cháchara

un cuarto –medio medio– propio

Madrid es indepe

Martín Caparrós

Sí, hubo elecciones regionales en Madrid, una comunidad autónoma de 6,5 millones de personas –que se sintieron como elecciones nacionales pero no lo fueron: Madrid tiene características muy propias. El resultado global fue un triunfo abrumador de la derecha, con una mayoría que le permitirá gobernar a su gusto los dos próximos años.

Hubo elecciones y el partido dizque socialista gobernante perdió como nunca: una campaña mal armada, un candidato despistado y la derrota más aparatosa de su historia local; quizá le sirva para entender algo. Hubo elecciones y Pablo Iglesias, que lideró la izquierda española en la década pasada con un partido nuevo, Podemos, se retiró de la política. La Parábola de Pablo es una síntesis apretada de los procesos tradicionales de las izquierdas: irrupción fulgurante con propuestas y métodos nuevos, que despiertan entusiasmos y esperanzas, seguida por una deriva cada vez más personalista y autoritaria que termina por desarmarlos y convierte un movimiento que parecía amplio y distinto en la misma secta de siempre.

Pero la verdadera lección de estas elecciones vino de la candidata ganadora, la presidenta PP de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso. Ayuso es una mujer de 42 años sin mayor historia ni brillo personal. Oradora mediocre, no se le nota ninguna inteligencia ni educación ni simpatía particulares. Su gestión de la peste fue poco menos que desastrosa, cantidad de muertes evitables. Y, sin embargo, consiguió uno de los mejores resultados de su partido en su capital en su historia.

Desde el principio estaba claro que Ayuso se aprovecharía de algo que muchos gobiernos provinciales han usado en la pandemia: su papel de policías buenos frente al policía malo representado por el gobierno nacional. Ha pasado en muchos países: el poder central impone restricciones que los poderes regionales critican y/o aligeran. Así, la responsabilidad de las medidas más impopulares –el peso del hartazgo– cae sobre los centrales. Los regionales tienen la ventaja enorme del “yo hubiera o hubiese”: en tiempos duros, que no le gustan a nadie, los que pueden argumentar que no les dejaron hacer lo que habrían querido se llevan más y más votos. En los últimos meses varias elecciones confirmaron ese reparto: los oficialismos ganaron en las provincias y perdieron en las naciones.

Pero aún así, yo  –con perdón– no entendía la Furia Ayuso, y me pasé semanas preguntándome cómo podía ser que un personaje tan escaso fuera a conseguir los resultados que esta señora amenazaba. No lo entendía hasta que escuché su discurso de la victoria, y supuse que sí. Creo que Ayuso ganó porque hizo eso que permite que un político o un movimiento ganen: creó un colectivo donde no lo había.

Ayuso inventó a los madrileños. Ser madrileño no era una definición política y, en términos culturales o demográficos, era una condición muy laxa, muy mezclada, suma de gente tan distinta, orígenes tan varios, conductas tan diversas. Ayuso les ofreció rasgos comunes. Ahora, en su versión, los madrileños son gente de trabajo y de sano recreo que había perdido su libertad –su libertad– de trabajar y recrearse porque el gobierno central se lo prohibía so pretexto de peste. “No entienden nuestro modo de vida”, dijo en su festejo, instalando un ellos y un nosotros, “y por eso el sanchismo no entra en Madrid”. Ahora, en la versión Ayuso –en la versión triunfante–, los madrileños son gente oprimida que decidió pelear por su libertad. Y más: los madrileños siempre se jactaron de ser migrantes llegados desde todo el país. Ayuso, en su discurso, les hizo un upgrade: son “lo mejor de cada rincón del mundo”, dijo, convirtiéndolos en una aristocracia –en sentido más que literal. Y vinieron a Madrid “a vivir en paz y en libertad”.

Creo que ganó por eso: Ayuso entendió que, en estos tiempos de desorientación global, no hay nada más eficaz que inventar un bloque local, un nosotros hecho de pertenencias y ofensas compartidas. Ayuso, gran defensora de la unidad de España, supo construir su propio movimiento indepe: allí donde los catalanes se duelen y defienden de Madrid, los madrileños se defienden y duelen de ese híperMadrid que es el gobierno central. Son las pequeñas delicias del nacionalismo –que sigue siendo, en días oscuros, el truco que más votos consigue. Alcanza con poder definir ese nosotros, darle una banderola, encontrarle enemigos, convertirlo en misión. Parece fácil, es lo más complicado. Ayuso o sus guionistas supieron cómo hacerlo, y por eso se llevaron el gato al agua. Ahí está, grita, se retuerce.

¿Araña?

McKey y el vacío

Martín Caparrós

Un tipo que salta desde un noveno piso no sirve para nada. Un tipo que salta desde un noveno piso no pretende servir para nada. Un tipo no se tira al vacío pensando para qué va a servir que se reviente la cabeza contra el suelo, que en dos o tres segundos más se acabe. Ese es, si acaso, el trabajo que nos queda a los que no saltamos. A mí me gustaría poder pensar para qué sirve –si sirve para algo– que Willy McKey, poeta venezolano, un tipo gracioso y generoso, se haya matado así.

(Cuando nació, hace 40 años, en un barrio obrero de Caracas, Willy McKey se llamaba Willy Joseph Patiño Lira; después se cambió el nombre y se hizo peludo, gordo, talentoso. Combinaba palabras con soltura y escribió libros de poemas, ganó premios por ellos; en algún momento se volcó a la política y redactaba para Juan Guaidó. Sabía cantar, comer, beber, pasear, reírse con denuedo; se ve que no sabía cosas que no sabíamos, que ocultaba horrores. Últimamente, partido como tantos compatriotas, vivía con su novia en Buenos Aires –hasta el jueves, cuando se tiró.)

Pensar, pero no es fácil: hay que meterse en el terreno más resbaladizo de estos tiempos. McKey se mató porque varias mujeres demasiado jóvenes contaron cómo las había seducido o intentado seducir: ellas eran menores, él usaba su poder cultural. La mujer que lanzó la denuncia –que firma Pia su largo hilo de tuiter– reproduce larguísimos chats entre ella y él: me impresiona en ellos el esfuerzo que hace un hombre por engatusar a una niña. Y –aquí debo escribir “por supuesto”, por supuesto– me parece horrible que alguien use ese poder para conseguir una satisfacción sexual. En el relato no aparece violencia física; aparecen, sí, esas maneras del poder que también lo son. Seguramente McKey hacía lo que hacía porque estaba jodido –algún modo de enfermo– y porque tantos lo habían hecho antes que él; de pronto se encontró con que eso que había hecho le acababa la vida. Por eso no puedo dejar de preguntarme si no hay cierta desproporción entre el hecho y su castigo –y, encima, convencido de que hay cierta desproporción entre el hecho y su castigo, me veo escribiendo que “no puedo dejar de preguntármelo”.

