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Martín Caparrós

Mea culpa, mea grandissima culpa y qué tarado y todo eso. Sí, lo confieso: esperaba con entusiasmo este partido. E incluso había pensado escribir sobre él. Después, faltaba más, me arrepentí: fue tan aburrido que habría que ser demasiado bueno para sacarle algún jugo.

Y eso que, en principio, prometía. Es difícil que un partido de estos no prometa: lo hacemos prometer, le inventamos sus cosas. Digamos, por ejemplo, Francia contra Alemania. Desde que Alemania empezó a existir, hace más de siglo y medio, la historia de Europa estuvo marcada por su rivalidad con Francia. Eran, al fin y al cabo, dos potencias demasiado parecidas, demasiado distintas, y compartían fronteras y ambiciones. En el ’14 y en el ’39, las guerras entre ambas terminaron con millones de muertos. Se odian, siempre se odiaron, aunque ahora la rivalidad siga en terrenos más amables –y sin embargo nunca habían ocupado en el más amable de todos los terrenos de las patrias: una final continental, una cancha de fútbol.

Y ahora al fin lo hacían, y además se enfrentaban, supuestamente, dos ideas del mundo: el individuo contra la organización, la improvisación contra el método, el arte contra la máquina. Lo bueno del fútbol es que todo esto suena casi real –y, sobre todo, que te permite decir cosas de ésas y quedarte tan fresco.

Lo cierto, si acaso, si hay algo cierto, es que en el fútbol actual tener de tu parte al individuo, a la improvisación, al arte cuesta una fortuna: es un lujo de jeques y otros ladrones de subsuelos. La belleza en el fútbol es privilegio de los ricos más ricos: los cuatro o cinco que se lo compran todo. (La belleza a menudo lo es, y es un problema: va a haber que inventar otras bellezas.)

Pero ninguno como el PSG. El Paris tiene entre sus jugadores a los dos muchachos más caros de estos días: Mbappé y Neymar. En su equipo titular de hoy, el club francés, alonsanfán y todo, tenía dos jugadores franceses; el resto eran tres españoles, dos argentinos, dos brasileños, un alemán y un tico. Todos comprados, la mayoría carísimos.

Y es un lío: uno –yo– en principio querría que ganaran los creativos, los artistas, los exquisitos del insigne balompié; en principio, también, no querría que ganasen los que los acaparan a fuerza de millones. El problema –otro problema– es que del otro lado estaba el Bayern de Munich: otro equipo carísimo –el más rico del país más rico de Europa– solo que con una idea más germana de disolución del individuo, de construcción de un mecanismo colectivo. Lo que dijo aquel célebre líder alemán: que “solo la organización vence al tiempo”.

Y así fue el partido: los germanos se instalaron en el campo francés, presionaron, atropellaron, apretaron, no armaron media jugada agradable a los ojos: eran doce o trece o quién sabe quince jugadores corriendo sin parar, desplegándose por todas partes, avasallando a los franceses honorarios. Que, por su parte, intentaban de vez en cuando alguna cabalgata: salir corriendo con sus caros y aprovechar el adelantamiento de los alemanes para robarle la milch al sempiterno katze. Solo que las dos o tres veces que llegaron a la otra punta se encontraron con un arquero alto y rubio tan caprichoso que jugaba sin manos y, solo con los pies, atajó todo lo que le tiraron.

Así, en esas breves líneas, se sintetiza todo. Los alemanes aburrieron a propios y extraños –salvo cuando la tocaba el español Tiago Alcantara, el mejor jugador que el Barcelona dejó ir después de Maradona, o el canadiense Davis, un maleducado– pero mantuvieron el control, que es lo suyo, a fuerza de esfuerzo y convicción y despliegue energético, y en un centro pasado a la hora de partido consiguieron incluso hacer un gol con la cabeza. El responsable, un señor Coman, había empezado en el PSGerm, donde no lo quisieron cuando chico porque no costaba suficientemente.

Y ya: los dos muchachos caros estaban en un día barato y no supieron hacer nada. Kyllian Mbappé, el más caro de todos, se había perdido un gol tan fácil en el primer tiempo y nunca más: andaba como alma en pena chantilly, suave, flotante. En cambio Neymar los corría a todos, bajaba a pedir la pelota, se la daban, la perdía enseguida: se ve que hoy se creía que se jugaba, de algún modo, su carrera, y ya veía que salía segundo. Hace tres años Neymar se fue del mejor equipo del mundo de esos días porque quería demostrar que él podía ser más que el segundo mejor; si, tras el desastre del Barça, hoy hubiera ganado la Champions, lo habría conseguido. Su derrota es la derrota de todos estos años, la comprobación de que no hizo lo que habría debido.

Un hondo drama humano, una vez más: un muchacho de 28 años que solo gana 60 o 70 millones de euros al año y se aburre algunas noches con la modelo de turno porque no encuentra el amor verdadero o ese anillo debajo de la cama o el destino de su inmenso talento –y sale a su jardín a tirar bicicletas contra el perro y se muerde con él y se revuelca y canta, mientras tanto, muy desafinado. En fin, decíamos: un partido aburrido. Uno a veces se cree que cuando mira un partido de fútbol está mirando un partido de fútbol; uno como este te demuestra que no.

Si hubiera sido por el partido lo habríamos apagado después de media hora; si no lo hicimos fue porque era lo que era. Lo que uno mira, cuando mira un partido, son tantas otras cosas: sus recuerdos, la historia, el drama de Mengano o de Zutano, las patrias que se enfrentan, los dineros perdidos, las envidias ganadas. Eso es lo genial del fútbol: su capacidad para sintetizar, en dos horas de relativo tedio, tanta cosa. Hoy, entonces, eso es lo que hubo. Eso, y la preocupación de pensar que si aparecen, como suelen, muchos imitadores del modelo triunfador –si muchos técnicos ponen a sus equipos a jugar como el Bayern de Munich– este año de estadios apestados va a resultar un auténtico coñazo.

Otro más, digamos.