Un científico español explica cómo testear su nueva vacuna con tantos españoles ya vacunados ‘Tendremos que buscar en África, Latinoamérica o el sureste asiático donde todavía circule el virus y haya muchas personas sin vacunar’”. Y presentaba la entrevista de El País donde un científico que parecía muy respetable, Vicente Larraga, “uno de los mayores expertos en desarrollo de inmunizaciones de España”, decía cosas que parecían muy respetables sobre el uso de las vacunas y las tonterías que se dicen para no usarlas. Pero después el periodista le preguntaba por la vacuna que él y su equipo están desarrollando, y los problemas de testearla a esta altura del partido:

“–¿No será difícil la fase clínica en un escenario con mucha gente ya vacunada?

–Tendremos que buscar en países de África, Latinoamérica o el sureste asiático, donde todavía circule el virus y haya muchas personas sin vacunar.”

Dijo, y de verdad me impresionó que dijera con tal facilidad que su experimento aprovechará el hecho de que los pobres de los países pobres sigan, por falta de vacunas, en riesgo de contagio. Me impresionó, además, que lo dijese un científico serio y consciente, preocupado por los destinos de sus semejantes: que no se le ocurriera cuestionar la idea de que a los países ricos que producen vacunas les sirva que haya países pobres que no las consigan porque podrán usar a sus hombres y mujeres como cobayas. Que esa idea le pareciera natural. Que la enunciara sin pudores.

Y esperaba que sus palabras suscitaran sorpresas y condenas pero no; a nadie le importó. Vivimos en un mundo donde la mayoría de las personas de las sociedades ricas se empeñan en vivir como si las sociedades pobres no existieran. De tanto en tanto, esos pobres irrumpen: un cayuco, unos cuerpos, los ecos lejanos de una guerra. Pero en general conseguimos ignorar que, muchas veces, es gracias a su miseria que vivimos como vivimos. O, incluso, que es porque vivimos como vivimos, concentrando y despilfarrando los recursos finitos del mundo, que ellos viven como viven.

No lo pensamos: no pensamos que si podemos cambiar de calzones como de calzones es porque en Bangladesh hay millones de mujeres que los fabrican para nosotros doce horas al día por veinte euros al mes. O que si podemos comer plátanos baratos todo el año es porque miles y miles los producen por tan poco en Ecuador o Costa Rica y no los desayunan, nos los mandan. O que, en general, si hay mil millones de personas que no comen suficiente en un mundo capaz de alimentarnos a todos es porque algunos nos quedamos con tanto que otros se quedan sin nada: que los países pobres organizan sus economías para exportar su producción a los países ricos –no para dar de comer o vacunar a su gente.

No lo pensamos: hacemos como si nada sucediera. Es un esfuerzo menor pero resulta: tenemos el apoyo y la complicidad de gobernantes, medios, autoridades varias, siglos de experiencia. Nadie habla de eso; sabemos mirar para otros lados o, si acaso, apiadarnos una vez cada tanto: ay sí pobrecitos pasan hambre el problema es que no les gusta trabajar tenemos que ayudarlos. Y poco más; por eso es raro que alguien amable, respetable, aparezca de pronto y explique con candor cómo vamos a usar, una vez más, esa pobreza en beneficio propio –aunque, de tan entrenados, consigamos no oirlo.

Pero al menos lo dijo, y creo que la culpa la tienen las vacunas –que, como la pandemia, desvelan tantas cosas. Las vacunas, entendidas como panacea universal, el pase mágico que debería devolvernos nuestras vidas, nos tienen alterados. Por las vacunas los gobiernos se pelean, las personas se ilusionan y se decepcionan, las empresas incumplen, los doctores discuten, los países permiten que los dueños les impongan condiciones y reglas, los científicos cuentan más de la cuenta. Por las vacunas los países ricos están mostrando su fuerza, su codicia: nueve de cada diez dosis se aplican a sus ciudadanos.

Unos pocos países concentran la esperanza. Es el modelo habitual, y los demás no sabemos imponer la idea de que es necesario que esas patentes se abran para que esas vacunas puedan producirse libremente, cuantas más mejor, al alcance de todos. Yo creía –y lo sigo creyendo– que lo que están defendiendo los gobiernos y organizaciones que se niegan a hacerlo es la religión de la propiedad privada: que saben que si no la sostienen, aun en una emergencia como esta, el precedente puede salirles caro. Ahora sé que, además, ese empecinamiento tiene sus beneficios secundarios: que esos pobres que siguen en peligro les sirven para algo.

Lo importante es saber reciclar.

Amor eterno

Martín Caparrós

Ya llevo años y años tratando de oír lo que se dicen. Esa tarde se hablaban más que se besaban; en el Zócalo de Oaxaca, en esos días, las parejas se besaban poco –así que susurraban. Se supone que el amor es eso donde sobran las palabras; nunca se dicen tantas. El amor canta, cuenta, rima, rema, promete, se promete: el amor es más que nada una avalancha de palabras. El amor es esa gozosa incompletud, ese descubrimiento repentino de que en la vida hay mucho más que lo que suele haber –que otro mundo se abre–, ese cambio de luz que te lleva a decir y decir una esperanza, a imaginar que en alguna parte hay un futuro y esta vez no es ajeno.