Es un terreno más que resbaladizo: el discurso social dominante en nuestros ámbitos hace que cualquier debate sobre el tema sea visto como una defensa de lo peor del poder masculino. Debatir se ha vuelto complicado, sospechoso: debatir, digo, pensar y sopesar. Pero hay una pequeña máxima de Montana que se opone a la famosa de Wittgenstein: allí donde el vienés decía que “Lo que no se puede decir hay que callarlo”, el sudaca creyó que “Todo lo que no se puede discutir infecta”. Vivimos virus, somos virus, viruseamos.

Así que me gustaría intentarlo, con la torpeza que me caracteriza, o por lo menos proponerlo. Creo que está muy bien que la condena social a los que tratan de usar sus poderes para conseguir favores sexuales sea dura. Esperemos que esa condena sea la forma de que ese mecanismo siniestro, que durante siglos pareció tan “natural”, desaparezca. El problema es que esa condena está descontrolada.

Willy McKey decidió que, culpable, su castigo sería matarse. Quizás exageró, pero lo cierto es que la sociedad –su sociedad– ya había decidido que estaba definitivamente afuera, que no tendría más trabajo ni lugar, que le resultaría muy difícil escribir, hablar, pensar, ganarse la vida, que le resultaría muy difícil vivir. Lo condenaron al vacío; se ve que, casi literal, no supo ver otra salida.

Yo sigo creyendo que hay que buscar otras. Creo que habría que encontrar la manera de pensar qué hacer con los que hacen esas canalladas sin destruirlos tanto como destruyen ellos –o más. Empezar a pensarlos sin el odio que se merecen pero que, muchas veces, desmerece a quien lo siente. Tratar de que el castigo sea proporcional al crimen. El problema es que aquí la ley y las leyes no intervienen, ni sus garantías. No hay presunción de inocencia hasta que se demuestre lo contrario; no hay un baremo de delitos y penas. El castigo es inmediato y es social y es completo y no da lugar a explicaciones y a esa transacción que llamamos condena: si hiciste tal cosa vas a tener que hacer tal otra y después, recién después, podrás recuperar tu vida. Aquí la sensación es que la vida del ofensor ya es irrecuperable, que ya la perdió –y por eso, imagino, Willy McKey saltó por la ventana.

Lo hizo, supongo, porque no soportaba imaginar ese vacío. Y entonces, por esas canalladas enfermas, se perdieron también tantos poemas, tantas risas, algún amor más cierto, las posibilidades de una vida. No digo que nada de eso justifique al agresor ni lo libre de culpa; digo que habría que encontrar la manera de no aniquilarlo, de darle la posibilidad de pagar por lo que hizo y recuperar alguna forma de su vida. De no saltar por la ventana, digo, cuando tanto hijo de puta sigue sentado en el salón, pontificando.

Usos del fascismo

Martín Caparrós

Este martes 4 de mayo habrá elecciones en Madrid. Lo cual, aunque mis cuatro o cinco lectores españoles no lo crean, para muchos es una noticia: en el resto del idioma ningún medio que yo conozca habla de eso. Eso habla, por supuesto, del ínfimo espacio que los periodismos de nuestros países le dan a la información de otros cuando no hay por lo menos siete muertos o una cantante famosita o un futbolista en retirada. Pero, también, de cómo cada comunidad se enreda en sus asuntos, se los toma como si definieran los destinos del mundo y sus alrededores.

Y en este caso muy especialmente: Madrid arde –o se cree que arde. La campaña ha sido bronca y ha tenido broncas y se plantea como una decisión definitoria, aunque la Comunidad de Madrid ya lleva décadas gobernada por la misma derecha –el Partido Popular– que probablemente gane. Así que la campaña de las izquierdas podría centrarse en ese gobierno y sus desastres, pero su principal foco de grititos es la grosería descarada descarnada de la presidenta/candidata y la participación de un partido de derecha cerril llamado Vox.

El partido Vox apareció hace siete años, encabezado por un par de ex funcionarios del PP que, viendo que sus carreras se estancaban, imaginaron que podían representar a esa porción de votantes de su partido que su partido no terminaba de expresar porque le daban un poco de vergüenza –y porque podían restarle votos por el centro. Así que estos medio fracasados empezaron a decir claro lo que sus antiguos jefes decían más oscuro y consiguieron los votos de dos o tres millones de ex PPs. Hacen ruido, pero la mayoría son votos y votantes que ya existían, que premian que ciertos políticos de la derecha ahora digan en voz alta lo que antes hacían en voz baja: bajar los impuestos a los ricos, atacar a los inmigrantes pobres, oponerse a las políticas de género, ayudar a la iglesia católica a conservar sus privilegios, extrañar el orden del caudillo, intentar ser caudillos, hablar mucho de España y su destino y su bandera rojigualda.

Se diría que esta derecha extrema es una versión impúdica de la derecha clásica, pero a la izquierda más clásica le viene muy bien para asustar a sus votantes y llevarlos a las urnas en momentos en que sus propuestas no los llevan mucho; para conseguir ese status de víctimas que cierta izquierda usa tanto últimamente, a falta de uno más fecundo.

En estas elecciones, los “partidos de izquierda” –es raro hablar de izquierdas cuando uno de esos partidos es el PSOE– se presentan divididos, con tres candidatos no muy atractivos –un profesor vacilante por los socialistas, una médica sobreactuada por el peronismo, un orador odiado por Podemos–, pero los une su lucha, dicen, para “frenar al fascismo”.

Para lo cual su campaña se centró estos días en las amenazas de un anónimo que mandó cartas con balas a personajes de esos partidos y en los exabruptos de las candidatas de Vox y del Partido Popular. En lugar de discutir políticas en serio: cómo fue que la derecha democrática convirtió a Madrid en un paraíso fiscal donde las grandes fortunas tributan mucho menos que en el resto de España, donde la salud pública tiene menos inversión por habitante y la educación es más desigual que en cualquier otra región del país. Para eso sirve, supongo, la derecha bruta: para que no miremos lo que hace la derecha civilizada, que es la que en serio hace.

En cualquier caso, si las encuestas no se equivocan, lo más probable es que la actual presidenta PP, Isabel Díaz Ayuso, gane por bastante. La sostienen sus ataques al gobierno central, su insistencia en que la salud no debe perjudicar la economía, su defensa de los comercios y los bares abiertos, su verba desgarbada. Ganará, dicen, pero no suficiente para gobernar sin aliarse con Vox. En esa necesidad podría estar, quizá, su flaqueza –un cuarto de sus votantes rechaza esa alianza– y la izquierda se va a pasar estos días insistiendo en el tema.

Así que  ahora la campaña consiste en discutir qué hay que hacer con la ultraderecha. Si se debe permitir el juego democrático a quienes no respetan el juego democrático, si –siempre en nombre de la democracia– hay que aislarlos tras un “cordón sanitario”. No es un debate nuevo: ya sucede en Francia, en Italia, en Alemania. Lo que casi no se debate es por qué aumentan sus votantes: por qué muchos hombres y mujeres que solían elegir a su izquierda ahora los eligen; por qué tantas personas pobres, preocupadas por su pérdida de empleos y posiciones y esperanzas, se sienten distantes de una “izquierda” que parece representar mejor a cierta clase media inquieta que a los trabajadores en problemas.

Ese es el gran fracaso. Y esa pregunta debería ser, más allá y más acá de cualquier elección, la tarea de estos partidos y candidatos de la izquierda. Pero si se la hicieran, si la respondieran, quizás ellos deberían dejar de ser los partidos y candidatos de la izquierda –y habría que repensar un par de cosas. Mejor gritar que vienen los fascistas y que qué miedo y que tenemos que pararlos como sea; mejor ser víctimas, que así la culpa es de los otros.

El fútbol es del pueblo, caramba!

Estaban indignadísimos: voces y más voces se alzaban para denunciar lo intolerable. Era la famosa escena de Casablanca: “Qué escándalo, he descubierto que aquí se juega”, anunciaba alarmado, mientras mandaba sus esbirros a cerrar el bar de Rick’s, un comisario que se había pasado la vida apostando en ese bar. En estos días era igual: muchos de los que llevan dos o tres décadas disfrutando de esa concentración extrema de la riqueza futbolística que son las ligas europeas han descubierto, de pronto, que aquí se juega.

Y todo porque un seleccionado de los clubes más poderosos de Europa, encabezados por uno de los empresarios más poderosos de España –y presidente del Real Madrid–, Florentino Pérez, intentó hacer rancho –o palacio– aparte. Lo anunciaron de pronto este lunes: que ya estaban hartos de hacer beneficencia jugando contra equipos que no les pueden ganar pero, cada vez que los enfrentan, corren y recaudan más que nunca. Que se habían cansado de juguetear con chiquitos, que querían jugar con los de su tamaño –y ganar, así, mucha más plata. Por eso anunciaron que iban a armar una “Superliga” donde participarían doce clubes fundadores más otros ocho que todavía no estaban claros.

Los doce eran la crema de la crema: seis ingleses, tres españoles, tres italianos –y se esperaba la invitación al PSG y al Bayern Munich. El negocio era obvio: al garantizar que no habría partidos chicos, que todos enfrentarían a dos grandes, la recaudación –la tele– se disparaba. Según sus cuentas cada club habría recibido, solo por participar, unos 60 millones de euros –y después los premios. El ganador, decían, se habría llevado unos 250 millones, más del doble que el champion de la Champions, nido de pordioseros. Y se dejarían de partidos falsos, esas pantomimas que sirven para mantener la ilusión de que todos compiten.

Y el mismo lunes empezaron las reacciones: que el fútbol es de todos, que es de los hinchas, que es de mamá y papá, y otras pocas proclamas populistas. Todo muy bonito, muy emotivo, muy enternecedor -todo muy falso. La Superliga no era, como clamaronn los indignados, el establecimiento de una oligarquía o aristocracia futbolística despreciosa de todos los demás: era solo el sinceramiento de una situación que ya tiene muchos años. Las historias de los –fallidos– participantes lo muestran sin ninguna duda.

En España, la última vez que salió campeón un equipo que no estuviese entre los SuperLigos fue en 2004; desde entonces el Barcelona la ganó diez veces, el Madrid cinco, el Atlético de Madrid, una –y uno de los tres la ganará este año. En Italia nadie que no sea uno de los Super ganó la Lega desde 2001, y la Juventus se llevó las nueve últimas. Y en Inglaterra, donde todo está más peleado, una vez en el último cuarto de siglo el campeón no fue uno de los Super: 2016, cuando el Leicester consiguió colarse. De los supuestos invitados, parecía claro que estarían el PSG –que es más débil: de los últimos ocho campeonatos solo ganó siete– y el Bayern Munich, que ganó esos ocho sin problemas.

La Superliga era, en realidad, un paso más en el proceso de concentración del fútbol que empezó hace 25 años, cuando Europa liberó las trabas a la importación masiva de futbolistas. Desde entonces sus grandes equipos se compran sistemáticamente todo lo bueno que haya por ahí. Gracias a su dinero muy confuso arman equipos imbatibles, gracias a sus equipos imbatibles reciben más y más dinero más confuso aun de televisiones y anunciantes: concentran la riqueza futbolística de manera obscena. Y de pronto se cansaron de simular y quisieron llevar el proceso más allá, siempre más allá.

Muchos se asustaron: si los mejores se armaban su liga propia, los más chicos quedarían abandonados a su suerte. Y, sobre todo: las dirigentes del fútbol se quedarían sin gran cosa para dirigir. Era, para los buenos muchachos de la FIFA y la UEFA, la oportunidad soñada: después de ser durante décadas el foco de la degradación y corrupción del mundo del fútbol –más presos por habitante que cualquier barrio marginal– esto les daba la chance de presentarse como los adalides de pobres, necesitados y decentes, y la aprovecharon.

Amenazaron con medidas terribles: que los jugadores que participaran de la Super no podrían jugar con sus selecciones los mundiales, y se perderían ese momento en que pueden simular que les importan los países de donde se fueron para ganar fortunas. (Nadie está en contra de la migración y menos yo. Pero esos muchachos dicen que migran por razones económicas. Si se quedaran en sus países –que dicen querer tanto– y sus equipos –que dicen querer más–, ganarían mucha plata. Se van porque en sus terribles exilios van a ganar muchísimisimisima más: carradas de plata, toneladas de plata. Pero una vez cada cuatro años simulan que lo que les importa son sus patrias)

Ahora las autoridades en peligro de perder su autoridad –y sus negocios– los amenazaron con sacarles esa pasarela. Y ofrecieron a los clubes fugitivos ventajas económicas y, por supuesto, al mismo tiempo amotinaron al pueblo y sus voceros. Fue una campaña entrañable, verdadero populismo en acto: que el fútbol es de todos, que lo importante son los hinchas, que el dinero arruina el deporte, todos los argumentos que su práctica desmiente cada día. Pero funcionan, como los argumentos de Vox o cierto peronismo, y los medios y las redes y los hinchas se indignaron y en dos días los grandes clubes europeos se rindieron. Primero fueron los ingleses, después los italianos; en tres días los españoles se quedaron más solos que la una, en un intento que ya es puro fracaso.