Ellos se hablaban, yo no llegaba a oírlos: estaba en un balcón, justo encima; podía verlos pero no escucharlos. Quería escucharlos; me proponía bajar y no bajaba: yo, en aquel balcón, en el cuarto detrás de aquel balcón, también creía que había encontrado el amor verdadero. Fue la última vez que lo creí; o quizá ya hubo, desde entonces, seis o siete.

La trampa está en creer que el amor verdadero es amor para siempre, y que cualquier otra versión es un fracaso. Que hay que amar a una persona y pasarse con ella el resto de la vida y que cualquier otra opción es un fracaso. Es, supongo, el resultado de un invento reciente.

El amor conyugal es un invento reciente. Durante milenios los hombres y mujeres se casaron por razones mucho más razonables. Podía ser una alianza de familias, fatalidad, interés económico, un acostumbramiento: él y ella vivían en el mismo pueblo o en el campo de al lado o eran primos, se conocían de chiquititos, se desposaban de más grandes. En un mundo tanto más quieto, menos comunicado, los hombres y mujeres se casaban con lo que tenían cerca –y a nadie se le ocurría que debiera intervenir, en ese paso, una emoción particular. Se casaban, debían pasar toda la vida juntos: para que la unidad de producción de bienes y personas funcionara alcanzaba con que esos hombres y mujeres se trataran con algún respeto, se preñaran mutuamente algunas veces, aseguraran el funcionamiento del hogar y su reproducción por vía uterina. Por eso, también, por su falta de alicientes, era necesario que el matrimonio fuese irrompible por obligación.

Y si por ventura alguno de los dos –el hombre, en general– quería sensaciones más potentes se pagaba una puta o se hacía con una amante o un amante o, al extremo, montaba casa chica. Pero a nadie se le ocurría que el matrimonio fuera el espacio para hacer cosas como enamorarse o apasionarse o cogerse con denuedo. Ni que, por lo tanto, los futuros desposados se eligieran según esos baremos. Sigue siendo así, en muchos países, muchos más que los que suputamos. En la India, por ejemplo, un quinto de la humanidad, donde todavía dos de cada tres bodas son arregladas por las familias de los novios –que, muchas veces, se conocen en la ceremonia. Y, contra los que dicen que ésa es una costumbre arcaica, salta una evidencia: cada vez hay más indios jóvenes modernos que se casaron por supuesto amor y que, decepcionados, se divorcian y le piden a mamá que les consiga una pareja en serio.

Pero en nuestros países –en las distintas formas de Occidente– ya hace más de un siglo que se supone que nos casamos si y solo si nos amamos y, como el matrimonio debía ser para siempre, deberíamos amarnos para siempre. Estamos en un momento de transición, en el medio de un cambio incompleto: cuando una parte ya cambió y otra todavía no se adaptó a ese cambio. La idea de que el matrimonio debía durar para siempre se transmutó en que el amor debería ser eterno.

El problema es que no hay amor que dure tanto tiempo: las palabras se gastan, los futuros. Entonces fracasamos: no hacemos lo que requiere el cánon, nos amoramos por un lapso, nos perdemos –y tenemos la sensación de que fallamos: de que no cumplimos con lo que deberíamos. Así mi vida, por ejemplo.

Aquella vez bajé, al final, de mi balcón, caminé hacia ellos, pasé muy cerca con la oreja atenta. Y pude oír que él le decía claro, para siempre. Por eso ahora escribo estas tonteras: él decía para siempre. Fue en Oaxaca, hace unos veinte años. El banco sigue ahí; el amor ni se sabe. Quizás, el matrimonio..

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(Ustedes sabrán, espero, disculpar este paseo, que forma parte de un libro casi mío que publicó Editorial Altaïr en Barcelona, 2018: Postales, se llama, y es, como su nombre lo indica, fotos con pocas letras. Hoy, por alguna razón que prefiero no indagar, me pareció apropiado.)

618.127 días después

Martín Caparrós

No parece que tengamos mucho que celebrar, últimamente. Y sin embargo desperdiciamos las pocas oportunidades que aparecen. Este viernes 12 de marzo, por ejemplo, se cumplió un año de aquel día, y hubo pocos festejos.

El 12 de marzo de 2020 era jueves y los diarios hablaban cada vez más de esa plaga que llegaba de China y estragaba, por entonces, el norte de Italia. Pero solo algunos retomaron la noticia del día: el cardenal Angelo De Donatis, vicario papal de Roma, autoridad pomposa, acababa de ordenar el cierre de las 900 iglesias de su capital porque “el Señor nos pide que contribuyamos a la salud de todos. Por desgracia, ir a la iglesia no es distinto de ir a cualquier otra parte”, dijo. “Hay riesgo de contagio”. Quizá no supo que estaba haciendo historia.