Fue todo un logro, gran victoria: la demostración de que cuando los pueblos quieren algo realmente importante saben actuar, presionar, movilizarse –y lo consiguen. Y que, para los que gobiernan, no hay nada tan decisivo como saber cuál es el grado justo de simulación que es necesario mantener. Cuándo, por mostrar demasiado, todo se puede ir al carajo; cuándo, por si acaso, hay que volver a ponerse las caretas; cuándo se pueden usar los errores de los ex amigos para recuperar poder; cuándo conviene traicionar y cuando no.

Así que ahora las ilusiones vuelven, otra vez el pueblo ha triunfado, todos jugarán contra todos y los ricos les ganarán como siempre a los más pobres y los sátrapas de la UEFA y la FIFA recuperaron el mando que estuvieron a punto de perder. Cualquier parecido con la realidad real es pura coincidencia.

Para qué sirven los pobres

Martín Caparrós

Ustedes sabrán –o no sabrán– disculpar este texto tan primario. Es, más que nada, una extrañeza: resulta que ayer me topé con una frase que me impresionó y pensé que lo mismo les pasaría a muchos más. Entonces puse un tweet para reproducirla y nadie le hizo caso: ningún caso. Ahora quiero saber en qué me equivoqué.

Mi tweet, comprimido como todos ellos, decía: “Para eso sirven los pobres. Un científico español explica cómo testear su nueva vacuna con tantos españoles ya vacunados ‘Tendremos que buscar en África, Latinoamérica o el sureste asiático donde todavía circule el virus y haya muchas personas sin vacunar’”. Y presentaba la entrevista de El País donde un científico que parecía muy respetable, Vicente Larraga, “uno de los mayores expertos en desarrollo de inmunizaciones de España”, decía cosas que parecían muy respetables sobre el uso de las vacunas y las tonterías que se dicen para no usarlas. Pero después el periodista le preguntaba por la vacuna que él y su equipo están desarrollando, y los problemas de testearla a esta altura del partido:

“–¿No será difícil la fase clínica en un escenario con mucha gente ya vacunada?

–Tendremos que buscar en países de África, Latinoamérica o el sureste asiático, donde todavía circule el virus y haya muchas personas sin vacunar.”

Dijo, y de verdad me impresionó que dijera con tal facilidad que su experimento aprovechará el hecho de que los pobres de los países pobres sigan, por falta de vacunas, en riesgo de contagio. Me impresionó, además, que lo dijese un científico serio y consciente, preocupado por los destinos de sus semejantes: que no se le ocurriera cuestionar la idea de que a los países ricos que producen vacunas les sirva que haya países pobres que no las consigan porque podrán usar a sus hombres y mujeres como cobayas. Que esa idea le pareciera natural. Que la enunciara sin pudores.

Y esperaba que sus palabras suscitaran sorpresas y condenas pero no; a nadie le importó. Vivimos en un mundo donde la mayoría de las personas de las sociedades ricas se empeñan en vivir como si las sociedades pobres no existieran. De tanto en tanto, esos pobres irrumpen: un cayuco, unos cuerpos, los ecos lejanos de una guerra. Pero en general conseguimos ignorar que, muchas veces, es gracias a su miseria que vivimos como vivimos. O, incluso, que es porque vivimos como vivimos, concentrando y despilfarrando los recursos finitos del mundo, que ellos viven como viven.

No lo pensamos: no pensamos que si podemos cambiar de calzones como de calzones es porque en Bangladesh hay millones de mujeres que los fabrican para nosotros doce horas al día por veinte euros al mes. O que si podemos comer plátanos baratos todo el año es porque miles y miles los producen por tan poco en Ecuador o Costa Rica y no los desayunan, nos los mandan. O que, en general, si hay mil millones de personas que no comen suficiente en un mundo capaz de alimentarnos a todos es porque algunos nos quedamos con tanto que otros se quedan sin nada: que los países pobres organizan sus economías para exportar su producción a los países ricos –no para dar de comer o vacunar a su gente.

No lo pensamos: hacemos como si nada sucediera. Es un esfuerzo menor pero resulta: tenemos el apoyo y la complicidad de gobernantes, medios, autoridades varias, siglos de experiencia. Nadie habla de eso; sabemos mirar para otros lados o, si acaso, apiadarnos una vez cada tanto: ay sí pobrecitos pasan hambre el problema es que no les gusta trabajar tenemos que ayudarlos. Y poco más; por eso es raro que alguien amable, respetable, aparezca de pronto y explique con candor cómo vamos a usar, una vez más, esa pobreza en beneficio propio –aunque, de tan entrenados, consigamos no oirlo.

Pero al menos lo dijo, y creo que la culpa la tienen las vacunas –que, como la pandemia, desvelan tantas cosas. Las vacunas, entendidas como panacea universal, el pase mágico que debería devolvernos nuestras vidas, nos tienen alterados. Por las vacunas los gobiernos se pelean, las personas se ilusionan y se decepcionan, las empresas incumplen, los doctores discuten, los países permiten que los dueños les impongan condiciones y reglas, los científicos cuentan más de la cuenta. Por las vacunas los países ricos están mostrando su fuerza, su codicia: nueve de cada diez dosis se aplican a sus ciudadanos.

Unos pocos países concentran la esperanza. Es el modelo habitual, y los demás no sabemos imponer la idea de que es necesario que esas patentes se abran para que esas vacunas puedan producirse libremente, cuantas más mejor, al alcance de todos. Yo creía –y lo sigo creyendo– que lo que están defendiendo los gobiernos y organizaciones que se niegan a hacerlo es la religión de la propiedad privada: que saben que si no la sostienen, aun en una emergencia como esta, el precedente puede salirles caro. Ahora sé que, además, ese empecinamiento tiene sus beneficios secundarios: que esos pobres que siguen en peligro les sirven para algo.

Lo importante es saber reciclar.

Amor eterno

Martín Caparrós

Ya llevo años y años tratando de oír lo que se dicen. Esa tarde se hablaban más que se besaban; en el Zócalo de Oaxaca, en esos días, las parejas se besaban poco –así que susurraban. Se supone que el amor es eso donde sobran las palabras; nunca se dicen tantas. El amor canta, cuenta, rima, rema, promete, se promete: el amor es más que nada una avalancha de palabras. El amor es esa gozosa incompletud, ese descubrimiento repentino de que en la vida hay mucho más que lo que suele haber –que otro mundo se abre–, ese cambio de luz que te lleva a decir y decir una esperanza, a imaginar que en alguna parte hay un futuro y esta vez no es ajeno.

Ellos se hablaban, yo no llegaba a oírlos: estaba en un balcón, justo encima; podía verlos pero no escucharlos. Quería escucharlos; me proponía bajar y no bajaba: yo, en aquel balcón, en el cuarto detrás de aquel balcón, también creía que había encontrado el amor verdadero. Fue la última vez que lo creí; o quizá ya hubo, desde entonces, seis o siete.

La trampa está en creer que el amor verdadero es amor para siempre, y que cualquier otra versión es un fracaso. Que hay que amar a una persona y pasarse con ella el resto de la vida y que cualquier otra opción es un fracaso. Es, supongo, el resultado de un invento reciente.

El amor conyugal es un invento reciente. Durante milenios los hombres y mujeres se casaron por razones mucho más razonables. Podía ser una alianza de familias, fatalidad, interés económico, un acostumbramiento: él y ella vivían en el mismo pueblo o en el campo de al lado o eran primos, se conocían de chiquititos, se desposaban de más grandes. En un mundo tanto más quieto, menos comunicado, los hombres y mujeres se casaban con lo que tenían cerca –y a nadie se le ocurría que debiera intervenir, en ese paso, una emoción particular. Se casaban, debían pasar toda la vida juntos: para que la unidad de producción de bienes y personas funcionara alcanzaba con que esos hombres y mujeres se trataran con algún respeto, se preñaran mutuamente algunas veces, aseguraran el funcionamiento del hogar y su reproducción por vía uterina. Por eso, también, por su falta de alicientes, era necesario que el matrimonio fuese irrompible por obligación.

Y si por ventura alguno de los dos –el hombre, en general– quería sensaciones más potentes se pagaba una puta o se hacía con una amante o un amante o, al extremo, montaba casa chica. Pero a nadie se le ocurría que el matrimonio fuera el espacio para hacer cosas como enamorarse o apasionarse o cogerse con denuedo. Ni que, por lo tanto, los futuros desposados se eligieran según esos baremos. Sigue siendo así, en muchos países, muchos más que los que suputamos. En la India, por ejemplo, un quinto de la humanidad, donde todavía dos de cada tres bodas son arregladas por las familias de los novios –que, muchas veces, se conocen en la ceremonia. Y, contra los que dicen que ésa es una costumbre arcaica, salta una evidencia: cada vez hay más indios jóvenes modernos que se casaron por supuesto amor y que, decepcionados, se divorcian y le piden a mamá que les consiga una pareja en serio.

Pero en nuestros países –en las distintas formas de Occidente– ya hace más de un siglo que se supone que nos casamos si y solo si nos amamos y, como el matrimonio debía ser para siempre, deberíamos amarnos para siempre. Estamos en un momento de transición, en el medio de un cambio incompleto: cuando una parte ya cambió y otra todavía no se adaptó a ese cambio. La idea de que el matrimonio debía durar para siempre se transmutó en que el amor debería ser eterno.

El problema es que no hay amor que dure tanto tiempo: las palabras se gastan, los futuros. Entonces fracasamos: no hacemos lo que requiere el cánon, nos amoramos por un lapso, nos perdemos –y tenemos la sensación de que fallamos: de que no cumplimos con lo que deberíamos. Así mi vida, por ejemplo.

Aquella vez bajé, al final, de mi balcón, caminé hacia ellos, pasé muy cerca con la oreja atenta. Y pude oír que él le decía claro, para siempre. Por eso ahora escribo estas tonteras: él decía para siempre. Fue en Oaxaca, hace unos veinte años. El banco sigue ahí; el amor ni se sabe. Quizás, el matrimonio..

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(Ustedes sabrán, espero, disculpar este paseo, que forma parte de un libro casi mío que publicó Editorial Altaïr en Barcelona, 2018: Postales, se llama, y es, como su nombre lo indica, fotos con pocas letras. Hoy, por alguna razón que prefiero no indagar, me pareció apropiado.)

618.127 días después

Martín Caparrós

No parece que tengamos mucho que celebrar, últimamente. Y sin embargo desperdiciamos las pocas oportunidades que aparecen. Este viernes 12 de marzo, por ejemplo, se cumplió un año de aquel día, y hubo pocos festejos.

El 12 de marzo de 2020 era jueves y los diarios hablaban cada vez más de esa plaga que llegaba de China y estragaba, por entonces, el norte de Italia. Pero solo algunos retomaron la noticia del día: el cardenal Angelo De Donatis, vicario papal de Roma, autoridad pomposa, acababa de ordenar el cierre de las 900 iglesias de su capital porque “el Señor nos pide que contribuyamos a la salud de todos. Por desgracia, ir a la iglesia no es distinto de ir a cualquier otra parte”, dijo. “Hay riesgo de contagio”. Quizá no supo que estaba haciendo historia.

Hasta ese día, durante quince siglos, la reacción más inmediata de Roma –y el resto de Occidente– frente a plagas o catástrofes o guerras consistía en pedirle a su dios disculpas y clemencia. Esas desgracias eran castigos que su dios les mandaba cuando se habían portado mal, y entonces los castigados salían en procesión, paseaban virgencitas y torturados varios, se hincaban a rogarle que los perdonara. Le decían que lo habían entendido, que no fuera tan fiero, que era justo pero ya alcanzaba. Suena –puede sonar– a cuento para niños: fue el discurso oficial de eso que solemos llamar nuestra civilización durante los 618.127 días –y una sola noche– que pasaron desde aquel viernes de octubre de 327 en que el emperador romano Constantino dijo que in hoc signo vinces y adoptó la cruz como su símbolo, justo antes de una batalla que le daba miedo, hasta el 12 de marzo del año pasado.

Durante esos cientos de miles de días, durante esos 1.693 años, ese dios decidía y definía. Era el mismo que ponía reyes cuando había reyes, hacía quemar sabios cuando había sabios, hacía empalar putos cuando había putos, y esas cosas. Era el que manejaba el mundo entero; por eso, si algo terrible sucedía en él, había que ir a pedirle que reconsiderara. Y así fue hasta el 12 de marzo del año pasado, cuando no solo no hubo ruegos; para más inri, sus gerentes cerraron los lugares donde esos ruegos suelen suceder para que los rogadores no se contagiaran.