Hasta ese día, durante quince siglos, la reacción más inmediata de Roma –y el resto de Occidente– frente a plagas o catástrofes o guerras consistía en pedirle a su dios disculpas y clemencia. Esas desgracias eran castigos que su dios les mandaba cuando se habían portado mal, y entonces los castigados salían en procesión, paseaban virgencitas y torturados varios, se hincaban a rogarle que los perdonara. Le decían que lo habían entendido, que no fuera tan fiero, que era justo pero ya alcanzaba. Suena –puede sonar– a cuento para niños: fue el discurso oficial de eso que solemos llamar nuestra civilización durante los 618.127 días –y una sola noche– que pasaron desde aquel viernes de octubre de 327 en que el emperador romano Constantino dijo que in hoc signo vinces y adoptó la cruz como su símbolo, justo antes de una batalla que le daba miedo, hasta el 12 de marzo del año pasado.

Durante esos cientos de miles de días, durante esos 1.693 años, ese dios decidía y definía. Era el mismo que ponía reyes cuando había reyes, hacía quemar sabios cuando había sabios, hacía empalar putos cuando había putos, y esas cosas. Era el que manejaba el mundo entero; por eso, si algo terrible sucedía en él, había que ir a pedirle que reconsiderara. Y así fue hasta el 12 de marzo del año pasado, cuando no solo no hubo ruegos; para más inri, sus gerentes cerraron los lugares donde esos ruegos suelen suceder para que los rogadores no se contagiaran.

Ese día algún guasón con aires clásicos le podría haber dicho a cualquier doliente que “buscas a Roma en Roma, oh peregrino,/ y a Roma en Roma misma no la hallas”. Pero los guasones, últimamente, se privan de citar a Quevedo. Y los curas también; más ese día en que, en lugar de encabezar procesiones y misas y súplicas, sus jefes se allanaron al dictado de la técnica.

Es uno de esos gestos que parecen pequeños pero que, bien mirados, pueden ser el síntoma perfecto de un cambio radical. En esa decisión casi administrativa, la ciencia se había impuesto a la religión en su lugar más consagrado: allí, en su propia capital, había acabado con un orden de siglos y siglos. Quizás alguna vez esa fecha sea un hito, la marca de un final tan demorado: 12 de marzo, uno dos tres, un día divino.

O quizá no. Nos hemos vuelto un fresco primitivo: hordas de enmascarados, señoras y señores con un trapo tapándonos la boca, forajidos de nada, asustados con telitas de miedo. Pero esperamos cosas buenas de las malas. “No hay mal que por bien no venga”, dice un viejo refrán castellano que nunca entendí, y que explica mejor la versión de Mateo Alemán: “No hay mal tan malo de que no resulte algo bueno”, escribió en su Guzmán de Alfarache.

Nos hemos acostumbrado, para sobrevivir, a esa visión tontoptimista de este año de mierda y quizás este reemplazo simbólico de la religión por la ciencia sea el mejor aliciente para sostenerla: lo mejor que nos habrá pasado gracias a la peste. El problema será –queda dicho– si queremos creer en la ciencia: la ciencia no está hecha para creer sino para dudar, para poner en duda, para ensayar y errar y ensayar de nuevo. En ella creer –o creer en ella– es un contrasentido, como bien lo muestran las idas y venidas de médicos y asimilados este último año, sus órdenes tan contradictorias.

El bien está por verse. Entre los interminables, indisimulables males de la peste, pocos me impresionan tanto como el triunfo del talante conservador. Hace unos meses lo escribí pensando que me pasaba sobre todo a mí; ahora compruebo que es de lo más común.

El conservador se define por una idea rectora: que las cosas –tu vida, por ejemplo– eran mejores antes y que vale la pena hacer todo lo posible para volver a vivir como entonces. Aunque resulte duro reconocerlo, ¿no es la esencia de nuestros pensamientos ahora mismo? ¿No nos pasamos las horas y las horas imaginando ese momento en que podamos volver a circular, encontrarnos sin miedo, revolear las telitas de la cara, seducirnos, pelearnos, pensar en cosas que sí valgan la pena? ¿No nos domina la idea de volver a aquellos días, felices sin saberlo? Nostálgic0s, descubrimos de pronto la belleza de lo que ya pasó y ansiamos recuperarlo: somos conservadores –y es triste, levemente humillante.

Y es un peligro: la idealización del pasado siempre produce presentes aún peores que ese pasado idealizado. Es el peligro de que, en ese retorno, nos parezca necesario recuperar todo el paquete: que compremos, por ejemplo, el recuerdo de un mundo delicioso donde las iglesias de Roma estaban tan abiertas y su dios nos guardaba de cualquier desgracia, y que empecemos a pedirle disculpas –de rodillas, claro, de rodillas– por haberlo olvidado.

Peores cosas hemos hecho en los últimos 618.127 días.

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