Ese día algún guasón con aires clásicos le podría haber dicho a cualquier doliente que “buscas a Roma en Roma, oh peregrino,/ y a Roma en Roma misma no la hallas”. Pero los guasones, últimamente, se privan de citar a Quevedo. Y los curas también; más ese día en que, en lugar de encabezar procesiones y misas y súplicas, sus jefes se allanaron al dictado de la técnica.

Es uno de esos gestos que parecen pequeños pero que, bien mirados, pueden ser el síntoma perfecto de un cambio radical. En esa decisión casi administrativa, la ciencia se había impuesto a la religión en su lugar más consagrado: allí, en su propia capital, había acabado con un orden de siglos y siglos. Quizás alguna vez esa fecha sea un hito, la marca de un final tan demorado: 12 de marzo, uno dos tres, un día divino.

O quizá no. Nos hemos vuelto un fresco primitivo: hordas de enmascarados, señoras y señores con un trapo tapándonos la boca, forajidos de nada, asustados con telitas de miedo. Pero esperamos cosas buenas de las malas. “No hay mal que por bien no venga”, dice un viejo refrán castellano que nunca entendí, y que explica mejor la versión de Mateo Alemán: “No hay mal tan malo de que no resulte algo bueno”, escribió en su Guzmán de Alfarache.

Nos hemos acostumbrado, para sobrevivir, a esa visión tontoptimista de este año de mierda y quizás este reemplazo simbólico de la religión por la ciencia sea el mejor aliciente para sostenerla: lo mejor que nos habrá pasado gracias a la peste. El problema será –queda dicho– si queremos creer en la ciencia: la ciencia no está hecha para creer sino para dudar, para poner en duda, para ensayar y errar y ensayar de nuevo. En ella creer –o creer en ella– es un contrasentido, como bien lo muestran las idas y venidas de médicos y asimilados este último año, sus órdenes tan contradictorias.

El bien está por verse. Entre los interminables, indisimulables males de la peste, pocos me impresionan tanto como el triunfo del talante conservador. Hace unos meses lo escribí pensando que me pasaba sobre todo a mí; ahora compruebo que es de lo más común.

El conservador se define por una idea rectora: que las cosas –tu vida, por ejemplo– eran mejores antes y que vale la pena hacer todo lo posible para volver a vivir como entonces. Aunque resulte duro reconocerlo, ¿no es la esencia de nuestros pensamientos ahora mismo? ¿No nos pasamos las horas y las horas imaginando ese momento en que podamos volver a circular, encontrarnos sin miedo, revolear las telitas de la cara, seducirnos, pelearnos, pensar en cosas que sí valgan la pena? ¿No nos domina la idea de volver a aquellos días, felices sin saberlo? Nostálgic0s, descubrimos de pronto la belleza de lo que ya pasó y ansiamos recuperarlo: somos conservadores –y es triste, levemente humillante.

Y es un peligro: la idealización del pasado siempre produce presentes aún peores que ese pasado idealizado. Es el peligro de que, en ese retorno, nos parezca necesario recuperar todo el paquete: que compremos, por ejemplo, el recuerdo de un mundo delicioso donde las iglesias de Roma estaban tan abiertas y su dios nos guardaba de cualquier desgracia, y que empecemos a pedirle disculpas –de rodillas, claro, de rodillas– por haberlo olvidado.

Peores cosas hemos hecho en los últimos 618.127 días.

Madrid, Buenos Aires, las derechas

Martín Caparrós

El que dijo aquello de que los números gobiernan al mundo quizás hablaba de esto: de pronto aparece un número redondo y miles se interesan por algo que un mes atrás ni recordaban. La Comuna de París, ahora, por ejemplo: se cumplen 150 años de ese intento y hay artículos, suspiros, remembranzas.

Es cierto que aquella Comuna los merece: no más hoy que el año pasado, octubre próximo. Que se la recuerde por un capricho calendario es, también, un signo de los tiempos: durante décadas fue una referencia siempre presente para esa izquierda que ya perdió sus referencias. Lo subraya una escena antigua que suele emocionarme: cuando Lenin y Trotski, dos varones tan serios, que acababan de derrocar al zar de Rusia, bailaron o bailotearon en la nieve porque su pequeña revolución había superado el tiempo –los 72 días– de la gran Comuna.

La Comuna de París, entonces, servía como ejemplo y enseñanza. La Comuna fue muchas cosas –talleres sin patrones, milicias de mujeres, curas en fuga, el poder repartido– y fue, también, escenario de una de las grandes batallas a las que no prestamos atención: el campo retrógrado contra la ciudad moderna. En esos días, en Francia, empezaba a haber elecciones más o menos generales –aunque, por supuesto, sin mujeres– y sus resultados se repetían una y otra vez: París y las ciudades grandes votaban a la izquierda republicana, el campo votaba a la derecha napoleónica. Esa derecha era una alianza –clásica– entre los más ricos y los campesinos conservadores, católicos, ligeramente brutos; esa derecha fue la que aplastó a la Comuna y gobernó su país durante décadas.

Ahora, el peso relativo de las ciudades y el campo cambió. En tiempos de la Comuna dos de cada tres franceses eran campesinos; ahora los europeos se reparten al revés: más de dos tercios son urbanos. Pero las diferencias se mantienen: uno de los fenómenos más curiosos de nuestras sociedades es que las ciudades importantes siguen siendo muy distintas de los países donde están.

En síntesis: que los votantes de las capitales votan más a la izquierda y eligen gobiernos más progres que los votantes del campo y las ciudades chicas y, en última instancia, que el conjunto de los votantes del país. El fenómeno es extraño. Porque en esas grandes ciudades, en general, se concentra también el poder de esos países, su dinero, sus ricos más ricos, sus medios influyentes, sus iglesias, sus ejércitos. Pero producen una circulación política y cultural que produce, a su vez, una masa crítica de personas que se opone a los dictados de esos poderes.

Así, esas capitales suelen ser raros oasis que supuestamente dirigen países con los que no están de acuerdo. Y sus habitantes tienen muchas veces la sensación de estar prisioneros en un mar de retrógrados.

Recíprocos, a menudo esos “retrógrados” odian a los pedantes capitalinos que parecen despreciarlos y los llevan por caminos que no querrían recorrer mientras viven –suponen– de su honrado trabajo. Los tratan de parásitos, los envidian un poco, los temen otro poco. Y los capitalinos se desesperan por tener que soportar gobiernos nacionales tanto más retrasados que sus gobiernos municipales –por la gansada de esos compatriotas.

Es, con sus matices, lo que sucede en Berlín con respecto a Alemania, en París con Francia, en Amsterdam con Holanda, en Londres con Inglaterra, en Bruselas con Bélgica, en Barcelona con Cataluña, en Nueva York con Estados Unidos, en Bogotá con Colombia, en México con México y así.

La digitalización de la vida –que la peste ha acelerado tanto– podría moderar estas diferencias: si la mayor parte de tu consumo cultural y tu trabajo e, incluso, tu vida de relación se vuelven virtuales, da lo mismo que lo hagas frente al Obelisco o rodeado de vacas. Y, al fin y al cabo, será eso lo que vaya moldeando tus ideas del mundo. Pero es un proceso largo –y azaroso. Mientras tanto, las grandes capitales siguen siendo “progres”, salvo un par. Son, curiosamente, las dos ciudades donde más he vivido, Madrid y Buenos Aires.

Buenos Aires es una ciudad falsa: tiene unos 15 millones de habitantes, pero solo cuentan, para elegir autoridades, menos de tres. El resto se define como Gran Buenos Aires o, ahora, AMBA –Área Metropolitana de Buenos Aires– y no participa en esas elecciones. Si lo hiciera, otros serían sus gobernantes; como no lo hace, los eligen los privilegiados que pueden vivir en sus zonas más caras, que llevan décadas eligiendo a la derecha.

Madrid es otra historia. “Si dejamos nuestras casas por la guerra/ nuestro hogar será el ínclito Madrid”, cantaba mi padre mientras se afeitaba: era un canto de los internacionalistas que habían ido a defenderla durante la Guerra Civil. Madrid era, entonces, un símbolo de las izquierdas del mundo; después, cuarenta años de franquismo y otros tantos de democracia rica consiguieron convertirla en un extraño grano derechista. Usaron, para eso, varios trucos: atrajeron a las grandes corporaciones, disminuyeron los impuestos, se cargaron las industrias, reemplazaron a los trabajadores locales –que votaban– por trabajadores inmigrantes –que no votan–, gentrificaron sin piedad.

Son esbozos: alguna vez habrá que terminar de entender por qué Madrid es una de las pocas capitales importantes más reaccionaria que su país -y empezar a encontrar los remedios. Dentro de un mes, otra vez Madrid deberá probar su condición: si las encuestas electorales son precisas –si el Partido Popular y Vox consiguen votos suficientes–, se convertiría en la primera gran capital occidental con un gobierno de derecha extrema en este siglo.

Será un capítulo nuevo –un capítulo inverso– de la batalla entre el campo y las ciudades, uno de los grandes conflictos ignorados de estos tiempos en que hacemos tantos esfuerzos por ignorar ciertos conflictos –mientras nos armamos, por supuesto, otros para disimularlo.

Las vacunas son ajenas

Martín Caparrós

Ojalá alguna vez alguien lo cuente con detalle. Ojalá alguna vez alguien trate de pensarlo bien. Ojalá alguna vez hagamos algo. Yo creo –provisoriamente creo, mientras tanto– que pocos procesos actuales dicen tanto sobre el mundo que hemos armado como la violencia brutal de las vacunas. Si la pandemia sirvió para desvelar, para mostrar lo que no queríamos ver, la vacuna exagera.

Los números son casi simples: la mitad de los 460 millones de vacunas aplicadas en todo el mundo hasta hoy 24 de marzo se dieron en Estados Unidos y Europa; allí viven unos 840 millones de personas, poco más de un décimo de la población mundial. O sea que, en síntesis, el 11% más rico lleva apropiada la mitad de las vacunas: porque las paga más caras, porque presiona a los laboratorios, porque tiene poder económico y político, sus personas están mucho más vacunadas que el resto de la humanidad. Por eso la gran mayoría de los países africanos no vacunaron a nadie todavía; por eso muchos países sudamericanos –Colombia, Perú, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Venezuela– no han llegado a vacunar al tres por ciento de su población. “Las penas son de nosotros –cantaba Atahualpa Yupanqui–, las vacunas son ajenas”.

Frente a esta realidad bruscamente real, la mayoría se empeña en mirar para otro lado. Para lo cual usan su sistema habitual: la noticia pedestre, el análisis flufli, inventarse otro lado que mirar. En cada país, las diversas oposiciones –políticas, sociales, periodísticas– se cabrean con su gobierno y le reprochan la falta de vacunas, en lugar de entender y contar que es un problema general causado por una idea del mundo, no por la ineptitud de un presidente y tres ministros. O, mejor: que la ineptitud del presidente y los tres ministros le dan en cada país su sesgo peculiar –pero el problema es tan global: que algunos acaparan lo que tantos precisan.

Es lo mismo que pasa con la comida. El hambre es un efecto del sistema global y su concentración de la riqueza: la Tierra es capaz, por primera vez en su historia, de dar de comer a todos sus habitantes pero, para eso, tendríamos que quererlo. Y no es el caso: el sistema global de producción de alimentos está montado para producir lo que demandan los mercados más ricos, los que van a pagar más, los más rentables –y no lo que tantos necesitan para comer todos los días. O sea, por ejemplo: países se dedican a cultivar soja u otros forrajes para alimentar cerdos y peces para que los comilones del planeta nos zampemos sus carnes. Por eso hay mil millones de personas desnutridas –en este mundo que podría alimentar a todas.

Con las vacunas pasa lo mismo: las reglas del mercado hacen que no se produzcan suficientes y que una minoría se las quede –la oligarquía vacuna. Y todo por conservar ciertos principios. La pandemia, es cierto, mostró tanto que evitábamos ver, nos obligó a mirar. Espero que, con el tiempo, se pueda confirmar que su mayor revelación fue la estupidez principista del capitalismo global. Son gente convencida: el mundo tal como lo conocemos se derrumba –sus negocios, en muchos casos, se derrumban– y ni así se resignan a contradecir sus ideas básicas.

Lo lógico, en estas circunstancias extremas, sería que los estados y ciertos organismos internacionales recuperaran las fórmulas de las vacunas –que sus propios subsidios contribuyeron a crear– para distribuirlas entre todos los laboratorios capaces de producirlos cuanto más antes más mejor: que decidieran que inmunizar a la humanidad es una prioridad absoluta, frente a la cual todo lo demás son tonterías. Pero no; los estados más ricos siguen creyendo que les alcanza con salvarse ellos –que pueden salvarse solos en un mundo radicalmente conectado. Y, sobre todo, prefieren mantener el dogma de la propiedad aunque sus ciudadanos sigan muriendo a miles y sus países y sus negocios se sigan derrumbando. Son personas con ideas muy claras, que no se dejan obnubilar por tonterías tales como una pandemia más o menos, millón o dos de muertos.

Su obcecación, al fin y al cabo, es casi comprensible: puede que sepan que si ceden en esto salvarán su sistema en lo inmediato pero sentarán un precedente peligroso –para ellos–: que hay cosas que son un bien común, que no están hechas para que algunos ganen plata y poder sino para el bienestar general. Lo que no entiendo es que no lo estemos reclamando, de verdad reclamando. Sí entiendo que podamos no reclamar comida para todos; en última instancia, los que no comen son casi siempre otros. Pero la pandemia no hace tantas distinciones –y aún así, ni modo.

El reclamo es simple, está muy claro: que estados y organismos recuperen las fórmulas de las vacunas y se lancen a producirlas con todos los recursos posibles y las repartan entre los miles de millones que las necesitan. Se puede hacer; solo lo impide la religión de la propiedad privada. Exigir vacunas para todos ya, lo antes posible, sería la ocasión de armar un verdadero movimiento global, de dar vuelta las tornas. Pero se diría que no sabemos cómo aprovechar esas ocasiones, qué hacer con ellas, qué hacer con nosotros.

O, para empezar, si hay un nosotros.

Hay, sí, una urgencia absoluta. Y millones que la miramos como vacas camino al matadero, pasivos, resignados, idiotas: la mirada vacuna.

Messitos

Martín Caparrós

Siempre me pregunté qué sabe Messi: qué sobre su vida, sobre sí; qué se imagina. Qué piensa de sí mismo cuando se tira en su sillón, se rasca con denuedo, no piensa en casi nada. Siempre me lo pregunté y más ahora, cuando tiene que empezar a hacer balance, a aceptar que lo que siempre quiso y supo ser ya se le escapa: cuando tiene que inventarse una persona nueva. Para eso, mientras tanto, no sé si lo ayudará o no saber quién fue.

Saber, por ejemplo, que el mundo desborda de messitos. Lo he visto, en estos años, muchas veces: lo difícil que es, en cualquier calle de cualquier pueblo de cualquier país de África, hacer fotos sin que aparezca alguno: parece que son cada vez más. Por supuesto, no podemos saber cuántos: el África y los números no se llevan muy bien. Pero, a ojo de buen cubero –¿qué será un buen cubero?–, calculo que han de ser varios millones.

Supongamos: en África hay unos 300 millones de chicos de menos de diez años. Y yo diría –sin arriesgar ni un poco– que uno de cada veinte lleva una camiseta del Barcelona que dice, a sus espaldas, 10 y Messi. O sea que hay, en cada momento, en todo momento, solo en África, unos 15 millones de messitos. Va de nuevo: hay, en cada momento, en todo momento, solo en África, más messitos que habitantes tiene, digamos, Buenos Aires.

Muchos son analfabetos; muchos se buscan la vida como pueden, trabajan desde que cumplen seis o siete, piden por la calle, no comen suficiente, no tienen un gran futuro por delante –pero son Messi, de algún modo son Messi: llevan su camiseta. Eligieron llevarla.

La camiseta de fútbol se ha convertido definitivamente en uno de los atuendos más usados. El amor a la camiseta se hizo literal: no es la fidelidad a un club, a una historia común; es el amor de millones a un tejido. Las camisetas son el verdadero uniforme del mundo pobre. Proveen un suplemento: no solo te cubren el pecho; también te hacen alguien, hablan sobre tí. Y buena parte de esas camisetas dicen Messi.

Las camisetas, por supuesto, no son “originales”. El Barcelona, Messi, el fisco español, el argentino, la FIFA y otras mafias, los infinitos intermediarios gordos, no hacen plata con ellas. Las camisetas son bellamente falsas y suelen estar gastadas o raídas o andrajosas: el chico que la lleva no siempre tiene otra. Pero la lleva con un orgullo estrepitoso.

–¿Y vos sabés quién es Messi?

–Claro, cómo no voy a saber.

Me contestó aquella vez, intérprete mediante, en una calle polvorienta de un pueblo polvoriento, uno de nueve o diez años con más dientes que cabeza:

–El inventor del fútbol.

Me dijo, y se fue pateando una pelota hecha pelota. Yo había ido a Malí para caminar días y días detrás de unos pastores nómadas, sus vacas, sus ovejas. Malí es uno de los países más pobres del continente más pobre y, para completar, tiene una guerra y Al Qaida. Pero también es bello y orgulloso y loco por el fútbol. En Malí el fútbol es una religión –con dioses cada vez más extranjeros. Uno puede pasarse días y días dando vueltas por sus rincones más recónditos sin ver una sola camiseta de un equipo local. (Que los hay, lo hay. Pero son un escalón en la trepada hacia el fútbol verdadero, el que viste a los chicos, el que todos pretenden. Cualquier parecido con mi país no es pura coincidencia.) Y, en cambio, miles de messitos.

–¿Y lo viste de verdad alguna vez?

El muchacho ya lucía crecido, quizá quince, y vendía chucherías y hablaba un poco de francés. Yo le había dicho que era argentino y entonces él me preguntó si había visto a Messi alguna vez. Yo le dije que sí, que alguna vez. ¿Y cómo es? Bueno, así como se ve, tranquilo, bajito. ¿Cómo que bajito? Sí, bajito. Qué va a ser bajito, no me mientas.

Yo intenté mantener la posición pero el muchacho se iba cabreando demasiado rápido y me llevaba media espalda. Estábamos en uno de esos cruces de caminos donde sobra gente que no tiene nada que hacer, y se fue juntando mucha alrededor. El tipo les dijo que yo decía que Messi era bajito y, en lugar de indignarse, los amables contertulios se convencieron de que estaba loco y empezaron a reírse a carcajadas, me palmeaban la espalda, mucho bonjour, mucho salaam aleko. Fue un alivio.

Tantas veces me pregunté si Messi sabe. Lo miro, vuelvo a mirarlo y me pregunto si sabe –si sabe en serio, de esa forma en que uno sabe las cosas que realmente sabe– que el mundo está lleno de messitos: que en cada rincón del mundo hay un chico con una camiseta con su nombre, un chico que quiere ser como él. Famoso como él, rico como él, que quiere, como él, dejar a su país y a sus amigos y volverse otro. Me pregunto si sabe y cómo es, si sabe, vivir con esa gloria y esa carga. Me pregunto, ahora, como será empezar a desarmarla.

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